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Family Relations · Familia

«Como pisar cristales»: un modelo teórico para comprender la experiencia emocional de la parentalización en la infancia

¿Qué vive una niña cuando se le pide que sea la madre de su madre o de su padre? Shirley Schorr y Limor Goldner entrevistaron a diecinueve mujeres israelíes que vivieron una parentalización. Sus relatos describen una vigilancia constante y un self partido en dos, e invitan a leer la parentalización destructiva como un trauma relacional.

Autoría Shirley Schorr y Limor Goldner (School of Creative Arts Therapies, Emili Sagol Creative Arts Therapies Research Center, Faculty of Social Welfare and Health Sciences, University of Haifa, Israel)Primera publicación Family Relations, 20 de enero de 2023Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de “Like stepping on glass”: A theoretical model to understand the emotional experience of childhood parentification, de Shirley Schorr y Limor Goldner, publicado en Family Relations (Wiley) (2023), doi: 10.1111/fare.12833, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

La parentalización puede considerarse una forma de maltrato emocional y de negligencia.

Shirley Schorr y Limor Goldner

Resumen

Objetivo. El propósito de este artículo es contribuir a la literatura sobre las experiencias vividas de parentalización, sus consecuencias a largo plazo para el self y las estrategias de afrontamiento relacionadas con ella.

Antecedentes. Un número considerable de estudios cuantitativos ha dado cuenta de las consecuencias adversas de la parentalización destructiva o patológica.

Método. Participaron diecinueve mujeres israelíes de entre 30 y 68 años que consideraban haber vivido una parentalización durante la infancia y la adolescencia. Las mujeres participaron en entrevistas semiestructuradas en profundidad. El análisis de los datos se basó en el enfoque constructivista de la teoría fundamentada.

Resultados. Las participantes describieron su infancia y su adolescencia como una experiencia horrible, amenazante, invasiva y negligente, que exigía una adaptación constante para hacer frente a la ansiedad y al miedo al derrumbe. Se propone un modelo de trauma relacional del desarrollo para dar cuenta de las relaciones descritas en sus respuestas. Apoyándose en hallazgos convergentes de los enfoques psicoanalítico y evolutivo, el modelo sugiere que las participantes desarrollaron una estructura escindida del self para hacer frente a estas experiencias adversas. Se sostiene que la creación de una escisión que desconecta la estructura topográfica del self es clave para comprender los orígenes de la inversión de roles. Al buscar superar la experiencia abrumadora del maltrato y la negligencia, esta estructura escindida protege paradójicamente a las participantes traumatizadas de la fragmentación del self mediante múltiples desconexiones.

Conclusiones. La parentalización puede considerarse una forma de maltrato emocional y de negligencia.

Implicaciones. Los equipos clínicos deben reconocer los efectos destructivos de esta relación en la estructuración del self.

Introducción

Las experiencias adversas y traumáticas en la infancia predisponen a la parentalización, una situación en la que la persona menor se ve forzada a renunciar a necesidades psicológicas propias de su edad para adaptarse a las necesidades logísticas o emocionales de su madre o su padre y atenderlas (Haxhe, 2016; Hooper et al., 2011; Hooper & Wallace, 2010). La investigación distingue entre la parentalización adaptativa (o moderada) y la parentalización destructiva (o patológica). Mientras que la primera se considera culturalmente justa, la segunda se caracteriza por el descuido de las necesidades psicológicas de la niña o el niño, lo que le genera una ansiedad intensa y sentimientos crónicos de impotencia (Hooper, 2007; Saha, 2016). Numerosos estudios cuantitativos han señalado asociaciones significativas entre la parentalización patológica en la infancia y un mayor riesgo de psicopatología en la edad adulta (véase el metaanálisis de Hooper et al., 2011). Las patologías documentadas con más frecuencia son los trastornos del estado de ánimo, entre ellos la depresión (Schier et al., 2015; Shifren & Kachorek, 2003); las alteraciones de la personalidad, como los rasgos autodestructivos; los rasgos de personalidad narcisista (Jones & Wells, 1996), y los trastornos por consumo de sustancias (Godsall et al., 2004; Pasternak & Schier, 2012). Los datos muestran que una mayor implicación en la parentalización se asocia en la adolescencia con diversos efectos adversos para el self, entre ellos las autolesiones (Bifulco et al., 2014), las dificultades de separación-individuación, un mayor autosilenciamiento (Goldner et al., 2021) y una baja autoestima (Oznobishin & Kurman, 2009). Pese a estos hallazgos inquietantes, se sabe poco sobre las experiencias vividas en la infancia por quienes han atravesado una parentalización destructiva patológica.

Antecedentes

Unos límites psicológicos adecuados entre la madre o el padre y su hija o hijo, en los que la figura parental asume la mayor parte del cuidado, se consideran una piedra angular del desarrollo infantil (Kerig, 2005; Macfie et al., 2015). Sin embargo, en algunas familias y circunstancias se produce una grave alteración de los límites psicológicos entre las figuras parentales y la infancia, conocida como parentalización: las madres y los padres recurren a sus hijos e hijas para obtener una ayuda instrumental concreta en las tareas domésticas, o bien cuidado emocional, apoyo, consuelo y cercanía.

Los estudios suelen distinguir entre parentalización adaptativa y parentalización destructiva o patológica (Byng-Hall, 2008; Saha, 2016). La forma adaptativa es relativamente temporal, de intensidad moderada, y se ajusta a las normas culturales de la familia y a la etapa de desarrollo de la persona menor. En esta situación, sus esfuerzos reciben un reconocimiento público. Así, su labor de cuidado se percibe como justa y gratificante (Byng-Hall, 2008; Saha, 2016). Este tipo de relación, que viven con más frecuencia las niñas, puede tener efectos positivos, como la adquisición de empatía, de competencia interpersonal (Champion et al., 2009), de habilidades de afrontamiento adaptativas (Stein et al., 2007), de un sentimiento de valía personal (Titzmann, 2012), de madurez y de motivación para destacar (Byng-Hall, 2008).

Por el contrario, las relaciones de parentalización destructiva o patológica se caracterizan por un cuidado parental deficiente, que se manifiesta en la atribución a la persona menor de una responsabilidad emocional y de unas tareas instrumentales de cuidado excesivas, abrumadoras y duraderas, que ella percibe como una carga insoportablemente pesada e injusta (Jankowski et al., 2013). Estas responsabilidades relacionales no corresponden a la etapa de desarrollo de la infancia y tienden a generar ansiedad y sentimientos depresivos cuando se constata que no se está a la altura del desafío (Haxhe, 2016); obligan además a renunciar a las propias necesidades de seguridad en sí, reconocimiento, apoyo y protección para satisfacer las necesidades egocéntricas de las figuras parentales (Earley & Cushway, 2002; Walsh et al., 2006). Implican también la vulneración y la distorsión de los límites psicológicos entre la figura parental y la persona menor, acompañadas de la incapacidad de la primera para reconocer la singularidad psicológica de la segunda (Nuttall et al., 2019). En algunos casos puede aparecer la adultización: se espera que la niña o el niño funcione como pareja de la persona cuidadora, asumiendo un papel activo en la toma de decisiones y en la resolución de problemas, a la vez que hace de amistad y de confidente (Garber, 2011). En consecuencia, los procesos de desarrollo, incluida la individuación, pueden verse afectados (Goldner et al., 2021; Macfie et al., 2015).

Los datos indican que este tipo de relación puede surgir de diversas situaciones o factores intrapersonales, como la ausencia de una figura parental, la disfunción parental causada por una enfermedad mental o una discapacidad, el consumo de sustancias, la inmigración, el conflicto o el divorcio de la pareja parental, la violencia doméstica, un estilo de apego parental inseguro, la depresión materna, una crianza negligente o una escasa competencia parental (p. ej., Bifulco et al., 2014; Ponizovsky et al., 2012).

En el plano conceptual, las consecuencias negativas de la parentalización se han abordado en varias teorías psicoanalíticas, entre ellas la teoría del apego (Bowlby, 1980), las relaciones de objeto (Winnicott, 1965), la psicología del self (Kohut, 1971) y las teorías sistémicas de la familia (Minuchin, 1974). Todas subrayan la necesidad de unos límites claros y diferenciados entre figuras parentales e infancia, en los que las primeras aportan la mayor parte del andamiaje y del apoyo al desarrollo que permiten satisfacer las necesidades emocionales de la segunda. Según estas teorías, las exigencias parentales inadecuadas inculcan un sentimiento de inferioridad que dificulta la formación de un sentido de sí autónomo y sólido (Goldner et al., 2019; Goldner et al., 2021).

Por ejemplo, según la teoría del apego, existen asociaciones positivas consistentes entre la calidez, la sensibilidad y la capacidad de respuesta parentales y una adaptación socioemocional sana (Kerns & Brumariu, 2016). En cambio, en situaciones de apego deficiente, cuando hijas e hijos se ven obligados a cuidar de sus figuras parentales y de su fratría para responder a sus necesidades de apego, pueden interiorizar representaciones negativas de sí y de los demás que contribuyen a la transmisión multigeneracional de la parentalización (Hooper, 2007). Aunque las personas parentalizadas en la infancia suelen mantener su posición de cuidadoras en sus relaciones adultas, tienden a compensar sus pérdidas infantiles recurriendo a sus propios hijos e hijas para satisfacer sus necesidades de cuidado, narcisistas y relacionales (para una revisión, véase Engelhardt, 2012).

Las teorías de las relaciones de objeto (Winnicott, 1965, 1974) postulan que la parentalización puede instalar un «miedo al derrumbe» psíquico, que designa un estado mental impensable arraigado en el fracaso de la madre en el cuidado adecuado de su bebé, lo que impide el desarrollo del sentido integrador primordial del self del bebé. Este miedo genera defensas de organización del self, entre ellas la escisión entre verdadero y falso self, en la que la niña o el niño interioriza el ideal del yo de la figura parental y se ve obligado a renunciar a sus verdaderos deseos, necesidades y metas para satisfacer necesidades parentales no colmadas. De manera similar, las teorías de la psicología del self consideran que el desarrollo de una estructura cohesionada del self implica que las figuras parentales satisfagan las necesidades de objeto del self de la infancia en materia de grandiosidad, idealización y gemelaridad. Sin embargo, cuando no las satisfacen, puede aparecer un trastorno patológico del self, caracterizado por una falta subyacente de cohesión, dudas graves sobre la propia valía y continuidad, y una patología narcisista (Kohut, 1971).

Del mismo modo, los estudios realizados en el marco de la psicología del self consideran que la necesidad de satisfacer las necesidades narcisistas y egocéntricas de las personas cuidadoras, al tiempo que se acata su control hostil y manipulador, aumenta la probabilidad de desarrollar en la edad adulta una vulnerabilidad narcisista masoquista (Nehrig et al., 2019; Van Buren & Meehan, 2015) o una grandiosidad narcisista y un trastorno narcisista de la personalidad (Taillieu et al., 2016). Por último, la teoría y la investigación sistémicas de la familia (Saha, 2016) sugieren que la parentalización puede evaluarse en función de la justicia percibida de las tareas y responsabilidades que se imponen a la infancia (Jurkovic, 1997).

Recientemente, para obtener una perspectiva más rica de las experiencias infantiles de parentalización, varios estudios cualitativos han examinado cómo dan sentido las personas jóvenes adultas a su experiencia infantil con madres o padres depresivos o con consumo de sustancias, y a los procesos de parentalización asociados. Estos estudios describen el miedo, las amenazas, la falta de apoyo y de confianza, y la ausencia de amor y de reconocimiento que sintieron como víctimas de maltrato emocional (Van Parys et al., 2015). Aunque las personas participantes rara vez reflexionaban sobre esas experiencias durante la infancia y se centraban sobre todo en preservar el bienestar de su familia, muchas recordaban haber intentado en la adolescencia alcanzar cierta distancia psicológica o física y formar una identidad propia (Van Parys et al., 2015).

Se obtuvieron resultados comparables en un metaanálisis cualitativo reciente de 19 estudios sobre la experiencia de personas jóvenes adultas con una madre o un padre con una enfermedad mental grave. La revisión constató que las personas participantes vivieron su infancia como disfuncional, negligente, aterradora, anómala e incomprensible. Esa infancia implicaba una enorme inversión de roles en el cuidado de las figuras parentales y de la fratría, acompañada de sentimientos de culpa, vergüenza, soledad y dificultades relacionales durante la infancia y, más tarde, en la vida adulta (Källquist & Salzmann-Erikson, 2019).

El presente estudio

A partir de esta literatura, y para comprender mejor la experiencia emocional, las consecuencias para el self y las estrategias de afrontamiento ligadas a la parentalización desde la perspectiva de la infancia, este estudio exploró la mirada retrospectiva de mujeres adultas que vivieron una parentalización a lo largo de su infancia y su adolescencia. Dado que la parentalización se considera un fenómeno marcado por el género, que parece más frecuente en las niñas que en los niños, sobre todo en casos de divorcio, negligencia y enfermedad (Katz et al., 2009; Titzmann, 2012), el estudio se centró en la experiencia de las mujeres.

MÉTODO

Participantes y procedimiento

Este trabajo es un estudio cualitativo de seguimiento de un estudio cuantitativo que investigó los efectos adversos de la parentalización madre-hija en el sistema del self de las hijas (Goldner et al., 2021). Las participantes se reclutaron mediante un muestreo de conveniencia, con anuncios en redes sociales. El criterio de inclusión era ser una mujer que considerara haber asumido funciones parentales durante su infancia y su adolescencia. El muestreo teórico (Glaser & Strauss, 1967) dio lugar a una muestra diversa de mujeres que habían vivido distintos tipos de parentalización y distintas situaciones que conducían a ella. Esta diversidad buscaba arrojar luz sobre las experiencias psicológicas de la relación, sus profundas implicaciones y las estrategias adaptativas y desadaptativas de las mujeres. La recogida de datos se detuvo tras 19 entrevistas porque el análisis alcanzó la saturación teórica, es decir, las entrevistas ya no aportaban información ni ideas nuevas. La muestra final estuvo formada por 19 mujeres judías israelíes de entre 30 y 68 años. La mayoría había nacido en Israel (n = 16) y tenía un título universitario (n = 18). Aproximadamente la mitad eran hijas mayores (n = 10) o hijas de madre y padre divorciados (n = 9). Más de la mitad estaban casadas y eran madres (n = 11). Tras obtener la aprobación del Comité de Ética de la Facultad de Bienestar Social y Ciencias de la Salud de la Universidad de Haifa (aprobación n.º 295/19), el equipo investigador se puso en contacto por teléfono con las mujeres y les explicó los objetivos y el procedimiento del estudio.

Entrevistas semiestructuradas en profundidad

Tras la firma de los formularios de consentimiento, que explicaban los objetivos del estudio, se realizaron entrevistas individuales semiestructuradas cara a cara. Las entrevistas semiestructuradas son más adecuadas en un estudio de teoría fundamentada cuando la investigación ha identificado, aunque sea de forma provisional, numerosos ámbitos que ya sitúan la indagación y que la entrevista puede luego empezar a ampliar (Foley et al., 2021). Como continuación de nuestros primeros resultados cuantitativos, centrados en los efectos de la parentalización en el sistema del self de las adolescentes, el presente estudio profundizó en los efectos psicológicos de la parentalización y en las estrategias de afrontamiento que emplean las mujeres.

Durante la entrevista, las participantes describieron sus experiencias de parentalización a lo largo de su infancia y su adolescencia. Les pedimos que describieran los factores que, a su juicio, se asociaban a la parentalización, cómo se desarrolló, su impacto y sus estrategias de afrontamiento.

Quien firma en primer lugar realizó las entrevistas y las transcribió en hebreo. Después, quien firma en segundo lugar y una persona correctora lingüística tradujeron las transcripciones al inglés. Ambas personas firmantes analizaron primero las entrevistas transcritas por separado, siguiendo el enfoque constructivista de la teoría fundamentada propuesto por Charmaz (2006, 2011). En primer lugar, se realizó un análisis inicial línea por línea de la mitad de las transcripciones para evaluar su adecuación a los objetivos de la investigación (Charmaz, 2011). Este análisis línea por línea es propio de la codificación abierta de la teoría fundamentada clásica (Strauss & Corbin, 1990). Estos códigos iniciales (equivalentes a la fase de codificación axial en la literatura clásica original de la teoría fundamentada) sirvieron para identificar temas recurrentes, que luego se reetiquetaron y categorizaron (Glaser & Strauss, 1967; Gordon-Finlayson, 2010). A lo largo de todo el proceso analítico, el equipo investigador comparó constantemente los conjuntos de datos, discutió las notas y los códigos, y debatió sus interpretaciones de los significados subyacentes a los códigos y a los temas. Surgieron nuevos temas hasta la saturación, cada vez más visibles a medida que avanzaba el análisis. La abstracción progresiva de los códigos desembocó en temas conceptuales más amplios (lo que inicialmente se denominaba codificación selectiva o teórica; véase Strauss & Corbin, 1990), que se reconectaron y combinaron en relaciones causales y consecuenciales. A lo largo del análisis, el equipo siguió redactando notas sobre sus interpretaciones y sobre las relaciones de los códigos y los temas emergentes y entre ellos. Estas notas fueron ganando en abstracción y en elaboración conceptual y se convirtieron en una parte importante del modelo (Chun Tie et al., 2019). Los desacuerdos en la identificación de los códigos, de los temas o de sus interrelaciones se resolvieron mediante una serie de conversaciones y discusiones, releyendo los textos de las participantes.

Aunque se procuró no aplicar conceptos teóricos a los datos (sobre todo al comienzo del análisis), es evidente que la literatura (principalmente de la teoría psicoanalítica, evolutiva y sistémica de la familia) y las perspectivas terapéuticas personales influyeron en estas interpretaciones. Por ello, intentamos moderar estos efectos volviendo a las citas. En la sección de resultados que sigue, en aras de la máxima transparencia, se indica el número de participantes que abordaron cada tema y se ofrecen citas para ilustrar y validar los hallazgos.

RESULTADOS

Las 19 participantes describieron la parentalización como una experiencia vital continua, dolorosa y amenazante que ha dejado huella hasta hoy. Los análisis desembocaron en un modelo conceptual compuesto por cuatro temas centrales, cada uno con subcategorías explicativas. El primer tema corresponde a las descripciones de las causas de las relaciones invertidas. El segundo describe las manifestaciones y los patrones de las relaciones entre figuras parentales e hijas, identificados como inherentes a la experiencia de parentalización y caracterizados por distorsiones y vulneraciones de los límites psicológicos entre unas y otras. El tercer tema abarca la experiencia emocional de la relación, y el cuarto describe las estrategias empleadas para hacerle frente. Todos ellos se articularon para elaborar el modelo teórico central que surgió del análisis según la teoría fundamentada constructivista.

Primer tema: «Mi madre todavía tiene cinco años»: las causas de la parentalización

Las entrevistas revelaron numerosos factores que condujeron a la parentalización. Estos factores pueden dividirse en dos grandes categorías: la primera se refiere a factores originados en la realidad externa de las participantes, y la segunda, a factores internos.

Factores externos

En todas las entrevistas se identificaron factores externos. Se relacionaban con diversos tipos de incompetencia y vulnerabilidad parentales, como la discapacidad mental (n = 13), las limitaciones físicas y cognitivas de la madre o el padre (n = 6), la parentalidad precoz (n = 6) y la soledad y la falta de apoyo social de las figuras parentales (n = 14). Trece participantes describieron una parentalización con su madre, y cinco con su padre. Cinco participantes vivieron la parentalización simultáneamente con ambas figuras parentales, y 14 participantes describieron también una parentalización con hermanos o con otros miembros de la familia. Por ejemplo: «Estaba muy postraumatizada, mi madre todavía tiene cinco años, y así es como la he vivido todos estos años, como una niña que necesita protección» (Shelly1); «Mi madre tenía 21 años cuando nací y mi padre unos pocos más, pero eran muy infantiles, inestables […] Ya entonces sentía que no había ningún adulto responsable en la habitación» (Nina).

La exposición continua a los conflictos parentales y a la violencia doméstica se identificó también como un factor que influía en la formación de la relación invertida y que socavaba toda la unidad familiar (n = 13). Por ejemplo: «La amenazaba con matarla, él… daba miedo. Dormíamos con las puertas cerradas con llave. Todos» (Hagar); «Cerraban la puerta de nuestro cuarto para que no los oyéramos gritar y pelearse en el salón, pero, claro, los oíamos. Mi madre siempre nos encontraba a mi hermana, a mi hermano y a mí abrazados en la cama» (Dana). Nueve participantes sintieron que el divorcio de su madre y su padre agravó la relación de parentalización existente y que tuvieron que adaptarse a nuevas condiciones de vida a solas con su madre, que a menudo atravesaba dificultades emocionales y económicas y estaba ausente la mayor parte del día. En consecuencia, las participantes se vieron obligadas a ser la única fuente de apoyo emocional e instrumental para su madre (no para su padre), para sus hermanos y hermanas e incluso para sí mismas, y adquirieron rápidamente capacidades instrumentales, emocionales, educativas y terapéuticas. Por ejemplo: «En cuanto mis padres se divorciaron, me encontré a cargo de mis hermanos. Entre los 8 y los 10 años llevaba la casa, me ocupaba de las cenas, las duchas, de cuidar a los pequeños, de pagar las facturas» (Dana); «Sentía que tenía que ser fuerte por mi madre, que tenía que ayudarla y apoyarla, no sentía que ella supiera manejar las cosas, sentía que me necesitaba, que yo sería la estable y que ella podría apoyarse en mí» (Rose).

Ocho participantes indicaron que un miembro de su familia nuclear o extensa tenía una discapacidad física y afirmaron que, desde muy pequeñas, tuvieron que cuidar de familiares con discapacidad y lidiar con las repercusiones de esa realidad. Por ejemplo: «Tenía que dormir con mi abuela y, sobre todo cuando le daban las crisis —cirrosis hepática—, vomitaba mucha sangre, y yo tenía que ducharla y ver la sangre» (Michal); «Cuando tenía nueve años, estaba sola con mi hermana de once. Cogió un cuchillo enorme de la cocina y empezó a cortarse. Dijo que se lo clavaría y que me mataría. Estaba aterrorizada» (Gili).

Por último, se consideró también que distintos factores contextuales habían desencadenado o prolongado las relaciones invertidas. Entre ellos figuraban las dificultades económicas ligadas a la muerte de una figura parental, a una enfermedad mental parental o a discapacidades físicas (n = 8); la inmigración (n = 5), y el nacimiento de hermanos menores (n = 5). En caso de inmigración, las participantes se vieron obligadas a hacer de mediadoras o de intérpretes entre su familia y la sociedad. Sharon, que perdió a su padre, recordaba: «Había un clima de angustia económica. Mi madre hablaba mucho de eso, estaba desesperada, y eso me angustiaba muchísimo. Daba mucho miedo».

Factores internos

Las participantes mencionaron también diversas atribuciones a sí mismas, como su lugar entre hermanos (n = 19) y rasgos innatos (n = 10). En todas las entrevistas, las participantes se refirieron a su posición en la fratría, como mayor o como menor, como un factor que moldeaba las expectativas parentales y su responsabilidad de brindar apoyo y aliviar la soledad de su madre: «Mi hermana ya no vivía en casa y yo tenía que apoyar a mi madre. Era su pilar y su buena amiga» (Rose). Algunas participantes aludieron a su inclinación innata a cuidar y a atender a los demás como un factor directo que desencadenó su rol parental: «Siento que nací para ser este tipo de madre» (Orna).

Tema 2: distorsiones de los límites psicológicos entre figuras parentales e hijas

Las participantes describieron seis tipos de patrones relacionales entre figuras parentales e hijas, caracterizados por distorsiones y vulneraciones parentales de los límites psicológicos y jerárquicos, que en la mayoría de los casos se vivían simultáneamente en distintas combinaciones.

Parentalización

En todas las entrevistas se identificó un patrón relacional caracterizado por un rol prematuro de cuidado que imitaba la parentalidad. Este patrón incluía asumir funciones instrumentales y emocionales, y brindar apoyo, consuelo, atención, cuidado y alivio a su madre o a su padre, a otros miembros de la familia y a sí mismas: «Siempre estaba muy pendiente de mi madre; podía derrumbarse, desmoronarse, tener ataques de histeria con llantos y gritos, rabia y tristeza. Yo tenía que asegurarme de que estuviera estable» (Aya); «Yo era alguien que los criaba y los cuidaba [a mis hermanos], no exactamente su hermana. Me sentaba con ellos mientras hacían los deberes, me aseguraba de que prepararan la mochila o de que se ducharan por la noche» (Nina).

Adultización

Otro patrón vivido por la mayoría de las participantes fue la presión para comportarse prematuramente como adultas a fin de satisfacer la necesidad parental de vínculo, amistad y compañía. Mencionaron restricciones y prohibiciones explícitas de jugar o de dedicarse a actividades imaginativas, y que no se les permitía ir de excursión con el colegio, unirse a movimientos juveniles ni participar en reuniones sociales. Las participantes se vieron obligadas a usar un lenguaje adulto mientras borraban su parte infantil: «Siempre hablaba de forma madura; siempre me decían que era muy madura. Para mí estaba claro que entendía el lenguaje de los adultos. Me creía una mujer» (Sara); «Desde muy, muy pequeña, me trataron como a una adulta. Mi padre me veía como su socia, y no paraba de decirme que cuando cumpliera 18 años me pasaría el periódico» (Shelly).

Triangulación

Todas las participantes describieron haberse visto implicadas en la relación de pareja parental para evitar una desintegración catastrófica de la unidad familiar (n = 19). Esa implicación se manifestaba de tres maneras principales: como mediadora (n = 5), como confidente de una de las figuras parentales (n = 11) y como cónyuge (n = 2). Por ejemplo: «Había una desconexión enorme entre mis padres. Solo me atreví a decirles “¡Dejad de tratarme como vuestra pelota de ping-pong! Si tenéis algo que deciros, ¡decíoslo!” cuando cumplí 14 años» (Dana); «Creo que quizá, para mi padre, yo era un sustituto de mi madre, y eso se expresaba en este triángulo psíquico» (Laura).

Control psicológico

Trece participantes se describieron como manipuladas psicológicamente por una o ambas figuras parentales. Este control se manifestaba de forma encubierta y abierta. Las tácticas encubiertas consistían en atarlas emocionalmente favoreciéndolas frente a sus hermanos y hermanas, inducir vergüenza y culpa, presentarlas como incapaces, sobreprotegerlas tratándolas de débiles y enfermas, recurrir a estrategias de alienación y condicionar el amor a que destacaran o a que satisficieran las necesidades parentales de valía personal y de vínculo. Las tácticas abiertas incluían comportamientos agresivos, punitivos y hostiles hacia las participantes y su fratría, entre ellos el maltrato emocional, físico y sexual, que las forzaba a una relación agresor-víctima con la figura parental maltratadora: «¡Me decían que nunca saldría nada bueno de mí! ¡Que acabaría de prostituta! ¡Que sería yo la que limpiaría los baños del colegio mientras mis amigas estudiaban allí! Mi madre me llamaba “un trozo de carne”» (Tamar); «Tenía miedo de que me agotara, así que no me dejaba ir a clases de ballet, ni al cine porque era peligroso, ni a las excursiones anuales del colegio porque era peligroso» (Ruth).

Negligencia y abandono

En 15 de las entrevistas se identificó un patrón relacional amenazante, perturbador y engañoso, caracterizado por una sensación de derrumbe, de quedarse fuera o de ser arrojada a un abismo o a una situación catastrófica: «De verdad, la experiencia de caer, como si de repente no tuvieras nada […] era una pura experiencia de un abismo repentino, insondable» (Gili); «Mirara donde mirara, no había nadie a quien agarrarme. Era una carencia realmente física, en el sentido más físico» (Laura).

Este patrón incluía toda una gama de conductas pasivas, indiferentes y negligentes, así como alienación, rechazo, distanciamiento y negación del amor, que instalaban un sentimiento de abandono, de orfandad y de inexistencia: «Era una madre terriblemente frágil, que desaparecía. O sea, sin intimidad, sin mundo emocional. Mi madre salía de su cuarto a las siete de la tarde, nos hacía una tortilla y una ensalada, y volvía a su cuarto» (Aya); «Mi padre de repente dejó de verme, yo no tenía ninguna influencia sobre él, como si no fuera nada, como si fuera aire» (Yana).

Fusión y aglutinamiento

El último patrón relacional se definió como la fusión y el aglutinamiento del self en los sentimientos, los pensamientos y los deseos de la figura parental (n = 7). Las participantes describieron esta experiencia como una expropiación parental del self desde una edad temprana. En consecuencia, vivieron una alienación de sí, una inexistencia, sentimientos de confusión y dificultades para sentirse y reconocerse como seres separados: «Es sencillo, la experiencia interior no era mía. Yo no existía desde los cero años, totalmente, no había nada» (Laura); «No había un yo separado, no contaba como persona, ni como niña, ni como cuerpo. No podía decidir nada por mí misma. Si decía que quería algo, inmediatamente lo negaban» (Anne).

Tema 3: «Como pisar cristales»: la experiencia emocional de la relación

El objetivo principal de este estudio era comprender mejor la complejidad de las experiencias de las participantes. En las entrevistas se identificaron cinco focos emocionales subyacentes a esta experiencia: a) miedo y amenaza; b) intrusión y agresión sin fin; c) nada y anulación; d) oscilaciones emocionales extremas, y e) anclas de salvación, de sentido y de esperanza.

Miedo y amenaza

Las emociones de miedo y de amenaza aparecieron arraigadas en una experiencia existencial volátil y frágil, caracterizada por el miedo a derrumbarse, a desmoronarse, y por la intensa angustia de una aniquilación catastrófica (n = 19). Las participantes expresaron su estrés y su preocupación por ser responsables de la supervivencia de sus familiares y de sí mismas. Este estrés aumentaba cuando la parentalización se ejercía hacia la madre y hacia los hermanos, o hacia ambos a la vez: «Es como estar sobre una tabla de surf: tienes que saber hacia dónde va la ola, dónde está el agua, para poder mantenerte estable en la tabla» (Tamar); «Creo que toda mi vida he sentido una responsabilidad. Que algo se va a venir abajo si no me hago responsable […] puede ser mamá, puede ser la casa y puedo ser yo» (Hagar).

A falta de un anclaje emocional y de seguridad, todas las participantes describieron una preocupación constante por la supervivencia, un estado de alerta e inquietud por el bienestar de sus familiares y por el suyo propio: «Es una experiencia de supervivencia. Todo el tiempo estás sobreviviendo, estás alerta. Todo el tiempo. Todo el tiempo. Nunca puedes descansar ni un momento porque no sabes qué va a pasar al momento siguiente» (Tamar); «Estar frenética, agitada, ¿qué va a pasar? Estar constantemente alerta» (Laura).

La amenaza arraigada en la relación de las participantes con sus figuras parentales se convirtió en una experiencia dominante en su vida y se generalizó a otras relaciones. La mayoría de las participantes se sentían amenazadas por personas ajenas a su familia. Esto se reflejaba en una angustia persistente de abandono y de rechazo (n = 15) y en miedos existenciales a una intrusión, a un secuestro o a una agresión, vividos como una amenaza real que podía materializarse en cualquier momento (n = 5): «Me daba miedo sentarme de espaldas a la puerta si no podía ver lo que pasaba detrás de mí. Siempre encendía todas las luces de la casa. Me daba miedo andar por la calle cuando oscurecía» (Sara); «Mis padres siempre decían que vendrían los de acogida a llevarme» (Tamar).

Al mismo tiempo, las participantes vivían también su mundo interior como amenazante (n = 19). Todas expresaron la sensación de que sus sentimientos, necesidades y deseos tenían un potencial destructivo capaz de destruir la estabilidad del hogar. En consecuencia, se contenían: «Era imposible expresar ningún tipo de problema, era imposible, no podías estar triste, si estabas triste se derrumbaba toda la casa» (Sharon); «De niña entiendes que tienes que tener mucho cuidado con cómo expresas tu emoción y tu entusiasmo, porque podían entristecer o herir a mi madre» (Dana); «“Yo” era una palabra obscena. Ocuparme de mí sonaba egoísta» (Sara). Además, la mayoría de las participantes percibían sus emociones como algo que podía llevarlas a la depresión (n = 15): «Tenía un miedo diario a mis emociones negativas» (Tamar); «Me daba miedo hundirme en mi soledad, en mi tristeza. Sentía que, si me hundía en mi tristeza, no sabría cómo salir» (Gili).

Como parte de su experiencia de supervivencia, todas las participantes relataron sentimientos de angustia, sobrecarga y agotamiento. Estos se intensificaban cuando intentaban afrontar a la vez las tareas evolutivas, académicas y sociales normativas propias de la adolescencia: «Creo que sentía que tenía que cargar con un peso que iba mucho más allá de lo que podía soportar. Hacía lo que podía, pero siempre existía el peligro de fallar. Era una experiencia de sobrevivir con la carga» (Nina); «Era muy cansado y agotador. Al mismo tiempo, tienes que funcionar, ir a la guardería, al colegio, al instituto, al ejército. Cuesta mantenerse entera» (Yael).

Intrusión y agresión sin fin

Las participantes percibían su realidad externa como agresiva. Esto se relacionaba sobre todo con la disolución de los límites y con el control psicológico ejercido por sus figuras parentales (n = 14). Las participantes caracterizaron esta relación como intrusiva, agresiva, hostil y emocionalmente dolorosa. Describieron su self como saqueado y engullido por sus figuras parentales (n = 11): «Sentía que mi madre me robaba, que me quitaba lo que se suponía que tenía que darme» (Gili); «Hiciera lo que hiciera, nada era suficiente. Mis esfuerzos se los tragaba una necesidad enorme e insaciable» (Nina).

Más de la mitad de las participantes describieron sus esfuerzos por contener y digerir las necesidades parentales como una experiencia de hinchazón y de asfixia (n = 11). Contaron que estaban presas en una trampa que las obligaba a ingerir el estado psíquico de su madre o de su padre, como si se estuvieran ahogando con sus propias manos: «Tienes una niña sensible, y una persona mayor (mi madre) se alimenta de ella: es una combinación fatal» (Aya); «Hasta asfixiarme, porque sentía que no podía expresar nada y tampoco podía soportarlo, como si estuviera en conflicto, iba absorbiendo, absorbiendo y asfixiándome» (Gili).

En algunos casos, las participantes describieron cómo su madre o su padre llegó a provocarles poco a poco asco psíquico y físico (n = 5): «Sencillamente no soportaba los brotes psicóticos de mi madre. Me daba asco. Me daba asco. Me daba muchísimo asco. Tocarla, verla, de verdad, asco» (Tamar); «Me daba asco tener que lavar la ropa de mi madre que venía del hospital. Lo hacía, pero me seguía dando asco […] Me tragaba el asco» (Gili).

A mitad de la adolescencia, esta agresión se dirigía también contra el self y se acompañaba de sentimientos de tristeza y de odio hacia sí mismas, que incluían ideas suicidas y dificultades para funcionar (n = 8): «Odiaba mi cuerpo, me preguntaba por qué era tan grande y tan gorda, mucho odio hacia mí misma» (Anne); «Estaba deprimida todo el tiempo, tenía ideas suicidas constantes» (Nina); «Quería morir en un atentado. Dejé una carta de despedida a mis padres: “Siento haberme ido; sabéis que os quiero”; estaba segura de que moriría en un atentado» (Anne).

Nada y anulación

Las participantes describieron una sensación de ausencia y de falta de valor (n = 19): «Y sentía que me faltaba algo, como el capullo de una mariposa. Tiene que rozarse contra él para que la sangre fluya hacia sus alas; yo sentía que las mías estaban cortadas» (Gili); «Algo muy inestable, como si estuviera podrida» (Yael); «Vivía en una niebla, sin ser nada consciente de la situación» (Rose). La sensación de nada de las participantes dañó la formación de su identidad y generó discontinuidad, fragmentación, confusión y deterioro: «Todo el mundo parecía mejor que yo, más guapa, mejor, con más éxito, más lista, ¡más!» (Yana); «Todo el mundo tiene un punto de partida, y tú empiezas desde menos» (Sherry).

En siete entrevistas se identificó una expresión extrema de esta nada y de esta falta de valor, como una experiencia de deshumanización que llevaba a degradar el self al rango de objeto o de dispositivo. Uno de los principales indicadores semánticos de esta experiencia deshumanizada fue el uso constante de un vocabulario referido a receptáculos o a entidades no humanas, como «vasija», «recipiente», «oído» y «trozo de carne», que sugiere cómo se sentían utilizadas las participantes: «Soy una vasija nacida para servir a las necesidades de mis padres» (Michal); «¡Soy un trozo de carne!, más que una puta. Creo que eso conectaba con mi miedo concreto, porque sabía que no era una puta, pero no estaba nada segura de no ser un trozo de carne» (Tamar).

Esta sensación de nada iba acompañada de sentimientos de vergüenza y de culpa (n = 15). Las participantes describieron cómo los sentimientos de culpa acompañaban la conciencia de sus necesidades físicas y/o psicológicas. Estos se agravaban por el comportamiento agresivo e intrusivo de sus figuras parentales: «Muchísima vergüenza y culpa, como una persona que sufre maltrato […] Me sentía sin valor, no buena, sin éxito, con una imagen de mí tan baja» (Tamar); «Era sobre todo una experiencia de culpa, cada vez que no estaba en casa, cada ocasión de ver a amigas. Como si fuera a costa de alguien» (Nina).

Las participantes atribuían estos sentimientos a figuras parentales dañadas, fallidas, negligentes o dependientes, que les negaban el alimento físico y emocional, la orientación y el reconocimiento. Una ilustración semántica de esta ausencia puede verse en las más de 200 repeticiones del verbo «ver», que remite a la mirada: «No se da cuenta de nada […] nada, ninguna atención, nada, es simplemente una experiencia de ser ignorada» (Rose); «Mi madre nunca se levantaba con nosotros por la mañana. Poníamos el despertador, nos preparábamos. Lo recuerdo desde primero de primaria» (Orna). A lo largo de las entrevistas, las participantes recurrieron una y otra vez a las imágenes de «abismo», «pozo», «agujero» y «vacío» para ilustrar la ausencia y la pena que la acompañaba: «Un pozo lleno de pena y de tristeza muy muy muy profundo, un abismo de pena, de tristeza» (Tamar); «Tenía un vacío enorme que tenía que llenar, sentía que necesitaba de verdad a mi madre, y ella no estaba» (Rose).

Paralelamente, alrededor de una cuarta parte de las participantes describieron una experiencia de orfandad, abandono y negligencia asociada a su entorno, que generaba sentimientos de dolor, de invalidación y de soledad: «Si al menos fuéramos huérfanos, sabríamos que somos huérfanos, el mundo lo reconocería y nos trataría como huérfanos» (Tamar).

Oscilaciones emocionales extremas: un movimiento dialéctico entre los polos del self

Todas las participantes describieron una oscilación dialéctica engañosa, ligada a su identidad escindida y a su relación con sus figuras parentales, como una característica inherente a la experiencia de parentalización. Esta volatilidad refleja la fragilidad y la ambivalencia de las participantes respecto de su valía y de su confianza en sí mismas y en sus figuras parentales (n = 19). Las participantes pasaban de una posición en la que sentían presencia y existencia a otra en la que se sentían invisibles y a punto de desaparecer. En unos momentos se sentían sabias, felices, maduras y auténticas, y en otros, sin valor, tristes, o se percibían como infantiles y falsas. Reconocían sus necesidades, pero al mismo tiempo las evacuaban. A lo largo de las entrevistas hubo más de 600 repeticiones de expresiones como «por un lado […] y por otro», «pero», «simultáneamente» y «y al mismo tiempo». Por ejemplo: «Me sentía brillante y madura e interesante y al mismo tiempo sin ningún valor» (Yael); «Siempre he sido feliz, una persona feliz, pero había algo muy angustiado en eso» (Sara).

Esta experiencia dialéctica se reflejaba también en la confusión que describían las participantes respecto de su self, de su relación con sus figuras parentales y de la realidad (n = 14): «Desde fuera parecía que tenía mucha seguridad, y era una niña feliz, pero hoy entiendo que no era feliz, y que por dentro no tenía seguridad» (Aya); «Había una confusión y una ambigüedad tremendas, algo que entonces no entendía. El maltrato físico o la negligencia son cosas evidentes, pero la inversión de roles no se ve; yo no la veía» (Tamar).

Por último, las participantes expresaban también esta volatilidad dialéctica en sus relaciones con sus figuras parentales (n = 19) y con otras personas (n = 12). Pasaban del anhelo de una relación íntima a sentimientos de confusión, ansiedad y miedo: «Para mí estaba claro que era importante tener una madre y un padre, pero no sabía por qué era bueno» (Yael); «Buscaba relacionarme con adultos. Sentía que necesitaba mucha atención, también de los hombres. Pero al mismo tiempo me daba muchísimo miedo hablar con hombres» (Gili).

Anclas de salvación, de sentido y de esperanza

Junto con vivencias del self marcadas por la nada y la falta de valor, todas las participantes experimentaron también sentimientos de bondad, de competencia y de reconocimiento de su valor y de su contribución singular al bienestar de sus figuras parentales y de otros miembros de la familia. Estos sentimientos les servían de fuente de rescate y de sentido existencial, y les facilitaban asumir esa responsabilidad: «Sentía que era una fuente de bien, una fuente de buena influencia, una fuente de calma, una fuente de lógica y de estabilidad» (Ruth); «Creo que de niña estaba orgullosa de eso. Me daba sentido. Que tenía algo. De niña te da una buena sensación poder ayudar, hacer» (Shelly); «Sentía mucha compasión por mis padres» (Dorothy); «Siempre había un deseo constante y unas ganas de ayudar a mi abuela, porque estaba terriblemente débil» (Michel).

Tema 4: «Ser mi propia madre»: estrategias para afrontar la experiencia

El último tema abarca las cuatro estrategias clave que emplearon las participantes para afrontar sus experiencias dolorosas: a) mantener un equilibrio del horror —vigilancia emocional, fusión y escisión del self—; b) la formación del self como un objeto utilizado por el self; c) alcanzar la separación, y d) la corrección y la compensación en el marco de distintas relaciones.

Mantener un equilibrio del horror: vigilancia emocional, fusión y escisión del self

Todas las participantes describieron sus intentos de sobrevivir a la amenaza existencial y de mantener cierto equilibrio entre el bienestar de sus figuras parentales y el suyo propio. Describieron su capacidad exclusiva de sostener y proteger a sus familiares de una destrucción catastrófica. Lo lograban mediante una vigilancia continua y un estado de alerta emocional, observando los estados psíquicos y físicos cambiantes de su madre o de su padre mientras se fusionaban con ellos. Para ello, las participantes tuvieron que trascender su corta edad y adquirir sofisticadas capacidades emocionales e instrumentales para dar respuestas ajustadas a las distintas necesidades parentales. Entre ellas figuraban cocinar, limpiar la casa y velar por el bienestar de los miembros de la familia: «No existe eso de olvidarse, no existe eso de hacerlo de cualquier manera, no existe eso de dejar el trabajo a medias, ¡tenía que estar perfecto! Era imposible que me olvidara de mi abuela» (Michal); «Tenía que sostener psíquicamente a mi madre, porque no podía haber más dolor a su alrededor; si pasaba algo malo, era un drama terrible, un dolor terrible» (Sharon).

Sus esfuerzos por equilibrar el horror indecible y el miedo a una realidad potencialmente catastrófica implicaban crear un falso self para responder a los deseos y necesidades parentales. Este proceso suponía desconectar, escindir y borrar las partes auténticas, vulnerables e infantiles del self que no se ajustaban a las necesidades y expectativas parentales. Describieron una estructura topográfica disociada que dividía el self en dos partes. La primera era un «self interior», oculto, vulnerable, infantil, dependiente y de acceso limitado. La segunda, en cambio, era el «self exterior», accesible, estable, protector y alineado con las exigencias parentales: «En realidad, mi experiencia era como si me dejara a mí misma fuera, sirviendo a los demás, sin pensar mis pensamientos, sin sentir mis sentimientos» (Anne); «Siento como si durante muchos años hubiera necesitado quitarme de en medio para lograr más armonía y estabilidad» (Gili); «Desconexión de la emoción, no había elección, ¡es lo que hace falta y punto! Y en realidad es una especie de doma. Sabía que me habían domado» (Aya).

El miedo a que las partes auténticas del self pusieran en peligro la relación con sus figuras parentales, provocando abandono, rechazo y su pérdida, llevó a las participantes a silenciar, consciente e inconscientemente, la expresión auténtica de sí mismas. Describieron un comportamiento bueno y complaciente, la búsqueda personal de la excelencia y la interiorización de la exigencia de «ser una buena niña» para satisfacer a su madre o a su padre: «Ir al cine con mi madre, hablar con mi padre como a él le gustaba y estar callada, ser guapa y callar; en algún momento se volvió real, es lo que soy» (Laura); «Sentía que todo lo que era triste o tenía un desenlace infeliz tenía que esconderlo, o tenía que poner muy contenta a mi madre para que no se fuera» (Yael).

Esta actitud sensible hacia las figuras parentales se generalizó a otras relaciones para evitar el rechazo, a costa de eliminar partes auténticas de sí mismas: «Sentía que tenía que estar ahí para los demás, satisfacer las necesidades de los demás, los demás eran más importantes que yo, estaba sumida en un silencio de mí misma muy, muy grande» (Rose); «Intentaba estar bien, ser la niña buena y asegurarme de que todo funcionara bien; prácticamente me hice desaparecer» (Sara).

La formación del self como un objeto utilizado por el self

Las participantes se describieron como «su propia madre» y como encargadas de cumplir funciones instrumentales, emocionales y de desarrollo. Al brindarse a sí mismas consuelo, orientación y seguridad, funcionaban como un objeto estable que compensaba los objetos parentales ausentes: «Crecí sola mentalmente, psicológicamente y emocionalmente» (Sara); «Me ocupaba de mí misma. Si necesitaba algo, si tenía que ir al dentista, si necesitaba libros, lo organizaba yo sola, todo, hacía las cosas sola» (Shelly).

En algunos casos, las participantes describieron cómo validaban su propia valía, a veces de forma grandiosa y omnipotente, escindida del self vulnerable, para protegerse de la agresión y de la invalidación parentales y calmar su ansiedad: «Me decía que era fuerte, que era omnipotente, que no necesitaba protección, que si había problemas podía resolverlos sola, que en cuanto a mis capacidades el cielo era el límite» (Shelly); «Sentía que podía afrontarlo, que podía estirarme para hacer frente a casi cualquier desafío» (Gili).

Otra estrategia consistía en aferrarse a sentimientos de optimismo y de esperanza, porque infundían confianza y facilitaban afrontar el presente: «Me decía que pronto estaría mejor, que solo tenía que aguantar, y que pronto estaría mejor» (Tamar). Las participantes describieron también la fantasía, unida a la creatividad y a la naturaleza, como otra estrategia para aliviar el dolor y conectar con partes auténticas del self, elaborando la realidad compleja y transformándola en una realidad psicológica alternativa (n = 15): «La experiencia de no tener conexión entre mi mundo interior y el exterior era insoportable. Empecé a crear. Para mí era vital entender cómo me sentía […] Escribí en mi diario todos los días hasta los 16 o 17 años» (Gili); «Mi cerebro estaba todo el tiempo creando una realidad alternativa; sabía que era una fantasía, pero era una fantasía agradable. Me permitía soportar la realidad» (Tamar).

Alcanzar la separación

Además de la vigilancia emocional, la observación y la fusión con sus figuras parentales, las participantes describieron cómo también establecieron una separación y formaron una identidad propia a mitad de la infancia y en la adolescencia como forma de hacer frente al control y al aglutinamiento parentales (n = 18). Al principio, esto se manifestaba mediante una separación física o tangible; sin embargo, durante la adolescencia, alcanzar la separación se volvió más sofisticado e implicaba conocer y definir el self como una entidad separada y única: «En mi primera infancia era muy celosa de mi tiempo a solas y de mi espacio privado. Siempre cerraba con llave la puerta del cuarto; era una forma básica de afrontarlo, era esencial para mí» (Gili); «Me decía: “¡Sé especial!”. Me preguntaba: “¿Qué tienes tú de especial?”, “¿Qué es importante para ti?”, “¿Qué te gusta?”, pero no podía responder a esas preguntas» (Michal).

La mayoría de las participantes describieron cómo expresaban su enfado hacia una o ambas figuras parentales (n = 14) y se comportaban de forma rebelde para alcanzar la separación: «En el instituto estaba furiosa. Era una chica mala. Descargaba mi veneno en ellos, porque estaba enfadada con ellos, ¡se lo merecían!» (Yana); «De adolescente me metía sin parar en situaciones de riesgo. Me relacionaba con todo tipo de gente dudosa, incluso durante un tiempo con un delincuente» (Shelly); «La rabia me ayudó a marcar territorio, era una manera de preservarme» (Gili).

Corrección y compensación en el marco de distintas relaciones

Todas las participantes describieron sus intentos de establecer una realidad familiar alternativa marcada por la normalidad y la esperanza. Intentaron una y otra vez normalizar la rutina familiar y la relación con sus figuras parentales, instaurando nuevas tradiciones familiares ideales o dándoles repetidas oportunidades de enmendar su comportamiento, aunque se toparon con decepciones reiteradas: «Preparaba el desayuno para todos y despertaba a mis padres y a mis hermanas con el anhelo de que todos se sentaran alrededor de la mesa. Un símbolo tan normalizador» (Tamar); «Intentaba llevar a casa la rutina diaria normal, como si fuéramos como cualquier otra casa» (Sharon).

Otras estrategias de compensación y de reparación incluían añorar a la figura parental ausente, fantasear con una parentalidad alternativa o idealizar a la figura parental deficiente (n = 10). Estas estrategias mantenían el vínculo con un objeto parental benévolo e infundían sentimientos de pertenencia, valía y esperanza: «Me preguntaba: “¿Por qué no es Gidi Gov [un cantante israelí] mi padre? … ¿Por qué no es Yoni Rechter [un músico israelí] mi padre? ¿O Freddie Mercury?” … ¡Él tendría que haber sido mi padre!» (Laura); «Mi padre no estaba nada presente. Pero precisamente porque no estaba, podía crear una imagen ideal de él, ponerlo en un pedestal» (Sara).

Algunas participantes describieron cómo establecieron relaciones de apoyo y cuidado con figuras adultas alternativas, como abuelas y abuelos, personas allegadas a la familia, figuras educativas y profesionales del trabajo social. Otras describieron la alianza que forjaron con sus hermanos y hermanas. Todo ello buscaba infundir sentimientos de seguridad, de pertenencia y de consuelo (n = 17): «Me vestía —tanto yo como mi hermana— y nos preguntábamos la una a la otra: “¿Parezco descuidada? ¿Estoy guapa?”» (Tamar); «Mi padre se puso en contacto con una trabajadora social, tuve unas cuantas sesiones con ella, y hablé con el servicio de orientación del colegio y con mi abuela. Me ayudaron a superar esa época» (Dana).

DISCUSIÓN

Este estudio se diseñó para arrojar luz sobre las experiencias y las estrategias de afrontamiento puestas en marcha ante el malestar en las relaciones de parentalización entre figuras parentales e hijas, desde el punto de vista retrospectivo de un grupo de mujeres adultas israelíes. Los hallazgos se resumen en la Figura 1, que presenta estas relaciones de parentalización. Como se observa, esta experiencia puede enmarcarse como un trauma relacional en el que el contacto entre el self y el objeto parental se percibe como un vínculo amenazado, parcial, anulador y distorsionado. Como en estudios anteriores, los hallazgos sugieren que las relaciones invertidas hunden sus raíces en circunstancias vitales difíciles, marcadas por el maltrato y el abuso, el conflicto conyugal crónico y factores contextuales como las dificultades económicas (p. ej., Bifulco et al., 2014; Ponizovsky et al., 2012).

El modelo del trauma relacional
FIGURA 1. El modelo del trauma relacional

Estas circunstancias vitales difíciles, que también pueden considerarse experiencias adversas en la infancia (ACEs) y que en el modelo aparecen como «amenazas externas», obstaculizaron de forma crónica el funcionamiento parental y repercutieron directamente en la salud mental y física de hijas e hijos (Felitti et al., 1998). Aunque los modelos teóricos suelen distinguir entre tipos de disolución de los límites (Kerig, 2005), los presentes hallazgos sugieren que la relación de parentalización se vivía como una experiencia existencial global distorsionada, amenazante y frágil. Estos patrones relacionales, caracterizados por diversas disoluciones de los límites psicológicos, activan el sistema del miedo y crean un terror persistente sin salida. En consecuencia, las participantes describieron su vínculo con unas figuras parentales que fallaban como agotador y debilitante, definido por la vigilancia emocional y el miedo a la aniquilación, al hundimiento y al derrumbe. En este sentido, la parentalización puede entenderse como un mecanismo a través del cual estas ACEs constituyen un factor de estrés inmenso y continuo para el self.

Esta propuesta concuerda con estudios previos que indican que estas experiencias de maltrato aumentan la probabilidad de efectos neuronales adversos duraderos en la salud mental y física de la infancia (Herzog & Schmahl, 2018; Hughes et al., 2017), así como con la literatura sobre el apego (George & Solomon, 2011) y el trauma relacional (Bailey & Brand, 2017), y con la descripción de Winnicott (Winnicott, 1974) de este horror como el miedo del bebé a un derrumbe psíquico traumático. Aunque las participantes se referían a su infancia y su adolescencia, todas describieron la realidad aterradora, el miedo al derrumbe, la sensación de caer y la escisión del self como experiencias centrales que caracterizaban sus relaciones. Sin embargo, como el fracaso parental no quedó como una experiencia infantil no registrada, sino que se repitió una y otra vez en su vida, este miedo se vivió como real y podía recordarse. En este sentido, las participantes vivieron la relación con sus figuras parentales como una forma de impotencia engañosa dentro de una experiencia paradójica. Atrapadas en las exigencias y necesidades parentales, y obligadas a responder a su propia necesidad de apego, de conexión y de vínculo, se encontraron alimentando el círculo vicioso al asumir continuamente el rol de cuidadoras (Winnicott, 1965). Estudios previos han señalado que la infancia sometida a maltrato emocional tiene más probabilidades de desarrollar estrategias inadecuadas en relación con el bienestar emocional y físico, como una mala regulación emocional, la disociación y más conductas de riesgo (English et al., 2015; Haferkamp et al., 2015; Oshri et al., 2015).

A lo largo de las entrevistas, las participantes describieron cómo pusieron en marcha diversos mecanismos para afrontar el miedo y alcanzar cierto grado de estabilidad y de alivio. Estos se caracterizaban por cambios estructurales del self y escisiones intrapsíquicas, así como por desconexiones en el self, en la línea de la literatura sobre disociación y trauma (Schimmenti & Caretti, 2016). Entre ellos figuraba la adopción de un self falso, inauténtico y complaciente, desconectando las partes vulnerables, dependientes o infantiles del self que no se ajustaban a las necesidades y expectativas parentales, en favor de un self «exterior» estable, funcional y protector. Esta fachada defensiva, escindida del self auténtico (es decir, de la sensación de estar viva, de una chispa creativa que la persona vive como real y poderosa), surgió como reacción a las intrusiones parentales, impulsada por los intentos de adaptarse a la figura parental excesivamente dependiente y exigente, complacerla y evitar un posible rechazo (Goldner et al., 2021; Winnicott, 1965). Esta postura complaciente se generalizó a las relaciones con el grupo de iguales y con otras personas (Chiu et al., 2019). En consecuencia, pese al esfuerzo por vincularse con sus figuras parentales, no se estableció ninguna conexión genuina. Por ello no había alivio del miedo, lo que reforzaba el movimiento dialéctico y el trauma. Las participantes parecían carecer de un sentido claro de sí mismas y representaban su existencia de forma discreta, sintiéndose desconectadas de sus sentimientos y de sus deseos (Norman et al., 2021).

Otra desconexión del self se ajusta a la conceptualización de Kohut (1971) de la escisión vertical. Para restablecer su equilibrio narcisista, las participantes relataron haber construido un cambio estructural específico en el que el self se dividía entre la nada y la falta de valor, por un lado, y la omnipotencia y la grandiosidad, por otro. Mientras que en algunos casos se describían sumidas en un estado continuo de depresión, oculto a la mirada de los demás, que agravaba su sentimiento de desesperanza (Maker et al., 2005), en otros mostraban superioridad y un sentimiento de singularidad. Así, sus necesidades narcisistas insatisfechas quedaban profundamente enterradas bajo su asertividad vehemente y su superioridad, custodiadas por un muro de vergüenza, culpa y vulnerabilidad (Kohut & Wolf, 1978). Vivían, pues, dentro de una «paradoja narcisista» (Morf & Rhodewalt, 2001) en la que anhelaban a la vez la afirmación externa de sí mismas y el aprecio de sus figuras parentales, pero también las percibían como objetos frustrantes y como una amenaza para su propia autoestima estable y positiva (Cain et al., 2008; Pincus & Lukowitsky, 2010). Al mismo tiempo, sentían rabia y resentimiento.

La desconexión del self se relaciona también con el mecanismo de defensa de la identificación con el agresor (Ferenczi, 1988). Sometidas al poder superior de sus figuras parentales y expuestas a ataques abrumadores, abandono emocional y aislamiento, las participantes intentaban mantener cierto grado de seguridad y de conexión con ellas. Para colmar sus necesidades de apego y narcisistas, se vieron obligadas a renunciar a partes de su experiencia subjetiva, vulnerable y débil, a disociarlas, y a identificarse con la figura parental herida que ejercía el daño. Así, se subordinaron al agresor (Lahav et al., 2021). Con la esperanza de que se les permitiera sobrevivir, utilizaron su gran capacidad de empatía y de identificación para remodelar sus creencias y sus conductas y ajustarlas a la imagen ideal de sí mismas que existía en la mente de su madre o de su padre (es decir, de quien las agredía). Así, sus conductas de riesgo, autolesivas y punitivas pueden entenderse como manifestaciones de la identificación con quien ejerce el abuso (Lahav et al., 2022) y de la interiorización del «objeto del self maligno» (Kohut, 1971) para poder sobrevivir. No obstante, al mismo tiempo introyectaron aspectos de la realidad externa y crearon fantasías que las ayudaron a vivir en ella (Frankel, 2002).

La Figura 1 esquematiza los hallazgos representando la experiencia de la relación de parentalización como un sistema cerrado, circular y atrapado, que se forma en respuesta a la presión de unas circunstancias vitales extenuantes y se caracteriza por una experiencia horrible, inestable y sisífica. Mientras hacían frente a diversos tipos de disolución de los límites, de maltrato y de negligencia como los que describieron, las participantes se vieron obligadas a vigilar el bienestar de sus figuras parentales y de su familia en un estado de hiperactivación constante. De ello resultaron mecanismos de afrontamiento inadecuados: el aglutinamiento con sus figuras parentales y la interiorización de su fracaso, su agresividad y su depresión, acompañados de sentimientos de vergüenza y de culpa. Para hacer frente a la situación traumática se forjó una estructura del self escindida y desconectada, con una integración limitada entre sus partes.

Limitaciones

El presente estudio tiene varias limitaciones. La primera se debe a que se basó en los relatos retrospectivos de mujeres que, en algunos casos, vivieron la inversión de roles en la infancia hace décadas. Dado que la memoria es falible y que las emociones siguen cambiando a lo largo de la vida, es probable que el recuerdo de los acontecimientos y de las experiencias emocionales esté sesgado por las experiencias e interpretaciones más recientes de las participantes. La segunda limitación tiene que ver con las restricciones del muestreo al aplicar los principios del muestreo teórico de la teoría fundamentada e intentar alcanzar la saturación respecto de las preguntas del estudio. La muestra estaba compuesta por 19 mujeres con un alto nivel educativo. Este hecho probablemente influyó en los hallazgos, que pueden no ser representativos de las mujeres de entornos socioeconómicos más desfavorecidos. Los estudios futuros deberían incluir a mujeres de distintos niveles socioeconómicos para validar los resultados. Además, el análisis partía de una perspectiva evolutiva y clínica. Futuros estudios podrían analizar los datos desde un punto de vista feminista crítico. Por último, la muestra estaba compuesta por mujeres judías de Israel, una sociedad relativamente colectivista. Futuros estudios deberían explorar las experiencias de mujeres de orígenes más diversos.

Pese a estas limitaciones, el presente estudio muestra cómo la parentalización se percibe como una forma de trauma relacional que induce mecanismos defensivos patológicos, como la identificación con el agresor y las estrategias disociativas frente a una activación emocional constante y a una realidad agotadora y aterradora. Los hallazgos subrayan la necesidad de informar a los equipos clínicos que atienden a personas que han vivido una parentalización sobre la profundidad de esta experiencia como forma de trauma relacional. También exigen desarrollar intervenciones centradas en el trauma que respondan a una organización de la personalidad y a una estructura del self alteradas, y que ayuden a las personas en terapia a interiorizar mejores relaciones de objeto. Estas intervenciones deberían centrarse en la estructura distorsionada del self y trabajar para hacer posible la creación de un sentido de sí integrador y coherente, dando voz, sentido y reconocimiento a la experiencia traumática. Además, conviene prestar atención a las fortalezas y a la resiliencia de las personas que han vivido una parentalización.

Complexe Systémique: puntos clave

El estudio da voz a lo que la clínica sistémica suele observar desde fuera: la niña que lleva la casa, que arbitra a la pareja parental, que tranquiliza a una madre o a un padre frágil. Los seis patrones descritos (parentalización, adultización, triangulación, control, negligencia, aglutinamiento) coinciden con los límites difusos de Minuchin y con la parentalización destructiva de Boszormenyi-Nagy, pero vistos desde dentro, con su coste: miedo constante, sensación de nada, falso self complaciente, grandiosidad compensatoria. Para la práctica, una lección es no elogiar demasiado deprisa la «madurez» de quien se ocupó de su familia, advertir el self «exterior» que funciona demasiado bien y apoyarse en los recursos que las participantes encontraron por sí mismas: la fratría, las figuras adultas sustitutas, la creatividad, la rabia que separa. La lectura sigue siendo, no obstante, mayoritariamente intrapsíquica y psicoanalítica: el sistema familiar, las figuras parentales y la justicia de los intercambios apenas aparecen. Solo diecinueve mujeres, con un alto nivel educativo, judías israelíes, entrevistadas décadas después por un equipo que ya tenía sus hipótesis: el modelo debe ponerse a prueba antes que aplicarse. Puede leerse junto con el artículo sobre la parentalización, cuándo preocuparse y qué hacer, y el artículo sobre las lealtades invisibles.

Notas del original

1 Todos los nombres son seudónimos.

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Traducción no oficial de “Like stepping on glass”: A theoretical model to understand the emotional experience of childhood parentification, de Shirley Schorr y Limor Goldner, Family Relations, vol. 72, n.o 5 (2023), doi: 10.1111/fare.12833, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

Esta es una traducción del artículo original «“Like stepping on glass”: A theoretical model to understand the emotional experience of childhood parentification», publicado en Family Relations (2023) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.

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Cómo citar este artículo

Schorr, S., et Goldner, L. (2023). “Like stepping on glass”: A theoretical model to understand the emotional experience of childhood parentification. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/like-stepping-on-glass-the-emotional-experience-of-childhood-parentification (Obra original publicada en 2023 en Family Relations, 72(5), 3029-3048 (2023); republicada en 2023 por Family Relations, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/fare.12833)

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