Traducción asistida por IA

Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

OMEGA - Journal of Death and Dying · Duelo

Apoyo tras un suicidio: análisis temático de la experiencia de hermanos y hermanas

Tras un suicidio, la fratría suele ser la gran «olvidada del duelo». Diez personas adultas australianas describen lo que les ayudó: pares que también habían perdido a un hermano o una hermana, un entorno capaz de escuchar, empleadores flexibles. Y lo que les hizo daño: grupos centrados en las madres y los padres, una policía suspicaz, una parentificación que no dejaba espacio a su propio duelo.

Autoría Paul Blaze y Rachel M. Roberts (School of Psychology, University of Adelaide, Australia)Primera publicación OMEGA - Journal of Death and Dying, 13 de agosto de 2023Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de Support After Suicide: A Thematic Analysis of Siblings’ Experience, de Paul Blaze y Rachel M. Roberts, publicado en OMEGA - Journal of Death and Dying (SAGE) (2026), doi: 10.1177/00302228231195922, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Los agradecimientos y las declaraciones de final de artículo se agrupan en las notas; las biografías de la autoría no se reproducen. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

El presente estudio constató que esta parentificación se extendía a hermanos y hermanas adultos, incluidos quienes vivían separados de sus progenitores durante la pérdida y después de ella.

Paul Blaze y Rachel M. Roberts

Resumen

El suicidio es un fenómeno mundial que provoca la muerte de más de 700 000 personas cada año. Por cada suicidio, hay personas que quedan atrás. La investigación sobre la experiencia de duelo de la fratría y sobre el apoyo que necesita tras la pérdida de un hermano o una hermana es limitada. Este estudio exploró las experiencias de duelo y el apoyo que vivieron personas que perdieron a un hermano o una hermana por suicidio. Grupos de apoyo transmitieron la información del estudio a las personas que consideraban aptas para participar. Se entrevistó a diez personas adultas en duelo por un hermano o una hermana. Mediante un análisis temático se identificaron tres temas: la comprensión compartida, el espacio para el duelo y las relaciones. Los resultados indican que estas personas desean el apoyo de otras que hayan perdido a un hermano o una hermana por suicidio, así como un apoyo social libre de estigma y dispuesto a escuchar. La relación entre el hermano o la hermana fallecidos por suicidio y quien sobrevive influía en la experiencia del duelo, al igual que la parentificación y los efectos del trato con las instituciones.

Palabras clave: suicidio, duelo, fratría, apoyo, relaciones

Introducción

Se calcula que cada año más de 700 000 personas mueren por suicidio, un fenómeno que no se limita a los países de ingresos altos, sino que se observa en todo el mundo, sea cual sea la cultura (Hunt & Hertlein, 2015). Cada suicidio consumado deja efectos duraderos en madres y padres, en la fratría, en las parejas y en las comunidades. Quienes quedan atrás tras un suicidio pueden vivir un duelo intenso, con manifestaciones físicas, emocionales, cognitivas, conductuales y espirituales (Hall, 2014). Pese a los grandes avances en nuestra comprensión de cómo se vive la pérdida de un ser querido por suicidio, un grupo sigue en gran medida olvidado: la fratría.

En la literatura sobre el duelo, a hermanos y hermanas se les ha llamado «los dolientes olvidados», sea cual sea la forma en que perdieron a su hermano o hermana; sin embargo, tanto la carga emocional como la social aumentan cuando esa muerte se debe a un suicidio (Dyregrov & Dyregrov, 2005; Kabatchnick & Black, 2015; Rostila et al., 2012). La fratría de quienes mueren por suicidio está expuesta a una gama amplia e intensa de sufrimiento psicológico, que incluye depresión, ansiedad, trastorno de estrés postraumático (TEPT), culpa, retraimiento social, dificultades de concentración, mayor agitación psicomotora y mayor ideación suicida (Brent et al., 1993; Dyregrov & Dyregrov, 2005; Kabatchnick & Black, 2015; Rostila et al., 2012; Sethi & Bhargava, 2003).

Una revisión de la literatura de 2005 halló que, en los treinta años anteriores, solo se habían realizado ocho estudios centrados en niñas, niños y adolescentes que habían perdido a un hermano o una hermana por suicidio (Dyregrov & Dyregrov, 2005). La investigación sobre la fratría adulta es aún más escasa: la autoría no logró encontrar ningún artículo que diera cuenta de las experiencias de personas adultas en duelo por el suicidio de un hermano o una hermana, ni de sus necesidades y experiencias de apoyo. Por ello, el presente estudio se centra en la fratría adulta con el fin de ampliar nuestra comprensión.

El duelo

El duelo agudo que se vive tras la pérdida de un ser querido es una respuesta psicológica instintiva a la pérdida (Shear, 2012; Young et al., 2012). Los sentimientos, pensamientos y comportamientos asociados al duelo suelen componerse de una mezcla de tristeza y de añoranza. Los pensamientos y recuerdos sobre la persona fallecida, así como sobre la muerte misma, también intervienen en el duelo (Shear, 2012). Worden (2018) desglosa los aspectos del duelo en cuatro categorías: sentimientos, sensaciones físicas, cogniciones y comportamientos. Aunque reconoce que esta lista no es exhaustiva, explica que abarca buena parte de lo que puede constituir un duelo normal. Si bien las subcategorías de estas grandes categorías son demasiado numerosas para tratarlas en profundidad, Worden señala que ninguna de estas reacciones debe considerarse patológica en su forma básica; observa también que no vivir algunas de estas facetas del duelo puede conducir a complicaciones, entre ellas el duelo complicado y el duelo desautorizado (Worden, 2018).

Worden habla también de siete mediadores del duelo que influyen en cómo se desarrolla el proceso de duelo de una persona: quién era la persona fallecida, la naturaleza del apego, cómo murió, los antecedentes históricos, las variables de personalidad, las variables sociales y el estrés concurrente. Se plantea la hipótesis de que varios de ellos median el duelo en el presente estudio. Perder a un hermano o una hermana suele provocar una respuesta de duelo más intensa que perder a un primo o una prima (Worden, 2018). La naturaleza del apego puede conducir a una respuesta de duelo más compleja, ya que la fuerza del apego, la ambivalencia en la relación y el conflicto dentro de ella pueden estar muy presentes en las relaciones fraternas. Worden señala además que las muertes por suicidio conllevan de por sí respuestas de duelo más complejas por diversas razones, y que complican también las variables sociales que intervienen en el duelo. Por ello, estos mediadores se utilizarán para enmarcar el duelo de las personas entrevistadas y ofrecer un marco que ayude a comprender sus respuestas.

Duelo desautorizado y duelo complicado

Podría decirse que la característica más importante del duelo agudo es que, aunque irregular e inconstante, las personas en duelo acaban llegando a aceptar la pérdida e integrarla en su vida cotidiana. Las pérdidas violentas, como el suicidio, pueden añadir obstáculos al proceso de duelo. Los sentimientos, pensamientos, sensaciones físicas y comportamientos ya mencionados suelen verse amplificados por el suicidio, acompañados de sentimientos de ira, culpa, confusión y vergüenza, y de los efectos del estigma social que rodea a esa muerte (Young et al., 2012). Debido a estas complicaciones, las personas en duelo por suicidio corren un mayor riesgo de desarrollar un duelo desautorizado, un duelo complicado o ambos (Heeke et al., 2017).

Se considera que varios factores contribuyen a la aparición de estos trastornos del duelo. Uno de ellos es que, a menudo, hermanos y hermanas jóvenes adultos deben ocuparse de sus progenitores justo después del suicidio. Se trata de una responsabilidad para la que no suelen tener capacidad emocional, sobre todo mientras afrontan su propio duelo, lo que les lleva a ocultarlo no solo a la sociedad, sino también a los miembros de su propia familia en un esfuerzo por cuidarlos (Rostila et al., 2012). Se observó que algunas de estas personas apartaban de sus pensamientos conscientes el malestar asociado al duelo, lo que a su vez provocaba complicaciones de salud mental (Demi & Howell, 1991). La autoría de ese estudio constató también que muchas de las personas que sufrían otras complicaciones de salud mental no identificaban, o no podían identificar, que un duelo no resuelto podía estar en el origen de esas complicaciones.

El duelo desautorizado es la sensación de haber perdido el derecho a vivir el duelo porque la sociedad no lo reconoce ni lo valida, algo muy asociado a las muertes por suicidio por el carácter estigmatizado de esa muerte (Cvinar, 2005; Lindqvist et al., 2008). El estigma puede llevar a los miembros de la familia a temer que su red de apoyo social juzgue a la familia por la naturaleza de la muerte, lo que conduce al aislamiento social en el momento de buscar apoyo (Kabatchnick & Black, 2015; Lindqvist et al., 2008). Además, a familiares y amistades puede resultarles difícil acercarse y ofrecer apoyo a las personas en duelo, porque también sienten cierto estigma a causa del suicidio o porque carecen de las habilidades adecuadas para consolar y acompañar a quienes están en duelo. Aunque en Australia existen muchos grupos de apoyo al duelo, los que ofrecen apoyo específico a personas en duelo por suicidio son pocos, y los que ofrecen apoyo específico a la fratría, todavía menos. Por ello, la posibilidad de elaborar su duelo y, eventualmente, de resolverlo es limitada; la falta de apoyo específico para la fratría, en comparación con el que existe para madres, padres y cónyuges, puede indicar además a estas personas que su duelo no es tan importante.

El objetivo del presente estudio era entrevistar a personas en duelo por el suicidio de un hermano o una hermana sobre la relación que tenían con esa persona, sobre la pérdida en sí y sobre los apoyos que les resultaron útiles o inútiles después, con el fin de mejorar el apoyo que recibe la fratría tras la pérdida de un hermano o una hermana por suicidio.

Método

Personas participantes

Las personas participantes se reclutaron mediante un muestreo de respuesta voluntaria: la información se entregó a grupos de apoyo al duelo, que la transmitieron a posibles participantes y la incluyeron en sus boletines y en sus redes sociales. Se contactó por correo electrónico con nueve grupos de apoyo al duelo de toda Australia y se les envió información sobre el estudio, utilizando la misma hoja informativa en lenguaje sencillo que se entregó a las personas participantes. Se les pidió que transmitieran la información a aquellos miembros que consideraran aptos para participar. Los criterios de inclusión eran los siguientes: tener 18 años o más en el momento de la entrevista, hablar inglés con fluidez y haber perdido a un hermano o una hermana por suicidio en los últimos 15 años, pero no en los últimos 12 meses. Este último criterio se incluyó para dar tiempo a que el malestar psicológico que podían sentir las personas participantes disminuyera en intensidad antes de realizar una entrevista sobre la pérdida y sus experiencias con los servicios de apoyo, sin dejar de ser lo bastante reciente como para reflejar con exactitud los servicios de apoyo actuales y cómo podrían mejorarse (Ross et al., 2017).

Participaron nueve mujeres y un hombre, de entre 21 y 49 años, con una edad media de 32.2 años (SD 8.7 años). El tiempo transcurrido entre el suicidio y la entrevista iba de 13 meses a 14 años y 11 meses, con una media de 4 años y 1 mes (SD 4 años 1 mes). Todas las personas participantes tenían la misma madre y el mismo padre que el hermano o la hermana fallecidos. Una entrevista se realizó en persona y nueve por videoconferencia (Zoom). Una persona procedía del área metropolitana de Australia Meridional, una de la Australia Meridional regional, seis del área metropolitana de Victoria, una de la Victoria regional y una del área metropolitana de Nueva Gales del Sur. El uso de Zoom permitió entrevistar a las personas participantes en un entorno que les resultaba familiar y cómodo (Archibald et al., 2019).

Procedimiento

El Comité de Ética de la Investigación con Seres Humanos de la Universidad de Adelaida concedió la aprobación ética. Tras ella, se contactó con grupos de apoyo para pedirles que transmitieran la información a las personas que consideraran aptas para participar. Si estas personas estaban interesadas en participar, se les pedía que escribieran al equipo de investigación, que entonces les enviaba por correo electrónico una copia de la hoja informativa para participantes. Tras leerla, si seguían deseando participar, se les ofrecían horarios de entrevista y la opción de realizarla en persona si vivían en la misma localidad que el equipo de investigación, o bien por Zoom. Después se les enviaba un formulario de consentimiento que debían firmar. De las diecisiete personas que se pusieron en contacto, tres no cumplían los criterios de inclusión debido al tiempo transcurrido desde el suicidio de su hermano o hermana. Cuatro no siguieron adelante con el proceso de entrevista por motivos desconocidos, de modo que se completaron diez entrevistas. Una vez terminadas todas las transcripciones, se devolvieron a las personas participantes para que las revisaran e hicieran cualquier cambio antes de cerrar los resultados.

Proceso de entrevista

La persona que firma en primer lugar, profesional de la psicología en periodo de prácticas supervisadas, realizó todas las entrevistas con un formato semiestructurado. Las entrevistas duraron entre 40 minutos y 1 hora y 47 minutos. La única entrevista realizada en persona se grabó en audio, mientras que las nueve realizadas por Zoom se grabaron con la función de grabación integrada de Zoom. Todas las entrevistas fueron transcritas por un servicio de transcripción y revisadas por la persona que firma en primer lugar para comprobar su exactitud. Las preguntas se centraban en la familia de la persona participante, su relación con la persona fallecida, su vivencia de la pérdida, su reacción ante ella, su experiencia del duelo, el apoyo del que disponía y su experiencia de ese apoyo (véase el material complementario). Al terminar la entrevista, las personas participantes tenían la oportunidad de hacer una puesta en común con el equipo de investigación y de dar su opinión sobre el proceso.

Análisis

Se utilizó un análisis temático inductivo para identificar los temas y patrones que surgían a lo largo de las entrevistas (Braun & Clarke, 2006, 2013). El análisis temático inductivo busca descubrir temas en los datos mediante un enfoque «de abajo arriba», en el que los temas surgen de los datos y no son preexistentes.

Para iniciar este proceso, la persona que firma en primer lugar se familiarizó primero con los datos: revisó la transcripción automática de cada entrevista, comprobó su exactitud y luego importó el archivo de texto a NVivo (versión de marzo de 2020), un programa informático que ayuda a quienes investigan a organizar, analizar y extraer conclusiones de datos no estructurados o cualitativos, como las entrevistas. A partir de ahí, leyó el archivo y codificó los datos con NVivo.

La codificación es un proceso que consiste en identificar el fragmento de datos más pequeño que guarda una relación significativa con el fenómeno estudiado. Estos fragmentos surgen de los datos aportados por las personas participantes, y el equipo de investigación los identifica y organiza. Después se construyen los temas a partir de los códigos elaborados, combinando, comparando y analizando cómo aparecen los códigos en los datos y el mensaje que transmiten.

La codificación de las entrevistas se realizó a medida que se recogían los datos, para garantizar que la recogida pudiera detenerse una vez alcanzada la saturación, es decir, el momento en que las nuevas entrevistas ya no aportaban información nueva. Mientras la persona que firma en primer lugar codificaba las entrevistas, la segunda firmante, psicóloga clínica colegiada, revisaba también las transcripciones, contrastaba los códigos y discutía los temas para garantizar la coherencia y la fiabilidad.

Reflexividad

Al elegir el tema de este proyecto, el equipo de investigación partió de sus propias experiencias personales. Aunque la persona que firma en primer lugar no ha perdido a ningún hermano ni a ninguna hermana por suicidio, sí tenía una amistad cercana que había perdido a su hermano o hermana de ese modo. Esto alimentó en gran medida su interés por el tema y puso de relieve la escasez de investigación sobre la fratría en duelo por suicidio, lo que le llevó a emprender el presente estudio.

Debido a este contacto previo con el tema investigado, era importante que la persona que firma en primer lugar fuera consciente de sus posibles sesgos o expectativas respecto al estudio. Por ello, a lo largo de las entrevistas y del análisis de datos, procuró tener en cuenta cómo sus experiencias personales previas podían afectar a su comprensión de la información aportada. Esto contribuyó también a la decisión de comparar y contrastar códigos y temas con la segunda firmante, con el fin de detectar cualquier posible sesgo de investigación que pudiera afectar a la comprensión final de los datos.

Resultados

El análisis temático permitió extraer tres temas principales: la comprensión compartida, el espacio para el duelo y las relaciones; este último se subdividió a su vez en la relación de las personas participantes con su hermano o hermana antes del suicidio, su relación con sus progenitores y su relación con la policía y con la oficina del forense. Cada uno se expone a continuación con ejemplos anonimizados.

Comprensión compartida

La comprensión compartida refleja lo que, según las personas participantes, les ayudó en su proceso de duelo; refleja también lo que sentían que faltaba en su red de apoyo social, en los servicios profesionales, en los grupos de apoyo al duelo y en los servicios de apoyo que no se centraban en la fratría. Casi todas las personas participantes asistieron a algún tipo de grupo de apoyo al duelo tras la pérdida de su hermano o hermana. Los primeros servicios a los que acudieron fueron grupos de duelo generales, a los que asistían con su familia. El participante 4 contó que «mamá se había puesto en contacto con la organización de apoyo a personas en duelo por suicidio, y tenían un grupo de apoyo para gente que ha perdido a alguien por suicidio. Era más bien un grupo de padres». Añadió que el «grupo de hermanos al que voy es casi como, un poco más ligero, no sé si me explico. Nadie entra tanto en esos puntos que te remueven, y eso me parece más útil… Supongo que en ese grupo hay más sentimiento de pertenencia que, que en el otro». Las personas participantes relataron que en esos grupos el apoyo se centraba en sus madres y padres y en cómo afrontar la pérdida de un hijo, y que por eso se sentían excluidas; la participante 10 contó que «fuimos allí como familia y todos los que estaban allí habían perdido a un hijo, algunos habían perdido a su pareja. Y creo que yo era probablemente la única hermana. Así que a nadie le importaba yo».

Las personas participantes mencionaron que parte de la razón por la que se sentían excluidas era que percibían sus dificultades como hermanas o hermanos distintas de las de sus madres y padres. La participante 1 señaló: «Creo que el dolor y las dificultades que vives como hermana son muy, muy diferentes del dolor y las dificultades que vives como madre o padre. O sea, ellos tienen un conjunto de emociones completamente distinto alrededor de eso». Y continuó: «Creo que lo mío es como perder a un amigo, y ahora hay como un agujero en mi vida. Pero lo mío estaba muy, muy centrado en el futuro y en lo que ahora falta de ese futuro». El participante 4 se hizo eco de estas ideas: «En mi opinión también es mejor porque, ya sabes, los otros hermanos que están allí parecen querer avanzar en su camino y hacer lo que puedan para ayudarse a sí mismos». Lo comparaban con la dificultad de las madres y los padres, que en su opinión se centraba en averiguar «qué salió mal» al revisar los recuerdos de la persona fallecida.

Las personas participantes contaron también que este deseo de comprensión no se limitaba a los grupos de apoyo, sino que se extendía a sus amistades y familiares, así como a profesionales de la salud mental. La participante 10 expresó su frustración al buscar psicólogo o psicóloga, y comentó que le preguntaba «al médico, o sea, ¿hay alguien que trate específicamente el suicidio y a los hermanos?… No quiero que no lo entiendan». La participante 7 contó: «Pero tardé mucho en dar con una psicóloga que reconociera que no era solo duelo… era un trauma profundo». La participante 9 explicó que, a su parecer, las amistades y familiares que evitaban hablar de la muerte no la comprendían: «Creo que el simple hecho de que la gente ni siquiera lo saque, quizá eso demuestra que es falta de comprensión. Es enorme. Es obviamente enorme». Añadió que los servicios profesionales le habían sido útiles: «Diría que, desde luego, los tres terapeutas sí lo reconocieron y lo entendieron». La participante 1 habló en términos positivos de la ayuda que le prestó su psicóloga mediante la psicoeducación, aunque consideraba que, en última instancia, su capacidad para ayudarla era limitada: «Me ayudaron mucho a entender que las emociones que siento forman parte del proceso de duelo y que nada es inusual ni raro, y que puedes hacerlo a tu manera. Pero hay un límite en cuánto puede ayudarte, porque al final ella no lo había vivido. Y creo que es un tipo de duelo tan particular que de verdad necesitas estar con gente que lo haya vivido. Para entenderlo de verdad, de verdad».

Pero para algunas personas se trataba de encontrar a cualquiera que pudiera entender la relación fraterna; la participante 5 dijo: «Creo que es muy difícil poner en palabras lo que significa tener a alguien, saber que alguien simplemente lo entiende, aunque tu relación como hermana sea completamente diferente. Sí. Que alguien entienda eso. Eso. Ya sabes, esa persona constante en tu vida, sobre todo porque era mi hermano mayor. Nunca había vivido sin él». El participante 4 contó que en el trabajo descubrió que otra empleada había perdido a un hermano por suicidio, y lo expresó así: «otra empleada me contactó porque había perdido a su hermano. Y le pregunté si había fallecido por (sic) suicidio. Y me dijo que sí. Y fue, fue sorprendente que, aunque no tengo relación cercana, no tenía relación cercana con esa persona, yo, yo no me sentí solo».

Un espacio para el duelo

Las personas participantes hablaron del deseo de que su entorno fuera capaz de dar espacio a su duelo, y de su gratitud hacia quienes podían hacerlo. Puede verse como una prolongación del primer tema, ya que algunas personas participantes sentían que solo quienes habían pasado por lo mismo podían dar un espacio adecuado a su duelo. Sin embargo, el espacio y el tiempo que se les concedía para el duelo no procedían únicamente de otras personas en duelo por un hermano o una hermana.

La participante 1 habló de que quería «gente que esté dispuesta simplemente a sentarse y escucharte», y gente que no sea «crítica y que no saque conclusiones precipitadas». El participante 4 reiteró esta idea: «tener a alguien que escuche, hacerle saber: aquí es donde estoy». Para la mayoría de las personas participantes, esto se concretaba en amistades cercanas, pero también podía tratarse de amistades y conocidos que se interesaban por cómo estaban y hablaban abiertamente de su hermano o hermana fallecidos. «Por ejemplo, una amiga me preguntaba: ¿cómo estás? Y me decía abiertamente: seguro que echas de menos a tu hermano… No mucha gente habla abiertamente de ello, como si fuera algo real y actual» (participante 9).

Las personas participantes expresaron también su frustración ante quienes evitaban su duelo; la participante 8 explicó que «ignoraban totalmente el tema… no lo preguntaban en plan “oh, ¿qué tal lo llevas? Ya sabes, me enteré de lo que pasó”. Era simplemente un ¿qué tal? normal». La participante 7 contó que quería «poner fotos de mi familia por la casa y él (su pareja) no lo aceptó, no quería eso realmente». Y que su pareja llegó a decir que «no quería traer mi desgracia aquí. Así que eso fue muy difícil». Incidentes como estos hacían sentir a las personas participantes que no había espacio para explorar o elaborar su duelo.

La participante 1 notó que sentía que sus amistades no eran capaces de sostener su duelo por estar relacionado con un suicidio: «al final todos mis amigos se enteraron. Así que sí hablé con la gente, pero es una conversación tan incómoda que, una vez pasas lo primero, tipo, sí, ha muerto y esto es lo que hizo y así es como me siento, como que simplemente desaparece de la conversación, y no quiero sacarlo porque es un tema incómodo y mucha gente no puede con ello… No estoy segura de que mis amigos estén preparados, ni de que quieran estar preparados, para lidiar con ello». La participante 8 reveló que le resultaba difícil hablar de su duelo con familiares o amistades: «Otras personas pueden recurrir a otros familiares para que las apoyen. Pero yo sentía que no tenía eso, simplemente porque estaban muertos o porque emocionalmente no podían. Así que eso también lo hacía difícil, porque. La mayoría de mis amigos tampoco habían conocido a mi hermano. Así que estaba de duelo por alguien que ellos nunca conocieron».

Las personas participantes revelaron que su entorno laboral facilitaba bien el apoyo y el espacio para su duelo. La participante 7 contó que su «jefa era muy buena reconociendo cuándo quizá necesitaba un poco de tiempo libre. De hecho, era muy proactiva con eso: oye, ¿qué tal van las cosas? Vamos a charlar. ¿Necesitas unos días libres? ¿Planificamos unos días libres? Sí. De hecho. Vamos a planificar unos días». Otras personas participantes expresaron sentimientos similares: «Mi trabajo fue probablemente uno de mis mayores apoyos… Incluso cuando volví a trabajar, me quitaron mucha carga de encima» (participante 3). «Había empezado solo dos días antes… me dijeron: cuando estés lista… Y luego no se enfadaban conmigo y les parecía bien que trabajara cuatro horas al día, o que me fuera antes o llegara tarde» (participante 9). Otras personas participantes señalaron, sin embargo, que cuando el trabajo no era tan flexible ni comprensivo, añadía aún más estrés a unas vidas ya de por sí estresantes; la participante 10 contó: «Pero entonces (nombre del lugar de trabajo) cambió de empresa. Y tuve que, creo que fue como un mes o dos después de perder a (hermano o hermana). Tuve que volver a solicitar mi puesto. Y me preguntaron: ¿dónde te ves dentro de cinco años? Y yo en plan: no sé, solo estoy intentando superar el día de hoy». La participante 7 mencionó que, cuando cambió su dirección, pasó de tener un entorno laboral que la apoyaba a otro increíblemente difícil: «aunque intenté explicar lo que había pasado, me di cuenta de que no lo iba a entender ni de puta coña. Ni siquiera lo sabía. Me miró como si viniera de otro planeta cuando por fin le dije que mi hermano había muerto por suicidio».

Las personas participantes hablaron también de cómo los servicios profesionales, como la psicología, la psiquiatría y el counselling, les resultaron útiles en su duelo, no solo porque daban espacio a su duelo, sino también porque les aportaban información y claves sobre cómo podía haberse sentido su hermano o hermana y cómo podía afectarles su propio duelo. Refiriéndose a su psiquiatra, la participante 2 dijo: «Me explicó, supongo, cómo la depresión afectaba a mi hermano, pero también era muy buena explicando lo que el duelo me estaba haciendo a mí». La participante 1 añadió que los servicios profesionales eran un lugar donde podía hablar sin sentirse una carga: «Así que aquí solo necesito a un profesional. Básicamente puedo pagar para que me escuchen. Necesito a alguien para soltarlo todo y que simplemente se siente y escuche, desahogarme en el hombro de otra persona, por así decirlo». La participante 9 señaló también que contactar con un servicio de apoyo, que la puso en relación con una terapeuta, le permitió aprender más sobre su duelo: «Quizá un año después o 18 meses después habría tenido dudas a la hora de contactar con el servicio de duelo, pensando: ¿ah, eso fue entonces? No sé. ¿No serán simplemente dramas de pareja? No sé si sigo en duelo. No sabía mucho sobre el duelo, pero sí, el simple hecho de que ellos te contacten y te digan que sí, no con esas palabras exactamente, pero que sí, que lo mereces, que te pondremos en contacto con la persona adecuada, puede acabar con las dudas que tenía». Las personas participantes mencionaron que el hecho de estar ya en consulta con un psicólogo o una psicóloga les permitía acceder más fácilmente a apoyo tras la muerte de su hermano o hermana: «Está mi psicólogo. Fue bastante fácil contactar con él. Fue por correo electrónico, incluso para concertar la sesión con él» (participante 4) y «Llevaba años yendo a una terapeuta hasta ese momento. Así que, ya sabes, empecé a verla con más regularidad después de que muriera mi hermano» (participante 8).

La participante 5, que vivía en una zona regional, mencionó las dificultades adicionales a las que se enfrentaba: «el esfuerzo que supone intentar encontrar a un psicólogo y luego encontrar a uno con el que conectes, o a un trabajador social o un terapeuta. Eso también puede ser muy complicado». Añadió que la falta de información a la que podía acceder también complicaba las cosas: «No conseguía encontrar gran cosa sobre lo que era eso, y quería encontrar palabras para lo que estaba pasando e intentar entenderlo». La participante 6, que vivía en una zona metropolitana, habló de sus dificultades para acceder a los servicios públicos: «fue un lío enorme, y yo tenía que ir primero al médico de cabecera para conseguir el plan de atención de salud mental y luego fui a ver a una psicóloga, pero me dijeron que no estaban especializados en, o sea, TEPT y esas cosas, así que fuera a ver a otra persona. Y cada vez era como un mes o dos de espera entre cita y cita». Continuó explicando que, en su opinión, los servicios deberían ser proactivos para ayudar a las personas en su situación, dada la complejidad de acceder a los servicios públicos: «Y creo que es terrible, porque siento que la gente en mi situación no debería tener que, o sea, ser proactiva… Yo estoy bastante metida en temas de salud, así que sé cómo funciona el sistema sanitario. Soy bastante lista y todo, así que puedo intentar moverme por él. Pero aun así sigue siendo tan difícil que no sé qué posibilidades tendrían otras personas».

Las relaciones

Este tema comprendía tres subtemas: el primero era cómo la relación de las personas participantes con su hermano o hermana antes del suicidio influía en su duelo. El segundo subtema era cómo cambiaba la relación de las personas participantes con sus progenitores tras el suicidio. Y el último subtema examinaba cómo el trato con los servicios afectaba a las personas participantes y a su duelo.

La relación con el hermano o la hermana antes del suicidio

La relación que las personas participantes mantenían con su hermano o hermana antes del suicidio influía en su duelo. Aunque todas describían su relación como afectuosa y atenta, el grado de conflicto descrito en la relación parecía influir en su duelo. La participante 6 contó que la relación con su hermano se había vuelto tensa en los años previos a su muerte: «Odiaba cómo afectaba a todo, sobre todo a mi madre… Supongo que a veces me enfadé bastante con él». Habló de que los miembros de su familia se encontraban en etapas distintas del proceso de duelo: «Creo que mamá y papá, y probablemente también mi hermana hasta cierto punto, pudieron perdonarle enseguida… mientras que yo primero tuve que pasar por toda la rabia, y ellos no». Se dio cuenta de que la relación que tenía con él antes de su muerte afectaba a su capacidad de hacer el duelo en comparación con su familia, que, a su parecer, tenía una relación mejor con él antes de morir. La participante 7 mencionó dificultades: «Empezó a beber… Yo estaba un poco molesta con él porque odiaba que bebiera». Aunque también decía que «(se) querían mucho», resumía así su relación: «Nos queríamos mucho. Estábamos muy unidos. Pero era complicado». Añadía que el duelo se había vuelto más duro: «el segundo año es mucho más duro… Ya no hablo del duelo con mis amigos». A lo largo de la entrevista, la participante 8 habló del conflicto en la relación con su hermano: «de pequeños nos peleábamos mucho físicamente, porque me parecía muy egoísta». Y siguió: «Se autosaboteaba y yo me cabreaba con él porque, ya sabes, había cruzado un límite. Pero él actuaba como si yo estuviera exagerando». Describía lo difícil que era seguir adelante al mirar atrás: «cada uno de mis recuerdos de infancia está ahora teñido del dolor de su pérdida», y decía que ahora sentía las emociones de él en sus propios recuerdos: «Es como si sintiera las negativas, como la vergüenza y el miedo. Y sobre todo la vergüenza es tremendamente dolorosa».

Por el contrario, la participante 3 dijo: «Nos queríamos. Como ningunos otros hermanos. No había ningún rencor. Nunca nos peleamos». Mencionó también que había retomado sus aficiones – «Aprendí a tocar el piano… él me saca de mi zona de confort. Siempre lo ha hecho y lo sigue haciendo». Sus recuerdos positivos y el aprecio por su hermano le han permitido elaborar su duelo junto a su recuerdo, en lugar de que este sea un obstáculo. La participante 2 habló de la relación con su hermano en términos positivos y describió la época en que vivieron juntos: «teníamos muy buena relación. Comíamos juntos… Así que disfruté mucho de ese año en que pude vivir con él en (ciudad). Fue muy bonito». Describió también su recorrido de duelo, diciendo que había podido implicarse bien con los servicios y comprender también su duelo: «El counselling es muy bueno. A través de la universidad, ella fue increíble» – «Podía reconocer cuándo el duelo estaba influyendo… eso fue muy útil, porque me ayudaba a reconocer cuándo estaba pasando y a ponerle, digamos, la etiqueta de “ah, esto es una reacción de duelo” y simplemente. No apartarlo, sino quedarme con ello y afrontarlo».

La relación con los progenitores tras el suicidio

Las personas participantes hablaron de cómo había cambiado su relación con sus progenitores a raíz de la muerte de su hermano o hermana. La participante 3 contó cómo quedó parentificada: «Tuve que sentarme allí y elegir el ataúd de mi hermano, tuve que elegir qué iba a llevar puesto ese día, qué flores habría, cada detalle… De hecho, tomé la decisión de proteger a mis padres porque pensé: bueno, ahora mismo no sirven para nada». No fue la única en vivir este cambio de relación; la participante 1 comentó: «Sentía que tenía que mantener el tipo para ayudarles a salir adelante. El funeral y todo el papeleo que simplemente hay que hacer…, yo hago las cenas y saco al perro y ayudo con lo del funeral». Y siguió: «Nuestros padres son, digamos, quienes siempre están ahí para cuidarte. Creo que en esta situación se invirtieron los papeles». El participante 4 describió cómo empezó de inmediato a proteger a su madre: «Entré corriendo. Porque si había pasado lo peor, no quería que mamá lo encontrara… Mamá apareció por la esquina y me dijo que encendiera la luz del dormitorio. Y lo hice. Y. Mamá empezó a gritar que no una y otra vez. Y entonces, como que salí del estado de shock y. Entré en el dormitorio y cerré la puerta. Para que mamá no tuviera que verlo más. Y sí, cogí el teléfono, llamé al 000, intenté hacerle la RCP». Añadió: «Organicé su funeral porque mamá no estaba bien y él tenía que tener un funeral. Ya sabes, no estaría bien no hacérselo». La participante 8 contó también que se encargó de organizar el funeral y de identificar el cuerpo: «Pasé mi cumpleaños visitando el lugar donde murió… y luego organizando su funeral». – «Ella acaba de perder a un hijo, que también es realmente horrible… Yo me encargué de, digamos, avisar a la gente, me aseguré de ser yo quien lo identificara… No voy a dejar que mamá vea eso». Habló también de la carga emocional: «Acabé, sobre todo el día antes del funeral, enfadándome de verdad, porque sentía que no podía vivir mi duelo».

La relación con la policía y con la oficina del forense

Por último, el trato entre hermanos y hermanas y los distintos servicios, como la policía y la oficina del forense, influyó en su duelo. «Era bastante prejuicioso… parece una investigación criminal. Y creo que trataron a mamá como a una sospechosa»: así describió la participante 1 su trato con un inspector. Y siguió: «Lo empeora todo muchísimo. Porque sientes que has hecho cosas mal en tu vida». Un trato así añade una capa de culpa y de «responsabilidad» por la muerte del ser querido, hace que se viva como un delito y no como una pérdida, interrumpe el proceso de duelo y añade un factor de estrés más a un proceso ya de por sí estresante – «simplemente agrava todas las emociones normales que sientes» (participante 1).

La participante 8 describió también dificultades con la policía; contó que decidió identificar ella misma el cuerpo de su hermano, pero que «le habían hecho una foto de la cara y todavía me vienen como flashbacks… Me llama la atención que la policía no lo pusiera en otra posición antes de hacer la foto para enseñársela a su familia, porque es un acto violento».

En cambio, la participante 3 habló en términos positivos de su trato con el agente de policía a cargo del caso de su hermano: «fue increíble, pasó nuestros datos a los servicios de apoyo, y ahora estoy en un grupo de hermanos y hermanas y hablo con otras personas que tuvieron que encontrarlos por su cuenta». Esto significó que ya conocía los grupos de apoyo específicos para ella cuando se sintió preparada para buscar apoyo, lo que hizo el proceso menos estresante de lo que podría haber sido.

La fratría habló también de cómo las dificultades en el trato con otras instancias, como la oficina del forense, afectaron a su duelo. «El forense te presiona un poco para que te hagas cargo del cuerpo y te ocupes de eso, lo cual es bastante horrible», dijo la participante 1 sobre el forense, y añadió que la persona que llamó desde la oficina del forense era «muy fría. Sí. Y es obviamente un tema muy delicado y estás tan al principio del proceso de duelo que necesitas a alguien muy dulce y atento. Y eso es lo que pasa. Y no creo que ella lo fuera en absoluto».

Cambios introducidos por las personas participantes en las transcripciones

Como parte del procedimiento, las transcripciones completas se enviaron a las personas participantes para que hicieran los cambios que quisieran. De las diez personas participantes, tres devolvieron su transcripción con cambios. Las tres corrigieron la gramática de su transcripción para que fuera más clara de leer y añadieron precisiones en algunos pasajes para aclarar su mensaje. Una participante aclaró una afirmación y añadió que hablar abiertamente de su duelo había sido bueno para ella y para su recuperación, algo que se había perdido en la entrevista original, ya fuera por una mala conexión a internet o por la dificultad de expresarlo en ese momento dado el estrés de la entrevista. Otra participante modificó el lenguaje que había utilizado para hablar de su hermano y eliminó las palabrotas que había empleado inicialmente en la entrevista. Optó, sin embargo, por mantener esas mismas palabras cuando dirigía su ira hacia quienes, a su juicio, no comprendían su duelo.

Discusión

Este estudio pretendía comprender las experiencias de personas en duelo por el suicidio de un hermano o una hermana y el apoyo que les resultó útil en su recorrido. El análisis temático puso de manifiesto tres temas principales: (1) la comprensión compartida, (2) el espacio para el duelo y un tercer tema, las relaciones, subdividido a su vez en tres subtemas.

Cuando una persona sufre la pérdida de alguien a quien quiere, suele buscar apoyos sociales que le ayuden a afrontar la pérdida, y estos suelen proceder tanto de familiares como de amistades (Cacciatore et al., 2021). Sin embargo, las personas participantes describieron dificultades para hablar abiertamente de su duelo con amistades cercanas o familiares. Contaron que sus progenitores no podían ayudarles, o que sentían que sería injusto pedirles apoyo cuando también estaban en duelo; contaron también que les resultaba difícil abrirse a sus amistades por el estigma social asociado al suicidio. Señalaron que sentían que incomodaban a sus amistades, o que estas no sabrían cómo responder a su duelo; investigaciones anteriores han mostrado que se trata de un sentimiento frecuente entre las personas en duelo (Dyregrov & Dyregrov, 2008; Worden, 2018).

Así pues, la necesidad de otro tipo de apoyo social era evidente. Casi todas las personas participantes empezaron a buscar grupos de apoyo al duelo convencionales, o fueron contactadas por ellos. Por desgracia, encontraron que estos grupos abarcaban un ámbito demasiado amplio, y que el estigma presente en el apoyo de las amistades también se manifestaba en los grupos generales de apoyo al duelo. No es sorprendente: investigaciones anteriores han mostrado que las personas en duelo valoran mucho la idea de contar con personas que tengan «las mismas experiencias» que ellas (Dyregrov & Dyregrov, 2008; Dyregrov et al., 2014; Worden, 2018; Young et al., 2012). La experiencia de la fratría, sin embargo, lleva más lejos la idea de encontrar apoyo y consuelo en personas con las mismas experiencias, ya que estas personas afirmaron que preferirían con mucho un grupo compuesto exclusivamente por hermanos y hermanas en duelo por suicidio. Señalaron que, aunque los grupos de apoyo específicos para el duelo por suicidio eran útiles, solían centrarse en la experiencia de la pérdida vivida por madres y padres, en consolarles respecto a la vida del hijo o la hija fallecidos y en sus preguntas sobre si tenían la culpa. Las personas participantes contrastaban esto con el deseo de grupos de apoyo orientados al futuro, que abordaran la vida que continúa tras el suicidio de su hermano o hermana y cómo sería la vida sin esa persona. Señalaron también que, como su relación con su hermano o hermana era muy distinta de la que tenían sus progenitores con él o con ella, las conversaciones en los grupos de apoyo eran diferentes y les resultaban más cercanas cuando hablaban con otras personas de la fratría, lo que reforzaba aún más el sentimiento de experiencia y comprensión compartidas.

No debería sorprender, ya que la literatura sobre el duelo ha señalado de forma constante que cuanto más homogéneo es el grupo, más puede la persona en duelo normalizar su propia experiencia y sentirse más cómoda en su duelo (Dyregrov, 2002; Dyregrov et al., 2014; Jordan, 2001; Worden, 2018; Young et al., 2012). Por ello, crear grupos de apoyo específicos para la fratría en duelo por suicidio respondería mejor a las necesidades de estas personas, y debería ser una prioridad para los servicios de duelo que aún no los ofrecen.

Las personas participantes mencionaron de forma constante, de un modo u otro, la importancia de que las personas o las organizaciones fueran capaces de dar espacio a su duelo. Como se ha indicado más arriba, les resultaba difícil hablar con sus amistades y familiares debido al estigma social, real o percibido, asociado al suicidio de su hermano o hermana (Worden, 2018). Mientras que una avalancha inmediata de apoyo desde múltiples frentes puede resultar agotadora, las personas en duelo por suicidio tienden a encontrarse con lo contrario: amistades y familiares a quienes les cuesta hablar con ellas de la pérdida (Dyregrov & Dyregrov, 2008). Como consecuencia, a las personas participantes les resultaba más fácil retirarse de su vida social y aislarse en casa con su familia inmediata, que también sufría y no podía brindarles apoyo. Una implicación importante es que la fratría queda aún más alejada del poco apoyo al que podría acceder, con el riesgo de que su duelo se interiorice y quede desautorizado, lo que prolonga el proceso de duelo.

Otro aspecto que puede aumentar la probabilidad de que el duelo de la fratría quede desautorizado se produce cuando las amistades y familiares que sí se relacionan con estas personas no mencionan el suicidio ni cómo puede estar afectándoles la pérdida. Aunque no se trate de un intento explícito de amistades y familiares de desautorizar el duelo de la hermana o el hermano, puede llevar igualmente a interiorizar el estigma y la culpa asociados al suicidio, haciéndoles sentir que la muerte es tabú, algo de lo que no se habla o, en el peor de los casos, algo de lo que la familia, y por tanto también la hermana o el hermano, es en parte responsable (Wray, 2003).

Las personas participantes contaron que el trabajo había sido para ellas un refugio frente a la agitación que vivieron tras la muerte de su hermano o hermana. Explicaron que volver al trabajo daba estructura a sus días, mientras que aislarse en casa podía hacer que los días se fundieran en un único y continuo día de duelo. También constataron que tener algo en lo que concentrarse aparte de la pérdida les ayudaba con el desgaste psicológico del duelo. Esto contribuía a aliviar parte de la sensación de desautorización que vivían en sus otras redes de apoyo social, ya que el trabajo era flexible en sus exigencias y, al mismo tiempo, se interesaba constantemente por cómo se sentía la persona participante para asegurarse de que el trabajo no la desbordara. Así, las conversaciones abiertas, o mucho más abiertas y directas que las de amistades y familiares, ofrecían a las personas participantes la posibilidad de hablar con franqueza y de sentirse escuchadas y comprendidas. Esto concuerda con investigaciones anteriores que han mostrado que cualquier persona en duelo puede beneficiarse de la vuelta al trabajo, cuando el trabajo aporta estructura a su jornada y es a la vez flexible en sus exigencias (Dyregrov & Dyregrov, 2008). Sin embargo, es importante señalar que las personas participantes que encontraron un trabajo rígido y poco atento a su situación vivieron negativamente su regreso, lo que concuerda también con investigaciones anteriores en este ámbito (Dyregrov & Dyregrov, 2008). Por ello, es fundamental que los lugares de trabajo dispongan de protocolos de duelo, sobre todo para las personas en duelo por muertes traumáticas como el suicidio, a fin de facilitar un recorrido de duelo saludable.

Por último, no se puede subestimar la importancia de los servicios de salud mental más tradicionales, como la psicología, el counselling y la psiquiatría. Las personas participantes dijeron que con estos servicios profesionales de salud mental sentían que tenían la posibilidad de «descargar» sus pensamientos y sentimientos de un modo que no podían permitirse con otros apoyos sociales. Otra ventaja que señalaron es que estas personas expertas podían explicarles cómo la salud mental de su hermano o hermana podía haber influido en su decisión de suicidarse, o cómo su propio duelo podía estar afectándoles y qué podían hacer para sentirse mejor. Investigaciones anteriores han mostrado resultados similares con otras poblaciones, como madres y padres, para quienes el apoyo de un psicólogo o una psicóloga era el más deseado y, sin embargo, el que más a menudo faltaba (Dyregrov, 2002; Jordan, 2001). Como se ha expuesto en la introducción, las personas en duelo por suicidio pueden presentar una multitud de problemas de salud mental; una ventaja añadida de acudir a servicios profesionales puede ser que estos problemas se traten en una fase más temprana de lo que se haría de otro modo, lo que reduce el riesgo de complicaciones persistentes en su recorrido de duelo (Brent et al., 1993; Young et al., 2012). Como señalaron algunas personas participantes en sus entrevistas, no se dieron cuenta, varios años después, de que su duelo seguía afectándoles hasta que acudieron a servicios profesionales, lo que subraya la importancia de estos servicios a la hora de ofrecer un apoyo terapéutico tradicional, así como psicoeducación.

Pese a esta importancia, las personas participantes expresaron su frustración al intentar acceder a servicios profesionales a través de la sanidad pública, y señalaron que las largas esperas para ver a profesionales de la clínica hacían aún más difícil una experiencia ya de por sí dura. Quienes ya estaban en consulta psicológica por otros motivos encontraron más fácil obtener rápidamente un apoyo adecuado, mientras que a quienes no tenían seguimiento clínico les resultó más difícil. Simplificar el procedimiento de acceso a profesionales de la salud mental en los casos de duelo por el suicidio de un hermano o una hermana podría ayudar a la fratría a acceder a ellos en un plazo oportuno y adaptado a sus necesidades.

Un aspecto importante e inesperado que surgió en este estudio fue la forma en que la relación entre la persona participante y su hermano o hermana fallecidos influía en su recorrido de duelo. Las personas participantes que referían relaciones con poco o ningún conflicto parecían tener una visión más positiva de su duelo. En cambio, quienes referían una relación marcada por conflictos y dificultades parecían tener una visión más negativa de su duelo. Se trata de un factor importante que conviene tener presente en la clínica cuando se trabaja con la fratría en duelo por suicidio, ya que podría influir en su implicación con los servicios, así como en su propia salud mental tras la pérdida. Una investigación limitada ha mostrado que una terapia específica que explore la relación y cualquier conflicto inconsciente que esta conlleve podría ser beneficiosa para reducir la tensión y la culpa derivadas de la relación que puedan haberse adherido al duelo de la persona (Rubin, 1999; Worden, 2018). Para quienes tenían una relación con conflictos no resueltos, esto podría mejorar su recorrido de duelo y reducir las posibles complicaciones. Es un ámbito que debería explorarse más en futuros estudios, en los que una terapia breve centrada en la exploración de la relación con el hermano o la hermana fallecidos permita hacer aflorar la imagen interiorizada de esa persona, darle sentido y desactivarla. Es importante evaluar la viabilidad de este enfoque, ya que ningún conflicto en la relación puede resolverse fácilmente debido a la muerte y al trauma adicional asociado a ella.

Otro resultado en línea con investigaciones anteriores fue el cambio observado en la relación entre la fratría y sus progenitores. La literatura ha mostrado que en la adolescencia se produce cierta parentificación: cuando madres y padres no pueden afrontar la pérdida de su hijo o hija, el hermano o la hermana asume las tareas domésticas habituales, como cocinar y limpiar, así como tareas emocionalmente más difíciles, como organizar el funeral e identificar el cuerpo (Dyregrov & Dyregrov, 2005). El presente estudio constató que esta parentificación se extendía a hermanos y hermanas adultos, incluidos quienes vivían separados de sus progenitores durante la pérdida y después de ella. Muchas personas participantes explicaron que sentían que, aunque ellas habían perdido a su hermano o hermana, para sus progenitores perder a un hijo era peor, y que por ello les correspondía a ellas encargarse de las tareas relacionadas con la muerte, como identificar el cuerpo y organizar el funeral, así como informar a amistades y familiares de lo ocurrido. Un posible efecto secundario es la comprensión o creencia implícita de que su duelo no es tan importante como el de los demás, lo que podría conllevar un mayor riesgo de que su duelo quede desautorizado y se complique o, como mínimo, se retrase (Byng-Hall, 2008; Willis, 2022). Se trata, una vez más, de algo que los servicios deberían tener presente, sobre todo en el caso de las personas adultas más jóvenes, que potencialmente dependen más de sus progenitores o siguen viviendo en el hogar familiar, ya que la carga que soportan será considerablemente mayor que la de hijas e hijos adultos de más edad, que quizá dependan menos de sus progenitores o tengan más experiencia vital y mejores apoyos sociales que les ayuden.

Otra cuestión que hay que tener en cuenta es el papel que desempeñaron tanto la policía como la oficina del forense en el duelo de las personas participantes. Las personas participantes relataron que, cuando la policía trataba el suicidio como un homicidio, reforzaba aún más el estigma en torno al suicidio que ya existía para la mayoría de ellas. Además, interrogar a los miembros de la familia como si estuvieran bajo sospecha añadía una capa más de trauma a la pérdida. Un resultado similar se publicó en la investigación parlamentaria de 2010 sobre el suicidio en Australia, que afirmaba que las investigaciones policiales y forenses podían infligir un trauma adicional a las familias («CHAPTER 4», 2022). Las personas participantes que tuvieron un trato positivo con la policía señalaron que su apoyo inicial y la comunicación continuada durante la investigación les facilitaron las cosas, sobre todo cuando la policía llegaba al lugar con información sobre grupos de apoyo. Contaron también que el hecho de que la policía transmitiera sus datos a grupos de apoyo adaptados les daba un punto de contacto para cuando se sintieran preparadas para buscar apoyo, lo que simplificaba el proceso. Esto, junto con las conclusiones de la investigación parlamentaria, indica que una formación en sensibilidad para el personal policial y para el personal de la oficina del forense sería beneficiosa para las personas en duelo por suicidio. En especial para la fratría, que puede llegar a asumir la carga emocional de tratar con la policía y con la oficina del forense tras el suicidio de su hermano o hermana. Otra opción sería enviar profesionales del trabajo social u otras personas especialistas en salud mental junto con la policía a los lugares donde se ha producido un suicidio; así, habría personas más cualificadas presentes para ayudar a la familia en duelo, y también para orientar a la policía en su trato con la familia, lo que permitiría a la policía centrarse en la gestión del lugar.

Cabe señalar que varias personas participantes modificaron la transcripción de su entrevista, posiblemente para reforzar la importancia de ser abiertas y honestas al hablar de su duelo, algo con lo que, según describieron, les costaba lidiar con sus amistades y su familia extensa. También podría interpretarse como una forma de subrayar cuánto cambiaron sus vidas a raíz del suicidio y la importancia de sentirse apoyadas, bienvenidas y comprendidas al recurrir a los servicios de apoyo. Está bien documentado en la investigación que las personas que sobreviven al suicidio de un ser querido sientan ira hacia la víctima (Young et al., 2012). A veces se entiende como ira hacia la víctima por haberse quitado la vida y haberlas dejado atrás, o como una responsabilidad percibida en la muerte por no haber sido capaces de ayudarla (Young et al., 2012). Dado el estrés de la entrevista y la activación emocional que supuso realizarla, no es sorprendente que la participante utilizara un lenguaje mucho más airado del que habría utilizado en otras circunstancias. El cambio en la transcripción podría interpretarse entonces como un sentimiento de culpa por haber sentido ira hacia su hermano por su suicidio, pero, cuando tuvo la oportunidad, retiró esa ira.

Uno de los puntos fuertes clave de este estudio fue la posibilidad de obtener una información tan rica de las personas participantes, lo que nos permitió comprender mejor las experiencias de la fratría en duelo por suicidio y sus necesidades en una amplia variedad de ámbitos. Sin embargo, una limitación evidente fue que la muestra estaba formada por personas que ya formaban parte de grupos de apoyo, o al menos de la red, de modo que no se incluyeron las voces de quienes no tienen vínculo con grupos de apoyo. En el presente estudio, las mujeres eran más numerosas que los hombres, por lo que los resultados presentados podrían no ser representativos de las necesidades de los hermanos varones en duelo por suicidio. Podría argumentarse que, pese a estas limitaciones, esta muestra es representativa de las personas que probablemente se beneficiarían de cualquier cambio en los grupos de apoyo, o de otros cambios en los servicios dirigidos a la fratría en duelo por suicidio. En cualquier caso, la investigación futura debería ampliar este trabajo estudiando las necesidades de quienes están fuera de las redes de apoyo; podría centrarse en los hermanos varones en duelo por suicidio, para comprender si existen diferencias de género en las necesidades, y explorar también las necesidades de las personas que viven en zonas regionales y de la población aborigen australiana, dos grupos sobrerrepresentados en los suicidios en Australia.

Complexe Systémique: puntos clave

Esta pequeña muestra cualitativa pone palabras a un lugar de la familia en duelo que a menudo pasa desapercibido: el de la hermana o el hermano que sobrevive. Tres enseñanzas atañen directamente a la práctica sistémica. En primer lugar, la parentificación no afecta solo a niñas y niños: personas adultas eligen el ataúd, identifican el cuerpo y protegen a sus progenitores a costa de su propio duelo, que se retrasa o queda desautorizado. En segundo lugar, la calidad de la relación fraterna antes de la muerte moldea el duelo: donde había conflicto, la ira y la vergüenza complican el duelo, lo que aboga por un espacio en el que explorar esa relación ambivalente. En tercer lugar, las instituciones forman parte del sistema: una investigación que trata a la familia como sospechosa agrava el estigma, mientras que un agente de policía atento puede abrir la puerta a un grupo de pares. El estudio sigue siendo limitado: diez personas, casi todas mujeres, ya vinculadas a grupos de apoyo. Para leer junto con el artículo sobre las familias que pierden a uno de sus miembros por suicidio y el artículo sobre las prácticas familiares en el duelo fraterno.

Notas del original

La autoría declaró no tener ningún posible conflicto de intereses en relación con la investigación, la autoría y/o la publicación de este artículo.

Financiación: La autoría no recibió ningún apoyo económico para la investigación, la autoría y/o la publicación de este artículo.

Agradecimientos. Damos las gracias a las personas participantes en el estudio, que compartieron historias difíciles con la esperanza de que quienes tengan la desgracia de perder a un hermano o una hermana por suicidio puedan vivir una experiencia mejor que la suya.

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Traducción no oficial de Support After Suicide: A Thematic Analysis of Siblings’ Experience, de Paul Blaze y Rachel M. Roberts, OMEGA - Journal of Death and Dying, vol. 92, n.o 3, p. 1105-1123 (2026), doi: 10.1177/00302228231195922, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

Esta es una traducción del artículo original «Support After Suicide: A Thematic Analysis of Siblings’ Experience», publicado en OMEGA - Journal of Death and Dying (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.

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Cómo citar este artículo

Blaze, P., y Roberts, R. M. (2026). Support After Suicide: A Thematic Analysis of Siblings’ Experience. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/support-after-suicide-a-thematic-analysis-of-siblings-experience (Obra original publicada en 2023 en OMEGA - Journal of Death and Dying, 92(3), 1105-1123 (2026); republicada en 2026 por OMEGA - Journal of Death and Dying, https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/00302228231195922)

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