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Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

International Journal of Systemic Therapy · Terapia familiar

La terapia de Sistemas de Familia Interna como parte de la «familia de las terapias sistémicas»: una exploración crítica de la práctica sistémica en el ámbito intrapersonal

Nacida en la terapia familiar, la IFS (Internal Family Systems, Sistemas de Familia Interna) se ha convertido en un modelo de psicoterapia individual muy difundido y muy debatido. Maike Klein y Julie Masters se preguntan si sigue perteneciendo a la «familia de las terapias sistémicas». Su respuesta, prudente, relee la homeostasis, la polarización, la circularidad y la reflexividad en el plano de las «partes», y luego las pone a prueba con una viñeta de un tribunal de familia en la que la persona terapeuta trabaja también sobre su propio sistema interno.

Autoras Maike Klein (Lancaster University, Reino Unido); Julie Masters (JuMaTherapy)Primera publicación International Journal of Systemic Therapy, 28 de septiembre de 2026Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de Internal Family Systems Therapy as Part of the ‘Family of Systemic Therapies’: A Critical Exploration of Systemic Practice in the Intra-Personal Domain, de Maike Klein y Julie Masters, publicado en International Journal of Systemic Therapy (Taylor & Francis) (2026), doi: 10.1080/2692398x.2026.2737551, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Desde esta perspectiva, la práctica sistémica puede entenderse no tanto en función de quién está físicamente presente en la sala, sino como un compromiso epistemológico con la comprensión de la experiencia humana como relacional, contextual y en continua evolución.

Maike Klein y Julie Masters

Resumen

Este artículo examina de manera crítica en qué medida la terapia de Sistemas de Familia Interna (IFS) puede entenderse dentro de un marco sistémico contemporáneo. Apoyándonos en la teoría sistémica, en la literatura actual y en una viñeta clínica anonimizada, exploramos cómo la IFS conceptualiza el malestar como algo que surge en procesos relacionales que pueden operar tanto entre personas como dentro de sistemas internos de «partes». Sugerimos que la IFS refleja muchos de los principios habitualmente asociados al pensamiento sistémico, como la circularidad, la organización relacional, la reflexividad y la construcción contextual del sentido, y que posiblemente extiende estas ideas al ámbito intrapersonal. Desde esta perspectiva, la práctica sistémica puede entenderse no tanto en función de quién está físicamente presente en la sala, sino como un compromiso epistemológico con la comprensión de la experiencia humana como relacional, contextual y en continua evolución. A través de la exploración de conceptos sistémicos (por ejemplo, la jerarquía), consideramos cómo los sistemas internos pueden entenderse como ecologías relacionales moldeadas por contextos interpersonales, sociales y culturales. Una viñeta clínica anonimizada ilustra cómo una práctica sistémica inspirada en la IFS puede operar simultáneamente en varios niveles, atendiendo a los procesos individuales, interpersonales y de la persona terapeuta en un contexto familiar complejo vinculado a un procedimiento judicial. Examinamos además las áreas de convergencia entre la IFS y las tradiciones sistémicas, a la vez que reflexionamos críticamente sobre las tensiones relativas a la posible cosificación de las «partes», la individualización del malestar y las cuestiones de accesibilidad y formación. En lugar de presentar la IFS como un modelo competidor o de establecer su equivalencia con los enfoques sistémicos tradicionales, ofrecemos una reflexión tentativa sobre la medida en que la IFS puede contribuir a los debates en curso sobre el alcance y los límites cambiantes de la práctica sistémica.

Palabras clave: psicoterapia sistémica; Sistemas de Familia Interna; procesos relacionales; reflexividad

Introducción

La psicoterapia sistémica se ha distinguido desde hace mucho por su empeño en cuestionar las explicaciones individualizadas del malestar. Bajo la influencia de los desarrollos de la teoría general de sistemas, la cibernética, la teoría de la comunicación y el pensamiento constructivista, la práctica sistémica fue poniendo cada vez más el acento en las relaciones, los procesos circulares y los contextos sociales y culturales más amplios en los que surgen las dificultades (p. ej., Bateson, 1972; Minuchin, 1974; Von Bertalanffy, 1950, 1968; Watzlawick et al., 1974). La teoría general de sistemas propuso que los sistemas vivos se comprenden mejor no como conjuntos de componentes aislados, sino como totalidades dinámicas e interconectadas cuyas propiedades emergen de las relaciones entre sus partes constitutivas. Bowen (1978) subrayó igualmente la inseparabilidad del funcionamiento individual respecto de los sistemas emocionales más amplios y destacó la influencia de los patrones intergeneracionales y de la diferenciación del self. Con el tiempo, la práctica sistémica se ha ampliado más allá del trabajo con familias para abarcar contextos organizacionales, profesionales y interinstitucionales. Los enfoques constructivistas y dialógicos pusieron además de relieve la importancia del lenguaje, el poder y la reflexividad en las conversaciones terapéuticas (Anderson, 1997; McNamee, 2015).

A pesar de esta ampliación de su alcance, persiste en la práctica la impresión de que la terapia sistémica se define a menudo por quién está físicamente presente en la sala. Al mismo tiempo, los contextos asistenciales contemporáneos han cambiado de tal modo que sitúan cada vez más a profesionales de orientación sistémica en marcos de terapia individual, a menudo debido a limitaciones organizativas, económicas y logísticas que reducen las posibilidades de trabajar con la familia completa o con la red. Esto plantea una cuestión clínica y teórica permanente: ¿cómo puede sostenerse de manera significativa una epistemología sistémica cuando se trabaja con personas individuales? Abordar esta cuestión ha suscitado un interés creciente por enfoques que permitan a terapeutas mantenerse sintonizados con lo relacional y lo contextual, incluso en ausencia de varios miembros de la familia en la sala. Al mismo tiempo, conviene reconocer que esta cuestión no se aplica solo a la terapia individual. Incluso cuando se trabaja con parejas y familias en conjunto, existe una necesidad constante de enfoques capaces de mantener a la vista tanto los procesos interpersonales como los intrapersonales. Esta integración ya está presente en las tradiciones sistémicas. Por ejemplo, la terapia de pareja focalizada en las emociones de Johnson conceptualiza la experiencia emocional interna y la interacción interpersonal como procesos que se organizan mutuamente, y entiende la emoción como parte integrante del sistema relacional y no como algo separado de él (Johnson, 1998, 2004). En este sentido, explorar modelos que atienden a las dinámicas relacionales internas puede enriquecer aún más la práctica sistémica dentro de la propia sala de terapia, ofreciendo nuevas maneras de comprender los patrones relacionales complejos y de trabajar con ellos a medida que se despliegan entre las personas y dentro de ellas. Estos desarrollos plantean una cuestión importante para la práctica sistémica contemporánea: ¿cómo pueden mantenerse los principios sistémicos cuando la terapia trabaja no solo con las relaciones interpersonales, sino también con la experiencia interna? Un modelo que ha suscitado una atención creciente en este contexto es la terapia de Sistemas de Familia Interna (IFS), en la que se centra el presente artículo.

Surgida de un trasfondo de terapia familiar sistémica, la IFS conceptualiza el malestar psicológico no como un estado unitario, sino como algo que surge de las interacciones entre múltiples «partes» del Self (Schwartz, 1995; Schwartz & Sweezy, 2019). Aunque inicialmente se situó en contextos de trauma y de terapia familiar, la IFS se ha extendido rápidamente a los ámbitos del asesoramiento psicológico, la psicoterapia y el coaching. Al mismo tiempo, este crecimiento ha ido acompañado tanto de entusiasmo como de críticas. Por ejemplo, su mayor visibilidad cultural, incluidos los debates en redes sociales y representaciones populares como Del revés (Inside Out), de Pixar, ha contribuido a una creciente conciencia pública y a una mayor demanda de formación profesional (Schwartz & Sweezy, 2019). También se han formulado críticas sobre lo limitado de su base empírica (véase Buys, 2025; The Cut, 2025). Este tipo de debates no es nuevo en la psicoterapia sistémica.

Históricamente, el campo ha mantenido un diálogo crítico a medida que surgían nuevos modelos. Pueden citarse como ejemplos las tensiones entre el enfoque estructural y la escuela de Milán, o las críticas al supuesto alejamiento de la terapia narrativa respecto de un enfoque interaccional (Minuchin, 1998). Estos debates reflejan un compromiso constante de la práctica sistémica con el rigor teórico, la ética relacional y la sensibilidad al contexto. Desde esta perspectiva, la cuestión no es si los nuevos modelos deben aceptarse o rechazarse, sino cómo pueden comprenderse, examinarse críticamente y situarse dentro de la epistemología sistémica.

En este contexto, el lugar de la IFS sigue siendo objeto de controversia. Conceptos como «partes», «desmezcla» y «Self» pueden parecer centrados en los procesos intrapsíquicos, lo que suscita la preocupación de que las dinámicas relacionales y el contexto social queden relegados. Es precisamente en este contexto donde la IFS merece un examen más detenido. En lugar de descartar el modelo por su terminología o su popularidad, quienes piensan sistémicamente podrían preguntarse si encarna los principios sistémicos de un modo teórica y clínicamente significativo, aunque los exprese con otro lenguaje. Responder a esta pregunta exige examinar las ideas centrales de la IFS y las técnicas clínicas mediante las cuales se facilita el cambio, así como considerar su relación con la teoría sistémica establecida.

En este artículo sostenemos que la terapia IFS puede entenderse como compatible con el pensamiento sistémico, e incluso como una posible extensión de este. No pretendemos con ello afirmar su equivalencia con la terapia familiar tradicional, ni nuestro argumento descansa únicamente en paralelismos metafóricos. Proponemos más bien que la IFS refleja principios sistémicos tanto en el plano de la teoría como en el de la práctica clínica. En concreto, sugerimos que la IFS conceptualiza el malestar y el cambio de forma coherente con los principios sistémicos fundamentales y recurre a prácticas terapéuticas que resultarán familiares a muchas personas que trabajan desde la sistémica. Cabe subrayar que nuestra intención no es simplemente catalogar las similitudes entre la IFS y la terapia sistémica, ni defender que la IFS deba incorporarse sin espíritu crítico a la práctica sistémica. Buscamos más bien explorar si la IFS puede entenderse como una extensión y elaboración contemporánea de la epistemología sistémica en el ámbito intrapersonal. Más concretamente, examinamos si la experiencia interna puede comprenderse según principios que inspiran desde hace mucho el pensamiento sistémico, como la circularidad, la reflexividad, el contexto, la jerarquía y la adaptación. Con ello, aspiramos no solo a contribuir a los debates en curso sobre la naturaleza y los límites de la práctica sistémica, sino también a considerar qué puede aportar la IFS a la propia teoría sistémica. En particular, exploramos si la IFS ofrece un marco para integrar los procesos intrapersonales e interpersonales en la práctica sistémica contemporánea.

El resto del artículo se organiza en dos secciones. En primer lugar, exploramos cómo ciertos conceptos sistémicos fundamentales, como la homeostasis (Dallos & Draper, 2015), los roles y la jerarquía (Dallos & Vetere, 2018; McNamee, 2015), la polarización (Seikkula & Olson, 2003) y la circularidad (Burnham, 2012; Whittaker et al., 2023; Selvini Palazzoli et al., 1980), pueden entenderse dentro de los sistemas internos tal como los conceptualiza la IFS. Consideramos también los puntos de convergencia entre la IFS y prácticas sistémicas consolidadas, como la postura de curiosidad (Cecchin, 1987), el acoplamiento relacional y la sintonía con la construcción de sentido de las personas consultantes (Anderson, 1997; Minuchin, 1974), la indagación apreciativa (Cooperrider & Srivastva, 2012), las preguntas circulares (Tomm, 1988), la escultura familiar (Hearn & Lawrence, 1985) y las prácticas narrativas, entre ellas la externalización y el testimonio (White, 2024), así como los enfoques del cambio basados en la reconsolidación de la memoria (Ecker et al., 2012; Lane et al., 2015). Para llevar estas ideas a la práctica, presentamos una viñeta clínica anonimizada. En segundo lugar, reflexionamos sobre las implicaciones más amplias de situar la IFS como terapia sistémica, en particular para terapeutas que trabajan en contextos donde predomina la terapia individual, y consideramos también su posible contribución al trabajo con parejas, familias y organizaciones. Examinamos asimismo las implicaciones y los límites de esta postura, incluidas las preocupaciones relativas a la cosificación de las partes y a una atención insuficiente al contexto social y al poder. Concluimos con una reflexión tentativa sobre el valor de reconocer la IFS como una forma de terapia intrasistémica. Lejos de sustituir el trabajo con la familia o con la red, sugerimos que la IFS puede ofrecer una manera de ampliar y enriquecer la psicoterapia sistémica a medida que los límites del campo siguen evolucionando.

Los sistemas internos como ecologías relacionales

Una de las contribuciones más influyentes de la psicoterapia sistémica ha sido su alejamiento de la idea de situar el malestar dentro de los individuos. Esta perspectiva se remonta a la teoría general de sistemas (Von Bertalanffy, 1950, 1968), que subrayó la importancia de comprender los fenómenos en el contexto de los sistemas más amplios de los que forman parte. En lugar de suponer que la causalidad opera de forma lineal, la teoría general de sistemas llama la atención sobre el modo en que las interacciones, los patrones de organización y las influencias recíprocas configuran con el tiempo el funcionamiento de los sistemas complejos. Partiendo de estas ideas, los enfoques sistémicos entienden que las dificultades surgen en patrones de relación y no como propiedades de individuos aislados. Las primeras figuras del pensamiento sistémico subrayaron que los problemas rara vez se mantienen mediante simples cadenas de causa y efecto; persisten más bien a través de procesos circulares, bucles de retroalimentación e intentos de mantener la estabilidad que pueden llegar a perpetuarse por sí mismos con el tiempo (p. ej., Bateson, 1972; Watzlawick et al., 1974). Desde esta perspectiva, el cambio no se produce corrigiendo conductas o síntomas aislados, sino mediante desplazamientos en las relaciones, ya sea entre personas, roles o posiciones dentro de un sistema. Con el tiempo, el pensamiento sistémico se ha extendido más allá de la terapia familiar para abarcar contextos organizacionales, profesionales y discursivos. Los desarrollos construccionistas sociales y dialógicos destacaron además cómo las realidades se configuran a través del lenguaje, el posicionamiento y el sentido compartido, en lugar de descubrirse como verdades objetivas (Anderson, 1997; McNamee, 2015). En consecuencia, el término «sistémico» remite hoy menos a los límites físicos de un sistema y más a una manera de comprender el malestar y el cambio como relacionales, contextuales e inscritos en patrones que evolucionan y se estabilizan con el tiempo.

Cabe precisar que no afirmamos que la IFS haya introducido la idea de que las personas deben comprenderse dentro de sistemas relacionales más amplios, ni la de que los procesos internos pueden conceptualizarse metafóricamente. La práctica sistémica recurre desde hace mucho a conceptos relativos a los roles, las posiciones, las relaciones interiorizadas, los diálogos internos y los patrones multigeneracionales (Bowen, 1978; Satir, 1983). Uno de los rasgos que distinguen a la IFS es, más bien, su conceptualización explícita de estas experiencias como un sistema interno organizado, compuesto por partes que interactúan, junto con la propuesta del Self como centro organizador de la conciencia y el desarrollo de un enfoque terapéutico estructurado para trabajar con estas relaciones internas. Por consiguiente, nuestra intención no es presentar la IFS como una ruptura con el pensamiento sistémico, sino explorar en qué medida representa una extensión y una elaboración particulares de las ideas sistémicas en el ámbito intrapersonal.

La terapia de Sistemas de Familia Interna (IFS) comparte muchos rasgos con esta perspectiva sistémica más amplia. El modelo surgió de la formación de Richard Schwartz en terapia familiar y tomó forma a partir de su observación clínica de que las personas consultantes describen a menudo sus experiencias internas como relacionales, más que como singulares o estáticas (Schwartz, 1995). En lugar de concebir la mente como una entidad unificada, la IFS propone que la experiencia humana se organiza a través de múltiples «partes» o subpersonalidades que interactúan entre sí dentro de un sistema interno. Estas partes no se consideran déficits ni disfunciones, sino respuestas con sentido que se han desarrollado en condiciones relacionales y contextuales particulares. En la IFS, las partes suelen describirse como gestores, bomberos y exiliados. Los gestores intentan mantener el control y prevenir un daño anticipado (por ejemplo, el rechazo, el fracaso o la humillación) mediante estrategias como el perfeccionismo, la vigilancia, la supresión emocional, la intelectualización o la sumisión. El marcador de contexto superior de un gestor es evitar un daño mayor (Pearce & Pearce, 2000). Los bomberos intervienen cuando el malestar se vuelve abrumador, a menudo intentando reducir la intensidad emocional mediante la evitación, la disociación, las conductas compulsivas o el embotamiento. El marcador de contexto superior de un bombero es hacer lo que sea necesario para detener el dolor (Pearce & Pearce, 2000). Los exiliados portan experiencias emocionales más vulnerables, a menudo ligadas a la vergüenza, el miedo, el duelo o necesidades de apego no satisfechas (Schwartz & Sweezy, 2019). Aunque estas categorías pueden ser útiles clínicamente, su significado sistémico reside en los roles que desempeñan dentro del sistema: cada parte contribuye a una organización interna orientada a la protección, la supervivencia y el mantenimiento de la homeostasis.

La organización de estos roles internos puede entenderse como semejante a patrones descritos desde hace tiempo en la terapia familiar sistémica. Cuando los sistemas se enfrentan al estrés o a lo que Bateson (1972) describió como «demasiada diferencia», sus miembros adoptan a menudo roles estabilizadores, como quien asume la responsabilidad, quien cuida, la persona designada como paciente o quien distrae, con el fin de mantener el equilibrio (Minuchin, 1974). Estos roles son a menudo respuestas adaptativas a presiones relacionales, aunque más tarde se vuelvan restrictivos o costosos. La IFS sugiere que puede producirse una diferenciación de roles similar en el plano interno, en particular cuando los entornos relacionales tempranos hicieron que ciertas emociones, necesidades o expresiones resultaran inseguras o carecieran de apoyo. En este sentido, los sistemas internos pueden entenderse como configuraciones relacionales interiorizadas. Lo que parece «interno» no está, por tanto, separado del contexto, sino moldeado por historias relacionales, expectativas culturales y reglas implícitas sobre la seguridad y la pertenencia.

Las cualidades sistémicas de la IFS pueden hacerse especialmente evidentes en los procesos de polarización. El personal clínico de orientación sistémica conoce bien las dinámicas polarizadas, como los ciclos de persecución–distanciamiento o los patrones de control y resistencia que se intensifican, en los que cada posición se acentúa en respuesta a la otra (Tomm, 2014). Estos patrones se mantienen mediante procesos circulares de retroalimentación y rara vez se resuelven intentando cambiar uno de los lados por separado. El cambio requiere más bien, por lo general, un desplazamiento en el contexto relacional que sostiene el patrón. La IFS describe un proceso comparable dentro del sistema interno. Por ejemplo, una parte gestora controladora puede intentar evitar la exposición a la vergüenza o a la vulnerabilidad aumentando la vigilancia y el control, mientras que un bombero responde intensificando la evitación o el embotamiento emocional. Cada parte vive a la otra como problemática, y cada una intensifica su estrategia en respuesta. Desde una perspectiva sistémica, esta dinámica refleja un bucle protector que se refuerza a sí mismo, organizado en torno a una amenaza percibida, y no una patología individual. En consecuencia, la IFS no intenta eliminar ni anular una de las posiciones, sino transformar el contexto relacional en el que se produce la polarización. Este enfoque resuena con los principios sistémicos de neutralidad y circularidad tal como se formularon en la primera práctica sistémica de Milán (Selvini Palazzoli et al., 1980), cuyo objetivo es comprender y desplazar los patrones en lugar de alinearse con una sola posición.

Uno de los mecanismos propuestos en la IFS para sostener esta reorganización es el concepto de Self, descrito como una capacidad innata caracterizada por cualidades como la calma, la curiosidad, la compasión, la claridad, el coraje, la confianza, la creatividad y la conexión (Schwartz & Sweezy, 2019). Es importante señalar que el Self no se concibe como otra parte que compite por influir en el sistema. Representa más bien una posición reflexiva desde la cual el sistema interno puede observarse a sí mismo y relacionarse de otro modo. Desde una perspectiva sistémica, esto puede entenderse como un cambio en el liderazgo interno, en resonancia con ideas sistémicas más amplias sobre la reflexividad y la metaposición. Por ejemplo, concuerda con la noción de «quinta provincia» de McCarthy y Minogue (2019), que describe un espacio de conciencia reflexiva más allá de la interacción inmediata, así como con la brújula de posicionamiento de Partridge (2007), en la que el «ojo que todo lo ve» representa la capacidad de sostener simultáneamente varias perspectivas. En este sentido, el Self puede entenderse como un análogo intrasistémico de la postura reflexiva de la persona terapeuta sistémica.

Cuando el sistema interno está dominado únicamente por roles protectores, los patrones tienden a volverse rígidos y reactivos, con respuestas organizadas en torno a la necesidad de prevenir una amenaza percibida o un desbordamiento emocional. Esto puede relacionarse con la descripción que hace Byng-Hall (1995) de los guiones familiares correctivos y replicativos que, aun bienintencionados, pueden volverse restrictivos y repetitivos con el tiempo. En cambio, la aparición de una postura de liderazgo más reflexiva, coherente con el acceso al Self, permite una mayor flexibilidad dentro del sistema. Desde esta posición, las partes pueden renegociar sus roles, suavizar sus extremos y responder de manera más adaptativa a los contextos cambiantes. Este proceso es análogo al desarrollo de guiones familiares más improvisados (Byng-Hall, 1995), en los que las respuestas relacionales están menos sujetas a patrones rígidos y más abiertas a la variación, la creatividad y la capacidad de respuesta. Así, la reorganización guiada por el Self puede entenderse no como la eliminación de las partes, sino como un cambio sistémico en la forma en que se estructuran y se ponen en acto las relaciones internas.

Este desplazamiento puede entenderse como una forma de cambio de segundo orden. En lugar de modificar la conducta dentro de una estructura existente, el sistema reorganiza los principios que lo rigen, como la manera de interpretar la amenaza, de distribuir la autoridad y de gestionar la vulnerabilidad (Watzlawick et al., 1974). Como en la terapia sistémica en general, el objetivo no es simplemente reducir los síntomas, sino aumentar la adaptabilidad, la capacidad de elección y la coherencia. Cuando el sistema se reorganiza de este modo, los síntomas suelen disminuir como consecuencia, no como objetivo directo. La IFS facilita esta reorganización mediante prácticas clínicas muy parecidas a técnicas sistémicas y experienciales consolidadas. Las preguntas circulares y reflexivas, tal como las desarrolló Tomm (1987, 1988), desempeñan un papel central, aunque se dirigen a los roles internos y no a las relaciones externas. Preguntas como «¿Qué temes que pasaría si dieras un paso atrás?» o «¿Qué ocurre por dentro cuando aumenta la presión?» ayudan a cartografiar procesos circulares y reglas implícitas del sistema, en lugar de buscar explicaciones causales simples. Estas formas de indagación favorecen la diferenciación entre posiciones y permiten al sistema observarse de nuevas maneras, abriendo un espacio para el cambio. En este sentido, el proceso resuena con el concepto de diferenciación del self de Bowen (1978), que remite a la capacidad de mantener una conciencia reflexiva sin perder la conexión emocional dentro de los sistemas relacionales.

Las prácticas de testimonio vinculan también la IFS con los enfoques sistémicos narrativos y sensibles al trauma. La terapia narrativa ha subrayado desde hace tiempo la importancia del testimonio para sostener la construcción de sentido y restaurar la capacidad de agencia, en particular tras experiencias traumáticas (Denborough, 2012). En la IFS, las partes protectoras suelen suavizarse cuando las experiencias vulnerables se abordan con cuidado y respeto. Las experiencias antes exiliadas pueden entonces elaborarse mediante un testimonio cuidadoso y una contextualización (Schwartz & Sweezy, 2019). En este sentido, el proceso puede entenderse no como una exposición al malestar, sino como una revisión relacional del sentido. La investigación reciente sobre el trauma ha relacionado también estos procesos con la reconsolidación de la memoria. La teoría de la reconsolidación propone que, cuando un recuerdo se reactiva y luego se actualiza mediante una nueva experiencia emocional que contradice las expectativas anteriores, el aprendizaje subyacente puede revisarse en lugar de quedar simplemente suprimido (Ecker & Bridges, 2020; Ecker et al., 2012). En la IFS, cuando la experiencia vulnerable se activa mientras el sistema encuentra al mismo tiempo una nueva postura relacional, caracterizada por la seguridad, la compasión y la protección, los significados anteriores basados en la amenaza pueden revisarse. Esto podría ayudar a explicar por qué los cambios logrados con la IFS se viven a menudo como duraderos e internamente coherentes.

Para ilustrar cómo se despliegan algunos de estos procesos sistémicos en la práctica de la IFS, presentamos a continuación una viñeta clínica anonimizada. La viñeta se basa principalmente en un caso clínico, pero se ha adaptado sustancialmente para proteger la confidencialidad. Se han modificado, combinado u omitido detalles para preservar el anonimato, conservando a la vez los procesos relacionales y contextuales que son centrales en el trabajo. En coherencia con la orientación sistémica de este artículo, la viñeta reúne varias perspectivas, entre ellas las de la persona consultante, la familia, la persona terapeuta y el proceso de supervisión. Más que ofrecer un relato literal de una secuencia concreta de acontecimientos, se pretende iluminar los procesos recursivos y relacionales mediante los cuales las dificultades surgieron, se mantuvieron y fueron cambiando gradualmente con el tiempo.

Viñeta clínica

En esta viñeta presentamos un caso clínico sustancialmente anonimizado y adaptado, relativo a una familia derivada a psicoterapia por orden judicial. Janet, de 38 años, madre de dos hijas, Mabel (9 años) e Iris (14 años), se había separado del padre de ambas, Morris (45 años). La separación estuvo marcada por visiones distintas sobre los roles de género y la crianza, y las tensiones persistentes influyeron en los acuerdos posteriores a la separación. Tras un incidente en el que Janet abofeteó a Iris durante una discusión y luego dejó a las niñas solas en casa mientras intentaba regular su malestar, Morris solicitó la custodia exclusiva ante los tribunales. Una evaluación psicológica independiente concluyó que las niñas seguían expuestas a un riesgo de daño significativo, en el sentido de la Children Act (1989), debido a la preocupación por la desregulación emocional, los episodios de ira y las dificultades en la relación entre madre e hijas. Janet no había recibido anteriormente ningún diagnóstico psiquiátrico formal. La evaluación independiente describió no obstante su presentación en términos de rasgos de trastorno de la personalidad, una formulación que el presente artículo pretende considerar en un contexto relacional, evolutivo y sociocultural más amplio. El tribunal recomendó posteriormente un régimen de visitas supervisadas y una intervención psicoterapéutica, con el objetivo de apoyar la regulación emocional de Janet y reducir la probabilidad de nuevos daños.

La viñeta se presenta en dos líneas interrelacionadas. En primer lugar, describimos el trabajo terapéutico con la familia, que comienza con Janet de forma individual y se desarrolla después en sesiones conjuntas con Janet y su hija Iris. Esta progresión ilustra cómo la persona terapeuta trabaja no solo con un individuo, sino también con el sistema del que forman parte estas personas, atendiendo así tanto a los sistemas internos como a los interpersonales. En segundo lugar, reflexionamos sobre el propio sistema interno de la persona terapeuta, mostrando cómo el contacto con los sistemas externos (en este caso, el informe psicológico) activó su sistema interno, y cómo lo elaboró en su propio tiempo de supervisión para lograr un giro hacia un trabajo clínico más eficaz. Ambas líneas, así como las relaciones pertinentes entre las partes, se ilustran en la Figura 1.

Procesos de la IFS ilustrados en la viñeta.
Figura 1. Procesos de la IFS ilustrados en la viñeta.

Trabajo con la familia

Durante el proceso terapéutico surgieron varias dificultades. En primer lugar, el carácter muy conflictivo de la separación contribuyó a una desconfianza considerable entre los miembros de la familia y el conjunto de profesionales que intervenían en el procedimiento. En segundo lugar, la historia de Janet, marcada por un trauma relacionado con el apego, la parentificación y un duelo no resuelto, aumentaba su vulnerabilidad a la desregulación emocional cuando se activaban temas de abandono, crítica y rechazo. En tercer lugar, el procedimiento judicial en curso introducía una complejidad añadida y obligaba a la persona terapeuta a equilibrar el trabajo terapéutico con consideraciones de protección, gestión del riesgo y neutralidad profesional. Por último, Morris rehusó participar en un trabajo conjunto, lo que obligó a trabajar de forma sistémica con el subsistema parental pese a la ausencia de uno de sus miembros.

Inicialmente, la terapia se centró en Janet de forma individual, a lo largo de cinco sesiones. El objetivo era ayudarla a tomar conciencia de su sistema interno y a ampliar su acceso a la energía del Self antes de implicar a otros miembros de la familia. Esta opción se basaba en las ideas estructurales de Minuchin et al. (2021) sobre el fortalecimiento del subsistema parental antes de incorporar a la hija, con el fin de reducir la posibilidad de que Janet se desregulara emocionalmente en presencia de Iris. A través de un enfoque inspirado en la IFS, se hicieron visibles distintos roles internos, entre ellos partes protectoras gestoras y bomberas, junto con posiciones exiliadas más vulnerables. Mediante la metáfora de las «partes en el autobús»1, Janet empezó a identificar cómo distintas partes intentaban tomar el control en los momentos de malestar. Con el tiempo, relacionó estas respuestas con experiencias anteriores, en particular la marcha de su padre cuando ella tenía 14 años y el rol de cuidadora que asumió después dentro de la familia. Poco a poco surgió una hipótesis sistémica (Selvini Palazzoli et al., 1980): las dificultades de Janet se habían intensificado cuando Iris cumplió 14 años, reflejando el periodo evolutivo en el que el propio sistema familiar de Janet había experimentado un cambio importante (McGoldrick et al., 2014). Se planteó la hipótesis de que la creciente diferenciación e independencia de Iris reactivaba el duelo no resuelto de Janet, sus miedos al abandono y las experiencias asociadas a su propia parentificación temprana. Al mismo tiempo, Iris parecía haber asumido un rol parentificado respecto de Janet, lo que sugería una posible repetición de los roles de cuidado a través de las generaciones. Cuando estas experiencias se volvían abrumadoras, las partes bomberas respondían con ira, retraimiento y otras estrategias destinadas a reducir el dolor emocional.

Mediante el proceso de descarga, Janet pudo volver sobre estas experiencias desde una posición de mayor energía del Self y favorecer la liberación de creencias y responsabilidades que ya no le pertenecían. Al hacerlo, fue reconociendo cada vez más que ya no era la adolescente de 14 años a la que se había exigido asumir un rol adulto en la familia. A medida que Janet accedía más a la energía del Self, fue cada vez más capaz de acercarse a esta parte exiliada con compasión, curiosidad y comprensión. Esta reorganización interna redujo su reactividad emocional cuando Iris inició su propio proceso de diferenciación (Bowen, 1978). Según el marco estructural de Minuchin et al. (2021), los límites entre Janet e Iris pasaron gradualmente de un patrón «aglutinado» a otro más adecuado a la etapa evolutiva. Cartografiar estos procesos recursivos ayudó a Janet a reconocer la relación circular entre sus experiencias internas y sus relaciones interpersonales. Con el tiempo, mostró más compasión, curiosidad y regulación emocional, indicadores todos ellos de un mayor liderazgo del Self. Este cambio constituyó una condición previa importante para el trabajo relacional posterior.

Cuando Janet mostró una estabilidad emocional y una capacidad reflexiva suficientes, se invitó a su hija Iris a unirse a las sesiones. Esta decisión se basaba en una formulación estructural centrada en la reparación relacional y en el fortalecimiento del subsistema parental (Minuchin et al., 2021). Durante esta fase del trabajo, la persona terapeuta ayudó a Janet a mantenerse atenta a su propio sistema interno, a la vez que atendía a la experiencia interna de Iris y a los patrones recursivos que surgían entre ambas. La terapia se movió con flexibilidad entre los procesos intrapersonales e interpersonales, explorando cómo las dinámicas internas se expresaban en el sistema relacional más amplio. Por ejemplo, Janet reconoció una parte exiliada que históricamente había buscado cuidado y consuelo en Iris, reflejo de un patrón de parentificación de larga data (Figura 1). Iris, por su parte, había aprendido desde muy pequeña que reprimir sus propias necesidades y mostrarse «buena» aumentaba las probabilidades de mantener la conexión con su madre. Cuando Iris entró en la adolescencia e inició el proceso de diferenciación propio de su edad (Bowen, 1978), estas estrategias se volvieron cada vez más difíciles de sostener. Iris se volcó cada vez más en su grupo de pares, experimentó con drogas y se desvinculó de la escuela. Estos cambios activaron los propios miedos al abandono de Janet (Figura 1), lo que llevó a sus partes bomberas a responder con ira y retraimiento. A su vez, las partes bomberas de Iris se activaron cada vez más a través de conductas de riesgo, lo que ilustra la relación circular y de refuerzo mutuo entre los procesos internos e interpersonales. Trabajar juntas en la sala de terapia permitió a Janet y a Iris cartografiar estos patrones recursivos y comprender mejor cómo sus respectivos sistemas internos se cruzaban y se influían mutuamente. A medida que aumentaba el acceso a la energía del Self, ambas fueron cada vez más capaces de abordar estas dinámicas con curiosidad, compasión y comprensión. A lo largo de cuatro sesiones, este proceso facilitó la reparación relacional y favoreció el desarrollo de nuevos patrones de interacción caracterizados por una mayor flexibilidad, el reconocimiento mutuo y la confianza.

También se consideró invitar a Morris a participar en la terapia para fortalecer el subsistema parental (Minuchin et al., 2021). Sin embargo, Morris rechazó la invitación debido a la ira que seguía sintiendo hacia Janet. Aun así, la terapia siguió trabajando de forma sistémica con este subsistema a pesar de su ausencia física en las sesiones. Una de las intervenciones consistió en utilizar la técnica del Fire Drill (Schwartz, 2020), en la que se invita a la persona a imaginar a alguien que suscita en ella fuertes reacciones emocionales, manteniendo al mismo tiempo la conciencia de su propia experiencia interna. Se invitó a Janet a imaginar a Morris en una habitación separada donde pudiera verlo, pero donde él no pudiera ni influirla ni hacerle daño. Esta intervención le permitió identificar y explorar las distintas partes que se activaban en relación con él, entre ellas partes más jóvenes que anhelaban cuidado y protección, junto con partes enfadadas que respondían a la traición asociada a la relación extramatrimonial. En el sistema profesional más amplio, estas respuestas podrían haberse interpretado como irracionales o como indicio de inestabilidad emocional. Sin embargo, desde una perspectiva sistémica inspirada en la IFS, se entendieron como respuestas protectoras surgidas en un contexto relacional particular. A medida que se dio testimonio de estas partes, se las valoró y se las fue descargando, Janet fue cada vez más capaz de relacionarse con Morris desde una posición caracterizada por una mayor curiosidad, compasión y liderazgo del Self. Este cambio pareció contribuir a reducir la coalición transgeneracional que se había formado inicialmente entre Morris y las niñas contra Janet (Minuchin et al., 2021). En consonancia con esta observación, el equipo de trabajo social que seguía a la familia informó de una reducción del conflicto parental y de una comunicación cada vez más respetuosa entre ambos progenitores, lo que llevó a los servicios de protección de la infancia a plantearse el cierre del caso.

La experiencia interna de la persona terapeuta

El contacto con la evaluación psicológica independiente suscitó en la persona terapeuta una fuerte respuesta emocional y corporal (Figura 1). El informe parecía reflejar una comprensión predominantemente diagnóstica y orientada al riesgo de la presentación de Janet, con relativamente poca atención a los factores relacionales, evolutivos y contextuales que rodeaban las dificultades. Llamaba especialmente la atención la escasa consideración concedida a la relación extramatrimonial de Morris, sobre todo porque este acontecimiento hacía eco de un momento crítico anterior (Pearce, 1995) en la vida de Janet: la marcha de su padre del hogar familiar tras una relación extramatrimonial (Figura 1). Desde una perspectiva inspirada en la IFS, estas respuestas se entendieron como inicios de sendero que señalaban la activación de determinadas posiciones dentro del propio sistema interno de la persona terapeuta. Manteniendo una postura de curiosidad (Cecchin, 1987), la persona terapeuta exploró estas respuestas en supervisión, lo que puso de manifiesto una constelación de partes protectoras y vulnerables. Entre ellas había partes fuertemente protectoras preocupadas por la injusticia, las relaciones de poder de género y la posible patologización de las respuestas de Janet, junto con partes más vulnerables moldeadas por experiencias anteriores relacionadas con la autoridad, la clase social y mensajes sobre la importancia de «no salirse del propio carril» (Mason, 2020). En conjunto, estas posiciones reflejaban una polarización dentro del sistema interno de la persona terapeuta, caracterizada por tendencias opuestas a la confrontación y a la inhibición.

Al principio existía el riesgo de que estas respuestas influyeran en la relación de la persona terapeuta con el informe y con la red profesional más amplia. Por ello se prestó una atención cuidadosa a mantener una posición de neutralidad y reflexividad (Selvini Palazzoli et al., 1980). Gracias a la supervisión, la persona terapeuta pudo reconocer y valorar las intenciones protectoras de estas partes activadas (Boscolo et al., 1987), lo que facilitó una mayor diferenciación del self (Bowen, 1978) y el correspondiente cambio en el liderazgo interno. En este contexto, la diferenciación remite a la capacidad de mantener la conexión emocional sin perder la conciencia reflexiva dentro del sistema relacional. A medida que aumentaba el acceso a la energía del Self, la persona terapeuta fue cada vez más capaz de adoptar una postura más reflexiva, regulada y curiosa en el trabajo con la familia. Este cambio resultó clínicamente significativo: permitió ir más allá de una implicación reactiva con los sistemas externos que intervenían en el procedimiento judicial (Figura 1) y entender el informe no simplemente como «correcto» o «erróneo», sino como el producto de procesos relacionales, profesionales, institucionales y orientados al riesgo. En consecuencia, el informe preparado para el tribunal estuvo menos determinado por la activación de determinadas partes y más por una posición de liderazgo del Self. Finalmente, el procedimiento judicial concluyó y se concedió a Janet un régimen de visitas sin supervisión con sus hijas.

Estas cuestiones se exploraron en una supervisión clínica regular inspirada tanto en los principios sistémicos como en los de la IFS. La supervisión se centró en las respuestas corporales de la persona terapeuta, la identificación de las partes protectoras y vulnerables activadas, la consideración de influencias socioculturales más amplias y la reflexión sobre cómo estas respuestas podían configurar las relaciones con la familia, el tribunal y el resto de profesionales. Se prestó especial atención a mantener la curiosidad, la reflexividad y la neutralidad terapéutica, sin perder de vista las cuestiones de poder, género y opresión. Este proceso permitió a la persona terapeuta distinguir las respuestas personales de las que surgían en el sistema terapéutico más amplio, y utilizarlas de forma constructiva en el trabajo.

Conclusión

Este doble enfoque, centrado en los sistemas internos e interpersonales de la familia y en el propio sistema interno de la persona terapeuta, configuró la formulación presentada en el informe judicial. La ira de Janet se entendió no como un rasgo fijo, sino como una respuesta protectora ante una vergüenza subyacente y una crítica percibida (Figura 1). Del mismo modo, la posición de Morris podía entenderse en relación con sus propias preocupaciones protectoras (Figura 1). Así, estas respuestas se consideraron mutuamente reforzantes dentro de un patrón relacional más amplio. En conjunto, esta viñeta ilustra cómo la práctica sistémica inspirada en la IFS opera simultáneamente en varios niveles. El trabajo pasa de contextos individuales a contextos relacionales, incorpora a varias personas en la sala y permanece atento a los propios procesos internos de la persona terapeuta. En lugar de separar los dominios interno y externo, estos se entienden como recursivos y mutuamente influyentes, lo que permite una forma de práctica clínica más integrada y receptiva.

Discusión

En este artículo nos propusimos explorar qué podría significar situar la terapia de Sistemas de Familia Interna (IFS) como una terapia sistémica, y por qué este posicionamiento puede ser relevante para la práctica sistémica contemporánea. Basándonos tanto en nuestra discusión teórica como en la viñeta, sugerimos que la IFS puede entenderse no como una ruptura con el pensamiento sistémico, sino como su extensión al dominio de la experiencia relacional interna. En este sentido, la IFS ofrece una manera de sostener la epistemología sistémica a través de los distintos niveles de la práctica, como en el trabajo individual y, sobre todo, en sesiones con varios miembros de la familia o de la pareja, donde los procesos intrapersonales e interpersonales se despliegan simultáneamente. El trabajo terapéutico comenzó con Janet de forma individual y avanzó después hacia sesiones conjuntas con Janet e Iris, lo que permitió a la persona terapeuta atender simultáneamente a los procesos internos e interpersonales. Este paso del trabajo individual al relacional pone de relieve que la práctica sistémica inspirada en la IFS no está limitada por el número de personas presentes, sino por la manera en que se conceptualizan y se abordan los procesos relacionales (tanto internos como externos). Como ilustra la viñeta, la IFS permite al personal clínico atender simultáneamente a procesos intrapersonales, interpersonales y sistémicos más amplios. En lugar de situar las dificultades dentro del individuo, el malestar se entiende en términos relacionales y contextuales. En este sentido, la IFS puede ofrecer un marco para mantener una orientación sistémica en distintos contextos terapéuticos.

Cabe subrayar que estas similitudes no son meramente conceptuales, sino que tienen implicaciones prácticas para el trabajo clínico. Desde una perspectiva sistémica inspirada en la IFS, los síntomas se entienden menos como expresiones aisladas de una patología y más como comunicaciones que surgen dentro de un sistema relacional organizado en torno a la protección, la adaptación y la supervivencia. Por consiguiente, la tarea terapéutica pasa de identificar déficits a explorar los patrones de organización, las relaciones entre las partes y las condiciones contextuales que les dieron origen. Esta orientación tiene implicaciones tanto para la postura terapéutica como para la intervención. Se da prioridad a la curiosidad sobre la certeza, se privilegia la comprensión frente a las explicaciones patologizantes, y el cambio surge de la transformación de las relaciones dentro del sistema y no de la eliminación de síntomas o conductas particulares. En este sentido, la IFS puede ofrecer una manera de operacionalizar principios sistémicos consolidados en el ámbito intrapersonal.

La pertinencia de esta integración se hace especialmente evidente en los contextos de los tribunales de familia, donde las separaciones muy conflictivas son frecuentes. Las figuras parentales suelen quedar situadas en oposición mientras intentan obtener un régimen de custodia, con interacciones caracterizadas por patrones de culpabilización, actitud defensiva, retraimiento, ataque o apaciguamiento (Tomm, 2014). Desde una perspectiva sistémica, estas dinámicas implican con frecuencia procesos de triangulación (Bowen, 1978), en los que niñas y niños se ven arrastrados al campo relacional entre quienes ejercen su cuidado y colocados en posiciones complejas de lealtad y alineamiento. En estos contextos, la infancia puede vivir lo que Bateson et al. (1956) describieron como comunicación de doble vínculo, en la que mensajes relacionales contradictorios generan incertidumbre sobre la seguridad, la pertenencia y las expectativas relacionales. Una perspectiva inspirada en la IFS permite comprender estas dinámicas no solo en el plano interpersonal, sino también en el interno. Como sugiere la viñeta, algunos aspectos de la experiencia infantil pueden quedar exiliados, portando cargas como la responsabilidad por el bienestar parental o la creencia de tener la culpa del conflicto. Del mismo modo, las respuestas parentales, como la ira o el retraimiento de Janet, pueden entenderse como estrategias protectoras que surgen en respuesta a la activación de posiciones internas vulnerables. Así, la IFS puede ampliar las formulaciones sistémicas al vincular los patrones interaccionales observables con los procesos internos que los sostienen. Aunque la terapia sistémica atiende desde hace mucho a ambos dominios, la IFS puede ofrecer un marco más explícito para comprender la relación recursiva entre los procesos intrapersonales e interpersonales.

Esta perspectiva integrada puede resultar especialmente valiosa al trabajar con el trauma y con sistemas familiares muy conflictivos. Las experiencias traumáticas suelen quedar inscritas tanto en procesos intrapersonales como interpersonales, e influyen en los patrones de apego, la regulación emocional, la protección y la construcción de sentido. En contextos familiares muy conflictivos, estos procesos pueden intensificarse aún más mediante ciclos de culpabilización, retraimiento, parentificación, triangulación y conflictos de lealtad. Por consiguiente, el malestar puede expresarse simultáneamente en el individuo, entre los miembros de la familia y en los sistemas sociales y profesionales más amplios. Un marco sistémico inspirado en la IFS ofrece al personal clínico un medio para atender a estos procesos que interactúan, sin perder de vista el contexto relacional y sociocultural más amplio.

La viñeta ilustra también mecanismos clave del cambio. El desarrollo del liderazgo del Self en Janet puede entenderse como una forma intrasistémica de reflexividad, en consonancia con los conceptos sistémicos de metaposición y observación de segundo orden (Burnham, 2012; McNamee, 2015). Desde esta posición, Janet pudo acercarse a su sistema interno con curiosidad y compasión, lo que permitió dar testimonio de experiencias antes exiliadas y recontextualizarlas. Este proceso resuena además con las prácticas narrativas de externalización y testimonio (Denborough, 2012), y con las concepciones emergentes de la reconsolidación de la memoria (Ecker et al., 2012), según las cuales nuevas experiencias relacionales pueden revisar significados mantenidos hasta entonces. En la viñeta, esto se reflejó en la capacidad de Janet para «descargar» experiencias anteriores y responder con más flexibilidad en sus relaciones. Sin embargo, entender la IFS como sistémica exige atender no solo a la relación recursiva entre procesos internos e interpersonales, sino también a los sistemas sociales, culturales y profesionales más amplios en los que estos procesos se inscriben. La viñeta lo ilustra con especial claridad en relación con el género, el poder y los discursos profesionales que rodeaban el malestar de Janet.

IFS, poder, opresión y contexto sociocultural

La respuesta de la persona terapeuta a la misoginia percibida en el sistema profesional puede entenderse dentro de una epistemología sistémica más amplia. Desde la crítica feminista a la posición de neutralidad de la primera escuela de Milán, la psicoterapia sistémica ha procurado cada vez más reconocer y cuestionar los efectos de la opresión y de las relaciones de poder desiguales en las familias, las organizaciones y la sociedad en general (Selvini Palazzoli et al., 1980). En contextos de abuso y opresión, la neutralidad pasó a considerarse éticamente problemática, lo que llevó a Cecchin (1987) a reconceptualizar la neutralidad como curiosidad. La IFS está estrechamente alineada con esta orientación por su atención explícita a la manera en que los contextos relacionales, sociales y culturales configuran la experiencia interna. Junto a las cargas personales, que se desarrollan a través de experiencias en los sistemas familiares y relacionales, la IFS describe cargas heredadas y cargas culturales (Schwartz, 2021). Las cargas heredadas remiten a creencias, emociones y patrones relacionales que se transmiten de una generación a otra, directa o indirectamente. Estas ideas presentan similitudes con la noción de guiones familiares de Byng-Hall (1995) y con la descripción que hacen McGoldrick et al. (2014) de los estresores verticales en el ciclo vital familiar. Experiencias como la guerra, la pobreza, la migración, la colonización y otras formas de trauma colectivo pueden, por tanto, seguir influyendo en los sistemas internos y externos a lo largo de las generaciones. En la presente viñeta, Janet parecía portar una carga heredada asociada a la expectativa de que las mujeres deben asumir la responsabilidad de los cuidados. A lo largo de la terapia, fue reconociendo gradualmente hasta qué punto estas creencias influían en sus relaciones y habían contribuido a que permaneciera en una relación marcada por la traición y la desigualdad. A medida que estas cargas se exploraron y se descargaron, Janet desarrolló una mayor autocompasión y una convicción creciente de que merecía ser tratada con justicia, dignidad y respeto. Visto desde el marco del ciclo vital familiar, esto ilustra cómo pueden entrecruzarse los estresores verticales y horizontales: los legados intergeneracionales se transmiten a lo largo del tiempo, mientras las personas y las familias afrontan simultáneamente presiones evolutivas, sociales y culturales en sus contextos actuales (McGoldrick et al., 2014).

La IFS reconoce también la influencia de las cargas culturales, que surgen de la interiorización de creencias, expectativas y discursos sociales dominantes asociados a sistemas sociales más amplios. Pueden incluir experiencias de racismo, homofobia, misoginia, capacitismo y otras formas de marginación. Estas ideas pueden considerarse junto con la conceptualización de McGoldrick et al. (2014) de los estresores horizontales, que comprenden las presiones evolutivas, sociales y contextuales que encuentran las familias a lo largo del ciclo vital. Tales presiones pueden encarnarse en los sistemas internos y configurar el funcionamiento tanto intrapersonal como interpersonal. La noción de doble conciencia de Du Bois (1903), por ejemplo, ilustra cómo las personas pueden desarrollar estrategias protectoras en respuesta a la discriminación y la opresión. En el presente caso, tanto Morris como la evaluación psicológica independiente describieron a Janet como emocionalmente inestable, situando así el malestar principalmente en el individuo y ocultando las circunstancias relacionales y contextuales más amplias en las que surgieron estas dificultades (Foucault, 2003). Desde una perspectiva sistémica, en cambio, las respuestas de Janet pueden entenderse como intentos de afrontar experiencias de abandono, traición, parentificación y relaciones de poder desiguales. A lo largo de la terapia, Janet fue tomando conciencia de hasta qué punto las creencias sociales y familiares más amplias sobre el género, los cuidados y el poder habían configurado sus experiencias y parecían reproducirse en los sistemas jurídico y profesional que rodeaban a la familia (Hare-Mustin, 1994).

En conjunto, estas observaciones sugieren que la IFS ofrece a la práctica sistémica un marco adicional para comprender la interacción entre la experiencia interna, la posición social (Watt Jones, 2010), el marco GRACES (Burnham, 2012) y los procesos socioculturales más amplios. El malestar se conceptualiza, por tanto, no como un déficit individual, sino como un fenómeno inscrito en contextos relacionales, históricos, sociales y culturales. Cabe subrayar que la persona terapeuta no se sitúa fuera de estos sistemas. Su propia posición social, sus supuestos, sus respuestas emocionales y sus experiencias entran inevitablemente en el sistema terapéutico, lo que hace que la reflexividad sea especialmente importante cuando se trabajan cuestiones de poder y opresión.

Reflexividad de la persona terapeuta y observación de segundo orden

Esta dimensión reflexiva se ilustra también en el trabajo de la persona terapeuta con su propio sistema interno. El contacto con la evaluación psicológica independiente activó en ella fuertes respuestas emocionales y corporales, que se exploraron después en supervisión. A través de este proceso, la persona terapeuta pudo reconocer las partes protectoras y vulnerables y trabajar con ellas, lo que facilitó un mayor acceso a la energía del Self y el correspondiente desplazamiento hacia una posición más reflexiva, regulada y curiosa en el trabajo con Janet e Iris. Este proceso refleja compromisos sistémicos de larga data con la reflexividad y la observación de segundo orden (Burnham, 2012), a la vez que ofrece una descripción más detallada de cómo esa reflexividad puede vivirse y ponerse en acto internamente. El trabajo de la persona terapeuta con su propio sistema interno es especialmente pertinente porque, aunque tradicionalmente se ha animado a quienes practican la terapia sistémica a prestar atención a sus propios supuestos, creencias, respuestas emocionales y posiciones dentro de los sistemas terapéuticos, se ha dedicado comparativamente menos atención a comprender cómo se organizan estos procesos en la experiencia interna.

La IFS ofrece un marco posible para conceptualizar estos procesos. En lugar de considerar las respuestas emocionales únicamente como sesgos que deben eliminarse, el modelo las entiende como valiosas fuentes de información sobre la interacción entre la persona terapeuta, la familia y el contexto sociocultural más amplio. Gracias a la supervisión, la persona terapeuta pudo reconocer que se habían activado partes bomberas en respuesta a la misoginia percibida tanto en el sistema familiar como en el profesional. Reconocer las intenciones protectoras de estas partes hizo posible adoptar una posición más diferenciada, caracterizada a la vez por la compasión y la curiosidad. Esto permitió cuestionar prácticas opresivas sin cerrarse a las intenciones y perspectivas de las demás personas.

Estas cuestiones se exploraron en una supervisión clínica regular inspirada tanto en los principios sistémicos como en los de la IFS. La supervisión se centró en las respuestas corporales de la persona terapeuta, la identificación de las partes protectoras y vulnerables activadas, la consideración de influencias socioculturales más amplias y la reflexión sobre cómo estas respuestas podían configurar las relaciones con la familia, el tribunal y el resto de profesionales. Se prestó especial atención a mantener la curiosidad, la reflexividad y la neutralidad terapéutica, sin perder de vista las cuestiones de poder, género y opresión.

En conjunto, estas observaciones sugieren que la IFS puede ofrecer un medio para sostener lo que Larner (2000) denominó humildad epistemológica, adoptando una posición de «tanto/como» que mantiene a la vista los procesos intrapersonales e interpersonales sin abandonar los compromisos sistémicos con el contexto, la reflexividad y la construcción relacional del sentido. Estas consideraciones invitan a seguir reflexionando sobre cómo puede continuar evolucionando la práctica sistémica en distintos contextos clínicos.

Implicaciones clínicas

Situar la IFS como terapia sistémica tiene varias implicaciones para nuestra práctica. En conjunto, estas implicaciones sugieren que la contribución de la IFS no reside solo en introducir nuevas técnicas, sino en proporcionar un marco más explícito y operacionalizado para integrar los procesos intrapersonales, interpersonales y contextuales en la práctica sistémica contemporánea. Con ello, la IFS puede permitir que la terapia se mueva con más fluidez entre los niveles de la experiencia, manteniendo a la vez un marco relacional y contextual coherente.

En primer lugar, puede ofrecer un marco para trabajar de forma sistémica en contextos en los que no es posible implicar a la familia o a la red. Al trabajar con los sistemas internos como representaciones de la experiencia relacional, podemos seguir formulando las dificultades en términos relacionales, incluso en marcos de terapia individual. En segundo lugar, la IFS puede proporcionar un lenguaje para abordar la complejidad sin patologizar prematuramente a las personas consultantes. En la viñeta, la conducta de Janet se reformuló, pasando de una etiqueta diagnóstica a una comprensión de respuestas protectoras dentro de un sistema relacional. Esto concuerda con los enfoques sistémicos y narrativos que buscan alejarse de las formulaciones basadas en el déficit para llegar a comprensiones más contextualizadas del malestar (McNamee, 2015; White, 2024). En tercer lugar, sugerimos que la integración de la reflexividad en la IFS puede profundizar la práctica sistémica. El trabajo de la persona terapeuta con su propio sistema interno refleja un compromiso con la conciencia reflexiva, considerada desde hace tiempo central en el trabajo sistémico (Burnham, 2012). La IFS puede ofrecer así una manera estructurada de operacionalizar la reflexividad, en particular en contextos complejos y con gran carga emocional, como el trabajo en tribunales de familia.

Por último, la IFS puede favorecer la integración entre los enfoques sistémicos y los sensibles al trauma. Esta integración no es exclusiva de la IFS y ya está presente en modelos sistémicos consolidados. Por ejemplo, la terapia familiar basada en el apego (Attachment-Based Family Therapy, ABFT) ofrece un enfoque manualizado y con respaldo empírico que se apoya en principios del apego y sistémicos para abordar las rupturas relacionales y fortalecer las relaciones de apego en las familias (G. Diamond et al., 2021; G. S. Diamond et al., 2014). La IFS puede complementar estos enfoques al ofrecer un marco explícito para atender a cómo las experiencias relacionales y de apego se organizan también dentro del sistema interno de la persona. Al vincular estos procesos relacionales internos con las dinámicas interpersonales y apoyarse en mecanismos como la reconsolidación de la memoria (Ecker et al., 2012; Lane et al., 2015), la IFS puede ofrecer una vía adicional para comprender cómo interactúan los procesos de cambio relacionales y experienciales. Como ilustra la viñeta, esto puede ser especialmente pertinente en contextos de trauma y de familias muy conflictivas, donde las respuestas intrapersonales y los patrones interpersonales, como la reactividad emocional, el retraimiento, la triangulación y los conflictos de lealtad, pueden quedar interconectados de manera recursiva.

Tensiones, limitaciones y ámbitos para un diálogo futuro

Aunque en este artículo hemos sostenido que la IFS puede entenderse como una extensión y elaboración contemporánea de la epistemología sistémica en el ámbito intrapersonal, es importante reconocer varias limitaciones y ámbitos de debate teórico abierto. Nuestra intención no es sugerir que la IFS deba considerarse universalmente compatible con todas las tradiciones sistémicas, ni que resuelva cuestiones de larga data sobre la identidad del yo, la relacionalidad y el cambio. Vemos estas cuestiones, más bien, como oportunidades para prolongar el diálogo y el desarrollo teórico.

Un ámbito de tensión se refiere a la conceptualización de las partes internas. Los enfoques construccionistas sociales y posmodernos de la práctica sistémica se han mostrado tradicionalmente cautelosos ante la reificación de entidades internas, y han preferido poner el acento en el lenguaje, la construcción de sentido, la interacción social y la coconstrucción de la experiencia (Anderson, 1997; Gergen, 2009; McNamee, 2015). Desde esta perspectiva, describir las partes como si poseyeran características, intenciones o roles estables podría transformar experiencias fluidas y dependientes del contexto en entidades psicológicas fijas. Las voces críticas podrían preguntarse, por tanto, si el lenguaje de las partes no reproduce involuntariamente una comprensión más individualizada del malestar, oscureciendo potencialmente los contextos relacionales, sociales, culturales y políticos más amplios en los que las dificultades surgen y se mantienen. Al mismo tiempo, quienes defienden la IFS podrían argumentar que las partes no pretenden entenderse como entidades discretas o esenciales, sino como recursos heurísticos que proporcionan un lenguaje con el que las personas pueden abordar experiencias internas complejas. Desde esta perspectiva, las partes no se entienden aisladas de los sistemas más amplios, sino como productos de interacciones continuas entre las personas y sus contextos relacionales, culturales e históricos. Más que resolver esta tensión, sugerimos que constituye un ámbito importante para un diálogo continuado entre las perspectivas construccionistas y las inspiradas en la IFS.

Una cuestión epistemológica relacionada concierne al concepto de Self. Las tradiciones colaborativas, narrativas y construccionistas sociales han cuestionado con frecuencia los supuestos sobre la existencia de un Self coherente, esencial o unitario, y han subrayado en cambio el carácter socialmente situado, dialógico y en continua evolución de la identidad (Anderson, 1997; Gergen, 2009). La IFS, por el contrario, conceptualiza el Self como una fuente duradera de conciencia caracterizada por cualidades como la curiosidad, la compasión, la calma y la conexión (Schwartz & Sweezy, 2019). Para una parte de la comunidad sistémica, esta conceptualización puede parecer incoherente con las concepciones posmodernas de la identidad y la experiencia. Sin embargo, cabe una interpretación alternativa. En lugar de entender el Self como una entidad esencial o fija, puede verse como un proceso fenomenológico, relacional o emergente que surge de las interacciones continuas entre las personas y sus entornos más amplios. Esta interpretación podría estar más cerca de las concepciones sistémicas existentes de la reflexividad, la metaposición y la observación de segundo orden. Si estas perspectivas pueden reconciliarse plenamente sigue siendo una cuestión abierta, que merece una exploración teórica más profunda.

También es importante reconocer que la IFS puede no ser igualmente compatible con todas las formas de práctica sistémica. Los enfoques arraigados en las tradiciones narrativas, colaborativas, discursivas y centradas en soluciones pueden preguntarse si un mayor énfasis en la organización interna no corre el riesgo de desviar la atención del lenguaje, el poder, el contexto social y la coconstrucción del sentido. Del mismo modo, una atención exclusiva a la experiencia interna podría individualizar involuntariamente el malestar y reducir la atención prestada a las influencias estructurales, como las desigualdades sociales, la discriminación y los procesos culturales más amplios. Esta preocupación es especialmente pertinente dado el compromiso de larga data de la práctica sistémica con la comprensión de las personas en relación con los sistemas más amplios de los que forman parte (Bowen, 1978; Minuchin, 1974; Von Bertalanffy, 1950, 1968). Aunque la IFS reconoce explícitamente los orígenes relacionales de los procesos protectores, pueden surgir dificultades si el lenguaje de las partes se aplica de un modo que, sin pretenderlo, restrinja el foco de atención a la sola experiencia intrapersonal. Por ello sugerimos que mantener una conexión explícita entre la experiencia interna y los procesos relacionales, sociales y estructurales más amplios sigue siendo esencial al integrar la IFS en la práctica sistémica.

Por último, señalamos también las preocupaciones relativas a la formación y la aplicación. Como se ha comentado anteriormente, la rápida expansión de la IFS ha ido acompañada de interrogantes sobre su uso fuera de los contextos de formación establecidos. Sigue siendo esencial garantizar que la IFS se practique de manera éticamente fundamentada, competente y con una supervisión adecuada. Además, el coste económico de la formación formal en IFS puede constituir en sí mismo una barrera de acceso, y contribuir potencialmente a una representación desproporcionada de terapeutas con más recursos económicos en los itinerarios formativos y en la comunidad profesional del modelo. Se necesita, por tanto, más investigación empírica para precisar en qué circunstancias la práctica inspirada en la IFS puede integrarse de forma más eficaz y adecuada en el trabajo sistémico.

En resumen, animamos a quienes leen estas páginas a no ver estas tensiones como prueba de incompatibilidad, sino a reconocer que reflejan debates de larga data sobre la naturaleza de la mente, la identidad, la relacionalidad y el cambio que han configurado la teoría sistémica desde sus inicios. De hecho, quizá sean precisamente estas zonas de tensión las que ofrezcan las mayores oportunidades de desarrollo teórico y de diálogo crítico entre la práctica sistémica y la práctica inspirada en la IFS.

Conclusión

En este artículo hemos explorado la propuesta de que la terapia de Sistemas de Familia Interna (IFS) puede entenderse de manera significativa como una terapia sistémica cuando se la considera en el plano de la epistemología, del proceso clínico y de los mecanismos de cambio. A través de nuestra discusión teórica y de una viñeta clínica anonimizada, hemos explorado la propuesta de que la IFS puede extender el pensamiento sistémico al ámbito intrapersonal sin dejar de estar anclada en compromisos de larga data con el contexto, la relacionalidad y la reflexividad. Cabe subrayar que hemos sugerido que esto ofrece una manera de mantener la práctica sistémica en contextos contemporáneos en los que a menudo se exige al personal clínico trabajar de forma individual y no con familias o redes completas. En este sentido, la terapia IFS no se limita a proporcionar un nuevo conjunto de técnicas, sino que ofrece otra manera de conceptualizar cómo pueden ponerse en práctica los principios sistémicos en la clínica contemporánea.

La contribución de este artículo no reside solo en identificar similitudes entre la IFS y la terapia sistémica, sino en explorar la propuesta de que la epistemología sistémica puede extenderse al ámbito intrapersonal. Más concretamente, hemos sostenido que la experiencia interna puede entenderse como un sistema relacional organizado según principios que inspiran desde hace mucho el pensamiento sistémico, como la circularidad, la reflexividad, la jerarquía, la adaptación y los patrones de organización. Así, la IFS puede ofrecer un marco posible a través del cual elaborar más estos principios, sin dejar de estar anclada en los contextos relacionales, sociales y culturales más amplios en los que se despliega la experiencia humana.

De forma más general, esta perspectiva puede tener implicaciones para la formación, la supervisión y la práctica clínica sistémicas. En los contextos formativos, puede animar a pensar el trabajo sistémico menos en función de quién está físicamente presente en la sala y más como un compromiso epistemológico con maneras relacionales, contextuales y reflexivas de comprender la experiencia humana. En la supervisión, puede ofrecer un marco más explícito para explorar las respuestas internas de terapeutas y su influencia en el proceso terapéutico. En la clínica, puede favorecer una mayor integración entre los enfoques individuales, de pareja, familiares y sensibles al trauma, manteniendo a la vez un marco sistémico coherente. En conjunto, estas posibilidades sugieren que la IFS puede contribuir no solo a la práctica clínica contemporánea, sino también al desarrollo continuo de la teoría y la práctica sistémicas.

Al mismo tiempo, hemos subrayado la importancia de mantener una postura crítica. Los riesgos de una posible cosificación de las «partes» y la necesidad de atender al poder y a las estructuras sociales más amplias siguen siendo consideraciones importantes. Situar la IFS como sistémica no implica, por tanto, una adopción acrítica, sino una integración cuidadosa basada en la ética y la reflexividad sistémicas.

En lugar de presentar la IFS como un modelo competidor, invitamos a la comunidad sistémica a abordarla como un enfoque potencialmente compatible y enriquecedor. Como ilustra nuestra viñeta, la IFS no sustituye al pensamiento sistémico, sino que ofrece una lente adicional a través de la cual los principios sistémicos pueden aplicarse en el trabajo terapéutico individual. Esta invitación es coherente con la historia más amplia de la psicoterapia sistémica, que se ha desarrollado mediante el diálogo, la crítica y la integración de nuevas ideas. Abordar la IFS de este modo nos permite seguir respondiendo a los contextos de práctica contemporáneos sin dejar de sostener los fundamentos epistemológicos que tradicionalmente han definido el trabajo sistémico, entre ellos el compromiso con la circularidad, la reflexividad, la comprensión contextual, la construcción relacional del sentido y el reconocimiento de la relación recíproca entre las personas y los sistemas más amplios de los que forman parte. Estos principios siguen siendo centrales tanto si el trabajo terapéutico se realiza con personas individuales como con parejas, familias o redes más amplias. Desde esta perspectiva, la cuestión quizá no sea si la IFS pertenece a la terapia sistémica, sino cómo la comunidad sistémica puede abordarla de manera crítica y creativa sin dejar de estar anclada en los compromisos epistemológicos que han caracterizado desde hace tiempo al campo.

Complexe Systémique: puntos clave

El interés del texto es que plantea de frente una pregunta con la que muchas personas que practican la terapia sistémica se encuentran a diario: ¿qué queda de la práctica sistémica cuando solo hay una persona en la sala? La respuesta desplaza el criterio: el trabajo sistémico se definiría menos por el número de personas presentes que por una epistemología circular, contextual y reflexiva. La IFS ofrecería una versión intrapersonal de ella, en la que las polarizaciones entre partes se leen como bucles relacionales y el Self ocupa el lugar de una metaposición. La viñeta muestra el uso más estimulante del modelo: aplicar la misma lente a la persona terapeuta, cuyas reacciones ante el informe pericial se convierten en información elaborada en supervisión. Los límites los reconoce en parte el propio texto: una viñeta compuesta, ninguna medida de resultados, el riesgo de reificar las «partes» y de individualizar el malestar, una formación costosa. Cabría añadir que los paralelismos con Bowen, Milán o Byng-Hall son a menudo más analogía que demostración. Para leer junto con el artículo sobre la entrevista al otro interiorizado y el artículo sobre la terapia sistémica individual.

Notas del original

1 La metáfora de las «partes en el autobús» imagina a la persona como conductora de un autobús, con distintas «partes» (por ejemplo, pensamientos, sentimientos, respuestas protectoras) como pasajeras. En lugar de eliminar estas partes, el objetivo es cultivar hacia ellas una mayor conciencia, curiosidad y compasión (Hayes et al., 2013).

Declaración de conflicto de intereses. La autoría no ha declarado ningún posible conflicto de intereses.

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Traducción no oficial de Internal Family Systems Therapy as Part of the ‘Family of Systemic Therapies’: A Critical Exploration of Systemic Practice in the Intra-Personal Domain, de Maike Klein y Julie Masters, International Journal of Systemic Therapy, publicación anticipada en línea (2026), doi: 10.1080/2692398x.2026.2737551, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Ni las autoras ni la editorial son responsables de esta traducción; prevalece la versión original.

Esta es una traducción del artículo original «Internal Family Systems Therapy as Part of the ‘Family of Systemic Therapies’: A Critical Exploration of Systemic Practice in the Intra-Personal Domain», publicado en International Journal of Systemic Therapy (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de las autoras se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.

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Cómo citar este artículo

Klein, M., et Masters, J. (2026). Internal Family Systems Therapy as Part of the ‘Family of Systemic Therapies’: A Critical Exploration of Systemic Practice in the Intra-Personal Domain. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/internal-family-systems-therapy-as-part-of-the-family-of-systemic-therapies (Obra original publicada en 2026 en International Journal of Systemic Therapy, OnlineFirst (2026); republicada en 2026 por International Journal of Systemic Therapy, https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/2692398X.2026.2737551)

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