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Clínica sistémica

Cuando los sistemas vivos se inventan a sí mismos

De la autopoiesis biológica a la terapia familiar: comprender por qué un sistema solo cambia por sí mismo.

Por Yara Doumit Terapeuta familiar e interviniente sistémica · Formadora y responsable pedagógica en Complexe Systémique

Imagine un viejo reloj capaz de sustituir por sí solo sus engranajes gastados, o un jardín silvestre que vuelve a crecer cada año sin que nadie lo cuide. Estas metáforas ilustran un principio fascinante: el de un sistema que se crea y se mantiene a sí mismo.

En las ciencias de la vida, este concepto tiene nombre: la autopoiesis. Introducido en 1972 por los biólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela, el término autopoiesis (del griego auto-, «sí mismo», y poiesis, «creación») designa un sistema «capaz de producirse y mantenerse a sí mismo creando sus propios componentes». Dicho de otro modo, un sistema autopoiético se organiza en circuito cerrado: toma de su entorno lo que necesita, pero son sus propias actividades internas las que generan de forma continua los elementos que lo hacen existir y conservar su identidad.

En este artículo exploraremos cómo esta idea, nacida de la biología, fue trasladada a los sistemas sociales por Niklas Luhmann y aplicada después a la terapia sistémica para comprender a las familias. Veremos así cómo una familia puede concebirse como un «organismo autónomo», cómo la terapia opera mediante perturbaciones y no mediante un control directo, y qué implicaciones tiene esto en términos de cambio, de aprendizaje y de ética de la práctica terapéutica.

Parte 1

La vida que se crea a sí misma: definición biológica de la autopoiesis

Para Maturana y Varela, que acuñan el concepto en los años setenta, la autopoiesis caracteriza lo propio de los sistemas vivos. Un organismo vivo, explican, está organizado «como una red de procesos de producción… que se producen a sí mismos». Por ejemplo, una célula biológica genera constantemente las moléculas y estructuras —membrana, orgánulos— que la componen, y estas estructuras permiten a su vez la producción continua de nuevas moléculas que mantienen la célula. Se repara y se reproduce permanentemente a partir únicamente de sus componentes internos.

En este sentido, la célula viva se parece a nuestro reloj imaginario que sustituiría sus propias piezas: no necesita una intervención externa para construir o reparar sus elementos, lo hace por sí misma. Esta capacidad de autoproducción es lo que define, según Maturana y Varela, el hecho de estar vivo.

Sistema alopoiético

Una fábrica construye coches, pero esos coches no contribuyen a producir la fábrica. La producción está orientada hacia el exterior.

Sistema autopoiético

La célula se produce a sí misma en circuito cerrado. Ningún factor externo dicta directamente su organización.

Un sistema autopoiético es autónomo y operacionalmente cerrado. La clausura operacional significa que todas las operaciones que definen el sistema —por ejemplo, las reacciones químicas en una célula— se desarrollan dentro del sistema, sin que pueda proceder del exterior una operación de la misma naturaleza. Retomando la metáfora del jardín autónomo: solo las semillas producidas dentro del jardín podrán crecer en él; los elementos externos —viento, lluvia, aportes nutritivos— pueden influir en las condiciones de crecimiento, pero no se convierten directamente en plantas del jardín. Del mismo modo, la célula necesita abastecerse de nutrientes y energía en su medio, pero integra esos aportes según su propia química interna.

El determinismo estructural

Maturana habla de «determinismo estructural»: todo cambio en un sistema vivo está determinado por su estructura interna y no por una instrucción externa. El entorno puede perturbarlo o estimularlo, pero es el propio sistema el que, en función de su estructura del momento, decide su respuesta; de ahí la expresión de interacción «no instructiva».

Esta autonomía no impide que el sistema intercambie con su medio. Maturana y Varela introducen aquí la noción de acoplamiento estructural para describir la danza de adaptación mutua entre un sistema autopoiético y su entorno. El sistema vivo es así como un organismo sensible: cerrado en su organización interna, pero abierto a las perturbaciones externas, a las que se ajusta continuamente para persistir.

Parte 2

De los organismos a las sociedades: la autopoiesis según Luhmann

Si la autopoiesis describe el funcionamiento de los seres vivos, ¿puede aplicarse a otros sistemas, como las sociedades o las organizaciones? El sociólogo alemán Niklas Luhmann se aventuró en ese terreno en los años ochenta, al proponer que los sistemas sociales también son autopoiéticos, aunque su «sustancia» sea distinta de la biológica.

Para Luhmann, un sistema social —una empresa, una familia, la sociedad en su conjunto— no se define por componentes materiales, sino por acontecimientos de comunicación. Son las comunicaciones, los intercambios de mensajes y de informaciones, los actos de habla, los que constituyen los elementos básicos del sistema social. Así, del mismo modo que una célula se regenera produciendo sin cesar sus componentes bioquímicos, un sistema social se reproduce generando continuamente nuevas comunicaciones. «Cada sistema tiene una identidad distinta que se reproduce constantemente en su comunicación», explica Luhmann.

Por ejemplo, una burocracia mantiene su existencia cada día mediante los formularios que tramita, las decisiones que encadena y las reglas que reitera; una familia, por su parte, se mantiene mediante las interacciones cotidianas, las historias que se cuenta y los ritos que perpetúa.

Al igual que los organismos vivos, los sistemas sociales poseen una clausura operacional. Ningún acontecimiento puramente externo al sistema puede convertirse directamente en una comunicación interna del sistema. Las fronteras del sistema social se definen por lo que tiene sentido para él. Una familia, en cuanto sistema social, solo procesa lo que entra en el registro de sus comunicaciones familiares: un acontecimiento externo, como un comentario de alguien ajeno, solo tiene efecto en la familia si se retoma e interpreta en sus intercambios. «Debido a los límites entre los sistemas, las operaciones no pueden pasar de un sistema a otro», subraya Luhmann.

Pero, así como la clausura celular no implica aislamiento, la clausura de un sistema social no impide la influencia del medio. Luhmann precisa que la clausura operacional va acoplada a una apertura cognitiva: el sistema social percibe las perturbaciones del entorno y responde a ellas, pero únicamente según sus propias estructuras internas. Una organización sabrá reaccionar a las demandas de su clientela o a las leyes del mercado, pero siempre de una manera filtrada por su cultura interna, sus procedimientos y su historia.

Al trasladar la autopoiesis a la sociología, Luhmann nos invita a ver la sociedad como una red autónoma de comunicaciones que se produce a sí misma: la comunicación produce comunicación, sin cesar, y de esta circularidad autorreferencial nace el orden social.

Parte 3

El sistema familiar en terapia: un organismo autónomo en cambio

¿Cómo se traducen estas ideas en la terapia sistémica, en particular en el acompañamiento de las familias? A partir de los años ochenta, diversas figuras de la clínica inspiradas por la cibernética de segundo orden y el constructivismo introdujeron la autopoiesis en el campo de la terapia familiar; cabe citar, entre otros, a Paul Watzlawick, Gianfranco Cecchin, Heinz von Foerster o Gregory Bateson.

Esta perspectiva ya no considera la familia solo como un grupo de personas unidas por relaciones, sino como un sistema autopoiético en el plano de las interacciones, las creencias y las reglas que emergen de ese grupo. Según las corrientes terapéuticas constructivistas de la época, la familia mantiene activamente su identidad y su equilibrio generando de forma continua sus propias reglas del juego y su visión de la realidad familiar.

Por ejemplo, una familia puede haber desarrollado un modo de comunicación en el que cada miembro conoce su papel implícito —quien media, el chivo expiatorio, quien protege— y esos papeles se recrean continuamente en las interacciones cotidianas, lo que confiere al sistema familiar su estabilidad y su coherencia interna. La familia se diferencia así de otros sistemas por sus fronteras autoimpuestas: hay temas que no se tratan fuera, ritos propios de ese hogar, secretos o valores que lo distinguen. En este sentido, cada familia «se autoproduce» en su manera única de funcionar, al tiempo que se adapta a su entorno social.

Para la terapia sistémica, concebir la familia como un sistema autopoiético tiene consecuencias importantes en la manera de intervenir. Por una parte, significa renunciar a la idea de controlar directamente el cambio del sistema. No se puede programar a una familia desde fuera, ni inyectarle un cambio ya hecho, del mismo modo que no se puede obligar a un organismo vivo a funcionar en contra de su naturaleza. Todo intento de control autoritario corre el riesgo de chocar con la clausura del sistema: la familia podría no comprender, resistirse o integrar el mensaje externo de una manera totalmente imprevista.

El adagio sistémico

«No se puede hacer beber a un caballo que no tiene sed, pero se puede salar su comida para que tenga sed». La terapia actúa creando perturbaciones útiles en lugar de imponer soluciones.

Concretamente, quien ejerce la terapia buscará perturbar positivamente los patrones del sistema familiar: ofreciendo una nueva lectura de un problema, introduciendo una paradoja o formulando preguntas que lleven a la familia a ver sus propias interacciones desde otro ángulo. Al hacerlo, provoca una reacción del sistema, pero sin predeterminarla. Es la propia familia la que, ante esta perturbación, reorganizará su funcionamiento interno para encontrar un nuevo equilibrio. La persona terapeuta actúa como catalizadora del cambio, no como directora.

Viñeta clínica

Imaginemos una familia en la que un adolescente presenta un comportamiento rebelde y provocador, fuente de conflicto con su madre y su padre. Desde una mirada clásica, podría pensarse que el adolescente es «el problema que hay que corregir». Pero, desde una óptica autopoiética, este comportamiento puede entenderse como una pieza del sistema que cumple una función en el equilibrio familiar: por ejemplo, mantener el vínculo entre una pareja parental en desacuerdo obligándola a unirse frente a él.

Si la persona terapeuta se limitara a decir a la pareja parental que «se ponga firme» o al adolescente que «se calme», correría el riesgo de reforzar el ciclo de confrontación existente: el sistema se defendería para preservar su modo de funcionamiento. En lugar de eso, puede reformular el síntoma de manera que perturbe el marco de sentido del sistema, sugiriendo que la rebeldía del adolescente es una forma torpe de expresar una necesidad de autonomía al tiempo que pone a prueba la solidez del vínculo familiar.

Esta nueva interpretación obliga a la familia a pensar de otro modo: la madre y el padre pueden ver en ella una demanda implícita y no un puro ataque, y el adolescente puede sentirse reconocido en su búsqueda de independencia. Nadie en la familia está obligado a cambiar, pero la introducción de este nuevo ángulo pone en marcha una reorganización: la pareja parental deja de gritar para escuchar, el adolescente ya no necesita escalar en la provocación, surgen nuevos comportamientos.

El cambio así obtenido procede, pues, del interior del sistema familiar, y la terapia no ha sido más que su desencadenante. Este enfoque coincide con la idea planteada por Varela y por otras voces de que las influencias externas solo operan desencadenando cambios determinados por el propio sistema. La familia, en cierto modo, se repara como nuestro reloj vivo, en cuanto se le ha proporcionado el pequeño «choque» informativo o relacional que la incita a modificar sus propias reglas.

Parte 4

Aprendizaje, cambio y posición terapéutica

El concepto de autopoiesis ofrece también una luz valiosa sobre la noción de cambio duradero y sobre el papel de quien ejerce la terapia como aprendiz y acompañante del sistema. Si un sistema —vivo, social o familiar— solo puede cambiar por sí mismo, entonces todo aprendizaje profundo es necesariamente autogenerado.

Gregory Bateson distinguía varios niveles de aprendizaje en los sistemas: un cambio superficial puede afectar solo a los comportamientos (aprendizaje de tipo I), pero un verdadero cambio sistémico implica una reorganización de los esquemas internos del sistema (aprendizaje de tipo II, o cambio de segundo orden), que es exactamente lo que ocurre cuando la familia reestructura sus reglas y significados en respuesta a una perturbación. Dicho de otro modo, un sistema familiar aprende reconfigurándose desde dentro.

Desde esta perspectiva, la terapia aspira a facilitar un aprendizaje autodirigido del sistema por el propio sistema. Crea un contexto en el que la familia puede experimentar nuevas formas de ser y de comunicarse, y aprender así de su propia experiencia interactiva. Al adoptar una postura curiosa y libre de juicios, la persona terapeuta encarna ella misma una nueva manera de dialogar en la que la familia puede inspirarse. Poco a poco, la familia integra esas formas más flexibles de comunicarse y las hace suyas: amplía su repertorio de respuestas ante las dificultades, sin que se le haya «enseñado» desde fuera de manera autoritaria.

Esta postura se inscribe en la corriente de la cibernética de segundo orden, en la que se reconoce que quien observa —aquí, la persona terapeuta— forma parte del sistema que observa. La terapia ya no se sitúa por encima de una familia-objeto que manipularía: está con ella, cocreando una nueva realidad a lo largo del proceso terapéutico. El propio Maturana, tras sus trabajos biológicos, insistió en la noción de cognición como proceso inseparable de la interacción entre quien observa y el sistema.

La persona terapeuta debe, pues, adoptar una humildad activa: interviene, pero sabiendo que solo tiene una influencia indirecta. Acepta que haya una parte de imprevisibilidad, que la familia encuentre soluciones en las que no había pensado; y eso es incluso lo que busca.

El imperativo ético de von Foerster

«Actúa siempre de manera que aumente el número de opciones posibles». Aplicado a la terapia, esto significa que quien la ejerce busca ampliar el campo de posibilidades de la familia, en lugar de imponer su propia visión de lo que debería cambiar.

En el plano ético, la autopoiesis nos invita a un profundo respeto por la autonomía de los sistemas humanos con los que trabajamos. Considerar a una familia como autopoiética es reconocerla como protagonista de su propio cambio, portadora de sus recursos y de su sabiduría interna. La terapia se convierte en una facilitación que pone de relieve esos recursos, que ayuda a revelar dinámicas a veces ocultas, pero que se abstiene de toda pretensión de saber, en lugar del sistema, lo que es bueno para él.

Esta actitud previene numerosos escollos éticos, como la manipulación o la coerción, incompatibles con el cambio verdadero. También pone un límite a la omnipotencia terapéutica: quien ejerce la terapia no puede ni debe vivirse como la figura «salvadora» que cura a la familia, porque ese poder pertenece en última instancia a la propia familia. En cambio, tiene la responsabilidad de crear un contexto seguro y estimulante —un terreno fértil, para retomar la metáfora del jardín— para que la familia pueda hacer germinar en él sus propias soluciones.

La persona terapeuta actúa un poco como quien cuida un jardín con conocimiento: prepara el suelo, aporta agua y, eventualmente, nuevas semillas —ideas, informaciones, experiencias—, pero sabe que es la planta, la familia, la que llevará a cabo su obra de crecimiento según su naturaleza. Esta colaboración respetuosa entre el sistema terapéutico y la autopoiesis familiar abre el camino a cambios duraderos, porque surgen del propio sistema y no se imponen desde fuera.

Lo que hay que retener

La autopoiesis nos enseña el arte del cambio sin control: un arte sutil hecho de respeto, de paciencia y de asombro.

El concepto de autopoiesis nos recuerda que los sistemas llevan en sí una fuerza autoorganizadora. Pensar en términos autopoiéticos quizá sea aceptar cambiar una postura técnica del cambio por la de una observación participante, humilde y creativa. Es plantearse preguntas reflexivas: «¿Qué perturbación útil puedo introducir en este sistema? ¿Qué va a hacer con ella? ¿Cómo puedo ampliar su espacio de elección sin usurpar su autonomía?».

Es también tomar conciencia de la poesía de los sistemas vivos —un poco como la imagen de la serpiente Uróboros que se muerde la cola, antiguo símbolo de la regeneración eterna—: cada familia, cada ser humano lleva en sí la capacidad de reinventarse permanentemente. Al hacerlo, terapia y familia crecen juntas en un proceso de aprendizaje mutuo, que ilustra a la perfección que «la vida se alimenta de sí misma» y que, a veces, basta una mirada nueva o una palabra que resuena para que se ponga en marcha el formidable proceso autopoiético del cambio terapéutico.

Para profundizar
Cómo citar este artículo

Doumit, Y. (2025). Quand les systèmes vivants s’inventent eux-mêmes pour survivre et évoluer. Complexe Systémique. https://www.complexe-systemique.com

Referencias

  1. Bateson, G. (1972). Steps to an ecology of mind. Chandler.
  2. Dell, P. F. (1985). Understanding Bateson and Maturana: Toward a biological foundation for the social sciences. Journal of Marital and Family Therapy, 11(1), 1–20.
  3. Keeney, B. P. (1982). What is an epistemology of family therapy? Family Process, 21(2), 153–168.
  4. Luhmann, N. (1984). Soziale Systeme: Grundriß einer allgemeinen Theorie. Suhrkamp.
  5. Maturana, H. R., & Varela, F. J. (1972). De máquinas y seres vivos: Autopoiesis, la organización de lo vivo. Editorial Universitaria.
  6. Maturana, H. R., & Varela, F. J. (1980). Autopoiesis and cognition: The realization of the living. D. Reidel.
  7. Varela, F. J. (1979). Principles of biological autonomy. North Holland.
  8. von Foerster, H. (1981). Observing systems. Intersystems Publications.
  9. Watzlawick, P., Weakland, J. H., & Fisch, R. (1974). Change: Principles of problem formation and problem resolution. W. W. Norton.
  10. Watzlawick, P. (Ed.). (1984). The invented reality. W. W. Norton.
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