Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Journal of Family Theory & Review · Familia
¿Por qué las comidas compartidas, los cumpleaños y las fiestas hacen bien a las familias? La psicóloga lisboeta Carla Crespo repasa 75 años de investigación y propone un modelo sistémico «en espiral»: la seguridad y la identidad hacen posibles los rituales, y los rituales, a su vez, nutren la cohesión familiar, el sentimiento de competencia de la pareja y de madres y padres, y la pertenencia de cada integrante.
Traducción no oficial al español de Theorizing Family Rituals: A Family Systems Model, de Carla Crespo, publicado en Journal of Family Theory & Review (Wiley) (2026), doi: 10.1111/jftr.70032, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Los rituales familiares no son fórmulas mágicas que, por el mero hecho de realizarse, produzcan automáticamente resultados positivos para las familias y sus integrantes.
Carla Crespo
Resumen
Los rituales familiares son acontecimientos universales y espontáneos que las familias llevan a cabo en todo el mundo. El significado asociado a los rituales familiares puede beneficiar enormemente a las personas y a las familias. Un sólido corpus de investigación, unido a los desarrollos teóricos en curso, ha permitido que los rituales familiares se conviertan en un constructo bien asentado en la ciencia de la familia. Retomo las principales contribuciones teóricas anteriores y propongo un nuevo modelo teórico de alcance intermedio de los rituales familiares, fundamentado en la teoría de los sistemas familiares. Este modelo identifica la seguridad y la identidad como pilares para crear rituales familiares significativos y como procesos generales a través de los cuales el significado de estos acontecimientos se asocia con resultados de salud y bienestar en tres niveles sistémicos distintos. La cohesión familiar, la eficacia relacional percibida y el sentido de pertenencia se conceptualizan como tres procesos específicos adicionales que vinculan el significado de los rituales familiares con mejores resultados para las familias, las parejas y las madres y padres, y las personas. Para concluir, reflexiono sobre las posibles contribuciones del modelo al avance de la teoría y la investigación.
Los rituales familiares están en el corazón de la experiencia humana de formar parte de una familia. Sentarse a la mesa para las comidas familiares, reunirse en los cumpleaños y en las fiestas anuales, y saber que se espera la propia presencia en las grandes ocasiones que marcan los cambios del ciclo vital, como las bodas y los funerales, son experiencias compartidas por las personas que integran las familias en todas las culturas. Aunque universales, los rituales familiares son también idiosincrásicos, ya que la manera en que cada familia los lleva a cabo refleja la interacción única entre su identidad de grupo y los sistemas culturales y sociales más amplios en los que se inserta. En resumen, los rituales familiares son acontecimientos especiales con un significado simbólico compartido por la familia en su conjunto (Fiese 2006). Los rituales significativos se consideran un recurso importante para las familias en general, así como factores de protección para la adaptación individual y familiar, que aportan estabilidad en los momentos de estrés (Fiese et al. 2002).
El primer estudio exhaustivo sobre los rituales familiares fue publicado por Bossard y Boll (1950). Desde entonces, los rituales familiares como campo de estudio dentro de la ciencia de la familia han florecido. Entre los hitos teóricos de este campo específico figuran la tipología de rituales propuesta por Steve Wolin y Linda Bennett (Wolin and Bennett 1984), el amplio trabajo de Evan Imber-Black, Janine Roberts y Richard Whiting (Imber-Black et al. 1988) sobre las funciones y características tanto de los rituales familiares que surgen de forma natural como de los rituales terapéuticos, y la distinción de Barbara Fiese (2006) entre rutinas y rituales, así como su conceptualización del papel de los rituales en la promoción de la salud familiar. Esta bibliografía fundacional se centró también en la evolución de los rituales a lo largo de los ciclos vitales individual y familiar, y señaló cómo estos acontecimientos estaban moldeados por el contexto ecológico más amplio de la familia. Aunque la investigación inicial sobre este tema era predominantemente cualitativa (por ejemplo, mediante autobiografías, entrevistas e informes clínicos), la publicación de una medida de autoinforme del significado de los rituales familiares, el Family Ritual Questionnaire (Fiese and Kline 1993), facilitó la expansión de los estudios con enfoques cuantitativos y mixtos. Hasta la fecha, un corpus considerable de investigación respalda la idea de que los rituales familiares significativos se asocian con resultados clave de salud y bienestar en la infancia, la adolescencia, la edad adulta y las familias en su conjunto (Crespo et al. 2013; Fiese et al. 2002).
Recientemente, la pandemia de Covid-19 suscitó un renovado interés por los rituales familiares. Este gran acontecimiento mundial trajo consigo restricciones a las reuniones sociales y a los encuentros en persona. Durante ese periodo, en muchas partes del mundo, las normas gubernamentales impidieron que se celebraran rituales familiares como visitar a la abuela y el abuelo para la comida semanal, organizar una fiesta de cumpleaños o reunir a la familia extensa en Navidad o en Janucá (Crespo and Relvas 2024). La pérdida de los rituales familiares fue especialmente dolorosa en el caso de los marcadores de transiciones del ciclo vital; no poder estar presente, o vivir en soledad el funeral de un ser querido, o la imposibilidad de organizar un acto en su memoria, fue percibido por algunas personas como una experiencia traumática (p. ej., Mondal 2024). Sin embargo, como observó Imber-Black (2020), «los rituales se doblaron, pero no se rompieron durante la COVID-19» (p. 10). Los antiguos rituales se adaptaron a las nuevas circunstancias (por ejemplo, las reuniones familiares y los cumpleaños se reinventaron en línea) y se crearon rituales nuevos, muchos de ellos en el ámbito idiosincrásico de cada familia, como el paseo familiar en pijama por el barrio en Nochebuena descrito por Shelkey (2024). Se puso en entredicho la idea errónea, muy extendida, de que las familias modernas han dejado atrás los rituales, considerados vestigios del pasado. La supervivencia de los rituales familiares en el contexto adverso de la pandemia fue un indicador tanto de la resiliencia creativa de las familias como de su fuerte motivación para preservar estos acontecimientos simbólicos.
Este contexto social oportuno, unido a un campo de estudio maduro pero heterogéneo, invita a nuevos esfuerzos para teorizar los rituales familiares. Hay cuatro razones principales que justifican la necesidad de revisar la teoría de los rituales familiares. En primer lugar, la investigación empírica sobre los rituales familiares, al igual que otras áreas de la ciencia de la familia, no siempre se ha fundamentado sólidamente en la teoría. Aunque la investigación ha puesto de relieve de forma sistemática los beneficios y las condiciones esenciales para desarrollar rituales familiares significativos, parte de este trabajo ha sido ateórico o insuficientemente teórico, lo que sugiere una carencia de modelos detallados que puedan, junto con los trabajos fundacionales, guiar de manera deductiva la conceptualización de nuevas investigaciones (Adamsons and Crossman 2022). En segundo lugar, este corpus creciente de investigación ha producido nuevos conocimientos que pueden contribuir inductivamente al desarrollo de la teoría de los rituales familiares. En tercer lugar, hay un argumento pragmático: la ciencia de la familia es intrínsecamente aplicada, y sus teorías deben ser pertinentes para orientar las intervenciones y las políticas dirigidas a las familias contemporáneas. Daly (2003) señaló con agudeza que las teorías de la familia «se han alejado de lo que las familias hacen realmente» (p. 773). En el esfuerzo por elaborar teorías pertinentes que reflejen la realidad cotidiana (Daly 2003), sostengo que centrarse en los rituales familiares puede ayudar a alcanzar esos objetivos. Los rituales forman parte de la vida familiar cotidiana, son fácilmente identificables tanto por niñas y niños como por personas adultas en sus relatos sobre la vida familiar, y la inversión emocional en estos acontecimientos, pese al ritmo acelerado de la vida contemporánea, atestigua su relevancia (Fiese 2006). Por último, los rituales familiares conciernen a la familia como grupo; es decir, se sitúan sistémicamente en el nivel de la familia en su conjunto. Según la propiedad de totalidad del sistema, cualquier cambio en el sistema en su conjunto afectará a sus partes, y viceversa. En el caso de los rituales familiares, esto significa que estas interacciones grupales influyen en la adaptación de la díada conyugal y parental, así como en la de cada persona, y al mismo tiempo están influidas por el funcionamiento de los subsistemas y por las características individuales de las personas que integran la familia (Fiese et al. 2002). Aunque la intrincada red de relaciones dentro de los sistemas familiares ha sido reconocida en trabajos anteriores, actualmente ningún modelo específico la aborda en detalle.
Tomando la teoría de los sistemas familiares como brújula teórica principal y apoyándome en los trabajos fundacionales de Imber-Black et al. (1988) y Fiese (2006) sobre los rituales familiares, así como en una visión amplia de la investigación empírica sobre ellos, propongo un enfoque teórico de alcance intermedio de los rituales familiares. Comienzo examinando el constructo de los rituales familiares, incluidas su definición, su tipología y sus funciones clave para las personas y las familias. A continuación, presento en detalle un modelo de los rituales familiares.
Los rituales están presentes en la mayoría de los grupos humanos, desde la sociedad en su conjunto hasta las relaciones diádicas. De hecho, los rituales son tan vitales para el mantenimiento de los vínculos sociales que, allí donde hay un grupo humano, casi con toda seguridad hay un ritual. Aunque el estudio científico de los rituales surgió en la antropología, centrado inicialmente en los rituales colectivos de los grupos sociales, pronto se volvió interdisciplinario y amplió su alcance a partir de la segunda mitad del siglo XX (Fiese 2006). Hoy, la investigación sobre los rituales es muy amplia y va desde la que observa los procesos grupales asociados a cambios en acontecimientos sociales de mayor escala, como los rituales posteriores a los atentados terroristas en Oslo y en Francia (Baele and Balzacq 2022), hasta los estudios que examinan los procesos psicológicos individuales que intervienen en los rituales (Hobson et al. 2018). Los enfoques del estudio de los rituales pueden distinguirse según el público (¿qué grupo realiza y comparte un ritual o un conjunto de rituales?) y según el nivel de análisis considerado (¿quién contribuye a un ritual o conjunto de rituales y quién se ve influido por él?). Este artículo se sitúa sistémicamente en el nivel intermedio y aborda específicamente los rituales en los que participan las familias, como grupo diverso. En cuanto al nivel de análisis, abarca a las personas, a las parejas y a madres y padres, y a la familia en su conjunto, y examina cómo influyen los rituales familiares en estas personas y grupos.
Los rituales familiares pueden definirse brevemente como acontecimientos especiales con un significado simbólico compartido por la familia en su conjunto (Fiese 2006). Los tres elementos clave de esta definición explican por qué los rituales son especiales, simbólicos y relativos a toda la familia. En primer lugar, el carácter especial de los rituales familiares remite a la idea de que, como todos los rituales, aquellos en los que participan las familias son momentos significativos que ofrecen una pausa en el flujo de la vida ordinaria. La anticipación desempeña un papel importante: el tiempo que precede a los rituales es un tiempo de preparación y planificación, que contribuye a reducir la ansiedad y la incertidumbre. Diversos trabajos han señalado un cambio en la percepción subjetiva del tiempo durante los rituales. El tiempo, como sucesión de instantes fugaces, queda suspendido y adquiere sentido dentro del relato del grupo, lo que permite la quietud y el demorarse (Byung-Chul 2020); como describió acertadamente Grimes (1982), los rituales son un «tiempo entre tiempos» (p. 85). Estos acontecimientos constituyen hitos temporales para la familia, tanto según el calendario cultural definido externamente (p. ej., el Ramadán o la Navidad) como según el calendario interno propio de cada familia (p. ej., los cumpleaños de sus integrantes, las fechas de reunión que una familia extensa prepara cada año o las salidas de fin de semana a un lugar favorito). La mayor significación del tiempo del ritual es posible gracias a la presencia de símbolos, unidades de significado vinculadas a objetos o interacciones.
En segundo lugar, desde sus raíces antropológicas, el constructo de ritual ha incluido el símbolo como rasgo a la vez esencial y distintivo. Turner (1967) conceptualizó el símbolo como la unidad mínima de los rituales, mientras que Myerhoff (1977) sostuvo que el uso de símbolos es lo que diferencia los rituales de los simples hábitos o costumbres. La necesidad de un código para comprender e interpretar plenamente lo que ocurre en un ritual familiar refleja la singularidad de la identidad de ese grupo: las personas de la familia, desde dentro, comparten el acceso a los símbolos y entienden lo que significan para la familia. Además, los símbolos sirven para sostener contradicciones, lo que convierte a los rituales en vías privilegiadas para marcar transiciones, como los cambios del ciclo vital, durante los cuales cabe esperar periodos de ambivalencia ante el abandono de antiguos roles y realidades y la adquisición de otros nuevos.
En tercer lugar, los rituales implican a toda la familia, aunque el grado de participación y los significados que se les atribuyen pueden variar (Roberts 1988) según la etapa del desarrollo, el género o la generación. Aunque un ritual familiar lo realiza el grupo, el papel y la vivencia de ese acontecimiento son únicos para niñas y niños, adolescentes y personas adultas de la generación intermedia, en particular las mujeres, a menudo consideradas las guardianas de los vínculos familiares (kinkeepers) y de estos acontecimientos (Leach and Braithwaite 1996).
Más allá de los tres elementos de la definición propuesta (Fiese et al. 1993), otro rasgo importante de los rituales es su carácter dinámico. Aunque los rituales son conocidos por su capacidad de aportar estabilidad, nunca son mera repetición. Los rituales son actos simbólicos que coevolucionan con el desarrollo de las personas y de las familias (Roberts 1988). Es la flexibilidad respecto a los rituales lo que garantiza que estos acontecimientos sigan siendo significativos y beneficiosos. Una manera de entender cómo los rituales familiares cambian y a la vez permanecen es reconocer sus partes abiertas y cerradas (Roberts 1988; van der Hart 1983). Las partes abiertas son los elementos que pueden cambiarse sin que el ritual pierda su significado simbólico: permiten la fluidez y la adaptación necesaria para que el ritual evolucione. En cambio, las partes cerradas son los elementos que deben permanecer inalterados; modificarlos vaciaría el ritual, que quedaría hueco, desprovisto de su significado simbólico. Las partes cerradas aportan la estructura y los elementos clave que permiten la continuidad del significado a lo largo del tiempo y, a veces, de las generaciones.
La percepción de lo que constituyen las partes abiertas y cerradas varía de una familia a otra y, a veces, incluso dentro de una misma familia, las percepciones individuales pueden diferir. Por ejemplo, una familia puede celebrar la Navidad cada año en una casa familiar distinta (parte abierta) e insistir, sin embargo, en mantener un postre tradicional de una vieja receta para preservar el sentido de la Navidad (parte cerrada). En otra familia, todo el mundo puede estar de acuerdo en que la Navidad debe pasarse en casa de la abuela y el abuelo (parte cerrada) y ser más flexible en cuanto a los platos que se sirven (parte abierta). Una historia que me contaron se refería a una familia en la que, en cada cumpleaños, alguien estampaba un pastel en la cara de la persona homenajeada, una práctica conocida en México como «la mordida». Con el tiempo, tras algunos resultados indeseados, la familia decidió abandonar esta práctica. Sin embargo, cuando una chica de la familia cumplió 17 años y nadie mantuvo la tradición familiar, decidió hacérselo ella misma. Para esta adolescente, el acto simbólico de estampar el pastel era una parte cerrada del ritual de cumpleaños de su familia a la que no estaba dispuesta a renunciar. El equilibrio entre las partes abiertas y cerradas de los rituales varía de una familia a otra y refleja las distintas maneras en que las familias se relacionan con la ritualización. Mientras algunas familias optan por mantener una estructura estable y privilegian la previsibilidad (predominio de las partes cerradas), otras pueden inclinarse por la innovación y la integración de nuevos significados (predominio de las partes abiertas).
Los rituales familiares abarcan una amplia gama de acontecimientos de la vida familiar. Una tipología bien conocida de los rituales familiares es la propuesta por Wolin y Bennett (1984), que comprende tres categorías: las celebraciones familiares, las tradiciones familiares y las interacciones familiares pautadas. Las celebraciones familiares incluyen los rituales que marcan las transiciones del ciclo vital, como las bodas, los funerales, los bautizos y los rituales asociados al nacimiento (p. ej., la Aqidah en la comunidad musulmana y el chhati en las familias hindúes), así como los bar mitzvá, las graduaciones y las celebraciones anuales asociadas a festividades religiosas (p. ej., Navidad, Janucá, Pascua, Ramadán, fiestas religiosas) o laicas (p. ej., las celebraciones de Año Nuevo y las fiestas nacionales). Las tradiciones familiares son más específicas de cada familia y pueden incluir las vacaciones de verano en un lugar habitual o vividas de una manera característica (por ejemplo, vacaciones familiares marcadas por la aventura, las experiencias culturales o la diversión), los cumpleaños y aniversarios, y las reuniones familiares con comida, baile y música especiales. Las interacciones pautadas son los rituales que se realizan con más frecuencia, como las comidas, los momentos de acostar a niñas y niños, con elementos específicos como un cuento o una canción especial, y las actividades de ocio por la tarde o los fines de semana, que se repiten y tienen un significado compartido para la familia.
Esta tipología implica un continuo: a medida que se pasa de las celebraciones familiares a las tradiciones y luego a las interacciones pautadas, los rituales se vuelven más frecuentes, menos formales, menos influidos por las normas culturales, más idiosincrásicos, y en ellos participan menos personas ajenas al hogar familiar. Wolin y Bennett (1984) señalaron que las familias difieren en su compromiso con los rituales en general, y también con los distintos tipos de rituales: algunas familias invierten más en las celebraciones o las tradiciones familiares, mientras que otras dan prioridad a las interacciones pautadas. Aunque Wolin y Bennett situaron en la misma categoría los rituales asociados a los ritos de paso y las celebraciones anuales, los rituales que marcan las transiciones del ciclo vital son únicos (Roberts 1988). Durante estas transiciones se producen cambios de segundo orden en el sistema familiar. Se trata de cambios profundos y duraderos en el propio sistema, que alteran sus reglas subyacentes, sus estructuras de creencias y sus patrones de interacción. Esto contrasta con los cambios de primer orden, que implican modificaciones más superficiales y temporales del comportamiento (Watzlawick et al. 1974). Los rituales que marcan los cambios del ciclo vital desempeñan un papel especialmente importante en la gestión de las emociones intensas y de la ambivalencia que suelen caracterizar los periodos de transición, durante los cuales las personas se adaptan a nuevos roles y las familias se preparan para una nueva etapa. Tanto conceptualmente como de cara a la investigación futura, conviene distinguir los rituales del ciclo vital familiar de las celebraciones familiares anuales.
Una distinción conceptual clave es la diferencia entre rituales y rutinas (Fiese et al. 2002; Fiese 2006). En contextos familiares como las comidas o las celebraciones anuales están presentes elementos tanto rituales como rutinarios. Por ejemplo, mientras que tareas como hacer la compra, preparar la comida y limpiar son rutinas, los símbolos (p. ej., la disposición de los asientos, que refleja las relaciones familiares, o la historia que hay detrás de un viejo adorno navideño colocado en lo alto del árbol) y los significados compartidos asociados a estos acontecimientos pertenecen al ámbito de los rituales. Aunque rutinas y rituales son rasgos vitales y entrelazados de la vida familiar, son distintos entre sí. Fiese (2006) propuso que estos constructos pueden contrastarse según las dimensiones de comunicación, compromiso y continuidad.
Las rutinas implican una comunicación instrumental, caracterizada por un lenguaje directo orientado a la acción y centrado en las tareas que hay que realizar. La comunicación ritual, en cambio, es simbólica y transmite un mensaje sobre quién es la familia como grupo. Los rituales implican un lenguaje simbólico y de múltiples capas, que a menudo utiliza el código analógico no verbal (Palazzoli et al. 1977), mientras que las rutinas se atienen al código digital de la comunicación. A diferencia de las rutinas, en las que los comportamientos están causalmente vinculados a resultados (p. ej., se prepara comida porque la gente necesita comer), se ha considerado que los rituales presentan una opacidad causal, es decir, que sus elementos constitutivos no están claramente vinculados a resultados (Hobson et al. 2018; Nielsen et al. 2018). Los rituales también pueden estar desvinculados de un objetivo, en el sentido de que a una persona ajena puede costarle entender la razón o la motivación de las acciones (Nielsen et al. 2018). Sin su significado simbólico, prácticas como apagar las luces antes de traer la tarta de cumpleaños o dejar comida en la mesa en Nochebuena para las personas difuntas de la familia, una costumbre habitual en algunas regiones de Portugal, pueden parecer arbitrarias, innecesarias e incluso extrañas.
En cuanto al compromiso, las rutinas son momentáneas: se presta poca atención a su preparación o a recordarlas una vez terminadas (Fiese 2006). En cambio, los rituales implican un compromiso afectivo más duradero, que se extiende más allá de la duración del propio ritual. Esta extensión en el tiempo se explica por la identificación de las tres etapas de los rituales, otro legado del estudio antropológico de los rituales que ha atravesado disciplinas y sigue vigente hoy. En pocas palabras, la primera etapa corresponde al proceso de preparación del ritual, la segunda al acontecimiento en sí y la tercera a la integración reflexiva que se produce después (tal como las identificó van Gennep (1960), citado en Roberts 1988). Estas tres etapas, descritas inicialmente para los ritos de paso a comienzos del siglo XX, son hoy más fácilmente observables en los rituales que marcan transiciones importantes del ciclo vital. Estos rituales no solo se preparan de forma más visible, sino que las experiencias que proporcionan pueden revivirse en la memoria mucho después de que hayan tenido lugar. Por ejemplo, el ritual de una boda puede recordarse una y otra vez a través de fotografías, vídeos e historias transmitidas a las generaciones más jóvenes de la familia, sobre todo en los aniversarios. Del mismo modo, la experiencia del funeral de un familiar puede revivirse en futuras ocasiones ritualizadas de pérdida. Sin embargo, todos los rituales, incluso los cotidianos, implican en cierta medida anticipación y rememoración (Wolin and Bennett 1984).
Rutinas y rituales pueden diferenciarse en cuanto a su continuidad. Las rutinas se repiten a lo largo del tiempo de una manera directamente observable desde fuera (Fiese 2006). Los rituales, en cambio, implican una repetición de naturaleza simbólica que se extiende a través de las generaciones y une a las generaciones pasadas con las que aún no han nacido (Myerhoff 1984). Los rituales facilitan la transmisión de la identidad del grupo al transmitir valores e ideas sobre la familia y su relación con el mundo exterior (Wolin and Bennett 1984). A diferencia de las rutinas, los símbolos y significados de cada familia solo pueden interpretarlos quienes pertenecen a ella. Esto explica por qué pasar unas fiestas o incluso compartir una comida con otra familia puede hacer que alguien se sienta fuera de lugar: aunque reconozca lo que está ocurriendo, puede haber, por ejemplo, bromas compartidas, risas nerviosas o una disposición particular de los asientos que nadie que desconozca la dinámica interna de esa familia puede descifrar. Los rituales se consideran signos fiables de pertenencia al grupo, ya que quienes conocen las reglas y las acciones se distinguen fácilmente de quienes no las conocen (Wen et al. 2020).
Un examen superficial de los rituales y las rutinas podría llevar a concluir erróneamente que los rituales son importantes y beneficiosos para el bienestar familiar e individual, mientras que las rutinas son meras tareas instrumentales y monótonas sin relevancia. Sin embargo, la investigación ofrece una imagen más compleja y menos dicotómica de estas dimensiones de la vida familiar. Tanto los rituales como las rutinas han demostrado ser importantes promotores de la adaptación individual y familiar (véanse las revisiones de Crespo et al. 2013 y Fiese et al. 2002). Rutinas y rituales pueden ser tanto un apoyo como un factor de perturbación, según cómo se lleven a cabo en la familia (Fiese 2006). En el caso particular de los rituales, para algunas familias pueden ser ocasiones cargadas de conflictos abiertos o encubiertos que provocan ansiedad, tristeza o ira en algunos de sus integrantes. Abundan las referencias populares a rituales vividos de forma negativa, como la «depresión navideña» o la incomodidad de algunas comidas familiares. La literatura científica también ha mostrado cómo los acontecimientos familiares pueden ser ocasiones de exclusión, discriminación y ejercicio del poder en las relaciones familiares (p. ej., Oswald 2002; Roberts 1988). Por ejemplo, decidir a quién invitar a los acontecimientos familiares (no invites a tu boda a esa tía con la que no te hablas), indicar cómo comportarse en ellos (Tom, trae a tu novio, pero haz como si solo fuerais amigos) y asignar roles específicos y lugares en la mesa (como sigues sin pareja, puedes sentarte con los críos) pueden transmitir mensajes poderosos sobre quién está dentro o fuera de la familia y quién tiene el control. La comunicación paradójica creada por mensajes ambiguos, como los dos últimos, sobre las expectativas de asistencia y de comportamiento en los acontecimientos familiares puede generar dobles vínculos en los que no es posible un desenlace positivo: o bien la persona se pierde el acontecimiento por completo, o bien asiste y siente que no puede participar de una manera que tenga sentido para ella. Tanto las emociones positivas como las negativas pueden intensificarse durante estos acontecimientos y, para algunas familias o en determinadas etapas del ciclo vital familiar, las ocasiones rituales pueden, en ciertas circunstancias, convertirse en fuentes de dolor. Los rituales familiares no son fórmulas mágicas que, por el mero hecho de realizarse, produzcan automáticamente resultados positivos para las familias y sus integrantes. Para ser beneficiosos, los rituales deben ser significativos y adaptables a los cambios que se producen a lo largo del ciclo vital de una familia (Imber-Black 2020; Roberts 1988). La flexibilidad de las familias para construir y revisar sus rituales garantiza que sigan siendo pertinentes a medida que se incorporan nuevas personas a la familia, que crecen las hijas y los hijos y que cada cual cambia de posición en la estructura familiar con el tiempo.
El modelo sistémico familiar en espiral de los rituales familiares es el resultado de un proceso de teorización que incorporó enfoques tanto deductivos como inductivos para comprender los rituales familiares (Adamsons and Crossman 2022) y la familia. La teoría de los sistemas familiares proporcionó el punto de partida para situar los rituales familiares dentro del sistema familiar y para explicar deductivamente cómo los rituales significativos influyen en los resultados y están moldeados por las dinámicas de los distintos niveles sistémicos de la familia (la familia en su conjunto, la pareja o las madres y padres, y cada persona). Además, las propiedades del sistema (p. ej., la circularidad) se utilizaron para explicar el funcionamiento del modelo. Esta teoría más amplia se complementó con contribuciones teóricas más específicas sobre los rituales familiares, en particular las de Fiese et al. (2002), Fiese (2006), Imber-Black et al. (1988) e Imber-Black (2020). Una visión de conjunto de los resultados de la investigación empírica sobre los rituales familiares contribuyó inductivamente a informar y ampliar los supuestos teóricos. Otra fuente inductiva fueron los datos informales reunidos durante un largo periodo de investigación sobre los rituales familiares, como anécdotas de la práctica clínica, historias que estudiantes y colegas compartieron sobre sus propios rituales familiares y mis propias observaciones de estos acontecimientos en distintos contextos culturales.
La definición de los rituales familiares en la que se basa este modelo es que los rituales familiares son acontecimientos familiares especiales que resultan significativos porque transmiten un significado simbólico compartido por la familia en su conjunto (Fiese 2006). Las actividades familiares, como las rutinas u otras actividades que no tienen este significado simbólico compartido, no se consideran rituales familiares. El significado de los rituales familiares varía según las personas y las familias, y los niveles más altos de significado se asocian con mejores resultados (Fiese 2006). En el contexto de este modelo, los rituales familiares se conceptualizan también desde la perspectiva de un modelo de recursos (Imber-Black et al. 1988). Los rituales son recursos universales y espontáneos que las familias mantienen, modifican y recrean a lo largo de las generaciones (Fiese 2006). Aun reconociendo que los rituales pueden ser, en circunstancias específicas, ocasiones estresantes que exacerban conflictos abiertos o encubiertos en las relaciones familiares, el foco principal se sitúa aquí en los rituales familiares como fuente de fortaleza basada en la familia. Los rituales familiares significativos se consideran recursos naturales beneficiosos que promueven la salud y el bienestar tanto de los sistemas familiares como de cada integrante.
El modelo representado en la Figura 1 comienza mostrando los pilares, las condiciones necesarias para que una familia desarrolle rituales significativos (vías A y B). Luego ilustra cómo los rituales familiares se asocian con resultados en el nivel de la familia (vía C), de la pareja y la parentalidad (vía D) y de la persona (vía E). La predicción central de este modelo es que los rituales familiares significativos están vinculados a resultados de salud y bienestar en distintos niveles del sistema familiar. En la Figura 1, estos vínculos se representan en la mitad derecha del modelo. Además, de forma circular, las características y dinámicas de los distintos niveles del sistema familiar contribuyen al desarrollo y mantenimiento de rituales familiares significativos. Las asociaciones que plantean los rituales como resultados se representan con líneas de puntos en el lado izquierdo. El modelo muestra una cadena circular de influencias que se despliega de forma simultánea y continua a lo largo del tiempo. Por ello, propongo conceptualizar el modelo como una espiral: el papel de los rituales, que a la vez predicen las características familiares y son influidos por ellas, se revisa continuamente a medida que las familias mantienen su identidad mientras cambian al avanzar en el tiempo.

No obstante, solo se presentan en detalle, por razones empíricas y teóricas, las vías representadas en el lado derecho del modelo, que corresponden a la predicción central (es decir, los rituales como antecedentes de la salud y el bienestar). La mayor parte de la investigación empírica sobre los rituales ha analizado los rituales familiares como predictores de diversos resultados para las familias, las parejas y las madres y padres, y las personas. Este enfoque concuerda con la teoría de los rituales, según la cual los rituales cumplen funciones importantes para las personas y los grupos. Desde un punto de vista sistémico, los rituales se sitúan en el nivel más amplio del sistema familiar; son rasgos que se mantienen estables en la vida familiar y son menos susceptibles de cambio que ciertas variables relacionales (p. ej., la satisfacción con la relación, el agotamiento parental) y que los resultados de adaptación individual (p. ej., los síntomas de ansiedad y depresión o la calidad de vida).
Este modelo identifica la seguridad y la identidad como los dos componentes principales que explican los rituales familiares. La seguridad puede entenderse, en sentido amplio, como una necesidad humana básica de estabilidad, previsibilidad y control sobre la propia vida. La literatura sobre los rituales ha subrayado ampliamente cómo estos acontecimientos contribuyen a un sentimiento general de seguridad (p. ej., Baele and Balzacq 2022; Myerhoff 1977; Wolin and Bennett 1984). Dado que el foco explícito de este modelo son las relaciones familiares, la conceptualización y los ejemplos propuestos se refieren principalmente a la seguridad del apego, caracterizada por modelos operativos internos positivos tanto de la propia persona como de las demás (Bowlby 1969; Mikulincer and Shaver 2016). En cuanto a la identidad, adopto la definición de identidad familiar de Scabini y Manzi (2011) como «los patrones de aquellas dimensiones que diferencian a la familia de otras identidades, constituyen su conjunto único de potencialidades y representan su verdadera naturaleza» (p. 569). La identidad familiar puede examinarse en el nivel del grupo (es decir, la identidad del sistema familiar), en el nivel conyugal y parental, ya que este subsistema tiene su propia identidad diferenciada, y en el nivel individual, es decir, el componente de la identidad que surge de pertenecer a una familia concreta (Scabini and Manzi 2011).
En el modelo, la seguridad y la identidad se consideran pilares esenciales para el desarrollo de rituales significativos (vías A y B). La seguridad y la identidad se conceptualizan también como procesos generales clave que explican cómo influyen los rituales familiares en los resultados en el nivel de la familia (vía C), de la pareja o la parentalidad (vía D) y de la persona (vía E). Propongo tres procesos específicos clave que contribuyen a explicar, respectivamente, cada una de las vías C, D y E: la cohesión, la eficacia relacional percibida y el sentido de pertenencia.
La familia puede ser una base segura cuando «se pone a disposición de todas las personas de la familia, sea cual sea su edad, una red de cuidados, de modo que todas sientan la seguridad suficiente para explorar, sabiendo que cuentan con apoyo si lo necesitan» (Byng-Hall 1995, Abstract). La idea de que la seguridad en la familia es vital para el desarrollo de los rituales familiares no es nueva (Crespo 2012; Fiese 2006; Leon and Jacobvitz 2003). Si las familias tienen creencias positivas sobre las relaciones y confían en el mundo exterior, ofrecen una base sólida para los rituales familiares (Fiese 2006). Tomando la formación de una pareja como el comienzo de una nueva familia, sugiero que en esta etapa la seguridad relacional ya debe estar presente para ofrecer un contexto fértil a la creación de rituales en una familia recién formada. La seguridad relacional se refiere principalmente a los elementos de la pareja, artífices de la familia (Satir 1964), en torno a cuya relación se configuran las demás relaciones familiares. Pero también implica a otras personas significativas de la familia extensa y a su propia red de relaciones. Al ampliar el concepto de seguridad del apego de las relaciones diádicas al sistema familiar, la familia en su conjunto puede conceptualizarse como fuente de seguridad (Byng-Hall 1995). En una familia que fomenta la seguridad, no solo existe la conciencia de que las relaciones de apego deben cuidarse, sino también la afirmación de una red de personas que confían en que se cuidarán mutuamente cuando sea necesario (Byng-Hall 1995). Esta seguridad contextual dentro de la familia es un requisito previo para que cada integrante se sienta con ganas de participar en interacciones familiares que no solo consumen tiempo y recursos, sino que también son relacionalmente densas, en el sentido de que implican una gran proximidad con otras personas de la familia en situaciones que pueden suscitar emociones intensas (Roberts 1988). Además, algunos rituales familiares, en particular los rituales del ciclo vital ligados a una pérdida, como los actos en memoria de alguien y los funerales, pueden ser ocasiones en las que se activa el sistema de apego.
De forma sistémica, según la propiedad de totalidad (es decir, el todo es distinto de la suma de las partes), más allá de la suma de las relaciones de apego diádicas dentro de la familia, es importante que la familia en su conjunto sea a la vez una base segura y un refugio seguro en el que sus integrantes puedan vivir juntos estas situaciones de gran carga emocional. Esta proposición concreta solo se ha puesto a prueba parcialmente, ya que los estudios se han centrado sobre todo en vincular las dimensiones individuales del apego con los rituales familiares significativos. En uno de los pocos estudios prospectivos sobre los predictores de los rituales familiares, Leon y Jacobvitz (2003) sugirieron que la flexibilidad de pensamiento y la capacidad de regular las emociones intensas, que caracterizan a las personas adultas con apego seguro, son importantes para llevar a cabo rituales significativos y regulares. Observaron que el apego inseguro en mujeres antes del nacimiento de su primer hijo o hija se asociaba con una mayor rutinización de los rituales, interpretada en el estudio como un indicador de rigidez; otro resultado fue que las parejas en las que un miembro tenía un apego inseguro y el otro un apego seguro declaraban un menor significado de los rituales familiares, lo que se atribuyó como hipótesis a que esas parejas restaban importancia a los rituales para evitar conflictos.
Se ha encontrado un vínculo entre la dimensión evitativa del apego y un menor significado de los rituales familiares, de forma transversal, en mujeres de parejas casadas de población general (Crespo et al. 2008) y en el contexto adverso de parejas con una criatura enferma de cáncer (Santos et al. 2016). Las personas con niveles más altos de evitación del apego tienden a tener una orientación menos positiva hacia las interacciones que implican estar juntos y cercanía, así como una visión menos favorable de su pareja y de la relación (Mikulincer and Shaver 2016), lo que puede explicar que estén menos motivadas para invertir en los rituales familiares (Crespo et al. 2008). Otra prueba de la importancia de la seguridad dentro de la familia para la realización de rituales significativos procede de los testimonios de madres y padres que habían estado recientemente sin hogar (Mayberry et al. 2014). Estas familias, que en el momento del estudio vivían con su descendencia en alojamientos temporales, como albergues y programas de vivienda de transición, describieron las dificultades que encontraban para mantener rutinas y rituales en esas circunstancias. Las normas institucionales sobre la comida y las comidas, la falta de intimidad, la vigilancia y un entorno caótico socavaban la autoridad parental y dificultaban que pudieran preservar sus rutinas y rituales con la infancia a su cargo. Las familias que viven en contextos inseguros pueden tener dificultades para ofrecer seguridad a su descendencia (Berástegui and Pitillas 2024). Sugiero que una de las formas en que se rompe esta cadena de seguridad es la perturbación de los acontecimientos que estructuran la vida familiar, como los rituales familiares. La seguridad dentro de la familia, requisito previo de los rituales significativos, también está sujeta a cambios. Desempeña un papel vital en el establecimiento temprano de los rituales en la vida familiar y se revisa a lo largo de todo el recorrido de la familia en el tiempo. Las alteraciones importantes del sentimiento de seguridad (por ejemplo, debidas a acontecimientos negativos inesperados, como la migración, las dificultades económicas o la enfermedad) pueden modificar el significado de los rituales.
La intencionalidad identitaria de la familia es la combinación de la conciencia que tiene la familia de su identidad como grupo y de su implicación en acciones deliberadas para preservarla. Bossard y Boll (1949), figuras pioneras, afirmaron que «el orgullo familiar crea rituales, y los rituales crean orgullo familiar» (p. 468). Cuando las personas de una familia disfrutan recordando historias familiares y valoran las características específicas que las definen como grupo, se sienten orgullosas de pertenecer a él y están muy motivadas para participar en rituales que reflejan y refuerzan a la vez esas valoraciones positivas. Los rituales suelen representar el rostro de la familia, ya que las familias tienden a reinventar rituales comunes y a realizarlos a su manera (p. ej., una familia bicultural en la que niñas y niños reciben regalos de Papá Noel tanto la noche del 24 como la mañana del 25 de diciembre para honrar las tradiciones navideñas de ambos países) y crean rituales específicos para marcar su singularidad (p. ej., el chocolate caliente de la abuela, una reunión anual de invierno instaurada por una familia con una fuerte matriarca). Los rituales transmiten un sentimiento de «así somos» (Fiese 2006, 11), y reafirman la identidad familiar tanto para quienes pertenecen a la familia como para las personas ajenas que se suman a ella en las ocasiones rituales.
Sugiero que, para que se desarrollen rituales familiares significativos, las familias deben tener conciencia de su identidad como grupo y emprender acciones deliberadas para perpetuar esa identidad en el tiempo; es decir, deben ser proactivas y estar comprometidas con la preservación de su identidad familiar. La identidad de la familia como grupo se forja a lo largo del tiempo, a menudo a través de varias generaciones. La terapia familiar reconoce esta influencia multigeneracional y atestigua la importancia de observar el funcionamiento familiar a lo largo de al menos tres generaciones (Andolfi 2015). Las familias que honran el pasado de manera afirmativa y generativa tienen más probabilidades de crear rituales significativos impregnados de afecto positivo (Fiese 2006). Como los rituales almacenan y transmiten la identidad (Wolin and Bennett 1984), funcionan, en un bucle de retroalimentación, como un poderoso mecanismo para que las familias mantengan su identidad y su paradigma, es decir, sus maneras únicas de interactuar con el mundo exterior (Reiss 1982). Si, por el contrario, la historia familiar se recuerda con afecto negativo o se le concede poca importancia, las familias pueden desarrollar rituales rígidos y perjudiciales o tender a descuidar estos acontecimientos, lo que conduce a una vida familiar infrarritualizada (Roberts 1988). Aunque esto último no es necesariamente perjudicial para las familias, es posible que las que no se reúnen para acontecimientos religiosos o culturales especiales, o no celebran deliberadamente los hitos individuales (p. ej., cumpleaños, graduaciones), estén renunciando a los beneficios que se sabe que los rituales favorecen (Roberts 1988).
Los vínculos entre la identidad familiar y los rituales significativos no son lineales. Como subrayaron Zentner y Renaud (2007), la formación de la identidad familiar implica tres componentes: lo que las madres y los padres se proponen transmitir a la generación siguiente, la medida en que hijas e hijos reciben los mensajes parentales previstos y la elaboración individual, es decir, cómo aceptan e integran los patrones de su familia de origen. Para ilustrar las posibilidades no lineales de asociación entre identidad familiar y rituales significativos, recurro a las propiedades sistémicas de la multifinalidad (condiciones iniciales similares que conducen a resultados diferentes) y la equifinalidad (condiciones iniciales diferentes que conducen al mismo resultado). En cuanto a la multifinalidad, es posible que dos integrantes de una misma fratría, que crecieron en una familia que daba gran importancia a su identidad y tenía un alto nivel de ritualización, hayan vivido ese contexto de manera diferente: una persona estuvo muy implicada en las ocasiones rituales, obtuvo gran satisfacción de estos acontecimientos y decidió deliberadamente continuar esa tradición al formar una nueva familia; la otra, con la sensación de que los rituales se observaban con rigidez y exigían un esfuerzo considerable, que a menudo recaía sobre todo en las mujeres de la familia, puede haber optado por menos rituales, o por rituales menos estructurados, en su vida familiar adulta.
En cuanto a la equifinalidad, es posible que tanto una persona procedente de una familia muy ritualizada como otra procedente de una familia infrarritualizada decidan desarrollar rituales significativos en su vida adulta. Es el caso de una mujer a la que entrevisté para un estudio (Crespo 2007) que, tras haber presenciado las dificultades relacionales y la erosión de los momentos de alegría en su familia de origen, decidió conscientemente desde muy pronto hacer las cosas de otra manera en su futura familia, y dedicó mucho esfuerzo y creatividad a elaborar rituales familiares con su marido y sus tres criaturas. Estos ejemplos muestran que la identidad familiar, por sí sola, no garantiza el desarrollo de rituales. Debe haber, en cambio, una intención clara (total o parcialmente consciente) de dar continuidad a esa identidad. Bennett et al. (1988) identificaron esto como intencionalidad en su estudio sobre niñas y niños criados en familias afectadas por el alcoholismo: cuando las familias planificaban y llevaban a cabo deliberadamente rituales, era menos probable que la infancia presentara problemas conductuales o emocionales. En las familias muy comprometidas con los rituales, estos acontecimientos se planifican conscientemente y se transmiten a la generación siguiente (Wolin and Bennett 1984).
Por último, del mismo modo que la identidad sin intencionalidad es insuficiente, la intencionalidad sin una identidad de grupo puede no dar lugar a rituales significativos. Una reflexión perspicaz de Shelkey (2024) ilumina este punto. Actualmente, quienes ejercen de influencers en las redes sociales y publican contenidos sobre la vida familiar presentan a menudo los rituales familiares de forma idealizada y sugieren trucos para alcanzar estándares poco realistas en ocasiones como los cumpleaños, las comidas o la Navidad. Curiosamente, algunos de estos mensajes dan a entender que los rituales familiares pueden estar «a prueba de familia», como la promesa de una Navidad tranquila lejos de la familia extensa o un cumpleaños en el que todo lo organizan profesionales a sueldo. Aunque algunas de estas ideas pueden ser útiles para las familias, los rituales deben ser propios de la familia y reflejar sus características esenciales y singulares. De lo contrario, las «recetas de rituales familiares» prefabricadas pueden conducir a rituales huecos (van der Hart 1983) que, desprovistos de un significado compartido y singular, no pueden aportar los beneficios que se sabe que los rituales aportan a las familias.
Cuando las fortalezas familiares se construyen deliberadamente en el sistema familiar, generan crecimiento para la unidad familiar en su conjunto (Sheridan et al. 2004). Los rituales significativos se consideran una de esas fortalezas, y la vía C del presente modelo aborda los procesos mediante los cuales estos acontecimientos aportan beneficios a las familias. Aunque hay pruebas de que las intervenciones que fomentan los rituales familiares pueden aumentar la felicidad familiar (Waters 2020) y mejorar la comunicación familiar, lo que favorece indirectamente la salud, la felicidad y la armonía familiares (Ho et al. 2018), se sabe poco sobre los mecanismos que explican estas relaciones. Comienzo abordando el papel de los procesos generales de seguridad e identidad antes de presentar la cohesión familiar como un proceso específico que aclara cómo la participación en rituales significativos puede mejorar los resultados familiares.
Desde hace tiempo se reconoce que los rituales contribuyen a reducir la ansiedad tanto individual como colectiva (p. ej., Hobson et al. 2018; Myerhoff 1977). En concreto, los rituales familiares ayudan a aliviar la incertidumbre y las dificultades que se encuentran fuera de la familia y reducen el estrés inherente a los cambios dentro de ella (Fiese 2006; Wolin and Bennett 1984). Las actividades de ocio, como los fines de semana, las vacaciones y las reuniones familiares, pueden servir de «válvulas de seguridad» (Wolin and Bennett 1984, 7), oportunidades para que las personas de la familia estén a gusto juntas sin las presiones del trabajo y de los horarios cotidianos. Cuando el clima emocional de la familia es positivo y de apoyo, el tiempo dedicado a la familia durante estos acontecimientos favorece conversaciones en las que pueden abordarse temas delicados, lo que contribuye a la certeza de que la familia es un lugar seguro (Fiese 2006). En el caso de los rituales que marcan los cambios del ciclo vital, estos acontecimientos promueven también la seguridad al ofrecer una fórmula predeterminada para contener la descarga de afectos (tanto positivos como negativos), preservando así la estabilidad familiar (Roberts 1988; Wolin and Bennett 1984). Los rituales familiares se consideran «un ancla para la familia» (Wolin and Bennett 1984, 8), que arraiga al grupo en el aquí y ahora y, al mismo tiempo, favorece un sentimiento de continuidad y constancia al unir el pasado, el presente y el futuro de las familias. Con el tiempo, la previsibilidad sistemática de los rituales permite a las familias construir seguridad relacional. Cuando las personas de la familia tienen en general expectativas positivas sobre ella, los rituales ofrecen un mecanismo importante para confirmar y reforzar esas expectativas, lo que favorece una percepción compartida de la familia como un contexto de pertenencia seguro y fiable (Crespo 2012).
Los estudios sobre familias de pacientes con enfermedades crónicas ofrecen datos especialmente valiosos sobre el papel de los rituales familiares, ya que los problemas de salud pueden suscitar ansiedad en la familia y amenazar a la familia como base segura. Una revisión constató que las familias se apoyaban en los rituales para lograr una sensación de normalidad y brindarse apoyo emocional en medio de la adversidad (Crespo et al. 2013). Participar en rituales como las comidas familiares, las celebraciones de cumpleaños y las fiestas navideñas se consideraba una manera de mantener una sensación de normalidad, de seguir siendo una familia como cualquier otra y como antes de la aparición de un problema de salud en uno de sus integrantes. En un estudio específico sobre familias en las que una persona adulta tenía cáncer (Buchbinder et al. 2009), tanto los rituales antiguos como los nuevos se consideraban vitales para el apoyo mutuo (p. ej., un saco de boxeo de lona con la frase odio el cáncer de mama escrita encima, que niñas y niños utilizaban para expresar sus sentimientos) y para marcar hitos importantes del recorrido del cáncer (p. ej., una mujer que había completado la mitad de su tratamiento de quimioterapia celebró este hito con su familia con media tarta). En suma, la observancia de los rituales a lo largo del tiempo impregna a las familias de seguridad al reforzar su papel como base segura y refugio seguro: las personas de la familia pueden explorar con libertad otros ámbitos de su vida sabiendo que siempre habrá ocasiones especiales para reencontrarse y sentirse apoyadas cuando lo necesiten.
Una de las maneras más eficaces que tienen las familias de celebrar y perpetuar los rasgos singulares que definen su identidad y su sentimiento de ser familia son los rituales. Estos ofrecen un medio de clarificar roles, reglas y límites tanto dentro de la familia como en relación con el mundo exterior, de modo que cada integrante entienda que «así es nuestra familia» (Wolin and Bennett 1984, 1). Ya se trate del bautizo de un niño o una niña, del bar mitzvá o de la quinceañera (la celebración de los 15 años de una adolescente en América Latina) o de una reunión de la familia extensa que solo ocurre una vez en la vida, las familias viven estos momentos de una manera particular; esta forma deliberada de hacer las cosas transmite un mensaje sobre la identidad familiar y, cada vez que se realiza el ritual, esa identidad se refuerza. Por ejemplo, una pareja septuagenaria me describió durante una entrevista de investigación (Crespo 2007) la celebración de sus bodas de oro, que incluyó un mensaje que habían preparado para su descendencia, titulado hay tanto en nosotros que merece eternizarse. Este ejemplo revela cómo la identidad de la familia se pone de manifiesto durante los rituales y cómo estos acontecimientos consolidan el compromiso con ese grupo concreto de personas (Watson-Jones and Legare 2016). Cuando los rituales se interrumpen por cambios repentinos dentro de la familia (p. ej., una muerte, una mudanza) o fuera de ella (p. ej., la guerra, la migración), o se desequilibran, es decir, cuando se destaca un lado o una faceta de la familia en detrimento de otros, las personas de la familia pueden sentir que su identidad familiar no es reconocida ni honrada (Roberts 1988). Los resultados de estudios basados en entrevistas con integrantes de familias reconstituidas (Braithwaite et al. 1998) y monoparentales (Moriarty and Wagner 2004) han mostrado que los rituales son importantes, respectivamente, para honrar tanto la antigua como la nueva estructura familiar y para facilitar la cohesión e inculcar los valores familiares.
Cabe esperar asimismo que la identidad familiar esté fuertemente asociada a la afiliación al grupo. Según la teoría de la identidad social (Tajfel and Turner 1979), una identidad de grupo fuerte está vinculada a la conexión entre sus integrantes. Estar en conexión es esencial para que la familia funcione bien como grupo y ofrezca un entorno de apoyo a quienes la componen. Así, un proceso más específico que explica la relevancia de los rituales familiares es la cohesión, el vínculo emocional que comparten las personas de la familia (Olson et al. 1982). Los intercambios emocionales, cognitivos y conductuales que promueven los rituales permiten el desarrollo de un sentimiento de pertenencia en la familia, base de un grupo cohesionado (p. ej., Baele and Balzacq 2022; Watson-Jones and Legare 2016). Además, el vínculo entre rituales significativos y cohesión familiar puede explicarse mediante la teoría de Kelley et al. (2002), según la cual las relaciones se basan principalmente en las interacciones entre las personas. Las interacciones que tienen lugar durante los rituales son frecuentes, significativas y suelen prolongarse durante largos periodos, rasgos que contribuyen a una mayor interdependencia y cercanía entre las personas de la familia.
La investigación con el Family Ritual Questionnaire (Fiese and Kline 1993) ha demostrado que el significado de los rituales familiares se asocia con la cohesión familiar tanto longitudinalmente, es decir, cuando madres y padres declaraban niveles más altos de significado de los rituales, tanto la generación parental como la adolescente experimentaban cohesión familiar un año después (Crespo et al. 2011), como transversalmente en la infancia y la adolescencia con cáncer y en sus familias (Santos et al. 2015), en jóvenes con asma (Santos et al. 2012) y en estudiantado universitario (p. ej., Fiese and Kline 1993; Yang and Wang 2023). Aunque los estudios hasta la fecha han puesto a prueba sobre todo cómo funciona la cohesión como proceso (en los casos mencionados, como mediador) que explica la relación entre el significado de los rituales familiares y los resultados individuales de las personas de la familia, es plausible que esta lógica opere de forma similar para los resultados en el nivel familiar, dado que la cohesión es un rasgo clave del funcionamiento familiar. Conviene advertir contra las interpretaciones lineales de causa-efecto sobre cómo funcionan los rituales en las familias, sobre todo porque la causalidad puede ser esquiva, especialmente cuando se analizan variables en el nivel de la familia en su conjunto (Fiese 2006). Como sugirieron Fiese et al. (2002), y como se observó en uno de los escasos estudios longitudinales sobre este tema, el significado de los rituales familiares y la cohesión mostraron vínculos bidireccionales en una muestra de madres y padres de adolescentes (Crespo et al. 2011). Este resultado no contradice la idea de que los rituales promueven la cohesión y de que la cohesión es un proceso clave para explicar sus beneficios para las familias; al contrario, contribuye a una comprensión más matizada de los fenómenos de nivel familiar al integrar la conceptualización y la puesta a prueba de vínculos temporales bidireccionales entre variables relevantes.
La pareja o las figuras parentales están en el centro de la vida familiar. Mientras que en algunas familias estos subsistemas están formados por las mismas personas, en otras puede haber una pareja sin descendencia o un equipo parental, es decir, una coparentalidad, sin relación sentimental. En cuanto a las variables de pareja, el significado de los rituales familiares se ha relacionado con la satisfacción conyugal en madres y padres de niñas y niños en edad preescolar (Fiese et al. 1993) y con la satisfacción y la cercanía conyugales en las mujeres, pero no en los hombres, en una muestra de parejas a lo largo del ciclo vital (Crespo et al. 2008). Curiosamente, otro tipo de ritual, denominado ritual de pareja o ritual relacional, se ha vinculado a una mayor satisfacción con la relación (p. ej., Pearson et al. 2010). Aunque el análisis de estos rituales excede el alcance de este trabajo, pone de relieve la importancia de los rituales dentro de las familias para subsistemas específicos, como las parejas, las díadas parentofiliales o incluso la fratría, a la hora de fomentar las relaciones.
En cuanto a los resultados parentales, cuando madres y padres declaraban niveles más altos de significado de los rituales familiares, también declaraban niveles más bajos de agotamiento parental en una muestra de población general (Lisboa-Lima et al. 2025) y una mayor satisfacción y eficacia parentales en una muestra de familias con hijos o hijas con epilepsia (Mendes et al. 2018). Se ha observado que los rituales de la cena son protectores en las familias de clase trabajadora, ya que amortiguan los efectos del estrés parental en los problemas de la infancia (principalmente el estrés paterno y los síntomas internalizantes de las hijas; Yoon et al. 2015). Desde la perspectiva adolescente, cuando quienes participaban declaraban una mayor participación en los rituales familiares, también percibían a sus madres y padres con más disposición a apoyarles (Li et al. 2024). En conjunto, estos resultados respaldan el supuesto de que los rituales familiares significativos contribuyen a mejores resultados para las parejas y para la parentalidad. Propongo ahora cómo la seguridad y la identidad, en general, y la eficacia relacional percibida, en particular, pueden explicar la importancia de los rituales significativos para estos dos subsistemas.
Los rituales significativos son ocasiones que ponen el acento en la cercanía y el estar juntos. Si ambas personas de una pareja están de acuerdo en cómo deben desarrollarse los rituales y obtienen satisfacción de estos acontecimientos, es probable que su relación florezca (Crespo 2012). Una razón podría ser que las visiones positivas de sí mismas, de su pareja y de su relación se refuerzan cada vez que se celebra un ritual. Cuando son significativos y positivos, los rituales pueden considerarse experiencias que sostienen y fomentan la seguridad del apego. Aunque los estudios realizados hasta la fecha han puesto a prueba principalmente el apego en la relación como predictor del significado de los rituales familiares (vía A), es plausible que, con el tiempo, los propios rituales promuevan también la seguridad del apego (Crespo 2012). Un estudio que evaluó el apego romántico de personas jóvenes adultas encontró que un mayor significado de los rituales en la familia de origen se asociaba con niveles más bajos de ansiedad en el apego romántico, incluso tras controlar el apego de sus madres y padres (Homer et al. 2007). Estos resultados sugieren que crecer en familias con rituales significativos puede preparar a la juventud para desarrollar futuras relaciones de pareja más seguras (menos ansiosas).
Además, un estudio con parejas de novios encontró que participar en los rituales familiares de la otra persona ofrecía un modelo de la futura vida ritual con esa pareja y su familia (Maniotes et al. 2020). La participación en estos rituales y la manera en que los miembros de la pareja los comentaban y se implicaban en ellos tenían un efecto de resonancia en la relación. En esas ocasiones, ciertos rasgos de la relación se acentuaban y se convertían en herramientas diagnósticas que generaban más o menos certeza sobre el futuro de esa relación en las parejas de novios (Maniotes et al. 2020). Cuando las dos personas están en sintonía y ambas obtienen alegría y sentido de los rituales familiares, el compromiso mutuo y con la relación puede reforzarse. Los rituales pueden ser también ocasiones para que las parejas, sobre todo las jóvenes, se sientan apoyadas tanto por sus familias de origen como por la familia extensa. Este apoyo crea un contexto favorable para que su propia relación se desarrolle ya que, sistémicamente, la seguridad genera seguridad (Berástegui and Pitillas 2024). Del mismo modo, las interacciones positivas de toda la familia durante los rituales pueden contribuir a la capacidad de madres y padres para fomentar la seguridad de sus hijas e hijos, al saber que cuentan con el apoyo del sistema familiar más amplio. La referencia implícita, y a menudo explícita, a la historia de la familia y a las generaciones anteriores durante las reuniones de la familia extensa (p. ej., la Navidad o ceremonias del ciclo vital como bodas y funerales) contribuye a ese sentimiento de pertenencia a un grupo y afirma que la pareja o la díada parental no está sola. Otro ejemplo se encuentra en el ritual indio de nacimiento llamado chhati, una ceremonia en la que se da al bebé un baño especial y ritualizado poco después de nacer (Legare and Nielsen 2020). Practicado en las familias hindúes, este ritual no solo cumple la función de dar la bienvenida a los bebés en sus familias y comunidades, sino también la de reducir la ansiedad parental y aumentar la sensación de control sobre la salud de la criatura. Del mismo modo, en algunas regiones africanas es costumbre que la abuela o una mujer mayor de la familia dé al bebé su primer baño, lo que simboliza que el bebé y su familia parental pueden contar con el apoyo de la comunidad. Las interacciones pautadas, como las comidas o la hora de acostar a la infancia, pueden ser especialmente importantes para que madres y padres experimenten un sentimiento de vida familiar, lo que puede reducir las inseguridades respecto a su rol parental.
La identidad de la pareja (quiénes somos como pareja) y de los subsistemas parentales (quiénes somos como madre y padre, o como figuras parentales) se moldea a través de los acontecimientos rituales de toda la familia. La manera en que las parejas o las figuras parentales interactúan durante estos acontecimientos y los roles que asumen probablemente influyen en cómo se valoran a sí mismas como pareja, como figuras parentales y como unidad dentro de la familia. Una pareja de cuarenta y tantos años a la que entrevisté para una investigación (Crespo 2007) describió cómo su implicación en los rituales familiares difería de la de otras personas de la familia. A diferencia de sus hermanos, hermanas y familias políticas, en las que las mujeres solían asumir la mayor parte de las tareas domésticas necesarias para los rituales, era el hombre quien se encargaba de cocinar para la familia extensa en los cumpleaños y en Navidad. Su forma contrastada de repartir las responsabilidades rituales, a menudo objeto de bromas familiares, desafiaba el statu quo de su generación en cuanto a la división de género del trabajo doméstico y los afirmaba como una pareja progresista e igualitaria, algo que les enorgullecía. Un ejemplo contrapuesto en este estudio procedía de una pareja recién casada en la que la mujer era católica y el marido ateo (Crespo 2007). Durante las celebraciones de Pascua en la casa de la familia de ella, el hombre se sentía cada vez más incómodo con los ritos religiosos específicos que observaba la familia y se negó a participar en algunos de ellos; la mujer, profundamente entristecida, no lograba entender por qué su marido no hacía el esfuerzo de implicarse en las tradiciones de su familia. Este incidente causó un malestar considerable a la pareja, que expresó incertidumbre sobre su identidad como pareja y preocupación por cómo sería su relación una vez que tuvieran descendencia. Esta anécdota ilustra el resultado de Fiese y Tomcho (2001) según el cual la satisfacción conyugal de las esposas estaba influida por la participación de sus maridos en los rituales de las fiestas religiosas. Pueden encontrarse experiencias similares en otros relatos de reuniones familiares en los que madres o padres son objeto de críticas o de desautorización en su rol parental por otras personas de la familia. Tras situaciones como estas, las parejas pueden sentirse desconectadas del sistema familiar e inseguras sobre su identidad, tanto como pareja como en su papel parental.
En cuanto al mecanismo específico de esta vía, sugiero que la eficacia relacional percibida, es decir, el grado de competencia que las personas sienten en sus roles familiares, puede aclarar cómo los rituales familiares significativos favorecen mejores resultados para la parentalidad y para las parejas. La teoría de la autodeterminación postula que la competencia, junto con la autonomía y la vinculación, es una necesidad humana que, cuando se satisface, permite el crecimiento y el desarrollo (Ryan and Deci 2017). El concepto específico de eficacia relacional fue propuesto por primera vez por Fiese (2006), que sostuvo que los rituales se asocian con sentimientos de competencia y autoeficacia. En línea con la propuesta de Bandura (1978), las personas construyen un fuerte sentimiento de eficacia mediante experiencias de dominio, que aportan pruebas de que tienen lo necesario para tener éxito en un área o rol específico. Es el caso del rol parental: Spagnola y Fiese (2006) sugieren que los rituales familiares pueden favorecer una mejor parentalidad. La lógica subyacente es que la estructura previsible que ofrecen los rituales orienta el comportamiento y garantiza un clima emocional que favorece el desarrollo socioemocional, académico y lingüístico de la infancia (Spagnola and Fiese 2007). Cuando las figuras parentales se sienten competentes para organizar los acontecimientos familiares y participar en ellos, pueden estar mejor preparadas para las tareas de supervisar a sus hijas e hijos y ayudarles a implicarse en actividades saludables (Spagnola and Fiese 2007). Las interacciones fiables y afectuosas que se producen durante los acontecimientos rituales crean un entorno de apoyo que facilita las tareas parentales. Esta proposición se apoya al menos en dos estudios empíricos que vinculan el significado de los rituales familiares con la calidad de vida (Lisboa-Lima et al. 2025; Mendes et al. 2018) y con un menor malestar psicológico (Mendes et al. 2018), a través, respectivamente, de un menor agotamiento parental y de una mayor satisfacción y eficacia parentales.
Aunque la eficacia relacional percibida se ha conceptualizado y puesto a prueba sobre todo en relación con la forma en que las personas se perciben como figuras parentales competentes, es razonable esperar que este mecanismo se aplique también a la manera en que las parejas se perciben como un equipo capaz y valioso. Esta idea se ve respaldada por las historias contrapuestas de dos parejas. La primera, sin descendencia, me describió cómo había asumido un papel central en la familia al estar disponible para apoyar a la generación mayor, a la fratría y a sus sobrinas y sobrinos, y al tomar la iniciativa en la organización de los rituales familiares (p. ej., reuniones familiares, como los cumpleaños, y la visita al padre de uno de ellos en el primer aniversario del fallecimiento de su madrastra). Este papel de custodia de los vínculos familiares (kinkeeper) descrito en la literatura, y atribuido habitualmente a las mujeres de la generación intermedia (Leach and Braithwaite 1996), lo asumía en este caso la pareja. La capacidad conjunta de apoyar a la familia y de tomar la iniciativa en los rituales familiares era percibida por la pareja como una de las fortalezas de su relación. En cambio, la segunda pareja me contó en una entrevista de investigación (Crespo 2007) cómo recibir reuniones en casa desembocaba a menudo en críticas mutuas y conflictos de pareja: la mujer se sentía desbordada, pero rechazaba la ayuda del marido, alegando que él no sabía cocinar bien ni elegir la vajilla adecuada. Como indicadores de lo bien que lo estamos haciendo como equipo, los rituales familiares pueden, por tanto, afirmar o socavar el sentimiento de competencia de las parejas y de la coparentalidad, según cómo se vivan estas ocasiones: como un logro o como una decepción.
El grueso de la investigación sobre los beneficios de los rituales familiares se ha centrado en los vínculos entre el significado de estos acontecimientos y los resultados individuales de salud y bienestar. Las pruebas están hoy bien asentadas: los estudios han encontrado, por ejemplo, que niveles más altos de significado de los rituales se asocian con una mejor calidad de vida infantil tanto en condiciones normativas como en enfermedades pediátricas (cáncer, Santos et al. 2018; asma, Santos et al. 2012), con niveles más altos de esperanza en la infancia con cáncer (Santos et al. 2018) y con niveles más bajos de ansiedad y de problemas emocionales y conductuales en la infancia con asma (Markson and Fiese 2000; Santos et al. 2012). También hay pruebas en la adolescencia: mayor bienestar (Crespo et al. 2011), sentido de la vida y calidad de las amistades (Li et al. 2024), conexión social y menos síntomas depresivos y de ansiedad (Malaquias et al. 2015); en la juventud adulta, menor ansiedad de apego (Homer et al. 2007) y mejor calidad de vida (Fonseca et al. 2024); y en la edad adulta, niveles más bajos de ansiedad (Fiese and Kline 1993) y calidad de vida tanto en contextos normativos (Lisboa-Lima et al. 2025) como en personas adultas a cargo de un hijo o una hija con una enfermedad crónica como la epilepsia (Mendes et al. 2018) o el cáncer (Santos et al. 2018). La investigación ha identificado vínculos tanto directos como indirectos entre el significado de los rituales familiares y los resultados individuales positivos, y los vínculos indirectos suelen operacionalizarse a través de variables del nivel familiar o parental. Esto refuerza la idea de que el papel de los rituales para las personas se explica por la contribución de estos acontecimientos a familias más cohesionadas y que brindan más apoyo. El vínculo entre los rituales familiares y la salud y el bienestar individuales puede comprenderse mejor a través del énfasis del modelo en los procesos de seguridad e identidad en general, y en el sentido de pertenencia en particular.
Niñas y niños desarrollan un sentimiento de seguridad a través de su conexión e identificación con quienes les cuidan (McGoldrick et al. 2011). Los rituales familiares son ocasiones privilegiadas para que las personas de la familia se conecten entre sí, lo que permite a la infancia experimentar lo que significa pertenecer a una familia concreta. De estas interacciones familiares puede derivarse un sentimiento de seguridad: si son positivas y significativas, niñas y niños pueden sentir que pertenecen a un contexto en el que las personas se nutren y se cuidan mutuamente, como muestran los vínculos entre el significado de los rituales familiares y los niveles más bajos de ansiedad en la infancia con asma (Markson and Fiese 2000) y, de forma indirecta, a través de una mejor conexión social, en adolescentes de una muestra de población general (Malaquias et al. 2015). Aunque este sentimiento de seguridad es importante para el desarrollo de la infancia y la adolescencia en general, puede serlo especialmente cuando tienen un problema de salud y dependen de otras personas de la familia, normalmente madres y padres, que asumen tareas de cuidado relacionadas con la salud.
Los acontecimientos de toda la familia, como las celebraciones y las tradiciones, pueden contribuir a establecer la familia como un contexto seguro; sin embargo, es en las interacciones pautadas donde las figuras parentales asumen un papel más central. Cuando madres y padres cooperan como equipo para llevar a cabo rituales familiares significativos, esto también puede ser una experiencia de seguridad para la infancia. Sugiero que los rituales familiares pueden contribuir a la positividad interparental (es decir, a las interacciones relacionales positivas entre las figuras parentales), asociada al crecimiento y desarrollo de la infancia a corto y largo plazo (Don et al. 2024). Dado que las experiencias de seguridad durante la infancia influyen en la seguridad relacional en etapas posteriores de la vida, es posible que los beneficios de pertenecer a una familia muy apegada a sus rituales persistan en la edad adulta. Aunque, que yo sepa, no hay estudios longitudinales que aborden específicamente esta hipótesis, un estudio de Homer (p. ej., 2007) encontró que la juventud adulta que declaraba un mayor significado de los rituales en su familia de origen también declaraba niveles más bajos de ansiedad de apego. Del mismo modo, en una muestra de estudiantado universitario de grado, Fiese y Kline (1993) encontraron que quienes declaraban un mayor significado de los rituales familiares obtenían también puntuaciones más bajas en ansiedad general. Los estudios realizados en contextos de mayor adversidad aportan datos especialmente valiosos sobre cómo los rituales fomentan la seguridad. Por ejemplo, en madres de niñas y niños con cáncer, el vínculo entre la carga económica y la ansiedad quedaba amortiguado por el significado de los rituales familiares (Santos et al. 2016). Esto respalda la idea, ya antigua, de que los rituales pueden actuar como factores de protección para las personas en momentos de estrés.
Hay un componente de la identidad individual que procede de formar parte de un grupo familiar concreto (Scabini and Manzi 2011). En las familias cohesionadas, se espera que sus integrantes acepten las idiosincrasias de cada cual y celebren la singularidad de cada persona (Fiese 2006). Los rituales específicos que reconocen hitos individuales, como los cumpleaños, las graduaciones o el Día de la Madre y el Día del Padre, pueden brindar ocasiones para que una persona se sienta celebrada por su familia. Estos rituales pueden hacer que las personas se sientan reconocidas como personas valiosas de la familia, con características únicas. La identidad familiar transmitida a través de los rituales ofrece un espejo en el que cada integrante de la familia puede verse reflejado, ya sea por identificación o por contraste (me encanta cantar, como a casi toda mi familia, o soy quien detesta cantar en una familia de cantantes).
Los resultados de la investigación sugieren que los rituales contribuyen al temprano sentido del yo en la infancia. Un estudio de Klavir y Leiser (2002) encontró que muchas niñas y niños de 4 años creían que las fiestas de cumpleaños hacían crecer realmente. Los rituales también pueden facilitar las transiciones relacionadas con la identidad de un integrante de la familia, tanto para esa persona como para toda la familia. En un estudio que describe intervenciones terapéuticas con personas jóvenes trans, de género diverso y no binarias, Keeley (2022) mostró que la creación de nuevos rituales familiares, como un ritual de cambio de nombre para la persona joven, aliviaba la ansiedad y ayudaba a la familia a avanzar en el proceso de cambio de identidad vivido por su integrante.
Una de las vías posibles para satisfacer la necesidad humana clave de vinculación (Ryan and Deci 2017) es el desarrollo de un sentimiento de pertenencia a un grupo. Otra manera específica en que los rituales familiares significativos sirven como recursos importantes para el crecimiento y el desarrollo individuales es el fomento de un sentimiento de pertenencia a la familia. Los rituales familiares, desde el nacimiento, indican a niñas y niños que forman parte de un grupo propio, primero mediante la observación y después mediante un aumento gradual de la participación activa a medida que desarrollan la capacidad de hacerlo (Erikson 1977). Se sabe que los rituales promueven la afiliación al grupo (p. ej., Hobson et al. 2018). Por ejemplo, niñas y niños de entre 4 y 11 años que participaron en un ritual mostraron una mayor afiliación a su grupo que quienes solo realizaron actividades de grupo (Wen et al. 2016). Los estudios sobre jóvenes en acogimiento familiar contribuyen a respaldar la idea de que los rituales refuerzan el sentimiento de pertenencia (Ie et al. 2022; Larsson et al. 2025). Por ejemplo, la infancia en familias de acogida o aquella cuya custodia había sido transferida (Larsson et al. 2025) identificó las fiestas, como la Navidad y los cumpleaños, además de las interacciones cotidianas, como ocasiones que influían en su sentimiento de pertenencia. El estudiantado universitario declaraba sentir el sentimiento más fuerte de pertenencia familiar en los días especiales que incluían ocasiones rituales, como bodas, graduaciones, compromisos, cumpleaños y fiestas religiosas (Aslantürk and Mavili 2020). Otro estudio (Hanke et al. 2016) encontró que las personas adultas LGBT que declaraban un mayor significado de los rituales en su familia de origen también sentían que tanto ellas como sus parejas estaban incluidas en esos acontecimientos rituales. Mostraban un menor sentimiento de obligación de participar en ellos; estas valoraciones positivas se asociaban con la vinculación con su familia y con el florecimiento, un indicador de la prosperidad psicosocial. Los rituales significativos que incluyen a las personas de la familia, a las parejas que han elegido y a sus familias promueven un sentimiento de conexión que influye en el bienestar. En suma, formar parte de una familia que acepta y apoya responde a la necesidad humana de pertenecer y conectar, lo que la convierte en un recurso poderoso para las personas.
Una competencia clave para las familias a medida que atraviesan las distintas etapas del ciclo vital familiar es la flexibilidad (McGoldrick et al. 2011). Este principio se aplica también a los rituales familiares, y la bibliografía fundacional subraya de forma unánime la importancia de la flexibilidad de una familia para adaptar sus rituales (Fiese 2006; Roberts 1988). El cambio es inevitable para las familias, ya se deba a acontecimientos del ciclo vital (nacimientos, muertes e hitos del desarrollo de sus integrantes, así como incorporaciones y salidas por uniones, matrimonios y divorcios) o a cambios inesperados como el diagnóstico de una enfermedad crónica, el desempleo, la migración o acontecimientos históricos como una guerra o una pandemia. Se consideran cambios de segundo orden que exigen que la familia cambie como sistema; la capacidad de mantener rituales familiares significativos se convierte en un recurso valioso para las familias tanto durante esas transiciones como a largo plazo. Ante estos cambios, las familias pueden optar por abandonar los rituales que ya no tienen sentido, adaptar los antiguos (conservando sus partes cerradas clave para no perder el significado) y crear rituales nuevos que respondan a nuevas necesidades o al clima emocional de la familia. Como señaló Fiese (2006), «las transiciones del desarrollo ofrecen oportunidades, y también desafíos, para negociar rutinas y crear rituales significativos que puedan enriquecer la vida familiar» (p. 62).
Los cambios del desarrollo exigen que las personas de la familia adopten nuevos roles, tanto en general como en el contexto de las ocasiones rituales. Niñas y niños que nacen en una familia concreta suelen participar en sus rituales desde muy pronto. Cuando se les asignan roles específicos en las tradiciones y celebraciones familiares, empiezan a construir un sentimiento de competencia (Fiese 2006). La infancia tiene cada vez más voz en las actividades compartidas de la familia, lo que la convierte en protagonista de la creación y el mantenimiento de los rituales familiares. Sus roles pueden cambiar notablemente al llegar a la adolescencia, cuando pueden dar agencia a los rituales de forma más intencional. Adolescentes, como futuras personas creadoras de rituales (Erikson 1977), pueden recibir cada vez más apoyo para asumir un papel más activo en estas ocasiones familiares, por ejemplo cocinando un plato especial u opinando sobre la planificación de su fiesta de cumpleaños; la generación mayor puede pasar el testigo de la custodia de los vínculos familiares a la generación intermedia, lo que le permite seguir contribuyendo de forma significativa a las ocasiones familiares y, a la vez, garantiza que la generación intermedia esté preparada para tomar las riendas y asumir la carga de organizar estos acontecimientos, que pueden requerir mucho tiempo. En cuanto a los cambios inesperados, la investigación sobre familias que afrontan el cáncer de una persona menor o de una figura parental ofrece una imagen vívida de cómo las familias introducen cambios. Santos et al. (2018) relataron cómo madres y padres de niñas y niños en tratamiento oncológico tuvieron que: dejar de asistir a rituales familiares que implicaban viajes largos o grandes reuniones; adaptar sus fiestas de cumpleaños para minimizar la exposición a posibles riesgos (niñas y niños que veían a sus amistades y familiares con pancartas y globos a través de la ventana, o reducción del número de personas invitadas en una fiesta en casa); y crear rituales nuevos, como rituales a la hora de acostarse, que aumentaban la seguridad de la infancia y reforzaban la idea de que la familia velaba por ella.
Como todo modelo teórico, el modelo sistémico familiar en espiral de los rituales familiares tiene limitaciones; al conceptualizarlo como un modelo de alcance intermedio, me he centrado en una parte específica del fenómeno de los rituales: el papel de los rituales familiares en los resultados de las familias, los subsistemas y las personas, dejando otros aspectos poco desarrollados o sin abordar. En primer lugar, una limitación clave es que este modelo no conceptualiza explícitamente sistemas más amplios, como el contexto social y cultural en el que se insertan las familias. Los rituales, en especial las tradiciones y las celebraciones, están muy influidos por la cultura circundante y, al mismo tiempo, son mecanismos importantes de transmisión de los valores culturales a las generaciones más jóvenes. Las comparaciones transculturales que contrasten los rituales en contextos más colectivistas e individualistas, así como los estudios cualitativos con familias migrantes, podrían arrojar luz sobre cómo la relación entre los rituales familiares y el bagaje cultural puede influir en los resultados familiares e individuales. Los factores macrosistémicos, como la creciente polarización política que desemboca en violencia, pueden afectar a la manera en que las personas de la familia con opiniones divergentes interactúan durante las reuniones rituales.
En segundo lugar, otro factor que este modelo no aborda es el nivel socioeconómico (NSE) de las familias. La literatura indica que, en determinadas circunstancias, las familias pueden tener dificultades para encontrar tiempo para organizar y realizar acontecimientos familiares (Bossard and Boll 1949; Fiese 2006). No obstante, también se ha demostrado que los rituales actúan como factores de protección para la adaptación de madres de niñas y niños con cáncer que afrontan cargas económicas (Santos et al. 2016) y de familias de personas adultas emergentes que atraviesan dificultades económicas (Fonseca et al. 2024). Un examen más detenido de familias de NSE diversos y de las que atraviesan estrés económico es también importante para ampliar el conocimiento sobre los beneficios de los rituales.
En tercer lugar, el género tampoco se abordó explícitamente en este modelo. Aunque la mayor parte de la investigación no ha puesto a prueba las diferencias de género, algunos estudios han encontrado que los efectos directos de los rituales solo eran evidentes en las mujeres (p. ej., Crespo et al. 2008) o eran más intensos en ellas (p. ej., Lisboa-Lima et al. 2025). Los roles de género (p. ej., que las mujeres sean socializadas para dedicar más atención y tiempo a cuidar las relaciones) podrían explicar estos resultados, pero se necesita más investigación para estudiar cómo viven la interseccionalidad de la cultura, el NSE y el género las mujeres y los hombres que llevan a cabo rituales familiares en el siglo XXI.
En cuarto lugar, la conceptualización de la causalidad circular (representada por la espiral hipotética que une los lados izquierdo y derecho del modelo) tiene sus salvedades. Aunque refleja la naturaleza sistémica de las relaciones dentro del sistema familiar, puede generar confusión a la hora de operacionalizar el modelo. Sugiero que, cuando se utilicen datos transversales, se ponga a prueba la dirección de los efectos tal como se presenta en el lado derecho del modelo; siempre que sea posible realizar una investigación longitudinal, deberían ponerse a prueba los efectos bidireccionales entre los rituales familiares y otras variables, dada la complejidad de la red de relaciones de influencia dentro del sistema familiar y la escasez de investigación longitudinal sobre este tema.
Por último, la decisión de presentar los rituales familiares como un recurso dentro de un marco basado en las fortalezas ha limitado el reconocimiento de las experiencias negativas. Para algunas personas y familias, los rituales pueden representar ocasiones de exclusión, de pérdida o de perpetuación del duelo. Los desarrollos futuros de este modelo deberían abordar la otra cara de los rituales como fortaleza, a saber, cómo las ocasiones rituales pueden ser vehículos de inseguridad y de sentimientos de no pertenencia. Pese a sus limitaciones, este modelo se concibió para estar abierto a revisión y tener un carácter generativo, y ofrece una base para futuras teorías complementarias sobre los rituales, un constructo universalmente relevante para las familias.
En 2002, Fiese y su equipo celebraron el aniversario de 50 años de investigación sobre los rituales familiares como un motivo de celebración. Apoyándose en las teorías fundacionales, este artículo conmemora con júbilo su 75.º aniversario, un hito para este campo de estudio desde el trabajo de Bossard y Boll (1950). He revisado aspectos centrales de la teoría de los rituales familiares y he planteado la necesidad de una oportuna reevaluación de este corpus teórico. A continuación, he presentado un modelo de alcance intermedio basado en la teoría de los sistemas familiares, con hipótesis sobre cómo los rituales familiares significativos se asocian con resultados en los niveles familiar, conyugal y parental, e individual. La seguridad y la identidad se identificaron como pilares clave en la creación de rituales familiares significativos, así como procesos a través de los cuales el significado de los rituales se vincula con los resultados. Para cada nivel sistémico, he identificado tres procesos específicos que explican estos vínculos: la cohesión, la eficacia relacional percibida y el sentido de pertenencia. Aunque los rituales familiares quizá no sean la única manera, ni la más parsimoniosa, de comprender los efectos de la familia en el desarrollo (Fiese 2006), estos acontecimientos naturales universales son inequívocamente importantes para las familias de hoy. En definitiva, los rituales familiares tienen un potencial aplicado considerable. El corpus existente de conocimiento teórico y empírico sitúa los rituales familiares como un recurso de intervención. Al acompañar a las familias en sus rituales y al diseñar y evaluar intervenciones para fomentarlos, quienes investigan y quienes trabajan con familias pueden tender un puente entre las teorías de la familia y su finalidad esencial: mejorar la vida de las familias.
Complexe Systémique: lo esencial
Este artículo devuelve a los rituales su lugar como recurso ordinario de las familias, más allá de la mera prescripción terapéutica. Dos ideas son directamente útiles en sesión. En primer lugar, la distinción entre las partes abiertas y cerradas de un ritual: cuando una familia atraviesa un duelo, una migración, una enfermedad o la formación de una nueva pareja, la tarea no es ni mantener el ritual intacto ni abandonarlo, sino identificar lo que debe permanecer para que el sentido se sostenga. En segundo lugar, la circularidad: los rituales requieren seguridad y una identidad asumida, y a su vez las producen, lo que explica por qué una familia en dificultades deja a menudo de reunirse justo cuando más lo necesitaría. La lectura crítica procede del propio texto: el modelo privilegia las fortalezas y deja de lado la cultura, el medio social y el género, mientras que la carga de las celebraciones recae a menudo en las mujeres y los rituales pueden excluir (la pareja a la que hay que ocultar, la tía a la que no se invita) y atrapar a las personas en dobles vínculos. Para leer junto con el artículo sobre los rituales que dan salud en los sistemas humanos y el artículo sobre migración, pérdida ambigua y rituales.
Notas del original
Agradecimientos. La financiación de la publicación en acceso abierto fue proporcionada por la FCT (b-on).
Conflictos de intereses. La autoría declara no tener conflictos de intereses.
Referencias
Adamsons, K., and K. A. Crossman. 2022. “Mid-Range Theories About Families: A Primer and Introduction to the Special Issue.” Journal of Family Theory & Review 14, no. 2: 111–122. https://doi.org/10.1111/jftr.12464.
Andolfi, M. 2015. Multigenerational Family Therapy. Routledge.
Aslantürk, H., and A. Mavili. 2020. “The Sense of Family Belonging in University Students From a Single Parent Family Compared With Those From a Two-Biological-Parent Family.” Current Psychology 39: 2026–2039. https://doi.org/10.1007/s12144-020-00725-0.
Baele, S. J., and T. Balzacq. 2022. “International Rituals: An Analytical Framework and Its Theoretical Repertoires.” Review of International Studies 48, no. 1: 1–23. https://doi.org/10.1017/S0260210521000401.
Bandura, A. 1978. “Self-Efficacy: Toward a Unifying Theory of Behavioral Change.” Advances in Behaviour Research and Therapy 1, no. 4: 139–161. https://doi.org/10.1016/0146-6402(78)90002-4.
Bennett, L. A., S. J. Wolin, and D. Reiss. 1988. “Deliberate Family Process: A Strategy for Protecting Children of Alcoholics.” British Journal of Addiction 83, no. 7: 821–829. https://doi.org/10.1111/j.1360-0443.1988.tb00517.x.
Berástegui, A., and C. Pitillas. 2024. “The Family Keyworker as a Critical Element for Attachment Resilience in the Face of Adversity.” Journal of Family Theory & Review 16, no. 1: 106–123. https://doi.org/10.1111/jftr.12537.
Bossard, J. H. S., and E. S. Boll. 1949. “Ritual in Family Living.” American Sociological Review 14: 463–469. https://doi.org/10.2307/2087208.
Bossard, J. H. S., and E. S. Boll. 1950. Ritual in Family Living. University of Pennsylvania Press.
Bowlby, J. 1969. Attachment and Loss: Vol. I. Attachment. Basic Books.
Braithwaite, D. O., L. A. Baxter, and A. M. Harper. 1998. “The Role of Rituals in the Management of the Dialectical Tension of ‘Old’ and ‘New’ in Blended Families.” Communication Studies 49, no. 2: 101–120. https://doi.org/10.1080/10510979809368523.
Buchbinder, M., J. Longhofer, and K. McCue. 2009. “Family Routines and Rituals When a Parent Has Cancer.” Families, Systems, & Health 27, no. 3: 213–227.
Byng-Hall, J. 1995. “Creating a Secure Family Base: Some Implications of Attachment Theory for Family Therapy.” Family Process 34, no. 1: 45–58. https://doi.org/10.1111/j.1545-5300.1995.00045.x.
Byung-Chul, H. 2020. The Disappearance of Rituals. Polity Press.
Crespo, C. 2007. “Rituais familiares e o casal: Paisagens inter-sistémicas [Family rituals and the couple: Inter-systemic landscapes].” Doctoral diss., University of Lisbon. http://hdl.handle.net/10451/42437.
Crespo, C. 2012. “Families as Contexts for Attachment: Reflections on Theory, Research, and the Role of Family Rituals.” Journal of Family Theory & Review 4, no. 4: 290–298. https://doi.org/10.1111/j.1756-2589.2012.00136.x.
Crespo, C., I. N. Davide, M. E. Costa, and G. J. O. Fletcher. 2008. “Family Rituals in Married Couples: Links With Attachment, Relationship Quality, and Closeness.” Personal Relationships 15, no. 2: 191–203. https://doi.org/10.1111/j.1475-6811.2008.00193.x.
Crespo, C., M. Kielpikowski, J. Pryor, and P. E. Jose. 2011. “Family Rituals in New Zealand Families: Links to Family Cohesion and Adolescents' Well-Being.” Journal of Family Psychology 25, no. 2: 184–193. https://doi.org/10.1037/a0023113.
Crespo, C., and A. P. Relvas. 2024. “Celebrating the “Good-Enough Families”: Family Challenges and Resilience During Global Adversity.” Journal of Family Theory & Review 16, no. 1: 7–16.
Crespo, C., S. Santos, M. C. Canavarro, M. Kielpikowski, J. Pryor, and T. Féres-Carneiro. 2013. “Family Routines and Rituals in the Context of Chronic Conditions: A Review.” International Journal of Psychology 48, no. 5: 729–746. https://doi.org/10.1080/00207594.2013.806811.
Daly, K. 2003. “Family Theory Versus the Theories Families Live by.” Journal of Marriage and Family 65, no. 4: 771–784. https://doi.org/10.1111/j.1741-3737.2003.00771.x.
Don, B. P., J. A. Simpson, B. L. Fredrickson, and S. B. Algoe. 2024. “Interparental Positivity Spillover Theory: How Parents' Positive Relational Interactions Influence Children.” Perspectives on Psychological Science 20, no. 4: 639–668. https://doi.org/10.1177/17456916231220626.
Erikson, E. 1977. Toys and Reasons–Stages in the Ritualization of Experience. Norton.
Fiese, B. H. 2006. Family Routines and Rituals. Yale University Press.
Fiese, B. H., K. A. Hooker, L. Kotary, and J. Schwagler. 1993. “Family Rituals in the Early Stages of Parenthood.” Journal of Marriage and Family 55, no. 3: 633–642. https://doi.org/10.2307/353344.
Fiese, B. H., and C. A. Kline. 1993. “Development of the Family Ritual Questionnaire: Initial Reliability and Validation Studies.” Journal of Family Psychology 6, no. 3: 290–299.
Fiese, B. H., and T. J. Tomcho. 2001. “Finding Meaning in Religious Practices: The Relation Between Religious Holiday Rituals and Marital Satisfaction.” Journal of Family Psychology 15, no. 4: 597–609. https://doi.org/10.1037/0893-3200.15.4.597.
Fiese, B. H., T. J. Tomcho, M. Douglas, K. Josephs, S. Poltrock, and T. Baker. 2002. “A Review of 50 Years of Research on Naturally Occurring Family Routines and Rituals: Cause for Celebration?” Journal of Family Psychology 16, no. 4: 381–390. https://doi.org/10.1037//0893-3200.16.4.381.
Fonseca, G., B. de Sousa, C. Crespo, and A. P. Relvas. 2024. “Economic Strain and Quality of Life Among Families With Emerging Adult Children: The Contributions of Family Rituals and Family Problem-Solving Communication.” Family Process 63, no. 3: 1319–1335. https://doi.org/10.1111/famp.12884.
Grimes, R. 1982. Beginnings in Ritual Studies. University Press of America.
Hanke, K., M. C. van Egmond, C. Crespo, and D. Boer. 2016. “Blessing or Burden? The Role of Appraisal for Family Rituals and Flourishing Among LGBT Adults.” Journal of Family Psychology 30, no. 5: 562–568. https://doi.org/10.1037/fam0000214.
Ho, H. C. Y., M. Mui, A. Wan, et al. 2018. “Family Meal Practices and Well-Being in Hong Kong: The Mediating Effect of Family Communication.” Journal of Family Issues 39, no. 16: 3835–3856. https://doi.org/10.1177/0192513X18800787.
Hobson, N. M., J. Schroeder, J. L. Risen, D. Xygalatas, and M. Inzlicht. 2018. “The Psychology of Rituals: An Integrative Review and Process-Based Framework.” Personality and Social Psychology Review 22, no. 3: 260–284. https://doi.org/10.1177/1088868317734944.
Homer, M. M., P. A. Freeman, R. B. Zabriskie, and D. L. Eggett. 2007. “Rituals and Relationships: Examining the Relationship Between Family of Origin Rituals and Young Adult Attachment.” Marriage & Family Review 42, no. 1: 5–28. https://doi.org/10.1300/J002v42n01_02.
Ie, J., M. Ursin, and M. Vicente-Mariño. 2022. “Foster Children's Views of Family: A Systematic Review and Qualitative Synthesis.” Children and Youth Services Review 132: 106337. https://doi.org/10.1016/j.childyouth.2021.106337.
E. Imber-Black, J. Roberts, and R. A. Whiting, eds. 1988. Rituals in Families and Family Therapy. Norton & Company.
Imber-Black, E. 2020. “Rituals in the Time of COVID-19: Imagination, Responsiveness, and the Human Spirit.” Family Process 59, no. 3: 912–921. https://doi.org/10.1111/famp.12581.
Keeley, S. 2022. “Integrative Family Therapy With Transgender, Gender Diverse, and Non-Binary (TGDNB) Young People.” Australian and New Zealand Journal of Family Therapy 43: 151–162. https://doi.org/10.1002/anzf.1480.
Kelley, H., E. Berscheid, A. Christensen, et al. 2002. Close Relationships. 2nd ed. Eliot Werner Publications.
Klavir, R., and D. Leiser. 2002. “When Astronomy, Biology and Culture Converge: Children's Conceptions About Birthday Parties.” Journal of Genetic Psychology 163, no. 2: 239–253.
Larsson, S., E. Punzi, and T. Wissö. 2025. “To Belong: Narratives About Family Belonging Among Children in Foster Families or Where Custody Has Been Transferred.” Child and Adolescent Social Work Journal 42: 619–633. https://doi.org/10.1007/s10560-024-00981-0.
Leach, M. S., and D. O. Braithwaite. 1996. “A Binding Tie: Supportive Communication of Family Kinkeepers.” Journal of Applied Communication Research 24, no. 3: 200–216. https://doi.org/10.1080/00909889609365451.
Legare, C. H., and M. Nielsen. 2020. “Ritual Explained: Interdisciplinary Answers to Tinbergen's Four Questions.” Philosophical Transactions of the Royal Society of London. Series B, Biological Sciences 375, no. 1805: 20190419. https://doi.org/10.1098/rstb.2019.0419.
Leon, K., and D. B. Jacobvitz. 2003. “Relationships Between Adult Attachment Representations and Family Ritual Quality: A Prospective, Longitudinal Study.” Family Process 42, no. 3: 419–432. https://doi.org/10.1111/j.1545-5300.2003.00419.x.
Li, X., Y. Du, H. Zhou, W. Xi, M. Wu, and Y. Hu. 2024. “Family Rituals and the Quality of Adolescents' Friendships: The Serial Mediating Role of Perceived Parental Support and the Meaning in Life.” Current Psychology 44: 17707–17717. https://doi.org/10.1007/s12144-024-06902-9.
Lisboa-Lima, M., T. M. Nguyen, I. Hasse, and C. Crespo. 2025. “Family Rituals and Quality of Life: The Mediating Role of Parental Burnout.” Journal of Marital and Family Therapy 51, no. 2: e70005. https://doi.org/10.1111/jmft.70005.
Malaquias, S., C. Crespo, and R. Francisco. 2015. “How Do Adolescents Benefit From Family Rituals? Links to Social Connectedness, Depression and Anxiety.” Journal of Child and Family Studies 24, no. 10: 3009–3017. https://doi.org/10.1007/s10826-014-0104-4.
Maniotes, C. R., B. G. Ogolsky, and J. L. Hardesty. 2020. “Destination Marriage? The Diagnostic Role of Rituals in Dating Relationships.” Journal of Social and Personal Relationships 37, no. 12: 3102–3122. https://doi.org/10.1177/0265407520952166.
Markson, S., and B. H. Fiese. 2000. “Family Rituals as a Protective Factor for Children With Asthma.” Journal of Pediatric Psychology 25, no. 7: 471–479. https://doi.org/10.1093/jpepsy/25.7.471.
Mayberry, L. S., M. Shinn, J. G. Benton, and J. Wise. 2014. “Families Experiencing Housing Instability: The Effects of Housing Programs on Family Routines and Rituals.” American Journal of Orthopsychiatry 84, no. 1: 95–109. https://doi.org/10.1037/h0098946.
M. McGoldrick, B. Carter, and N. Garcia-Preto, eds. 2011. The Expanded Family Life Cycle. Individual, Family, and Social Perspectives. 4th ed. Allyn & Bacon.
Mendes, T. P., C. A. Crespo, and J. K. Austin. 2018. “Family Rituals in Pediatric Epilepsy: Links to Parental Competence and Adaptation.” Journal of Family Psychology 32, no. 2: 165–174. https://doi.org/10.1037/fam0000359.
Mikulincer, M., and P. R. Shaver. 2016. Attachment in Adulthood: Structure, Dynamics, and Change. 2nd ed. Guilford Press.
Mondal, S. 2024. “Living in a Limbo: A Sociological Study of Missing Funerals, Death Rituals, and Complicated Grief in COVID-19.” Illness, Crisis & Loss 32, no. 2: 228–243. https://doi.org/10.1177/10541373221131760.
Moriarty, P. H., and L. D. Wagner. 2004. “Family Rituals That Provide Meaning for Single-Parent Families.” Journal of Family Nursing 10, no. 2: 190–210. https://doi.org/10.1177/1074840704263985.
Myerhoff, B. 1984. “Rites and Signs of Ripening: The Intertwining of Ritual, Time, and Growing Older.” In Age & Anthropological Theory, edited by D. I. Kertzer and J. Keith, 305–330. Cornell University Press.
Myerhoff, B. G. 1977. “We Don't Wrap Herring in a Printed Page: Fusion, Fictions and Continuity in Secular Ritual.” In Secular Ritual, edited by S. F. Moore and B. G. Myerhoff, 199–226. Van Gorcum.
Nielsen, M., K. Tomaselli, and R. Kapitány. 2018. “The Influence of Goal Demotion on Children's Reproduction of Ritual Behavior.” Evolution and Human Behavior 39, no. 3: 343–348. https://doi.org/10.1016/j.evolhumbehav.2018.02.006.
Olson, D. H., J. Portner, and R. Bell. 1982. Family Adaptability & Cohesion Evaluation Scales (FACES II), 55108. Buford Avenue.
Oswald, R. F. 2002. “Inclusion and Belonging in the Family Rituals of Gay and Lesbian People.” Journal of Family Psychology 16, no. 4: 428–436.
Palazzoli, M. S., L. Boscolo, G. F. Cecchin, and G. Prata. 1977. “Family Rituals as a Powerful Tool in Family Therapy.” Family Process 16: 445–453. https://doi.org/10.1111/j.1545-5300.1977.00445.x.
Pearson, J. C., J. T. Child, and A. F. Carmon. 2010. “Rituals in Committed Romantic Relationships: The Creation and Validation of an Instrument.” Communication Studies 61, no. 4: 464–483. https://doi.org/10.1080/10510974.2010.492339.
Reiss, D. 1982. “The Working Family: A Researcher's View of Health in the Household.” American Journal of Psychiatry 139, no. 11: 1412–1420. https://doi.org/10.1176/ajp.139.11.1412.
Roberts, J. 1988. “Setting the Frame: Definition, Functions, and Typologies of Rituals.” In Rituals in Families and Family Therapy, edited by E. Imber-Black, J. Roberts, and R. Whiting, 3–46. W. W. Norton & Company.
Ryan, R. M., and E. L. Deci. 2017. Self-Determination Theory: Basic Psychological Needs in Motivation, Development, and Wellness. Guilford Press.
Santos, S., C. Crespo, M. C. Canavarro, M. A. Alderfer, and A. E. Kazak. 2016. “Family Rituals, Financial Burden, and Mothers' Adjustment in Pediatric Cancer.” Journal of Family Psychology 30, no. 8: 1008–1013. https://doi.org/10.1037/fam0000246.
Santos, S., C. Crespo, M. C. Canavarro, and A. E. Kazak. 2015. “Family Rituals and Quality of Life in Children With Cancer and Their Parents: The Role of Family Cohesion and Hope.” Journal of Pediatric Psychology 40, no. 7: 664–671. https://doi.org/10.1093/jpepsy/jsv013.
Santos, S., C. Crespo, M. C. Canavarro, and A. E. Kazak. 2018. “Family Rituals When Children Have Cancer: A Qualitative Study.” Journal of Family Psychology 32, no. 5: 643–653. https://doi.org/10.1037/fam0000419.
Santos, S., C. Crespo, N. Silva, and M. C. Canavarro. 2012. “Quality of Life and Adjustment in Youths With Asthma: The Contributions of Family Rituals and the Family Environment.” Family Process 51, no. 4: 557–569. https://doi.org/10.1111/j.1545-5300.2012.01416.x.
Satir, V. 1964. Conjoint Family Therapy. Science and Behavior Books.
Scabini, E., and C. Manzi. 2011. “Family Processes and Identity.” In Handbook of Identity Theory and Research, edited by S. J. Schwartz, K. Luyckx, and V. L. Vignoles, 565–584. Springer Science + Business Media.
Shelkey, A. 2024. “A Path to Parental Self-Efficacy: a Workshop Incorporating Rituals and Routines as a Route Toward Confidence, Resiliency and Well-Being for Families.” Master's thesis, California State University. https://scholarworks.calstate.edu/concern/theses/ff365d11b.
Sheridan, S. M., E. D. Warnes, R. J. Cowan, A. V. Schemm, and B. L. Clarke. 2004. “Family-Centered Positive Psychology: Focusing on Strengths to Build Student Success.” Psychology in the Schools 41, no. 1: 7–17. https://doi.org/10.1002/pits.10134.
Spagnola, M., and B. H. Fiese. 2007. “Family Routines and Rituals: A Context for Development in the Lives of Young Children.” Infants & Young Children 20, no. 4: 284–299. https://doi.org/10.1097/01.IYC.0000290352.32170.5a.
Tajfel, H., and J. C. Turner. 1979. “An Integrative Theory of Inter-Group Conflict.” In The Social Psychology of Inter-Group Relations, edited by W. G. Austin and S. Worchel, 33–47. Brooks/Cole.
Turner, V. 1967. The Forest of Symbols: Aspects of Ndembu Ritual. Cornell University Press.
van der Hart, O. 1983. Rituals in Psychotherapy: Transition and Continuity. Irvington Publishers Inc.
van Gennep, A. 1960. The Rites of Passage. University of Chicago Press.
Waters, L. 2020. “Using Positive Psychology Interventions to Strengthen Family Happiness: A Family Systems Approach.” Journal of Positive Psychology 15, no. 5: 645–652. https://doi.org/10.1080/17439760.2020.1789704.
Watson-Jones, R. E., and C. H. Legare. 2016. “The Social Functions of Group Rituals.” Current Directions in Psychological Science 25, no. 1: 42–46. https://doi.org/10.1177/0963721415618486.
Watzlawick, P., J. H. Weakland, and R. Fisch. 1974. Change: Principles of Problem Formation and Problem Resolution. Norton & Company.
Wen, N. J., P. A. Herrmann, and C. H. Legare. 2016. “Ritual Increases Children's Affiliation With In-Group Members.” Evolution and Human Behavior 37, no. 1: 54–60. https://doi.org/10.1016/j.evolhumbehav.2015.08.002.
Wen, N. J., A. K. Willard, M. Caughy, and C. H. Legare. 2020. “Watch Me, Watch You: Ritual Participation Increases In-Group Displays and Out-Group Monitoring in Children.” Philosophical Transactions of the Royal Society of London. Series B, Biological sciences 375, no. 1805: 20190437. https://doi.org/10.1098/rstb.2019.0437.
Wolin, S. J., and L. A. Bennett. 1984. “Family Rituals.” Family Process 23, no. 3: 401–420. https://doi.org/10.1111/j.1545-5300.1984.00401.x.
Yang, Y., and C. Wang. 2023. “Research on the Effects of Family Rituals on Subjective Well-Being of Chinese College Students.” Current Psychology 42: 28549–28563. https://doi.org/10.1007/s12144-022-03858-6.
Yoon, Y., K. Newkirk, and M. Perry-Jenkins. 2015. “Parenting Stress, Dinnertime Rituals, and Child Well-Being in Working-Class Families.” Family Relations: An Interdisciplinary Journal of Applied Family Studies 64, no. 1: 93–107. https://doi.org/10.1111/fare.12107.
Zentner, M., and O. Renaud. 2007. “Origins of Adolescents' Ideal Self: An Intergenerational Perspective.” Journal of Personality and Social Psychology 92, no. 3: 557–574. https://doi.org/10.1037/0022-3514.92.3.557.
Traducción no oficial al español de Theorizing Family Rituals: A Family Systems Model, de Carla Crespo, Journal of Family Theory & Review, vol. 18, n.o 1 (2026), doi: 10.1111/jftr.70032, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra ha sido modificada en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
El artículo original, «Theorizing Family Rituals: A Family Systems Model», se publicó en Journal of Family Theory & Review (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Esta versión es una traducción no oficial al español realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Crespo, C. (2026). Theorizing Family Rituals: A Family Systems Model. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/theorizing-family-rituals-a-family-systems-model (Obra original publicada en 2025 en Journal of Family Theory & Review, 18(1), 62-76 (2026); republicada en 2026 por Journal of Family Theory & Review, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/jftr.70032)
Para saber más