¿Por qué la terapia de pareja?


Terapia de pareja · Historia y fundamentos

La pareja como última utopía íntima

Hace treinta años, la terapia de pareja no era más que un territorio marginal, a menudo confundido con el asesoramiento conyugal. Hoy se impone como un campo de pleno derecho de la psicoterapia contemporánea. Esta progresión espectacular no se explica únicamente por el aumento de los conflictos o de las separaciones: revela una transformación profunda del estatus de la pareja en nuestras sociedades. Al inicio de este recorrido, Robert Neuburger propone una mirada sistémica sobre este cambio de paradigma.

Un entusiasmo revelador de un desplazamiento identitario

La multiplicación de las demandas de terapia de pareja no indica tanto una multiplicación de los fracasos conyugales como un aumento de las expectativas proyectadas sobre esta forma de vínculo. La pareja se ha vuelto central en la construcción de sí. Antes, inserta en un conjunto familiar más amplio, a menudo patriarcal, formaba una célula al servicio del clan. Hoy se ha autonomizado.

Esta mutación está ligada a un debilitamiento de las demás instancias identitarias: la familia extensa está fragmentada, las pertenencias comunitarias se han desdibujado, el mundo del trabajo —antes vector de reconocimiento social— ha perdido su poder estructurante. Ante esta erosión de las pertenencias, la pareja se convierte en la última promesa de un «hogar» afectivo e identitario.

La «casa-pareja»: un contenedor para dos

Lo que Neuburger llama la casa-pareja es esa construcción simbólica y relacional en la que dos individuos se comprometen en busca de reconocimiento mutuo, de seguridad y de pertenencia. La pareja, según Neuburger, se convierte en una institución —la más pequeña del mundo—, pero una institución al fin y al cabo, con sus funciones, sus fronteras, sus rituales y sus crisis.

Lo que hace tan particular a esta «institución» es que moviliza expectativas paradójicas: cada cual busca en ella a la vez intimidad, libertad, apoyo, diferenciación y una forma de fusión afectiva. Estas contradicciones suelen estar en el centro de los conflictos que llevan a las parejas a terapia.

Una fragilidad estructural mayor

Si la duración media de una pareja oscila hoy entre 4 y 5 años, quizá sea menos por un déficit de competencia relacional que por un exceso de idealización de la propia pareja. Este vínculo, presentado como el espacio último de realización personal, está sobrecargado: se supone que debe compensar lo que ni la familia ni el trabajo garantizan ya. Y esa presión lo fragiliza.

Antes, separarse cuando se tenían hijos se percibía como un fracaso mayor, casi una transgresión. Hoy, la separación forma parte del paisaje conyugal. Pero eso no significa que las personas estén mejor preparadas para ella. La pérdida de referencias sobre lo que significa «hacer pareja» es uno de los elementos que desencadenan el recurso a la terapia.

Lo que esto implica para la práctica terapéutica

Quien ejerce la terapia de pareja no trata simplemente con dos personas en dificultades. Se le convoca para intervenir en un sistema que concentra las tensiones sociales, generacionales, existenciales y afectivas contemporáneas. Para Neuburger, esto supone una mirada a la vez clínica, antropológica y sistémica sobre esta forma particular de vínculo.

La terapia no tiene como vocación reparar una disfunción objetiva, sino permitir que ambos miembros de la pareja redefinan conjuntamente el marco de su «casa-pareja», revisen sus fundamentos y se reposicionen cada cual frente a sus expectativas. La pareja se concibe en ella como un espacio de negociación, de simbolización y de subjetivación recíproca.

Conclusión

¿Cómo ser dos cuando las referencias comunes se derrumban? Al leer la pareja como un sistema abierto, investido de nuevas misiones identitarias, Robert Neuburger invita a cada terapeuta a pensarse no desde la reparación, sino como acompañante de un sistema complejo, cambiante, frágil y extraordinariamente rico.

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