Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Infant Mental Health Journal · Parejas
¿Qué ocurre en una pareja cuando uno de sus miembros, o ambos, sufrieron maltrato en la infancia y llega un primer bebé? El equipo de Laura N. Martin en la George Mason University entrevistó por separado a los dos miembros de 11 parejas estadounidenses. Lejos de una simple repetición, describen un trabajo realizado de a dos: nombrar el maltrato, regular las dudas sobre sí mismos, poner límites a la familia de origen e inventar otras formas de cuidar.
Traducción no oficial al español de “Desperate not to make the same mistakes”: Couple adjustment to parenthood in the context of childhood maltreatment, de Laura N. Martin, Keith D. Renshaw, A. Grace Kelly y Debora G. Goldberg, publicado en Infant Mental Health Journal (Wiley) (2026), doi: 10.1002/imhj.70106, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. La tabla se presenta en forma de lista; los anexos (guía de entrevista, citas adicionales) no se reproducen. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
En conjunto, estos resultados ponen de relieve que las experiencias de maltrato infantil no se negocian de forma aislada durante la transición a la parentalidad, sino que se interpretan y gestionan conjuntamente dentro de la relación de pareja.
Laura N. Martin, Keith D. Renshaw, A. Grace Kelly y Debora G. Goldberg
Resumen
Este estudio exploró cómo una historia de maltrato infantil moldea la transición a la parentalidad, centrándose en la manera en que los dos miembros de la pareja negocian conjuntamente este ajuste dentro de la relación. Mediante el análisis fenomenológico interpretativo (IPA), se realizaron entrevistas semiestructuradas en profundidad con 11 parejas heterosexuales (22 personas) residentes en Estados Unidos, en las que al menos uno de los miembros refería una historia de maltrato infantil. Las entrevistas se analizaron en busca de temas emergentes relacionados con el ajuste a la parentalidad, el funcionamiento relacional y los procesos de apoyo diádico. Surgieron cuatro grandes temas diádicos: (1) la construcción relacional de sentido sobre el maltrato infantil, (2) los desafíos relacionales activados por la historia de maltrato, (3) el apoyo diádico como corregulación de la vulnerabilidad vinculada al maltrato y (4) la orientación resiliente e intencional de las parejas hacia la vida familiar. Los resultados sugieren que las relaciones de pareja que brindan apoyo pueden funcionar como un contexto relacional en el que se negocian las dudas sobre la propia capacidad parental, se fomenta la seguridad emocional y se construyen en colaboración formas de cuidado distintas de las que las personas participantes vivieron en su propia infancia. Estas aportaciones tienen implicaciones para las intervenciones diádicas durante la transición a la parentalidad que buscan apoyar una parentalidad reflexiva y la resiliencia relacional.
Palabras clave: maltrato infantil; coparentalidad; investigación cualitativa; resiliencia; pareja sentimental; transición a la parentalidad
Resultados clave
Pertinencia del estudio
Este estudio ofrece una visión matizada de cómo el maltrato infantil influye en la transición a la parentalidad dentro de la relación de pareja y de la relación coparental. Al situar en el centro a los dos miembros de la pareja, este trabajo pone de relieve el papel de la pareja en el apoyo a la construcción relacional de sentido sobre las experiencias de cuidado anteriores y en la regulación de la vulnerabilidad vinculada a la crianza durante esta transición. Los resultados contribuyen a la salud mental infantil temprana al iluminar procesos diádicos que amortiguan el impacto de la adversidad temprana y apoyan el desarrollo del sistema familiar emergente durante una ventana evolutiva crítica.
Convertirse en madre o padre es una de las transiciones más importantes que viven muchas parejas, marcada por un aumento del estrés, cambios de identidad y cambios en el estilo de vida. Aunque la mayoría de las parejas experimentan un descenso de la calidad de la relación durante esta transición, algunas refieren estabilidad o mejora (Belsky & Kelly, 1994; Belsky & Rovine, 1990; Doss et al., 2009). Gran parte de la investigación sobre las parejas durante la transición a la parentalidad se centra en los factores de riesgo de un ajuste negativo (Kluwer et al., 2010). Las experiencias traumáticas, como el maltrato infantil, se asocian a un ajuste deficiente durante la transición a la parentalidad (Belsky & Isabella, 1985), en particular a un mayor estrés parental, a dificultades de salud mental y a alteraciones del vínculo entre progenitores e hijos (Racine et al., 2021). Esto podría deberse a que la anticipación de las responsabilidades de cuidado activa los modelos operativos internos de apego y de cuidado formados en la propia infancia (Cowan & Cowan, 2000). La investigación sugiere que convertirse en madre o padre por primera vez representa un periodo evolutivo en el que se reevalúan las experiencias relacionales pasadas, que pueden moldear las expectativas sobre los roles parentales y coparentales (George & Solomon, 2008). Por ello, las parejas primerizas podrían ser especialmente propensas a reflexionar sobre la influencia del maltrato infantil en su identidad parental emergente y a renegociarla.
Aunque los datos sugieren que una historia de maltrato infantil puede tener efectos negativos en la pareja sentimental de la persona, la investigación existente no ha explorado estos efectos en el contexto de la transición a la parentalidad (Vaillancourt‐Morel et al., 2024). La asociación negativa entre una historia de maltrato infantil y el ajuste de las madres durante el embarazo y el posparto está bien establecida: mayor sentimiento negativo de la propia valía, sentimientos de culpa y de vergüenza, vivencia de falta de control en el ámbito de la crianza, experiencia del estigma, falta de conocimientos y de habilidades parentales, y problemas de salud mental y física en general (véase Chamberlain et al., 2019a para una revisión). A pesar de este sólido conjunto de resultados sobre el efecto del maltrato en las madres, hay menos investigación centrada en cómo el maltrato afecta a las parejas durante este periodo.
El cambio postraumático designa las modificaciones de las creencias, la identidad o los patrones relacionales de las personas que surgen tras experiencias traumáticas y que pueden incluir adaptaciones tanto positivas como negativas. Aunque muchos de los cambios postraumáticos que se producen tras el maltrato son negativos, algunas personas refieren que sus experiencias de maltrato las afectan de una manera más matizada. Fava y colaboradores (2016) codificaron entrevistas con madres primerizas para comprender sus percepciones del cambio postraumático general y del cambio postraumático específico de la crianza tras el maltrato infantil. Tres cuartas partes de las madres señalaron que los cambios postraumáticos generales incluían una mezcla de cambios positivos y negativos; un 8% refirió solo cambios negativos (y un 17%, solo cambios positivos). Además, los cambios postraumáticos específicos de la crianza, como poder conectar más con el propio hijo o hija y comprenderlo mejor gracias a las experiencias pasadas, tendían todavía más a percibirse como plenamente positivos. Esta variabilidad sugiere que existen factores de protección que pueden orientar las intervenciones dirigidas a madres y padres con antecedentes de maltrato infantil.
La mayoría de los estudios que examinan la transición a la parentalidad tras el maltrato infantil son cuantitativos y solo examinan la experiencia de las madres (véanse Chamberlain et al., 2019a; Christie et al., 2017 para revisiones). Un resultado predominante es que las relaciones positivas con la pareja íntima y el apoyo social actúan como factores de protección para las madres con antecedentes de maltrato durante el periodo perinatal (Chamberlain et al., 2019a). Del mismo modo, en el puñado de estudios cualitativos existentes (la mayoría centrados en mujeres con antecedentes de abuso sexual), las trayectorias positivas suelen asociarse a las relaciones y a los entornos en los que viven estas madres, más que a procesos individuales. Por ejemplo, temas como crear seguridad (construir relaciones y lugares seguros para su bebé), cuidados compasivos (sentirse valorada y cuidada) y sentirse conectada (calidad de las relaciones durante la transición) dependen de los sistemas de apoyo (Chamberlain et al., 2019b). La investigación previa también subraya la complejidad de las relaciones de pareja en este contexto, ya que algunas supervivientes refieren conflictos, incomprensión e incluso violencia en la pareja durante la transición a la parentalidad (Chamberlain et al., 2019b). Así pues, la calidad de la relación de pareja puede influir en el ajuste a la parentalidad de las personas con una historia de maltrato infantil. Reconocer esta variabilidad subraya la importancia de examinar la relación de pareja como un determinante crucial del ajuste y del bienestar parentales durante la transición a la parentalidad
La revelación del maltrato y la comunicación sobre él entre los miembros de la pareja pueden desempeñar un papel en su ajuste durante la transición a la parentalidad. La investigación sugiere que la mayoría de las personas supervivientes de abusos revelan sus experiencias a su pareja (Rubinsky et al., 2023; Ullman, 2002); algunas lo viven como algo que las fortalece y que suscita más apoyo y sensibilidad por parte de los demás, mientras que otras se sintieron juzgadas o estigmatizadas (Palmer, 2004). En un estudio cualitativo con mujeres supervivientes de abuso sexual, varias madres expresaron reticencia a hablar del maltrato pasado; una de ellas afirmó que eso le haría sentir su embarazo «manchado por los recuerdos de un pasado sucio» (Palmer, 2004, p. 162). Pese a esta reticencia, evitar hablar del tema no se asociaba a menos pensamientos sobre el maltrato durante el embarazo, y muchas de estas mujeres seguían sintiendo malestar durante ese periodo. Aunque estos resultados sugieren que la revelación del maltrato puede influir en el ajuste a la parentalidad, ningún estudio ha examinado la comunicación sobre el maltrato con la pareja durante la transición a la parentalidad.
Las respuestas de la pareja a la revelación son cruciales, ya que las reacciones negativas pueden agravar los síntomas psicológicos (Ullman, 2002). En los estudios cualitativos sobre la transición a la parentalidad, sentirse apoyadas y no juzgadas por su pareja ayudaba a las mujeres a vivir su embarazo de forma más positiva (Chamberlain et al., 2019b), mientras que otras percibían a su pareja como crítica con sus síntomas relacionados con el trauma durante esta transición (Berman et al., 2014). Dada la importancia de las reacciones de la pareja ante la revelación del maltrato, es posible que tener una pareja con una infancia similar resulte beneficioso, por una mayor empatía hacia las múltiples formas en que la transición a la parentalidad puede ser retraumatizante. Aunque resultados cuantitativos preliminares sugieren efectos negativos acumulados cuando ambos miembros de la pareja tienen antecedentes de maltrato (Martin et al., 2025), se necesita más investigación para extraer conclusiones firmes.
Por último, el ajuste a la parentalidad puede verse influido por la incongruencia entre las expectativas y la realidad, en particular en madres y padres con antecedentes de maltrato, cuya visión de sí mismos puede estar distorsionada (Fitzgerald et al., 2005). Estas autopercepciones distorsionadas pueden verse reforzadas por su red de apoyo. Un estudio cualitativo sobre las experiencias de supervivientes de abuso sexual infantil durante el embarazo puso de relieve que las madres y los padres primerizos pueden tener en cuenta la crianza que recibió su pareja al evaluar su capacidad parental (Lasiuk, 2007). Una participante destacó que su visión de la crianza de su pareja, que no había sufrido maltrato, la tranquilizaba sobre el hecho de que él sería un «buen padre» (Lasiuk, 2007, p. 184). Sin embargo, se sabe poco sobre cómo ve el miembro de la pareja no maltratado la aptitud parental de su pareja maltratada, ni sobre cómo esto puede afectar al ajuste de ambos a la parentalidad.
Debido a la tendencia a suponer que las secuelas del maltrato son negativas, los estudios cuantitativos pueden poner un énfasis excesivo en los resultados negativos, en lugar de captar los matices de cómo una historia de maltrato afecta a las madres y los padres primerizos. Los métodos cualitativos permiten a las personas compartir una diversidad de atribuciones y percepciones relativas a la transición a la parentalidad y a la manera en que su historia de maltrato ha influido en esa transición. Este estudio adopta un enfoque cualitativo para explorar cómo las personas maltratadas y sus parejas se ajustan a la parentalidad, centrándose en el funcionamiento de la relación como posible factor de protección. A pesar de la investigación cualitativa existente sobre las experiencias perinatales, pocos estudios incluyen a la vez a madres y padres, se centran en la calidad de la relación o examinan a los dos miembros de parejas en las que uno de los progenitores sufrió maltrato (Chamberlain et al., 2019b). Al estudiar parejas en lugar de individuos, esta investigación adopta un enfoque más naturalista, que reconoce que la parentalidad rara vez se vive de forma aislada.
Este estudio pretende explorar, mediante un enfoque orientado al descubrimiento, cómo una historia de maltrato infantil moldea la dinámica de la pareja y el apoyo mutuo durante la transición a la parentalidad. Las preguntas de investigación que guían este estudio son:
Para explorar estas preguntas de investigación, se eligió el análisis fenomenológico interpretativo (IPA) como el enfoque más adecuado (Smith & Osborn, 2015; Smith et al., 2009). Inspirado en la fenomenología, el IPA es un enfoque cualitativo que busca generar un conocimiento contextualizado para aportar una comprensión novedosa de la experiencia vivida de las personas. El IPA reconoce que la interpretación se produce en dos niveles (doble hermenéutica): el equipo investigador intenta dar sentido a lo que comparten las personas participantes, y estas, a su vez, intentan dar sentido a sus propias experiencias (Smith et al., 2009). Otros estudios centrados en temas similares han utilizado esta metodología (p. ej., Bécotte et al., 2023; Ngameni et al., 2022).
Los criterios de inclusión del estudio eran: haber tenido el primer hijo o hija en los últimos 12 meses; estar casados o en una relación estable (más de 18 meses de relación o convivencia); que al menos uno de los progenitores tuviera una historia de maltrato infantil (evaluada con los puntos de corte establecidos del Childhood Trauma Questionnaire (CTQ) para cualquier forma de maltrato clínicamente significativa; Bernstein et al., 1994), y que los dos miembros de la pareja consintieran en participar en el estudio. Además, las parejas debían hablar inglés y poder participar en entrevistas en línea por Zoom, una plataforma de telecomunicación segura.
Se entrevistó a once parejas de distinto sexo. Todas estaban casadas, habían tenido su primer hijo o hija en común durante el último año y vivían juntas en el momento de la entrevista. La edad media era de 33.82 años (SD= 7.21) en los hombres y de 31.00 años (SD= 5.10) en las mujeres. En cuatro de las 11 parejas, ambos miembros refirieron haber sufrido alguna forma de maltrato infantil, mientras que en las otras siete solo uno de ellos (3 mujeres y 4 hombres) refirió maltrato. Entre las 15 personas participantes que alcanzaban niveles clínicos de maltrato infantil en el CTQ (CTQ; Bernstein et al., 1994), la puntuación media de maltrato infantil era de 40.00 (SD= 11.42). Entre quienes refirieron maltrato, la mayoría señaló al menos niveles bajos de abuso emocional (80%; M = 10.53, SD = 4.39, rango = 5–23) y de negligencia emocional (73%; M = 11.07, SD = 4.89, rango = 5–24). Menos personas refirieron abuso físico (47%; M = 6.60, SD = 1.80, rango = 5–9), abuso sexual (20%) y negligencia física (13%; M = 6.33, SD = 2.20, rango = 5–14). La edad media del bebé en el momento de la entrevista era de 7.45 meses (SD= 2.36), con un rango de 4 a 12 meses. Las parejas vivían en 8 estados diferentes. En la tabla 1 figuran más características de la muestra.
Tabla 1 — Características de las personas participantes (N = 22).
Todos los procedimientos del estudio fueron revisados y aprobados por el comité de ética (Institutional Review Board) de la institución a la que está afiliada la autoría, y todas las personas participantes dieron su consentimiento informado antes de participar. Los datos se recogieron mediante entrevistas semiestructuradas con parejas primerizas entre 0 y 12 meses después del parto. Las personas participantes se reclutaron mediante un muestreo intencional (Patton, 2002), a través de consultas de obstetricia de la región del Atlántico Medio y en línea, mediante anuncios en redes sociales específicas y en grupos sobre el embarazo y la crianza. El muestreo intencional se centra en reclutar a participantes que conocen especialmente bien el fenómeno estudiado o que tienen experiencia de él (Creswell & Plano Clark, 2011). Las parejas en el posparto podían relatar retrospectivamente las distintas fases de su ajuste a la parentalidad y los cambios en los factores relacionales a lo largo del tiempo (p. ej., la concordancia entre las expectativas sobre la crianza durante el embarazo y la experiencia real de la crianza). Se dio prioridad a las parejas primerizas porque la influencia del maltrato infantil es probablemente más destacada durante la transición a una primera parentalidad (George & Solomon, 2008).
Los criterios de inclusión se evaluaron mediante un cuestionario de cribado en línea enviado por correo electrónico antes de la inscripción en el estudio. Este cuestionario incluía el CTQ (CTQ; Bernstein et al., 1994), para establecer la historia de maltrato, y un breve cuestionario sociodemográfico para establecer el idioma, la edad, la duración de la relación y los meses transcurridos desde el parto. Los dos miembros de la pareja cumplimentaron el cuestionario por separado. El equipo de investigación contactó después con las parejas consideradas aptas según el cuestionario de cribado para programar las entrevistas.
Se realizaron entrevistas semiestructuradas con cada miembro de la pareja de forma individual, y las parejas recibieron una compensación de 50 dólares en total (25 dólares por persona) una vez que ambos miembros completaron su entrevista. Los miembros de la pareja se entrevistaron por separado para favorecer una reflexión abierta sobre experiencias delicadas y captar la construcción de sentido individual de cada uno antes de examinar los patrones diádicos entre entrevistas. Se preveía que cada entrevista durara 60 minutos, pero la duración variaba según la extensión de las respuestas. Los datos se recogieron mediante entrevistas por Zoom grabadas en audio, y las transcripciones se generaron con un programa de transcripción. Las transcripciones se cotejaron con las grabaciones para garantizar su fiabilidad y después se importaron en MAXQDA, que se utilizó para la gestión, la codificación y el análisis de los datos. Una vez terminadas las entrevistas y la codificación, se realizó una validación por las personas participantes (member checking): se les envió un resumen escrito de los temas y subtemas identificados en los datos y se les dio la oportunidad de hacer comentarios al equipo de investigación. Sus comentarios se incorporaron al análisis que se presenta a continuación.
El análisis IPA no tiene una regla general universal sobre el tamaño de la muestra; este varía en función de la posibilidad de muestrear intencionalmente a personas que han vivido el fenómeno estudiado (Pietkiewicz & Smith, 2014). Se han publicado estudios IPA con números muy variables de participantes, pero en psicología clínica el número recomendado es de 6 a 8 participantes (Turpin et al., 1997). Nuestro objetivo de reclutamiento era de 10 parejas, ya que la pareja era la unidad de análisis. El reclutamiento continuó hasta alcanzar la saturación, es decir, hasta que nuevas entrevistas dejaron de ampliar o de cuestionar de forma significativa las interpretaciones existentes, respetando al mismo tiempo la singularidad idiográfica de cada pareja (Roberts, 2014).
Cada progenitor cumplimentó el Childhood Trauma Questionnaire de 28 ítems (CTQ; Bernstein et al., 1994), un instrumento de autoinforme que contiene cinco subescalas (abuso emocional, abuso físico, abuso sexual, negligencia emocional y negligencia física), de 5 ítems cada una, y una escala de minimización/negación de 3 ítems. Las personas encuestadas puntúan los ítems en una escala de Likert de 5 puntos, de 1 (nunca es cierto) a 5 (muy a menudo es cierto). Se cumplían los criterios de inclusión al alcanzar los puntos de corte que indican al menos niveles «bajos» de maltrato en al menos una de las cinco subescalas (Bernstein et al., 1994).
La primera autora realizó las entrevistas semiestructuradas por Zoom entre julio de 2023 y abril de 2024. Las entrevistas se hicieron a distancia para facilitar la participación de madres y padres con un bebé en casa y reducir los obstáculos a la participación. La duración media de las entrevistas fue de 64 minutos (rango: 53–85 min). La guía de entrevista completa figura en el anexo A. Las entrevistas incluían deliberadamente pocas preguntas de profundización, para que las personas participantes orientaran el foco y la profundidad de la conversación, preservando su propio proceso de construcción de sentido en lugar de imponer las interpretaciones a priori del equipo de investigación. La entrevistadora comprobaba con frecuencia si había alguna información que las personas participantes consideraran pertinente para su experiencia y que no se hubiera abordado, dejando tiempo para explorar esos aspectos.
La primera autora codificó las transcripciones de las entrevistas siguiendo el método descrito por Finlay (2011), con dos niveles principales de codificación. En primer lugar, se volvió a escuchar y a leer cada transcripción para que la primera autora se familiarizara de nuevo con el material. Después se realizó un análisis de primer orden, o codificación inicial/abierta, centrado en anotar cada transcripción para asociar conceptos a pasajes de las entrevistas. También se redactaron memos para recoger las ideas surgidas de los datos e identificar los procesos en juego. Tras analizar cada transcripción por separado, las transcripciones de los dos miembros de cada pareja se examinaron juntas, como díada, para explorar las convergencias, las divergencias y el sentido coconstruido en torno al maltrato infantil y a la transición a la parentalidad.
A continuación se llevó a cabo el análisis de segundo orden, que va más allá de la mera descripción hacia la interpretación. Consistió en crear categorías o conceptos de orden superior, que atribuyen un sentido y la interpretación de la investigadora a los conceptos de orden inferior surgidos en la codificación inicial. Las categorías se crearon examinando tanto los temas recurrentes entre parejas como los temas dentro de cada pareja, en particular las experiencias reflejadas o compartidas y las asimetrías entre los dos miembros. La primera autora practicó la doble hermenéutica, intentando dar sentido a la manera en que las personas participantes daban sentido a sus propias experiencias (Smith et al., 2009), reexaminando después las primeras interpretaciones, consignadas en los memos redactados durante las entrevistas y en las primeras lecturas de las transcripciones, a la luz del análisis de orden superior.
Estos códigos se discutieron después con el equipo de investigación para comprender los patrones más amplios en juego y las experiencias novedosas descritas por cada participante. Para reducir los sesgos durante el análisis, la primera autora se reunió regularmente con el equipo de investigación y con las demás personas firmantes para compartir su proceso analítico y reflexionar sobre los temas identificados. El equipo de investigación, incluida la primera autora, estaba formado por 5 mujeres: 3 se identificaban como blancas, 1 como originaria de Asia Central y 1 como mestiza. La primera autora y otra integrante del equipo tienen hijos. Dado que algunas integrantes del equipo eran ellas mismas madres, las discusiones reflexivas prestaron atención a la manera en que los supuestos sobre una crianza o un funcionamiento de pareja «sanos» podían orientar la interpretación, en particular al analizar en qué medida las personas participantes se habían ajustado a la parentalidad.
El equipo de investigación revisó después la codificación realizada por la primera autora y releyó cada transcripción para identificar los temas o conceptos que hubieran pasado desapercibidos. En conjunto, las dos etapas de codificación se ajustaban al carácter idiográfico del IPA, que permite identificar y analizar las experiencias de cada pareja antes de establecer vínculos entre las experiencias compartidas (Miller et al., 2018).
El análisis puso de manifiesto cuatro procesos diádicos interrelacionados mediante los cuales las parejas atravesaron la transición a la parentalidad en el contexto del maltrato infantil: (1) dar sentido al maltrato dentro de la pareja, (2) los desafíos relacionales activados por la historia de maltrato, (3) el apoyo diádico como corregulación de la vulnerabilidad vinculada al maltrato y (4) la orientación resiliente e intencional de las parejas hacia la vida familiar. La figura 1 ilustra cómo las parejas pasaron de una construcción compartida de sentido sobre las experiencias de maltrato a enfoques intencionales de la crianza. En el anexo B figuran otras citas representativas.

Muchas parejas contaron que la relación había creado nuevos contextos en los que las experiencias de maltrato anteriores se nombraban, se reinterpretaban y se elaboraban juntos. Una participante lo expresó muy bien:
Creo que hay un dicho que dice que estar casada es como tener un espejo delante. Así que [mi pareja] me señala cosas y me dice: “Eso es igualito a tu madre”. (38b)
En todas las parejas, la persona maltratada había revelado sus experiencias de maltrato, pero casi todas las minimizaban en alguna medida ante su pareja. Las personas participantes solían comparar sus experiencias con formas más extremas de abuso o de negligencia, presentando implícitamente su propio sufrimiento como menos legítimo. Algunas eran conscientes de esta minimización: «Sé que muchos niños también buscan excusas a sus padres, así que puede que yo esté haciendo lo mismo» (23b). Las personas participantes explicaban a menudo esta minimización como una forma de conciliar la continuidad de la relación con sus figuras de cuidado o de justificar los comportamientos de estas por el contexto de su propia infancia difícil. Por último, algunas señalaron que minimizaban o callaban sus experiencias por miedo a que su pareja juzgara a sus padres o figuras de cuidado.
En el plano de la pareja, esta minimización se convertía a menudo en un lugar de identificación del maltrato y de construcción de sentido. Aproximadamente la mitad de las parejas contaron que uno de los miembros había tenido que identificar como maltrato la experiencia del otro. Un tema frecuente era que las personas participantes no se habían dado cuenta de que sus experiencias correspondían a maltrato hasta que relataron su infancia a su pareja. Tanto 36a como 36b describieron la validación que suponía que su pareja fuera testigo de su propia experiencia de maltrato: «Creo que lo que gané fue… la validación de que algunas de las cosas que pasaron eran absurdas. O cosas que no deberían haber pasado» (36b). La participante 36b explicó que la validación de su marido tenía más valor que la obtenida en terapia, porque él es testigo del trato que ella recibe de sus figuras de cuidado. Del mismo modo, el participante 36a describió como útil, para identificar el maltrato, que su mujer escuchara por el altavoz del teléfono la forma en que su madre le habla. Esto sugiere que la pareja sentimental dispone de una mirada singular para ayudar a identificar el maltrato y a validar que esa experiencia no es normal.
Otro aspecto importante era la experiencia que vivían las personas participantes al conocer la historia de maltrato de su pareja. Muchas expresaron ira o tristeza ante el maltrato sufrido por su pareja.
Me duele cuando cuenta cómo le hablaban de niño y pensar que se puede menospreciar a alguien todo el tiempo… me pone muy triste que no tuviera apoyo cuando era más pequeño. (34b)
Dos participantes contaron que conocer el maltrato sufrido por su pareja les hacía sentir que habían tenido más suerte y valorar más las experiencias positivas de su propia infancia.
Entender mejor de dónde venía aumentó mi respeto y mi confianza en ella, y el hecho de que haya podido llegar a ser quien es a pesar de todas esas dificultades. Creo que, en cierta medida, me motivó a querer hacerlo todavía mejor porque, bueno, me tocaron muy buenas cartas, ¿sabes?, ¿las voy a desperdiciar? (38a)
Aunque la respuesta de la pareja fue mayoritariamente de apoyo y de validación, dos de las siete personas participantes no maltratadas contaron que conocer la historia de maltrato de su pareja les había suscitado al principio inquietudes sobre su capacidad parental o sus patrones relacionales. Por ejemplo, el participante 23a explicó que temía que hubiera algo en él que recordara a su mujer a su padre, que la había maltratado, y que su relación reprodujera algunos de esos patrones negativos.
Casi todas las parejas mantenían todavía cierto nivel de interacción o de contacto con las figuras de cuidado maltratadoras, lo que añadía complejidad a la respuesta de la pareja al conocer el maltrato. Había que validar la experiencia negativa del cónyuge y, al mismo tiempo, apoyar la relación que este mantenía con esas mismas figuras de cuidado (véase Establecimiento y mantenimiento conjunto de los límites). El participante 38a explicó que sentía «ira y resentimiento contra» la madre de su mujer, y señaló: «Creo que [mi mujer] vivía [mi] ira casi exclusivamente como algo hiriente… Creo que le llevó tiempo entender que, cuando expresaba frustración o ira contra su madre, no la estaba atacando a ella, pero, por su experiencia, eso no le salía de forma natural».
Aunque las dificultades vinculadas a la historia de maltrato solían aparecer antes del embarazo, las personas participantes describieron que estas cuestiones se volvían más destacadas cuando se empezaba a hablar de tener hijos. En varias parejas, las dificultades de regulación emocional o de comunicación que las personas participantes atribuían a su crianza se volvían cada vez más importantes de abordar al plantearse la parentalidad.
Creo que hubo un momento en que pensé: si no se pone las pilas y no controla esa ira, me voy, porque no quiero que mis hijos crezcan con alguien que está enfadado y que trata así a los demás. (34a)
Me enfadaba exactamente igual que mi padre… Sabía de dónde venía esa ira. Simplemente no quería trabajarla. Porque sentía que, si la trabajaba, tendría que revivir esos recuerdos. Así que no fue hasta que por fin tuve el valor de ir a terapia, porque me di cuenta de que me estaba convirtiendo en mi padre, y fue entonces cuando mi mujer y yo empezamos a hablar de tener un hijo. (34b)
Los principales desafíos que surgían en las parejas a causa de la historia de maltrato eran el temor de las personas participantes al estigma o al juicio de su pareja, las emociones negativas al comparar sus infancias y el sentimiento de insuficiencia como pareja o como progenitor.
Algunas parejas expresaron una comprensión compartida del estigma asociado a haber sufrido maltrato y de la creencia de que eso puede hacer que alguien sea menos apto para la crianza, por la repetición de ciertos patrones. La participante 36b contó que estar en público con su bebé llorando era más difícil para su marido, que había sufrido maltrato, porque activaba su miedo a ser visto como un mal padre.
Otras personas expresaron el temor de ser juzgadas específicamente por sus parejas sentimentales a causa de su historia de maltrato. El participante 15b contó que la infidelidad de su madre era un tema difícil de abordar con sus parejas y que estas veían salir con él como una «batalla cuesta arriba» por sus problemas con su madre. El participante 16b también relató reacciones negativas cuando hablaba de sus problemas con su madre con una pareja anterior: «Me ridiculizaba mucho y me criticaba. Ya sabes, cosas del tipo “si no te llevas bien con tu madre, seguro que eres misógino”». Cabe destacar que ninguna de las personas participantes dijo sentirse estigmatizada o juzgada por su pareja actual a causa de su historia de maltrato.
Las parejas no maltratadas contaron que eran conscientes de esta preocupación por el estigma. Por ejemplo, la persona participante 34b señaló: «Creo que pensaba que, si venía de esa familia tan desastrosa, yo no querría estar con alguien así». Aunque algunas de estas parejas reconocieron que enterarse de la historia de maltrato les había hecho temer al principio que ciertos patrones se manifestaran en su forma de comunicarse o de gestionar los conflictos, estas inquietudes se habían resuelto en gran medida cuando tuvieron hijos.
Las comparaciones entre las experiencias de infancia de cada uno surgieron en siete parejas. Las personas participantes describieron emociones negativas —de los celos al resentimiento o al duelo— suscitadas por la comparación de sus infancias. El participante 15b señaló: «Comparar a mis padres con quienes eran, con quienes deberían haber sido… solo [lleva a] sentir resentimiento, a darle vueltas». Una participante contó las emociones negativas que le surgen cuando está con la familia de su pareja y ve lo unidos que están todos: «No sé si [mis emociones negativas se deben a que] me recuerda algo que no me gustaba y necesito más espacio, o si es que lamento no tener una relación familiar así» (10b).
En muchas parejas, las personas participantes con historia de maltrato expresaban sentirse insuficientes en el plano relacional, y estas inquietudes se volvían más destacadas al convertirse en madre o padre. Sin embargo, una díada puso de manifiesto la asimetría entre la manera en que las personas maltratadas se veían a sí mismas y la manera en que su pareja las veía como progenitores. El participante 15b contó: «Tengo miedo; el miedo es que me falte instinto parental, y ella lo tiene de sobra», mientras que su pareja consideraba que «él lo hace genial [con la crianza], simplemente no tiene la confianza en sí mismo que debería tener, porque lo hace genial con ella» (15a). Esta díada muestra lo difícil que es convencer a una pareja con historia de maltrato de que está criando bien. El sentimiento de insuficiencia era muy intenso en muchas personas maltratadas y, a veces, su pareja no sabía bien cómo ayudarlas a superar esas creencias. Aunque las personas maltratadas expresaban con frecuencia dudas sobre su propia capacidad parental, las parejas no consideraban en general que el miembro no maltratado estuviera intrínsecamente mejor preparado para la crianza. Estas inquietudes parecían reflejar más bien creencias interiorizadas de la persona maltratada sobre su competencia, que se negociaban dentro de la pareja. Por ejemplo, mientras que el participante 15b describía su temor a carecer de instinto parental, la participante 15a atribuía las diferencias en el apego del bebé a factores situacionales (p. ej., la preferencia del bebé por la figura de cuidado principal) más que a una capacidad de cuidado innata. En conjunto, estos relatos sugieren que la percepción de insuficiencia no se interpretaba necesariamente como el reflejo de diferencias reales de capacidad parental, sino como creencias negociadas en la relación y reajustadas a través de las experiencias de coparentalidad.
Expresar estos sentimientos de insuficiencia resultaba a veces difícil para las personas participantes. Varias de ellas señalaron los obstáculos para buscar el apoyo y la ayuda de su pareja o de otras personas, por ejemplo en terapia, entre ellos la vergüenza o la evitación.
Ha habido momentos en los que sé que tengo una respuesta ante ciertas situaciones que saco directamente de [mis figuras de cuidado]. Y me ha costado admitirlo y decírselo a [mi mujer]… Me da vergüenza volver a sacarlo. (25b)
Las parejas describieron toda una serie de estrategias que no solo servían para aportar un apoyo práctico durante la transición a la parentalidad, sino también para regular, dentro de la relación de pareja, las vulnerabilidades asociadas al maltrato infantil. En las distintas díadas, estas estrategias parecían favorecer la seguridad emocional, reforzar la confianza en la propia capacidad parental y ayudar a cada miembro de la pareja a poner en práctica formas de cuidado distintas de las que había vivido en su infancia. La palabra «estable» aparecía con frecuencia en las entrevistas para describir el apoyo de la pareja, y recogía la sensación de seguridad emocional y de estructura que aportaban estas relaciones, en contraste con la inconsistencia y la falta de seguridad que a menudo habían marcado su infancia.
[Mi mujer es] capaz, ante la totalidad de mi experiencia, de mi carácter y de mi infancia, de mantenerse estable en sus propias raíces. Creo que esa es una diferencia con relaciones anteriores que he tenido, porque confío en mi mujer, implícita y explícitamente. Y con aquellas personas faltaba confianza en que fueran… odio citar esto, pero, como dijo Sheryl Crow, lo bastante fuertes para ser mi [pareja]; pero esa es la idea. (Participante 15b)
Esta sensación de estabilidad no se limitaba a las personas participantes cuya pareja no había sufrido maltrato: en las parejas en las que ambos miembros habían sufrido maltrato también se sentía esa estabilidad en el otro. Además, aunque estas entrevistas se centraban en ayudar al miembro de la pareja con historia de maltrato a sentirse apoyado y a ajustarse a la parentalidad, la mayoría de estas estrategias ayudaban también al miembro no maltratado y podrían ser útiles para todas las parejas durante este periodo.
En las distintas díadas, la afirmación verbal y la escucha activa funcionaban como mecanismos mediante los cuales la pareja regulaba las dudas sobre uno mismo vinculadas al maltrato durante la transición a la parentalidad. Más que simples habilidades relacionales genéricas, estas prácticas parecían contrarrestar creencias profundamente interiorizadas de insuficiencia que las personas participantes relacionaban con sus experiencias de infancia.
«Cuando me muestra su agradecimiento, o me dice que cree que soy una buena madre, que a los niños les encanta esto, o que esto ha sido muy especial… le he dicho que esa es la manera más fácil de hacerme sentir apoyada y querida». (16a)
La afirmación de su pareja no se vivía simplemente como un elogio, sino como una retroalimentación correctora que cuestionaba sus dudas sobre su competencia para cuidar. Cabe destacar que las personas participantes contrastaban con frecuencia esta afirmación con la ausencia de validación en el hogar de su infancia, lo que sugiere que las palabras tranquilizadoras de la pareja tenían un peso emocional particular porque representaban algo que antes había faltado.
La escucha funcionaba igualmente como una práctica de regulación dentro de las díadas. Las personas participantes describían como profundamente estabilizadora la disposición de su pareja a ser testigo de su historia sin intentar arreglarla ni minimizarla. Como explicó la participante 16a: «Sabe escuchar… no hay nada que puedas hacer para, digamos, arreglarlo o deshacerlo».
El énfasis en ser testigo más que en resolver parecía especialmente significativo en el contexto del maltrato, ya que las personas participantes describían a menudo haberse sentido no escuchadas o ignoradas en su infancia. Así, la escucha no funcionaba solo como una comunicación de apoyo, sino como una experiencia relacional que validaba la historia de las personas participantes y reducía su aislamiento durante la transición a la parentalidad.
En conjunto, estos procesos diádicos sugieren que la afirmación y la escucha funcionaban como formas de corregulación, que ayudaban a las personas maltratadas a reajustar sus creencias interiorizadas sobre su capacidad parental a medida que asumían nuevos roles de cuidado.
Otra estrategia útil que utilizaban las parejas consistía en pedirse cuentas mutuamente sobre el cumplimiento de las expectativas que se habían fijado en materia de crianza para sí y para su familia. Las personas participantes con historia de maltrato contaron que se sentían más seguras de su capacidad para criar de manera distinta a como las habían criado porque confiaban en que su pareja señalaría cualquier comportamiento problemático:
Tengo una pareja estupenda que me ayuda a rendir cuentas. Y siento que yo hago lo mismo por ella. Así que no me intimida en absoluto saber que tengo a mi lado a alguien que nunca tiene miedo de decir exactamente lo que piensa. (25b)
El participante 34b afirmó en el mismo sentido: «Una de las cosas que ella me dijo una vez fue: “La única manera de que te conviertas en tu padre es que no trabajes en ti mismo”. Y creo que es una de las cosas que realmente se me quedaron grabadas… Así que voy a trabajar en mí mismo». Varias personas participantes describieron los matices necesarios para que esta estrategia se viviera como un apoyo y no suscitara una actitud defensiva. Por ejemplo, el participante 16b señaló: «Nunca hago eso de “te estás comportando como tu madre”, pero le digo algo como: “No estás ansiosa por nada de lo que yo haya dicho ni por nada que estés haciendo mal. ¿De dónde viene eso?”».
En las díadas en las que ambos miembros referían una historia de maltrato infantil, el apoyo se describía con menos frecuencia como un miembro que estabiliza al otro y más a menudo como un compromiso compartido de vigilar los patrones relacionales que podrían reproducir los vividos en la infancia. En estas parejas, las prácticas de responsabilización se describían como recíprocas más que correctoras, lo que sugiere que la corregulación se ejercía a través de una atención mutua dirigida a evitar la repetición intergeneracional.
La última estrategia mencionada por la mayoría de las parejas era la cocreación de límites y el apoyo mutuo para mantenerlos. Muchas de las personas maltratadas seguían en contacto con sus figuras de cuidado, y tener un hijo o una hija significaba a menudo renegociar la forma que tomaría esa relación. Muchas personas participantes contaron que les había parecido necesario poner límites entre sus figuras de cuidado y ellas mismas o su bebé, pero que podía resultar difícil, porque este proceso podía reactivar recuerdos de sentirse indefensas o inseguras de niñas en presencia de esas figuras. Una forma importante en que la pareja manifestaba su apoyo era ayudando a establecer y mantener estos límites, ya fuera hablando de la forma que tomarían, ayudando a la otra persona a elaborar sus emociones al gestionar las interacciones entre sus figuras de cuidado y su bebé, o haciendo respetar los límites ante las figuras de cuidado de su pareja.
Varias parejas no maltratadas describieron su experiencia de ayudar a mantener estos límites y su disposición a intervenir y a ayudar a su pareja a negociar la forma que debía tomar ese límite si era necesario. La participante 25a describió este proceso:
[Los padres de mi pareja] tienen muy poco o ningún contacto con nuestro bebé, porque él no quiere que esa toxicidad le salpique. Y siempre he dicho que la relación que él quiera tener con ellos es la relación que debe y puede tener. Pero si siente que lo mejor para nuestro hijo es no tener trato con ellos, entonces es decisión suya. Si llega un momento en que siento que tengo que intervenir, o si siento que está tomando la decisión equivocada, supongo que entonces me plantaría.
En las parejas en las que ambos miembros habían sufrido maltrato, las personas participantes describían a veces cómo sus propias experiencias de infancia aumentaban su sensibilidad al malestar relacional de su pareja y reforzaban su compromiso de apoyar el establecimiento y el mantenimiento de los límites. En algunos casos, haber presenciado el impacto emocional a largo plazo de las dinámicas familiares abusivas en su propia familia parecía motivar a las personas participantes a apoyar activamente a su pareja para establecer límites. Como reflexionó un participante: «Sinceramente, creo que me dio la previsión necesaria para darle a mi mujer todo mi apoyo… Viendo cómo [el maltrato] afectó a mi madre, no quería que mi mujer sufriera ni tuviera que lidiar con esos dolores y esas penas emocionales como le pasó a mi madre» (61b).
El último tema recoge la manera en que las parejas describían una reorientación conjunta de su vida en torno a la familia, que reflejaba esfuerzos compartidos por construir un enfoque de la crianza distinto de sus experiencias de infancia.
Nunca he estado tan cansada, pero tampoco tan feliz, nunca he tenido tanto amor ni he sentido tanta satisfacción; sencillamente, todo tiene que crecer. Nunca me había sentido tan enamorada de mi vida. Simplemente, el abanico de experiencias se ha ampliado. (49b)
En las distintas díadas, los miembros de la pareja describían un mayor sentimiento de pertenencia emocional dentro de su relación tras el nacimiento de su bebé, a menudo concebido como una responsabilidad compartida para afrontar los primeros tiempos de la parentalidad. «En todo caso, probablemente nos ha unido más, en el sentido de que, aunque no lo hablemos abiertamente, sentimos claramente que somos el equipo, como si fuéramos ella y yo contra el mundo» (16b).
Este participante explicó que esa sensación de unidad tras convertirse en madre y padre podía estar relacionada en parte con la historia de maltrato de su pareja, porque quizá era la primera vez que ella sentía que pertenecía a un sistema familiar o que concebía la familia como una fuente de apoyo. Este fenómeno de «nosotros contra el mundo» parece acentuado en estas parejas cuando se contrasta con lo que vivió en su infancia el miembro maltratado o con su relación actual con esas figuras de cuidado.
Este nuevo sentimiento de conexión también estaba ligado a una conciencia aguda de cuánto apoyo de la pareja se necesita para criar a un hijo.
Me siento más cerca [de mi pareja], como si esta experiencia nos uniera. Nos necesitamos para criar a nuestro hijo… Me ha resultado muy, muy evidente lo importante que es contar con la otra parte de la pareja para poder afrontar este desafío. Y reconocer hasta qué punto necesito a una pareja y dependo de ella ocupa ahora un lugar mucho más importante en mi vida. (10b)
En conjunto, estos relatos sugieren que depender el uno del otro para afrontar las exigencias de los primeros cuidados contribuía a un sentimiento compartido de alianza, vivido como protector durante la transición a la parentalidad
En varias parejas, los miembros describían una reflexión conjunta sobre si ciertos aspectos del entorno de cuidado de su infancia orientarían sus propias prácticas parentales, y de qué manera. Algunas personas describieron una confianza creciente en sí mismas al constatar que sus temores de repetir los viejos patrones no se habían cumplido.
Esa ansiedad, ese miedo de «¿Y si me convierto en mi padre?», simplemente desapareció. … No me veo tratándola nunca como me trataron mis padres. Lo tengo clarísimo: ya no eres tu padre, nunca lo serás. (34b)
Las parejas describieron una toma de decisiones en colaboración sobre las estrategias de crianza que les funcionaban como familia, a partir de distintas fuentes y modelos. Amistades con hijos, líderes y enseñanzas religiosas, su propia familia extensa o simplemente hacer lo contrario de lo que habían hecho sus figuras de cuidado: todos estos modelos fueron mencionados. Las parejas no consideraban, en general, que una historia de maltrato infantil indicara una menor capacidad parental. La crianza se describía más bien como un proceso de colaboración mediante el cual ambos miembros de la pareja podían desarrollar nuevas prácticas de cuidado, fuera cual fuera su experiencia previa. El participante 15b explicó muy bien este fenómeno con una analogía.
Mi primer instinto es ir al supermercado con lo que podemos aprender de nuestra vida. Algo así como: «Oh, eso tiene buena pinta. Quiero probarlo». Y si lo pruebas y te funciona, creo que sigues cocinando con ese ingrediente. Y si no, pues no, pero no se trata de cambiar a mis padres por los suyos.
Esta convicción permitía a las personas maltratadas sentirse competentes y valoradas en la coparentalidad y contribuía a reducir el estigma de estar mal preparadas para la crianza a causa de una historia de maltrato.
Muchas parejas describieron una coparentalidad intencional. Abordar la crianza con este grado de planificación y de estructura era quizá más frecuente debido a la ansiedad de repetir los patrones de maltrato anteriores.
Una cosa que me encanta de [mi pareja] y de su manera de enfocar la crianza es que elige activamente… por ejemplo, cuando yo estaba embarazada, tuvo varios momentos de mucha vulnerabilidad y emoción en los que decía algo como: «Soy como mis padres. Me da miedo que, si es lo único que conozco, sea lo único que pueda ser». Así que me encanta que piense en ese tipo de cosas, porque está claro que eso no es lo que quiere. Quiere ser mejor y quiere ser distinto por nuestros hijos. Y, evidentemente, supera todas las expectativas. (25a)
Otras personas participantes con historia de maltrato explicaron la preparación y el esfuerzo que dedicaban a asegurarse de no perpetuar el ciclo del maltrato. A menudo, esto implicaba gestionar las emociones o reaccionar de otra manera durante los conflictos. Por ejemplo, la participante 23b afirmó: «Estoy tan desesperada por no cometer los mismos errores que cometieron mis padres que me resulta fácil [calmarme durante un conflicto], sobre todo ahora que también está el bebé». Las parejas describían con frecuencia que alentaban o reforzaban estos esfuerzos, presentando la crianza intencional como un compromiso compartido dentro de la pareja.
En las distintas díadas, la resiliencia en el contexto del maltrato se describía a menudo como algo que surgía de un compromiso compartido de poner en práctica otras formas de cuidado dentro de su propio sistema familiar.
Todas las [porquerías] que viví de niño, ¿sabes?, creo que, si no las hubiera vivido, no sería el padre que soy hoy. Creo que todas las [cosas] que viví me hicieron mejor marido y mejor padre. (34b)
El presente estudio examinó cómo las parejas atravesaban la transición a la parentalidad en el contexto de una historia de maltrato infantil, prestando especial atención a la manera en que los dos miembros de la pareja daban sentido conjuntamente a sus experiencias de cuidado anteriores y se apoyaban mutuamente para asumir nuevos roles de cuidado. Los resultados sugieren que la influencia del maltrato infantil en el ajuste a la parentalidad puede entenderse mejor como un proceso relacional, negociado dentro de la pareja a medida que sus miembros se preparan para asumir las responsabilidades de cuidado y las ejercen. En las distintas díadas, la pareja contribuía a identificar, validar y reinterpretar las experiencias de maltrato anteriores, y estos procesos compartidos de construcción de sentido parecían moldear la manera en que las parejas anticipaban los desafíos de la crianza y respondían a ellos.
En consonancia con el tema 1 (construcción relacional de sentido), las personas participantes describían a su pareja desempeñando un papel activo para ayudar a nombrar o reinterpretar experiencias de cuidado anteriores que hasta entonces se habían minimizado o normalizado. En algunas díadas, este proceso pasaba por preguntas delicadas (p. ej., preguntar de dónde venían ciertas reacciones emocionales), mientras que en otras la pareja establecía de forma más directa vínculos entre los comportamientos parentales actuales y las experiencias de la persona participante con sus propias figuras de cuidado. En conjunto, estos relatos sugieren que la pareja funcionaba como un espejo relacional a través del cual los modelos de cuidado anteriores podían identificarse y reconsiderarse. En varios casos, esto parecía contribuir a una sensación de estabilidad dentro de la relación, que las personas participantes describían como coherencia emocional, previsibilidad de las respuestas durante los conflictos o una capacidad compartida de detenerse a reflexionar sobre si una reacción respondía a sus valores parentales actuales o a experiencias anteriores.
En consonancia con la literatura previa (p. ej., Belsky & Isabella, 1985; Chamberlain et al., 2019a), las parejas con antecedentes de maltrato infantil vivían desafíos particulares en su relación o en la transición a la parentalidad. Las personas participantes con historia de maltrato expresaban con frecuencia el temor de repetir patrones de cuidado negativos; sin embargo, sus parejas no solían interpretar estas inquietudes como el reflejo de diferencias intrínsecas de capacidad parental. Las inquietudes sobre la propia suficiencia parecían reflejar más bien creencias interiorizadas sobre la propia competencia, que se negociaban dentro de la relación. En varias díadas, la pareja atribuía las diferencias percibidas de confianza en el cuidado a factores situacionales (p. ej., los patrones de apego del bebé o la experiencia en el cuidado) más que a diferencias estables de capacidad parental, lo que sugiere que la competencia parental se construía con el tiempo en lugar de heredarse.
El tema 3 puso de relieve las formas en que la pareja contribuía a corregular las emociones y los comportamientos que surgían durante la transición a la parentalidad. Las parejas describían toda una serie de comportamientos de apoyo que parecían regular las vulnerabilidades asociadas a los roles de cuidado previstos. La afirmación verbal, la escucha activa y la responsabilización mutua no se vivían solo como prácticas de comunicación de apoyo, sino como mecanismos mediante los cuales cada miembro ayudaba al otro a manejar las dudas sobre su capacidad parental ligadas a experiencias de cuidado anteriores. Del mismo modo, establecer y mantener conjuntamente los límites con las familias de origen se describía como un proceso relacional, en el que cada miembro de la pareja ayudaba al otro a tomar decisiones emocionalmente complejas sobre el contacto con figuras de cuidado que habían sido en el pasado fuente de daño. Esta dinámica de regulación era a veces distinta en las díadas en las que ambos miembros referían una historia de maltrato: el apoyo se describía menos como un miembro que estabiliza al otro y más como un esfuerzo compartido para vigilar los patrones relacionales que podían reproducir los vividos en la infancia. Estos resultados concuerdan con las perspectivas basadas en el apego, según las cuales las relaciones adultas de apoyo pueden facilitar la revisión de los modelos operativos anteriores en el contexto de nuevos roles de cuidado (Rholes et al., 2021; Simpson et al., 2003).
En términos generales, las díadas tendían a referir una mirada resiliente e intencional sobre la crianza y la vida familiar (tema 4). La teoría del apego sugiere que las primeras relaciones con las figuras de cuidado moldean los estilos de apego hasta la edad adulta (Fraley & Roisman, 2019). Aunque las personas maltratadas desarrollan a menudo estilos de apego inseguros, las experiencias vitales que contradicen los primeros modelos operativos, como una relación de pareja segura, pueden favorecer un apego más seguro (Rholes et al., 2021; Simpson et al., 2003). Esto podría explicar la mirada en gran medida positiva de las personas participantes. Pese a haber sufrido maltrato, muchas veían el periodo perinatal como una oportunidad para reescribir juntas su relato y hacer las cosas de manera distinta a como lo habían hecho sus figuras de cuidado. Muchas consideraban su relación como la base estable a partir de la cual podían crear este nuevo relato, y muy pocas conservaban una preocupación profunda por repetir los viejos patrones una vez nacido su bebé. Aunque muchas habían sentido ansiedad, en etapas anteriores de su vida, respecto a las relaciones o a la crianza a causa de la educación recibida, haber podido construir una relación de pareja sólida y afrontar juntas los desafíos del periodo perinatal les había dado la confianza de que podían romper el ciclo del maltrato.
Deben tenerse en cuenta varias limitaciones al interpretar estos resultados. El presente estudio se centró en parejas con una relación estable y de larga duración, en las que ambos miembros estaban dispuestos a participar en un estudio conjunto. Dado que el maltrato infantil se ha asociado a dificultades posteriores en el funcionamiento relacional (Zamir, 2022), es posible que las personas más afectadas por su historia de maltrato estuvieran menos representadas en esta muestra. La participación exigía además el consentimiento de ambos miembros de la pareja, lo que pudo limitar todavía más la inclusión de parejas con niveles más altos de malestar o de inestabilidad relacional. El maltrato infantil grave se asocia a menudo a dificultades funcionales más amplias en etapas posteriores de la vida (Kim & Cicchetti, 2010; McLaughlin et al., 2020), no solo a dificultades relacionales, por lo que la presente muestra podría no reflejar toda la gama de dificultades de ajuste que viven las madres y los padres con antecedentes de maltrato. Aunque esto limita la generalización, el estudio pretendía examinar los procesos diádicos mediante los cuales las parejas atraviesan la transición a la parentalidad en el contexto del maltrato infantil dentro de relaciones duraderas.
Como la participación exigía que ambos miembros de la pareja conocieran las experiencias de infancia y estuvieran dispuestos a hablar de ellas en el marco de un estudio con entrevistas conjuntas, estos resultados reflejan la experiencia de parejas en las que la historia de maltrato ya se había revelado dentro de la relación. Las investigaciones futuras podrían explorar la experiencia de madres y padres que no han revelado su historia de maltrato a su pareja mediante metodologías centradas en el individuo que no impliquen la participación de la pareja, dadas las complejidades éticas y relacionales inherentes al estudio de la no revelación en diseños diádicos.
Por último, limitar la participación a parejas de habla inglesa restringió nuestra capacidad de examinar cómo los factores culturales o lingüísticos pueden moldear la construcción de sentido sobre el maltrato infantil y su influencia en el ajuste coparental. Las investigaciones futuras se beneficiarían de examinar explícitamente el papel de la cultura en la manera en que el maltrato se interpreta a lo largo de las generaciones y dentro de las relaciones de pareja durante la transición a la parentalidad.
Este estudio amplía nuestra comprensión de cómo el maltrato moldea la transición a la parentalidad dentro de la relación de pareja y de la relación coparental. Mientras que la investigación previa insiste en los riesgos asociados al maltrato, nuestros resultados ponen de relieve cómo los procesos relacionales pueden sostener el ajuste a la parentalidad.
La revelación temprana del maltrato y la validación por parte de la pareja ayudaron a aliviar el temor a no estar a la altura como madre o padre. En el ámbito clínico, los equipos terapéuticos pueden plantearse acompañar a las parejas para que hablen de cómo las experiencias pasadas moldean sus expectativas sobre la coparentalidad, con el fin de favorecer un diálogo abierto sobre la historia de maltrato. Las personas participantes también vivieron a menudo como catártico el hecho de hablar de su historia en las entrevistas, lo que sugiere que los espacios seguros de reflexión y de construcción de sentido tienen un valor clínico.
Las personas participantes describieron varias prácticas relacionales que les ayudaron a afrontar las inseguridades vinculadas a la crianza tras el maltrato infantil. En particular, la pareja actuaba con frecuencia como reguladora externa de las dudas sobre uno mismo, tranquilizando sobre la competencia parental y validando las inquietudes derivadas de experiencias de cuidado anteriores. Muchas personas participantes describían la escucha de su pareja como especialmente significativa, porque creaba un espacio en el que su historia de maltrato podía ser presenciada sin necesidad de ser «arreglada». En el ámbito clínico, los equipos terapéuticos pueden plantearse ayudar a las parejas a desarrollar prácticas similares, por ejemplo ayudando a cada miembro a reconocer los momentos en que tranquilizar, escuchar con atención o validar las emociones puede ser más útil que buscar soluciones ante las ansiedades vinculadas a la crianza.
Un resultado novedoso es el papel decisivo que desempeñaba la pareja para ayudar a las personas con historia de maltrato a ganar eficacia interpersonal con su familia de origen. Las intervenciones dirigidas a parejas con antecedentes de maltrato durante esta transición podrían incluir conversaciones sobre la forma que pueden tomar los límites con las figuras de cuidado, así como un trabajo general sobre las habilidades de eficacia interpersonal, como las que se enseñan en la terapia dialéctica conductual (DBT; Linehan, 2015), para que ambos miembros de la pareja se sientan dotados de las herramientas necesarias para hacer respetar los límites que consideran necesarios para su bebé.
Aunque la investigación previa sobre el maltrato infantil y la transición a la parentalidad se ha centrado principalmente en las madres, la inclusión de díadas madre-padre nos permitió examinar también la experiencia de los padres. Los resultados sugieren que los procesos relacionales de apoyo y de construcción de sentido pueden cumplir funciones protectoras tanto para las madres como para los padres con antecedentes de maltrato, lo que extiende a la transición a la paternidad los trabajos previos sobre la transición a la maternidad (Chamberlain et al., 2019a; Christie et al., 2017).
Este estudio fenomenológico interpretativo exploró cómo las parejas con antecedentes de maltrato infantil atraviesan la transición a la parentalidad. Se identificaron cuatro procesos diádicos interrelacionados: la construcción relacional de sentido sobre el maltrato infantil, los desafíos relacionales activados por la historia de maltrato, el apoyo diádico como corregulación de la vulnerabilidad vinculada al maltrato y la orientación resiliente e intencional de las parejas hacia la vida familiar. En conjunto, estos resultados ponen de relieve que las experiencias de maltrato infantil no se negocian de forma aislada durante la transición a la parentalidad, sino que se interpretan y gestionan conjuntamente dentro de la relación de pareja. A través de la reflexión compartida, del establecimiento conjunto de límites y del apoyo mutuo ante las inquietudes vinculadas a la crianza, las parejas describieron un trabajo en común para construir formas de cuidado distintas de sus propias experiencias de infancia y dar un nuevo rumbo a su familia.
Complexe Systémique: puntos clave
El interés de este estudio está en que desplaza la pregunta sobre la transmisión del maltrato: en lugar de medir un riesgo que lleva una sola persona, observa lo que la pareja hace con él cuando nace el primer hijo o hija. El otro miembro de la pareja se convierte, según el momento, en testigo que nombra lo que se había minimizado, en regulador externo de las dudas sobre uno mismo y en aliado para poner límites a la familia de origen. Para la práctica sistémica, es una invitación a trabajar la coparentalidad emergente como un espacio en el que la historia de cada cual puede ser reconocida sin tener que ser «arreglada», y en el que las lealtades hacia las figuras parentales maltratadoras se renegocian a lo largo de tres generaciones. Los límites son claros: once parejas casadas, más bien acomodadas y de habla inglesa, que ya habían hablado juntas del maltrato y que aceptaron participar conjuntamente; las parejas en situación de malestar grave, o aquellas en las que predomina el secreto, quedan fuera del campo de visión, y el retrato puede resultar demasiado tranquilizador. Puede leerse junto con el artículo sobre las expectativas diádicas en la transición a la parentalidad y el artículo sobre la transmisión intergeneracional del trauma.
Notas del original
Declaración de conflicto de intereses. La autoría declara no tener ningún conflicto de intereses.
Información sobre financiación. La autoría no declara ninguna financiación.
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Traducción no oficial de “Desperate not to make the same mistakes”: Couple adjustment to parenthood in the context of childhood maltreatment, de Laura N. Martin, Keith D. Renshaw, A. Grace Kelly y Debora G. Goldberg, Infant Mental Health Journal, vol. 47(4), e70106 (2026), doi: 10.1002/imhj.70106, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (tabla presentada en forma de lista). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Esta es una traducción del artículo original «“Desperate not to make the same mistakes”: Couple adjustment to parenthood in the context of childhood maltreatment», publicado en Infant Mental Health Journal (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Martin, L. N., Renshaw, K. D., Kelly, A. G., et Goldberg, D. G. (2026). “Desperate not to make the same mistakes”: Couple adjustment to parenthood in the context of childhood maltreatment. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/desperate-not-to-make-the-same-mistakes-couple-adjustment-to-parenthood (Obra original publicada en 2026 en Infant Mental Health Journal, 47(4), e70106 (2026); republicada en 2026 por Infant Mental Health Journal, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1002/imhj.70106)
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