Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Death Studies · Familia
El duelo suele estudiarse persona por persona. Un equipo de la Universidad Curtin, en Australia, solo conservó los estudios que escuchan al menos a dos miembros de una misma familia: veintinueve en total. Surgen cuatro ejes: la comunicación y la cohesión, la influencia de las personas cuidadoras en la infancia, la redistribución de los roles y el peso de la cultura y de las expectativas de género.
Traducción no oficial al español de Family dynamics and the grieving process: A systematic review and narrative synthesis, de Donna Levin, Molly Quartermaine, Andrea Gavshon, Christopher Sealey y Lauren J. Breen, publicado en Death Studies (Taylor & Francis) (2026), doi: 10.1080/07481187.2026.2693950, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para la lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. La tabla se presenta en forma de lista. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Sin este cambio, seguiremos descuidando el contexto en el que se produce la mayor parte del duelo: la familia.
Donna Levin, Molly Quartermaine, Andrea Gavshon, Christopher Sealey y Lauren J. Breen
Resumen
El duelo suele concebirse como un proceso individual; sin embargo, se desarrolla en el seno de las familias y está moldeado por sus dinámicas. Realizamos una revisión sistemática para sintetizar la evidencia sobre la manera en que las dinámicas familiares influyen en las respuestas de duelo. Se llevó a cabo una revisión prerregistrada (registro PROSPERO: CRD420251061451) conforme a las directrices PRISMA. Se consultaron cuatro bases de datos (CINAHL, Scopus, PsycINFO, Medline) y literatura gris para identificar estudios que aportaran datos originales, incluyeran a dos o más miembros de varias familias y se centraran en el duelo posterior a la muerte; la última búsqueda, en junio de 2025, arrojó 7806 registros. Veintinueve estudios cumplieron los criterios de inclusión y se evaluó su calidad metodológica. Los resultados se sintetizaron de forma narrativa en cuatro temas: comunicación y cohesión, influencia de las personas cuidadoras en la adaptación de niñas y niños, roles y reorganización, e influencias culturales y sociales. La evidencia se vio limitada por el uso de medidas de autoinforme, datos retrospectivos y diseños transversales. Los resultados sugieren que abordar las dinámicas familiares en la práctica clínica, los programas comunitarios y las políticas públicas puede favorecer una adaptación más saludable tras la pérdida.
La muerte de un miembro de la familia es uno de los acontecimientos vitales más angustiantes y suele asociarse a respuestas emocionales, cognitivas, conductuales y físicas complejas (Shear, 2012). Aunque las personas en duelo experimentan con frecuencia tristeza, dificultades de concentración, retraimiento social, fatiga o alteraciones de sus rutinas cotidianas (Benkel et al., 2024; Kaplow et al., 2013), la mayoría logra integrar la pérdida con el tiempo. En una minoría, el anhelo persistente, intenso e incesante, la dificultad para aceptar la muerte, la sensación de sinsentido y un dolor emocional intenso siguen afectando al bienestar y al funcionamiento diario, y pueden conducir a un diagnóstico de trastorno de duelo prolongado ([TDP]; Eisma, 2023). Los síntomas del TDP también se asocian a deterioro funcional y a conductas suicidas (Maccallum et al., 2025).
El duelo suele considerarse un camino personal, pero por lo general se vive en un contexto familiar, en el que las dinámicas familiares influyen en la manera en que cada persona experimenta y expresa la pérdida (Breen et al., 2019). Las dinámicas familiares son los patrones de interacción entre los miembros de la familia, que incluyen la comunicación, los roles, las relaciones y los vínculos emocionales (Jabbari et al., 2023). La mayoría de los modelos contemporáneos del duelo minimizan las formas en que las dinámicas familiares favorecen o dificultan el proceso de duelo de cada persona. Por ejemplo, el modelo de proceso dual del duelo, desarrollado por Stroebe y Schut (1999), explica que las personas se adaptan oscilando entre el afrontamiento de los estresores orientados a la pérdida, que implican las emociones y la confrontación con la muerte, y el afrontamiento de los estresores orientados al restablecimiento, que supone adaptarse a los cambios vitales posteriores a la pérdida. Stroebe y Schut (2015) ampliaron más tarde el modelo para reconocer el papel de las dinámicas familiares, al señalar que algunas familias aceptaban colectivamente la pérdida, compartían el dolor del duelo y se adaptaban juntas a la vida sin la persona fallecida.
Las teorías de los sistemas familiares subrayan que no se puede comprender a una persona aislándola de su familia, sobre todo durante cambios significativos como el duelo (Walsh & McGoldrick, 2004). A modo de ejemplo, Kissane et al. (1996) realizaron un análisis de conglomerados longitudinal con 115 cónyuges y 152 hijos e hijas cuyo familiar había fallecido en cuidados paliativos. El equipo de investigación los encuestó a las 6 semanas, a los 6 meses y a los 13 meses del fallecimiento e identificó tipologías familiares diferenciadas: de apoyo, resolutivas del conflicto, intermedias, hoscas y hostiles. Las familias de apoyo fomentan la comunicación abierta y la expresión emocional, y ofrecen a sus miembros espacios seguros para expresar el duelo. Las familias resolutivas del conflicto pueden vivir conflictos interpersonales, pero los gestionan de un modo que proporciona apoyo emocional y previene el malestar. Las familias intermedias se caracterizan por una cohesión, una conflictividad y una expresión emocional moderadas, y por una comunicación irregular. Las familias hoscas pueden evitar las conversaciones y mostrar una baja expresión emocional, lo que aumenta el riesgo de aislamiento y de problemas de salud mental. Las familias hostiles se describen por una baja cohesión, una conflictividad elevada y una expresión deficiente, que a menudo implica culpabilización, ira y retraimiento.
Walsh (2003) identificó tres ámbitos que influyen en la manera en que las familias afrontan la pérdida: los sistemas de creencias compartidas, la comunicación y los patrones organizativos. Estos sistemas de creencias compartidas promueven esfuerzos colectivos para hacer frente a la adversidad mediante la construcción de sentido, los rituales, las creencias espirituales y la esperanza; mejoran el funcionamiento familiar, y fomentan acciones coordinadas que sostienen la adaptación a la pérdida, como la flexibilidad de roles y el reparto de responsabilidades (Morais et al., 2024; Walsh, 2003). Barboza y Seedall (2023) mostraron que la adaptación era mayor cuando las familias se implicaban en una construcción de sentido compartida, por ejemplo mediante relatos colectivos y percepciones compartidas de la pérdida, que se asociaban a niveles más bajos de duelo, depresión y síntomas de estrés postraumático. Cuando las familias daban sentido colectivamente a la muerte, sus relaciones se fortalecían, lo que sostenía la adaptación a la pérdida.
Existe una serie de análisis de casos pioneros, centrados principalmente en parejas en duelo, que tienden con maestría un puente entre la teoría del duelo y la teoría familiar. Hooghe et al. (2011) describieron a una pareja en duelo, Hilde y Koen, inmersa en una comunicación compleja, que oscilaba entre la apertura y el silencio protector para equilibrar el afrontamiento personal con la sensibilidad hacia el duelo de la otra persona, mientras atravesaban el profundo sentimiento de pérdida tras la muerte de su hijo Jasper, de 13 años, por un cáncer cerebral. Hooghe et al. (2012) ofrecieron un estudio de caso detallado de Els y Gunter, enfrentados a la muerte de su hija de 6 meses por leucemia. En esta pareja, la experiencia tenía un núcleo emocional de tristeza que exigía un «ciclo» dinámico de cercanía y distancia para regular las emociones, tanto individualmente como en pareja. Barboza et al. (2022) describieron a una pareja, Trey y Keisha, que afrontaba las repercusiones de la muerte súbita de la hermana de Trey, seguida apenas un mes después de un aborto espontáneo. En el análisis, la autoría describe la búsqueda de sentido individual y compartido de la pareja e ilustra la coconstrucción de sentido dentro de la díada en duelo. En los tres casos, la autoría mostró las formas en que cada persona vivía su duelo, así como la naturaleza relacional y dinámica del duelo dentro de la díada.
Pese a esta evidencia creciente del duelo relacional, buena parte de la investigación que dice estudiar las experiencias familiares del duelo se basa en datos de un solo miembro de la familia, aunque ello pase por alto las dinámicas relacionales inherentes a la experiencia del duelo y oculte diferencias importantes entre las experiencias, las interacciones y las estrategias de afrontamiento de los miembros (Breen et al., 2019). Una revisión sistemática anterior (Delalibera et al., 2015) examinó las dinámicas familiares y el proceso de duelo. Sin embargo, esa revisión carecía de una metodología rigurosa y se limita a literatura antigua (1981-2013), lo que reduce su aplicabilidad a la práctica (Dale & Logsdon, 2022). Con el reconocimiento creciente de que el duelo es «a family affair», un asunto de familia (Lenferink & O’Connor, 2023, p. 7428), nos propusimos recopilar y sintetizar sistemáticamente la base de evidencia para comprender cómo las dinámicas familiares (p. ej., comunicación, cohesión, roles) influyen en el duelo tras una pérdida, e identificar posibles lagunas en esa base de evidencia. En concreto, nos centramos en estudios que incluyen al menos a dos miembros por familia, para responder a una limitación señalada en la investigación, en la que se considera aceptable que los datos de un solo miembro de la familia den cuenta de las opiniones y experiencias de varios miembros (véase Breen et al., 2019), captando así el duelo como un proceso relacional y sistémico, y evaluamos la calidad y el rigor metodológicos de los estudios incluidos.
Prerregistramos esta revisión sistemática en el Registro Prospectivo Internacional de Revisiones Sistemáticas (https://www.crd.york.ac.uk/PROSPERO/view/CRD420251061451) para reforzar la transparencia, reducir la duplicación y mejorar la credibilidad (Booth et al., 2012). La revisión se realizó conforme a la declaración PRISMA 2020 (Preferred Reporting Items for Systematic Reviews and Meta-Analyses; Page et al., 2021). La pregunta de investigación se basó en el marco SPIDER (Sample, Phenomenon of Interest, Design, Evaluation, and Research type; Methley et al., 2014; véase la tabla complementaria 1). Se adoptó un análisis de síntesis narrativa (Popay et al., 2006) debido a la heterogeneidad de la base de evidencia.
Los estudios eran elegibles si (a) aportaban datos empíricos originales sobre las dinámicas familiares y el duelo; (b) incluían datos de al menos dos miembros de varias familias por cada muerte notificada (para contrarrestar la investigación que recoge datos de un solo miembro de la familia como sustituto de varios miembros); (c) abordaban el duelo tras una muerte, y (d) se habían publicado en revistas con revisión por pares o como literatura gris (p. ej., tesis de máster o doctorales). No se aplicaron límites de fecha, a fin de garantizar una cobertura exhaustiva. Se excluyeron los estudios que (a) no estaban escritos en inglés; (b) no daban acceso al texto completo; (c) examinaban pérdidas distintas de la muerte, o (d) incluían datos de una sola persona por familia o de un número variable de miembros de la familia (p. ej., de uno o más miembros), o no indicaban explícitamente si los datos se habían recogido de dos o más miembros de la misma familia. Las dinámicas familiares se definieron como patrones de interacción dentro de las familias (Jabbari et al., 2023), con el fin de abarcar aspectos diversos como la comunicación, la cohesión y el conflicto.
Una exploración preliminar permitió asegurar que las palabras clave captaran una variedad de estudios pertinentes para el tema. Para minimizar el posible sesgo de publicación, se consultaron cuatro bases de datos con palabras clave amplias y diseños de estudio diversos. Las lecturas preliminares y los operadores booleanos orientaron la cadena de búsqueda final: (grief OR bereave* OR mourning OR complicated grief OR prolonged grief disorder OR bereavement process) AND (family functioning OR family dynamic* OR dysfunctional famil* OR family conflict OR family system* OR family coping OR family support). El 4 de junio de 2025 se completó la búsqueda sistemática final en las bases de datos CINAHL, Scopus, PsycINFO y Medline (véase un ejemplo en la tabla complementaria 2).
Cargamos todos los registros en Covidence, una herramienta en línea de gestión de registros que ayudó a nuestro equipo de revisión mediante la eliminación automática de duplicados y en los procesos colaborativos de cribado de estudios y extracción de datos, así como en los requisitos de notificación de los estándares de calidad PRISMA. Las versiones recientes de Covidence utilizan algunas funciones de aprendizaje automático, pero el programa exige que el equipo de investigación decida la inclusión o exclusión de todos y cada uno de los estudios. En el cribado por título y resumen, la primera autora examinó 7806 registros. Para garantizar la fiabilidad, un 20 % (n = 1,583) fue cribado por duplicado por una persona revisora independiente (M.Q.). Esta proporción respondía a la práctica recomendada (10-20 %) para equilibrar viabilidad y rigor (Veritas Health Innovation, 2024). En el cribado a texto completo se evaluó la elegibilidad de 183 artículos. Aunque las directrices sugieren un cribado independiente de aproximadamente el 20 % de los registros (Polanin et al., 2019), A.G. cribó de forma independiente el 90 % (n = 166) para reforzar el rigor metodológico.
La fiabilidad interevaluadores se evaluó con el kappa de Cohen (McHugh, 2012). El cribado por título y resumen arrojó un κ = .27 (acuerdo aceptable) y el cribado a texto completo un κ = .53 (acuerdo moderado). Pese a estos valores, el acuerdo bruto era elevado (.92 y .89, respectivamente), lo que ilustra la paradoja del kappa, en la que un acuerdo global alto puede quedar enmascarado por una proporción elevada de decisiones de «excluir» (Derksen et al., 2024).
Tras la evaluación independiente de los artículos en cada etapa, el equipo de investigación se reunió para discutir la aplicación de los criterios de inclusión y exclusión. Como algunas personas del equipo se iniciaban en la investigación, hubo casos en los que la revisión fue excesivamente conservadora (p. ej., se incluyeron para la revisión a texto completo artículos que deberían haberse excluido en la etapa de título y resumen), lo que redujo el kappa, pero el proceso no excluyó estudios que deberían haberse incluido. Además, el número de motivos para excluir un estudio también afectó al kappa en la etapa de revisión a texto completo. Por ejemplo, si una persona del equipo excluía un estudio porque no incluía al menos a dos miembros de la misma familia y otra lo excluía porque el estudio no trataba sobre el duelo, la decisión de excluirlo era correcta, pero Covidence la codificaba como un acuerdo incongruente. Estos desacuerdos entre las personas revisoras, en ambas etapas, se resolvieron mediante discusión hasta alcanzar el consenso. La revisión intermedia de los artículos seleccionados (n = 26) por una persona experta externa llevó al equipo a revisar y afinar su selección de artículos: tres artículos excluidos inicialmente en la etapa de revisión a texto completo se incluyeron después en el análisis final (es decir, 29 estudios). Estas discusiones sobre el proceso resultaron fructíferas para el desarrollo de competencias y probablemente mejoraron nuestra aplicación de los criterios de inclusión y exclusión en el resto de los estudios.
Extrajimos los datos mediante una matriz predeterminada que incluía autoría, diseño, características de la muestra, contexto de reclutamiento, estrategias de recogida y análisis de datos, y resultados.
La calidad metodológica se evaluó con el Quality Appraisal for Diverse Studies (QuADS; Harrison et al., 2021), elegido por su idoneidad para valorar diseños de estudio heterogéneos. El QuADS consta de 13 criterios (p. ej., claridad de los objetivos de investigación), cada uno puntuado de 0 (no abordado) a 3 (explícito y detallado), lo que da una puntuación total de 0 a 39 que se convierte en porcentaje (Harrison et al., 2021). La primera autora evaluó los 29 estudios incluidos (véase la tabla complementaria 3), y un 20 % elegido al azar (n = 6) fue puntuado por una segunda persona revisora (A.G.). El acuerdo interevaluadores fue aceptable (κ = .27). Las diferencias se discutieron hasta llegar al consenso. Ningún estudio se excluyó por su calidad; no obstante, la tuvimos en cuenta al interpretar los resultados.
Se realizó una síntesis narrativa (Popay et al., 2006) debido a la heterogeneidad de los estudios seleccionados. La matriz de extracción de datos descrita más arriba sirvió de base para la síntesis, siguiendo el enfoque expuesto por Ryan y el Cochrane Consumers and Communication Review Group (Ryan & Cochrane 2013). La primera autora llevó a cabo una síntesis preliminar de los resultados de los estudios. Estos resultados, referidos a distintas poblaciones, contextos y roles familiares, incluidas las influencias culturales y relacionales, se codificaron según las ideas comunes dentro de cada estudio y entre estudios, lo que permitió agrupar datos relacionados e identificar temas de orden superior. A lo largo de este proceso, los temas se fueron afinando para abarcar el alcance de los datos. Por ejemplo, el tema denominado inicialmente Comunicación pasó a llamarse Comunicación y cohesión para reflejar mejor la naturaleza interconectada del diálogo y la cercanía relacional dentro de las familias. Para optimizar la interpretación de los estudios, los temas se discutieron y revisaron dentro del equipo de investigación, de acuerdo con las recomendaciones para el análisis colaborativo, a fin de garantizar la coherencia temática y mitigar el sesgo (Thomas & Harden, 2008).
Tras eliminar los duplicados, se identificaron 7806 artículos. Durante el cribado por título y resumen se excluyeron 7623 artículos por no ser pertinentes (p. ej., centrados en el periodo previo a la muerte o en pérdidas distintas de la muerte, como el divorcio o la recepción de un diagnóstico), lo que dejó 183 artículos para la revisión a texto completo. De ellos, se excluyeron 154 estudios por: no examinar las dinámicas familiares; no aportar datos empíricos originales de al menos dos miembros de varias familias (p. ej., revisiones, comentarios o artículos teóricos); recoger datos de un solo miembro de la familia o de un número variable (p. ej., uno o más miembros de la familia) por persona fallecida; no indicar explícitamente si los datos se habían recogido de dos o más miembros de la misma familia, y centrarse en otros tipos de pérdida (p. ej., divorcio, enfermedad crónica). Cinco estudios resultaron inaccesibles a texto completo pese a las búsquedas en bases de datos e institucionales, lo que impidió una valoración adecuada y la extracción de los datos pertinentes. Un estudio se excluyó por no estar disponible en inglés. Quedaron así 26 estudios para la extracción y el análisis de datos (figura 1).

Los 29 estudios incluidos (tabla 1) tenían diseños transversales (n = 18) y longitudinales (n = 8), o eran ensayos de intervención (n = 3). En cuanto al tipo de datos primarios, 18 eran cualitativos y 11 cuantitativos. Las personas participantes se reclutaron en entornos diversos, como registros de defunciones, programas comunitarios de cuidados paliativos, redes de apoyo en línea, redes sociales e intervenciones hospitalarias, lo que amplía la generalizabilidad de los resultados. En el conjunto de los estudios se utilizaron varias medidas validadas para evaluar las dinámicas familiares y el duelo, complementadas con entrevistas y cuestionarios propios de cada estudio. Las edades iban de la primera infancia a la vejez; sin embargo, no fue posible determinar rangos de edad precisos, ya que algunos estudios solo indicaban la edad media de las personas participantes. Entre las personas participantes figuraban madres y padres, hijos e hijas, hermanos y hermanas, parejas y abuelos y abuelas en duelo por causas como enfermedad, suicidio o accidente. Los diseños y las muestras iban desde estudios cualitativos con tres miembros de una misma fratría hasta grandes ensayos controlados aleatorizados con 620 miembros de 170 familias. La mayoría de los estudios se realizaron en contextos occidentales, sobre todo en Estados Unidos, Suecia y el Reino Unido; solo un estudio procedía de un contexto no occidental (la India) y dos se centraban en grupos minoritarios dentro de un país de predominio occidental (familias mexicano-estadounidenses e hispanas en Estados Unidos).
Tabla 1 — Resumen de los estudios que examinan la relación entre las dinámicas familiares y el proceso de duelo.
Las puntuaciones QuADS oscilaron entre el 64,10 % y el 94,87 % (M = 82,40 %, SD = 8.52; tabla 1), lo que indica un rigor metodológico generalmente sólido en el conjunto de las muestras. A los estudios con puntuaciones de calidad más bajas les faltaban a menudo objetivos claramente definidos, detalles sobre el reclutamiento, la implicación de las partes interesadas y una exposición transparente de sus fortalezas y limitaciones. El riesgo de sesgo se consideró de forma narrativa, y las conclusiones globales se mantuvieron coherentes al incluir los estudios de menor calidad, lo que sugiere que la calidad metodológica no afectó sustancialmente a los resultados de la síntesis.
Identificamos cuatro temas que recogen la influencia de las dinámicas familiares en los procesos de duelo: comunicación y cohesión, influencia de las personas cuidadoras en la adaptación de niñas y niños, roles y reorganización, e influencias culturales y sociales.
En 18 estudios, la comunicación abierta se describió como una de las formas más eficaces de afrontar el duelo en familia (Angelhoff et al., 2021; Ayers et al., 2014; Barboza et al., 2025; Barboza & Seedall, 2025; Bartel, 2020; Cerel et al., 2000; Cutrer-Párraga et al., 2022; Fletcher, 2002; Foster et al., 2012; Garcia et al., 2023; Howard Sharp et al., 2020; Kaplow et al., 2013; Kenney et al., 2022; Kissane et al., 2016; Lindqvist et al., 2008; Randall et al., 2022; Weber Falk et al., 2022; Weber et al., 2019). Compartir los sentimientos facilitaba la comprensión mutua y reducía el conflicto, lo que favorecía relaciones más sólidas y una adaptación más fácil a la pérdida (Barboza et al., 2025; Barboza & Seedall, 2025; Bartel, 2020, Fletcher, 2002; Weber et al., 2019). Por ejemplo, la comunicación abierta y la creación de nuevos rituales familiares y prácticas de recuerdo ayudaban a la rememoración, a los vínculos continuos y a la construcción de sentido (Bartel, 2020). En cambio, las familias cuyos miembros limitaban la expresión emocional y se retiraban de la conversación tenían más probabilidades de referir dificultades para elaborar el duelo (Angelhoff et al., 2021; Fletcher, 2002). Cuando el duelo no se verbalizaba, los miembros de la familia tendían a interiorizar sus emociones en lugar de expresarlas y elaborarlas juntos, lo que aumentaba la vulnerabilidad al malestar psicológico y al TDP (Angelhoff et al., 2021; Kaplow et al., 2013). Los y las menores en duelo por la muerte de un progenitor decían afrontar mejor la pérdida cuando las emociones, los recuerdos y la información se compartían de forma abierta y sincera en la familia (Kenney et al., 2022).
Los miembros de la familia vivieron una comunicación variable tras la pérdida. En un estudio, el 19% de las madres, el 17% de los padres y el 23% de los hermanos y hermanas refirieron más apertura y cercanía después de la muerte, con expresiones como «hablamos más» y «estamos más pendientes unos de otros» (Foster et al., 2012, p. 348). En cambio, un número menor de miembros de la familia (el 3% de las madres, el 4% de los padres y el 8% de los hijos e hijas) describió un aumento de la distancia o del conflicto; un niño o una niña señaló, tras la pérdida: «mis padres se separaron» (Foster et al., 2012, p. 351). Angelhoff et al. (2021) observaron que la cohesión familiar se debilitaba a medida que disminuía la comunicación. Las valoraciones adolescentes de la comunicación con sus progenitores reflejaban este patrón: las puntuaciones de comunicación abierta descendían con el tiempo transcurrido desde la pérdida (Angelhoff et al., 2021). Madres y padres señalaron además que la comunicación era a menudo más abierta con las hijas que con los hijos, lo que sugiere que los patrones de diálogo marcados por el género también pueden moldear la cohesión (Angelhoff et al., 2021). En el duelo por suicidio, en el que la vergüenza y el secreto son frecuentes, la comunicación dentro de la familia resultaba difícil y las redes de apoyo eran limitadas (Cerel et al., 2000; Cutrer-Párraga et al., 2022; Lindqvist et al., 2008).
Había indicios de que algunos miembros de la familia inhibían las conversaciones abiertas para protegerse mutuamente de un sufrimiento mayor, creando lo que Kenney et al. (2022) denominaron una «conspiración del silencio» (p. 236). Adolescentes también podían contener sus sentimientos para proteger a sus progenitores. Como explicaba una de estas personas: «No creo que pueda decirle a mi madre lo que siento de verdad sobre algunas cosas» (Howard Sharp et al., 2020, p. 1086). Por el contrario, las familias que escuchaban, respondían con claridad y reconocían los sentimientos de cada cual mantenían vínculos más fuertes (Howard Sharp et al., 2020). Las parejas que compartían historias y humor ganaban en comprensión (Randall et al., 2022). Se demostró que los programas que fomentan la comunicación abierta, la expresión emocional y la resolución colaborativa de problemas reducen el conflicto, sostienen el bienestar emocional y mejoran el funcionamiento familiar, y ayudan a las familias a atravesar el duelo juntas y no aisladamente (Ayers et al., 2014; Kissane et al., 2016; Weber Falk et al., 2022).
En 10 estudios, la adaptación de niñas y niños a la pérdida se relacionó sistemáticamente con la calidez, la expresión emocional, la implicación y la cercanía de las personas cuidadoras (Angelhoff et al., 2021; Ayers et al., 2014; Boelen & Spuij, 2024; Foster et al., 2012; Garcia et al., 2023; Gilmer et al., 2012; Holmgren, 2021; Howard Sharp et al., 2020; Kissane et al., 2016; Weber Falk et al., 2022). El malestar se asociaba a dinámicas familiares negativas caracterizadas por poca calidez, un mayor control parental y síntomas internalizantes y externalizantes elevados (Ayers et al., 2014; Howard Sharp et al., 2020).
Los padres viudos adoptaban a menudo un estilo de crianza práctico, centrado en las tareas, tras la muerte de su pareja, y daban prioridad a las rutinas y las responsabilidades frente a la expresión emocional (Holmgren, 2021). Convertirse en únicos cuidadores y responsables de las decisiones conllevaba un fuerte sentimiento de responsabilidad. Un padre lo explicaba así:
Disfrutaba muchísimo de mi trabajo, pero también era muy absorbente y no encajaba para nada con criar solo. Así que ha sido un cambio enorme simplemente dejar ese trabajo y luego… bueno, ahora estoy sobre todo para los niños, y eso ha sido un gran cambio. (Holmgren, 2021, p. 135)
Aunque un cambio de empleo permitía a los padres ofrecer estabilidad a sus hijos e hijas, también suponía que a veces descuidaran sus propias necesidades, como explicaba uno de ellos: «Me he convertido en una especie de “aparato práctico” y entonces me siento solo» (Holmgren, 2021, p. 132).
Niñas y niños solían percibir cambios emocionales que sus propios progenitores no reconocían. En el estudio de Gilmer et al. (2012) sobre familias en duelo por la muerte de un hijo o hija por cáncer, aproximadamente un tercio de los hermanos y hermanas (31%) describía a sus progenitores como tristes y decía haberlos visto llorar. Sin embargo, pocas madres y pocos padres referían tristeza, lo que indica una discrepancia entre el autoinforme parental y la percepción de los hijos e hijas. Gilmer et al. (2012) señalaron también que «las madres y los padres en duelo han referido más estrés parental que los controles, y la fratría en duelo ha referido menos comunicación, disponibilidad y apoyo por parte de los progenitores tras la muerte» (p. 573). Del mismo modo, Foster et al. (2012) constataron que, cuando los progenitores estaban absorbidos por su propio duelo, la fratría a menudo «recibía un apoyo y una comunicación limitados» (p. 348), lo que la dejaba triste, retraída o insegura.
Los programas se consideraron beneficiosos para mejorar la influencia de las personas cuidadoras en la adaptación infantil a la pérdida. Se comprobó que el Family Bereavement Program reducía la depresión parental, mejoraba el afrontamiento, reforzaba la disciplina y mejoraba la relación entre la persona cuidadora y el o la menor, lo que se traducía en mejoras duraderas de la adaptación infantil (Ayers et al., 2014). Además, la Family-Focused Grief Therapy se dirigía directamente a la salud psicológica de las personas cuidadoras en familias de alto riesgo y reducía la prevalencia del TDP al 3,3 %, frente al 15,5 % en la atención habitual (Kissane et al., 2016). De forma similar, la Grief and Communication Family Support Intervention recurría a la psicoeducación y a la resolución de problemas para mejorar la comunicación parental y la autoestima y reducir la ansiedad, cambios que se asociaban a una disminución de las dificultades conductuales infantiles (Weber Falk et al., 2022). Sin embargo, no toda la evidencia mostraba una asociación clara entre las personas cuidadoras y la adaptación infantil a la pérdida. En un estudio con 159 menores en duelo y sus personas cuidadoras, quienes referían más calidez/implicación por parte de su madre referían también más síntomas de duelo prolongado, mientras que quienes referían más calidez/implicación por parte de su padre referían menos síntomas de duelo prolongado (Boelen & Spuij, 2024).
En 14 estudios se mostró que la pérdida influía en los roles familiares (Albuquerque et al., 2017; Barboza et al., 2025; Barboza & Seedall, 2025; Black & Santanello, 2012; Campbell-Jackson et al., 2014; Cutrer-Párraga et al., 2022; Das et al., 2021; Denham, 1999; Fletcher, 2002; Foster et al., 2012; Garcia et al., 2023; Walker & Sque, 2019; Weber et al., 2019; White et al., 2008). Por ejemplo, los miembros de la familia asumían a menudo responsabilidades adicionales, y las parejas se sentían a veces desequilibradas por niveles distintos de implicación emocional y de evitación (Albuquerque et al., 2017; Campbell-Jackson et al., 2014; Denham, 1999). Aprender a identificar el duelo de la otra persona y a armonizarse con él exigía un proceso activo y cambiante en las parejas en duelo (Barboza et al., 2025) y puede incluir la elección entre estrategias de corregulación emocional como estar presente junto a la pareja, darle espacio, expresarle aprecio, resonar con ella o protegerla de un «lugar oscuro», entre otras respuestas (Barboza & Seedall, 2025). Las madres y los padres que equilibraban los estresores orientados a la pérdida (p. ej., centrarse en el duelo y la ausencia) con los estresores orientados al restablecimiento (p. ej., asumir nuevos roles y tareas) asumían las responsabilidades familiares con más eficacia que quienes permanecían centrados en el duelo (Albuquerque et al., 2017). Fletcher (2002) constató que, tras la muerte de un hijo o una hija, las familias vivían una alteración y una reorganización de los roles al intentar redistribuir las responsabilidades que antes asumía la persona fallecida y «renegociar la manera de resolver los conflictos» (pp. 61-62). Weber et al. (2019) observaron igualmente cambios en los roles parentales cuando el progenitor superviviente intentaba equilibrar su duelo con las necesidades de sus hijos e hijas, volviéndose a veces retraído o sobreprotector.
Los hijos y las hijas, así como la fratría, describían a menudo cambios en los roles familiares tras una muerte. Tras el suicidio de un progenitor, algunas de estas personas se vieron obligadas a cuidar de su fratría y a sostener al progenitor superviviente. Una de ellas lo explicaba así:
Muchas veces dormía en su cama si tenía miedo o pensaba que ella se sentía sola. Si se sentía sola, iba a sentarme a su lado y le preguntaba si necesitaba algo y esas cosas. Si estaba triste y lloraba, me quedaba ahí a su lado y le daba un abrazo. (Cutrer-Párraga et al., 2022, p. 1848)
Algunos hermanos y hermanas contaban que se habían vuelto más sensibles a las necesidades ajenas, como un niño o una niña que explicaba: «Soy más consciente de los sentimientos de la gente y la cuido más, y… perdono más» (Foster et al., 2012, p. 349). En particular, era habitual que se sintieran «protectores de sus padres y responsables de ellos» (Foster et al., 2012), lo que pone de relieve cómo la percepción de la vulnerabilidad parental los llevaba a asumir roles de cuidado. Algunas madres y algunos padres señalaron también que sus hijos e hijas asumían a menudo tareas que antes realizaba el hermano o la hermana fallecida, lo que ayudaba a mantener las rutinas familiares (Foster et al., 2012).
La muerte de un hijo o una hija también modificaba las posiciones en la fratría: hubo quien pasó a ocupar el primer o el último lugar, o a quedar sin hermanos. Foster et al. (2012) señalaron que el 25% de las madres, el 8% de los padres y el 18% de los hijos e hijas describieron estos cambios. Weber et al. (2019) constataron que los hermanos y hermanas competían a veces por la atención del progenitor superviviente, lo que generaba sentimientos de injusticia en el reparto de la atención y del apoyo emocional dentro de la familia. Los cambios en los roles familiares se extendían también a la toma de decisiones. Por ejemplo, cuando la donación de órganos se decidía colectivamente, las familias se apoyaban en los valores de la persona fallecida para orientarse y encontraban consuelo en tomar lo que consideraban «la decisión correcta» (Walker & Sque, 2019, p. 232).
Las redes familiares más amplias también moldeaban la reorganización de los roles. En algunas familias, abuelos y abuelas o la familia política asumían funciones de cuidado, «dando a las madres y los padres espacio para vivir su duelo mientras alguien se ocupaba de los niños» (White et al., 2008, p. 113). Sin embargo, la familia extensa también podía generar tensiones. Black y Santanello (2012) explican que las familias se fragmentan a veces por disputas sobre la herencia o sobre la manera «correcta» de vivir el duelo. Das et al. (2021) mostraron que la familia política podía mostrarse solidaria al principio y pasar después a la culpabilización, lo que perturbaba el proceso de duelo de la familia.
Las expectativas de género también influían en los roles que asumían madres y padres durante el duelo. La pérdida parecía reforzar los roles de género tradicionales: las madres se convertían en las principales cuidadoras cuando los hijos e hijas estaban enfermos o necesitaban ayuda con su salud (Denham, 1999), mientras que los padres asumían el papel de principal sostén económico (Denham, 1999; Garcia et al., 2023). Un padre explicaba que necesitaba «mantenerse fuerte» y seguir «aportando los ingresos del hogar» (Campbell-Jackson et al., 2014, pp. 2 y 6). Tras una muerte fetal, una madre describía una «presión añadida para ser una mamá fantástica… para demostrar que habría sido una buena madre para (primer hijo o hija)» (p. 8), mientras que un padre refería que no tenía «realmente una válvula de escape [para el duelo]» (Campbell-Jackson et al., 2014, p. 7).
Tres estudios exploraron cómo los factores culturales y sociales influyen en los procesos de duelo en las familias (Black & Santanello, 2012; Das et al., 2021; Doran & Downing Hansen, 2006). En contextos diversos, los rituales ofrecían a las familias formas de mantener vínculos continuos con la persona fallecida; sin embargo, también imponían expectativas que podían agravar el malestar. Doran y Downing (2006) estudiaron familias católicas mexicano-estadounidenses en las que la lealtad, la cercanía y las obligaciones hacia la familia extensa se ponen de relieve mediante el relato, lo que ayudaba a las familias a mantener viva la memoria de la persona fallecida. Un hermano o hermana explicaba: «nadie [en la familia extensa] quiere hablar de la muerte de Esteban. Preferimos hablar de cómo vivió» (Doran & Downing Hansen, 2006, p. 206). En el norte de la India, las expectativas culturales de género moldeaban fuertemente el duelo. Las madres podían expresar abiertamente su duelo, pero se esperaba que los padres mantuvieran la compostura y volvieran al trabajo en un plazo de 5 a 20 días (Das et al., 2021). Las mujeres no podían acceder a los lugares de enterramiento y, en algunos casos, se culpaba a las madres de la muerte del hijo o la hija (Das et al., 2021). Una autoridad religiosa explicaba: «sí, muchas familias suelen culpar a la mujer de la muerte» (p. 10). Una madre contaba: «mi marido… dice que todo esto ha pasado por tu negligencia… Ahora discutimos más, y además no somos capaces de ocuparnos de nuestro otro hijo» (Das et al., 2021, p. 8).
En Estados Unidos, los rituales reflejan valores de individualidad y de expresión personal (Black & Santanello, 2012). Los funerales y los actos de homenaje se personalizaban con frecuencia con fotografías, elogios fúnebres e historias sobre la persona fallecida. Estas historias ayudaban a las familias a dar sentido a la pérdida y a mantenerse conectadas. Sin embargo, surgían desacuerdos cuando los miembros de la familia contaban historias contradictorias o se centraban en relaciones distintas con la persona fallecida, lo que debilitaba el sentimiento de unidad familiar y dejaba a menudo a cada miembro aislado en su duelo (Black & Santanello, 2012).
Una revisión sistemática y síntesis narrativa de 29 estudios puso de manifiesto que los constructos de las dinámicas familiares influyen en la manera en que las personas se adaptan a la pérdida. Sin embargo, dentro de estos estudios sobre las dinámicas familiares basados en datos de al menos dos miembros de la misma familia, algunos constructos parecen más investigados que otros, y la base de evidencia de algunos está más consolidada que la de otros. Por ejemplo, la comunicación parece desempeñar un papel importante en la adaptación de las familias a la pérdida, lo que concuerda con el marco de resiliencia familiar de Walsh (2003). Las familias cuyos miembros eran abiertos y sinceros entre sí tienen más probabilidades de adaptarse mejor (Angelhoff et al., 2021; Kaplow et al., 2013), pero cuando se evita la comunicación, a las familias puede costarles más dar sentido a la muerte, pueden interiorizar las emociones y vivir un malestar mayor, patrones similares a la descripción que hicieron Kissane et al. (1996) de las familias hoscas u hostiles. Los resultados sobre la influencia de las personas cuidadoras en la adaptación infantil a la pérdida (p. ej., Ayers et al., 2014; Garcia et al., 2023) concuerdan con la teoría de sistemas, que concibe la familia como un sistema interconectado en el que los cambios en un miembro pueden repercutir en toda la familia (Walsh & McGoldrick, 2004). Se demostró que intervenciones como la Family-Focused Grief Therapy y el Family Bereavement Program ayudan a las familias a mejorar la comunicación y las relaciones, al tiempo que reducen el conflicto. Estos programas beneficiaron a las familias, que se sintieron más apoyadas en su proceso de duelo, y promovieron un afrontamiento más saludable gracias a una mejor comunicación (Ayers et al., 2014; Kissane et al., 2016).
En línea con el modelo de proceso dual de Stroebe y Schut (2015), se mostró que la flexibilidad en los roles y las responsabilidades familiares se asociaba a una adaptación a la pérdida más eficaz que en las familias cuyos miembros se veían desbordados o se replegaban (Albuquerque et al., 2017; Denham, 1999; Weber et al., 2019). Sin embargo, pocos estudios exploraron las dinámicas familiares en sus contextos culturales, lo que muestra la escasa base de evidencia de la que dispone la práctica clínica para acompañar a familias en duelo que no son occidentales, instruidas, industrializadas, ricas y democráticas (WEIRD; Henrich et al., 2010). Por ello, se necesitan marcos culturalmente informados para que el apoyo en el duelo refleje la diversidad de valores y prácticas familiares. Esperamos que estos resultados impulsen más investigaciones para remediar el estado actual de una evidencia fragmentada, que presenta una heterogeneidad y unas lagunas considerables entre poblaciones, contextos y metodologías.
Muchos de los estudios incluidos se basaban en medidas de autoinforme y diseños transversales, lo que introduce posibles sesgos como la deseabilidad social y la dependencia de la memoria retrospectiva. Estos factores pueden haber llevado a las personas participantes a infranotificar síntomas o a recordar sus experiencias de forma inexacta, lo que solo ofrece una visión parcial de cómo las dinámicas familiares influyen en el duelo. Los estudios transversales recogen datos en un único momento, lo que dificulta comprender cómo las dinámicas familiares y el duelo se influyen mutuamente a lo largo del tiempo. La investigación futura podría recurrir al seguimiento longitudinal de las dinámicas familiares para comprender mejor cómo las familias viven el duelo juntas. Por ejemplo, Lenferink y O’Connor (2023) analizaron datos longitudinales de autoinforme sobre síntomas de TDP evaluados en cuatro momentos en 257 díadas en duelo formadas por un progenitor y su hijo o hija adulta en Dinamarca. Los análisis mediante modelos de panel con efectos cruzados retardados mostraron que los cambios en los niveles de TDP de los progenitores predecían significativamente los niveles de TDP de sus hijos e hijas adultos, pero no a la inversa. Tales diseños y análisis podrían aplicarse a la comprensión del papel de las dinámicas familiares en el duelo, para reducir la dependencia de la memoria retrospectiva y obtener datos «en tiempo real» sobre cómo las dinámicas familiares influyen en el duelo tras una pérdida, y cómo el duelo influye en las dinámicas familiares.
El número limitado de estudios incluidos y su heterogeneidad restringieron la posibilidad de examinar la influencia potencial de factores moderadores importantes, como la religiosidad, el origen cultural y étnico y las relaciones familiares previas a la pérdida. Estas variables son pertinentes en la investigación sobre el duelo, y su consideración limitada y dispersa en el corpus de estudios incluidos impidió realizar análisis agrupados. La heterogeneidad de los estudios incluidos hizo que la síntesis narrativa fuera el método de análisis más adecuado. Aunque este enfoque permitió una síntesis detallada de la literatura sobre las dinámicas familiares y el proceso de duelo, se le ha criticado por su carácter interpretativo (Popay et al., 2006), y puede debilitar la solidez global de los resultados. Para responder a estas objeciones, el equipo discutió y afinó los temas provisionales, asegurándose de que fueran coherentes, estuvieran fundamentados en los datos y resultaran creíbles (Thomas & Harden, 2008).
Nuestra adhesión a las directrices PRISMA y el uso de Covidence y de una matriz de extracción estandarizada y probada previamente reforzaron la transparencia metodológica, la reproducibilidad y la integridad interpretativa de la revisión; no obstante, es posible que se hayan omitido estudios pertinentes. No revisamos manualmente las listas de referencias por falta de tiempo, lo que puede haber limitado la identificación de otros estudios pertinentes. Como señaló Bartels (2013), revisar las listas de referencias es un último paso importante en la búsqueda sistemática, ya que puede sacar a la luz trabajos antiguos o relevantes que no figuran en las bases de datos electrónicas. Además, la búsqueda manual es valiosa en las revisiones sistemáticas, porque permite identificar estudios pasados por alto y garantiza un proceso de revisión más completo y transparente (Zhang et al., 2024). La investigación futura podría incluir una búsqueda manual de citas para asegurar una cobertura más exhaustiva de la literatura, y podría recurrir al metaanálisis cuando la literatura permita realizar este tipo de análisis.
Considerar el duelo únicamente como una experiencia individual no tiene en cuenta los contextos relacionales y sistémicos en los que se produce (Breen et al., 2019). Esta perspectiva individualizada es preocupante en general, y en particular cuando se acompaña a familias con hijos e hijas, porque el duelo en la infancia y la adolescencia se asocia a un mayor riesgo de depresión, ansiedad, síntomas de estrés postraumático, suicidio, encarcelamiento y bajo rendimiento académico (Morris et al., 2016; Oosterhoff et al., 2018; Pham et al., 2018; Weinstock et al., 2021; Wilson, 2025). La evidencia creciente sobre las intervenciones de base familiar permite a la práctica clínica y a quienes diseñan las políticas públicas abordar los sistemas más amplios que influyen en la adaptación, en lugar de considerar el duelo como algo circunscrito a la persona. Sin embargo, se necesita mucha más evidencia para comprender cómo pueden las intervenciones ser culturalmente sensibles e integrar prácticas de duelo culturalmente pertinentes.
Además, las políticas públicas deberían promover programas de duelo centrados en la familia en la comunidad y en los sistemas de salud. Así se garantizaría que la atención se centre no solo en la persona, sino también en su familia y en las relaciones que moldean el duelo. Fomentar la colaboración entre estos servicios podría ayudar a identificar antes a las familias «en riesgo» y a ofrecer un apoyo coordinado que reconozca las necesidades propias de cada familia, para permitirle adaptarse tras la pérdida. Por tanto, los organismos públicos y las organizaciones sanitarias podrían plantearse aplicar políticas que ofrezcan programas de duelo centrados en la familia que reconozcan tanto las necesidades individuales como las familiares.
El duelo no es solo una experiencia individual, sino también un proceso relacional moldeado por las dinámicas familiares, entre ellas la comunicación, el bienestar de las personas cuidadoras, la flexibilidad de los roles y los contextos culturales y sociales. Los resultados de esta revisión ponen de relieve la necesidad de una investigación que desarrolle y aplique marcos de base familiar capaces de mostrar cómo los miembros de una familia viven el duelo y se adaptan juntos. Pese al reconocimiento creciente de esta interdependencia, buena parte de la investigación se centra en personas aisladas. Si queremos comprender y acompañar a las familias en duelo, se necesitan (a) más investigaciones que desarrollen esta comprensión incluyendo grupos culturales diversos, utilizando diseños longitudinales y permitiendo análisis agrupados, y (b) ampliar el alcance de las intervenciones de base familiar para que las personas y las familias afronten la pérdida de forma adaptativa. Sin este cambio, seguiremos descuidando el contexto en el que se produce la mayor parte del duelo: la familia.
Complexe Systémique: puntos clave
Esta revisión da una base empírica a una vieja intuición de la terapia familiar: el duelo no se vive en soledad, sino dentro de un sistema que se reorganiza. Su criterio de inclusión ya es una toma de posición: solo los estudios que escuchan al menos a dos miembros de una misma familia, cuando tantas investigaciones dejan que una sola persona hable por todo el grupo. Los resultados convergen: la palabra abierta protege y el silencio protector aísla; el malestar de un progenitor se traslada a la comunicación con hijos e hijas; los roles se redistribuyen, a veces parentalizando a un niño o una niña. Para la práctica clínica, esto aboga por sesiones que reúnan a la familia y por prestar atención a los desfases de percepción, ya que la infancia percibe a menudo una pena que madres y padres no expresan. Caben dos precauciones: casi todos los estudios son occidentales, con rituales y expectativas de género todavía poco explorados, y una síntesis narrativa no puede ponderar los efectos. Puede leerse junto con el artículo sobre las prácticas familiares en el duelo fraterno y el artículo sobre un enfoque narrativo de los grupos de familias en duelo.
Notas del original
Declaración de intereses. La autoría no declaró ningún posible conflicto de intereses.
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Traducción no oficial de Family dynamics and the grieving process: A systematic review and narrative synthesis, de Donna Levin, Molly Quartermaine, Andrea Gavshon, Christopher Sealey y Lauren J. Breen, Death Studies, publicación en línea anticipada (2026), doi: 10.1080/07481187.2026.2693950, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (tabla presentada en forma de lista). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Esta es una traducción del artículo original «Family dynamics and the grieving process: A systematic review and narrative synthesis», publicado en Death Studies (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Levin, D., Quartermaine, M., Gavshon, A., Sealey, C., et Breen, L. J. (2026). Family dynamics and the grieving process: A systematic review and narrative synthesis. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/family-dynamics-and-the-grieving-process-a-systematic-review-and-narrative-synthesis (Obra original publicada en 2026 en Death Studies, publicación en línea anticipada (2026); republicada en 2026 por Death Studies, https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/07481187.2026.2693950)
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