Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Contemporary Family Therapy · Terapia familiar
En cuatro parejas noruegas, la violencia no se había mencionado en la acogida; en el camino se convirtió en el foco mismo de la terapia. Entrevistando por separado a cada miembro de la pareja y a cada terapeuta, el equipo de Jan Frode Snellingen describe un doble recorrido: un largo camino antes de la terapia, sostenido por las mujeres e impulsado por la preocupación por la descendencia, y después un trabajo en sesión para poner nombre a la violencia. El equipo extrae de ello orientaciones para la práctica clínica y para la organización de los servicios.
Traducción no oficial al español de The Long and Dual Journey to Violence-Focused Couple Therapy: A Multiperspective Qualitative Study with Couples and their Therapists, de Jan Frode Snellingen, Pål Erik Carlin y Ulf Axberg, publicado en Contemporary Family Therapy (Springer) (2026), doi: 10.1007/s10591-025-09770-y, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las tablas se presentan en forma de listas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Los resultados de este estudio nos recuerdan que la terapia no empieza como una página en blanco.
Jan Frode Snellingen, Pål Erik Carlin y Ulf Axberg
Resumen
La violencia en la pareja (IPV, por sus siglas en inglés) es un problema importante de salud pública y de práctica clínica. La investigación indica que la IPV es más frecuente en las parejas que solicitan terapia que en la población general. Sin embargo, a menudo no se revela en el momento de la derivación y, en cambio, aflora gradualmente a lo largo del proceso terapéutico. Este estudio cualitativo examina el proceso por el cual la IPV se convierte en el foco principal de la terapia conjunta en casos en los que no se había revelado inicialmente. Mediante un análisis fenomenológico interpretativo (IPA) multiperspectiva, realizamos y analizamos entrevistas por separado con 13 personas participantes, cuatro parejas heterosexuales y sus terapeutas, que estaban en terapia en curso en el Servicio Noruego de Orientación Familiar en el momento de las entrevistas. El análisis dio lugar a dos temas experienciales grupales principales que iluminan un proceso de doble recorrido hacia una terapia de pareja centrada en la violencia, compuesto por dos fases interrelacionadas: el recorrido previo a la terapia, que incluye los subtemas (1) La capacidad de acción de las mujeres para iniciar el cambio, (2) Los hijos e hijas como catalizadores del cambio, (3) Umbral crítico: llegar al «ya basta» y (4) La historia y el impacto de los intentos fallidos de búsqueda de ayuda; y el recorrido en terapia, que abarca los subtemas (5) ¿Es violencia? Negociaciones internas y relacionales y (6) ¿Más allá de la «reparación»? Consecuencias relacionales y terapéuticas de los patrones de IPV de larga duración. En conjunto, estos seis subtemas constituyen una comprensión dinámica y temporalmente estratificada de cómo la IPV se convierte en el foco principal de la terapia de pareja. La discusión presenta el Modelo del Doble Recorrido, que ofrece un marco conceptual y orientaciones prácticas para reforzar la capacidad clínica y organizativa de desarrollar intervenciones de terapia de pareja más seguras y sensibles a la IPV.
Palabras clave: violencia en la pareja, terapia de pareja, estudio multiperspectiva, análisis fenomenológico interpretativo, violencia de pareja no revelada, búsqueda de ayuda
La violencia en la pareja (IPV) sigue siendo un problema importante de salud pública y de práctica clínica, con amplias implicaciones para las personas, las familias y las prácticas terapéuticas (Black, 2011; WHO, 2021). Las encuestas de prevalencia en Noruega y en todo el mundo muestran que entre el 14 y el 30% de las personas encuestadas en muestras comunitarias declaran haber sufrido violencia de pareja en algún momento de su vida (Andersson et al., 2015; Dale, 2023; Smith et al., 2017). En las poblaciones clínicas, la tasa de violencia de pareja es aún mayor. Las parejas que solicitan terapia por problemas de relación tienen entre dos y tres veces más probabilidades de haber vivido IPV física que las parejas de la población general (Heyman et al., 2023), y algunos estudios indican que más de la mitad de estas parejas declaran haber ejercido violencia física en el último año (Jose & O’Leary, 2009). Pese a esta alta prevalencia en los estudios de investigación, las parejas a menudo no revelan estas experiencias al iniciar la terapia de pareja, y estas pueden aflorar solo gradualmente durante el proceso terapéutico.
El reconocimiento tardío de la IPV en terapia plantea retos clínicos y éticos. Las revelaciones tienden a producirse gradualmente, durante el tratamiento más que en la evaluación inicial (Keilholtz & Spencer, 2022). El miedo de las víctimas a las consecuencias negativas determina a menudo el retraso de las revelaciones en los servicios de salud. Puede tratarse del miedo a la pareja maltratadora, de la preocupación por la descendencia o del temor a ser juzgadas por profesionales o por su entorno social (Heron & Eisma, 2021). En el contexto de la terapia de pareja, la revelación puede retrasarse también porque las personas consultantes no enmarcan inicialmente la violencia como maltrato, sino como conflicto, agresión mutua o tensión situacional (Simpson et al., 2007). Además, algunos datos sugieren que las parejas con antecedentes de violencia que solicitan terapia no perciben la violencia como una cuestión o un problema grave en su relación (Doss et al., 2003; Ehrensaft & Vivian, 1996). Por su parte, terapeutas de pareja pueden subestimar la presencia o la gravedad de la IPV cuando las personas consultantes presentan preocupaciones relacionales más superficiales (Dudley et al., 2008).
Aunque las guías clínicas recomiendan métodos de detección temprana, como el cribado sistemático de la IPV y las entrevistas iniciales por separado (Bograd & Mederos, 1999; Keilholtz & Spencer, 2022), estos enfoques pueden no captar plenamente la complejidad de las realidades relacionales de las personas consultantes; la IPV, por el contrario, puede permanecer sin revelarse por múltiples razones hasta que la terapia ya está en marcha. Cuando la violencia se revela o aparece como cuestión durante la terapia de pareja, crea retos éticos y clínicos complejos (Keilholtz & Spencer, 2022; Snellingen et al., 2024), que pueden perturbar el proceso y obligar a reevaluar los objetivos y las consideraciones de seguridad, así como a tomar decisiones difíciles sobre la pertinencia de continuar la terapia de pareja (Johnson, 2008; Karakurt et al., 2016; Keilholtz & Spencer, 2022; Snellingen et al., 2024; Stith et al., 2012).
Estos retos están estrechamente ligados al debate más amplio sobre el uso de la terapia conjunta en casos de IPV, en el que los posibles beneficios deben sopesarse cuidadosamente frente a los riesgos potenciales (Karakurt et al., 2016). Las voces críticas con la terapia conjunta en el contexto de la IPV sostienen que recibir juntos a los miembros de la pareja cuando hay violencia puede reforzar involuntariamente dinámicas relacionales dañinas. Por ejemplo, las sesiones conjuntas pueden permitir que los comportamientos de control continúen sin freno, favorecer la minimización o la negación de los episodios violentos, silenciar o intimidar a la persona de la pareja que ha sufrido la violencia, o entrañar un riesgo de retraumatización si la violencia continúa (Johnson, 2008; Kelly & Johnson, 2008). Estas preocupaciones son especialmente marcadas en situaciones de violencia de control coercitivo, en las que el miedo y las asimetrías de poder socavan cualquier posibilidad de seguridad y de diálogo equitativo. En estos casos, la terapia conjunta está en general contraindicada, porque los procesos terapéuticos habituales podrían instrumentalizarse para mantener el control o poner aún más en peligro a la persona de la pareja expuesta a la violencia (Johnson, 2008; Karakurt et al., 2016).
Aun así, un conjunto creciente de investigaciones y de literatura clínica sugiere que la terapia de pareja en el contexto de la IPV puede ser eficaz en determinadas situaciones si se dispone de una evaluación exhaustiva y de salvaguardas clínicas (Hurless & Cottone, 2018; Karakurt et al., 2016; Littlechild et al., 2024; Slootmaeckers & Migerode, 2018; Visser et al., 2020). Múltiples estudios han mostrado que los enfoques conjuntos aplicados con cuidado no aumentan necesariamente el riesgo de daño para las víctimas e incluso pueden ayudar a reducir los comportamientos violentos, a la vez que mejoran la comunicación, la resolución de problemas, la satisfacción general con la relación y la colaboración en la coparentalidad (Hurless & Cottone, 2018; Karakurt et al., 2016; McCollum & Stith, 2008; Stith et al., 2012). Diversos marcos conceptuales subrayan la necesidad de enfoques de evaluación matizados que tengan en cuenta no solo los factores de riesgo individuales, sino también las dinámicas relacionales y las influencias contextuales más amplias (Alexander & Johnson, 2023; Carlson & Dayle Jones, 2010; Stith & Spencer, 2024). Esto refleja la naturaleza multidimensional de la IPV, que puede variar en frecuencia, gravedad, control coercitivo, dinámicas de poder, expectativas de género y experiencia subjetiva, y pone de relieve que los enfoques conjuntos no pueden aplicarse como una solución «válida para todo» en los casos de violencia en la pareja. Por el contrario, la toma de decisiones clínicas requiere una diferenciación cuidadosa entre tipos de violencia, una evaluación continua del riesgo y respuestas terapéuticas flexibles que prioricen la seguridad sin dejar de estar abiertas a los posibles beneficios cuando las condiciones lo permitan (Snellingen et al., 2024).
La investigación muestra que las parejas esperan a menudo una media de seis años después de reconocer problemas en su relación antes de buscar ayuda profesional, lo que puede hacer que los problemas se arraiguen profundamente y den lugar a patrones destructivos (Jarnecke et al., 2020).
Factores personales, relacionales y contextuales configuran y aplazan las experiencias y trayectorias de búsqueda de ayuda de las personas consultantes antes de iniciar la terapia de pareja. Este retraso puede deberse al estigma, a la creencia en la autosuficiencia y a la incomodidad de compartir asuntos privados con personas ajenas (Hubbard & Anderson, 2021; Stewart et al., 2016). Entre los obstáculos para buscar ayuda figuran también factores prácticos como el coste, el acceso limitado y la incertidumbre sobre dónde encontrar servicios adecuados (Hubbard & Anderson, 2022; Williamson et al., 2019). Obstáculos emocionales e interpersonales, como el miedo a ser objeto de juicio, los sentimientos de vergüenza o de fracaso y las dudas sobre la disposición de la pareja a participar, pueden retrasar la búsqueda de ayuda (Doss et al., 2004; Hubbard & Anderson, 2022). Además, en las relaciones heterosexuales, las normas tradicionales de género masculinas pueden plantear dificultades, ya que los hombres de la pareja pueden ser reacios a buscar ayuda para problemas de relación (Parnell & Hammer, 2018). Las experiencias previas de las personas consultantes con los servicios de ayuda y sus expectativas de partida determinan a menudo su motivación y su implicación al empezar la terapia (Hubbard & Anderson, 2022; Tambling et al., 2014; Vogel et al., 2005). Los factores culturales y estructurales también desempeñan un papel: las personas consultantes pueden enfrentarse a barreras lingüísticas, carecer de acceso a servicios culturalmente competentes y sufrir discriminación (Lelaurain et al., 2017; Satyen et al., 2019). Por otra parte, la preocupación por el bienestar de la descendencia es con frecuencia uno de los principales motivos por los que las parejas inician una terapia (Darwiche et al., 2022; Doss et al., 2004), en particular para las madres (Cravens et al., 2015).
Pese al creciente volumen de investigación sobre la IPV en la terapia de pareja y a conocimientos más amplios sobre los comportamientos de búsqueda de ayuda, la investigación sobre el recorrido de búsqueda de ayuda que conduce a una terapia de pareja centrada en la violencia es limitada, en especial en los casos en que la violencia no se reveló inicialmente, sino que se convirtió gradualmente en el foco principal de la terapia. Comprender los patrones de búsqueda de ayuda de los distintos grupos y sus necesidades específicas puede ayudar a profesionales a entender mejor los comportamientos de quienes acuden a los servicios y a adaptar en consecuencia sus intervenciones (Stewart et al., 2016). Por ello, comprender con mayor profundidad cómo viven y atraviesan este proceso tanto las personas consultantes como sus terapeutas es esencial para construir conocimiento que permita mejorar la detección temprana, individualizar las intervenciones y proteger el proceso terapéutico en la terapia de pareja.
Pese a la alta prevalencia de la IPV en las parejas que solicitan terapia, esta violencia a menudo no se revela en la acogida. Tiende, en cambio, a aflorar gradualmente y solo más tarde se convierte en una preocupación central en el contexto de la terapia de pareja. Este estudio cualitativo explora la trayectoria que va desde el reconocimiento del problema hasta el momento en que una IPV hasta entonces callada o sin nombre se convierte en el punto focal del trabajo clínico. Comprender esta progresión exige atender tanto a las experiencias vividas que preceden a la terapia como a los procesos relacionales y terapéuticos que se despliegan en ella.
¿Cómo viven y dan sentido los miembros de la pareja y sus terapeutas al proceso que conduce a una terapia de pareja centrada en la violencia?
El presente estudio adopta un diseño cualitativo basado en un marco de análisis fenomenológico interpretativo (IPA) multiperspectiva (Larkin et al., 2019). Se sitúa en el Servicio Noruego de Orientación Familiar (NFCS, por sus siglas en inglés), un servicio de financiación pública y de bajo umbral que ofrece gratuitamente terapia de pareja y de familia de orientación sistémica y relacional. El NFCS cuenta con 42 oficinas y unas 500 personas terapeutas, entre profesionales del trabajo social, de la psicología y de la terapia familiar. En 2022, el servicio atendió a unas 55 000 familias (Snellingen et al., 2024). Como parte de su mandato, el NFCS aborda y previene la violencia familiar, reconociendo que las parejas que solicitan terapia pueden presentar riesgos de agresión relacional. Una encuesta reciente (Carlin, Snellingen, Nordvik & Axberg, 2025) indicó que terapeutas del NFCS identificaban la violencia como motivo de preocupación en el 21% de todos los casos de terapia de pareja.
El estudio incluyó a cuatro parejas heterosexuales y a sus terapeutas. En un caso, la pareja era atendida por dos coterapeutas, lo que eleva a cinco el total de terapeutas del estudio. Las estadísticas descriptivas figuran en las tablas 1 y 2. Para proteger tanto la confidencialidad interna (participantes de un mismo caso terapéutico) como la confidencialidad externa, los datos identificativos se trataron con cuidado, agrupando las variables demográficas en categorías más amplias para reducir el riesgo de reconocimiento, y no se vinculó a terapeutas con las parejas concretas con las que trabajaban.
Las cuatro parejas tenían en total nueve hijos e hijas que vivían en el hogar, y sus relaciones duraban por término medio más de 10 años. Todas las parejas informaron de episodios de violencia física menos grave en el año anterior, como pellizcos, sujeciones o empujones. En tres casos, las personas participantes describieron episodios considerados más graves, ocurridos en distintos momentos, desde hasta diez años atrás hasta un episodio más reciente. Sin embargo, consideramos que ninguna de estas situaciones alcanzaba el umbral para activar protocolos de seguridad ni la obligación de denuncia prevista en el art. 196 del Código Penal noruego (2005), que exige a toda persona adulta «denunciar o tratar de impedir por otros medios un acto delictivo o sus consecuencias en un momento en que esto todavía sea posible y parezca seguro o muy probable que el acto se ha cometido o se cometerá». Del mismo modo, no se activaron los arts. 13 − 2 de la Ley noruega de protección de la infancia (2021), ya que no había indicios de maltrato infantil, negligencia ni riesgo para la vida o la salud. Todo el equipo terapéutico tenía una experiencia considerable en el NFCS y había completado múltiples cursos sobre el abordaje de la violencia en la terapia de pareja.
Tabla 1 — Parejas participantes (n = 4)
Tabla 2 — Terapeutas participantes (n = 5)
El reclutamiento se realizó mediante muestreo intencional, porque las personas participantes podían aportar conocimientos sobre el fenómeno concreto de interés en un contexto pertinente. En coherencia con el compromiso idiográfico del IPA, el foco está en lograr profundidad de análisis más que amplitud de representación (Smith et al., 2021; Smith & Nizza, 2022). Por ello, los estudios de IPA suelen emplear muestras pequeñas y cuidadosamente seleccionadas que permiten un examen detallado, caso por caso, antes de pasar a afirmaciones más generales (Eatough & Smith, 2017). La inclusión de cuatro parejas y de sus cinco terapeutas aportó perspectivas múltiples y entrelazadas sobre un mismo proceso relacional, en consonancia con el énfasis del IPA en la idiografía, y añadió profundidad analítica mediante la triangulación de puntos de vista (Larkin et al., 2019). Este diseño permite explorar con matices cómo las personas participantes de un mismo caso dan sentido a sus experiencias vividas.
Las personas participantes se reclutaron a partir de casos terapéuticos del NFCS en los que la violencia había surgido como tema después del inicio de la terapia. El proceso comenzó contactando con las oficinas seleccionadas a través de su dirección y enviando después invitaciones directas a cada terapeuta. Una vez obtenido su consentimiento, las personas terapeutas participaron en varias reuniones por vídeo con el equipo de investigación para hablar del reclutamiento de las personas consultantes, abordar las cuestiones de seguridad y aclarar los procedimientos. Después, las personas terapeutas participantes informaron en primer lugar a las personas consultantes pertinentes sobre el estudio y les preguntaron si les interesaba participar. A quienes mostraron interés se les pidió un consentimiento inicial que permitía al equipo de investigación ponerse en contacto con ellas, darles más detalles y, si ambos miembros de la pareja estaban de acuerdo, concertar una entrevista.
Todas las personas terapeutas invitadas a participar aceptaron, mientras que el reclutamiento de las personas consultantes resultó más difícil. El equipo terapéutico señaló dos problemas principales. En primer lugar, varias parejas se encontraban en fases tempranas e inciertas de la terapia, lo que dificultaba su participación en una investigación. En algunos casos, la violencia grave impidió también proponer el estudio a las personas consultantes. Una segunda dificultad tenía que ver con el consentimiento informado de todas las personas implicadas en el sistema terapéutico. El equipo terapéutico observó que quienes habían vivido violencia y eran víctimas de ella tendían a estar más dispuestas a participar. En cambio, quienes habían ejercido la violencia se mostraban más reticentes o se negaban por completo. Estas dinámicas configuraron la muestra que finalmente participó en el estudio.
Una vez que la violencia se convertía en una cuestión pertinente en la terapia, las personas terapeutas presentaban el estudio a las personas consultantes que cumplían los criterios. A quienes daban un consentimiento inicial se les ofrecía la posibilidad de hablar por teléfono con el equipo de investigación para comentar el estudio y plantear preguntas antes de la entrevista. El día de la entrevista se reafirmaba y volvía a firmar el consentimiento informado. La selección de participantes se basó en tres criterios: (1) no había información sobre violencia en la acogida ni en las derivaciones, lo que es pertinente para la práctica del NFCS, ya que los datos de acogida suelen ser limitados y rara vez incluyen detalles delicados del caso; (2) todas las partes reconocían la violencia como foco central del proceso terapéutico; y (3) ambos miembros de la pareja y su terapeuta dieron su consentimiento informado para participar en el estudio.
Se elaboró una guía de entrevista semiestructurada y se realizaron entrevistas individuales presenciales con cada persona consultante y con su terapeuta. Para garantizar la coherencia, todas las entrevistas las realizaron quienes firman en primer (J.F.S.) y segundo (P.E.C.) lugar. La guía abordaba temas como la decisión de iniciar una terapia de pareja, las dinámicas terapéuticas, la aparición y el manejo de la violencia, las cuestiones de seguridad y las dificultades relacionales. Las entrevistas duraron entre 1,5 y 2,5 h y se grabaron en audio con consentimiento. A modo de ejemplo, se formularon a las personas participantes preguntas como: «¿Quién de ustedes se puso en contacto con el NFCS?», «Al comienzo de la terapia, ¿consideraban violencia lo que ocurría entre ustedes?», «¿Recuerda cuándo se convirtió la violencia por primera vez en un tema de las conversaciones terapéuticas?», «¿Qué palabras se utilizaron?», «¿Qué hizo posible hablar de ello?» y «¿Cómo fue para usted que la violencia se convirtiera en una preocupación en la terapia?» Estos ejemplos ilustran el formato semiestructurado de las entrevistas, concebido para invitar a reflexiones detalladas y permitir a la vez que las personas participantes orientaran el rumbo del diálogo. También se preguntó individualmente a las personas participantes por los tipos de violencia presentes en su relación actual y por la manera en que estas preocupaciones se abordaban en su terapia.
Para proteger la confidencialidad y respetar la autonomía de cada participante, ninguna información compartida en una entrevista se reveló ni se mencionó en las entrevistas posteriores, aunque el estudio seguía un diseño secuencial que implicaba a ambos miembros de la pareja y a su terapeuta. Al mismo tiempo, se informó a las personas participantes de los procedimientos que se seguirían si el equipo de investigación llegaba a conocer alguna información que indicara un riesgo grave e inminente para el bienestar o la vida de alguien. Todas las entrevistas se grabaron en audio y se transcribieron literalmente para garantizar su exactitud y fiabilidad. Durante la transcripción, las personas participantes fueron seudonimizadas; en la sección de resultados se utilizan nombres ficticios y se han suprimido los detalles específicos para salvaguardar el anonimato tanto interno como externo. Ninguna persona participante recibió pago ni ninguna otra forma de compensación por su participación.
El análisis de los datos se guio por los principios del análisis fenomenológico interpretativo (IPA) (Smith et al., 2021), adaptados a un marco multiperspectiva (Larkin et al., 2019) y aplicados con flexibilidad para ajustarse a los objetivos y al contexto del estudio (J. A. Smith & Nizza, 2022). El núcleo del IPA consiste en pasar de un relato descriptivo detallado de la experiencia de cada participante a una comprensión más interpretativa de su significado en contexto. Este proceso se apoyó en la doble hermenéutica central del IPA, en la que el equipo de investigación intenta dar sentido a participantes que, a su vez, están dando sentido a sus experiencias vividas (Smith et al., 2021). A través de este diálogo iterativo, nos movimos dentro del círculo hermenéutico entre la parte y el todo, desarrollando una comprensión cada vez más matizada de cómo se coconstruía el significado durante el análisis.
Los fundamentos teóricos del IPA se arraigan en la fenomenología (centrada en la experiencia vivida subjetiva) y en la hermenéutica (el reconocimiento de la interpretación). Es idiográfico y pone el acento en un análisis detallado caso por caso antes de identificar patrones más amplios (Smith et al., 2021). El análisis de este estudio dio prioridad a las perspectivas de las personas consultantes sobre su recorrido hacia la terapia de pareja, con la IPV como foco. Las perspectivas de terapeutas se integraron de manera selectiva para enriquecer el análisis, poniendo de relieve contrastes, corroborando los relatos de las personas consultantes y añadiendo profundidad contextual o relacional. Este enfoque permitió explorar con matices las dinámicas relacionales y sistémicas, captando tanto los aspectos individuales como los intersubjetivos. Al combinar estas perspectivas, el análisis ofreció una comprensión estratificada del recorrido de búsqueda de ayuda que conduce a una terapia de pareja centrada en la violencia en casos en los que la violencia no se había revelado inicialmente, sino que fue apareciendo gradualmente como foco central del proceso terapéutico.
Concebimos la puesta entre paréntesis (bracketing) como un proceso cíclico y reflexivo más que como un acto de dejar de lado las ideas preconcebidas (Smith et al., 2021). Reconociendo que es imposible suspender por completo los supuestos, utilizamos diarios reflexivos, memorandos analíticos y discusiones entre pares para explorar cómo influían nuestras trayectorias profesionales en nuestras interpretaciones. Este enfoque de la puesta entre paréntesis reforzó la reflexividad, al buscar a la vez cercanía y apertura respecto de la construcción de sentido de las personas participantes, sin perder la conciencia crítica de nuestra propia influencia interpretativa.
Todas las entrevistas se realizaron en noruego, salvo una en inglés. La traducción no se trató como una transferencia neutral de significado, sino como un acto interpretativo y reflexivo que configuraba el proceso analítico. Para tenerlo en cuenta, el equipo de investigación llevó a cabo repetidas revisiones colaborativas de la traducción, discutiendo las opciones de redacción y los matices culturales que afectaban a la interpretación fenomenológica de las experiencias de las personas participantes. Toda la autoría, con dominio del noruego y del inglés, se centró en preservar el tono, la emoción y el significado contextual más que la equivalencia literal. Un miembro del equipo de supervisión de lengua materna inglesa aportó su conocimiento lingüístico y cultural. Estas discusiones pasaron a formar parte integrante del proceso interpretativo y contribuyeron a que el texto traducido se mantuviera fiel a las voces de las personas participantes, sin dejar de atender a la implicación interpretativa del equipo de investigación.
El análisis comenzó con un foco idiográfico, examinando cada transcripción por separado antes de identificar patrones en el conjunto de los datos. Combinando el enfoque caso por caso del IPA tradicional con una lente relacional y comparativa, el proceso fue iterativo y de varios niveles, y comprendió las siguientes etapas: (1) Reflexividad del equipo investigador: las reflexiones iniciales sobre posibles sesgos se documentaron mediante diarios y discusiones entre pares; (2) Inmersión y anotación exploratoria: las transcripciones se leyeron varias veces, con notas exploratorias detalladas en cada lectura; (3) Lecturas múltiples: las lecturas descriptivas, lingüísticas e interpretativas captaron matices más allá del contenido superficial; (4) Elaboración de enunciados experienciales: las citas clave se agruparon temáticamente y se transformaron en enunciados experienciales para cada entrevista; (5) Análisis por caso: dentro de cada caso terapéutico, se compararon los enunciados experienciales de las personas consultantes y de terapeutas para explorar las dinámicas relacionales; (6) Síntesis grupal entre casos: los temas se sintetizaron entre participantes, comparando las experiencias de quienes habían sufrido violencia, de quienes la habían ejercido y de terapeutas; (7) Vinculación con la pregunta de investigación: se construyeron temas generales que reflejaban las experiencias compartidas y divergentes más pertinentes para los objetivos del estudio; (8) Depuración temática en la redacción: los temas se siguieron desarrollando durante la escritura; algunos se matizaron o se excluyeron si no estaban suficientemente fundamentados en los datos; (9) Consolidación: se volvió a las transcripciones para garantizar que los temas reflejaran fielmente la profundidad y la amplitud del material.
J.F.S., que firma en primer lugar, dirigió el análisis, con aportaciones críticas continuas de P.E.C. y U.A., que firman en segundo y tercer lugar, para garantizar el rigor y la fiabilidad.
Mantener una postura reflexiva y transparente es un principio fundamental de la investigación cualitativa, en especial en el análisis fenomenológico interpretativo, donde la perspectiva de quien investiga se reconoce como parte integrante del proceso interpretativo (Dallos & Vetere, 2005; Smith et al., 2021). Quienes firman en primer y segundo lugar trabajan en el Servicio Noruego de Orientación Familiar, donde se realizó el estudio. La persona que firma en tercer lugar, en cambio, investiga en la universidad y cuenta con una larga experiencia en terapia familiar y en estudios sobre la violencia. Este posicionamiento ofreció un acceso cercano a las realidades clínicas, pero exigió también una reflexividad sostenida para gestionar posibles conflictos de rol. Para ello, el equipo mantuvo una supervisión continua y un diálogo reflexivo, y llevó diarios reflexivos en todas las etapas del proyecto. Todas las decisiones relativas al diseño, la recogida de datos, el análisis y la publicación se tomaron con independencia de la organización y de la entidad financiadora.
Reconocemos que nuestros «horizontes de comprensión», configurados por la experiencia, el lenguaje y el contexto profesional, posibilitan y a la vez limitan nuestra interpretación (Gadamer, 1998). A lo largo del proceso de investigación, hemos intentado encontrar un equilibrio entre la familiaridad con el campo propia de quien lo conoce desde dentro y la conciencia crítica de los supuestos que esa proximidad puede introducir. La autoría comparte una perspectiva sistémica y relacional sobre la violencia en la pareja, que pone el acento en el contexto, la interacción y la construcción de sentido, a la vez que mantiene la seguridad individual y la responsabilidad como prioridades innegociables. Esta posición no implica que la terapia conjunta sea siempre adecuada en los casos de IPV; por el contrario, consideramos la violencia como un fenómeno multifacético que requiere respuestas diferenciadas, tanto en la investigación como en la práctica clínica.
Para reforzar la fiabilidad del estudio, aplicamos estrategias acordes con los criterios cualitativos de credibilidad, dependencia, confirmabilidad y transferibilidad (Creswell & Poth, 2018; Lincoln & Guba, 1985; Smith et al., 2021). La credibilidad se reforzó mediante la triangulación de perspectivas (personas consultantes y terapeutas), el trabajo iterativo con los datos y un diálogo reflexivo continuo dentro del equipo de investigación. La dependencia y la confirmabilidad se apoyaron en el mantenimiento de registros analíticos, diarios reflexivos y sesiones de revisión entre pares. Dimos prioridad también a «descripciones densas» de los resultados, del contexto y de las personas participantes para que quien lea pueda valorar la transferibilidad (Lincoln & Guba, 1985). La transparencia se apoyó en una descripción clara de todas las etapas analíticas, desde la transcripción hasta la elaboración de los temas, lo que permite seguir la lógica interpretativa. En coherencia con los enfoques interpretativos de la validación, nuestro objetivo no era un único relato «correcto», sino una versión transparente y bien fundamentada que invite a un examen crítico (Creswell & Poth, 2018). Una auditoría realizada por un miembro del equipo de supervisión (ajeno a la autoría) evaluó además la coherencia entre los datos brutos y las interpretaciones finales, lo que subraya el rigor metodológico (Smith et al., 2021). En conjunto, estas prácticas anclaron el análisis en las experiencias vividas de las personas participantes y explicitaron más el papel interpretativo del equipo de investigación.
Guillemin y Gillam (2004) distinguen entre la ética procedimental, que comprende las aprobaciones y los protocolos formales previos a la investigación, y la ética en la práctica, que supone afrontar los momentos éticamente importantes que surgen durante el proceso de investigación. La ética procedimental proporciona salvaguardas fundamentales, como el consentimiento informado y la aprobación de un comité. La ética en la práctica, en cambio, requiere una reflexividad continua y la capacidad de reconocer y responder a los momentos éticamente importantes y a las bifurcaciones a medida que se presentan (Guillemin & Gillam, 2004; Snellingen et al., 2025).
Este estudio se ajustó a la Declaración de Helsinki y fue examinado por el Comité Regional de Ética de la Investigación Médica y Sanitaria del Sudeste de Noruega, en virtud de la Ley noruega de ética de la investigación (2017). Se consideró que quedaba fuera del ámbito de la Ley de investigación médica y sanitaria de 2008 (ref. 192736) y, por tanto, no requería aprobación formal. El estudio cumplió también las directrices del Centro Noruego de Datos de Investigación (ref. 999687).
Realizar un estudio cualitativo y multiperspectiva con ambos miembros de la pareja y su terapeuta en una terapia de pareja en curso, sobre todo cuando la violencia es una preocupación central, planteó dilemas y complejidades éticas. Entre las consideraciones esenciales figuraban la seguridad de las personas participantes, la confidencialidad y la obtención de un consentimiento informado y voluntario. Para atenuar estas dificultades, establecimos cuatro momentos distintos en los que se retomaban y revisaban la información, las preguntas y el consentimiento. (1) Una vez cumplidos los criterios de inclusión, terapeutas presentaban el estudio a las personas consultantes y les informaban sobre él. Se les invitaba a dar su consentimiento inicial, lo que permitía al equipo de investigación ponerse en contacto con ellas. (2) Después se ofrecía a las personas consultantes una consulta telefónica en la que podían plantear preguntas o inquietudes antes de decidir si participaban en la entrevista. (3) El día de la entrevista se volvía a presentar el estudio, las personas participantes tenían la oportunidad de hacer nuevas preguntas y se obtenía por segunda vez el consentimiento por escrito. (4) Por último, al término de cada entrevista, se preguntaba a las personas participantes por su experiencia, se les invitaba a compartir cualquier inquietud pendiente y se les daba una nueva oportunidad de confirmar o retirar su consentimiento para el uso de los datos.
Para proteger las identidades, todas las personas participantes fueron seudonimizadas y descritas en términos generales para impedir cualquier vínculo entre personas, parejas o terapeutas. Para una discusión exhaustiva, véase Snellingen et al. (2025).
Nuestro análisis fenomenológico interpretativo multiperspectiva condujo a dos temas experienciales grupales principales: el recorrido previo a la terapia y el recorrido en terapia. Juntos forman lo que aquí hemos denominado el doble recorrido, que caracteriza el proceso largo y multifacético por el cual la violencia se convierte en la cuestión central de la terapia de pareja. Este doble recorrido comprende dos etapas cronológicas pero iterativas.
En nuestros resultados, el recorrido previo a la terapia incluye cuatro subtemas que se refieren principalmente a aspectos del proceso de búsqueda de ayuda antes de iniciar la terapia de pareja actual: (1) La capacidad de acción de las mujeres para iniciar el cambio, (2) Los hijos e hijas como catalizadores del cambio, (3) Umbral crítico: llegar al «ya basta» y (4) La historia y el impacto de los intentos fallidos de búsqueda de ayuda.
El recorrido en terapia consta de dos subtemas que se despliegan en el contexto terapéutico: (5) ¿Es violencia? Negociaciones internas y relacionales y (6) ¿Más allá de la «reparación»? Consecuencias relacionales y terapéuticas de los patrones de IPV de larga duración. En la fig. 1 se presenta una visión de conjunto de los temas experienciales principales y de los subtemas correspondientes.

Tras haber ofrecido una primera descripción de conjunto del doble recorrido, que comprende los dos temas experienciales grupales principales, recorrido previo a la terapia y recorrido en terapia, y sus seis subtemas asociados, pasamos ahora a una presentación más detallada de cada subtema. Le seguirá una discusión que explora su pertinencia clínica, en particular sus implicaciones para la práctica terapéutica, así como consideraciones más amplias de orden organizativo y político. Presentamos además el Modelo del Doble Recorrido como herramienta conceptual para comprender cómo las experiencias previas a la terapia de las personas consultantes y los procesos en terapia se informan y se configuran mutuamente.
1. La capacidad de acción de las mujeres para iniciar el cambio
Los resultados muestran que, desde la perspectiva de las personas consultantes, la búsqueda de ayuda por la IPV fue un proceso gradual, marcado por un reconocimiento creciente de la gravedad del problema y por los esfuerzos para superar los obstáculos personales y relacionales que dificultaban el acceso al apoyo. En todos los casos de este estudio fue la mujer, con independencia de quién ejerciera principalmente la agresión en la relación, quien se puso en contacto con los servicios de orientación y concertó la primera cita. Iniciar la terapia de pareja nunca fue inmediato: llegó tras un largo periodo de tensión emocional. Como reflexionaba Maria: «Hace cuatro años que mencioné por primera vez que deberíamos ir a terapia, así que he pasado mucho tiempo intentando convencerlo». Las mujeres expresaban un fuerte sentido de responsabilidad por iniciar el cambio ante el deterioro de la relación y la angustia creciente en la familia. Como lo expresó Anna:
Siempre he sido yo quien ha tomado la iniciativa, y supongo que éramos los dos los que sentíamos que la relación no iba bien. Se hace difícil, y hay muchas discusiones, así que lo principal era hacerlo por el bien de la familia.
Los hombres de la pareja se mostraban a menudo vacilantes y expresaban una resistencia inicial o la creencia de que los problemas podían resolverse sin ayuda. Olav ilustró esta dinámica en el siguiente diálogo, en el que describe cómo se tomó la iniciativa y cómo acabó concretándose la terapia de pareja:
Olav: Lo que viví fue que primero quería intentar resolver por mi cuenta la situación entre mi mujer y yo.
Persona entrevistadora: De acuerdo. ¿Qué le llevó a ponerse en contacto con el Servicio de Orientación Familiar?
Olav: No fui yo; fue mi mujer.
Persona entrevistadora: ¿No le había hablado de ello antes de hacer esa llamada?
Olav: Sí, me lo había dicho, pero yo no quería. Habló de ello durante mucho tiempo. Simplemente no me fiaba (de la terapia).
En varios casos, los hombres de la pareja, por lo general quienes habían tenido comportamientos violentos, solo aceptaron acudir a terapia después de que sus parejas les plantearan un ultimátum firme o manifestaran una intención seria de dejar la relación. Como explicaba Sofia:
Sabe que, si no sigue aquí, entre él y yo ya no habrá nada más, así que va a estar en una situación de mucha presión. Así que es como un ultimátum. Pero también es importante para mí que lo haga porque siente que es necesario.
Todas las personas terapeutas señalaron que eran las mujeres quienes iniciaban el contacto y asumían la responsabilidad de buscar apoyo. Estas dinámicas persistían a menudo en la terapia, donde eran normalmente las mujeres quienes planteaban y enmarcaban los problemas y, con el tiempo, nombraban los patrones destructivos, incluida la violencia. Una persona terapeuta observaba: «Son realmente diferentes. Ella es habladora, muy activa, y parece tenerlo todo claro en la cabeza, mientras que él necesita mucho más tiempo para procesar, tanto lo que ella dice como lo que pasa entre ellos en la conversación». Otra persona terapeuta reflexionaba sobre cómo la claridad de la mujer obligó a una respuesta terapéutica inmediata: «En este caso, la violencia se abordó de buenas a primeras. Fue imposible no reconocerla desde la primera sesión porque ella era tan explícita, que sentí que tenía que nombrarla». Aunque estas iniciativas hacían recaer mucha responsabilidad en las mujeres, terapeutas las describieron también como un «regalo», que permitía centrarse pronto en la seguridad y en las cuestiones relacionales de fondo.
2. Los hijos e hijas como catalizadores del cambio.
Todas las parejas tenían hijos e hijas que vivían en el hogar, y la preocupación por ellos surgió en las entrevistas como un motivo central para buscar terapia de pareja. La mayoría de las personas consultantes, tanto mujeres como hombres, expresaron durante el recorrido previo a la terapia una preocupación creciente por cómo la exposición al conflicto y a la violencia podía afectar con el tiempo a su descendencia. El deseo de evitar que presenciaran interacciones dañinas, de reducir la tensión emocional en el hogar y de garantizar un entorno de desarrollo más sano impulsa a menudo la búsqueda de ayuda. Varias personas participantes señalaron que, aunque podían soportar el malestar en carne propia, la idea de su posible impacto en su descendencia las empujó a actuar. Como explicaba Hilde:
Le he dicho todos estos años que su agresividad es un gran problema, y que tengo miedo, que estoy angustiada y nerviosa. Que, eh, me aterra que mis hijos crezcan viendo, u oyendo, o entendiendo algo de todo esto. Puedo tener paciencia y dejar que me «pisoteen» y cosas así durante cierto tiempo, pero hay un límite: si les afecta a ellos (los hijos), no hay nada más que hablar.
Tanto mujeres como hombres describieron una forma de malestar constructivo al tomar conciencia del impacto real o potencial de la situación en su descendencia. Esta toma de conciencia actuaba a menudo como catalizador del cambio y les motivaba a buscar ayuda y a esforzarse por reducir las interacciones dañinas y favorecer patrones relacionales más sanos. Aksel expresó cómo la preocupación por sus hijos le empujó, aunque a regañadientes, a implicarse en la terapia:
Es un tema recurrente que los niños sufren con nuestras discusiones y conflictos. Eso es una motivación enorme. Es tremendamente doloroso ver cómo compensan… Yo crecí con unos padres que discutían. Sé lo que eso me hizo. Te afecta. Te sientes inseguro en casa, sin protección. De verdad quiero que ellos se ahorren esa misma experiencia.
Aunque los hijos e hijas eran a menudo el principal motivo para buscar ayuda, también podían actuar como fuerza contraria, ya que algunas familias dudaban en recurrir a los servicios por temor a las posibles consecuencias de buscar ayuda externa. Anne, una mujer que había sido la principal agresora en su relación, describió la ambivalencia que sintió después de ponerse en contacto con el NFCS:
Al principio estaba muy a favor. Pero al cabo de un tiempo empecé a preguntarme a qué nos había expuesto. Los servicios de orientación familiar, ¿son un riesgo para nosotros y para nuestros hijos? He estado pensando, si soy totalmente sincera, ¿se va a sacar todo de quicio? Pero esto también es importante. Últimamente he pensado mucho en lo difícil que es hablar de la violencia. ¿A quién recurres para pedir ayuda? Tienes miedo de que te juzguen. ¿Vas a perder a tu hijo?
Todas las personas terapeutas subrayaron que las experiencias de la descendencia eran un foco central de la terapia de pareja, que servía a la vez como lente para evaluar su bienestar y sus necesidades de ayuda y como vía de entrada clave para implicar emocionalmente a la madre y al padre. La situación del niño o la niña servía a menudo como una poderosa puerta de entrada terapéutica, que suscitaba y profundizaba la reflexión y ponía de relieve la necesidad de cambio durante las sesiones. Una persona terapeuta explicó cómo abordar directamente el impacto en la descendencia podía suscitar una vergüenza constructiva en la madre o el padre que había ejercido la violencia, ayudando a sortear la actitud defensiva y a favorecer la asunción de responsabilidad.
Lo que de verdad me importa son los niños. Intento poner de relieve su experiencia, sus sentimientos, lo que les está pasando y lo que de verdad podría marcar una diferencia. Eso ayuda a que la situación se tome más en serio. Creo que esa seriedad, esa vergüenza que aparece, es importante. Es una herramienta terapéutica. Cuando quien ha ejercido la violencia se entristece o incluso llora, le digo: ‘Bien, eso significa que esto te importa. No quieres ser esa persona’. La vergüenza puede ser un potente motor de cambio.
3. Umbral crítico: llegar al «ya basta».
Muchas personas consultantes describieron un cambio de paradigma, un punto de inflexión crítico en su comprensión de la situación, que marcó el momento en que se dieron cuenta de que la relación no podía continuar sin ayuda externa. Estos umbrales iban a menudo acompañados de emociones intensas como la ira, el miedo, la desesperación y la incertidumbre, así como de una determinación renovada y, a veces, de esperanza. En ese momento, uno de los miembros de la pareja o ambos se convencían firmemente de la necesidad de cambiar. En nuestro estudio, tanto mujeres como hombres dijeron haber llegado a esos límites. En el caso de las mujeres en particular, este cambio lo desencadenaba un incidente grave o aterrador, o el desgaste acumulado de comportamientos destructivos repetidos. Estos momentos de «ya basta» marcaban un giro: se pasaba de tolerar la situación y adaptarse a ella a actuar y, sobre todo en el caso de las mujeres de este estudio, a buscar ayuda. Como recordaba una mujer tras un episodio especialmente intenso:
Se acabó del todo, ya he tenido suficiente… y entonces empecé a pensar que ya no puedo vivir con esto, y lo dejé temporalmente… él lo sentía muchísimo que lo hubiera dejado, y teníamos opiniones distintas, y él solo quería morirse, sí, se puso terriblemente dramático. Y entonces me puse en contacto con la oficina de orientación familiar, quizá una semana después.
Los hombres describían a menudo una toma de conciencia paralela, marcada por el miedo a «perderlo todo», que precipitaba su aceptación de la necesidad de ayuda. Este miedo al derrumbe de la relación impulsaba un giro hacia el cambio. Como reflexionaba Thomas, la propia relación tenía que transformarse: Queremos de verdad que nuestra relación funcione mejor, evidentemente… Ya sabes, quizá la terapia acabe en, no sé, una separación, o, aunque parece que ese es un desenlace menos probable, ya sabes, ahora que hablamos de las cosas.
4. La historia y el impacto de los intentos fallidos de búsqueda de ayuda.
En todas las parejas, el inicio de la terapia de pareja había ido precedido de búsquedas de ayuda anteriores, individuales o en pareja. Aunque algunos de estos intentos ofrecieron un apoyo parcial, a menudo iban acompañados de decepción, frustración o una sensación de inutilidad. El sentimiento recurrente, «ya lo intentamos antes, pero no sirvió de nada», reflejaba tanto la persistencia de sus dificultades como la complejidad de sus trayectorias de búsqueda de ayuda. Varias personas habían recurrido antes a diversos servicios para sobrellevar o abordar sus problemas, como la orientación psicológica, la fisioterapia, el clero o el control de la ira, a menudo sin implicar a su pareja. Estos intentos rara vez abordaban las dinámicas relacionales que estaban en el centro de sus dificultades. Hilde reflexionaba sobre lo que la llevó a iniciar una terapia de pareja en el NFCS.
Tuve algunas sesiones de psicología, pero, personalmente, no creo que me ayudara. No si me quedo ahí sentada hablando sola en la consulta de psicología; lo que de verdad importa es hablar juntos. Si el hombre con el que estoy casada tiene sus propios problemas y está en casa, con sus cosas, entonces volver con él solo resulta frustrante, porque no ha cambiado nada. Por eso es tan importante.
Aksel, de otra pareja, se hacía eco de esta experiencia al explicar su motivación para iniciar una terapia de pareja: «No creo que sirviera de nada que uno de nosotros fuera a un sitio y el otro estuviera en otra parte, hablando con alguien… Ahora, es como si estuviéramos en el mismo barco, en cierto modo».
Algunas parejas habían probado antes la terapia de pareja, pero a menudo terminó de forma prematura porque uno de los miembros de la pareja, o ambos, abandonaron la terapia. Un tema recurrente era la percepción de un desajuste en el enfoque terapéutico, en la química personal con la persona terapeuta o en relación con las necesidades específicas de la pareja. Anne y su pareja ya habían acudido antes al NFCS, pero entonces la violencia no se abordó como cuestión en la terapia:
Hemos contactado con la oficina de orientación familiar, creo, por tercera vez. Sí, la tercera vez... Pero esta vez ha sido muy positivo para todos nosotros, o al menos para los dos. Las otras veces no llegó a cuajar, solo un par de conversaciones, quizá.
Varias personas participantes tenían un historial de búsquedas de ayuda fallidas, lo que alimentaba su ambivalencia ante el inicio de la terapia y condicionaba su inversión emocional y temporal en las primeras sesiones. Como observaba una persona terapeuta: «Ya habían tenido varios contactos aquí antes, así que yo ya sabía que él era escéptico, ella lo mencionó en la primerísima conversación». Las experiencias terapéuticas previas funcionaban así no como un mero telón de fondo, sino como influencias activas en las expectativas y en la implicación en el proceso actual.
Cuando la violencia aparecía como cuestión, las personas terapeutas se preguntaban a menudo no solo si la pareja compartía el objetivo de preservar la relación, sino también si la terapia conjunta, y el NFCS en concreto, era el marco adecuado. Como reflexionaba una persona terapeuta:
Para mí se trata también de aclarar un poco, al menos en mi cabeza, si es un sí o un no a continuar la relación, o si se trata más bien de averiguar si de verdad les ayuda estar en la misma sala hablando juntos. Son dos preguntas muy diferentes. Es más bien: ¿cuál es la manera más útil de hablar con personas que están claramente en crisis? Esa es una pregunta muy diferente de «¿Seguirán siendo pareja estos dos dentro de cinco años?». O incluso el año que viene, ¿sabes?
Varias personas terapeutas subrayaron la importancia de mantener una postura flexible, sobre todo cuando dejaba de estar claro si la pareja seguía compartiendo el deseo de continuar la relación. En esos casos, algunas personas terapeutas describieron un paso de una terapia de pareja estructurada a sesiones exploratorias u orientadas a la clarificación, cuyo objetivo era evaluar no solo la viabilidad de la relación, sino también si continuar con sesiones conjuntas tenía sentido terapéutico o era seguro. Este giro clínico implicaba a menudo dar cabida a la ambivalencia relacional y, al mismo tiempo, evaluar si otros formatos, como sesiones individuales, un trabajo en paralelo o la derivación a servicios especializados, eran más adecuados.
5. ¿Es violencia? Negociaciones internas y relacionales.
Aunque muchas personas participantes describían patrones persistentes de agresión y de daño relacional, pocas identificaban inicialmente sus experiencias como violencia al empezar la terapia. Para algunas, la toma de conciencia surgió en las primeras sesiones; para otras, apareció más tarde en el proceso terapéutico. Hilde, por ejemplo, no asociaba sus experiencias con términos como «violencia» antes de ponerse en contacto con el NFCS:
Persona entrevistadora: ¿Lo consideraba violencia antes de venir a la oficina de orientación familiar?
Hilde: No.
Persona entrevistadora: Entonces, ¿qué pensaba que era, si no era violencia?
Hilde: Pensaba que era una situación horrible. Pensaba que era simplemente ira. Pero no pensaba que fuera violencia. La verdad es que no.
Este extracto ilustra cómo las personas consultantes enmarcaban a menudo sus experiencias con términos más familiares o menos estigmatizados, como «ira», «conflicto» o «una situación difícil». Etiquetar algo como «violencia» supone algo más que una cuestión semántica: invoca implicaciones morales, jurídicas y emocionales. Las diferencias de género también parecían destacadas: las mujeres tendían a adoptar una comprensión más amplia de la violencia, mientras que algunos hombres la equiparaban únicamente con actos físicos. Olav, por ejemplo, no reconoció su comportamiento como violento hasta su paso por el NFCS:
Olav: No sabía que era violencia, porque no había pegado a nadie, no era físico.
Persona entrevistadora: Entonces, para usted, ¿violencia solo significa algo físico?
Olav: Eso es lo que pensaba.
Muchas personas participantes expresaron ambivalencia ante el término «violencia» y entraban en negociaciones internas y relacionales sobre su pertinencia o su justicia. La reflexión de Einar pone de relieve las dinámicas relacionales y contextuales de nombrar y utilizar el término ‘violencia’. Su reticencia a utilizar el término no procedía de la negación, sino de una consideración matizada de la intención, del tono emocional y del contexto de la situación.
Persona entrevistadora: ¿Podría decir algo más sobre eso? Es realmente interesante. Ella le pegó una vez, y antes, y usted dijo: «En realidad no lo vi como violencia». ¿Puede desarrollarlo?
Einar: Simplemente lo vi como una reacción del momento, no como que quisiera hacerme daño ni nada parecido. Quiero decir, se podría llamar violencia, claro, pero para mí no era eso. No me despertó ningún pensamiento de venganza ni nada por el estilo. Sin embargo, en este contexto de ahora, supongo que se interpreta como violencia.
Para Einar, el término «violencia» resultaba excesivamente grave, demasiado tajante para lo que él percibía como una breve pérdida de control, sin intención maliciosa. Su observación, «en este contexto de ahora», pone de relieve cómo el marco terapéutico puede reencuadrar las percepciones e introducir otras lentes interpretativas.
Tanto mujeres como hombres entraban en negociaciones internas e interpersonales sobre cómo definir sus dinámicas relacionales, en particular cuando los comportamientos se apartaban de las nociones más estereotipadas de la violencia. Estas negociaciones se desarrollaban a menudo de forma explícita en la terapia. Sofia señaló que fue la terapeuta quien introdujo el término «violencia» en su conversación, ya que no formaba parte del enmarcado inicial de la pareja. Para ella, esta intervención supuso un reconocimiento largamente esperado:
En cierto modo, está bien oírlo. No, supongo que fue como, no sé si está bien, pero él tiene que entender que es grave. Que lo es, o probablemente entiende que es grave, pero… Puede sonar horrible, pero creo que estuvo bien que ella dijera violencia física y psicológica y que él lo oyera; es una especie de confirmación de que es real,
Para Sofia, la intervención de la terapeuta le dio el reconocimiento que le faltaba: «confirmó» su realidad.
Las personas terapeutas mostraban una actitud consciente y reflexiva respecto del término violencia, y a menudo intentaban nombrar y enmarcar como violencia los comportamientos destructivos de las personas consultantes desde el principio del proceso terapéutico. Una terapeuta se describía a sí misma como perseverante y a la vez adaptable, y subrayaba su disposición a entrar en una «negociación»:
Cuando introducimos la palabra ‘violencia’, es importante que la usemos suficientes veces para que cale de verdad en las personas con las que hablamos. Así que, si él dice ‘enfadado’, yo puedo decir ‘violento’. Y, como decía antes, lo que de verdad importa es cómo afecta a la persona con la que está enfadado; por eso lo llamo violencia. No se trata solo de él, sino de cómo afecta a la otra persona presente en la sala, y también de que así es como yo lo entiendo. Es importante que estemos en la misma sintonía cuando hablamos de estas cosas, y en este caso funcionó bien. Pero en otros casos puede no calar de la misma manera. Entonces me mantengo flexible: sigo queriendo nombrarlo, pero quizá use la palabra ‘agresividad’ en su lugar. Igual de importante, eso sí, es poner de relieve el impacto que tiene en los demás, y que es dañino y destructivo para su relación.
Para algunas personas terapeutas, el uso constante del término «violencia» era crucial, y lo repetían hasta que resonaba en las personas consultantes y se aceptaba como central para el trabajo terapéutico. Otras daban menos importancia al término una vez establecida una comprensión compartida, y se centraban más bien en el reconocimiento del problema por parte de la pareja, en su implicación con su impacto y en su disposición a asumir la responsabilidad. Como señalaba una de las personas terapeutas:
No es que me obsesione la palabra violencia; la verdad es que no me preocupa en absoluto machacar esa palabra. Lo que sí me importa es definir lo que está pasando de una manera en la que los dos miembros de la pareja puedan reconocerse y sentirse vistos.
Las diferencias en los años de experiencia de terapeutas no parecían influir en cómo ni cuándo introducían el término violencia. Lo que parecía configurar su enfoque era, más bien, la postura clínica de fondo de cada terapeuta sobre si nombrar explícitamente la violencia era necesario para abordar de manera significativa los patrones interaccionales destructivos de la pareja y para favorecer el progreso terapéutico. Las negociaciones internas y relacionales continuas sobre si definir el problema y cómo hacerlo no eran meramente semánticas: el enmarcado elegido tendía no solo a configurar el diálogo terapéutico, sino también a influir en la estructura, el contenido y la dirección del proceso terapéutico. Una persona terapeuta reflexionaba:
Terapeuta: Sí, hasta ahora lo he visto más bien como un problema de ira. He tenido algunas dudas; no creo que lo haya visto de verdad como un «caso de violencia» desde el principio.
Persona entrevistadora: ¿Qué habría hecho de otra manera, entonces?
Terapeuta: Entonces probablemente lo habría tratado más como un caso de violencia; habría pensado: vale, tengo que hacer un mapa de la frecuencia, la gravedad, las dinámicas de poder; habría utilizado más ese enfoque de evaluación de «La vida en la familia» (formulario de evaluación utilizado en el NFCS). Algo así como: necesito saber qué está pasando realmente aquí antes incluso de empezar.
6. ¿Más allá de la «reparación»? Consecuencias relacionales y terapéuticas de los patrones de IPV de larga duración.
Muchas personas consultantes llegaban a la terapia con una larga historia de violencia, conflicto e incertidumbre. En la mayoría de las parejas de este estudio, los patrones destructivos habían surgido pronto en la relación y se habían intensificado gradualmente. Cuando se le preguntó cuánto tiempo llevaban las cosas siendo difíciles, Hilde reflexionó: «Ha sido así todos estos años, la verdad… Pensaba que mejoraría, pero no fue así». Para cuando buscaron ayuda profesional, la mayoría de las parejas estaban atrapadas en ciclos de violencia psicológica y material, con agresiones físicas ocasionales (por ejemplo, pellizcos, sujeciones, empujones). Estos patrones no eran incidentes aislados; para algunas, formaban parte de una dinámica continua caracterizada por una tensión recurrente y un desgaste relacional. Maria describía esta fase como «un ambiente constante de ir pisando huevos», en el que incluso «comportamientos neutros», un tono de voz, gestos o expresiones faciales podían desencadenar tensión debido a las experiencias acumuladas de malestar. Hilde reflexionaba además sobre cómo, con el tiempo, vivir en esta situación había llegado a afectar a casi todos los aspectos de su vida:
Me ha afectado a toda la vida, porque me pongo nerviosa, pierdes la alegría, pierdes la energía y te salen muchas ‘grietas’. Simplemente acabas destrozada. Tu psique queda destrozada, tu concentración queda destrozada, no eres capaz de conseguir nada. Es absolutamente horrible.
El impacto acumulado era considerable. Las personas participantes describían un desgaste mental y físico, con bajo estado de ánimo, fatiga, alteraciones del sueño y tensión somática como dolores de cabeza y dolores musculares. Una persona participante refirió síntomas relacionados con el trauma, entre ellos recuerdos intrusivos. Tres personas consultantes habían estado de baja por enfermedad o habían dejado temporalmente el trabajo. En el plano relacional, la confianza se había erosionado, la comunicación era tensa y muchas vivían con una incertidumbre continua sobre el futuro de la relación. Aunque la decisión de buscar terapia respondía al deseo de mejorar una situación cada vez más difícil, iba a menudo acompañada de ambivalencia sobre si la relación podía o debía continuar. Como lo expresaba Maria:
Es mi vida, ¿sabes?… De verdad tengo que preguntarme qué estoy haciendo. Y si quiero irme. Pero he elegido quedarme. Aun así, nunca estás del todo segura: ¿estoy haciendo lo correcto? Es difícil. Por eso hago esto, porque en situaciones así necesitas consejo y orientación.
Desde la perspectiva de las personas terapeutas, las preguntas sobre la capacidad de la pareja para reconstruirse eran a menudo centrales. Varias reflexionaban sobre cómo los efectos acumulados del miedo, la distancia emocional y el rechazo repetido ponían en cuestión la premisa misma de una reparación relacional. Como señalaba una persona terapeuta:
En el fondo, no tengo claro que estas dos personas puedan realmente volver a crear algo bueno juntas, o de si ya han pasado el punto de la ‘reparación’. Hay una distancia tan evidente, ninguna intimidad física y tanto rechazo. Y mucho miedo, al menos por parte de ella. Me hace preguntarme: ¿es siquiera posible reconstruir algo seguro, cercano y de confianza?
Estas reflexiones introducían un nivel más profundo de complejidad: si la violencia y sus secuelas habían fracturado el vínculo de la pareja hasta el punto de que un proyecto terapéutico compartido ya no era viable. Cuando las heridas emocionales y relacionales eran profundas y antiguas, la ventana terapéutica podía estrecharse, lo que hacía difícil, o a veces imposible, abordar la violencia de manera constructiva. Una persona terapeuta lo describía así:
Si voy directamente a la violencia, puede hacer que las cosas se intensifiquen. Todo el foco se vuelve tan negativo para personas que ya están completamente agotadas. Siento que pierdo la oportunidad de ayudarles simplemente a mantenerse un poco a flote, a respirar. En lugar de eso, puede parecer que los estoy hundiendo todavía más.
Este delicado ejercicio de equilibrio, entre nombrar la violencia y preservar la capacidad de la pareja de «mantener la cabeza fuera del agua», era un reto terapéutico central. Las consecuencias de la violencia no eran solo personales y relacionales, sino que también configuraban el propio proceso terapéutico. Las personas terapeutas debían manejar un delicado equilibrio de ritmo, reconocimiento y disposición emocional, a la vez que gestionaban la incertidumbre continua sobre el bienestar y la seguridad de todas las personas implicadas y evaluaban de forma continua si la terapia conjunta seguía siendo un formato adecuado y seguro para la pareja.
Este estudio arroja luz sobre los procesos complejos y de múltiples niveles de búsqueda de ayuda de las parejas que inician una terapia de pareja en la que la IPV solo se convierte en una cuestión después de comenzada la terapia. A partir de nuestros resultados, proponemos un Modelo del Doble Recorrido, que recoge tanto el recorrido previo a la terapia (temas 1–4) como el recorrido en terapia (temas 5 y 6), dos etapas cronológicas pero iterativas, que reflejan cómo las experiencias pasadas configuran continuamente las dinámicas de la sesión y viceversa, tal como se representa en la fig. 2:

El recorrido previo a la terapia se refiere al proceso, a menudo largo y complejo, que precede a la terapia. Incluye vivir con los efectos de la violencia, reconocer el problema, moverse por los sistemas de apoyo formales e informales y alcanzar un estado de disposición a buscar ayuda. Este proceso está a menudo marcado por la ambivalencia, el miedo, los intentos fallidos anteriores de búsqueda de ayuda y la preocupación por la descendencia. En nuestro estudio, estas dificultades se desplegaban por lo general a lo largo de meses o años y dejaban tras de sí una historia estratificada de malestar emocional y de alteración relacional que culminaba en un umbral crítico, descrito a menudo como el punto en que se dice «ya basta». Estas experiencias vividas no se quedan en la puerta al iniciar la terapia; por el contrario, las personas consultantes las traen consigo al proceso, y influyen en sus expectativas, en su implicación y en las interacciones entre participantes durante el recorrido en terapia.
El recorrido en terapia tiene lugar dentro de la relación terapéutica y del propio marco de la terapia de pareja. En este estudio abarca los esfuerzos por establecer la seguridad, construir una alianza de trabajo e identificar la violencia y darle sentido tal como se vive y se expresa. Es importante señalar que implica también promover un compromiso con el cambio compartido y negociado, en el que la violencia no se ve como una preocupación periférica, sino que se reconoce como central en el proceso terapéutico. En este sentido, si el recorrido en terapia ha de conducir en la práctica a una terapia de pareja centrada en la violencia, debe implicar una negociación colaborativa y la cocreación de un nuevo significado relacional, que favorezca la aparición de una comprensión suficientemente compartida de la violencia y de sus consecuencias, así como de un objetivo común para el proyecto terapéutico.
Apoyándose en la filosofía hermenéutico-fenomenológica de Gadamer (Gadamer, 1998), el Modelo del Doble Recorrido se basa en la idea de que nuestra comprensión está siempre configurada por nuestro horizonte de comprensión situado, que integra pasado, presente y futuro anticipado. En este marco, significa que personas consultantes y terapeutas dan sentido a lo que surge no de manera aislada, sino en relación con lo ya vivido y con lo que todavía puede llegar a ser posible. Por ejemplo, cuando el diálogo terapéutico contribuye a la negociación interna y relacional del hecho de nombrar y enmarcar la violencia, no se limita a constatar lo ocurrido. Puede, en cambio, transformar la manera en que se interpretan las acciones y situaciones pasadas. Lo que antes se describía como «solo dio un golpe en la pared» o como «ira» puede entenderse como un acto aislado de violencia material, o como parte de un patrón más amplio de maltrato coercitivo o psicológico.
Esta reinterpretación retrospectiva, posibilitada por un nuevo lenguaje y una nueva comprensión a través del diálogo y la reflexión, puede transformar la manera en que las personas consultantes comprenden su historia, reajustar su experiencia del presente y ampliar e influir en su sentido de las posibilidades futuras, incluidas decisiones cruciales sobre quedarse en la relación o dejarla.
Al mismo tiempo, las experiencias previas a la terapia, como la desconfianza, la preocupación por la descendencia o las dudas sobre la continuidad de la relación, pueden reaparecer en la sesión, ya sea en su forma original o con variaciones matizadas, y configurar las expectativas de las personas consultantes, las dinámicas terapéuticas y las posibilidades durante el recorrido en terapia. El recorrido en terapia puede aportar un nuevo lenguaje y un contexto relacional a través del cual reevaluar las experiencias anteriores. Así, los recorridos previo a la terapia y en terapia no son, en este sentido, meras etapas sucesivas, sino movimientos coconstitutivos que se informan y se transforman continuamente a medida que se desarrolla la terapia.
Este Modelo del Doble Recorrido no es meramente descriptivo; cumple funciones tanto analíticas como prácticas. Para terapeutas, ofrece una herramienta estructurada pero flexible de conceptualización de casos, que permite una mayor sintonía con la interacción cambiante entre la experiencia previa y las dinámicas terapéuticas actuales. Para quienes diseñan servicios y políticas públicas, el modelo proporciona un andamiaje para concebir servicios que respondan a la complejidad relacional y a las necesidades de las parejas que viven IPV, en particular las que, por diversas razones, no revelan la violencia en la acogida. En la sección siguiente esbozamos algunas implicaciones clínicas para terapeutas, junto con consideraciones organizativas y políticas más amplias.
Nuestros resultados apuntan a varias implicaciones clínicas para terapeutas que trabajan en terapia de pareja en el contexto de la IPV. Aunque las personas terapeutas son muy conscientes de que las personas consultantes traen a la terapia una historia vivida, el Modelo del Doble Recorrido exige una atención más activa y deliberada a cómo esta historia configura el proceso terapéutico y es a su vez configurada por él. En lugar de tratar el pasado como mera información de contexto, se anima a terapeutas a prestar una atención constante a cómo las experiencias previas a la terapia de cada miembro de la pareja siguen influyendo en su implicación, su sensación de seguridad, su capacidad de hablar de la violencia y sus posibilidades de cambio. Atender de cerca a cómo se despliegan estas experiencias y estos patrones relacionales dentro de la terapia puede favorecer un enfoque más sólido y receptivo para abordar la IPV en la terapia de pareja.
Los resultados de este estudio nos recuerdan que la terapia no empieza como una página en blanco. Las parejas traen diversas experiencias del recorrido previo a la terapia, como intentos anteriores de búsqueda de ayuda, que configuran sus expectativas y su implicación (Tambling et al., 2014). En servicios de bajo umbral como el NFCS, donde la información de acogida es limitada, terapeutas podrían implicarse de manera más eficaz con las personas consultantes retomando sus experiencias del recorrido previo a la terapia, reconociéndolas e incorporándolas al recorrido en terapia. Al abordar temas como las intervenciones fallidas, la ambivalencia sobre seguir juntos y la preocupación por la descendencia, terapeutas pueden ayudar a coconstruir una comprensión compartida de por qué la pareja está en terapia y de qué está en juego. Esta atención temprana a las dinámicas previas a la terapia puede sentar las bases de la seguridad y la apertura, a la vez que garantiza que las cuestiones abordadas en el recorrido en terapia tengan sentido y sean pertinentes para la pareja.
En consonancia con investigaciones anteriores, nuestros datos muestran que eran las mujeres quienes con más frecuencia iniciaban la búsqueda de ayuda, lo que pone de relieve la persistencia de dinámicas de género en cuanto a quién asume la responsabilidad de la reparación relacional (Addis & Mahalik, 2003; Trillingsgaard et al., 2019). Estos patrones ilustran cómo los comportamientos individuales están inscritos en estructuras de poder de género más amplias (Dobash & Dobash, 2017; Kimmel, 2002), y subrayan la necesidad de enfoques terapéuticos que aborden críticamente las estructuras asimétricas. Los estudios feministas han mostrado desde hace tiempo que la asunción desproporcionada de la responsabilidad emocional por parte de las mujeres refleja guiones culturales más amplios del trabajo de cuidados marcado por el género, conceptualizado por ejemplo por Hochschild (2022) como trabajo emocional, que pueden perpetuar las desigualdades tanto en las relaciones íntimas como en los marcos terapéuticos. Reconocer esta dinámica es, por tanto, esencial para no reproducir de forma irreflexiva las asimetrías estructurales en el proceso terapéutico. Si no se examinan, estas asimetrías pueden reforzar un reparto desigual del trabajo emocional y de la responsabilidad dentro del proceso terapéutico, en especial cuando uno de los miembros de la pareja ha ejercido violencia. Puede ser beneficioso que terapeutas presten atención a cómo los guiones relacionales de género configuran las dinámicas del recorrido en terapia, en particular en cuanto a la implicación y la asunción de responsabilidad, y que pongan en práctica intervenciones que redistribuyan la carga y la responsabilidad emocionales y relacionales (Knudson-Martin, 2013; Vall et al., 2018). Al mismo tiempo, los patrones relacionales y de género observados en este estudio deben entenderse dentro de un contexto cultural noruego y nórdico más amplio, caracterizado por ideales de igualdad, crianza compartida y responsabilidad mutua. Aunque estos ideales igualitarios pueden favorecer la apertura y la colaboración en terapia, también pueden ocultar desequilibrios de poder persistentes y formas sutiles de coerción que perduran bajo los discursos de igualdad (Wemrell et al., 2022). Por ello, terapeutas deben prestar atención a cómo estos relatos culturales locales sobre el género, el conflicto y la responsabilidad configuran la manera en que las personas consultantes describen e interpretan la violencia en sus relaciones y responden a ella.
Los hijos e hijas actúan a menudo a la vez como motivo para buscar ayuda y como recurso terapéutico. En nuestro estudio, la conciencia y el reconocimiento del impacto en su descendencia desencadenaban con frecuencia un «malestar constructivo» que animaba a las familias a participar y a buscar ayuda (Darwiche et al., 2022). Del mismo modo, Merchant y Whiting (2018) constataron que muchas parejas identificaban un «punto de inflexión» relacionado con su descendencia, como presenciar un episodio violento o reflexionar sobre la transmisión intergeneracional de la violencia, que servía de toque de atención para replantearse «hacia dónde se dirigía la relación». En su teoría fundamentada del desistimiento, los momentos en que la descendencia presenciaba la violencia o en que las familias veían su impacto en ella desencadenaban a menudo reflexión, remordimiento y una elección deliberada de cambiar. Al mismo tiempo, nuestro estudio indicó también que la incertidumbre y el miedo a activar los servicios de protección de la infancia llevaron a algunas personas a callar o suavizar sus revelaciones. Esto subraya la importancia de un enfoque transparente y sensible a la infancia. Las personas terapeutas deberían comunicar con claridad su papel, los límites de la confidencialidad y las posibles implicaciones de una revelación, reconociendo al mismo tiempo el valor potencial de integrar una perspectiva centrada en la infancia en la terapia o, en algunos casos, de dar participación directa a la infancia cuando pueda hacerse de manera segura y significativa. Incluir la perspectiva de la infancia puede profundizar la comprensión de su situación (Holt et al., 2008) y reforzar la motivación para el cambio (Cravens et al., 2015; Merchant & Whiting, 2018). Sin embargo, esta implicación requiere una consideración ética cuidadosa y una información clara para todas las partes implicadas, a fin de garantizar que la participación favorezca la seguridad, la confianza y la implicación terapéutica.
Nombrar y enmarcar como violencia la cuestión principal fue un proceso negociado, tanto interna como relacionalmente. Sobre todo entre los hombres, había una tendencia, tanto en el recorrido previo a la terapia como en el recorrido en terapia, a reservar la etiqueta de violentos para los actos físicos manifiestos. Este hallazgo concuerda con investigaciones anteriores sobre las diferencias entre personas consultantes y terapeutas a la hora de reconocer la IPV (Dudley et al., 2008; Simpson et al., 2007). Las personas terapeutas respondieron con flexibilidad dialógica, introduciendo un lenguaje acorde con las experiencias de las personas consultantes y guiándolas hacia el reconocimiento y un vocabulario compartido. Este enfoque concuerda con las recomendaciones prácticas que insisten en un ritmo cuidadoso, el cribado y la sensibilidad al riesgo de escalada durante las sesiones conjuntas en la terapia de pareja ante la IPV (Keilholtz & Spencer, 2022; McCollum & Stith, 2008). Dentro del recorrido en terapia, un ritmo calibrado suele ser esencial al nombrar y enmarcar la violencia, para encontrar un equilibrio entre la necesidad de claridad y de responsabilidad, por una parte, y el fomento de la implicación terapéutica y de un proyecto de cambio compartido, por otra. Sin embargo, este proceso no debe comprometer la seguridad de las personas implicadas. Al mismo tiempo, es esencial reconocer que nombrar la violencia puede entrañar algunos riesgos. Como ha argumentado Hearn (2013), nombrar la violencia puede producir a veces efectos paradójicos, como conducir a la minimización, a la justificación o a un reencuadre defensivo de la responsabilidad, en particular cuando amenaza posiciones de poder de género establecidas o pone en cuestión relatos dominantes de control. En este sentido, las personas terapeutas deben mantenerse críticamente atentas a cómo el momento, el tono y el contexto en que se nombra y enmarca la violencia pueden abrir espacio a la responsabilidad y a una mayor seguridad o, por el contrario, obstaculizarlas. Mediante negociaciones internas y externas continuas y reflexivas, sensibles al poder, al lenguaje y a la experiencia vivida, las personas terapeutas pueden ayudar a transformar el acto de nombrar y enmarcar la violencia como cuestión central, de una intervención potencialmente polarizadora en un proceso compartido que profundiza la comprensión y favorece un cambio seguro y constructivo.
En estos casos, reevaluar la idoneidad de la terapia de pareja se vuelve necesario tanto ética como clínicamente (Snellingen et al., 2024). En la literatura más amplia, dos posiciones dominantes configuran el discurso sobre cómo abordar la IPV en la terapia de pareja. La primera posición desaconseja o rechaza la terapia conjunta cuando hay violencia, aduciendo preocupaciones relativas a la seguridad, a los desequilibrios de poder y a la posible retraumatización de las víctimas. Esta posición ha sido ampliamente discutida y cuestionada en la literatura (Armenti & Babcock, 2016; Hurless & Cottone, 2018; Stith & McCollum, 2011). La segunda posición aboga por un juicio clínico más diferenciado, guiado a menudo por tipologías de la IPV, en particular la distinción entre violencia de control coercitivo y violencia situacional de pareja, como base para decidir si la terapia conjunta puede ser adecuada (Holtzworth-Munroe & Stuart, 1994; Johnson, 2008). Sin embargo, otras voces sostienen que estas tipologías, aunque útiles clínicamente, son a menudo empíricamente inconsistentes o demasiado rígidas para captar plenamente la naturaleza dinámica y cambiante de las experiencias vividas de las parejas en terapia (Alexander & Johnson, 2023). Nuestros resultados respaldan esta visión: las tipologías pueden servir como heurísticos, pero deben complementarse con un juicio clínico atento a la evolución de las dinámicas relacionales. Las personas terapeutas deberían evaluar de forma continua si la pareja está comprometida con un proceso compartido y regenerador y si las condiciones son lo bastante seguras para el trabajo conjunto (Snellingen et al., 2024). Esto implica seguir de manera continua cómo el recorrido previo a la terapia influye en el recorrido en terapia y se integra en él, así como evaluar críticamente cómo se está desarrollando el proceso en terapia, lo que configura no solo lo que se aborda en la terapia, sino también cómo se hacen posibles la seguridad, la confianza y el cambio.
En servicios generalistas de bajo umbral como el NFCS, donde terapeutas parten de una información limitada, este estudio pone de relieve varias implicaciones clave para el desarrollo organizativo y de las políticas. Aunque la discusión se basa en el contexto noruego del NFCS, las implicaciones son pertinentes para otros sistemas de servicios que aspiran a integrar una terapia de pareja sensible a la violencia, incluidos los que funcionan con mandatos, umbrales o niveles de recursos diferentes. Estas implicaciones se ajustan estrechamente a los resultados y subrayan la interdependencia entre las experiencias previas a la terapia de las personas consultantes y el proceso en terapia.
Los servicios no deberían depender únicamente de que las personas consultantes revelen por sí mismas la violencia durante las primeras sesiones. Aunque algunas parejas pueden sentirse preparadas y capaces de compartir pronto sus experiencias, muchas no lo están. Para apoyar mejor el recorrido en terapia, las organizaciones se beneficiarían de crear de forma proactiva condiciones para la revelación que sean pertinentes para el servicio concreto y que apoyen y complementen el juicio clínico de la persona terapeuta. Esto puede incluir algunas preguntas sistemáticas, protocolos de acogida estructurados y entrevistas iniciales por separado, prácticas que mejoran la detección del riesgo y favorecen un inicio más seguro de la terapia (Bograd & Mederos, 1999; Bradford, 2010; Schacht et al., 2009; Zahl-Olsen et al., 2019).
Los servicios deberían ayudar a sus terapeutas a desarrollar la capacidad de abordar y manejar la IPV en la terapia de pareja. Incluso con preguntas sistemáticas y cribado, como indican nuestros resultados, muchas personas consultantes pueden no reconocer inicialmente su comportamiento como violento o no estar preparadas para revelarlo. Terapeutas de pareja necesitan una formación que vaya más allá de los conocimientos genéricos y de las etiquetas tipológicas, y que les proporcione competencias para introducir, reencuadrar y retomar con sensibilidad las cuestiones relacionadas con la IPV en la terapia de pareja, ya que pueden aflorar de forma gradual, ambigua o fragmentada. Estas capacidades pueden reforzarse mediante la supervisión continua, la formación especializada y una cultura organizativa que sostenga una práctica reflexiva y éticamente fundamentada (Sammut Scerri et al., 2017; Snellingen et al., 2024). Para terapeutas y organizaciones que deciden seguir trabajando de forma conjunta después de que se haya revelado la violencia, se han desarrollado diversos modelos y marcos que apoyan una práctica clínica segura y diferenciada (Cooper & Vetere, 2008; Keilholtz & Spencer, 2022; Sammut Scerri et al., 2017; Slootmaeckers & Migerode, 2018, 2020; Stith et al., 2012; Vall et al., 2018). Estos enfoques insisten en una evaluación cuidadosa del tipo de violencia, de las dinámicas de poder y de la motivación para el cambio, junto con un seguimiento continuo del riesgo y de la seguridad a lo largo de todo el proceso terapéutico. Sin embargo, esta competencia no puede darse por supuesta tras implantaciones de corta duración; debe cultivarse de forma continua, apoyarse sistemáticamente e integrarse tanto en las rutinas clínicas como en las estructuras de desarrollo profesional continuo si se quiere que este trabajo siga siendo seguro, eficaz y sostenible en el tiempo (Husso et al., 2021).
Las personas consultantes que inician la terapia con historias previas complejas, como una IPV de larga duración, negociaciones sobre cómo nombrar y enmarcar la violencia, ambivalencia respecto a continuar la relación, preocupación por la descendencia o una búsqueda de ayuda fragmentada, requieren a menudo formatos integrados y adaptables dentro del recorrido en terapia. Servicios como el NFCS mejorarían su capacidad de responder a las necesidades de las personas consultantes si facilitaran las transiciones entre modalidades individuales, de pareja y familiares en función de una evaluación continua. La flexibilidad a lo largo del proceso terapéutico, en especial en las transiciones y los cambios clave, puede reforzar la seguridad, la pertinencia terapéutica y la continuidad (Littlechild et al., 2024; Stith & Spencer, 2024; Visser et al., 2020).
Las búsquedas de ayuda fallidas y repetidas pueden erosionar la confianza y menguar la esperanza en la terapia y en los servicios. Varias personas participantes describieron experiencias previas en las que no se sintieron comprendidas o en las que se les ofrecieron servicios que no se ajustaban a sus necesidades. Estos hallazgos se hacen eco de investigaciones que relacionan las experiencias negativas pasadas con profesionales con una búsqueda de ayuda tardía y una actitud de reserva (Tambling et al., 2014; Vogel et al., 2005). Sobre todo en los servicios de bajo umbral, es esencial mantener la continuidad asistencial mediante rutinas claras, enfoques informados por el trauma y una comunicación transparente. Los servicios deberían definir estructuras y rutinas que garanticen que las personas consultantes estén informadas de lo que ocurre cuando se revela la violencia, incluidas las implicaciones para la seguridad, la confidencialidad y el seguimiento. Si la terapia de pareja deja de ser segura o resulta insuficiente, los servicios deberían estar preparados para adaptarse, ya sea mediante cambios de formato, sesiones de clarificación o derivaciones oportunas. Este enfoque de «encontrarse con las personas consultantes allí donde están» refuerza un apoyo y unas respuestas éticos y seguros, ya sea dentro del servicio o con los sistemas de ayuda correspondientes (Messing et al., 2015).
Los resultados anteriores deben interpretarse como situados e ilustrativos más que como representativos. En coherencia con los fundamentos epistemológicos del IPA, el objetivo no es la generalización, sino ofrecer un relato rico e idiográfico que pueda profundizar la comprensión de cómo determinadas personas dan sentido a sus experiencias vividas (Smith et al., 2021). Al atender de cerca a la construcción de sentido de las personas participantes en sus contextos relacionales y terapéuticos, el estudio aporta conocimientos que pueden resonar más allá de la muestra inmediata mediante una forma de «transferibilidad teórica» (J. A. Smith & Nizza, 2022). En este sentido, los hallazgos deben verse como una apertura de posibilidades de comprensión más que como afirmaciones definitivas sobre todas las parejas que viven IPV en terapia.
Una fortaleza principal de este estudio reside en su enfoque multiperspectiva, que nos permite explorar matices relacionales ricos al examinar simultáneamente las perspectivas de terapeutas y de las parejas. Realizar las entrevistas durante una terapia en curso aporta inmediatez y nos permite explorar las experiencias de las personas participantes a medida que se despliegan o en un presente cercano. Esto nos permite examinar múltiples perspectivas del pasado, del presente y del futuro anticipado desde el punto de observación de una terapia de pareja en curso, así como la relación entre ellos. Nuestra posición interna en el NFCS pareció facilitar la confianza y la apertura, y favoreció una exploración más profunda.
Sin embargo, este estudio se realizó en un servicio público noruego de terapia de pareja y familia que ofrece una terapia de pareja de bajo umbral, accesible y gratuita. El contexto específico del servicio, unido a una muestra clínica pequeña y a la gran experiencia de las personas terapeutas incluidas en este estudio, puede limitar la transferibilidad de los hallazgos a otros contextos. Puede ser necesario adaptarlos en servicios con estructuras, circuitos de derivación o niveles de capacidad de sus terapeutas para abordar la IPV diferentes. Nuestro doble papel como equipo investigador y nuestro trabajo dentro de la misma organización pueden haber influido en las respuestas, aunque las personas participantes lo describieron como una sensación de seguridad.
Además, el proceso de reclutamiento introdujo ciertas limitaciones. Terapeutas del estudio observaron que los miembros de la pareja que habían vivido o sufrido violencia estaban en general más dispuestos a participar, mientras que quienes habían ejercido la violencia eran más propensos a negarse. Este desequilibrio puede haber influido en la diversidad de las parejas representadas en los datos, ya que la inclusión requería el consentimiento de ambos miembros de la pareja y de su terapeuta. Por ello, la investigación futura podría explorar estrategias de reclutamiento o diseños de estudio que capten mejor un espectro más amplio de parejas afectadas por la IPV.
Asimismo, los hallazgos deben leerse a la luz del contexto sociocultural escandinavo, caracterizado por fuertes ideales de Estado del bienestar y de igualdad de género que configuran la comprensión pública de la vida familiar y de la violencia (Wemrell et al., 2022). Estudios futuros podrían explorar de manera más específica cómo se entrecruzan las normas culturales en torno a la expresión emocional y al género con los procesos de búsqueda de ayuda y de revelación en otros contextos culturales, donde la comprensión de la violencia y de la responsabilidad puede ser diferente.
La investigación futura podría ampliarse también a diversos servicios y contextos clínicos para explorar cómo viven y dan sentido al Modelo del Doble Recorrido tanto las personas consultantes como las personas terapeutas. Incluir parejas que afrontan formas variadas de violencia o de dificultades relacionales, así como terapeutas con distintos niveles de experiencia, puede ayudar a evaluar la adaptabilidad y la pertinencia del modelo en distintos contextos. Además, incorporar la perspectiva de la infancia podría aportar conocimientos valiosos sobre las dinámicas relacionales más amplias y contribuir a prácticas más afinadas éticamente en la terapia de pareja.
Este estudio muestra que el largo y doble recorrido hacia una terapia de pareja centrada en la violencia implica no solo un recorrido previo a la terapia, sino también un recorrido en terapia esencial, en el que la IPV se vuelve cada vez más central en el trabajo terapéutico. El Modelo del Doble Recorrido distingue estas dos fases a la vez que subraya su profunda interconexión. El recorrido previo a la terapia, tal como se caracteriza en este estudio, implica que las mujeres inicien el cambio, que las personas consultantes vivan ambivalencia e incertidumbre emocional, intentos repetidos y fallidos de búsqueda de ayuda y preocupación por su descendencia. Esta fase alcanza un umbral crítico, un punto de «ya basta», que lleva a la pareja a buscar ayuda. En el recorrido en terapia, estas historias no quedan atrás: reaparecen y pueden adquirir un nuevo significado y una nueva forma a medida que se despliega el recorrido en terapia. A través de la negociación interna y relacional, personas consultantes y terapeutas participan en el proceso de nombrar y enmarcar la violencia hacia un posible reconocimiento de la IPV como cuestión central.
El Modelo del Doble Recorrido nos recuerda que la seguridad, la pertinencia y el cambio se ven favorecidos cuando terapeutas se sintonizan con ambos recorridos y con el movimiento cronológico pero iterativo de estos en la terapia en curso. Reconocer cómo las experiencias previas a la terapia siguen informando las dinámicas en terapia, y cómo los nuevos descubrimientos en terapia pueden reconfigurar el pasado. Al respetar los horizontes interpretativos de las personas consultantes e integrar esta complejidad temporal en el razonamiento clínico, el modelo favorece un proceso terapéutico sensible al contexto, éticamente fundamentado y receptivo, que sitúa en su centro la seguridad y el bienestar de las personas consultantes, a la vez que abre espacio para que puedan surgir nuevos futuros relacionales.
Complexe Systémique: puntos clave
Lo que llama la atención es que la violencia no entra en la terapia por la puerta de la acogida, sino por la conversación. En cada una de las cuatro parejas fue la mujer quien pidió la cita, a menudo después de años de desgaste, de ayudas individuales decepcionantes y de un momento de «ya basta»; la descendencia actuó como motor, pero también como freno, por miedo a los servicios de protección de la infancia. Ya en sesión, nombrar la violencia se convierte en una negociación: algunos hombres reservan la palabra para los golpes, y las personas terapeutas dosifican la palabra, el ritmo y el momento. El Modelo del Doble Recorrido invita a profesionales de la clínica a retomar pronto la historia previa a la terapia, a no dejar que las mujeres carguen solas con la responsabilidad del cambio y a seguir preguntándose si el trabajo conjunto sigue siendo seguro. Los límites son claros: cuatro parejas, un equipo terapéutico de gran experiencia y un proceso de reclutamiento del que a menudo se retiraron los miembros de la pareja que habían ejercido violencia. Puede leerse junto con el artículo sobre los mecanismos del control coercitivo y el artículo sobre lo que conviene saber de la terapia de pareja.
Notas del original
Agradecimientos. Expresamos nuestra más profunda gratitud a las 13 personas participantes, parejas y terapeutas, que compartieron generosamente sus experiencias y reflexiones; su apertura y su confianza son el fundamento de este estudio. Agradecemos también a Arlene Vetere (profesora emérita, VID) y a Ottar Ness (titular de cátedra, NTNU) su atenta orientación y sus comentarios constructivos. Un reconocimiento especial al Servicio Noruego de Orientación Familiar y al equipo de Recursos y Desarrollo sobre violencia y conflicto elevado por su apoyo constante. Por último, damos las gracias a Lena Holm Berndtsson, al frente del departamento de la Oficina Regional Este de Infancia, Juventud y Asuntos Familiares, cuyo liderazgo y cuyo aliento fueron decisivos para el éxito de esta investigación.
Financiación. Financiación del acceso abierto aportada por VID Specialized University
Conflicto de intereses. La autoría declara no tener conflictos de intereses.
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Traducción no oficial al español de The Long and Dual Journey to Violence-Focused Couple Therapy: A Multiperspective Qualitative Study with Couples and their Therapists, de Jan Frode Snellingen, Pål Erik Carlin y Ulf Axberg, Contemporary Family Therapy, vol. 48, n.º 3 (2026), doi: 10.1007/s10591-025-09770-y, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (texto traducido al español, tablas presentadas en forma de listas). Ni la autoría ni la editorial son responsables de esta traducción; prevalece la versión original.
Traducción no oficial al español del artículo «The Long and Dual Journey to Violence-Focused Couple Therapy: A Multiperspective Qualitative Study with Couples and their Therapists», publicado en Contemporary Family Therapy (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto se ha traducido al español y su presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Snellingen, J. F., Carlin, P. E., et Axberg, U. (2026). The Long and Dual Journey to Violence-Focused Couple Therapy: A Multiperspective Qualitative Study with Couples and their Therapists. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/the-long-and-dual-journey-to-violence-focused-couple-therapy (Obra original publicada en 2025 en Contemporary Family Therapy, 48(3), 259-278 (2026); republicada en 2026 por Contemporary Family Therapy, https://link.springer.com/article/10.1007/s10591-025-09770-y)
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