Traducción asistida por IA

Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

Journal of Solution Focused Practices · Práctica

Sin dejar huellas

En este artículo, las experiencias de terapia de las personas consultantes sirven para examinar dos paradojas esenciales, la neutralidad y la influencia, en la versión minimalista de la terapia breve centrada en soluciones desarrollada por el autor y sus colegas en BRIEF. Ambos conceptos están ligados a la confianza: una confianza radical en que cada consultante sabe qué es lo mejor para su futuro, y una confianza en que las decisiones sobre ese futuro solo le conciernen a esa persona. Mantener esta confianza frente a nuestras propias ideas y a los buenos deseos que tenemos para quienes nos consultan exige una disciplina que quizá no convenga a todas las personas que ejercen la práctica centrada en soluciones.

Autor Chris Iveson, BRIEF: The Centre for Solution Focused PracticePublicado originalmente en Journal of Solution Focused Practices, 2019Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de Leaving No Footprints, de Chris Iveson, publicado en Journal of Solution Focused Practices (2019), doi: 10.59874/001c.75080, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, y se han añadido intertítulos para la lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por el autor ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Dicho de forma muy sencilla, lo que cada consultante haga mañana no es asunto nuestro.

Chris Iveson

Vestida para matar

Angela parecía salida de las páginas de Vogue: serena, segura de sí y con un aire de autoridad. Tenía previsto quitarse la vida cuando leyó en The Times un artículo sobre la terapia breve centrada en soluciones y decidió probarla antes de seguir adelante con su plan. La había atraído la orientación hacia el futuro y la aparente ausencia de necesidad de hablar del pasado. Dijo que conocía perfectamente el origen de sus problemas, pero que no tenía ninguna intención de hablar de ello.

La vida adulta de Angela había sido una vida de extremos. Tras unos buenos resultados escolares, se descarrió hasta tal punto que, al final de la adolescencia, se convirtió en una heroinómana sin hogar. Un intento de suicidio la puso en contacto con los servicios de salud mental y con un programa de rehabilitación que dio buenos resultados. Retomando el hilo de su vida, Angela continuó sus estudios y se hizo contable. Por desgracia, el pasado, como ella decía, la alcanzó sigilosamente y, tras una desastrosa estancia en un hospital psiquiátrico, volvió a ser una heroinómana sin hogar. Costaba relacionar a la mujer elegantísima, vestida con ropa cara, que tenía delante, con la «mujer de las bolsas» que había sido al final de la veintena. Fue un intento de violación lo que la «despertó» por segunda vez. Se defendió de su agresor y, al hacerlo, recordó su determinación de sobrevivir. Esta vez dejó la heroína de golpe y sola, sin ayuda, se recompuso y emprendió la larga subida hacia una vida más vivible. En los años siguientes construyó una brillante carrera en el floreciente sector de los servicios financieros, hasta ocupar un puesto directivo en una pequeña sociedad privada de inversión. Con un piso caro, una carrera de éxito y un físico que había sobrevivido a los estragos de la calle y la heroína, parecía tener su vida bajo control hasta que, una vez más, el pasado la sorprendió.

Al oír la música de la radio de su vecino, Angela se encontró ante la puerta de este gritándole insultos a la cara. A la mañana siguiente, en un metro abarrotado, dio un puñetazo a un viajero que la había empujado sin querer. Conocía las señales: era el camino de vuelta a la paranoia, las drogas, la calle y la muerte. Esta vez, en lugar de intentar enfrentarse de nuevo a los horrores del estrés postraumático, Angela decidió ir directamente a la muerte. No podía afrontar todo aquel espantoso proceso una vez más. Solo el artículo del periódico la retenía.

Todo esto me lo explicó en los primeros minutos de nuestro encuentro, antes de expresar la esperanza de poder, simplemente, seguir adelante con su vida sin que el pasado tirara de ella hacia atrás.

Cuando tenemos un resultado deseado, sobre todo uno que puede empezar de inmediato, solemos prescindir del milagro y empezar con un menos espectacular y menos memorable «Imaginemos que mañana se despierta…». Sin embargo, Angela parecía pedir algo de lo que dudaba que pudiera ocurrir y, como muchas personas que han sufrido abusos en la infancia, creía que solo la erradicación del pasado le devolvería un futuro. En estos casos, recurrir a un «pequeño milagro» puede a veces abrir una puerta muy grande: Imaginemos que esta noche, mientras duerme, ocurre un milagro; es solo un pequeño milagro, no borra el pasado, pero lo que hace es impedir que el pasado se entrometa en su futuro. ¿Qué es lo primero que notará al despertarse que le indique que es libre de seguir adelante con su vida sin que el pasado tire de usted hacia atrás?

Esta fue la apertura hacia una descripción rica y detallada de la vida cotidiana de Angela tal como esperaba vivirla. Angela progresó bien y, conforme a los principios de la terapia breve, se espaciaron las sesiones para acompañar este movimiento. La tercera sesión se había programado con un intervalo de dos meses, pero al cabo de cuatro semanas Angela pidió una sesión de urgencia.

Llegó pensando que quizá tuviera que ser hospitalizada. Aunque no era una buena noticia, suponía un paso adelante respecto al suicidio. Le pregunté qué tenía esta crisis, y la manera en que la estaba afrontando, que la mantenía del lado de la vida, sin pensar ya en el suicidio. Me dijo que los avances que había hecho a lo largo de nuestro trabajo juntos habían sido una sorpresa enorme y agradable. Dejar de autolesionarse (¡algo que nunca había mencionado hasta ese momento!) y lograr conservar su empleo habían sido factores importantes, pero, mucho más importante aún, sus amistades habían notado grandes cambios. Estaba más implicada en la vida, era más fácil estar con ella, más abierta y, como decía su amiga más íntima, «más suave». Angela siempre había parecido muy segura de sí misma, pero por primera vez empezaba a sentirlo. Hasta el día anterior, en que había vuelto a perder los nervios. Pensando que su jefe la trataba con condescendencia, le había gritado delante de toda la oficina. Temía que la paranoia estuviera volviendo pero, tras reflexionar un poco, llegó a la conclusión de que él era realmente condescendiente y de que eso la incomodaba desde hacía tiempo. Pensándolo más, incluso se alegraba de habérselo echado en cara, aunque pudiera perder su empleo. Siempre estamos atentos a los comportamientos nuevos, incluso a aquellos que a primera vista podrían parecer problemáticos. Cualquier forma de plantar cara al abuso, real o imaginado, merece ser explorada. Pregunté a Angela qué había marcado la diferencia, qué la había decidido a plantar cara a su jefe; me dijo que no tenía ni idea, pero luego contó la siguiente historia.

Angela

El fin de semana fui a ver a unos viejos amigos. Viven en el campo y llevaban años intentando que fuera a pasar unos días con ellos. Por alguna razón decidí ir, y resultó ser una experiencia preciosa. Ella era una antigua compañera de colegio y me recordó lo popular que había sido yo. Dimos largos paseos, tuvimos largas charlas y dormí mejor que nunca, que yo recuerde. Fue sencillamente precioso. Pensaba irme el lunes por la mañana, pero me suplicaron que les hiciera el favor de cuidar a su bebé mientras hacían la compra de la semana. ¡Y allí estaba yo, con un bebé plantado en los brazos!

Angela estaba sentada con los brazos rígidos, extendidos hacia delante, imitando su incomodidad al tener a un niño en ellos.

No sabía qué hacer, así que me quedé allí sentada, y entonces vi que me miraba. No dejaba de mirarme con sus grandes ojos redondos y yo no podía evitar devolverle la mirada. Pareció durar una eternidad y, poco a poco, empecé a darme cuenta de que era un pequeño ser humano, tan perfecto como cualquiera puede serlo.

A medida que Angela seguía con su historia, sus brazos perdían rigidez y empezaban a envolver al bebé.

Sentí algo tan fuerte, como nunca lo había sentido. Era tan bonito, tan perfecto, y me pregunté: «¿Cómo puede alguien hacer daño a un niño inocente como tú?». Fue una experiencia tan extraña que me entraron ganas de llorar.

Era una historia conmovedora y quizá un punto de inflexión, pues Angela añadió a continuación que sentía una nueva confianza en sí misma y que no creía que fuéramos a necesitar vernos de nuevo. Luego, justo antes de marcharse, Angela, con aire incómodo, soltó de pronto: «¡Antes de irme tengo que decirle algo!».

Pensé que me iba a echar una reprimenda y empecé a repasar mentalmente la última hora para encontrar el motivo. De hecho, fue todo lo contrario. Continuó: «Sé que si no hubiera venido aquí ahora estaría muerta, pero quiero que le quede claro que usted no ha tocado mi vida en absoluto».

En lugar de ofenderme, como Angela esperaba, sentí que me había hecho el más maravilloso de los cumplidos y respondí: «Y tengo que decir que nadie me ha hecho nunca un cumplido así, y usted tampoco ha tocado mi vida. ¡Pero siempre la recordaré!». «¡Y yo siempre le recordaré a usted!», dijo, y volvió a las páginas de Vogue.

Habían sido tres sesiones muy sencillas, centradas en la descripción. El «pequeño milagro» abrió la puerta a una descripción detallada de la vida cotidiana de Angela. Tan rutinaria y anodina como la «trastienda» de la mayoría de las vidas: preparar el café, fregar los platos, esperar el tren, estar sentada ante una pantalla de ordenador, charlar con colegas, quedar con una amiga, etc. Después, unos minutos para empezar a ver cuánto de este pequeño milagro podía estar ocurriendo ya. Ni resumen, ni elogios, ni tareas: solo una neutralidad disciplinada respecto a lo que ella decida hacer mañana. Las sesiones siguientes fueron exámenes minuciosos de los progresos. «¿Qué va mejor?», con el acento puesto en el «¿Cómo?», siguiendo las ondas y contraondas de cada logro.

Las últimas palabras de Angela no fueron el único comentario sobre el valor del detalle. En un momento de la última sesión, observó que nunca conseguía recordar ninguna de mis preguntas. Le respondí medio en broma que quizá fuera porque sus respuestas eran más interesantes, y por supuesto lo son. Una pregunta como «¿Qué podría notar mientras prepara el café?» sitúa a la persona en el momento más intrascendente. Si, como esperamos que a veces suceda, la respuesta abre una nueva puerta a lo posible, es la puerta, y no la pregunta, lo que se recordará. Si la respuesta es tan intrascendente como la pregunta, lo más probable es que ambas se olviden. De este modo, las propias palabras de quien consulta ocupan el centro del escenario y refuerzan la experiencia de que todo ha sido obra suya.

Angela no vivió nuestras conversaciones como si no hubieran tenido ningún efecto: sabía que le habían salvado la vida. Sin embargo, como muchas personas que consultan, no podía ver la relación directa, porque todo lo que había hecho para dar un vuelco a su vida había salido de ella. El terapeuta no tuvo otro papel que el de catalizador, el de desencadenante del cambio. Puede que yo caminara con Angela, delante, a su lado o detrás, pero cada paso que dio fue suyo, y solo suyo.

De los objetivos a las esperanzas

Varias etapas importantes en la evolución del trabajo de BRIEF condujeron a este enfoque «sin intervenir, sin dejar huellas». Una de las primeras limitaciones de la terapia breve centrada en soluciones, creada por el propio lenguaje, fue su uso de la palabra «objetivo». Es una palabra que conlleva la idea de algo concreto que hay que lograr y que puede desviar fácilmente la atención de quien hace terapia hacia resultados demasiado específicos y hacia la resolución de problemas. Esto ha generado una confusión en los escritos de De Shazer, donde unas veces se refiere a objetivos «bien formados» y «alcanzables» (de Shazer, 1991, p. 112) y describe estrategias sencillas de «resolución de problemas», o centradas en la queja, mediante las cuales podrían alcanzarse (de Shazer, 1988, p. 93-96; 1991, p. 115-118). Sin embargo, otras veces, sobre todo cuando describe el 10 de una escala, define el resultado como «el día después del milagro» (de Shazer, 1994, p. 231). Esta última definición abarca no solo el objetivo concreto, o la resolución del problema, sino todo el modo de vida asociado a él. Fue el resultado entendido como «modo de vida» lo que más atrajo el interés de mis colegas Harvey Ratner y Evan George, y el mío propio, en BRIEF. Empezamos a ver el «milagro» no como la resolución del problema, ni como el logro de un resultado concreto, sino más bien como el contexto o la «manera de vivir» dentro de la cual el problema se resolverá por sí solo o aparecerá el resultado concreto. Esto llevó con naturalidad a iniciar el proceso a partir del resultado y, a partir de ahí, la palabra «esperanza» empezó a aparecer en nuestro trabajo. No como una intervención deliberada, sino como señal de confianza en las personas que nos consultan: si están sentadas ante nosotros, debe de ser por una buena razón (Ratner et al., 2011).

Un ejemplo típico del proceso por el que pasamos de un «objetivo» concreto a un resultado contextual o de «manera de vivir» sería el siguiente:

Sesión

Terapeuta — ¿Qué es lo que más espera de nuestra conversación?

Consultante — Quiero que mi hija vuelva a casa a su hora

Se trata de un resultado concreto que podría abordarse de muchas maneras dentro de un marco amplio centrado en soluciones. Por ejemplo, buscando y ampliando las excepciones, o describiendo un «milagro» en el que la hija sí vuelve a casa y extrayendo de ello un plan de acción destinado a fomentar el comportamiento del «milagro». Esto correspondería a un enfoque «dirigido a objetivos» o de «resolución de problemas», y no al enfoque de «modo de vida» que se utiliza en este caso. La pregunta que más a menudo se emplea para iniciar la ampliación desde un resultado concreto, volver a casa a su hora, hacia un resultado de «modo de vida», tener una buena relación, es una pregunta del tipo «¿Qué diferencia?» (Shennan & Iveson, 2008). Por ejemplo:

Sesión

Terapeuta — ¿Qué diferencia supondría eso?

Consultante — No estaría peleándome con ella todo el rato

Terapeuta — ¿Qué estaría haciendo en su lugar?

Consultante — ¡No nos estaríamos gritando!

Terapeuta — ¿Qué diferencia cree que supondría eso?

Consultante — Simplemente, no estaríamos siempre discutiendo.

Terapeuta — Entonces, ¿qué diferencia supondría eso, si no se pelearan, no se gritaran ni discutieran?

Consultante — Entonces quizá podríamos llevarnos bien como antes. Siempre hemos estado muy unidas; bueno, todavía lo estamos… ¡de vez en cuando!

Terapeuta — Si de alguna manera nuestro encuentro les llevara a usted y a su hija a llevarse mejor, como antes, y a recuperar más de esa cercanía, ¿significaría eso que ha sido útil?

Consultante — ¡Sin duda!

Ahora tenemos el resultado esperado, dentro del cual la consultante puede encontrar su propio camino hacia el objetivo inicial, más concreto, y podemos pasar a describir una de las maneras en que este resultado podría desplegarse. El futuro preferido de la consultante.

Sesión

Terapeuta — Entonces, imaginemos que mañana se despierta y que, de alguna manera, usted y su hija se llevan justo como desea, con más de esa cercanía que todavía tienen a veces: ¿qué podría notar de diferente al empezar a despertarse en un nuevo día?

Consultante — No me daría pavor tener que despertarla para ir al colegio.

Terapeuta — ¿Qué podría sentir en su lugar?

Consultante — Quizá que me apetecería verla; antes siempre era muy dulce por la mañana.

Un futuro preferido

A medida que avanza la sesión anterior, se despliega una descripción muy detallada de la mañana, seguida de una descripción adicional del día de la consultante. Luego, más descripción de la relación entre madre e hija después del colegio, deteniéndose antes de la noche, potencialmente conflictiva. Por último, unos minutos para esbozar una escala: «¿Cuánto de este milagro está ocurriendo ya?». No se intenta abordar la cuestión concreta de la hora de volver a casa. La suposición, confirmada por el seguimiento de quienes consultan, es que la descripción conducirá a una mejor relación entre madre e hija. Harán lo que toda familia tiene que hacer: llegar a un acuerdo sobre los comportamientos y los límites mutuos. Hubo una descripción similar en la última sesión con Angela, cuando expresó su preocupación por perder el empleo y se preguntaba cómo podría acercarse a su jefe. En lugar de centrarnos en la manera en que podría abordarle, nos centramos en la consecuencia probable de un acercamiento exitoso. Cuando Angela empezaba a responder «Me llamaría por…», se interrumpió de repente con un grito ahogado: «¡Ya lo ha hecho! ¡Me ha llamado mientras venía hacia aquí para comprobar si seguía en pie una reunión que habíamos previsto para mañana!». ¡Y es que con frecuencia ocurre que las personas se topan con el hecho de que algo que esperaban ya ha sucedido sin que se dieran cuenta!

Clues (de Shazer, 1988) se convirtió en la biblia de BRIEF cuando se publicó por primera vez en 1988 y, como la Biblia, está lleno de contradicciones. Los objetivos «específicos» más que «vagos» que defiende (p. 93) se confunden con las descripciones detalladas o «imágenes en palabras» (p. 187) para describir «la vida sin el problema», que pueden constar de decenas, o incluso cientos, de diferencias, demasiadas para que se las pueda considerar de forma realista como objetivos. Sería más acertado describirlas como «maneras de vivir». Fue esta constatación la que nos llevó en BRIEF a hablar del «futuro preferido» de la persona (Ratner et al., 2011), en lugar de sus objetivos, y la que allanó el camino para pasar de «¿Qué le trae por aquí?» (una petición de información sobre el problema, superflua para la tarea terapéutica) a «¿Qué es lo que más espera de nuestro trabajo juntos?» (una pregunta concebida para descubrir el resultado esperado por la persona).

Desde esta perspectiva, como ilustran los ejemplos clínicos anteriores, lo que De Shazer habría criticado como «objetivos vagos» se ha convertido en el punto de partida preferido de nuestro trabajo. Así, alguien que quiere dejar las drogas podría desear «tener una vida normal». Se le podría preguntar: «Imaginemos que mañana se despierta empezando a avanzar hacia esa vida normal que busca». Un consultante aislado y deprimido podría querer un futuro en el que tenga más confianza en sí mismo. Una persona con ideas suicidas podría querer despertarse con la sensación de tener un futuro o, como en el caso de Angela, «libre de seguir adelante con su vida». Todos ellos resultados vagos, incluso globales, pero que dan a la persona la oportunidad de describir una manera de vivir que podría llevar a que los problemas se resuelvan «orgánicamente», sin que la terapia necesite saber cuáles son.

Los pequeños cambios son grandes cambios

De Shazer tenía toda la razón cuando dijo que «los objetivos tienen que ser alcanzables», pero quizá no tanta cuando dijo que también tienen que ser «difíciles de lograr» (1988, p. 93; 1991, p. 112). La finalidad de una descripción muy detallada del futuro preferido es asegurarse de que cada aspecto esté claramente al alcance de las posibilidades de la persona. Cuanto más pueda situarse el futuro esperado (o el milagro) en la rutina cotidiana de su vida, más posible parecerá. Preguntar a Angela «¿Qué podría notar mientras se prepara el café?» suscitará una respuesta muy cercana a lo que viene ocurriendo desde hace meses o años; y, sin embargo, también describirá una parte de una manera de vivir más deseable.

Vista desde esta perspectiva, la idea esencialmente lineal de que un pequeño cambio puede conducir a un gran cambio podría sustituirse por la idea de que cada pequeño cambio es, de hecho, parte del gran cambio que ya está ocurriendo. En el caso de la madre que desea una mejor relación con su hija, el «buenos días» imaginado no es algo pequeño que podría conducir a algo más grande, sino algo pequeño que es consecuencia de que lo grande (es decir, el milagro) ya ha ocurrido.

Por ejemplo, una madre joven que luchaba contra graves y crónicas dificultades alimentarias describió su experiencia de una única sesión, que muestra con claridad que lo «pequeño» es también lo «grande»:

Una madre joven

He pasado por todo tipo de terapias desde los 14 años y, aunque esta parecía diferente, en realidad no tenía mucha esperanza. Cuando me preguntaron por un milagro se me cayó el alma a los pies, porque sabía que no iba a ocurrir ningún milagro, pero cuando empecé a responder a las preguntas sentí un destello de verdadera esperanza, porque mis respuestas eran cosas que podía hacer fácilmente. Así que me puse una especie de prueba. Cada vez que respondía a una pregunta, me preguntaba: «¿Puedes hacer eso?». Si la respuesta era «sí», seguía, pero en cuanto dijera «no» sabría que aquello no iba a funcionar conmigo. Como todas mis respuestas fueron «sí», supe por primera vez que era posible superar la anorexia; no estoy segura de que vaya a conseguirlo, pero ahora que sé que es posible, ¡voy a darlo todo!

La neutralidad terapéutica

Este trabajo de detallar los futuros preferidos se ha descrito muchas veces en otros lugares (Connie, 2013; Ratner et al., 2011), pero lo que no se ha subrayado tanto es el valor de la neutralidad terapéutica frente a estas descripciones. No es una idea nueva. El grupo de Milán (Palazzoli et al., 1982) recibió duras críticas por parecer anteponer la neutralidad a la responsabilidad. En BRIEF, la neutralidad remite a una postura terapéutica que queda en suspenso si existe una preocupación seria por la seguridad de la persona o de otras personas, o si alguna de sus acciones probables puede resultar perjudicial de otras maneras. Cuando estas preocupaciones pasan a primer plano, la terapia se interrumpe y quien la ejerce se convierte en un «agente de la sociedad» que asume (según su función) sus responsabilidades legales, profesionales o ciudadanas. Nunca tenemos derecho a dictar cómo deben comportarse los demás. Pero sí tenemos el derecho y la responsabilidad de vigilar los límites exteriores de lo que es admisible en nuestra sociedad. Puede que no digamos a una madre o a un padre cómo criar a su criatura, pero tenemos el deber de hacer lo que esté en nuestra mano para evitar que esa criatura sufra daño.

Ser neutral no es fácil. Y lo que escribimos y lo que hacemos, como en BRIEF se nos recuerda constantemente, no siempre coinciden. Nuestros escritos tienden a reflejar nuestras ambiciones más que nuestra práctica. Y lo mismo le ocurría a De Shazer, que también aspiraba a una forma de neutralidad:

Steve de Shazer

Con frecuencia, al final de una sesión, las personas que consultan empiezan a orientarse o, al menos, empiezan a tener cierta confianza en que podrán orientarse. Así pues, no hay necesidad de abrumarlas con muchas sugerencias ni de inventar [tareas]; la terapia simplemente tiene que apoyarlas para que avancen en la dirección que han elegido, con la confianza de que, una vez lleguen adonde quieren estar, sabrán orientarse (de Shazer, 1994).

Pero, sean cuales sean las aspiraciones de De Shazer a la neutralidad, esta falta en los casos descritos a lo largo de todos sus libros (de Shazer, 1985, 1988, 1991, & 1994). Una y otra vez, las descripciones de quienes consultan se convierten en objetivos y planes de acción y pasan así a ser, de algún modo, propiedad de la terapia. En BRIEF hemos llegado a ver estas descripciones como un simple conjunto de posibilidades que no tenemos ningún derecho a expropiar ni a recomendar como acciones futuras. Las vemos, en cambio, como algo que hace tomar conciencia de que maneras de vivir más deseadas están al alcance de la persona, aunque, cuando llegue el día de mañana, estas maneras de vivir resulten ser distintas de las imaginadas hoy.

Dicho de forma muy sencilla, lo que cada consultante haga mañana no es asunto nuestro. Cada persona es responsable de las decisiones que toma. Si nos creemos nuestras propias palabras amables, según las cuales cada persona está en la mejor posición para tomar sus propias decisiones, no podemos atribuirle pericia solo a condición de que encaje con nuestra visión del mejor camino a seguir.

Esta neutralidad es una disciplina, y una disciplina con la que muchas personas que practican el enfoque centrado en soluciones quizá no se sientan cómodas. Tampoco es imprescindible, a la vista de la práctica de De Shazer antes citada. Sin embargo, encaja bien con la filosofía que subyace a los escritos de De Shazer, demuestra claramente la confianza de la terapia en la persona y nos protege de nuestro «saber mejor». Pero, como disciplina de conducta, requiere un trabajo arduo y una atención constante. La disciplina de la neutralidad no puede tener nada de robótico ni de indiferente. Al contrario, debe convivir con la amabilidad y el deseo del bienestar ajeno, así como con nuestra necesidad de tener éxito como terapeutas. En última instancia, la neutralidad es una decisión pragmática. ¿Funciona? ¿Es compatible con la brevedad? Nuestra experiencia es que sí.

Lo mismo ocurre con las «huellas». Cada vez que nos sentamos con una persona, debemos desear fervientemente que sea un acontecimiento que le cambie la vida, que emprenda un nuevo rumbo hacia un futuro mejor. Respaldamos este deseo utilizando técnicas que esperamos, con una esperanza basada en la evidencia, que generen una transformación. También tenemos que saber que, haga lo que haga mañana, eso tiene una historia que se remonta a varias generaciones, y que ese mañana siempre ha sido posible. Lo único que hemos hecho es plantear las preguntas que enfocan ese mañana posible y su historia. Esto plantea la cuestión de hasta qué punto está «coconstruido» el futuro al que aspiran las personas que nos consultan, y hasta qué punto nuestras propias vidas quedan igualmente «coconstruidas» durante nuestra conversación con ellas. Es de esperar que no nos cambie demasiado cada encuentro, para que, al final de un día ajetreado, podamos volver con nuestra familia y nuestras amistades sin haber cambiado mucho desde que salimos por la mañana. Mientras que, para quienes nos consultan, esperamos más bien lo contrario.

Volviendo a Angela, sus palabras sugieren que vivió lo ocurrido como obra exclusivamente suya. Con cada idea y cada acción surgidas solo de ella misma. ¿Cómo podría ser de otro modo, y qué podría haber mejor que esta toma de conciencia? Lo que esperamos que Angela también viviera, como esperamos para cada persona, fue una confianza total en su capacidad para tomar sus propias decisiones sin presión alguna por parte de la terapia, por sutil y bienintencionada que fuera, para que tomara las decisiones que mejor encajaran con el resultado esperado.

Disciplina

La terapia breve centrada en soluciones, como cualquier otra terapia conversacional, ofrece un conjunto de pautas para conducir la conversación terapéutica. Seguir estas pautas exige disciplina, y la disciplina solo puede mantenerse con una práctica constante. Una de las disciplinas evidentes de la terapia breve centrada en soluciones es evitar las preguntas que buscan una explicación del problema. La información que aportan estas preguntas no hace avanzar el proceso centrado en soluciones. Esto no significa que las respuestas a estas preguntas carezcan de interés, sobre todo en una cultura que privilegia las explicaciones, sino simplemente que no son útiles dentro del modelo centrado en soluciones. Por tanto, debemos protegernos de nuestra curiosidad natural (culturalmente determinada) y de nuestro deseo de comprender.

Idear preguntas sin contenido es también una disciplina difícil, quizá imposible, de mantener. Lo hacemos buscando únicamente descripciones de posibilidades futuras. Aunque quizá seamos menos neutrales respecto a los logros pasados, la historia del futuro preferido, hacemos todo lo posible por seguir a la persona en lo que constituye para ella un éxito. Utilizar las palabras de la persona, evitar introducir nuestras propias palabras, interpretaciones e ideas, y mirar el mundo con sus ojos y no con los nuestros forman parte de esta disciplina.

Del mismo modo, la disciplina «hermana» de la neutralidad requiere una práctica constante. Nuestros buenos deseos para las personas que nos consultan nos ofrecen una excusa demasiado fácil para intentar influir en sus decisiones, aunque solo sea resumiendo lo que consideramos las partes importantes de lo que han dicho. Estas buenas intenciones son una de las excusas más utilizadas para el abuso de poder, ya sea de la terapia hacia quien consulta o del Estado hacia la ciudadanía. Si preguntáramos a quienes nos consultan: «¿Prefiere que su terapeuta le guíe o que confíe en usted?», ¿qué responderían? ¿Y cómo podría influir su respuesta en nuestra práctica? ¡Dejemos las últimas palabras a otra persona que lo resume todo en diez palabras!

Sesión

Consultante — (Al final de una sesión única) Son las preguntas, ¿verdad? ¡Son las preguntas!

Terapeuta — Bueno, quizá no sean tanto las preguntas como las respuestas.

Consultante — Ya lo sé, ¡pero nunca habría tenido esas respuestas sin las preguntas! (Iveson et al., 2014)

Referencias

Connie, E, (2013). Solution building in Couples Therapy. New York, NY: Springer.

de Shazer, S. (1985). Keys to Solution in Brief Therapy. New York, NY: Norton.

de Shazer, S. (1988). Clues: Investigating Solutions in Brief Therapy. New York: Norton.

de Shazer, S. (1991). Putting Difference to Work. New York, NY: Norton.

de Shazer, S. (1994). Words were Originally Magic. New York, NY: Norton.

Palazzoli, S. M., Boscolo, L., Cecchin, G. & Prata, G. (1980). Hypothesizing, Circularity and Neutrality: three guidelines for the conductor of the session. Family Process, 19, 3-12.

Ratner, H., Iveson, C. & George, E. (2012). Solution Focused Brief Therapy: 100 Key Ideas and Techniques. London, UK: Routledge.

Iveson, C., Ratner, H. & George, E. (2014). Love is all around. In M. Hoyt, & M. Talmon (Eds.), Capturing the moment. Bethel, UK: Crown House

Iveson, C. & McKergow, M. (2015). Brief therapy: Focused description development. Journal of Solution-Focused Brief Therapy, 2, 1-17.

Shennan, G. and Iveson, C. (2008). What difference would that make? Journal of Family Psychotherapy 19, 97-101.

Shennan, G., & Iveson, C. (2011). From solution to description: Practice and research in tandem. In C. Franklin, & T. Trepper, et al., (Eds.), Solution-focused Brief Therapy: A Handbook of Evidence-based Practice. New York: OUP.

Traducción no oficial al español del artículo original Leaving No Footprints, de Chris Iveson, publicado en Journal of Solution Focused Practices, vol. 3, n.º 1 (2019), doi: 10.59874/001c.75080, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, y se han añadido intertítulos para la lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por el autor ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Esta es una traducción no oficial del artículo original «Leaving No Footprints», publicado en Journal of Solution Focused Practices (2019) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.

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Cómo citar este artículo

Iveson, C. (2019). Leaving No Footprints. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/leaving-no-footprints (Obra original publicada en 2019 en Journal of Solution Focused Practices, vol. 3, n.º 1; republicada en 2019 por Journal of Solution Focused Practices, https://journalsfp.org/article/75080)

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