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Complexe Systémique · Artículo original

El silencio en terapia: una clínica del entre-palabras

Julien Besse y Yara Doumit se toman en serio lo que nuestros manuales dejan fuera de campo: los momentos en que nadie habla. La filosofía, la antropología y la clínica sistémica se cruzan aquí para distinguir los silencios que preceden a la palabra, los que la siguen y los que la sustituyen, hasta llegar a los silencios del trauma, que protegen antes de poder transformarse. Tres viñetas clínicas muestran lo que estas pausas desplazan en un sistema, y el artículo se cierra con una ética del silencio habitado.

Autoría Julien Besse y Yara DoumitPublicación Complexe Systémique, 2026Texto escrito en francés por su autoría

Resumen de la autoría

El silencio ocupa un lugar central, complejo y ambivalente en el encuentro terapéutico. Vivido a veces como un momento de sosiego y otras veces como una tensión que hay que resolver, constituye un fenómeno relacional a la vez personal, cultural y sistémico. Este artículo propone una exploración en profundidad del silencio en terapia desde una perspectiva híbrida: filosófica, antropológica, sistémica y clínica. Tres viñetas clínicas ilustran cómo los momentos de pausa modifican las dinámicas familiares, de pareja e individuales. Por último, el artículo propone implicaciones prácticas y éticas para un uso ajustado del silencio en el trabajo terapéutico.

Palabras clave: silencio, sistémica, temporalidad, comunicación, resonancia, interacción, terapia familiar.

Introducción

«¡Qué música, el silencio!»

Jean Anouilh

Como la luz en un cuadro de Pierre Soulages, el silencio no se impone a la mirada: esculpe, revela. Sin él, las formas se confunden, los contrastes se apagan y el sentido, demasiado lleno de sí mismo, se vuelve opaco. El silencio es lo que permite que el mundo aparezca con nitidez, lo que da a las palabras su profundidad. La música lo sabe desde siempre. Una partitura saturada de notas se convierte en una prueba para el oído. Es el intervalo, la espera, la suspensión lo que da a la melodía su respiración y su fuerza. Los silencios no cortan el flujo musical: lo organizan. Preparan la emoción, instalan la gravedad, hacen posible la reanudación. Alexandre Astier evoca a menudo esta evidencia cuando habla de su escritura: compone sus diálogos como una sinfonía. Lo que importa no es solo lo que se dice, sino lo que se retiene, se difiere, se deja en suspenso. Sin silencio no habría más que cacofonía; con él, nace el ritmo.

En nuestras formaciones de terapeutas, lo que conviene decir suele anteponerse a lo que conviene callar; las obras de nuestras grandes figuras de referencia dejan ver las palabras intercambiadas en sus sesiones, no sus silencios… Sin embargo, es seguro que estos últimos daban toda su profundidad a sus acciones, el carácter único de sus intervenciones y la autenticidad que hacía inimitable su estilo.

El silencio en terapia es un fenómeno tan corriente que podría creerse que no merece comentario. Sin embargo, son pocas las personas que ejercen la clínica y se sienten plenamente cómodas con él. Algunas lo conciben como un paréntesis fecundo, un espacio de respiración donde el pensamiento se reorganiza; otras ven en él el riesgo de un callejón sin salida, un momento en que la alianza podría tambalearse.

En el espacio terapéutico, el silencio nunca es una simple ausencia de ruido. Es acontecimiento. Modifica la textura de la relación, da otro contorno a las emociones, permite o impide la palabra. A veces se impone como una evidencia; otras veces se resiste a la interpretación. Puede hacer emerger un sentido o suspender su formación.

Este artículo propone una exploración del silencio en terapia desde una perspectiva sistémica ampliada. Abordaremos primero el silencio como experiencia humana y después sus diferentes temporalidades en la clínica. Mostraremos a continuación cómo el silencio opera como un agente interaccional y temporal del proceso terapéutico. Un desarrollo específico estará dedicado a los vínculos entre silencio y trauma, para pensar el silencio como respuesta protectora, pero también como huella de una temporalidad herida. Las implicaciones clínicas de estas propuestas se ilustrarán mediante tres viñetas clínicas. Por último, el artículo propondrá una reflexión crítica sobre los malos usos del silencio, antes de abrirse a una discusión ética final que contempla el silencio como una postura relacional que compromete la presencia, la actitud y la responsabilidad de quien ejerce la terapia.

El silencio como experiencia humana

«¿Qué hay más completo que el silencio?»

Honoré de Balzac

Antes de ser un objeto clínico, el silencio constituye una experiencia humana fundamental. A menudo acompaña algunos de los momentos más significativos de la existencia —nacimiento, muerte, estupor, asombro, revelación, sufrimiento—; en esas zonas de umbral, que se encuentran con frecuencia en sesión, el lenguaje no falta tanto como se revela momentáneamente incapaz de contener la experiencia. El silencio no designa allí, por tanto, una ausencia que hay que llenar, sino una densidad que hay que sostener.

Esta perspectiva ilumina de entrada una cuestión clínica central: ¿hay que interpretar el silencio, acompañarlo o mantenerse en él? Heidegger (1927/1986) distingue un silencio que abre un espacio de advenimiento de un mutismo marcado por el retraimiento y la evitación del encuentro. En la clínica, esta distinción invita a no confundir el silencio con el cierre. Incluso cuando el silencio llena todo el espacio, incluso cuando se densifica hasta volver la atmósfera asfixiante, nos invita a prestar atención, a aguzar los sentidos para captar lo que escapa al lenguaje. Como en aquel encuentro con un niño de unos diez años, traído a sesión por su madre porque «se niega a hablar con nadie que no sea yo»: ¿qué revela entonces ese silencio selectivo? Sin duda mucho más de lo que ese niño habría podido expresar con las palabras de que disponía.

Algunas tradiciones apofáticas prolongan esta intuición: ciertas experiencias demasiado densas o demasiado vulnerables exceden las capacidades de nombrar y requieren una suspensión del decir. El silencio sostiene una maduración de la experiencia antes de su puesta en palabras, función familiar en la clínica tras un duelo, un trauma o una revelación íntima. Esta suspensión del decir abre un terreno narrativo: ciertas historias marginadas no pueden emerger mientras el espacio conversacional siga saturado (White & Epston, 1990; White, 2007). El silencio se convierte entonces en condición de posibilidad de relatos alternativos.

Sin embargo, la clínica sistémica recuerda que el silencio es también un hecho social y culturalmente situado (Le Breton, 1997). Según los contextos culturales, puede significar respeto, contención o, por el contrario, incomodidad y retraimiento. Una lectura unívoca del silencio expondría, por tanto, a errores clínicos, y siempre convendrá situarlo en su contexto sociocultural. Procedentes de dos culturas diferentes (entre Europa y Oriente Medio), a menudo nos sorprenden y despiertan nuestra curiosidad nuestras diferencias a la hora de interpretar lo que se transmite, lo que se calla y la manera en que las cosas se dicen o se retienen. El enfoque sistémico ofrece aquí una clave de lectura operativa: el silencio se contempla como un acontecimiento relacional inscrito en una pluralidad de sistemas en interacción —culturales, familiares, interaccionales y transgeneracionales.

Las diferentes temporalidades del silencio

«El ritmo es en el tiempo lo que la simetría es en el espacio»

Eugène d’Eichtal

En la clínica, no todos los silencios tienen el mismo valor ni el mismo sentido, y para diferenciarlos conviene añadir una noción fundamental: el tiempo. Algunos preceden a la palabra, otros la siguen y otros, en fin, la sustituyen.

Los silencios previos a la emergencia marcan un tiempo de recogimiento interno: una mirada que se desvía, una respiración que se hace más profunda, una frase interrumpida en el umbral de lo que importa. Señalan un trabajo en curso. Estos silencios son los primeros que se aprende a no temer en la consulta, porque son esenciales para la construcción de un pensamiento emergente. Quien ejerce la terapia con ansiedad y teme los silencios tenderá a llenarlos demasiado deprisa, invitando a una danza sin respiraciones, a una conversación deshilvanada en la que solo pueden expresarse las representaciones ya construidas. Ahora bien, la terapia es precisamente un espacio de redefinición de las construcciones disfuncionales instaladas, de las creencias limitantes y de los esquemas rigidificados. ¿Cómo podrían reconfigurarse esos automatismos en un tumulto conversacional? En sus desarrollos sobre la entrevista reflexiva, Tomm (1987) subraya la importancia de las pausas y los silencios como momentos en los que el pensamiento se desplaza. El silencio funciona entonces como una interfaz reflexiva que permite a los miembros del sistema percibir sus propios esquemas relacionales antes de poder nombrarlos. En este punto, el silencio se convierte también en una postura clínica. Callar no significa retirarse, sino suspender el saber. Cecchin (1987; Cecchin et al., 1992) insiste en esta curiosidad clínica: un gesto activo de no injerencia que mantiene abierto el espacio de los significados. En nuestra experiencia docente, a menudo es lo que más sorprende a quienes se inician en la terapia durante las primeras simulaciones de entrevista: el cambio de ritmo. Algunos comentarios recogidos espontáneamente ilustran esta sorpresa: «¡Es casi hipnótico! Se tiene la impresión de entrar en otro mundo…». La manera en que la persona terapeuta instala una temporalidad distinta de la de las conversaciones habituales puede sorprender: puntúa los intercambios de otro modo, da un valor particular a cada palabra intercambiada, a cada silencio, y contribuye en este sentido a la emergencia de una diferencia que marcará la diferencia.

Los silencios posteriores a la palabra forman el après-coup necesario para la integración de lo que se acaba de decir. Una revelación o una toma de conciencia solo adquieren su pleno alcance clínico si un silencio viene a recogerlas, permitiendo que la emoción se inscriba en el cuerpo y en la relación. Cuando una información significativa cobra sentido, el silencio es un estuche de primer orden, del mismo modo que el espacio permite realzar el carácter precioso de un objeto. Algunas marcas que buscan dar a sus productos una imagen de lujo lo han entendido bien en el campo del marketing. Apple, por ejemplo, concibe sus tiendas como espacios donde lo superfluo se borra en favor de lo esencial. Colocada sola sobre un expositor en el centro de la sala más amplia de un museo, una piel de plátano adquiriría el estatus de objeto de arte. El vacío confiere valor al objeto, como el silencio se lo da a las palabras.

Nos esforzamos por tener presente esta lógica cada vez que una información nos parece lo bastante significativa como para ponerla de relieve. Desde esta perspectiva, el silencio no constituye solo un marco facilitador: se convierte en una información que contribuye por derecho propio. Al aumentar la permeabilidad del sistema, hace más legible la intención de quien emite, densifica el mensaje y amplifica su impacto en el sistema receptor. Los silencios se convierten así en verdaderos operadores clínicos, al servicio del cambio de los sistemas con los que nos encontramos.

Por último, ciertos silencios ni preceden ni siguen: sustituyen plenamente al lenguaje y abren paso a otra red de significantes. Como dice Alfred de Musset: «la boca guarda silencio para escuchar hablar al corazón». Desde Palo Alto, la comunicación se piensa como ineludible: no se puede no comunicar. El silencio se convierte así en un acto relacional situado (Watzlawick et al., 1967). En nuestra experiencia clínica, a veces solo el silencio puede acoger lo que se deposita, incluso cuando lo depositado adopta esos mismos rasgos; daremos un ejemplo clínico más adelante. En una temporalidad transgeneracional, ciertos silencios protegen lealtades invisibles (Boszormenyi-Nagy & Spark, 1973). Los equipos clínicos de la escuela de Milán mostraron hasta qué punto los silencios no colmados hacen visibles alianzas y jerarquías implícitas. En Andolfi, el silencio adquiere una dimensión encarnada: una presencia emocional compartida.

A veces sorprende constatar, gracias a los comentarios posteriores de las personas acompañadas, que los momentos más potentes estaban muy lejos de lo que se habría podido imaginar. Al preparar una conferencia, enviamos a las personas que acudían a nuestra consulta un cuestionario destinado a recoger su visión del proceso terapéutico emprendido con nosotros, y su testimonio fue muy instructivo. Entre esas respuestas, llamaba la atención que lo que más había marcado a las personas acompañadas no tenía tanto que ver con el contenido de las intervenciones como con la calidad de la escucha y de la presencia. El ritmo de la sesión, la justeza de los silencios y, sobre todo, el sentimiento profundo de ser comprendidas aparecían como elementos determinantes de la experiencia terapéutica. No se trata de reducir la terapia a una simple actitud de presencia, sino de reconocer que esta constituye uno de los pilares sobre los que las intervenciones técnicas pueden luego cobrar sentido.

Silencio y trauma: entre estupor, protección y temporalidad herida

El silencio ocupa un lugar singular en las trayectorias traumáticas. No constituye ni un simple efecto secundario del trauma ni una ausencia de simbolización que convendría colmar. Es ante todo una respuesta adaptativa, a menudo vital, a una experiencia que ha desbordado las capacidades de integración psíquica, relacional y corporal del sujeto. En este contexto, callar no es no decir; es no poder decir todavía sin arriesgarse a una desorganización.

El trauma altera profundamente la relación con el tiempo. Introduce una ruptura en la continuidad de la experiencia, un antes y un después que ya no logran enlazarse. El silencio traumático se inscribe en esta temporalidad herida. Puede corresponder a un estupor inicial, pero con el tiempo se convierte a menudo en una estrategia de protección que permite a la persona consultante mantener una coherencia mínima frente a un entorno percibido como peligroso (van der Kolk, 2014).

En la clínica, esto se manifiesta, por ejemplo, en personas capaces de relatar hechos de manera muy estructurada, pero que se paralizan o se callan en cuanto la entrevista se acerca a una zona afectiva más densa. El silencio surge entonces no como un rechazo, sino como un umbral protector: hablar más supondría correr el riesgo de un desbordamiento emocional que el sistema interno todavía no puede contener.

En los sistemas familiares marcados por el trauma, el silencio nunca se aloja únicamente en el individuo. Circula, se distribuye y a veces se instituye como regla implícita. Lo que uno no puede decir se convierte en lo que los demás aprenden a no oír. El silencio funciona entonces como un dispositivo de regulación sistémica, destinado a preservar los vínculos, evitar el derrumbe o mantener un equilibrio relacional precario. En este sentido, el silencio traumático rara vez es un rechazo de la palabra; con más frecuencia es un intento de supervivencia relacional. En el mundo del trauma, el silencio también puede ser vector de transmisión sintomática, como oímos decir a Boris Cyrulnik en el coloquio «Systèmes humains face aux traumas» del IEFSH en Bruselas (2023) a propósito del psicotrauma: «hablar demasiado transmite el horror, no decir nada transmite la angustia».

Así, en algunas familias confrontadas a un acontecimiento traumático antiguo, se observa que toda evocación del pasado, incluso indirecta, va seguida inmediatamente de una ralentización de la conversación, de un cambio de postura corporal o de una retirada de la mirada. No se formula ninguna prohibición explícita, pero el silencio se impone como una frontera compartida. Solo cuando el marco terapéutico se vuelve lo bastante seguro puede nombrarse ese silencio como tal, a menudo mediante frases como: «Si empezamos a hablar de ello, no sabremos parar».

En el plano clínico, esta distinción es esencial. Confundir silencio traumático y resistencia expone a intervenciones inadecuadas, incluso violentas. Relanzar la palabra demasiado pronto, interpretar el silencio como una evitación o intentar «hacer contar» puede reactivar el estupor o reforzar la disociación (Herman, 1992). En estas situaciones, el silencio no pide ser levantado, sino contenido y respetado en su función.

El trabajo terapéutico consiste entonces menos en producir palabra que en restaurar una temporalidad lo bastante segura para que el silencio pueda, llegado el momento, transformarse. Se trata de acompañar el paso de un silencio de protección a un silencio de preparación y, eventualmente, a una palabra posible. Este paso no puede forzarse; depende de la calidad del marco, de la estabilidad del vínculo terapéutico y de la capacidad de quien ejerce la clínica para tolerar no saber todavía.

Así, el silencio y el trauma mantienen una relación estrecha, no como obstáculo y solución, sino como dos modalidades de un mismo proceso de preservación de la integridad psíquica y relacional frente a lo insoportable. El papel de la terapia no es abolir ese silencio, sino acompañar su metamorfosis, a un ritmo que pertenece a la persona y al sistema en el que se inscribe.

Estas consideraciones adquieren una dimensión especialmente concreta cuando se observa cómo el silencio se inscribe, sesión tras sesión, en el trabajo clínico con las familias y las personas acompañadas.

Implicaciones clínicas: una práctica del silencio en el corazón de la relación terapéutica

«El silencio es una de las formas más perfeccionadas del arte de la conversación».

William Hazlitt

Trabajar con el silencio en terapia supone, en primer lugar, aprender a reconocer sus múltiples rostros.

Primera viñeta clínica

Tras un incesto fraterno que duró más de una decena de años, revelado por la persona víctima en la edad adulta, se produjo una verdadera deflagración en el seno del sistema familiar. Esta revelación tardía rompió un equilibrio basado en lo no dicho y enfrentó a la familia a la magnitud del trauma, a sus efectos diferidos y a las dinámicas relacionales que habían permitido su persistencia.

La persona víctima expresó el deseo de que la persona autora de los hechos pudiera emprender un trabajo terapéutico. Esta petición fue implicando progresivamente al conjunto del sistema familiar en un proceso terapéutico de largo recorrido, con distintos dispositivos y subsistemas: un trabajo específico con la persona autora, un acompañamiento de la persona víctima, espacios dedicados a la fratría y un trabajo con la pareja parental. Este proceso se desarrolló a lo largo de más de dos años.

El trabajo terapéutico se centró en la identificación y la comprensión de los patrones relacionales, en la magnitud del trauma y de sus secuelas, en los procesos de discernimiento y de reconocimiento, así como en el cuestionamiento de los roles, los lugares y las dinámicas relacionales. Progresivamente, se inició un movimiento hacia una diferenciación de las responsabilidades, un reconocimiento del perjuicio sufrido y una redefinición de los vínculos posibles.

Al término de este largo trabajo, los miembros de la familia formularon la petición de un encuentro de confrontación. Este se concibió como un ritual terapéutico destinado a puntuar un bucle de la historia familiar: no para restaurar una unidad de fachada, sino para permitir que cada cual escribiera una historia futura digna y aceptable. Este encuentro debía sellar una separación simbólica —necesaria para la protección de la persona que había sufrido los perjuicios— sin imponer por ello una ruptura familiar total. Se elaboraron entonces nuevas reglas de funcionamiento relacional, centradas en el respeto de las necesidades y los límites de cada cual.

Fue en el marco del trabajo preparatorio de este encuentro, llevado a cabo con la pareja parental, cuando se produjo un momento clínico especialmente significativo. La madre aparece entonces muy silenciosa. Un silencio inusual, que contrasta con su implicación constante a lo largo de todo el proceso terapéutico. Escucha, asiente a veces, pero no toma la palabra.

El terapeuta decide no relanzar inmediatamente y reformula ese silencio como algo que podría estar ligado a lo que se juega ante la proximidad del ritual de paso: después de ese encuentro, cada uno de los hijos e hijas se dispone a orientarse hacia nuevos proyectos, proyectos que han empezado a florecer a lo largo del trabajo terapéutico. La fratría se pone de nuevo en movimiento, cada cual a su manera. Pero ella, la madre, parece quedarse allí, frente al derrumbe de un sueño: el de una familia que nunca podrá volver a reunirse como antes, al completo, en una continuidad intacta, sobre todo en los momentos señalados y las celebraciones familiares.

Se instala un silencio. Y luego otro más. La madre no reacciona. El tiempo se dilata.

El terapeuta pronuncia entonces suavemente su nombre y añade: «No se puede iniciar el abordaje mientras toda la tripulación no esté lista para subir a bordo. Quizá sea mejor esperar a que cada cual pueda sentirse preparado…».

El silencio se prolonga. La madre baja la mirada. Tras un largo momento, toma la palabra entre lágrimas: «Creo que todavía no estoy preparada para permitirme estar mejor… ni para tener un proyecto para mí».

Se interrumpe y luego continúa: «Le guardo rencor. Le guardo rencor por haberme traicionada. No solo por lo que hizo, sino por haber impuesto el silencio… diciendo que, de todos modos, yo nunca creería a la persona víctima si hablaba».

Es la primera vez que la madre formula esta ira de manera explícita. Hasta entonces se había apoyado en una comprensión lineal de las motivaciones de su hijo, autor de los hechos, como si esa comprensión fuera necesaria para mantener una forma de excusa y preservar una coherencia interna soportable. El silencio que precedió a esta palabra no fue una retirada, sino un tiempo de vuelco. Permitió una redistribución de las cartas relacionales, en la que la madre ya no busca a toda costa proteger al hijo autor de los hechos.

En ese momento preciso, el silencio operó como un umbral: umbral entre un duelo congelado y la ambivalencia, entre la protección de un mito familiar y la emergencia de una posición subjetiva más ajustada. Hizo posible la aparición de una palabra que hasta entonces no había encontrado su lugar, abriendo camino a un trabajo posterior sobre la redefinición de los vínculos y la aceptación de una morfogénesis familiar.

Segunda viñeta clínica

La persona consulta en un contexto de sufrimiento instalado desde hace mucho tiempo. Con los años, ha desarrollado mecanismos de protección cada vez más rígidos, excesos de ira y un fondo ansioso invasivo. Progresivamente, estas estrategias, inicialmente protectoras, se han vuelto incapacitantes. Los ataques de pánico se han intensificado, en particular al conducir, hasta el punto de hacer extremadamente difíciles los desplazamientos profesionales. La vida cotidiana está entonces dominada por una hipervigilancia relacional constante: cada interacción se percibe como potencialmente violenta, cada situación como una amenaza.

El trabajo terapéutico individual emprende una lectura sistémica de su historia. Progresivamente se hace posible identificar el interés adaptativo de estos comportamientos en el contexto en que surgieron: respuestas necesarias, en un momento dado, para hacer frente a un entorno percibido como peligroso. Sin embargo, lo que permitió sobrevivir ayer aparece hoy como lo que obstaculiza la vida. Una metáfora se impone poco a poco en el trabajo: la de una persona asignada a montar guardia como centinela, permanentemente alerta, mientras la fiesta continúa sin ella. A fuerza de acechar el peligro, ha perdido el acceso al banquete.

Se emprende entonces un trabajo de inventario de los recursos disponibles y activables, con el fin de identificar lo que podría sostener un movimiento distinto, menos defensivo, más vivo. Es en este contexto donde se produce un momento clínico singular.

En una sesión, el terapeuta evoca la película Underground. Cuenta cómo, durante la guerra, una familia se esconde en un sótano, abastecida regularmente por contrabandistas. La guerra termina, la vida se reanuda en la superficie, pero nadie avisa a la familia de que el peligro ha pasado. Siguen escondiéndose, sobreviviendo como si la guerra nunca hubiera cesado.

El terapeuta termina el relato y se calla.

Llama entonces a la persona por su nombre y pronuncia lentamente una frase performativa: «Hoy, 19 de abril, la guerra ha terminado».

Silencio.

Un silencio denso, pero distinto. Brotan las lágrimas, no lágrimas de angustia, sino lágrimas que mezclan alivio y esperanza. El terapeuta repite, con la misma tonalidad: «Hoy, 19 de abril, la guerra ha terminado».

Ese silencio no es un vacío. Actúa como una autorización. Se produce un vuelco: un antes y un después. Este momento marca un punto de inflexión en el proceso terapéutico, no mediante una interpretación, sino mediante una nueva inscripción simbólica del tiempo presente. Lo que había sido necesario para sobrevivir ya no es necesario para vivir.

En los meses siguientes, la persona empieza progresivamente a abandonar la posición de centinela. Experimenta otras maneras de estar en el mundo, menos defensivas, más abiertas. Recupera el gusto por el «banquete». Unos meses más tarde, prepara un viaje por Europa. Decide hacerlo en coche. Esta vez, conduce ella misma.

Tercera viñeta clínica

La persona es una mujer de unos cuarenta años, con un recorrido politraumático. En su infancia fue maltratada por un padrastro descrito como ávido de poder y de dominación. En el presente, esta vivencia organiza todavía una parte importante de su funcionamiento relacional: toda figura de autoridad, toda asimetría implícita, todo signo –incluso tenue– de una posible toma de poder sobre ella desencadena una alarma interna inmediata. Su modo de protección privilegiado es entonces la escalada simétrica: contraataca, levanta la voz, rigidiza su posición e intenta recuperar el control antes de que se lo arrebaten. Este patrón, inicialmente adaptativo, ha acabado colonizando su vida cotidiana. En el trabajo, la expone a episodios explosivos (gritar a un superior jerárquico, sabotear relaciones con la clientela en cuanto percibe un cuestionamiento). En la esfera íntima, contribuye a una sucesión de rupturas: cualquier matiz de desacuerdo, cualquier necesidad expresada por la otra persona, cualquier desfase en la disponibilidad afectiva puede interpretarse como un intento de dominio. El vínculo se transforma entonces en un campo de batalla, y ella prefiere romper antes que arriesgarse a ser «sometida» de nuevo.

En este contexto, la postura terapéutica es un ejercicio de equilibrismo permanente. La terapia, por definición, instala un marco, un ritmo, unas reglas: otros tantos elementos susceptibles de vivirse como una autoridad. El menor gesto puede interpretarse como directivo. El terapeuta debe sostener sin cesar dos exigencias a la vez: ofrecer un marco lo bastante estable para contener (y dar seguridad), sin que ese marco se viva como dominación.

Es en esta tensión donde tiene lugar un momento clínico decisivo, durante una sesión por videoconferencia. Las cámaras están encendidas. Desde los primeros minutos, la persona dice que «no tiene palabras» y luego precisa que no quiere hablar. El tono no es agresivo; es cerrado, como si la propia palabra se convirtiera en un riesgo. El terapeuta percibe entonces algo muy particular: esta negativa no se parece ni a una provocación ni a una maniobra de control en el sentido estratégico del término. Se parece más bien a un umbral traumático. Como si, en ese lugar preciso, «decir» expusiera a un peligro interno: el de una debacle emocional o el de una intrusión sentida como insoportable (Herman, 1992; van der Kolk, 2014).

Empieza entonces a escribir en la pestaña de chat. Unas cuantas frases cortas, a veces fragmentarias. El terapeuta responde primero de viva voz, en un intento natural de mantener el vínculo. Pero muy pronto se da cuenta de que su voz –aunque tranquila– produce un efecto paradójico: parece realzar la dimensión jerárquica de la escena. Lo oral reactiva algo de la interpelación autoritaria: la palabra como herramienta de dirección, la palabra que ocupa el espacio, la palabra que organiza.

En ese instante, el terapeuta elige un gesto clínico sencillo, pero arriesgado: abandona el lenguaje oral. No intenta «traducir» lo que ella escribe. No propone ninguna reformulación. Tampoco escribe. Permanece allí, plenamente presente, y deja que el intercambio pase de lo digital a lo analógico: postura, mirada, micromovimientos, ritmo respiratorio, calidad de presencia. Esta mujer se vuelve entonces extremadamente atenta a esas señales analógicas. Observa, acecha, escanea. No con una curiosidad banal, sino como quien vigila un entorno potencialmente peligroso: «¿Me va a presionar? ¿Va a interpretar? ¿Va a recuperar el poder mediante el lenguaje? ¿Va a llenar el espacio, imponerme un sentido, hacerme decir?». El terapeuta, por su parte, se mantiene en una disciplina interior: acoger sin capturar; recibir sin transformar; estar presente sin dirigir. Se prohíbe voluntariamente el reflejo profesional de dar forma. Se repite, en esencia, que lo que se deposita aquí no puede decirse, y que todo intento de «hacerlo bien» con palabras correría el riesgo de herir el instante en lugar de sostenerlo.

La sesión transcurre entonces en un silencio casi total. Y durante cerca de una hora no se pronuncia ni una palabra. Sin embargo, no pasa «nada». El silencio es denso, habitado, trabajado. Se parece menos a un vacío que a una suspensión. Aquí, el terapeuta no responde en el mismo registro. No discute. No negocia. No dirige. Tampoco se retira. Mantiene una posición existencial: una presencia comprometida, sin dominio. Al hacerlo, introduce una diferencia que modifica la gramática interaccional. Allí donde el sistema relacional de la persona espera una lucha de poder (y se prepara para ella), encuentra una estabilidad no dominadora. El silencio se convierte entonces en un acto relacional, una respuesta que no alimenta la escalada y que hace posible otra forma de coordinación.

Aquí, el terapeuta no intenta levantar el silencio: lo contiene y, mediante ese gesto, lo autoriza a metamorfosearse. El silencio ya no es solo una retirada defensiva: se convierte en un lugar seguro, una esclusa, una preparación.

Después de esta sesión, algo del vínculo terapéutico se transforma. No porque se haya formulado un contenido nuevo, sino porque ha tenido lugar una experiencia relacional nueva: la experiencia, rara y estructurante, de ser acogida sin ser atrapada.

Esta viñeta pone de relieve una dimensión a menudo subestimada del silencio: su capacidad para convertirse, en ciertos contextos traumáticos, en un lenguaje más seguro que el propio lenguaje.

Así, las implicaciones clínicas del silencio no se limitan a su uso técnico. Comprometen una postura terapéutica entera: una disponibilidad, una presencia, una capacidad para tolerar la incertidumbre, para acoger la emergencia, para dejar que el sistema se muestre, para dejarse tocar también. El silencio no es una herramienta que se aplica; es un espacio relacional que se aprende a habitar. Y quizá sea en esta manera de habitar el silencio donde se revela la esencia misma del trabajo sistémico: crear, con el sistema y para él, las condiciones de una transformación que llega a su propio ritmo.

Una ética del silencio en terapia

Si el silencio puede ser protector, contenedor y transformador, también puede convertirse en fuente de violencia cuando está mal ajustado, impuesto o no se interroga. El silencio nunca es neutro: siempre actúa en la relación. Precisamente por eso puede, en ciertos contextos, reproducir o reforzar dinámicas de dominación, de borramiento o de descalificación.

Un primer mal uso aparece cuando el silencio adopta la forma de un abandono terapéutico. Callar sin presencia, sin compromiso perceptible, sin atención a la vivencia de la persona consultante, puede dejarla sola frente a afectos invasivos. En estas situaciones, el silencio ya no es un espacio de contención, sino un vacío relacional, a veces justificado a posteriori por una referencia teórica.

Ocurre así que una persona evoca brevemente un pensamiento intrusivo o un miedo intenso y después se calla. Si la persona terapeuta prolonga ese silencio sin habitarlo —sin mirada, sin postura contenedora, sin signo de presencia—, quien consulta puede interpretar ese no-dicho como una confirmación implícita de que lo que siente es demasiado pesado, demasiado excesivo o inaceptable. Aquí, el silencio no abre un espacio; refuerza el aislamiento.

Un segundo mal uso concierne al silencio como herramienta de poder. Callar ante una palabra hiriente, violenta o descalificadora, sin nombrarla ni contenerla, puede vivirse como una validación implícita. En contextos marcados por fuertes asimetrías —violencia en la pareja, abusos, relaciones jerárquicas rígidas—, el silencio de la persona terapeuta puede exponer a quien es más vulnerable a una revictimización simbólica.

Del mismo modo, el silencio puede volverse violento cuando es culturalmente inadecuado. Un silencio que la persona terapeuta percibe como respetuoso o contenedor puede vivirse por quien consulta como un rechazo, una indiferencia o un distanciamiento frío, en función de su historia relacional o de su marco cultural. Cuando ese desfase no se interroga, puede conducir a una ruptura silenciosa de la alianza, a menudo detectada tardíamente.

Otro mal uso aparece cuando el silencio sirve para eludir una toma de posición clínica necesaria. Ante cuestiones éticas claras —protección de un niño o una niña, reconocimiento de un perjuicio, explicitación de una violencia—, el silencio puede convertirse en una manera de eludir la responsabilidad terapéutica. En estas situaciones, hablar no es interpretar; es asumir una función de tercero, indispensable para la seguridad del sistema (Boszormenyi-Nagy & Spark, 1973).

Por último, el silencio puede instrumentalizarse como técnica, desligado de toda presencia. Utilizado de manera mecánica, pierde su dimensión relacional y se convierte en un procedimiento vacío de sentido. Cuando se utiliza sin una escucha fina de sus efectos, deja de ser terapéutico.

Estos malos usos recuerdan una exigencia fundamental: el silencio debe interrogarse no solo en sus intenciones, sino en sus efectos concretos. La pregunta clínica nunca es «¿hay que callar?», sino «¿qué produce este silencio aquí, ahora, para esta persona, en este sistema preciso?».

Es en esta vigilancia donde se juega una parte esencial de la ética del trabajo terapéutico. El silencio es un acto relacional situado, que puede sostener o herir, abrir o paralizar, transformar o repetir. Puede sostener la emergencia de un sentido o, por el contrario, dejar a la persona en una soledad insoportable. Por eso la ética del silencio nunca remite al uso o al no uso de la palabra, sino a una manera de ser, a una calidad de presencia que sostiene —o compromete— el proceso terapéutico.

Un silencio ético es un silencio habitado, en el que la persona terapeuta permanece implicada, conectada, atenta a lo que se juega, aunque no hable. Se puede callar largo rato permaneciendo plenamente con la otra persona; se puede hablar mucho estando secretamente ausente. Callar puede significar renunciar momentáneamente a la pericia, suspender la interpretación, evitar precipitar una lectura teorizante que fijaría hipótesis demasiado pronto; encarna entonces una postura de humildad terapéutica: «Todavía no sé lo que está ocurriendo, pero estoy aquí con usted para dejar que esto se diga —o se viva—». Esta actitud de no saber no puede confundirse con una neutralidad fría: el silencio ético supone una presencia sensible, un compromiso que se manifiesta en la postura, la mirada, la respiración, la orientación corporal. Lo que la persona terapeuta no dice, su cuerpo lo comunica. El silencio se transforma entonces en soporte de afiliación relacional, en una manera de ofrecer un espacio sin invadir, de acompañar sin dirigir, de contener sin encerrar.

La ética del silencio implica también un respeto de las temporalidades. Cada sistema posee su propio ritmo. Algunas personas hablan para no sentir; otras callan porque todavía les faltan las palabras. Quien ejerce la terapia debe acompasarse a estas temporalidades sin imponerlas ni padecerlas. Callar demasiado pronto puede ser violento; hablar demasiado deprisa puede serlo igualmente. El silencio se convierte así en una herramienta de sincronización.

Esta vigilancia temporal cobra aún más importancia cuando la sesión toca experiencias traumáticas. Los silencios que siguen a la rememoración de un trauma nunca son neutros: requieren un trabajo activo de contención. La persona terapeuta debe entonces sostener ese tiempo de suspensión para evitar que quien consulta quede a solas con el estupor o el dolor. En esos momentos, el silencio no es una ausencia, sino una orientación: señala que el sujeto no está solo para cargar con lo que ocurre.

Por último, el silencio compromete una responsabilidad clínica y relacional. Cualesquiera que sean sus intenciones, siempre produce un efecto en el sistema. Quien ejerce la terapia debe, por tanto, interrogarse continuamente:

  • ¿Por qué me callo ahora?
  • ¿Ayuda este silencio a la coconstrucción?
  • ¿Corre el riesgo de reforzar una asimetría, una jerarquía, una descalificación implícita?
  • ¿Sostiene este silencio el proceso o corre el riesgo de complicarlo?

En ciertos contextos, en particular en situaciones de trauma, de asimetría de poder, de conflicto agudo o de lealtades invisibles, el silencio puede reproducir involuntariamente dinámicas de opresión o de borramiento. Callar ante una palabra hiriente puede poner a un sujeto en peligro; callar ante una revelación demasiado repentina puede dejar a alguien en un vértigo emocional no contenido. La ética exige entonces reconocer que el silencio nunca es neutro: actúa, modula, influye.

La ética del silencio no es un protocolo: es una manera de estar en relación, atenta, situada y humilde —una ética de la presencia más que de la interpretación.

Navegar con los silencios aporta a quienes ejercen la terapia lo que el conocimiento de las corrientes aporta a la gente de mar: una sutil humildad, una justa conciencia de nuestro lugar y un saber experiencial que el tiempo sabe pulir.

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Texto de Yara Doumit & Julien Besse, escrito en francés. Se publicó primero con el título «Le silence en thérapie : une clinique de l’entre-mots» en Cahiers critiques de thérapie familiale et de pratiques de réseaux, n.º 76 (2026/1), pp. 25-41. Lo publica aquí su autoría; prevalece la versión de la revista.

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Cómo citar este artículo

Doumit, Y., & Besse, J. (2026). Le silence en thérapie : une clinique de l’entre-mots. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/fr_FR/articles/le-silence-en-therapie-une-clinique-de-l-entre-mots (Obra original publicada en 2026 en Cahiers critiques de thérapie familiale et de pratiques de réseaux, n.º 76 (2026/1), pp. 25-41; republicada en 2026 por Cahiers critiques de thérapie familiale et de pratiques de réseaux, https://doi.org/10.3917/ctf.076.0025)

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