Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Contemporary Family Therapy · Pareja
El teléfono no es solo un canal entre dos personas: se convierte en un tercero que regula, o desregula, la ansiedad de la pareja. A partir de 31 entrevistas con personas adultas jóvenes de trece nacionalidades, el estudio describe cómo la gente se presenta, se acerca y rompe a través de las pantallas, y propone un modelo circular de corregulación y desregulación digitales.
Traducción no oficial al español de Digital Co-Regulation and Dysregulation in Romantic Relationships: A Systemic Model of Technology-Mediated Emotional Processes, de Katherine M. Hertlein, publicado en Contemporary Family Therapy (Springer) (2026), doi: 10.1007/s10591-026-09793-z, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. La figura se reproduce tal como se publicó; las declaraciones de final de artículo se agrupan en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
La tecnología no se limita a facilitar los procesos emocionales: transforma en profundidad el entorno sistémico en el que estos se producen.
Katherine M. Hertlein
Resumen
La tecnología se ha convertido en un contexto integral a través del cual las relaciones de pareja se inician, se mantienen y se viven en todo el mundo. Aunque la investigación previa ha puesto el acento en la comunicación y la conexión, se ha prestado menos atención a cómo funciona la tecnología como mecanismo de regulación emocional dentro de las relaciones. En el presente estudio cualitativo, examinamos cómo las personas utilizan la tecnología para gestionar los procesos relacionales en distintos contextos culturales. Se realizaron entrevistas semiestructuradas con 31 participantes, que se analizaron mediante el método comparativo constante, un proceso iterativo en el que los datos se codifican y se comparan continuamente dentro de cada entrevista y entre entrevistas para identificar y afinar los temas emergentes. Los resultados revelaron patrones esperados en el uso de la tecnología durante el inicio y la terminación de las relaciones, pero también un patrón emergente que puso de relieve el papel de la tecnología en procesos de corregulación y desregulación digitales. Estos resultados sugieren que la tecnología opera como un mecanismo regulador integrado en los sistemas de pareja. Se discuten las implicaciones para la teoría sistémica, la investigación transcultural y la práctica clínica.
Palabras clave: Tecnología, Relaciones de pareja, Regulación emocional, Ansiedad, Comunicación digital, Terapia de pareja
Lo que se considera un comportamiento adecuado a través de la tecnología suele estar determinado por los contextos culturales y relacionales en los que están insertas las personas (Kircaburun et al., 2020; Paulovich et al., 2022; Ruben et al., 2021). Un sólido corpus de literatura ha documentado diferencias transculturales en la adopción de internet y el uso de la tecnología, incluidas variaciones en los roles familiares, las expectativas relacionales y las percepciones del uso problemático (Chen, 2021; Silver et al., 2022; Vanden Abeele & Nguyen, 2022). Por ejemplo, la tecnología modifica a menudo las dinámicas familiares tradicionales. En muchos hogares, la generación más joven domina la tecnología mejor que la adulta, lo que nivela el terreno de juego y hace que los roles familiares sean menos rígidos. Además, las culturas difieren mucho en lo que consideran un tiempo de pantalla «excesivo» (Taipale, 2019; Vanden Abeele & Nguyen, 2022). Estas diferencias determinan no solo cómo se usa la tecnología, sino también cómo se interpreta dentro de los sistemas relacionales.
La investigación existente ha examinado cómo las personas de distintas regiones utilizan los teléfonos inteligentes y las plataformas digitales para iniciar y mantener relaciones de pareja, con resultados que sugieren variabilidad en las motivaciones, los estilos de comunicación y las expectativas relacionales (Beukeboom & Pollmann, 2021; McCormack & Ogilvie, 2020; McDaniel & Drouin, 2019; Roberts & David, 2020; Wang et al., 2022). Antes de explorar los mecanismos concretos por los que la tecnología influye en las parejas, conviene entender lo que ha identificado la investigación en general. Dicho de forma sencilla, los teléfonos inteligentes y las aplicaciones digitales han cambiado en profundidad nuestra manera de interactuar. La investigación muestra que, si bien la tecnología hace increíblemente fácil mantenerse en contacto a grandes distancias, también introduce factores de estrés. Por ejemplo, la expectativa de estar siempre localizables puede generar ansiedad cuando la pareja no responde enseguida. Además, el tiempo de pantalla interrumpe con frecuencia los momentos cara a cara —un fenómeno que la comunidad investigadora denomina «technoference»—, y las personas se sienten a menudo ignoradas cuando su pareja mira el teléfono en lugar de mirarlas a ellas (lo que suele llamarse «phubbing»). En resumen, la tecnología actúa como un arma de doble filo: ofrece nuevas formas de construir cercanía, pero también crea nuevas formas de sentir inseguridad o desconexión (Hertlein, 2012).
Aunque los teléfonos sirven como herramienta de conexión, la investigación ha pasado por alto en ocasiones cómo funcionan como mecanismos de regulación emocional dentro de las relaciones. Estudios recientes sugieren que los entornos digitales crean condiciones de accesibilidad, visibilidad y capacidad de respuesta constantes que influyen en cómo las personas gestionan sus experiencias emocionales, en particular la ansiedad y la incertidumbre (Kushlev & Dunn, 2019; McDaniel & Coyne, 2016). Estas condiciones pueden favorecer procesos reguladores tanto adaptativos como desadaptativos. Aunque Hertlein (2012) ya abordó esta distinción, no se ha articulado plenamente dentro de los marcos relacionales.
Desarrollar una relación exige que la pareja gestione un equilibrio constante, a veces denominado en la investigación dialéctica relacional (Baxter & Montgomery, 1996), la proposición teórica según la cual la vida relacional se define por tensiones continuas y no resueltas entre necesidades relacionales opuestas, más que por un único equilibrio estable. Esto implica gestionar el natural tira y afloja entre el deseo de independencia y el deseo de cercanía, entre la búsqueda de intimidad personal y la apertura, y entre el anhelo de estabilidad y la aceptación del cambio (Baxter & Montgomery, 1996; Solomon & Roloff, 2018). Estas tensiones son especialmente marcadas durante fases de transición como el inicio, el conflicto y la terminación. Si bien las formas fundamentales en que los seres humanos construyen la confianza, se comunican y resuelven los conflictos no han cambiado con el tiempo, las herramientas que utilizamos para lograrlo han cambiado considerablemente en la era digital (Solomon & Roloff, 2018). Desde un punto de vista sistémico, estos procesos se entienden como interacciones reguladoras: cada miembro de la pareja influye en los estados emocionales del otro mediante la comunicación y el comportamiento, un proceso conceptualmente relacionado con lo que la investigación sobre el apego denomina corregulación, aunque aquí se plantea en el nivel del sistema diádico y no en el del estilo de apego individual. En los contextos digitales, estos procesos reguladores están cada vez más mediados por la tecnología, lo que crea nuevas formas de patrones interaccionales (Hertlein, 2012; Maheu et al., 2018).
Trabajos recientes sobre el apego y la regulación emocional destacan la importancia de la corregulación, definida como el proceso por el cual las personas regulan sus estados emocionales a través de la interacción con otras personas (Butler & Randall, 2013; Coan & Sbarra, 2015). Aunque este artículo aborda estas interacciones reguladoras desde una perspectiva sistémica/relacional y no explora rasgos psicológicos como el apego, es importante reconocer que la teoría psicodinámica lleva muchos años discutiendo estos conceptos con otro lenguaje para describir cómo la tecnología media las dinámicas relacionales y emocionales (Russell, 2015). Cuando los esfuerzos de regulación fracasan o se vuelven excesivos, pueden contribuir a la desregulación, caracterizada por una escalada del malestar emocional, la reactividad y ciclos conductuales desadaptativos. La tecnología sostiene este proceso al permitir una vigilancia continua (p. ej., la «última conexión», las confirmaciones de lectura) (Elhai et al., 2020; Maheu et al., 2018), una capacidad de respuesta asíncrona (a veces diferida) y mayores oportunidades de vigilancia y triangulación (Hertlein & Chan, 2020). En otras palabras, la tecnología puede amplificar tanto los procesos de corregulación como los de desregulación, al aumentar el acceso a las señales relacionales e introducir al mismo tiempo ambigüedad y malentendidos.
Aunque la investigación previa ha documentado tanto los beneficios como las dificultades del uso de la tecnología en las relaciones (Hertlein & Ancheta, 2014; Maheu et al., 2018; McDaniel & Radesky, 2018), pocos trabajos han conceptualizado estos efectos desde un marco de regulación. La comunicación digital puede facilitar la corregulación al proporcionar seguridad —y construir un apego percibido— mediante respuestas oportunas (Bröning & Wartberg, 2024; Busch & McCarthy, 2021), al mantener la conexión a distancia (Chada, 2022) y al sostener la sintonía emocional. Al mismo tiempo, puede contribuir a la desregulación al aumentar la ansiedad mediante respuestas tardías o ambiguas, al fomentar conductas repetitivas de comprobación y vigilancia (Kushlev & Dunn, 2019; Nesi et al., 2018) y al amplificar las interpretaciones negativas del comportamiento de la pareja (Hertlein & Ancheta, 2014; Hertlein & Chan, 2020).
La investigación sugiere que las conductas relacionadas con la tecnología, como la vigilancia en las redes sociales y el envío excesivo de mensajes, se asocian con un aumento de la incertidumbre relacional, los celos y la ansiedad (Kushlev & Dunn, 2019; McDaniel & Coyne, 2016). Estos patrones son coherentes con modelos más amplios de desregulación emocional, en los que los intentos de reducir el malestar lo mantienen o intensifican paradójicamente. Además, si bien las herramientas digitales ofrecen vías novedosas de conexión y corregulación, es imprescindible reconocer su omnipresencia en la facilitación del «lado oscuro» de las dinámicas relacionales. La conectividad continua que permiten las plataformas digitales puede convertirse fácilmente en un arma y dar lugar a abusos facilitados por la tecnología en las relaciones íntimas. Esto abarca un abanico de conductas coercitivas, entre ellas el uso de aplicaciones de vigilancia o de redes sociales para controlar, dominar o acosar a la pareja de forma obsesiva (Afrouz & Vassos, 2024; Rogers et al., 2022). Además, una manifestación particularmente grave y contemporánea de esta desregulación digital es el abuso sexual basado en imágenes (a veces llamado «porno vengativo»), que consiste en la difusión no consentida, o la amenaza de difusión, de imágenes o mensajes sexualmente explícitos (Patel & Roesch, 2020). Ya se manifiesten como un control coercitivo unilateral o como interacciones digitales mutuamente problemáticas, estas conductas reflejan una distorsión significativa del poder sistémico. Reconocer la omnipresencia de estas conductas oscuras es fundamental, ya que representan una violación profunda de los límites relacionales y comprometen en lo esencial la seguridad y la estabilidad emocional del sistema de pareja. Cabe señalar que el carácter despersonalizado de muchas plataformas digitales, que despoja a la comunicación del tono, la expresión facial y la rendición de cuentas inmediata, puede ser parte de lo que permite que las conductas desreguladas y coercitivas escalen más fácilmente en línea de lo que lo harían cara a cara (Lapidot-Lefler & Barak, 2012; Ritchie et al., 2026).
Un principio central de la perspectiva sistémica adoptada en este artículo es conceptualizar la tecnología como un fenómeno triangulado dentro de la díada de pareja. En la teoría tradicional de los sistemas familiares, la triangulación se produce cuando un sistema de dos personas que experimenta tensión o ansiedad incorpora a una tercera entidad para reducir el malestar y restablecer una estabilidad temporal (Bowen, 1978). En el contexto relacional moderno, la tecnología actúa con frecuencia como ese tercero activo. Lejos de ser un medio pasivo de comunicación, los dispositivos digitales son triangulados en la relación para gestionar la distancia y la cercanía emocionales. Por ejemplo, cuando la pareja vive una desregulación emocional o un conflicto, sus miembros pueden recurrir instintivamente a sus pantallas para difuminar la tensión, buscar una validación externa o evitar la confrontación directa (Hertlein & Ancheta, 2014). Aunque esta triangulación digital puede ofrecer un alivio emocional inmediato e individual, altera en lo esencial el proceso regulador diádico, desplazando la dependencia del sistema desde la corregulación directa entre los miembros de la pareja hacia un amortiguador emocional mediado por la tecnología.
En conjunto, esta literatura señala una tensión constante: las mismas características tecnológicas que sostienen las relaciones (acceso constante, contacto de bajo coste y capacidad de mantener la cercanía a distancia) son también las más implicadas en la desregulación (ambigüedad, oportunidades de vigilancia y presión hacia una disponibilidad continua). Este carácter de doble filo de la tecnología es el punto de partida del objetivo del presente estudio.
A pesar de la abundante investigación sobre tecnología y relaciones, aún queda información importante por conocer sobre cómo la tecnología regula las relaciones (Prieler & Kohlbacher, 2017; Sharabi & Timmermans, 2020). Los estudios existentes se han realizado en gran medida con muestras occidentales, lo que limita la comprensión de cómo operan los procesos relacionales digitales en distintos contextos culturales. También ha habido una integración teórica limitada de la tecnología en los modelos sistémicos de regulación emocional. Al revisar la literatura, la autora no encontró ni un solo artículo sobre cómo la tecnología configura activamente los procesos emocionales e interaccionales dentro de las relaciones. El presente estudio aborda estas lagunas examinando cómo las personas utilizan la tecnología en sus relaciones de pareja en distintos contextos culturales. Aunque los objetivos iniciales se centraban en el inicio y la terminación de las relaciones, los resultados revelaron un proceso organizador central: el uso de la tecnología como mecanismo de corregulación y desregulación digitales. Este estudio propone que la tecnología funciona como un componente integrado de los sistemas relacionales, que configura la manera en que la pareja gestiona las experiencias emocionales, afronta la incertidumbre y participa en ciclos interaccionales.
Desde una perspectiva fenomenológica, este estudio buscaba «la comprensión de relaciones significativas y concretas implícitas en la descripción original de la experiencia en el contexto de una situación particular, que es el objetivo principal del conocimiento fenomenológico» (Moustakas, 1994, p. 14). Más que generar una teoría sobre cómo las personas usan el teléfono, nos interesaba sobre todo el crecimiento de la relación, la implicación de la tecnología en el arco de desarrollo de una relación (inicio, conflicto y terminación) y cómo se manifiestan estos aspectos en una muestra no occidental. Además, el Couple and Family Technology Framework (Hertlein, 2012) identifica siete elementos de la tecnología que influyen en la estructura (roles, reglas, límites) y en el proceso de las relaciones (inicio, mantenimiento y terminación de la relación). El marco no especifica lo que se considera normativo o saludable; se apoya, en cambio, en las particularidades del sistema relacional para determinar cómo el uso de la tecnología en estos ámbitos puede ser saludable. Utilizamos el marco para orientar nuestras preguntas y nos centramos en dos dialécticas relacionales presentes en él: el inicio y la terminación de la relación.
Podían participar en este estudio las personas adultas de 18 años o más, siempre que pudieran mantener una conversación en inglés. En total, 31 personas participaron en las entrevistas. Las personas participantes tenían entre 20 y 40 años, con una edad media de 24.5 años. Había 9 hombres y 22 mujeres. Diez participantes declararon vivir con su pareja. Otras 10 personas compartían vivienda; 4 declararon vivir con un familiar y las 7 restantes declararon vivir solas. Las nacionalidades de las personas participantes eran: Austria (n = 5), Croacia (n = 1), Alemania (n = 6), India (n = 1), Irlanda (n = 1), Italia (n = 1), Japón (n = 2), Kazajistán (n = 1), México (n = 4), Polonia (n = 3), Rumanía (n = 4), Corea del Sur (n = 1) y el Reino Unido (n = 1). Se obtuvo de las personas participantes un consentimiento informado y libremente otorgado para participar en el estudio.
Las entrevistas fueron realizadas por una persona del profesorado y una persona estudiante. Las personas participantes respondieron a una entrevista semiestructurada de 60 min como máximo, con una duración de entre 22 y 60 min. La guía de entrevista contiene 13 preguntas que evalúan cómo influía la tecnología en los roles, las reglas, los límites y los procesos relacionales. Formulamos preguntas específicas sobre el uso de la tecnología en todas las relaciones personales; no obstante, estos resultados se centran en las relaciones de pareja. Este estudio fue aprobado por la Comisión de Ética de una universidad de Austria. Véase el Anexo A para la guía de entrevista. Todas las entrevistas se realizaron de forma individual y no en formato de grupo focal; cuando las citas parecen remitir a la declaración de otra persona participante, se debe a que, en algunos casos, las personas participantes procedían de círculos sociales que se solapaban y describían sus propias percepciones, formadas de manera independiente, de experiencias compartidas, y no una conversación directa entre ellas durante la propia entrevista.
Los datos se analizaron mediante codificación abierta y axial y el método comparativo constante (Strauss & Corbin, 1990). Las entrevistas fueron leídas y codificadas por un equipo de analistas, integrado, salvo la primera autora, por estudiantes de posgrado de programas de salud mental. Este alumnado de posgrado realizó el proyecto como trabajo final bajo la dirección de la primera autora. La primera autora leyó y codificó todas las entrevistas: a cada entrevista se asignaron por rotación otras dos personas lectoras y codificadoras. Por ejemplo, la entrevista n.º 1 fue leída y codificada por la primera autora y por las personas 2 y 3 del equipo. La entrevista n.º 2 fue codificada por la primera autora y por las personas 3 y 4 del equipo, etc. Esta codificación inicial se realizó de forma simultánea (Saldaña, 2021). En el momento de discutir los códigos, cada integrante del equipo publicó sus códigos de forma individual. Después revisamos los códigos en equipo y los fusionamos en un código común. Una vez diferenciados, los códigos se volvieron a comparar con los datos para comprobar si tenían sentido en el contexto en el que habían surgido (Emerson et al., 1995). Al concluir la primera ronda se identificaron inicialmente treinta y tres códigos distintos.
Tras las fases iniciales de codificación, discutimos una representación gráfica de lo que habíamos escuchado, que dio lugar al modelo presentado en la Fig. 1. Cartografiamos las conexiones sistémicas entre los temas emergentes para comprender cómo funcionaban las conductas reguladoras a lo largo de la vida de la relación, de forma coherente con lo que escuchamos en las entrevistas. Este proceso implicó analizar cómo las transiciones agudas del inicio y la terminación de la relación actuaban como límites que contextualizaban los esfuerzos cotidianos y continuos de regulación diádica.

El rigor de nuestro estudio se ajustó a las recomendaciones de Anfara et al. (2002). Establecimos la credibilidad recurriendo a personas codificadoras que no se incorporaron al proyecto hasta que las entrevistas estuvieron realizadas y transcritas. Las coincidencias en los códigos, con independencia de quien los revisara, apuntaban a la fiabilidad. También incluimos preguntas de sondeo en el proceso de entrevista semiestructurada para garantizar una descripción densa y rica de los constructos abordados. Por último, la confirmabilidad se establece mediante la concordancia de nuestros resultados con los de investigaciones anteriores.
Los resultados de este estudio pusieron de manifiesto cómo se utilizaba la tecnología en tres tipos de espacios de transición abarcados por la dialéctica relacional. Se esperaba que se abordaran dos de estos espacios: el inicio y la terminación de la relación. En cuanto al inicio de la relación, las personas participantes describieron cómo podían controlar el ritmo de construcción de la intimidad cuando esta se desarrollaba a través de la tecnología. También describieron su capacidad para actuar de forma deliberada en cómo se presentaban ante la otra persona, en lo que decían, en qué información sobre sí se destacaba y en cómo podían proyectar una imagen determinada.
En el proceso de las relaciones, las personas participantes describieron que el inicio de la relación se veía afectado por diferencias en la definición de la intimidad y por cambios en el nivel de comodidad, y que la tecnología ofrecía un mecanismo para interpretar por qué una relación no había ido más allá de las etapas iniciales. La terminación de la relación se ve afectada por la existencia de múltiples contactos y canales de comunicación, por la personalidad de cada miembro de la pareja y su manera de usar la tecnología, y por la posibilidad o la comodidad de poder bloquear a alguien. Por último, el tercer espacio relacional que surgió estaba relacionado con la ansiedad en la relación. Las personas participantes describieron con claridad cómo la aparición de ansiedad respecto a la relación alimentaba interacciones específicas con la tecnología destinadas a calmarla. Cada uno de estos aspectos se analiza en detalle a continuación.1
Muchas personas participantes prestaban gran atención a la forma en que se presentaban inicialmente ante los demás en los contextos digitales. Participante 04 afirmó: «No me gusta cuidar mi imagen, pero internet es marketing. Tienes que venderte, invertir en lo que eres». Participante 29 lo desarrolló así:
Creo que hay algo en internet que realmente distorsiona tu imagen. Si es buena, la va a inflar; si es mala, la va a hundir. Así que estoy totalmente de acuerdo con lo que dijo él: no quiero cuidar mi imagen; no es que no me importe cómo me comporto con el otro, sino cómo cuidar mi imagen en línea, que va a quedar totalmente distorsionada respecto a lo que realmente soy».
Una participante en particular describió cómo había aplicado esto al uso del teléfono inteligente con su pareja a medida que se acercaba su matrimonio concertado, ya que ella y su marido no se conocían:
... mi marido y yo tuvimos un matrimonio concertado allá en la India. Así que la primera forma en que de verdad empezamos a comunicarnos fue por teléfono... Mandándole mensajes, hablando, las dos cosas, pero creo que los mensajes un poco más, porque puedes hacerlo todo el día. Así es como empezamos de verdad a comunicarnos, nos sentimos cómodos diciendo algunas cosas por teléfono. (p. 11)
Las personas participantes tenían también una aguda conciencia de cuándo controlaban su personaje y desarrollaban estrategias para cuando no era así: «La gente es muy vulnerable cuando publica, no lo sabe, pero muestra muchas debilidades, inseguridades que tiene, y yo no quiero hacer eso con gente con la que no me siento cómoda. Así que, cuando sentí que ya no controlaba la forma en que me presentaba, borré la cuenta». (p. 30). Aunque esta acción inicial aparece como un mecanismo individual de afrontamiento, perturba inevitablemente los procesos diádicos. Al retirarse de los espacios digitales para ocultar sus vulnerabilidades, la persona altera de antemano el sistema relacional, bloquea posibles vías de corregulación con su pareja y obliga a modificar la forma en que la pareja se comunica y gestiona la inseguridad.
Las personas participantes señalaron con frecuencia cómo ha cambiado la definición de la intimidad. En concreto, sugirieron que iniciar una relación es más fácil cuando se empieza en línea, porque supone menos vulnerabilidad. Una persona participante afirmó: «La facilidad de comunicarse por mensajes también cambió el inicio de las relaciones. Puedes empezar a hablar con varias personas y luego centrarte en las que responden». (p. 16). Para algunas personas participantes, ofrecía un mecanismo para empezar a comunicarse en privado con alguien a quien conocían en un contexto más público. Participante 29 afirmó: «Ella no era de la misma ciudad en la que yo vivía en Rumanía, era de otra ciudad de Rumanía, así que siempre teníamos que chatear por Skype, Facebook, cosas así. De hecho, fue útil». Participante 02 lo ilustró así: «[Mi novio y yo] nos conocíamos de antes y nos fuimos de viaje por carretera, un viaje con amigos, y teníamos ese chat de grupo y entonces él me escribió en privado». (P. 02). Otra persona participante dio un ejemplo de la cuestión de la vulnerabilidad y de la utilidad de los mensajes: «El teléfono es demasiado íntimo, así que empezamos con mensajes; los mensajes fomentan la pereza; fachada; facilidad de comunicación, más fácil porque es menos íntimo». (p. 13). Otra persona participante declaró: «Casi no me imagino a alguien llamando, porque no os conocéis muy bien y llamar sin más es muy íntimo. No sabes si la persona está de humor o está haciendo algo importante o está ocupada, así que es más fácil escribir». (p. 11).
Las personas participantes también utilizaban la tecnología para ocultar su vulnerabilidad y modular mejor los procesos de intimidad: «Suelo sentir timidez cuando hablo con otras personas, y usar el móvil lo hace más fácil porque… estoy escribiendo y no hay lenguaje corporal ni contacto cara a cara. (P. 17). Otra persona participante lo ilustró así: «Simplemente no puedo hablar con la gente en persona de la misma manera que les hablo por teléfono. No sé. Hay como una máscara en medio, con la que me siento libre de decir lo que quiera, pero en persona de verdad no puedo hacerlo». (P. 07). Otra participante describió cómo, mediante mensajes, mantenía la distancia hasta estar preparada para algo más: «Yo, por ejemplo, le mando mensajes cortos y no me meto mucho en la conversación y nunca empiezo conversaciones. Es que me da igual; escribo cuando quiero. Escribo lo que quiero. Nada me importa: solo mensajes cortos». (P. 10).
La Figura 1 presenta una conceptualización global de estas dinámicas relacionales. Es importante señalar que, aunque los relatos de las personas participantes se anclaban con frecuencia en las fases muy destacadas del inicio y la terminación de la relación, el modelo muestra que estas transiciones funcionan sobre todo como los límites exteriores del ciclo de vida de la relación. El modelo se centra en los esfuerzos continuos e iterativos de regulación diádica que se producen entre estos acontecimientos de transición. Así, la Fig. 1 representa cómo la pareja negocia y mantiene de forma continua la estabilidad sistémica durante la relación activa, contextualizada por la manera en que la relación comienza y, en última instancia, concluye.
Uno de los resultados clave y exploratorios del estudio fue el papel que desempeña la tecnología en la gestión de la ansiedad y las emociones, tanto en el plano individual como en el relacional. De hecho, la mayor parte de los datos sugiere que las personas participantes están dejando de gestionar la ansiedad por sí mismas y recurren a las aplicaciones y funciones de su teléfono para hacerlo. Algunas personas participantes usaban el teléfono para alejarse de su propio estado emocional. Por ejemplo, Participante 24 señaló: «incluso cuando tengo algún problema o cuando algo me deprime… inconscientemente abro el teléfono y le doy “me gusta” a publicaciones de otra gente». Hay ansiedad ligada a lo que ocurre en el teléfono cuando el teléfono está lejos de nosotros. Participante 18 afirmó: «Algunas parejas a mi alrededor revisan el teléfono casi todos los días. ¡Ay, Dios mío, es tan estresante!». Otra persona participante dijo: «También es fácil que todo el mundo comparta contigo cosas al azar que normalmente no te afectan en ese momento, pero aun así miras el teléfono por si acaso es algo que te afecta, por si acaso es importante». (P. 08). Otra persona participante, hablando del trabajo, señaló: «[El teléfono inteligente] crea conflicto porque estoy disponible todo el día y [la parte empleadora] tiene que estarlo, y eso genera mucho estrés y no siempre es agradable. No puedes calmarte ni relajarte». (p. 25).
Muchas veces, la ansiedad por no poder responder llega incluso a provocar un cambio de planes. Como explicó una persona participante:
Fuimos a la montaña, a una montaña hace unas semanas, pero mis datos no funcionan… Sé que dependo mucho del móvil… Así que me siento incómoda y luego quizá pasó otro día… Mi teléfono se estaba quedando sin batería y me sentía muy incómoda porque tenía demasiados mensajes de todo el mundo. Tengo que contestarle lo antes posible porque me están esperando. Pero no puedo. Así que sentí mucha prisa y eso hizo que volviera a casa antes por culpa del teléfono. (P. 10).
En segundo lugar, aparece la ansiedad cuando hay ambigüedad sobre lo que ocurre en la relación. Muchas personas participantes se refirieron a situaciones relacionadas con la rapidez de la respuesta, señalando que «quieres una respuesta inmediata, o en un tiempo razonable» (P. 07), con la capacidad de respuesta de la pareja, con la falta de señales para interpretar el contexto en que se les respondía, etc. Estas experiencias pueden dar lugar a comprobaciones frecuentes y repetidas de los mensajes, o incluso a triangular la búsqueda a través de Facebook o de aplicaciones de localización GPS. Entre las respuestas habituales que respaldaban esta conducta figuraba: «En mi última pelea, [mi novia] no me contestó durante 3 días». (P. 04). Por ejemplo, Participante 14 afirmó:
[La persona a la que escribí] me ponía ansiosa, en plan: estás en línea, puedes ver mi mensaje, y en plan, ¿por qué no me contestas? ¿Ya has visto mi mensaje y no me estás contestando ahora mismo?» (p. 14)
Participante 03 habló de la incapacidad de su novia para gestionar la ansiedad cuando no tiene noticias de él: «En ese caso, digamos que estoy entrenando en algún sitio y hago deporte, y hago deporte más tiempo del que debería; en el momento en que termino pienso: “Vale, le escribiré un mensaje”. O si veo que ya se ha puesto como loca, entonces tengo como 10 llamadas perdidas y la voy a llamar». Esta estrategia individual de afrontamiento puede tener implicaciones relacionales: cuando un miembro de la pareja depende en gran medida del otro para calmar su ansiedad, puede crearse una dinámica relacional de alta presión, caracterizada por la hipervigilancia de un lado y el apaciguamiento obligado del otro. Este patrón puede llegar a erosionar la independencia y la confianza, a medida que la relación se organiza en torno a la gestión del pánico en lugar de favorecer un vínculo seguro e independiente. Con el tiempo, este ciclo de demanda ansiosa y acomodación inmediata puede generar agotamiento y resentimiento oculto, y desplazar la relación de un lugar de igualdad a otro de gestión emocional constante. Cabe señalar que presentar la «independencia» dentro de una relación como un objetivo intrínsecamente saludable refleja normas relacionales individualistas, en gran medida occidentales; en contextos culturales más colectivistas, ese mismo patrón de contacto frecuente puede vivirse como una interdependencia normativa y no como una pérdida de autonomía.
Este mecanismo permitía a las personas comprender discretamente momentos de la vida de los demás. Si había confusión sobre por qué una relación no había avanzado más allá de las etapas iniciales, las personas participantes contaban que podían sacar sus propias conclusiones sobre la causa espiando en las redes sociales para comprobarlo. Una persona participante relató: «Porque el contacto directo disminuyó y yo intentaba averiguar las razones por las que pasaba eso, y qué hacía él en lugar de quedar conmigo». (p. 16).
Participante 24 describió los sentimientos que surgen en torno a la capacidad de respuesta (o a su ausencia):
Normalmente, si me encuentro bien, no pienso que le haya pasado algo. Si no contestara durante un día entero o dos, entonces sí me preocuparía... lo otro es que los dos esperamos que el otro esté disponible en el teléfono todo el tiempo y, cuando no lo estamos, no mola.
Incluso cuando las personas participantes indicaban que no sentían ansiedad, describían conductas compatibles con la ansiedad y con su gestión mediante conductas de comprobación. Como señaló Participante 17:
No siento ansiedad ni nervios, pero tengo curiosidad por saber por qué no contestó, porque veo que está en línea y luego veo los tics... Y entonces me pregunto por qué no contesta, pero no es ansiedad, sino que estoy esperando y pensando: venga, contesta ya.
Otra persona participante lo confirmó diciendo: «Creo que a veces también puede haber una razón real por la que alguien no escribe, así que no entro en pánico a los pocos minutos. Así que esperaría… un día y, si no responden, entonces diría algo como: “Oye, ¿qué pasa?”».
En otro caso, la falta de contacto constante puso fin a la relación: «Pero también tengo amigos, o tuve novios, que no lo hacían en todo el día. De verdad no me sentía tan querida y me sentía muy mal, así que corté con ellos, y esa fue la razón». (p. 25).
Otras personas participantes describieron cómo triangulaban con otros recursos tecnológicos para gestionar su ansiedad u obtener una ventana a los motivos de la decisión de no responder. Por ejemplo, Participante 15 afirmó: «Me generaban ansiedad, en plan: estás en línea, puedes ver mi mensaje, y en plan, ¿por qué no me contestas? ¿Ya has visto mi mensaje y no me estás contestando ahora mismo? Sientes que te deja impotente».
Dado que las personas usuarias pueden borrar perfiles, dejar de seguir a otras cuentas y bloquear contactos, la forma de terminar una relación no implica necesariamente una larga conversación sobre por qué la relación ya no funcionaba para uno de sus miembros, y puede que ni siquiera exija una conversación cara a cara. Muchas personas participantes reconocieron haber terminado una relación a través de algún medio digital, ya fuera por mensaje, mediante ghosting o bloqueando. Las personas participantes reconocían habitualmente que terminar una relación de este modo puede resultar «frío», «grosero», «inapropiado» o «falto de corazón», pero también señalaban que la naturaleza de la relación puede hacer que la tecnología sea la única opción. Por ejemplo, los mecanismos que permiten terminar una relación por vía digital pueden ser adecuados según la geografía de los miembros de la pareja. Así, una participante contó que escribió a su pareja para decirle que necesitaban hablar por teléfono y terminó la relación durante la llamada. Afirmó:
Era otra relación a distancia y llegó un punto en que no podía esperar a la próxima vez que lo viera, así que tuve que terminar la relación... habría pasado mucho tiempo y habría afectado a mi salud mental tener eso de fondo, saber: vale, por ahora no se ha terminado. (p. 06).
Otras personas participantes se hicieron eco de esta afirmación al describir cómo usaban un mensaje para fijar el momento y el lugar y luego tener la conversación cara a cara: «Usé el teléfono inteligente para organizar, o sea, preparar la parte de “Creo que tenemos que hablar. ¿Podemos vernos dentro de unos días?”, así la otra persona sabía que algo pasaba, yo tenía tiempo de prepararme, y luego la decisión en sí, cara a cara». (P. 09).
La terminación digital también puede cumplir una función protectora para quienes están en relaciones de maltrato o ante personas que alguien puede considerar peligrosas por su personalidad u otras características. Por ejemplo, Participante 21 señaló que la decisión de terminar una relación por teléfono, por mensaje o en persona «dependía por completo de la personalidad de la otra [persona]». Otro participante vinculó la decisión de terminar una relación por mensaje, por teléfono o en persona con la inteligencia emocional y el desarrollo psicológico de la persona que quería romper. Refiriéndose a cada forma de terminación, afirmó:
Las he hecho todas. Estoy seguro de que nunca volvería a hacer esas cosas, pero en mi proceso de inteligencia emocional pensaba que estaba bien dejar de hablarle al otro sin más... Ahora sé de verdad cómo llevar una relación. Siento que puedo comunicarme bien con las personas que me rodean y que me importan, así que nunca haría esas cosas, pero sé lo que se siente y lo que significa hacer cualquiera de ellas. (P. 04).
Además, Participante 14 describió cómo terminó una relación con alguien con quien había tenido una interacción y que se había interesado por ella (y que había conseguido su número a través del trabajo):
Fue muy raro, o sea, él no dijo nada malo, pero yo me sentía muy, como, ansiosa porque me estaba escribiendo y yo no lo conocía y entonces pensé: ¿cómo tiene mi teléfono? O sea, ¿cómo ha pasado esto?, y pensé: vale, bueno, y empecé a contestar al principio con respuestas cortas, sin preguntarle nada más, y él seguía, seguía diciéndome cosas y pensé: esto se está poniendo muy raro. Y estaba muy nerviosa. Así que pensé: vale, te voy a bloquear. Así que lo bloqueé sin más y él, bueno, ya sabes, espero que nunca venga a mi casa, porque puede averiguar información sobre mí. (P. 14)
El motivo para recurrir a algunos de estos métodos dependía también de la incapacidad o la falta de voluntad de afrontar la ansiedad de una conversación cara a cara (o incluso de mensaje a mensaje). Por ejemplo, una persona participante afirmó:
No había forma de terminarlo en persona. Lo intenté la última vez que estuvimos juntos, pero era una persona tan manipuladora que no conseguía salir adelante en esas conversaciones y siempre sentía que se las arreglaba para volver a meterse en mi vida. Por mensaje podía planear lo que iba a decir a continuación, reflexionar sobre lo que él había dicho y lo que había dicho yo, tomarme mi tiempo y, de hecho, resolver mejor el problema». (p. 13)
Otra persona participante lo confirmó diciendo:
Terminarlo en línea no evitó su mala reacción... se notaba en sus mensajes que se estaba enfadando cada vez más, y empezó a responder con, eh, comentarios bruscos. Tenía miedo de que pasara eso, pero iba a pasar igual en persona, y así podía llorar por lo que me estaba haciendo sin que él lo viera». (p. 28).
Para muchas de las personas participantes, la terminación de la relación fue un acontecimiento complicado debido a la multiplicidad de contactos, a los vínculos en red y a la red compartida.
Participante 11 lo ilustró así:
Sienta muy mal, porque en cuanto te haces amiga de alguien acabas teniendo muchos amigos en común; en Facebook eso es muy habitual. Tenía una amiga y ella tenía a toda mi familia y a otros primos y demás, gente así; teníamos amigos en común porque la conocía bien. Luego, por un malentendido, simplemente dejamos de hablarnos y ella me bloqueó, pero mi familia podía ver sus novedades y yo no, y todo lo que ella publicaba, que tú no sabes, ese tipo de cosas; a ellos no los ha bloqueado. De hecho, se hizo amiga de ellos gracias a mí y ahora yo estoy bloqueada. Resulta que la amiga que tenemos en común, como yo estoy bloqueada, hacía capturas de pantalla de sus novedades y me las reenviaba y me decía: «Esto es lo que está publicando». Estas cosas pasan. (p. 11)
La posibilidad o la comodidad de poder bloquear a alguien facilita terminar una relación mediante la tecnología. Como afirmó Participante 20, la intromisión y el contacto excesivo son manejables gracias a la posibilidad de bloquear: «Creo que no es un problema, porque siempre puedes bloquear a alguien. Pero si todavía quieres hablar de vez en cuando, puedes hacerlo. Quiero decir, si la otra persona, no sé, te causa problemas y te llama cada hora o te manda muchísimos mensajes, siempre puedes bloquearla». (P. 20). Participante 16 se hizo eco de esta afirmación: «No quiero seguir con una relación. Si no respetas mis límites, entonces simplemente no podemos seguir hablando». Así que lo bloqueé en todas las páginas en las que podía contactarme». (P. 1 6).
Los resultados de este estudio amplían la investigación existente sobre tecnología y relaciones al identificar un proceso central, hasta ahora poco teorizado: el uso de la tecnología como mecanismo de regulación emocional dentro de los sistemas de pareja. Mientras que la investigación previa ha documentado el papel de la tecnología en la facilitación de la comunicación, la conexión y el conflicto (p. ej., Hertlein & Ancheta, 2014; McDaniel & Coyne, 2016), los presentes resultados sugieren que la tecnología no es un mero medio de interacción, sino un sistema regulador activo integrado en los procesos relacionales.
En el conjunto de las personas participantes, la tecnología se utilizaba de forma sistemática para gestionar estados emocionales, en particular la ansiedad vinculada a la incertidumbre, la proximidad y la capacidad de respuesta. Las personas relatan conductas como comprobar repetidamente los mensajes, vigilar la actividad en línea de su pareja, triangular a través de las redes sociales (en consonancia con la descripción de la triangulación expuesta antes) y ajustar la frecuencia de la comunicación para restablecer el equilibrio emocional. Estas conductas reflejan intentos de corregulación, en los que un miembro de la pareja utiliza los canales digitales para influir en su propio estado emocional o en el de su pareja, o para estabilizarlo. Por otra parte, el intento de corregulación a través de estos mismos procesos desembocaba con frecuencia en desregulación, y no se necesita necesariamente a otra persona para corregularse. En lugar de aliviar la ansiedad, las conductas digitales a menudo la amplificaban mediante ciclos recursivos de comprobación, ambigüedad y respuestas tardías o ausentes. Por ejemplo, las personas participantes describieron un malestar intensificado cuando los mensajes se veían pero no se contestaban, lo que conducía a más vigilancia y a conductas de escalada. Un punto decisivo: en este estudio, la desregulación no requería la presencia de una pareja corregulante para desplegarse. Las personas participantes describieron ciclos que se autoperpetuaban, en los que la propia conducta de comprobación, y no una respuesta de la pareja, se convertía en el principal motor de la escalada de ansiedad, lo que distingue la desregulación digital de la desregulación que se produce estrictamente dentro de un bucle de retroalimentación diádico. De este modo, la tecnología media e intensifica a la vez los bucles de retroalimentación relacionales (AUTHOR, en revisión). Esto sugiere que la regulación digital puede representar un proceso relacional normativo en las relaciones actuales, configurado por las posibilidades que ofrecen la conectividad y la visibilidad constantes (Hertlein, 2012). También respalda plenamente el trabajo seminal de McDaniel y Coyne (2016), que considera la ansiedad como una presencia en las dinámicas de la relación.
La investigación sobre las relaciones de pareja se apoya en varios modelos teóricos fundacionales que describen cómo la pareja interactúa, negocia la intimidad y gestiona el conflicto. Dos marcos destacados en este ámbito que se relacionan con el presente estudio son la Teoría de la Dialéctica Relacional (RDT) (Baxter & Montgomery, 1996) y la Teoría del Apego Adulto (Hazan & Shaver, 1987). La RDT postula que el desarrollo de la relación es una negociación continua de tensiones dialécticas inherentes, principalmente las fuerzas opuestas entre autonomía y conexión, apertura e intimidad personal, y estabilidad y cambio. La pareja debe gestionar continuamente estas tensiones mediante la comunicación para mantener la satisfacción relacional (Baxter & Montgomery, 1996). Aunque no se ha puesto a prueba como variable en este estudio, la teoría del apego subraya cómo los estilos de apego de las personas influyen en sus expectativas y conductas en la pareja, en particular en su manera de buscar la proximidad, brindar apoyo y corregular las emociones en momentos de malestar o incertidumbre (Mikulincer & Shaver, 2016). Estos modelos subrayan que las relaciones de pareja requieren esfuerzos continuos y dinámicos para equilibrar necesidades relacionales en competencia y gestionar los estados emocionales.
En el presente estudio emergió la manera en que se utilizaba la tecnología digital para gestionar los estados de ánimo. Las personas participantes mostraban signos claros de ansiedad de apego, desencadenada por la naturaleza ambigua de la comunicación digital, y se apoyaban en las «confirmaciones de lectura» y en la disponibilidad constante como formas modernas de búsqueda de proximidad. Cuando no se cumplían las expectativas de respuesta digital, la pareja experimentaba una profunda desregulación emocional. Además, en consonancia con la Teoría de la Dialéctica Relacional, las personas participantes utilizaban la barrera protectora de las pantallas para negociar cuidadosamente la dialéctica entre apertura e intimidad personal durante el inicio de la relación, mientras que recurrían a funciones como el bloqueo y el «ghosting» para establecer una autonomía inmediata durante la terminación de la relación.
Aunque la corregulación y la desregulación son procesos universales en la conexión humana, surge una pregunta crucial: ¿qué tiene de singular la forma en que estos procesos se despliegan a través de la tecnología? Los resultados de este estudio subrayan que la tecnología no se limita a proporcionar un medio más accesible o cómodo para el intercambio emocional, sino que transforma cualitativamente los propios patrones relacionales. Para entender este cambio, resulta útil examinar estos resultados a la luz del marco multiaxial de Hertlein (2012) sobre la tecnología en la vida de pareja y familiar. AUTHOR postula que la tecnología modifica tanto los elementos estructurales de una relación —como sus roles, reglas y límites— como sus elementos de proceso, entre ellos el inicio, el mantenimiento y la terminación de la relación.
Vistas a través de este marco de AUTHOR (Hertlein, 2012), la corregulación y la desregulación digitales aparecen como fenómenos claramente transformados. Dado que la tecnología cambia las reglas y la estructura de una relación (p. ej., las expectativas de respuesta inmediata, la ambigüedad de las confirmaciones de lectura o el carácter público de las interacciones en redes sociales), modifica la forma en que la pareja debe gestionar sus estados emocionales. En consecuencia, la corregulación digital no es simplemente la regulación tradicional llevada a cabo en una pantalla: exige que la pareja se maneje con nuevas reglas y nuevos roles digitales para mantener la estabilidad. La desregulación digital se produce a menudo porque las características estructurales propias de la tecnología, como la accesibilidad o la comunicación asíncrona, alteran los límites relacionales tradicionales y agravan el malestar emocional. En otras palabras, la tecnología no se limita a facilitar los procesos emocionales: transforma en profundidad el entorno sistémico en el que estos se producen.
Los resultados de este estudio sugieren que la regulación digital opera a lo largo de dos vías principales: la corregulación digital y la desregulación digital. En el modelo más adaptativo, el de la corregulación, la tecnología facilita la conexión, la tranquilidad y la sintonía emocional. Las personas participantes señalaron lo útiles que les resultaban las respuestas oportunas de su pareja y la posibilidad de mantener un contacto continuo independientemente de lo que hicieran y de dónde se encontraran. También destacaron la comunicación compartida no solo con su pareja, sino con la familia extensa (tanto la suya como la de su pareja). Estas interacciones positivas ponen de relieve cómo la tecnología funciona como una herramienta esencial para reforzar no solo el vínculo íntimo de la pareja, sino también el sistema más amplio de apoyo relacional.
Los ciclos de desregulación digital son aquellos en los que la tecnología amplifica la ansiedad y el conflicto mediante la vigilancia, la ambigüedad, las respuestas tardías y los ciclos de escalada. Véase la Fig. 1 para una representación gráfica de cómo interactúan estos ciclos. Estos resultados concuerdan con la investigación sobre la «technoference» y el «phubbing», que muestra igualmente que las interrupciones relacionadas con la tecnología durante la interacción se asocian con una menor capacidad de respuesta percibida de la pareja, más conflicto y una menor satisfacción con la relación (Beukeboom & Pollmann, 2021; McDaniel & Drouin, 2019; Roberts & David, 2020; Wang et al., 2022). Estos resultados sugieren que el uso de la tecnología puede perturbar los procesos de sintonía momento a momento y contribuir a ciclos de escalada de la desregulación relacional.
Además, estas vías no se excluyen mutuamente; las relaciones suelen oscilar entre ambas. Las mismas características tecnológicas que permiten la conexión (p. ej., el acceso constante, la visibilidad) crean también las condiciones para una vigilancia y una reactividad intensificadas. (Véase la Fig. 1).
Los códigos respaldaron la secuencia central representada en la figura: un acontecimiento digital o relacional, como la distancia, una respuesta tardía, una distracción, límites poco claros o una supuesta infracción de las reglas, activa la ansiedad o la incertidumbre. La persona intenta entonces regular la relación enviando mensajes, llamando, comprobando, vigilando, buscando información, estableciendo reglas o mediante otra conducta mediada digitalmente. La respuesta de la pareja y la retroalimentación del sistema se interpretan a través de las expectativas existentes en materia de confianza, intimidad personal, disponibilidad y comunicación. La accesibilidad, la transparencia, el respeto y un diálogo significativo tienen más probabilidades de aportar tranquilidad y de favorecer el avance hacia la corregulación, mientras que la falta de señales, una presentación engañosa, la ausencia de respuesta, las violaciones de la intimidad o el incumplimiento de reglas pueden generar atribuciones negativas y un avance hacia la desregulación. La tranquilidad o la escalada resultantes retroalimentan a su vez la conducta digital posterior, lo que crea un ciclo recursivo que puede estabilizar la relación o intensificar la ansiedad y el conflicto.
Este estudio contribuye a la teoría relacional y sistémica al introducir la corregulación/desregulación digital como un proceso relacional central, al ampliar los marcos teóricos para incluir los bucles de retroalimentación mediados por la tecnología (AUTHOR, en revisión) y al cuestionar el supuesto de que la regulación emocional es ante todo interna o diádica, mostrando el papel de las infraestructuras digitales en la configuración de las experiencias relacionales. La investigación futura debería examinar con mayor detalle cómo varían estos procesos reguladores según los contextos culturales, las etapas de la relación y los niveles de malestar relacional, así como la manera en que las personas y las parejas pueden desarrollar estrategias más adaptativas para gestionar las interacciones mediadas por la tecnología.
Estos resultados son coherentes con la literatura, como Johnson et al. (2019, 2024) y Hertlein (2020), que describe cómo las personas pueden aumentar la cercanía mediante la tecnología. Existe un proceso por el cual las personas utilizan intencionadamente la tecnología para aumentar la intimidad mediante presentaciones y exhibiciones estructuradas, al tiempo que se sirven de funciones tecnológicas para limitar otros factores externos y centrarse en actividades de construcción de la relación. En muchos sentidos, esto puede ser un arma de doble filo: cuanto más se acostumbran las personas a controlar su propia presentación, menos capaces son de gestionar la ansiedad cuando no pueden controlar la presentación o la presencia de los demás.
La ansiedad era un motor importante de las interacciones. Las personas participantes contaban a menudo que recurrían a múltiples canales o hacían múltiples intentos de contactar con su pareja si algo de la relación les generaba ansiedad. Con frecuencia describían la ansiedad que surgía en los momentos en que no tenían noticias de su pareja, por lo que intentaban averiguar si estaba molesta o no disponible. Aunque este estudio no exploró rasgos individuales como las variables de apego, los resultados ponen de relieve que la introducción estructural de la tecnología crea por sí misma patrones sistémicos específicos de regulación y desregulación. La accesibilidad continua y la ambigüedad de la comunicación digital actúan como factores de estrés sistémicos singulares que la pareja debe afrontar, y que configuran el clima emocional de la relación con independencia de los rasgos individuales concretos que intervengan.
Según la investigación, tanto la derivada de este estudio como la que va más allá de él, el uso de la tecnología para gestionar la ansiedad relacional (en particular tras la ruptura) puede ser a la vez útil y problemático (Hertlein & Ancheta, 2014; Holtzman et al., 2021). Muchas relaciones actuales incluyen cierto grado de conexión en línea, alimentada por una serie de redes sociales y aplicaciones populares. Las parejas integran el uso de las conexiones en redes sociales en la realidad de su relación en lo que respecta a las amistades y la familia conectadas, el intercambio de fotos y las declaraciones públicas sobre el estado de su relación, aun cuando para algunas de las personas participantes en nuestro estudio compartir fotos se consideraba una transgresión de un límite.
Por otro lado, las opciones que ofrece la tecnología también limitan la medida en que las personas sienten que pueden gestionar la ansiedad. Cuantas más opciones había para gestionar la ansiedad mediante la tecnología (p. ej., comprobar la ubicación de la pareja, su estado de mensajería o su actividad en redes sociales), menos probable era que las personas gestionaran la ansiedad psicológicamente (p. ej., calmándose por sí mismas, tolerando la incertidumbre o reflexionando sobre el origen de la preocupación sin buscar una verificación externa). De hecho, la forma en que las personas utilizaban la tecnología para resolver el problema a menudo agravaba la ansiedad en lugar de resolverla. Este concepto se ha abordado al menos una vez en la literatura: en el estudio de Hertlein (2012) sobre el tratamiento de la infidelidad en internet, quienes participaron como terapeutas señalaron que animan a las personas consultantes que han vivido una infidelidad a establecer barreras físicas al contacto con la otra persona hasta que puedan poner en práctica las barreras psicológicas. Además, la forma en que las personas pueden utilizar la tecnología para gestionar su ansiedad puede contribuir a aumentarla. Por ejemplo, usar las redes sociales para seguir el rastro de alguien con el fin aparente de reducir la ansiedad podría aumentarla simplemente por el propio medio (Lee & Jang, 2019).
Dada la naturaleza de los resultados sobre la gestión de la ansiedad, las implicaciones son amplias. En el plano clínico e individual, especialistas en ciencias de la familia pueden cartografiar junto con sus consultantes la corregulación y la desregulación para que puedan usar la tecnología de la forma más eficaz en sus relaciones. Quienes practican la terapia de pareja también pueden trabajar con las parejas en el uso de la tecnología para crear tanto espacio como unión en la relación, a la vez que les enseñan formas más eficaces de evitar caer en patrones de persecución y retirada impulsados por la ansiedad. Sin embargo, en un plano más amplio, social, las implicaciones van más allá de cualquier relación clínica concreta. Puede que la ventaja de tener una conexión constante con nuestra pareja ofrezca una justificación para no tener que permanecer ya en silencio, algo que puede resultar incómodo. La investigación futura debe centrarse en cómo —o si— las personas pueden poner en práctica estrategias más productivas que les permitan aprender y aplicar más habilidades de afrontamiento. Aunque hay poca información disponible sobre estrategias de afrontamiento de la ansiedad relacional, surge un ejemplo similar en la investigación sobre parejas que viven ansiedad en torno a la infertilidad (p. ej., Zurlo et al., 2020). Este corpus de investigación señala que las estrategias para gestionar la ansiedad son más eficaces cuando dependen de la situación; en el caso del uso de internet, la gestión de la ansiedad tiende a ser global y no específica de cada caso, y a menudo gira en torno a recurrir a más estrategias que probablemente aumenten la ansiedad.
Además, las personas participantes señalaron que, al cabo de dos horas, experimentaban una ansiedad de tal intensidad que se manifestaba en actividades de comprobación y vigilancia. Quizá esto implique una disminución de nuestra capacidad para permanecer en situaciones que generan ansiedad y un recurso más fácil a la conectividad que ofrece internet como mecanismo de autocalma, para descubrir finalmente que a menudo no reduce la ansiedad, sino que la amplifica (Busch & McCarthy, 2021). Queda mucho por aprender sobre el papel de la ansiedad en el desencadenamiento de determinadas actividades en internet, como la vigilancia de la pareja o las conductas repetitivas de comprobación.
Profesionales de la clínica pueden utilizar nuestro modelo para ayudar a las parejas a distancia a establecer límites digitales estructurados y un significado compartido. Deben comprender que, para las parejas geográficamente separadas o que viven una relación a distancia, la comunicación digital es la principal vía por la que viven su intimidad y sus conflictos. Estas parejas pueden ser especialmente vulnerables a los ciclos de desregulación identificados en este estudio, en los que la ambigüedad de la comunicación asíncrona puede intensificar la ansiedad relacional. El equipo terapéutico puede proponer intervenciones clínicas específicas, como pedir a las parejas a distancia que negocien explícitamente sus expectativas sobre el «tiempo de respuesta», o enseñarles a utilizar mensajes concretos de contacto que favorezcan la corregulación digital (p. ej., «Entro en una reunión larga y no podré escribir, pero estamos bien») para salvar la distancia física y reducir la ambigüedad.
A pesar de su potencial integrador, el Modelo de Regulación Digital no está exento de limitaciones. En primer lugar, el modelo es fundamentalmente conceptual y sintetiza resultados empíricos existentes, en lugar de derivarse de pruebas longitudinales o experimentales directas, lo que limita las conclusiones sobre la causalidad y la secuencia temporal de los procesos reguladores. En segundo lugar, aunque el modelo incorpora moderadores culturales y contextuales, puede no captar plenamente la complejidad de la variación sociocultural de las normas digitales, sobre todo en contextos no occidentales y en sistemas familiares estructuralmente diversos. En tercer lugar, el modelo se centra en los procesos interaccionales dentro de las relaciones diádicas y familiares, pero puede infrarrepresentar diferencias individuales como el estilo de apego, la psicopatología y la etapa del desarrollo, que influyen en cómo las personas recurren a la tecnología como herramienta de regulación. Trabajos futuros podrían examinar los efectos positivos para las personas con apego inseguro. Además, la rápida evolución de las plataformas digitales y de la inteligencia artificial plantea dificultades para la estabilidad del modelo, ya que nuevas posibilidades técnicas pueden alterar los patrones de corregulación y desregulación de maneras que la literatura aún no refleja. Por último, aunque el modelo pone el acento en los bucles de retroalimentación recursivos, la medición empírica de estos procesos dinámicos sigue siendo metodológicamente compleja, en particular para captar interacciones en tiempo real y en múltiples plataformas. La investigación futura debería priorizar diseños longitudinales, transculturales y multimétodo para poner a prueba y afinar el modelo en contextos relacionales diversos.
Desde un punto de vista metodológico, también hay limitaciones. Una limitación de este estudio es que la primera autora codificó todas las entrevistas. Aunque este enfoque favoreció la coherencia de las decisiones de codificación, también puede haber introducido sesgos al privilegiar una única lente interpretativa y reducir las oportunidades de perspectivas alternativas. Por otra parte, solo entrevistamos a un miembro de cada pareja, lo que puede dar lugar a una perspectiva limitada en su visión sistémica. Además, nos basamos en los recuerdos de las personas participantes, en lugar de observar sus interacciones en tiempo real o de recoger datos de sus teléfonos para triangular momentos e interacciones. Por último, la transferibilidad puede ser limitada debido a que solo se recogió una perspectiva por pareja. Para reforzar la fiabilidad, procuramos obtener una descripción densa y rica de los datos y ofrecer un contexto de las personas entrevistadas.
Los medios y la tecnología configuran la manera en que se mantienen las relaciones. Este estudio muestra que el uso matizado de la tecnología ofrece formas de relacionarse con la pareja, pero también de utilizar esa estructura para crear distancia cuando es necesario. Un tema central reveló que la ansiedad se gestiona en las relaciones utilizando internet, ya sea para evitar, ya sea para rastrear los patrones de la otra persona, dos opciones que pueden plantear problemas más adelante.
Complexe Systémique: puntos clave
El interés de este estudio reside menos en sus resultados, que son previsibles (la gente se presenta con cuidado en línea y rompe más fácilmente por mensaje), que en su lectura de la tecnología como un tercero triangulado, en el sentido de Bowen. Un mensaje que se queda en «visto» sin respuesta desencadena un bucle en el que la comprobación, destinada a calmar, mantiene la ansiedad, a veces sin que la otra persona llegue siquiera a intervenir. Para la clínica, es una invitación a cartografiar estas secuencias con la pareja (desencadenante, intento de regulación digital, interpretación, escalada o tranquilidad) en lugar de juzgar el tiempo de pantalla, y a negociar reglas de respuesta explícitas, sobre todo en las relaciones a distancia. Caben dos reservas. La muestra es joven, solo se entrevistó a un miembro de cada pareja y la codificación descansa en gran medida en una sola persona. Sobre todo, el propio texto señala que la «independencia» es una norma occidental: lo que parece hipervigilancia puede ser en otros lugares una interdependencia corriente. Por último, terminar una relación a través de una pantalla puede proteger a alguien que vive una relación de maltrato, lo que excluye cualquier prescripción general. Para leer junto con el artículo sobre la terapia familiar centrada en la regulación emocional en la era de la tecnología y el artículo sobre la regulación emocional en los tratamientos de pareja.
Notas del original
1 Las citas se presentan textualmente y no han sido generadas ni traducidas por IA. Se han conservado las variaciones lingüísticas para preservar la autenticidad de las palabras originales de las personas participantes.
Financiación. Fulbright Austria
Conflicto de intereses. La autora declara no tener ningún conflicto de intereses.
Aprobación ética y consentimiento para participar. Todos los procedimientos realizados en estudios con participantes humanos se ajustaron a las normas éticas del comité de investigación institucional o nacional y a la Declaración de Helsinki de 1964 y sus enmiendas posteriores, o a normas éticas comparables. El estudio fue aprobado por la Ethikkommission de la Universidad de Salzburgo (Salzburgo, Austria). Se obtuvo de las personas participantes un consentimiento informado y libremente otorgado para participar en el estudio.
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Traducción no oficial de Digital Co-Regulation and Dysregulation in Romantic Relationships: A Systemic Model of Technology-Mediated Emotional Processes, de Katherine M. Hertlein, Contemporary Family Therapy, publicación anticipada en línea (2026), doi: 10.1007/s10591-026-09793-z, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (figura tal como se publicó). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Esta es una traducción del artículo original «Digital Co-Regulation and Dysregulation in Romantic Relationships: A Systemic Model of Technology-Mediated Emotional Processes», publicado en Contemporary Family Therapy (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autora se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Hertlein, K. M. (2026). Digital Co-Regulation and Dysregulation in Romantic Relationships: A Systemic Model of Technology-Mediated Emotional Processes. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/digital-co-regulation-and-dysregulation-in-romantic-relationships-a-systemic-model (Obra original publicada en 2026 en Contemporary Family Therapy (2026), publicación anticipada en línea; republicada en 2026 por Contemporary Family Therapy, https://link.springer.com/article/10.1007/s10591-026-09793-z)
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