Traducción asistida por IA

Esta versión ha sido traducida del francés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

Clínica sistémica

Cuando los sistemas humanos
fabrican sus propias ilusiones

Perspectivas sistémicas, cognitivas, sociales e institucionales: cómo las familias, las parejas y las instituciones de atención fabrican «fake beliefs», y cómo la clínica puede volver a ponerlas en movimiento.

Por Yara Doumit Terapeuta familiar e interviniente sistémica · Formadora y responsable pedagógica en Complexe Systémique

A veces basta un incidente sin importancia: una frase mal interpretada en una reunión, un comentario transmitido sin contexto, un comportamiento adolescente leído demasiado deprisa. En pocos intercambios se instala un relato. Circula, se simplifica, gana coherencia interna y se refuerza a medida que se difunde.

Tanto en las familias como en las instituciones, estas narraciones llegan a veces a ser tan influyentes que parecen describir la realidad, cuando sobre todo contribuyen a configurarla. La clínica sistémica observa desde hace tiempo esta tendencia: los grupos humanos elaboran espontáneamente explicaciones breves, tranquilizadoras y polarizadas, destinadas a reducir la incertidumbre y a organizar las interacciones.

Estas construcciones pueden sostener una forma de equilibrio, pero a veces derivan hacia creencias rígidas, saturadas emocionalmente y poco permeables al matiz. Es en ese momento cuando se puede hablar de «fake beliefs».

Cuatro características de un «fake belief»

Con «fake beliefs» designaremos aquí creencias que presentan varias características.

01 — SIMPLIFICACIÓN

Ofrecen una explicación simple y unívoca de una realidad compleja.

02 — CARGA EMOCIONAL

Tienen una fuerte carga emocional, lo que refuerza su poder de adhesión.

03 — IRREVISABILIDAD

Se vuelven poco revisables y resisten a las informaciones contradictorias.

04 — FUNCIÓN RELACIONAL

Cumplen una función estabilizadora —reducir la angustia, designar a un responsable, preservar una identidad— en detrimento de la complejidad de lo real.

Dicho de otro modo, no todas las simplificaciones son «fake beliefs». Los sistemas humanos necesitan relatos provisionales para orientarse. El término designa las narraciones que se rigidizan hasta el punto de obstaculizar la capacidad de un sistema para transformarse, integrar nuevas informaciones o redistribuir las responsabilidades.

Ahora bien, los mecanismos que permiten que estas creencias se difundan —rapidez, carga emocional, coherencia aparente, ausencia de verificación— son notablemente cercanos a los observados en la desinformación contemporánea.

La investigación sobre las fake news muestra que la desinformación no es solo una mentira: es una manera de producir sentido en entornos atravesados por la incertidumbre, la tensión y la multiplicidad de interpretaciones.

Una analogía estructural entre dinámicas clínicas y fenómenos de desinformación

El campo de la psicoterapia, de la salud mental y de la vida institucional guarda una profunda proximidad con los procesos estudiados en las ciencias de la comunicación.

Las familias, las parejas, los equipos y los servicios educativos o sociosanitarios generan y estabilizan relatos parciales, hipótesis interpretativas y explicaciones cargadas de afectos. Algunas favorecen la adaptación; otras, el cierre, la desconfianza o la escisión.

A lo largo de las décadas, los trabajos fundacionales de Bateson y Von Foerster, y después los de Cecchin, Elkaïm, Andolfi o White, pusieron de relieve un punto central: toda intervención terapéutica se despliega en el corazón de un sistema de creencias, ya se trate de narraciones individuales, familiares o institucionales.

Por tanto, la terapia no modifica solo comportamientos o emociones; transforma los marcos interpretativos que organizan la percepción, orientan las interacciones y guían las decisiones. Desde la perspectiva de la cibernética de segundo orden, quien ejerce la terapia no queda fuera de estos sistemas de creencias: participa en ellos, los influye y recibe su influencia.

Al cruzar esta perspectiva con las aportaciones sobre la desinformación, se puede comprender mejor:

  • por qué algunas familias se resisten a complejizar sus explicaciones;
  • cómo las organizaciones se deslizan hacia el rumor o la polarización;
  • de qué modo las y los profesionales pueden, a su pesar, alimentar narrativas limitantes;
  • mediante qué procesos un colectivo se convierte en un «ecosistema de credulidad» o, por el contrario, desarrolla una verdadera vigilancia cognitiva.

Este texto explora estas correspondencias y propone herramientas conceptuales y prácticas para la clínica, la supervisión, la formación y la gobernanza de las estructuras de atención.

Parte 1

El ecosistema de credulidad: un modelo trasladable a las familias, las parejas y las instituciones

Para describir situaciones en las que los relatos se difunden más deprisa de lo que se interrogan, y en las que la adhesión llega mucho antes que la verificación, Bronner recurre a las nociones de crédito cognitivo y de ecosistema de credulidad.

El crédito cognitivo designa la tendencia humana a conceder de inmediato confianza a una información, no por su validez establecida, sino porque parece plausible, familiar, tranquilizadora o conforme a las representaciones ya compartidas por el grupo. Se trata de un atajo mental que tomamos cuando la carga cognitiva es elevada: en lugar de verificar, comparar o contextualizar, concedemos espontáneamente crédito a lo que nos llega, a veces sobre la base de señales débiles, de una autoridad implícita —madre o padre, colega, profesional que intervino anteriormente— o de una creencia heredada.

El ecosistema de credulidad designa, por su parte, el conjunto de condiciones que hacen especialmente probable esa adhesión rápida.

Las condiciones de un ecosistema de credulidad
  • una fuerte incertidumbre colectiva;
  • una intensidad emocional que reduce la capacidad de discernimiento;
  • flujos de información contradictorios;
  • un déficit de regulación narrativa en las instituciones;
  • relaciones asimétricas entre las partes implicadas (institución/familia, dirección/equipo, madre o padre/adolescente);
  • desafíos identitarios que amplifican la necesidad de coherencia inmediata.

En un contexto así, las explicaciones breves, causales y fácilmente movilizables se difunden mucho más deprisa que los análisis complejos, porque responden a las necesidades psíquicas del sistema —contener la angustia, restaurar una sensación de control— más que a las exigencias de la exactitud.

Este fenómeno evoca la era digital, pero en realidad remite a una dinámica antigua: la de los sistemas humanos —familias, parejas, equipos profesionales, instituciones de atención— que tienden a privilegiar interpretaciones inmediatamente coherentes cuando el entorno se vuelve difícil de descifrar. En estos medios, la historia que circula importa a veces más que la fidelidad a los hechos. El relato compartido contribuye a estabilizar temporalmente el caos, a ofrecer un punto de referencia en la incertidumbre, a sostener la continuidad identitaria de las personas implicadas y a regular emociones que, de otro modo, desbordarían las capacidades del grupo.

La incertidumbre como motor de creencias simplificadoras

Esta mayor sensibilidad a las explicaciones rápidas se explica en parte por el lugar central de la incertidumbre. Lewandowsky (2017) muestra que esta constituye uno de los principales determinantes de la vulnerabilidad a las narrativas simplificadas. Cuanto más expuestos están los individuos o los colectivos a zonas de sombra, ambigüedades o desafíos imposibles de anticipar, más receptivos se vuelven a los discursos que parecen inmediatamente coherentes.

Esta dinámica se encuentra en numerosos contextos clínicos:

  • los conflictos de pareja en los que conviven la incomprensión y las necesidades de protección;
  • la comunicación de un diagnóstico médico que trastoca los puntos de referencia y reconfigura el futuro;
  • la crisis adolescente, marcada por la redefinición de las distancias y las pertenencias;
  • las interacciones familia/institución marcadas por asimetrías de poder;
  • las reorganizaciones de equipo vividas como amenazas para los roles establecidos;
  • los entornos traumáticos que exacerban la reactividad defensiva.

En cada uno de estos casos, los puntos de referencia vacilan, las emociones se intensifican y las perspectivas se enturbian, lo que favorece la aparición de explicaciones que dan una impresión de dominio, reducen la disonancia y reorganizan transitoriamente el sistema.

Cuando estos elementos se suman, la carga cognitiva y emocional aumenta y satura las capacidades de análisis. Como mostró Kahneman (2011), la mente busca entonces aligerar el esfuerzo mental activando procedimientos rápidos, intuitivos y económicos: el «sistema 1». Este modo de procesamiento favorece los atajos interpretativos, las asociaciones inmediatas y las explicaciones unifactoriales, a menudo en detrimento de la complejidad real de las situaciones.

En la clínica sistémica, esta dinámica se manifiesta en afirmaciones breves, concluyentes y cerradas.

«Si es violento, es que no nos quiere».
«Si está ansiosa, es porque lo ha vivido todo sola».
«La institución nos juzga».
«El terapeuta toma partido».

Estos enunciados no buscan ni el matiz ni la precisión: apaciguan. Convierten una situación multicausal en una causalidad simple, reducen la tensión emocional al designar una causa única, evitan el esfuerzo de explorar otras hipótesis y proporcionan una coherencia inmediatamente utilizable.

Viñeta clínica

Puede pensarse en esa familia para la que «el problema es Paul», un adolescente catalogado como «provocador». Cada episodio de tensión se interpreta a través de ese prisma: un silencio se convierte en desprecio, un retraso en desafío, un malestar en manipulación. La creencia compartida —«Paul busca provocarnos»— permite unificar el relato familiar, pero a costa de borrar radicalmente las demás dimensiones de su experiencia.

Por tanto, estos relatos deben entenderse no como descripciones de lo real, sino como mecanismos de homeostasis psíquica y relacional. Estabilizan temporalmente las interacciones al dar al grupo una explicación movilizable, aunque sea a costa de empobrecer lo real. Esta estabilización puede ser útil a corto plazo, al evitar el derrumbe, la confusión o la escalada del conflicto.

Pero si estas interpretaciones rápidas no se vuelven a poner en movimiento, se rigidizan, adquieren un valor normativo, orientan los comportamientos, bloquean las posibilidades de cambio y generan esos «fake beliefs» que obstaculizan las trayectorias evolutivas de los sistemas humanos.

La fuerza estructurante de los relatos relacionales

White y Epston mostraron que los relatos no se limitan a describir el mundo: lo configuran.

Moldean la manera en que las personas se perciben, en que interpretan los comportamientos de los demás y en que contemplan lo que es posible o imposible en una relación. Un relato, aunque sea implícito, actúa como una matriz: orienta los comportamientos, distribuye los lugares, refuerza ciertas identidades y borra otras, determinando así la dinámica global del sistema.

Tanto en las familias como en los equipos profesionales, las creencias compartidas funcionan como verdaderos atractores narrativos. Organizan la atención, iluminando ciertas señales y relegando otras a un segundo plano. Jerarquizan lo que se considera pertinente, construyen líneas de causalidad y definen lo que debe retenerse o ignorarse. Influyen también en la manera de vivir y expresar las emociones, así como en la gama de comportamientos considerados aceptables o concebibles.

Dicho de otro modo, estas creencias no son simples opiniones: son estructuras de interpretación que orientan silenciosamente las interacciones.

Del mismo modo que una fake news capta, polariza y canaliza la atención de una red digital, un relato relacional —explícito o tácito— estructura el funcionamiento de una familia, de una pareja o de un equipo. Actúa como un imán simbólico en torno al cual se reorganizan las percepciones, las reacciones y las alianzas.

Es precisamente esta dimensión estructurante la que explica por qué ciertos relatos, incluso muy reductores, se vuelven tan difíciles de desplazar: no son solo explicaciones, sino potentes organizadores de la experiencia y del vínculo.

Parte 2

Las «viralidades» sistémicas: dinámicas de propagación de las creencias rígidas

La desinformación no es solo un error o un contenido falso: es ante todo una dinámica de propagación. Se despliega según leyes hoy bien documentadas: las del estrés, la carga emocional, los sesgos cognitivos, las asimetrías relacionales y la estructura de las redes.

Estas leyes, descritas en los entornos digitales, se encuentran casi exactamente en las familias, las parejas y las instituciones de atención. Las creencias no se difunden al azar: siguen las líneas de tensión, las alianzas, las lealtades, las relaciones de poder y las necesidades de coherencia propias de cada sistema humano.

1

Simplificación inicial

Condensación de una situación compleja en una explicación unívoca.

2

Confirmación selectiva

Selección de las informaciones a favor de lo que refuerza el relato.

3

Amplificación emocional

Circulación preferente de los contenidos con mayor carga afectiva.

4

Legitimación por la autoridad

Validación del relato por una fuente percibida como legítima.

Es la combinación de estos cuatro elementos —más que la «falsedad» en sí— lo que transforma una hipótesis en un «fake belief» resistente.

Delouvée (2020) subraya que la fuerza de una fake news reside en su capacidad para condensar en unos pocos elementos un acontecimiento o un problema que, en realidad, tiene múltiples dimensiones. La clínica sistémica observa la misma tendencia en las familias atravesadas por un trauma, un conflicto duradero o una crisis identitaria.

En estos contextos, el sistema relacional tiende a producir relatos muy reductores: designación de un solo miembro como responsable, explicación monocausal, fijación de los roles —víctima, verdugo, salvador— o borrado de las temporalidades («siempre ha sido así, desde siempre»).

Esta simplificación no es una debilidad cognitiva: cumple una función psíquica y relacional precisa. Ante una sobrecarga emocional, el sistema necesita una representación lo bastante estable para soportar la incertidumbre. El relato simplificado permite nombrar el problema, contenerlo y darle una coherencia mínima. Actúa como un mecanismo de estabilización simbólica que, a corto plazo, evita la desorganización o el derrumbe.

Sin embargo, la viralidad de las creencias no se debe solo a su simplicidad. Se basa también en la confirmación selectiva. Sunstein (2009) describe este fenómeno como un efecto de cámara de eco, en el que las ideas circulan en un espacio cerrado y se refuerzan mutuamente.

Tanto en las familias como en los equipos profesionales, esta dinámica se traduce en una atención exclusiva a los hechos que confirman la hipótesis inicial, mientras que los elementos contradictorios se minimizan, se reinterpretan o se ignoran. El sistema opera así una selección narrativa orientada a preservar la coherencia interna más que la exactitud.

Esta selección crea una polarización relacional: cada cual deja de percibir a la otra persona tal como es, para no ver en ella más que la confirmación del relato al que está asociada. El adolescente «opositor», la madre «ansiosa», el padre «ausente», el terapeuta «sesgado», la institución «intrusiva» se convierten no solo en categorías, sino en filtros perceptivos. Cada interacción refuerza el relato preexistente.

Un tercer motor de viralidad reside en la amplificación emocional. Los estudios de Vosoughi et al. (2018, MIT) muestran que las informaciones con carga emocional se difunden más rápida y ampliamente que las informaciones neutras.

Los sistemas familiares e institucionales funcionan del mismo modo: los relatos portadores de indignación, miedo, vergüenza o culpa circulan con una intensidad particular. Una frase pronunciada con rabia, una acusación o una interpretación herida pueden así convertirse en el núcleo duro de un relato compartido, precisamente porque movilizan afectos poderosos. En un entorno saturado de emociones, la racionalidad no se elimina; simplemente queda relegada detrás de la lógica afectiva del grupo.

Por último, la dinámica de propagación se apoya en la legitimación por la autoridad. Sperber y Mercier (2017) muestran que los seres humanos conceden mucha más credibilidad a los argumentos producidos por fuentes percibidas como legítimas, incluso cuando esa legitimidad descansa en criterios simbólicos más que fácticos.

En las familias, estas figuras de autoridad pueden ser la persona mayor de la familia, una madre o un padre a quien se considera «sabio», una persona profesional que intervino en el pasado, una memoria transgeneracional o un acontecimiento fundador. En los equipos, puede tratarse de una persona colega respetada, de la jefatura del servicio, de una figura terapéutica influyente o de un miembro carismático. Estas figuras validan, amplifican o transmiten ciertos relatos y les dan un mayor alcance. Un relato débil, pero retomado por una autoridad relacional, adquiere la fuerza de un consenso.

Para recordar

La viralidad sistémica no se reduce a la circulación de una explicación simplificada. Resulta de la combinación de las cuatro dinámicas: simplificación inicial, confirmación selectiva, amplificación emocional y legitimación por la autoridad. Lo problemático no es la falsedad de un relato, sino su función estructurante, su capacidad para polarizar las interacciones y reducir los márgenes de transformación.

Estos mecanismos transforman una hipótesis relacional en una creencia rígida, resistente al matiz, a veces hasta volverse indisociable de la identidad del sistema.

Estas dinámicas, poderosas en las familias y las parejas, se despliegan de manera aún más marcada en los entornos profesionales, donde los desafíos jerárquicos, las restricciones normativas y las incertidumbres organizativas crean un terreno especialmente fértil para la propagación de relatos parciales.

Parte 3

Las instituciones de atención: lugares de producción, amplificación y estabilización de las creencias

Las instituciones de atención —hospitales, centros de salud mental, estructuras sociosanitarias, centros educativos, asociaciones, dispositivos de protección de la infancia— no son únicamente lugares de intervención: son sistemas humanos complejos, atravesados por reglas, culturas profesionales, asimetrías de poder y regulaciones implícitas.

Estos entornos generan también sus propios relatos, que se propagan según lógicas muy cercanas a las observadas en la desinformación.

El rumor institucional como regulador colectivo

Allport y Postman (1947) mostraron que el rumor surge prioritariamente en los contextos en los que la importancia de un tema es alta y la claridad de la información, baja. Las instituciones de atención corresponden precisamente a esta configuración: tratan cuestiones de gran peso, éticas, emocionales y políticas, y a la vez se ven atravesadas con frecuencia por comunicaciones incompletas, tardías o ambiguas.

Por tanto, el rumor no surge por disfunción, sino como mecanismo regulador: llena un vacío, da forma a lo que carece de explicación y reduce la incertidumbre colectiva.

En un equipo, una frase oída en una reunión —«Habrá que revisar la organización del servicio»— puede bastar para desencadenar un relato colectivo.

«Van a cerrar camas».
«Quieren suprimir puestos».
«Van a fusionarnos con otro servicio».

Este relato circula mucho más deprisa que la comunicación oficial, se convierte en un marcador identitario y crea alianzas, oposiciones e incluso coaliciones informales.

La reactancia institucional: cuando la información genera su propio contrario

Bronner (2013) describe la reactancia cognitiva como la tendencia a rechazar un mensaje en cuanto se percibe como impuesto. En las instituciones, esta dinámica se ve amplificada por la asimetría jerárquica: una directriz, una orden o un procedimiento pueden recibirse como un control, aunque la intención inicial fuera organizativa o clínica.

Ante una información percibida como descendente u opaca, el grupo puede producir una creencia opuesta.

«Quieren imponernos un cambio sin consultarnos».
«La dirección no confía en nosotros».
«El nuevo protocolo esconde una reestructuración».

No se trata de una simple resistencia, sino de una estructura narrativa defensiva, destinada a mantener un sentimiento de autonomía frente a una presión percibida. Paradójicamente, cuanto más intenta la institución imponer un relato, más refuerza la adhesión al relato rival.

La polarización profesional: fragmentación de los puntos de vista

Las instituciones de atención reúnen oficios, marcos de referencia, lenguajes y culturas profesionales muy diferentes. Tajfel y Turner (1986) mostraron que los grupos tienden a reforzar su identidad distinguiéndose de los demás.

En las instituciones, esta lógica produce microsistemas profesionales: educación, psicología, enfermería, docencia especializada, mandos, trabajo social, cada grupo con sus creencias, sus referencias y sus prioridades.

Cuando la comunicación interprofesional es limitada, estos grupos se convierten en cámaras de eco identitarias. Las interpretaciones se especializan, las creencias se rigidizan y las intenciones de los demás grupos se sobreinterpretan o se malinterpretan a veces. Puede surgir entonces un clima de desconfianza, que refuerza la tendencia a proteger el propio territorio profesional y a construir relatos desfavorables hacia el exterior del grupo de pertenencia.

La performatividad de las creencias institucionales

Una de las características principales de las instituciones es que las creencias que producen tienen efectos reales, con independencia de su validez.

Un ejemplo sencillo: si un equipo cree que un mando «nunca apoya al personal», esta creencia modifica los comportamientos —retirada, rodeos, evitación— y acaba generando las pruebas mismas de esa falta de apoyo: se solicita menos a ese mando, se le informa menos y está menos presente en los intercambios, lo que confirma el relato inicial.

Del mismo modo, si una institución piensa que una familia es «manipuladora», corre el riesgo de interpretar cada comportamiento a través de ese prisma, reforzando una lectura unívoca. Los gestos de protección se convierten en sospecha, las peticiones de explicación en chantaje, las vacilaciones en estrategia.

El punto ciego

Estas creencias se vuelven performativas: producen la realidad que pretenden describir.

El riesgo principal: la rigidización institucional

Cuando estos relatos no se ponen en circulación en espacios reflexivos —supervisiones, reuniones de análisis de la práctica, espacios de regulación—, se transforman en creencias duras.

Pueden orientar las decisiones, alterar las alianzas terapéuticas, fragilizar a las familias, crear tensiones internas y generar efectos perjudiciales tanto para las personas usuarias como para los equipos.

Por tanto, la rigidización institucional no es el resultado de una acumulación de malas decisiones, sino de un empobrecimiento progresivo de la circulación de los relatos.

Si las instituciones pueden convertirse en incubadoras de creencias rígidas, también pueden —cuando disponen de los espacios adecuados— convertirse en lugares de transformación narrativa. Ahí es donde cobra todo su sentido el papel de quienes ejercen la terapia, la psicología, la supervisión o la dirección de equipos: facilitar la complejización, restaurar la circulación e introducir relatos alternativos capaces de devolver el movimiento.

Parte 4

La terapia como artesanía de la complejidad: intervenir en los sistemas de creencias

Si las familias, las parejas y las instituciones producen espontáneamente creencias simplificadoras que se difunden según las dinámicas de viralidad descritas anteriormente, la tarea terapéutica no consiste en corregir errores ni en restablecer una verdad objetiva.

La pregunta central pasa a ser más bien: ¿cómo intervenir en sistemas de creencias sin erigirse en instancia arbitral de lo verdadero y lo falso, sino ejerciendo una artesanía de la complejidad?

Quien ejerce la terapia trabaja entonces sobre los marcos interpretativos, sobre los relatos organizadores y sobre las condiciones mismas de circulación del sentido en el sistema. No interviene desde la posesión de un saber verificable, sino desde la mediación de la complejidad, con la capacidad de hacer visibles los vínculos, abrir las perspectivas y reconfigurar los espacios donde se fabrican las creencias.

Esta postura implica una manera de ser tanto como una manera de pensar. Pueden distinguirse en ella varios ejes de intervención complementarios.

Deshacer la linealidad: introducir pistas múltiples

En los sistemas saturados de estrés, la urgencia narrativa produce casi siempre explicaciones unívocas y causales. El trabajo clínico comienza con una reapertura: la terapia introduce hipótesis alternativas, vuelve a situar los elementos olvidados, restablece las temporalidades y permite a cada persona contemplar una pluralidad de interpretaciones posibles.

Esta operación no pretende sustituir un relato por otro, sino desestabilizar las evidencias y devolver el movimiento allí donde el sistema se ha fijado. Cecchin hablaba de «hipótesis flotantes»: propuestas lo bastante ligeras para no imponerse, pero lo bastante pertinentes para desplazar las certezas.

El trabajo terapéutico actúa así como un contrapeso a la simplificación, no imponiendo un análisis, sino abriendo un espacio en el que la complejidad vuelve a ser pensable.

Crear zonas de incertidumbre constructiva

En la desinformación, la incertidumbre no contenida vuelve vulnerable. En la clínica ocurre lo contrario: una incertidumbre contenedora permite al sistema escapar de los relatos demasiado rápidos.

La terapia instaura un clima en el que se vuelve posible no saber enseguida, suspender la interpretación, observar sin concluir. Esta incertidumbre no es una ausencia de dirección: es un marco seguro en el que las explicaciones pueden revisarse.

Impide la rigidización narrativa y favorece una elasticidad psíquica esencial para la transformación. White y Epston mostraron que el simple hecho de considerar varias versiones de un mismo acontecimiento modifica la manera en que las personas se posicionan e interactúan. La incertidumbre se convierte entonces en una condición de posibilidad del cambio, y no en un obstáculo.

Desbaratar las «evidencias emocionales»

Las creencias más virales suelen ser las que tienen mayor carga afectiva. Una de las funciones esenciales de la terapia consiste en desaturar emocionalmente los relatos, permitiendo que los afectos se reconozcan, se expresen y se pongan en palabras sin que definan la interpretación global de la situación.

El objetivo no es atenuar las emociones, sino disociar la intensidad afectiva del contenido narrativo. Cuando una acusación, una queja o un miedo pueden escucharse sin transformarse de inmediato en explicación causal, el relato pierde su fuerza prescriptiva. Este trabajo de desactivación afectiva crea un espacio en el que las creencias pueden volver a ser discutibles.

Reintroducir la temporalidad: abrir la historia

Las narrativas rígidas funcionan a menudo como instantáneas fuera del tiempo. Al volver a situar los acontecimientos en una temporalidad más amplia —vivencias pasadas, evoluciones, momentos de excepción, transformaciones ya logradas—, la terapia permite al sistema salir de la repetición.

La temporalidad vuelve a ser una herramienta clínica: devuelve profundidad a las identidades, rehabilita los matices y muestra que lo que aparece como «siempre» no es en realidad más que un «a veces» que se ha vuelto dominante. Es una manera de romper la tiranía del presente emocional.

La circularidad como contranarrativa

Frente a las creencias lineales («es así», «siempre ha sido ansiosa», «lo hacen a propósito»), el pensamiento circular sistémico introduce de inmediato una complejidad relacional.

Vuelve a conectar los comportamientos entre sí, muestra cómo cada persona influye en la otra y revela la parte interactiva de los fenómenos descritos como individuales. La pregunta circular —«¿Qué cree usted que siente su hijo cuando usted dice eso?», «¿Qué ocurre en la pareja cuando aparece este comportamiento?»— reconfigura el campo de atención.

Transforma un juicio en proceso, un síntoma en interacción, una culpa en movimiento relacional. Esta recontextualización no impone ninguna verdad: desplaza la mirada, lo que a menudo basta para hacer tambalear las certezas.

Distinguir los hechos de las interpretaciones

En los sistemas en tensión, los hechos se confunden muy rápidamente con las valoraciones. El trabajo terapéutico consiste en desenredarlos, no para establecer una verdad objetiva, sino para permitir que el sistema constate que son posibles varias lecturas.

Esta distinción abre un espacio entre lo que se observa y lo que se interpreta, lo que hace discutible la creencia sin descalificarla. Es aquí donde la terapia ejerce su función de «fact-checker relacional»: no como corrección, sino como clarificación, como artesanía de las distinciones, como facilitación del discernimiento.

Reintroducir las voces ausentes

En los sistemas polarizados, algunas voces se vuelven inaudibles: la niña o el niño en silencio, la pareja que se mantiene al margen, la persona profesional marginada, el equipo minoritario. Quien ejerce la terapia tiene la responsabilidad de devolver esas voces al campo narrativo, para restaurar una pluralidad de perspectivas.

Esta pluralidad es en sí misma una intervención: impide que la creencia dominante pretenda ser exhaustiva. Recuerda que todo relato está situado, es parcial y se inscribe en una red de posiciones.

Crear un espacio reflexivo: transformar la manera en que el sistema se cuenta

Más allá del contenido de los relatos, la terapia interviene sobre la manera en que se fabrican. Favorece la reflexividad, es decir, la capacidad del sistema para observar sus propias narraciones, detectar sus tendencias a simplificar, polarizar, amplificar o fijar.

Cuando el grupo comprende que es él mismo quien produce las creencias —en lugar de padecerlas—, recupera un poder de actuar. El relato deja de ser un destino: vuelve a ser un material.

Esta función de mediación narrativa, de artesanía de la complejidad y de facilitación del matiz se ejerce no solo en las sesiones, sino también en el corazón de las organizaciones. Porque quienes ejercen la terapia, como cualquier sistema humano, no son inmunes a la simplificación ni a la polarización.

Para saber más
Cómo citar este artículo

Doumit, Y. (2025). Quand les systèmes humains fabriquent leurs propres illusions : déjouer les « fake beliefs » lorsque la désinformation rencontre la thérapie et la clinique institutionnelle. Complexe Systémique. https://www.complexe-systemique.com

Referencias

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  4. Bronner, G. (2013). La démocratie des crédules. Presses Universitaires de France.
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