Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Journal of Solution Focused Practices · Opinión
Cazadores-recolectores convertidos en dueños de un planeta finito, seguimos pensando en términos de amenaza: detectar el problema, resolverlo, agotar el recurso, pasar al territorio siguiente. Steve Flatt, formador británico, propone leer el enfoque centrado en soluciones como algo distinto de una técnica de acompañamiento: la cuarta revolución cognitiva de la especie, después de la explosión cultural, la agricultura y la Ilustración. Un artículo de opinión sin rodeos que convoca a Hobbes, Mithen, Raworth y Rushkoff, y recuerda a quienes ejercen la advertencia que fundamenta su práctica: no sabemos casi nada de las personas a las que ayudamos.
Traducción no oficial al español de The Fourth Cognitive R/Evolution, de Steve Flatt, publicado en Journal of Solution Focused Practices (2024), doi: 10.59874/001c.125337, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por el autor ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Resumen. La humanidad se encuentra en un punto de inflexión de su evolución. Muchas personas y muchos grupos se dan cuenta de que es necesario un cambio. Este artículo ilustra las dificultades que la evolución ha creado en el pensamiento humano y que han producido, en consecuencia, muchos de los obstáculos a los que nos enfrentamos hoy. El pensamiento lineal de resolución de problemas ya no es adecuado cuando se trata de crear una ecología, una economía o una sociedad sostenibles. Los seres humanos deben mirar más allá del problema y ser creativos respecto al tipo de mundo que desean. Resolver los problemas mediante la competencia y el conflicto no es eficaz. Un cambio eficaz solo se producirá recurriendo a la cooperación, la comunidad y la conexión para desarrollar un mundo sostenible. El cambio de paradigma en el pensamiento consiste en pasar de enfoques centrados en el problema a enfoques centrados en las posibilidades.
Palabras clave: evolución, futuros, cognición, sostenibilidad, supervivencia
En 2023, el secretario general de la ONU describía así el estado del mundo:
«Hemos comenzado 2023 en la boca del cañón de una confluencia de desafíos sin parangón en nuestras vidas. Las guerras siguen su curso. La crisis climática sigue ardiendo. La riqueza extrema y la pobreza extrema siguen desatadas. Divisiones geopolíticas descomunales socavan la solidaridad y la confianza mundiales. Este camino es un callejón sin salida. Necesitamos corregir el rumbo…» (United Nations, 2023)
Me pregunto cómo podría ser esa corrección de rumbo. ¿Y si, en lugar de pensar en problemas y amenazas, como nos ha enseñado la evolución a lo largo de toda la historia de la especie en este planeta, empezáramos a pensar de un modo más basado en las posibilidades? ¿Qué sería diferente? ¿Qué notaríamos que nos indicara que, como especie, nuestro pensamiento había evolucionado hasta el punto de considerar no solo las posibilidades que se abren ante nosotros, sino también las consecuencias de nuestros actos?
En este momento, la humanidad se está precipitando, y con ella al planeta, a una serie catastrófica de cambios que probablemente someterán a la Tierra y a muchas de sus criaturas —incluidos los seres humanos— a «la vida del hombre (ser), solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta» (Hobbes, 2008).
Esto es producto del comportamiento humano, pues, como dijo célebremente Edmund Burke,
«La historia consiste, en su mayor parte, en las miserias que han traído al mundo el orgullo, la ambición, la avaricia, la venganza, la lujuria, la sedición, la hipocresía, el celo desenfrenado y todo el séquito de los apetitos desordenados» (Burke, 1790, p. 116).
Homo sapiens sapiens (es decir, nosotros) ha evolucionado hasta ser una especie orientada a la amenaza. Jerry Fodor lo expresó bien cuando observó: «sin duda es importante prestar atención a lo eternamente bello y verdadero. Pero es más importante no ser devorado» (Fodor, 1985). Nuestro pensamiento ha estado fundamentalmente centrado en los problemas, y nuestro pasado de cazadores-recolectores nos enseñó a usar, desechar y seguir adelante cuando se agotaban los recursos locales para la existencia.
Douglas Rushkoff señala este proceso de destrucción en su libro Survival of the Richest. Cuando cinco de los hombres más ricos de la Tierra tomaron como referencia a Elon Musk colonizando Marte,
«a Peter Thiel invirtiendo el proceso de envejecimiento, o a Sam Altman y Ray Kurzweil cargando sus mentes en superordenadores, se estaban preparando para un futuro digital que tenía mucho menos que ver con hacer del mundo un lugar mejor que con trascender por completo la condición humana y aislarse de un peligro muy real y presente: el cambio climático, la subida del nivel del mar, las migraciones masivas, las pandemias mundiales, el pánico nativista y el agotamiento de los recursos. Para ellos, el futuro de la tecnología trata en realidad de una sola cosa: la huida.» (Rushkov, 2018)
Nuestros sistemas evolutivos, y uno en particular —el mecanismo de supervivencia—, han creado un conflicto cognitivo a medida que el cerebro se ha ido agrandando y evolucionando. He escrito y hablado de ello en otros lugares (Flatt, 2018, 2021, https://youtu.be/ TWZh7fEy1Hw; y he explorado cómo esto nos vuelve ansiosos (Flatt 2017). Los mecanismos de supervivencia nos han sido de gran utilidad durante millones de años, pero, a pesar de su flexibilidad y de sus cualidades epigenéticas, no han sido capaces de adaptarse a lo que probablemente sea la época de cambio más rápido en la actividad social y económica humana desde que los seres humanos adquirieron conciencia de sí mismos. Los últimos doscientos o trescientos años, quizá incluso solo los últimos treinta o cuarenta, han producido más cambio y más exigencia de flexibilidad humana que todo el resto del tiempo que el Homo sapiens ha pasado en el planeta. Y, sin embargo, lo que vemos en todo el mundo es un cierre de las mentes, un repliegue y una respuesta de amenaza amplificada frente al «otro». Como señalan Dyke y McKay (2023):
«Existe también la posibilidad de puntos de inflexión negativos en las sociedades humanas, que provoquen más inestabilidad financiera, desplazamientos, conflictos o polarización. (Esto) podría incluso provocar un giro hacia un sistema social caracterizado por un mayor autoritarismo, hostilidad y alienación, capaz de hacer descarrilar por completo las transiciones hacia la sostenibilidad.»
Hay muchas personas, y no pocas de ellas profesionales del enfoque centrado en soluciones en sus diversas funciones en todo el planeta, que piensan de otro modo y desean ver un enfoque del futuro más planificado y meditado, tanto en lo inmediato como en la perspectiva más amplia de las generaciones futuras. McKergow (2023) desarrolla en su blog la expresión, muy descriptiva, «acercar y alejar el zoom» e ilustra los beneficios de este enfoque multiperspectiva.
Yo lo llamo la cuarta r/evolución cognitiva. La primera revolución cognitiva fue una «explosión cultural entre hace 60 000 y 30 000 años, cuando aparecieron el primer arte, las tecnologías complejas y la religión. La segunda fue el surgimiento de la agricultura hace 10 000 años, cuando la gente empezó por primera vez a sembrar cultivos y a domesticar animales» (Mithen, 1996). La tercera fue relativamente reciente: la Ilustración de los siglos XVII y XVIII, que dio origen a las teorías seculares modernas de la psicología y de la ética propuestas por pensadores como John Locke y Thomas Hobbes, y a teorías políticas radicales (Duignan, 2024).
Es necesario encontrar una manera de ir más allá del enfoque orientado a la amenaza descrito más arriba por Rushkov (2018), una manera de proceder empleada por quienes tienen poder e influencia en los sectores político, económico e industrial de todo el mundo. Este poderoso grupo de personas utiliza el pensamiento de cazadores-recolectores para mantener sus propias posiciones, su poder o su riqueza, a menudo a expensas de aquellas personas sobre las que ejerce poder e influencia, y este grupo tiende a estar orientado a la amenaza y a la autoprotección. Está dispuesto a sacrificar poblaciones para intentar garantizar su propio futuro, centrándose en las amenazas contra sí mismo en lugar de en las posibilidades para los demás.
El necesario cambio de paradigma en el pensamiento debe producirse no solo en las profesiones de ayuda, sino en todas las disciplinas, especialmente en la política y la economía. El sistema económico actual se basa en el pensamiento de cazadores-recolectores y busca un crecimiento permanente para sobrevivir. A medida que se agotan los recursos del planeta, el crecimiento resulta cada vez más difícil de lograr, y este modelo empieza a fallar. Raworth (2017) cita a Todd Johnson, abogado estadounidense:
«Se trata de ampliar el poder económico de unos pocos a la mayoría y de cambiar la mentalidad de la indiferencia social al beneficio social.» (Raworth, 2017, p. 191)
En su libro Doughnut Economics, Raworth aporta abundantes pruebas claras de cómo las economías, tanto locales como mundiales, deben cambiar para integrar la sostenibilidad del planeta y de los seres humanos. Ofrece también una dirección clara sobre cómo debe evolucionar la economía hacia un modelo sostenible. Algunas empresas manufactureras están modificando sus procesos para contribuir a desarrollar formas más sostenibles de utilizar los materiales (Black, 2024). Green Dreamer ofrece muchos ejemplos excelentes del tipo de empresas que realizan este trabajo (Green Dreamer, 2023). Y Cormac Russell aporta numerosos ejemplos de comunidades que exploran nuevas formas de vida, más sostenibles, basadas en lo comunitario (Russell, 2020).
Sin embargo, cualquier progreso que se esté logrando actualmente (y es mucho) se ve socavado de manera sistemática por la tendencia divisiva del populismo en sus diversas formas, que explota la sensación de amenaza anclada en lo más profundo de la psique humana para volverse tribal y alienar al «otro». Hay muchas opiniones sobre la naturaleza y el impacto negativo del populismo en la población y en el planeta (aunque hay quienes piensan que el populismo puede ser algo positivo, por ejemplo Murray (2020), que escribe sobre cuestiones de la guerra cultural, y una gama de opiniones en el blog de la London School of Economics (2017).
Avanzar exige un cambio no solo en el pensamiento económico, sino también en el pensamiento político. La clase política ya no puede competir a título personal, nacional e internacional; tendrá que empezar a cooperar de manera significativa, lo que requiere un cambio de mentalidad hacia el pensamiento de las posibilidades, la mediación y la negociación, basado en una visión de los resultados más amplios para todas las personas, para luego ajustar esos resultados a los objetivos más limitados de una población local. Como ilustra Cormac Russell (2020), tomando prestada una expresión de Alfie Kohn (1986):
«La regla del consumismo, que promueve la competencia por encima de la cooperación, es esta: “Para que yo gane, tú tienes que perder”.» (loc 804)
Además, los sistemas democráticos actuales se basan en la cuestión cortoplacista de la reelección. Véase Ben Ansell (2023) y su Reith Lecture The Future of Democracy para observaciones sobre aquello en lo que se centra la clase política, que con demasiada frecuencia es su propia reelección dentro de dos años.
El cambio climático es un buen ejemplo de un ámbito en el que se requiere un pensamiento político radical: la mayor parte de la comunidad científica sigue pensando en limitar el aumento de la temperatura a 1,5 ℃, y la respuesta política es limitar las emisiones de carbono. Pero ¿es ese el objetivo final? Sin duda, una visión más sensata consistiría en preguntarse qué tipo de planeta queremos y luego considerar qué necesitamos hacer para lograrlo – por ejemplo, más energías renovables, la regeneración de los bosques, economías circulares, etc. Sin embargo, todo esto choca de frente con el pensamiento cortoplacista empleado en la política y la economía, que se basa en el modelo económico desarrollado por primera vez en la década de 1850, a veces llamado Econ 101, y que todavía se enseña hoy en todo el mundo (Raworth, 2017, p. 8). Este modelo depende del crecimiento y sostiene una economía que necesita cada vez más recursos para mantenerse: de vuelta a la economía de cazadores-recolectores.
La esencia de la r/evolución que propongo es lo que conocemos como práctica (SFP) y pensamiento centrados en soluciones, una habilidad que a la mayoría nos ha costado adquirir, sea cual sea la forma en que la practiquemos. La idea de hacer preguntas para lograr un resultado sigue siendo ajena a la mayoría de la gente. La postura habitual de la mayoría consiste en resolver el problema que tiene delante, en lugar de pensar más allá, hacia la visión más amplia de cómo sería el éxito. La diferencia radical es que quienes practican bien el enfoque centrado en soluciones adoptan una postura y consideran múltiples perspectivas de posibilidad. La prudente «analogía del bosque» de Mark McKergow ayuda a describirlo (McKergow, 2021, p. 82). Habla de las perspectivas distintas de tres personas (con mirada de artista, de survivalista y de especialista en botánica) que recorren un bosque y viven experiencias muy diferentes. Es una manera excelente de pensar a la vez en las perspectivas y en las posibilidades de interacción que ofrece el entorno.
Debo, sin embargo, formular aquí una advertencia muy poderosa que va a la raíz misma de la SFP. Sea cual sea la situación en la que nos encontremos como profesionales, aceptamos que no sabemos prácticamente nada de los antecedentes, los fundamentos, las razones de los comportamientos ni, de hecho, de las motivaciones con las que trabajamos, tanto si acercamos el zoom como si lo alejamos. Sócrates observó con acierto que «el único conocimiento del que estoy seguro es el de que no sé nada» (Fine, 2008). Esto es lo que obliga a quienes practican el enfoque centrado en soluciones a atenerse a las preguntas en las que se basa el modelo, en lugar de intentar erigirse en autoridad experta que adivina e interpretan acciones, palabras y motivaciones como parte de algún modelo psicológico subyacente elaborado a posteriori en un entorno académico de reflexión.
Para ilustrarlo, Stephen Mithen (1996) ha escrito sobre cientos de miles de años de desarrollo del cerebro humano en su libro The Prehistory of the Mind. Allí escribe, bajo el título «un nuevo papel para la conciencia»:
«Un rasgo crucial del paso a una mente cognitivamente fluida fue un cambio en la naturaleza de la conciencia. He seguido los argumentos de Nicholas Humphrey según los cuales la conciencia (reflexiva) evolucionó como un rasgo crucial de la inteligencia social: permitía a nuestros antepasados predecir los comportamientos de otros individuos. Pero, al igual que cualquier otro microdominio de la inteligencia social, la conciencia no era accesible al pensamiento en otros dominios cognitivos – no hay razón para esperar que los primeros humanos tuvieran conciencia de sus propios conocimientos y procesos de pensamiento relativos al mundo no social.» (Mithen, 1996, p. 266)
Esta afirmación tiene profundas consecuencias para el mundo social actual y merece que la desglosemos un poco. Mithen se refiere a trabajos que analizan la naturaleza de la vida en grupo y la razón del desarrollo de una capacidad que conocemos como «teoría de la mente», que Mithen describe como un módulo (Mithen, 1996, p. 76) utilizando la terminología de Cosmides y Tooby (1987). La teoría de la mente (ToM) es la capacidad de comprender que otras personas tienen estados mentales, como creencias, intenciones y emociones, que pueden ser diferentes de los propios. Es un concepto muy apreciado por quienes gustan de hablar de empatía y de la capacidad de empatizar con los demás.
Sin embargo, esa teoría de la mente refleja nuestro desarrollo, en términos evolutivos, en grupos pequeños (rara vez de más de 150 personas), capaces de almacenar una cantidad considerable de información sobre un número relativamente reducido de individuos de nuestro entorno. Esto funciona bien en pequeños grupos de cazadores-recolectores, pero ya no es funcional en el mundo moderno, donde nos encontramos con frecuencia con cientos y posiblemente miles de personas. También nos comunicamos con personas de las que sabemos poco o nada, y tendemos a utilizar la información almacenada en nuestro mecanismo de supervivencia para determinar nuestros comportamientos hacia los demás. Si esa información fuera específica de la persona con la que nos comunicamos en ese momento, la teoría de la mente funcionaría a la perfección. (Véase el célebre artículo de Thomas Nagel de 1974, What is it like to be a bat?, para la filosofía que subyace a esta idea.)
La realidad es que conocemos muy bien a muy pocas personas, que hoy en día a menudo no tenemos más de diez o veinte personas en nuestro círculo íntimo, pero que utilizamos nuestra propia experiencia para desarrollar esquemas y estereotipos que determinan nuestro comportamiento en casi todas las situaciones. Son atajos rápidos y burdos para no ser devorados y, así, seguir con vida.
Para la mayoría de la gente hoy en día, al menos en Gran Bretaña y en general en todo el mundo occidental, el grado de exposición a una amenaza existencial física es, por suerte, relativamente escaso. Como ha observado Stephen Pinker (2011),
«Aunque no lo crean, la violencia ha ido disminuyendo durante largos periodos de tiempo. Y hoy probablemente vivimos en la época más pacífica de la existencia de nuestra especie.»
A pesar de ello, los medios periodísticos siguen aferrados al célebre comentario de William Randolph Hearst sobre la información: si hay sangre, va en portada (Best, 2021). El mecanismo de supervivencia del ser humano es primitivo, se basa en el miedo y la evitación, y solo está vagamente conectado con nuestra conciencia. Nuestras acciones son a menudo instintivas, atacar o huir, basadas en el miedo al otro y en el deseo de buscar seguridad en el aquí y ahora. La naturaleza no nos ha dotado para pensar muy bien en el futuro. En gran parte del tiempo dedicado al trabajo clínico de cualquier tipo, en particular en psicología, el pasado es en gran medida el foco de cualquier trabajo con las personas.
Además, la historiografía nos dice que debemos aprender del pasado, aunque no está nada claro qué puede decirnos el pasado sobre la situación actual, ya que es la primera vez en la historia de la humanidad que no podemos resolver nuestros problemas actuales expandiéndonos y desplazándonos hacia un nuevo territorio.
Ya no podemos mantener este tipo de pensamiento retrospectivo, orientado a la amenaza y temeroso del otro, que ha dominado nuestra existencia en el planeta desde que desarrollamos la conciencia de nosotros mismos.
Entonces, ¿cuál es la alternativa? Hoy existen miles de organizaciones que miran hacia delante y trabajan dentro de un paradigma centrado en el futuro, aunque muy pocas tienen un nivel de influencia significativo sobre gobiernos, grandes empresas o naciones. Hay muchas visiones del futuro, algunas apocalípticas, otras esperanzadoras, algunas incluso alcanzables, pero a todos estos enfoques les falta un ingrediente fundamental: casi todos siguen suponiendo que tendremos un sistema económico y político similar, basado en un estilo de pensamiento y en unos medios de intercambio que requieren un crecimiento y un beneficio constantes. Por desgracia, el crecimiento constante no es posible en un sistema finito.
Para cambiar nuestros sistemas políticos y económicos de la manera radical necesaria, tenemos que empezar a pensar y a comportarnos de otro modo, a vernos a nosotros mismos y a todas las demás especies del planeta de una manera radicalmente distinta. Seguimos creando y desarrollando tecnologías que se aplican a través de la lente de cazadores-recolectores. Si queremos avanzar hacia un futuro de seguridad, cooperación, colaboración y conexión, no es la tecnología lo que tenemos que cambiar, sino a nosotros mismos. Esta podría ser muy bien la transición más difícil que los seres humanos hayan tenido que hacer jamás. Será necesario reconocer y superar nuestra naturaleza más bien paranoica y orientada a la amenaza, y empezar a mirar el mundo a través de la lente de la posibilidad, a través de la lente del pensamiento centrado en soluciones. Como describe James Martin (2007) en The meaning of the 21st Century:
«A comienzos del siglo XXI, la humanidad se encuentra en un rumbo insostenible – un rumbo que, a menos que se modifique, conducirá a catástrofes de consecuencias pavorosas. Al mismo tiempo, estamos liberando nuevas capacidades formidables que podrían conducir a vidas mucho más apasionantes y a civilizaciones gloriosas. Este podría ser el último siglo de la humanidad, o podría ser el siglo en el que la civilización zarpe hacia un futuro mucho más espectacular.» (p. 4)
Ese «futuro espectacular» no lo impulsará un pensamiento centrado en los problemas, orientado a la amenaza y propio de cazadores-recolectores, ni la resolución de los problemas que tenemos inmediatamente delante, sino que requerirá una revolución en nuestra forma de pensar. Esa revolución, la cuarta r/evolución cognitiva, exige un cambio enorme en la manera en que percibimos el mundo, nos percibimos a nosotros mismos y pensamos el futuro.
Un ejemplo muy sencillo de cómo el progreso tecnológico se nos escapa de las manos es el de la inteligencia artificial (IA). Estas herramientas fantásticas no tienen un propósito ni una motivación intrínsecos; la manera en que se usan depende por completo de los usos que los seres humanos les den. Un martillo es un trozo de metal perfectamente inofensivo, útil para clavar clavos, hasta que se vuelve contra otra criatura. La IA es perfectamente inofensiva, hasta que cae en manos de alguien con malas intenciones. Utilizada por procesos de pensamiento de cazadores-recolectores, la IA se vuelve peligrosa. Utilícese la IA de una manera centrada en las posibilidades y esperanzada, y podría producir milagros.
La mente humana se encuentra en la misma situación. Podemos seguir utilizando nuestro enfoque de cazadores-recolectores orientado a la amenaza, y destruirnos lentamente a nosotros mismos y al planeta; o podemos elegir la alternativa. Mi temor es que, para muchas personas que ocupan posiciones de poder en todo el planeta, esta alternativa sea demasiado ajena y exija renunciar a demasiado control como para que ocurra en esta generación. Aun así, debemos trabajar por un futuro sostenible, más seguro y más cooperativo, no para nosotros, sino para nuestros hijos e hijas y para sus descendientes. Considero que desarrollar una mentalidad que busque soluciones y esté centrada en el futuro, diametralmente opuesta a aquella con la que evolucionamos, es el modo en que lo lograremos.
Quizá una pequeña señal sería dar más publicidad al trabajo exitoso que ya se está haciendo, en lugar de crear miedo publicando solo lo que sangra. En otras palabras, prestar atención a lo que funciona, en lugar de a lo que no funciona. Queda una montaña de trabajo por hacer para ayudarnos a pensar con más claridad sobre nosotros mismos y sobre el mundo de posibilidades que nos rodea, en lugar de sobre la amenaza o el problema que tenemos inmediatamente delante. No perdamos más tiempo.
Recibido el 2 de noviembre de 2023, aceptado el 24 de octubre de 2024.
Complexe Systémique: puntos clave
Más un alegato que una demostración, y el autor lo asume: la práctica centrada en soluciones se convierte aquí en una antropología, la salida del cerebro cazador-recolector, lo que invita a objetar que nadie sale de su especie mediante una técnica de entrevista. Lo que hace que merezca la pena leerlo está en dos pasajes. Primero, la «advertencia muy poderosa», que devuelve el gran fresco a la escala de la consulta: no sabemos casi nada de las personas a las que ayudamos, y por eso nos atenemos a las preguntas. Después, la crítica de la teoría de la mente, calibrada para ciento cincuenta rostros e inoperante ante miles de desconocidos, de ahí los estereotipos como atajos de supervivencia. Para profesionales de orientación sistémica, un eco directo de Bateson y de la ecología de la mente. Para leer junto con Cambiar nuestra manera de pensar el cambio, el SFBT 2.0 de McKergow y Colmar y Sing sobre el cerebro.
Referencias
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Traducción no oficial al español de The Fourth Cognitive R/Evolution, de Steve Flatt, publicado en Journal of Solution Focused Practices, vol. 8, n.º 2 (2024), doi: 10.59874/001c.125337, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en los términos de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por el autor ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores; prevalece la versión original.
Traducción no oficial al español del artículo original «The Fourth Cognitive R/Evolution», publicado en Journal of Solution Focused Practices (2024) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto del autor se ha traducido íntegramente y solo se ha adaptado la presentación para su lectura en línea, como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Flatt, S. (2024). The Fourth Cognitive R/Evolution. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/the-fourth-cognitive-r-evolution (Obra original publicada en 2024 en Journal of Solution Focused Practices, vol. 8, n.º 2 (2024); republicada en 2024 por Journal of Solution Focused Practices, https://journalsfp.org/article/125337)
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