Traducción asistida por IA

Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

Family Process · Terapia familiar

Poder y diálogo: una revisión de la investigación discursiva

Los enfoques colaborativos y el Diálogo Abierto invitan a quienes ejercen la terapia a soltar su poder: la persona consultante es la experta, todas las voces cuentan por igual. Pero ¿qué muestran las grabaciones de las sesiones? Ben Ong, Eleftheria Tseliou, Tom Strong y Niels Buus revisaron dieciocho estudios que las analizan línea por línea. El poder nunca desaparece; cambia de forma. Quien ejerce la terapia elige quién habla y de qué, vuelve a poner la seguridad sobre la mesa, orienta hacia los recursos. Y quizá sea esta dirección, reconocida y ligera, la que hace posible el diálogo.

Autoría Ben Ong y Niels Buus (Monash University, University of Southern Denmark), Eleftheria Tseliou (University of Thessaly), Tom Strong (University of Calgary)Primera publicación Family Process, 1 de diciembre de 2023Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de Power and dialogue: A review of discursive research, de Ben Ong, Eleftheria Tseliou, Tom Strong y Niels Buus, publicado en Family Process (Wiley) (2023), doi: 10.1111/famp.12881, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las dos figuras (diagrama PRISMA y resumen de los temas) no se reproducen. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

El ejercicio del poder no solo es coherente con la práctica colaborativa-dialógica, sino que de hecho puede ser necesario para promover conversaciones dialógicas.

Ben Ong, Eleftheria Tseliou, Tom Strong y Niels Buus

Resumen

Los enfoques colaborativos-dialógicos de la terapia familiar aconsejan a terapeutas adoptar una posición en la que la persona consultante es la experta y promover una igualdad de múltiples perspectivas. Esto ha dado lugar a debates sobre cómo conceptualizar el poder en las terapias dialógicas, y la investigación y la teoría lo han abordado como algo social y negociado en la interacción. Nos propusimos comprender el poder en la terapia dialógica mediante una revisión de la investigación discursiva sobre las conversaciones terapéuticas. Realizamos una búsqueda sistemática en las bases de datos bibliográficas PsycINFO, PubMed y CINAHL. Revisamos los resultados de 18 estudios que aplicaban análisis discursivos a sesiones de terapia colaborativa-dialógica y examinamos sus hallazgos en relación con el poder dentro de las interacciones. Encontramos un fuerte énfasis en las prácticas de la persona terapeuta más que en las de la persona consultante. La persona terapeuta aparecía como catalizadora del diálogo, que recurre a respuestas mínimas y activas para promover conversaciones dialógicas. Las y los terapeutas también ejercían el poder en respuesta a exigencias institucionales y sociales más amplias que pueden no ser coherentes con algunas interpretaciones de la terapia dialógica. Examinamos las implicaciones para la práctica en las que el ejercicio del poder para dirigir una sesión facilita las interacciones dialógicas.

PODER Y DIÁLOGO: UNA REVISIÓN DE LA INVESTIGACIÓN DISCURSIVA

Este artículo revisa la investigación actual que aplica análisis discursivos a las interacciones en los enfoques colaborativos-dialógicos de la terapia familiar para estudiar el ejercicio del poder. El concepto de poder ha ejercido una influencia recurrente en el desarrollo de la terapia familiar. La terapia familiar sistémica estuvo fuertemente influida por la perspectiva cibernética de Bateson (1987), que concebía las familias como sistemas comunicativos dotados de mente y regidos por la causalidad circular. Sin embargo, Bateson (1987) sostenía que el poder sobre otra persona implicaba una relación lineal, epistemológicamente errónea, porque consideraba que las personas están situadas dentro de relaciones cibernéticas que las constriñen recíprocamente (Flaskas & Humphreys, 1993). Se entendió que esta visión sugería que todas las personas eran igualmente responsables de mantener cualquier patrón de conducta, incluso el abuso, lo que se convirtió en una posición indefendible desde las perspectivas de la justicia social y del feminismo (Goldner, 1985; Hare-Mustin, 1987; MacKinnon & Miller, 1987).

La década de 1980 vio una conmoción en la terapia familiar, provocada por el feminismo y el construccionismo social, en cuanto a la manera de conceptualizar las relaciones y el poder (Flaskas, 2002). Desde una perspectiva construccionista social, el significado y la comprensión, incluidas las conceptualizaciones del poder, se consideran dependientes de procesos sociales (Goldner, 1985; Hare-Mustin, 1987; MacKinnon & Miller, 1987). La obra de Foucault (1979, 2002) subrayó que el poder no debe entenderse simplemente como una fuerza restrictiva ejercida por alguien, sino también como una fuerza constitutiva, distribuida e inscrita en los discursos hegemónicos y en las prácticas sociales. Foucault sostenía que «poder/saber» deben entenderse como inseparables y sugería que las personas se autorregulan, a sí mismas y a sus interacciones con los demás, en relación con un poder/saber omnipresente. El poder no se concebía como el ejercicio «negativo» y coercitivo de la fuerza, sino como una fuerza constitutiva, «positiva», que se manifiesta a través de las prácticas y las interacciones sociales. Desde este punto de vista, nadie posee el poder y no es algo que pueda eliminarse de las interacciones; sin embargo, puede cuestionarse y, hasta cierto punto, resistirse desde dentro de las relaciones de poder. Pese a esta conceptualización posmoderna del poder, quienes practicaban la terapia familiar parecían seguir considerando el poder como algo negativo que había que evitar, y los enfoques de terapia familiar se modificaron, y se desarrollaron otros nuevos, con el fin de contrarrestar el poder de la persona terapeuta en las interacciones terapéuticas (Flaskas & Humphreys, 1993).

En Estados Unidos, Anderson y Goolishian (1988) desarrollaron el enfoque de los sistemas de lenguaje colaborativos, mientras que en Finlandia Seikkula y su equipo desarrollaron el Diálogo Abierto (Haarakangas et al., 2007; Seikkula & Arnkil, 2006). Ambos enfoques se basan en una visión construccionista social del lenguaje y del significado (Guilfoyle, 2003), con inspiración en Bajtín (1981), Shotter (1996, 2006) y Andersen (1987). Nos referiremos a ellos como enfoques colaborativos-dialógicos (Anderson & Gehart, 2022) y, aunque existen puntos de diferencia, sostenemos que promueven una orientación fundamentalmente similar en la manera de abordar la práctica terapéutica, que expondremos a continuación.

En los enfoques colaborativos-dialógicos, las relaciones humanas se definen y organizan mediante una interacción comunicativa activa y creativa, y no mediante los roles sociales, las estructuras, las relaciones de poder y las jerarquías existentes (Anderson & Goolishian, 1988). El lenguaje no se limita a representar la realidad; es más bien un recurso que se utiliza para construir nuestras visiones de la realidad. Desde una perspectiva bajtiniana (1981), la identidad de una persona se desarrolla a través de las interacciones con los demás. A cada interacción, las personas aportan sus propias maneras singulares de explicar y comprender el mundo, de modo que, al escuchar a otra persona, nuestras propias ideas se adaptan y cambian, y pueden surgir nuevos significados. Además, es a través de la interacción como se definen los «problemas» en un sistema y, en consecuencia, es mediante un intercambio dialógico como pueden surgir nuevos significados y comprensiones y como los problemas pueden redefinirse o disolverse (Anderson & Goolishian, 1988).

En los enfoques colaborativos-dialógicos, la persona terapeuta ocupa dos posiciones que representan una tensión entre colaboración y poder (Anderson & Goolishian, 1988). En primer lugar, es participante-observadora, que co-crea mutuamente con las personas consultantes una comprensión conjunta del problema desde «una posición igualitaria y no jerárquica» (Anderson & Goolishian, 1988, p. 9). Esto incluye una posición de apertura (Galbusera & Kyselo, 2018) o de no saber (Anderson & Goolishian, 1992), que implica una actitud de curiosidad en la que la persona terapeuta se sitúa siempre en un estado de «ser informada» por las personas consultantes (Anderson & Goolishian, 1992, p. 29), expertas en su propia experiencia vivida (Anderson, 2005). La persona terapeuta también debe contribuir al diálogo siendo «pública» (Anderson, 2005, p. 500) o «auténtica» (Galbusera & Kyselo, 2018), respondiendo y compartiendo aspectos de su propio diálogo interno que surgen en respuesta a la conversación con las personas consultantes (Seikkula, 2008). Esto ayuda a construir un nuevo lenguaje compartido entre todas las personas presentes (Seikkula, 2008). Terapeuta y consultante participan así mutuamente en una indagación compartida, y la persona terapeuta ofrece sus opiniones y especulaciones con cautela, respeto y apertura a ser corregida (Anderson, 1995). En segundo lugar, la persona terapeuta es participante gestora de la conversación o una «maestra del arte conversacional, una arquitecta del diálogo» (Anderson & Goolishian, 1988, pp. 1–2). Esto significa que tiene la responsabilidad flexible de facilitar una conversación dialógica en la que puedan surgir nuevos significados y comprensiones (lo «aún no dicho») (Anderson & Goolishian, 1988, p. 1) y en la que se expresen múltiples perspectivas, «cada una desde un lugar de participación singular pero igual» (Haarakangas et al., 2007, p. 228), sin dirigir el contenido ni el desenlace de la conversación hacia el cambio (Seikkula, 2008).

Un aspecto central de los enfoques colaborativos-dialógicos es el concepto de polifonía, o de múltiples perspectivas, tanto dentro de una persona como entre personas (Seikkula, 2008). Quien ejerce la terapia busca suscitar las múltiples voces de las personas consultantes dentro de una sesión y reflexionar sobre sus propias conversaciones internas (Seikkula, 2008). Rober (1999) describe cómo la persona terapeuta puede atender a las perspectivas internas de su rol profesional, que refleja comprensiones teóricas e hipótesis, y de su yo personal, que implica las experiencias, los sentimientos y las asociaciones que surgen en el encuentro. Al responder a las personas consultantes, se advierte a terapeutas que reflexionen sobre su conversación interna para evitar centrarse demasiado en su yo personal (Rober, 1999) o ejercer el poder promoviendo discursos sociales normalizadores (Rober, 2008). Al equilibrar sus obligaciones profesionales y las múltiples perspectivas de la persona consultante y de la familia, la persona terapeuta gestiona múltiples posiciones y las relaciones de poder asociadas a ellas. En este sentido, podría considerarse que evita utilizar el poder para dirigir la conversación hacia un desenlace concreto y que busca distribuir de forma más equitativa el poder y la influencia entre los miembros de la familia. El papel de terapeuta colaborativo-dialógico representa así una tensión entre igualdad y poder; su «pericia» consiste en participar y expresar su opinión desde una posición igualitaria y no jerárquica, mientras ejerce el poder para facilitar y gestionar una conversación dialógica, pero sin controlar el contenido ni el desenlace de esa conversación.

Se ha criticado a los enfoques colaborativos-dialógicos por ofrecer una visión excesivamente simplificada del poder, al confundir poder con control y dominación e instar a terapeutas a eliminar el poder de las interacciones terapéuticas (Guilfoyle, 2003). Como demostró Foucault (1979), el poder está situado dentro de las estructuras, los roles y las prácticas sociales y, por tanto, no puede eliminarse por completo de la práctica terapéutica. Así pues, con independencia de las intenciones de la persona terapeuta, las asimetrías de poder persisten debido a discursos sociales que, por ejemplo, sitúan a terapeutas como «poseedores expertos del saber», con un poder y una influencia relativamente mayores que las personas consultantes que buscan su ayuda (Guilfoyle, 2006, p. 95). La psicoterapia también puede ejercer poder mediante un proyecto normalizador que moldea la conducta de la persona consultante conforme a las expectativas públicas (Cruikshank, 2019; Seikkula & Arnkil, 2006). Al adoptar un enfoque terapéutico concreto, la persona terapeuta ejerce poder sobre el modo en que se desarrollará un encuentro terapéutico. Seikkula y Arnkil (2006) sugieren que es precisamente el ejercicio del poder que supone adoptar un enfoque de Diálogo Abierto lo que ha conducido a buenos resultados en la investigación.

Gran parte de lo escrito sobre los enfoques colaborativos-dialógicos se ha centrado en una presentación conceptual de la «mentalidad» de la persona terapeuta (Ong & Buus, 2021), prestando menos atención a las prácticas comunicativas interactivas y a los elementos sociales del poder que se producen en la conversación real. Turner (2005) presenta una conceptualización tripartita del poder que subraya su naturaleza social y sostiene que una comprensión cabal del poder exige atender a cómo se produce y se negocia dentro de las interacciones. La persuasión consiste en convencer a otra persona de que una determinada posición o acción es correcta o válida, de modo que esta actúa conforme a esa posición por voluntad propia. En la coerción, las personas se ven impulsadas a actuar en contra de su voluntad. En la autoridad, las personas aceptan voluntariamente el derecho legítimo de otra a determinar sus creencias y acciones. La autoridad no se vive como una dominación coercitiva, sino que es legítima, deseable y aceptada voluntariamente. Aplicado a la terapia, las personas consultantes pueden aceptar la autoridad de la persona terapeuta para dirigir la sesión porque, con suerte, las conducirá hacia algún desenlace deseable. La autoridad se crea conjuntamente, ya que las personas consultantes pueden reconocer la autoridad de la persona terapeuta o negársela resistiéndose, y la persona terapeuta puede buscar autoridad procurando la alineación y el compromiso (Watson, 2019).

Los enfoques discursivos del análisis de la interacción, como el análisis de la conversación (Heritage, 2013) y la psicología discursiva (Edwards & Potter, 1992), tienen objetivos diversos, pero todos se centran en analizar interacciones de la vida real. Por ejemplo, la investigación en análisis de la conversación ha utilizado el concepto de autoridad deóntica, el derecho a determinar las acciones futuras de otras personas en un ámbito concreto (Stevanovic & Peräkylä, 2012), para representar cómo se negocia el poder dentro de las interacciones. La autoridad deóntica puede estar vinculada al estatus deóntico de una persona, es decir, a la autoridad asociada a su posición o rol social o institucional. Sin embargo, esto es distinto de cómo la persona presenta su postura deóntica en la interacción. Por ejemplo, una persona terapeuta tiene un estatus deóntico elevado por su rol institucional, pero puede utilizar ciertos marcadores de cautela para presentar una postura deóntica atenuada. Del mismo modo, la autoridad epistémica remite a los derechos y responsabilidades respecto de determinados ámbitos de conocimiento (Heritage & Raymond, 2005).

Revisiones anteriores de la investigación discursiva han estudiado con éxito cómo se han aplicado en la práctica ciertos conceptos teóricos. Tseliou et al. (2021) revisaron la investigación discursiva para examinar cómo se producían los procesos de cambio en los enfoques sistémicos y construccionistas de la terapia familiar. El cambio se manifestaba en diálogos que avanzaban y en desplazamientos conversacionales hacia una perspectiva relacional o hacia un lenguaje no patologizante. Tseliou et al. (2021) también pusieron de relieve diversas maneras de gestionar el poder en las sesiones de terapia familiar. Por ejemplo, las personas terapeutas mostraban un equilibrio dilemático entre ejercer el poder para dirigir una sesión e invitar a las demás personas a participar más activamente. Gestionaban las cuestiones de pericia dando consejos y subrayando la pericia de los miembros de la familia. Este tipo de investigaciones discursivas puede nutrir la práctica, sensibilizar a profesionales de la clínica ante los dilemas de autoridad en su trabajo y llevarles a reflexionar sobre sus propias prácticas conversacionales (Nanouri et al., 2022).

Siguiendo a Foucault y a Guilfoyle, creemos que el poder es un elemento ineludible de las interacciones en terapia familiar. Adoptaremos un enfoque interaccional del concepto de poder para dilucidar cómo se produce y se negocia el poder dentro de conversaciones reales, y para mostrar cómo puede conceptualizarse y teorizarse como fenómeno interaccional. El objetivo de este artículo era, por tanto, realizar una revisión exhaustiva de la literatura sobre los estudios empíricos que examinan las interacciones discursivas de profesionales colaborativos-dialógicos y examinar y sintetizar críticamente cómo se representa el concepto de poder en sus hallazgos. Esperamos que estos hallazgos contribuyan a una comprensión más matizada de cómo opera el poder en las modalidades psicoterapéuticas colaborativas-dialógicas y que nutran el desarrollo, la teorización y la práctica futuros de estos enfoques. Al leer este artículo, invitamos por tanto a quienes ejercen la clínica a reflexionar sobre cómo sus prácticas discursivas posicionan a las personas consultantes y qué respuestas invitan y reciben a su vez en lo que respecta al poder y la autoridad.

MÉTODO

Realizamos búsquedas sistemáticas en bases de datos de estudios que aplicaran análisis discursivos al Diálogo Abierto y a las prácticas dialógicas. La primera fase de la búsqueda utilizó las bases de datos PsycINFO, PubMed y CINAHL. Realizamos dos búsquedas por bloques. La primera utilizó los términos de búsqueda “open dialogue” OR “dialogical” y la segunda “power” OR “deontic*” OR “authority”. Combinamos estas dos búsquedas por bloques mediante “AND”, lo que dio un total de 1207 referencias una vez eliminados los duplicados. Utilizamos Covidence para recopilar, gestionar y cribar las referencias. Dos personas revisoras independientes cribaron las referencias según los criterios de inclusión: a) investigación discursiva empírica con datos procedentes de sesiones reales de psicoterapia en la que se indicara que la persona terapeuta utilizaba un enfoque dialógico; b) terapia individual, de pareja o familiar; y c) alguna forma de análisis discursivo centrado en la interacción conversacional, incluidas transcripciones de la conversación con un análisis línea por línea. Algunos estudios utilizaban procesos analíticos adicionales, como entrevistas realizadas después de que las personas participantes volvieran a ver el vídeo de una sesión de terapia (p. ej., Lidbom et al., 2014, 2015). Se excluyeron porque se centraban en las respuestas a las entrevistas más que en las interacciones discursivas. Otros artículos (Guregård & Seikkula, 2014; Rober et al., 2006) que utilizaban un enfoque similar se incluyeron porque el análisis discursivo tenía suficiente peso y era lo bastante diferenciado como para considerarse de forma independiente. Tras el cribado por título, resumen y texto completo, cuatro artículos cumplían los criterios de inclusión. A continuación, realizamos búsquedas sistemáticas en cadena en la lista de referencias de cada artículo para encontrar artículos adicionales. Esta búsqueda se completó para cada nuevo artículo incluido. Las búsquedas de artículos dieron como resultado un total de 14 referencias adicionales, lo que supone un total de 18 artículos para la revisión (véase la figura 1, declaración PRISMA).

FIGURA 1. Declaración PRISMA. Adaptado de Moher et al. (2009). Figura no reproducida.

El primer autor revisó todos los estudios y recopiló información general sobre la ubicación geográfica, la modalidad de terapia y el enfoque analítico. También extrajo de los apartados de análisis y discusión de cada artículo los pasajes relacionados con el poder. Siguiendo a Turner (2005), el poder puede reflejarse en la influencia sobre otras personas a través del conocimiento o en la dirección de sus acciones, sea o no legítima. Al examinar y seleccionar los datos para esta síntesis, el primer autor buscó cualquier parte del análisis que informara de diferencias en la influencia relativa de la persona terapeuta o de los miembros de la familia, en particular en relación con el conocimiento o las acciones. Estos extractos de los artículos constituyeron nuestro conjunto de datos para el análisis; se registraron en la herramienta de extracción de datos de Covidence y se exportaron a NVivo para un análisis posterior. No utilizamos los propios extractos transcritos de las conversaciones como fuentes de datos para nuestra propia reinterpretación, ya que no teníamos un conocimiento suficiente de los extractos y de su contexto conversacional ni de las grabaciones originales para un análisis riguroso. No evaluamos la calidad de la investigación.

El análisis de los datos, realizado por el primer autor, comenzó con una codificación abierta inductiva de los datos extraídos mediante NVivo. A continuación, los códigos se compararon, se contrastaron y se agruparon en conjuntos más amplios de temas que ofrecían una visión general de los datos. La construcción de los temas se centró en el significado semántico o superficial de la codificación, lo que proporcionó un enfoque más descriptivo de unos temas que después se interpretaron y analizaron en cuanto a sus supuestos, sus significados y sus implicaciones para la práctica dialógica. Nuestra construcción de los temas representa, por tanto, una forma «científicamente descriptiva» de análisis temático (Finlay, 2021, p. 105) más que un enfoque interpretativo reflexivo (Braun & Clarke, 2022). No obstante, reconocemos que nuestra construcción de los temas representa nuestra perspectiva interpretativa, influida por nuestro objetivo de ofrecer una comprensión del poder más matizada que la que ha proporcionado la teorización actual en la literatura dialógica.

Nuestro equipo de autoría incluía a personas con experiencia en investigación y en práctica en el enfoque del Diálogo Abierto (BO y NB). Tenían, por tanto, una estrecha afinidad con los enfoques dialógicos y con su promesa de una atención sanitaria más igualitaria. Sin embargo, también sostenían que hay varios ámbitos en los que han faltado detalle y reflexión sobre cómo se integran las ideas dialógicas en los sistemas sanitarios convencionales, como ocurre con el concepto de poder. Las otras dos personas autoras (ET y TS) tenían una amplia experiencia en terapia familiar y en investigación discursiva. Previmos que esta combinación podría ofrecer un equilibrio entre la perspectiva de la investigación y la de la práctica para ampliar el marco interpretativo del análisis. Todo el equipo de autoría discutió los hallazgos clave, sus interpretaciones y su relevancia e implicaciones para los objetivos del estudio.

RESULTADOS

En esta revisión se incluyeron 18 artículos publicados a lo largo de un periodo de 20 años, de 2002 a 2022 (véase la tabla S1). La mayor parte de esta investigación se realizó en los últimos 10 años, con 16 artículos publicados desde 2012. Diez artículos estudiaron la terapia de pareja, siete la terapia familiar y en uno no se especificaba. Los datos de los estudios no eran muy diversos: seis estudios utilizaban el mismo conjunto de datos de una única terapia de pareja, cinco de ellos publicados en un mismo libro (Borcsa & Rober, 2016); tres artículos utilizaban otro conjunto de datos de terapia de pareja; y tres estudios procedían del mismo conjunto de datos de terapia familiar. Así, 12 de los 18 estudios utilizaban solo tres conjuntos de datos distintos. La investigación se concentraba además en Europa, con 15 estudios realizados en contextos europeos, con coautoría internacional, y tres estudios de Australia. La variedad de enfoques analíticos era mayor: la Investigación Dialógica de los Acontecimientos de Cambio (DIHC) y el Análisis de la Conversación (AC) se utilizaron en siete estudios cada uno, el Análisis del Discurso en tres estudios, y la Psicología Discursiva y el Análisis Dialógico de Secuencias se mencionaban en dos estudios cada uno. El sistema de codificación de procesos narrativos, el análisis narrativo, el recuerdo de procesos interpersonales y el análisis temático se mencionaban una vez cada uno. Cinco estudios indicaban haber utilizado varios tipos de análisis.

El término «poder» rara vez se utilizaba directamente en los análisis. En su lugar, la autoría empleaba términos distintos según el tipo de enfoque analítico. Los artículos que utilizaban la DIHC y el análisis dialógico de secuencias preferían el término dominancia (p. ej., Avdi et al., 2015; Seikkula, 2002; Vall et al., 2016), distinguiendo entre dominancia semántica (quién determina el contenido temático), dominancia interaccional (quién determina quién toma la palabra) y dominancia cuantitativa (duración del tiempo de habla). Los artículos que utilizaban el AC tendían a referirse al poder mediante el concepto de autoridad. Esto incluía las pretensiones de conocimiento (autoridad epistémica) y la capacidad de determinar las acciones futuras de otras personas en la sesión (autoridad deóntica). Los estudios que utilizaban otros enfoques analíticos empleaban términos diversos, como el hecho de que la persona terapeuta moldea la conversación (Avdi, 2016) o el grado en que se muestra activa en sus preguntas (Laitila, 2016).

En esta revisión desarrollamos dos grandes áreas temáticas, el poder de la persona consultante y el poder de la persona terapeuta. Aunque los estudios analizaban por lo general conjuntamente las interacciones entre terapeuta y consultantes, separarlas aquí permite ilustrar hasta qué punto los estudios se inclinaban más bien por investigar las acciones de la persona terapeuta. El poder de la persona terapeuta se divide a su vez en los subtemas la persona terapeuta como catalizadora del diálogo, que incluye las formas mínimas y activas en que utiliza el poder, y la persona terapeuta constreñida por las obligaciones institucionales, que remite a las exigencias institucionales y sociales que afectan a su uso del poder. La figura 2 representa nuestros temas y los artículos pertinentes que contribuyen a cada uno de ellos.

FIGURA 2. Resumen de los temas y referencias que los sustentan. Figura no reproducida.

El poder de la persona consultante

El poder de la persona consultante estaba notablemente presente en la atribución de la culpa por los problemas de una relación (Avdi, 2016; Wahlström, 2016). Consideramos la atribución de culpa como un ejercicio de poder, ya que representaba una pretensión de superioridad para describir la conducta de otra persona como problemática. La culpa se asociaba a un orden moral o a discursos dominantes sobre las relaciones, y se apoyaba en ellos. Por ejemplo, en un estudio sobre terapia de pareja, el poder se asociaba a la capacidad de un miembro de la pareja de construir un relato dominante congruente con los discursos según los cuales las relaciones requieren cercanía emocional y conversación entre sus miembros. Al adherirse a este discurso dominante, una mujer podía atribuir a su pareja determinados derechos y deberes apropiados y, en consecuencia, situarlo en una contraposición opuesta y obligada a rendir cuentas si él no cumplía esas expectativas (Päivinen & Holma, 2016). Otro estudio describía los relatos dominantes como generadores de una responsabilidad moral para la pareja (Wahlström, 2016). Por ejemplo, una mujer describía el problema de no poder hablar con su pareja como una «necesidad» que no se veía satisfecha: «Hablar es su “necesidad”, no su “deseo” ni su “exigencia”. Para la pareja, rechazar una necesidad es un acto moralmente cuestionable, muy distinto de rechazar un deseo y, más aún, una exigencia» (Wahlström, 2016, pp. 156–157). Un miembro de la pareja también podía atribuir la culpa al otro para justificar su propia ausencia de responsabilidad y su escasa capacidad de acción para cambiar la situación (Vall et al., 2014). Así, aunque la culpa implicaba una afirmación poderosa sobre la responsabilidad de otra persona en los problemas y su necesidad de cambiar, esta atribución de culpa implicaba también la propia falta de poder y de capacidad de quien culpaba para cambiar la situación.

Las personas consultantes también expresaban poder a través de los elementos estructurales de la conversación. Por ejemplo, introduciendo temas de discusión y orientando así la dirección temática de la sesión (Rober et al., 2006), o tomando más tiempo de palabra y limitando la intervención de las demás personas (Vall et al., 2016). Este poder se veía en cierta medida limitado por el poder de la persona terapeuta, que en última instancia podía aceptar, rechazar (Rober et al., 2006) o eludir las iniciativas temáticas de las personas consultantes (Avdi, 2016; Guregård & Seikkula, 2014). Del mismo modo, las personas consultantes podían aceptar o rechazar las formulaciones de la persona terapeuta. Por ejemplo, Avdi (2016) describe cómo una persona terapeuta propuso una formulación que subrayaba los recursos y la capacidad de acción de una pareja, y la pareja la rechazó.

Estos ejemplos muestran cómo las personas consultantes contribuían activamente a una sesión y desplegaban cierto grado de poder al asignar responsabilidades y culpas, moldear la dirección temática de la sesión y resistirse a las formulaciones de la persona terapeuta. Sin embargo, el poder de las personas consultantes se presentaba con mayor frecuencia como algo conferido, promovido o permitido por la persona terapeuta (Avdi et al., 2015) más que como algo que las propias personas consultantes reivindicaran directamente.

El poder de la persona terapeuta

Se concedía una importancia particular al trabajo de la persona terapeuta, presentada como elemento central de la promoción del diálogo. Vall et al. (2014, p. 277) lo formulaban de manera más explícita al afirmar que, en los enfoques dialógicos, «la persona terapeuta se incluye como foco principal». Hemos resumido los hallazgos de estos estudios en dos temas en torno al poder de la persona terapeuta: la persona terapeuta como catalizadora del diálogo, que incluye un moldeado mínimo y activo de la conversación, y la persona terapeuta constreñida por las exigencias institucionales.

La persona terapeuta como catalizadora del diálogo

El surgimiento del diálogo se presentaba como un resultado directo de las prácticas conversacionales de la persona terapeuta. Es decir, se presentaba a la persona terapeuta como esencial para constituir una conversación dialógica y para promover otros resultados deseables, como la reflexividad y la capacidad de acción de las personas consultantes (Seikkula & Olson, 2016). Los estudios detallaban cómo la persona terapeuta puede producir diálogo de dos maneras: mediante un moldeado mínimo o activo de la conversación.

Moldeado mínimo

El moldeado mínimo se manifestaba en la aceptación no confrontativa de lo que decían las personas consultantes por parte de la persona terapeuta (Laitila, 2016) o en una «responsividad parca» (Seikkula & Olson, 2016, p. 67), e incluía el uso de continuadores, repeticiones de lo dicho previamente por las personas consultantes y evaluaciones sencillas (Avdi, 2016; Laitila, 2016). Estas respuestas mostraban la escucha y la implicación de la persona terapeuta en la conversación, así como un propósito de animar a las personas consultantes a elaborar relatos más ricos y nuevos significados y a hablar de experiencias y emociones difíciles (Avdi, 2016). Laitila (2016) lo describe como «una unión y una sintonía responsivas y no confrontativas» (p. 37). Se sostiene que estas respuestas mínimas dejaban a las personas consultantes el control sobre la dirección de la conversación y facilitaban una transición del monólogo al diálogo y, en consecuencia, de posiciones de víctima a posiciones de agente (Avdi, 2016; Avdi et al., 2015; Olson et al., 2012). Incluso preguntas sencillas de la persona terapeuta, como preguntar a las personas consultantes de qué querían hablar, se consideraban formas de «construir capacidad de acción». Por ejemplo:

… la persona terapeuta pidió entonces a los miembros de la pareja que definieran cómo querían utilizar el resto de la sesión… la pregunta de la persona terapeuta situaba a la pareja como agentes competentes para trazar el rumbo de su tratamiento. Reforzaba además la dialogicidad del diálogo no solo dando voz, sino también construyendo capacidad de acción. (Olson et al., 2012, p. 430)

Las respuestas mínimas de la persona terapeuta se presentaban así como una influencia poderosa sobre la conversación, al promover respuestas dialógicas y capacidad de acción.

Moldeado activo

Por el contrario, la persona terapeuta podía adoptar un papel más activo moldeando selectivamente la conversación mediante preguntas, reflexiones y la selección de temas y de quién habla. En un ejemplo de pregunta, la persona terapeuta preguntó a una esposa que había empezado a llorar: «¿Qué piensa de lo que está escuchando ahora mismo?» (Vall et al., 2018, pp. S53–S54). La esposa responde que su marido no la entiende y que ella debería poder sentir y decir cualquier cosa en casa sin tener miedo. Se sostiene que el hecho de que la persona terapeuta advirtiera el llanto de la esposa y el diseño de su pregunta suscitaron un metadiálogo reflexivo en el que «los cónyuges ya no hablan ni discuten sobre algo que ha ocurrido en sus vidas, sino que reflexionan sobre su propio discurso y adoptan su propia postura en el contexto terapéutico (son capaces de posicionarse)» (Vall et al., 2018, pp. S54–S55).

En las reflexiones, las personas terapeutas hablan entre sí mientras se pide a las personas consultantes que escuchen sin interrumpir. Este proceso permite al equipo terapéutico introducir sus propios pensamientos en la conversación para promover la polifonía y respuestas reflexivas en las personas consultantes. Las reflexiones representan también el poder del equipo terapéutico, por su capacidad de dirigir la sesión y de ocupar un tiempo de palabra privilegiado e ininterrumpido (Ong et al., 2021a). Sin embargo, durante estas reflexiones, las personas terapeutas atenúan explícitamente la autoridad epistémica de sus afirmaciones presentando sus reflexiones como «pensamientos» o «preguntas que se hacen», revisables, más que como verdades objetivas sobre la familia (Ong et al., 2022; Schriver et al., 2019). Por ejemplo, utilizaban «creo» en las reflexiones para marcar sus comentarios interpretativos sobre las personas consultantes.

«Creo» atenuaba la pretensión de conocimiento de los enunciados. Esto mostraba una orientación hacia el acceso limitado de quienes reflexionaban a la mente de las personas participantes… [esto] ayudaba a quienes reflexionaban a mostrar discreción y sensibilidad, procurando no postular nada sobre lo que no tuvieran «derecho». (Schriver et al., 2019, p. 29)

En coherencia con los principios teóricos (Galbusera & Kyselo, 2018), las personas terapeutas presentan sus pensamientos a las personas consultantes de manera tentativa para fomentar el diálogo. Parecen así conscientes del poder de sus pretensiones de conocimiento, y procuraban atenuar sus afirmaciones y remitirse a la posición de conocimiento de las personas consultantes.

Ong et al. (2021b) y Rossen et al. (2020) describen cómo la persona terapeuta selecciona temas y hablantes mediante una práctica de suscitar posturas. Esta consistía en un proceso en el que se suscitaba la postura de una persona consultante y después se seleccionaba a otra para que comentara algún aspecto de esa postura previa. Esto se representa en la forma prototípica de pregunta: «Y, ¿qué piensas de lo que acaba de decir X?» (Rossen et al., 2020, p. 719). La persona terapeuta ejerce el poder al seleccionar qué temas son pertinentes para la discusión (véase también Avdi, 2016), así como al seleccionar quién puede hablar y cuándo. Rober et al. (2006) identifican un fenómeno similar en el que las personas consultantes planteaban temas, analizados como «invitaciones», que solo se exploraban más a fondo si la persona terapeuta los «aceptaba». Pese a este ejercicio del poder, la persona terapeuta procuraba diseñar sus preguntas destinadas a suscitar posturas de manera que su influencia sobre el tipo de respuestas que pudiera recibir fuera mínima. Para ello, formulaba sus preguntas en términos muy generales, con múltiples componentes, y utilizaba expresiones como «me pregunto» para presentar sus pensamientos como revisables. Se afirma que esto promueve una flexibilidad responsiva, ya que las personas consultantes pueden elegir a qué aspectos del turno de la persona terapeuta responder y cuáles ignorar:

Así pues, aunque la persona terapeuta dirige la sesión mediante la selección de hablantes, temas y preguntas, «me pregunto», combinado con la inespecificidad de la pregunta que suscita una postura, elimina cierto grado de la franqueza asociada a una pregunta más específica… La pregunta de la persona terapeuta, que incluye «me pregunto» y la inespecificidad de preguntar por «lo que ha surgido», da a la madre la libertad de responder a una parte anterior de la conversación que la persona terapeuta no había seleccionado específicamente. La persona terapeuta ejerce así la autoridad deóntica de seleccionar a la siguiente persona que habla, al tiempo que mitiga su autoridad para dictar el contenido del turno de esa persona. (Ong et al., 2021b, p. 125)

La persona terapeuta tiene así el delicado papel de ejercer el poder para controlar la conversación y, al mismo tiempo, minimizar su influencia sobre el modo en que cabe esperar que responda una persona consultante. Este ejercicio del poder no es necesariamente incoherente con un enfoque dialógico, ya que se ha propuesto que el enfoque directivo de la persona terapeuta es lo que hace posible una interacción dialógica (Ong et al., 2021a, 2021b; Seikkula & Arnkil, 2006; Vall et al., 2016, 2018).

Los hallazgos de estos estudios sugieren que existe una pauta en la manera en que la persona terapeuta utiliza el poder dentro de las sesiones y a lo largo de ellas. Al principio de las sesiones, prioriza la responsividad mínima, es decir, repeticiones, continuadores e iniciadores de reparación, para animar a las personas consultantes a elaborar relatos detallados y a expresar emociones con una mínima aportación terapéutica. Sin embargo, estas respuestas mínimas no son neutras y guían los relatos de las personas consultantes, al tiempo que promueven cierta flexibilidad en su manera de responder. Más adelante en las sesiones, la persona terapeuta adopta un papel más activo para asegurarse de que se expresan nuevas perspectivas o cuando se produce un «estancamiento» entre las personas participantes (Ong & Buus, 2021). Estas prácticas más activas incluyen conversaciones reflexivas para introducir los pensamientos del equipo terapéutico, preguntas para centrarse en temas concretos, la selección de hablantes para equilibrar los tiempos de palabra o dar voz a puntos de vista alternativos, para abordar la seguridad u otras preocupaciones institucionales, o para reforzar los cambios positivos o los recursos. En esos momentos, la persona terapeuta utiliza así de manera más activa la dominancia interaccional o la autoridad deóntica, regulando quién toma la palabra y el foco temático. También formula pretensiones epistémicas más claras, pero utiliza numerosas formas atenuadas de prácticas verbales y no verbales que sugieren «cautela».

La persona terapeuta constreñida por las obligaciones institucionales

Quienes ejercen la terapia colaborativa-dialógica no actúan en el vacío: se insertan en organizaciones sanitarias y en discursos sociales que tienen expectativas y exigencias, además de las obligaciones prácticas que se derivan de la teoría colaborativa-dialógica. En los estudios revisados se observaba que la persona terapeuta ejercía el poder en las sesiones para responder a estas exigencias institucionales, que a veces entraban en conflicto con un enfoque colaborativo-dialógico. Estas exigencias institucionales incluían realizar evaluaciones de salud mental, promover la seguridad y orientarse hacia los discursos de la psicoterapia.

La orientación de la persona terapeuta hacia las exigencias institucionales se pone de manifiesto en secuencias de pregunta y respuesta en las que busca información sobre los síntomas de la persona consultante, como en una evaluación psiquiátrica (Avdi et al., 2015; Guregård & Seikkula, 2014; Seikkula, 2002). Por ejemplo:

… [el terapeuta] asume la mayor parte del tiempo la posición de un entrevistador clínico, en el sentido de que da a la interacción un formato de pregunta y respuesta; aunque parece interesado en las experiencias de [la persona consultante], sus preguntas se orientan sobre todo hacia un marco de descripción de síntomas… esta interacción monológica no crea oportunidades de expresión emocional ni de nueva comprensión. Además, podría sostenerse que está asociada a la posición de capacidad de acción reducida de [la persona consultante]. (Avdi et al., 2015, p. 334 & 336)

La autoría sostiene que esta forma de preguntar entra en conflicto con un enfoque dialógico, ya que sitúa a la persona consultante en una posición no agentiva, con poco poder para decidir los temas de conversación o para implicarse en el diálogo.

En la terapia de pareja para la violencia psicológica en la pareja, las personas terapeutas se orientaban hacia la responsabilidad de mantener la seguridad y la rendición de cuentas dentro y fuera de las sesiones. Vall et al. (2014) mostraron cómo una persona terapeuta planteaba explícitamente el tema de la seguridad y los posibles efectos agravantes de la terapia sobre la violencia. Sostenían que, al plantear la cuestión de la seguridad y discutirla de manera dialógica, la persona terapeuta puede «anticiparse a cualquier posible efecto negativo» y «la pareja toma mayor conciencia de la importancia de la seguridad» (Vall et al., 2014, p. 287). Las personas terapeutas también procuraban promover la rendición de cuentas y la responsabilidad en las personas consultantes dirigiéndose directamente a alguien: «La persona terapeuta intenta hacer del marido un agente que rinde cuentas invitándole a explicar el estrés que siente en la situación doméstica» (p. 284), y mediante destinatarios múltiples: «las preguntas de este tipo permiten que las personas consultantes se sientan interpeladas sin que la interpelación se haga directamente. Esto significa que la persona interpelada indirectamente puede sentirse menos presionada y, al mismo tiempo, avanzar hacia la aceptación de su responsabilidad» (p. 293).

Vall et al. (2016) subrayaron la importancia de que la persona terapeuta dirija la sesión para impedir que se repitan en ella pautas disfuncionales: «Aquí el uso de la dominancia interaccional muestra sus méritos, ya que permite al equipo terapéutico regular el habla y minimizar la dominancia de la pareja y su “juego de poder y control”» (p. 230). Del mismo modo, Rober et al. (2006) mostraron cómo las personas terapeutas evitaban un tema relacionado con la violencia porque se consideraba que la infancia presente en la sesión era demasiado vulnerable en ese momento. En estos ejemplos, la persona terapeuta parece guiarse no solo por los principios colaborativos-dialógicos, sino también por la responsabilidad de garantizar la seguridad y la rendición de cuentas, interrumpir pautas de conducta y proteger a la infancia considerada vulnerable.

Otra orientación de la persona terapeuta hacia las exigencias institucionales es la promoción de cambios positivos. Laitila (2016) y Avdi (2016) describieron cómo las personas terapeutas utilizan formas más activas de preguntar, centradas en los cambios o resultados positivos para las personas consultantes y en el uso de sus propios recursos para lograr esos cambios. Por ejemplo:

En la sesión final, sin embargo, el preguntar activo adoptó otra forma. Hacía hincapié en las diferencias, el cambio y los resultados, el empoderamiento y la orientación hacia los recursos, en comparación con la primera sesión y las siguientes. El foco en los recursos y el tono positivo estaban presentes al servicio de la consolidación y la estabilización de los cambios realizados, así como del reconocimiento del mérito de la pareja en ellos y en la continuidad del proceso terapéutico de la pareja consultante al concluir las sesiones de terapia. (Laitila, 2016, p. 41)

Las personas terapeutas mostraban así una orientación hacia la importancia de consolidar los cambios positivos y de subrayar la responsabilidad personal en esos cambios. Del mismo modo, utilizaban reformulaciones de lo dicho previamente por las personas consultantes. Las reformulaciones retomaban aspectos de lo dicho y los representaban de forma congruente con la institución. Avdi (2016) identificó cómo la persona terapeuta reformulaba los conflictos de una pareja como algo esperable en su situación: «la persona terapeuta plantea la idea de que los problemas a los que se enfrenta la pareja forman parte del curso normal de “construir una nueva familia”» (p. 83). Esto servía para «normalizar» la experiencia de la pareja y ofrecer una reinterpretación alternativa y más positiva de su situación. Estas reformulaciones, aunque atenuadas, equivalían a pretensiones de conocimiento de la persona terapeuta para describir las experiencias de las personas consultantes de las maneras preferidas.

Las personas terapeutas también se orientaban hacia discursos más abstractos sobre la psicoterapia. Por ejemplo, Päivinen y Holma (2016) mostraron cómo una persona terapeuta se ponía implícitamente del lado de la esposa en cuanto a la importancia de hablar:

Desde su posición institucional, las personas terapeutas formulan activamente preguntas detalladas para ayudar a la pareja a reconstruir el relato dominante que se ha construido durante la terapia. Al realizar esta exploración, aceptan el relato dominante construido por Victoria y actúan de acuerdo con el discurso dominante del mundo de la psicoterapia: las experiencias y los sentimientos deben compartirse. (Päivinen & Holma, 2016, p. 97)

Así pues, en este ejemplo la persona terapeuta no solo se ponía del lado de la esposa (Victoria), sino que esta posición reflejaba también un discurso social según el cual hablar es útil en psicoterapia. La persona terapeuta parecía así guiar una sesión influida no solo por los principios de un enfoque colaborativo-dialógico, sino también por discursos sobre el papel de la terapia.

Estos estudios mostraron que las personas terapeutas actuaban de acuerdo con responsabilidades institucionales, al tiempo que promovían el cambio positivo e interrumpían la violencia conforme a normas y valores más amplios. Esto implicaba de nuevo una tensión entre colaboración y poder, mediante un ejercicio unilateral del poder al decidir el tema de conversación, al tiempo que se conducía la conversación de un modo que invita al diálogo y a la discusión.

DISCUSIÓN

Los estudios de esta revisión sugieren que el poder no es antitético de la práctica colaborativa-dialógica. Al contrario, el poder es omnipresente y está presente en múltiples formas, utilizadas tanto por las personas consultantes como por las personas terapeutas. Los estudios señalaban con regularidad que las intervenciones de la persona terapeuta conducen a cambios inmediatos en las personas consultantes, lo que sugiere que el ejercicio del poder no solo es coherente con la práctica colaborativa-dialógica, sino que de hecho puede ser necesario para promover conversaciones dialógicas.

Los estudios mostraban un enfoque abrumador en el poder de la persona terapeuta, menos atención al poder de las personas consultantes y casi ninguna al poder entre los miembros de la familia. Este foco en la persona terapeuta sugiere que esta investigación se dirige principalmente a un público clínico y aporta pruebas de prácticas terapéuticas que pueden ser útiles para que profesionales de la clínica las apliquen en su trabajo. De hecho, gran parte de esta investigación la han realizado profesionales que también investigan. Además, las descripciones teóricas anteriores de la práctica colaborativa-dialógica se centraban en la mentalidad de la persona terapeuta, prestando menos atención a cómo se despliega esa mentalidad en las interacciones reales (Ong & Buus, 2021), y esta revisión refleja ese interés persistente por la persona terapeuta antes que por la persona consultante. Este foco corre el riesgo de ofrecer una visión simplificada de cómo avanza la terapia y de sobrestimar el impacto de la persona terapeuta minimizando la contribución de las personas consultantes. La investigación futura podría considerar cómo viven la persona consultante y los miembros de la familia las distintas expresiones del poder terapéutico en las sesiones. Por ejemplo, cómo reciben las personas consultantes las respuestas mínimas de la persona terapeuta, o cómo se viven las intervenciones más directivas y los ejercicios de poder.

Se observaba una notable ausencia de investigación sobre las relaciones de poder entre los miembros de la familia. Algunos estudios examinaron las diferencias en las perspectivas de las personas consultantes en la terapia de pareja para la violencia psicológica en la pareja (p. ej., Vall et al., 2014, 2016, 2018); sin embargo, tendían a centrarse en el poder de la persona terapeuta y en cómo mediaba la dominancia semántica y cuantitativa relativa de una esposa y un marido. Esto resulta algo sorprendente si se considera que las primeras críticas al poder en terapia familiar se centraban en cuestiones de abuso dentro de las familias, y da la impresión de que las perspectivas de las personas consultantes son relativamente iguales, sobre todo cuando están mediadas por el poder de la persona terapeuta. Esta relativa «ceguera» ante las diferencias de poder entre los miembros de la familia podría deberse al número relativamente reducido de artículos de investigación en este ámbito y al papel periférico de los enfoques colaborativos-dialógicos en la práctica actual. La práctica colaborativa-dialógica sigue siendo marginal en comparación con otras formas de psicoterapia, y es posible que la comunidad investigadora esté intentando consolidar el enfoque centrándose en los resultados conversacionales que la persona terapeuta es capaz de lograr. Sean cuales sean las razones de este desequilibrio, la investigación ha restado importancia al papel y a la voz de las personas consultantes en la práctica colaborativa-dialógica, lo que constituye en sí mismo un ejercicio de poder. La investigación futura podría corregir este desequilibrio centrándose más en cómo terapeutas y consultantes desarrollan mutuamente una conversación dialógica.

Otro aspecto del poder que esta investigación no aborda es la elección de utilizar un enfoque colaborativo-dialógico. Las personas consultantes no suelen tener influencia sobre el enfoque terapéutico que adopta la persona terapeuta, ya que esta lo determina de antemano, incluso antes de conocerlas. Algunas personas consultantes, sin embargo, prefieren que la persona terapeuta ejerza su pericia mediante su juicio clínico y la prescripción de intervenciones directivas (Buus et al., 2021). Un enfoque dialógico predeterminado puede resultar potencialmente tan difícil para las personas consultantes como uno medicalizado, aunque con implicaciones distintas. Un enfoque colaborativo supone un proceso de toma de decisiones conjunta sobre el tratamiento, que no se aplica a las decisiones sobre el propio enfoque terapéutico.

Esta revisión puso de relieve cómo la práctica de terapeutas colaborativos-dialógicos está influida por obligaciones y discursos sociales. Esto se refleja en la orientación de la persona terapeuta hacia obligaciones institucionales, como realizar evaluaciones de los síntomas de la persona consultante y subrayar los recursos y los resultados positivos, así como adoptar una posición contraria a la violencia. Como sostienen Guilfoyle (2003) y Foucault (1979, 2002), en tanto que distribuidoras de conocimiento y pericia, las personas terapeutas son un medio y un punto de llegada a través del cual el poder se ejerce en la sociedad. La terapia familiar no es neutral en cuanto a valores, y las personas terapeutas pueden funcionar, sin saberlo, como miembros de un sistema que orienta a las personas consultantes hacia formas de autorregulación conformes a los valores sociales. Estos valores pueden ser relativamente poco controvertidos y productivos, como una postura contra la violencia familiar, pero estas normas también pueden representar una forma de opresión al transformar un aspecto del yo, como la autoestima, los recursos, el pensamiento positivo o la impotencia, en objeto de reforma social (Cruikshank, 2019). Las personas terapeutas son, en cierto sentido, agentes de reforma social y, por tanto, necesitan reconocer este aspecto de su papel y considerar si sus acciones redundan en beneficio de las personas consultantes o derivan de una posición potencialmente paternalista que perpetúa formas de control social o de opresión.

Hacia una teorización del poder en los enfoques colaborativos-dialógicos

Guilfoyle (2003) afirmaba que las personas terapeutas dialógicas no deberían negar, y con ello ocultar, la existencia y el funcionamiento del poder, sino examinar cómo opera y teorizar cómo debe incorporarse a los enfoques colaborativos-dialógicos. Esta revisión sugiere que existen (al menos) dos grandes ámbitos en los que los enfoques colaborativos-dialógicos se cruzan con el poder. En primer lugar, está el poder sobre quién tiene un acceso privilegiado al conocimiento y a la verdad. Se ha descrito de diversas maneras, como autoridad epistémica o dominancia semántica, y conecta con las posiciones teóricas de una actitud de «no saber» y de «apertura». Esta investigación sugiere que, por lo general, la persona terapeuta cede el conocimiento a las personas consultantes centrándose en suscitar su elaboración. Cuando introduce sus interpretaciones sobre las personas consultantes, lo hace con cautela, utiliza rasgos atenuadores e invita a las personas consultantes a responder y a discrepar. Sin embargo, cuando surgen cuestiones de seguridad o de violencia, tiene la obligación de adoptar una postura más clara. Esta posición también puede desarrollarse mediante el concepto de ética conversacional o discursiva (Smoliak et al., 2018; Strong & Sutherland, 2007). Esta perspectiva reconoce que las personas consultantes no son participantes pasivas, sino que moldean activamente la conversación y las respuestas de la persona terapeuta (Strong & Sutherland, 2007). El papel de la persona terapeuta tiene que ver con cómo responder a las diferencias o a los desacuerdos y con qué valores morales defiende en sus interacciones. La ética discursiva promueve oportunidades para que las personas consultantes expresen opiniones diferentes (Smoliak et al., 2018), incluso cuando los significados son discutibles y negociables (Strong & Sutherland, 2007). Las personas terapeutas invitan, por tanto, a la discrepancia y la acogen y responden a ella de forma adecuada cuando surge.

El segundo aspecto del poder se refiere a quién tiene el poder de dirigir la conversación. La literatura discursiva lo describe como autoridad deóntica o dominancia interaccional, y se corresponde con las ideas teóricas de la persona terapeuta como «arquitecta del diálogo» (Anderson & Goolishian, 1988, p. 1). Nuestros hallazgos sugieren que la persona terapeuta mantiene el control sobre la dirección de la conversación, aunque de forma mitigada. Es decir, invita a otras personas a hablar (Ong et al., 2021b; Rossen et al., 2020), formula preguntas (Laitila, 2016) y ofrece reflexiones y formulaciones (Avdi, 2016; Vall et al., 2016). Este uso del poder parece influir en la conversación de un modo que invita a la participación, focaliza los temas y promueve la expresión de múltiples perspectivas, y que las personas consultantes aceptan como la dirección legítima de las acciones del grupo (Turner, 2005). El poder vinculado a la dirección de una conversación es omnipresente, porque la conversación se estructura en torno a un mecanismo de toma de turnos basado en pares adyacentes, en el que los turnos iniciadores hacen pertinentes turnos de respuesta adecuadamente ajustados (Kendrick et al., 2020). En esencia, los pares adyacentes implican que siempre habrá alguien que ejerza cierto poder al producir un turno iniciador en la conversación. La pregunta pertinente para la terapia colaborativa-dialógica es cómo diseña la persona terapeuta estos turnos iniciadores y con qué frecuencia se comparten estos turnos entre terapeutas y consultantes. Por ejemplo, ¿cómo responde la persona terapeuta a las iniciativas de las personas consultantes para moldear la conversación, como los silencios o la introducción de nuevos temas? Otra pregunta se refiere a la medida en que la persona terapeuta moldea activamente la conversación. Por ejemplo, una forma de implicación activa es la persistencia terapéutica, es decir, mantener un tema o un proyecto conversacional concreto, mantener una postura determinada o perseguir un resultado (Sutherland, Dienhart, & Turner, 2013; Sutherland, Turner, & Dienhart, 2013). La persistencia terapéutica incorpora una responsividad a la conversación y puede incluir la actitud de la persona terapeuta al mantener una postura dialógica y/o al perseguir un tema de indagación para profundizar en la comprensión. Esta persistencia parece coherente con los principios colaborativos-dialógicos en la medida en que desarrolla comprensiones más profundas y la expresión de la polifonía; sin embargo, también puede rozar el hecho de que la persona terapeuta aleje la conversación de los temas que interesan a las personas consultantes. Queda así abierta, para la investigación futura, la cuestión de cómo la persistencia terapéutica (así como otras prácticas conversacionales) es coherente con el diálogo y con una comprensión más profunda, y los promueve.

La persona terapeuta colaborativa-dialógica busca así el equilibrio entre moldear un proceso para promover la inclusión y no predeterminar los resultados. Según la descripción de Turner (2005), ostenta la autoridad para facilitar las acciones conversacionales del grupo de terapia familiar, pero evita los intentos de persuasión. Las personas terapeutas dialógicas parecen reconocer así implícitamente que orientar la estructura de una sesión mediante la selección de temas y de hablantes es apropiado, mientras que orientar lo que las personas deberían pensar y hacer, dentro de ciertos límites éticos, no lo es.

Limitaciones

La primera fase de nuestra búsqueda bibliográfica solo recuperó cuatro artículos y se completó en gran medida con nuestras búsquedas en cadena en las listas de referencias y en los artículos que los citaban. Esto refleja la novedad del campo, ya que recurrimos a búsquedas de texto libre, menos fiables que los descriptores temáticos controlados. Por ello optamos por una estrategia de búsqueda más amplia, que dio lugar a un mayor número de resultados y a un proceso de cribado más laborioso. Incluimos los artículos que indicaban que el equipo clínico había utilizado un enfoque dialógico. Actualmente no existen criterios de fidelidad ampliamente consensuados para los enfoques dialógicos. Por ello, la adhesión a un enfoque dialógico se basa en gran medida en los siete principios originales o elementos clave del Diálogo Abierto (Olson, Seikkula, & Ziedonis, 2014; Waters et al., 2021). Es probable que la investigación continuada sobre la interacción contribuya a elaborar pautas de fidelidad más claras, pero por ahora la comunidad investigadora debe basarse en profesionales que declaran utilizar el enfoque. Esto significa que puede haber una amplia gama de prácticas consideradas «dialógicas», lo que puede dificultar la extracción de conclusiones sobre el enfoque. Nuestro análisis de los artículos y la posterior síntesis de los temas reflejan, naturalmente, nuestro proceso interpretativo. Entendemos que toda investigación tiene un elemento interpretativo y que reconocerlo es una fortaleza y una característica de la investigación cualitativa (Braun & Clarke, 2022). Procuramos un proceso riguroso, con aportaciones de varias personas autoras para añadir profundidad y reflexión al análisis, y reconocemos que otras personas investigadoras probablemente tendrán interpretaciones diferentes de los datos. Hemos explicitado con transparencia los supuestos con los que abordamos el análisis, tal como se describe en los apartados de introducción y de método. Esta revisión se centró en las interacciones observables que muestran cómo se ejerce visiblemente el poder en las interacciones terapéuticas. Reconocemos que el poder no siempre es visible y que intervienen influencias institucionales y sociales más amplias que merecen una investigación más profunda.

Conclusión

Hasta la fecha, la conceptualización del poder en las terapias dialógicas ha estado relativamente poco desarrollada. Esperamos que esta revisión contribuya a una conceptualización más detallada de cómo el poder está presente y es utilizado por terapeutas que aplican enfoques colaborativos-dialógicos. Proponemos que, en los enfoques colaborativos-dialógicos, la persona terapeuta reconozca el poder de su posición y lo utilice de manera que guíe la conversación para promover la expresión de múltiples perspectivas y dar a todas las personas participantes la oportunidad de hablar. Proponemos además que exprese sus propias perspectivas, pero de un modo que no reivindique una importancia mayor que la de las demás personas participantes, y que invite explícitamente a comentarios e incluso a desacuerdos. Nuestra revisión pone de relieve que terapeutas y equipos de investigación son también agentes sociales que representan la moral y los valores sociales e institucionales. En consecuencia, una declaración más clara de su posición ética y de sus valores puede ser necesaria para la transparencia de la práctica clínica.

Complexe Systémique: puntos clave

Esta revisión zanja un viejo malentendido de los enfoques colaborativos: el poder no se elimina negándolo, solo se desplaza. Con Foucault y Guilfoyle, la autoría lo considera ineludible, y la distinción de Turner entre autoridad, persuasión y coerción hace operativa la idea. La persona terapeuta dialógica conserva la autoridad sobre la forma de la conversación —quién habla, de qué, cuándo hacer una reflexión— y renuncia a la persuasión sobre el fondo. Destacan claramente dos puntos ciegos. Casi nada sobre el poder entre las propias personas consultantes, aunque la crítica feminista de los años ochenta nació de la violencia familiar. Y nada sobre la elección del propio enfoque, impuesta a la persona consultante antes de la primera sesión. La conclusión es sobria: declarar la propia posición ética en lugar de creerla neutral. Límites: solo dieciocho estudios, doce de los cuales se basan en tres conjuntos de datos, y un análisis realizado principalmente por un solo autor. Para leer junto con el análisis de las repeticiones terapéuticas, que muestra este poder palabra por palabra, y el artículo sobre el construccionismo social y las terapias narrativas, por el que Foucault entró en la terapia familiar.

Notas del original

Agradecimientos. El Dr. Ben Ong y el Prof. Niels Buus cuentan con el generoso apoyo del Open Dialogue Centre de Sídney. Publicación en acceso abierto facilitada por la Monash University, en el marco del acuerdo entre Wiley y la Monash University a través del Council of Australian University Librarians.

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Traducción no oficial de Power and dialogue: A review of discursive research, de Ben Ong, Eleftheria Tseliou, Tom Strong y Niels Buus, Family Process, vol. 62 (2023), doi: 10.1111/famp.12881, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (figuras no reproducidas). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

Esta es una traducción del artículo original «Power and dialogue: A review of discursive research», publicado en Family Process (2023) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.

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Cómo citar este artículo

Ong, B., Tseliou, E., Strong, T., & Buus, N. (2023). Power and dialogue: A review of discursive research. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/power-and-dialogue-a-review-of-discursive-research (Obra original publicada en 2023 en Family Process, 62(4) (2023); republicada en 2023 por Family Process, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/famp.12881)

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