Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Journal of Marital and Family Therapy · Terapia familiar
Las familias que acuden a terapia siempre traen consigo posibilidades de sanación relacional, siempre que se perciban. Karl Tomm y Lance Taylor, del Calgary Family Therapy Centre, toman prestada la noción de affordance del psicólogo James Gibson para describir este «estar-ya-ahí» y proponen una secuencia de trabajo: percibir la affordance, convertirla en oportunidad, tomar la iniciativa. Cuatro viñetas muestran cómo una palabra, una excepción o una pregunta reflexiva pueden hacer cambiar un patrón relacional.
Traducción no oficial al español de Affordances and Opportunities for Relational Wellness, de Karl Tomm y Lance Taylor, publicado en Journal of Marital and Family Therapy (Wiley) (2025), doi: 10.1111/jmft.70004, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Si se cree que una determinada affordance ya existe, es más probable que se la busque, y si se la busca, es mucho más probable que se la encuentre.
Karl Tomm y Lance Taylor
Resumen
Este artículo explora el concepto de las «affordances» para la sanación relacional que la clientela trae implícitamente consigo a la terapia. Pone de relieve la percepción de tales affordances por parte de quien ejerce la terapia como un primer paso para concebir oportunidades de tomar ciertas iniciativas que hagan posible el bienestar relacional. A medida que las y los terapeutas toman mayor conciencia de las múltiples posibilidades de intervenir que les ofrece la clientela, es más probable que aprovechen esas oportunidades al hacer terapia. Al afinar sus habilidades de observación para percibir estas affordances, pueden concebir con mayor facilidad las oportunidades terapéuticas asociadas e iniciar intervenciones pertinentes. Comenzamos con algunos fundamentos teóricos y presentamos después unas cuantas viñetas de trabajo clínico para ilustrar la aplicación de estos conceptos en el curso de la terapia familiar.
Palabras clave: affordances, oportunidades, patrones relacionales, centrado en soluciones, iniciativas terapéuticas
Este artículo pretende ampliar la conciencia que tiene quien ejerce la terapia de las opciones de que dispone para hacer posible que la clientela ponga en práctica el bienestar relacional. El objetivo general es facilitar el avance de la clientela hacia relaciones más sanas. El foco no estará en el bienestar individual en sí, sino en el bienestar de las relaciones. No obstante, partimos del supuesto de que las personas implicadas en una relación experimentarán un mayor bienestar personal cuando sus relaciones sean más sanas. Al orientar nuestras reflexiones hacia un aspecto de la terapia, a saber, la coconstrucción de un mayor bienestar en las relaciones interpersonales, nuestras aspiraciones al escribir este artículo son limitadas. No pretendemos abarcar una gama exhaustiva de posibilidades terapéuticas para la clientela que busca ayuda con sus dificultades. Suponemos que la mayoría de terapeutas, y prácticamente todas las personas que practican la terapia familiar sistémica, ya poseen habilidades considerables para hacer posible el bienestar relacional. Ya responden a la clientela de diversas maneras para favorecer relaciones más sanas. Nuestra intención es apoyarnos en ese conocimiento preexistente y, ojalá, ampliarlo con algunas ideas que cualquier terapeuta podría considerar con provecho al ofrecer terapia.
Comenzamos con una revisión somera de la teoría de las affordances de Gibson (1977, 1979) y exploramos su pertinencia para preparar el terreno a la hora de distinguir oportunidades de tomar iniciativas de intervención terapéutica. Describiremos los patrones de interacción interpersonal de Tomm (2014) como un posible marco para apoyarse en las affordances preferidas y coconstruir el bienestar relacional. A continuación, describiremos una ampliación del enfoque de Simon y Taylor sobre las oportunidades (2014, 2024) para aclarar los pasos que llevan de las affordances a las respuestas terapéuticas. Por último, compartiremos algunas viñetas clínicas que muestran iniciativas terapéuticas para abrir espacio a un mayor bienestar en relaciones en curso, incluidas las relaciones de las personas consultantes consigo mismas.
Gibson (1977, 1979) fue un psicólogo que adoptó una postura ecológica para describir cómo un sistema vivo interactúa en su entorno y en su nicho. El nicho ofrece a un sistema vivo ciertas posibilidades de interacción, que pueden aprovecharse o no. Gibson acuñó el término «affordance» para describir tales posibilidades y definió un nicho como un conjunto único de affordances. Una affordance constituye una posibilidad interactiva específica en un contexto particular. Por ejemplo, una determinada configuración del terreno puede ofrecer refugio, o puede ofrecer al animal un lugar donde ocultarse. Que el animal utilice realmente la affordance (como refugio o como escondite) es otra cuestión que se examinará más adelante. Lo pertinente aquí es que la affordance preexiste a la presencia del animal. La affordance ya está ahí. Sin un entorno que ofrezca ciertos apoyos básicos para la vida, el animal no sobreviviría. Sin embargo, las affordances deben percibirse para que existan para el animal y puedan utilizarse. De ahí el papel fundamental de la percepción para que los sistemas vivos sobrevivan y prosperen.
Durante los últimos 50 años, la noción de affordance se ha aplicado en una gran variedad de campos: ecología, arquitectura, diseño, planificación del paisaje, interfaces persona-ordenador, robótica, inteligencia artificial, etc., a menudo con interpretaciones divergentes del concepto original de Gibson. Existe consenso en que una affordance no es una característica del animal, como una «fortaleza» o alguna capacidad. Lo que se debate es si una affordance es un rasgo del entorno, una relación entre el rasgo y el animal, o ambas cosas (Rietveld y Kiverstein 2014). Suscribimos esta última perspectiva, es decir, ambas: que las affordances ya están ahí y pueden hacerse surgir al interactuar con lo que está ahí. Esto concuerda con lo que a veces se ha denominado una postura enactivista en la filosofía de la mente (Thompson 2010; Maturana y Varela 1987).
Algunas affordances, una vez percibidas, pueden evaluarse como «positivas», en el sentido de que, si se aprovechan y utilizan, hacen posible la supervivencia y el bienestar del animal. Otras son «negativas», en el sentido de que entrañan peligros o riesgos para la supervivencia. Por ejemplo, un acantilado ofrece el riesgo de caer. Algunos rasgos del entorno ofrecen affordances tanto positivas como negativas. El mismo acantilado podría ofrecer la posibilidad de un agradable paseo por el borde con una hermosa vista, así como el peligro de caer. En el proceso evolutivo, los sistemas vivos han llegado a conservar el «conocimiento instintivo» necesario para percibir y utilizar las affordances positivas y evitar las negativas. En otras palabras, en virtud de su deriva filogenética dentro de un nicho específico, los sistemas vivos llegan a «saber» cómo sobrevivir y prosperar percibiendo las affordances pertinentes.
Gibson sostiene que un conjunto dado de affordances en el entorno natural ofrece a un animal una determinada forma de vida. Cita una serie de ejemplos de affordances básicas (Gibson 1979, 128–129). Las superficies sólidas ofrecen postura, locomoción, colisión y manipulación. Los objetos sueltos ofrecen su uso como herramientas, utensilios y armas. Los anteriores son ejemplos de seres animados que interactúan con objetos inanimados. La situación se vuelve mucho más compleja cuando la interacción dentro del nicho incluye interacciones con otros sistemas vivos. Los animales se ofrecen mutuamente una enorme variedad de posibilidades (por ejemplo, depredación, competencia, apareamiento, crianza y comunicación) según las particularidades de la situación. Sin embargo, el requisito básico de percibir affordances para sobrevivir y prosperar sigue siendo el mismo.
Los seres humanos, en tanto que animales, también perciben affordances en su vida cotidiana; la mayor parte del tiempo responden a ellas de forma no consciente y fluida, mientras actúan según sus necesidades e intereses básicos. Las affordances más ricas y elaboradas para los seres humanos las proporcionan otros seres humanos. Un tipo de comportamiento humano suele ofrecer otro tipo de comportamiento, y viceversa. Dos o más personas que conversan pueden ofrecerse affordances recíprocas con gran rapidez y con niveles de sofisticación extremadamente altos. De hecho, la multiplicidad de affordances en la interacción humana es asombrosa. Aunque Gibson no se centró en las affordances sociales como tales, sostenemos como posición fundamental que una enorme variedad de affordances relacionales está inscrita en el trasfondo sociocultural de las concepciones humanas sobre las relaciones, y que la percepción es clave para sacar partido de las oportunidades que puedan presentar. Además, los seres humanos hemos prolongado nuestra deriva evolutiva hasta tomar conciencia de al menos algunas de las affordances de nuestro nicho. Percibimos recursivamente ciertas affordances de nuestro entorno. Y tomar conciencia de determinadas affordances aumenta la posibilidad de emplearlas deliberadamente como oportunidades para responder, en nuestro caso, terapéuticamente. Así pues, uno de los principales focos de este artículo será alentar la percepción de las affordances relacionales que «ya están ahí» en el contexto de la terapia. Una vez percibida una affordance, puede evaluarse como positiva o negativa, y puede formularse una oportunidad para interactuar con ella, ya sea aprovechando la posibilidad (cuando es positiva) o evitándola (cuando es negativa). Desarrollaremos más adelante la cuestión de las oportunidades, pero baste decir aquí que, si la affordance no se percibe (consciente o no conscientemente), la oportunidad no surgirá.
Hay muchas affordances en el entorno que no se perciben y que, por tanto, el organismo no puede aprovechar. Esto es especialmente cierto en los seres humanos, entre quienes casi siempre existen posibilidades de interacción potencial que no se reconocen. Y, en la práctica de la terapia, no percibir ciertas affordances puede empobrecer considerablemente las aportaciones terapéuticas. Por esta razón, las personas que supervisan en los programas de formación en terapia se orientan a ayudar al alumnado a aprender a percibir determinadas affordances de la clientela para el cambio terapéutico, se las haya llamado así o no. Cuando el alumnado llega a ver a través de los ojos de quien supervisa, además de con sus propios ojos, puede reconocer más posibilidades terapéuticas (como se ilustrará más abajo en la viñeta 4).
En el encuentro terapéutico, la clientela forma parte de la ecología de quien ejerce la terapia, y quien ejerce la terapia forma parte de la ecología de la clientela. Tanto la clientela como las y los terapeutas traen consigo una enorme cantidad de conocimientos previos sobre la vida y las relaciones humanas. Antes incluso de encontrarse, ya disponen de redes muy desarrolladas y complejas de ideas, creencias, significados y tendencias de comportamiento. Sus conocimientos, incluida la comprensión que cada persona tiene de la justicia social, ofrecen ciertas posibilidades dentro de la interacción terapéutica. Entre las concepciones de la clientela figuran algunas affordances generales derivadas de las expectativas culturales sobre la naturaleza de la terapia. Por ejemplo, la clientela suele llegar dispuesta a ofrecer a quien ejerce la terapia oportunidades para indagar en aspectos muy personales e íntimos de su vida y de sus experiencias. A su vez, las y los terapeutas suelen ofrecer a la clientela comprensión empática y seguridad emocional mediante la confidencialidad y la consideración positiva incondicional (Rogers 1956). El acoplamiento recíproco de estas affordances generales en el encuentro terapéutico probablemente contribuye a crear las condiciones para la eficacia de los llamados «factores comunes» de la terapia (Duncan y Miller 2000; Sprenkle, Davis y Lebow 2009).
Más allá de estos factores comunes, las distintas escuelas de terapia ponen de relieve tipos específicos de affordances en sus respectivos enfoques. Por ejemplo, en el ámbito de la terapia narrativa se presta especial atención a la idea de que la clientela ofrece implícitamente a quien ejerce la terapia oportunidades para indagar en acontecimientos extraordinarios y en un hilo argumental alternativo sobre su vida (White 2007). Un acontecimiento extraordinario (White y Epston 1990) designa un suceso, una acción o una experiencia que contradice el relato dominante o saturado por el problema que una persona consultante cuenta sobre su situación vital. Pone de relieve momentos en los que la persona no se ajustó a la narrativa del problema y a partir de los cuales quien ejerce la terapia puede invitarla a empezar a construir un hilo argumental más empoderador sobre su vida. La o el terapeuta da por supuesto que los acontecimientos extraordinarios están ahí, pero estos deben percibirse para poder emplearse.
De forma similar, en el ámbito de la terapia centrada en soluciones, la clientela ofrece a quien ejerce la terapia oportunidades para indagar en excepciones al problema (Berg 1994; De Shazer 1988, 1991). En una ampliación reciente del trabajo centrado en soluciones, Taylor y Simon (2014, 2024) afirman que casi cada enunciado de la clientela ofrece a quien ejerce la terapia oportunidades para una respuesta orientada a construir soluciones. Desde la terapia centrada en soluciones se da por supuesto que las affordances para las soluciones ya existen y simplemente necesitan percibirse para utilizarse. En el ámbito de la práctica basada en la respuesta (Wade 2007a, 2007b), se considera que las personas consultantes que afirman haber sido ofendidas por la injusticia o la violencia ofrecen a quien ejerce la terapia oportunidades para dignificarlas, haciendo aflorar y reconociendo su capacidad de acción al resistir ese abuso. Se parte del supuesto de que la persona consultante inevitablemente resistió de algún modo (en el momento del abuso) y de que hacer surgir una conciencia de esa resistencia le proporciona una base coherente para honrarse y valorarse por haber resistido (aunque no haya logrado detener el abuso).
Y en el ámbito de la terapia de pareja de inspiración narrativa (Madigan 2019), la historia específica de los inicios de la relación de pareja, cuando sus integrantes se unieron, ofrece a quien ejerce la terapia una oportunidad de hacer surgir los valores y creencias comunes que permitieron a la pareja crear su relación única en primer lugar. Emprender una indagación histórica selectiva al comienzo de la terapia de pareja proporciona una base para reavivar el respeto y el cuidado mutuos, dentro de los cuales podrían explorarse con mayor seguridad los posibles cambios terapéuticos. En todos estos ejemplos, las affordances positivas preexistentes ya están disponibles y brindan a las y los terapeutas oportunidades de tomar iniciativas terapéuticas específicas. Sin embargo, deben ser percibidas y privilegiadas por quien ejerce la terapia antes de poder utilizarse en ella. De ahí la pertinencia del supuesto general de Gibson sobre el «estar-ya-ahí» ecológico de las affordances.
Para apoyar la comprensión de las «affordances relacionales» disponibles en terapia, proponemos el concepto de acoplamientos o complementariedades contextualizados. Gibson dijo que acuñó el término affordance para representar la interacción entre el animal y el entorno:
Las affordances del entorno son lo que este ofrece al animal, lo que proporciona o suministra, ya sea para bien o para mal. El verbo to afford figura en el diccionario, pero el sustantivo affordance no. Lo he inventado yo. Con él me refiero a algo que remite a la vez al entorno y al animal de un modo en que no lo hace ningún término existente. Implica la complementariedad del animal y el entorno.
(Gibson 1979, p. 127)
Para nuestros fines en terapia familiar, entran en juego al menos dos complementariedades distintas. Una es la de la clientela en su entorno natural, que incluye a otras personas, a otros seres animados y objetos inanimados. La otra es la de quien ejerce la terapia en el entorno de la terapia, que incluye a la clientela, a los miembros del equipo clínico, la historia y las creencias preconcebidas que aportan todas las personas implicadas, así como el entorno físico. En otras palabras, hay affordances relacionales a las que atender tanto en el «sistema familiar» como en el «sistema terapéutico».
En cuanto al acoplamiento de la clientela con su entorno natural, mantenemos el supuesto de que ese entorno presenta affordances tanto favorables como amenazantes para la vida, y de que prosperar depende de percibir y aceptar las posibilidades favorables para la vida y de rechazar las que la amenazan. En el acoplamiento de quien ejerce la terapia con el entorno terapéutico, también se encontrará una gama de affordances, unas más propicias que otras para coconstruir un cambio útil, según el modelo de práctica de quien entrevista. «Prosperar» en el sistema terapéutico depende de utilizar las affordances que favorecen el bienestar en el sistema familiar. La disposición mental de una persona entrevistadora orientada a las affordances puede guiarse por la pregunta operativa: ¿qué aporta la clientela al proceso que pueda destacarse en colaboración para potenciar el bienestar relacional? Una persona entrevistadora más orientada al déficit puede guiarse por otra pregunta: ¿qué falta o qué está roto que yo deba aportar o reparar? Parece que habría puntos de intersección significativos entre estos dos acoplamientos. La terapia podría entenderse como una actividad concebida para ayudar a la clientela a acceder con más éxito a las affordances positivas de su entorno y a rechazar con más éxito las negativas.
Affordances y oportunidades son conceptos estrechamente relacionados, pero conviene diferenciarlos para darles significados algo distintos. Ambos son distinciones que puede hacer surgir quien observa (que, en nuestro caso, sería quien ejerce la terapia). Las affordances se refieren a las capacidades percibidas o reales de un entorno y a las interacciones que son posibles. Las oportunidades representan un fenómeno cognitivo más amplio: son más conceptuales e incluyen los deseos, las intenciones y/o las esperanzas de quien percibe respecto de un resultado preferido. Desde luego, las oportunidades también dependen de la percepción, pero están orientadas proactivamente a concebir circunstancias o situaciones que conduzcan a resultados positivos (como la cooperación, la colaboración, la resolución de problemas, la construcción de soluciones, la sinergia, etc.).
Una ventaja importante de diferenciar las affordances de las oportunidades es que así se puede poner en primer plano la constatación de que las affordances ya existen, incluso cuando no se perciben, mientras que las oportunidades solo surgen cuando quien observa concibe algún beneficio en utilizar una affordance que ha percibido. Lo que tiene de singular reconocer una oportunidad es la intención positiva de quien observa al distinguirla y utilizarla. Las affordances pueden ser positivas o negativas, según cómo se evalúen. En cambio, las oportunidades (en el contexto de la terapia) son positivas por definición, se utilicen o no.
El supuesto del «estar-ya-ahí» de las affordances es sumamente importante. Si se cree que una determinada affordance ya existe, es más probable que se la busque, y si se la busca, es mucho más probable que se la encuentre. De hecho, cabría esperar que el simple hecho de contemplar la noción de affordance predisponga a quien observa a examinar con más detenimiento el entorno o el nicho para percibir sus affordances potenciales. En este artículo invitamos a todas las personas que ejercen la terapia a adoptar el concepto de affordance y las animamos a apoyarse con más decisión en hábitos más firmes de búsqueda de los tipos de affordances que la clientela trae consigo a la terapia. La razón es que, una vez que una affordance se reconoce y se comprende, aumenta considerablemente la posibilidad de que quien observa pueda construir a partir de ella una oportunidad realista. Ya hemos aludido a las maneras en que la terapia narrativa, la terapia centrada en soluciones, la práctica basada en la respuesta y la terapia de pareja de inspiración narrativa ya lo hacen implícitamente. Uno de los propósitos de este artículo es lograr una mayor inclinación a identificar las affordances terapéuticas que ya están ahí. Un segundo propósito es aclarar la secuencia de la actividad terapéutica que va de percibir affordances a formular oportunidades y a tomar la iniciativa de responder terapéuticamente. Buena parte de esta secuencia ya se ha elaborado en la terapia centrada en soluciones (Simon y Taylor 2024) y se revisará más adelante. Pero, primero, centrémonos en las affordances para la interacción recíproca en las relaciones.
Durante los últimos 35 años, Tomm y su equipo del Calgary Family Therapy Centre desarrollaron el IPscope, una herramienta perceptivo-conceptual sistémica, para distinguir distintos tipos de patrones de interacción relacional (Tomm 2014). Las y los terapeutas pueden utilizar este instrumento para generar una conciencia selectiva de lo que podría estar ocurriendo en el espacio relacional, simplificando la enorme complejidad de la interacción interpersonal a medida que los miembros de la familia mantienen relaciones continuas entre sí. Por ejemplo, un comportamiento de crítica suele invitar a un comportamiento de defensa, y la defensa suele invitar a su vez a más crítica, lo que refleja una complementariedad recíproca en su entorno natural. Estos comportamientos tienden a quedar acoplados como un componente interaccional recurrente de la relación. Dentro de este patrón habitual de «crítica acoplada a actitud defensiva», un comentario crítico ofrece la posibilidad de una defensa y la defensa, a su vez, ofrece la posibilidad de una nueva crítica. Aunque el patrón no sea deseado y las personas implicadas no tengan por qué aprovechar las affordances negativas, a menudo lo hacen, simplemente porque la reciprocidad del acoplamiento se vuelve muy habitual. Las personas implicadas están muy familiarizadas con estas affordances mutuas y reactivan con facilidad los comportamientos correspondientes, reproduciendo una y otra vez el patrón problemático sin darse cuenta de que están manteniendo activamente el problema. Huelga decir que, cuando este tipo de Patrón Interpersonal Patologizante (PIP) llega a dominar una relación, ambas personas acaban viviendo en un malestar no deseado.
La buena noticia es que esas mismas personas siempre aportan también affordances positivas a sus relaciones. Vivir en patrones de cuidado mutuo y respeto afectuoso es un requisito fundamental para la supervivencia de los seres humanos (Maturana y Varela 1987; Maturana, Verden‐Zoller y Bunnell 2009). Las affordances para poner en práctica patrones de interacción positivos forman siempre parte de nuestro nicho social. La forma en que estos diversos patrones relacionales se despliegan en las familias y en otros sistemas humanos varía enormemente. El marco del IPscope postula que, con el tiempo, cada familia, como sistema de relaciones, desarrolla un repertorio de distintos tipos de patrones de interacción interpersonal (Tomm 2014), que pasan a formar parte de su cultura local. Este repertorio incluye affordances no solo para los PIP, sino también para los Patrones Interpersonales de Sanación (HIP, por sus siglas en inglés) y los Patrones Interpersonales de Bienestar (WIP). El potencial de reactivar cualquiera de estos patrones relacionales preexistentes ya está ahí. Por ejemplo, un comportamiento de reconocimiento hacia la otra persona ofrece fácilmente una respuesta de aprecio por ese reconocimiento, y el aprecio, a su vez, ofrece un nuevo reconocimiento. La familiaridad previa con este patrón de bienestar de «reconocimiento acoplado a aprecio» ofrece la posibilidad de hacerlo surgir dentro del sistema terapéutico para que se ponga en práctica en el sistema familiar. Un patrón de sanación habitual incluye «expresar pesar acoplado a aceptar ese pesar». Un patrón de sanación relacional aún más poderoso implica «pedir perdón acoplado a perdonar», que la mayoría de las familias establecen en cierta medida como parte de su repertorio. También él suele estar disponible como affordance. En otras palabras, las affordances positivas para implicarse en patrones de sanación y de bienestar existen junto a las affordances negativas. Tener presentes estas posibilidades positivas preexistentes en la cultura del sistema familiar aumenta la probabilidad de que las y los terapeutas las perciban y las utilicen después en terapia. Por ejemplo, si la persona terapeuta anima a un miembro de la familia a responder al comentario crítico de otro miembro reconociendo la preocupación afectuosa que hay detrás de ese comentario, podría hacerse surgir un patrón relacional preexistente completamente distinto.
Si bien la buena noticia es que la clientela siempre ofrece affordances para que la terapia sea terapéutica, la mala noticia es que a menudo quienes ejercen la terapia no las ven ni las oyen y, por tanto, pierden oportunidades de utilizarlas. Nuestra tarea, en terapia sistémica, es adquirir la habilidad suficiente para percibir las posibilidades de las affordances positivas, transformarlas conceptualmente en oportunidades de mayor bienestar relacional y, después, tomar iniciativas que permitan a los miembros de la familia aprovechar esas oportunidades y responderse en patrones de interacción preferidos.
La terapia breve centrada en soluciones fue desarrollada por Insoo Kim Berg y Steve de Shazer junto con su equipo en el Brief Family Therapy Centre de Milwaukee, Wisconsin (De Shazer 1985, 1988). Una premisa clave de la práctica centrada en soluciones que fue cristalizando con el tiempo es que los problemas que las personas traen a terapia presentan excepciones —es decir, momentos en que el problema podría producirse pero no se produce— y que esas excepciones contienen pistas para las soluciones. En otras palabras, la clientela casi siempre ofrecerá a quien ejerce la terapia oportunidades para percibir excepciones a sus problemas, y esas excepciones brindarán tanto a la clientela como a la persona terapeuta oportunidades para construir soluciones.
Hacia el año 2000, varios miembros de la comunidad internacional de profesionales de la terapia centrada en soluciones conocieron el trabajo de un equipo dirigido por Janet Bavelas en la University of Victoria (Beavin‐Bavelas 2022) que, durante décadas, había estudiado el diálogo cara a cara con las herramientas del microanálisis conversacional. Entre ellos, Taylor y Simon (2014) iniciaron un estudio de las palabras clave en la conversación terapéutica. La conclusión central de este trabajo (ampliada recientemente en Simon y Taylor 2024) es que los enunciados de la clientela en terapia contienen múltiples oportunidades para que quien entrevista dé respuestas orientadas a construir soluciones y que, para cada oportunidad percibida, habrá también múltiples posibilidades de respuesta terapéutica. Una conciencia creciente de estas oportunidades y posibilidades prepara el terreno para seleccionar un emparejamiento oportunidad–respuesta preferido como respuesta terapéutica al enunciado original de la persona consultante. Quien entrevista percibe algunas oportunidades como más prometedoras que otras. Quien ejerce la terapia considera que algunas affordances presentadas por la clientela ofrecen un camino más directo hacia el bienestar en ese momento de la entrevista. La utilidad de esta conciencia reside en orientar la atención de quien entrevista hacia el lenguaje específico de la clientela y en elegir las respuestas de forma meditada, paso a paso, a lo largo de la entrevista. El punto de partida de Taylor y Simon fue reconocer las oportunidades presentes en los enunciados de la clientela. La presencia de affordances en esta formulación era implícita, pero no se reconocía como tal.
En este artículo ampliamos el modelo de la secuencia oportunidad–respuesta añadiendo el elemento de que la clientela, en primer lugar, ofrece a quien ejerce la terapia ciertas posibilidades en el sistema clientela–terapeuta. Como se ha señalado, la clientela trae consigo a la terapia affordances preexistentes para un posible cambio terapéutico. Estas affordances son el fundamento sobre el que se construyen las oportunidades. Una affordance preexistente genérica sería la esperanza (implícita o explícita) de la persona consultante de que algo de su situación pueda mejorar o, al menos, de que las cosas puedan ser diferentes. Otra es la esperanza de que quien ejerce la terapia pueda aportar a la situación algo que resulte útil. La forma exacta en que estas esperanzas se manifiestan en una terapia concreta varía mucho, pero siempre están ahí. Quizá la manera más sencilla y directa en que pueden revelarse estas affordances sean las palabras concretas que emplea la clientela al compartir sus experiencias durante la conversación terapéutica. Ciertas palabras, expresiones, frases y matices asociados ofrecen a quien ejerce la terapia oportunidades únicas de respuesta terapéutica.
Las oportunidades no surgen de la nada. Se basan en las affordances que la clientela trae a la terapia y en lo que la clientela y/o las y los terapeutas imaginan que podría ser diferente. Una vez que se ha percibido una affordance y se ha concebido una oportunidad, la persona terapeuta puede pasar a construir una respuesta. Un esquema para construir respuestas es el procedimiento conocido como conservar–omitir–añadir (Korman, Bavelas y De Jong 2013). Al construir una respuesta verbal a la persona consultante, quien ejerce la terapia «conserva» una palabra o expresión clave de un enunciado de la clientela, «omite» el resto del enunciado y luego «añade» palabras con una intención terapéutica. El siguiente fragmento de conversación terapéutica (Simon y Taylor 2024, 77) ilustra esta construcción de respuesta:
Terapeuta: Pongamos que se despierta por la mañana… sin esta visión negativa, ¿cómo empezaría a darse cuenta de que esto es diferente?
Cliente: Eh… En lugar de despertarme y quizá hacer deprisa mi rutina de la mañana, quizá me tomaría mi tiempo y me relajaría un poco más. Hay una presión en… como todo el tiempo… así que quizá tendría un poco más de calma.
Terapeuta: Ya. Vale. Y, como empezó el día de esa manera —con más relajación, yendo un poco más despacio, con más calma—, ¿cómo iría el día de forma diferente?
En este fragmento, la persona terapeuta se apoya en la affordance preexistente de la persona consultante —sus esperanzas de algo diferente— y abre espacio para que reflexione (mediante una pregunta del tipo «imagine que» o «supongamos que»). La persona consultante revela sus esperanzas concretas de más relajación y calma. La persona terapeuta aprovecha la oportunidad para formular una respuesta terapéutica: conserva las palabras esperanzadas de la persona consultante, suprime las demás y añade «¿cómo iría el día de forma diferente?» para suscitar detalles de la diferencia e invitar a «engrosar» las posibilidades en la dirección preferida.
Ensayar esta secuencia de percibir affordances, concebir oportunidades y generar respuestas terapéuticas podría reforzar considerablemente las habilidades de cualquier terapeuta. Este proceso podría describirse como oportunizar (Christiansen 2005) y se mostrará más abajo con algunos ejemplos clínicos en el apartado sobre las iniciativas terapéuticas. Baste decir aquí que oportunizar implica tomar una affordance y concebirla de modo que oriente deliberadamente las interacciones de la clientela dentro de su nicho hacia resultados preferidos.
Para llevar un poco más lejos el supuesto del «estar-ya-ahí» de las affordances, nos gustaría destacar la disponibilidad de affordances inmanentes en las que puede apoyarse quien ejerce la terapia. Al igual que las esperanzas que la clientela trae a la terapia, las affordances inmanentes son presupuestas por la persona terapeuta y se suponen disponibles aun cuando todavía no se manifiestan. Son más complejas que las affordances de superficie, que surgen de lo que la clientela dice o hace realmente en la sesión. Las affordances inmanentes están inscritas en una rica historia de recuerdos, valores y creencias culturales interiorizados y experiencias relacionales previas. Estas concepciones pueden hacerse surgir proactivamente como affordances a partir de ese trasfondo de conocimientos previos, y la persona terapeuta puede ponerlas en primer plano en el aquí y ahora de la conversación terapéutica en curso. Por ejemplo, puede que los miembros de la familia no perciban la affordance de sanación relacional que es el perdón durante un conflicto activo, pero la persona terapeuta podría sacarla de su latencia y enfocarla, porque ya conoce el proceso relacional de perdonar. Sin embargo, al hacerlo, hay que tener especial cuidado en mantenerse en sintonía (escuchar si la persona consultante está preparada para percibir la affordance) y en asegurarse de que haya suficiente terreno común en los significados, las concepciones y los enunciados que emplean tanto la clientela como la persona terapeuta para que las affordances inmanentes se hagan evidentes de forma coherente.
A medida que la clientela ofrece affordances, con o sin conciencia de ello, y que las y los terapeutas conciben oportunidades potenciales de mayor bienestar, colaboran en un proceso de coconstrucción de posibilidades preferidas. En esta colaboración, una terapeuta sistémica no es ni pasiva ni neutral. Suele ser muy activa a la hora de formular preguntas aclaratorias para desvelar las affordances pertinentes que puedan estar disponibles, transformarlas en oportunidades y tomar luego la iniciativa de ayudar a la clientela a beneficiarse de esas oportunidades. Y, aunque pueda ser neutral respecto de los objetivos concretos que persiga una persona consultante, siempre tiene un sesgo ético a favor del movimiento en una dirección constructiva, es decir, hacia un mayor bienestar. Esto puede resultar bastante difícil a veces, sobre todo en el trabajo conjunto con la familia. Los objetivos de los distintos miembros de la familia a menudo difieren, y una dirección constructiva para un miembro puede no serlo para otro. Por esta razón preferimos centrarnos en priorizar en la medida de lo posible el bienestar relacional, dado que, según nuestra experiencia, a ello le seguirá un mayor bienestar individual de las personas implicadas. En otras palabras, siempre que es posible, privilegiamos un emparejamiento oportunidad–respuesta en el que todas las partes tengan más probabilidades de beneficiarse. Y es aquí donde el IPscope se convierte en un recurso valioso para la toma de decisiones terapéuticas. Se da prioridad a la intervención con más probabilidades de activar o hacer surgir un patrón de sanación (HIP) o un patrón de bienestar (WIP). Cada situación familiar es única en cuanto a qué HIP o WIP concretos puede percibir la persona terapeuta y decidir invocar. Sin embargo, las y los terapeutas formados en el IPscope pueden desarrollar mejores habilidades para percibir y distinguir los HIP y WIP más prometedores que la clientela les ofrece, así como las oportunidades que podrían hacerse surgir en cualquier situación familiar concreta y en cualquier momento. Queda fuera del alcance de este artículo intentar describir la miríada de opciones de intervención que podrían utilizarse para ello en terapia sistémica. Nos limitaremos aquí a subrayar la secuencia de affordances seguidas de oportunidades y a dar algunos ejemplos de iniciativas terapéuticas en las siguientes viñetas de conversación terapéutica, extraídas de nuestra práctica clínica.
En una entrevista reciente sobre la crianza con una madre y un padre de dos niñas de 9 y 12 años (que no estaban presentes en la entrevista), la pareja señaló las «peleas constantes» entre sus hijas como la principal preocupación. Sugirieron que la mayor, Judy,1 era la instigadora de «andar picándose» y la fuente de las «quejas constantes» que con frecuencia «arruinaban por completo días enteros a toda la familia, en casa y en las salidas». Un tono de desánimo acompañaba la evocación, por parte de la madre y el padre, de ejemplos de interacciones problemáticas. Casi como parte de las quejas, la madre dijo: «las únicas veces que las niñas se portan bien es cuando estamos de vacaciones en Hawái, cuando tenemos visita y cuando las dos están castigadas por portarse mal».
Terapeuta: ¿Pueden escoger una de esas veces en que tenían visita o en que las niñas estaban castigadas?
Madre: Pues… ayer… y acabaron bajando al sótano a hacer una película.
Terapeuta: ¿Cuánto tiempo estuvieron allí abajo haciendo la película?
Madre: Media hora… o quizá 45 minutos.
Terapeuta: ¿Y cómo hacen las películas?
Madre: No sé… es una aplicación… o algo así.
Terapeuta: ¿Quién propuso el proyecto de la película?
Madre: Judy [la hija mayor].
Terapeuta: Si tuviera una escala en la que 10 fuera llevarse bien y 0 lo contrario, ¿dónde situarían la interacción de las niñas ayer, mientras hacían la película?
Padre: Oh… un nueve.
Madre: O incluso un nueve y medio.
Tanto quien entrevistaba como una persona del equipo que observaba notaron un claro cambio en la actitud de la madre y el padre tras este intercambio. Se les iluminó la expresión del rostro y cambió su tono de voz. Se relajaron y empezaron a interactuar de manera cooperativa para producir ideas útiles. Podría caracterizarse este movimiento como un cambio generativo desde el lenguaje de la queja y la desesperanza hacia uno de esperanza y posibilidad, a juzgar por los comentarios que escuchamos a continuación:
Las revelaciones de la madre y el padre sobre momentos en que el problema no se produce son ejemplos clásicos de excepciones al problema, que constituyen un elemento central de la práctica centrada en soluciones. Se ofrecieron espontáneamente, sin que quien entrevistaba las pidiera ni las invitara de forma específica, como suele ocurrir. Al revelar estas excepciones, la madre y el padre ofrecieron a la persona terapeuta una oportunidad de destacar selectivamente un proceso relacional constructivo entre las hermanas. En términos de análisis de oportunidades, estas excepciones al problema proporcionan la base de una oportunidad para construir soluciones. Las excepciones ofrecieron a quien entrevistaba la opción de centrarse selectivamente en las palabras de la madre y el padre, de formular preguntas detalladas para recuperar la sensación de que se trataba de un hecho real y de emplear una pregunta de escala (Berg 1994; De Shazer 1994) como herramienta para amplificar la experiencia de éxito. Las respuestas de quien entrevistaba, orientadas a construir soluciones, ofrecieron a la clientela una oportunidad de pasar de la queja a posibles soluciones, un ofrecimiento implícito que la clientela parece haber aprovechado, a juzgar por sus comentarios posteriores, más esperanzados y generativos.
Resulta interesante reflexionar sobre los patrones relacionales de interacción de este fragmento. Al principio de la conversación, la madre y el padre mostraban un acoplamiento de queja (sobre las peleas de sus hijas) y de acumulación de quejas (añadiendo más ejemplos de mal comportamiento a lo que había mencionado el otro miembro de la pareja). El patrón de «queja acoplada a acumulación» ofrecía a la persona terapeuta una oportunidad de adentrarse más en las decepciones y dificultades de la crianza. Afortunadamente, esta affordance negativa no se aprovechó. En su lugar, la persona terapeuta aprovechó la affordance positiva de detenerse en la importante excepción de la realización de la película. Como resultado, surgió un patrón más sanador: imaginar posibilidades para comprender y orientar de otra manera el comportamiento de sus hijas, acoplado a afirmar las posibilidades sugeridas por el otro miembro de la pareja. El HIP de «imaginar acoplado a afirmar» situaba potencialmente a la madre y al padre en condiciones de relacionarse de forma más positiva con sus hijas al volver a casa.
Un padre arrepentido acudió a terapia como parte de un esfuerzo por reconciliarse con su hijo de 11 años, que se negaba a ir a casa de su padre tras la separación de la pareja parental. Había antecedentes de cierto maltrato físico durante episodios de consumo de alcohol, cuando el niño no obedecía las indicaciones parentales. El padre había dejado de beber desde la separación y había pedido perdón a su hijo por su comportamiento violento pasado. Sin embargo, el hijo seguía negándose a ir a casa de su padre, pese a que la madre lo animaba activamente a hacerlo.
Padre: Quiero pasar más tiempo con él. No sé qué hacer. He dejado de beber, le he pedido perdón, le he prometido darle acceso total a su teléfono, pero sigue sin venir.
Madre: Su padre de verdad ha cambiado mucho para bien, y creo que necesitan pasar más tiempo juntos.
Terapeuta: Parece que ambos están muy a favor de una buena relación entre padre e hijo. (Dirigiéndose al hijo) ¿Sientes cierta presión para pasar más tiempo con tu padre?
Hijo: Sí.
Terapeuta: ¿La presión hace que te resulte más fácil o más difícil aceptar lo que te pide?
Hijo: Más difícil.
Padre: Creo que todavía me guarda rencor por haberle pegado cuando bebía. ¿Por qué no puede simplemente perdonarme los errores que cometí hace tanto tiempo? ¡Le he pedido perdón tantas veces!
Terapeuta: Suponiendo que él no fuera capaz de soltar sus recuerdos del pasado, ¿cree que podría ser posible que usted le perdonara por no haberle perdonado todavía?
Padre: (tras una pausa, y en un tono más suave) Vaya, no lo había pensado… Quizá podría…
Hijo: (tomando la palabra espontáneamente, dirigiéndose al padre) Lo siento, de verdad que quiero ir a tu casa, pero todavía tengo un poco de miedo…
En este ejemplo, el terapeuta percibió que la intensidad del deseo de reconciliación del padre estaba bloqueando aquello que él esperaba. La intensidad se vivía como una presión sobre el niño para que accediera. Al hacerlo, constituía una affordance negativa. La presión suele ofrecer resistencia, y la resistencia suele ofrecer más presión. En otras palabras, el patrón interpersonal patologizante (PIP) de «presión acoplada a resistencia» parecía estar activo en la relación, a pesar de los esfuerzos sinceros de la madre y el padre por salir de él. El terapeuta reconoció la oportunidad de invitar a la familia a reflexionar sobre este patrón y a tomar conciencia de las affordances negativas. Lo hizo formulando al niño algunas preguntas para abrirle espacio a expresar su experiencia de presión y su reacción de resistencia. La esperanza, por supuesto, es que, con una mayor conciencia de las consecuencias de elegir aprovechar affordances negativas, los miembros de la familia intenten orientarse a evitar utilizarlas.
El terapeuta percibió también la familiaridad de la familia con el patrón de interacción de «pedir perdón acoplado a perdonar», que normalmente es muy positivo y ofrece sanación en las relaciones heridas. En este caso, la affordance negativa de la intensidad utilizaba inadvertidamente una affordance potencialmente positiva del patrón de sanación como herramienta del proceso de presión (debería perdonarme). Ni la madre ni el padre parecían reconocer cómo la presión del padre para que el hijo lo perdonara mantenía en realidad el PIP. El terapeuta reconoció la oportunidad de aprovechar lo positivo de la affordance del perdón invitando al padre a cambiar de posición dentro del patrón de sanación (pedir perdón acoplado a perdonar) para que pudieran producirse los efectos deseados. Logró hacerlo formulando al padre una pregunta reflexiva (Tomm 1987) sobre si podría perdonar a su hijo por no ser capaz todavía de perdonarle. Cuando el padre admitió esa posibilidad y empezó a considerar la opción de pasar de pedir perdón a perdonar, el niño asumió la posición complementaria dentro del mismo patrón de sanación relacional y empezó espontáneamente a pedir perdón.
Una mujer de 22 años fue derivada con su familia a terapia cuando una enfermera notó una tensión considerable en la familia durante una cita de seguimiento en una consulta ambulatoria, después de que ella hubiera estado hospitalizada por «psicosis». La joven vivía con su madre, su padre y un hermano menor. Unos años antes había tenido una ruptura importante con unas amistades y había abandonado la universidad. No tomaba ninguna iniciativa para conseguir un empleo remunerado y se había retirado de toda interacción social. La madre y el padre insistieron en que la hija los acompañara a la primera entrevista.
Terapeuta: ¿Qué esperan al venir a terapia familiar?
Madre: Estamos desesperados.
Padre: Lo que sea que ayude…
Terapeuta: (a la hija) ¿Cómo te sientes al haber sido derivada a terapia familiar?
Hija: (abre la boca como si fuera a hablar, pero se detiene de repente, cierra los ojos, baja la cabeza y se queda en silencio).
La madre se pone a dar, por iniciativa propia, información detallada sobre las dificultades psíquicas pasadas de la hija, sus ingresos psiquiátricos en el hospital, varias exploraciones y múltiples terapias. Mientras lo cuenta, la madre se echa a llorar. Pasa a describir cómo la hija se queda en su habitación casi todo el tiempo y nunca hace ninguna tarea de la casa. El padre expresa su frustración por no conseguir que la hija haga nada. Describe cómo tiene que obligarla a salir de su habitación para que coman juntos. Mientras la madre y el padre hablan, la hija parece desconectarse y permanece totalmente sin reaccionar.
Terapeuta: (intentando desplazar el foco de la hija hacia la madre y el padre) ¿Qué les pasa a ustedes, como madre y padre, cuando la ven cerrarse así?
Madre: Estamos muertos de preocupación por si tiene algún tipo de demencia.
Terapeuta: ¿Qué efecto imaginan que puede estar teniendo en ella que hablemos de sus preocupaciones?
Madre: No sé lo que le pasa. Casi nunca dice nada.
Terapeuta: ¿Quién sería el primero o la primera en notar los pequeños pasos que ella pudiera dar para expresarse?
Padre: Me doy cuenta de que a veces se enfada y suelta palabrotas entre dientes cuando intento obligarla a salir de su habitación.
Terapeuta: ¿Cómo responde usted a sus palabrotas?
Padre: Somos una familia cristiana y no aceptamos ningún lenguaje vulgar.
Terapeuta: ¿Puede imaginar que, si se le permitiera expresar su frustración abierta y libremente, en lugar de guardársela, podrían tener una pequeña ventana a lo que le pasa por dentro?
Padre: Quizá…
Terapeuta: Me pregunto si ella habrá interiorizado algunos valores cristianos hasta el extremo, quizá hasta el punto de verse ahora oprimida por una prohibición de decir palabrotas que la está empujando al silencio. ¿Estarían dispuestos a experimentar con el enfoque contrario, al menos temporalmente, y animarla activamente a gritar y chillar cada vez que parezca frustrada, para ver qué pasa?
Madre: Estamos dispuestos a probar lo que sea.
Después de la sesión, la madre y el padre siguieron la sugerencia de la persona terapeuta y apoyaron activamente a su hija para que expresara su ira. Ella se fue abriendo poco a poco, tanto en casa como en terapia. De hecho, en las sesiones siguientes cuestionó explícitamente las «preocupaciones excesivas» de su madre y su padre y su «intrusividad». Al cabo de unos meses, estaba lo bastante bien como para hacer nuevas amistades y matricularse en un curso en la universidad.
La familia ofreció a la persona terapeuta la oportunidad de observar en la primera sesión un proceso relacional patologizante de «mirada fija sobre el PI (paciente identificado)», en el que el «escrutinio preocupado acoplado a retraimiento y distanciamiento» parecía agravar una situación ya de por sí difícil. Es posible que la persona terapeuta contribuyera inadvertidamente a este patrón patologizante al preguntar a la hija, desde el principio, por lo que sentía ante la terapia, es decir, al invitarla a participar en un «autoescrutinio». Partiendo del supuesto de que debía de haber algunas affordances positivas disponibles para conectar con los demás, la persona terapeuta preguntó por pequeñas iniciativas que ella pudiera haber tomado para comunicarse (desplazando a la vez el foco de ella hacia quién podría notarlas). Esto dio lugar a la oportunidad de imaginar un patrón de sanación de «alentar la expresión abierta de la ira acoplado a asumir riesgos al expresarse con más libertad», que se presentó como un posible experimento. La familia aprovechó esta oportunidad y, finalmente, pudo entrar en un patrón de bienestar relacional más estable: «la madre y el padre dan más espacio a la libre expresión de las emociones, acoplado a que la hija se arriesga a expresarse de forma más abierta y sincera».
Este ejemplo es algo distinto, ya que incluye un proceso de supervisión con la ilustración de una indicación perceptiva. Al comienzo de la pandemia, el Calgary Family Therapy Centre (donde trabajamos) dejó de prestar servicios presenciales. En su lugar, pusimos en marcha la terapia en línea para seguir atendiendo a nuestra clientela. El Centro practica una supervisión estrecha de las personas en prácticas, generalmente con preferencia por la supervisión en directo de las sesiones. Al explorar posibilidades de un equivalente virtual para ese aspecto de nuestra práctica, empezamos a utilizar la función de chat de nuestra plataforma de reuniones virtuales para comunicarnos en privado con las y los terapeutas durante la propia sesión. Para quienes eran capaces de gestionar varias tareas a la vez, comprobamos que esta opción técnica ofrecía a quien entrevistaba una retroalimentación inmediata y sustancial a lo largo de toda la sesión.
A modo de inciso, resulta interesante señalar parte del contenido de los mensajes en directo de las personas supervisoras al alumnado que conducía las entrevistas:
Un breve relato de una sesión reciente ilustra este procedimiento en acción. Una terapeuta en prácticas se reunía con la madre y el padre de una familia calificada de «alta discrepancia», descripción que se utiliza en el Centro para designar acoplamientos relacionales persistentes que presentan fuertes diferencias que a menudo escalan hasta un conflicto abierto. El padre se había ido recientemente del domicilio familiar y estaba iniciando los trámites de divorcio. La madre expresó «conmoción y dolor» ante este «giro repentino». Ambos expresaban preocupaciones compartidas por el impacto en sus hijos e hijas. El padre «esperaba ver a su hija», que se negaba a verlo, alegando que «necesitaba tiempo para sanar». A medida que avanzaba la entrevista, uno de los dos, por el tono o por la elección de las palabras, irritaba una y otra vez al otro, que respondía de la misma manera, y la interacción degeneraba rápidamente en un PIP de «culpabilización acoplada a contraculpabilización». Este patrón tenía el efecto de distraer de la esperanza central de la madre y el padre y eclipsarla, así como la misión misma del Centro, a saber, cuidar la salud de los hijos e hijas.
La terapeuta en prácticas que conducía la entrevista lo estaba haciendo bien en estas circunstancias difíciles: dejaba espacio a cierta expresión auténtica del dolor y del resentimiento, y luego intervenía para crear una «pausa» para «dejar que se calmen los sentimientos» y «volver a la salud futura de los hijos e hijas». En un momento dado, la madre dijo exasperada:
Madre: Lo único que pido es un poco de amabilidad y consideración.
Padre: Bueno… hay cosas de las que ocuparse… con la casa… y las facturas…
[Mientras la conversación seguía en tono de discusión, en la dirección de estas tareas y responsabilidades materiales, la persona supervisora envió un mensaje privado por chat a la terapeuta en prácticas: «ha dicho amabilidad y consideración». La entrevistadora tomó nota del comentario y pronto puso en práctica esta percepción].
Terapeuta: Mary, ha mencionado usted la amabilidad y la consideración…
Madre: Sí… algunos de los correos diciéndome lo que tengo que hacer… culpándome de poner a los niños en su contra…
Padre: [Tras una pausa reflexiva] Lo sé… los correos… a veces la gente se toma las cosas a mal… y quizá podría tener más cuidado… con cómo digo las cosas… de verdad que solo quiero ver a mi hija… cuando diga algo hiriente, ¿podrías decírmelo?…
Madre: Quiero que los niños puedan ver a su padre… siempre que se sientan seguros…
Padre: Lo que haga falta… incluso que Jane (la terapeuta) u otra persona esté presente…
Una manera de entender este intercambio y el cambio generativo que se produjo durante la sesión podría ser que, con la supervisión en directo, la terapeuta en prácticas pudo percibir la affordance de superficie positiva presente en las palabras de la madre, «amabilidad y consideración». Después pudo acoplarla a la affordance parental inmanente del esfuerzo común por cuidar de los hijos e hijas y conectar con ellos. En este caso, la madre introdujo en la conversación la affordance de preferir la amabilidad con su expresión «amabilidad y consideración». Aunque su comentario surgió como parte de una queja sobre la negatividad en la interacción con su marido, del que estaba distanciada, pudo percibirse como positivo y se utilizó con éxito como una oportunidad para orientar su relación hacia el bienestar, aunque las circunstancias eran muy difíciles.
Queremos concluir subrayando la responsabilidad que tenemos como terapeutas de trabajar por el bienestar de nuestra clientela. Las personas consultantes acuden a nosotros con sus dificultades y vulnerabilidades, y confían en que respondamos de maneras que puedan resultar útiles. Para ejercer de forma ética, nuestras respuestas intencionadas deben estar en sintonía con sus esperanzas y orientadas hacia un mayor bienestar. Además, debemos esforzarnos por empoderarlas para que puedan seguir avanzando hacia un mayor bienestar fuera de la terapia y no lleguen a depender de nosotros. Es más probable que las mejoras se mantengan cuando intervenimos de forma selectiva para privilegiar acoplamientos recíprocos de bienestar en el nicho natural de relaciones de la clientela. En consecuencia, nos corresponde actuar con mucha intencionalidad en lo que hacemos y en lo que no hacemos al hacer terapia.
Creemos que si, como terapeutas, ganamos en rigor a la hora de reconocer y poner en práctica secuencias preferidas en el proceso terapéutico, aumentan las probabilidades de que logremos hacer posible el bienestar de nuestra clientela. Hay muchas maneras de ganar disciplina en nuestro trabajo terapéutico. El tipo de rigor que alentamos en este artículo consiste en implicarse en secuencias recurrentes de percibir las affordances de la clientela para la sanación relacional, construir oportunidades para patrones de interacción preferidos y tomar iniciativas que permitan hacer realidad esas oportunidades. Como se ha señalado, el «estar-ya-ahí» de las affordances nos da confianza para intentar percibirlas. Nuestra intención de favorecer un mayor bienestar relacional nos da una dirección para convertir conceptualmente determinadas affordances en oportunidades constructivas. Siempre que es posible, alentamos la selección de oportunidades que encajen en patrones relacionales recíprocos, que aportan más permanencia y estabilidad a las relaciones del sistema familiar. Y, por último, nuestra pasión por ayudar a nuestra clientela nos moviliza para tomar la iniciativa de abrirle espacio para que aproveche las affordances positivas de que dispone.
Esto no quiere decir que estemos en contra de la espontaneidad intuitiva en la práctica de la terapia. Creemos que la intuición puede ampliarse cuando se hacen esfuerzos deliberados por reflexionar sobre nuestras prácticas y aumentar nuestra conciencia de las posibilidades. Por ejemplo, si, al leer este artículo, se siente inclinado o inclinada a orientarse hacia la percepción de las affordances positivas que su clientela aporta a su práctica, es posible que las note con más facilidad en sus próximas sesiones. Y si aprende a recibir estas affordances como «regalos» de su clientela en apoyo de su trabajo, se sentirá aún más inclinado o inclinada a corresponder con intervenciones que utilicen estas oportunidades terapéuticas.
Complexe Systémique: puntos clave
El artículo pone un nombre preciso a un movimiento que muchas personas que ejercen la terapia realizan sin formalizarlo: detectar, en lo que la familia ya dice o hace, el recurso que permitirá que empiece el cambio. Al tomar prestada la noción de affordance de Gibson, Tomm y Taylor desplazan la pregunta del déficit hacia lo que «ya está ahí» y distinguen tres momentos: percibir la affordance, convertirla en oportunidad, tomar la iniciativa. El marco del IPscope da a esta secuencia una orientación propiamente sistémica: no se trata de fortalecer a una persona, sino de hacer cambiar un acoplamiento, de «presión acoplada a resistencia» a «pedir perdón acoplado a perdonar». La viñeta del padre que presiona a su hijo para que lo perdone es ejemplar en este sentido: una sola pregunta reflexiva desplaza al padre dentro del patrón, y el hijo pide perdón espontáneamente. Conviene mantener una mirada crítica: las viñetas son breves, están elegidas entre los éxitos, y el sesgo abiertamente ético, ni pasivo ni neutral, exige vigilancia sobre lo que el equipo clínico llama «bienestar». Para la formación, la supervisión en directo por chat ofrece una pista concreta. Para leer junto con la entrevista con Karl Tomm sobre la inquietud relacional y el trabajo de Janet Bavelas y su equipo sobre la coconstrucción del significado en el diálogo.
Notas del original
1 Se ha cambiado el nombre para proteger la privacidad de la clientela.
Referencias
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Traducción no oficial al español de Affordances and Opportunities for Relational Wellness, de Karl Tomm y Lance Taylor, Journal of Marital and Family Therapy, vol. 51, no 2 (2025), doi: 10.1111/jmft.70004, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra ha sido modificada en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
El artículo original, «Affordances and Opportunities for Relational Wellness», se publicó en Journal of Marital and Family Therapy (2025) bajo licencia CC BY 4.0. Esta versión es una traducción no oficial al español realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, con una presentación adaptada para la lectura en línea, tal como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Tomm, K., y Taylor, L. (2025). Affordances and Opportunities for Relational Wellness. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/affordances-and-opportunities-for-relational-wellness (Obra original publicada en 2025 en Journal of Marital and Family Therapy, 51(2), e70004 (2025); republicada en 2025 por Journal of Marital and Family Therapy, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/jmft.70004)
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