Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Systemic Practice and Action Research · Práctica sistémica
¿Por qué tantas intervenciones complejas se estancan pese a la pericia que se pone en juego? Para Clas Mellby, de la Universidad Tecnológica Chalmers, el obstáculo reside a menudo en el propio conocimiento, congelado en expectativas de predicción y control. El artículo propone dos nociones, la inercia epistémica y la movilidad epistémica, y las ilustra con una iniciativa municipal sueca.
Traducción no oficial al español de Epistemic Mobility in Complex Intervention: Rethinking Knowledge in Systemic Practice, de Clas Mellby, publicado en Systemic Practice and Action Research (Springer) (2026), doi: 10.1007/s11213-026-09774-1, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
La intervención no se vuelve menos disciplinada. Se vuelve disciplinada de otro modo.
Clas Mellby
Resumen
Este artículo sostiene que el conocimiento en la intervención no debería conceptualizarse como un conjunto de tipos estáticos, sino como una orientación dinámica que debe desplazarse en función de las dinámicas cambiantes de la situación. En condiciones de complejidad, la intervención flaquea cuando la orientación epistémica permanece anclada en expectativas predictivas y analíticas de control, en lugar de avanzar hacia un compromiso adaptativo y relacional. La competencia central de la intervención compleja no es, por tanto, la acumulación de pericia, sino el cultivo de la movilidad epistémica. El artículo desarrolla la inercia epistémica y la movilidad epistémica como lentes analíticas y examina sus implicaciones para profesionales de la práctica sistémica que actúan en condiciones de causalidad distribuida e incertidumbre. La movilidad epistémica designa la capacidad, dentro de la intervención, de reconfigurar el modo en que se moviliza el conocimiento a medida que evolucionan las dinámicas relacionales. Supone reconocer cuándo el razonamiento predictivo y analítico está desajustado respecto de las dinámicas emergentes, y transitar hacia un compromiso adaptativo, relacional y exploratorio sin renunciar a la rendición de cuentas ni a la coherencia. La movilidad epistémica concierne, así, al ajuste del conocer a las dinámicas cambiantes de la situación, más que a la acumulación de información adicional. La inercia epistémica designa la persistencia de orientaciones de conocimiento estabilizadas pese a los cambios en las dinámicas de la situación. Se produce cuando modos de conocer predictivos, descomposicionales y orientados al control siguen guiando la intervención en condiciones que exigen un compromiso adaptativo y relacional.
Palabras clave: movilidad epistémica, intervención sistémica, inercia epistémica, orientación del conocimiento, complejidad
Las intervenciones en entornos organizativos complejos flaquean a menudo pese a un alto nivel de pericia, herramientas analíticas sofisticadas y un fuerte compromiso profesional. Cuando las iniciativas se estancan o los resultados se apartan de lo esperado, las respuestas suelen consistir en intensificar el análisis, definir con mayor claridad los roles o reforzar los mecanismos de rendición de cuentas. Sin embargo, tales medidas no siempre generan la claridad o el avance esperados.
Desde una perspectiva sistémica (Midgley 2000), estas situaciones se interpretan habitualmente en términos de restricciones estructurales, dinámicas políticas o incentivos desalineados. Aunque tales factores configuran sin duda la intervención, este artículo sostiene que, por debajo de ellos, suele operar una restricción menos visible: la persistencia de orientaciones de conocimiento estabilizadas, calibradas según expectativas ordenadas de previsibilidad y control.
En condiciones de complejidad, en las que la causalidad está distribuida y los resultados emergen de forma no lineal (Cilliers 1998; Stacey 2011), una intervención eficaz no requiere simplemente más conocimiento, sino otra manera de movilizarlo. Cuando la orientación epistémica permanece anclada en un razonamiento predictivo y descomposicional pese a que las condiciones del sistema cambian, la intervención puede reproducir sin querer las mismas dinámicas que pretende transformar.
Este artículo introduce los conceptos de inercia epistémica y movilidad epistémica para aclarar cómo el conocimiento se mueve —o no logra moverse— dentro de la intervención compleja. Sostiene que el desafío central de la práctica sistémica en condiciones de complejidad no es la acumulación de pericia, sino el cultivo de la movilidad epistémica: la capacidad de reconfigurar el modo en que se moviliza el conocimiento a medida que evolucionan las dinámicas de la situación.
Este artículo se guía por la siguiente pregunta de investigación:
¿Cómo restringe la inercia epistémica la intervención en condiciones de complejidad, y cómo puede cultivarse la movilidad epistémica dentro de la práctica sistémica?
Para explorar esta pregunta, el análisis se estructura en torno a dos subpreguntas analíticas:
1. ¿Cómo se manifiesta la inercia epistémica en contextos de intervención compleja?
2. ¿Qué caracteriza la movilidad epistémica como competencia práctica en la intervención sistémica?
Para facilitar la lectura, el artículo utiliza en ocasiones «conocimiento» como forma abreviada de las formas estabilizadas de conocer que se ponen en acto en la práctica.
La intervención nunca es epistémicamente neutra. Los enfoques del conocer basados en la práctica han subrayado que el conocimiento se pone en acto, más que simplemente poseerse (Schön 1983; Tsoukas 2005; Weick 1995). Todo intento de influir en un sistema social presupone supuestos sobre cómo puede conocerse, predecirse y actuarse sobre ese sistema. Estén formulados explícitamente o se mantengan de manera tácita, estos supuestos configuran lo que cuenta como información pertinente, qué formas de pericia se movilizan y cómo se interpreta la responsabilidad cuando los resultados se apartan de lo esperado.
En contextos relativamente ordenados, los modos de conocer predictivos y descomposicionales suelen funcionar con eficacia, sobre todo cuando las relaciones causales pueden estabilizarse mediante el análisis (Stacey 2011). Los problemas pueden descomponerse en componentes, las relaciones causales pueden rastrearse y la pericia puede aplicarse para producir resultados fiables. En tales condiciones, la intervención se guía por la expectativa de que un análisis suficiente proporcionará un control suficiente.
Los sistemas complejos, sin embargo, ponen en cuestión estas expectativas. La causalidad es distribuida y no lineal; las interacciones generan patrones emergentes que no pueden anticiparse por completo; y los resultados solo se vuelven inteligibles retrospectivamente. En tales contextos, el conocimiento no puede limitarse a la predicción y el control. La intervención requiere, por el contrario, formas de compromiso adaptativas, relacionales y experimentales.
La dificultad no surge porque el conocimiento predictivo sea intrínsecamente defectuoso, sino porque las orientaciones de conocimiento que funcionan bien en contextos ordenados tienden a estabilizarse. La formación profesional, las estructuras de rendición de cuentas y las normas institucionales refuerzan las expectativas de claridad, previsión y control. En consecuencia, cuando las condiciones del sistema se desplazan hacia la complejidad, la orientación epistémica puede seguir calibrada según supuestos de orden.
Desde una perspectiva sistémica, el desafío de la intervención compleja no consiste, por tanto, solo en adquirir nueva información o aplicar mejores herramientas. Consiste en reconocer cuándo debe cambiar la lógica subyacente del conocer. Esta dimensión dinámica del conocimiento —cómo se estabiliza, persiste y, eventualmente, se reconfigura— sigue estando poco teorizada en la práctica sistémica. Las secciones siguientes desarrollan los conceptos de inercia epistémica y movilidad epistémica para colmar esta laguna.
Aunque emparentado con las tradiciones de la práctica reflexiva, la indagación pragmática y la construcción de sentido, el presente argumento desplaza la atención de la reflexión dentro de un marco de conocimiento al movimiento entre orientaciones de conocimiento a medida que cambian las condiciones del sistema.
Conviene precisar además la posición epistemológica en la que se apoya el presente argumento. En este artículo, los sistemas no se tratan como entidades ontológicas fijas que existirían de manera independiente en el mundo. Más bien, en consonancia con las tradiciones de la indagación sistémica y del pensamiento de sistemas blandos (Checkland 1981; Midgley 2000; Ison 2017), el concepto de sistema se entiende ante todo como un dispositivo epistémico y relacional a través del cual las situaciones pueden explorarse, interpretarse y abordarse. Las referencias a «dinámicas del sistema», «condiciones del sistema» o «sistemas complejos» no deben leerse, por tanto, como afirmaciones sobre entidades objetivamente delimitadas, sino como expresiones abreviadas de patrones cambiantes de interacción, de construcción de significado y de complejidad relacional tal como se viven en la práctica.
Esta perspectiva implica también pasar de concebir el conocimiento como una posesión estática a entender el conocer como algo situado y puesto en acto en la práctica (Cook y Brown 1999; Tsoukas 2005). La distinción es importante porque la intervención no se despliega mediante la aplicación de un conocimiento desligado a una realidad externa, sino mediante un compromiso continuo con situaciones en las que comprensión y acción coemergen. En este sentido, conocimiento y conocer pueden tratarse como una dualidad productiva más que como conceptos intercambiables: el conocimiento remite a formas de comprensión relativamente estabilizadas, y el conocer, a la puesta en acto situada, relacional y performativa de la práctica.
El argumento que desarrolla este artículo se basa, por tanto, en una concepción de la intervención sistémica orientada a la praxis. La movilidad epistémica no concierne solo a cambios de perspectiva analítica, sino a cambios en el modo en que quienes ejercen la práctica participan en las situaciones que se despliegan, las interpretan y responden a ellas. El foco está, así, menos en los sistemas como objetos de intervención que en la coreografía situada de indagación, juicio y acción a través de la cual la intervención misma se hace posible en condiciones de incertidumbre y emergencia.
El presente argumento se apoya en varias tradiciones consolidadas de la investigación sistémica y basada en la práctica, y las prolonga, al tiempo que introduce un foco analítico propio sobre cómo las orientaciones epistémicas se estabilizan y se desplazan dentro de la práctica de intervención.
En primer lugar, el artículo se alinea con las tradiciones del pensamiento de sistemas blandos y de la indagación sistémica asociadas a Checkland (1981, 2002), en las que los sistemas no se tratan como entidades objetivas que existirían de manera independiente en el mundo, sino como dispositivos epistémicos a través de los cuales pueden explorarse y abordarse situaciones problemáticas. Esta perspectiva inspira también desarrollos posteriores en las tradiciones de la práctica sistémica y del aprendizaje social (Ison et al. 2007; Ison 2010, 2017), en las que la indagación se entiende como un proceso relacional y situado, y no como la aplicación de una pericia desligada a problemas predefinidos.
Dentro de estas tradiciones se ha desarrollado una distinción importante entre formas sistemáticas y sistémicas de práctica (Checkland 1981; Ison 2017). Los enfoques sistemáticos privilegian el orden procedimental, la descomposición, la predicción y el control, mientras que los enfoques sistémicos ponen el acento en la sensibilidad al contexto, la comprensión relacional, la reflexividad y la indagación adaptativa. Los conceptos de inercia epistémica y movilidad epistémica desarrollados aquí resuenan fuertemente con esta distinción. Sin embargo, el presente marco desplaza la atención hacia las dinámicas mediante las cuales determinadas orientaciones epistémicas se estabilizan dentro de la práctica de intervención y hacia las condiciones en las que el movimiento entre ellas se hace posible.
El artículo se nutre también de las tradiciones de la cibernética de segundo orden (Maturana y Varela 1980; Glanville 2004), que subrayan que quien observa está siempre implicado en las situaciones que describe y en las que actúa. Desde esta perspectiva, la intervención no puede entenderse como la aplicación de un conocimiento neutro a un sistema externo. Conocer y actuar son, más bien, aspectos inseparables de una participación situada en dinámicas relacionales en curso. Esta orientación reflexiva es central para el argumento que aquí se desarrolla, en particular en lo que respecta al modo en que los supuestos epistémicos configuran lo que se vuelve visible, factible y legítimo en la práctica.
En relación con ello, el argumento conecta con las epistemologías de la práctica que distinguen entre conocimiento y conocer (Cook y Brown 1999; Cook y Wagenaar 2011). En lugar de tratar el conocimiento como una posesión estable transferible de un contexto a otro, estas perspectivas subrayan que el conocer se pone en acto, se encarna y se realiza relacionalmente en la práctica. El presente artículo adopta esta dualidad como punto de partida importante. La inercia epistémica puede entenderse así como la estabilización de determinados modos de conocer, mientras que la movilidad epistémica concierne a la capacidad de reconfigurar el conocer en respuesta a dinámicas cambiantes de la situación.
El argumento resuena además con las tradiciones de la indagación sistémica y del aprendizaje social (Ison et al. 2007), en las que el aprendizaje emerge a través de la participación, la interacción y la exploración conjunta de situaciones marcadas por la incertidumbre y la complejidad. En estas tradiciones, la indagación no se orienta a descubrir soluciones definitivas, sino a cultivar capacidades de adaptación continua y de construcción colectiva de sentido. La presente contribución prolonga esta orientación centrándose específicamente en las dinámicas epistémicas mediante las cuales quienes ejercen la práctica reconocen el desajuste entre los modos de conocer dominantes y el carácter cambiante de la situación.
Al mismo tiempo, el artículo sigue estrechamente vinculado a la noción de práctica reflexiva de Schön (1983) y a los trabajos de Weick (1995) sobre la construcción de sentido. Mientras que estas perspectivas ponen el acento en la reflexión y la interpretación dentro de la práctica, el presente marco pone en primer plano el movimiento entre distintas orientaciones epistémicas. El foco no está, por tanto, solo en cómo quienes ejercen la práctica dan sentido a las situaciones, sino en cómo las lógicas dominantes del conocer persisten, se desestabilizan y, eventualmente, cambian con el tiempo.
La contribución específica del artículo reside en conceptualizar la movilidad epistémica no simplemente como reflexividad, apertura o aprendizaje en un sentido general, sino como una capacidad situada de recalibrar la orientación dominante del conocer en relación con dinámicas relacionales cambiantes. En este sentido, los conceptos de inercia epistémica y movilidad epistémica se proponen como lentes analíticas para examinar cómo la práctica de intervención puede verse restringida o posibilitada por la estabilización y la transformación de las orientaciones epistémicas en condiciones de incertidumbre y emergencia.
El presente marco difiere en sus énfasis de varias tradiciones próximas de la investigación sistémica y basada en la práctica. La práctica reflexiva (Schön 1983) concierne ante todo a la capacidad de quien ejerce la práctica para reflexionar en la acción y sobre la acción, mientras que la reflexividad pone en primer plano la conciencia de la implicación del observador en la situación descrita y puesta en acto. Las tradiciones de la indagación sistémica y del aprendizaje social (Ison et al. 2007; Ison 2017) subrayan la exploración colaborativa, el aprendizaje relacional y la coevolución de la comprensión a través de la participación. Del mismo modo, nociones como la sensibilidad sistémica o la capacidad de pensamiento sistémico en la práctica se centran en cultivar una capacidad general de conciencia y de juicio sistémicos en situaciones complejas.
El concepto de movilidad epistémica propuesto aquí no sustituye a estas perspectivas, sino que aborda un problema analítico más específico: cómo las orientaciones dominantes del conocer persisten, se desestabilizan y cambian a medida que evolucionan las dinámicas de la situación. La cuestión central no es, por tanto, la reflexión, la indagación o la conciencia sistémica en sí mismas, sino el movimiento entre las distintas orientaciones epistémicas a través de las cuales se organiza y se pone en acto la intervención. En este sentido, la movilidad epistémica pone en primer plano la reconfiguración dinámica del conocer en condiciones cambiantes, más que el cultivo de un modo particular de práctica por sí solo.
Puede ser útil formular explícitamente esta contribución analítica. La práctica reflexiva pregunta: ¿cómo piensa quien ejerce la práctica dentro de la acción? La construcción de sentido pregunta: ¿cómo se construye el significado en condiciones de ambigüedad? La distinción sistémico/sistemático pregunta: ¿qué orientación de la práctica es adecuada en una situación dada? La movilidad epistémica aborda una pregunta diferente: ¿qué posibilita o restringe el movimiento entre orientaciones epistémicas, y en qué condiciones ese movimiento se vuelve posible o permanece bloqueado? Los conceptos existentes presuponen en gran medida que quien ejerce la práctica puede, en principio, reflexionar, indagar o cambiar de orientación cuando es necesario. Lo que dejan poco teorizado son las dinámicas mediante las cuales determinadas orientaciones se estabilizan, persisten pese al desajuste y acaban reconfigurándose. Es esta dinámica —las condiciones, las restricciones y los procesos del propio movimiento epistémico— lo que el presente marco pretende iluminar. Los conceptos de inercia epistémica y movilidad epistémica aportan así precisión analítica a la cuestión de por qué los equipos profesionales y las organizaciones siguen a menudo atrapados en modos de conocer predictivos y orientados al control incluso cuando las dinámicas de la situación ya no los sostienen, y de qué tipo de condiciones pueden hacer posible una reorientación.
La inercia epistémica designa la persistencia de orientaciones de conocimiento estabilizadas pese a los cambios en las condiciones del sistema. Se produce cuando modos de conocer predictivos, descomposicionales y orientados al control —es decir, orientaciones que tratan las situaciones como analizables en componentes, suponen que una información suficiente proporcionará una previsión fiable y organizan la intervención en torno a la expectativa de controlar los resultados— siguen guiando la intervención en condiciones que reclaman un compromiso adaptativo y relacional. La inercia epistémica no es un déficit de inteligencia ni de profesionalidad; refleja más bien la durabilidad de lógicas de conocimiento que han demostrado su eficacia en contextos más ordenados.
Desde una perspectiva sistémica, la inercia epistémica es a la vez comprensible y, en muchos aspectos, racional. La formación profesional privilegia el razonamiento analítico y la descomposición de los problemas, lo que refuerza los supuestos técnico-racionales sobre la resolución de problemas (Schön 1983). Las estructuras de rendición de cuentas recompensan la previsión y la atribución clara. Las normas institucionales refuerzan las expectativas de claridad, planificación y control. En tales condiciones, el conocimiento predictivo no solo se vuelve útil, sino también legítimo. La dificultad surge cuando las condiciones del sistema se desplazan hacia la complejidad mientras la orientación epistémica sigue calibrada según supuestos de orden. En la práctica, la inercia epistémica tiende a manifestarse en patrones reconocibles.
Una primera manifestación es la escalada del análisis. Cuando las intervenciones se topan con la ambigüedad o con resultados inesperados, la respuesta consiste a menudo en generar más datos, afinar los indicadores o aumentar la precisión analítica. Aunque un análisis adicional puede ser valioso, también puede reflejar el supuesto implícito de que una información suficiente restablecerá la previsibilidad. En los sistemas complejos, sin embargo, aumentar la profundidad analítica no produce necesariamente un aumento proporcional del control.
Una segunda manifestación es el reflejo de atribución. Cuando los resultados se apartan de lo planificado, la responsabilidad se sitúa con frecuencia en individuos o en unidades concretas: alguien no supo anticipar, coordinar o ejecutar. Estos patrones resuenan con los análisis consolidados del razonamiento defensivo en las organizaciones (Argyris 1990). Esta atribución se ve reforzada estructuralmente en los sistemas sujetos a rendición de cuentas. Sin embargo, en contextos complejos, los resultados emergen a menudo de efectos de interacción que exceden la previsión individual. Cuando las expectativas predictivas siguen siendo dominantes, la emergencia se reinterpreta fácilmente como error.
Una tercera manifestación es la estabilización defensiva. Ante una incertidumbre persistente, las organizaciones pueden endurecer los procedimientos, restringir el margen de discrecionalidad o reafirmar los mandatos formales. Estos movimientos pueden restablecer una sensación de orden, pero también pueden restringir la experimentación adaptativa que exigen las condiciones complejas. En tales casos, la intervención vuelve a una lógica de orden no porque la complejidad haya desaparecido, sino porque la seguridad epistémica se ha vuelto primordial.
Una cuarta manifestación, a menudo menos visible, es el atrincheramiento estructural. La inercia epistémica no es solo una cuestión de hábito profesional o de anclaje cognitivo; es generada y reproducida activamente por los entornos institucionales en los que tiene lugar la intervención. Los mecanismos de financiación recompensan productos definidos de antemano. Los marcos de evaluación privilegian resultados cuantificables y atribuibles. Las jerarquías profesionales refuerzan la autoridad de la predicción experta. Las estructuras de incentivos de quienes dirigen las organizaciones recompensan la determinación por encima de la indagación adaptativa. Estas condiciones no se limitan a tolerar la inercia epistémica: la producen y la refuerzan sistemáticamente. Cultivar la movilidad epistémica exige, por tanto, no solo una reorientación individual o colectiva, sino una atención sostenida a las posibilidades institucionales y a las condiciones de diseño que hacen viable en el tiempo un conocer relacional y exploratorio. Allí donde tales condiciones faltan o se suprimen activamente, incluso quienes reconocen la necesidad de una reorientación pueden tener dificultades para llevarla a la práctica.
Estos patrones muestran que la inercia epistémica no procede de una resistencia al cambio en un sentido simplista. Refleja más bien la persistencia sistémica de orientaciones de conocimiento alineadas con la previsibilidad y el control, una persistencia que tiene a la vez un fundamento cognitivo y un refuerzo institucional. En la intervención compleja, el desafío no consiste, por tanto, en eliminar el razonamiento analítico, sino en reconocer cuándo su dominio inhibe el compromiso adaptativo, y en atender a las condiciones estructurales que sostienen ese dominio. Este reconocimiento marca el umbral entre la inercia epistémica y la posibilidad de la movilidad epistémica.
La movilidad epistémica está relacionada con conceptos como la práctica reflexiva, la reflexividad, la indagación sistémica y el aprendizaje social, pero es analíticamente distinta de ellos. Mientras que estas tradiciones ponen el acento en la reflexión, la participación, la indagación y la conciencia relacional dentro de la práctica, el presente marco se centra más específicamente en cómo las orientaciones dominantes del conocer se estabilizan y se desplazan en respuesta a dinámicas cambiantes de la situación. La cuestión no es, por tanto, solo cómo quienes ejercen la práctica reflexionan o aprenden dentro de un marco epistémico dado, sino cómo el propio marco puede reconfigurarse a través de la práctica. Esta sección aborda la segunda subpregunta analítica planteada en la introducción: ¿qué caracteriza la movilidad epistémica como competencia práctica en la intervención sistémica? Se proponen tres dimensiones interrelacionadas.
Es importante precisar que la movilidad epistémica no implica abandonar el razonamiento analítico, ni presenta la adaptabilidad como intrínsecamente superior al análisis. Concierne, más bien, a las condiciones en las que se movilizan las distintas formas de razonamiento y al papel que desempeñan. El pensamiento analítico puede formar parte de la movilidad epistémica cuando se despliega de manera situada y reflexiva —como un instrumento entre otros—, y no como la lógica por defecto o dominante a través de la cual se interpretan todas las situaciones. La distinción no se da, por tanto, entre análisis y adaptación como valores en competencia, sino entre un anclaje epistémico rígido y la capacidad de calibrar el razonamiento según el carácter de la situación. Quien da muestras de movilidad epistémica puede utilizar herramientas analíticas precisas en un momento y pasar a un diálogo exploratorio al siguiente, no porque las herramientas hayan cambiado, sino porque se ha desplazado la orientación subyacente a través de la cual se movilizan. La medición, la predicción, la indagación relacional y la experimentación adaptativa están a menudo entrelazadas en la práctica; la pregunta que plantea la movilidad epistémica no es cuál de ellas privilegiar, sino si la lógica dominante que organiza su uso sigue siendo adecuada a la situación cambiante.
La primera dimensión es el reconocimiento epistémico. Supone la capacidad de advertir cuándo los modos de análisis vigentes ya no generan una tracción significativa. Las señales pueden incluir sorpresas recurrentes, un esfuerzo analítico creciente sin la correspondiente claridad o conflictos de atribución persistentes. El reconocimiento no es meramente cognitivo; implica a menudo tolerar la incomodidad de la incertidumbre y suspender la expectativa de que un análisis adicional restablecerá el control. Supone también admitir que buena parte del conocer profesional sigue siendo tácito y encarnado, más que plenamente articulable (Polanyi 1966), un desafío que remite al análisis de Schön sobre cómo los marcos profesionales se hacen visibles sobre todo cuando se quiebran (Schön 1983).
La segunda dimensión es la reorientación epistémica. Una vez reconocido el desajuste, la intervención debe cambiar en la práctica. Esto puede suponer reformular los problemas como situaciones en evolución más que como tareas resolubles, implicar a las partes interesadas en sondeos exploratorios en lugar de cerrar planes exhaustivos, o dar prioridad a la detección de patrones sobre la descomposición causal, orientando la intervención hacia una construcción de sentido continua más que hacia la explicación retrospectiva (Weick 1995).
Estos cambios resuenan con las concepciones pragmatistas de la indagación, en las que el conocimiento emerge del compromiso experimental con situaciones indeterminadas (Dewey 1938). La reorientación no elimina la estructura ni la rendición de cuentas; las recalibra para condiciones en las que la causalidad solo puede anticiparse parcialmente.
La tercera dimensión es la estabilización epistémica. El compromiso adaptativo en condiciones de complejidad no puede quedarse en algo momentáneo. Sin cierto grado de estabilización, las organizaciones tienden a volver a las lógicas de orden conocidas, sobre todo en contextos en los que la previsibilidad y el control están reforzados institucionalmente (Stacey 2011). La estabilización epistémica concierne, por tanto, a la capacidad de sostener en el tiempo modos de conocer relacionales y exploratorios, manteniendo la tolerancia a la ambigüedad al tiempo que se preservan la coherencia y la responsabilidad. Esta dimensión es especialmente relevante en entornos regidos políticamente o estructurados profesionalmente, donde las presiones hacia la previsibilidad son fuertes.
La movilidad epistémica no debe entenderse como un estado permanente de fluidez. Tampoco se reduce a la reflexividad o la apertura en un sentido general. La conciencia reflexiva puede acompañar a la movilidad epistémica, pero la movilidad remite más específicamente a la capacidad de recalibrar la lógica dominante del conocer en relación con las condiciones del sistema. Concierne a cambios de orientación epistémica más que a la profundización de la reflexión dentro de un único marco epistémico. Los contextos ordenados y complicados siguen requiriendo precisión analítica y razonamiento experto. La competencia en juego no es, por tanto, una adaptabilidad continua, sino el discernimiento situacional: la capacidad de ajustar la orientación del conocimiento a dinámicas relacionales cambiantes en condiciones de causalidad distribuida e interacción emergente (Cilliers 1998). En este sentido, la movilidad epistémica se asemeja a formas de juicio práctico a menudo descritas como fronéticas más que puramente técnicas (Flyvbjerg 2001). Además, la movilidad epistémica se distingue sutilmente de la distinción entre práctica sistémica y práctica sistemática desarrollada en las tradiciones de la indagación sistémica (Checkland 1981; Ison 2017). Mientras que esa distinción contrapone ante todo dos orientaciones diferentes de la práctica, el presente marco se centra en el movimiento entre tales orientaciones y en las condiciones en las que un modo de conocer puede seguir siendo dominante pese a un desajuste creciente con la situación en evolución.
Las ilustraciones presentadas en esta sección proceden de una reconstrucción, fundada en la práctica, de procesos de intervención en un contexto municipal sueco. No se presentan como estudios de caso formales sometidos a una verificación empírica sistemática, sino como ilustraciones compuestas, informadas por la teoría, destinadas a hacer visible cómo la inercia y la movilidad epistémicas se manifiestan en patrones reconocibles de la práctica de intervención. Su finalidad es analítica y no probatoria: mostrar cómo operan los conceptos en situaciones concretas y apoyar la indagación posterior, más que establecer generalizaciones causales.
Las dinámicas descritas pueden observarse en la práctica cotidiana de intervención, a menudo de forma sutil. Pensemos en una situación en la que una iniciativa interdepartamental se enfrenta a retrasos repetidos y a resistencias inesperadas. La respuesta inicial puede consistir en encargar nuevos análisis, afinar los indicadores de rendimiento o aclarar las líneas de responsabilidad. Cada paso es razonable por separado. Sin embargo, a medida que aumenta el esfuerzo analítico, la situación no se vuelve necesariamente más previsible. Las reuniones se hacen más detalladas, la documentación crece y los debates sobre la rendición de cuentas se intensifican, mientras que las tensiones relacionales de fondo quedan en gran parte sin abordar. En tales casos, la inercia epistémica no se expresa mediante una negativa a actuar, sino mediante el recurso persistente a un razonamiento descomposicional en un contexto caracterizado por la interdependencia y la emergencia.
Otro patrón aparece cuando la responsabilidad se convierte en la lente principal a través de la cual se interpreta la complejidad. Cuando los resultados se apartan de lo planificado, la atención puede dirigirse a identificar dónde falló la anticipación. La búsqueda de responsables es estructuralmente legítima en los sistemas sujetos a rendición de cuentas. Sin embargo, cuando los efectos de interacción se interpretan ante todo como fallos de previsión, la causalidad distribuida del sistema queda comprimida en explicaciones individuales. Lo que, de otro modo, podría abordarse como una configuración emergente de relaciones se reformula como coordinación insuficiente o ejecución incompleta. Aquí la inercia epistémica se manifiesta como la persistencia de expectativas predictivas aun cuando el sistema se comporta de otra manera.
En cambio, los momentos de movilidad epistémica suelen comenzar discretamente. En un entorno interdepartamental similar, las personas participantes pueden reconocer poco a poco que la iniciativa evoluciona de maneras que no pueden anticiparse por completo. En lugar de intensificar el análisis, pueden experimentar con ajustes a pequeña escala, entablar un diálogo exploratorio más allá de las fronteras institucionales o suspender temporalmente la exigencia de planes definitivos. El cambio no es espectacular, ni abandona la rendición de cuentas. Refleja, más bien, una recalibración del modo en que se moviliza el conocimiento. El razonamiento predictivo sigue disponible, pero ya no define la situación. El compromiso adaptativo se vuelve legítimo.
En una iniciativa municipal de sostenibilidad, este cambio se hizo visible cuando las estructuras formales de coordinación del proyecto no lograron, una y otra vez, generar tracción más allá de las fronteras administrativas. La iniciativa implicaba a los departamentos responsables de urbanismo, gestión ambiental y servicios sociales, y tenía el encargo de desarrollar un enfoque integrado del uso sostenible del suelo. Las primeras respuestas a las dificultades de coordinación se centraron en procedimientos de planificación más claros, estructuras de información más afinadas y mecanismos de rendición de cuentas reforzados; por ejemplo, la introducción de planes de proyecto detallados con hitos trimestrales y la asignación de responsabilidades interdepartamentales para productos concretos. Aunque cada intervención parecía razonable, la iniciativa fue desconectándose cada vez más de la práctica organizativa cotidiana. Con el tiempo, las personas participantes empezaron a reconocer que la dificultad no residía principalmente en una información insuficiente o en una aplicación deficiente, sino en la persistencia de un modo de compromiso orientado a la predicción y al control en una situación caracterizada por interdependencias cambiantes, prioridades departamentales en competencia y una ambigüedad política que se resistía a descomponerse en tareas fijas.
A ello siguió una reorientación gradual. En lugar de intensificar aún más la coordinación formal, la iniciativa recurrió cada vez más al diálogo interdepartamental facilitado, a talleres exploratorios y a formas provisionales de indagación colaborativa. Es importante señalar que estas actividades no se introdujeron solo como técnicas alternativas, sino como otra manera de organizar el conocer dentro de la práctica. Las interacciones a pequeña escala entre personas y servicios hasta entonces desconectados permitieron que surgieran interpretaciones compartidas y respuestas adaptativas sin exigir un consenso previo ni planes plenamente estabilizados. En este sentido, la movilidad epistémica no surgió de la sustitución de la estructura por la apertura, sino de la legitimación institucional de formas de compromiso exploratorias y relacionales dentro de un entorno, por lo demás, regido por la rendición de cuentas.
Sostener esa movilidad exige una atención continua. Bajo presión, sobre todo cuando los intereses políticos o profesionales en juego son elevados, existe una fuerte tendencia a volver a las lógicas de control conocidas. La estabilización epistémica se vuelve, por tanto, decisiva. Cuando se legitiman las prácticas exploratorias, cuando puede hablarse de la ambigüedad sin atribución inmediata y cuando los pasos provisionales se reconocen como responsables y no como insuficientes, la movilidad epistémica empieza a arraigar. La intervención no se vuelve menos disciplinada. Se vuelve disciplinada de otro modo.
La distinción entre inercia epistémica y movilidad epistémica tiene implicaciones directas para la práctica sistémica. Si la intervención está siempre configurada por orientaciones subyacentes del conocer, quienes ejercen la práctica sistémica deben atender no solo a las dinámicas del sistema, a las configuraciones de las partes interesadas y al diseño metodológico, sino también a las dinámicas epistémicas que configuran, de entrada, el modo en que se interpretan las situaciones.
Una primera implicación concierne al diagnóstico. La intervención sistémica implica habitualmente cartografiar relaciones, hacer aflorar supuestos y explorar juicios de frontera (Midgley 2000). El presente argumento sugiere que quienes ejercen la práctica deberían indagar también en el modo en que se está movilizando el conocimiento. ¿Se abordan las dificultades recurrentes mediante una escalada del análisis pese a una tracción limitada? ¿Los patrones de atribución estrechan la atención hacia el desempeño individual cuando los efectos de interacción parecen dominantes? Estas preguntas no sustituyen a las herramientas sistémicas, sino que profundizan su aplicación al hacer visible la orientación epistémica.
Una segunda implicación concierne al diseño de la intervención. Cuando hay inercia epistémica, introducir nueva información o análisis adicionales puede reforzar el problema en lugar de aliviarlo. En tales situaciones, la tarea no es mejorar la predicción, sino crear condiciones en las que la reorientación epistémica se vuelva posible. Esto puede suponer legitimar el diálogo exploratorio, presentar las iniciativas como provisionales y no como definitivas, o reconocer explícitamente los límites de la previsión en condiciones de complejidad. El cambio es sutil, pero de gran alcance.
Una tercera implicación se refiere a la identidad profesional. Muchas personas que ejercen la práctica sistémica trabajan en entornos que recompensan la claridad, la determinación y un control demostrable. Cultivar la movilidad epistémica exige, por tanto, sostener una tensión entre rendición de cuentas y emergencia. Es necesario poder justificar el compromiso adaptativo como práctica responsable y no como indecisión. Ello supone explicitar por qué distintos modos de conocer son adecuados en distintos contextos y hacer del ajuste epistémico una parte explícita de la justificación de la intervención.
Por último, la movilidad epistémica no debería presentarse como un rasgo personal ni como una virtud moral. Es una capacidad situada y cultivada colectivamente dentro de la práctica, que puede fomentarse de manera colectiva. Los equipos pueden desarrollar un lenguaje compartido para reconocer el desajuste entre las condiciones del sistema y el encuadre epistémico. Las organizaciones pueden crear espacios en los que pueda hablarse de la incertidumbre sin atribución inmediata. En este sentido, cultivar la movilidad epistémica es en sí mismo una intervención sistémica, que opera en el plano de la organización del conocer dentro de la práctica.
El presente argumento es deliberadamente conceptual y orientado a la práctica, y no se basa en un análisis empírico comparativo sistemático. Los conceptos de inercia epistémica y movilidad epistémica se proponen, por tanto, como lentes analíticas destinadas a apoyar la indagación sobre la práctica de intervención, y no como categorías explicativas validadas empíricamente. Además, el marco no pretende sustituir las explicaciones políticas, institucionales o estructurales de las dinámicas de intervención, sino complementarlas poniendo en primer plano las dimensiones epistémicas a través de las cuales la intervención se interpreta y se pone en acto. Futuras investigaciones podrían explorar cómo operan estos conceptos en distintos contextos institucionales, culturales y profesionales.
La intervención compleja no tiene lugar en un vacío de conocimiento. Se despliega dentro de prácticas de conocer estabilizadas que configuran lo que parece previsible, factible y sujeto a rendición de cuentas. Cuando estas orientaciones permanecen alineadas con expectativas de orden pese a la evolución de las dinámicas de la situación, la intervención puede intensificar el esfuerzo sin alterar su trayectoria. La dificultad rara vez es la ausencia de pericia. Con mayor frecuencia, es la persistencia de la inercia epistémica.
Al introducir los conceptos de inercia epistémica y movilidad epistémica, este artículo ha procurado aclarar cómo se mueve el conocimiento dentro de la práctica sistémica. El argumento no sugiere que deban desplazarse el razonamiento analítico o la pericia profesional. Los contextos ordenados siguen requiriendo precisión y control. El desafío surge cuando se afronta la complejidad sin el correspondiente cambio de orientación epistémica.
La movilidad epistémica, tal como se ha desarrollado aquí, concierne a la capacidad de reconfigurar el modo en que se moviliza el conocimiento en respuesta a las dinámicas relacionales. No es ni un estado permanente ni un atributo personal, sino una competencia situada que emerge dentro de la práctica. Allí donde se cultiva esa movilidad, la intervención puede mantenerse comprometida en condiciones de incertidumbre sin derrumbarse ni en un control rígido ni en una improvisación desestructurada.
Si la práctica sistémica se ocupa de influir en los patrones de interacción, debe atender también a los patrones del conocer. La continuidad de una intervención informada por la complejidad puede depender menos de nuevas herramientas que del cultivo disciplinado de la movilidad epistémica dentro de las propias prácticas a través de las cuales se abordan los sistemas.
Desde esta perspectiva, el desafío no consiste simplemente en ganar en reflexividad, en mirada sistémica o en capacidad de adaptación en términos generales, sino en cultivar la capacidad de reconocer cuándo los encuadres epistémicos vigentes han quedado desajustados respecto de las dinámicas cambiantes de la práctica y deben, por tanto, reconfigurarse.
Complexe Systémique: puntos clave
Escrito desde el campo de la intervención organizativa, el texto interpela también a la práctica clínica sistémica. La inercia epistémica se describe como un fenómeno de equipo e institucional, y no como un fallo personal: cuando una situación se resiste, se intensifica el análisis, se busca a alguien responsable, se endurecen los procedimientos. Los equipos de protección de la infancia o de psiquiatría reconocerán estos reflejos, próximos a lo que la escuela de Palo Alto llamaba «más de lo mismo». El interés del artículo reside en nombrar tres movimientos —reconocer el desajuste, reorientarse y luego estabilizar la nueva manera de conocer— y en recordar que el análisis conserva su lugar siempre que deje de gobernarlo todo. Los límites son claros: un marco puramente conceptual, una única ilustración compuesta extraída de un municipio sueco y pocos indicadores concretos para saber cuándo cambiar de registro. El vínculo con la cibernética de segundo orden, invocado pero poco desarrollado, queda por explorar. Para leer junto con el artículo sobre la cibernética de primer y segundo orden y el artículo sobre el pensamiento de la complejidad.
Notas del original
Financiación. Financiación de acceso abierto proporcionada por la Chalmers University of Technology. No se recibió financiación para este estudio.
Declaración ética. No procede.
Conflictos de intereses. La autoría declara no tener conflictos de intereses.
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Traducción no oficial de Epistemic Mobility in Complex Intervention: Rethinking Knowledge in Systemic Practice, de Clas Mellby, Systemic Practice and Action Research, vol. 39, n.o 3 (2026), doi: 10.1007/s11213-026-09774-1, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción al español y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra ha sido modificada en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Esta es una traducción del artículo original «Epistemic Mobility in Complex Intervention: Rethinking Knowledge in Systemic Practice», publicado en Systemic Practice and Action Research (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción no oficial de Complexe Systémique, realizada con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto se ha traducido al español y su presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Mellby, C. (2026). Epistemic Mobility in Complex Intervention: Rethinking Knowledge in Systemic Practice. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/epistemic-mobility-in-complex-intervention-rethinking-knowledge-in-systemic-practice (Obra original publicada en 2026 en Systemic Practice and Action Research, 39(3), 25 (2026); republicada en 2026 por Systemic Practice and Action Research, https://link.springer.com/article/10.1007/s11213-026-09774-1)
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