Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Human Systems · Terapia familiar
¿Qué sucede, años después, con una madre y una hija que atravesaron juntas la violencia y el abuso domésticos? Leighton King y su equipo de la Universidad de Hertfordshire entrevistaron a dos díadas madre-hija, primero juntas y luego por separado. Sus relatos hablan de un impacto que resurge sin previo aviso, de servicios a veces más dañinos que útiles y de una resistencia que pasa ante todo por la relación entre ambas.
Traducción no oficial al español de The experiences of dyads who have jointly been exposed to domestic violence and abuse: Narratives of growth, connection and resistance, de Leighton King, Barbara Rishworth y Jo Hadfield, publicado en Human Systems (SAGE) (2026), doi: 10.1177/26344041251337007, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las dos tablas se presentan en forma de listas; no se reproduce la dirección de correspondencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Dado el alcance de su resistencia, propondría un cambio de vocabulario: pasar de sobreviviente-víctima a sobreviviente-víctima-resistente.
Leighton King, Barbara Rishworth y Jo Hadfield
Resumen
Antecedentes: El impacto psicológico de la violencia y/o el abuso domésticos (VAD) puede prolongarse mucho después del abuso. La investigación sobre intervenciones psicológicas para personas que han vivido VAD en el pasado es escasa. Esta investigación, realizada en el Reino Unido, explora cómo díadas intergeneracionales dieron sentido a la VAD y cómo afrontaron su impacto. Métodos: Esta investigación recurrió a la indagación narrativa (Riessman, 2008) para explorar los relatos de dos díadas madre-hija, cuatro participantes en total que vivieron VAD, centrándose en cómo las narrativas cambiaron con el tiempo y en el impacto de la relación de la díada. Se empleó un diseño novedoso, que consistía en entrevistar a las díadas juntas y luego por separado, para ayudar a comprender el impacto de la relación. En total se realizaron dos entrevistas diádicas conjuntas y cuatro entrevistas individuales. Resultados: Se identificaron tres relatos colectivos: (1) «La relación con la VAD», (2) «Comprensión y conexión» y (3) «El apoyo adecuado en el momento adecuado». Dentro de estos relatos colectivos había cuatro subrelatos: (1) «Actos de resistencia», (2) «Madre e hija», (3) «El fracaso de los servicios» y (4) «Vidas encarnadas». Estos relatos estaban estrechamente entrelazados y daban cuenta de la resistencia de las personas, en particular a través de sus relaciones mutuas. Conclusión: La investigación muestra que las díadas que viven VAD tienen un conocimiento profundo de cómo el abuso puede afectarles y de cómo pueden afrontar esos efectos. Las recomendaciones clínicas que pueden extraerse de este saber incluyen: sugerencias sobre el vocabulario, la necesidad de que el apoyo sea variado en enfoque y objetivos, la posibilidad de que las personas accedan a distintos apoyos a lo largo de su vida, la importancia de trabajar con las experiencias encarnadas del malestar, la importancia de la construcción de sentido, los beneficios de un enfoque más relacional y colaborativo en la gestión del riesgo por parte de los servicios y el valor de los paradigmas terapéuticos que privilegian las relaciones, la comunidad y el abordaje del trauma intergeneracional. Esta investigación ofrece una orientación para futuros estudios al sugerir la exploración de grupos más heterogéneos.
Palabras clave: abuso doméstico, violencia doméstica, indagación narrativa, díada, resistencia, construcción de sentido, terapia
Las estadísticas más recientes publicadas por la Office of National Statistics indican que 2,1 millones de personas vivieron violencia y/o abuso domésticos (VAD) entre 2022 y 2023 (Office of National Statistics, 2023). Se estima que en el Reino Unido los hombres matan a una mujer cada 3 días (Femicide Census, 2021). Es difícil obtener datos fiables sobre las tendencias mundiales de la VAD. En un informe de 2018, las Naciones Unidas (ONU) estimaban que alrededor de una de cada tres mujeres en el mundo había vivido VAD (United Nations, 2018). En un informe posterior, la ONU estimó que 47 000 mujeres y niñas fueron asesinadas en 2020 por su pareja íntima o por otro miembro de la familia, lo que equivale a una mujer o una niña asesinada cada 11 minutos por un familiar. Estas cifras indican la inmensa magnitud de la VAD en el mundo y su impacto potencialmente letal.
Los posibles impactos de la VAD son variados y muy específicos de cada situación. Sin embargo, existe un conjunto de publicaciones que describen esos posibles impactos. Hay diversos efectos potenciales sobre la salud física. Aumenta el riesgo de: lesión cerebral traumática por golpes en la cabeza (Cimino et al., 2019; Costello and Greenwald, 2022); problemas de salud reproductiva derivados de agresiones físicas o sexuales (Amel Barez et al., 2022; Sarkar, 2008); muerte por asesinato y afecciones con alto riesgo de mortalidad asociadas al estrés crónico, como las enfermedades cardíacas (Chandan et al., 2019, 2020; Koenraadt, 2018). Los impactos psicológicos pueden incluir un mayor riesgo de mala salud mental en general, pero en particular una probabilidad elevada de TEPT, ansiedad, depresión, baja autoestima, apego alterado y mayor riesgo de suicidio (Herman, 2015; Humphreys and Thiara, 2003; Munro and Aitken, 2020). Los impactos sociales pueden incluir problemas económicos persistentes, problemas de vivienda y estigma social (Conner, 2013; Galántai et al., 2019; Murvartian et al., 2023). En suma, la VAD tiene numerosos impactos potenciales, con consecuencias que pueden transformar o poner fin a una vida. La persona investigadora definirá y contextualizará con más detalle el uso del término VAD y de otros términos asociados en la sección «Epistemología y lenguaje» de este artículo. Ello incluye transparencia en cuanto a sus consideraciones sobre la violencia de género y sobre cómo opera el poder en el contexto sociopolítico del Reino Unido.
Siendo la VAD tan frecuente y su posible impacto tan dañino, cabe preguntarse cómo podemos dar sentido a ese impacto. Hay muchas maneras de conceptualizarlo, pero quizá algunas de las más utilizadas, en particular por los servicios sanitarios y sociales, sean la teoría del apego, la teoría del trauma intergeneracional y la literatura sobre las experiencias adversas en la infancia (ACE, por sus siglas en inglés).
La teoría del apego ofrece una estructura para entender cómo las relaciones tempranas pueden influir en las relaciones posteriores. La primera teoría del apego se centraba en las interacciones parentales, sobre todo maternas, con los niños y niñas y en cómo estas influían en su funcionamiento a lo largo de la vida (Ainsworth, 1978; Ainsworth and Bowlby, 1991; Bowlby, 1979). Se postulaba que la alteración temprana de esta relación conducía a «deficiencias» en la cognición, el desarrollo de la identidad, la regulación emocional y las habilidades sociales. Han surgido críticas sobre su pertinencia en las culturas colectivistas y sobre la representación de un estilo de apego supuestamente fijo (Fraley and Shaver, 2008; Lee, 2003). Se han propuesto otros modelos de apego; quizá el modelo contemporáneo más destacado sea el Modelo Dinámico-Madurativo del Apego (DMM), que integra varias ideas (Crittenden, 2006). El DMM subsana muchas de las carencias de la primera teoría del apego, pero solo se ha introducido en la práctica de forma relativamente reciente, aunque cuenta con una base empírica creciente (Crittenden, 2011; Crittenden et al., 2021; Spieker and Crittenden, 2018).
El trauma intergeneracional pone de relieve que el trauma puede transmitirse a lo largo de las generaciones de una familia, ya se considere que esa transmisión se produce por vía epigenética o a través de las interacciones relacionales (Isobel et al., 2021; Lev–Wiesel, 2007; Menzies, 2008). La literatura indica que el impacto de la VAD puede ser duradero y transmitirse de una generación a otra. Esto puede incluir ciclos intergeneracionales de abuso en los que, a medida que cada generación accede a la parentalidad, sus experiencias de abuso contribuyen a que ejerza a su vez el abuso (Hoffart and Jones, 2018; Lünnemann et al., 2019; Rees and Evans, 2021).
Las experiencias adversas en la infancia (ACE) proceden de un estudio a gran escala realizado en California (Felitti et al., 1998). Profesionales de atención primaria observaron una relación entre la mala salud física en la edad adulta y experiencias psicológicamente dañinas en la infancia y la adolescencia. También observaron un aumento de resultados sociales y psicológicos desfavorables. Las ACE estudiadas eran experiencias de maltrato infantil físico, emocional y sexual, así como presenciar abuso doméstico, consumo problemático de sustancias, mala salud mental, separaciones parentales conflictivas y encarcelamiento de un progenitor (Anda et al., 2006; Boullier and Blair, 2018). La idea de las ACE ha suscitado una abundante base empírica, con varias revisiones sistemáticas (Hardt and Rutter, 2004; Hughes et al., 2017; Kalmakis and Chandler, 2015). Sin embargo, más recientemente también ha recibido críticas por su uso (Kelly-Irving and Delpierre, 2019; Macvarish and Lee, 2019). En particular, se ha observado que las ACE se emplean de forma predictiva, con una certeza excesiva que merma la capacidad de acción de las personas y de las familias para negociar y resistir el impacto de esas experiencias. Es posible también que el uso de las ACE no haya tenido en cuenta las distintas experiencias propias de diferentes culturas y comunidades. Por último, en algunos casos las ACE se han utilizado para inferir una culpa individual de madres y padres, cuando su propósito era poner de manifiesto los fallos de la sociedad y garantizar la equidad para las personas más desfavorecidas.
La teoría del apego, las ACE y el trauma intergeneracional han sido aportaciones valiosas para los servicios sanitarios y sociales. En particular, en el ámbito de los servicios sociales de infancia (Children’s Social Care, CSC), son ideas clave que se utilizan con frecuencia en la práctica y se citan a menudo en los informes judiciales (S. Webb and Gray, 2012). Aunque se trata fundamentalmente de un organismo que procura garantizar el bienestar de la infancia y de las familias, y que desempeña una función de protección pública, los CSC han recibido algunas críticas (Ainsworth and Hansen, 2012). Decidir si se retira a un menor de un entorno potencialmente dañino, por ejemplo cuando está expuesto a abuso doméstico, resulta difícil, porque la teoría del apego enseña que separar a un menor de un entorno familiar y de sus «personas cuidadoras» tiene un profundo impacto negativo. Esto suele contrapesarse con la consideración de las ACE y del trauma intergeneracional, y con la búsqueda de ejemplos de apego «disfuncional», que se utilizan como justificación para retirar a un menor (Crittenden, 2011; Kwako et al., 2010; Spieker and Crittenden, 2018). Hay ejemplos claros en los que retirar a un menor ha sido un paso necesario para protegerlo (Forrester, 2017). Sin embargo, la ética de estas decisiones es compleja: por ejemplo, ¿quién decide qué es una «buena crianza» y qué es «dañino»? (Bornstein, 1991; Chen et al., 2019). La teoría puede utilizarse de forma abusiva y presentarse como un hecho, con pretensiones de validez y de capacidad predictiva muy superiores a las que realmente tiene (Krieg, 2023; Thyer, 2008). Ciertos aspectos de discriminación sistémica y personal podrían influir en las decisiones de retirar a menores, dada la presencia de racismo en los sistemas de servicios sociales (Bartholet, 2011; Berkman et al., 2022; Rodenborg, 2004). Además, se han producido abusos graves y sistémicos contra menores tutelados (Biehal, 2014; Euser et al., 2013; Hobbs et al., 1999). La persona investigadora reflexiona sobre la tensión entre proteger a la infancia y respetar la vida familiar y los estilos de crianza. Se pregunta también qué oportunidades podrían estar limitando las posibilidades de sanación relacional, de experiencias emocionalmente correctoras y de catarsis.
Dada la frecuencia de la VAD y la gravedad de su impacto, la mayor parte de la investigación, de los recursos y de las intervenciones se centra en reconocer el abuso y en ayudar a las personas a salir de situaciones de abuso. Este enfoque preventivo busca reducir al mínimo las ocasiones de que se cometa un daño. Se ha visto afectado por la austeridad continuada, que ha supuesto enormes pérdidas en el sector público en cuanto a tamaño de los servicios, personal y especialización (Bach, 2016; Peters, 2012; Stuckler et al., 2017), sobre todo en los servicios especializados en VAD (Donovan and Durey, 2018; Sanders-McDonagh et al., 2016). Aunque la prevención siempre es preferible, el contexto actual no la facilita y hace que muchas personas estén expuestas a la VAD.
El énfasis en la prevención implica que, en comparación, se ha investigado poco sobre cómo adaptar las intervenciones para apoyar a las personas después del abuso, sobre todo cuando ha transcurrido mucho tiempo desde entonces. Se utilizan varios enfoques con personas que han vivido abuso, respaldados por una base empírica reducida. Además, buena parte de esa base empírica se centra en intervenciones psicológicas individuales. Aunque las personas puedan encontrar un gran valor en las intervenciones individuales, la VAD es una forma de daño fundamentalmente relacional, ejercida en un entorno y en una relación en los que las personas deberían sentirse seguras. Su impacto se observa a menudo de forma intergeneracional, de la persona cuidadora al menor. Las experiencias traumáticas pueden desconectar a las personas de sus relaciones y de sus valores de un modo que las intervenciones tradicionales no siempre corrigen (Afuape, 2011, 2016). Se observa que las relaciones influyen mucho en la mediación del impacto y en la valoración del abuso a corto plazo (Bowyer et al., 2015; Jones and Vetere, 2017). Sin embargo, no existe literatura que explore las relaciones de manera longitudinal, potencialmente muchos años después de la VAD. La persona investigadora considera la VAD como un abuso singularmente relacional, en el que el entorno y las personas que deberían ofrecer la mayor seguridad son precisamente el entorno en el que se sufre un daño grave, lo que tiene un impacto enorme en las relaciones futuras.
Por ello, para comprender mejor el impacto relacional de la VAD, esta investigación exploró, mediante la indagación narrativa (IN), los relatos de díadas que habían estado expuestas conjuntamente a la VAD siendo menores y personas cuidadoras.
La persona investigadora considera que el discurso se crea socialmente y que, a su vez, el discurso determina la realidad en la que las personas se desenvuelven. En consecuencia, quienes detentan el poder influyen en el discurso y, por extensión, dictan la realidad (Foucault, 1977). Como escribió Martin Haberman: «El lenguaje no es un reflejo inocente de cómo pensamos. Los términos que usamos controlan nuestras percepciones, moldean nuestra comprensión» (Haberman, 2000, p. 203). Por ello, la persona investigadora explicitará sus elecciones de lenguaje. En esta investigación, la VAD se define como una acción u omisión que daña, de hecho o potencialmente, a otra persona de esa familia, de ese hogar o de esa comunidad cercana. Puede tratarse de un único hecho o de muchos. Es posible además que quien ejerce la violencia y/o el abuso ya no se encuentre en el mismo entorno doméstico cuando causa el daño. La violencia y el abuso se sitúan habitualmente en los ámbitos del abuso físico, emocional, psicológico, sexual, económico, digital, cultural o espiritual, pero pueden ir más allá. Sufrir abuso doméstico no se limita a ningún género, sexualidad, edad ni a ninguna otra de las maneras en que las personas pueden parecerse o diferir en su identidad. No obstante, lo más habitual es que lo ejerzan hombres.
El lenguaje de víctima y de sobreviviente sitúa a las personas de manera distinta: «víctima» puede sugerir una falta de capacidad de acción, y «sobreviviente» no abarca a las numerosas personas que no sobreviven al abuso doméstico (Hoff, 2016; Jacques, 2021; Little, 2023). Se utilizará el término sobrevivientes-víctimas para dar cabida a una mayor complejidad y a los matices de estas experiencias. Esto reconoce también la fluidez de la identidad y el hecho de que la relación de una persona con la condición de sobreviviente o de víctima puede cambiar en función de muchos factores.
Entenderé el ejercicio de la violencia como un daño causado por alguien que se encuentra, en ese momento, en una posición de mayor privilegio y poder contra alguien con menos privilegio y poder en ese momento. La relación de una persona con el poder y el privilegio depende de cómo se la percibe en función de su ubicación geográfica, de su momento histórico y de con quién mantiene una relación, ya que todos estos ámbitos inciden en el contexto de poder y privilegio (Fanon, 2016; Foucault, 2019; Harvey, 2019). En lo fundamental, para ejercer el abuso es necesaria una disparidad de poder, lo que significa que ningún género, ni ninguna otra característica, indica por sí mismo la autoría o la condición de víctima, al tiempo que se reconoce por qué la VAD es ejercida mayoritariamente por hombres.
Los enfoques terapéuticos específicos para la VAD constituyen un ámbito poco investigado, sobre todo en comparación con la prevalencia de la VAD. Por ello, resulta difícil proponer teorías sólidas y bien fundamentadas. Así pues, recurrir a métodos inductivos para generar datos ricos sobre las experiencias de VAD de las personas sería lo más sólido desde el punto de vista metodológico (Azungah, 2018). Se consideraron varias metodologías. El análisis fenomenológico interpretativo, aunque muy adecuado para explorar experiencias complejas, se presta posiblemente menos a abordar experiencias situadas en paisajes socioculturales llenos de matices. La teoría fundamentada habría producido una comprensión rica de un proceso social complejo, pero habría tenido dificultades para responder a las preguntas de investigación con los datos disponibles. El análisis temático se consideró seriamente, pero podía verse desbordado por la complejidad de un conjunto de datos tan multidimensional, con varias voces narradoras, sobre todo si esas narraciones hubieran sido muy disonantes en una muestra pequeña. El análisis del discurso habría respondido bien a las preguntas de investigación desde la posición epistemológica y ontológica adoptada. Finalmente no se utilizó, porque podía resultar excesivamente hermenéutico y analítico, lo cual chocaba con la preocupación ética de no reproducir involuntariamente experiencias de abuso y de luz de gas (gaslighting) minimizando, apropiándose o alterando las narrativas. En definitiva, se eligió la indagación narrativa, que, aunque no está exenta de limitaciones, parecía la más adecuada.
La indagación narrativa designa un conjunto de métodos cualitativos que buscan explorar relatos (Nollaig, 2011). Al explorar narrativas, la IN considera qué se cuenta, cómo se cuenta, a quién se cuenta y por qué se cuenta (Riessman, 2008). La IN tiene en cuenta también el contexto sociopolítico, así como la relación entre quien o quienes narran y quien entrevista (Greenhalgh, 2016). Todos estos ámbitos confluyen en la IN para producir una comprensión de un relato que es compleja y completamente única para ese acto de narrar.
En esta investigación, entrevistar a díadas añadía una dimensión adicional llena de matices. Aportaba otra voz narradora y otra persona oyente en cada relato, y brindaba la ocasión de que las narrativas convergieran y divergieran. Además, se prestó atención a cómo la díada coconstruía la narración, tanto en la estructuración y el relato activos de la narrativa como en lo ausente pero implícito de diversas comunicaciones no verbales y de las decisiones de no intervenir.
La IN conserva narrativas completas de las participantes, lo que permite que estas influyan en mayor medida en los resultados. Esto resulta especialmente valioso en contextos en los que las experiencias y los relatos se silencian, se apropian o quedan sin contar (Daiute, 2013). Así ocurre en la VAD, en particular en el control coercitivo. Por ello, emplear el método que menos posibilidades ofreciera de reproducir ese daño era una parte esencial y ética de esta investigación. Dicho esto, la IN, desde un marco construccionista social, reconoce la subjetividad de la investigación y que, al escribirla, se trata en esencia de una narrativa (la comprensión de lo ocurrido en la vida de las participantes) dentro de una narrativa (el relato de esa narrativa a la persona investigadora) dentro de una narrativa (la redacción de esta investigación) (Dubnewick et al., 2018; Trahar, 2006). La IN acoge la multiplicidad de interpretaciones subjetivas y admite conclusiones plurales (Bhattacharya, 2016).
El comité de ética de la Universidad de Hertfordshire aprobó este estudio. Las participantes dieron su consentimiento informado y podían retirarse de la investigación hasta 2 semanas después de su última entrevista.
Aunque la investigación en sí no exploraba fundamentalmente las experiencias de abuso, sino lo que vino después, la persona investigadora reconoce que el contenido podía resultar angustiante. Por ello, se elaboró un protocolo de malestar para gestionar de forma proactiva la angustia de las participantes. Se dedicó una reunión de 45 minutos a redactar de forma colaborativa un plan de seguridad con las participantes, para pensar cómo afrontar un posible malestar. Las propias entrevistas incluían momentos de «toma de contacto» al inicio y de «cierre» al final de cada una, así como pausas acordadas que ofrecían a las participantes la posibilidad de detenerse. El anonimato se garantizó en todo momento mediante seudónimos.
Las participantes eran díadas que habían sufrido conjuntamente la VAD ejercida contra ellas. Ejemplos de esta relación podían ser una madre o un padre y su hija o hijo, hermanas o hermanos de distinta edad, o personas que convivían sin parentesco. Se incluyeron díadas familiares para facilitar la indagación sobre el impacto relacional longitudinal de la VAD, así como sobre el afrontamiento longitudinal de ese impacto. Se incluyeron los roles de persona cuidadora y de menor para poder considerar los impactos intergeneracionales de la VAD y el afrontamiento de esos impactos. Se optó por «persona cuidadora y menor» en lugar de «progenitor y menor» para no privilegiar indebidamente la experiencia de las familias heteronormativas, de las familias occidentales y de las familias sin experiencia de acogimiento. No se utilizó como criterio el tiempo transcurrido desde el abuso, ya que, según lo que sabemos por la teoría del trauma, no es un predictor determinante de la elaboración ni de la disminución del malestar emocional. También acordamos que el propio tema del estudio probablemente filtraría a las personas no dispuestas a hablar de él. El protocolo de malestar serviría asimismo de salvaguarda en este sentido.
Para este estudio se reclutaron dos díadas, cuatro personas, compuestas por dos madres e hijas sobrevivientes-víctimas (tabla 1).
Tabla 1 — Criterios de inclusión y de exclusión
Los datos se recogieron mediante entrevistas semiestructuradas: dos por persona, tres por díada. Tras la planificación de seguridad, la persona investigadora entrevistó conjuntamente a la díada. En la semana siguiente, entrevistó por separado a cada integrante de la díada. Se eligió este enfoque novedoso de entrevistar a díadas y a personas por varias razones. Dado el interés por las relaciones y los patrones intergeneracionales, entrevistar juntas a las participantes parecía facilitar esta conversación de manera más eficaz. Entrevistarlas tanto conjunta como individualmente pretendía ofrecer ocasiones para explorar la convergencia y la divergencia de las narrativas que la díada pudiera compartir. Por último, dado el periodo relativamente largo que se exploraba, eran necesarias varias entrevistas para disponer de espacio suficiente.
El formato de entrevista diádica seguida de entrevista individual fue una decisión muy meditada, tomada con mi equipo de investigación. Situar la entrevista individual en segundo lugar permitía explorar narrativas específicas sin las repeticiones que habría supuesto invertir el proceso. Además, colocar la entrevista individual en segundo lugar permitía a la persona investigadora atender con mayor eficacia cualquier malestar.
Se ofreció la opción de realizar las entrevistas en línea o en persona en función de la distancia, pero todas las participantes optaron por entrevistas en vídeo mediante la plataforma de videoconferencia Zoom. Las entrevistas fueron semiestructuradas y se grabaron en vídeo y audio.
Las preguntas planteadas en la entrevista pretendían guiar ligeramente a las participantes en su relato. Intentaban explorar tanto el impacto del abuso como la manera en que se afrontó. Las preguntas eran similares en los dos tipos de entrevista, para suscitar narrativas tanto individuales como diádicas. Después, la persona investigadora transcribió literalmente las entrevistas. El análisis de datos se realizó con documentos de Word y también con papel y lápiz.
Tras transcribir las entrevistas, la persona investigadora escuchó repetidamente las grabaciones y leyó las transcripciones, tanto para confirmar su exactitud como para sumergirse en los datos. Una vez alcanzada esa inmersión, recorrió varias veces las transcripciones junto con las grabaciones de audio y empezó a identificar narrativas. Algunas aparecían muy próximas entre sí y otras se extendían a lo largo de las entrevistas. Las fórmulas de entrada y de salida (Riessman, 2008) sirvieron de guía útil para identificar dónde se abrían, se cerraban o se reabrían los relatos en la transcripción. Cada narrativa se cartografió y se analizó para explorar cómo se cruzaban y divergían en el texto. Una vez contextualizada cada narrativa en las transcripciones en relación con las distintas voces narradoras, entrevistas y otras narrativas, se clasificaron en relatos y subrelatos.
Tras identificar las narrativas, la persona investigadora recorrió cada una de ellas y las transcripciones en su conjunto atendiendo a categorías analíticas adaptadas para esta investigación a partir de los trabajos de Andrews (2021), Mik-Meyer and Järvinen (2020) y Nollaig (2011). Estas categorías eran la temática, la estructural y la dialógica/performativa. La temática se centraba en lo que se dice y en el lenguaje que se utiliza para decirlo. Para ello, la persona investigadora se planteó preguntas como «¿Qué se dice?», «¿Qué no se dice?» y «¿Dónde convergen y divergen los relatos y el lenguaje de las díadas?». La estructural se centraba en cómo se organiza una narrativa en cuanto a la secuencia de la información y a los ámbitos explorados. En este caso, la persona investigadora se planteó preguntas como «¿Es coherente este relato cuando se cuenta por separado y en conjunto?», «¿Es coherente para mí? ¿Podría serlo para otras personas?» y «¿Qué partes del relato reciben más o menos atención por esta secuencia?». Por último, la dialógica/performativa se centraba en la coconstrucción de las narrativas entre las personas: cómo las narrativas pueden cambiar o no según el público presente y cómo se contextualizan en el mundo sociopolítico en el que viven las personas. Entre las preguntas que se planteó la persona investigadora figuran «¿A quién se cuenta este relato?», «¿Quién no cuenta este relato y por qué?», «¿Cómo influye mi identidad en mi escucha, qué privilegio?», «¿Cómo influye el contexto de quienes narran y de quienes escuchan en esta narración?» y «¿Qué privilegia la persona que narra?». Por su naturaleza, este proceso exigía una reflexión y una reflexividad constantes para considerar las interpretaciones y las aportaciones de la persona investigadora.
Conviene reconocer que, aunque el análisis se realizó de forma rigurosa y reflexiva, otras lecturas de los datos podrían conducir a comprensiones distintas e igualmente válidas. Las interpretaciones subjetivas alternativas no se oponen necesariamente: son simplemente una interpretación diferente de una experiencia multifacética (Riessman, 2008).
Las entrevistas diádicas tejieron narrativas ricas y multifacéticas. Algunas narrativas parecían al principio tangenciales debido a la conarración diádica. La atención a quién hablaba y cuándo, a quién no intervenía, a la comunicación no verbal y al impacto de todo ello en la narradora original generó una gran riqueza en la construcción de sentido. La persona investigadora le anima a usted, que lee estas páginas, a cuidarse mucho mientras las lee. Al leer los relatos que siguen, tenga presentes las palabras de Frank Arthur (2013): «los relatos no son material para analizar; son relaciones en las que entrar».
En esta sección se ofrece un breve resumen de información sobre las participantes para ayudar a contextualizar las narrativas presentes. Las personas que participaron en esta investigación son personas extraordinarias y multifacéticas, cuyo contexto no se reduce a la VAD. La breve descripción y las citas de este manuscrito no deben considerarse la totalidad de su contexto rico y singular. Ha sido necesario introducir algunos cambios menores u omitir ciertas informaciones para garantizar el anonimato de las participantes. Se hizo con cuidado, para no alterar en modo alguno el sentido de lo dicho.
La díada A estaba formada por Charlene (madre) y Brooke (hija). Charlene había pasado por el sistema de protección y había sufrido ella misma VAD en su infancia. Brooke seguía en contacto con la persona que había ejercido el abuso. Brooke estaba embarazada de su primer hijo en el momento de la entrevista. La autoridad local había retirado a Brooke de la custodia de Charlene durante un tiempo. Brooke había estado expuesta a nuevos abusos mientras estuvo tutelada. Tanto Charlene como Brooke sentían que la autoridad local les había fallado y que, además, había discriminado a Charlene por su edad, su género, su color de piel y su clase social. Tanto Charlene como Brooke habían realizado una extensa terapia personal y habían trabajado en servicios de salud.
La díada B estaba formada por Angelica (madre) y Alice (hija). Tanto Angelica como Alice seguían teniendo cierto contacto con la persona que había ejercido el abuso. Se habían mudado muchas veces desde que se produjo el abuso. Alice había hecho terapia personal en distintos momentos y era ella misma profesional de la salud. Angelica había recibido brevemente counselling, pero se había sentido apoyada sobre todo por su familia, sus amistades y su comunidad espiritual. Tanto Angelica como Alice narraban con gran cuidado y a menudo se mostraban joviales entre ellas (tabla 2).
Tabla 2 — Tabla de resultados
Todas las participantes hablaron de las innumerables maneras en que la VAD ha afectado a su vida y de cómo ha seguido manifestándose. Brooke reflexionó que no sintió haber reconocido el impacto de inmediato: «no era algo en lo que yo, yo pensara realmente hasta que tuve probablemente, digamos *pausa* veintipocos años». Reflexionó: «No fue hasta que tuve una relación estable cuando empecé a poder notar algunos de los efectos». Esto indica una comprensión del impacto de la VAD que no es cronológicamente lineal, pero también que una relación fue una parte clave de ese proceso. Más adelante Brooke reflexionaría que esperaba que el impacto siguiera apareciendo en su vida: «No creo que vaya a haber nunca un punto final. Es algo que ha pasado».
Angelica reflexionó sobre el impacto de la VAD: «es como si tuvieras algo colgado del cuello, ¿sabes?, como que te frena, y y te puede hacer enfermar». Explicó además cómo el duelo se colaba de vez en cuando en su vida en ciertos hitos, algo parecido a un duelo recurrente (Rosenblatt, 1996), pero había aprendido a manejarlo: «intentando cambiar cosas en mi vida para para no regodearme. Esa es la expresión correcta, en lo que pasó, porque ha pasado. Pasó, pero ya hemos salido».
Alice compartió una narrativa similar a la de Brooke, según la cual una relación segura precedió a la aparición del impacto de la VAD en su vida: «esa persona era, no sé, maravillosa, muy segura, muy contenedora, muy conectada… entonces empecé a notar que mi salud mental empeoraba, y me iba retirando del deporte en ese sentido comunitario, y creo que había algo en estar en un lugar muy seguro con una persona segura que hizo que esas cosas se desmoronaran». Alice señaló también que se mudaron varias veces en los años posteriores a la VAD y cómo eso contribuyó, en su caso, a elaborar la VAD: «creo que había algo en dejar el entorno donde habían pasado cosas difíciles… que mi mente y mi cuerpo empezaron a decir, vale, ya estás fuera de esa zona, yyyyy vamos a empezar a pensar en algunas de esas cosas.»
Las participantes hablaron del impacto omnipresente e invasivo de la VAD en su vida. Había abarcado largos periodos y afectado a muchos ámbitos de la vida incluso después de que cesara el abuso. La literatura confirma que el impacto de la VAD es omnipresente y persistente, a menudo por sus efectos sobre el apego y por el trauma psicológico (Fox et al., 2014; Hulley et al., 2023; Tarquinio et al., 2012), pero también por sus consecuencias materiales sobre la economía, la vivienda y la salud física (McCaw et al., 2007; Sharp-Jeffs, 2015). Todas las participantes compartían la experiencia colectiva de que nunca sería algo «superado». Las participantes contaron cómo el impacto de la VAD se colaba en su vida, a veces en momentos evidentes pero también en momentos aparentemente inconexos, lo que a menudo resultaba angustiante o frustrante cuando el impacto parecía lejano. Una de las mayores preocupaciones sobre la exposición a la VAD en la adolescencia es la posible alteración del apego y la forma en que la VAD puede afectar a las relaciones futuras (Hou, 2020; Little, 2023). Quizá la narrativa más constante sobre cuándo aparecía el impacto de la VAD en las participantes se refería a las relaciones de pareja, que o bien suscitaban inquietudes similares en torno a la confianza, o bien creaban un entorno tan seguro que permitían una elaboración inesperada de la VAD. Las participantes lo afrontaron encontrando una conexión valiosa en relaciones no románticas y/o continuando su propia terapia para ayudar a elaborar y afrontar el trauma relacional: «darme cuenta del soplo de aire fresco que es tener una relación, tener amor sin la violencia» (Charlene).
Los actos de resistencia son acciones que resisten directamente a las estructuras de poder (Bourdieu and Bourdieu, 2004). Dado el impacto variado y persistente de la VAD, es lógico que las formas de afrontarla y de resistir sean igualmente variadas y persistentes. Las participantes encontraron muchísimas maneras de negociar ese impacto. La díada A hablaba a menudo de la necesidad de los límites como forma de resistencia, debido a la implicación continuada de la persona que había ejercido la VAD, Brooke: «resistir, para mí, es poner esos límites, priorizar mi salud mental, intentar alinearme con mis valores». Se reconoce que las acciones coherentes con los propios valores hacen más felices a las personas, y están integradas en muchas terapias (Berman et al., 2009; Harris, 2006). El abuso puede distorsionar los límites, de modo que recuperarlos y definirlos corrige esa distorsión y ayuda a prevenir nuevas transgresiones (Johnson and Hooper, 2004). En el caso de Charlene, su resistencia consistió en resistir a la discriminación de la autoridad local, Charlene: «sabes, más bien me encendió, me empujó más hacia la justicia, a querer hacer algo con el sistema para asegurarme de que mis hijos, ¿sabes?, tuvieran apoyo y les fuera bien y no fueran lo que yo fui». La resistencia de Charlene frente a sistemas de opresión poderosos en busca de un futuro mejor parece estar profundamente alineada con los enfoques sistémicos radicales de 4.a y 5.a ola, que procuran introducir cambios en todos los niveles del contexto y no solo en el personal o el familiar.
Limitar el trauma intergeneracional fue una parte decisiva de los actos de resistencia y de las narrativas de ambas díadas, Charlene: «ahora sí que tengo que recoger los pedazos y ayudarme a mí misma y a mis hijos a sanar, para que para poder romper este ciclo», mientras que Brooke comentaba también: «el trauma ocurre, y lo importante es que cada generación intente simplemente reducirlo un poquito cada vez… Ojalá mamá se diera un poco más de gracia a sí misma… Creo que a mamá le encantaría, no sé, secar hasta la última gota de trauma… desde mi perspectiva, pensar en el futuro que va a tener mi hijo a partir de donde venimos es algo que me llena de orgullo… en todo el trabajo. Creo que eso viene de antes de mí, incluso desde, no sé, mi abuela». La reflexión sobre este proceso intergeneracional y sobre ser una buena ancestra (Krznaric, 2020; Saad, 2020; Shukla, 2015) fue muy potente en la entrevista. Reconocer los patrones intergeneracionales y, eventualmente, resistirlos es algo que pueden abordar muchos modelos psicológicos, pero en particular los modelos centrados en la familia y el apego (Byng-Hall, 1985, 1998; Dallos and Vetere, 2018). Existe una literatura creciente al respecto, que se nutre sobre todo de prácticas decoloniales, sobre cómo afrontar y detener el ciclo del trauma intergeneracional (Hoosain, 2018; Leifer and Smith, 1990; Rees and Evans, 2021).
Romper este ciclo implicaba una terapia continuada, pero también compasión: Brooke: «Creo que la gracia (en el sentido de compasión, paciencia y perdón) que hemos podido darnos la una a la otra todo este tiempo es probablemente lo lo más bonito que ha pasado». Esto parece enlazar con diversas ideas terapéuticas en torno a la compasión y la mentalización (Allen et al., 2008; Gilbert, 2009). La díada B habló extensamente de la búsqueda compartida de la alegría y la risa: Alice: «a veces veo el hacer mucho el tonto y recurrir al humor y al juego como un acto de resistencia… creo que eso es algo que compartimos muchísimo mamá y yo». Esta conversación parece reflejar ideas centrales del crecimiento postraumático (Bakaitytė et al., 2022; Henson et al., 2021). En el caso de Alice, hubo un crecimiento que la llevó de simplemente buscar la alegría a un estilo de vida más equilibrado e integral, que le permitió «sentirme menos víctima». Esto resuena con las ideas sobre la capacidad de acción y la asunción de responsabilidad en el trabajo con la VAD (Vetere and Cooper, 2001). En el caso de Angelica, no dejarse definir por el duelo y llenar su vida de vínculos y actividades le permitió resistir, Angelica: «intentando cambiar cosas en mi vida para para no regodearme. Esa es la expresión correcta, en lo que pasó». Esto se asemeja a las ideas de la terapia narrativa sobre el acceso a los discursos subyugados para engrosar las narrativas, lo que ayuda a abrir más posibilidades de acción y de esperanza en el futuro (White and Epston, 1989).
Todas las participantes hablaron extensamente de la importancia de comprender y dar sentido a lo ocurrido, ya fuera comprendiéndose mejor a sí mismas, Charlene: «para mí, realmente llegar a conocerme, entender cómo funciona ese abuso, lo que te hace, simplemente hacer que te vuelvas, tener que volverte muy consciente de ti misma», comprendiendo a la persona que había ejercido el abuso, Alice: «apoyarme en ese punto de vista empático e intentar entender por qué… alguien actuaría alguna vez así e intentar partir de un lugar en el que, en realidad, tener esa comprensión trae más paz», o comprendiéndose mutuamente, Angelica: «aprendes la una con la otra, y cuáles son las necesidades de cada una… Andrew y Alice, que son lo más importante para mí». Una mayor comprensión abría oportunidades de conectar con otras personas, lo que a su vez favorecía mejores oportunidades de comprender. Esto continúa de forma recíproca: la comprensión de sí y del otro permite una mayor empatía y la posibilidad de vínculos estrechos. Ello podría explicar el desarrollo menos cronológico y más relacional que describen las participantes. Esto concuerda con diversas ideas en torno a la mentalización, la contención, la corregulación y la teoría del desarrollo (Ainsworth and Hansen, 2012; Allen, 2018; Szykierski, 2010). Una relación segura es esencial para elaborar las experiencias traumáticas (Huppertz, 2018; Lawson-McConnell, 2020). Además, parte de la literatura considera que las personas que han vivido VAD tienen más probabilidades de ver alterada su capacidad de mentalización y de corregulación, lo que hace aún más notable su presencia en estas personas (Gumley, 2010; Moreno et al., 2016).
Ambas díadas estaban formadas por madres e hijas; ambas nombraron hasta qué punto la relación había sido primordial para resistir el impacto de la VAD. Brooke atribuía la mayor parte de su capacidad de afrontamiento a su madre: «Yo diría que es al menos el 50% (de todo lo que ayudó)», mientras que Angelica afirmaba: «ellos (sus hijos) son lo más importante para mí, pase lo que pase, y siempre irán primero». Las participantes señalan en varias ocasiones la complejidad y los matices de las relaciones madre-hija. En particular, las madres querían compensar el daño sufrido, ya fuera «equilibrando la balanza de la alegría» o siendo una «madre leona». La literatura reconoce la singularidad de esta relación y cómo la gestión intergeneracional de las normas sociales que exigen a las mujeres ser «calladas» y «dóciles» puede dar lugar a dinámicas complejas entre madre e hija y, a la vez, constituir una relación profundamente sostenedora (Hasseldine, 2017; Schreurs et al., 2003).
Todas las participantes buscaron distintas formas de apoyo profesional. Se trataba de apoyo para el bienestar físico, mental, material y espiritual. Hubo repetidos testimonios del valor del apoyo psicológico profesional, Charlene: «una terapeuta adecuada para apoyarme en la crianza y para entender la mejor manera de ayudarles (a sus hijos) a desentrañar sus experiencias y a sentirse también acompañados con ellas», pero también de la importancia de la fe, Angelica: «formaba parte de un grupo de sanación espiritual y eso fue algo que me apoyó mucho», y del apoyo comunitario, Alice: «creo que esos años de estar en una comunidad con contacto regular me cambiaron por completo». Todas las participantes hablaron de necesidades cambiantes, dada la naturaleza no lineal de la sanación, y de la necesidad de distintos tipos de intervención.
La mayoría de las participantes hablaron también de servicios que no estaban presentes cuando se los necesitaba, que no las ayudaron o que las obstaculizaron activamente. La intervención de la autoridad local aparecía como un antagonista principal en la narración de Charlene. Charlene habló con pasión de la autoridad local y de su impacto sobre sus hijos: «ellos (la autoridad local) lo cogían, por así decirlo, (el abuso que Charlene había sufrido de niña) y lo usaban a su favor cuando querían, y lo dejaban de lado cuando, ¿sabes?, lo ignoraban cuando no les interesaba… Hice que mi casa fuera segura. Saqué de casa a la, ¿sabes?, a la pareja maltratadora. Luego la batalla con la autoridad local para… quedarme con mis hijos… ^ellos sabiendo perfectamente la violencia que, ¿sabes?, hubo en mi casa, pero apoyándolo a él (el padre de Brooke)… que se le concediera el derecho de visita». Charlene y Brooke se preguntaban retrospectivamente en qué medida las decisiones de la autoridad local se habían visto influidas por la identidad interseccional de Charlene, mujer negra de clase trabajadora. Sentían que había sufrido una discriminación considerable. Esto se refleja en la investigación y en los titulares de prensa (Frost and Parton, 2009; Parton, 2014). Además, la presencia de racismo y clasismo en los servicios sociales de infancia está establecida en la literatura empírica (Drew et al., 2023; Hood et al., 2020; Webb et al., 2020), así como en los sistemas que los sostienen y supervisan (Flemmen and Savage, 2017; Miller, 2021). Esta triple privación (Emanuel, 2002) puede agravar aún más las dificultades a las que ya se enfrentan las familias vulnerables que viven VAD. Charlene reflexionó también sobre su visión de la autoridad local en general: «la autoridad local tiende a abordar estas cosas quitándole recursos a la familia, llevándose a los niños, poniéndolos en otros hogares. Cuando proceda, (deberían estar) dando a esas madres y padres esos recursos y apoyándolos, dándoles los mentores expertos adecuados para ayudar a sostener y construir la vida social de esos niños, y también un progenitor que haya pasado por esas cosas, ¿no?» La narración de Alice puso igualmente de relieve los fallos de los servicios de salud mental, que o bien no preguntaban por la VAD cuando era evidente, o bien no respondían a sus necesidades cuando las tenía: «Ha habido momentos en los que lo he pasado mal y no he recibido la ayuda que necesitaba».
Las dos personas que eran menores en el momento del abuso contaron que habían tenido en la infancia síntomas físicos difíciles de explicar médicamente, que ambas consideraban que podían haber sido una respuesta a la VAD (Caldwell and Leighton, 2018; Kozlowska, 2013). Ambas exploraron también cómo el movimiento, a través del deporte y la danza, les había permitido aliviar la tensión o expresarse. Existe una literatura creciente sobre la respuesta encarnada al malestar y sobre cómo calmar y regular el cuerpo en estados de angustia (Babbel, 2018; Porges, 2022; van der Kolk, 2014).
De esta investigación pueden extraerse varias implicaciones:
Las participantes tenían mucho saber que ofrecer sobre el trabajo con sobrevivientes-víctimas y sobre las formas de resistir. Dado el alcance de su resistencia, propondría un cambio de vocabulario: pasar de sobreviviente-víctima a sobreviviente-víctima-resistente. Esto pone de relieve la capacidad de trascender una etiqueta basada principalmente en la capacidad de acción de otra persona. Este vocabulario no debería entenderse como una progresión jerárquica fija, sino como un continuo fluido y transitorio.
El malestar y el crecimiento de las participantes tenían una linealidad temporal limitada y parecían de naturaleza relacional. Desde una perspectiva clínica, esto pone de relieve la necesidad de que las personas sobrevivientes-víctimas-resistentes puedan acceder repetidamente a apoyo, y no de una única oferta de apoyo tras salir de la situación de abuso. Las necesidades también pueden variar en cada momento de acceso y requerir paradigmas terapéuticos, duraciones y formatos distintos. Esto incluye no solo el apoyo psicológico, sino también la salud física, dadas las experiencias encarnadas, así como cierta competencia o capacidad de derivación hacia apoyos en materia económica, de vivienda y de educación. No es probable que estas personas vean sus problemas resueltos en seis sesiones de TCC de baja intensidad, aunque bien pueden recurrir a ellas como parte de su recorrido.
Dado el valor que las participantes encontraron en la construcción de sentido, el uso de la formulación puede favorecerla (Johnstone et al., 2013). Diversos paradigmas terapéuticos pueden ser útiles según las necesidades de cada persona. Dado el valor que las participantes atribuían a las experiencias encarnadas y a la expresión, los enfoques basados en el arte, el drama y el movimiento podrían ser útiles (Feniger-Schaal and Orkibi, 2020; Ritter and Low, 1996). Las participantes comentaron el valor que en ciertos momentos tuvieron las terapias tradicionales del trauma, por lo que también deberían utilizarse cuando proceda. La naturaleza relacional del daño, de la construcción de sentido y de la resistencia identificada por las participantes podría tenerse en cuenta en las intervenciones. Una experiencia relacional constante con un número reducido de profesionales de la clínica, que ofrezca puntos de apego estables, podría ser útil (Dozier and Bates, 2003). Los enfoques familiares y diádicos, sea cual sea la edad de la persona usuaria, también pueden ser valiosos, en particular los que privilegian el apego y la familia, como la Attachment Narrative Therapy (Dallos and Vetere, 2021). La ANT, y otros enfoques similares, podrían ofrecer a las personas ocasiones de negociar el trauma intergeneracional y, al mismo tiempo, más oportunidades de afrontamiento y de resistencia intergeneracionales. Este enfoque se centra en considerar el apego y las narrativas familiares de forma intergeneracional, lo que parece concordar con las narrativas ofrecidas por las díadas en esta investigación. En particular, la atención que presta la ANT a los guiones familiares replicativos y correctivos (Byng-Hall, 1998). Aunque la ANT parece prometedora, otros enfoques también parecen concordar bien con la idea del trauma intergeneracional y de su posterior sanación a través de la relación. En particular, los enfoques de psicología comunitaria en comunidades indígenas que han sido colonizadas o perseguidas de otro modo (Hoyt, 2019; Hübl and Avritt, 2020; Radu et al., 2014). Dado el considerable trauma intergeneracional en estas comunidades, se ha reconocido que preservar, de generación en generación, la identidad, los valores y los vínculos comunitarios es importante para sostener un proceso de sanación y de resistencia (Afuape, 2016). Las prácticas narrativas colectivas también pueden permitir explorar el trauma intergeneracional y la resistencia a ese trauma (Lock, 2016; Ncube, 2006).
Como pone de relieve esta investigación, la conexión relacional es importante para ayudar a las personas a afrontar las experiencias traumáticas. Taiwo Afuape (2011, 2016, 2020) muestra cómo el trauma separa a las personas entre sí y de los valores que las unen. Muestra también cómo las intervenciones conectivas y colectivas, que permiten a las personas reconectar entre sí y con sus valores, las ayudan a afrontar las experiencias traumáticas y a resistir en los distintos niveles del contexto. Esta investigación concuerda con estas ideas. Los sistemas de protección de la infancia del Reino Unido no respondieron a las necesidades de estas participantes ni, según indica la literatura, a las de otras personas. Las participantes, o bien tenían demasiado miedo de la autoridad local como para relacionarse con ella, o bien se sintieron dañadas por ella, porque retiraba recursos y discriminaba a las personas. Y es que centrarse en la gestión del riesgo puede limitar las oportunidades de sanación, de conexión y de dotación de recursos (Cottam, 2015; Featherstone et al., 2018). Percy Aggett y Philip Messent (2019) presentan un enfoque relacional y colaborativo para los servicios sociales y los servicios de salud mental. Se basa en la conexión y la colaboración mutua con las personas a las que acompañan los servicios, para aumentar su capacidad de acción y ayudar a dotarlas de recursos. Los resultados de esta investigación podrían respaldar este enfoque.
La experiencia de discriminación vivida por las participantes en esta investigación es profundamente preocupante y podría reflejar la literatura que pone de manifiesto la discriminación sistémica en numerosos servicios públicos (Bartholet, 2011; Hoosain, 2018; Miller, 2021). Las participantes sufrieron un daño por esta experiencia y se esforzaron mucho por contrarrestar su impacto. Esta investigación no aporta claves para abordarlo, pero reconoce el daño y la necesidad de cambio.
Esta investigación presentaba varias limitaciones:
El reclutamiento para esta investigación tropezó con varios de los obstáculos ya mencionados. Esto llevó a reclutar a cuatro participantes, lo que, en comparación con la mayoría de los métodos de investigación, constituye una muestra pequeña. Sin embargo, el volumen y la riqueza de los datos aportados por estas participantes muestran que la muestra era suficiente para una investigación basada en la IN (Daiute, 2013; Morse, 2000). No obstante, el número de participantes plantea otras dificultades. Las participantes eran homogéneas en cuanto al género y a las relaciones dentro de las díadas. Aunque la investigación cualitativa valora la homogeneidad de las personas participantes, esto invita a preguntarse qué historias no estuvieron representadas. Se presentaron candidatos varones, pero no cumplían los criterios. Los resultados de esta investigación podrían ser distintos si se consideraran las narrativas de padres e hijos, de hermanas y hermanos o de personas cuidadoras implicadas en relaciones del mismo sexo. ¿A qué se debe esto? ¿Son quizá los relatos de mujeres que viven VAD discursos menos subyugados que las experiencias masculinas de abuso, o es que las mujeres están más dispuestas a participar juntas en una investigación sobre esa experiencia? Quizá las formas de responder al malestar, y a la VAD en particular, marcadas por el género (Moulding, 2015; Wild, 2022) hicieron también que las mujeres tuvieran más a mano el lenguaje para narrar su historia.
También conviene señalar que las personas dispuestas a presentarse como díada debían de tener una relación sólida, haber encontrado alguna manera de reflexionar sobre la experiencia y quizá haber coconstruido ya narrativas sobre sus vivencias. Esto puede haber excluido a ciertas personas de esta investigación.
Aunque la investigación se evaluó con los criterios de la «Big Tent» (Tracy, 2010), la doble codificación y otros métodos similares para garantizar la credibilidad y el rigor estuvieron ausentes de esta investigación por limitaciones de tiempo y de personal. Esto debe tenerse en cuenta en cuanto a la aplicabilidad de los resultados.
Esta investigación presentaba varias fortalezas:
Esta investigación es oportuna, dado el considerable aumento de la VAD durante la COVID-19, y supone una valiosa aportación a una literatura con un vacío evidente, tanto desde el punto de vista de la investigación como de la clínica.
La investigación sobre el contexto relacional de las personas afectadas por la VAD es escasa, por lo que este estudio permitió dar voz a narrativas que rara vez se escuchan en la literatura o en el contexto terapéutico.
Esta investigación se llevó a cabo con un rigor ético cuidadoso para no reproducir el abuso. Ofreció además un contenido reflexivo significativo y transparente para ayudar a quien lee a comprender las decisiones de la persona investigadora.
La investigación futura en este ámbito se beneficiaría de realizarse con una muestra más heterogénea, que aportara narrativas más ricas y potencialmente disonantes respecto de esta investigación. Dados los obstáculos para el reclutamiento, la heterogeneidad podría ser difícil de lograr. El apoyo de organizaciones benéficas o del tercer sector podría ayudar a acceder a grupos de participantes más específicos y hacer que la investigación resultara, quizá, más atractiva para ciertos colectivos. La investigación futura podría beneficiarse de explorar otros formatos de entrevista, ya sea alterando la secuencia o mediante un formato grupal basado en el rol de persona cuidadora o de menor. Además, la inclusión de otras fuentes de datos, como imágenes, es habitual en la IN. Las participantes manifestaron su preferencia por el movimiento y por formas de expresión diversas. Por ello, introducir opciones adicionales de expresión, como las imágenes, podría ser valioso y encaja con la IN (Riessman, 2008).
Esta investigación ha propuesto una indagación narrativa, con un enfoque novedoso, para explorar las experiencias de díadas que han atravesado la VAD. Aporta una perspectiva singular al recoger las narrativas de díadas que han vivido VAD. Las participantes hablaron del alcance de la VAD y de cómo afectó a su vida, pero también de las numerosas formas que encontraron de resistir ese impacto. Hablaron del valor de los servicios adecuados, del apoyo en el momento adecuado, pero también del daño causado por los servicios. Hablaron de cómo el trauma de la VAD aparecía de formas inesperadas. Por último, hablaron de la relación recíproca entre conexión y comprensión, en particular entre madre e hija. Todo ello ofrece un marco para considerar las experiencias de las díadas y sus implicaciones para las intervenciones y los servicios terapéuticos: «la esperanza es algo que hacemos con otras personas» (Weingarten, 2001).
Complexe Systémique: puntos clave
Esta investigación desplaza el foco habitual sobre la violencia doméstica: en lugar de centrarse en la salida de la situación violenta, escucha lo que sucede, años después, con una madre y una hija que la atravesaron juntas. El diseño interesa a la práctica sistémica: una entrevista conjunta seguida de entrevistas por separado permite oír lo que la díada construye en común y lo que cada una guarda para sí. Surgen tres hilos. El impacto vuelve por oleadas, a menudo cuando una relación por fin segura permite volver a pensarlo. La relación madre-hija es a la vez un recurso y un lugar de reparación intergeneracional. Los servicios, en especial los de protección de la infancia, a menudo llegaron tarde o causaron más daño, y la discriminación racial y de clase se nombra con claridad. La propuesta de hablar de «sobrevivientes-víctimas-resistentes» se hace eco del trabajo de Allan Wade sobre las respuestas a la violencia. Los límites residen en el propio estudio: cuatro mujeres, dos díadas ya sólidas, un análisis sin doble codificación. La lección clínica sigue siendo clara: ofrecer un apoyo repetido, relacional, a veces familiar, en lugar de una oferta única e individual. Puede leerse junto con la entrevista con Allan Wade sobre la dignidad y la violencia y el estudio sobre el lugar del niño o la niña tras la violencia familiar.
Notas del original
Declaración de conflicto de intereses. La autoría declaró no tener ningún posible conflicto de intereses en relación con la investigación, la autoría y/o la publicación de este artículo.
Financiación. La autoría no recibió apoyo económico para la investigación, la autoría y/o la publicación de este artículo.
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Traducción no oficial al español de The experiences of dyads who have jointly been exposed to domestic violence and abuse: Narratives of growth, connection and resistance, de Leighton King, Barbara Rishworth y Jo Hadfield, Human Systems, vol. 6, n.o 1 (2026), doi: 10.1177/26344041251337007, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (tablas presentadas en forma de listas). Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Esta es una traducción no oficial al español del artículo original «The experiences of dyads who have jointly been exposed to domestic violence and abuse: Narratives of growth, connection and resistance», publicado en Human Systems (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducida por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
King, L., Rishworth, B., y Hadfield, J. (2026). The experiences of dyads who have jointly been exposed to domestic violence and abuse: Narratives of growth, connection and resistance. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/the-experiences-of-dyads-who-have-jointly-been-exposed-to-domestic-violence-and-abuse (Obra original publicada en 2025 en Human Systems, 6(1), 3-27 (2026); republicada en 2026 por Human Systems, https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/26344041251337007)
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