Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Family Process · Terapia familiar
¿Qué ocurre con las parejas con hijos e hijas un año después de una terapia de pareja breve? El equipo de Joëlle Darwiche en Lausana siguió a 85 parejas en la Suiza francófona, atendidas bien con un modelo que trabaja a la vez la relación amorosa y la coparentalidad, bien con la terapia sistémica breve habitual. De media, los avances se mantienen. Pero surgen cinco trayectorias, y tener hijos pequeños, una familia más numerosa o una relación larga pesa sobre las más frágiles.
Traducción no oficial al español de Post-Therapy Trajectories Following Brief Systemic Couple Therapy for Parents, de Joëlle Darwiche, Cindy Eira Nunes, Laura Vowels, Esther Liekmeier y Jean-Philippe Antonietti, publicado en Family Process (Wiley) (2026), doi: 10.1111/famp.70114, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las tablas se presentan en forma de listas; la información complementaria en línea no se reproduce. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Lograr un cambio duradero en las relaciones a largo plazo (5 años o más) puede resultar difícil solo con la terapia de pareja; uno de sus resultados clave es que la pareja desarrolle la capacidad de buscar apoyo profesional en los periodos de vulnerabilidad.
Joëlle Darwiche, Cindy Eira Nunes, Laura Vowels, Esther Liekmeier y Jean-Philippe Antonietti
Resumen
Este estudio examinó las trayectorias posteriores a la terapia en parejas parentales que recibieron la Intervención Sistémica Breve Integradora (IBSI), centrada a la vez en la relación amorosa y en la relación coparental, o la terapia sistémica breve habitual (BST habitual). A partir de resultados previos que mostraban mejoras comparables al final del tratamiento en ambas condiciones, se analizó conjuntamente a las personas participantes para identificar los patrones de cambio típicos que siguen las parejas tras la terapia. Evaluamos si podían identificarse grupos de trayectorias diferenciados a lo largo del seguimiento de 1 año y examinamos si las variables relacionadas con el tratamiento (condición terapéutica, número de sesiones) y las características familiares (duración de la relación, familia reconstituida, número de hijos e hijas, edad del menor) predecían la pertenencia a un grupo. De las 101 parejas parentales suizas aleatorizadas, 85 (44 IBSI, 41 BST habitual) aportaron datos al final de la terapia y en los seguimientos a 6 meses y a 1 año sobre sintomatología individual, calidad de la relación amorosa y coparental, y adaptación infantil. Los modelos de efectos mixtos indicaron en primer lugar que los avances terapéuticos eran en gran medida estables en el tiempo, y algunas madres y padres informaron de mejoras en la adaptación infantil, en particular los hombres en BST habitual y las mujeres en IBSI. Mediante un análisis factorial múltiple y una clasificación jerárquica (n = 72 parejas), identificamos cinco trayectorias que reflejan distintas configuraciones de malestar individual y funcionamiento relacional. La regresión logística multinomial mostró que tanto las características del tratamiento como el contexto familiar contribuían a diferenciar estos itinerarios: la IBSI se asociaba con trayectorias más favorables, mientras que tener hijos más pequeños o más hijos se vinculaba con patrones menos óptimos. Desde el punto de vista clínico, identificar trayectorias posteriores a la terapia diferenciadas subraya la importancia de hacer un seguimiento de las parejas más allá del final del tratamiento y de adaptar el apoyo a aquellas cuyas circunstancias individuales o familiares las exponen a un mayor riesgo de deterioro.
Palabras clave: relación coparental, terapia de pareja, trayectorias posteriores a la terapia, relación amorosa
El malestar de pareja tiene relevancia para la salud pública, pues aumenta el riesgo de problemas de salud psicológica y física en sus miembros (Gollan and Jacobson 2002). Se ha demostrado que la terapia de pareja es eficaz para ayudar a las parejas en dificultades a mejorar la calidad de su relación y reducir la sintomatología individual (Johnson and Lebow 2000; Shadish and Baldwin 2003). Los metaanálisis han informado de tamaños del efecto entre grupos, del pretest al postest, medianos (p. ej., d = 0.585; Shadish and Baldwin 2005) a grandes (Hedges g = 0.91; Roddy et al. 2020) en la satisfacción con la relación. Sin embargo, su impacto en dimensiones familiares como la coparentalidad o la adaptación infantil se ha estudiado mucho menos, pese a las pruebas de que el malestar de pareja se extiende a las conductas parentales y afecta a la adaptación de los hijos e hijas (p. ej., Zemp et al. 2018). La teoría de sistemas subraya la interdependencia dentro de las familias y sugiere que mejorar la relación de pareja mediante la terapia puede influir positivamente en otros subsistemas, como el subsistema parento-filial (Cox and Paley 1997). A pesar de que Gollan y Jacobson (2002) recomendaron hace más de 20 años incluirlos en la investigación, resultados como la coparentalidad y la adaptación infantil siguen estando poco explorados en los estudios sobre terapia de pareja.
La terapia de pareja para madres y padres puede centrarse tanto en la relación amorosa como en la relación coparental. Se ha demostrado que la coparentalidad, que designa el funcionamiento colaborativo de los miembros de la pareja en su papel parental (McHale and Irace 2011), ejerce una influencia más inmediata en el desarrollo socioemocional de la infancia que la calidad conyugal (p. ej., Bonds and Gondoli 2007). En un trabajo anterior examinamos la eficacia de la Intervención Sistémica Breve Integradora (IBSI; Darwiche et al. 2022), una terapia de seis sesiones dirigida a la vez a la relación amorosa y a la coparental, en comparación con la terapia sistémica breve (BST habitual). Ambas intervenciones mostraron mejoras significativas en los resultados individuales, amorosos, coparentales y familiares al final del tratamiento y en el seguimiento a 6 meses, sin grandes diferencias entre ellas, salvo que las parejas en BST habitual solicitaron más sesiones adicionales. La similitud de los resultados puede reflejar mecanismos sistémicos de cambio compartidos por ambas intervenciones (Darwiche et al. 2023).
El objetivo de este estudio era examinar las trayectorias, durante el año posterior a la terapia, de madres y padres que habían participado en la IBSI o en la BST habitual. El seguimiento se amplió a 12 meses para rastrear la evolución de los resultados individuales, de pareja y familiares. Examinamos no solo las tendencias generales de evolución en nuestra muestra, sino también los distintos patrones de cambio entre parejas: mantenido, reforzado o debilitado. Investigamos además si las variables relacionadas con el tratamiento (condición terapéutica, número de sesiones) y las características familiares (duración de la relación, familia reconstituida, número de hijos e hijas en el hogar y edad del niño o niña de referencia) se asociaban con trayectorias concretas, lo que ayudaría a explicar por qué las parejas pueden seguir itinerarios distintos tras la terapia.
Comprender cómo evolucionan las parejas tras la terapia es fundamental por varias razones. En primer lugar, ayuda a establecer si los avances del tratamiento se mantienen de media a lo largo del tiempo, lo que indica la eficacia de la intervención. En segundo lugar, arroja luz sobre la diversidad de los itinerarios relacionales tras la terapia, ya que las trayectorias suelen ser muy variables. Los acontecimientos vitales, por ejemplo, pueden tensionar la relación a más largo plazo, incluso cuando esta se fortaleció durante la terapia. Examinar las trayectorias posteriores a la terapia permite, por tanto, documentar estos procesos y aclarar cómo se adaptan las parejas después de la terapia.
La investigación sobre el mantenimiento de los avances indica que la terapia de pareja es eficaz (Lebow et al. 2012). Sin embargo, sostener estas mejoras sigue siendo difícil: entre el 35%–50% de las parejas experimentan un retroceso o se divorcian tras la terapia (Snyder and Balderrama‐Durbin 2020). En su metaanálisis de la literatura sobre intervenciones conyugales y familiares, Shadish y Baldwin (2003) informaron de tamaños del efecto menores en el seguimiento (d = 0.52) que al final del tratamiento (d = 0.65), lo que pone de relieve la variabilidad del mantenimiento de los resultados. Por su parte, Roddy et al. (2020) observaron en su metaanálisis que las personas participantes mantenían una mayor satisfacción con la relación en los seguimientos a largo plazo (Hedge's g = 0.91).
Los estudios individuales arrojan luz sobre estas dinámicas. Christensen et al. (2006, 2010) observaron, en un ensayo aleatorizado que comparaba la terapia de pareja conductual tradicional y la integradora, que dos tercios de las parejas habían mejorado 2 años después del tratamiento, pese a un descenso inicial de la satisfacción con la relación. A los 5 años, la mitad de las parejas mantenía las mejoras, mientras que el resto no mostraba cambios o se había deteriorado. Estudios no aleatorizados también informaron de beneficios mantenidos, en particular con la terapia de pareja focalizada en las emociones (EFCT; Wiebe et al. 2017) y con enfoques integradores (Lundblad and Hansson 2006). En terapia residencial, Tilden et al. (2010, 2020) observaron avances iniciales, un descenso al cabo de 1 año y una recuperación a los 3 años.
En resumen, la terapia de pareja mejora eficazmente la satisfacción con la relación y los problemas interpersonales, pero los estudios longitudinales revelan trayectorias fluctuantes, con periodos de descenso y de recuperación, lo que pone de relieve la naturaleza dinámica de los resultados. Documentar estas trayectorias posteriores a la terapia es, por tanto, importante para comprender los procesos de cambio a largo plazo y orientar la práctica clínica (Lebow and Snyder 2022).
Un reto clave de la investigación en psicoterapia de pareja es ir más allá de los resultados inmediatos e identificar lo que influye en la eficacia a largo plazo. Comprender por qué algunas parejas mantienen sus avances mientras otras recaen es pertinente para aclarar las trayectorias posteriores a la terapia y orientar intervenciones adaptadas (Doss et al. 2019). Sin embargo, los indicadores pronósticos habituales, como los factores demográficos e intrapersonales (p. ej., edad, nivel educativo, duración del matrimonio o calidad inicial de la relación), han tenido en general escaso poder explicativo para predecir los resultados a largo plazo (Atkins et al. 2005; Doss et al. 2019). Mientras algunos estudios identificaron la dinámica de la comunicación y la activación emocional como predictores de los resultados (Baucom et al. 2009), otros destacaron factores ligados al compromiso, como una mayor duración del matrimonio y menos pasos dados hacia el divorcio, como indicadores más sólidos de la estabilidad conyugal a los 5 años (Baucom et al. 2011). Trabajos más recientes señalan los cambios en los procesos de apego (Wiebe et al. 2017) y el nivel de malestar inicial (Roddy et al. 2020) como predictores significativos, pero los resultados globales siguen siendo dispares, lo que subraya la heterogeneidad de las trayectorias de las parejas más allá de la terapia.
Entre las variables relacionadas con el tratamiento potencialmente asociadas a las trayectorias posteriores a la terapia, cabe esperar en general que la condición terapéutica favorezca resultados más positivos que las condiciones de control o alternativas, aunque los hallazgos son matizados. Por ejemplo, la terapia de pareja conductual integradora (IBCT) produjo mejoras significativamente mayores que la terapia de pareja conductual tradicional hasta el seguimiento a 2 años (Baucom et al. 2009), pero no se observaron diferencias a los 5 años (Baucom et al. 2011). También se ha destacado el número de sesiones, con pruebas de una relación dosis–respuesta curvilínea, lo que subraya la necesidad de datos de seguimiento para evaluar los efectos a largo plazo (Robinson et al. 2019).
Las características familiares y contextuales también pueden estar vinculadas a las trayectorias posteriores al tratamiento: una mayor duración del matrimonio se ha asociado con resultados más favorables (Baucom et al. 2009), mientras que ser una familia reconstituida (Teachman 2008), tener más hijos o criar a hijos más pequeños puede aumentar la tensión relacional y el riesgo de inestabilidad (Fang et al. 2024). La complejidad de la coparentalidad y el estrés asociado a ciertas etapas del desarrollo (p. ej., la primera infancia o la adolescencia) pueden plausiblemente comprometer la durabilidad de los avances terapéuticos.
En conclusión, se necesita más investigación para examinar cómo se asocian las variables relacionadas con el tratamiento y las características familiares con las diversas trayectorias que pueden seguir las parejas tras la terapia. Identificar estas asociaciones es importante para aclarar en qué contextos es más probable que las parejas mantengan los avances terapéuticos, atraviesen fluctuaciones o sufran retrocesos con el tiempo. Una mejor comprensión de estos factores podría, en última instancia, orientar el desarrollo de intervenciones más adaptadas y de estrategias de apoyo posteriores a la terapia que favorezcan la estabilidad y el bienestar de la relación a más largo plazo.
Este estudio examinó las trayectorias posteriores a la terapia de parejas que habían participado en la IBSI o en la BST habitual (Darwiche et al. 2023). Estas trayectorias se construyeron con los datos de tres evaluaciones posteriores al tratamiento —inmediatamente después de la terapia, a los 6 meses y al cabo de 1 año—, que abarcaban la sintomatología individual de madres y padres, la calidad de su relación amorosa y coparental, y la adaptación infantil según su propio informe.
Planteamos la hipótesis de que las mejoras ligadas a la terapia se mantendrían en general en el seguimiento a un año (pregunta de investigación 1). No obstante, esperábamos que surgieran trayectorias posteriores a la terapia diferenciadas (pregunta de investigación 2): algunas parejas mostrarían nuevas mejoras o estabilidad y otras sufrirían un deterioro, en función de sus recursos individuales y relacionales para mantener el cambio. Esperábamos además que tanto los factores relacionados con el tratamiento (condición terapéutica, número de sesiones) como los familiares (duración de la relación, tipo de familia —reconstituida o no—, número de hijos e hijas y edad del menor) se asociaran con la pertenencia a un grupo de trayectoria (pregunta de investigación 3). En concreto, preveíamos que las madres y los padres de la condición IBSI tendrían más probabilidades de seguir trayectorias positivas, ya que esta intervención se dirigía a la vez a la relación amorosa y a la alianza coparental, reforzando así dos ámbitos relacionales clave para el funcionamiento de la pareja a largo plazo. En cambio, esperábamos que un mayor número de sesiones se asociara con trayectorias menos óptimas, dado el formato breve del modelo. Por último, se esperaba que una mayor duración de la relación predijera resultados más favorables, mientras que preveíamos que características familiares como ser una familia reconstituida, tener más hijos o criar a hijos más pequeños se asociaran con trayectorias menos óptimas.
Este estudio aporta datos valiosos sobre las trayectorias posteriores a una terapia sistémica de pareja para madres y padres, en resultados individuales, de pareja y familiares. A diferencia de muchos ensayos existentes, centrados en modelos estadounidenses como la IBCT y la EFCT, esta investigación examina un modelo de tratamiento sistémico en contextos europeos/suizos, en condiciones clínicamente representativas. Aunque la terapia sistémica se practica ampliamente en muchos contextos europeos y se apoya en tradiciones clínicas de larga data, las pruebas empíricas procedentes de la investigación en contextos reales siguen siendo escasas, y son especialmente limitadas en lo que respecta a las trayectorias que siguen las parejas tras la terapia.
A continuación ofrecemos un resumen de la metodología del estudio. Todos los detalles pueden consultarse en Darwiche et al. (2023).
Las parejas se reclutaron en centros de consulta de la Suiza francófona. En el momento del reclutamiento, se informó a las parejas de que el estudio examinaba los efectos de una terapia de pareja para madres y padres que abordaba tanto la relación amorosa como la coparental, centrándose en sus motivos de consulta. Se les informó de que serían asignadas aleatoriamente a la IBSI, con un mayor énfasis en la relación amorosa y en la coparental, o a la BST habitual. Los criterios de inclusión exigían tener al menos un hijo o hija de 0 a 16 años y mantener una relación de pareja (con o sin matrimonio). Los criterios de exclusión eran las situaciones de violencia, maltrato o abuso que impidieran un tratamiento psicoterapéutico, así como un trastorno psiquiátrico grave actual en uno o ambos miembros de la pareja. De las 447 parejas contactadas, 308 declinaron participar (69%), mientras que otras 38 habían aceptado inicialmente pero finalmente no se incluyeron por motivos ajenos a un rechazo (p. ej., casos piloto o parejas que no iniciaron la terapia).
Las parejas elegibles se asignaron aleatoriamente a la IBSI (n = 51) o a la BST habitual (n = 50) mediante aleatorización por bloques. Las personas participantes recibieron una compensación en cada evaluación (100 $ al final de la terapia, 100 $ en el seguimiento 1, 200 $ en el seguimiento 2). El estudio contó con 33 profesionales de la psicoterapia sistémica; 19 de ellas y ellos se formaron en la IBSI mediante talleres, terapia supervisada y práctica clínica, con supervisión mensual durante el estudio. Los equipos terapéuticos de la IBSI y de la BST habitual tenían niveles de experiencia y tasas de finalización de programas de formación sistémica comparables, sin diferencias significativas entre los grupos. El estudio fue aprobado por el Comité de Ética de la Universidad de Lausana (Suiza).
Los análisis se realizaron con las parejas que completaron las evaluaciones posteriores al tratamiento (N = 85; IBSI = 44, BST habitual = 41); los datos demográficos de las personas participantes figuran en la tabla 1. La participación disminuyó ligeramente en el seguimiento: 76 parejas aportaron datos a los 6 meses (IBSI = 41, BST habitual = 35) y 72 parejas al cabo de 1 año (IBSI = 38, BST habitual = 34). No se encontraron diferencias demográficas significativas entre los dos grupos de tratamiento, salvo que los hombres del grupo IBSI eran mayores que los del grupo BST habitual, t(94) = −2.73, p = 0.008.
Tabla 1 — Características demográficas de las personas participantes
Nota: Faltaban los datos sociodemográficos de una pareja. Abreviaturas: M, media; SD, desviación típica.
Las comparaciones de las puntuaciones postest mostraron que las mujeres y los hombres que abandonaron el estudio antes del seguimiento a 1 año informaban de una satisfacción amorosa significativamente menor inmediatamente después de la terapia, t(18.14) = 2.91, p = 0.009. Además, las mujeres que abandonaron percibían un menor apoyo coparental, t(18.32) = 2.46, p = 0.024.
En cada evaluación posterior al tratamiento, las parejas completaron medidas de malestar individual (es decir, sintomatología individual y depresión), calidad de la relación amorosa, calidad de la relación coparental (es decir, apoyo y conflicto) y adaptación infantil. Dada la proporción de datos faltantes (33%, calculada sobre todas las variables y los tres momentos de medida), verificamos primero que los datos faltaban de forma completamente aleatoria mediante la prueba de Little, χ 2(229) = 249, p = 0.176. En consecuencia, conservamos el conjunto completo de datos disponibles (N = 85) sin excluir a ninguna pareja ni persona, salvo en los análisis que examinaban los distintos patrones de trayectoria entre parejas (véase el apartado 2.5), que se realizaron con una submuestra de 72 parejas.
La IBSI es una intervención sistémica breve de pareja manualizada, concebida para madres y padres que solicitan una terapia de pareja (véase Darwiche et al. 2022 para más detalles). Aborda el problema que presenta la pareja teniendo en cuenta su impacto específico en los ámbitos amoroso y coparental. La intervención consta de unas seis sesiones a lo largo de 6 meses (M = 5.83, SD = 0.59), divididas en tres fases. La primera sesión establece un espacio terapéutico y fija objetivos compartidos. Las sesiones 2 a 5 se centran en alcanzar estos objetivos utilizando la investigación sobre coparentalidad y técnicas de terapia sistémica. La última sesión repasa los progresos y aborda la prevención de recaídas.
La BST habitual es una intervención sistémica no manualizada, muy utilizada como terapia de pareja en la Suiza francófona. Al igual que la IBSI, comprende unas seis sesiones a lo largo de 6 meses (M = 5.98, SD = 0.84). La BST habitual se centra en mejorar la relación amorosa mediante técnicas que fomentan conductas positivas, mejoran la comunicación y desarrollan habilidades de resolución de problemas. Incorpora conceptos y técnicas de distintas escuelas de terapia sistémica (p. ej., de Shazer 1985; Haley 1973; Minuchin 1974).
La sintomatología individual se evaluó con el Outcome Questionnaire (OQ‐10.2; Lambert et al. 2000), una escala de 10 ítems (puntuaciones: 0–40; las puntuaciones más altas indican mayor sintomatología). En los distintos momentos de evaluación, la fiabilidad osciló entre α = 0.84–0.92 (mujeres) y α = 0.76–0.88 (hombres).
La depresión se midió con el Patient Health Questionnaire (PHQ‐9; Spitzer et al. 1999), una escala de 9 ítems (puntuaciones: 0–27; las puntuaciones más altas indican una depresión más grave). En los distintos momentos de evaluación, la fiabilidad fue de α = 0.84–0.85 (mujeres) y α = 0.82–0.90 (hombres).
La calidad de la relación amorosa se evaluó con la Dyadic Adjustment Scale (DAS; Spanier 1976), una escala de 32 ítems (puntuaciones: 0–151; las puntuaciones más altas reflejan una mejor calidad de la relación). En los distintos momentos de evaluación, la fiabilidad osciló entre α = 0.92–0.94 (mujeres) y α = 0.89–0.95 (hombres).
La calidad de la relación coparental se evaluó en dos dimensiones. El apoyo coparental se evaluó con la Parenting Alliance Measure (PAM; Konold and Abidin 2001), una escala de 20 ítems (puntuaciones: 20–100; las puntuaciones más altas indican un mayor apoyo). En los distintos momentos de evaluación, la fiabilidad osciló entre α = 0.94–0.96 (mujeres) y α = 0.95–0.96 (hombres). El conflicto coparental se midió con el Coparenting Inventory for Parents and Adolescents (CI‐PA; Teubert and Pinquart 2011; Zimmermann et al. 2020), una escala de 16 ítems (puntuaciones: 0–5; las puntuaciones más altas indican mayor conflicto y triangulación). En los distintos momentos de evaluación, la fiabilidad osciló entre α = 0.85–0.90 (mujeres) y α = 0.87–0.89 (hombres).
La adaptación infantil se midió a partir del informe de madres y padres en el Strengths and Difficulties Questionnaire (SDQ; Goodman 1997), una escala de 20 ítems (puntuaciones: 0–40; las puntuaciones más altas reflejan más dificultades), que cada miembro de la pareja completó de forma independiente. En los distintos momentos de evaluación, la fiabilidad osciló entre α = 0.76–0.87 (mujeres) y α = 0.76–0.83 (hombres).
Para determinar si la sintomatología individual y la depresión, la calidad de la relación amorosa, la calidad de la relación coparental y la adaptación infantil podían considerarse estables del postest al seguimiento 1 y al seguimiento 2, utilizamos modelos de efectos mixtos con los individuos anidados en díadas (Raudenbush and Bryk 2010). El análisis siguió tres pasos: primero se especificó un modelo solo con intercepto, que suponía que el nivel de la variable de interés permanecía constante en el postest, el seguimiento 1 y el seguimiento 2, para las mujeres y los hombres de los grupos IBSI y BST habitual. En un segundo paso se especificó un modelo más complejo, que permitía a la variable seguir una trayectoria lineal en el tiempo, con pendientes diferentes para mujeres y hombres en cada grupo. En un tercer paso, se comparó el modelo solo con intercepto (simplificado) con el modelo de trayectoria lineal (complejo) mediante una prueba de razón de verosimilitud. La hipótesis nula indicaba estabilidad, mientras que la hipótesis alternativa sugería un cambio lineal significativo al menos en algunas personas participantes. Estos análisis, realizados por separado para cada una de las seis variables de resultado, se llevaron a cabo con R (R Core Team 2024) y el paquete nlme (Pinheiro et al. 2022).
A continuación, formamos grupos de parejas (combinando ambas condiciones) a partir de las puntuaciones de hombres y mujeres en las seis variables de resultado medidas en el postest, el seguimiento 1 y el seguimiento 2 (18 variables por cada género). Para este conjunto de análisis, dada la proporción de datos que faltaban de forma completamente aleatoria, decidimos excluir a las parejas a las que les faltaba más de la mitad de los datos del conjunto de variables y momentos de medida (n = 13), utilizando así una submuestra de 72 parejas. Los datos faltantes restantes se trataron mediante imputación simple con el paquete mice (van Buuren and Groothuis‐Oudshoorn 2011) en R.
Se aplicó en primer lugar un análisis factorial múltiple (AFM; Abdi et al. 2013; Husson et al. 2017) para reducir la dimensionalidad de los datos. El AFM, un análisis de componentes principales ponderado, resulta adecuado cuando los individuos o las díadas se describen mediante varios grupos de variables, ya que equilibra la influencia de cada grupo de variables en el análisis (Husson et al. 2010). El AFM quizá no sea la opción convencional para modelizar la evolución temporal de individuos o grupos; se adoptó porque permite representar simultáneamente observaciones repetidas en el tiempo e identificar tendencias de conjunto, sin necesidad de modelizar explícitamente las trayectorias individuales. Este enfoque traduce datos continuos de nivel de intervalo en perfiles que pueden enriquecer la comprensión terapéutica y la investigación futura. Para comprobar la solidez, realizamos también análisis de crecimiento de clases latentes y los comparamos con el AFM; los resultados (véase la tabla S1) mostraron un solapamiento sustancial entre las clases latentes y la solución de conglomerados, lo que respalda la validez de las trayectorias identificadas (véanse también Dazy et al. 1996; Millsap and Meredith 1988).
A partir de los resultados del AFM, redujimos el espacio conservando tres dimensiones, que se introdujeron después en una clasificación jerárquica sobre componentes principales (HCPC; Husson et al. 2010) para crear conglomerados. Se utilizó el criterio de Krzanowski‐Lai (KL) (Krzanowski and Lai 1988) para determinar el número óptimo de conglomerados, identificando el punto a partir del cual añadir más conglomerados ya no mejoraba significativamente la calidad de la clasificación. Este criterio evalúa a la vez la cohesión dentro de los conglomerados y la separación entre ellos para lograr ese equilibrio. Según el criterio KL, decidimos conservar cinco grupos para la HCPC. Estos grupos se analizaron para explorar las diferencias en las variables de resultado a partir de las cuales se construyeron, con los paquetes FactoMineR (Lê et al. 2008) y NbClust (Charrad et al. 2014) en R.
Por último, comprobamos si varias variables sociodemográficas predecían la asignación a un grupo. Realizamos una regresión logística multinomial con varios predictores: la condición terapéutica, el número de sesiones, la duración de la relación de pareja, el tipo de familia (reconstituida o no), el número de hijos e hijas que vivían con la pareja y la edad del menor (niño o niña de referencia). Los análisis se realizaron con el paquete nnet (Venables and Ripley 2002) en R.
Evaluamos las trayectorias posteriores a la terapia en tres etapas. Primero, examinamos si las mejoras logradas durante la terapia se mantenían a lo largo del periodo de seguimiento. Segundo, investigamos si las parejas diferían en sus trayectorias posteriores a la terapia a lo largo del año. Por último, exploramos si las variables relacionadas con el tratamiento y las características familiares predecían la pertenencia a grupos de trayectoria concretos, y cuáles lo hacían.
Los resultados de los modelos de efectos mixtos mostraron que el modelo solo con intercepto (estabilidad, que incluía únicamente los interceptos de cada grupo para hombres y mujeres por separado) no era significativamente peor que el modelo completo (que incluía además una interacción entre grupo y tiempo), el cual incluía el tiempo, en cinco de las seis variables de resultado (véase la tabla S2 para el número de observaciones, las medias empíricas y las desviaciones típicas de las variables objetivo; véase la tabla 2 para la comparación de modelos; véanse las tablas S3–S7 para los resultados completos de los modelos completos). Por ello, conservamos el modelo más sencillo para cinco de los resultados, lo que sugiere que los avances logrados en terapia se mantuvieron estables en el tiempo en sintomatología individual, depresión, calidad de la relación amorosa, apoyo coparental y conflicto coparental. La única variable de resultado que cambió con el tiempo fue la adaptación infantil según el informe de madres y padres (véase la tabla 3 para los resultados). Más concretamente, los resultados mostraron que los hombres del grupo BST y las mujeres del grupo IBSI percibían que a sus hijos e hijas les iba cada vez mejor, lo que sugiere que estos siguieron presentando menos dificultades con el tiempo hasta 1 año después de la terapia. En el marco de la revisión por pares, realizamos análisis complementarios sobre las diferencias de medias entre el postest, por un lado, y los dos seguimientos, por otro. Los resultados indicaron una mejor percepción de la adaptación infantil en ambos miembros de la pareja y una reducción del conflicto coparental en los hombres, y los modelos lineales mixtos confirmaron estos patrones en los seguimientos a 6 meses y a 1 año (véanse las tablas S8 y S9).
Tabla 2 — Resultados de la prueba de razón de verosimilitud que compara los modelos de estabilidad y de cambio.
Nota: Los valores en negrita indican significación estadística. Abreviaturas: CI‐PA, Coparenting Inventory for Parents and Adolescents; DAS, Dyadic Adjustment Scale; OQ, Outcome Questionnaire; PAM, Parenting Alliance Measure; PHQ, Patient Health Questionnaire; SDQ, Strengths and Difficulties Questionnaire.
Tabla 3 — Resultados del modelo de cambio para la adaptación infantil según madres y padres
Predictores, SDQ: estimaciones, CI, p. Los efectos aleatorios figuran después de los efectos fijos.
Nota: G0, BST habitual; G1, IBSI; M, hombre; W, mujer. Los valores en negrita indican significación estadística.
Los resultados de la HCPC mostraron cinco grupos de parejas diferenciados según sus niveles medios en las variables de resultado en las tres evaluaciones posteriores al tratamiento (es decir, postest, seguimiento 1 y seguimiento 2; véase la tabla 4 para los resultados). Los dos primeros grupos mostraban resultados estables tras la terapia: tanto los hombres como las mujeres informaban de puntuaciones similares, estables y relativamente altas a lo largo del tiempo. El grupo 2 (n = 27) tenía puntuaciones algo más bajas que el grupo 1 (n = 18) en toda la trayectoria medida al final de la terapia, en el seguimiento 1 y en el seguimiento 2. El grupo 3 (n = 7) presentaba puntuaciones de sintomatología individual y depresión más altas en los hombres que en sus parejas, mientras que el grupo 4 (n = 10) mostraba puntuaciones de sintomatología individual y depresión más altas en las mujeres. Las mujeres del grupo 4 seguían además una trayectoria de menor calidad de la relación amorosa y de la relación coparental que sus parejas. Por último, tanto los hombres como las mujeres del grupo 5 (n = 10) mostraban una trayectoria constante de menor calidad de la relación amorosa y de la relación coparental, pero no en sintomatología individual ni en adaptación infantil. Los resultados indican que las trayectorias de las parejas tras la terapia pueden agruparse en conglomerados diferenciados: los grupos 3 y 4 se definen por niveles más altos de malestar individual (es decir, sintomatología individual y depresión) en uno de los miembros de la pareja, mientras que el grupo 5 se caracteriza por una baja calidad relacional en ambos.
Tabla 4 — Síntesis de las cinco trayectorias posteriores a la terapia.
Para ilustrar estos resultados, las figuras S1–S6 muestran las distintas trayectorias en las variables de resultado para cada uno de los cinco grupos. Para ayudar a caracterizar las trayectorias posteriores a la terapia en relación con las puntuaciones previas, estas figuras incluyen en línea discontinua la evolución de las puntuaciones del pretest al postest; sin embargo, las puntuaciones previas a la terapia no se tuvieron en cuenta para formar los cinco grupos.
A partir de la regresión logística multinomial, pudimos predecir la probabilidad de pertenecer a los grupos 2 y 4 frente al grupo 1. En concreto, las parejas de la condición IBSI tenían más probabilidades de pertenecer al grupo 1 —caracterizado por una trayectoria estable con alta calidad de la relación amorosa y coparental y baja sintomatología individual y depresión— que al grupo 2, que también mostraba estabilidad pero con puntuaciones relativamente más bajas, OR = 0.12, 95% CI [0.02; 0.68], p = 0.017. Además, las parejas con hijos más pequeños tenían más probabilidades de estar en el grupo 2, OR = 0.70, 95% CI [0.52; 0.95], p = 0.020, que en el grupo 1. Las parejas con una relación más larga tenían más probabilidades de pertenecer al grupo 4 —caracterizado por mujeres que informaban de mayor sintomatología individual y depresión que sus parejas, junto con una menor calidad de la relación amorosa y coparental— que al grupo 1, OR = 1.54, 95% CI [1.07; 2.22], p = 0.019. Algunas predicciones fueron además marginalmente significativas: las parejas con más hijos e hijas en el hogar, OR = 3.17, 95% CI [1.00; 10.10], p = 0.051, tendían a pertenecer más a menudo al grupo 4 que al grupo 1. Ningún otro predictor fue significativo (es decir, número de sesiones, tipo de familia, reconstituida o no), y no se encontraron predicciones significativas de la probabilidad de pertenecer al grupo 3 —caracterizado por un mayor malestar individual en los hombres— ni al grupo 5, marcado por una baja satisfacción con la relación amorosa y una baja calidad de la relación coparental, pero con un malestar individual y una adaptación infantil relativamente preservados, frente al grupo 1.
Este estudio se proponía examinar las trayectorias posteriores a la terapia de parejas que habían participado en la IBSI o en la BST habitual durante el año siguiente al final del tratamiento. Las trayectorias se derivaron de resultados que evaluaban diversas dimensiones de la dinámica de pareja y familiar, yendo más allá del enfoque tradicional en la satisfacción con la relación amorosa y el malestar individual para incluir también la percepción de madres y padres sobre la calidad de la coparentalidad (apoyo y conflicto) y la adaptación infantil.
En primer lugar, los resultados confirmaron que las mejoras en el malestar individual, la calidad de la relación amorosa y el apoyo y el conflicto coparentales observadas 6 meses después de la terapia (Darwiche et al. 2023) se mantenían en el seguimiento a 1 año en ambos grupos de tratamiento. Cabe destacar que la percepción que tenían madres y padres de la adaptación de sus hijos e hijas mejoró durante este periodo, en particular en los hombres del grupo BST habitual y en las mujeres del grupo IBSI, lo que sugiere un efecto positivo diferido de la terapia en la infancia a través de un mayor bienestar parental. Sin embargo, como estos resultados no fueron significativos para todas las madres y todos los padres, se necesita más investigación para comprender mejor el vínculo entre la terapia de pareja y los resultados en la infancia.
Mantener los avances a largo plazo en terapia de pareja sigue siendo un reto crucial. Aunque la terapia mejora de forma fiable la satisfacción con la relación, solo alrededor del 40% de las parejas alcanzan niveles de satisfacción comparables a los de la población no clínica (Lebow et al. 2012), y los resultados varían: algunas parejas siguen mejorando, otras continúan en dificultades, se deterioran o se separan. Nuevas vulnerabilidades y factores de estrés, como la pérdida de seres queridos o el paso de una vida centrada en la familia a una vida centrada en la pareja cuando los hijos e hijas han crecido, pueden dificultar la aplicación de las estrategias de afrontamiento aprendidas. Este estudio contribuye a la literatura sobre los tratamientos sistémicos al indicar que estas intervenciones pueden favorecer la capacidad de las parejas parentales para anticipar los retos futuros y afrontarlos. Lograr un cambio duradero en las relaciones a largo plazo (5 años o más) puede resultar difícil solo con la terapia de pareja; uno de sus resultados clave es que la pareja desarrolle la capacidad de buscar apoyo profesional en los periodos de vulnerabilidad.
En conjunto, los resultados sugieren que los avances terapéuticos se mantuvieron en el seguimiento a 1 año en ambos grupos de tratamiento. Sin embargo, estos resultados globales pueden ocultar una heterogeneidad importante, lo que llevó a este estudio a examinar las trayectorias de las parejas tras la terapia e identificar patrones de cambio diferenciados durante el año siguiente al final del tratamiento. A partir de los resultados individuales y relacionales surgieron cinco grupos, que revelan cinco trayectorias posteriores a la terapia diferenciadas, caracterizadas por niveles variables de sintomatología individual (es decir, síntomas individuales y depresión) y de calidad relacional (es decir, relación amorosa y coparental). Los grupos 1 y 2 presentaban trayectorias estables con alta calidad relacional y baja sintomatología, aunque el grupo 2 puntuaba algo por debajo del grupo 1. En cambio, los grupos 3 y 4 revelaban patrones de malestar individual específicos según el género: los hombres del grupo 3 informaban de un mayor malestar individual, mientras que las mujeres del grupo 4 informaban a la vez de un mayor malestar individual y de una menor calidad de la relación amorosa y coparental. El grupo 5, por su parte, se caracterizaba por una baja calidad de la relación amorosa y coparental, aunque el malestar individual y la adaptación infantil estaban menos afectados. Estas observaciones señalan el malestar individual (grupos 3 y 4) y la calidad relacional (grupo 5) como dimensiones subyacentes que estructuran las diversas trayectorias que siguen las parejas tras la terapia.
Los grupos 1 y 2, que representan la mayoría (45 de 72 parejas), mantuvieron tras la terapia niveles estables y altos de calidad relacional y niveles bajos de sintomatología individual, lo que demuestra la eficacia global de la intervención. En cambio, los grupos 3 y 4 mostraban desequilibrios específicos según el género, con uno de los miembros de la pareja que informaba de una menor satisfacción en varios ámbitos de la vida de pareja y familiar. Según la hipótesis del eslabón débil (Park et al. 2023), el miembro más vulnerable puede socavar la calidad global de la relación y aumentar el riesgo de deterioro a largo plazo. A la inversa, la hipótesis del eslabón fuerte (Schoebi et al. 2012) sugiere que el miembro con mejor salud puede amortiguar los efectos sobre la relación asumiendo una mayor responsabilidad en su estabilidad, pero este papel protector también puede tener costes emocionales con el tiempo. Cuando la vulnerabilidad de uno de los miembros refleja una psicopatología individual, las intervenciones basadas en la pareja para la psicopatología (Baucom et al. 2014) pueden ofrecer una vía prometedora para aprovechar la relación como recurso terapéutico sin sobrecargar al miembro con mejor salud. Las parejas del grupo 5 (10/72) mostraron un descenso de la calidad de la relación amorosa y coparental, y el deterioro de la calidad de la relación amorosa puede indicar una mayor vulnerabilidad a la separación o el divorcio. El descenso de la calidad de la relación coparental es especialmente preocupante, ya que una relación coparental sólida es esencial para tomar decisiones conjuntas en el interés superior de los hijos e hijas, incluso después de una separación (Ahrons 2007). La investigación muestra que una coparentalidad de calidad facilita los acuerdos de custodia compartida, que se asocian con mejores resultados en la infancia que la custodia exclusiva (Vowels et al. 2023). Una terapia de pareja que incluya un trabajo sobre la coparentalidad puede ayudar a las parejas a gestionar la separación preservando su vínculo parental, lo que acaba beneficiando a la infancia (Darwiche et al. 2022).
Por último, en lo que respecta a las variables relacionadas con el tratamiento, las parejas de la condición IBSI se encontraban con más frecuencia en el grupo más favorable (grupo 1: satisfacción y bienestar altos y estables) que en el grupo 2, también estable pero caracterizado por una menor satisfacción y un menor bienestar. Esto sugiere que las intervenciones dirigidas explícitamente a la dimensión amorosa y a la coparental pueden ofrecer una base más sólida para mantener los avances terapéuticos. Al mismo tiempo, las mejoras posteriores a la terapia se mantuvieron hasta 1 año tanto con la IBSI como con la BST habitual, sin diferencias globales significativas entre condiciones, lo que matiza esta interpretación.
El contexto familiar también parecía asociado a las trayectorias de las parejas tras la terapia. Las parejas con hijos más pequeños estaban con más frecuencia en el grupo 2 que en el grupo 1, lo que sugiere que el periodo de la crianza temprana puede introducir dificultades capaces de atenuar los beneficios de la terapia. Del mismo modo, la asociación marginal con un mayor número de hijos e hijas en el hogar (vinculado más a menudo al grupo 4, en el que las mujeres informaban de mayores dificultades) concuerda con las pruebas existentes sobre la tensión que la carga familiar impone a los miembros de la pareja —en especial a las madres (Ren et al. 2024)— y sugiere que estas cargas pueden obstaculizar la consolidación de los avances terapéuticos.
Una mayor duración de la relación también se vinculó con el grupo 4, caracterizado por una mayor sintomatología de las mujeres y una menor satisfacción amorosa y coparental. Ello podría indicar que las mujeres —que suelen ser quienes inician la terapia— pueden quedar atrapadas en patrones relacionales arraigados, más difíciles de modificar en relaciones de larga duración, o que las cargas ligadas al género en las parejas de larga data pueden ser difíciles de abordar en el marco de una terapia de pareja breve (Sutherland et al. 2017).
En conjunto, estos resultados sugieren que, más allá de la condición terapéutica, la etapa del ciclo vital familiar y las características de la relación son aspectos importantes que deben tenerse en cuenta para comprender cómo las parejas mantienen los avances terapéuticos o tienen dificultades para conservarlos. La ausencia de asociaciones significativas en algunas trayectorias (grupos 3 y 5) indica además que otros procesos interpersonales o contextuales, no evaluados en este estudio, pueden ser decisivos para explicar por qué ciertas parejas siguen siendo vulnerables tras la terapia.
Los presentes resultados ponen de relieve el interés de examinar las trayectorias posteriores a la terapia en lugar de basarse únicamente en los efectos medios del tratamiento. La identificación de itinerarios diferenciados —desde mejoras estables hasta vulnerabilidades persistentes o desequilibrios específicos según el género— muestra que los resultados de la terapia no son uniformes. Reconocer esta heterogeneidad es esencial para adaptar el apoyo a las necesidades de las parejas, por ejemplo mediante sesiones de refuerzo, un seguimiento a demanda o intervenciones específicas cuando uno de los miembros sigue siendo especialmente vulnerable (p. ej., madres que soportan una carga mental parental elevada). Más allá de la modalidad de tratamiento, características familiares como criar a niños pequeños o asumir responsabilidades familiares más pesadas también pueden requerir recursos adicionales para consolidar los avances terapéuticos. Considerar el periodo posterior a la terapia como una fase crítica por derecho propio puede ayudar a profesionales de la clínica a anticipar las transiciones vitales y los factores de estrés capaces de socavar las mejoras previas, y a ofrecer un apoyo oportuno para sostener la estabilidad de la relación y el bienestar familiar a largo plazo.
Aunque este estudio aporta información valiosa, los resultados deben interpretarse con cautela dado el reducido tamaño de la muestra y la modesta tasa de aceptación (un tercio de las parejas elegibles). La investigación futura debería replicar los resultados con poblaciones más amplias y diversas para confirmar y comparar las tendencias entre grupos, garantizando al mismo tiempo una mayor viabilidad que mejore las tasas de reclutamiento. Además, como varias trayectorias parecían no lineales, la investigación futura debería considerar enfoques de modelización alternativos (p. ej., cuadráticos o con splines) para captar mejor posibles patrones curvilíneos a lo largo del tiempo. Por último, evaluaciones de seguimiento más frecuentes podrían aclarar los patrones de cambio a largo plazo y determinar si los cambios observados al cabo de 1 año reflejan una tendencia negativa sostenida o una trayectoria marcada por fluctuaciones influidas por acontecimientos vitales y periodos de vulnerabilidad.
Este estudio hace avanzar la literatura sistémica sobre la terapia de pareja para madres y padres al demostrar su potencial para favorecer mejoras a largo plazo en ámbitos familiares, como la satisfacción coparental y la adaptación infantil. Al identificar cinco trayectorias diferenciadas, nuestros resultados subrayan que los resultados terapéuticos no son uniformes: mientras algunas parejas mantienen los cambios positivos, otras se enfrentan a vulnerabilidades persistentes o a dificultades específicas según el género. La investigación futura debería aclarar las condiciones en las que se mantienen los avances terapéuticos, teniendo en cuenta factores relacionales y contextuales como, por ejemplo, las dinámicas de poder, la carga mental parental o los factores de estrés socioeconómicos. Ampliar la base empírica para incluir configuraciones familiares diversas —como las parejas interraciales, las madres o padres del mismo género (Kousteni and Anagnostopoulos 2020) y las familias de distintos entornos socioeconómicos— será clave para que la terapia sistémica de pareja siga siendo una intervención flexible e inclusiva, atenta a las realidades de la vida de pareja y familiar contemporánea.
Complexe Systémique: puntos clave
El interés del estudio está en mirar lo que ocurre después de la última sesión, allí donde se detienen la mayoría de los ensayos. El resultado medio es tranquilizador: un año después, los avances de una terapia de pareja breve de seis sesiones se mantienen, y madres y padres incluso ven que a sus hijos e hijas les va mejor, como si el mayor bienestar de la pareja se extendiera a la familia con cierto retraso. Pero la media oculta cinco itinerarios. Dos grupos se mantienen estables; en otros dos, un solo miembro de la pareja carga con el malestar; en el último, es la propia relación, amorosa y coparental, la que se desgasta. El modelo que trabaja explícitamente la coparentalidad conduce más a menudo al grupo más favorable, y la etapa del ciclo vital cuenta: hijos pequeños, familias más numerosas, relaciones largas. Para la práctica sistémica, la lección es pensar el periodo posterior a la terapia como una fase por derecho propio, con sesiones de refuerzo o un seguimiento a demanda. Los límites son los de una muestra pequeña de la Suiza francófona, en la que solo un tercio de las parejas contactadas aceptó participar. Puede leerse junto con el artículo sobre lo que conviene saber de la terapia de pareja y el artículo sobre cómo apoyar la coparentalidad.
Notas del original
Financiación. Este trabajo contó con el apoyo del Schweizerischer Nationalfonds zur Förderung der Wissenschaftlichen Forschung, subvención SNF 159437.
Conflictos de intereses. La autoría declara que no existen conflictos de intereses.
Agradecimientos. Uso de herramientas de IA: se utilizó ChatGPT‐5 (OpenAI) como ayuda en la corrección lingüística, en particular para mejorar la fluidez y revisar el inglés. Publicación en acceso abierto facilitada por la Universite de Lausanne, en el marco del acuerdo Wiley ‐ Universite de Lausanne a través del Consortium Of Swiss Academic Libraries.
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Traducción no oficial al español de Post-Therapy Trajectories Following Brief Systemic Couple Therapy for Parents, de Joëlle Darwiche, Cindy Eira Nunes, Laura Vowels, Esther Liekmeier y Jean-Philippe Antonietti, Family Process, vol. 65 (2026), doi: 10.1111/famp.70114, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra ha sido modificada en el sentido de la licencia (traducción, tablas presentadas como listas). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Artículo original: «Post-Therapy Trajectories Following Brief Systemic Couple Therapy for Parents», publicado en Family Process (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción no oficial al español realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, tal como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Darwiche, J., Eira Nunes, C., Vowels, L., Liekmeier, E., y Antonietti, J.-P. (2026). Post-Therapy Trajectories Following Brief Systemic Couple Therapy for Parents. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/post-therapy-trajectories-following-brief-systemic-couple-therapy-for-parents (Obra original publicada en 2026 en Family Process, 65(1), e70114 (2026); republicada en 2026 por Family Process, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/famp.70114)
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