Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Family Relations · Familia
Llegadas a Estados Unidos entre los 8 y los 18 años, dieciséis personas somalíes, oromo y etíopes describen lo que cargan: la supervivencia de sus madres y padres, sus silencios, la obligación de aguantar a toda costa. El equipo de Zamzam Dini describe una generación 1,5 que tiende puentes entre generaciones, y una «resiliencia cargada» que las familias tendrían que aprender a soltar juntas.
Traducción no oficial al español de “Tired of Being Tired”: Intergenerational Trauma and Relational Bridging Among 1.5‐Generation East African Refugees, de Zamzam Dini, Kadija Mussa, Shreya Sharma y Zahra Muse, publicado en Family Relations (Wiley) (2026), doi: 10.1111/fare.70359, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las tablas se presentan en forma de listas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
El silencio operaba como un proceso relacional a través del cual el trauma, el duelo y las expectativas familiares se comunicaban de una generación a otra.
Zamzam Dini, Kadija Mussa, Shreya Sharma y Zahra Muse
Resumen
Objetivo. Este estudio examinó cómo las personas refugiadas de África Oriental de la generación 1,5 (1.5G) afrontan el trauma intergeneracional, la resiliencia y la comunicación dentro de los sistemas familiares refugiados.
Antecedentes. Las familias refugiadas suelen vivir un trauma intergeneracional moldeado por la migración y el desplazamiento. Situadas entre la primera generación, la de sus madres y padres, y las generaciones más jóvenes, las personas refugiadas 1.5G ocupan un papel singular en la comunicación familiar, la construcción de sentido y la adaptación.
Método. Este estudio cualitativo se basó en cuatro grupos focales con 16 personas refugiadas 1.5G de África Oriental, somalíes, oromo y etíopes. Los datos se analizaron mediante análisis temático.
Resultados. Surgieron cuatro temas: Cargar con el peso de la supervivencia, Pérdida compartida y trauma silenciado, Conectar experiencias generacionales compartidas y Hacia la sanación y la transformación. Las personas participantes describieron expectativas heredadas de fortaleza, un silencio emocional en torno al trauma y la responsabilidad de tender puentes sobre las brechas culturales y generacionales. También subrayaron la sanación colectiva, la apertura emocional y los enfoques comunitarios de la resiliencia.
Conclusión. El trauma intergeneracional se negociaba mediante procesos relacionales continuos, en lugar de vivirse únicamente en el plano individual. Las personas participantes actuaban como puentes relacionales que traducían experiencias, expectativas y comprensiones del trauma de una generación a otra, al tiempo que cargaban con relatos heredados de supervivencia.
Implicaciones. Los resultados respaldan enfoques culturalmente sensibles y centrados en la familia que promuevan el diálogo intergeneracional, la sanación colectiva y la reparación relacional en las comunidades refugiadas.
En todo el mundo, las personas refugiadas se enfrentan a menudo a traumas derivados de la guerra, la persecución, el desplazamiento y las tensiones del reasentamiento, estrechamente vinculados a la depresión, el TEPT y la ansiedad (Steel et al. 2009). Sin embargo, las comunidades refugiadas de África Oriental siguen estando poco estudiadas, pese a su larga historia de reasentamiento en Estados Unidos y en otros países occidentales (Ellis et al. 2008). Estos grupos afrontan desafíos singulares marcados por la violencia política, la pérdida, la desestructuración familiar, la adaptación cultural, el racismo y la islamofobia (Betancourt et al. 2015; Im and Rosenberg 2016).
El trauma en estas comunidades es también intergeneracional. Las hijas e hijos de personas refugiadas pueden cargar con el peso psicológico y relacional de la violencia y el desplazamiento pasados, incluso sin exposición directa (Danieli 1998; Sangalang and Vang 2017). Sin embargo, la investigación rara vez sitúa en el centro las experiencias vividas de las familias de África Oriental ni examina cómo el trauma se transmite, se negocia y se transforma de una generación a otra dentro de los sistemas familiares. Prestar más atención a estas comunidades es esencial para desarrollar enfoques culturalmente sensibles de la sanación y la resiliencia.
Para colmar estas lagunas, este estudio sitúa en el centro las experiencias vividas de las personas refugiadas de África Oriental de la generación 1,5 (1.5G). Situadas entre la primera generación, la de sus madres y padres, y la segunda generación, la de sus hijas e hijos, las personas refugiadas 1.5G ocupan un papel relacional singular dentro de los sistemas familiares refugiados. Sus experiencias aportan una mirada valiosa sobre cómo el trauma, la resiliencia y la comunicación familiar se interpretan y se negocian de una generación a otra.
Guiado por el interés en la construcción intergeneracional de sentido y la adaptación familiar, este estudio examina las siguientes preguntas de investigación:
PI1.¿Cómo dan sentido al trauma las personas refugiadas 1.5G de África Oriental en los contextos familiares y comunitarios?
PI2.¿Cómo se vive, se interpreta y se transforma el trauma de una generación a otra dentro de las familias refugiadas?
PI3.¿Cómo conceptualizan las personas refugiadas 1.5G la resiliencia, la sanación y sus propios papeles dentro de los sistemas familiares?
En conjunto, estas preguntas exploran cómo las personas refugiadas 1.5G afrontan los legados emocionales, culturales y relacionales del desplazamiento. Al integrar la construcción de sentido, el trauma intergeneracional y la resiliencia, este estudio sostiene que las personas refugiadas 1.5G funcionan como puentes relacionales que interpretan, negocian y transforman activamente el trauma de una generación a otra. Con ello, el estudio contribuye a la investigación sobre los sistemas familiares refugiados al poner de relieve los procesos relacionales a través de los cuales el trauma, el silencio, la resiliencia y la sanación se transmiten y se reimaginan en las comunidades refugiadas de África Oriental. El resto del artículo revisa la literatura y los marcos teóricos pertinentes, describe la metodología del estudio, presenta los resultados y discute sus implicaciones para la teoría, la investigación y la práctica clínica.
El término personas refugiadas 1.5G designa a quienes migraron durante la infancia o la adolescencia, por lo general después de la primera infancia pero antes de la edad adulta, lo que las sitúa entre las personas adultas de primera generación y las de segunda generación nacidas en el país de acogida (Rumbaut 2004). Este momento del desarrollo coloca a las personas refugiadas 1.5G en una intersección singular de memoria, identidad y adaptación, ya que conservan experiencias vividas de la migración al tiempo que se socializan en la sociedad de acogida.
En los contextos de reasentamiento, las personas 1.5G suelen asumir el papel de mediadoras culturales y lingüísticas entre sus familias y las instituciones externas, como las escuelas, los sistemas de salud y los servicios sociales (Tse 1996). Estas responsabilidades pueden favorecer la competencia bicultural y la capacidad de adaptación, pero también generan tensión de rol, adultificación precoz y tensiones intergeneracionales (Portes and Rumbaut 2001; Suárez-Orozco and Suárez-Orozco 2001). Por ello, las personas refugiadas 1.5G a menudo deben conciliar expectativas contrapuestas relacionadas con la obligación familiar, la preservación cultural y el desarrollo individual.
Pese a su papel crucial dentro de los sistemas familiares, las personas refugiadas 1.5G siguen estando infrarrepresentadas en la investigación. Los estudios existentes se han centrado sobre todo en la exposición al trauma de las personas adultas de primera generación o en el desarrollo identitario de la segunda generación, prestando escasa atención a quienes vivieron directamente la migración en etapas formativas de su desarrollo (Portes and Rumbaut 2001; Sangalang and Vang 2017). Esta laguna es especialmente significativa en la investigación sobre el trauma, porque las personas 1.5G pueden a la vez recordar experiencias previas a la migración e interpretar su sentido en los contextos familiares y comunitarios actuales. Desde una perspectiva sistémica, las personas refugiadas 1.5G no son solo receptoras del trauma intergeneracional, sino que también intervienen activamente en la manera en que ese trauma se comprende y se comunica en las familias. Situar sus perspectivas en el centro permite, por tanto, comprender cómo el trauma puede reinterpretarse y, potencialmente, interrumpirse de una generación a otra.
Las personas refugiadas se enfrentan a menudo a importantes barreras estructurales, como las dificultades de empleo, el hacinamiento en la vivienda, un dominio limitado del inglés, la pobreza y el racismo, que pueden contribuir a problemas de salud mental como el TEPT (Finklestein and Solomon 2009; Papadopoulos et al. 2004). Estos factores de estrés pueden transmitirse de una generación a otra a través de las prácticas de crianza y de los patrones de comunicación familiar (Nagata et al. 2024). El trauma puede alterar la crianza, el apego y la disponibilidad emocional, moldear las capacidades de regulación de niñas y niños y aumentar su riesgo de experiencias adversas en la infancia (Antony 2022). La investigación muestra que las hijas e hijos de personas refugiadas expuestas a la guerra, la persecución o el desplazamiento tienen más probabilidades de desarrollar síntomas internalizantes, problemas de conducta, apego inseguro y respuestas similares al TEPT, como la hiperactivación y la hipervigilancia (Hong et al. 2025).
El trauma intergeneracional no se refiere solo a lo que transmiten las generaciones mayores, sino también a la manera en que las generaciones más jóvenes interpretan las historias familiares de violencia y responden a ellas mientras afrontan la discriminación actual, los conflictos identitarios y el aislamiento social. A pesar de estos riesgos elevados, la infancia refugiada también muestra una gran capacidad de resiliencia cuando cuenta con el apoyo de relaciones estables, programas escolares y recursos comunitarios arraigados en la cultura (Antony 2022).
Investigaciones recientes sugieren que la comunicación del trauma en las familias refugiadas implica a menudo tanto la revelación como el silencio, y que las generaciones más jóvenes deben orientarse entre relatos fragmentados sobre el desplazamiento, la pérdida y la supervivencia. En un estudio exploratorio con familias refugiadas kurdas, Kevers et al. (2024) constataron que el trauma se transmitía no solo a través del relato explícito, sino también del silencio, la sintonía emocional y la comunicación indirecta del sufrimiento. Estos resultados sugieren que el trauma intergeneracional está moldeado no solo por lo que las familias comparten, sino también por lo que queda sin decir.
Así pues, el trauma intergeneracional no se transmite sin más de una generación a la siguiente: las generaciones más jóvenes interpretan, negocian y dan sentido activamente a las historias familiares de desplazamiento, pérdida y supervivencia (Danieli 1998; Nagata et al. 2024; Sangalang and Vang 2017). En el caso de las personas refugiadas 1.5G, los recuerdos directos de la migración pueden influir además en cómo se comprenden y se negocian estos relatos familiares de una generación a otra (Portes and Rumbaut 2001; Rumbaut 2004).
Las comunidades refugiadas de África Oriental, entre ellas las poblaciones somalí, oromo y etíope, han vivido violencia política, persecución, desplazamiento forzado e inestabilidad prolongada, que han marcado sus trayectorias migratorias y su vida familiar (Betancourt et al. 2015; Im and Rosenberg 2016; Shaw et al. 2020). Muchas familias pasaron además largos periodos en campos de refugiados antes del reasentamiento y siguen afrontando dificultades posmigratorias como el racismo, las penurias económicas, las barreras lingüísticas, la discriminación y la adaptación cultural (Abdi 2023; Papadopoulos et al. 2004). Estas experiencias se asocian a un mayor riesgo de problemas de salud mental, como la depresión, el estrés postraumático y la desestructuración familiar (Finklestein and Solomon 2009; Shaw et al. 2020).
Aunque las comunidades somalí, oromo y etíope tienen contextos históricos y políticos distintos, comparten experiencias comunes de sistemas familiares desestructurados, cambios en los roles intergeneracionales y la necesidad de negociar entre varios mundos culturales tras el reasentamiento (Betancourt et al. 2015; Im and Rosenberg 2016; Shaw et al. 2020). Las personas refugiadas oromo han sufrido a menudo represión política y marginación cultural (The Advocates for Human Rights 2009); las somalíes han estado marcadas por décadas de guerra civil y desplazamiento (Abdi 2023; Im et al. 2025), y las etíopes reflejan experiencias migratorias diversas asociadas a conflictos políticos, persecución e inestabilidad económica (Tesfai 2025; Shaw et al. 2020). Estos contextos históricos, culturales y de reasentamiento ofrecen un trasfondo importante para comprender cómo las personas refugiadas 1.5G afrontan las expectativas intergeneracionales, las relaciones familiares y la adaptación.
El modelo ecológico de Bronfenbrenner postula que las personas no existen de forma aislada, sino que están insertas en sistemas interconectados que moldean su desarrollo y su bienestar (Bronfenbrenner and Ceci 1994). Estos sistemas van desde las relaciones familiares inmediatas y las interacciones entre pares hasta las influencias culturales, políticas y sociales más amplias. El microsistema abarca las interacciones directas en los contextos familiares y comunitarios, mientras que el mesosistema refleja las conexiones entre estos entornos. El exosistema incluye las instituciones y estructuras sociales que influyen indirectamente en las personas, como las escuelas, las políticas migratorias y los sistemas de salud. Por último, el macrosistema sitúa las experiencias individuales y familiares en el marco más amplio de los valores culturales, las normas y las condiciones sociopolíticas (Antony 2022).
Este marco resulta especialmente útil para comprender los sistemas familiares refugiados, porque el trauma, la adaptación y la resiliencia están moldeados por múltiples contextos en interacción y no solo por experiencias individuales (Arakelyan and Ager 2021; Kreitzer et al. 2025). Las familias refugiadas afrontan simultáneamente el desplazamiento, el reasentamiento, la discriminación y la adaptación cultural, y lo que viven en un nivel ecológico influye en su funcionamiento en los demás. En el microsistema, los patrones de comunicación familiar determinan cómo se comprende y se habla del trauma. En los niveles del mesosistema y el exosistema, las escuelas, las instituciones religiosas y las organizaciones comunitarias influyen en el sentimiento de pertenencia y en la adaptación. En el nivel del macrosistema, los valores culturales relativos a la obligación familiar, la resiliencia y la responsabilidad colectiva determinan cómo se interpreta y se expresa el malestar.
Para las personas refugiadas 1.5G, las influencias ecológicas abarcan las relaciones con madres y padres, hermanas y hermanos, pares e instituciones. Este marco sitúa, por tanto, el trauma, la resiliencia y la sanación dentro de los múltiples sistemas que configuran la vida de las familias refugiadas.
La teoría de la aculturación ofrece un marco complementario para comprender las experiencias de las familias refugiadas que se desenvuelven entre varios entornos culturales. Berry (1997) conceptualizó la aculturación como el proceso mediante el cual personas y grupos se adaptan a un nuevo contexto cultural manteniendo distintos grados de vínculo con su cultura de origen. Más que un paso lineal de una cultura a otra, la aculturación implica una negociación continua entre la identidad heredada y la de la cultura de acogida.
En las familias refugiadas, la aculturación se produce a menudo a ritmos diferentes según la generación, lo que genera lo que la investigación ha denominado disparidades de aculturación (Berry 1997; Meschke and Juang 2014). Los miembros más jóvenes de la familia suelen adaptarse más deprisa a la sociedad de acogida a través de la escuela, las redes de pares y la adquisición del idioma, mientras que madres y padres pueden mantener vínculos más fuertes con las tradiciones y prácticas culturales de sus países de origen. Estas diferencias pueden contribuir a malentendidos intergeneracionales, cambios de rol y tensiones en torno a la identidad, la pertenencia y las expectativas familiares (Portes and Rumbaut 2001; Suárez-Orozco and Suárez-Orozco 2001).
La teoría de la aculturación es especialmente pertinente para las personas refugiadas 1.5G, cuya socialización cultural temprana y cuyo desarrollo posterior en la sociedad de acogida pueden dar lugar a experiencias de adaptación propias (Rumbaut 2004). Este marco ayuda a explicar cómo los distintos ritmos y vivencias de la aculturación moldean las expectativas intergeneracionales, las identidades y las relaciones familiares.
La investigación sobre el trauma intergeneracional sugiere que el trauma se transmite no solo por exposición directa, sino también a través de los procesos de comunicación familiar, los climas emocionales y los relatos compartidos (Danieli 1998; Nagata et al. 2024). Las familias comunican el trauma mediante mecanismos tanto explícitos como implícitos, entre ellos el relato, el silencio, la expresión emocional y los patrones de revelación o de evitación. Estos procesos moldean la manera en que las generaciones más jóvenes comprenden las historias familiares de desplazamiento, violencia y supervivencia.
La investigación con familias refugiadas ha mostrado que la comunicación sobre las experiencias traumáticas se caracteriza a menudo por la revelación selectiva, el autofiltrado y el silencio protector (Dalgaard et al. 2016; Dini 2025; McCleary et al. 2020). Aunque estos patrones pueden servir para proteger a los miembros de la familia de recuerdos dolorosos, también pueden generar incertidumbre, distancia emocional y dificultades para dar sentido a lo vivido. Las generaciones más jóvenes, sin embargo, interpretan activamente estas comunicaciones verbales y no verbales de maneras que moldean sus identidades y sus relaciones (Danieli 1998; Kevers et al. 2024; Nagata et al. 2024). En el caso de las personas refugiadas 1.5G, este marco ayuda a esclarecer cómo los relatos, los silencios y los patrones emocionales de la familia moldean la comprensión del trauma de una generación a otra.
En conjunto, el modelo ecológico de Bronfenbrenner, la teoría de la aculturación y la teoría de la comunicación del trauma en la familia sugieren que el trauma intergeneracional está moldeado por influencias sociales de varios niveles, por experiencias diferentes de adaptación cultural y por los procesos de comunicación familiar. Estos marcos ofrecen una base para comprender cómo las personas refugiadas 1.5G afrontan el trauma, la resiliencia y la construcción de sentido mientras actúan como puentes relacionales dentro de los sistemas familiares refugiados.
Este estudio cualitativo recurrió a grupos focales virtuales para explorar cómo las personas refugiadas 1.5G de África Oriental comprenden el trauma, la resiliencia, la sanación y las dinámicas familiares intergeneracionales. Se eligió un diseño de grupos focales porque facilita el relato compartido y la coconstrucción de sentido entre participantes con experiencias culturales y migratorias similares (Madriz 2000). Se realizaron cuatro grupos focales, hasta alcanzar la saturación temática. El estudio fue revisado por el comité de ética institucional (Institutional Review Board) de la universidad de quien firma en primer lugar, que lo eximió de una revisión completa.
Dieciséis personas refugiadas 1.5G de África Oriental participaron en los cuatro grupos focales. Las personas participantes eran de origen somalí, oromo y etíope, y hubo además un grupo focal de África Oriental de composición étnica mixta. Al migrar a Estados Unidos tenían aproximadamente entre 8 y 18 años. La mayoría tenía hijas o hijos (n = 13, 81,3 %), y todas se identificaban como musulmanas. Residían en Minnesota, Dakota del Norte, Oregón y Washington, con trayectorias educativas y profesionales diversas. Otras características de las personas participantes se presentan en la tabla 1.
Tabla 1 — Características de las personas participantes
Las personas participantes se reclutaron mediante muestreo por conveniencia y en bola de nieve. El reclutamiento inicial se hizo a través de redes comunitarias, contactos profesionales y recomendaciones personales. Las siguientes personas participantes se reclutaron por recomendación de las anteriores. Este enfoque facilitó el acceso a una población que, de otro modo, podría ser difícil de implicar en la investigación por cuestiones de confianza, de vulnerabilidad y de infrarrepresentación histórica en los estudios.
Los grupos focales se realizaron de forma virtual por Zoom, se grabaron en audio con el consentimiento de las personas participantes y se transcribieron literalmente. Se elaboró una guía semiestructurada para explorar cómo entendían las personas participantes el trauma, las relaciones intergeneracionales, la resiliencia, la sanación, la identidad y las fortalezas comunitarias. Las preguntas eran deliberadamente amplias para favorecer el debate y la coconstrucción de sentido, dejando a la vez margen para que cada participante retomara las respuestas de las demás personas y reflexionara sobre experiencias compartidas.
Los grupos focales comenzaban con la pregunta: «¿Cómo define usted el trauma?». Esta pregunta se incluyó deliberadamente para que las personas participantes describieran el trauma con su propio lenguaje y sus propios marcos culturales, en lugar de imponerles una definición clínica predeterminada. Aunque muchas recurrieron a conceptos coherentes con las concepciones psicológicas occidentales del trauma, también lo describieron con frecuencia desde perspectivas colectivistas e intergeneracionales, haciendo hincapié en el sacrificio familiar, el desplazamiento, el sufrimiento comunitario, la pertenencia rota, la responsabilidad relacional y las experiencias históricas de migración.
Se utilizaron preguntas de seguimiento para profundizar en el debate sobre las relaciones intergeneracionales, las expectativas culturales, la resiliencia y la sanación. El formato grupal animaba a las personas participantes a reflexionar colectivamente sobre experiencias compartidas y a coconstruir sentido mediante el diálogo, el acuerdo y el desacuerdo (Madriz 2000). Cada grupo focal duró aproximadamente 90 min.
Los datos se analizaron siguiendo el enfoque de análisis temático en seis fases de Braun y Clarke (2006). Varias personas del equipo de autoría revisaron las transcripciones de forma independiente, generaron los códigos iniciales y se reunieron con regularidad para afinar los temas y resolver las discrepancias mediante la discusión. La codificación combinó un enfoque inductivo, anclado en los relatos de las personas participantes, con una atención deductiva al trauma, la resiliencia, la identidad y los procesos intergeneracionales. Unos memorandos reflexivos documentaron las decisiones analíticas y las interpretaciones emergentes a lo largo de todo el proceso de codificación.
El equipo investigador incluía a personas con distintos grados de proximidad cultural a las comunidades refugiadas de África Oriental, con perspectivas 1.5G, 2G y de inmigración no procedente de África Oriental. Varias personas del equipo compartían experiencias vividas relacionadas con la migración, la identidad bicultural y el compromiso con la comunidad musulmana, mientras que otras aportaban perspectivas externas que favorecían la reflexión crítica y el rigor analítico.
Para reforzar el rigor, el equipo investigador aplicó múltiples estrategias a lo largo del estudio. La credibilidad se apoyó en un compromiso prolongado durante los debates de los grupos focales, en la inclusión de citas de las personas participantes y en la triangulación entre participantes somalíes, oromo y etíopes. Las reuniones periódicas del equipo, los memorandos reflexivos y la revisión entre pares sirvieron para cuestionar las interpretaciones y afinar los temas. La documentación detallada de las decisiones metodológicas y de las características de las personas participantes contribuyó a la transparencia y la transferibilidad (Lincoln and Guba 1985; Berger 2015; Tracy 2010).
El análisis de los debates de los grupos focales puso de manifiesto cuatro temas generales que recogían cómo las personas refugiadas 1.5G de África Oriental comprendían el trauma, la resiliencia, la identidad, la pertenencia y la sanación de una generación a otra: (1) Cargar con el peso de la supervivencia, (2) Pérdida compartida y trauma silenciado, (3) Conectar experiencias generacionales compartidas y (4) Hacia la sanación y la transformación. En todos los temas, las personas participantes describieron una posición singular entre generaciones y culturas, en la que actuaban como puentes relacionales mientras afrontaban las cargas y las oportunidades asociadas a la migración y la adaptación. La tabla 2 resume el conjunto de temas y subtemas.
Tabla 2 — Temas y subtemas identificados en los debates de los grupos focales
De una generación a otra, las personas participantes describieron la supervivencia a la vez como un legado y como una responsabilidad continua, un peso que se lleva no solo en la memoria, sino también en la vida cotidiana. La expectativa de aguantar, de proveer y de mantenerse fuertes determinaba el funcionamiento de las familias, la expresión de las emociones y la negociación de las identidades. Para muchas, la supervivencia no era un acontecimiento puntual del pasado, sino una forma de ser heredada, sostenida por el trabajo, la fe y la contención emocional. Hablaron de gestionar constantemente presiones contrapuestas: ocuparse de la familia que seguía en el extranjero, responder a las exigencias de la vida en Estados Unidos y mantener una imagen pública de fortaleza y gratitud. Bajo esa resistencia, sin embargo, había capas de cansancio, de silencio y de miedo a derrumbarse. Este tema, Cargar con el peso de la supervivencia, recoge los costes emocionales y relacionales de sostener la resiliencia de una generación a otra. En los distintos grupos focales, las personas participantes describieron una posición liminal entre generaciones, culturas y sistemas. Este papel les exigía a menudo hacer de intérpretes, defensoras, proveedoras e intermediarias emocionales, mientras gestionaban sus propias dificultades ligadas a la migración.
Las personas participantes describieron de forma constante la vida de una persona refugiada 1.5G como una negociación continua entre múltiples expectativas culturales, familiares y sociales. En lugar de pertenecer plenamente a la cultura de origen de sus madres y padres o al contexto estadounidense en general, muchas describieron una posición intermedia que exigía adaptarse y traducir constantemente de un mundo a otro. Como explicó Mona (mujer etíope): «Sientes que estás atrapada entre dos comunidades muy diferentes… tienes que moverte en ambas a la vez, y solo eso ya ha sido una experiencia traumatizante». De forma similar, Malik (hombre etíope) señaló que «estamos entre dos mundos. Un pie está en África y el otro está aquí. No sabemos a dónde pertenecemos».
Las personas participantes describieron esta posición como una fuente tanto de fortaleza como de tensión. Muchas se veían especialmente capaces de comprender múltiples perspectivas culturales, pero este papel exigía a menudo cambiar constantemente de código y negociar la propia identidad. Ayantu (mujer oromo) cuestionó la idea extendida de que el biculturalismo es beneficioso en sí mismo, y explicó:
Habría preferido crecer del todo allí, en mi país, o del todo aquí… la gente dice que eres más resiliente, más flexible, capaz de cambiar de código. A mí no me gusta cambiar de código. Es porque no me siento cómoda en ninguna de las comunidades o sociedades en las que estoy.
Lejos de vivir el biculturalismo como una adaptación fluida, las personas participantes contaban con frecuencia que se sentían «demasiado africanas» en los contextos estadounidenses y «demasiado estadounidenses» en sus propias comunidades. Este juego de equilibrios iba más allá de la identidad cultural y alcanzaba a las relaciones y responsabilidades familiares. Las personas participantes hacían a menudo de intérpretes, defensoras y mediadoras culturales para sus familias, ayudando a madres y padres a orientarse en sistemas desconocidos mientras ellas mismas se adaptaban a las instituciones estadounidenses. Zakariye (hombre somalí) describió este papel como ayudar a «salvar la brecha» entre generaciones.
Para muchas, esta negociación permanente generaba a la vez oportunidades y cargas. Aunque las personas participantes describieron haber desarrollado capacidad de adaptación, recursos propios y competencia intercultural, también mencionaron incertidumbre respecto a la identidad, la pertenencia y la expresión de sí. El reto no era solo adaptarse a una cultura nueva, sino aprender a existir entre varios mundos manteniendo relaciones y responsabilidades en cada uno de ellos.
Las personas participantes describieron la resiliencia a la vez como una fortaleza cultural valorada y como una carga emocional considerable. En los distintos grupos focales, la fortaleza se presentaba con frecuencia como una necesidad para sobrevivir más que como una elección personal. Hablaron de haber crecido con la expectativa de soportar las dificultades, reprimir la vulnerabilidad y seguir funcionando a pesar de un malestar emocional importante. Aunque la resiliencia solía ser admirada en las familias y las comunidades, muchas personas participantes reflexionaron sobre los sacrificios personales que exigía mantener esa imagen de fortaleza.
Varias personas participantes se preguntaron si la resiliencia no tenía a veces un precio demasiado alto. Burhan (mujer somalí) reflexionó sobre las responsabilidades que recaen sobre la juventud refugiada: «De niña no te mereces eso. ¿Por qué tengo que ser resiliente?» Y añadió más tarde: «Siento que me robaron la infancia. Siempre estaba en modo supervivencia. Siempre se trataba de necesidades. Nunca de deseos». Para muchas personas participantes, la resiliencia no se vivía como un empoderamiento, sino como la expectativa de anteponer continuamente la supervivencia, las obligaciones familiares y la responsabilidad al propio bienestar.
Las personas participantes describieron también responsabilidades que iban más allá de sí mismas. Abubakar (hombre somalí) explicó: «Quienes somos de la generación 1,5 cargamos con un peso enorme». Describió cómo conciliaba sus metas personales con la obligación de mantener a familiares tanto en Estados Unidos como en el extranjero, y señaló que «tenemos que sobrevivir y mantener a la gente que está allí, en el país». Del mismo modo, las personas participantes hablaron de la presión por triunfar en lo académico, lo económico y lo social mientras hacían a la vez de mediadoras culturales, cuidadoras y modelos de referencia en sus familias.
La expectativa de mantenerse fuertes desalentaba a menudo la expresión emocional y la búsqueda de ayuda. Las personas participantes describieron cómo ocultaban su malestar a los demás y veían la vulnerabilidad como una debilidad. Como explicó Yusuf (hombre somalí): «Como comunidad, escondemos lo que atraviesan nuestra mente y nuestro corazón porque somos gente dura y podemos con ello». Aunque esta mentalidad favorecía la perseverancia, las personas participantes la relacionaron también con el aislamiento, el agotamiento emocional y la reticencia a buscar apoyo.
En definitiva, las personas participantes describieron la resiliencia como una paradoja. Las mismas cualidades que habían permitido a personas y familias sobrevivir al desplazamiento, la migración y la adversidad podían limitar también las posibilidades de descanso, de sanación y de vulnerabilidad. Sin rechazar la resiliencia, las personas participantes llamaron la atención sobre sus costes ocultos, subrayando la tensión entre honrar un legado de fortaleza y reconocer las cargas emocionales que lo acompañan.
El segundo tema recogía cómo las personas participantes daban sentido a su propio malestar y a su adaptación en relación con las historias de sufrimiento nunca dichas de sus madres y padres. El trauma no solo se recordaba a través de relatos, sino que también se percibía en patrones emocionales, silencios y expectativas que moldeaban la vida familiar. Las personas participantes se describieron muy conscientes del dolor que cargaban sus madres y padres —la pérdida de la patria, la separación de la familia, la ruptura de los lazos comunitarios—, pero reconocían también lo poco que se nombraban o se comentaban esas experiencias. La transmisión intergeneracional del trauma tenía que ver, por tanto, tanto con lo que no se decía como con lo que se compartía. Este tema, Pérdida compartida y trauma silenciado, refleja cómo las personas participantes intentaban conciliar la admiración por la resistencia de sus madres y padres con los efectos persistentes del desplazamiento, del silencio y de los relatos heredados de supervivencia.
Aunque muchas personas participantes expresaron un profundo respeto por la perseverancia de sus madres y padres, también describieron lo difícil que era conectar con esa generación en torno al dolor emocional. Las conversaciones sobre la guerra, la pérdida y el exilio solían evitarse o minimizarse, lo que creaba lo que Bilal (hombre etíope) describió como «un silencio que protege pero también aísla». Imran (hombre oromo) explicó que «la generación mayor no ha tenido la oportunidad de mirar su trauma». Este silencio se vivía a la vez como un acto de amor y como un obstáculo para la intimidad. Madres y padres buscaban proteger a sus hijas e hijos del peso de su sufrimiento, pero al hacerlo dejaban vacíos emocionales que la generación más joven se sentía obligada a llenar.
Las personas participantes reflexionaron sobre las consecuencias emocionales de esta dinámica: un duelo compartido que seguía sin reconocerse y que moldeaba las relaciones a través de la empatía más que del diálogo. Como dijo Ayeesha (mujer etíope): «No nos hemos ocupado de lo que hemos perdido». Ante la ausencia de una comunicación explícita, las niñas y los niños aprendían a leer las emociones a través del tono, los gestos y las expresiones faciales, más que mediante confidencias directas. Muchas personas participantes describieron haber desarrollado una gran sensibilidad a los estados de ánimo y los recuerdos de sus madres y padres, interiorizando a menudo la tarea de mantener la estabilidad familiar.
Las personas participantes describieron con frecuencia la supervivencia no solo como algo que sus familias habían hecho, sino como una manera de comprenderse a sí mismas y de comprender el mundo. En los distintos grupos focales, los relatos de migración, desplazamiento, penurias y perseverancia moldeaban las expectativas sobre cómo debía interpretarse y gestionarse el sufrimiento. Las personas participantes recordaban a menudo que se les evocaban los sacrificios de sus madres y padres y de las generaciones mayores, lo que creaba un relato duradero según el cual la propia supervivencia era una prueba de éxito.
Para muchas, estos relatos heredados aportaban sentido, gratitud y perspectiva. Reflexionando sobre el trayecto migratorio de su familia, Jamal (hombre etíope) explicó: «Si mi padre no hubiera hecho eso, yo no sería quien soy». De forma similar, Mona (mujer etíope) señaló: «Si no hubiera tenido esa experiencia de trauma en mi vida, no sería quien soy hoy». Las personas participantes relacionaban con frecuencia la supervivencia con el crecimiento personal y veían la adversidad como algo que había forjado su carácter, su resiliencia y su sentido de propósito.
Al mismo tiempo, las personas participantes describieron cómo estos relatos podían invalidar, sin pretenderlo, las dificultades del presente. Amina (mujer oromo) contó que, cuando se hablaba del trauma, la respuesta solía ser del tipo: «¿Qué trauma? Tienes suerte de estar aquí». Esta perspectiva fomentaba la gratitud y la perseverancia, pero a veces dejaba poco espacio para reconocer el dolor emocional o las dificultades persistentes. Como señaló una persona participante, la supervivencia misma se convertía a menudo en el patrón con el que se medía todo sufrimiento.
Varias personas participantes contaron que habían crecido con la convicción de que las penurias debían soportarse más que hablarse. Ayantu (mujer oromo) observó que la resiliencia se consideraba a menudo una prueba de que había que seguir adelante sin más, en lugar de detenerse en las consecuencias emocionales de la adversidad. Así, la supervivencia se convirtió en algo más que una respuesta al trauma —se convirtió en una identidad heredada, que moldeaba cómo entendían las personas participantes la fortaleza, la responsabilidad y la pertenencia de una generación a otra.
Las personas participantes destacaron su posición de intermediarias culturales y emocionales entre la generación 1G, la de sus madres y padres, y la 2G, la de sus hermanas y hermanos menores o de sus hijas e hijos, tendiendo puentes entre las historias de desplazamiento y las identidades emergentes de la juventud nacida en Estados Unidos. Sus relatos reflejaban una conciencia cada vez mayor de cómo el trauma, la migración y la adaptación resuenan de manera diferente en cada generación. Describieron una doble responsabilidad: proteger a los miembros más jóvenes de la familia del dolor heredado y, a la vez, velar por que los sacrificios y los valores de sus madres y padres no se perdieran por el camino. Este tema, Conectar experiencias generacionales compartidas, recoge cómo la empatía y el reconocimiento circulaban entre generaciones, transformando las heridas heredadas en oportunidades de comprensión y de renovación.
Muchas personas participantes describieron cómo, al crecer, habían llegado a comprender mejor las experiencias de sus madres y padres. En lugar de ver los comportamientos parentales solo a través del prisma del conflicto o de la distancia emocional, reconocían cada vez más cómo el desplazamiento, la pérdida, la presión de la supervivencia y el trauma no resuelto habían moldeado la vida de las generaciones mayores. Esta toma de conciencia fomentaba a menudo la empatía, la compasión y el deseo de comprender lo que hacían madres y padres dentro de contextos históricos y culturales más amplios.
Las personas participantes reflexionaron con frecuencia sobre las consecuencias emocionales de crecer en familias en las que la supervivencia solía primar sobre la expresión emocional. En lugar de culpar a sus madres y padres, situaban a menudo las necesidades emocionales no cubiertas en la realidad de la migración, del reasentamiento y de las penurias. Como reflexionó Amina (mujer oromo), muchas de esas necesidades emocionales no cubiertas no se debían a la indiferencia, sino a las circunstancias: «Lo que no podían darnos porque, sencillamente, no podían».
Las personas participantes describieron también una conciencia creciente de cómo el trauma afectaba a las generaciones más jóvenes. Varias reflexionaron sobre cómo hijas, hijos, nietas y nietos heredaban a menudo los efectos del trauma sin comprender del todo su origen. Una persona participante observó que los miembros más jóvenes de la familia lidiaban con frecuencia con la ansiedad, el perfeccionismo o la desconexión sin reconocer hasta qué punto esas experiencias hundían sus raíces en historias familiares de desplazamiento y pérdida. Esta conciencia creciente alimentaba el deseo de crear una mayor apertura emocional en las familias y las comunidades. Al reflexionar tanto sobre las luchas de sus madres y padres como sobre sus propias experiencias, la empatía se convertía en un puente entre generaciones que transformaba el dolor heredado en oportunidades de comprensión y de conexión.
Las personas participantes expresaron un profundo respeto por los sacrificios de los miembros de la familia de primera generación. En los distintos grupos focales, la decisión de madres y padres de huir del conflicto, soportar el desplazamiento y reconstruir su vida en entornos desconocidos se veía como un acto de valentía que había abierto oportunidades a las generaciones futuras. Las personas participantes describieron con frecuencia el sentimiento de responsabilidad de honrar esos sacrificios mediante los logros académicos, la estabilidad económica, el compromiso comunitario y el servicio a los demás.
Este sentimiento de responsabilidad iba acompañado de una conciencia creciente de los sacrificios menos visibles que habían asumido las generaciones anteriores. Reflexionando sobre lo que vivió su hermana tras llegar a Estados Unidos, Kadija (mujer etíope) observó que «aparentemente, desde fuera, parece que todo va bien, pero por dentro renunció a mucho», poniendo de relieve los sacrificios ocultos que a menudo acompañaban al éxito aparente.
Las personas participantes describieron también cómo honraban el sacrificio sirviendo de puente entre generaciones. Muchas se consideraban en una posición privilegiada para traducir de una generación a otra las expectativas culturales, las experiencias emocionales y las comprensiones del trauma. Como explicó Malik (hombre etíope), las personas refugiadas 1.5G suelen tener la capacidad de explicar las experiencias «en un idioma que [madres y padres] puedan entender». Del mismo modo, las personas participantes contaron que ayudaban a los miembros más jóvenes de la familia a comprender los contextos históricos y culturales que habían marcado la vida de sus madres y padres. Así, honrar el sacrificio iba más allá de la mera gratitud y se convertía en un proceso activo de preservar los vínculos, fomentar la comprensión y fortalecer las relaciones familiares.
Para muchas personas participantes, honrar los sacrificios de la primera generación implicaba también el compromiso de interrumpir los ciclos de sufrimiento. En lugar de limitarse a soportar las dificultades, buscaban transformar las luchas heredadas en oportunidades de sanación y de crecimiento. Como reflexionó una persona participante, el objetivo no era solo sobrevivir, sino lograr que las generaciones futuras heredaran más conciencia emocional, más apoyo y más posibilidades. Honrar el sacrificio se convertía así a la vez en un reconocimiento del pasado y en una responsabilidad hacia el futuro.
Las personas participantes subrayaron que la recuperación del trauma no podía producirse en el aislamiento. La sanación, sostenían, exigía afrontar tanto el dolor personal como el peso acumulado del sufrimiento intergeneracional. Khalid (hombre somalí) describió la sanación como una responsabilidad colectiva arraigada en el diálogo comunitario y el cuidado mutuo.
¿Qué es lo que quieres que tu descendencia herede de ti? ¿Quieres que herede tu trauma o todo lo bueno que hay en ti? … quizá externalizar los efectos de tu trauma sobre los demás pueda ayudarte a llegar a ser la mejor versión de ti.
Otras personas expresaron que la cultura del silencio en torno al malestar, aunque en su día fue protectora, limita hoy las posibilidades de crecimiento y de conexión. Imaginaban espacios en los que compartir historias de lucha pudiera ser en sí mismo un acto de liberación, que pusiera en cuestión la expectativa de aguantar en silencio. Ayeesha (mujer etíope) explicó:
Lo que quiero ahora es otro tipo de resiliencia, una que no nos castigue por ser de carne y hueso. Necesitamos lugares donde podamos llorar, reflexionar y respirar sin sentir que les estamos fallando a nuestras familias. La sanación tiene que darse en conjunto, con nuestros mayores, nuestra juventud, nuestras mezquitas, nuestros centros comunitarios, porque nuestro dolor nunca fue individual.
Este proceso colectivo de soltar la carga estaba ligado también a la fe, al parentesco y a la continuidad cultural. El objetivo no era abandonar la resiliencia, sino transformar su sentido: hacer que la fortaleza fuera compatible con la vulnerabilidad, y la supervivencia, compatible con el descanso. Desde esta perspectiva, soltar la carga se veía a la vez como un proceso generacional y espiritual, una invitación a llevar el peso de los demás en lugar de cargarlo en solitario.
A partir de esta visión colectiva, las personas participantes pidieron replantear la resiliencia, alejándola del estoicismo y la represión para orientarla hacia la integridad y el cuidado relacional. Describieron el deseo de relatos comunitarios que celebren la sinceridad emocional, la búsqueda de ayuda y el diálogo intergeneracional. Como reflexionó Hodan (mujer somalí): «Ser fuertes no significa que no podamos sentir; significa que podemos sanar en comunidad». Las personas participantes subrayaron que la sanación debe incluir a las generaciones más jóvenes, que podrían contribuir a remodelar las normas en torno a la salud mental y a redefinir lo que significa prosperar en las familias refugiadas de África Oriental. Omar (hombre oromo) explicó:
Quiero que mis hijos e hijas hereden una comunidad en la que ser resiliente no signifique sufrir en silencio. Quiero que sepan que pedir ayuda forma parte de estar en conexión, no es un signo de debilidad. Si podemos enseñar eso, podemos convertir nuestro dolor en algo con sentido y construir un futuro en el que todo el mundo sienta que tiene su lugar y que puede crecer.
Las personas participantes imaginaban un futuro en el que las generaciones más jóvenes heredaran no solo historias de perseverancia, sino también formas más sanas de relacionarse consigo mismas, con sus familias y con sus comunidades. La sanación se describía como un proceso de reflexión deliberada, de comunicación abierta y de ruptura de los ciclos de sufrimiento heredado.
Este estudio exploró cómo las personas refugiadas 1.5G de África Oriental afrontan el trauma intergeneracional dentro de los sistemas familiares refugiados. Los resultados sugieren que el trauma, la resiliencia y la sanación se negocian mediante procesos relacionales continuos, en lugar de vivirse únicamente en el plano individual. Las personas participantes describieron cómo cargaban con expectativas heredadas de fortaleza, se movían en el silencio que rodeaba al trauma, actuaban como puentes relacionales entre generaciones e imaginaban enfoques más colectivos de la sanación.
En consonancia con el modelo ecológico de Bronfenbrenner, las experiencias de las personas participantes estaban moldeadas por interacciones entre múltiples sistemas, como las relaciones familiares, las redes comunitarias, las expectativas culturales y los contextos de reasentamiento más amplios (Bronfenbrenner and Ceci 1994; Kreitzer et al. 2025). Los resultados sugieren que la adaptación se produce a través de la interacción dinámica de influencias relacionales, culturales y estructurales, lo que subraya la importancia de entender la resiliencia y el trauma de las personas refugiadas como algo inserto en los sistemas familiares y comunitarios.
Los relatos de las personas participantes sugieren que la resiliencia, en los sistemas familiares refugiados, puede funcionar a la vez como recurso protector y como fuente de carga emocional. Aunque la resiliencia sostenía la adaptación, la supervivencia y la continuidad familiar, las personas participantes describieron también cómo la expectativa de mantenerse fuertes, sacrificarse y contener las emociones limitaba a menudo las posibilidades de vulnerabilidad y de sanación. Esta tensión se refleja en lo que conceptualizamos como resiliencia cargada: una forma de resiliencia en la que la perseverancia sigue siendo necesaria para sobrevivir, pero restringe al mismo tiempo la expresión emocional, el descanso y la búsqueda de ayuda.
Este concepto se apoya en trabajos anteriores que conciben la resiliencia como adaptativa según el contexto, pero potencialmente autolimitante cuando la refuerzan presiones culturales o sistémicas (Ungar 2011). En el caso de las personas refugiadas 1.5G, la resiliencia cargada operaba en la intersección entre cultura, fe y responsabilidad transnacional, allí donde mostrarse fuerte se volvía sinónimo de la propia supervivencia. Estos resultados coinciden con los de Abebe et al. (2014), que documentan el coste emocional del cuidado transnacional, pero amplían sus implicaciones a los planos intrapsíquico y relacional. En las familias, la resiliencia cargada no solo mantenía el funcionamiento, sino que perpetuaba también el silencio en torno al dolor, reforzando un ciclo de aguante que dejaba poco espacio para la sanación.
Junto a esta resistencia, las personas participantes expresaron una profunda conciencia de la pérdida —del hogar, de la familia extensa y de la expresión emocional— que persistía mucho después del reasentamiento. Muchas reconocían el sufrimiento nunca reconocido de sus madres y padres y su impacto en las relaciones familiares. El silencio en torno al trauma apareció como algo a la vez protector y doloroso: preservaba la dignidad, pero limitaba la conexión y la sanación compartida. Esta ambivalencia concuerda con la investigación sobre el trauma intergeneracional, que subraya que lo que queda sin decir puede moldear los sistemas familiares con tanta fuerza como los relatos explícitos (Kellermann 2001; Phipps and Degges-White 2017). Más que funcionar solo como una ausencia de comunicación, el silencio operaba como un proceso relacional a través del cual el trauma, el duelo y las expectativas familiares se comunicaban de una generación a otra.
Estos resultados respaldan los trabajos sobre la comunicación del trauma en la familia, que muestran que los significados vinculados al trauma se transmiten mediante la revelación directa, pero también mediante el silencio, los patrones emocionales y los procesos relacionales (Danieli 1998; Nagata et al. 2024). Los relatos de las personas participantes ilustran además cómo la observación y la sintonía emocional pueden moldear la interpretación del trauma de una generación a otra, incluso sin conversaciones explícitas.
Un resultado central de este estudio fue el papel singular que ocupan las personas refugiadas de la generación 1,5 como puentes relacionales dentro de los sistemas familiares. Las personas participantes describieron cómo hacían de intérpretes, defensoras, mediadoras culturales e intermediarias emocionales entre la primera generación, la de sus madres y padres, y las generaciones más jóvenes (Tse 1996; Portes and Rumbaut 2001; Suárez-Orozco and Suárez-Orozco 2001). Su proximidad a ambos contextos culturales les permitía interpretar experiencias, expectativas y comprensiones del trauma por encima de las fronteras generacionales. Describieron con frecuencia cómo ayudaban a madres y padres a comprender las realidades emocionales de las generaciones más jóvenes, al tiempo que ayudaban a los miembros más jóvenes de la familia a situar en su contexto las experiencias de desplazamiento, sacrificio y supervivencia de sus progenitores.
Este papel de puente iba más allá de la traducción lingüística. Las personas participantes describieron cómo traducían experiencias emocionales, historias familiares y comprensiones del trauma que a menudo resultaban difíciles de expresar de una generación a otra. Al hacerlo, no eran solo receptoras de relatos heredados, sino también agentes de reinterpretación, de conexión y de cambio. Estos resultados amplían los trabajos sobre la mediación cultural y la aculturación al sugerir que las personas refugiadas 1.5G negocian activamente significados, expectativas e identidades entre múltiples contextos culturales y generacionales, en lugar de limitarse a adaptarse a una cultura de acogida (Tse 1996; Portes and Rumbaut 2001; Suárez-Orozco and Suárez-Orozco 2001).
Aunque este estudio se centró en familias refugiadas de África Oriental, los procesos relacionales aquí identificados pueden ser pertinentes para otras comunidades refugiadas e inmigrantes que afrontan el desplazamiento, el trauma intergeneracional y la adaptación cultural. En particular, los conceptos de resiliencia cargada, de puente relacional y de silencio heredado pueden ofrecer marcos útiles para comprender cómo las generaciones más jóvenes negocian las responsabilidades familiares mientras se adaptan a nuevos contextos socioculturales. Futuras investigaciones deberían examinar si estos procesos aparecen de forma similar en poblaciones refugiadas e inmigrantes diversas.
Los llamamientos de las personas participantes a redefinir la resiliencia mediante la expresión emocional, la búsqueda de tratamiento, el diálogo intergeneracional y la liberación colectiva de la carga concuerdan con los marcos emergentes que defienden enfoques informados por el trauma y culturalmente sensibles de la salud mental de las personas refugiadas (Ellis et al. 2020). Al poner de relieve vías de sanación tanto individuales como colectivas, las voces 1.5G cuestionan las definiciones estrechas de la resiliencia y abren posibilidades para intervenciones de base comunitaria.
Esto coincide con las críticas a los modelos occidentales y medicalizados de la terapia y la sanación, muy dependientes del diagnóstico. La investigación en comunidades indígenas subraya igualmente el cuidado comunitario, la conexión y las concepciones de la sanación arraigadas en la cultura (Maracle 2021; Marques et al. 2022). Estos enfoques conciben el bienestar a través de las relaciones entre los contextos sociales, espirituales, culturales y ambientales, y no solo a través de la reducción de los síntomas individuales (Marques et al. 2022).
La investigación sugiere que las comunidades refugiadas encuentran a menudo barreras para acceder a los servicios de salud mental tradicionales y que pueden beneficiarse de enfoques culturalmente sensibles que integren los recursos familiares, comunitarios y religiosos (Abdi et al. 2022; Hosseini et al. 2025). En consonancia con estos resultados, las personas participantes subrayaron la importancia de enfoques de sanación anclados en las relaciones comunitarias, la comprensión cultural y el apoyo práctico.
Deben tenerse en cuenta varias limitaciones. La muestra era relativamente pequeña, se reclutó por conveniencia y en bola de nieve, y estaba formada por personas refugiadas 1.5G de África Oriental musulmanas y con un alto nivel educativo, lo que puede limitar la transferibilidad a otras poblaciones refugiadas. Además, los debates en grupo focal pueden haber influido en la disposición de las personas participantes a revelar experiencias delicadas o a expresar puntos de vista discrepantes. Por último, aunque las personas participantes reflexionaron con frecuencia sobre las experiencias de la generación 1G, la de sus madres y padres, y de las generaciones más jóvenes, estas perspectivas no estaban representadas directamente en la muestra. Futuras investigaciones deberían examinar el trauma intergeneracional y la sanación a través de varias generaciones dentro de los sistemas familiares refugiados.
Estos resultados ponen de relieve la necesidad de enfoques sistémicos y culturalmente sensibles que conciban el trauma como un proceso relacional e intergeneracional dentro de los sistemas familiares refugiados. En lugar de situar el malestar únicamente en las personas, se anima a profesionales de la clínica y de la intervención a prestar atención a los patrones de comunicación, de silencio y de reparto de roles que moldean cómo se vive y se negocia el trauma de una generación a otra.
En primer lugar, los equipos profesionales deberían reconocer a las personas refugiadas de la generación 1,5 como puentes relacionales dentro de los sistemas familiares. Las intervenciones pueden reforzarse apoyando su papel de mediadoras culturales y emocionales, al tiempo que se aligera la carga de asumir solas esas responsabilidades. En segundo lugar, el personal clínico debería atender al silencio en torno al trauma como un proceso relacional y no solo como un patrón individual de evitación. Crear oportunidades de diálogo intergeneracional, de relato y de construcción compartida de sentido puede ayudar a las familias a elaborar las experiencias, dichas y no dichas, de desplazamiento y de pérdida (Walsh 2016).
En tercer lugar, el concepto de resiliencia cargada pone de relieve la necesidad de distinguir la resiliencia de la represión emocional. Los equipos profesionales deberían cuestionar la idea de que la fortaleza exige silencio o sacrificio de sí y promover, en cambio, la vulnerabilidad, el descanso y la búsqueda de ayuda como compatibles con la resiliencia (Ungar 2011). Por último, las intervenciones deberían ir más allá del tratamiento individual e incorporar los contextos familiares, comunitarios y religiosos. Las personas participantes señalaron la familia, las redes comunitarias y los espacios religiosos como fuentes importantes de sanación, lo que sugiere el valor de enfoques arraigados en la cultura y nutridos por la comunidad (Ellis et al. 2020; Hosseini et al. 2025).
Este estudio pone de relieve cómo las personas refugiadas 1.5G de África Oriental afrontan el trauma, la resiliencia y la sanación en la intersección entre familia, cultura y migración. Las personas participantes describieron cómo cargaban con relatos heredados de supervivencia mientras actuaban como puentes relacionales entre generaciones. Sus relatos sugieren que la resiliencia, aunque protectora, puede convertirse en una carga cuando la fortaleza se equipara al silencio, al sacrificio de sí y a la represión emocional. Sin embargo, las personas participantes también trazaron caminos hacia la sanación a través del diálogo, la conexión, el apoyo comunitario y los esfuerzos deliberados por transformar el sufrimiento heredado en oportunidades de crecimiento. Estos resultados subrayan la importancia de entender el trauma como un proceso relacional e intergeneracional y apuntan hacia enfoques arraigados en la cultura que honren a la vez la resiliencia y la vulnerabilidad en los sistemas familiares refugiados.
Complexe Systémique: puntos clave
El artículo pone palabras a una posición que la práctica con familias encuentra a menudo sin nombrarla: la de la hija o el hijo que llegó lo bastante joven para adaptarse deprisa, con edad suficiente para recordar, y que se convierte en intérprete, defensa y regulación emocional de la familia. Vienen a la mente la parentificación y las lealtades, aunque el texto no las invoque. Dos ideas resultan útiles en consulta: leer el silencio de madres y padres como un proceso relacional, que protege tanto como aísla, y no como una evitación que haya que levantar; y distinguir la resiliencia de la represión emocional, sin desacreditar la fortaleza que hizo posible la supervivencia. De ahí una vía sencilla: abrir conversaciones entre generaciones en las que quien hace de puente ya no tenga que cargar con todo en solitario, e implicar a la comunidad y la fe cuando la familia lo desee. Los límites son reales: dieciséis personas participantes musulmanas con alto nivel educativo, reclutadas por recomendación, en grupos focales, sin las voces de madres y padres ni de hijas e hijos, y un análisis descrito solo a grandes rasgos. Puede leerse junto con el artículo sobre la psicopatología de la migración y el artículo sobre migración, pérdida ambigua y rituales.
Notas del original
Financiación. La autoría no tiene nada que declarar.
Declaración ética. Este estudio recibió la aprobación del comité de ética institucional (Institutional Review Board) de la University of Minnesota (STUDY00014137), y todas las personas participantes pasaron por un proceso de consentimiento informado verbal, seguido de la firma de un documento de consentimiento informado por escrito y de un consentimiento escrito para la publicación. Para preservar la confidencialidad de las personas participantes y respetar las normas éticas de investigación, los datos cualitativos en los que se basa este manuscrito no pueden compartirse.
Conflictos de intereses. La autoría declara no tener conflictos de intereses.
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Traducción no oficial de “Tired of Being Tired”: Intergenerational Trauma and Relational Bridging Among 1.5‐Generation East African Refugees, de Zamzam Dini, Kadija Mussa, Shreya Sharma y Zahra Muse, Family Relations, publicación anticipada en línea (2026), doi: 10.1111/fare.70359, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (tablas presentadas en forma de listas). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Esta es una traducción del artículo original «“Tired of Being Tired”: Intergenerational Trauma and Relational Bridging Among 1.5‐Generation East African Refugees», publicado en Family Relations (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Dini, Z., Mussa, K., Sharma, S., et Muse, Z. (2026). “Tired of Being Tired”: Intergenerational Trauma and Relational Bridging Among 1.5‐Generation East African Refugees. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/tired-of-being-tired-intergenerational-trauma-and-relational-bridging (Obra original publicada en 2026 en Family Relations, Early View, e70359 (2026); republicada en 2026 por Family Relations, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/fare.70359)
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