Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Journal of Family Violence · Violencia
Cuando un adolescente ejerce violencia contra su madre, los programas trabajan con la díada madre-hijo. ¿Y los hermanos y hermanas? A partir de la evaluación de un programa australiano, el equipo de Amy Young muestra que la fratría a menudo ha presenciado la violencia o ha sido su blanco, y que los avances logrados en las sesiones chocan, en casa, con una fratría que quedó fuera de la intervención.
Traducción no oficial al español de The Need for a Whole of Family Response: The Invisibility of Siblings in Adolescent-to-Parent Violence Interventions, de Amy Young, Jemma Venables, Patrick O’Leary, David Fannon y Bronte Walter, publicado en Journal of Family Violence (Springer) (2026), doi: 10.1007/s10896-024-00757-1, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Trabajar con toda la familia para abordar la VFP en su contexto permite un enfoque más integral de la violencia familiar.
Amy Young, Jemma Venables, Patrick O’Leary, David Fannon y Bronte Walter
Resumen
Objetivo. La violencia filio-parental ejercida por adolescentes (VFP, adolescent-to-parent violence), en especial la violencia de hijos contra madres, se produce a menudo en un contexto de violencia doméstica y familiar (VDF) ejercida por personas adultas. Las intervenciones sobre VFP se centran en gran medida en el comportamiento de la persona joven que ejerce la violencia y en su relación con la figura parental protectora, a menudo la madre. Centrarse en la díada madre-joven es importante, pero ignora sus relaciones con la fratría, que también ha vivido VDF y VFP. Si no se tienen en cuenta las dinámicas dentro del hogar, es poco probable que las estrategias desarrolladas en el entorno acotado de un programa de intervención se mantengan. Este artículo examina las experiencias de hermanas y hermanos cuyas madres y hermanos participan en una intervención sobre VFP. Con el fin de orientar políticas y prácticas más sensibles, aborda dos preguntas de investigación: 1) ¿Cuáles son las necesidades de la fratría cuyos hermanos ejercen VFP? y (2) ¿cómo pueden las intervenciones sobre VFP reconocer mejor las necesidades de la fratría y responder mejor a ellas?
Métodos. Este artículo presenta un subconjunto de datos cualitativos procedentes de la evaluación de una intervención australiana sobre VFP, realizada entre 2020 y 2022. Se llevaron a cabo entrevistas con madres (n = 17), hijos que ejercían VFP (n = 9), profesionales (n = 11) y una hermana (n = 1). También se revisaron expedientes (n = 16) que contenían datos sobre los niveles de violencia presenciados por la fratría.
Resultados. El análisis temático produjo cinco temas: (1) complejidad interseccional; (2) reconocimiento de la violencia vivida por la fratría; (3) distintos grupos dentro de la fratría; (4) perturbación familiar; y (5) la fratría y el programa.
Conclusión. Sostenemos que las familias que se están recuperando de la VDF y en las que hay VFP necesitan una respuesta dirigida a toda la familia.
Palabras clave: violencia familiar, violencia fraterna, violencia filio-parental, violencia doméstica, violencia infantil
La violencia filio-parental ejercida por adolescentes (VFP) es un ámbito emergente de la investigación sobre la violencia. A medida que se desarrolla el conocimiento sobre el tema, se desarrollan también las intervenciones que responden a las necesidades de las familias en las que jóvenes ejercen violencia en el hogar. Las variaciones en las definiciones, el muestreo y los enfoques de medición han dado lugar a estimaciones dispares de la prevalencia de la VFP (Fitz-Gibbon et al., 2022; Simmons et al., 2018). No obstante, se reconocen cada vez más los importantes efectos y daños causados por la VFP (Fitz-Gibbon et al., 2022) y los vínculos entre el ejercicio de la VFP y experiencias previas de violencia doméstica y familiar (VDF) ejercida por personas adultas (Fitz-Gibbon et al., 2022). Las estimaciones indican que entre el 50% y el 80% de quienes ejercen VFP han estado expuestos a la VDF de una figura parental contra la otra (Simmons et al., 2018). Por consiguiente, las intervenciones que pretenden responder a jóvenes que ejercen violencia en el hogar no solo deben abordar el uso de la violencia, sino también responder a su trauma previo. El trauma y las dinámicas complejas derivadas de la VDF pueden afectar considerablemente a la relación entre las figuras parentales protectoras, en la mayoría de los casos las madres, y la infancia a su cargo (Humphreys et al., 2011). Con mucha frecuencia, esto deja a las madres en la difícil situación de crear entornos afectuosos y seguros para restablecer el apego con su descendencia mientras deben adaptarse a condiciones socioeconómicas y estructurales adversas (Holt, 2017). Y esto ocurre a menudo en presencia de amenazas continuas y esporádicas a su seguridad por parte del agresor adulto (Holt, 2017). Niñas y niños también pueden haber presenciado numerosos actos de violencia sin que sus progenitores lo supieran (Levesque et al., 2023).
Las dinámicas perturbadas por un agresor adulto que ejerce violencia no solo afectan a la relación de la figura parental protectora con la descendencia, sino también a las relaciones dentro de toda la familia, incluidas las relaciones fraternas (Meyer et al., 2021). Tanto la fratría como las personas jóvenes que ejercen violencia han presenciado y/o sufrido a menudo la VDF ejercida por personas adultas (Phillips & McGuinness, 2020), y tienen necesidades terapéuticas equiparables para abordar la exposición al trauma (Campbell et al., 2020; Fitz-Gibbon et al., 2020). La violencia fraterna es abrumadoramente frecuente en las situaciones en que jóvenes ejercen violencia familiar; sin embargo, la violencia entre hermanos y hermanas sigue normalizándose y silenciándose dentro de las familias (Elliott et al., 2020).
Este artículo se centra en la fratría de adolescentes que ejercen violencia en el hogar, ya que se ve afectada directa e indirectamente por la violencia y constituye un conjunto de participantes importante, pero desatendido, en las intervenciones sobre VFP. Las necesidades no cubiertas de la fratría surgieron como un tema importante en los resultados de una evaluación realizada en Queensland (Australia) entre 2020 y 2022, en un programa que trabajaba con madres y jóvenes varones de entre 12 y 17 años. Este artículo presenta un subconjunto de datos cualitativos de la evaluación de un programa sobre VFP para explorar las necesidades de la fratría implicada y las respuestas que se les dan. Argumentamos por qué las intervenciones sobre VFP deberían avanzar hacia una respuesta dirigida a toda la familia y proponemos elementos clave para tales respuestas.
La VFP se define y se mide de diversas maneras, y también se conoce como violencia ascendente, violencia adolescente en el hogar y violencia juvenil en el hogar (Broadhead & Francis, 2011; Coogan, 2011; Cottrell, 2003). Mientras que algunas definiciones describen la VFP como el daño físico causado a las figuras parentales por un o una adolescente (Coogan, 2011; Cottrell, 2003), otras tienen un alcance más amplio e incluyen cualquier uso de la violencia por parte de adolescentes contra un miembro de la familia (Royal Commission into Family Violence, 2016). Broadhead y Francis (2015) consideran también la dimensión del poder en el uso de actos dañinos por parte de adolescentes para obtener poder y control sobre una figura parental. En coherencia con las definiciones de la VFP que tienen en cuenta el poder y reconocen las formas no físicas de violencia, este artículo define la VFP como «acciones abusivas continuas y acumulativas, ejercidas intencionadamente por hijos e hijas hacia sus progenitores, para obtener poder y control y/o causar intencionadamente dolor físico, psicológico o económico». Este artículo adopta además una perspectiva de género para comprender la VFP y la VDF.
Cottrell y Monk (2004) identificaron un patrón en el que hijos de madres con parejas maltratadoras empezaban a maltratar a sus madres poco después de que el padre o la pareja violenta abandonara el hogar, y señalaron:
Este comportamiento parecía estar influido por una combinación de modelado directo del rol masculino, idealización del maltratador e ira contra la madre por «no haber protegido» a la familia. En casos menos frecuentes, los jóvenes también utilizaban la agresión contra un hombre adulto maltratador en un intento de proteger a la madre. (p. 1082)
La violencia sufrida y presenciada en la infancia no conduce directamente a ejercer violencia en la edad adulta (Coogan, 2018). No obstante, el grado de solapamiento entre el uso de la violencia por parte de niñas, niños y adolescentes y la exposición previa a la VDF es considerable (Fitz-Gibbon et al., 2022). La literatura ofrece también pruebas que respaldan la transmisión intergeneracional de la violencia en la infancia que ha presenciado VDF y a la que figuras parentales han servido de modelo de comportamientos violentos (Eriksson & Mazerolle, 2015). Aunque la mayoría de las personas expuestas a la violencia en la infancia no se vuelven violentas (Eriksson & Mazerolle, 2015; Johnson & Ferraro, 2000), la exposición a la VDF en la infancia es un factor de riesgo de ejercicio futuro de la violencia (Delsol & Margolin, 2004). Por ejemplo, el estudio de Izaguirre y Calvette (2015) con 30 madres españolas que habían sufrido VDF señaló que ocho de estas mujeres tenían un hijo o una hija que había ejercido violencia contra ellas. Esto sugiere que la violencia puede transmitirse de generación en generación y ser reproducida por varones expuestos a la VDF en la infancia. Además, los hombres que han presenciado violencia entre sus progenitores en la infancia tienen más probabilidades de ejercer violencia de pareja que quienes no estuvieron expuestos a la violencia en la infancia o quienes solo sufrieron maltrato infantil (Eriksson & Mazerolle, 2015).
Para diseñar intervenciones eficaces, es necesario comprender los efectos acumulados de la VDF, la VFP y la violencia fraterna en las familias. La VDF afecta a la relación entre una madre y su descendencia y al apego entre ambos (Levandosky et al. 2011). La VDF repercute también negativamente en la experiencia de la maternidad de una mujer, en sus representaciones internas de sí misma y en su papel de madre (Hooker et al., 2016). La investigación ha identificado asimismo el impacto del control coercitivo en niñas y niños, no solo cuando lo sufren directamente, sino también cuando el agresor los utiliza como agentes para imponer su control o vigilar a su madre (Callaghan et al., 2018). Las intervenciones deben tener en cuenta el daño que la VDF inflige a la relación madre-hijo o madre-hija (Humphreys et al., 2011). La VDF afecta además de forma diferente a niños y niñas: la investigación sugiere que los niños manifiestan más conductas externalizantes, mientras que las niñas manifiestan más conductas internalizantes (Evans et al., 2008).
La VDF tiene efectos específicos en adolescentes, además de los efectos más generales observados al final de la infancia, como la baja autoestima, el retraimiento social, la depresión, la ansiedad y la agresividad (Bryce, 2015; Richards, 2011). Quienes han vivido VDF en la adolescencia tienen más probabilidades de sentir ira tanto hacia la figura parental que ejerce la violencia como hacia la figura parental superviviente (Bryce, 2015). También es probable que sientan vergüenza, temor por su seguridad y la necesidad de proteger a las personas que quieren, lo que, a su vez, puede aumentar el agotamiento, la desesperanza y el absentismo escolar y disminuir la motivación; los efectos de las ausencias escolares contribuyen a las dificultades académicas de jóvenes que han vivido VDF (Bryce, 2015; Moylan et al., 2010).
Niveles elevados de violencia pueden seguir afectando a mujeres, niñas y niños, y a la relación entre ellos, tras la separación (Thiara & Humphreys, 2017). La violencia doméstica puede seguir produciéndose en ausencia del maltratador (Holt, 2017; Thiara & Humphreys, 2015). Los regímenes de visitas posteriores a la separación entre la infancia y los padres pueden tener una gran carga emocional y ser potencialmente peligrosos tanto para las madres como para la infancia (Holt, 2017). Buchanan et al. (2011) describen a la infancia expuesta a niveles elevados de violencia posterior a la separación como uno de los grupos infantiles más angustiados. El trabajo de Holt (2017) sobre la violencia posterior a la separación constató que los hombres seguían manteniendo el poder y el control sobre las madres y su descendencia cambiando con frecuencia el régimen de visitas, mediante el chantaje emocional, el contacto tecnológico no deseado, el acoso, la intimidación y la perturbación del contacto entre madre e hijos durante el tiempo de visita. Las conductas de acoso suelen ser obra de hombres que no pueden aceptar el rechazo que perciben cuando su pareja se marcha, lo que expone a las mujeres a un mayor riesgo de agresión grave y de muerte (Hardesty, 2002). Las madres refieren sentir una intensa soledad y aislamiento tras la separación, así como sentirse desbordadas al asumir la responsabilidad completa de la crianza (Holt, 2017; Humphreys & Thiara, 2003). Estos sentimientos, sumados a la ansiedad, los episodios de maltrato y el miedo, pueden hacer que las madres tengan menos energía para sus hijos e hijas (Holt, 2017).
En Australia se dispone de pocos datos sobre la prevalencia de la VFP. Fitz-Gibbon et al. (2022) realizaron la primera encuesta comunitaria australiana con más de 5000 jóvenes de 16 a 20 años, cuyo objetivo era establecer la prevalencia de su uso de la violencia, y constataron que una de cada cinco personas jóvenes había ejercido violencia contra un miembro de su familia. Según datos de Canadá de 2021, 4,5 jóvenes de 12 a 17 años por cada 100 000 fueron acusados de un delito violento contra una figura parental (un total de 1694); la cifra ha disminuido desde 8,9 por cada 100 000 en 2009 (O’Conner et al., 2023). La VFP está infradeclarada en los sistemas de servicios en relación con su prevalencia (Cox, 2016), donde la vergüenza y el juicio sobre las víctimas posiblemente refuerzan el silencio en torno a las experiencias de maltrato (Williams et al., 2017). Aunque infradeclarada en los servicios, los datos autodeclarados disponibles suelen sobrestimar la VFP, en particular la ejercida por mujeres (Simmons et al., 2018), debido a los actos de violencia descontextualizados que se utilizan para medirla (Ackerman, 2016; Hamby, 2014). Fitz-Gibbon et al. (2022) constataron que las personas adolescentes a quienes se asignó el sexo femenino al nacer tenían más probabilidades de declarar haber ejercido violencia contra un miembro de su familia que aquellas a quienes se asignó el sexo masculino al nacer. Sin embargo, los estudios que utilizan muestras de personas infractoras han señalado que entre el 59 y el 87% de quienes ejercían la violencia eran varones (Simmons et al., 2018, p. 33). Esto ilustra que, aunque las mujeres pueden estar más dispuestas a declarar el uso de violencia contra sus progenitores y personas cuidadoras, los varones ejercen formas de violencia más graves que dan lugar a detenciones y condenas. Aunque algunos estudios han planteado una simetría de género casi total en las tasas de VFP (Simmons et al., 2018), esto refleja la juventud del campo de estudio en su conjunto y la necesidad de desarrollar medidas que capten los matices de los datos, más que la prevalencia real. En el estudio de Fitz-Gibbon et al. (2022), la mitad de las personas adolescentes que habían ejercido violencia familiar (n = 513) declararon haber ejercido violencia contra sus madres (incluidas las madres adoptivas). Del mismo modo, Phillips y McGuinness (2020) constataron que las madres representaban, de forma abrumadora, el 75,6 % de las víctimas de VFP. Esto demuestra que, aunque el carácter de género de la VFP pueda discutirse, las mujeres son víctimas de la VFP de forma desproporcionada (Royal Commission into Family Violence, 2016).
La literatura sobre las intervenciones en VFP, incluidas las evaluaciones de programas, es escasa, lo que limita las recomendaciones disponibles sobre buenas prácticas para los programas. A nivel internacional, las respuestas del sistema de justicia penal, con derivaciones desde el sistema judicial, son las principales formas de intervención al alcance de las familias que viven VFP. Las respuestas penales a la VFP, en especial en el contexto de la VDF ejercida por personas adultas, son problemáticas dada la covictimización de la persona adolescente, su estatus jurídico, su vulnerabilidad social y su comprensión propia de su etapa de desarrollo (author’s, 2024; Bettinson & Quinlan, 2020). Dados estos factores, las respuestas programáticas se formulan desde distintos enfoques teóricos (Holt, 2017), entre ellos el aprendizaje de habilidades cognitivo-conductuales (por ejemplo, el programa «Step-Up») y los enfoques basados en las fortalezas y centrados en soluciones (por ejemplo, el programa «Who’s in Charge?») (Routt & Anderson, 2011; Gallagher, 2016). La diversidad de enfoques pone de relieve una idea presente en la literatura: trabajar con adolescentes que ejercen violencia requiere enfoques distintos de los que se emplean con personas adultas que ejercen violencia (Elliott et al., 2017; O’Hara et al., 2017). Estos enfoques incluyen conciliar la seguridad de mujeres y menores, así como adoptar un enfoque interdisciplinar situado en los servicios sociales y no en el sistema jurídico (Douglas & Walsh, 2018; O’Hara et al., 2017; Moulds et al., 2016). Las intervenciones deben tener en cuenta la experiencia matizada de cada familia, lo que se presta a una intervención individual centrada en la familia (Miles & Condry, 2015). También es necesario evitar responsabilizar a las figuras parentales víctimas y a jóvenes que pueden ejercer violencia y ser también víctimas de ella (Miles & Condry, 2016). El contenido de los programas debe incluir un trabajo centrado en la reconstrucción de las relaciones familiares (Shanholtz et al., 2020).
Mientras que los estudios basados en datos policiales han mostrado que la VFP constituye la mayoría de los incidentes de violencia familiar (Phillips & McGuinness, 2020; Routt & Anderson, 2011), otros han mostrado que la violencia fraterna es más prevalente (Eriksen & Jensen, 2009). Fitz-Gibbon et al. (2022) constataron que la prevalencia de la violencia fraterna en los datos autodeclarados de una encuesta anónima era superior a la de la VFP: dos de cada tres jóvenes ejercían violencia fraterna. El maltrato fraterno a cualquier edad está poco investigado en el contexto australiano, a pesar de que se observa que es habitual (Douglas & Walsh, 2018; Eriksen & Jensen, 2009). La violencia fraterna es la violencia ejercida contra una persona por su hermano o su hermana y se considera una forma distinta de violencia familiar (Elliott et al., 2020; Royal Commission into Family Violence, 2016). Se ha comprobado que coexiste con otros tipos de violencia familiar, como la violencia de pareja y la violencia adolescente (Routt & Anderson, 2011). La violencia fraterna se asemeja a otras formas de violencia familiar por su carácter de género, por la experiencia de estigma y vergüenza de las víctimas y por su reticencia a denunciar (Elliott et al., 2020). Aunque la violencia fraterna puede estar menos marcada por el género que la VFP (Douglas & Walsh, 2018), los chicos tendrían más probabilidades de ejercer violencia fraterna (Elliott et al., 2020), y las hermanas representan la mayoría de las personas afectadas por la violencia fraterna (Walker & Woerner, 2018). Las personas jóvenes que ejercían violencia contra la fratría solían ser también mayores que quienes la sufrían (Walker & Woerner, 2018). Fitz-Gibbon et al. (2022) constataron que la violencia fraterna era más frecuente entre jóvenes que la VFP: dos de cada tres habían ejercido violencia contra un hermano o una hermana. El maltrato verbal era la forma más común de violencia fraterna, seguido del maltrato físico y del psicológico (Fitz-Gibbon et al., 2022). Con todo, otros trabajos han señalado que la violencia fraterna psicológica es la más común (p. ej., Relva et al., 2013). Una pequeña proporción de las personas encuestadas por Fitz-Gibbon et al. (2022) (1%) declaró violencia fraterna muy grave, incluidas amenazas de muerte, estrangulamiento y abuso sexual. Además, las personas jóvenes que habían sufrido violencia de un hermano o una hermana (o de otros miembros de la familia) tenían más probabilidades de ejercer violencia de represalia: el 93 por ciento de quienes habían sufrido violencia fraterna ejercían a su vez violencia contra su hermano o hermana (Fitz-Gibbon et al., 2022).
Al igual que las víctimas de VDF en general, las víctimas de violencia fraterna experimentan vergüenza y estigma (Elliott et al., 2020; Fitz-Gibbon et al., 2022). La violencia fraterna tiene efectos prolongados en quienes la sufren y en quienes la ejercen. El trauma de la violencia fraterna puede afectar a los vínculos con la fratría y con otras personas, dar lugar a diversas conductas de afrontamiento, como trastornos de la conducta alimentaria o un consumo problemático de drogas y alcohol, y verse agravado por experiencias de otros tipos de VDF (Eriksen & Jensen, 2009; Kettrey & Emery, 2006; Phillips et al., 2009). Se ha demostrado que las experiencias de violencia fraterna en la infancia tienen efectos a largo plazo, como la victimización repetida, la hipersensibilidad, la depresión y el trastorno de estrés postraumático (Phillips et al., 2009). Además, la victimización por violencia fraterna puede llevar a formar actitudes que minimizan y excusan el uso de la violencia, influir en la percepción de la culpabilidad de la víctima y de la gravedad de la agresión, y se correlaciona con conductas de alto riesgo al inicio de la edad adulta (Dantchev & Wolke, 2019; Phillips et al., 2009). Hermanas y hermanos pueden abandonar pronto el hogar o verse obligados a quedarse para proteger a otras personas (Elliott et al., 2020). Sin embargo, la violencia fraterna a menudo no se reconoce como una violencia dañina con efectos duraderos (Eriksen & Jensen, 2009) y está normalizada en las familias y las comunidades, hasta el punto de que muchas víctimas pueden no darse cuenta de que los actos dañinos dirigidos contra ellas constituyen violencia (Kettrey & Emery, 2006).
Es importante que madres, padres y otras personas del sistema familiar intervengan ante la violencia fraterna para reafirmar que la violencia no es aceptable y contrarrestar las opiniones dominantes que la normalizan (Dantchev & Wolke, 2019). Sin embargo, en el contexto de la VDF, las madres soportan una carga desproporcionada de la crianza (Humphreys et al., 2018). Además, pueden estar haciendo frente al uso de la VDF por parte de agresores adultos y vivir sus propias experiencias de estigma y vergüenza, por lo que necesitan un amplio apoyo para responder a la violencia fraterna en el hogar. La investigación ha puesto de relieve los obstáculos con que se encuentran las familias para responder a la violencia fraterna, entre ellos el dilema de garantizar la seguridad y el cuidado tanto de la fratría afectada como del hijo o la hija que ejerce la violencia (Elliott et al., 2020). Cuando las familias buscan respuestas formales, faltan capacidad, financiación y recursos para abordar la violencia fraterna y la VFP (Elliott et al., 2020; Fitz-Gibbon et al., 2022). Si bien es imprescindible que las figuras parentales no toleren ni refuercen las dinámicas de poder y control en las relaciones fraternas, también es importante no culparlas de la violencia dentro de la fratría. Trabajar con toda la familia para abordar la VFP en su contexto permite un enfoque más integral de la violencia familiar.
A pesar de los importantes efectos de la VFP y la VDF en la fratría, la consideración de sus necesidades de apoyo sigue llamativamente ausente en el diseño de los programas sobre VFP. Este artículo pretende colmar esta laguna respondiendo a dos preguntas de investigación: (1) ¿Cuáles son las necesidades de la fratría cuyos hermanos ejercen VFP?; y (2) ¿cómo pueden las intervenciones sobre VFP reconocer mejor las necesidades de la fratría y responder mejor a ellas?
Para situar el contexto, esta sección presenta la intervención sobre VFP (en adelante, «el Programa»), que el equipo de autoría evaluó entre enero de 2020 y enero de 2022. El objetivo político del programa era abordar el comportamiento violento que ejercían en ese momento las personas jóvenes y reducir a la vez la tasa de VDF futura. El programa se basaba en marcos de práctica sobre el apego, el trauma y la seguridad, y la psicoeducación. El grupo destinatario estaba formado por madres y sus hijos (de 12 a 17 años) que ejercían VFP y habían vivido VDF ejercida por personas adultas. El programa tenía como objetivos: reducir el ejercicio de la VFP por parte de los hijos abordando el trauma compartido derivado de la exposición a la VDF; reconstruir la relación madre-hijo; aumentar la confianza de las mujeres en su papel de madre; y cuestionar las actitudes de género.
El programa se impartió mediante una colaboración entre dos entidades: un servicio especializado en VDF y un servicio terapéutico especializado en trauma infantil. El programa constaba de dos componentes: (1) 10 semanas de psicoeducación, impartidas por el servicio de VDF en sesiones grupales semanales paralelas, unas solo para las madres y otras solo para los hijos; y (2) un periodo de seis meses de sesiones semanales de terapia individual y diádica con madres e hijos, seguido de un periodo de desescalada de otros seis meses a cargo del servicio terapéutico. El componente terapéutico incluía también el apoyo de una profesional de defensa de los derechos de las mujeres a las madres. Aunque la fratría no participaba directamente en el programa, ambas organizaciones se esforzaron por vincularla a otros programas de apoyo, principalmente programas de recuperación de la VDF, y por aliviar a las madres de la carga de buscar quien cuidara de la infancia mientras asistían al programa. Aunque la fratría no se incluyó en las actividades del programa, se fomentó la evaluación de sus necesidades como parte de la valoración de acogida. La acogida en el programa se apoyaba en una evaluación de riesgos realizada por teléfono con las madres sobre el riesgo de VDF ejercida por personas adultas y el riesgo de que la persona joven ejerciera violencia. Así pues, en un primer momento, el riesgo dentro del hogar se evaluaba desde la perspectiva de las madres y no desde la de la fratría o la de la persona joven que ejercía VFP.
Las madres se pusieron en contacto con el programa de forma voluntaria o fueron derivadas por servicios familiares generalistas, y no a través de vías de derivación legales. La evaluación de riesgos relativa a los agresores adultos se realizó con la Risk and Safety Assessment (RASA), una herramienta estandarizada de evaluación del riesgo de violencia doméstica. La entidad especializada en VDF adaptó esta herramienta para utilizarla con jóvenes, ante la falta de una herramienta estandarizada para identificar y evaluar la VFP. Una revisión de los formularios de acogida por parte del equipo de investigación puso de relieve que la herramienta adaptada para jóvenes identificaba problemas de seguridad, incluidos problemas de seguridad emocional y comportamientos de control, pero que había algunas pequeñas incoherencias en el modo en que la utilizaban los equipos profesionales. Aun así, la evaluación de seguridad proporcionaba información inicial suficiente para que la profesional de defensa de las mujeres y la persona de referencia de la persona joven pudieran iniciar el contacto. Las evaluaciones de riesgos se actualizaron sistemáticamente a lo largo del Programa.
Este artículo presenta un subconjunto de datos cualitativos procedentes de una evaluación más amplia de la implantación, la ejecución y los resultados de un programa especializado en VFP en Queensland (Australia). La evaluación adoptó un enfoque de investigación-acción, concebido para ofrecer una visión de la utilidad y el impacto del programa en el funcionamiento y la seguridad familiares. De acuerdo con la finalidad de la evaluación, el enfoque pretendía multiplicar las oportunidades para que las partes interesadas compartieran sus perspectivas y experiencias del programa. La investigación obtuvo la aprobación ética del Comité de Ética de la Investigación con Seres Humanos de la institución principal [Griffith University]. Como la segunda persona firmante pertenece a otra institución, el Comité de Ética de la Investigación con Seres Humanos de la University of Queensland ratificó también la aprobación, conforme a la normativa universitaria.
En consonancia con el enfoque de la evaluación, se recurrió a un muestreo intencional para reclutar participantes de distintos grupos de partes interesadas vinculados al programa: (a) profesionales que participaban en la ejecución y la gestión del programa; (b) madres e hijos que participaron; y (c) hermanas y hermanos de 12 a 17 años de las familias participantes.
Las entidades empleadoras distribuyeron el material de reclutamiento entre el personal profesional que cumplía los requisitos. Quienes tenían interés se pusieron en contacto directamente con el equipo de investigación para hablar de su participación. En total, 11 de las 12 personas profesionales que cumplían los requisitos dieron su consentimiento para participar: tres hombres y ocho mujeres. Su formación profesional incluía la psicología y el trabajo social.
Se invitó a participar en el estudio a todas las madres y todos los hijos que asistieron al primer componente del programa (10 semanas de psicoeducación). El equipo de investigación compartió información sobre el estudio con las personas participantes en los grupos poco después del proceso inicial de acogida del programa. Los equipos profesionales utilizaron un resumen redactado de antemano para presentar la investigación, antes de que el equipo investigador la explicara oralmente y solicitara el consentimiento durante la primera semana del programa. En total, 17 madres y 9 hijos, procedentes de tres grupos que participaban en el programa, dieron su consentimiento para participar. Todas las madres que cumplían los requisitos aceptaron participar, y 9 de los 17 jóvenes dieron su consentimiento. Los hijos consintieron su participación y sus madres dieron además su consentimiento como tutoras legales.
Como la fratría no participaba directamente en el programa, la madre actuaba como intermediaria. Por ello, solo se invitó a participar a miembros de la fratría cuya madre ya había participado en el estudio. Aunque cuatro de ellos cumplían los criterios de inclusión, solo una persona dio su consentimiento para participar y contó con el consentimiento de su madre.
La evaluación utilizó un diseño de investigación de métodos mixtos para ganar en rigor mediante la triangulación de datos de múltiples fuentes. Este artículo presenta los datos recogidos mediante: (a) la revisión de expedientes y (b) entrevistas semiestructuradas con los tres grupos de participantes. Expedientes: con el consentimiento de las madres, el equipo de investigación revisó sus expedientes (n = 16), que incluían evaluaciones de riesgos y formularios de acogida que la entidad especializada en VDF ya recogía con otros fines relacionados con el programa. Una madre no dio su consentimiento para la revisión de su expediente. Este tipo de técnicas se ha utilizado en investigaciones evaluativas similares sobre violencia doméstica y protección de la infancia (Lalayants et al., 2011). Los datos relativos a las experiencias de la fratría y a los riesgos a los que estaba expuesta se extrajeron de forma anonimizada y se introdujeron en una matriz.
Todas las entrevistas tenían un doble foco: la implantación del programa y los resultados percibidos por las personas usuarias. Las personas profesionales (n = 11) y la hermana (n = 1) participaron en una única entrevista. Se invitó a las madres (n = 17) y a los hijos (n = 11) a participar en un máximo de tres entrevistas a lo largo de su recorrido en el programa. Sin embargo, debido a la complejidad persistente de sus vidas, algunas madres (n = 8) y algunos hijos (n = 3) solo optaron por participar en una entrevista. Solo unos pocos jóvenes participaron en dos entrevistas, debido al calendario de la evaluación. Se reclutó en cuatro ciclos del programa, y más jóvenes optaron por participar en los ciclos posteriores, lo que dejó menos oportunidades de seguimiento programado antes de que concluyera la evaluación. Tres jóvenes hicieron dos entrevistas, mientras que una madre participó en 4 entrevistas, dos en 3 entrevistas y seis en 2 entrevistas. Las entrevistas las realizaron miembros del equipo de investigación, en persona, por teléfono o por Zoom, y duraron entre 20 y 120 min. Se grabaron en audio con el consentimiento de las personas participantes y se transcribieron literalmente.
Dos personas del equipo de investigación participaron en la revisión de expedientes, utilizando una herramienta de análisis deductivo elaborada en colaboración. Se prestó especial atención a identificar los distintos tipos de violencia a los que la fratría estaba expuesta en ese momento y lo había estado en el pasado, así como a cualquier referencia a sus necesidades y a los apoyos que se le prestaban. Dos evaluaciones no fueron completadas íntegramente por los equipos profesionales, lo que limita las conclusiones sobre estos dos expedientes; no obstante, las secciones completadas se incluyeron en el análisis.
Las transcripciones de las entrevistas se anonimizaron y se cargaron en NVivo. El equipo realizó un análisis temático guiado por el enfoque ampliamente aceptado de Braun y Clarke (2013). El equipo se familiarizó primero con las transcripciones y elaboró en colaboración el marco de codificación inicial. Los códigos eran inductivos y se desarrollaron de forma iterativa mediante varias lecturas de las transcripciones. Parte de este proceso de revisión consistió en el proceso reflexivo de debatir y acordar en colaboración la inclusión de cualquier código nuevo que se propusiera. Una vez codificadas todas las transcripciones, el equipo empezó a afinar el marco de codificación y a buscar «patrones de significado» (Byrne, 2022, p. 1393) en el conjunto de datos, vinculados a los focos de investigación de este artículo. Los temas candidatos se debatieron después y se acordó una lista definitiva de temas. Las similitudes y diferencias entre los temas producidos por el análisis se exploraron como parte esencial del proceso analítico.
Se generaron cinco temas relativos a la fratría: la complejidad interseccional y las necesidades de la familia, el reconocimiento de la violencia vivida por la fratría, los distintos grupos dentro de la fratría, la perturbación de toda la familia, y la fratría y la intervención.
Un resultado general fue el elevado nivel de necesidades concurrentes y entrecruzadas de las madres, los hijos que asistían al programa y su fratría. Algunas familias gestionaban la relación con múltiples servicios que a menudo no estaban interconectados ni coordinados. Los datos de las entrevistas con todos los grupos de participantes pusieron de relieve las necesidades complejas de las familias, entre ellas las necesidades de salud mental y física de la madre, de la fratría y de los hijos, la intervención de los servicios legales de protección de la infancia, los procedimientos judiciales en curso relacionados con la VDF y el derecho de familia, la inestabilidad residencial, los diagnósticos de discapacidad, el rechazo escolar y la pobreza. Como señaló una persona profesional:
Hay muchas cosas pasando para el hijo, para los hermanos o para la madre. Potencialmente, cierto nivel de problemas de salud mental en la familia. La discapacidad ha sido un tema para nosotros en el pasado. Cosas como la inestabilidad en la vivienda también. Mucho… las órdenes judiciales son algo enorme. (Profesional 9)
Muchas de las necesidades entrecruzadas de los miembros de la familia son consecuencia de la VDF vivida, se complican por el trauma resultante y se agravan por la violencia continuada que ejerce la persona joven. Las intervenciones deben dar prioridad a abordar el uso de la violencia y sus consecuencias y a gestionar el riesgo, conciliando a la vez otras necesidades mediante la gestión de casos y teniendo presente la saturación de servicios.
Las madres identificaron en el uso de la violencia por parte de sus hijos acciones que desencadenaban en ellas una reacción, al recordarles actos del agresor adulto. La mayoría de los hijos que asistían al programa tenían un diagnóstico formal de discapacidad, y en algunas familias los hermanos varones presentaban también un diagnóstico de discapacidad. Como contó una madre:
Sí, y como mi hijo mayor tiene TEA (trastorno del espectro autista) y es bastante agresivo, él… [joven del programa] tenía la lengua un poco suelta, así que siempre intentaba provocar al mayor, pero este siempre quería plantarle cara, le decía: «Venga, vamos». (Madre 8)
Los equipos profesionales del programa mostraron que sabían manejar la intersección entre diagnóstico de discapacidad, trauma y uso de la violencia para promover la responsabilización del joven del programa; sin embargo, este apoyo no se ofrecía directamente a la fratría como parte de la intervención.
Las madres contaron que estaban al límite de su «capacidad de madre» haciendo malabares con las citas y las prioridades propias y de los demás miembros de la familia. La carga del tratamiento que recaía sobre las madres, que debían asistir a las sesiones del programa además de atender otras prioridades, sugería la necesidad de un enfoque flexible de la participación, sobre todo cuando se implica a la fratría junto con las madres y los jóvenes en las intervenciones. Madres y profesionales reconocían que las necesidades de la persona joven que ejercía violencia a menudo pasaban por delante de las de la fratría:
Lo que hemos visto también a veces es que con ese joven que ejerce violencia suele haber muchas cosas pasando, así que muchas veces la atención y la energía de la madre se dedican a ayudar a ese joven a conseguir el apoyo que necesita, y los hermanos a veces se sienten un poco dejados de lado. (Profesional 8)
Las madres contaron que sentían culpa por la cantidad de atención que dedicaban a sus hijos que ejercían violencia. El uso de la violencia afecta a la capacidad de respuesta de las madres hacia la fratría, lo que causa un daño indirecto y daña la relación entre la fratría y la figura parental.
Las madres a menudo subestimaban el alcance de la violencia que sus hijos e hijas habían sufrido por parte del agresor adulto, y fueron tomando más conciencia de lo que habían vivido a medida que avanzaba el programa. Como compartió una madre:
Porque yo no me había dado cuenta, pero ha hablado un poco con mi pareja de lo que ha vivido, aunque yo no pensaba que [hermano menor] hubiera vivido gran cosa, la verdad; solo había visto algunas cosas. Creo que ha visto un poco más de lo que yo pensaba. (Madre 1)
Además, profesionales y madres contaron que el agresor adulto a menudo seguía ejerciendo violencia tras la separación mientras las familias asistían al programa, también a través de la violencia facilitada por la tecnología. Describieron cómo esta VDF posterior a la separación podía afectar a las dinámicas familiares, por ejemplo:
Tenemos resoluciones del tribunal de familia que establecen que un demandado tiene que hablar por teléfono con los niños cada dos semanas… hay escaladas claras que se producen antes de esa llamada, durante la llamada, cuando un demandado presiona a un joven para que ponga al teléfono a otro hermano, eso provoca una escalada entre ellos, que provoca una escalada con la madre, y su influencia continuada sobre ellos es realmente profunda, no solo en esas escaladas violentas, sino también en sus comportamientos, en su concepto de los límites. (Profesional 2)
La cita anterior muestra la coerción ejercida por un agresor adulto y su impacto en las relaciones fraternas, así como una escalada que alcanza a toda la familia y llega hasta las madres. Las estrategias de evaluación de riesgos del programa eran dinámicas, para captar el riesgo procedente del agresor adulto y las consiguientes fluctuaciones de la violencia de las personas jóvenes. Esto completaba las evaluaciones de riesgos realizadas en la acogida desde la perspectiva de las madres, en las que la violencia vivida por las personas jóvenes podía haberse subestimado. Los datos de los expedientes indicaban riesgos para todas las personas jóvenes de la familia. Todas las evaluaciones completadas indicaban que el joven y, en todos los casos salvo uno, la fratría habían presenciado violencia del agresor adulto y del joven. Diez expedientes indicaban que los jóvenes y la fratría habían sufrido directamente violencia (por ejemplo, un secuestro) por parte de un agresor adulto o del joven. Ocho expedientes indicaban que los jóvenes y la fratría tenían miedo del agresor y no deseaban tener contacto con él. Ocho expedientes indicaban también que los jóvenes y la fratría tenían dificultades para construir y mantener relaciones con otras personas, incluso en la escuela. Los formularios de acogida que detallaban los comportamientos de los jóvenes indicaban que la fratría sufría violencia física, maltrato verbal con amenazas de muerte, manipulación emocional e intimidación. Dos expedientes indicaban que las madres consideraban que los jóvenes recurrían a sistemas de creencias sexistas, sobre todo contra sus hermanas. Las madres indicaron también que los jóvenes habían utilizado armas contra miembros de la fratría, llegando a apuñalar las puertas de sus habitaciones.
Los equipos profesionales reconocían los síntomas de trauma de la fratría y mostraron en las entrevistas que conocían las estrategias que la fratría podía utilizar para protegerse dentro del hogar, como adaptar sus comportamientos y acciones para tener contentos a los hermanos mayores que ejercían violencia y reducir el riesgo de escalada. Esto incluía, por ejemplo, asegurarse de que el joven que ejercía violencia tuviera un mayor acceso a los dispositivos tecnológicos.
Las madres eran conscientes de la violencia ejercida por el joven contra la fratría, y la citaban como uno de los motivos por los que habían buscado el apoyo especializado de los servicios.
Se estaba volviendo como físico. Por ejemplo, ya le había dado un puñetazo en la cara a su hermano. Su tolerancia a la frustración era bajísima. Su estado de ánimo era cada vez menos fiable, iba de un lado a otro, se encendía con muchísima facilidad y estaba muy enfadado. Era un chico muy, muy enfadado. (Madre 1)
En algunos casos, las madres contaron que sus hijos habían ejercido primero violencia contra sus hermanos y hermanas antes de pasar a ejercerla también contra ellas.
Era muy triste ver que, de hecho, empezó a reducir ese tipo de amenazas de autolesionarse y empezó a ponerse muy agresivo con su hermana. Y luego eso fue pasando poco a poco hacia mí. Es como una falta de capacidad para afrontar lo que sea que esté pasando, y esa escalada es la amenaza que viene después. (Madre 2)
Esto sugiere que la detección de la violencia fraterna por parte de los equipos profesionales podría ayudar a detectar el ejercicio futuro de la violencia. La violencia, física y verbal, se dirigía contra hermanos y hermanas tanto mayores como menores que el joven que asistía al programa, y se dirigía tanto contra las hermanas como contra los hermanos.
En el conjunto de los datos se observó que la naturaleza y el impacto percibidos de la VFP en la fratría variaban según sus características, a saber, la edad y el género.
Las hermanas y hermanos menores eran el grupo con más probabilidades de recibir un apoyo paralelo a través del programa, mediante intervenciones destinadas a abordar los efectos de la VDF ejercida por personas adultas, más que dirigidas específicamente a la VFP y/o a la violencia fraterna. Las madres valoraban positivamente que se ofreciera este apoyo a la fratría menor, ya que tanto ellas como los equipos profesionales reconocían que sus necesidades a menudo quedaban eclipsadas por las del hijo que ejercía violencia. Los datos de las entrevistas con madres y profesionales pusieron de relieve los comportamientos simultáneos que sus hijos del programa mostraban hacia la fratría menor: comportamientos de protección y comportamientos violentos.
Con los más pequeños es un poco diferente. En algunas familias hemos visto que el joven que ejerce violencia es bastante protector, pero en otras circunstancias es, de nuevo, lo contrario. Los hermanos pequeños, otra vez, le tienen bastante miedo a ese hermano mayor y pueden verlo como un agresor, sí. (Profesional 8)
Las madres contaron que sus hijos eran cariñosos con sus hermanas y hermanos menores, pero que sí ejercían violencia contra ellos y adoptaban comportamientos parentalizados que agravaban el conflicto.
Con [hermana] ha sido muy cariñoso, pero luego, por otro lado, se vuelve muy dominante con ella y también le hace de padre… Siempre tengo que decirle: «Oye, tú no tienes que preocuparte por eso. Tú no eres el padre, la madre soy yo». (Madre 8).
Actuar como padre o madre de un hermano o una hermana menor, sobre todo de una hermana, podía formar parte de un patrón de comportamiento utilizado por el joven para cuestionar la autoridad de la madre, y tiene una dimensión de género. A las madres les preocupaba también que, si no abordaban los comportamientos de sus hijos, la fratría menor empezara a adoptar comportamientos similares. También se reconocía el impacto emocional que tenía en la fratría menor presenciar las escaladas de sus hermanos mayores. A las madres les preocupaba que el riesgo que el joven del programa suponía para la fratría menor pudiera desencadenar una respuesta de los servicios legales de protección de la infancia.
Tres familias del programa habían tenido una intervención previa de los servicios legales de protección de la infancia que había supuesto la retirada de menores del cuidado de sus madres. Aunque estas retiradas no se debían a la violencia de un joven, el temor persistente a nuevas retiradas seguía presente. El posible riesgo de intervención de los servicios de protección de la infancia era también un temor para las familias con hijos e hijas de edad similar a la de los jóvenes del programa, y este temor afectaba a la participación en el programa y agravaba el aislamiento social de las familias asistentes. El miedo a la intervención de los servicios de protección de la infancia también puede llevar a las madres a no compartirlo todo con los equipos profesionales. En el conjunto del grupo se observaron asimismo respuestas policiales incoherentes, también ante la violencia contra la fratría. En algunos casos, estas interacciones reforzaron al joven, ya que la policía declaró que no podía actuar porque la persona que ejercía la violencia era menor de edad. Esto redujo la probabilidad de que las madres volvieran a recurrir a la policía.
Los datos de los expedientes y de las entrevistas con profesionales y madres indicaban que la violencia física grave contra la fratría adolescente continuó durante el programa, incluido el uso de armas y violencia física con posibles fracturas. La violencia ejercida contra la fratría podía ser una táctica para causar aún más angustia a las madres. Sin embargo, también podía ser una herramienta para dañar las relaciones entre las madres y la fratría e imponer el control sobre la familia. Distinguir la violencia fraterna de la puesta a prueba normal de los límites entre hermanos se complicaba por los antecedentes de VDF ejercida por personas adultas. Los equipos profesionales reconocían que las madres necesitaban ayuda con varias personas adolescentes, pero debían dar prioridad al que iniciaba el uso de la violencia. Cuando dos varones adolescentes jóvenes iniciaban ambos la violencia en el hogar, entraban en el programa en momentos escalonados.
Las madres contaron que los hermanos y hermanas usaban «eres igual que papá» como un insulto hiriente, y que ser comparados con los agresores adultos enfurecía a los hijos y agravaba la desconexión entre ellos, sus madres y la fratría. Una complicación añadida en este grupo era que la fratría a menudo asistía a la misma escuela que el joven, y que esa escuela era también para él un lugar de desconexión y de acoso escolar. Los jóvenes que asistían al programa sentían que en la escuela se les exigía responder de sus actos, mientras que al resto de la fratría no. Uno de los jóvenes del programa describió también la violencia que sufría por parte de su hermano adolescente, incluido el uso de armas. Contó:
Joven 7: Me meto en mi cuarto y cierro la puerta. Porque mi puerta, aunque le des una patada suave, se abre. Cada vez que estoy ahí dentro, literalmente uso toda mi fuerza para mantener la puerta cerrada. Si quiere matarme con el cuchillo …. Si dice: «Te voy a matar», corro a mi cuarto y sujeto la puerta, me aseguro de que mis pies no estén debajo de la puerta, porque podría deslizar el cuchillo por debajo y aun así cortarme. Pero sí.
Investigación: ¿Y te sientes en peligro cuando hace eso?
Joven 7: Sí. Siento que me voy a morir.
Los jóvenes también sufrían violencia de hermanos varones mayores, lo que sugiere la necesidad de examinar durante el programa el doble papel de víctima de la violencia fraterna y de persona que la ejerce.
La desconexión dentro de la fratría se agravaba cuando las madres tenían que proteger a la hermana del hijo que ejercía violencia.
Bueno, le duele especialmente cuando he sacado a [hermana] de casa, porque se estaba poniendo agresivo y daba miedo. Pero él dice: «¿Ves?, ¿ves?, te la llevaste porque la prefieres a ella». Y yo: «No, me la llevé porque necesitaba que ella y yo estuviéramos a salvo». Pero no le cabe en la cabeza. Y luego ella tiene la impresión de que casi todo gira en torno a [joven], de que hay todas esas citas. Hasta hace poco teníamos cinco citas cada quince días relacionadas específicamente con su atención, fuera de mi horario de trabajo. Y ella dice: «¿Ves?, todo está dedicado a él». (Madre 2).
Una hermana adolescente participó en la investigación, junto con su madre y su hermano, lo que permitió obtener una imagen global del recorrido de la familia a lo largo de la intervención. La hermana contó que la violencia física que su hermano ejercía contra ella y contra su madre había disminuido desde el inicio del programa. Sin embargo, también se sentía excluida de algunas de las actividades que ahora hacían su madre y su hermano. Señaló asimismo que seguían produciéndose pequeños actos molestos, lo que pone de relieve el carácter acumulativo de la violencia fraterna.
Me provoca y… mi madre dice que debería ignorarlo, pero ahora… siento que se ha ido acumulando con el tiempo. Todas las pequeñas cosas que hace me molestan. Por ejemplo, si entra en mi cuarto y empieza a tocar mis cosas, me molesta, aunque yo no le hago eso a él. No sé si es su manera de intentar, no sé, si le hace gracia o algo. Pero hace esas cosas, y luego me provoca, me da golpecitos y se echa para atrás y eso. Me molesta… Con el tiempo se ha ido acumulando. Porque mi madre decía que debería ignorarlo, pero ahora… incluso se lo dije durante una discusión, que con el tiempo siento que se ha acumulado tanto que las pequeñas cosas me molestan sin más, y todos los demás piensan que soy yo la que exagera (Hermana 1).
Su madre también señaló cambios positivos en el comportamiento de su hijo, pero veía cada vez más problemático el comportamiento de su hija.
Pero entonces él se porta muy bien, pero luego tengo a la otra que ahora está empezando a irse para el otro lado. Y como le dije a ella, ahora estoy con [hermana] donde estaba el año pasado con [joven]: «Rompiste una ventana. Al fin y al cabo, tenemos que conseguirte ayuda, y si no nos pueden dar esa ayuda, es triste, pero tendrás que irte, porque ya no puedo aguantar esto en mi casa». Así que hemos pasado de uno que se ponía así a ver ahora todo esto. Porque al principio él decía: «No quiero ir a terapia, es horrible». Y ahora que está en ella, está recibiendo ayuda, es capaz de hablar y está consiguiendo las herramientas que necesita. Y [hermana] me lo echa en cara todo el tiempo: «Ay, siempre es todo para [joven], siempre es [joven]. [Joven] con su terapia, el comportamiento de [joven]». (Madre 12).
La madre describía la dinámica como una violencia recíproca, minimizando la violencia que la hermana había sufrido por parte de su hermano.
La violencia que sufría la fratría adolescente, sobre todo las chicas, era la más alta de todos los grupos. Hemos tenido varias familias en las que los hermanos también ejercen violencia. Creo que es un tema realmente fascinante, porque sé que en ciertas familias a veces el joven que ejerce violencia puede verse, en cierto modo, como un chivo expiatorio, también. Creo que ahí hay mucha complejidad en torno a las dinámicas familiares, y creo que en ciertos hermanos, sobre todo en las chicas adolescentes, he observado que suelen sufrir también violencia del joven, ya sea violencia física, violencia de género, amenazas, realmente todo el círculo. (Profesional 8).
La hermana que participó había recibido apoyo del servicio que gestionaba el programa; sin embargo, seguía sintiendo que no tenía a nadie con quien hablar, y no se sentía cómoda compartiendo sus preocupaciones con su madre.
Investigación: ¿Hay algún apoyo que sientas que necesitas?
Hermana 1: Quizá, cuando discuto con mi madre, alguien con quien hablar. Porque voy a… los grupos juveniles de la iglesia para chicos… voy allí, y estaba comentando que cuando discuto con mi madre o estoy mal no hablo con nadie. Simplemente lo dejo pasar… Sé que existe la Kids Helpline, pero algún apoyo o algo que pudiera hacer cuando necesito hablar o algo así, o cómo podría hablar con alguien.
Esto pone de relieve también las relaciones perturbadas entre las madres y la fratría, y el impacto que ello puede tener en el bienestar de hermanas y hermanos.
Según los relatos, las hermanas y hermanos mayores contribuían de diversas maneras a la complejidad de las dinámicas familiares. Entre ellas: el uso continuado de comportamientos perturbadores y/o violentos que afectaban al joven y a la madre; un contacto imprevisible y una presencia intermitente en el hogar de la madre y en la vida de la familia; intentos de asumir un papel parental, que socavaban así la autoridad de la madre. Los hermanos varones mayores podían haber ejercido violencia en el pasado contra el joven del programa, lo que dejaba en este un sentimiento de injusticia por tener que responder de sus actos cuando a sus hermanos mayores y a su padre no se les había exigido. Algunos jóvenes seguían sufriendo violencia de un hermano varón mayor. Al igual que los agresores adultos varones, los hermanos mayores, ahora jóvenes adultos, eran a menudo miembros intermitentes de la familia y causaban perturbaciones cuando se ponían en contacto. Este contacto lo iniciaba a veces el propio hermano y a veces lo provocaba el agresor adulto. Por ejemplo, una madre contó que su hijo estaba progresando bien en el programa hasta que sus hermanos mayores fueron a vivir con ellos, cuando su padre renunció a su custodia. Los comportamientos problemáticos de los jóvenes aumentaron entonces.
¿Cómo llamas a grabar a tu hermano desnudo en la ducha, y luego tu hermano sale corriendo detrás de ti porque tienes su móvil, y estás grabando con su móvil, y ya sabes, y a los dos les parece gracioso? (Madre 3).
Esta madre había pedido que sus otros hijos asistieran también a la intervención, de forma menos regular, para reforzar el vínculo de toda la unidad familiar.
Los jóvenes tenían sentimientos encontrados hacia sus hermanos mayores. Eran conscientes del conflicto que podía surgir entre los hermanos mayores y su madre, sobre todo cuando los mayores se comportaban con ellos como un padre, en contra de los deseos de la madre. Por ejemplo, ponían cerrojos en las puertas del joven del programa, en contra de la voluntad de su madre, lo que perturbaba las rutinas escolares y de medicación. Aunque el joven veía que este acto agravaba el conflicto entre su hermano mayor y su madre, quería mantener la relación con su hermano, porque habían compartido experiencias mientras estaban bajo tutela.
Estuve más con él cuando era más pequeño que con mi madre. Porque a [hermano] y a mí nos separaron de mamá y nos llevaron a una guardería y todo eso, y yo estaba con él. Así que, de niño, estuve más tiempo con él que con mi madre. (Joven 2)
Esto pone de relieve la perturbación del apego causada no solo por la VDF ejercida por personas adultas, sino también por intervenciones institucionales anteriores, lo que añade complejidad a una lógica de programa que pretende reconstruir el apego centrándose principalmente en el daño causado por el uso de la violencia. Los hermanos mayores socavaban la labor de crianza de las madres tanto si vivían en el hogar como si no. Esto llevaba a las madres a intentar limitar el contacto de los jóvenes con sus hermanos mayores. Por ejemplo, en un caso, esto también hizo que el joven se fuera de casa a vivir con su hermano mayor y abandonara así el programa. La perturbación que los hermanos varones mayores introducen en la intervención y el riesgo para el joven y la madre deben vigilarse a lo largo de todo el programa.
La hermana que participó era algo mayor que el joven que asistía al programa y sentía que ser mayor influía en las discusiones entre ella, su hermano y su madre.
A veces lo empeora, a veces… pero a veces me echan la culpa a mí, y… no sé si es porque soy mayor, a veces me echan la culpa aunque ellos [los hermanos] también han hecho cosas (Hermana 1).
Las personas participantes reconocían en distinta medida el impacto continuado del agresor adulto en la relación entre todos los miembros de la familia. Madres y profesionales eran conscientes de la desregulación y de las escaladas de violencia que podían producirse tras el contacto con los padres.
Ha intentado llamar varias veces desde que estamos aquí, pero simplemente no he contestado al teléfono, porque de verdad los altera cuando hablan con él. Su comportamiento se descontrola el resto de la noche. (Madre 1).
La intervención trabajaba principalmente con la díada formada por la madre y el joven, con respuestas paralelas, pero rara vez integradas, ofrecidas a una parte de la fratría. El programa no seguía pautas coherentes sobre el mejor momento para incorporar a la fratría a la intervención, ni tenía contenidos específicos sobre la violencia entre hermanos o las experiencias de la fratría. Los resultados indicaban que los avances logrados en materia de cambio de comportamiento y de responsabilización se veían cuestionados en el hogar. Como afirmó Profesional 1: «porque entonces es como, bueno, puede que [el joven] ya no ejerza tanta violencia o algo así, pero sigue sufriéndola de los demás hermanos. Y hay mucha presión sobre ese joven para que mejore». Los equipos profesionales señalaron también que, si la fratría ejercía igualmente violencia en el hogar, esto llevaba a menudo al joven a intentar eludir su responsabilidad por la violencia que ejercía contra su hermano o hermana. Describieron cómo el joven podía apoyarse en los contenidos del programa para desplazar la responsabilidad de la violencia hacia su hermano o hermana. A medida que los jóvenes mejoraban su comportamiento, las madres veían el de la fratría como más problemático. Sin embargo, este comportamiento problemático debe seguir interpretándose en el contexto de la violencia ejercida previamente por el joven del Programa y por el agresor adulto, y de los cambios en la dinámica familiar debidos a la intervención. La hermana entrevistada indicó que, a medida que avanzaba el programa, su hermano y su madre pasaban más tiempo juntos, lo que la hacía sentirse excluida.
En la literatura sobre la VFP, todavía escasa pero en crecimiento, se reconocen los vínculos entre la VFP y experiencias previas de VDF ejercida por personas adultas (Fitz-gibbon et al., 2022; Simmons et al., 2018). Esto ha llevado a desarrollar programas que abordan no solo el uso de la violencia por parte de la persona joven, sino también su trauma previo. Los programas de intervención existentes han tendido a centrarse bien en la persona joven de forma individual, desde una perspectiva judicial, bien en la díada joven-madre (Baker & Bonnick, 2021). Estos modelos no tienen en cuenta el impacto de la VDF y la VFP en toda la unidad familiar, incluida la fratría que no es el foco principal de la intervención. Hermanas y hermanos son actores clave en el contexto de la VFP, tanto si intentan proteger a otras personas como si presencian la violencia y sus efectos. A menudo pueden ser blanco de la violencia, o estar implicados también en el uso de la violencia contra su madre. No integrar estas cuestiones y los efectos indirectos de la VFP probablemente influirá en el éxito de las intervenciones. Este artículo ha contribuido al conocimiento existente sobre la VFP al centrarse específicamente en las experiencias y necesidades de la fratría en familias que han vivido VDF y en las que un hermano (de 12 a 17 años) participa en un programa sobre VFP para abordar la violencia que ejerce contra su madre. Se han puesto de manifiesto las complejidades resultantes, que tienen implicaciones claras para la intervención y la investigación futura.
Nuestros resultados ponen de relieve hasta qué punto las necesidades y experiencias de la fratría en estas familias se reconocen y se apoyan de forma sistemáticamente insuficiente. Por ejemplo, las figuras parentales pueden subestimar el alcance de la VDF que ha presenciado la fratría, en particular sus miembros más pequeños. Además, los esfuerzos de las madres y de los hijos mayores por proteger a la fratría menor de conocer la violencia, ocultándole información sobre sus experiencias con el agresor adulto, pueden romper las relaciones y la confianza en la dinámica madre-hijo-fratría. Nuestros resultados también arrojan luz sobre el amplio abanico de cuestiones a las que las madres deben responder tras la separación de los agresores adultos, como los procedimientos judiciales de derecho de familia y relacionados con la VDF, la inestabilidad residencial y la pobreza, las necesidades de salud mental y física, así como el apoyo frente al ejercicio de la VFP por parte de su(s) hijo(s). La carga del tratamiento que recae sobre las madres para identificar, coordinar y acudir a los servicios que abordan estas cuestiones puede relegar las necesidades de la fratría. Además, cuando las madres de nuestro estudio participaban en el programa con sus hijos, el apoyo ofrecido a la fratría estaba poco integrado en las actividades del programa. Asimismo, no toda la fratría recibía un apoyo paralelo, o solo lo recibía de forma puntual.
En nuestro estudio, las díadas madre-hijo que asistían al programa formaban parte de un hogar más amplio, lo que dificultaba integrar y mantener en casa los cambios de comportamiento. El resto del hogar podía resistirse a las nuevas dinámicas, puesto que no había formado parte del proceso de cambio vivido en el grupo. La fratría puede intentar, sin darse cuenta, mantener el statu quo, recayendo en patrones de comportamiento familiares y establecidos con su hermano. Esto pone de relieve la importancia de integrar a la fratría en las respuestas cuando proceda. Hacerlo puede ayudar a contextualizar el uso reactivo de la violencia por parte de la fratría, en relación con su historia de trauma y con el patrón de maltrato de su hermano. Además, puede evitar que se rompa la relación entre la madre y la fratría mientras se trabaja con la madre y el hermano para abordar la VFP. La evidencia procedente del ámbito sanitario indica que la atención centrada en la familia o dirigida a toda la familia puede mejorar los resultados, en particular un mayor acceso a los servicios y un mayor uso de ellos, así como una mejora de la salud y el bienestar (Arango, 2011). Del mismo modo, los enfoques dirigidos a toda la familia en los programas de intervención y prevención de otros ámbitos de la atención social (p. ej., la atención en salud mental) también han demostrado ser beneficiosos (Murray & Barnes, 2010).
Nuestros resultados ponen de relieve complejidades entrecruzadas asociadas a la VFP que requieren respuestas dirigidas a toda la familia. La intervención debe considerar cuidadosamente las distintas necesidades, los riesgos que corren y que suponen los distintos grupos dentro de la fratría y su influencia (p. ej., hermanas y hermanos menores, de la misma edad o mayores que el hijo que ejerce VFP). Por ejemplo, en nuestro estudio, la fratría menor tenía más probabilidades de recibir la ayuda de un programa de recuperación de la VDF que los demás grupos. Las madres lo valoraban, ya que sentían que las necesidades de la fratría menor quedaban a menudo eclipsadas por las de la persona joven que ejercía violencia. En cambio, los hermanos varones mayores tenían más probabilidades de perturbar las intervenciones en curso, con su uso de la violencia y socavando la labor de crianza de las madres. Ambos factores afectaban al trabajo de responsabilización del hijo en el programa. La integración de la fratría mayor en los programas debería incluir estrategias de gestión del riesgo, aunque el hermano o la hermana mayor no viva en casa, del mismo modo que es necesario mantener la atención sobre el agresor adulto varón para gestionar las fluctuaciones del riesgo y del contacto (Heward-Belle et al., 2022). También es necesario distinguir entre la fratría no violenta y los miembros de la fratría que ejercen violencia contra otros miembros de la fratría y/o contra las madres. Esto se señaló como especialmente pertinente en la fratría de edad similar.
La violencia fraterna descrita en nuestro estudio tenía también una dimensión de género. Las experiencias de violencia entre hermanos preocupaban a las madres, pero también se veían como comportamientos adolescentes normalizados. En algunos casos se consideraban recíprocas, sin que se identificara a un agresor principal. Es necesario incluir el uso de la violencia reactiva por parte de las hijas en los contenidos del programa dirigidos a las madres, para que la violencia que ejercen sus hijos no se confunda indebidamente con las respuestas de sus hijas. Se necesita más investigación para examinar las intervenciones con hijas que ejercen violencia contra sus madres. Es importante situar la violencia reactiva de las hermanas que han sufrido violencia de género en el marco de las conceptualizaciones más amplias de la violencia reactiva femenina en la violencia familiar, lo que incluye la necesidad de distinguir entre la violencia reactiva y el uso de la fuerza (Fitz-Gibbon et al., 2022; Larance, 2006), y el uso de la violencia como medio para ejercer poder y control. Se ha constatado que el uso de la fuerza por parte de las mujeres suele ser defensivo o de resistencia (Larance, 2006), y que difiere en motivación, intención e impacto del de los varones, que a menudo tiene la intención de herir (Larance, 2006). Estas dinámicas de género, y el hecho de que la violencia masculina se vea reforzada por las estructuras familiares y sociales más amplias, deben tenerse en cuenta en las respuestas a la VFP y a la violencia fraterna.
Los resultados de este estudio indican la necesidad de reconceptualizar y resituar la violencia fraterna, especialmente en los casos de VFP, como una violencia que se inscribe en un marco de género y de VDF. Las múltiples experiencias de violencia de la fratría deben entenderse como acumulativas e interconectadas: debido a las experiencias iniciales de VDF en la infancia, se han producido múltiples traumas y experiencias de violencia. Comprender cómo se solapan las múltiples experiencias de violencia permite obtener una imagen global de sus efectos e integrarla en las intervenciones. Esto puede incluir el maltrato institucional, que ha perturbado las relaciones de toda la familia.
Nuestros resultados revelaron preocupaciones sobre las respuestas institucionales más amplias a la VFP, en particular las de los servicios de protección de la infancia y la policía. Al igual que en otros estudios, las respuestas de estas instituciones afectaban a la confianza de las madres para pedir apoyo o denunciar incidentes graves de violencia (Campbell, 2021). Aunque algunas madres contaron que la violencia de su hijo contra la fratría las había impulsado a buscar apoyo, muchas, sobre todo las que tenían descendencia de corta edad, también temían las consecuencias negativas de pedir apoyo, a saber, la retirada de la custodia de la descendencia más pequeña o la incertidumbre de la respuesta policial. Estas preocupaciones por la fratría menor contribuían a que algunas madres dudaran en compartir información sobre la naturaleza y el alcance de la VFP. Esto amplía la literatura existente sobre cómo las madres que viven VDF y están en contacto con los sistemas de protección de la infancia se ven obligadas a tomar decisiones difíciles para mantenerse a salvo y proteger a su descendencia, debido a que los sistemas funcionan con marcos de práctica incongruentes (Hester, 2011). Los resultados de este estudio indican la necesidad de un cambio sistémico en la práctica legal de protección de la infancia, para responder mejor al interés superior de niñas, niños y madres, mediante una comunicación clara con las madres y la integración con los programas especializados. Esto debe ir acompañado de una formación especializada en VFP para los servicios legales que entran en contacto con familias que asisten a programas especializados en VFP. En el estudio británico de O’Toole et al. (2020), las personas profesionales manifestaron su reticencia a implicar a los servicios legales de protección de la infancia en las respuestas a la VFP, ya que las familias a menudo no querían que se les retirara la custodia de su hijo o hija. En su lugar, propusieron que la terapia centrada en soluciones permitiría a los equipos profesionales trabajar con progenitores y menores con menos estigma que las intervenciones legales (O’Toole et al., 2020).
La investigación presenta numerosos puntos fuertes gracias a una metodología que recurrió a múltiples fuentes de datos y puntos de verificación en el proceso de análisis. Una limitación importante es la ausencia de la voz de la fratría en los datos. La investigación pretendía incluir en el estudio entre 5 y 10 miembros de la fratría de entre 12 y 17 años. Sin embargo, solo se reclutó a una persona de este grupo de edad, a pesar de que otras 4 cumplían los criterios de inclusión del estudio y de que las madres apoyaban su participación. Entre los motivos de la no participación figuraban el abandono del programa por parte de la familia y la dificultad de encontrar un momento y un lugar adecuados para entrevistar a la hermana o al hermano. Así pues, este estudio ofrece una idea de los obstáculos que pueden encontrar los equipos de investigación al intentar implicar a este grupo, cuestiones que se exploran con más detalle en la sección de discusión. El equipo de investigación no evaluó los contenidos de los apoyos paralelos ofrecidos a la fratría, ya que quedaban fuera del alcance de la evaluación.
Como indican los resultados, las familias que participan en la intervención tienen necesidades complejas y en competencia, lo que a menudo impone a las madres la carga de compaginar citas y desplazamientos. Aunque el equipo de investigación ofreció flexibilidad en cuanto al lugar y el horario de la entrevista, tres familias no pudieron encontrar un momento adecuado para ella debido a las obligaciones laborales de las madres, a enfermedades y a la falta de transporte. El equipo de investigación no ofreció a la fratría la posibilidad de ser entrevistada en su propia casa, por teléfono o de forma virtual, por motivos de confidencialidad y por razones de seguridad en caso de que su hermano escuchara la entrevista.
El mayor obstáculo para participar en la investigación fue el abandono del programa por parte de las familias; con ello nos referimos al reducido número de familias que pasaron al segundo componente del programa (la terapia) tras completar el componente de psicoeducación. Se sugiere que la investigación futura intente implicar a la fratría desde el principio para reducir el riesgo de abandono. Dado que las familias que viven VFP experimentan a menudo fluctuaciones en el riesgo y la seguridad, hay que aprovechar las oportunidades de entrevista cuando la familia está en una situación estable para implicar a todos sus miembros. Además, la fratría menor de 12 años tenía más probabilidades de ser incluida en la intervención. Podría realizarse una investigación adaptada a su edad para comprender mejor sus necesidades, lo que podría ayudar a diseñar programas de intervención temprana. Por último, podría implicarse a hermanas y hermanos mayores de 18 años, y por tanto menos dependientes de sus madres en el plano logístico, para que aportaran una mirada retrospectiva sobre la violencia ejercida por su hermano.
Las respuestas a la VFP las impulsan en gran medida los equipos profesionales y se adaptan a las crecientes necesidades de las familias. Están surgiendo intervenciones y programas específicos centrados en la violencia ejercida por jóvenes, y estas respuestas en desarrollo ofrecen la oportunidad de garantizar que las intervenciones respondan a las necesidades de familias enteras para sostener cambios de comportamiento duraderos. La VDF ejercida por personas adultas y el uso continuado de la violencia por parte de jóvenes en el hogar afectan a las relaciones entre todos los miembros de la familia. También es necesario gestionar la complejidad persistente de las necesidades entrecruzadas de todos los miembros de la familia para garantizar su implicación continuada en las intervenciones. Al igual que la VFP, la violencia fraterna debe entenderse en el contexto de la VDF ejercida por personas adultas y de los efectos continuados que la siguen. Los efectos acumulados de múltiples experiencias de violencia y malos tratos deben reconocerse como un aspecto de la violencia fraterna. Esto puede ayudar a las intervenciones a cuestionar las ideas de madres y padres que minimizan los efectos acumulados que sufre la fratría.
Complexe Systémique: puntos clave
El interés del estudio reside en desplazar la mirada de la díada madre-hijo hacia la fratría, que había quedado fuera de foco. Los expedientes muestran que casi toda la fratría presenció la violencia del adulto y luego la del joven, que algunos de sus miembros la sufrieron directamente y que las hermanas adolescentes parecen las más expuestas. Para la práctica sistémica, la constatación es conocida: el cambio logrado en un subsistema protegido choca, de vuelta en casa, con un equilibrio familiar que no se ha movido, y los avances del hijo pueden desplazar el problema hacia una hermana, a la que ahora se ve como la dificultad. De ello se derivan varias pautas: detectar la violencia fraterna desde la acogida, desde el punto de vista de cada menor y no solo desde el de la madre; distinguir la violencia reactiva de una hermana de la violencia de control; incluir a la fratría mayor en la evaluación del riesgo; anteponer la seguridad de cada cual a cualquier sesión conjunta. Los límites son claros: una sola hermana entrevistada, un solo programa australiano, una evaluación realizada por el equipo que defiende este cambio. Puede leerse junto con el artículo sobre una comprensión ecológica de la violencia filio-parental y el artículo sobre el lugar del niño o la niña en la terapia familiar tras la violencia familiar.
Notas del original
Financiación. Financiación de acceso abierto posibilitada y organizada por CAUL y sus instituciones miembro.
Conflicto de intereses. Este estudio recibió financiación del Gobierno de Queensland (Australia).
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Traducción no oficial al español de The Need for a Whole of Family Response: The Invisibility of Siblings in Adolescent-to-Parent Violence Interventions, de Amy Young, Jemma Venables, Patrick O’Leary, David Fannon y Bronte Walter, Journal of Family Violence, vol. 41, n.o 4 (2026), doi: 10.1007/s10896-024-00757-1, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Traducción no oficial del artículo original «The Need for a Whole of Family Response: The Invisibility of Siblings in Adolescent-to-Parent Violence Interventions», publicado en Journal of Family Violence (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido y maquetado por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Young, A., Venables, J., O’Leary, P., Fannon, D., y Walter, B. (2026). The Need for a Whole of Family Response: The Invisibility of Siblings in Adolescent-to-Parent Violence Interventions. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/the-need-for-a-whole-of-family-response-the-invisibility-of-siblings (Obra original publicada en 2024 en Journal of Family Violence, 41(4), 733-748 (2026); republicada en 2026 por Journal of Family Violence, https://link.springer.com/article/10.1007/s10896-024-00757-1)
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