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Family Process · Terapia familiar

La terapia de pareja en la década de 2020: situación actual y desarrollos emergentes

El 70% de quienes ejercen la psicoterapia atiende a parejas, y la terapia de pareja obtiene mejores resultados que el 70–80% de los casos sin tratamiento. Jay Lebow (Family Institute at Northwestern University) y Douglas K. Snyder (Texas A&M University), tras cuatro años dedicados a editar un gran manual, trazan el mapa del campo: lo que hoy comparten los enfoques, lo que todavía los distingue y los frentes abiertos, desde la videoconferencia hasta el divorcio, la sexualidad y los valores de quienes consultan.

Autoría Jay Lebow (Family Institute of Northwestern, Northwestern University, Evanston); Douglas K. Snyder (Department of Psychological and Brain Sciences, Texas A&M University, College Station)Primera publicación Family Process, 29 de septiembre de 2022Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de Couple therapy in the 2020s: Current status and emerging developments, de Jay Lebow y Douglas K. Snyder, publicado en Family Process (Wiley) (2022), doi: 10.1111/famp.12824, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Está en la naturaleza de las relaciones íntimas que los pensamientos, sentimientos y conductas de cada miembro de la pareja se afecten inevitablemente entre sí y afecten a la relación de manera continua y recursiva.

Jay Lebow y Douglas K. Snyder

Resumen

Este artículo ofrece un análisis crítico y una síntesis de la situación actual y de los desarrollos emergentes de la terapia de pareja contemporánea. Su hilo conductor es la evolución de la terapia de pareja hasta convertirse en una modalidad de intervención destacada y en un cuerpo de práctica coherente. La revisión comienza examinando los sólidos fundamentos empíricos del campo, derivados de la investigación sobre terapia de pareja y de la ciencia relacional básica. La terapia de pareja constituye el método ampliamente aceptado para reducir el malestar relacional y mejorar la calidad de la relación. Además, tanto como intervención independiente como en combinación con otros formatos de tratamiento, las intervenciones basadas en la pareja han reunido un considerable apoyo empírico de su eficacia para abordar un amplio espectro de disfunciones relacionales específicas, así como problemas individuales de salud emocional y física. Destacamos la convergencia de los métodos a través de factores comunes, estrategias compartidas y disposiciones notablemente similares entre enfoques. Nuestra revisión señala también las diferencias clave entre enfoques, la importancia de reconocer las fortalezas y limitaciones respectivas ligadas a esas diferencias y de apoyarse en las diferencias entre modelos al seleccionar y adaptar las intervenciones para una pareja determinada. La discusión concluye con un examen de las tendencias recientes del campo, entre ellas el impacto de la telesalud y de las tecnologías digitales afines, la expansión de tratamientos específicos para problemas específicos y poblaciones diversas, la interfaz entre la terapia de pareja y la educación relacional, y los retos persistentes, así como las nuevas oportunidades para abordar dinámicas sistémicas y globales más amplias.

Palabras clave: práctica clínica, terapia de pareja, terapia marital, psicoterapia, relaciones

Introducción

Este artículo surge con motivo de haber terminado la edición de un gran manual de terapia de pareja (Lebow & Snyder, 2023). Al recorrer la amplitud del campo de la terapia de pareja durante los cuatro años de preparación de ese libro, observamos tendencias emergentes en el campo, visiones compartidas, diferencias entre enfoques y desarrollos recientes apasionantes. Aquí resumimos lo que en parte es simplemente una «criba de los datos» a partir de lo que leímos, pero también, inevitablemente, nuestro propio esfuerzo por dar sentido al terreno común y a la diversidad de la terapia de pareja. Pretendemos extrapolar, a partir de la enorme variedad de escritos y presentaciones sobre terapia de pareja, las grandes tendencias del campo, así como los puntos en común y los principales puntos de diferencia y controversia que persisten entre enfoques. ¿Qué podemos decir, entonces, de la terapia de pareja?

El protagonismo de la terapia de pareja

La terapia de pareja se ha consolidado como una forma de terapia importante y ampliamente difundida. Aunque hubo un tiempo en que la terapia de pareja era sobre todo algo secundario en las reflexiones sobre psicoterapia y counseling, y consistía principalmente en métodos derivados de la terapia individual o familiar y adaptados a las parejas, la terapia de pareja ha evolucionado hasta convertirse en una forma de tratamiento con entidad propia, ampliamente practicada y con métodos propios y diferenciados. El mayor estudio internacional sobre psicoterapeutas halló que el 70% de quienes ejercen la psicoterapia atiende a parejas (Orlinsky & Ronnestad, 2005). Una encuesta sobre las predicciones de psicoterapeutas de referencia acerca de las prácticas futuras en psicoterapia mostró que la terapia de pareja era el formato con mayores probabilidades de crecer en la década siguiente (Norcross et al., 2013), y esta proyección parece haberse confirmado.

Tres factores clave han impulsado el desarrollo y la adopción generalizada de la terapia de pareja como modalidad terapéutica destacada. El primero es la alta prevalencia del malestar en la pareja. En Estados Unidos, entre el 40% y el 50% de los primeros matrimonios terminan en divorcio (Kreider & Ellis, 2011). A escala mundial, en casi todos los países de los que se dispone de datos, las tasas de divorcio aumentaron desde la década de 1970 hasta comienzos de este siglo (Organization of Economic Cooperation and Development, 2011), y el divorcio se ha vuelto habitual incluso en países donde antes era poco frecuente (Doherty et al., 2021). Incluso entre quienes tienen un menor riesgo de divorcio, muchas relaciones de pareja atraviesan periodos de turbulencia significativa.

El segundo factor que explica la creciente visibilidad de este conjunto de métodos es el impacto negativo del malestar relacional en el bienestar emocional y físico de las personas adultas de la pareja y de su descendencia. En una encuesta realizada en Estados Unidos, las causas más citadas de malestar emocional agudo fueron los problemas en la relación de pareja (Swindle et al., 2000). Las personas que viven relaciones conflictivas tienen una probabilidad significativamente mayor de presentar un trastorno del estado de ánimo, un trastorno de ansiedad o un trastorno por consumo de sustancias (McShall & Johnson, 2015) y de desarrollar más problemas de salud física (Waite & Gallagher, 2000). Además, el malestar en la pareja se ha relacionado con una amplia gama de efectos perjudiciales en la descendencia, como problemas de salud mental y física, bajo rendimiento académico y otras dificultades diversas (Bernet et al., 2016).

Un tercer factor que impulsa el protagonismo de la terapia de pareja es el aumento de las expectativas respecto de la vida en pareja. Mientras que antes la desdicha relacional simplemente había que soportarla, hoy las parejas tienen expectativas mucho más altas respecto de la vida relacional y ven en la terapia de pareja el camino hacia mejores relaciones (Cherlin, 2009; Dowbiggin, 2014; Finkel, 2017).

La terapia de pareja: un campo en evolución

La terapia de pareja es un campo en constante evolución. Han surgido principios de terapia de pareja que trascienden la orientación teórica, así como varios enfoques específicos ampliamente difundidos orientados a reducir el malestar de la pareja y mejorar la calidad de la relación. Además, se han desarrollado otras intervenciones basadas en la pareja dirigidas a problemas específicos de la pareja o individuales (por ejemplo, la agresión en la pareja, la infidelidad y la depresión) y a poblaciones concretas (por ejemplo, personas adultas emergentes, parejas LGBTQ y parejas de familias reconstituidas). Aunque persisten vínculos teóricos y técnicos con diversos métodos de terapia individual y familiar (Lebow, 2014), el campo incluye ahora un conjunto diferenciado de enfoques destacados, se apoya en un enorme corpus de investigación básica centrada en las relaciones íntimas y ofrece un volumen considerable de evidencia empírica que respalda la eficacia y la efectividad de sus métodos. Así, ha quedado sobradamente claro que la intervención eficaz con parejas requiere su propio conjunto de teorías, enfoques y métodos anclados en la ciencia relacional.

Breve historia de la terapia de pareja

En su clásica panorámica de la terapia de pareja, Gurman y Fraenkel (2002) describieron las etapas del desarrollo del campo. En primer lugar, a principios del siglo XX, comenzó a practicarse un asesoramiento matrimonial ateórico, que combinaba de manera pragmática psicoeducación y consejos. Durante esta etapa, la mayoría de quienes trabajaban con parejas no se definían como psicoterapeutas y a menudo no atendían a ambos cónyuges juntos. La segunda etapa del campo, la experimentación psicoanalítica, comenzó en la década de 1930 y extendió al trabajo con parejas la forma de terapia entonces predominante, la psicoterapia psicoanalítica. En este tratamiento, cada miembro de la pareja solía ser atendido por separado por la misma persona terapeuta, en lo que ha llegado a llamarse terapia concurrente, aunque con el tiempo este trabajo desembocó en los inicios de las terapias conjuntas, en las que ambos cónyuges participaban en las sesiones con la persona terapeuta. Aun así, Michaelson (1963) estimó que en la década de 1940 solo el 5% de las parejas era atendido de forma conjunta y que a mediados de la década de 1960 esta cifra solo había aumentado hasta alrededor del 15%. La tercera fase de la terapia de pareja surgió del impacto cataclísmico de la revolución de la terapia familiar en las décadas de 1960 y 1970, en la que aparecieron varios modelos destacados de terapia sistémica cuyo terreno común era la fuerte influencia de la teoría de sistemas. Diversas variantes de terapias sistémicas familiares nucleares, como las terapias experienciales, estratégicas, estructurales, psicoanalíticas, intergeneracionales y conductuales, se centraron en las parejas y en la terapia de pareja (Gurman & Kniskern, 1981). En estas terapias de base interaccional, ambos miembros de la pareja casi siempre eran atendidos de forma conjunta.

Desde otra perspectiva, la terapia de pareja también evolucionó en relación con las influencias socioculturales. Dowbiggin (2014) describió un desplazamiento histórico: las parejas, que buscaban orientación principalmente en la familia y la comunidad, pasaron a pedir ayuda a profesionales del asesoramiento. También sugirió que el asesoramiento matrimonial, con su énfasis en la felicidad personal, la satisfacción sexual y unos roles de género más modernos, encajaba en el contexto cultural de la clase media estadounidense del siglo XX y a la vez contribuía a configurarlo. Doherty (2020) situó de manera similar el desarrollo de la terapia de pareja en el contexto de la vida familiar del siglo XX, sometida a factores sistémicos más amplios como el aumento de la tasa de divorcios, la aparición del feminismo, la explicitación de las perspectivas multiculturales y los cambios en la visión del matrimonio en la cultura estadounidense.

En la fase más reciente de la terapia de pareja, ya en el siglo XXI, la terapia de pareja se ha consolidado como una disciplina madura. Ha llegado a incorporar una amplia gama de tratamientos diferenciados y una base de evidencia más sólida, tanto en lo que respecta a la eficacia de las terapias como a su fundamentación en el creciente corpus de la ciencia relacional. La terapia de pareja también ha ampliado su marco conceptual para incorporar el feminismo, el multiculturalismo y una visión más amplia del género y la sexualidad. Así, «pareja» remite hoy a una diversidad mucho mayor de parejas, y con este cambio se ha pasado de la denominación «terapia marital» a la de «terapia de pareja». De hecho, la evolución continua de la terapia de pareja incorpora ahora el uso creciente de las redes sociales y la tecnología, así como debates abiertos sobre los derechos LGBTQ, la equidad de género, el racismo, la justicia social, la política, la sexualidad, la individualidad, la libertad y la identidad de género (Doherty, 2020). Esta etapa incluye también el florecimiento de numerosos métodos integradores y el desarrollo de la terapia de pareja como formato para tratar problemas individuales de uno de los miembros de la pareja.

¡La terapia de pareja funciona!

Las revisiones y los metaanálisis confirman la eficacia de la terapia de pareja para reducir el malestar relacional (Bradbury & Bodenmann, 2020; Doss et al., 2022; Lebow et al., 2012; Roddy et al., 2020; Shadish & Baldwin, 2003). La terapia de pareja cognitivo-conductual, la terapia de pareja conductual integradora y la terapia de pareja focalizada en las emociones cuentan, cada una, con evidencia suficiente para considerarse tratamientos específicos bien establecidos del malestar relacional. No obstante, en términos generales, los metaanálisis muestran que las terapias conductuales y no conductuales tienen niveles de impacto similares (Shadish & Baldwin, 2005). La persona media que recibe terapia de pareja está mejor al finalizar que el 70%–80% de las personas que no reciben tratamiento, una tasa de mejoría que rivaliza con las intervenciones psicosociales y farmacológicas más eficaces para los trastornos mentales individuales o las supera. Diversos tratamientos de pareja han reunido también evidencia que respalda su eficacia para problemas relacionales específicos, como las dificultades sexuales (McCarthy & Thestrup, 2008), la infidelidad (Baucom et al., 2006) y la violencia en la pareja (Epstein et al., 2015; Stith et al., 2011). Sin embargo, hay indicios de que la efectividad en contextos clínicos en los que los tratamientos no se supervisan de cerca es algo menor que en los ensayos controlados (Bradbury & Bodenmann, 2020). Además, hay evidencia de que, como ocurre con muchos problemas, el impacto de la mayoría de las terapias de pareja se disipa en aproximadamente la mitad de las parejas a lo largo de varios años de seguimiento (Bradbury & Bodenmann, 2020).

Además de reducir las dificultades relacionales generales o específicas, la evidencia de varios ensayos clínicos respalda el efecto beneficioso de las terapias de pareja sobre problemas concomitantes de salud emocional, conductual y física (Babinski & Sibley, 2022; Fischer et al., 2016; Goger & Weersing, 2022; Hogue et al., 2022; Lamson et al., 2022; Stith et al., 2022). Por ejemplo, existe evidencia a favor de las intervenciones basadas en la pareja para la depresión o la ansiedad (Wittenborn et al., 2022), el estrés postraumático (Monson et al., 2012) y los problemas con el alcohol (McCrady et al., 2016) de una de las personas adultas de la pareja. Las intervenciones basadas en la pareja para problemas de salud física constituyen una aplicación en expansión, y empieza a surgir evidencia que respalda los beneficios de la terapia de pareja en un amplio espectro de afecciones, incluidas parejas en las que uno de sus miembros padece cáncer, dolor crónico, enfermedad cardiovascular, anorexia nerviosa o diabetes tipo 2 (Fischer et al., 2016; Lamson et al., 2022; Rohrbaugh et al., 2012; Shields et al., 2012; Woods et al., 2020). Los componentes habituales de las intervenciones basadas en la pareja para problemas individuales de salud mental y física hacen hincapié en el apoyo mutuo dentro de la pareja, la mejora de la comunicación y una mayor atención al impacto negativo del trastorno en la relación de pareja. La extensión de los tratamientos basados en la pareja a los trastornos individuales constituye uno de los desarrollos más importantes de la terapia de pareja en este siglo.

Fundamentación en la ciencia relacional

Un aspecto importante de la terapia de pareja contemporánea es su sólida fundamentación en la ciencia relacional. Conviene recordar que la terapia de pareja nació como método de práctica antes de que existiera un campo de ciencia relacional. De hecho, en el momento de su origen, la psicología social apenas daba sus primeros y rudimentarios pasos. La incorporación de la ciencia relacional a la práctica ha sido constante y progresiva.

Los primeros vínculos con la ciencia ampliamente reconocidos consistieron en someter las terapias de pareja a evaluaciones de resultados y de eficacia (Gurman & Kniskern, 1981). Como era de esperar, esos esfuerzos provocaron al principio una considerable reactividad entre quienes rechazaban centrarse en resultados medibles y practicaban terapias menos representadas en la literatura de investigación (Gurman & Kniskern, 1978). En perspectiva histórica, resulta irónico que Alan Gurman, que defendía una visión matizada del proceso y de los resultados terapéuticos, fuera el principal impulsor de este énfasis inicial en los resultados (Gurman & Kniskern, 1978) y que, aun así, incluso su visión matizada suscitara una fuerte reacción negativa. Hoy está ampliamente aceptado el papel crucial de la evidencia en relación con el impacto de las distintas terapias de pareja. La mayor parte de la terapia de pareja comienza con el propósito claro de reducir el malestar relacional y promover el bienestar de la pareja, resultados medibles que pueden compararse fácilmente con los escasos cambios en la satisfacción relacional que suelen observarse en las parejas de las condiciones de control sin tratamiento (Baucom et al., 2003; Roddy et al., 2020).

En cierta medida, la terapia de pareja se ha asentado con más firmeza porque tanto los datos metaanalíticos como las revisiones sistemáticas de la literatura confirman el considerable impacto general de la terapia de pareja (Bradbury & Bodenmann, 2020; Doss et al., 2022; Roddy et al., 2020; Shadish & Baldwin, 2003, 2005) y de varios de sus enfoques específicos (Fischer et al., 2016; Roddy et al., 2016; Wiebe & Johnson, 2016). La investigación pone también de relieve el impacto de la terapia de pareja en el funcionamiento individual, incluso cuando el funcionamiento relacional es el foco principal de la terapia. Además, a diferencia de la remisión espontánea de algunos problemas que se produce en ausencia de tratamiento, la investigación muestra escasa mejoría en la satisfacción relacional de las parejas en conflicto que no reciben terapia (Baucom et al., 2003; Roddy et al., 2020). Los sistemas de atención en salud mental y otros sistemas sanitarios consideran esenciales estos vínculos entre los tratamientos basados en la pareja y unos resultados tan claros y medibles.

Aún más marcada ha sido la influencia de la investigación básica en ciencia relacional sobre la terapia de pareja. Mientras que las primeras formas de terapia de pareja solo recurrían ocasionalmente al incipiente campo de la ciencia relacional, la mayoría de los enfoques citan hoy la investigación básica sobre las relaciones como parte del fundamento de sus métodos. Se incluyen aquí líneas como la investigación sobre el apego, los procesos de comunicación, los intercambios conductuales y la resonancia emocional, así como sobre las características de las parejas con problemas específicos o de poblaciones específicas. Los vínculos entre investigación básica y práctica articulados por Gottman (1999) a finales del siglo XX sirvieron de modelo para incorporar dicha investigación científica básica a la práctica. Tras la aparición de terapias de pareja basadas en la ciencia, quienes promovían sus ideas sobre las relaciones sin explicitar la base empírica de esos conceptos y métodos pasaron a tener menos credibilidad (aunque a veces siguieran estando de moda en los medios de comunicación populares). Además, con la investigación empírica llegó también la posibilidad de refutar teorías e incluso de identificar los efectos potencialmente perjudiciales de ciertas ideas no contrastadas.

Vínculos con la neurociencia

Estrechamente vinculado a la incorporación de la ciencia relacional a la práctica ha estado el rápido avance, en la última década, de la integración de la neurociencia relacional en los enfoques contemporáneos. La mayoría de los modelos de terapia de pareja se desarrollaron antes de que existiera la tecnología para evaluar el funcionamiento cerebral en la vida relacional. Sin embargo, con la explosión de la información disponible procedente de la neurociencia en relación con el funcionamiento de la pareja, las terapias de pareja han empezado a incorporar este nuevo y apasionante cuerpo de conocimiento emergente. Muy especialmente, la traslación de la neurobiología al contexto de la pareja realizada por Fishbane (2015) ha tenido una influencia considerable, al tender un puente que permite a quienes ejercen la terapia de pareja recurrir directamente al trabajo con las vías neuronales como parte de su repertorio. Otras aplicaciones de la neurociencia se han convertido en parte esencial de la terapia de pareja focalizada en las emociones (Greenman et al., 2019) y de la terapia del método Gottman (Gottman & Gottman, 2015), así como de muchos otros enfoques específicos (Tatkin, 2011).

Sin embargo, aquí cabe una advertencia. La neurociencia relacional está en sus inicios. Los estudios son complejos, con un sinfín de posibles neurotransmisores y estructuras cerebrales que pueden influir simultáneamente en los procesos de pareja y verse influidos por ellos. Las metodologías van desde las que emplean instrumentos sencillos y fácilmente disponibles, como los pulsioxímetros (un instrumento barato que muchas personas compraron para controlar los efectos de la Covid‐19 y que resulta útil aquí), hasta escáneres de RMf muy caros. Al explorar la literatura y evaluar las afirmaciones sobre las implicaciones de los hallazgos para la práctica clínica, es fundamental entender que hallazgos específicos que respaldan un enfoque también podrían respaldar otro; que algunos hallazgos proceden de un único estudio, mientras que todos los hallazgos de investigación requieren replicación y comprobación en contextos diversos antes de poder considerarse ampliamente aplicables; que a veces se hacen afirmaciones que extienden indebidamente correlaciones para inferir causalidad; y que el conjunto de hallazgos de la neurociencia apenas empieza a producir un cuerpo de conocimiento basado en la evidencia que goce de amplia aceptación.

Métodos convergentes

Una de las tendencias más destacadas de la terapia de pareja es una convergencia emergente y sustancial de los métodos de intervención específicos entre distintos enfoques teóricos.

La terapia de pareja es a la vez pluralista e integradora

Las terapias de pareja contemporáneas atraviesan a menudo las fronteras entre escuelas terapéuticas y constructos teóricos que se han identificado típicamente en la terapia individual y en versiones anteriores de la terapia de pareja. Así, por ejemplo, los enfoques cognitivo-conductuales de pareja actuales van más allá de centrarse simplemente en las cogniciones y las secuencias conductuales, y abordan también la emoción, el significado y la experiencia temprana (Baucom et al., 2019; Epstein et al., 2016). Del mismo modo, mientras que la terapia individual psicoanalítica se centra casi exclusivamente en factores como la transferencia, el impacto de la experiencia temprana y la experiencia interna, las variantes de estos enfoques en terapia de pareja han llegado a incluir muchos otros elementos, como el desarrollo de habilidades de comunicación (Nielsen, 2017). Esta integración resulta de la polinización cruzada entre las terapias de pareja (las ideas acertadas acaban asimiladas por otros modelos), junto con las poderosas cuestiones pragmáticas a las que se enfrenta toda persona que ejerce la terapia de pareja, sea cual sea su orientación, como gestionar interacciones de ira en espiral, implicar en la terapia al miembro menos comprometido de la pareja, promover una conexión positiva o abordar problemas individuales comórbidos de salud emocional o física.

La mayoría de los enfoques parten de una base biopsicosocial que incluye aspectos diversos, como la influencia de la historia familiar, la cognición, la emoción y los procesos psicológicos internos. Así, abarcan múltiples niveles de la experiencia humana (Lebow, 2014). Por ejemplo, la terapia de pareja focalizada en las emociones (Greenman et al., 2019) aborda las emociones primarias subyacentes y las derivadas, pero también el apego. La terapia cognitivo-conductual ampliada (Epstein & Baucom, 2002) aborda los patrones conductuales, pero también los esquemas relacionales y las emociones. La terapia del método Gottman (Gottman & Gottman, 2015, 2017) aborda el nivel conductual directo de los intercambios y un nivel de significado mucho más profundo. La terapia sistémica integradora (Pinsof et al., 2018) aborda los múltiples niveles de la experiencia humana, desde el intercambio conductual hasta la experiencia interna.

Ciertamente, los enfoques difieren en cuánto enfatizan cada componente (algo que abordamos más adelante en este artículo), pero el solapamiento es considerable. A veces la autoría de un enfoque lo presenta explícitamente como integrador y otras veces no; pero, lo hagan explícitamente o no, los elementos integradores suelen estar presentes en todas partes.

¿Cómo deberían pensar y aprovechar quienes ejercen la terapia de pareja estas tendencias hacia la ampliación tanto de los fenómenos específicos a los que atienden los enfoques contemporáneos como de los diversos marcos teóricos desde los que se conceptualizan dichos fenómenos? Un enfoque que surgió durante la década de 1970 fue el eclecticismo, definido como el préstamo de técnicas o constructos específicos sin adhesión (ni siquiera consideración) al marco teórico en el que esas técnicas o constructos estaban originalmente insertos (Lazarus, 1989). Sin embargo, el eclecticismo entraña riesgos, sobre todo el uso asistemático o incluso contradictorio de intervenciones específicas, así como la posibilidad de desmantelar intervenciones cuya eficacia depende de los efectos sinérgicos de componentes específicos aplicados en combinación.

Una alternativa al eclecticismo es el pluralismo, un enfoque que reconoce la validez y la utilidad de múltiples perspectivas teóricas y que se nutre de constructos y estrategias de intervención de distintos modelos teóricos, adaptando las estrategias de intervención a cada caso en cada momento en función de su pertinencia clínica y de su utilidad potencial. El pluralismo se diferencia del eclecticismo en que las intervenciones siempre se conceptualizan desde un marco teórico. Snyder (1999) propuso un enfoque pluralista de la terapia de pareja con seis niveles que avanzan desde una base de alianza colaborativa y gestión de las crisis iniciales, pasando por el fortalecimiento de la díada de pareja y la promoción de las habilidades relacionales pertinentes, hasta el abordaje de los componentes cognitivos y de las fuentes evolutivas del malestar relacional. El método de la paleta terapéutica en terapia de pareja presentado por Fraenkel (2019) articula un enfoque particularmente elegante de la práctica pluralista.

En la década de 1990, la mayoría de quienes ejercían la terapia pasó a definirse como «integradora» más que como «ecléctica» (aunque su comprensión de la diferencia fuera quizá limitada). La integración va más allá del pluralismo al fusionar constructos teóricos o técnicas terapéuticas en un único sistema o marco unificado. Dos líneas de integración consisten en la identificación de factores comunes y de estrategias compartidas, que examinamos a continuación.

Factores comunes

En la base de la terapia de pareja se encuentra un conjunto de factores comunes (Sprenkle et al., 2009). Entre ellos figuran factores comunes compartidos con la terapia individual, como la alianza terapéutica, la infusión de esperanza y la atención a la retroalimentación. Existe además un segundo conjunto de factores comunes propios de las terapias relacionales, que incluyen mantener un marco relacional, un estilo terapéutico activo, interrumpir los patrones relacionales disfuncionales y apoyar los funcionales, y cierto esfuerzo por crear una alianza terapéutica relacional. Aunque no todos los modelos hablan explícitamente de factores comunes, la mayoría los tiene en cuenta. Por ejemplo, es raro encontrar un enfoque que no incluya una reflexión sobre la creación de una alianza terapéutica y la atención a sus complejidades.

Estrategias compartidas

Más allá de los factores comunes existe una amplia gama de estrategias que, o bien se originaron en un enfoque y migraron a otras terapias, o bien han surgido como vías de intervención importantes en distintos enfoques (Lebow, 2014). Por ejemplo, la mayoría de los enfoques procuran promover alguna forma de empatía y comprensión mutuas, alguna forma de negociación entre los miembros de la pareja, cierta implicación y atención a las fortalezas de la relación, cierto reencuentro afectivo con la conexión positiva, cierta comprensión de las contribuciones individuales al problema conjunto y alguna forma de mindfulness o de regulación afectiva para hacer más constructivas las interacciones basadas en el conflicto. Entre las estrategias compartidas con frecuencia figuran el seguimiento de patrones, la escucha, el testimonio, la psicoeducación que promueve la mentalización, la promoción del ablandamiento y la creación de experiencias que refuerzan el apego.

Cabe señalar que la denominación de estas estrategias compartidas puede a menudo dificultar el reconocimiento del terreno común. Términos como reestructuración cognitiva, reencuadre y re-historiar ejemplifican jergas distintas para intervenciones similares en diferentes enfoques. Paradójicamente, palabras que han llegado a identificarse con teorías específicas, como apego y diferenciación, aunque sean acertadas y estén fundamentadas en la ciencia relacional, a menudo acaban dividiendo. La jerga propicia fácilmente una Torre de Babel en la que no se reconocen las similitudes entre enfoques y se acentúan las pequeñas diferencias de método por encima del terreno común (Miller et al., 1997). (Existen excepciones notables; por ejemplo, el uso de la palabra «ablandamiento» [softening] en la terapia de pareja focalizada en las emociones ha sido enormemente útil al aportar la palabra perfecta para una intervención ampliamente reconocida en enfoques diversos).

Estructura de las sesiones y otras disposiciones

Dados los numerosos enfoques de terapia de pareja y la variedad de problemas y propósitos para los que se emplea, el grado de disposiciones compartidas es bastante notable. Hoy en día, la terapia de pareja se realiza principalmente de forma conjunta, con un conjunto claro de reglas especificadas para la comunicación por separado con cada miembro de la pareja. Las sesiones suelen ser de una hora semanal, y la mayoría de los métodos incluyen cierta continuidad del proceso entre sesiones (por ejemplo, tareas para casa). La terapia de pareja puede limitarse a unas pocas sesiones o durar años, pero la mayoría de los modelos prevén un proceso de entre 3 y 12 meses. Llama la atención que, aunque se han desarrollado innumerables métodos pensados para aplicarse en plazos más breves o más largos (e incluso a raíz de los protocolos de ensayos controlados aleatorizados, que a menudo limitan necesariamente el número de sesiones), y con sesiones más cortas o más largas, el estándar sigue siendo en gran medida el estándar. Sigue siendo una pregunta abierta si esto obedece a la costumbre, a consideraciones de coste como el reembolso de los seguros o a una idea compartida de que es lo más eficaz.

Las terapias de pareja han evolucionado desde sus orígenes

Los modelos de terapia de pareja surgieron de diversas tradiciones teóricas, cada una anclada en su propio momento de desarrollo. Sin embargo, está en la naturaleza de las psicoterapias que, mientras que las teorías y los conceptos suelen perdurar en el tiempo, los enfoques específicos no lo hacen. Por ejemplo, la terapia marital conductual fue inicialmente un enfoque diferenciado y singular. Ese tratamiento original ha sido sustituido en gran medida por la terapia de pareja cognitivo-conductual, considerablemente ampliada (Epstein & Baucom, 2002), y por la terapia de pareja conductual integradora (Christensen et al., 2020). Del mismo modo, a la terapia centrada en las emociones le han sucedido la terapia de pareja focalizada en las emociones (Johnson, 2015) y la terapia de pareja centrada en las emociones (Goldman & Greenberg, 2015). De manera análoga, las primeras terapias psicoanalíticas han sido superadas por la terapia de pareja de relaciones objetales (Scharff & Scharff, 2005; Siegel, 2015) y la terapia de pareja basada en la mentalización (Bleiberg et al., 2023). Y la terapia de Bowen (Bowen, 1972) y la terapia contextual (Boszormenyi‐Nagy, 1987) han sido sustituidas en gran medida por una versión más amplia y más orientada al apego de la terapia intergeneracional (Fishbane, 2019). Otras terapias tempranas, como la terapia de pareja estructural, la experiencial y la estratégica, han perdido protagonismo, aunque siguen contando con un núcleo fiel de practicantes y su influencia decisiva puede verse en diversos enfoques contemporáneos. Paralelamente, la práctica de algunas formas de terapia de pareja, como la terapia narrativa (Freedman & Combs, 2015), se ha ampliado y ha evolucionado enormemente. Y han surgido formas más recientes de terapia de pareja, como la terapia de pareja socioculturalmente sintonizada (McDowell et al., 2018) y la terapia de pareja de aceptación y compromiso (Lawrence et al., 2023), así como numerosas terapias específicas dirigidas a problemas o poblaciones concretos.

Un papel central para la cultura y el género

La terapia de pareja comenzó como terapia «marital», es decir, con un conjunto fijo de ideas sobre quién formaba la pareja (un hombre y una mujer), su estatus legal como pareja (casada) y, a menudo, con un conjunto estereotipado de expectativas relativas a los roles y a otros aspectos de la relación. Desde esta perspectiva, la terapia marital, sin mucha autorreflexión, se dirigía a menudo principalmente a la experiencia de personas estadounidenses y europeas blancas de clase media y alta. Las perspectivas feministas, queer y multiculturales, así como la difusión de la terapia de pareja por todo el mundo, han cambiado mucho esta perspectiva (Addison & Coolhart, 2015; Kelly et al., 2019). La terapia de pareja es hoy un vehículo para ayudar en las relaciones íntimas con independencia del género, la preferencia sexual, la clase, la cultura, la raza, la etnia y otras facetas de la posición social.

Comprender a las parejas en el contexto de la cultura, la raza, la etnia, el género, la orientación sexual y otros aspectos de la posición social que otorgan a las personas mayor o menor privilegio (y mayores o menores experiencias de marginación y opresión) se ha convertido en un aspecto esencial de la terapia de pareja. Además, las terapias de pareja resultan más útiles cuando se adaptan a tipos específicos de parejas; por ejemplo, adaptaciones para parejas LGBTQ (Coolhart, 2023; Green & Mitchell, 2015) y parejas de familias reconstituidas (Papernow, 2018a), o la descripción de las consideraciones particulares de la terapia con parejas afroamericanas (Kelly et al., 2019) o latinas (Falicov, 2014). Estas aportaciones y prácticas no exigen al personal clínico que renuncie a su enfoque teórico preferido de terapia de pareja, pero sí plantean consideraciones adicionales cruciales para trabajar con parejas de manera sensible y eficaz.

Elementos comunes de la terapia de pareja

Evaluación

Evaluar múltiples ámbitos (por ejemplo, emociones, cogniciones y conductas) en múltiples niveles del sistema (por ejemplo, cada miembro de la pareja, sus relaciones y los contextos familiares y culturales más amplios) es esencial para seleccionar, adaptar y secuenciar las intervenciones de terapia de pareja de manera planificada y eficaz. De forma implícita o explícita, los distintos enfoques reconocen de manera unánime la importancia de atender a las diferencias individuales al llevar a cabo las intervenciones pertinentes. Del mismo modo, casi todos insisten en la importancia de supervisar tanto el proceso como el progreso de la terapia para evaluar el impacto de intervenciones específicas y revisar en consecuencia la formulación clínica (explícita o implícita) y el plan terapéutico.

Dicho esto, tanto los modelos teóricos como las aplicaciones específicas de la terapia de pareja difieren en su postura filosófica respecto de los enfoques normativos frente a los idiográficos, en su defensa de contenidos o métodos específicos y en su visión de si la evaluación formal debe preceder necesariamente a la intervención o si, por el contrario, se desarrolla orgánicamente a lo largo de la terapia. Algunos enfoques preconizan una evaluación minuciosa y la elaboración de una formulación del caso y un plan de tratamiento explícitos (Christensen et al., 2020), mientras que otros no lo hacen. Algunos enfoques, como la terapia narrativa, rechazan explícitamente los métodos de evaluación específicos (Freedman & Combs, 2015). Y entre los enfoques que incorporan deliberadamente métodos de evaluación, puede haber o no una etapa formal de evaluación (por ejemplo, un protocolo de cuatro sesiones que combina encuentros individuales y conjuntos; Chambers, 2012); del mismo modo, los distintos enfoques o aplicaciones específicas pueden prescribir o no cuestionarios estandarizados o un conjunto de tareas de observación (Gottman, 1999; Gottman & Gottman, 2015).

Ligada a la evaluación está la especificación de criterios concretos de inclusión o (más habitualmente) de exclusión para la terapia de pareja. La mayoría de los modelos de terapia de pareja consideran contraindicaciones para la terapia de pareja conjunta la agresión moderada o grave en la pareja, el abuso activo de alcohol u otras sustancias, la infidelidad en curso o los síntomas psicóticos. Sin embargo, paradójicamente, existen tratamientos de pareja específicos para estos problemas, como los tratamientos para parejas en las que una persona presenta un trastorno por consumo de sustancias (McCrady et al., 2016) o para la infidelidad (Baucom et al., 2009; Scheinkman & Werneck, 2010). Una evaluación cuidadosa facilita decisiones informadas sobre si alguno de estos problemas u otros similares puede abordarse dentro de los modelos teóricos más generales de terapia de pareja o requiere protocolos de intervención más especializados, o sobre si es probable que cualquier terapia de pareja resulte inútil en un caso concreto.

Una miríada de estrategias de intervención y técnicas

Asombra el rico y singular conjunto de métodos de intervención que se ha desarrollado. Sin duda, algunas de las personas clínicas más creativas y perspicaces han desarrollado esta magnífica variedad de métodos. Los diversos modelos de ayuda a las parejas rebosan de una panoplia de ingredientes activos que quienes ejercen la terapia de pareja pueden incorporar al tratamiento. Dicho esto, quienes ejercen la terapia con eficacia suelen dar con formas de trabajar en terapia de pareja muy similares, por encima de las divisiones que existan entre teorías. Evidentemente, también ha habido polinización cruzada.

La visión sistémica: secuencias y ciclos de vulnerabilidad

Un énfasis importante que comparten casi todas las terapias de pareja consiste en rastrear las secuencias interpersonales que se despliegan en el proceso de desarrollo de las dificultades relacionales. Esto refleja la influencia de unas comprensiones sistémicas compartidas. Aunque ciertos procesos puedan residir en los individuos, las inevitables influencias mutuas entre los miembros de la pareja definen la comprensión crucial que fundamenta el tratamiento de las parejas. Está en la naturaleza de las relaciones íntimas que los pensamientos, sentimientos y conductas de cada miembro de la pareja se afecten inevitablemente entre sí y afecten a la relación de manera continua y recursiva.

Estos ciclos reciben distintos nombres según los enfoques, y lo que se considera el componente interno específico de mayor peso en ellos varía de un enfoque a otro. Así, Scheinkman y Fishbane (2004) hablan del ciclo de vulnerabilidad, mientras que Johnson y su equipo se refieren, en su exposición de la terapia focalizada en las emociones, a las heridas de apego mutuas (Johnson, 2015). Al describir la terapia sistémica integradora, Pinsof et al. (2018) hablan de secuencias. Sea cual sea el nombre que reciban estos procesos, la secuencia central a la que se alude implica un proceso interpersonal de múltiples niveles en el que los miembros de una pareja en conflicto se apartan el uno del otro o compiten agresivamente por el control, en lugar de implicarse con compasión. Los diversos modelos generales de terapia de pareja explican cómo estos procesos, como el óxido que corroe los cimientos de los puentes, pueden erosionar la conexión positiva entre los miembros de la pareja. Estos modelos describen tanto cómo las parejas pueden desarrollar y mantener una conexión amorosa vital como los procesos por los que dichas conexiones se debilitan. Del mismo modo, las terapias de pareja dirigidas a problemas y cuestiones específicos (por ejemplo, el trastorno de estrés postraumático o la sexualidad) subrayan cómo esas cuestiones llegan a entretejerse en la trama más amplia del funcionamiento individual y relacional.

Un enfoque pragmático en la satisfacción relacional

Otro punto claro de coincidencia reside en un doble enfoque: reducir el malestar de la pareja y promover la satisfacción relacional. Casi todas las terapias de pareja hacen hincapié en intervenciones específicas dirigidas a estos dos resultados complementarios. Dicho esto, los modelos difieren en el peso relativo que otorgan a uno u otro. Por definición, las aplicaciones de pareja para cuestiones relacionales específicas (por ejemplo, la agresión en la pareja o la infidelidad) o para problemas individuales (por ejemplo, la depresión o los trastornos de ansiedad, los problemas con el alcohol y los problemas médicos agudos) se orientan a reducir estas dificultades, y la mejora de la satisfacción relacional suele considerarse una de las vías mediadoras. Históricamente, muchas terapias de pareja se han centrado más en reducir el conflicto que en promover la intimidad, aunque más recientemente aspectos positivos de las relaciones como el fomento de la conexión emocional y del significado compartido han pasado a ocupar un lugar más central. Las teorías del funcionamiento de la pareja y los modelos de intervención asociados desempeñan un papel fundamental a través del énfasis diferencial que ponen en aspectos específicos de las relaciones, como el apego, la mentalización, la aceptación mutua, la resolución de problemas y la comunicación, las narrativas y la conciencia de género o sociocultural.

Consideraciones éticas

Quienes ejercen la terapia de pareja, sea cual sea su orientación, reconocen un conjunto compartido de consideraciones éticas. Aunque las terapias de pareja pueden discrepar sobre cuál es la decisión ética óptima en una circunstancia concreta (por ejemplo, si guardar ciertos secretos, sobre todo acerca de conductas pasadas), existe un acuerdo casi total sobre dónde residen las cuestiones éticas y cómo pensarlas. Así, los debates sobre ética en terapia de pareja conciernen a casi todas las terapias de pareja, con independencia de la aplicación específica o del modelo teórico subyacente (Barnett & Jacobson, 2019; Gottlieb et al., 2008; Margolin et al., 2023). Las personas que ejercen la terapia de pareja se enfrentan al mismo conjunto complejo de dilemas y preguntas, y la mayoría de las veces llegan a respuestas similares sobre cuestiones como la confidencialidad de la comunicación privada con uno de los miembros de la pareja durante la terapia; la identificación de quién es la parte consultante en la terapia y cómo responder al deseo de uno de los miembros de dejar la relación; o cómo abordar el riesgo de violencia en la pareja. A veces hay diferencias sobre lo que debe hacerse en una circunstancia concreta; sin embargo, es raro que una idea sobre estas cuestiones se presente sin reconocer que otras personas pueden sostener posiciones distintas y sin conciencia de las complejidades que implica sostener determinadas posiciones. Aun así, debemos recordar que, en la práctica de una empresa tan compleja como la terapia de pareja, siempre habrá quienes sean excepciones en sus creencias sobre algunos estándares discutibles de buena práctica.

Relación con la terapia individual y familiar

Aunque la terapia de pareja se ha diferenciado de la terapia individual y de la familiar, también ha encontrado la manera de incorporar estas modalidades. En relación con la terapia individual, la mayoría de los métodos coexisten con ella y a menudo buscan activamente enriquecerse mediante un trabajo paralelo con uno de los miembros de la pareja. Aunque en algunos modelos ese trabajo «individual» puede realizarse dentro del formato de pareja, muchos sugieren un papel complementario para una terapia individual concurrente con otra persona terapeuta.

Paradójicamente, dadas sus raíces sistémicas, la terapia familiar concurrente se menciona con menos frecuencia que la terapia individual en las exposiciones sobre terapia de pareja. Algunos enfoques sí conservan la fluidez entre la terapia de pareja y la familiar (al menos en cuanto a la unidad en la que se centra la terapia). Los enfoques intergeneracionales prestan una atención considerable a la familia de origen, y algunos todavía la incorporan a las sesiones de terapia de pareja (Fishbane, 2019). Las consideraciones sistémicas familiares centradas en la infancia también pasan a ocupar un lugar central al considerar el malestar de la pareja en la circunstancia especial de trabajar con parejas en las que uno de los miembros se inclina por poner fin a la relación mientras que el otro quiere continuarla, antes de tomar la decisión de iniciar una terapia de pareja; en estos casos, el impacto sobre la descendencia suele surgir como un factor importante (Doherty & Harris, 2017). Además, Wymbs et al. (2023) abordan el papel del trabajo con parejas como parte de un enfoque multiformato con familias de jóvenes con trastorno por déficit de atención con hiperactividad o trastornos de conducta disruptiva. Del mismo modo, en su exposición de la terapia con parejas que afrontan problemas médicos, Rolland (2019) y Ruddy y McDaniel (2015) describen cómo ese enfoque deriva de la terapia familiar médica en sentido amplio. Cabe destacar que algunas de las formas más populares de terapia de pareja, como la terapia de pareja focalizada en las emociones, han dado lugar recientemente a formas afines de terapia individual y familiar (Furrow et al., 2019).

Etapas de la terapia de pareja

Aunque hay excepciones, la mayoría de las terapias de pareja prevén comenzar con una etapa de evaluación y de construcción de la alianza terapéutica, seguida de una etapa de promoción del cambio (por ejemplo, reducir el malestar de la pareja y fomentar una conexión positiva) y, por último, una etapa final de cierre y mantenimiento de los logros. En la etapa inicial, muchos enfoques incluyen compartir explícitamente o co-crear la formulación clínica y un plan de tratamiento provisional, lo que refleja el énfasis creciente del campo en la colaboración y la transparencia en todas las fases de la terapia de pareja.

Facetas de las diferencias entre enfoques

Pese al pragmatismo y la integración subyacentes que se observan en muchas terapias de pareja contemporáneas, las teorías sí importan. En su análisis seminal de 1978, Alan Gurman expuso los principios esenciales de lo que entonces eran las principales escuelas de terapia de pareja: los enfoques conductual, psicoanalítico y sistémico (Gurman, 1978). En esta deconstrucción clásica de las terapias de pareja, Gurman diferenció las terapias de pareja según cuatro dimensiones: (1) el papel del pasado y del inconsciente; (2) la naturaleza y el significado de los problemas que motivan la consulta y el papel de la evaluación; (3) la importancia relativa de los objetivos terapéuticos mediadores frente a los finales; y (4) la naturaleza de los roles y funciones de la persona terapeuta. Fraenkel (2009), siguiendo un análisis similar, subrayó que los enfoques difieren en (1) el marco temporal (presente, pasado o futuro), (2) el punto de entrada del cambio (pensamientos, emoción o conducta) y (3) el grado de directividad. Llama la atención (aunque quizá no sorprenda) que hoy, décadas después, estas facetas clave de las diferencias sigan vigentes.

Más arriba señalamos múltiples fuentes de puntos en común entre las terapias de pareja, entre ellas las comprensiones sistémicas compartidas, la integración de técnicas específicas entre enfoques (aunque se reconceptualicen dentro de un marco teórico alternativo), la ampliación del foco terapéutico (es decir, la consideración casi universal de pensamientos, sentimientos y conductas) y las disposiciones comunes (por ejemplo, el énfasis en las sesiones conjuntas). Dicho esto, aun compartiendo elementos fundamentales considerables, las terapias de pareja del siglo XXI pueden diferenciarse según múltiples dimensiones, incluidas las citadas en análisis anteriores pero yendo más allá de ellas, tanto por sus componentes propios como por el énfasis relativo que ponen en diversos componentes compartidos. A continuación resumimos algunas de las facetas más importantes que diferencian a las distintas terapias de pareja.

Los elementos que definen una relación lograda

¿Cuáles son los rasgos más esenciales que definen una relación de pareja lograda? ¿Cuáles son los elementos individuales, los patrones relacionales o las características sistémicas más amplias que diferencian a las parejas sanas o que funcionan bien de aquellas que afrontan malestar o disfunción? En relación con ello, ¿qué teoría implícita o explícita del amor y de la conexión subyace a un modelo terapéutico determinado? Para algunos enfoques, la respuesta está en hacer crecer la amistad en la pareja; para otros, en el apego; para otros, en cómo piensan y sienten los miembros de la pareja respecto de su relación; para otros, en el contexto histórico o cultural más amplio; para algunos, en la sexualidad; y, para otros más, en las necesidades intrapsíquicas profundas y en las capacidades de conexión. Algunos destacan las experiencias cumbre (y la intensidad de la conexión) (Perel, 2006); otros, la estabilidad y el orden. Aunque hoy es habitual que los distintos modelos aborden múltiples niveles de la experiencia, los enfoques terapéuticos de la terapia de pareja tienden a privilegiar una lente predominante en su teoría del amor, la conexión y la salud.

A quién incluir en la terapia de pareja

Como se ha señalado, los enfoques contemporáneos suelen operacionalizar la terapia de pareja como algo que implica exclusivamente sesiones conjuntas con los dos miembros de la relación. Dicho esto, hay excepciones importantes. Por ejemplo, muchos modelos teóricos y aplicaciones específicas preconizan incluir entrevistas individuales durante la evaluación inicial, sobre todo como oportunidad para que cada miembro de la pareja hable de temas que quizá todavía no se sienta a gusto tratando en presencia del otro (por ejemplo, la infidelidad, la violencia en la pareja o la idea de divorciarse). Las políticas específicas para manejar la comunicación confidencial en estos encuentros individuales también pueden variar entre enfoques (Scheinkman, 2019; Scheinkman & Werneck, 2010). Algunos proponen intercalar sesiones individuales durante la terapia de pareja como medio para interrumpir intercambios negativos incesantes y en escalada hasta que cada miembro de la pareja logre una mejor autorregulación, e incorporar después ese trabajo individual a las sesiones conjuntas reanudadas. Algunos modelos tienen límites más flexibles sobre a quién incluir, en función de quién consideren la persona terapeuta o la propia pareja potencialmente útil en el proceso de mejorar la relación. Por ejemplo, en la terapia sistémica integradora (Pinsof et al., 2018) y en la terapia de pareja intergeneracional (Fishbane, 2019) pueden incluirse ocasionalmente miembros de la familia extensa. Papernow (2018a) señala que las exparejas forman parte permanente de la familia; por ello, quienes ejercen la terapia de pareja pueden necesitar incorporar una intervención de duración limitada con las exparejas para promover una coparentalidad más colaborativa entre hogares. En los enfoques de las relaciones poliamorosas puede haber poca o ninguna jerarquía, y todas las relaciones pueden tratarse como igualmente importantes (Coolhart, 2023); en ese contexto, abordar el conflicto entre los miembros de la relación, el apego, la seguridad, los celos o los roles y límites relacionales exige con facilidad reconfigurar la terapia de pareja, pasando de un contexto diádico a uno más amplio con múltiples miembros.

Al margen de la cuestión de «a quién incluir» está el encuadre del trabajo de pareja. En el plano pragmático, dónde llevar a cabo la terapia puede depender de cuestiones médicas, de movilidad, de limitaciones sistémicas (por ejemplo, acceso al cuidado infantil o al transporte) y de una serie de preocupaciones relacionadas. La telesalud se ha consolidado recientemente como una modalidad principal de prestación de la terapia de pareja (véase más adelante) (Fraenkel & Cho, 2020; Hardy et al., 2021). La telesalud puede reducir, aunque no eliminar, las limitaciones de acceso, según el acceso a la tecnología pertinente y el dominio de ella. Los enfoques de terapia de pareja también difieren en la medida en que consideran que el «trabajo» de pareja se extiende fuera de las sesiones, a ejercicios o escenificaciones prescritos entre sesiones (por ejemplo, en casa) y al uso de materiales como fichas de trabajo o textos complementarios.

El papel de la persona terapeuta

El papel de quien ejerce la terapia de pareja constituye un aspecto de la terapia sobre el que existe un debate considerable. Ciertamente, todos los enfoques reconocen a la persona terapeuta como parte vital de un sistema con la pareja, y todos subrayan la importancia de la alianza y la colaboración. Dicho esto, los distintos modelos difieren en cómo conciben la posición de la persona terapeuta respecto de ambos miembros de la pareja y los roles que idealmente desempeña.

Influencias en el proceso terapéutico

Aunque los distintos enfoques de terapia de pareja reconocen de forma unánime la importancia de la alianza terapéutica como factor común (Sprenkle et al., 2009), difieren considerablemente en cómo conciben que la persona terapeuta influye en el proceso terapéutico (y es influida por él). Hubo un tiempo en que la terapia de pareja consistía en gran medida en que la persona terapeuta asumía el papel de experta que enseñaba a la pareja a construir una relación más funcional. Aunque este papel didáctico sigue presente en el trabajo de varios enfoques (como la terapia de pareja cognitivo-conductual y la terapia del método Gottman), así como en las aplicaciones de la terapia de pareja a cuestiones relacionales específicas o problemas individuales, en términos más generales el campo ha pasado de relaciones jerárquicas entre terapeuta y pareja a una postura mucho más colaborativa. Por ejemplo, algunos modelos de terapia de pareja, como el centrado en soluciones, el narrativo y la paleta terapéutica, ponen el acento en la co-construcción colaborativa de los objetivos y estrategias del tratamiento entre la persona terapeuta y la pareja, en la que la persona terapeuta participa como «compañera de viaje» que facilita que los miembros de la pareja descubran sus propios objetivos y los caminos para alcanzarlos (Freedman & Combs, 2015). La mayoría de los enfoques se sitúan en algún punto intermedio del continuo entre la guía experta y la compañía de viaje.

Atención al self de la persona terapeuta

Las terapias de pareja también difieren en la atención que prestan al «self de la persona terapeuta» como componente integral del proceso terapéutico. Desde esta perspectiva, quienes ejercen la terapia necesitan cultivar la conciencia plena de sus propios pensamientos y emociones, recuerdos, valores y supuestos o sesgos implícitos para apoyarse en sus experiencias pasadas y presentes al relacionarse con las parejas e intervenir con ellas (Aponte & Kissil, 2016). Algunos modelos subrayan esta autoconciencia como componente central esencial de una terapia eficaz; por ejemplo, la terapia de pareja socioculturalmente sintonizada (McDowell et al., 2018) y la terapia de pareja de relaciones objetales (Scharff & Scharff, 2005; Siegel, 2015), así como las terapias de pareja adaptadas a poblaciones en las que las cuestiones de identidad suelen ser centrales, como las parejas LBGTQ (Coolhart, 2023) y las parejas de contextos culturales étnicos o raciales específicos (Falicov, 2014; Kelly et al., 2019).

Cabe señalar que los enfoques que en su día situaban en el centro el self de la persona terapeuta y su autorrevelación (por ejemplo, la terapia simbólico-experiencial de Whitaker; Whitaker, 1958; Whitaker & Keith, 1981) desempeñan hoy un papel menos destacado en la terapia de pareja. También llama la atención que, mientras que muchos modelos tempranos pedían explícitamente a quienes se formaban como terapeutas que participaran en primera persona en una terapia de pareja, no hemos podido encontrar escritos recientes específicamente sobre terapia de pareja que lo hagan, pese a su evidente valor potencial.

Algunos enfoques fomentan la autorrevelación de la persona terapeuta, mientras que muchos otros no. La mayoría de los modelos dejan abierta la posibilidad sin explicitar pautas para la autorrevelación. Sin embargo, más allá de estas diferencias, la mayoría de los enfoques animan a quienes ejercen la terapia a reconocer sus propias experiencias subjetivas durante el proceso terapéutico (por ejemplo, sentimientos de empatía, irritación o aburrimiento) y a apoyarse en ellas como información importante sobre el contenido y el proceso de las interacciones con la pareja o entre sus propios miembros.

Niveles y foco de las intervenciones

Por definición, las terapias de pareja se centran en la díada de pareja y, en su mayor parte, en el balance subjetivo global entre malestar y bienestar de la pareja. Sin embargo, dentro de ese marco general, los enfoques difieren considerablemente en la consideración que otorgan a múltiples niveles del sistema, incluidas las características individuales de cada miembro de la pareja, aspectos de la familia extensa y el contexto socioecológico más amplio. Los enfoques también difieren en el énfasis relativo que ponen en las emociones, las cogniciones y las conductas, y en la lente explicativa o conceptual a través de la cual se entiende cada una de ellas. Y hay diferencias marcadas en el orden de intervención incluso cuando existe una base compartida de estrategias. Por ejemplo, la terapia sistémica integradora propone abordar primero los aspectos de la relación orientados a la acción, mientras que la terapia de pareja conductual integradora (Christensen et al., 2020) acentúa primero la aceptación, y el enfoque integrador de Nielsen (Nielsen, 2017) prioriza la comprensión de las cuestiones subyacentes de la relación.

Niveles de intervención

Todos los enfoques contemporáneos de terapia de pareja comparten una perspectiva sistémica, pero con distintos puntos de énfasis. Para algunos, el foco recae más en los procesos individuales. Por ejemplo, en la terapia de relaciones objetales (Scharff & Scharff, 2005; Siegel, 2015) y en los enfoques intergeneracionales de terapia de pareja (Fishbane, 2019), las vulnerabilidades duraderas y predisponentes de cada miembro de la pareja, arraigadas en sus respectivas historias familiares y relacionales previas, constituyen el sustrato fundamental a partir del cual evolucionan las vulnerabilidades interactivas, las percepciones de sí y del otro miembro de la pareja y las disposiciones de respuesta exageradas. En cambio, otras terapias se centran menos en cada miembro de la pareja y más en las secuencias de interacción (Hoyt, 2015). Otras, en fin, ponen mayor énfasis en los factores contextuales como influencias que contribuyen al malestar o a la disfunción de la pareja o los perpetúan. Desde esta perspectiva, influencias como la pobreza sistémica, el racismo o los sesgos heterosexistas y cisnormativos no solo moderan el desarrollo o el tratamiento del malestar de la pareja, sino que contribuyen directamente a él (Hardy & Bobes, 2017; Knudson‐Martin & Kim, 2023) y, por tanto, constituyen un foco central del tratamiento.

Además, los distintos enfoques pueden dirigirse a problemas individuales, problemas relacionales, influencias sistémicas más amplias o cualquier combinación de ellos, ya sea en su formulación teórica subyacente o en su aplicación específica (como en la aplicación de la terapia de pareja cognitivo-conductual a trastornos individuales).

Foco de la intervención

Del mismo modo, las terapias de pareja contemporáneas difieren en el foco relativo que ponen en áreas de contenido específicas, con independencia del nivel del sistema en que se interviene. Casi todas reconocen las interacciones entre pensamientos, sentimientos y conductas, pero el énfasis que ponen en uno u otro de estos ámbitos difiere considerablemente. Incluso la denominación de los enfoques refleja estas diferencias; por ejemplo, la terapia de pareja cognitivo-conductual frente a la focalizada en las emociones. Además, incluso entre enfoques que se dirigen a múltiples dimensiones de la experiencia se discute cuál debe ser la secuencia óptima para abordarlas. Por ejemplo, algunos proponen abordar primero la conducta (por ejemplo, la terapia sistémica integradora), mientras que otros ponen el acento inicialmente en procesos como el apego (por ejemplo, en la terapia de pareja focalizada en las emociones) o la aceptación (por ejemplo, en la terapia de pareja conductual integradora). Además, puede animarse a los miembros de la pareja a atender principalmente a las experiencias subjetivas del otro (por ejemplo, para promover la conciencia empática y el acercamiento) o, por el contrario, a cultivar la conciencia plena de sus propios pensamientos y sentimientos en la medida en que estos influyen en los intercambios relacionales (por ejemplo, en la terapia de pareja de aceptación y compromiso).

En el contenido de las intervenciones influye también la atención diferencial que los enfoques prestan a los niveles de conciencia relacionados con los pensamientos y sentimientos subjetivos. Por ejemplo, las expectativas que cada miembro de la pareja tiene de sí y del otro pueden residir plenamente en la conciencia, pueden quedar fuera de la conciencia inmediata pero resultar accesibles con una orientación modesta desde un marco cognitivo, o pueden requerir técnicas más propias de diversos enfoques psicodinámicos para desvelar procesos internos latentes y explicar su influencia en la relación actual. El trabajo de Sager (1976) sobre estas «fuerzas ocultas» en las relaciones de pareja y su impacto en los contratos implícitos y explícitos (y en su grado de congruencia o discordancia) ofreció una explicación influyente de los niveles de conciencia en relación con distintos enfoques de intervención y proporciona una lente útil para orientar tales consideraciones.

Los distintos enfoques de terapia de pareja también difieren considerablemente en el énfasis relativo que ponen en el cambio manifiesto (por ejemplo, la terapia de pareja cognitivo-conductual y la centrada en soluciones) frente a la aceptación (por ejemplo, la terapia de pareja conductual integradora). Cabe destacar que, incluso entre las terapias que enfatizan la aceptación, los enfoques difieren en cómo conceptualizan y promueven este resultado. Por ejemplo, en la terapia de pareja conductual integradora, la aceptación se busca mediante intervenciones específicas que promueven el acercamiento empático (cambio emocional) y el distanciamiento unificado (cambio cognitivo) como alternativa (o paso previo) a las intervenciones dirigidas al cambio conductual. En la terapia de aceptación y compromiso (Lawrence et al., 2023), se anima a los miembros de la pareja a vivir las experiencias internas incómodas y a tolerar su presencia en lugar de intentar controlarlas, de modo que puedan dedicar su tiempo, su energía y su atención de maneras más satisfactorias. En los diversos enfoques psicodinámicos y multigeneracionales, la aceptación entre los miembros de la pareja surge de cambios en la comprensión de sus propias historias evolutivas y de las del otro, y de las vulnerabilidades asociadas; es decir, a través de interpretaciones o significados más compasivos (y, por tanto, de los sentimientos asociados) vinculados a conductas o secuencias de interacción específicas.

Mecanismos de cambio supuestos

Estrechamente relacionados con los niveles y el foco de las intervenciones están los principios teóricos subyacentes de los distintos enfoques respecto de los mecanismos de cambio. Al margen de su énfasis compartido en la alianza terapéutica, la mayoría de los enfoques priorizan en primer lugar la atención a las crisis individuales o relacionales incapacitantes. Más allá de estas intervenciones iniciales de «estabilización» compartidas, sin embargo, los preceptos teóricos de los distintos enfoques guían la selección, la secuenciación e incluso el ritmo de las intervenciones específicas. Algunos modelos, por ejemplo, priorizan el cambio conductual (o las soluciones a los problemas) como vía mediadora para promover pensamientos y sentimientos positivos entre los miembros de la pareja. Otros priorizan las intervenciones destinadas a modificar los pensamientos de cada miembro de la pareja hacia el otro, incluidas las interpretaciones o el significado que dan a los acontecimientos relacionales (explícitos o implícitos), como vía mediadora para reducir el afecto negativo derivado del significado subjetivo y, al reducir la negatividad subjetiva, fomentar así intercambios más positivos. Y otros enfoques priorizan las intervenciones orientadas a promover la conexión emocional (por ejemplo, mediante la expresión emocional vulnerable y la respuesta empática) o la aceptación (por ejemplo, la tolerancia de las diferencias inevitables). Desde cualquiera de los enfoques pluralistas o integradores, la persona terapeuta podría seleccionar intervenciones específicas de distintos modelos teóricos, en función de su mecanismo de cambio supuesto y en congruencia con la formulación del caso.

El marco temporal de las intervenciones

¿Qué importancia tiene explorar las historias individuales y compartidas de los miembros de la pareja? Algunos enfoques, como los intergeneracionales, están plenamente anclados en el pasado y pueden comenzar con genogramas como método tanto de evaluación como de intervención. Otros, como la terapia centrada en soluciones (Hoyt, 2015), se centran casi exclusivamente en el presente. La mayoría de las terapias de pareja contemporáneas prestan atención tanto a las influencias distales (históricas) como a las más proximales (recientes o actuales), aunque a menudo en distinto grado o en distinta secuencia. Por ejemplo, en el enfoque pluralista de Snyder (1999), las influencias evolutivas solo se abordan después de que intervenciones más estructurales o cognitivo-conductuales no hayan logrado los resultados deseados. Además, en diversos enfoques integradores o en modelos teóricos específicos que asimilan determinadas técnicas de enfoques alternativos, la denominación de las técnicas o su interpretación desde una lente teórica concreta pueden ocultar similitudes en su aplicación (por ejemplo, identificar identificaciones proyectivas en la terapia de relaciones objetales, heridas de apego en la terapia focalizada en las emociones o disposiciones adquiridas de respuesta perceptiva y conductual en la terapia de pareja cognitivo-conductual).

Enfoques manualizados frente a improvisados

Las terapias de pareja contemporáneas difieren en su grado de estructuración. Algunas terapias son muy improvisadas; Fraenkel (2019), por ejemplo, llega a nombrar la improvisación como un aspecto central de la terapia. Otras son mucho más prescriptivas en cuanto a la secuencia y el contenido general de las intervenciones; por ejemplo, la terapia de pareja para la agresión en la pareja (Epstein et al., 2015) o para la infidelidad (Baucom et al., 2009). Algunos enfoques, por ejemplo la terapia del método Gottman (Gottman & Gottman, 2015, 2017) y la terapia de Papernow para parejas de familias reconstituidas (Papernow, 2018b), proponen objetivos de intervención específicos y métodos para alcanzarlos, aunque la secuencia y el número de sesiones dedicadas a cada objetivo puedan adaptarse a aspectos de cada miembro de la pareja y de su relación. Las aplicaciones de la terapia de pareja a problemas individuales como el trastorno de estrés postraumático o el abuso del alcohol, al igual que sus equivalentes cognitivo-conductuales en terapia individual, tienden a estar más estructuradas o manualizadas, a menudo con una secuencia específica y un «programa» prescrito que detalla sesiones concretas.

Duración de la terapia y objetivos intermedios frente a finales

La terapia de pareja puede ser abierta o de duración limitada. La terapia de pareja centrada en soluciones (Hoyt, 2015) ocupa uno de los extremos de este continuo por su enfoque explícito en intervenciones breves dirigidas a problemas circunscritos. Otras terapias de pareja de todo tipo pueden desembocar en encuentros continuados durante muchos años, lo que puede reflejar una transición desde intervenciones iniciales que promueven habilidades relacionales específicas hacia un énfasis posterior en el crecimiento individual de cada miembro de la pareja dentro de un marco conjunto. La mayoría de las terapias de pareja contemporáneas terminan una vez logrados avances suficientes hacia los objetivos iniciales. Cabe prever duraciones más largas, sea cual sea el enfoque, con parejas en las que las disfunciones individuales, relacionales o sistémicas más amplias son más graves, más complejas o generalizadas en múltiples ámbitos, o están más arraigadas en el tiempo.

La distinción de Gurman (1978) entre objetivos terapéuticos mediadores y finales ofrece también una heurística útil para considerar los enfoques de corta y larga duración. Por ejemplo, cuando factores de estrés situacionales comprometen el funcionamiento de los miembros de la pareja y el bienestar de esta, los objetivos iniciales pueden consistir en resolver esos factores de estrés para lograr un efecto directo (y potencialmente suficiente) en la reducción del malestar de la pareja (Bodenmann & Randall, 2020). Sin embargo, si en el curso de ese trabajo la persona terapeuta determinara que experiencias traumáticas del desarrollo individual median el impacto de los factores de estrés actuales en el funcionamiento individual y relacional, la reducción del estrés podría pasar a ser un objetivo intermedio, y el objetivo «final» podría reconceptualizarse como el reprocesamiento emocional o cognitivo de las experiencias traumáticas para reducir o resolver su contribución a patrones recurrentes de vulnerabilidad o de reactividad exagerada. En última instancia, la formulación de los objetivos terapéuticos y las decisiones asociadas sobre el cierre reflejan inevitablemente una interacción en evolución entre el enfoque terapéutico y los propios valores, aspiraciones y recursos de las parejas.

Elementos emergentes

En las terapias de pareja contemporáneas está surgiendo además un apasionante abanico de elementos novedosos.

Tecnología

La pandemia de Covid‐19 potenció una tendencia que ya se estaba desarrollando en la terapia de pareja hacia la telesalud y el uso de medios electrónicos como prolongaciones de la terapia. Gran parte de la terapia de pareja ofrecida durante la pandemia pasó a la videoconferencia, y todo indica que la videoconferencia seguirá siendo un formato importante de la terapia de pareja. Quienes ejercían la terapia tuvieron que ampliar y adaptar sus métodos a un contexto en el que los encuentros presenciales no eran posibles. Con bastante rapidez se propusieron varios conjuntos útiles de pautas para la teleterapia relacional (Burgoyne & Cohn, 2020; Drieves, 2021; Hardy et al., 2021; Hertlein et al., 2021). Quienes ejercen la terapia de pareja señalan en su mayoría que la terapia virtual parece funcionar tan bien como la presencial (de Boer et al., 2021).1Además, la terapia de pareja por videoconferencia puede ser a veces la única alternativa viable a las sesiones presenciales (por ejemplo, cuando los miembros de la pareja están separados geográficamente por el trabajo, una misión militar u otros factores). La videoconferencia resuelve una de las principales limitaciones de la terapia de pareja que históricamente había hecho que tantas personas que podían beneficiarse de ella no la buscaran: el control individual sobre la hora y el lugar del encuentro. Para muchas personas, reunirse virtualmente desde casa o desde el trabajo es más fácil, y en este formato quienes ejercen la terapia a menudo pueden ser más flexibles en la programación de las sesiones. Puede resultar relativamente fácil reunir a una pareja en un espacio virtual y, a menudo, mucho más difícil hacerlo en persona. (Hay que añadir también que, para algunas personas, como muchas personas mayores y económicamente desfavorecidas que podrían consultar, la videoconferencia supone una limitación adicional de accesibilidad).

Muchos escritos recientes sobre terapia de pareja hacen referencia a estos métodos de videoconferencia, hoy omnipresentes. Todavía se ha escrito poco sobre las cuestiones particulares que surgen en la videoterapia de pareja, como los métodos específicos para trabajar el conflicto a distancia, las pautas para trabajar con la violencia en la pareja y las cuestiones de privacidad. En cuanto a los resultados de la terapia de pareja por videoconferencia en comparación con la terapia de pareja presencial, debemos esperar a los datos, no solo para la cuestión global del impacto, sino también para saber si hay diferencias de impacto entre tipos de parejas (por ejemplo, según el área problemática o las características sociodemográficas), así como para los datos de proceso, como la calidad de la alianza terapéutica en estos formatos.

Más allá del uso de servicios de videoconferencia para la terapia de pareja, existe un entusiasmo creciente y considerable por la aplicación de recursos en línea como complemento del tratamiento (Hatch et al., 2021; Roddy et al., 2016, 2021) o en la educación relacional (Bradbury & Bodenmann, 2020; Markman et al., 2022; Rohrbaugh, 2021; Spencer & Anderson, 2021). Modelos situados en la vanguardia tecnológica, como la terapia del método Gottman, complementan ya habitualmente la terapia de pareja con materiales psicoeducativos en línea, recordatorios para llevar a cabo las conductas prescritas e incluso medidas fisiológicas de la activación autonómica de los miembros de la pareja.

Terapia de pareja y redes sociales

La terapia de pareja es cada vez más una práctica basada en la evidencia. Sin embargo, paralelamente, el público no especializado identifica hoy con frecuencia la terapia de pareja no por sus variantes basadas en la evidencia, sino por su difusión en los medios populares. La medida en que esas representaciones de la terapia de pareja se basan en la práctica más avanzada de la terapia de pareja es variable. Por ejemplo, Perel (2006) parte de tradiciones bien conocidas de la terapia de pareja psicoanalítica y de la práctica sistémica. Real (2008) se apoya igualmente en las tradiciones de la terapia de pareja feminista y del tratamiento del trauma relacional. Y Gottman y Gottman (2015) y Johnson (2015), responsables de la creación de formas importantes de terapia de pareja, han dado el salto a ofrecer aspectos muy accesibles de la terapia de pareja en pódcasts y otros nuevos medios. Del mismo modo, Solomon et al. (2021) ha adaptado y popularizado una versión de la terapia sistémica integradora en su enfoque dirigido a jóvenes en pareja. Aun así, no puede dejar de señalarse que hay innumerables ejemplos de personas famosas y personalidades de internet que de repente se convierten en coaches de pareja y ofrecen consejos basados en su idea personal de cómo vivir una vida relacional (como cabía esperar, la mayoría tiende a lo dramático). Del mismo modo, algunas de las guías para parejas más vendidas (por ejemplo, «Men Are from Mars, Women Are from Venus», de Gray, de 1992, y «The Five Love Languages», de Chapman, de 1992) son incompatibles con la investigación de la ciencia relacional. Es un momento de gran atención a la terapia de pareja, y un momento en el que contar con un público informado es esencial para ayudar a quienes podrían consultar a separar lo fundamentado de lo que es espectáculo.

Tratamientos específicos para problemas y poblaciones específicos

Tradicionalmente, la terapia de pareja se ha concebido sobre todo como un proceso orientado a mejorar la satisfacción relacional o, al menos, a dilucidar la viabilidad de las relaciones comprometidas. Sin embargo, en los últimos 20 años se han desarrollado y difundido ampliamente terapias de pareja centradas en problemas que tradicionalmente se consideraban propios de los individuos. Baucom et al. (2014) proponen una distinción útil entre intervenciones asistidas por la pareja e intervenciones centradas en el trastorno dirigidas a problemas individuales. En las intervenciones asistidas por la pareja, se recurre al otro miembro de la pareja para que ayude a reforzar y apoyar el tratamiento activo del problema individual. En cambio, en el tratamiento específico del trastorno, el propio tratamiento es una terapia de pareja adaptada a los tipos particulares de dinámicas de pareja que probablemente aparecen en el contexto del problema individual de uno de sus miembros.

Hoy en día, dado el predominio de las terapias cognitivo-conductuales para el tratamiento de los trastornos individuales, los tratamientos de pareja de los problemas individuales son también mayoritariamente cognitivo-conductuales en su enfoque. Sin embargo, otros modelos, como la terapia de pareja focalizada en las emociones, han empezado a abordar estos usos de la terapia de pareja en varios trastornos específicos (Slootmaeckers & Migerode, 2020), y cabe prever que estas aplicaciones de otros modelos teóricos de terapia de pareja al tratamiento de problemas individuales de salud emocional o física sigan proliferando.

Las parejas acuden a menudo a terapia para recibir ayuda en cuestiones relacionadas con la crianza de su descendencia, en la infancia o en la adolescencia. Los programas tradicionales de parentalidad, aunque promueven la positividad en las interacciones entre las figuras parentales y la descendencia, prestan una atención limitada a la relación entre las propias figuras parentales. Muchos modelos de terapia familiar para familias con adolescentes con diversos trastornos (por ejemplo, trastorno de conducta o consumo problemático de sustancias) también descuidan la relación de pareja en sí misma y sus influencias recursivas sobre las conductas de la persona adolescente y desde ellas. Es inevitable que quienes comparten la crianza vivan momentos de desacuerdo u otras dificultades. Las dificultades de pareja asociadas a las conductas de la descendencia se vuelven más frecuentes, graves y difíciles de resolver cuando esta presenta sus propios problemas individuales, ya adopten la forma de trastornos interiorizados, exteriorizados o del neurodesarrollo. Las exposiciones de la terapia de pareja con madres y padres de jóvenes con trastornos emocionales o conductuales han sido notablemente escasas, y se necesita un marco general para adaptar las intervenciones a las parejas que afrontan estas preocupaciones habituales.

Llegar a una gama más amplia de parejas

A medida que la cultura y el género han pasado a ser consideraciones más centrales en la terapia de pareja, también han surgido y ganado mayor aceptación enfoques que abordan explícitamente las cuestiones de diversidad. Algunos ejemplos son las reflexiones sobre la terapia con parejas LGBTQ (Coolhart, 2023; Green & Mitchell, 2015), las intervenciones relacionadas con la sexualidad (Hall & Watter, 2023) y la terapia dirigida a parejas de grupos étnicos específicos (Boyd‐Franklin et al., 2008; Chambers, 2019; Falicov, 2014; Kelly et al., 2020). No puede subestimarse el cambio radical que esto ha supuesto.2 Las generalizaciones sobre las parejas y sobre las intervenciones más útiles con ellas se ven hoy enriquecidas por una apreciación mucho mayor de las diferencias entre parejas y de la mejor manera de atenderlas.

Las antiguas formulaciones de las relaciones o las pautas para la terapia deben contemplarse ahora con nuevas lentes. La ampliación del abanico de parejas que abarca el campo de la terapia de pareja ha sido enorme. Por ejemplo, hoy casi todos los enfoques teóricos de terapia de pareja abordan explícitamente su aplicabilidad a las parejas LGBTQ, y la mayoría han empezado a ampliarse para incluir el mundo emergente y más amplio de la sexualidad en las parejas. Esta ampliación de la visión de quién participa en la terapia de pareja ha sacado también a la luz supuestos ligados a la cultura y ha dado lugar a adaptaciones y avances en los modelos centrales de terapia de pareja, tanto en su desarrollo como en su aplicación.

La interfaz con la educación relacional

La educación relacional tiene una historia larga y distinguida, ya que se desarrolló en paralelo a la terapia de pareja (Bradbury & Bodenmann, 2020; Markman et al., 2022). Los programas de educación y enriquecimiento relacional se han vuelto omnipresentes en los últimos tiempos. Ello ha suscitado animados debates sobre qué parejas (o qué miembros individuales de la pareja) son más adecuados para cada actividad, sobre las fronteras difusas entre educación y tratamiento y sobre cómo gestionar u optimizar la interfaz entre ambos. Mientras que antes estaba claro que la terapia de pareja se dirigía a parejas en conflicto y la educación relacional a la preparación y el enriquecimiento de relaciones que funcionaban mejor, esta frontera se ha vuelto mucho más fluida (Bradford et al., 2015). Además, varios modelos de terapia de pareja —por ejemplo, la terapia de pareja conductual integradora (Roddy et al., 2017) y la terapia de pareja focalizada en las emociones (Conradi et al., 2018)— describen adaptaciones de esos modelos destinadas a programas psicoeducativos de educación relacional presenciales, por videoconferencia o autoguiados en línea. Y existe un movimiento creciente hacia una educación relacional dirigida a personas que actualmente no tienen pareja, para que puedan desarrollar relaciones más sanas (Carlson et al., 2023).

El creciente énfasis en la aceptación

La aceptación ha pasado a ocupar un lugar mucho más destacado en varios métodos de terapia de pareja, entre ellos la terapia de pareja conductual integradora, la terapia del método Gottman, la terapia de pareja de aceptación y compromiso y la terapia de pareja basada en la mentalización. Hubo un tiempo en que el cambio era el foco de toda terapia de pareja; hoy, muchas buscan ante todo promover la aceptación mutua, al tiempo que facilitan un marco para el cambio.

Una postura terapéutica colaborativa

En conjunto, el campo ha pasado de visiones implícitas de una relación algo jerárquica entre terapeuta y pareja a una postura mucho más colaborativa. Una postura colaborativa va mucho más allá de los elementos de promoción de la alianza terapéutica identificados inicialmente en la terapia individual centrada en la persona (es decir, autenticidad, calidez y consideración positiva incondicional). La colaboración se extiende, más bien, a la co-construcción de objetivos terapéuticos que incorporen las propias visiones de los miembros de la pareja sobre la salud individual y relacional, sus valores arraigados en sus historias evolutivas singulares y en contextos culturales más amplios, y sus propias prioridades a la hora de equilibrar los intereses individuales con los de la relación para decidir cómo seleccionar y secuenciar los objetivos y métodos del tratamiento.

Abordar la sexualidad

La sexualidad es claramente un aspecto central de la vida relacional, tanto en sí misma como por su relación con el apego. Por ello, resulta algo desconcertante que en la mayoría de los modelos de terapia de pareja se aborde de forma tan tangencial. Cabe señalar que este componente central de las relaciones se aborda principalmente en reflexiones específicas sobre la sexualidad (Hall & Watter, 2023; McCarthy & McCarthy, 2012; Perel, 2006) y, a menudo, a propósito de las parejas LGBTQ (Coolhart, 2023). Pese a la atención limitada que muchos modelos de tratamiento prestan a la sexualidad, se ha producido una revolución en la consideración de la sexualidad en el trabajo con parejas. Quienes ejercen la terapia de pareja necesitan cuestionar sus propias actitudes o supuestos implícitos y ampliar su base de conocimientos y sus competencias al abordar la sexualidad en el trabajo con parejas de minorías sexuales y de género. Del mismo modo, necesitan familiarizarse con aspectos de la sexualidad que pueden variar en poblaciones específicas, como las personas mayores, las parejas que afrontan problemas médicos concretos o las parejas que practican formas de sexualidad menos frecuentes, y sentirse a gusto al hablar de ellos. La terapia de pareja en torno a cuestiones de sexualidad ha ido más allá del abordaje de disfunciones sexuales específicas y abarca hoy objetivos más amplios: promover una mayor conciencia sexual, mejorar la respuesta sexual y potenciar la intimidad y el disfrute sexuales, lo que podría beneficiar a cualquier pareja.

Atender al ciclo vital

Tanto las dificultades como los beneficios de ser pareja varían a lo largo del ciclo vital. La mayoría de los modelos de terapia de pareja se han centrado implícitamente en parejas de mediana edad, y las cuestiones y estrategias de intervención específicas que privilegian no siempre se generalizan a parejas más jóvenes, en las primeras etapas de su desarrollo individual y relacional, ni a parejas de más edad, cuyas dificultades y recursos individuales y relacionales suelen cambiar. La buena noticia es que muchos modelos han evolucionado para incorporar el desarrollo de la pareja a lo largo del tiempo como parte de su visión. Además, está surgiendo una atención creciente a etapas específicas del desarrollo y a las cuestiones típicas de las parejas vinculadas a esas etapas vitales (véanse, por ejemplo, Solomon et al., 2021, sobre las personas adultas emergentes, y Knight, 2023, sobre las personas mayores). Entre ellas figuran la atención a las cuestiones particulares de las parejas de más edad, las cuestiones y retos singulares a los que se enfrentan las parejas de familias reconstituidas y las parejas más jóvenes, sobre todo en torno a las decisiones de formalizar una relación comprometida o de pasar a la parentalidad. Se han desarrollado intervenciones de pareja específicas para trabajar con parejas en etapas concretas del ciclo vital (Gottman et al., 2010). Desde una perspectiva más amplia, la pregunta de cómo mantener las relaciones vivas y conectadas a lo largo de toda una vida subyace a la mayor parte de la terapia de pareja.

Divorcio

¿Qué lugar ocupa el divorcio en la terapia de pareja? Considerado durante mucho tiempo un resultado negativo desastroso, el divorcio se concibe hoy como una vía potencialmente positiva para las parejas, aunque plagada de dificultades. Recientemente se han desarrollado nuevas formas de intervención para ayudar a las parejas que se enfrentan a la posibilidad del divorcio. Por ejemplo, Doherty y Harris (2017) proponen el discernment counseling, un asesoramiento de discernimiento dirigido a quienes todavía no están en condiciones de iniciar una terapia de pareja y se muestran ambivalentes o tienen planes contrapuestos sobre si quieren divorciarse, para ayudar a los miembros de la pareja a decidir si está indicado seguir trabajando su relación en una terapia de pareja. Cómo trabajar con quienes se plantean el divorcio, adoptando la persona terapeuta una posición equilibrada respecto de que la pareja siga junta o se separe, se ha convertido en un aspecto esencial de la terapia de pareja. También lo es ayudar a quienes deciden divorciarse a lograr los mejores resultados para sí y para la descendencia que pueda verse afectada (Lebow, 2019). Las parejas a menudo conciben que la terapia de pareja termina si deciden divorciarse, pero, paradójicamente, la «terapia del divorcio» es una parte esencial del repertorio de quien ejerce con pericia la terapia de pareja.

Estrechamente relacionadas con ello están las terapias centradas en lo que Fraenkel (2019) denomina parejas de «última oportunidad». Estas parejas ya están al borde del divorcio y, si la terapia ha de reinventar la relación, puede ser necesario un proceso más radical que en la terapia de pareja habitual.

Retos adicionales

Las terapias de pareja contemporáneas afrontan numerosos retos: algunos persisten desde los inicios del campo (por ejemplo, la atención a las diferencias individuales y a las cuestiones de diversidad; el equilibrio de las intervenciones para abordar las fuentes intrapersonales, diádicas y sistémicas más amplias del malestar) y otros son más recientes (por ejemplo, la integración de la tecnología; la obtención de reconocimiento en los sistemas sanitarios privados y públicos). Algunos retos aparecen de forma explícita o implícita en partes anteriores de este artículo (por ejemplo, las decisiones sobre a quién incluir en la terapia de pareja; el equilibrio entre aceptación y cambio; o dilemas éticos específicos). Más allá de estos, merecen consideración otros dos retos.

Mantenimiento de los logros

Un reto crucial para la terapia de pareja es el mantenimiento de los logros terapéuticos. La investigación ha mostrado que la terapia de pareja es muy eficaz para mejorar la satisfacción relacional en la mayoría de las parejas a corto plazo (Bradbury & Bodenmann, 2020; Roddy et al., 2020), pero vulnerable al retorno de los problemas a largo plazo (es decir, a los 2 años o más tras el cierre). Según los pocos ensayos clínicos controlados de terapia de pareja y una evaluación no controlada que examinaron los resultados de las parejas 4–5 años después del tratamiento, la evidencia muestra un deterioro o un divorcio en aproximadamente el 35%–50% de las parejas (Snyder & Balderrama‐Durbin, 2020). Las excepciones a este hallazgo general, como el ensayo controlado de Snyder et al. (1991) sobre la terapia orientada a la comprensión (insight), que arrojó una tasa de deterioro/divorcio del 20% a los 4 años del tratamiento, no se han replicado.

Además, las relaciones de pareja evolucionan, y las distintas etapas del ciclo vital engendran problemas distintos. Así, no sería inesperado que una pareja que ha superado problemas en una etapa de la vida vea reaparecer problemas anteriores o surgir otros diferentes a medida que pasa el tiempo, ocurren acontecimientos y se presentan nuevas circunstancias. Por esta razón, la mayoría de las terapias de pareja contemporáneas incluyen, antes del cierre, algunas intervenciones específicas destinadas a afrontar cuestiones que puedan surgir en el futuro. Sin embargo, pese a su evidente atractivo intuitivo, se desconoce la eficacia de esas intervenciones para prevenir o reducir un deterioro o un divorcio futuros.

Los valores de quienes consultan

Las parejas existen dentro de un contexto socioecológico e histórico más amplio. También los distintos modelos de terapia de pareja destinados a tratar el malestar de la pareja y a promover el bienestar individual y relacional. Dicho esto, los contextos en los que se desarrollaron las diversas intervenciones basadas en la pareja, y en los que se forman quienes ejercen la terapia de pareja, pueden no reflejar los contextos diversos y emergentes que configuran el conjunto de valores que cada miembro de la pareja aporta a la terapia. ¿Cómo pueden quienes ejercen la terapia de pareja llevar a cabo una terapia eficaz en un mundo en el que los valores difieren tanto dentro de las parejas y entre ellas?

Por ejemplo, ¿qué procesos se consideran esenciales para que una relación funcione? ¿Cuánta cercanía o distancia se considera óptima o aceptable? ¿Qué hacer cuando un aspecto de la vida relacional es problemático mientras que otros son satisfactorios? ¿Hasta qué punto aspirar a lo que Finkel (2017) describe como el «matrimonio de todo o nada», en el que se considera que la relación debe satisfacer todas las necesidades individuales? ¿En qué momento se considera el divorcio una opción bien meditada? ¿Hasta qué punto pueden variar con el contexto cultural las expectativas sobre una relación lograda? ¿En qué momento una buena terapia implica cuestionar las expectativas culturales en torno a cuestiones como la desigualdad de género y la violencia relacional?

Doherty (2022) y Lebow (2014) han escrito extensamente sobre el papel crucial de los valores de quienes consultan y de quienes ejercen la terapia en la terapia de pareja, y sobre las formas complejas y a menudo no explicitadas en que los valores de la persona terapeuta influyen en la práctica. Terapeutas LGBTQ y profesionales de diversos contextos culturales han aportado distintos puntos de vista a este debate (Addison & Coolhart, 2015; Kelly et al., 2019). La terapia de pareja y, lo que es más importante, quienes la ejercen deben mantenerse conscientes, flexibles y receptivos ante las formas en que los valores influyen en la terapia, sobre todo en un mundo en el que tanto los modelos conceptuales como las intervenciones asociadas se aplican a poblaciones y culturas diversas con creencias y costumbres fundamentales radicalmente distintas.

La vida durante y después de la pandemia

Es difícil precisar cómo ha afectado la pandemia de Covid‐19 a las parejas y a la terapia de pareja más allá de observaciones sencillas como el mayor uso de la teleterapia. Sin embargo, es evidente que ha habido efectos profundos (Stanley & Markman, 2020). Muchas de las intervenciones habituales han tenido que adaptarse en respuesta a los aumentos drásticos de los niveles de estrés individual y relacional y a las restricciones provocadas por la pandemia. Aunque los datos sobre la satisfacción de las parejas y las tasas de divorcio durante los 2 primeros años de la pandemia son dispares, no cabe duda de que, para las parejas vulnerables, tanto las estrategias de afrontamiento como los recursos externos se volvieron más limitados e insuficientes. Ello exigió una visión ampliada de la terapia de pareja durante la pandemia y tras ella. El esquema conceptual puede seguir siendo en gran medida el mismo —la paleta terapéutica adaptada a los tiempos—, pero la terapia de pareja se está adaptando. En concreto, la observación sugiere que temas que antes se identificaban con la terapia existencial parecen estar en auge, como ha ocurrido en otras épocas turbulentas (Fraenkel & Cho, 2020).

Inclusión en la cobertura sanitaria

La terapia de pareja ha logrado difundirse ampliamente como el tratamiento de elección para quienes atraviesan dificultades relacionales en Estados Unidos y en buena parte del mundo. Este logro es especialmente notable dado que la mayoría de los sistemas de seguros y de atención sanitaria prestan poca atención a la terapia de pareja. Por ejemplo, actualmente no existe un código específico de la Current Procedural Terminology (CPT) para la terapia de pareja (lo que obliga a codificar el servicio como «terapia familiar»). Los sistemas sanitarios necesitan con urgencia mejores procedimientos para codificar la terapia de pareja y los problemas de la relación de pareja, así como un reconocimiento formal de la rentabilidad y de los beneficios terapéuticos de la terapia de pareja para un amplio espectro de problemas individuales de salud física y mental de ambos miembros de la pareja y de su descendencia (Bradbury & Bodenmann, 2020; Ruddy & McDaniel, 2015). Una estimación concluyó que la terapia de pareja es rentable cuando la financia el Estado para reducir los costes públicos del divorcio o cuando la reembolsan las aseguradoras para compensar el aumento de los gastos sanitarios asociados al divorcio (Caldwell et al., 2007). Otros argumentos a favor de la cobertura sanitaria de la terapia de pareja son la compensación directa de costes médicos y el hecho de que las compañías de seguros ya consideran rentable reembolsar la prevención de otros problemas de salud y psicológicos (Clawson et al., 2018).

Comentarios finales

¡Es un momento apasionante en la evolución de la terapia de pareja! En conjunto, los enfoques actuales de terapia de pareja presentan una profundidad y una variedad notables. Numerosos enfoques integran principios basados en la evidencia con la sabiduría clínica, en lo mejor de la tradición del modelo científico-profesional. Con una base creciente en la ciencia relacional y evidencia de su eficacia, estos enfoques siguen madurando en su desarrollo. Existe diversidad entre los enfoques más destacados, pero también una comprensión emergente y compartida de los procesos de pareja y de los principios centrales que subyacen a las intervenciones basadas en la pareja. Tanto profesionales clínicos con experiencia como quienes están en formación pueden beneficiarse de ampliar sus propias lentes teóricas para examinar las fortalezas relativas, así como las limitaciones, de los respectivos enfoques, de modo que su propio repertorio clínico también evolucione, enriqueciendo sus competencias para abordar las complejidades de las dificultades de las parejas de una manera potencialmente más diferenciada y eficaz.

Complexe Systémique: puntos clave

Esta revisión es más un mapa que una tesis, y eso es lo que la hace útil. Para una lectura sistémica destacan dos puntos. En primer lugar, la autoría constata que casi todas las terapias de pareja, cognitivo-conductuales, focalizadas en las emociones o psicodinámicas, comparten hoy una lectura en secuencias circulares: ciclo de vulnerabilidad, heridas de apego mutuas, secuencias, tantos nombres para un mismo bucle. El pensamiento sistémico ha ganado al convertirse en el terreno común, hasta el punto de no nombrarse siempre. En segundo lugar, señala que las escuelas históricas, estructural, estratégica y experiencial, han decaído como modelos, aunque siguen vivas en la práctica. Los límites se reconocen: una visión muy norteamericana, centrada en los enfoques evaluados mediante ensayos, y unos logros que se erosionan en entre un tercio y la mitad de las parejas en los años siguientes. Para leer junto con el artículo sobre lo que hay que saber de la terapia de pareja, más cercano a la práctica, y el artículo de Arthur C. Nielsen sobre las metáforas en terapia de pareja, cuyo enfoque integrador se cita aquí.

Notas del original

1 Es importante señalar aquí que, en última instancia, el impacto relativo de la terapia de pareja presencial frente a la teleterapia de pareja es una cuestión empírica que requerirá múltiples estudios para evaluarse.

2 La tendencia histórica a centrarse en parejas blancas de clase media se refleja en los estudios sobre las personas consultantes en la investigación sobre terapia de pareja (Tseng et al., 2021).

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Traducción no oficial de Couple therapy in the 2020s: Current status and emerging developments, de Jay Lebow y Douglas K. Snyder, Family Process, vol. 61 (2022), doi: 10.1111/famp.12824, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

Esta es una traducción del artículo original «Couple therapy in the 2020s: Current status and emerging developments», publicado en Family Process (2022) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.

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Cómo citar este artículo

Lebow, J., et Snyder, D. K. (2022). Couple therapy in the 2020s: Current status and emerging developments. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/couple-therapy-in-the-2020s-current-status-and-emerging-developments (Obra original publicada en 2022 en Family Process, 61(4) (2022); republicada en 2022 por Family Process, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/famp.12824)

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