Esta versión ha sido traducida del francés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Palo Alto · Comunicación
Hay situaciones que casi cualquiera ha vivido alguna vez. Usted hace una pregunta sencilla. Enfrente, la persona empieza a responder. Habla, desarrolla, matiza, vuelve atrás, añade detalles… y, sin embargo, al cabo de dos, cinco o diez minutos, sigue sin saber qué ha querido decir realmente.
En psicología de la comunicación, este fenómeno puede comprenderse a la luz de un principio fundamental formulado por la escuela de Palo Alto:
Es imposible no comunicar.
Escuela de Palo Alto
Dicho de otro modo, incluso cuando alguien evita responder con claridad, sigue comunicando algo. La vaguedad, la evitación, el silencio, la contradicción, la confusión: todo ello forma parte del mensaje.
En una relación siempre hay comunicación. Hablar transmite un mensaje, evidentemente, pero callar también. Mirar hacia otro lado, responder de lado, suspirar, eludir una pregunta, llegar tarde, olvidarse de devolver una llamada: todo ello comunica algo de la relación y de la posición de cada cual.
El problema es que existen muchas situaciones en las que una persona querría precisamente no tener que comunicar. Querría retirarse del vínculo, no responder, no posicionarse, evitar el enfrentamiento o las consecuencias de una respuesta clara.
Pero como es imposible no comunicar, tiene que encontrar otra vía.
Es ahí donde aparecen ciertas estrategias de evitación. Algunas son del todo conscientes. Otras son en gran medida inconscientes. Y, en algunos casos, pueden incluso adquirir un cariz sintomático.
El caso más visible es el del discurso hueco. Se detecta a menudo en ciertos cargos políticos, pero no solo ahí. Se plantea una pregunta precisa y se recibe a cambio un largo discurso vago, periférico, desplazado, que en realidad no responde.
La persona produce lenguaje, pero ese lenguaje tiene la función de sortear el punto sensible. Ocupa el espacio, desplaza la atención, multiplica las formulaciones imprecisas, con la esperanza de que su interlocución acabe renunciando o pase a otra cosa.
En estos casos, la vaguedad es una estrategia. Protege de una respuesta incómoda, de un compromiso, de una toma de posición o de un riesgo relacional.
Pero esta lógica no concierne únicamente a los juegos de poder o a los discursos públicos. También se encuentra en la vida personal, en el trabajo, en la pareja, en las familias y, a veces, en personas que no buscan en absoluto manipular a nadie.
Algunas personas tienen un estilo de comunicación que parece perpetuamente vacilante, contradictorio o confuso. Empiezan una frase y enseguida la matizan. Afirman algo y luego añaden lo contrario. Abren una idea y luego la cierran. Dan una respuesta dejando a la otra persona la posibilidad de elegir otra.
Visto desde fuera, esto puede dar la impresión de que no saben lo que piensan, de que les falta claridad o de que se andan por las ramas. Pero a menudo es más acertado ver en ello un intento de protección.
¿Por qué? Porque en ciertas historias relacionales responder con claridad ha podido volverse peligroso.
Decir no ha podido desencadenar un conflicto. Decir sí ha podido ser una trampa. Decir lo que se piensa ha podido exponer a la crítica, a la humillación, a la sanción o al rechazo.
En este contexto, la vaguedad se convierte a veces en una estrategia de supervivencia relacional: permanecer en el vínculo sin mostrarse demasiado, responder sin exponerse realmente, hablar sin dejarse atrapar.
Para comprenderlo, conviene evocar otro concepto central: el del doble vínculo, o double bind.
El doble vínculo designa una situación en la que una persona recibe mensajes contradictorios en varios niveles, sin posibilidad realista de responder a ellos correctamente. Por ejemplo, alguien puede pedir verbalmente una cosa mientras su actitud no verbal da a entender lo contrario. O puede exigir espontaneidad, sinceridad o autonomía, y castigar precisamente esos movimientos cuando aparecen.
Es este tipo de contexto el que puede fabricar formas de comunicación paradójicas. Para evitar caer en la trampa, la persona se vuelve vaga. Anticipa varias lecturas posibles. Intenta satisfacer todas las expectativas a la vez. Habla de manera que nunca quede completamente atrapada en una sola posición. El resultado suele ser agotador, tanto para ella como para quien tiene enfrente.
Cuando la comunicación se vuelve demasiado arriesgada, aparecen con frecuencia tres grandes estrategias.
1
Es la forma más directa: «No me apetece hablar de eso», «No voy a responder a esa pregunta», «Déjalo». Al menos, el mensaje es claro.
Pero este tipo de rechazo no siempre es posible. En una relación jerárquica, ante una figura de autoridad, en ciertas relaciones familiares o conyugales, oponerse frontalmente puede salir demasiado caro.
2
La persona habla mucho, responde de forma indirecta, mezcla varios planos, se contradice, se extiende sin decidir nunca nada. El objetivo, consciente o no, suele ser evitar el punto de confrontación.
No se afronta la pregunta; se la rodea, se la disuelve, se la vuelve inexpugnable.
3
A veces a través del síntoma. Aquí ya no se trata del rechazo asumido ni de la cortina de humo discursiva. La persona «no puede». Se siente mal, se derrumba, desarrolla una migraña, una angustia, un malestar, una parálisis a la hora de decidir.
No se trata de una comedia. El síntoma puede convertirse en una auténtica solución inconsciente para evitar una situación que se ha vuelto psíquicamente insostenible.
Desde esta perspectiva, el síntoma tiene una función. Protege de una decisión imposible, de una culpa, de quedar en evidencia, de una reacción temida o de un conflicto vivido como insoportable.
Cuando no se entiende nada de lo que cuenta la otra persona, la tentación de concluir que es incompetente, manipuladora o deshonesta es grande. A veces se trata efectivamente de una estrategia deliberada. Pero a veces ese discurso vago cuenta sobre todo la historia de una persona que no ha aprendido que podía responder con claridad sin peligro.
Es ahí donde una mirada sistémica se vuelve valiosa. No se trata de excusar a todo el mundo ni de negar las relaciones de poder. Se trata de comprender la función de un comportamiento.
Estas preguntas cambian profundamente la mirada.
En conclusión
Cuando una persona habla sin decir nada, no es necesariamente que no tenga nada que decir. A menudo es que no puede, o no cree poder, decir las cosas con claridad.
Una de las grandes aportaciones del enfoque sistémico es precisamente enseñarnos a no quedarnos en el contenido aparente de los intercambios. Y, a veces, un discurso vago sirve menos para transmitir una idea que para evitar un peligro.
Comprenderlo permite reconocer mejor ciertas formas de comunicación tóxica, pero también mirar con más finura las estrategias relacionales que cualquiera puede desarrollar para sobrevivir en contextos complejos.
Cómo citar este artículo
Besse, J. (2026, 22 de abril). Pourquoi certaines personnes parlent… sans jamais rien dire. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/fr_FR/articles/pourquoi-certaines-personnes-parlent-sans-jamais-rien-dire
Comentarios 0
Inicia sesión para participar en el debate. Iniciar sesión