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Esta versión ha sido traducida del francés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

Pensamiento complejo

La gran lección de Edgar Morin para terapeutas

La desaparición de Edgar Morin, a los 104 años, nos sitúa ante una pregunta: ¿qué hacemos con su pensamiento, ahora que ya no nos llegará a través de su voz, tan atenta a las convulsiones de nuestro mundo?

Un siglo incorporado, interrogado, disputado

Edgar Morin no se limitó a atravesar el siglo XX. Lo incorporó, lo interrogó, lo disputó. Nacido Edgar Nahoum en París en 1921, en una familia judía sefardí originaria de Salónica, fue adolescente en los años de la crisis, resistente durante la Ocupación, militante comunista y después crítico del estalinismo, sociólogo de las culturas de masas, pensador de la complejidad, incansable defensor de un humanismo planetario. Su vida nunca fue ajena a su pensamiento. Le Monde resume con acierto esa unidad poco común: Morin habrá «pensado su vida y vivido su pensamiento».

Su inmensa obra podría disuadir de los homenajes demasiado apresurados. Comprende libros de sociología, antropología, filosofía, política, educación, ecología, cine y cultura popular. Pero su gesto central puede decirse con sencillez: Edgar Morin pasó su vida combatiendo las mutilaciones de la inteligencia. Combatió la inteligencia que separa sin relacionar, que clasifica sin comprender, que reduce lo vivo a una sola causa, lo humano a una sola identidad, la verdad a una certeza inmóvil.

Morin fue también uno de los pocos intelectuales de su tiempo que se tomaron en serio lo que la universidad solía mirar por encima del hombro: el cine, las estrellas, los rumores, los sucesos, la cultura de masas, las conversaciones corrientes. Junto con Jean Rouch, realizó en 1961 Chronique d’un été, película pionera del cinéma-vérité, que interroga a habitantes de París sobre su manera de vivir, de amar, de trabajar, de sufrir y de ser felices. También aquí el gesto es moriniano: ir hacia lo real vivo, aceptar que lo humano no se deja encerrar en las categorías eruditas, hacer de la investigación un encuentro.

La Méthode: relacionar sin confundir

Pero es con La Méthode, obra monumental en seis volúmenes publicada entre 1977 y 2006, con la que Edgar Morin da su forma más amplia a lo que llamará el pensamiento complejo. Este fresco reúne La Nature de la Nature, La Vie de la Vie, La Connaissance de la Connaissance, Les Idées, L’Humanité de l’Humanité y Éthique. Se trataba de elaborar una manera de conocer capaz de «traducir la complejidad de lo real», de relacionar los conocimientos y de reformar el pensamiento.

La palabra «complejidad» se entiende a menudo mal. En Morin no significa que todo sea complicado, confuso o inaccesible. La palabra viene de complexus: lo que está tejido junto. Pensar de forma compleja no es, por tanto, renunciar a comprender; es negarse a comprender mutilando. Es aprender a distinguir sin disociar, relacionar sin confundir, contextualizar sin disolver, aceptar la incertidumbre sin caer en el relativismo.

Tres principios para pensar lo vivo

Morin formulará varios principios que se han vuelto esenciales.

El principio dialógico

Permite pensar juntos términos a la vez antagónicos y complementarios: orden y desorden, autonomía y dependencia, individuo y sociedad, razón y afecto, libertad y constricción.

El principio recursivo

Muestra que los efectos se vuelven productores de aquello que los produce: la sociedad produce a los individuos que producen la sociedad; la cultura forma a los sujetos que transforman la cultura.

El principio hologramático

Recuerda que el todo está en la parte tanto como la parte está en el todo: la sociedad está inscrita en cada individuo a través del lenguaje, las normas, los relatos, las heridas colectivas; y cada individuo participa en la forma viva del todo.

Ningún objeto, por minúsculo que sea, puede conocerse fuera de su contexto.

Una epistemología de lo vivo para la clínica

Es aquí donde su obra se vuelve capital para quienes trabajan desde lo sistémico, para la terapia familiar y la terapia de pareja, para la clínica del vínculo.

Edgar Morin no fundó una escuela de psicoterapia. No propuso una técnica de entrevista, un protocolo ni una modelización clínica directamente operativa. Su aportación es más profunda: ofrece a quienes ejercen la terapia una epistemología de lo vivo. Les recuerda que el síntoma nunca es un islote. Un síntoma está siempre inserto en una historia, una familia, un cuerpo, una cultura, una temporalidad, una economía relacional, a veces una institución, a menudo varias lealtades contradictorias.

El pensamiento simplificador pregunta

«¿Cuál es la causa?»

El pensamiento complejo pregunta

«¿En qué tejido de relaciones cobra sentido este fenómeno?»

El individuo, la sociedad, la especie

Para quienes trabajan desde la perspectiva sistémica, Morin es un aliado de primer orden porque sublima la intuición sistémica: lo humano no puede comprenderse ni solo por el individuo, ni solo por el grupo, ni solo por la biología, ni solo por el lenguaje, ni solo por la historia. Hay que sostener juntos el individuo, la sociedad y la especie. El CNRS recuerda que Morin desarrolla ya en 1973, en Le Paradigme perdu, esta concepción trinitaria de lo humano: individuo, sociedad y especie son inseparables; el individuo está en la sociedad, pero la sociedad, con su cultura y su lenguaje, también está en el individuo.

Individu Société Espèce
La concepción trinitaria de lo humano (Le Paradigme perdu, 1973): cada término está en los demás, de manera inseparable.

Esta idea tiene un alcance clínico considerable. En terapia familiar, una persona adolescente no carga solo con «su» problema. A veces carga con un conflicto conyugal no simbolizado, una deuda transgeneracional, un lugar imposible, una expectativa social, una tensión entre autonomía y pertenencia. En terapia de pareja, el conflicto no es solo la oposición de dos psicologías individuales; a menudo es una organización recursiva en la que cada miembro de la pareja se convierte, a su pesar, en el contexto de la reacción del otro. La causalidad circular, noción central en terapia sistémica, rompe precisamente con la idea de una causa única para pensar las interacciones recíprocas.

La causalidad que vuelve sobre sí misma

Morin da a esta circularidad una profundidad antropológica y ética. No se trata solo de decir: «A influye en B y B influye en A». Se trata de comprender que las relaciones producen realidades que, a su vez, producen a las personas que las mantienen. Una familia produce reglas implícitas; esas reglas producen comportamientos; esos comportamientos confirman las reglas. Una pareja produce una danza relacional; esa danza acaba produciendo la identidad conyugal de cada cual. Una institución produce normas; esas normas producen subjetividades; esas subjetividades reproducen la institución.

Règles implicites posées par la famille Comportements produisent confirment
El bucle recursivo: los efectos se vuelven productores de aquello que los produce.

Sostener juntas las verdades antagónicas

Para quienes ejercen la terapia, el pensamiento dialógico es quizá uno de los legados más valiosos de Morin. En la clínica aparecen sin cesar verdades antagónicas que deben sostenerse juntas.

  • Una madre o un padre puede amar a su criatura y asfixiarla.
  • Un síntoma puede hacer sufrir y proteger.
  • Una lealtad familiar puede sostener y aprisionar.
  • Una pareja puede destruirse por los mismos mecanismos que en otro tiempo la unieron.
  • Una familia puede querer cambiar y, al mismo tiempo, temer profundamente el cambio.

El pensamiento simplificador zanja: culpable o víctima, apego o separación, problema o solución. El pensamiento complejo sostiene la tensión: ambas cosas pueden ser verdad, pero no en el mismo nivel, no en el mismo contexto, no con los mismos efectos.

El todo en la parte

El pensamiento hologramático también es directamente fecundo para la clínica sistémica. En cada miembro de una familia hay algo del sistema familiar entero: sus mitos, sus secretos, sus exclusiones, sus permisos, sus prohibiciones, sus definiciones del amor, del éxito, del peligro, de la lealtad. Y en cada sesión suele haber algo del mundo: las normas de género, las precariedades sociales, las herencias migratorias, las violencias históricas, los ideales educativos de una época. Morin nos impide reducir la terapia a una escena privada separada del mundo. La familia es íntima, pero también es política, cultural, histórica.

Incluir al observador en la observación

Pero Morin nos ofrece también otra dimensión particular: una ética del conocimiento. Insiste en la necesidad de incluir al observador en la observación. Quien investiga, quien hace clínica, quien hace terapia no son miradas venidas de ninguna parte. Participan en lo que observan. Tienen sus hipótesis, sus afectos, sus pertenencias teóricas, sus puntos ciegos. Para nosotros, esto toca un punto decisivo: la neutralidad no puede ser una ausencia de implicación. Debe convertirse en una vigilancia sobre la propia implicación. Quien practica la terapia sistémica no se limita a observar el sistema; con sus preguntas, sus reformulaciones, sus silencios, su encuadre, entra en el sistema. Se convierte en un elemento del contexto terapéutico. Pensar con Morin es, por tanto, aceptar una clínica más humilde, más reflexiva, menos fascinada por el dominio.

Para ir más lejos

Relacionar.

Edgar Morin desaparece. Pero su pensamiento permanece como una brújula en un mundo que con demasiada frecuencia ha preferido los mapas simplificados a los territorios vivos. Su palabra más valiosa sigue siendo quizá esta: relacionar. Relacionar los saberes, los seres, las generaciones, las disciplinas, las heridas y las esperanzas. Relacionar, no para confundirlo todo, sino para devolver a la vida su complejidad, su fragilidad y su dignidad.

Cómo citar este artículo

Besse, J. (2026, 30 de mayo). La grande leçon d’Edgar Morin aux thérapeutes. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/fr_FR/articles/la-grande-lecon-dedgar-morin-aux-therapeutes

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