Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Family Relations · Familia
No toda la violencia de hijas e hijos contra sus figuras parentales se parece. A partir de 252 personas cuidadoras australianas, casi todas madres, el equipo de Travis Harries distingue dos perfiles según la función de la violencia: cuando es proactiva, la jerarquía familiar se ha invertido; cuando es principalmente afectiva, la figura parental conserva el control y la violencia se asemeja más a un desbordamiento de ansiedad.
Traducción no oficial al español de Not all child-to-parent violence is the same: A person-based analysis using the function of aggression, de Travis Harries, Ashlee Curtis, David Skvarc, Michelle Benstead, Arlene Walker y Richelle Mayshak, publicado en Family Relations (Wiley) (2024), doi: 10.1111/fare.12991, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las tablas se presentan en forma de listas; la información complementaria en línea no se reproduce. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Los distintos tipos de díadas que viven VFP pueden tener necesidades de intervención propias.
Travis Harries, Ashlee Curtis, David Skvarc, Michelle Benstead, Arlene Walker y Richelle Mayshak
Resumen
Objetivo. Explorar una tipología de díadas que viven violencia filio-parental (VFP) a partir de la función de la VFP (es decir, su motivación).
Antecedentes. La VFP puede estar motivada por funciones reactivas (es decir, de represalia), proactivas (es decir, instrumentales) o afectivas (es decir, principalmente emocionales), que pueden coexistir en un mismo individuo; sin embargo, su patrón de coexistencia no se conoce del todo.
Método. Este estudio incluyó a 252 personas participantes de entre 27 y 78 años (M = 45.92, SD = 8.33; 96% mujeres) que estaban a cargo de una persona joven de entre 5 y 24 años (M = 13.18, SD = 4.86) y completaron una encuesta en línea que medía la forma y la función de la VFP, así como una serie de factores relativos a la persona joven, a la figura parental y a la díada. La mayoría de las díadas eran madre-hijo o madre-hija.
Resultados. El análisis de perfiles latentes reveló dos tipos distintos de díadas: las díadas de proactividad alta refirieron una VFP grave, muy reactiva y proactiva, en comparación con las díadas de proactividad baja, en las que la VFP proactiva era rara y la VFP reactiva poco frecuente. Las tasas de VFP afectiva fueron similares en ambos tipos. El análisis de varianza mostró que las díadas de proactividad alta y baja diferían significativamente en factores relativos a la figura parental, a la persona joven y a la díada pertinentes para la intervención.
Conclusión. Las díadas de proactividad alta presentaban inversión de roles y conyugalización (es decir, desbordamiento del conflicto parental), con personas cuidadoras indefensas, asustadas y atemorizantes, y una persona joven con rasgos dominantes. Las díadas de proactividad baja se caracterizaban por una persona cuidadora que mantenía comparativamente el control, mostraba intrusividad y una supervisión más elevada, y por una persona joven comparativamente menos dominante.
Implicaciones. Los distintos tipos de díadas que viven VFP pueden tener necesidades de intervención propias.
La violencia filio-parental (VFP) es una forma de violencia familiar dirigida contra una persona cuidadora por una persona joven a su cargo, que puede producirse por diversas razones o motivaciones vinculadas a tres funciones: VFP proactiva, reactiva y afectiva (Harries et al., 2023). La VFP proactiva es dominante, planificada e instrumental; la VFP reactiva es una represalia frente a intrusiones percibidas o reales de la figura parental; y la VFP afectiva es una respuesta conductual desplazada a partir de un miedo o una frustración internos (también denominada agresión reactiva por frustración interna en la literatura general sobre la agresión; Blair, 2013; Smeets et al., 2017). La presencia de VFP proactiva puede ser el indicador pronóstico más útil de estas funciones. La VFP proactiva se asocia con niveles elevados de rasgos de dureza e insensibilidad emocional (Harries et al., 2023), que constituyen un especificador de resistencia al tratamiento (Hawes et al., 2014; Kimonis et al., 2019), así como con una mayor gravedad de la VFP abusiva (Harries et al., 2023). Así pues, el conocimiento de la función de la agresión tiene una utilidad clínica considerable para la conceptualización de los casos y la aplicación de la intervención (Cano-Lozano et al., 2021a; Curtis et al., 2022). Sin embargo, actualmente no se conocen los patrones según los cuales estas funciones coexisten en un mismo individuo ni sus factores de riesgo asociados.
El ámbito de la VFP carece de un desarrollo teórico cohesionado. Por ello, la exposición que sigue ofrece un marco en el que pueden manifestarse las distintas funciones de la VFP, basado en la teoría del apego, la teoría de los sistemas dinámicos (Granic & Patterson, 2006) y la teoría del poder diádico (Dunbar, 2004).
La VFP puede producirse en el marco de una pugna de poder entre la figura parental y la persona joven (Bugental & Happaney, 2000). La persona joven mantiene una lucha persistente por el control frente a la figura parental (Calvete et al., 2014), que puede ir retirándose cada vez más (Routt & Anderson, 2011) a medida que flaquean sus intentos de conservar el control (Eckstein, 2004; Selwyn & Meakings, 2016). En efecto, como especifica la teoría del poder diádico, las dinámicas de poder subyacen a todo tipo de relaciones (Dunbar, 2004), y todos los individuos intentan controlar a los demás (Dumas et al., 1995) en función de su poder relativo dentro de la díada. Los intentos de control se vuelven más probables cuando ambos individuos tienen un poder equivalente, y cada uno de ellos puede encontrarse con intentos de contracontrol, lo que desemboca en una pugna por el poder. Sin embargo, en relación con los demás, los individuos con muy poco poder pueden retirarse por completo de tales interacciones de poder (Dunbar & Mejia, 2013).
El poder percibido de un individuo, y por tanto su probabilidad de intentar ejercer control (Dunbar & Johnson, 2015), depende de los recursos de poder de que dispone (Kuczynski, 2012). Determinados rasgos de personalidad pueden aumentar el poder percibido o real de la persona joven y facilitar la VFP proactiva. Los rasgos de dureza e insensibilidad emocional se asocian con actitudes de dominio sobre las figuras de autoridad (Tampke et al., 2021) y pueden proporcionar la motivación, así como los medios y la capacidad para ello. Concretamente, las personas jóvenes con niveles elevados de rasgos de dureza e insensibilidad emocional muestran insensibilidad al castigo (Chen et al., 2021), lo que reduciría el poder relativo de la figura parental que recurre a la disciplina para mantener el control. Los rasgos de dureza e insensibilidad emocional y los rasgos narcisistas coexisten con frecuencia (Van Geel et al., 2017) y, juntos, pueden otorgar a la persona joven un poder percibido considerable en la díada y aumentar la probabilidad de conflicto (Lee-Rowland et al., 2017). Un nivel elevado de narcisismo en la hija o el hijo puede alejar a la díada de los objetivos comunes y orientarla hacia la búsqueda del interés propio, lo que aumenta la frecuencia de las interacciones de poder.
Un requisito de la dominación es la sumisión (Dunbar, 2004), por lo que las agresiones proactivas se dirigen preferentemente contra blancos pasivos (Hubbard et al., 2001). Las figuras parentales poseen una autoridad inherente dentro de la díada (Baumrind, 1968; Dunbar, 2004) y son blancos atípicos de agresiones proactivas. Pese a ello, es evidente que en algunas familias las figuras parentales pierden su poder. Esta pérdida de poder puede producirse a través de procesos relacionales de disolución de límites (Kerig, 2005) que socavan el apego seguro entre la figura parental y la persona joven. Por ejemplo, la persona cuidadora puede conyugalizar a la persona joven, elevándola hasta conferirle el poder de una pareja e implicándola en el conflicto conyugal o posconyugal y en un trato hostil (Kerig, 2005). En un proceso posiblemente relacionado y estrechamente vinculado a la teoría del apego (Engelhardt, 2012), las personas cuidadoras pueden volverse vulnerables a una inversión de los roles parentofiliales en la díada a través de un cuidado desconectado (Out et al., 2009). En ese caso puede formarse un apego desorganizado, y la figura parental puede mostrarse alternativamente asustada y atemorizante (Hesse & Main, 2000; Main & Hesse, 1990), lo que crea un entorno impredecible que la persona joven se siente impulsada a controlar, en algunos casos recurriendo a un trato punitivo y hostil hacia la figura parental análogo a la VFP proactiva (es decir, inversión punitiva de roles; Lecompte & Moss, 2014; Moss et al., 2004). En tales casos, la figura parental puede sentirse indefensa en su labor de cuidado (Lecompte & Moss, 2014).
Sin embargo, las figuras parentales también disponen de medios para afirmar su poder dentro de la díada; en algunos casos, la pugna de poder puede inclinarse claramente a su favor. Esto puede favorecer una función predominantemente reactiva de la VFP. Por ejemplo, la disolución de límites también puede restar poder a la persona joven. Las figuras parentales pueden ser muy intrusivas y multiplicar los intentos de control que invaden la autonomía de la persona joven (Kerig, 2005). Del mismo modo, la autoridad natural de la figura parental le permite afirmar el control mediante la disciplina (Dunbar, 2004).
Los resultados de esta pugna continua por el poder pueden canalizarse en patrones observables de interacción entre la figura parental y la persona joven, que mantienen el statu quo. Aunque la teoría de la coerción (Patterson et al., 1984) se aplica con frecuencia a la VFP, esta explicación resulta demasiado simplificada cuando se considera la función de la VFP. El modelo implica que toda VFP se aprende con el tiempo y que, por tanto, toda VFP se vuelve naturalmente proactiva. En una ampliación de la teoría de la coerción, conocida como teoría de los sistemas dinámicos, Granic y Patterson (2006) especificaron que los factores de riesgo en interacción producen gradualmente patrones de interacción estables (atractores). Los sistemas dinámicos y los atractores que forman reciben aportaciones tanto de la persona joven como de la figura parental, que pueden conducir a la díada hacia determinados atractores, algunos de los cuales son más propicios para mantener agresiones proactivas, mientras que otros representan interacciones en las que la VFP reactiva puede ser más plausible. La teoría de los sistemas dinámicos especifica dos atractores coercitivos: un atractor permisivo-hostil y un atractor mutuamente hostil.
El atractor permisivo-hostil describe un estado en el que la persona joven recurre a la agresión y la figura parental responde retirándose (Granic & Patterson, 2006). Estas interacciones pueden derivar de un cuidado desconectado que ha desembocado en una inversión punitiva de roles o en una conyugalización. Ambos procesos refuerzan el poder relativo de la persona joven y facilitan intentos de control proactivos que pueden fomentar la permisividad parental, de forma muy parecida a lo que ocurre con las víctimas de acoso escolar (Salmivalli & Peets, 2009). Estas interacciones permisivo-hostiles pueden reforzar nuevas conductas de VFP proactiva, ya que la persona joven obtiene más autonomía y la conducta coercitiva apenas tiene consecuencias ni se ve interrumpida (Pang et al., 2013).
El atractor mutuamente hostil podría acoger y mantener tanto la VFP reactiva como la proactiva. En las hostilidades impulsadas principalmente por la persona joven, los episodios de VFP proactiva podrían desencadenar un contraintento de control de la figura parental, que a su vez recibe como respuesta VFP reactiva a medida que se instala una lucha equilibrada por el poder (Bugental & Happaney, 2000; Dunbar, 2004). Sin embargo, el atractor mutuamente hostil también podría carecer de VFP proactiva y estar iniciado o impulsado por la figura parental. Las figuras parentales estresadas o despojadas de poder pueden recurrir a tácticas de control más basadas en la afirmación del poder (un correlato de la VFP; Ibabe & Bentler, 2016) para restaurar su poder en la díada (Steeger & Gondoli, 2013). En este caso, la figura parental puede mostrar un poder y un control considerables y dirigir la hostilidad hacia una persona joven sin poder que responde con represalias, sobre todo cuando la persona joven presenta rasgos de irritabilidad.
Las funciones de la agresión están estrechamente interrelacionadas (Harries et al., 2023) y parecen coexistir en un mismo individuo (p. ej., Brugman et al., 2017; Euler et al., 2017), así como en las interacciones (Dodge, 1991; Walters, 2005). Este solapamiento dificulta estadísticamente modelizar los correlatos propios de cada función de la VFP (Pang et al., 2013). Además, es probable que la identificación de correlatos a nivel de variables no se traduzca en presentaciones clínicas. Es necesario, en cambio, explorar las funciones de la VFP a nivel individual. Los análisis centrados en la persona agrupan a los individuos para obtener subgrupos de población que comparten una combinación de variables (p. ej., el análisis de clases latentes; McCutcheon, 1987) y maximizan la utilidad clínica de los resultados (Lanza & Rhoades, 2013). Los estudios que utilizan enfoques de agrupamiento inductivo indican un solapamiento considerable entre funciones; casi todas las personas jóvenes agresivas actúan de forma reactiva, mientras que una minoría recurre tanto a la agresión proactiva como a la reactiva (Smeets et al., 2017).
Una modelización incipiente ha examinado las diferencias en la función de la VFP entre clases de personas jóvenes. Navas-Martínez y Cano-Lozano (2022) observaron que los perfiles generalistas (es decir, personas jóvenes que ejercían VFP y también agredían a sus iguales) presentaban una inadaptación significativamente mayor que los perfiles especialistas (es decir, personas jóvenes que solo ejercían VFP y no agredían a otros blancos). Los perfiles generalistas mostraban también más agresión proactiva y reactiva. Aunque este estudio es importante y útil, la función de la agresión no era el eje de la elaboración de perfiles y solo se demostró que se correlacionaba con la agresión generalista. De hecho, hasta la fecha ninguna tipología ni sistema de clasificación se ha centrado en la función de la VFP, porque hasta hace poco existían pocas medidas adecuadas (Harries et al., 2023).
El presente estudio tenía como objetivo explorar una tipología de díadas que viven VFP basada en la función de la VFP. Planteamos en primer lugar la hipótesis de que el análisis centrado en la persona produciría perfiles caracterizados por niveles elevados y concurrentes de VFP proactiva, reactiva y afectiva, y otros caracterizados por niveles bajos de VFP proactiva y niveles elevados de VFP reactiva o afectiva. A continuación, comparamos estos tipos de díadas y díadas de control sin abuso en una serie de factores relativos a la figura parental, a la persona joven y a la díada. Planteamos la hipótesis de que un tipo de díada de proactividad alta se asociaría con una mayor retirada de la persona cuidadora y con rasgos dominantes más marcados en la persona joven (p. ej., rasgos de dureza e insensibilidad emocional y narcisismo) que el tipo de díada de proactividad baja y el grupo de control. Por último, planteamos la hipótesis de que un tipo de díada de proactividad baja se asociaría con un mayor control e implicación de la persona cuidadora y con rasgos dominantes menos marcados en la persona joven que el tipo de díada de proactividad alta y el grupo de control. Un objetivo adicional del estudio era confirmar la estructura factorial de la Child-to-Parent Violence Functions Scale (CPV-F; según Harries et al., 2023).
Participaron 252 personas cuidadoras de entre 27 y 78 años (M = 45.92 años, SD = 8.33) a cargo de una persona joven de entre 5 y 24 años (M = 13.18 años, SD = 4.86). Las personas cuidadoras eran mayoritariamente mujeres (96%), y las personas jóvenes sobre las que informaban eran en su mayoría varones (60%). La gran mayoría de las personas participantes eran madre o padre biológico de la persona joven (86%), y el 7% eran madrastra o padrastro, familia de acogida o familia adoptiva. Algo menos de la mitad (48%) estaban casadas, el 18% separadas, el 14% divorciadas, el 2% viudas y el 18% nunca se habían casado. Las personas participantes fueron reclutadas en línea mediante anuncios que describían una investigación sobre el conflicto entre figuras parentales e hijas e hijos.
Las personas participantes indicaron su género y su edad, así como los de la persona joven objeto del estudio. También indicaron si la persona joven tenía un diagnóstico de salud mental.
El Abusive Behaviour by Children—Indices (ABC-I; Simmons et al., 2019) es una medida de la VFP con puntos de corte derivados empíricamente para distinguir el abuso de la violencia. Esta medida contiene nueve ítems que miden tres subescalas: agresión física, agresión verbal y conducta coercitiva. Las personas participantes responden a los ítems mediante una escala de valoración de 6 puntos que va de 0 (nunca) a 6 (a diario). Una puntuación total igual o superior a 16 indicaba abuso en los últimos 12 meses. Los valores de la escala se ponderaron de forma diferente en cada ítem en función de la gravedad para distinguir el abuso de la violencia. Por ejemplo, la agresión verbal (considerada de forma aislada) debe referirse a diario para constituir abuso, mientras que basta con que la agresión física se refiera una sola vez en los últimos 12 meses. No se calculó la fiabilidad, ya que los constructos son formativos.
La CPV-F (Harries et al., 2023) es una medida de la función de la agresión específica de la relación entre figura parental y persona joven. Antes de la reducción de ítems, 23 ítems medían las diferencias observables entre agresiones proactivas y reactivas (Kempes et al., 2005), centradas en cuatro facetas visibles durante el acto violento: el afecto, el momento, la provocación y la finalidad. Las personas participantes responden a los ítems en una escala Likert de 5 puntos que va de 0 (nunca) a 4 (casi siempre). Tras la reducción de ítems, quedaron 18 ítems repartidos en tres factores: reactivo (α = .83), afectivo (α = .68) y proactivo (α = .93).
Se tomaron cuatro ítems de la Revised Conflict Tactics Scale (Straus et al., 1996) para medir la violencia psicológica y física contra hermanas y hermanos y contra iguales. Los ítems medían la frecuencia de la violencia en una escala Likert de 6 puntos que va de 0 (nunca) a 5 (a diario) y se repetían para los iguales y para los hermanos. En el presente estudio, la fiabilidad de la escala fue excelente para la violencia contra iguales (α = .91) y contra hermanos (α = .92).
El Inventory of Callous Unemotional Traits (ICU) se utiliza ampliamente para el cribado de los rasgos de dureza e insensibilidad emocional (Frick, 2004). El ICU es un cuestionario de 22 ítems que se centra en los tres factores que sustentan el constructo de dureza e insensibilidad emocional: dureza, despreocupación e inexpresividad emocional. Las personas participantes responden a cada ítem en una escala Likert de 4 puntos que va de 0 (nada cierto) a 3 (totalmente cierto). El ICU muestra una buena validez de criterio en muestras adolescentes y una buena validez convergente en niñas y niños de más edad (Gao & Zhang, 2016). La escala completa mostró una fiabilidad excelente en el presente estudio (α = .92).
La subescala de trastorno narcisista de la personalidad del Multisource Assessment of Personality Pathology (Oltmanns & Turkheimer, 2006) forma parte de un instrumento de 103 ítems, entre ellos 79 ítems basados en los 10 trastornos de la personalidad reconocidos en la cuarta edición del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders y 24 ítems basados en otros rasgos de personalidad. El presente estudio utilizó únicamente los 10 ítems relativos al trastorno narcisista de la personalidad, medidos en una escala Likert de 4 puntos que va de nunca a siempre. La fiabilidad de la escala en el presente estudio fue excelente (α = .89).
El Affective Reactivity Index (ARI; Stringaris et al., 2012) mide la reactividad afectiva (es decir, la ira) mediante siete ítems evaluados en una escala Likert de 3 puntos que va de no es cierto a ciertamente es cierto. El ARI tiene una validez y una fiabilidad adecuadas (Stringaris et al., 2012); su fiabilidad fue excelente en el presente estudio (α = .93).
El Dimensions of Discipline Inventory (DDI; Straus & Fauchier, 2007) es una medida exhaustiva de las tácticas disciplinarias parentales. El uso de la disciplina se mide mediante 26 ítems, valorados en una escala Likert de 10 puntos que mide la frecuencia de uso de cada táctica disciplinaria (p. ej., retirada de privilegios, distracción, vigilancia). El DDI se utilizó para crear varios indicadores. El primero fue el esfuerzo disciplinario, que refleja la frecuencia bruta del conjunto de las estrategias disciplinarias. También se calculó la proporción del esfuerzo disciplinario basada en la afirmación del poder, así como la proporción inductiva. Estas proporciones se calcularon dividiendo la suma de la escala correspondiente por la suma disciplinaria total y dividiendo por 100 para obtener una proporción porcentual de disciplina basada en la afirmación del poder o inductiva, conforme al manual del DDI (Straus & Fauchier, 2007). Este método permitía controlar las diferencias en la frecuencia de la disciplina. Los ítems que medían la coherencia de la disciplina, el hecho de ignorar la mala conducta y la vigilancia disciplinaria también se sumaron y se incluyeron en el presente estudio. La escala completa mostró una fiabilidad excelente (α = .92).
El Alabama Parenting Questionnaire (Essau et al., 2006) es una medida de las conductas parentales compuesta por 42 ítems repartidos en cinco dimensiones de la crianza, medidos en una escala Likert de 5 puntos que va de nunca a casi siempre. Solo se utilizó la subescala de vigilancia/supervisión (seis ítems) (α = .86).
El Parenting Styles and Dimensions Questionnaire es una medida del estilo parental compuesta por 11 subescalas (Olivari et al., 2013). El cuestionario completo contiene 62 ítems medidos en una escala Likert de 5 puntos que va de nunca a casi siempre o siempre. En el presente estudio solo se utilizaron los ítems de la subescala de calidez e implicación (Warmth & Involvement) (α = .83).
La Parent–Child Boundaries Scale (Kerig, 2005; Rowa et al., 2001) es una escala de 35 ítems cumplimentada por la figura parental, diseñada para medir la disolución de límites en la relación entre la figura parental y la persona joven. Se utilizaron las subescalas de intrusividad y de conyugalización, con ítems medidos en una escala Likert de 5 puntos que va de nunca a casi siempre. La subescala de conyugalización mostró una fiabilidad muy buena en el presente estudio (α = .84); sin embargo, la fiabilidad de la subescala de intrusividad fue baja (α = .58).
El Caregiver Helplessness Questionnaire (CHQ; Huth-Bocks et al., 2016) mide la conducta de cuidado desorganizada y consta de 26 ítems valorados en una escala Likert de 5 puntos que va de 1 (nada característico) a 5 (muy característico). El CHQ incluye tres subescalas: madre-hijo asustados (seis ítems), madre indefensa (seis ítems) e hijo que cuida (siete ítems; no utilizada en el presente estudio). Se eliminó un ítem de la subescala de madre asustada («mi hijo o mi hija me pega, me da patadas o me muerde») por multicolinealidad con la medida de la VFP (modelizada como variable dependiente). Las subescalas de madre asustada y de hijo asustado se separaron para ajustarse a las conceptualizaciones del cuidado desconectado. En el presente estudio, la fiabilidad fue excelente (α = .91).
La Depression, Anxiety, Stress Scale (Henry & Crawford, 2005) mide la sintomatología depresiva, ansiosa y de estrés. El presente estudio utilizó únicamente la subescala de estrés (activación inespecífica; α = .87), que incluye siete enunciados medidos en una escala Likert de 4 puntos (0 = No se aplicó en absoluto a mí, 3 = Se aplicó mucho a mí o la mayor parte del tiempo).
El estudio obtuvo la aprobación ética del Comité de Ética de la Investigación en Seres Humanos de la Deakin University (ID: 2020–227). Las personas interesadas accedieron a una encuesta en línea alojada en Qualtrics entre junio de 2021 y marzo de 2022. Completar la encuesta llevaba unos 25 minutos. Quienes la completaban podían participar en un sorteo para ganar un vale de regalo. Los datos se analizaron con SPSS versión 26 (IBM Corp., 2019b), SPSS AMOS versión 28 (IBM Corp., 2019a) y RStudio (RStudio Team, 2020). Para el análisis factorial confirmatorio y el análisis de perfiles latentes solo se incluyó a las personas participantes que cumplían los criterios de abuso del ABC-I (n = 195).
Para profundizar en la validación de la CPV-F, realizamos un análisis factorial confirmatorio. Se puso a prueba el modelo original propuesto por Harries et al. (2023) y se refinó para mejorar su ajuste en la presente muestra. Es bien sabido que las funciones de la agresión están interrelacionadas (Harries et al., 2023), por lo que las modificaciones realizadas consistieron principalmente en eliminar ítems con fuertes cargas cruzadas y en tener en cuenta covarianzas elevadas entre ítems. Se eliminaron del modelo los ítems P10 («Después de ser violenta o agresiva conmigo, la persona joven parece arrepentida»), A2 («La persona joven se enfada mucho con rapidez»), A1 («Puedo predecir cuándo es probable que la persona joven responda con violencia o agresión»), R3 («La persona joven está a la defensiva») y P1 («Es exigente»). Se detectó una violación moderada de la normalidad multivariante (CR = 7.75; Yuan et al., 2005). Por ello, estimamos el modelo con el procedimiento bootstrap de Bollen-Stine (1992) (200 muestras). Sobre la base de estos resultados, concluimos que el modelo seguía teniendo un ajuste aceptable (p = .060) e interpretamos los pesos de regresión corregidos por sesgo; todas las trayectorias seguían siendo significativas (p < .05).
En conjunto, el modelo actualizado conservaba la distinción teórica entre funciones y se ajustaba significativamente mejor a los datos (véase la tabla complementaria 1). Sin embargo, el factor afectivo pasaba a describirse mejor como VFP basada en la ansiedad, más que como frustración interna en general. La escala final y la estructura factorial utilizadas en el presente estudio figuran en la figura complementaria 1.
Realizamos un análisis de perfiles latentes para explorar la presencia de subgrupos en la muestra en función de la función y la gravedad de la VFP. En la tabla complementaria 2 se presenta una comparación entre los modelos de una, dos, tres y cuatro clases. Aunque la solución de tres clases era la que mejor se ajustaba a los datos, los modelos con predictores de distribución no normal (como las variables de gravedad del abuso y de VFP proactiva en el presente estudio) tienden a obtener un mejor ajuste con soluciones más complejas (Morgan et al., 2016). Además, por encima de una solución de dos perfiles, el tamaño de los perfiles quedaba por debajo del umbral mínimo de inclusión (los perfiles adicionales tenían n < 25; Lubke & Neale, 2006). Todos los modelos produjeron una solución cualitativamente similar, caracterizada por una gravedad creciente del abuso junto con un aumento de la VFP proactiva y reactiva, así como una precisión aceptable en la asignación de clases (todos los modelos tenían valores de entropía superiores a .80; Clark & Muthén, 2009). Por ello, seleccionamos el modelo más parsimonioso de dos perfiles (criterio de información de Akaike = 1,906.21, criterio de información bayesiano ajustado por tamaño muestral = 1,926.21, entropía = 0.82).
Los resultados de la clasificación de perfiles indicaron que el 60% de las personas participantes que vivían VFP se clasificaron en el perfil uno (n = 118) y el 40% en el perfil dos (n = 77). Los estadísticos descriptivos de cada variable que contribuye a los dos perfiles se presentan en la figura 1. El perfil 1 (proactividad baja) se caracterizaba por niveles bajos de abuso y una proporción comparativamente menor de agresión proactiva en el total de la VFP, frente al perfil 2 (proactividad alta), en el que la VFP proactiva representaba una proporción considerable del total de la VFP (figura 1). Las díadas de control (sin abuso) estaban formadas por personas participantes que no cumplían los criterios de abuso y que, por tanto, no se tuvieron en cuenta en el análisis de perfiles latentes. Algunas referían, no obstante, VFP verbal o coercitiva muy poco frecuente (n = 24), mientras que otras no referían ninguna VFP.

La información sociodemográfica y relativa a la VFP de cada tipo de díada se presenta en la tabla 1. No hubo diferencias significativas entre tipos en cuanto a la edad de la persona joven, F = 1.29(2,251), p = .276, ni al género (χ2 = 0.16, p = .922). Sin embargo, tanto el tipo de proactividad alta como el de proactividad baja presentaban mayores proporciones de personas jóvenes con un diagnóstico de salud mental que las díadas sin abuso (χ2 = 27.89, p < .001).
Tabla 1 — Comparación descriptiva entre los perfiles latentes y el grupo de control
Nota. No se realizaron pruebas de significación para la forma ni para la función de la VFP, ya que estas variables contribuían al modelo de perfiles latentes. TDAH = trastorno por déficit de atención con hiperactividad; TEA = trastorno del espectro autista; VFP = violencia filio-parental; Trauma = diagnóstico de trastorno de estrés postraumático o de trastorno disociativo. a Los percentiles más altos indican una mayor desventaja socioeconómica en relación con la población australiana. b Diferencia significativa por pares entre los grupos sin abuso y de proactividad baja. c Diferencia significativa por pares entre los grupos sin abuso y de proactividad alta. d Diferencia significativa por pares entre los grupos de proactividad baja y de proactividad alta.
Realizamos una serie de análisis de varianza para explorar las diferencias entre los perfiles latentes y el grupo de control. Los valores atípicos solo se eliminaron de los modelos cuando eran muy influyentes. Cuando fue necesario, se aplicó una corrección de Welch para corregir la heterogeneidad de varianzas entre grupos. Las diferencias entre grupos más significativas se observaron en los rasgos de personalidad de la persona joven y en la indefensión de la persona cuidadora. Los resultados de todas las comparaciones entre grupos se presentan en la tabla 2.
Tabla 2 — Diferencias entre los perfiles latentes y el grupo de control
Nota. CU = dureza e insensibilidad emocional (callous–unemotional). a Diferencia significativa por pares entre los grupos sin abuso y de proactividad baja. b Diferencia significativa por pares entre los grupos sin abuso y de proactividad alta. c Diferencia significativa por pares entre los grupos de proactividad baja y de proactividad alta. d Estadístico de Welch.
El presente estudio pretendía investigar una tipología de díadas que viven VFP abusiva basada en la función de la VFP, así como explorar los correlatos de estos tipos relativos a la figura parental, a la persona joven y a la díada. Encontramos dos tipos de díadas caracterizados principalmente por tasas altas o bajas de VFP proactiva. En las díadas de proactividad alta, no solo la tasa de VFP proactiva era sustancialmente mayor que en las díadas de proactividad baja, sino que estas díadas vivían también mucha más violencia; por ello, la proporción dentro de cada grupo es más significativa que las frecuencias brutas. De hecho, en el tipo de proactividad alta se observaba un uso equilibrado y más frecuente de las tres funciones que en el tipo de proactividad baja (véase la figura 1). El tipo de proactividad baja mostraba menos conductas de VFP y recurría a muchas menos agresiones proactivas en proporción al conjunto de las funciones (la respuesta media a los ítems proactivos era «rara vez»). En estas díadas, la función de la VFP era, en cambio, principalmente afectiva y en parte reactiva.
Ambos tipos de díadas refirieron recurrir en alguna medida a las tres funciones; no encontramos un tipo puramente reactivo (ni afectivo). Todas las díadas vivían un abuso significativo y continuado, no incidentes aislados de agresión leve. Es posible que sí exista un tipo puramente reactivo, pero solo en una población por debajo del umbral de abuso: los modelos generales de la agresión encuentran agresión reactiva pura en grupos de menor gravedad (Brugman et al., 2017). En un análisis exploratorio, examinamos esta posibilidad con las personas participantes que referían VFP pero no cumplían los criterios de abuso en nuestra muestra (n = 24). Estas díadas por debajo del umbral de abuso referían principalmente VFP afectiva (M = 1.42) y una frecuencia muy baja de VFP reactiva (M = 0.56) y proactiva (M = 0.22). A la luz de estas tendencias, es más probable que aquí pudiera surgir un tipo puramente afectivo que uno puramente reactivo. La VFP puramente reactiva podría encontrarse, en cambio, en casos extremos de maltrato infantil, en los que la motivación para recurrir a la VFP es una respuesta de supervivencia (Ibabe, 2019; Loeber & Hay, 1997).
Planteamos la hipótesis de que las díadas que viven una VFP de proactividad alta se caracterizarían por una figura parental retraída y una persona joven empoderada. Encontramos algunos datos que respaldan esta predicción. En primer lugar, las personas cuidadoras de las díadas de proactividad alta se describieron como las más indefensas, asustadas y atemorizantes en comparación con las personas cuidadoras de las díadas sin abuso y de proactividad baja. Teniendo en cuenta el recurso considerable de la persona joven a la VFP proactiva, esto sugiere que en estas díadas se ha producido alguna forma de inversión punitiva de roles. En consonancia con la perspectiva de la inversión de roles, observamos también que las personas jóvenes de estas díadas tenían significativamente más autonomía (es decir, estaban menos supervisadas) que en las díadas de proactividad baja y estaban más conyugalizadas. Además, las personas jóvenes de las díadas de proactividad alta presentaban características de personalidad propicias a la dominación en las relaciones interpersonales: tenían rasgos de dureza e insensibilidad emocional y de narcisismo mucho más marcados que las demás personas jóvenes, lo que favorecería la búsqueda del interés propio (creando las condiciones de una pugna de poder) y les proporcionaría también los medios para lograrlo mediante una coerción poderosa.
Las díadas de proactividad alta mostraban una conyugalización mayor que las díadas de proactividad baja y sin abuso. Las díadas de proactividad baja no diferían significativamente de las díadas sin abuso, lo que indica que la conyugalización podría ser propia de las díadas de proactividad alta. La literatura sobre la conyugalización hostil es escasa (el concepto se menciona más a menudo de lo que se explora); sin embargo, este proceso puede influir en la VFP. En primer lugar, puede elevar a la persona joven en la jerarquía de poder hasta situarla en pie de igualdad (Linde-Krieger & Yates, 2021). Desde la perspectiva de la figura parental, una persona joven conyugalizada es comparable a una pareja adulta, y sus conductas se perciben como tales. Esto puede implicarla en conflictos que exceden los límites de la relación entre figura parental y persona joven y que desbordan desde el subsistema conyugal o posconyugal (Kerig et al., 1993). Esto concuerda con investigaciones previas sobre la VFP que han identificado tasas elevadas de conflicto de pareja en las familias que viven VFP (Izaguirre & Calvete, 2017). Actualmente, la explicación predominante del impacto de la violencia de pareja (VP) en la VFP se basa en la teoría del aprendizaje social, según la cual la persona joven puede presenciar y reproducir las conductas violentas de una o ambas figuras parentales (Tew & Nixon, 2010). Este estudio añade que esa explicación quizá no sea completa y que el conflicto de pareja también puede influir en la VFP en las díadas de proactividad alta a través de las representaciones que la persona cuidadora tiene de la persona joven, confundidas con las de una pareja íntima, y del trato hostil similar que esto puede atraer.
Aunque mostraban poco poder y retraimiento, las figuras parentales de las díadas de proactividad alta distaban mucho de ser prototípicamente permisivas. Referían intentos de disciplina significativamente más frecuentes, y su repertorio disciplinario incluía más técnicas de afirmación del poder y menos técnicas inductivas que el de las personas cuidadoras que no sufrían abuso. También eran más intrusivas que las personas cuidadoras sin abuso. Aunque estaban más atentas a la mala conducta, ignoraban estas transgresiones con mayor frecuencia. Esto puede deberse a que la persona joven se portaba mal con frecuencia y la figura parental se veía obligada a «elegir sus batallas», pero también a mantenerse alerta, ya que la mala conducta podía dar pie a un conflicto. Otra posibilidad es que la figura parental perciba a menudo a la persona joven como poderosa, lo que favorece la retirada en muchas circunstancias y la restauración del poder en otras (Steeger & Gondoli, 2013). En ambos casos, la díada podría entrar en un estado de atractor permisivo-hostil.
Hay varias razones por las que los intentos frecuentes de disciplina en una díada de proactividad alta pueden ser problemáticos. Ante todo, las personas jóvenes de estas díadas eran muy irritables (según las puntuaciones del ARI) y, por tanto, muy propensas a responder de forma agresiva a los intentos de control, sobre todo a los coercitivos, y a entrar en un estado de atractor mutuamente hostil. Esto podría explicar por qué estas personas jóvenes mostraban también más VFP reactiva. Las figuras parentales de las díadas de proactividad alta eran además las más estresadas de la muestra. Las figuras parentales estresadas que aplican una disciplina severa tienen más probabilidades de sufrir VFP que las que recurren a una disciplina severa sin estar estresadas (Cano-Lozano et al., 2021b). Por último, es poco probable que estas estrategias tengan éxito, dado que los rasgos de dureza e insensibilidad emocional se asocian con la insensibilidad al castigo (Chen et al., 2021; Hawes & Dadds, 2005). Un proceso así puede perpetuar la indefensión en el rol parental y el agotamiento parental, un factor de riesgo de conductas violentas y negligentes (Hansotte et al., 2021), lo que añade un riesgo adicional a una díada ya mutuamente hostil. Esto no se midió explícitamente en el presente estudio; sin embargo, esta violencia bidireccional es frecuente en las familias afectadas por la VFP (Gallego et al., 2019) y podría derivarse razonablemente de las circunstancias de las díadas de proactividad alta.
Las tasas de VFP afectiva (es decir, de VFP basada en la ansiedad) eran considerables en las díadas de proactividad alta. En la teoría de los sistemas dinámicos (TSD; Granic & Patterson, 2006), se plantea la hipótesis de que la comorbilidad entre ansiedad y agresión está relacionada con las alternancias entre una crianza permisiva y una crianza hostil, aunque esta hipótesis no se ha puesto a prueba desde entonces; este estudio aporta datos preliminares que la respaldan. El componente atemorizante del cuidado desconectado en las díadas de proactividad alta puede generar una ansiedad observable durante las interacciones de VFP, íntimamente ligada a la resolución de ese miedo mediante el control. De ser así, sería razonable que la VFP afectiva disminuyera a medida que la persona joven gana control dentro de la díada. Quizá, a medida que la VFP proactiva se desarrolla una vez establecido el control en la relación, disminuya la ansiedad que impulsa la VFP afectiva. En este estudio, la VFP proactiva se correlacionaba negativamente con la VFP afectiva, y esta correlación solo se observaba en las díadas de proactividad alta (r = −.29). A nivel de variables, la VFP afectiva se asociaba más estrechamente con un cuidado atemorizante que con un cuidado asustado, y menos estrechamente con la indefensión de la persona cuidadora y el estrés parental que la VFP proactiva (tabla complementaria 1). Esto sugiere que la VFP afectiva podría ser más prominente en las fases tempranas del proceso de inversión punitiva de roles, antes de que la VFP proactiva se vuelva muy frecuente y de que una violencia grave agrave el cuidado indefenso y asustado. En conjunto, en las díadas de proactividad alta, la VFP afectiva podría aparecer como un subproducto del establecimiento del control sobre una figura parental atemorizante e impredecible, lo que también podría estar relacionado con experiencias traumáticas previas (Nowakowski-Sims & Rowe, 2017). Así pues, la «función» de la VFP afectiva podría estar relacionada con el alivio de la ansiedad, pero en el contexto de motivaciones más amplias de control y del desarrollo de la VFP proactiva.
Las personas jóvenes de las díadas de proactividad alta también eran agresivas hacia sus iguales y sus hermanas y hermanos con tasas significativamente más altas que las de las díadas de proactividad baja y sin abuso. Aunque esto concuerda con la caracterización de un perfil generalista (Navas-Martínez & Cano-Lozano, 2022), no encontramos un tipo que correspondiera a un perfil especialista. Es posible que los perfiles especialistas se sitúen por debajo del umbral de abuso (p. ej., sin violencia física y con agresión verbal poco frecuente); en esta población predomina la VFP afectiva y, a nivel de variables, esta no se correlacionaba ni con la agresión entre hermanos ni con la agresión hacia iguales.
Planteamos la hipótesis de que las díadas en las que la persona joven recurre menos o nada a la VFP proactiva podrían ser aquellas en las que es la persona joven, y no la figura parental, quien muestra una pérdida de poder. Las personas cuidadoras de las díadas de proactividad baja mantenían más el control, e incluso quizá lo ejercían en exceso. Al igual que en las díadas de proactividad alta, recurrían con más frecuencia que las personas cuidadoras sin abuso a intentos disciplinarios de afirmación para controlar a la persona joven y eran igualmente intrusivas. Sin embargo, estas personas cuidadoras lograban una supervisión de la persona joven más eficaz que en el tipo de proactividad alta; las personas jóvenes de estas díadas estaban menos desatendidas y, por tanto, eran menos autónomas. Estas personas cuidadoras respondían además a la mala conducta con la misma frecuencia que las personas cuidadoras sin abuso. En conjunto, esto refleja una jerarquía sólida a favor de la figura parental, que puede mantenerse mediante la intrusividad y la afirmación del poder (Kerig, 2005). Pese a este control aparentemente punitivo, las personas cuidadoras de las díadas de proactividad baja eran tan cálidas e implicadas como las personas cuidadoras sin abuso y recurrían en una medida similar a estrategias disciplinarias positivas. Esto puede deberse a que estaban menos estresadas y menos indefensas en su rol de cuidado (en comparación con las díadas de proactividad alta); las figuras parentales estresadas y desbordadas (es decir, despojadas de poder) tienden a preferir una disciplina severa (Guajardo et al., 2009; Steeger & Gondoli, 2013). En conjunto, estas personas cuidadoras parecían tener más control que las de las díadas de proactividad alta y, por tanto, probablemente han conservado una mayor parte de la autoridad inherente a su rol.
Pese a mostrar más control que en el tipo de proactividad alta, las acciones intrusivas y a veces basadas en la afirmación del poder de las personas cuidadoras en las díadas de proactividad baja ofrecen una ocasión para que se formen la VFP reactiva y un atractor mutuamente hostil. Las personas jóvenes de las díadas de proactividad baja presentaban rasgos de dureza e insensibilidad emocional, narcisismo e irritabilidad más marcados que las de las díadas sin abuso, pero en una medida mucho menor que en las díadas de proactividad alta. Así pues, aunque estaban mucho menos inadaptadas, seguía siendo poco probable que se retiraran por completo ante una figura parental más inductiva y más cálida, pero intrusiva y basada en la afirmación del poder. A veces, la persona joven puede emprender contraintentos de control frente a la figura parental. Sin embargo, dada la baja frecuencia de VFP proactiva en estas díadas, es posible que estos intentos no tengan éxito y que rara vez inicie tales interacciones.
Aunque en estas díadas se observaba VFP reactiva, esta seguía siendo relativamente poco frecuente en comparación con la frecuencia de la VFP afectiva. Cuando no hay VFP proactiva concurrente, la VFP afectiva puede reflejar el resultado de una tensión acumulada; la ausencia de VFP proactiva sugiere que las respuestas agresivas no se priorizan. Una segunda hipótesis, no puesta a prueba, de la teoría de los sistemas dinámicos era que una ansiedad prolongada, vivida en tiempo real, puede reducir el control cognitivo y «desbordarse» en agresión (Granic, 2014). Las conductas de control como la intrusividad pueden generar ansiedad e irritabilidad en la persona joven (Kashdan et al., 2004; Silverman et al., 2021), lo que puede sobrecargar su capacidad de regulación emocional. Las conductas intrusivas también pueden generar ansiedad al limitar la percepción de control de la persona joven (Nanda et al., 2012). Un trabajo cualitativo reciente de Rutter (2021) concuerda con esta conceptualización y describe un proceso en torno a una persona joven desbordada cuya violencia no es intencionada, no está dirigida y se basa en la ansiedad.
Cabe señalar que las conductas desconectadas que pueden facilitar la inversión de roles no estaban ausentes en las díadas de proactividad baja. El cuidado indefenso, asustado y atemorizante era en todos los casos significativamente mayor que en las díadas de control, aunque en una medida mucho menor que en las díadas de proactividad alta. Estas díadas aún podrían estar en riesgo de inversión de roles y de aprendizaje de una VFP considerable. Sin embargo, estas conductas solo estaban ligeramente elevadas en las díadas de proactividad baja, por lo que el riesgo probablemente es pequeño; podría existir una relación dosis-respuesta entre las conductas parentales desadaptativas y el apego desorganizado (Green & Goldwyn, 2002).
Varias perturbaciones son relevantes para la VFP (p. ej., la transición a la adolescencia). El presente estudio es un corte transversal de lo que probablemente son patrones de interacción fluidos y cambiantes entre la figura parental y la persona joven. El rango de edad de las personas jóvenes en el presente estudio era amplio (5–24 años) y se ajustaba así a las conceptualizaciones actuales de la VFP, que se centran en la relación como cualidad definitoria más que en restricciones de edad arbitrarias (Pereira et al., 2017; Simmons et al., 2018). Sin embargo, la naturaleza de la relación entre figura parental e hija o hijo cambia con el tiempo (p. ej., el poder relativo de la persona joven y las expectativas de autonomía; Stewart & Zaenglein-Senger, 1982; Youniss, 1982). Así pues, podría ser que las díadas de proactividad alta se capten en dos momentos de un proceso de escalada de la VFP: uno en el que la figura parental ha aprendido la indefensión y otro en el que intenta recuperar el control. Para explorarlo, podría hacerse un seguimiento longitudinal de las díadas desde la infancia hasta la adolescencia, aunque la población es reducida, por lo que este enfoque requeriría recursos considerables. Los estudios futuros podrían, en cambio, considerar la edad de la persona joven como moderadora de los factores de riesgo dentro de las tipologías.
Otra limitación fue la sobrerrepresentación de cuidadoras mujeres y el recurso a la información de una sola persona cuidadora. Los cuidadores varones son especialmente difíciles de reclutar para la investigación familiar. Harries et al. (2023) explicaron que los padres varones podrían vivir una VFP de función principalmente reactiva, más que agresiones proactivas de control. Junto con la metodología basada en la información de la figura parental, la infrarrepresentación de los cuidadores varones puede haber inflado la cantidad de VFP proactiva referida en el presente estudio y reducido nuestra capacidad para detectar la agresión reactiva en la población. Basarse en la información de la persona cuidadora probablemente sesgó la descripción de las características de la persona joven; debido al deterioro de la relación, la persona cuidadora puede haber sobrestimado los aspectos negativos de la personalidad y de las conductas de la persona joven. Solo disponíamos de la perspectiva de una persona cuidadora en cada sistema familiar. En los sistemas familiares con dos figuras parentales, cada una puede asumir funciones distintas en el cuidado (McKinney & Renk, 2007; Yaffe, 2020) y tener perspectivas diferentes sobre la vivencia de la VFP. Contrastar la información recogiendo datos de varias personas cuidadoras de un mismo sistema familiar, o la información de la propia persona joven, ayudaría a confirmar los resultados del presente estudio.
Por último, no recogimos datos sobre raza o etnia, que pueden desempeñar un papel importante en la configuración de las normas, los valores y las conductas culturales dentro de las familias. Por ejemplo, existen diferencias culturales en la estructura familiar esperada y en la crianza entre países y culturas (Dunbar & Adams, 2017) que pueden influir en la relación entre la estrategia parental y la adaptación de la persona joven. La normatividad cultural puede moderar el vínculo entre las conductas parentales y la inadaptación juvenil (Lansford et al., 2018), y las estrategias parentales idóneas pueden variar según que la cultura sea individualista o colectivista, jerárquica o igualitaria (Garcia & Gracia, 2009; Singelis et al., 1995).
La tipología de VFP de proactividad alta y baja es útil para planificar la intervención. Ante todo, esta tipología aporta argumentos contra el uso, en la VFP, de intervenciones manualizadas que adoptan un enfoque de «talla única». Aunque las díadas de proactividad alta y baja plantean una amplia gama de consideraciones de intervención propias, las recomendaciones siguientes destacan posibles aspectos centrales del tratamiento y deben considerarse dentro de la complejidad de los sistemas familiares y diádicos. Por ejemplo, la violencia dentro de una relación se produce junto con multitud de problemas secundarios, como la culpa, la vergüenza, el trauma y la distancia emocional (Junco-Guerrero et al., 2021; Scharf & Goldner, 2018; Williams et al., 2017). También es necesario prever un plan de seguridad y la gestión inmediata de la conducta problemática.
En las díadas de proactividad alta, la VFP puede ser un medio inadecuado de lograr el control sobre un entorno impredecible y atemorizante, característico del apego desorganizado (Moss et al., 2004). Por ello, nuestras principales recomendaciones de intervención se centran en fomentar y desarrollar la sensibilidad en el cuidado. Instaurar organización y coherencia en la capacidad de respuesta del cuidado puede ser esencial. Cambiar un entorno de cuidado desconectado, apego desorganizado e inversión de roles parece complejo, pero ello no exige una intervención compleja. Aunque las intervenciones más largas pueden tener mejores resultados (Wright et al., 2017), los módulos de apego más sencillos parecen funcionar mejor (Bakermans-Kranenburg et al., 2003). Trabajar la sensibilidad parental (comprender las necesidades de la persona joven y responder a ellas de forma adecuada; Mesman & Emmen, 2016) produce los beneficios más constantes en la prevención y la reducción del apego desorganizado (Bakermans-Kranenburg et al., 2005; Wright et al., 2017). Aumentar la sensibilidad pretende reducir las respuestas de cuidado asustadas, atemorizantes e indefensas ante las necesidades de la persona joven, e interrumpir los patrones de retirada parental (Yarger et al., 2020).
Aunque esta recomendación se deriva de evaluaciones de intervenciones con figuras parentales y bebés o con figuras parentales y niñas y niños, hay datos que indican que las conductas parentales relacionadas con el apego desorganizado se mantienen estables en el tiempo y constituyen un objetivo terapéutico permanente (Madigan et al., 2011). Aun así, una intervención muy temprana podría ser lo ideal en las díadas de proactividad alta. La edad media de inicio de la VFP en este estudio era temprana: entre 7 y 8 años en las díadas de proactividad alta. Probablemente por eso la muestra abarca tal diversidad de edades, y ello pone de relieve un hallazgo importante: la VFP puede detectarse mucho antes de la adolescencia y supone un riesgo para la relación desde las primeras etapas del desarrollo hasta la adultez emergente. La investigación futura debería tenerlo en cuenta y evitar restringir las muestras a la adolescencia, etapa en la que los factores etiológicos que contribuyen a la aparición de la VFP pueden ser hasta cierto punto distales.
El desarrollo de habilidades parentales sensibles pretende construir un apego más sano; sin embargo, también aquí la persona joven plantea obstáculos importantes. Criar a una persona joven con rasgos de dureza e insensibilidad emocional y narcisistas puede convertirse inevitablemente en una lucha de poder, en la que una figura parental indefensa, estresada y desconectada puede recurrir a estrategias disciplinarias de afirmación del poder para conservar su poder. Sin embargo, es probable que estas estrategias sean ineficaces, ya que las personas jóvenes con rasgos de dureza e insensibilidad emocional responden menos a ese tipo de disciplina y se condicionan sobre todo mediante la recompensa (Chen et al., 2021; Hawes & Dadds, 2005). Esto abre la posibilidad de introducir estrategias centradas en el apego, como la disciplina sensible, componente esencial de las habilidades parentales sensibles en etapas posteriores del desarrollo (Juffer et al., 2017). La disciplina sensible se centra en el refuerzo positivo, la empatía, la disciplina inductiva y la distracción (Juffer et al., 2017). Las implicaciones para la intervención en VFP de los rasgos marcados de dureza e insensibilidad emocional han sido revisadas por Curtis et al. (2022) e incluyen esfuerzos específicos para aumentar la calidez en la díada y fomentar el uso de recompensas. Cabe señalar también que el momento de la intervención es importante en el caso de las personas jóvenes con rasgos de dureza e insensibilidad emocional. Las niñas y los niños de menor edad tienen un mayor potencial de reducción de estos rasgos (y, en consecuencia, de la agresión grave) que quienes se encuentran en etapas posteriores del desarrollo (Masi et al., 2013). Esto refuerza la necesidad de intervenir durante la infancia, sobre todo en las díadas de proactividad alta.
La función de la VFP en las díadas de proactividad baja era significativamente menos diversa, con un predominio de la VFP afectiva. Estas díadas presentan además un riesgo menor (es decir, la VFP que viven es menos grave o frecuente) y justifican, por tanto, una intervención más ligera (Bonta & Andrews, 2007). La VFP afectiva estaba estrechamente relacionada con la reactividad afectiva, uno de cuyos componentes es un estado de ánimo negativo persistente (Stringaris et al., 2012). Es posible que esto reduzca la flexibilidad de la persona joven para pasar de una emoción a otra y dificulte la capacidad de la díada para salir de las interacciones coercitivas (Granic, 2008; Granic et al., 2007), lo que prolonga la hostilidad. Trabajar para aumentar la capacidad de salir rápidamente de los atractores coercitivos puede permitir una reorganización hacia estados más adaptativos. Por ello, una intervención centrada en la regulación y la elaboración de los estados de ansiedad puede reducir la VFP en las díadas de proactividad baja.
El estado de ánimo negativo, la frustración y la irritabilidad (es decir, la reactividad afectiva) de la persona joven también pueden interactuar con la intrusividad parental y aumentar aún más la probabilidad de VFP reactiva. La intrusividad forma parte de la constelación de conductas parentales alteradas para las que el entrenamiento en sensibilidad parental también puede ser adecuado (Out et al., 2009; Yarger et al., 2016). Un entrenamiento en sensibilidad parental específico para la intrusividad puede centrarse en la individuación entre la figura parental y la persona joven y en estrategias de apoyo a la autonomía. La intervención también podría tratar de ayudar a las figuras parentales con los determinantes de las conductas intrusivas, como la baja autoestima y el perfeccionismo (Scharf & Goldner, 2018). Las personas cuidadoras de las díadas de proactividad baja eran solo ligeramente más intrusivas que las de las díadas sin abuso. Si la intrusividad influye causalmente en la VFP, esto indica que solo serían necesarios pequeños cambios en la conducta parental. Esto concuerda con el menor riesgo que presentan estas díadas y es positivo desde el punto de vista pronóstico.
La función de la VFP parece ser una forma válida de delimitar e inferir tipos de díadas, debido a su relación con las dinámicas de poder entre figura parental y persona joven. El presente estudio identificó dos tipos propios de díadas que viven VFP: las díadas de proactividad alta y las de proactividad baja. Las personas jóvenes que ejercen una VFP con un componente proactivo considerable poseen rasgos de personalidad que les confieren poder en la relación, y sus personas cuidadoras se mostraban alternativamente retraídas y hostiles. Por el contrario, en las díadas en las que la VFP es predominantemente afectiva, y rara vez proactiva y reactiva, la persona cuidadora puede conservar el poder y el control mediante la afirmación del poder y la intrusividad. La investigación futura debería considerar la función de la VFP como moderadora de la respuesta a la intervención y tratar de replicar la tipología descrita en este estudio en muestras más amplias y diversas.
Complexe Systémique: lo esencial
El interés del estudio reside en mirar la violencia filio-parental no como un bloque único, sino a través de su función en la relación. Se perfilan dos configuraciones. En la primera, la jerarquía se ha invertido: una persona cuidadora agotada y asustada que alterna entre la retirada y los intentos de recuperar el control, una persona joven que domina y, a menudo, una conyugalización, en la que la hija o el hijo hereda los conflictos de la pareja. En la segunda, la figura parental conserva el control, a veces de forma intrusiva, y la violencia se asemeja más a un desbordamiento de ansiedad. Para la práctica sistémica, la lectura resulta familiar (límites generacionales, triangulación, bucles coercitivos descritos como atractores) e invita a los equipos clínicos a ajustar la intervención en lugar de aplicar un programa único: restablecer un cuidado sensible y previsible en el primer caso, trabajar la regulación de la ansiedad y la intrusividad en el segundo. Los límites son claros: una muestra australiana reclutada en línea, casi exclusivamente de madres, solo el punto de vista de la figura parental, un diseño transversal y una fiabilidad baja para la intrusividad. Puede leerse junto con el artículo sobre una comprensión ecológica de la violencia filio-parental y el artículo sobre la parentificación.
Notas del original
Agradecimientos. Publicación en acceso abierto facilitada por la Deakin University, en el marco del acuerdo entre Wiley y la Deakin University a través del Council of Australian University Librarians.
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Traducción no oficial de Not all child-to-parent violence is the same: A person-based analysis using the function of aggression, de Travis Harries, Ashlee Curtis, David Skvarc, Michelle Benstead, Arlene Walker y Richelle Mayshak, Family Relations, vol. 73, n.o 3 (2024), doi: 10.1111/fare.12991, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (tablas presentadas en forma de listas). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Esta es una traducción del artículo original «Not all child‐to‐parent violence is the same: A person‐based analysis using the function of aggression», publicado en Family Relations (2024) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Harries, T., Curtis, A., Skvarc, D., Benstead, M., Walker, A., et Mayshak, R. (2024). Not all child-to-parent violence is the same: A person-based analysis using the function of aggression. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/not-all-child-to-parent-violence-is-the-same (Obra original publicada en 2024 en Family Relations, 73(3), 1968-1988 (2024); republicada en 2024 por Family Relations, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/fare.12991)
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