Esta versión ha sido traducida del francés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Clínica · Dominio psicológico
El dominio psicológico designa una forma de dominación mental que una persona ejerce sobre otra, apoderándose de sus pensamientos, sus emociones y su voluntad. Si se detecta pronto, puede frenarse; una vez instalado, genera una dependencia difícil de romper. Leerlo con las herramientas de la sistémica permite superar la oposición simplista entre un depredador y una presa pasiva, para comprender cómo la propia relación se vuelve tóxica y se perpetúa a sí misma.
El fenómeno no se limita a la figura estereotipada del «perverso narcisista»: puede darse en múltiples contextos de la vida cotidiana, a cualquier edad (Hirigoyen, 2005). Cuando se instala, el dominio psicológico tiene consecuencias potencialmente graves para la salud mental de la persona que lo sufre (Hirigoyen, 1998).
El enfoque sistémico, popularizado por los trabajos de Gregory Bateson y sus colegas en Palo Alto en las décadas de 1950 y 1960, postula que los comportamientos individuales cobran sentido dentro de circuitos de interacción. Bateson et al. (1956) mostraron, con la teoría del doble vínculo, cómo ciertos patrones de comunicación paradójica podían atrapar a una persona en una situación sin salida: dos mensajes contradictorios emitidos en dos niveles —un contenido verbal y un mensaje no verbal opuesto— colocan a la persona en la imposibilidad de responder correctamente sin «hacerlo mal».
Este mecanismo se traslada directamente a las situaciones de dominio psicológico: la persona manipuladora alterna elogios y críticas, afecto y amenaza, y crea un clima de confusión que paraliza a la otra. Estos mensajes contradictorios de efecto paralizante se han descrito como centrales en el dominio psicológico (Hirigoyen, 2005), porque nublan el sentido crítico de la persona sometida.
Paul Watzlawick y su equipo formularon varios axiomas de la comunicación humana que arrojan luz sobre las dinámicas de poder (Watzlawick, Beavin & Jackson, 1967).
«Todos los intercambios comunicacionales son simétricos o complementarios, según que estén basados en la igualdad o en la diferencia.»
Watzlawick, Beavin & Jackson (1967)
En una relación simétrica, cada parte tiende a actuar de igual a igual, a veces en una escalada competitiva. En una relación complementaria, en cambio, se instalan los papeles de quien domina y de quien es dominado: una parte adopta una posición «alta», la otra una posición «baja». Este esquema no es patológico en sí mismo: se encuentra en muchas interacciones sociales. Pero cuando se rigidiza al extremo, con la posición alta ocupada siempre por la misma persona, sin posibilidad de inversión ni de negociación, abre la puerta al abuso de poder. El dominio psicológico corresponde precisamente a esta relación complementaria rígida y desregulada.
Watzlawick et al. (1967) señalaban también que quienes participan en una interacción puntúan de manera distinta la secuencia de los hechos: cada parte tiene su propia interpretación de quién es la causa de qué. En una relación de dominio, la persona manipuladora y la persona sometida pueden percibirse cada una como reaccionando al comportamiento de la otra —«tengo que controlarla porque es demasiado inestable» frente a «cedo porque me da miedo»—, lo que alimenta un círculo vicioso que se justifica a sí mismo.
Otro concepto sistémico útil es el de retroalimentación y causalidad circular. A diferencia de una visión lineal en la que A causa B, la sistémica ve a las dos partes influirse mutuamente en bucle. Aunque la relación de fuerzas sea desigual, la persona dominada participa a su pesar en el ciclo al adoptar comportamientos que confirman la dominación: intentar apaciguar a la persona agresora, por ejemplo, puede reforzar su poder.
El mantenimiento de la homeostasis del sistema relacional explica también la dificultad para cambiar la situación: todo sistema tiende a resistirse a los cambios para conservar su equilibrio (Jackson, 1957). En una familia donde reina el dominio psicológico, cualquier intento de afirmarse o de marcharse puede desencadenar reacciones redobladas de control o de culpabilización destinadas a restablecer el statu quo.
Una precisión no negociable
Esta lectura sistémica no resta nada a la responsabilidad moral de quien abusa. Solo subraya que, mientras el pattern interaccional permanezca inalterado, el fenómeno del dominio psicológico se refuerza por sí mismo.
¿Cómo llega, concretamente, una persona a ejercer semejante ascendiente sobre otra? Los mecanismos combinan técnicas de manipulación mental con estrategias de aislamiento y de dominación progresiva. La literatura clínica y los testimonios identifican por lo general varias etapas en este proceso (Hirigoyen, 2005; Payet, 2013).
Al comienzo de la relación, quien más tarde abusará suele desplegar encanto y atenciones: parece «demasiado bueno para ser verdad». Este bombardeo de amor (love bombing) consiste en colmar a la persona elegida de elogios, regalos y afecto intenso, con el fin de crear un apego rápido (Sweet, 2019). La persona manipuladora sabe decir exactamente lo que la otra necesita o desea oír, muestra una falsa empatía y se presenta como ideal. Esta fase construye una dependencia afectiva incipiente: colmada e ilusionada, la persona se compromete emocionalmente y baja la guardia.
Una vez ganada la confianza, la persona manipuladora introduce gradualmente comportamientos de control. Al principio suele ser sutil: críticas disfrazadas de falsos consejos, bromas hirientes seguidas de «pero si es broma, eres demasiado susceptible», cambios de humor imprevisibles. La alternancia desconcertante de momentos de ternura y de violencia psicológica crea una confusión cognitiva (Hirigoyen, 2017). Los mensajes contradictorios —«te quiero» y luego «eres patética»— llevan a dudar de las propias percepciones.
Este mecanismo suele denominarse gaslighting (Sweet, 2019): la persona agresora impone su versión deformada de la realidad, niega los hechos («nunca he dicho eso, te lo inventas»), minimiza sus faltas y hace pasar a la otra por loca o culpable. Poco a poco, la persona sometida interioriza el discurso de quien domina y pierde la confianza en su propio juicio. Se siente constantemente en falta: la persona manipuladora la culpabiliza por sus supuestas carencias («si me enfado, es todo culpa tuya») y le traslada la responsabilidad de sus propios actos.
Esta táctica de inversión de papeles fue teorizada por Freyd (1997) con el acrónimo DARVO (Deny, Attack, Reverse Victim and Offender): cuando se le pide cuentas, la persona agresora niega los hechos, ataca a la otra y se presenta como víctima, dando así la vuelta a la situación en su beneficio.
Para afianzar su dominio, la persona manipuladora busca aislar progresivamente a la otra de toda influencia exterior. Puede sembrar la discordia con su entorno cercano, criticar a las amistades o a la familia, crear conflictos o erigirse en la única persona de confianza. A menudo, la persona reduce por sí misma los contactos, ya sea para no despertar los celos de quien abusa, ya sea porque se avergüenza de la situación. Privada de la mirada ajena, pierde los apoyos sociales que podrían servirle de referencia.
Paralelamente, el control se extiende a todos los ámbitos de la vida cotidiana: vigilancia de cada paso, control del dinero, decisión sobre las salidas, espionaje del teléfono. Aparecen formas de privación: privación de afecto mediante el silencio punitivo, privación de sueño mediante interminables discusiones nocturnas, amenazas directas («si me dejas, te destruiré», «perderás a los niños»). El miedo se instala, y a veces se pasa de la violencia psicológica a violencias más explícitas. En esta fase, la persona queda disociada de su libre albedrío, «incapaz de vivir sin la otra persona o de tomar la menor decisión personal» (Psyliège, 2021). Su identidad se erosiona; su realidad queda colonizada por la otra parte.
Referencia clínica
A lo largo de este proceso, la persona sometida llega a adoptar el punto de vista de quien la maltrata: racionaliza los abusos («me quiere, es por mi bien»), se culpa por no estar «a la altura» y desarrolla un apego traumático, lo que se denomina trauma bonding, o síndrome de Estocolmo en los casos extremos.
Como resume Hirigoyen (2017), «cuando las cosas van mal, la persona sometida se aferra a la idea de que a veces quien la agrede ha sido amable». Este refuerzo intermitente, la alternancia entre castigo y recompensa, es uno de los más poderosos para mantener un comportamiento de sumisión.
Durante mucho tiempo, los enfoques sistémicos clásicos —centrados en la circularidad y la neutralidad— fueron criticados por su relativo silencio sobre la dimensión moral y asimétrica de estas situaciones (Goldner, 1998). Tratar una relación violenta como un sistema en el que cada parte «contribuye» puede, en efecto, dar la impresión de culpar por igual a la persona que la sufre, o de minimizar la intencionalidad de quien abusa. Algunas voces, en particular feministas, se alzaron desde las décadas de 1980 y 1990 para recordar que en la violencia en la pareja existe una desigualdad fundamental de poder y de responsabilidad.
La terapia sistémica ha integrado en parte estas críticas: se puede analizar la interacción de manera circular a la vez que se nombra con claridad el abuso y se exige el cese inmediato de la violencia. Como escribe Goldner (1998), reconocer la interdependencia psicológica no significa atribuir la misma responsabilidad a quien ejerce la violencia y a quien la sufre: la prioridad debe seguir siendo la seguridad y la equidad. Los enfoques actuales combinan lectura relacional y posicionamiento ético: quien ejerce la terapia abandona la neutralidad benévola para adoptar una tolerancia cero frente a los comportamientos de dominación.
Paralelamente, el discurso público se ha apoderado del tema de las «relaciones tóxicas» y de los «perversos narcisistas». El concepto de perversión narcisista fue introducido en psicopatología por Racamier (1986) para describir personalidades manipuladoras que utilizan y desvalorizan a los demás con el fin de sostener una autoestima deficiente. En la década de 2000, la expresión tuvo un éxito mediático fulgurante. Si bien esta divulgación tuvo el mérito de sacar a la luz la realidad de la violencia psicológica, también trajo consigo derivas.
Lo que dice la etiqueta
Una figura depredadora y malvada, ajena a la norma. Explicación sencilla, conclusión única: no se puede hacer nada, huya.
Lo que observa la clínica
Una dinámica relacional que se instala entre esta personalidad y esta persona, en un contexto determinado, y que puede describirse paso a paso.
Profesionales de la clínica han denunciado un uso demasiado extensivo del término, hasta el punto de que «perverso narcisista» ha llegado a designar, en el lenguaje corriente, a cualquier pareja desagradable o a cualquier jefatura tiránica (Seguin, 2014). Ahora bien, la noción sigue siendo objeto de debate: no figura como tal en las clasificaciones diagnósticas oficiales (DSM-5, CIE-11), y buena parte de la psiquiatría y la psicología mantiene reservas sobre su validez. Hablar de ella como de una categoría aparte tiende a ocultar que estas personas presentan a menudo trastornos ya identificados.
Seguin (2014) subraya un riesgo ético: quien en terapia diagnostica precipitadamente a un tercero ausente ofrece, ciertamente, una explicación sencilla a la persona que consulta, pero al precio de una visión rígida y desesperanzadora, que puede limitar el trabajo de esa persona sobre sí misma u ocultar otras problemáticas.
Esto no significa, evidentemente, que la manipulación no exista, ni que todas las personas sometidas a dominio psicológico sean «corresponsables». Es innegable que existen individuos altamente tóxicos y destructivos para su entorno (Racamier, 1986). El debate se centra en la necesidad de distinguir la realidad clínica del dominio psicológico —un fenómeno complejo, progresivo, que implica un encaje relacional particular— de su imaginario colectivo, a veces caricaturesco.
La reflexión se amplía hoy al poder institucional y a las formas colectivas de dominio. La noción de control coercitivo (Stark, 2007) ha enriquecido la mirada sobre la violencia en la pareja al insistir en el dominio global —psicológico, económico, social— ejercido en el día a día. Se establecen paralelismos con el adoctrinamiento sectario, el acoso moral en el trabajo o los abusos de poder en las instituciones religiosas y educativas. En todos estos casos se encuentra un gradiente de poder y técnicas de manipulación que generan dependencia y sumisión.
El enfoque sistémico ha dado lugar a modelos de intervención adaptados a las situaciones de dominio psicológico en el seno de las familias. El comportamiento de un miembro —la tiranía de quien atraviesa la adolescencia, el autoritarismo extremo de una figura parental— solo puede comprenderse examinando las reglas relacionales implícitas del sistema. La terapia descodifica los mensajes intercambiados, saca a la luz los círculos viciosos y reintroduce flexibilidad en los roles. Ante una madre o un padre que ejerce dominio sobre un hijo o una hija, se trabajará con toda la familia para restaurar límites sanos y un equilibrio de poder adecuado.
La escuela de Palo Alto mostró la eficacia de ciertas intervenciones paradójicas para desbaratar el dominio psicológico: llevar al extremo la lógica del comportamiento puede provocar una toma de conciencia. Del mismo modo, reencuadrar la situación desde un ángulo nuevo permite releer lo vivido: hacer notar que «amar no es controlar», o que «ceder para tener paz» es comprensible pero mantiene involuntariamente el problema.
El tratamiento de las relaciones de dominio en la pareja es delicado. Se admite en general que, si la violencia física está presente y activa, una terapia de pareja clásica no está indicada mientras no se garantice la seguridad: se dará prioridad a una separación física temporal, a un seguimiento individual de quien ejerce la violencia y a un acompañamiento de la persona que la sufre.
Para parejas atrapadas en una dinámica de dominación psicológica sin peligro inminente, algunos enfoques integradores han mostrado resultados. Goldner (1998) propone un tratamiento en el que se escucha conjuntamente a ambos miembros de la pareja, pero con una postura terapéutica muy directiva en las cuestiones de respeto e igualdad. El objetivo es que quien ejerce el dominio tome plena conciencia del impacto de sus actos, al escuchar la vivencia de la otra persona en un marco seguro, a la vez que se explora cómo llegó a esos comportamientos —a menudo una historia de heridas narcisistas o un modelo familiar violento, sin que ello excuse nada—.
La presencia simultánea de la persona afectada, apoyada por una persona terapeuta que da testimonio de su sufrimiento, crea un imperativo moral (Goldner, 1998) e impide las evasivas habituales. Este trabajo exige mucho tacto, y no hay unanimidad profesional sobre su pertinencia: hay quienes consideran que una terapia conjunta solo es posible tras un inicio de cuestionamiento personal, pues de lo contrario el propio marco terapéutico corre el riesgo de convertirse en un lugar de dominio o de represalias.
Los mecanismos de dominio no se limitan al ámbito cerrado de la familia: se encuentran en los grupos y las organizaciones en cuanto entra en juego una jerarquía o una ideología fuerte. Una secta ilustra de manera exacerbada este proceso: el liderazgo carismático recurre a la seducción, impone dogmas contradictorios y una vigilancia colectiva, y aísla del mundo exterior a quienes se adhieren (Lalich & Tobias, 2006). Las técnicas utilizadas son muy similares a las que se observan entre dos personas, simplemente desplegadas a mayor escala. Del mismo modo, una jefatura tóxica puede instaurar una cultura de miedo y dependencia; el personal sanitario puede abusar de su autoridad sobre pacientes vulnerables.
En las organizaciones se habla hoy de disfunción sistémica cuando persiste un clima manipulador: más allá de la persona que acosa, conviene analizar las reglas del sistema —una cultura ultracompetitiva que hace la vista gorda mientras los resultados acompañan, un organigrama difuso que permite a un liderazgo informal reinar mediante el miedo—. Las intervenciones se centran entonces en cambios estructurales: clarificación de los procedimientos de denuncia, formación de los mandos, vigilancia de los riesgos psicosociales. En las instituciones sanitarias o residenciales se insiste en la ética relacional: evitar el paternalismo excesivo, promover la autonomía de las personas usuarias, establecer controles cruzados en lugar de dejar un expediente en manos de una sola persona todopoderosa.
En el contexto institucional —protección de la infancia, atención a la violencia en la pareja— el enfoque sistémico ha llevado a trabajar en red: no se aísla a la persona ni a quien ejerce la violencia, sino que se implica de forma coordinada al entorno ampliado, a los equipos de intervención social y, en su caso, a la justicia. La idea es volver a tejer un sistema de apoyo que contrarreste el dominio, ofreciendo otros puntos de anclaje distintos de la voz de quien domina. Paralelamente, se puede comprometer a quien ejerce la violencia en un proceso de responsabilización que le ayude a salir de la omnipotencia.
Señalemos, por último, que la noción ha penetrado en el ámbito jurídico: en algunos países, el control coercitivo en la pareja está reconocido ya como delito (Stark, 2007). La prevención más eficaz sigue siendo, sin embargo, la educación: aprender pronto a reconocer los signos de una manipulación, fomentar la igualdad y el respeto en las relaciones, valorar el espíritu crítico. Cada vez se hacen más esfuerzos para formar al personal médico y docente y a profesionales del trabajo social en la detección del dominio psicológico tras síntomas difusos —depresión, aislamiento social, trastorno de estrés postraumático— y en la derivación hacia los dispositivos de ayuda.
A la luz de la sistémica, los mecanismos del dominio psicológico aparecen como el producto de un encuentro patológico entre una necesidad de dominar y un contexto relacional que la permite. Ni simple manipulación individual ni simple debilidad: un proceso interactivo que encierra a dos partes en un guion destructivo, y que continúa mientras no se interrumpa desde fuera. Comprender esta dimensión conduce a cuatro orientaciones concretas.
La psicología sistémica invita a mirar más allá del verdugo y la víctima congelados en sus papeles: muestra un sistema disfuncional que hay que reajustar. Destejer los hilos del dominio psicológico requiere tiempo, paciencia y a menudo un acompañamiento profesional, pero es posible. Muchas personas que han salido de relaciones tóxicas cuentan que, al comprender los engranajes del dominio, pudieron reconstruir su libertad psíquica. Esta comprensión es portadora de esperanza: lo que la relación ha construido también puede deconstruirse, mediante nuevas interacciones, esta vez impregnadas de respeto y empatía.
Bateson, G., Jackson, D. D., Haley, J., & Weakland, J. (1956). Toward a theory of schizophrenia. Behavioral Science, 1(4), 251-264.
Freyd, J. J. (1997). Violations of power, adaptive blindness, and betrayal trauma. Feminism & Psychology, 7(1), 22-32.
Goldner, V. (1998). The treatment of violence and victimization in intimate relationships. Family Process, 37(3), 263-280.
Hirigoyen, M.-F. (1998). Le harcèlement moral : la violence perverse au quotidien. Syros.
Hirigoyen, M.-F. (2005). Femmes sous emprise : les ressorts de la violence dans le couple. Oh ! Éditions.
Hirigoyen, M.-F. (2017). Emprise, soumission et violence dans le couple. Femmes Diplômées, (262-263), 65-76.
Payet, G. (2013). Emprise psychologique. En M. Kédia & A. Sabouraud-Séguin (dirs.), L’aide-mémoire de psychotraumatologie en 49 notions (pp. 114-120). Dunod.
Racamier, P.-C. (1986). Le génie des origines. Payot.
Seguin, É. (2014, 4 de marzo). Les « pervers narcissiques » ou le triomphe d’un concept flou. Le Monde (tribuna).
Stark, E. (2007). Coercive control: how men entrap women in personal life. Oxford University Press.
Sweet, P. L. (2019). The sociology of gaslighting. American Sociological Review, 84(5), 851-875.
Watzlawick, P., Beavin, J. H., & Jackson, D. D. (1967). Pragmatics of human communication. W. W. Norton.
Watzlawick, P., Weakland, J., & Fisch, R. (1974). Change: principles of problem formation and problem resolution. W. W. Norton.
Esta lectura sistémica del dominio psicológico se retoma e ilustra en el vídeo que figura a continuación (en francés).
Cómo citar este artículo
Besse, J. (2025, 18 de mayo). Les mécanismes de l'emprise psychologique : une perspective systémique. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/fr_FR/articles/les-mecanismes-de-l-emprise-psychologique-une-perspective-systemique
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