Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Journal of Solution Focused Practices · Ensayo
Cinco profesionales del enfoque centrado en soluciones —en Estados Unidos, Escocia, Bélgica, Ghana y Suecia— se reunieron en línea durante el otoño de 2020 para pensar qué podía aportar la práctica centrada en soluciones al trabajo antirracista. Una pregunta volvía una y otra vez: ¿qué ocurre con una conversación con alguien con quien no estamos de acuerdo, cuando el desacuerdo nos importa? No con una persona consultante, con quien el rol profesional concede indulgencia, sino con una pareja, una madre o un padre, una amistad. Este artículo recoge lo que descubrieron que podían llevarse a casa desde su propia práctica —la aceptación radical, la humildad cultural, las mejores esperanzas, los cumplidos, las propias palabras de la otra persona— y algo que defienden frente a la exigencia de compostura: una chispa de ira.
Traducción no oficial al español de Co-Creating Solution-Focused Conversations in Disagreement, de Marcella D. Stark, Rayya Ghul, Marjan Gryson, Brian Jennings y Jonas Wells, publicado en Journal of Solution Focused Practices (2021), doi: 10.59874/001c.75042, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Los títulos de sección son los de la autoría; se ha añadido un título, «Introducción», a su apartado inicial, que no lo tenía; los datos de contacto que cierran el artículo se han reunido en un recuadro, y se han añadido enlaces internos a artículos relacionados de este sitio. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Esa es una manera de verlo, y también hay otra manera de verlo.
Insoo Kim Berg
Durante el otoño de 2020, un grupo de profesionales del enfoque centrado en soluciones (SF, por sus siglas en inglés) de distintas partes del mundo se reunió virtualmente durante dos meses para debatir las posibilidades de aplicar la práctica centrada en soluciones al trabajo antirracista. Reunimos artículos, entradas de blog, pódcasts y otros materiales relacionados con el racismo en contextos terapéuticos, testimonios en primera persona e investigaciones teóricas. Nuestro trabajo con estos recursos sirvió de base para nuestras conversaciones, tanto para elevar nuestra propia conciencia como para mejorar nuestra práctica profesional.
Un tema que parecía surgir con regularidad eran las conversaciones con personas con quienes no estamos de acuerdo, sobre todo cuando tenemos una implicación emocional en el tema o la causa. Hablar de raza y de privilegio blanco había dado lugar, según nuestra experiencia, a conversaciones con familiares, amistades y colegas que a veces se habían vuelto desagradablemente personales, acaloradas o algo peor, y que en ocasiones habían dañado las relaciones. Parecía que, en el caso de todas las personas del grupo, nuestra apasionada convicción de que el racismo debe desmantelarse para crear un mundo más justo y pacífico contrastaba fuertemente con las consecuencias de la manera en que expresábamos esa convicción.
En respuesta a una pregunta formulada en una entrevista de 1959 sobre qué consejo daría a las generaciones futuras, el filósofo británico Bertrand Russell declaró:
«En este mundo, cada vez más estrechamente interconectado, tenemos que aprender a tolerarnos unos a otros, tenemos que aprender a soportar el hecho de que algunas personas digan cosas que no nos gustan. Solo así podemos vivir juntos. Pero si hemos de vivir juntos, y no morir juntos, debemos aprender una especie de caridad y una especie de tolerancia, que es absolutamente vital para la continuidad de la vida humana en este planeta» (Metzger, 2015, 1:25).
Las palabras de Russell son, a nuestro juicio, aún más pertinentes hoy para los seres humanos en comunidad. A medida que un número creciente de personas participa en el debate público, el mundo parece polarizarse cada vez más. Esta polarización se aprecia especialmente en las redes sociales, donde la expresión de opiniones ferozmente enfrentadas puede adoptar la forma de ataques personales que demonizan al adversario. Sostener una determinada opinión ya no es simplemente adoptar una posición en una discusión, sino que a menudo puede vivirse como la expresión de la esencia misma del propio ser. El rechazo de esa opinión se ha convertido en un pretexto para rechazar a la persona entera. Así ocurrió, por ejemplo, durante las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 y 2020 y a lo largo de todo el mandato de Trump, cuando hubo familias que quedaron «destrozadas» por lealtades políticas enfrentadas (Tavernise, 2020). En el Reino Unido se informó de rupturas similares en torno al «Brexit», la salida del Reino Unido de la Unión Europea (The Guardian, 2016).
Quienes practicamos el enfoque centrado en soluciones somos tan susceptibles como cualquiera a estos comportamientos en estos tiempos de conflicto y, aunque podamos creer que actuamos con buena intención y que nuestras respectivas posiciones están justificadas, a veces no damos en el blanco. Es más fácil mantenerse neutral en un contexto profesional con consultantes, incluso con quienes no están de acuerdo con nosotros, que con nuestra propia familia y nuestros contactos personales. Por mucho que en la práctica SF intentemos minimizar la jerarquía, existe un diferencial de poder cuando alguien solicita nuestra ayuda, y nuestro rol profesional nos permite mostrar indulgencia en esos casos. Adoptamos una mentalidad en la que la persona consultante es la experta, en la convicción de que está aplicando las mejores soluciones y recursos posibles, y procuramos cooperar, no confrontar. Respondemos con curiosidad y respeto, transmitiendo confianza en la otra persona y aplicando con frecuencia preguntas que muchas personas reconocen como centradas en soluciones. Sin embargo, cuando una discusión se acalora con personas cercanas (que NO necesariamente buscan ayuda), recordar estas cualidades SF y ponerlas en práctica resulta más difícil. A efectos de este artículo, limitamos nuestro análisis del desacuerdo a las conversaciones divisivas que se producen en el contexto personal.
Le invitamos a reflexionar sobre esto en su propia vida. ¿Recuerda alguna ocasión en la que, al enfrentarse a un desacuerdo, el resultado no fue el deseado? ¿Le quedó la sensación persistente de que «tener razón» era una victoria vacía en comparación con la relación dañada que dejó a su paso? Estas son preguntas que nos planteamos en nuestro grupo. Una de nosotras preguntó: «¿Cómo puedo imaginar un mundo sin racismo, pero en el que todavía pueda indignarme por el racismo?». Aceptamos que el mundo cambia constantemente, y debemos ser capaces de reconocer la forma del odio incluso cuando nos esforzamos por construir una comunidad de amor.
Este artículo explora cómo podría utilizarse la conversación centrada en soluciones cuando las personas no están de acuerdo, especialmente cuando están en juego opiniones defendidas con pasión. En su entrevista con Kirsten Dierolf (2021), Loretta Ross sugiere que es necesaria una autoevaluación antes de emprender conversaciones difíciles. Si la ira nos impide ser amables, es mejor retirarse y volver más tarde. Recomienda «practicar alguna forma de autoconciencia y de responsabilidad por las consecuencias de nuestros actos, para que podamos construir con éxito un movimiento de derechos humanos, tratando nuestras diferencias como fortalezas y no como lastres». Plantear las conversaciones difíciles como parte del trabajo en derechos humanos sitúa al enfoque SF (en cuanto práctica basada en la conversación) como posible contribución al florecimiento humano, a la vez que advierte contra la autocomplacencia: el modelo puede ser neutral, pero los seres humanos rara vez lo son. Por eso abordamos el desarrollo de nuestra propia conciencia del racismo, de los privilegios y del sentimiento de tener derecho a ellos como una forma de rendirnos cuentas y de prepararnos para entablar este tipo de conversaciones constructivas.
Las conversaciones difíciles suelen surgir de forma espontánea y pueden tomarnos por sorpresa. Puede ser útil tener a mano algunas frases, como «Mmm. Tendré que pensarlo» o «Yo lo veo de otra manera». Darnos tiempo para controlar nuestras emociones y adoptar una mentalidad SF puede evitar que reaccionemos emocionalmente de manera poco útil. La práctica centrada en soluciones tiende a producir un cambio en la manera en que miramos a los demás, no solo en los contextos profesionales, sino también en los personales. A través de nuestra práctica cotidiana, llegamos a ver a las demás personas como (aún) más capaces, con más recursos y más cooperativas: un cambio interior que conduce a nuevos cambios en nuestras vidas. Estamos explorando cómo el pensamiento SF puede influir en la vida de un modo que transforme nuestras maneras de ser fuera de los espacios profesionales. Es algo parecido a lo que hace Ghul (2015) cuando, en «The Power of The Next Step», explora una vida centrada en soluciones, o a lo que hacen Tara Gretton y Elfie Czerny al explorar una crianza centrada en soluciones (próximo curso The Blossoming Family, que comienza en 2021).
Del mismo modo, reflexionar en grupo sobre nuestra propia relación con el racismo produjo un cambio profundo en nuestra experiencia subjetiva. Advertimos más calma, más humildad y más disposición a escuchar en lugar de discutir. Era como si la comprensión de la complejidad de las cuestiones alimentara una mayor compasión ante lo difícil que es en realidad el trabajo de desmantelar el racismo en nuestro interior, y volviera menos imperioso luchar. La escucha pasó a ser mutuamente auténtica y menos performativa o forzada.
Le invitamos cordialmente a imaginar con nosotros conversaciones en desacuerdo en las que podamos apoyarnos en nuestra práctica SF y en otros saberes, dando lo mejor de nosotros en esos momentos sin dejar de ser fieles a nuestras convicciones. Examinamos los presupuestos, las posturas y las prácticas del enfoque centrado en soluciones y cómo podrían utilizarse para mejorar la calidad de las conversaciones en torno a los desacuerdos. También aportamos algunas de las ideas y prácticas complementarias desarrolladas en nuestro grupo Dismantling Racism. Presentamos una amalgama de nuestras reflexiones, pero esperamos que usted construya sobre este ejercicio de imaginación y lo mejore.
Steve de Shazer introdujo el concepto de aceptación radical como una postura útil para la práctica SF (de Shazer, 1997), subrayando la importancia de aceptar todas las expresiones y respuestas de la persona consultante. La experiencia de de Shazer en el contexto terapéutico demostró que rechazar la respuesta de la persona consultante entorpece el propio proceso conversacional. Sugería que, aunque no es fácil renunciar a emitir juicios, con autodisciplina y una buena dosis de escucha atenta, quienes practican la terapia pueden descubrir que «los clientes son más razonables de lo que esperamos» (de Shazer, 1997, p. 378). Del mismo modo, proponemos asumir hasta qué punto puede ser radical la «aceptación radical», no solo en el contexto terapéutico, sino también en nuestra vida personal.
Los supuestos SF comúnmente compartidos que amplían la aceptación, como «las personas están aplicando las mejores soluciones y recursos posibles», conducen a una postura de curiosidad y respeto. Lo reconocemos en las preguntas SF que formulamos a menudo, que exploran cómo imagina la otra persona su futuro o resultado preferido para obtener una descripción rica de las diferencias perceptibles. Se nos anima a no juzgar estas descripciones y a resistirnos a imponer nuestras propias ideas sobre lo que es realista, posible o deseable. Si advertimos en nosotros pensamientos críticos, los dejamos de lado: no utilizamos nuestras preocupaciones como punto de partida de la conversación. Como en la antropología, damos por sentado que el otro es extraño y tratamos incluso lo familiar como exótico (Agar, 1996). En nuestro rol profesional, queremos saber qué aspecto tienen «feliz», «con confianza» o «a salvo» para las personas consultantes, en su mundo. Sin embargo, fuera del espacio de la conversación profesional, quizá veamos a los demás como parte de nuestro mundo; un mundo al que estamos muy apegados y al que queremos dar la forma que, a nuestro juicio, debería tener. Nuestro apego a nuestro(s) propio(s) futuro(s) preferido(s) puede cegarnos ante lo que sabemos que es cierto en nuestro trabajo SF: que cada persona tiene una experiencia vital única y trata de vivirla lo mejor que puede. Cuando interactuamos de un modo que pone de relieve esperanzas, fortalezas y recursos, las personas florecen.
Desarrollar la humildad cultural también podría ayudarnos a ampliar la aceptación radical. La humildad cultural (Hook et al., 2013) describe una postura basada en la humildad para trabajar con personas consultantes de orígenes culturales distintos del nuestro. Esta forma de humildad implica adoptar «una postura interpersonal orientada hacia el otro y no centrada en uno mismo, caracterizada por el respeto y la ausencia de superioridad hacia el origen y la experiencia culturales de la persona» (Hook et al., p. 1). La humildad cultural se caracteriza por una postura abierta a la otra persona, en particular en relación con los aspectos de la identidad cultural que más le importan. Hook et al. analizaron la necesidad de comprender la intersección única de los diversos aspectos identitarios de la persona consultante y cómo esta afecta a la alianza terapéutica. Ya puede empezar a verse la pertinencia de esta postura en el contexto personal, donde, como hemos expuesto más arriba, adoptaríamos posturas de aceptación radical, humildad cultural, curiosidad por el otro y apertura al aprendizaje. Nuestras convicciones apasionadas, políticas o de otro tipo, suelen ser aspectos fuertes de nuestra identidad y están estrechamente vinculadas a grupos y prácticas culturales. Formar parte de un grupo activista, militar en un partido político o simplemente adoptar actitudes y creencias dentro de una familia o de un grupo de amistades son otras tantas maneras de identificarnos con roles culturales y de desempeñarlos. Por eso, la idea de comprender las intersecciones entre la cultura y la identidad cultural del otro y las nuestras añade otra dimensión útil para ayudarnos a sortear estas conversaciones más espinosas.
Para favorecer el desarrollo de la humildad cultural, creemos que quienes somos personas blancas o «que pasan por blancas» debemos emprender una autorreflexión crítica sobre nuestras propias percepciones, ideas erróneas y conductas individuales, profundamente arraigadas, que contribuyen al racismo y a la discriminación que siguen sufriendo las personas negras y otros grupos étnicos minoritarios (Saad, 2020). En nuestro grupo de debate observamos que, al pensar, hablar y reflexionar en común sobre experiencias reales de discriminación, opresión y abandono, nuestras maneras de ser habían cambiado de forma leve, pero significativa. Los cambios en nuestra manera de invitar a los demás a la conversación o de sostener el espacio para ella han permitido debates más respetuosos. Esto ha sido especialmente cierto cuando el choque de creencias y perspectivas se producía con las personas más cercanas. Estamos descubriendo que el proceso mejora de hecho nuestra capacidad de reconocer, aceptar e invitar a otras personas a estar también en un espacio lo bastante valiente y seguro para lo que podrían ser conversaciones difíciles.
Reflexionar sobre lo que podría significar ser humano y sobre las diversas maneras imaginables de estar en el mundo parece ayudarnos a adaptarnos mejor a nuestro interlocutor o interlocutora. Las conversaciones pueden ser más serenas, y ambas partes más receptivas, gracias a nuestro propio trabajo interior. Al ofrecernos compasión a nosotros mismos, la compasión puede encontrarse con más facilidad en los espacios que ofrecemos a los demás. Las conversaciones son complejas y llenas de matices; los intentos de controlarlas fingiendo que escuchamos (o que nos interesa, o que mostramos apertura) rara vez dan resultado. Para que la autenticidad se perciba, tiene que estar necesariamente encarnada. Los supuestos que valoramos como profesionales SF quedan incorporados al diálogo, no solo como lenguaje hablado, sino también como sentimiento, atmósfera e instinto, ofrecidos y co-construidos minuciosa y momentáneamente con nuestras personas consultantes o con nuestros familiares y otras personas significativas.
La práctica centrada en soluciones se caracteriza por una forma de implicación que desplaza el foco del análisis del problema hacia una exploración detallada de los resultados deseados. El análisis del problema no siempre es útil para las situaciones humanas, porque las herramientas de resolución de problemas son limitadas: hay que encontrar algo roto que reparar («arreglar»), algún déficit que corregir («añadir») o un obstáculo que eliminar («quitar»). Además, para resolver problemas necesitamos una idea de cuál sería el estado perfecto del objeto o del proceso: la lavadora que funciona bien, por ejemplo. La resolución de problemas funciona bien incluso para problemas complicados, como averiguar qué ha provocado el fallo de un avión, porque mediante un análisis detallado sigue siendo posible encontrar algo que arreglar, añadir o quitar. Sin embargo, rara vez es eficaz en situaciones complejas, que son dinámicas, impredecibles y dependientes de otros factores (por ejemplo, todas las características de las personas en sus contextos, lo que también se conoce como «la vida cotidiana»).
En las conversaciones difíciles, una mentalidad de resolución de problemas buscará cosas que arreglar, añadir o quitar. Hay varias opciones en las que centrarse. En primer lugar, cabe concentrarse en la otra persona, a la que se puede considerar «difícil», «racista», «woke», «ingenua» o «estúpida». En segundo lugar, cabe insistir en las actitudes o creencias de la persona, que podrían percibirse, por ejemplo, como equivocadas, ilógicas, sesgadas o poco éticas. En tercer lugar, la atención puede dirigirse a la conducta de la otra persona, que podría verse como agresiva, grosera o condescendiente, etc. Si pensamos en el tipo de cosas que pueden decirse en una discusión, no es difícil ver cómo se utilizan las tres herramientas de resolución de problemas. Por ejemplo:
«Tienes que empezar a desarrollar algo de compasión»
«Deberías dejar de ver el canal XXX News, todo son noticias falsas»
«Necesitas un curso de pensamiento lógico, lo que has dicho no tiene sentido»
En la práctica SF sabemos que dedicar tiempo a la resolución o al análisis de problemas tiende a limitar la conversación a los parámetros del problema, a la vez que lo refuerza. La investigación ha mostrado que puede aumentar los sentimientos negativos y contribuye poco a generar esperanza o autoeficacia (Grant, 2014), y por eso este tipo de conversaciones puede dejar a todo el mundo frustrado, agotado y disgustado. Se produce una disonancia entre defender una creencia profundamente arraigada y cuidar la relación.
Adoptar una postura SF podría ofrecer una salida a esta espiral descendente, desplazando pronto la conversación hacia la mejor esperanza de cada cual para la conversación. Al centrarse en un futuro preferido, resulta más fácil colaborar. Este futuro preferido podría situarse en el nivel macro (por ejemplo, relacionado con el estado del mundo) o en el nivel micro (es decir, lo que se espera conseguir en la conversación). En las conversaciones no profesionales, introducir una pregunta de «mejores esperanzas» puede requerir una formulación y un tono más naturales, como: «De verdad que no quiero acabar peleándome contigo por esto. Así que, a pesar de nuestras diferencias, ¿cómo sabríamos que hemos llegado a un buen punto?». En ocasiones puede ser necesario poner límites y dejar claros los límites de lo negociable. Por ejemplo, quizá pueda hablar del racismo en el sistema penal, pero no de si un agente de policía asesinó a George Floyd. Tiene derecho a dejar claro lo que quiere y lo que no quiere discutir, transigir o negociar. A veces puede hacerlo de manera clara pero cálida; otras veces hace falta un tono más firme.
Una manera de abordar estas conversaciones con una mentalidad centrada en los resultados podría ser pensar en la relación subyacente entre las dos partes: ¿qué significado, beneficios y valor tiene para usted (para ambas partes)? Pensar en el resultado que desea para la continuidad de la relación podría ayudar a gestionar algunos de los aspectos más delicados de las conversaciones difíciles, como compartir pausas o silencios, escuchar con respeto y elegir bien las batallas (qué discutir y qué dejar pasar). El resultado deseado menos útil sería probablemente aquel en el que se quiere que la otra persona cambie y, sin embargo, si somos honestos con nosotros mismos, es probablemente la manera más común de entrar en estas conversaciones. En lugar de adoptar una postura de curiosidad y de no saber, en nuestra vida personal podemos comportarnos de maneras que no se ajustan a la práctica SF. En esos casos, puede ser necesario aceptar los límites de lo que podemos hacer y co-construir un resultado suficientemente bueno para la conversación. Por ejemplo, puede ser útil reducir las expectativas a comprender y respetar la perspectiva de la otra persona.
Una vez acordados los parámetros de la conversación, puede ser útil preguntar por el futuro preferido de la persona en un plano más amplio. En una conversación política, una de nosotras preguntó a su pareja: «Sé quién quieres que gane las elecciones, pero, gane quien gane, ¿cómo quieres que sea el futuro?». En este caso, su pareja respondió diciendo quién ganaría una parte concreta de las elecciones (qué partido controlaría el Senado de Estados Unidos, en lugar de la presidencia). En nuestra experiencia profesional colectiva, observamos que las personas consultantes no siempre dan una respuesta clara a una pregunta sobre el resultado que esperan, al menos no en el sentido que pretendemos. En lugar de responder qué quieren obtener del trabajo, responden cómo creen que debería desarrollarse. Sabiéndolo, la autora insistió preguntando a su pareja qué esperaba que ocurriera en el país como consecuencia. Formular preguntas como «¿En qué sería útil eso?» y «¿Qué diferencia podría suponer?» le permitió descubrir más puntos de acuerdo con su pareja. A medida que avanzaba la conversación, ambos se dieron cuenta de que compartían un futuro preferido en el que las personas se llevan bien y se cuidan unas a otras porque así lo eligen, y no porque se las obligue. Estos valores compartidos eran más importantes que las diferencias de afiliación política.
En su libro «I think you’re wrong (but I’m listening): A guide to grace-filled political conversations», Holland y Silvers (2019) plantean una serie de retos para ayudar a quien lee a relacionarse con quienes no están de acuerdo. Uno de esos retos consiste en hacer un cumplido al otro bando. De hecho, las autoras se esfuerzan por hacerlo con regularidad en su pódcast. Aunque el propósito, los métodos y la frecuencia de los cumplidos en la SFBT puedan diferir (McKergow, 2020), la mayoría de quienes practican el enfoque SF utilizan alguna forma de cumplido cuando buscan fortalezas y recursos que puedan ampliarse. Sin embargo, puede que esta práctica nos resulte más difícil en situaciones personales que implican un desacuerdo cargado de emoción. Quizá ponernos en el lugar de quien se está formando en SF pueda ayudarnos a aplicar estas habilidades a nuestra vida personal. En el ejercicio de formación de Rayya Ghul «Moan, moan, moan» (véase Nelson, 2005), una persona de la pareja de trabajo se queja a fondo de un problema, entrando en todo detalle durante tres minutos. La otra persona se limita a escuchar las quejas sin interrumpir y, después, ofrece cumplidos basados en lo que ha oído. Por ejemplo, tras escuchar a alguien quejarse de quienes conducen sin respeto, a demasiada velocidad y saltándose las señales de stop, la compañera o el compañero de ejercicio puede señalar que se trata de una persona que valora la seguridad de los demás. Quienes participan observan que, en el ejercicio, este proceso hace aflorar muy rápidamente los valores y principios firmemente arraigados de la otra persona. Cuando nos encontramos en desacuerdo con alguien, descubrir el valor o el principio que subyace a su posición facilita una mayor comprensión.
Se ha escrito mucho sobre el arte de hacer cumplidos. Thomas (2016) describe tres tipos: los cumplidos directos (como se ilustra en el ejercicio «moan, moan, moan» antes mencionado), los cumplidos indirectos (preguntas que exploran implicaciones favorables sobre la persona) y los autocumplidos (los que piden a la persona que responda a una pregunta que implica explicar sus propios logros). Cuando los desacuerdos se cargan de emoción, puede resultar difícil encontrar algo positivo que elogiar directamente y, en algunos casos, cualquier intento podría recibirse como insincero. Cuando ya cuesta simplemente mantener la curiosidad, los cumplidos indirectos y los autocumplidos pueden resultar más útiles, porque se apoyan en las palabras y la perspectiva de la persona.
Los cumplidos indirectos suelen recurrir a preguntas relacionales (De Jong & Berg, 2013) para animar a la persona a reflexionar sobre la mirada valorizadora de alguien a quien respeta y aprecia (por ejemplo, ¿qué diría su hijo de usted?). En 2016, en un debate entre los adversarios políticos estadounidenses Donald Trump y Hillary Clinton, se preguntó a quienes se disputaban la presidencia si podían decir algo amable de su adversario. Fue una pregunta que desconcertó a los rivales. Clinton respondió que consideraba a los hijos de Trump competentes y entregados, lo que, a su juicio, decía mucho a favor de él. Aunque el contexto era distinto (los debates pretenden mostrar el contraste, más que el acuerdo, entre dos perspectivas), podríamos utilizar esta misma estrategia para obtener una nueva perspectiva de la persona con la que estamos hablando. Saber qué bondad ven en ella sus seres queridos puede ayudarnos a encontrar también esa bondad. Por otra parte, las preguntas de autocumplido, como «¿Cómo supo que había que hacer X?» y «¿Qué dice de usted el hecho de ser el tipo de persona que…?», permiten a la persona completar el espacio en blanco y le proporcionan información sobre lo que valora. Por ejemplo, preguntar «¿Cómo supo que su candidato político preferido era la elección acertada?» puede permitirle validar la toma de decisiones de la persona y descubrir a la vez sus prioridades a la hora de elegir candidatura. Conocer estas prioridades y cualidades desde una postura auténticamente curiosa (y no con un tono sarcástico) puede aportar información útil para encontrar un terreno común.
En una conversación en desacuerdo, podemos utilizar nuestro lenguaje como catalizador de una comprensión esperanzadora y mutua, o como un arma hiriente y destructiva. El desacuerdo agudiza todos nuestros sentidos, de modo que cada palabra puede marcar la diferencia; cada palabra puede percibirse con el doble de intensidad que en otras conversaciones. Esto significa que deberíamos ser sumamente conscientes de nuestro propio lenguaje en estas interacciones. Los desacuerdos de los que trata este artículo suelen tener su raíz en reacciones semánticas. En lugar de comprender las definiciones objetivas de las palabras utilizadas, evaluamos automáticamente y respondemos en un plano emocional al significado idiosincrásico que hemos asociado a esas palabras. Por eso, presentar argumentos racionales, fácticos o académicos rara vez influye en los desacuerdos. Nuestros sentidos agudizados harán que seamos ya sumamente conscientes del lenguaje que utiliza la otra parte. Afinar esa sensibilidad aguzada para poder advertir algunos mensajes positivos, quizá sorprendentes, es una actividad útil.
En el modelo SF de Brujas (Isebaert, 2017), el lenguaje es la realidad. Las conversaciones logradas se definen por el habla de soluciones, y las preguntas se consideran el camino más corto hacia las soluciones de la persona consultante. Las cosas o las cuestiones no tienen un significado inherente; adquieren un significado a través de nuestro lenguaje. Ponerse conscientemente una lente positiva al pensar en los demás y al escucharlos tiene muchas ventajas: resulta más cómodo, se alinea con los recursos, los problemas y los síntomas se convierten en «las mejores soluciones por ahora», y reduce la culpa. Es esperanzador y alentador, e implica responsabilidad y confianza.
Cuando entramos en conversaciones difíciles o en desacuerdo, podría ser aún más crucial hacerlo con una lente positiva que nos anime a mirar a la otra persona, nuestra relación y nuestra conversación de la manera más luminosa y esperanzadora posible. Cuando esta lente resulta demasiado difícil de encontrar dentro de la cuestión que nos enfrenta, deberíamos buscarla con el doble de empeño en otros ámbitos antes de entrar en la conversación. La lente no solo tendrá un efecto en nuestra propia mente (por ejemplo, permitiéndonos entrar con los brazos abiertos y escuchar lo que diga la otra persona con la expectativa de que dirá algo interesante, inspirador o sorprendente), sino que también se reflejará en nuestras palabras, nuestros gestos y nuestras expresiones faciales. Así puede influir en la seguridad y en las oportunidades dentro del espacio de sus conversaciones. Pensar «Voy a tener la oportunidad de conocer un mundo del que no tengo ni idea» le orientará de un modo completamente distinto que pensar «Voy a meterme en un debate con un extremista tan tonto que se ha dejado lavar el cerebro por los políticos».
La lente positiva de la que hemos hablado no equivale a mirar únicamente lo positivo. Un antiguo capellán militar sostenía que las personas que cuentan las mismas historias tristes una y otra vez son personas que nunca se han sentido plenamente escuchadas (Manning, 2011). Probablemente ocurra lo mismo con quienes repiten una y otra vez los mismos argumentos. Entonces, ¿cómo ayudar a las personas a sentirse plenamente escuchadas? La primera vía es evidente: escuchar plenamente. Esto significa escuchar por completo, en lugar de escuchar a medias mientras se preparan contraargumentos mentalmente. Un ejercicio de escucha que suelen prescribir en terapia de pareja consiste en que la persona n.º 2 escuche a la persona n.º 1 sin interrumpir y luego le repita lo que ha oído, hasta que la persona n.º 1 quede satisfecha, antes de seguir adelante. Esto suele exigir varios intentos de parafrasear lo dicho. En el trabajo SF animamos simplemente a usar las propias palabras de la otra persona, lo que parece ayudar a que se sienta escuchada (y validada). Cuando Nelson Mandela luchaba contra el apartheid desde su celda, escribió: «Porque cuando hablas una lengua, el inglés, mucha gente te entiende, incluidos los afrikáneres, pero cuando hablas afrikáans, sabes que llegas directamente a su corazón» (Mandela, p. 144). Mandela conocía el efecto de hablar la lengua de su adversario. Hacerlo valida sus preocupaciones con más fuerza que cualquier reencuadre que pudiéramos utilizar para hacer sus palabras más aceptables para nosotros.
Muchas personas que practican el enfoque SF dirían que uno de sus principios es «descubrir lo que funciona y hacer más de ello». Resulta, por tanto, irónico que en nuestras conversaciones personales con quienes no estamos de acuerdo parezcamos persistir en líneas de acción que se revelan ineficaces o empeoran las cosas. Hemos presentado algunas maneras en las que adoptar una postura SF en estas conversaciones podría darnos más oportunidades de encontrar «lo que funciona», sobre todo si hemos ganado claridad sobre la dirección de la conversación. Podemos entonces utilizar nuestra autoconciencia para centrarnos en maneras de presentar y de cuestionar ideas que tengan más probabilidades de producir conversaciones en las que podamos discrepar con más respeto y con amor. Por ejemplo, una de nosotras observó que es más capaz de discrepar con amor cuando recuerda el carácter y las experiencias vitales de su pareja. Uno de sus desacuerdos con su pareja giraba en torno a la existencia de la «cultura de la violación», es decir, la idea de que algunos grupos minimizan la frecuencia de las agresiones sexuales y defienden a los hombres que las cometen; su pareja no aceptaba que nadie minimice o defienda el delito de violación. Al recordarse que su pareja es un hombre íntegro al que jamás se le ocurriría hacer daño a una mujer, y además una persona introvertida que rara vez trata en un plano personal con mujeres ajenas a la familia, pudo comprender por qué él ve la cuestión de manera diferente que una consejera que ha estado en contacto en numerosas ocasiones con supervivientes de agresiones. Aunque siguen sin estar de acuerdo, recordar estas cosas les ayuda a preservar la relación en todo tipo de disputas.
Hasta aquí hemos expuesto maneras de utilizar el enfoque SF y las ideas y prácticas asociadas para que las conversaciones en desacuerdo sean más respetuosas, más productivas y menos destructivas. Reconocemos, sin embargo, que a veces puede ser necesario tomar posición. Decidir si tomar posición o no es una elección personal, y saber cuándo hacerlo dependerá de la sabiduría y de la experiencia. Tras el asesinato de George Floyd en 2020 y la indignación pública que siguió, muchas asociaciones y organizaciones SF publicaron declaraciones de condena del trato que recibió, en solidaridad con la comunidad negra. Lo importante es por qué, cómo y cuándo se toma posición. Si decide tomar posición, le sugerimos: a) que lo haga por una elección consciente, sabiendo muy bien por qué lo elige; b) que lo haga con respeto, y c) que tenga en cuenta el momento y la oportunidad. Conviene tener en cuenta la relación, el contexto de la conversación y el tiempo del que dispone para gestionar las consecuencias de su postura.
Loretta Ross distingue entre calling out (denunciar públicamente) y calling in (interpelar en privado) cuando tomamos posición (Dierolf, 2021). Sugiere que denunciar públicamente a alguien cuando se comete una ofensa (intencionada o no) puede nacer de un lugar de trauma. La denuncia pública puede generar un ambiente tóxico que aleja a las personas. Describe el calling in como una denuncia hecha con amor. Cuando se interpela a alguien de este modo, se comunican con respeto las propias convicciones en un entorno privado, con la intención de preservar la propia integridad más que de cambiar a la otra persona. Creemos que el trabajo de Ross nos ofrece muchas opciones para enriquecer nuestras ideas sobre cómo podría ser tomar posición de una manera buena o mejor.
Aunque no queremos denunciar a nadie desde la ira, la emoción en sí puede ser útil. La ira suele considerarse lo contrario del amor y se presenta como una emoción que perturba las escenas armoniosas o, peor aún, que hace imposible entenderse y convivir. El trabajo realizado por Touché, una organización SF que trabaja en Bélgica con personas que han salido de prisión y con jóvenes en situación de riesgo, ha demostrado que no podríamos estar más equivocados. Touché desarrolla programas de terapia, formación, boxeo, quietud y sensibilización que permiten a las personas reconocer, controlar y canalizar mejor su ira, y utilizar esa energía para alcanzar objetivos vitales positivos. Varias personas que habían estado en prisión, y que antes habían sido etiquetadas como extremadamente agresivas, cambiaron de rol con el tiempo utilizando exactamente la misma energía de la ira en un sentido positivo y con un único propósito: desempeñar un papel significativo y positivo en la vida de otra persona que está pasando dificultades. Estas personas actúan como preparadoras mentales de jóvenes en clases de boxeo, imparten talleres en escuelas y formaciones en otras organizaciones, u ofrecen un acompañamiento individual a quienes empiezan el programa. Muestran una inmensa fuerza de voluntad, esperanza, orientación a objetivos, dignidad, gratitud, fe, resiliencia, energía, fuerza y capacidad de luchar limpiamente. El impacto de este trabajo se aprecia en varios niveles: aumento del respeto propio; emociones positivas; relaciones más duraderas y solidarias; trayectorias de reinserción más logradas; menos rupturas en las trayectorias vitales, escolares, profesionales o de desarrollo; menos violencia dañina, e incluso un retorno económico para la sociedad de 72 euros por cada euro invertido (Gryson & De Waele, 2017).
La ira solo aparece cuando hay algo importante en juego. Puede ayudar a decidir si tomar posición o si existe la posibilidad de mantener una conversación constructiva. La ira también da energía, a diferencia de la ansiedad o la tristeza. Moviliza y nos da el valor que necesitamos para actuar, para tomar posición, para oponernos. Para afrontar un desacuerdo con alguien importante para nosotros, o sobre una cuestión que nos toca el corazón, necesitamos un equilibrio delicado, como el de un funambulista. Si no somos fieles a la fuerza de nuestras convicciones, podemos acabar sintiendo que vendemos nuestra alma, lo que compromete nuestra autoestima y provoca un dolor interior. A la inversa, aferrarnos demasiado a nuestras propias creencias puede herir profundamente a la otra persona o la relación. Solo mantenerse firme con valentía, escuchando a la vez hasta comprender de verdad lo que la otra persona intenta decir, lo que anhela y lo que considera lo bastante importante como para luchar por ello, abre posibilidades a un resultado en el que ambas partes ganen. La ira puede ser el ingrediente que necesitamos para tener la voluntad y la audacia de afrontar esta difícil tarea.
En las conversaciones con personas con las que no estamos de acuerdo, no deberíamos tener miedo de añadir al menos una chispa de ira. A veces nos decimos que tenemos que estar completamente en calma para poder entrar con eficacia en este tipo de conversación; nos atreveríamos a discrepar un poco, o al menos a matizarlo. Para tener la disposición de iniciar y sostener una conversación así, necesitamos estar en contacto con la importancia que tiene para nosotros. Y quizá la otra parte tenga que sentir al menos un poco de nuestra ira, o de la importancia que la cuestión tiene para nosotros, para estar dispuesta a escuchar lo que tenemos que decir. Solo cuando sentimos la importancia, o la curiosidad genuina de la otra persona, nos animamos a sumergirnos en una conversación real sobre las diferencias, con suficiente confianza en la posibilidad de un resultado positivo. Por supuesto, esta chispa de ira no debe convertirse en un incendio. No debe convertirse en el motor de la conversación, tomar el control ni reducir a cenizas a la otra persona. Pero nos atreveríamos a abogar por una chispa de ira que haga posibles, eficaces y sostenibles las conversaciones difíciles.
Como el desacuerdo puede suscitar fuertes respuestas morales y emocionales, quisiéramos concluir con una perspectiva ética. ¿Podrían los valores o supuestos que son decisivos para una práctica SF exitosa con las personas consultantes ser también pertinentes para unas relaciones humanas sanas en contextos más amplios de desacuerdo? ¿Podría entenderse la manera de relacionarse descrita en este artículo como un conjunto de virtudes decisivas para construir el bien común frente al desacuerdo?
El vínculo relacional entre la persona consultante y quien practica el enfoque SF es, por supuesto, fundamental en el trabajo SF, y forma parte de la responsabilidad profesional cultivar esa alianza para que las personas consultantes puedan construir sus soluciones. La red relacional más amplia de la persona consultante se considera también un recurso para el trabajo de construir su solución: la solución tendrá que elaborarse dentro de esas relaciones. ¿Podría deberse esto, en parte, a que tenemos un bien o un propósito más amplio (un telos; MacIntyre, 1985, 1999, 2016) consistente en garantizar la integridad del marco relacional de nuestras vidas en distintas dimensiones: en el trabajo con colegas, en el hogar con nuestra pareja y nuestra familia, con nuestras amistades y, en espacios sociales más amplios, incluso con personas desconocidas y diversas que tienen opiniones (para nosotros) extrañas? Esto explicaría por qué queremos mantener una postura SF con personas que sostienen un punto de vista opuesto en distintos contextos de la vida.
Hemos señalado algunas habilidades de la práctica SF en las que podemos apoyarnos para mejorar las relaciones con quienes no estamos de acuerdo. Nuestra reflexión ha indicado que existen características o disposiciones, manifiestas en nuestras actitudes, pensamientos y conductas, que nos inclinan a hacer el mejor uso de nuestras habilidades SF en favor de un mayor bien humano. En filosofía moral, estas características o disposiciones se definen como «virtudes» (Jennings, 2009; Peterson & Seligman, 2004; Wright et al., 2021). Cuando escuchamos con atención a quienes no están de acuerdo con nosotros y ponemos el acento en la humildad, la curiosidad y la apertura al descubrimiento, estas virtudes complementan también nuestras virtudes de compasión, respeto y reconocimiento de la persona con la que conversamos. Estas virtudes nos permiten comprender mejor las historias de la otra persona y las fortalezas y recursos que ha desarrollado. Podemos entonces desarrollar una comprensión más profunda de su situación y obtener una nueva comprensión y nuevas perspectivas.
No hacemos preguntas para menospreciar, despojar de poder ni empujar a las personas a los márgenes. Al contrario, conversamos con una intención positiva: descubrir y construir esos ámbitos de interés compartido que podrían favorecer la colaboración en la vida y en el trabajo. Un proceso de preguntas así indica un profundo respeto por la persona o personas con las que conversamos, como seres humanos que merecen ser valorados y acogidos como parte activa en la construcción de comunidad. Todas estas son expresiones de compasión.
Del mismo modo, cuando hacemos cumplidos, nuestro propósito no es manipular ni halagar, sino reconocer fortalezas, logros y valores reales, y permitir que las personas con las que conversamos tengan una visión más positiva de sí mismas. En estas interacciones es posible entonces construir sobre esas fortalezas de forma colaborativa, lo que puede ser más significativo cuando ocurre en espacios privados, con la pareja, la familia y las amistades. Los cumplidos posiblemente intensifican la virtud del respeto hasta convertirlo en reconocimiento y, en última instancia, en la expectativa de que esas fortalezas tienen valor y pueden desarrollarse aún más. Se trata de una persona con potencial para aprender y crecer, y que nos ofrece la oportunidad de hacer lo mismo.
En conclusión, utilizar de este modo las formas de pensar SF puede resultar más difícil cuando se vive una discordia en las relaciones personales, sobre todo cuando las conversaciones se apartan de las normas conversacionales preestablecidas. Cuando trabajamos con personas consultantes, a menudo se nos paga por nuestro trabajo, o nos mueve el deber profesional o la formación. ¡Pero mantener conversaciones SF con contactos personales con quienes no estamos de acuerdo es tanta molestia! ¿Por qué íbamos a hacerlo? Quizá la «chispa de ira» sea una de las claves. En la práctica SF aprendemos a valorar el marco relacional de la vida humana que se nos hace tan real en los momentos compartidos con las personas consultantes. Quizá, cuando vemos relaciones puestas a prueba en el contexto social más amplio por lo que nos parece odioso y destructivo (por ejemplo, el racismo), nos sentimos impulsados a afirmar las fortalezas y los recursos que abren posibilidades de reforzar el marco relacional de la vida. Al utilizar estrategias SF en el desacuerdo, quizá podamos contribuir a crear esa clase de caridad y de tolerancia (descrita por Russell) esencial para construir una comunidad humana sostenible.
La autoría
Marcella D. Stark, Texas Christian University — m.stark@tcu.edu
Rayya Ghul, University of Edinburgh — rayya.ghul@ed.ac.uk
Marjan Gryson, Touché — marjan.gryson@vzwtouche.be
Brian Jennings, Ghana Christian University College — briankjennings@gmail.com
Jonas Wells, Lund University — jonas.wells@avesta.se
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Artículo original Co-Creating Solution-Focused Conversations in Disagreement, de Marcella D. Stark, Rayya Ghul, Marjan Gryson, Brian Jennings y Jonas Wells, publicado en Journal of Solution Focused Practices, vol. 5, n.º 2 (2021), doi: 10.59874/001c.75042, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción no oficial al español realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría y sus propios títulos de sección se han traducido al español y la maquetación se ha adaptado a la lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Traducción no oficial al español del artículo original «Co-Creating Solution-Focused Conversations in Disagreement», publicado en Journal of Solution Focused Practices (2021) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial; la presentación se ha adaptado a la lectura en línea, tal como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Stark, M. D., Ghul, R., Gryson, M., Jennings, B., & Wells, J. (2021). Co-Creating Solution-Focused Conversations in Disagreement. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/co-creating-solution-focused-conversations-in-disagreement (Obra original publicada en 2021 en Journal of Solution Focused Practices, vol. 5, n.º 2, 2021; republicada en 2021 por Journal of Solution Focused Practices, https://journalsfp.org/article/75042)
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