Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Child & Family Social Work · Trabajo social
¿Por qué la participación de la infancia y de las familias se queda tan a menudo en una declaración de intenciones en la protección a la infancia? Un equipo británico e italiano de cinco académicas combina investigación-acción reflexiva y revisión bibliográfica. Su propuesta: pensar la participación como una disposición mental nutrida por el psicoanálisis y como una competencia comunicativa inspirada en la pragmática de Palo Alto.
Traducción no oficial al español de Disrupting the Child Welfare Participation Paradigm: A Contextual, Relational, Embedded and Pragmatic Approach, de Jeri L. Damman, Teresa Bertotti, Diletta Mauri, Gillian Ruch y Karen Winter, publicado en Child & Family Social Work (Wiley) (2026), doi: 10.1111/cfs.70254, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para la lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por las autoras ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Estamos convencidas de que la participación no debe concebirse como una «tarea» aislada que hay que cumplir.
Jeri L. Damman, Teresa Bertotti, Diletta Mauri, Gillian Ruch y Karen Winter
Resumen
La participación de la infancia y de las familias es fundamental para una práctica eficaz en protección a la infancia. Los imperativos legislativos afirman el derecho a participar, pero en el contexto de la protección a la infancia la participación es compleja y corre el riesgo de volverse retórica. Este artículo, basado en una síntesis conceptual construida a partir de una investigación-acción en segunda persona y de una revisión narrativa, explora la participación de niñas, niños, madres y padres desde una perspectiva de derechos basada en la CDN, adoptando un enfoque crítico y reflexivo para examinar sus dificultades y empezar a desestabilizar unas prácticas de participación arraigadas y dicotomizadas entre infancia y familia. Nuestra síntesis sitúa el contexto y las relaciones en el centro de una participación significativa en la protección a la infancia, integra los actos participativos en las disposiciones mentales y las prácticas cotidianas de los equipos profesionales y concibe la participación como un proceso de comunicación cualificado. Se introducen los conceptos psicoanalíticos y la Pragmática de la Comunicación Humana como marcos conceptuales generativos, que ofrecen una reconceptualización innovadora de la participación, más inclusiva, contextual, relacional, integrada y pragmática. Concluimos con un llamamiento a desarrollar investigaciones participativas con la infancia y las familias que puedan aportar nuevas perspectivas y movilizar a profesionales hacia prácticas participativas más sintonizadas y más justas en el plano epistémico y social.
Los derechos de participación de la infancia y de las familias implicadas en el sistema de protección a la infancia son un principio bien asentado, y tanto la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño (CDN; UN 1989) como la Human Rights Act de 1998 sustentan la legislación, las políticas y la práctica del trabajo social a escala nacional e internacional (Abela et al. 2024). Pese a este mandato legal, hacer efectivos esos derechos de participación en el contexto de la protección a la infancia, y en particular en los asuntos de protección infantil, sigue siendo complicado y difícil para profesionales, debido a factores individuales, interpersonales y del propio sistema (Henze-Pedersen and Bengtsson 2024). Parte de esa complejidad, común a los sistemas de protección a la infancia de todo el mundo, procede del propio contexto de la protección a la infancia, donde las responsabilidades son amplias e incluyen investigar posibles o efectivos malos tratos y negligencias, evaluar el riesgo, negociar y acordar medidas de apoyo y revisar los avances. Este trabajo se apoya a menudo en diferencias de poder entre profesionales y familias establecidas por la ley, con o sin intervención judicial, según la estructura del sistema de protección infantil, que varía de un país a otro. En estas circunstancias, se pide a profesionales de la protección a la infancia que contribuyan a una de las decisiones más difíciles de las democracias modernas: equilibrar las necesidades de protección de la infancia y los derechos de madres y padres (Berrick et al. 2022). Además, la complejidad surge de la separación entre los derechos de la infancia y los de las familias, y de la necesidad de que profesionales gestionen esa separación en sus relaciones participativas, sobre todo cuando existe preocupación por malos tratos o negligencia parental.
Los avances recientes en materia de participación han intentado responder a este contexto complejo de la protección a la infancia, pero, a pesar de ellos, la investigación sigue poniendo de relieve dificultades crónicas para aplicar prácticas participativas en este ámbito (Kennan et al. 2018; McCafferty and Mercado Garcia 2024; Toros 2021a, 2021b), lo que refleja un estado de «estancamiento» en una práctica de la participación reduccionista, compartimentada y descontextualizada. Ante esta situación, este estudio se propone deconstruir las dificultades actuales de la práctica participativa para orientar un nuevo rumbo de la práctica y la investigación participativas basadas en derechos en la protección a la infancia.
Guiada por un enfoque novedoso de investigación-acción reflexiva en segunda persona y por una revisión narrativa de la literatura (Bourhis 2017; Coghlan and Brydon-Miller 2014), nuestra síntesis crítica adopta una mirada reflexiva para explorar la participación de la infancia y de las familias basada en derechos en la protección a la infancia, así como las consideraciones contextuales y relacionales necesarias para lograr una participación significativa. En los apartados siguientes, empezamos situando nuestra exploración de la participación de la infancia y de las familias en su contexto legal, y a continuación revisamos la evidencia sobre las oportunidades y dificultades actuales asociadas a la participación en la protección a la infancia. Nuestro análisis y nuestra discusión ponen de manifiesto los elementos afectivos y comunicativos de la participación, y recurrimos a ideas psicoanalíticas y a la Pragmática de la Comunicación Humana (PCH) (Watzlawick et al. 1971) como dos marcos conceptuales generativos. Estos marcos, en primer lugar, sitúan el contexto y las relaciones en el centro de una participación significativa en la protección a la infancia; en segundo lugar, integran los actos participativos en las disposiciones mentales y las prácticas cotidianas de los equipos profesionales; y, en tercer lugar, configuran la participación como un proceso de comunicación cualificado que exige un alto grado de alfabetización emocional, combinado con la atención a los aspectos pragmáticos de la comunicación. Nuestro análisis pretende ofrecer una reconceptualización innovadora de la participación, más inclusiva, contextual, relacional, integrada y pragmática. Por último, concluimos con un llamamiento a nuevas investigaciones participativas que puedan aportar nuevas perspectivas y movilizar a profesionales para integrar prácticas participativas más sintonizadas y más justas en el plano epistémico y social.
La CDN (UN 1989) es un instrumento jurídico internacional que se incorpora cada vez más al derecho interno de algunos países, mientras que muchos otros integran sus principios en distintos aspectos de sus políticas y su legislación, en particular en lo relativo a los derechos de participación de la infancia en la toma de decisiones (véase Kilkelly et al. 2021 para una revisión comparada). De hecho, la mayoría de profesionales que trabajan con la infancia conocen el derecho a la participación tal como lo define el artículo 12. Sin embargo, se conoce menos el énfasis que pone la CDN en el contexto más amplio del niño o la niña y, dentro de él, la atención que presta también a las necesidades, los derechos, las responsabilidades y la voz de madres y padres.
De hecho, existe una notable tendencia a descontextualizar el derecho de participación del artículo 12 respecto de los demás derechos de la CDN, es decir, a tratarlo como un derecho autónomo y desconectado de los demás. La ausencia de consideraciones matizadas sobre la aplicación de este derecho ha contribuido a una práctica de protección a la infancia que ha compartimentado cada vez más la práctica y la investigación sobre la participación, oponiendo los derechos de las familias a los de la infancia (Nissen and Ravn 2024), al separar la participación de la infancia de su contexto más amplio, en especial de las relaciones entre la infancia y sus familias y del contexto cultural más amplio de esas relaciones (Keddell 2023; Wilson 2025). Esto, a su vez, ha llevado a prestar una atención insuficiente a los aspectos contextuales, contingentes y condicionales de la participación como proceso de aplicación de derechos, que se apoya en relaciones colaborativas, recíprocas, receptivas y reflexivas entre personas adultas (profesionales, madres, padres y personas cuidadoras) y la infancia. La CDN reconoce estos aspectos, como se expone más abajo.
La CDN describe la familia como «grupo fundamental de la sociedad y medio natural para el crecimiento y el bienestar de todos sus miembros, y en particular de los niños» (UN 1989, 1). Reconoce la importancia de madres y padres, a quienes describe como titulares de la «responsabilidad primordial» del desarrollo del niño o la niña, encargados de «proporcionar, dentro de sus posibilidades y medios económicos» (UN 1989, 8), las condiciones necesarias para ese desarrollo. La CDN reconoce las dificultades a las que se enfrentan madres y padres para cumplir con sus responsabilidades y deberes y, por ello, enuncia su derecho a recibir servicios, apoyo y asistencia (véanse los artículos 18 y 27).
Al llamar la atención sobre el papel central que desempeñan madres y padres (y otras personas adultas) a la hora de crear oportunidades para la infancia y de apoyarla en el ejercicio de sus derechos, la naturaleza contextual de los derechos de participación de la infancia resulta evidente. El modelo de Lundy (2007), adoptado en todo el mundo, subraya estos aspectos contextuales de los derechos de participación de la infancia y el hecho de que las personas adultas (profesionales, madres y padres) desempeñan un papel central. El modelo pone de relieve que no basta con que la infancia tenga voz (exprese una opinión): necesita espacio (creado por personas adultas) para expresar sus opiniones, un público (personas adultas que escuchen) e influencia (personas adultas que actúen conforme a sus opiniones o las tengan en cuenta y le devuelvan información sobre su influencia). Es significativo, por tanto, que la CDN reconozca el papel central que desempeñan madres y padres en la promoción de los derechos y el desarrollo de sus hijos e hijas, así como su derecho a recibir asistencia y apoyo en su función parental y su derecho a participar activamente en la configuración de esos servicios (Winter et al. 2024). También es significativo que la CDN (UN 1989) reconozca que no todas las personas adultas facilitan las cosas y, por ello, subraye en numerosas ocasiones tanto sus derechos como sus responsabilidades parentales, así como los casos en que sus derechos se restringen debido al daño y al riesgo para la infancia.
Los derechos de participación de madres y padres están respaldados además por la legislación y las políticas internacionales y nacionales sobre derechos humanos, igualdad y protección infantil. El artículo 8 de la Human Rights Act de 1998 afirma el derecho de toda persona al respeto de su vida privada y familiar, que incluye el derecho de madres y padres a intervenir en las decisiones que afectan a sus hijos e hijas, siempre que ello responda al interés superior del niño o la niña. Es importante señalar que la participación parental está consagrada además en la Equality Act de 2010, que exige una comunicación accesible (por ejemplo, ante barreras derivadas de una discapacidad o del idioma) y protege a las familias de la discriminación en los procesos de protección por motivos de raza, discapacidad, edad, sexo y otras características protegidas.
Como se ha señalado, en los contextos de protección a la infancia, donde existen continuos de necesidad y de riesgo, los derechos de participación de madres y padres pueden verse limitados de diversas maneras cuando hay indicios de malos tratos o de negligencia. Madres y padres pueden seguir participando plenamente en la toma de decisiones, pueden quedar al margen de ella pero seguir participando mediante la expresión general de sus deseos u opiniones, o pueden verse impedidos de participar en los casos más graves de malos tratos o negligencia, cuando existe un riesgo claro e inmediato para la infancia.
La naturaleza contextual y contingente de los derechos de participación que aquí se pone de relieve demuestra hasta qué punto están entrelazados los derechos de participación de la infancia y los de las familias, lo que cuestiona la dicotomía establecida entre infancia y familia que impregna actualmente la investigación, las políticas y la práctica. Esta mirada dicotómica hace que los debates sobre los derechos de participación de la infancia y de las familias se lleven por separado, descuidando el enfoque contextual y relacional necesario (Wilson 2025) e impidiendo el avance hacia oportunidades de participación más significativas, lo que puede reducir la participación en la protección a la infancia a pura retórica. Nuestra hipótesis es que la atención insuficiente prestada a las características contextuales de la protección a la infancia contribuye al estado actual de «estancamiento» que percibimos en la práctica de la participación.
Esta síntesis conceptual pretende responder a esta situación ofreciendo un nuevo rumbo a la práctica y la investigación participativas basadas en derechos con la infancia y las familias en la protección a la infancia, mediante la deconstrucción de los factores que contribuyen al enfoque actual, descontextualizado, reduccionista y compartimentado. Las siguientes preguntas de investigación orientaron esta exploración: (1) ¿Qué aportan las investigaciones existentes a las prácticas participativas profesionales con la infancia y las familias en la protección a la infancia? (2) ¿Cómo influyen los contextos individuales, interpersonales y estructurales en la participación de la infancia y de las familias en la protección a la infancia? (3) ¿Cómo puede la teoría orientar unas prácticas participativas con la infancia y las familias más contextualizadas y holísticas en la protección a la infancia?
Esta síntesis crítica nació de una sensación de frustración compartida por las autoras ante lo que percibíamos como una falta de avance colectivo y de innovación en las prácticas participativas cotidianas con la infancia y las familias en la protección a la infancia, sobre todo cuando existen preocupaciones de protección infantil. Como académicas especializadas en la participación de la infancia, la participación de las familias y la práctica profesional en protección a la infancia, reconocimos, dentro de esta crítica, nuestra propia contribución al mantenimiento de esa posición de estancamiento, así como cierta reticencia, debida a la complejidad de la participación de la infancia y de las familias, a sumergirnos en el terreno tan transitado de la participación para descubrir e inspirar nuevas formas de pensar.
Para responder a nuestras preguntas de investigación, elaboramos nuestra síntesis crítica mediante métodos novedosos de investigación-acción reflexiva en segunda persona y de revisión narrativa de la literatura. La investigación-acción en segunda persona es una forma de indagación llevada a cabo por dos o más personas, centrada en una preocupación compartida, en la que quienes investigan ocupan a la vez la posición de investigadoras y de sujetos (Coghlan and Brydon-Miller 2014). Este enfoque colaborativo consiste en reunir perspectivas diversas para formular preguntas de investigación, emprender un proceso de recogida y análisis de información y actuar en relación con las conclusiones alcanzadas.
Nuestros métodos se apoyaron en nuestra identidad colectiva de cinco académicas blancas que trabajan en universidades del Reino Unido y de Europa, comprometidas con ejercer nuestra curiosidad y nuestra reflexividad a la vez como enfoque metodológico y como objetivo final. Pese a nuestros conocimientos colectivos previos, hemos procurado no presentarnos como quienes «tienen las respuestas» ni proponer una «solución» definitiva para lograr una participación significativa. Nuestro objetivo era más bien explorar las agendas de participación existentes como un primer paso para trazar, con la infancia, las familias y profesionales, un nuevo rumbo que vuelva a imaginar la práctica participativa en el trabajo cotidiano de protección a la infancia.
El equipo adoptó un enfoque crítico y reflexivo, lento y sostenido, a lo largo de todo el proyecto. Este enfoque reconocía nuestras propias posiciones y perspectivas, sensibles, profundamente arraigadas y a veces contradictorias, como investigadoras de la participación centradas en la infancia, en las familias y en profesionales, así como la necesidad de que, como grupo, deconstruyéramos nuestras propias comprensiones individuales compartimentadas y nuestras concepciones sesgadas de la participación. Nuestra comprensión compartida, en evolución, de nuestras posicionalidades singulares guio nuestro recorrido sensible y crítico por los valores, creencias, supuestos y normas que sustentan la participación en el contexto de la protección a la infancia, y orientó nuestro análisis del estancamiento actual de la práctica participativa.
Durante un periodo de 20 meses, entre septiembre de 2023 y mayo de 2025, nuestro enfoque de investigación-acción en segunda persona consistió en reunirnos como equipo para explorar nuestras preguntas de investigación. Las sesiones incluyeron reuniones y sesiones de reflexión crítica presenciales y en línea, de uno o varios días. Al principio del proceso, constatamos que la noción de «participación» en la protección a la infancia estaba dispersa en muchos lugares y se abordaba de muchas maneras, sin conexiones claras ni coherentes, lo que llamamos las «madrigueras de la participación». Las reuniones incluyeron diversas actividades para profundizar en ello, como el diálogo en profundidad, ejercicios de escritura libre reflexiva (Elbow 1989), debates sobre las sensibilidades en torno a la participación de la infancia y de las familias, conversaciones reflexivas sobre las experiencias de la infancia, las familias y profesionales en los espacios participativos, y la teorización de futuros enfoques de la participación en la protección a la infancia. Durante este trabajo, reconocimos que una participación significativa debía tener en cuenta los aspectos emocionales de acoger, y escuchar en profundidad, las difíciles experiencias vitales de la infancia y de las familias, así como el contexto en el que se desarrollan la relación y la escucha. Esta fue la base tanto de nuestro diálogo continuado sobre nuestras diversas sensibilidades como de la revisión narrativa asociada. La escritura individual y colectiva sirvió como instrumento para recoger, analizar y criticar las ideas emergentes relacionadas con la participación en la protección a la infancia y para identificar posibles vías de avance.
Se llevó a cabo una revisión narrativa (Bourhis 2017) en paralelo a las sesiones de investigación-acción reflexiva. Como nuestra posición de partida consideraba problemáticas las prácticas participativas actuales, tratamos de explorar los factores contextuales que contribuyen a la situación actual (y la describen). Entre junio de 2024 y marzo de 2025 se realizaron búsquedas separadas (infancia, familias y profesionales) en bases de datos y motores de búsqueda como PsycINFO, MEDLINE, SSCI y Google Scholar, completadas con la técnica de bola de nieve. Los términos de búsqueda incluían palabras clave relativas a cada grupo de actores (infancia, familias o profesionales), a la protección a la infancia (child welfare y child protection) y a su experiencia de participación (por ejemplo, participation, involvement, experience y views). Los criterios de inclusión abarcaban la investigación empírica publicada en las lenguas principales del equipo (inglés e italiano) entre 2005 y 2025 que abordara las experiencias cualitativas de al menos uno de los tres grupos clave de actores (infancia, familias y profesionales) y aportara sus perspectivas y su comprensión de la participación en la práctica cotidiana de protección a la infancia. Nuestra intención era comprender mejor los factores contextuales que favorecían u obstaculizaban las prácticas de participación, y seleccionamos estudios que exploraban estas cuestiones en profundidad u ofrecían una contribución nueva a esa comprensión. El volumen de la literatura variaba según el grupo de actores: la investigación sobre la experiencia de participación de madres y padres (y no sobre su experiencia de la protección a la infancia en general) era relativamente escasa, mientras que la participación de la infancia contaba con un corpus considerable. Como este último ya incluía numerosas revisiones sobre la experiencia de participación de la infancia, limitamos nuestro análisis, para este grupo, a las revisiones exploratorias (scoping), sistemáticas y paraguas.
La literatura seleccionada para cada grupo de actores se analizó por separado para identificar los factores contextuales pertinentes. Este análisis consistió en una lectura atenta de las fuentes por parte de tres integrantes del equipo de investigación, con el fin de categorizar de manera iterativa los factores pertinentes para cada grupo. Para mantener la coherencia entre grupos, esos factores se organizaron después en los niveles micro (contexto emocional y relacional), meso (contexto organizativo) y macro (contexto sociocultural). Gracias a esta revisión narrativa y a nuestra investigación-acción iterativa y reflexiva, pudimos elaborar colectivamente un enfoque novedoso y fundamentado teóricamente de la participación en la protección a la infancia, que se expone a continuación.
La comprensión actual de la participación en la protección a la infancia se ha nutrido de modelos teóricos participativos (Allcock 2018), la mayoría de los cuales se ocupan de la participación de la infancia, con cierta pertinencia para la participación de las familias. Estos modelos describen distintos niveles, jerárquicos o no jerárquicos, de participación de la infancia en la toma de decisiones (Hart 1992; Treseder 1997) o describen de manera más situada los elementos de la participación basados en derechos (Cuevas-Parra 2023; Gresdahl et al. 2025; Henze-Pedersen and Bengtsson 2024; Lundy 2007; Shier 2001). El poder, es decir, la medida en que la participación de una persona influye en una decisión o un resultado, es inherente a la participación. Algunos de estos modelos abordan el poder de forma explícita, y la participación más significativa se ilustra con ejemplos de prácticas en las que profesionales comparten el poder con la infancia; otros lo hacen de forma más implícita, y la participación significativa se representa en la práctica basada en derechos.
La investigación primaria sobre la participación en la práctica cotidiana del trabajo social en protección a la infancia es, en general, cualitativa, de pequeña escala y centrada principalmente en la participación de la infancia. Nuestra revisión de la literatura, que se resume a continuación, revela lagunas notables. En primer lugar, son pocos los estudios que integran las experiencias, perspectivas y comprensiones compartidas de la infancia, las familias y profesionales. En segundo lugar, la mayoría de los estudios abordan en general las experiencias individuales de la infancia, de las familias y de profesionales, y prestan menos atención al sentido que dan a la participación. En tercer lugar, existen importantes lagunas de conocimiento en relación con los grupos minorizados y con la primera infancia (Kelly et al. 2016; Winter 2009, 2012, 2014). La base de conocimientos de la investigación y sus lagunas se examinan con más detalle a continuación.
Varias revisiones exploratorias, sistemáticas y paraguas ofrecen una visión completa de las experiencias y perspectivas de la infancia sobre las prácticas participativas (Jørgensen et al. 2024; McCafferty and Mercado Garcia 2024; McTavish et al. 2022; Toros 2021b; Toros et al. 2018; Toros and Falch-Eriksen 2024). En el nivel micro, los estudios ponen de relieve que niñas y niños perciben una falta general de participación, que se traduce en una implicación y un acceso a la información insuficientes. La infancia concede importancia a una comunicación y un diálogo eficaces, y subraya su necesidad de ser escuchada, su contribución singular y las consecuencias negativas de no ser vista ni escuchada. Por ejemplo, una revisión de 12 estudios realizada por Toros (2021b) constató que, pese a algunos relatos individuales de buena participación, la infancia se sentía en general excluida, con pocas o ninguna oportunidad de participar en los planes y en las decisiones importantes sobre su vida. La infancia percibía además que las decisiones profesionales eran definitivas, con poco margen para reconsiderarlas. Estos resultados coinciden con los de otras revisiones, que también señalan el desconocimiento por parte de la infancia de sus derechos de participación y de la información esencial sobre los procesos y resultados que afectan directamente a su vida, así como la falta de información adaptada que favorezca su comprensión (Jørgensen et al. 2024; Toros et al. 2018; Toros and Falch-Eriksen 2024). Una revisión paraguas de 14 revisiones sistemáticas identificó además las emociones negativas de la infancia, como el miedo asociado a la experiencia de la investigación y de la separación del hogar, como un posible obstáculo a la participación (McCafferty and Mercado Garcia 2024).
Los estudios destacan también de forma constante el carácter central de las relaciones positivas para una participación significativa y eficaz (Jørgensen et al. 2024; McTavish et al. 2022). Jørgensen et al. (2024), por ejemplo, revisaron 25 estudios e identificaron los factores relacionales necesarios para la participación. Entre ellos figuraban el trabajo en colaboración mediante el intercambio mutuo y el diálogo, el tiempo y el espacio para construir con la infancia relaciones centradas en la escucha, y prácticas relacionales «sensibles al poder» que sitúan al niño o la niña en el centro. McTavish et al. (2022), en su metasíntesis de investigaciones cualitativas que recogían las opiniones de 376 niñas y niños en 25 estudios, encontraron una serie de atributos relacionales que la infancia consideraba importantes, como el reconocimiento, la disponibilidad, la conexión, la confidencialidad, la honestidad, la equidad y la inclusividad.
Los factores que facilitan u obstaculizan la participación en el nivel micro están estrechamente vinculados a los del nivel meso. Los procesos de evaluación y de toma de decisiones de la protección a la infancia no resultan fáciles de entender para la infancia, y a menudo se da prioridad al criterio profesional (Toros and Falch-Eriksen 2024). Este enfoque dominado por las personas adultas se extiende a las interacciones profesionales: la infancia percibe que profesionales están más disponibles para madres y padres y pasan más tiempo con las familias, y que, por tanto, pueden dar prioridad a sus opiniones, necesidades o derechos frente a los suyos (Toros and Falch-Eriksen 2024). La infancia también percibía como problemáticos los procesos de transmisión de información, incluidos su finalidad, su momento, su forma de comunicación y su adecuación al desarrollo, lo que daba lugar a una falta general de información (Toros et al. 2018). Estos resultados coinciden con otras revisiones que señalan el contexto organizativo como un factor que limita la aplicación efectiva de las políticas de participación de la infancia (Jørgensen et al. 2024; McCafferty and Mercado Garcia 2024). Jørgensen et al. (2024), en su revisión, señalan la necesidad de más «espacio relacional», centrado en prácticas de escucha eficaces y en un diálogo activo, para ofrecer a la infancia una mayor sensación de control sobre su vida y sobre sus experiencias con los servicios de protección a la infancia.
En el nivel macro, las perspectivas de la infancia reflejan las actitudes y creencias sociales dominantes sobre los niños, las niñas y la infancia. Una revisión paraguas de revisiones sistemáticas sobre la investigación en participación infantil (McCafferty and Mercado Garcia 2024) concluyó que la voz de la infancia no se tomaba en serio, en particular en el contexto del maltrato infantil. Así lo reflejan también revisiones que señalan obstáculos aún mayores para la primera infancia, dado que se privilegia la voz de madres y padres (Toros and Falch-Eriksen 2024). A la inversa, las prácticas antidiscriminatorias que buscan la inclusión y la reducción de los desequilibrios de poder ligados a la edad y al rol crean oportunidades de participación significativa (Jørgensen et al. 2024; McTavish et al. 2022).
La investigación sobre la experiencia de participación de madres y padres (es decir, el hecho de que se les otorguen poder, oportunidades e información para tomar parte de manera significativa en los planes y decisiones que les afectan directamente y, en la mayoría de los casos, a sus hijos e hijas) es más limitada que la dedicada a la participación de la infancia. En su lugar, se emplean los términos de participación, compromiso e implicación parental, a menudo de forma intercambiable, para referirse de manera más amplia a la experiencia de las familias en sus interacciones con los servicios de protección a la infancia.
En el nivel micro, los estudios sobre la experiencia de participación de las familias identifican también la importancia de las relaciones como base de unas prácticas participativas eficaces. Madres y padres se encuentran a menudo en situación de crisis en el momento en que interviene la protección a la infancia (Salverson and Arney 2013). Las experiencias vitales previas, la percepción de un primer contacto traumático con la protección a la infancia y el proceso posterior pueden ir acompañados de emociones negativas intensas, como miedo, duelo, tristeza, ansiedad e ira (Antonopoulou et al. 2024; Goddard et al. 2023; Lalayants and Saitadze 2025), que pueden restringir la oportunidad y la capacidad de las familias para participar en los procesos y decisiones de protección a la infancia, en particular en el caso de familias pertenecientes a grupos marginados (Rousson et al. 2025; Tembo 2020, 2022). Madres y padres pueden tener dificultades para comprender los motivos de preocupación (Syrstad and Slettebø 2020), para asimilar el volumen y la complejidad de la información requerida o para responder a las numerosas exigencias, a menudo contradictorias, de la protección a la infancia (Dir et al. 2025). También pueden mostrar conductas de evitación o recurrir a estrategias de afrontamiento poco saludables, como el consumo problemático de sustancias (Dir et al. 2025; Goddard et al. 2023), lo que limita aún más las oportunidades de participación.
Pese a resultados favorables en protección a la infancia, madres y padres pueden seguir relatando experiencias negativas de conductas y actitudes profesionales que obstaculizan su plena participación y que perciben como autoritarias, punitivas, enjuiciadoras y centradas en los déficits (Ghaffar et al. 2012; Lines et al. 2025; Saar-Heiman et al. 2024; Toros et al. 2025). Las familias consideran que las competencias profesionales de vinculación, escucha y relación son clave para promover la participación (Healy et al. 2011; Lehtme and Toros 2020; Lines et al. 2025), así como la presencia de profesionales que utilizan su poder como mecanismo de apoyo y no de control (Davies et al. 2023). Madres y padres señalan la importancia de relaciones y espacios de colaboración con profesionales, pero subrayan también la necesidad de que incluyan a sus hijos e hijas siempre que sea posible (Juul and Husby 2020) y, cuando sea necesario, a personas que les defiendan y acompañen (Damman et al. 2025; Davies et al. 2023).
En el nivel meso, la participación de las familias se ve obstaculizada por las exigencias contradictorias que pesan sobre ellas y por la complejidad y el poder que perciben en el sistema de protección a la infancia. La participación parental se restringe cuando madres y padres apenas entienden cómo moverse en los procesos de protección infantil o qué se espera de su parte en un entorno dominado por profesionales (Damman et al. 2025; Lalayants and Merkel-Holguin 2025). En las reuniones o espacios formales, las familias pueden sentirse marginadas y desinformadas sobre las implicaciones de las decisiones tomadas (Gibbons and Connolly 2020). El desequilibrio de poder inherente puede hacer también que madres y padres se sientan incapaces de proponer una explicación alternativa de las dificultades de su familia (Smithson and Gibson 2017) o de expresar su desacuerdo cuando se les pide su consentimiento (Storhaug et al. 2023), por interés en que se les perciba como personas dóciles y cooperativas (Gibbons and Connolly 2020).
En el nivel macro, las expectativas sociales sobre la parentalidad, definidas en un contexto cultural específico (Okpokiri 2021; Tahir and Cobigo 2025), pueden obstaculizar la participación de madres y padres que no se adhieren a esas normas o no logran cumplirlas. La percepción social de una mala parentalidad, o los indicios de cuidados parentales inadecuados o perjudiciales, pueden contribuir a niveles elevados de vergüenza, junto con la desaprobación social y el estigma (Burrow et al. 2024; Tembo 2022). Esta vergüenza se escenifica tanto en los procesos de protección infantil como en los encuentros con profesionales (Gibson 2020). Además, la vergüenza puede interiorizarse y contribuir a la pérdida de poder y de voz (Otterlei and Engebretsen 2021), limitando así las oportunidades de participación significativa.
En consonancia con las perspectivas de la infancia y de las familias, y en el nivel micro, la calidad de las relaciones entre profesionales y familias es crucial para la participación (Toros et al. 2018; Williams and Parry 2023), y la autoeficacia, la confianza mutua y la seguridad en las propias capacidades son factores clave para una vinculación eficaz (Alfandari 2017; Gladstone et al. 2012; Vis et al. 2012; Woodman et al. 2023). Profesionales perciben a menudo la comunicación como un obstáculo importante y aluden a la falta de un lenguaje y de herramientas adecuados, lo que subraya la necesidad de una formación especializada (Diaz et al. 2019; Taylor et al. 2016; Toros et al. 2018; Vis et al. 2012; Woodman et al. 2023), un aspecto al que con frecuencia se resta prioridad en la formación reglada y en las organizaciones de protección a la infancia (Kosher and Katz 2025).
Otra preocupación es la necesidad de evitar causar más daño a la infancia, que interactúa con la manera en que la percepción del riesgo influye en la toma de decisiones profesional (Moreno et al. 2025). Aunque profesionales dan prioridad a la creación de entornos seguros, esto puede derivar en proteccionismo (Henze-Pedersen 2026; Vis et al. 2012), y el apoyo a la participación suele ser limitado cuando se percibe que la seguridad de la infancia está en riesgo (Van Bijleveld et al. 2015), lo que refleja una priorización profesional de las necesidades sobre los derechos (Kosher and Ben-Arieh 2020; Toros et al. 2015). En términos más generales, la participación promovida por profesionales aumenta con la edad del niño o la niña (Berrick et al. 2015; Kosher and Ben-Arieh 2020; Lätsch et al. 2023; Pölkki et al. 2012; Toros 2021a), mientras que determinados grupos, como los padres varones (Maxwell et al. 2012), la juventud de familias pobres (Lätsch et al. 2023), la primera infancia y la infancia con discapacidad (Franklin and Goff 2018; Taylor et al. 2016), tienen a menudo menos oportunidades de participación.
En el nivel meso, la cultura organizativa y las estructuras de los servicios pueden influir en el enfoque profesional de la participación de la infancia y de las familias. Las elevadas cargas de trabajo en protección a la infancia (Pölkki et al. 2012; Strömpl and Luhamaa 2020; Taylor et al. 2016; Vis et al. 2012; Williams and Parry 2023; Woodman et al. 2023), la fragmentación de los servicios (Vis et al. 2012), unos procedimientos de intervención prescriptivos más que participativos y unos entornos poco acogedores para las familias (Henze-Pedersen 2026; Sanders and Mace 2006) limitan la capacidad de profesionales para favorecer la vinculación.
Profesionales de la protección a la infancia sienten a menudo que su función les deja poco margen, sobre todo cuando su capacidad para influir en los procesos es limitada (Healy and Darlington 2009; Kosher and Ben-Arieh 2020; Vis et al. 2012). Van Bijleveld et al. (2014) constataron que las personas con funciones de dirección que conciben su función como la mera ejecución de resoluciones judiciales ven pocas oportunidades de resolver problemas en colaboración con la infancia. Las fases críticas, como la evaluación, están especialmente condicionadas por el énfasis en las funciones de investigación (Kosher and Katz 2025). Las dinámicas de poder limitan aún más la redistribución de la influencia, sobre todo hacia madres y padres (Darlington et al. 2010; Saar-Heiman 2023).
Los factores socioculturales también configuran el enfoque profesional de la participación. La incomprensión de los derechos de la infancia, la visión de la participación como algo simbólico o como una simple recogida de consenso y las percepciones culturales de la infancia como vulnerabilidad reducen, todas ellas, la vinculación significativa (Diaz et al. 2019; Kosher and Ben-Arieh 2020; Raineri et al. 2021; Sanders and Mace 2006; Shemmings 2000; Strömpl and Luhamaa 2020; Van Bijleveld et al. 2014).
En conjunto, nuestra revisión de la literatura pone de relieve que sigue predominando un enfoque compartimentado de la participación en la práctica de protección a la infancia: la mayoría de los estudios se centran en un único grupo de actores (infancia, familias o profesionales) y pocos integran las experiencias de las distintas personas implicadas. Sin embargo, dentro de una literatura de investigación en gran medida compartimentada, resulta evidente que, en las perspectivas de la infancia, las familias y profesionales, la participación significativa aparece como un proceso fundamentalmente relacional, comunicativo y emocional, y no simplemente como un mecanismo procedimental de implicación en la toma de decisiones. Los tres grupos de actores consideran que las relaciones de confianza, el diálogo respetuoso y las oportunidades de intercambio significativo son fundamentales para una participación eficaz. A la inversa, la participación se vuelve problemática cuando la comunicación es insuficiente, inaccesible o está dominada por la autoridad profesional, y la infancia y las familias se quedan con la sensación de no ser escuchadas, de estar marginadas o de no poder influir en las decisiones sobre su vida. La literatura subraya también el poderoso contexto emocional en el que se produce la participación. La infancia vive incertidumbre, exclusión y miedo. Madres y padres comparten esos sentimientos, además de afrontar ansiedad, duelo, vergüenza y estigma. Profesionales experimentan emociones similares mientras sopesan sus preocupaciones sobre el riesgo, la seguridad y la responsabilidad. Estas realidades emocionales configuran tanto la capacidad de participar de cada persona como el propio espacio participativo. En conjunto, los resultados sugieren que la participación no puede entenderse con independencia de las relaciones, las prácticas comunicativas y las dinámicas de poder (Enroos and Pösö 2023; Fargion and Mauri 2025) a través de las cuales se lleva a cabo, y que es necesario prestar más atención a estas dimensiones interconectadas para avanzar hacia una participación significativa.
Esta revisión sugiere también que, aunque ya existen directrices y métodos participativos para profesionales, su aplicación es insuficiente, y los reiterados llamamientos a la reforma organizativa, a una orientación más sólida y a la formación profesional no han logrado, en gran medida, cambiar la práctica. Esto se debe probablemente a las tensiones inherentes a unos contextos legalistas, burocráticos, centrados en el riesgo y judiciales (Diaz et al. 2019; Healy et al. 2012; Moreno et al. 2025; Ney et al. 2013), lo que sugiere que se necesita un nuevo enfoque para hacer avanzar la práctica participativa.
El análisis que aquí se presenta se apoya en las aportaciones generadas por la investigación-acción en segunda persona y por la revisión narrativa de la literatura. Si bien la revisión de la literatura proporciona una base contextual y conceptual importante, nuestra interpretación de los resultados se nutre igualmente del desarrollo colaborativo y reflexivo del conocimiento propio de nuestro enfoque de investigación-acción.
Juntos, estos métodos permiten comprender mejor la naturaleza arraigada, dicotómica y desconectada de los discursos participativos basados en derechos y de la práctica cotidiana, así como las posibles oportunidades para lograr una mayor integración y coherencia.
Para hacer avanzar una práctica significativa en protección a la infancia, proponemos utilizar dos marcos conceptuales que proceden de tradiciones distintas y que no se emplean con frecuencia en el análisis de los procesos participativos. El primero se deriva de un enfoque psicodinámico y psicoanalítico, que tiene en cuenta las dinámicas relacionales comentadas y reconoce el trauma asociado al contexto de los servicios de protección a la infancia. El segundo remite a un enfoque pragmático y considera los efectos de la comunicación sobre el comportamiento de las personas. Estos dos marcos, aunque suelen tratarse por separado, pueden, al conectarse, reforzar la vinculación y empezar a abordar los obstáculos identificados hasta ahora por la investigación. Creemos que combinar estos dos enfoques permite, por una parte, reconocer plenamente el profundo encuentro con el dolor y el trauma inherente al trabajo de protección a la infancia y, por otra, ir más allá de la sola dimensión psicoemocional, situando las relaciones en los contextos más amplios que las configuran y les dan sentido.
En conjunto, este encuadre conceptual nos permite comprender que la participación es contextual y está estrechamente anclada en las intenciones de las personas. Subraya la importancia de situar la relación entre el niño o la niña, la madre o el padre y la persona profesional del trabajo social dentro del contexto más amplio e interdependiente en el que esas personas viven y actúan. Para profesionales de la protección a la infancia, ese contexto es el de los múltiples mandatos. Para madres y padres, consiste en reflexionar sobre sus propias dificultades y deseos, tanto en la relación con su hijo o hija como en relación con el contexto. Para el niño o la niña, se encuentra en sus relaciones con otras personas significativas de su vida, así como en su relación con profesionales de la protección a la infancia. Es en este juego de comprensiones mutuas donde se desarrolla la confianza necesaria para poner en marcha procesos participativos.
Los apartados siguientes presentan estos dos marcos conceptuales, que ofrecen estrategias para abordar las dificultades de participación identificadas. El primer marco se centra en el desarrollo de una sensibilidad psicosocial en la práctica participativa, es decir, en el desarrollo de una disposición mental que sitúa la participación como un componente inequívoco e integral del tejido de la práctica de protección a la infancia. El segundo marco, el modelo de la PCH (Watzlawick et al. 1971), se aplica para proponer maneras de traducir esa disposición mental en un conjunto de competencias. Sostenemos que los dos marcos interpretativos aquí propuestos permiten desarrollar y sostener procesos eficaces de comunicación y participación que tengan en cuenta las circunstancias concretas de las personas, sin limitar la atención únicamente a la relación entre las personas y profesionales de la protección a la infancia.
Como se ha señalado, es esencial reconocer las experiencias personales, interpersonales y sociales, variadas y complejas, que llevan a la infancia y a las familias a la atención de los sistemas de protección a la infancia. Para la mayoría de las familias, esto supone una configuración más compleja que los binomios conocidos y asentados de agresor-víctima o necesidad-riesgo (Luu et al. 2025). En particular, como parte de una práctica participativa basada en derechos, profesionales de la protección a la infancia necesitan la capacidad de comprender y sostener experiencias vividas complejas que afectan a la infancia, a las familias y a profesionales, incluidas sus dimensiones afectivas conscientes e inconscientes. Para todas las personas implicadas, el dolor emocional que provoca ver a la infancia expuesta al riesgo es difícil de soportar. Por tanto, es del todo comprensible que, para gestionar ese malestar, se adopten respuestas defensivas que contribuyen a la aparición de posiciones polarizadas, y que probablemente se reflejan en nuestra revisión de la literatura. En un contexto con tanta carga emocional, promover prácticas de participación requiere una conducta profesional sensible y sintonizada.
Para dar vida a nuestras ideas conceptuales, consideremos, por ejemplo, cómo podría una persona profesional del trabajo social asegurarse de que su propia ansiedad por el bienestar y la seguridad de un niño o una niña no inhiba el derecho de ese niño o esa niña, o de su madre o su padre, a participar en el proceso de protección. Los resultados de la investigación «hablar con la infancia y escucharla» (TLC, por sus siglas en inglés: talking and listening to children) (Winter et al. 2017) ponen de relieve este tipo de riesgos. En un caso, una trabajadora social describe cómo aborda la visita a un niño de 5 años objeto de una investigación de protección en curso, atenta a no causarle malestar y a que su visita sea realmente breve:
Pero creo que también soy consciente de que no quiero hacerles preguntas demasiado, no sé, demasiado pesadas, demasiado concretas… voy a tener una conversación con él, pero, como decía, no quiero que sea demasiado formal con él. Será una visita muy breve, me imagino, con Danny (Ruch 2026, 10).
Otro caso ilustraba cómo una trabajadora social que visitaba a una niña de 5 años gestionaba su propia ansiedad ante la posibilidad de causarle más daño:
Sí, me pareció como que fue una, fue…, sí, fue una buena visita, ¿sabe?, no creo que la haya dejado con ningún tipo de trauma ni de malestar. (Ruch 2026, 10)
Comentarios como estos ofrecen ejemplos de las respuestas defensivas de profesionales que trabajan en los espacios de protección a la infancia. Cuando se les pregunta explícitamente, las personas profesionales del trabajo social pueden articular de forma consciente la lógica de sus comportamientos. En el momento, sin embargo, es más probable que sus acciones, aunque en apariencia protejan al niño o la niña de un malestar adicional, restrinjan en realidad, de forma inconsciente, su oportunidad de expresar sus deseos y sentimientos. Del mismo modo, los sentimientos de miedo o de ira que las investigaciones de protección suscitan en madres y padres pueden inclinar a profesionales a adoptar, de forma inconsciente, comportamientos restrictivos que les impiden expresar plenamente sus opiniones. Estas observaciones reflejan temas identificados en la revisión de la literatura, en la que se constató igualmente que las respuestas defensivas de profesionales limitaban la expresión de las opiniones de la infancia y de las familias.
Reflexionando sobre las necesidades de la infancia en acogimiento familiar, Briggs (2012, 6) sugiere que profesionales de la protección a la infancia deben centrarse en los «fenómenos que se dan bajo la superficie», que ayudan a comprender «la vida emocional del niño y cómo responder a su necesidad de relaciones seguras y estables». La profundidad de comprensión que aporta la mirada psicoanalítica sobre el desarrollo infantil ofrece la oportunidad de implicarse en el dolor asociado a las circunstancias de un niño o una niña y de sostenerlo. Esta perspectiva es fundamental para comprender la participación y las carencias actuales de los discursos participativos. La infancia conocida por los servicios de protección a causa de preocupaciones de protección confirmadas ha vivido, por definición, experiencias adversas en la infancia y cierto grado de trauma. Estas suelen deberse a la acción o la inacción de personas adultas (a menudo una madre, un padre u otra persona cuidadora), lo que hace probable que niñas y niños muestren relaciones ambivalentes y fragmentadas con otras personas adultas con las que se encuentran:
Muchísimos niños y niñas en acogimiento sufren el trauma del maltrato, de la negligencia y, después, de la separación de sus padres. Por ello, es probable que la infancia traumatizada se vea [afectada] emocional y mentalmente por sus experiencias, a menudo sin nadie que les ayude con el dolor y la confusión resultantes. Como el trauma fragmenta invariablemente… es probable que estos niños y niñas solo comuniquen fragmentos de sus experiencias y sentimientos. Estas comunicaciones probablemente serán complejas, confusas, inconscientes y, a menudo, solo observables si quienes intervienen examinan sus [propias] experiencias y sentimientos al trabajar con el niño o la niña y reflexionan sobre ellos (Briggs 2012, xxvi)
En paralelo a la posición de la infancia se encuentran las sensibilidades emocionales asociadas a madres y padres, sobre todo cuando su implicación es involuntaria y cuando muchas de esas personas han vivido sus propias experiencias de adversidad o de trauma en la infancia o en la edad adulta (Suomi et al. 2023). Abordar los inevitables sentimientos de miedo, ira o vergüenza de madres y padres al verse bajo el escrutinio de profesionales de la protección a la infancia, así como sus respuestas defensivas, es un requisito previo difícil pero necesario para promover una participación significativa, y exige conocimientos profesionales específicos y competencias reforzadas.
Para afrontar estas dificultades complejas, profesionales de la protección a la infancia deben crear con madres, padres, niñas y niños espacios relacionales y participativos, separados o compartidos, que reconozcan la mezcla de pensamientos, emociones e influencias que configuran las opiniones de la infancia y de las familias, y respondan a ella. A partir de los resultados de la revisión de la literatura, la comprensión de los comportamientos psicodinámicos y del papel del inconsciente ante un dolor y una ansiedad insoportables puede ayudar a profesionales a ofrecer un apoyo empático y a crear espacios reflexivos y relacionales significativos y eficaces. En la práctica, esto implica ofrecer apoyo a madres y padres para que reconozcan y acepten sus propios sentimientos y circunstancias y los de sus hijos e hijas. De este modo, el lugar central de madres y padres, a la vez como titulares de derechos de participación y como apoyos esenciales en la promoción del derecho de la infancia a la participación, se reconoce y se hace efectivo plenamente siempre que es posible.
Como consecuencia de estas dinámicas complejas, las respuestas emocionales pueden influir también en la manera en que profesionales usan el poder y en la manera en que la infancia y las familias responden a él, como muestra nuestra revisión de la literatura. El poder de profesionales de la protección a la infancia, más allá de sus competencias, procede de su función legal y socialmente mandatada, que puede percibirse con aspectos tanto positivos como negativos. Profesionales de la protección a la infancia pueden usar su poder de forma positiva para facilitar una participación significativa y alianzas que permitan abordar los problemas planteados. En otras circunstancias, gestionar las emociones incómodas asociadas al dolor, la ansiedad y la incertidumbre puede generar inseguridad y respuestas defensivas en profesionales de la protección a la infancia, lo que desemboca en un uso problemático del poder. En estos casos, el poder profesional puede ejercerse para reforzar el control y llegar a alterar el delicado equilibrio de un espacio participativo. A la inversa, esto puede generar en la infancia o en las familias respuestas emocionales que buscan resistir mediante la confrontación o someterse mediante la sumisión, lo que reduce aún más las oportunidades de participación significativa.
Abordar estas complejidades exige que profesionales de la protección a la infancia vayan más allá de las formas de interacción racionales y verbales y desarrollen competencias y una conciencia que les permitan observar más que actuar y, sobre todo, escuchar más que hablar, para dar sentido a respuestas y comportamientos de la infancia y de las familias que, en apariencia, pueden parecer paradójicos (Ruch et al. 2020). Se necesitan enfoques más matizados y diversos que permitan que las acciones no verbales orienten las prácticas participativas. Los métodos de orientación psicoanalítica, como la observación de bebés y de niños y niñas, los grupos de discusión sobre el trabajo (work discussion) y la mentalización, pueden ofrecer espacios de contención esenciales en los que perfeccionar estas competencias (Adamo and Rustin 2014; Fonagy et al. 2018; Rustin and Bradley 2008).
Ampliando de manera más general las condiciones de la práctica participativa al nivel meso, Briggs (2012) sostiene que las organizaciones de protección a la infancia necesitan la resiliencia necesaria para soportar el dolor que vive la infancia —y, añadimos nosotras, madres, padres y familias— como consecuencia del maltrato, la negligencia y la separación. Nuestra revisión de la literatura ofrece algunos ejemplos de esta falta de resiliencia, que, según Briggs, afectará negativamente a la capacidad de profesionales para soportar el dolor. Además, Briggs refuerza la importancia que tiene su contexto para la infancia: «…. para ayudar a la infancia traumatizada, quienes intervenían tenían que ampliar su pensamiento del niño o la niña al contexto socioemocional en el que vive en acogimiento» (Briggs 2012, xxvii). Este contexto refleja la relación de la infancia con su familia, su comunidad y el sistema de protección. Adoptar esta perspectiva más amplia sobre la participación ayuda a superar lo que puede percibirse como una postura de oposición entre la participación de la infancia y la de las familias, que compartimenta de forma poco útil los procesos y los resultados de la participación de unas y otras y crea una participación aislada en compartimentos estancos, como pone de relieve la literatura revisada. Una perspectiva más amplia reconoce la relación inherente que existe y afirma que tanto la infancia como sus madres y padres merecen atención y consideración.
Al defender este enfoque contextual de la participación, que reconoce las posiciones respectivas del niño o la niña, de la madre o el padre y de la persona profesional de la protección a la infancia, estamos convencidas de que la participación no debe concebirse como una «tarea» aislada que hay que cumplir. Debe conceptualizarse, más bien, como una disposición mental que sitúa la participación como un componente inequívoco e integral del tejido de la práctica de protección a la infancia, un tejido en el que las personas actúan y se comunican según su comprensión del contexto, incluidos sus propósitos e intenciones dentro de él. Es en la manera en que esta disposición mental se traduce en un conjunto de competencias puestas en práctica a diario donde entra en juego el segundo marco conceptual, y donde la reflexión sobre el proceso de comunicación ocupa el centro.
Aunque los argumentos a favor de una sensibilidad psicosocial en la práctica participativa se han expuesto con claridad, sigue sin estar claro cómo podría ponerse en práctica esta disposición mental de orientación psicosocial en el espacio de participación, o incluso cómo podría ser ese espacio. Este apartado aborda esa laguna y explora cómo los principios del modelo de la PCH (Watzlawick et al. 1971) ofrecen un marco teórico para responder mejor a los obstáculos con que se topa el refuerzo de la participación de la infancia y de las familias basada en derechos. Se apoya en la tradición de la Escuela de Palo Alto, que, aunque nació de estudios psicológicos y analizó cómo puede desarrollarse la enfermedad mental a raíz de una comunicación confusa, ha tenido un fuerte impacto en el desarrollo del estudio de las dinámicas comunicativas y de la calidad de la comunicación humana. La PCH permite mostrar que el contexto en el que tiene lugar el intercambio comunicativo no es neutro, sino que, por el contrario, ejerce una influencia fuerte y poderosa tanto en las intenciones comunicativas de quien habla como en la comprensión y la respuesta de quien escucha. Nos permite captar cómo la invitación a participar no puede ignorar el contexto en el que se produce ni los significados que las personas le atribuyen. En otras palabras, permite reconocer a las personas como sujetos sensibles y dotados de agencia, que reflexionan y actúan de forma coherente con sus propias estrategias y con su comprensión del contexto en el que se encuentran. Por consiguiente, sostenemos que el marco psicosocial ayuda a revelar los obstáculos crónicos e invisibles a la aplicación de los derechos de participación de la infancia y de las familias, y que el marco generativo de la PCH ofrece un enfoque basado en la práctica para abordar esos obstáculos en favor de una práctica participativa significativa. Defendemos que, juntos, estos dos enfoques conceptuales ofrecen un marco de práctica novedoso, integrado, intelectualmente riguroso y pertinente en la práctica para la mejora de las prácticas participativas.
En lugar de abordar la participación de forma abstracta, este marco reconoce la comunicación y el diálogo como mecanismos cruciales y tiene en cuenta los aspectos pragmáticos que sustentan una participación significativa. Estos giran en torno a la idea de que todo proceso comunicativo se desarrolla en un contexto específico, entre individuos «que piensan y actúan», que persiguen sus propios objetivos y actúan de forma coherente con su comprensión del contexto. A partir de los tres conceptos centrales de la PCH —(i) el contexto, (ii) la coherencia de los mensajes y (iii) la circularidad—, mostramos cómo profesionales pueden responder con más eficacia a los obstáculos y ambigüedades de la participación en protección a la infancia señalados en nuestra revisión de la literatura.
La PCH comprende cinco axiomas de la comunicación (Figura 1) que describen el proceso comunicativo y se centran en la interacción entre la comunicación verbal y no verbal en el curso de un intercambio. En resumen, estos cinco axiomas afirman que: (i) es imposible no comunicar; (ii) toda comunicación tiene un aspecto de contenido y un aspecto relacional; (iii) la comunicación «puntúa» la secuencia de los acontecimientos en términos de causa y efecto; (iv) la comunicación humana utiliza modalidades digitales y analógicas (variadas, incluidas las no verbales); (v) los intercambios comunicativos son simétricos o complementarios (las partes se sitúan, respectivamente, en el mismo nivel o en niveles distintos). Estos axiomas explican los malentendidos y los conflictos, incluidos los comentados en nuestra revisión de la literatura, y muestran que los intercambios comunicativos buenos y eficaces se logran cuando todos los elementos (verbales y no verbales, relaciones y contenidos) son coherentes. Estos elementos —contenido y relaciones— pueden dar lugar a una comunicación significativa (comprensión mutua) en función de la interpretación que hagan las personas que se comunican del contexto en el que tiene lugar la comunicación. En este sentido, el contexto es una «matriz de significado».

Un enfoque basado en la PCH exige tener en cuenta el contexto integral en el que se produce la comunicación y los significados que las personas le atribuyen de forma consciente o inconsciente. Esta comprensión contextual orienta la manera en que se lleva a cabo el proceso comunicativo para perseguir propósitos e intenciones específicos. En un contexto de protección a la infancia, las relaciones son desiguales, marcadas por diferencias de poder deliberadas y por funciones legales que influyen en las expectativas relacionales y en la comunicación de las personas implicadas, como muestra nuestra revisión de la literatura. En comparación con madres y padres que intervienen de forma voluntaria, quienes intervienen de forma obligatoria tienen más probabilidades de esperar ser objeto de escrutinio y de evaluación y, por tanto, de preocuparse por cómo podrían utilizarse o interpretarse sus palabras o sus actos. Estos dos contextos contrapuestos muestran hasta qué punto cualquier afirmación profesional de buscar una relación participativa se vivirá de forma muy diferente. Por ejemplo, la persona profesional que dice a una madre o un padre en situación involuntaria, en un contexto de protección infantil, «Estoy aquí para ayudarle» o «Confíe en mí» puede no parecer congruente con el contexto ni con las distintas posiciones relacionales. A partir de los resultados del proyecto TLC, una trabajadora social demostró su capacidad para adoptar una posición empática y a la vez de autoridad, que afrontaba con sensibilidad y honestidad la realidad de la situación de una madre:
Porque en la primera visita estaba muy angustiada, se sentó y se echó a llorar. Y me dice: “No quiero que me lo quiten”. Y yo le venía a decir: “Mire, Kathryn, eso lo hacemos cuando hace falta, pero hoy no vengo a eso. A lo que vengo es a ayudarla”. (Ruch 2026, 9)
El contexto está estrechamente ligado a la importancia de comunicar mensajes coherentes, a partir del concepto sistémico de «doble vínculo», desarrollado por Bateson et al. (1956) en relación con los patrones de comunicación familiar en salud mental. En términos generales, se produce un doble vínculo cuando una persona se encuentra en una situación en la que recibe dos o más mensajes contradictorios, uno de los cuales niega al otro. Esto crea una paradoja en la que cualquier respuesta que elija la persona conduce a la confusión, a la ansiedad y, a menudo, a una sensación de impotencia. Una paradoja típica del contexto de protección a la infancia es la invitación a una madre o un padre a participar en una investigación inicial compartiendo su visión de las dificultades familiares para evaluar el riesgo y las necesidades. La decisión de revelar o negar, por ejemplo, un problema de consumo de sustancias podría desembocar igualmente en un resultado negativo: la retirada de la custodia del niño o la niña (si lo revela) o la imposibilidad de acceder a los apoyos necesarios (si lo niega). Por tanto, si no se explica correctamente, la comunicación puede vivirse como engañosa y angustiosa.
En el caso de la infancia, la coherencia de un mensaje puede reflejarse en la manera en que la relación entre el niño o la niña y la persona profesional se ve influida por cómo percibe el niño o la niña la posición de su madre o su padre, o las consecuencias que sus palabras podrían tener en el contexto más amplio. Un escenario conocido es el del niño o la niña que expresa su deseo de seguir con su familia, pese a los indicios de riesgo para su seguridad. En estas circunstancias, son necesarias explicaciones adicionales para que la persona profesional reconozca el doble vínculo y establezca el fundamento de los deseos del niño o la niña, de su comprensión del contexto y de la coherencia y la fiabilidad del mensaje.
La circularidad es el proceso continuo de acción-reacción y de retroalimentación presente en todo intercambio comunicativo. La comunicación interpersonal nunca es unidireccional, sino que implica una interacción y requiere una «retroalimentación anticipada» para producirse. Vista desde la circularidad, la comunicación puede entenderse como un proceso dinámico en el que las personas que se comunican reaccionan unas a otras, emitiendo y recibiendo información por turnos y, cuando la reciben, eligiendo aceptar, rechazar o descalificar la comunicación. Por ejemplo, cuando una persona profesional invita a un niño o una niña a participar, quien recibe la invitación la procesa según su comprensión de la participación y del contexto del momento, y responde conforme a esa interpretación. A través de este intercambio circular, la comunicación puede desarrollarse positivamente en una relación de comprensión mutua o contribuir a una relación nueva (y más igualitaria), creando así el espacio para que la práctica participativa resulte más creíble. Sin embargo, en contextos involuntarios y conflictivos, también puede evolucionar negativamente a través de malentendidos.
Las relaciones desiguales en los servicios de protección a la infancia, sustentadas en un poder deliberado, constituyen un contexto especialmente difícil para quienes se comunican, tanto al recibir como al emitir, tal como se señala en nuestra revisión de la literatura. Estas dificultades ponen de relieve la necesidad fundamental de ser conscientes del desequilibrio de poder y de actuar con transparencia al respecto, codificando y descodificando con cuidado para transmitir y recibir la comunicación tal como se pretende y lograr una comprensión recíproca. Por tanto, la participación significativa no es fácil, sino que refleja un verdadero desafío y un esfuerzo real a medida que se elaboran y se resuelven las posiciones y las comprensiones. En la práctica, esto exige garantizar la claridad tanto del objeto como de la finalidad de la participación, adaptar cuidadosamente el contenido a la persona destinataria, verificar de forma continua la comprensión y adaptar la comunicación cuando sea necesario (y buscar ese mismo enfoque al asumir la posición de quien recibe). En resumen, la PCH muestra cómo las prácticas de participación en protección a la infancia deben considerarse un proceso circular y relacional que se desarrolla mediante influencias mutuas, en un contexto dotado de significados que pueden diferir entre quienes se comunican y que deben tenerse en cuenta y alinearse para lograr una comunicación buena y eficaz.
Al reunir nuestras ideas y reflexionar sobre sus implicaciones para la práctica del trabajo social, proponemos un enfoque inicial que no pretende ignorar ni negar los avances logrados a lo largo de muchos años en los distintos ámbitos de la participación. Más bien, nos encontramos al comienzo de una empresa colectiva más amplia para comprender mejor y configurar las prácticas participativas en la protección a la infancia, una empresa que desestabiliza con respeto los enfoques y prácticas actuales, los complementa y les aporta matices con sensibilidad. Estas ambiciones responden a nuestra constatación de que, en primer lugar, existe una desconexión arraigada entre los desarrollos teóricos y las realidades de la práctica en protección a la infancia, que da lugar a prácticas participativas inhibidas y compartimentadas, como muestra la literatura; en segundo lugar, un enfoque basado en derechos exige prestar más atención a la agencia y al contexto de cada persona; y, en tercer lugar, las innovaciones más recientes en materia de participación tienden hacia los niveles del sistema y de las políticas, y prestan menos atención a la participación en el nivel de la práctica directa. Sobre la base de los apartados anteriores, exponemos a continuación las características clave de una disposición mental de participación basada en derechos que sea contextual, relacional, integrada y pragmática, junto con sus implicaciones para la práctica.
La dimensión contextual de la participación basada en derechos remite a unos valores, por su postura inclusiva, que busca sostener los derechos y responsabilidades de participación de la infancia, de las familias y de profesionales en un marco holístico. Esta configuración responde a las limitaciones de los enfoques dicotomizados predominantes, que subestiman la importancia de los contextos individuales, familiares, culturales y sociales más amplios, y reconoce su fluidez y la necesidad de que los espacios y los resultados participativos se nutran de una atención continua a las influencias contextuales. Responde también a la simplificación excesiva de lo que es, de manera inevitable, un espacio profesional complejo y cargado. Al reconocer los factores contextuales y admitir su inevitable complejidad, se ayuda a profesionales a tener presentes los derechos de participación tanto del niño o la niña como de su madre o su padre.
La investigación actual pone de relieve la importancia y la necesidad de que la participación sea más relacional y más sostenible. La infancia y las familias necesitan sentir que la participación se produce como parte integrante de la relación que mantienen con una persona profesional de la protección a la infancia, y no vivirla como una tarea aislada de una lista de comprobación profesional. Para profesionales, la participación no debería vivirse como una exigencia adicional en un entorno ya sometido a presión de tiempo, sino reconocerse como un aspecto integrado de la práctica cotidiana. Dicho esto, no debe subestimarse la intensidad de las dinámicas emocionales en los contextos de protección a la infancia ni la presión que pueden generar. Profesionales de la protección a la infancia, por ejemplo, pueden expresar inseguridad respecto a hablar con la infancia y escucharla, y a equilibrar su agencia con su necesidad de protección. En relación con madres y padres, las nociones arraigadas de la «mala» madre o el «mal» padre pueden generar inquietud en profesionales que temen que pedir la opinión de una madre o un padre conduzca a una práctica insegura cuando las preocupaciones de protección actuales no son sencillas. Estos sentimientos son comprensibles. Una disposición mental psicosocial desempeña un papel importante a la hora de atenuar los obstáculos emocionales que podrían favorecer un enfoque reduccionista, de «lista de comprobación», de los derechos relacionales de participación y, con ello, impedir que se integren en la práctica cotidiana y se mantengan en el tiempo.
La dimensión pragmática desplaza la naturaleza del compromiso desde «un modelo» de participación hacia un enfoque de práctica integrado o, más exactamente, hacia una disposición mental pragmática, que valora la experiencia vivida y busca comprender en profundidad lo que les ocurre a las familias en su relación con los sistemas de protección a la infancia. La PCH sitúa la participación en el centro y la desmitifica, y sus conceptos asociados ayudan a identificar, en términos concretos y tangibles, cómo reconocer los obstáculos a la comunicación y su contexto pertinente, y cómo superarlos para promover una participación significativa mediante una comunicación eficaz y finamente ajustada. Esta mirada más pragmática favorece que la disposición mental participativa se aplique en los encuentros y las comunicaciones cotidianas de profesionales con la infancia y las familias.
En conjunto, estas dimensiones sugieren que una participación significativa basada en derechos depende menos de la aplicación de modelos de participación específicos y más de la capacidad de profesionales para trabajar de manera contextual, relacional y reflexiva dentro de las complejidades de la práctica cotidiana de protección a la infancia.
La participación de la infancia y de las familias es un derecho fundamental que sustenta unas prácticas eficaces de protección a la infancia. Pese al amplio consenso sobre la importancia de la participación y a más de tres décadas de modelos destinados a orientar su aplicación en la protección a la infancia, la participación significativa sigue siendo esquiva. Este artículo, fruto de nuestra indagación crítica, reflexiva y deliberativa, sostiene que se necesita un enfoque participativo más contextual, relacional, integrado y pragmático, que desestabilice los enfoques actuales, compartimentados y superficiales, y que llame la atención sobre los elementos emocionales y comunicativos de la práctica participativa.
Este artículo debe considerarse a la luz de ciertas limitaciones. Nuestro enfoque novedoso de investigación-acción en segunda persona y nuestra revisión narrativa se concibieron para ofrecer una síntesis amplia, interpretativa y crítica de la literatura sobre los distintos grupos de actores, y no una evaluación sistemática exhaustiva de la evidencia disponible. Por consiguiente, las ideas aquí presentadas deben considerarse una contribución conceptual destinada a estimular el debate, la investigación y el desarrollo de la práctica, y no una hoja de ruta definitiva para su aplicación.
La complejidad de la participación en el contexto de la protección a la infancia, tal como se ha explorado aquí, sugiere que una reconceptualización innovadora puede no bastar por sí sola para cambiar la práctica. Se necesitan futuras investigaciones participativas para cambiar la situación actual, aportar nuevas perspectivas y trazar un nuevo rumbo poniendo a prueba enfoques participativos contextuales, relacionales, integrados y pragmáticos. Por ejemplo, se necesita más investigación sobre los procesos de comunicación como espacios participativos en los que intervienen profesionales de la protección a la infancia, la infancia y las familias, y sobre cómo pueden reforzarse. También se necesita investigación participativa sobre los procesos de comunicación eficaces que promueven la participación tanto de la infancia como de las familias en los distintos subgrupos de población y en todo el espectro de preocupaciones de protección, para garantizar la equidad en las oportunidades y los métodos participativos. Los resultados de futuras investigaciones podrían orientar asimismo la formación en trabajo social y la formación de profesionales, para que desarrollen una comprensión completa y precisa de los derechos de participación de la infancia y de las familias y de su aplicación en la práctica, con una disposición mental y unas competencias bien desarrolladas. Esta orientación futura puede impulsar avances hacia una práctica profesional más sintonizada y hacia espacios participativos más justos en el plano epistémico y social.
Complexe Systémique: puntos clave
Para la práctica sistémica, el interés de este artículo está en llevar Palo Alto adonde ya nadie lo espera: al despacho de protección a la infancia. El equipo muestra que la participación fracasa menos por falta de leyes o de modelos que porque se piensa en compartimentos estancos, derechos de la infancia frente a derechos de las familias, cuando en realidad se juega en un contexto relacional cargado de miedo, vergüenza y poder. El doble vínculo se describe con precisión: invitar a una madre o a un padre a hablar con franqueza de su consumo de sustancias le expone a perder a su hijo o hija si habla, o a perder el apoyo si calla. Mientras esta paradoja no se nombre, la «participación» sigue siendo un mandato. Se proponen dos palancas: una atención de orientación psicoanalítica a las propias defensas de profesionales y una lectura pragmática de los mensajes (contexto, coherencia, circularidad). El límite está claro: se trata de un ensayo conceptual, sin datos nuevos ni voces directas de la infancia o de las familias, y la investigación participativa que reclama está aún por hacer. Para leer junto con nuestra lectura guiada de Pragmatics of Human Communication y el artículo sobre el trabajo sistémico con madres y padres cuyos hijos e hijas están en acogimiento.
Notas del original
Conflictos de intereses. Las autoras declaran no tener conflictos de intereses.
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Traducción no oficial al español de Disrupting the Child Welfare Participation Paradigm: A Contextual, Relational, Embedded and Pragmatic Approach, de Jeri L. Damman, Teresa Bertotti, Diletta Mauri, Gillian Ruch y Karen Winter, Child & Family Social Work, publicación anticipada en línea (2026), doi: 10.1111/cfs.70254, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra ha sido modificada en el sentido de la licencia. Ni las autoras ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Este es el artículo original «Disrupting the Child Welfare Participation Paradigm: A Contextual, Relational, Embedded and Pragmatic Approach», publicado en Child & Family Social Work (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción no oficial al español realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Damman, J. L., Bertotti, T., Mauri, D., Ruch, G., y Winter, K. (2026). Disrupting the Child Welfare Participation Paradigm: A Contextual, Relational, Embedded and Pragmatic Approach. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/disrupting-the-child-welfare-participation-paradigm (Obra original publicada en 2026 en Child & Family Social Work, Early View (2026); republicada en 2026 por Child & Family Social Work, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/cfs.70254)
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