Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Family Process · Terapia familiar
«Dejo a mi hijo a las 3:00 y lo recojo a las 4:00». ¿Cómo convencer a una familia que consulta por un hijo o una hija adolescente con depresión o ideación suicida de que la terapia se centrará en las relaciones? Tara Santens, Chen Chu‐Chun, Suzanne Levy, Guy Diamond y Guy Bosmans (KU Leuven, ABFT International Training Institute, University of Pennsylvania) desmontan la primera sesión de la ABFT, filmada en 47 familias, y miden qué las lleva a aceptar un contrato de reparación relacional.
Traducción no oficial al español de Anatomy of the Relational Reframe in Attachment‐Based Family Therapy, de Tara Santens, Chen Chu‐Chun, Suzanne Levy, Guy Diamond y Guy Bosmans, publicado en Family Process (Wiley) (2026), doi: 10.1111/famp.70155, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. No se reproduce un diagrama de dispersión (figura 1); las tablas se presentan en forma de listas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
La resistencia al objetivo relacional no es un obstáculo para la terapia: es la terapia.
Tara Santens, Chen Chu‐Chun, Suzanne Levy, Guy Diamond y Guy Bosmans
Resumen
En la terapia familiar basada en el apego (ABFT, por sus siglas en inglés), desplazar el objetivo del tratamiento desde la persona adolescente como problema hacia el fortalecimiento de las relaciones familiares como solución es la primera tarea, y la decisiva. Ninguna investigación ha examinado si este «reencuadre relacional» funciona, cómo funciona y para quién. Evaluamos el reencuadre relacional en 47 familias que recibían ABFT por la depresión y la ideación suicida de adolescentes. Codificamos marcadores para identificar las fases de reencuadre y de contrato de la intervención. Codificamos dos elementos clave del proceso: el contenido y el afecto. Evaluamos si el grado en que los miembros de la familia abordaban los temas de la fase de reencuadre (rupturas relacionales y emociones más suaves) se asociaba con la aceptación del objetivo del contrato. Exploramos si el estilo de apego, la depresión parental autoinformada y el conflicto familiar informado por adolescentes se asociaban con la aceptación del contrato de una terapia centrada en lo relacional. Los marcadores del inicio de las fases de reencuadre y de contrato pudieron identificarse de manera fiable. El grado en que adolescentes y progenitores participaban en la conversación sobre los temas del reencuadre se asociaba con la aceptación del objetivo del contrato por parte de madres y padres. El estilo de apego evitativo de adolescentes no se asociaba con su implicación en los temas del reencuadre, pero sí con una menor aceptación del objetivo del contrato. El estilo de apego preocupado se asociaba con una mayor implicación en los temas del reencuadre, pero no con la aceptación de los objetivos del contrato. La depresión parental y el conflicto familiar informado por adolescentes no se relacionaban con la aceptación del reencuadre relacional. Este estudio debería ayudar a terapeutas a comprender estrategias concretas para crear un marco terapéutico de reparación relacional, y animar a la comunidad investigadora a estudiar los procesos sutiles que intervienen en una terapia eficaz.
Palabras clave: ABFT, apego, terapia familiar, investigación de procesos, reencuadre relacional
El primer reto para muchas personas que ejercen la terapia familiar, sea cual sea el modelo que utilicen, es ayudar a progenitores y jóvenes a aceptar participar en una terapia familiar (y no individual). Con frecuencia, una madre o un padre llama para pedir cita y dice: «Dejo a mi hijo a las 3:00 y lo recojo a las 4:00». Las familias suelen pensar que el problema es la persona adolescente, y a menudo quienes están en la adolescencia no quieren estar en terapia en absoluto, y menos aún con su madre o su padre. Entonces, ¿cómo «vendemos» la terapia familiar? ¿Cómo convencemos a los miembros de la familia de implicarse en un tratamiento que hace a todo el mundo responsable del cambio? En la terapia familiar basada en el apego (ABFT), el reencuadre relacional puede ayudar a afrontar este reto.
El reencuadre es una estrategia de intervención utilizada en muchas escuelas terapéuticas. «El significado de cualquier acontecimiento depende del “marco” en que lo percibimos. Cuando cambiamos el marco, cambiamos el significado» (Bandler y Grinder 1975, 5). Tanto en la terapia cognitivo‐conductual como en la psicodinámica se ayuda a la clientela a ampliar o modificar sus visiones o atribuciones sobre un problema para verlo desde una nueva perspectiva (p. ej., Throop 2013). En terapia familiar, el reencuadre sirve para desplazar el foco del conflicto intrapsíquico al conflicto interpersonal. El reencuadre se ha centrado tradicionalmente en pasar de la perspectiva de «el o la joven como problema» a la de «las relaciones familiares como problema» (Nichols y Schwartz 2009). Este legado se remonta a la década de 1940, cuando Leo Kanner, psiquiatra de Johns Hopkins, propuso que el autismo y la esquizofrenia eran en parte resultado de la «madre nevera» (Eisenberg y Kanner 1956, 10). Por desgracia, esta concepción creó en el ámbito de la salud mental una reputación que la terapia familiar todavía arrastra: seríamos terapeutas que culpan a los progenitores. Quienes ejercen la terapia familiar caminan, en efecto, por una línea muy fina entre ofrecer un marco sistémico y transmitir que «el problema no es el hijo, el problema son los padres».
El concepto de reencuadre tiene una larga historia en la terapia familiar (Newsome et al. 2019). Minuchin (1974) definió el reencuadre como la redefinición de los síntomas o de la conducta (a menudo llamada reetiquetado) para crear nuevas posibilidades de cambio o reforzar la respuesta emocional de la clientela. Haley y Richeport‐Haley (2004) describían el reencuadre como una manera de ayudar a la clientela a superar la desesperanza y a sentir cierta capacidad de acción para promover el cambio. De modo similar, Watzlawick et al. (1974) consideraban el reencuadre un proceso que cambia la manera en que las personas ven y viven una situación, tanto cognitiva como emocionalmente. Así, en terapia familiar se utiliza el reencuadre para desplazar la atribución o el modelo explicativo de la conducta de una persona: «No se escapa de casa porque te odie. Se escapa porque siente que es una carga para ti». Además, el reencuadre puede servir para desplazar la atención de los miembros de la familia desde el funcionamiento individual hacia las circunstancias contextuales: «Sé que su hija parece deprimida, pero me pregunto si desde el divorcio no se siente deprimida toda la familia».
Dado el lugar central del reencuadre en la terapia familiar, sorprende la escasez de investigaciones que evalúen y permitan comprender este proceso terapéutico. Aun así, se han realizado algunos estudios interesantes. Por ejemplo, Robbins et al. (1996) observaron que, de todas las intervenciones de terapeutas, solo el reencuadre de la conducta negativa de adolescentes suscitaba respuestas positivas de su parte. Moran et al. (2005) constataron que, cuando se utilizaban reencuadres relacionales en la primera sesión, las familias tendían más a describir los problemas en función de circunstancias relacionales que de factores propios del niño o la niña. En un estudio sobre la ira no resuelta hacia las figuras de apego, una intervención de reencuadre relacional de la ABFT seguida de una secuencia de silla vacía aumentó la tristeza adaptativa y redujo la ira desadaptativa (Tsvieli et al. 2020). Hogue et al. (2019) buscaron técnicas de intervención comunes a tres tratamientos sistémicos familiares de base estructural, con apoyo empírico, para la delincuencia juvenil y el consumo de sustancias en jóvenes. El reencuadre era una de las cuatro estrategias de intervención principales presentes en los tres modelos. Estos estudios sugieren que el reencuadre puede y debe investigarse más.
La terapia familiar basada en el apego (ABFT) utiliza el reencuadre de un modo algo distinto al de algunos modelos de terapia familiar. La ABFT surgió en 2014 como alternativa a las terapias familiares de orientación conductual y se centra más en el crecimiento psicológico, el procesamiento emocional, el trauma relacional y la mejora de las interacciones que favorecen un apego seguro. La ABFT integra la teoría del apego (Bowlby 1969) y la teoría del procesamiento emocional (Greenberg 2010) sobre una base de terapia familiar estructural. Este modelo con apoyo empírico ha demostrado su eficacia con adolescentes que sufren depresión, ideación suicida, trauma y bulimia, así como con niñas y niños más pequeños y con personas adultas jóvenes (véase la revisión de Diamond et al. 2021). En lugar de centrarse en los problemas de conducta del día a día, la ABFT busca reparar las rupturas relacionales entre progenitores e hijos que han dañado la base segura de la vida familiar. Estas rupturas pueden deberse a procesos familiares, como un conflicto elevado y poca calidez, o a acontecimientos familiares, como una pérdida, el maltrato, el abandono o la negligencia. Abordar y reparar estas rupturas puede restablecer la seguridad del apego y sus numerosos beneficios para el desarrollo.
El reencuadre es el foco principal de la primera sesión de ABFT. Más que una intervención o una técnica ocasional, el reencuadre sienta las bases de los objetivos de la terapia. Desplaza el objetivo de «arreglar a la persona adolescente» a «reparar las relaciones familiares». Quien ejerce la terapia promueve la idea de que reparar las rupturas y mejorar la seguridad sentida reducirá el conflicto: «Creo que, si usted y su hija sintieran más conexión, más confianza mutua, algunos de estos conflictos cotidianos podrían disminuir». Esto cumple la función tradicional del reencuadre, pasar de lo individual a lo relacional, pero también ayuda a evitar el riesgo de culpar a los progenitores. Apoyándose en la teoría del apego, la ABFT implica a madres y padres como agentes curativos del cambio: «Mamá, papá, ustedes no son el problema: ¡son la medicina!». El amor y el vínculo se convierten en los objetivos del tratamiento.
La teoría del apego guía este proceso de reencuadre (Bowlby 1969). Cuando niñas y niños con apego seguro se sienten amenazados o angustiados, recurren instintivamente a sus progenitores en busca de protección y apoyo. Los progenitores, por instinto, se vuelven protectores, receptivos y emocionalmente disponibles. Toda criatura tiene un deseo innato de recibir cuidados, y los progenitores, un instinto de cuidar (Bosmans et al. 2022, 2020). Una amplia investigación indica que, en un entorno familiar que ofrece una base segura, la infancia se apoya en los progenitores para afrontar la adversidad, muestra mayor resiliencia emocional y cognitiva y mantiene mejores relaciones interpersonales con sus iguales y sus parejas a lo largo de la vida (Mikulincer y Shaver 2020).
La intervención (o tarea) de reencuadre relacional consta de cuatro fases bien definidas: coparticipación (joining), definición del problema, reencuadre y contrato (tabla 1). La fase de reencuadre (hacia el minuto 40 de la sesión) comienza cuando se pregunta a la persona adolescente: «Cuando la depresión o las ideas de suicidio te pesan tanto, ¿por qué no acudes a tus padres en busca de ayuda?». La conversación pasa de los problemas de conducta a la confianza, la seguridad y el apoyo en la familia. En esta fase, se buscan los procesos (p. ej., críticas duras) o los acontecimientos (p. ej., un divorcio) que han dañado la confianza. En esta primera sesión no se profundiza en estas rupturas, sino que se reúne la información suficiente para poner de relieve la consecuencia de estos conflictos: la falta de conexión y de cohesión entre los miembros de la familia. Se podría decir, por ejemplo: «Mire, un divorcio puede ser complicado, y ya lo iremos desenredando más adelante. Pero está claro que, desde el divorcio, ustedes dos han dejado de sentirse cerca». Después, se trata de amplificar el anhelo instintivo, aunque olvidado o sofocado, de una relación mejor.
Tabla 1 — Cuatro fases de la tarea de reencuadre relacional.
El reencuadre recurre a varias «palancas» para ayudar a desplazar el objetivo de la terapia (véase la tabla 2). En el plano del contenido, desplazamos el foco de la conversación de los problemas de conducta (p. ej., tareas domésticas, amistades, escuela) a los problemas interpersonales de la familia (divorcio, enfermedad de un progenitor, pérdida de confianza, etc.). En el plano del afecto, pasamos de emociones de rechazo (p. ej., ira, frustración, indiferencia) a emociones más vulnerables (p. ej., amor, anhelo, tristeza, etc.). Cuando se producen estos cambios de contenido y de afecto, comienza la fase de contrato. En el plano del contenido, el objetivo del tratamiento pasa de «arreglar a la persona adolescente» a «reparar la seguridad relacional». En el plano del afecto, la desesperanza y la resignación se transforman en esperanza y optimismo. Se podría decir: «Parece que el divorcio ha sido duro para todo el mundo, pero me preocupa que usted y su hija ya no se sientan cerca… ¿Qué le parecería si centráramos esta terapia en reparar esa distancia entre ustedes dos?».
Tabla 2 — Contenido y afecto durante las fases de reencuadre y de contrato.
Los tres objetivos de este estudio buscan descomponer, operacionalizar, medir y poner a prueba algunos de los elementos centrales de la intervención de reencuadre. En el objetivo 1, comprobamos si era posible operacionalizar y codificar las fases de reencuadre y de contrato de la intervención de reencuadre en su conjunto. Después, quisimos operacionalizar y codificar de manera fiable los objetivos de intervención relativos al afecto y al contenido dentro de cada una de estas dos fases. Codificamos en qué medida los miembros de la familia se implicaban en los objetivos de cada fase (fase de reencuadre) o los aceptaban (fase de contrato). En el objetivo 2, exploramos si la implicación en el proceso de reencuadre se asociaba con la aceptación de objetivos de reparación de la relación (contrato). En el objetivo 3, exploramos si las características iniciales de pacientes o progenitores predecían cómo responderían a las intervenciones. Exploramos tres moderadores potenciales. En primer lugar, examinamos si el estado mental respecto al apego de adolescentes, medido con la Entrevista de Apego Adulto (AAI; George et al. 1985), podía influir en el proceso de reencuadre. Centrarse en las representaciones de apego adolescentes tiene una pertinencia particular para el presente estudio. Adolescentes con apego seguro tienen expectativas confiadas en la disponibilidad y la receptividad de sus progenitores, mientras que adolescentes con apego inseguro anticipan respuestas de rechazo o incoherentes. Estas expectativas organizan, a su vez, estrategias diferentes para mantener la relación cuando la persona adolescente está angustiada (Kobak y Bosmans 2019). Adolescentes con apego seguro tienden más a señalar su angustia y a acercarse a sus progenitores en busca de apoyo.
Adolescentes con apego evitativo tienden más a apartar la atención de sus progenitores y a minimizar la angustia cuando la sienten. Adolescentes con apego preocupado maximizan las señales de angustia, pero es menos probable que el contacto con sus figuras de cuidado les reconforte (Cassidy 1994). En consecuencia, cabría esperar que adolescentes con apego evitativo se resistieran a hablar de las rupturas en la relación con sus progenitores (reencuadre). En cambio, adolescentes con apego preocupado podrían resistirse al ofrecimiento de reparación del apego (contrato), con ira y resistencia (Cassidy 1994). Estas respuestas complejas a la intervención, moldeadas por el apego, pueden dificultar los intentos de terapeutas de llevar a los miembros de la familia hacia emociones más suaves y vulnerables (Kobak y Bosmans 2019).
Además, examinamos el conflicto familiar informado por progenitores y adolescentes y la depresión parental informada por progenitores, dos factores frecuentes asociados al malestar infantil y a una mala respuesta al tratamiento (Engelhard et al. 2022). Partimos del supuesto de que un conflicto familiar elevado podría interferir con los intentos de terapeutas de hacer aflorar emociones más vulnerables y el anhelo de apego. Supusimos que la depresión parental podría atenuar la sintonía emocional de los progenitores con las necesidades de adolescentes (Joormann y Stanton 2016), inhibiendo así la aceptación de los objetivos de reparación relacional del reencuadre.
La muestra estaba formada por grabaciones en vídeo de sesiones de ABFT procedentes de un ensayo clínico aleatorizado, financiado por el National Institute of Mental Health, que comparaba la ABFT con una terapia individual no directiva para el tratamiento de la depresión y la ideación suicida en adolescentes (Diamond et al. 2019). En el momento de este subestudio se disponía de 47 casos de ABFT. La edad de adolescentes oscilaba entre 12 y 18 años (M = 14.89; SD = 1.66). El 83% eran chicas, el 40% de origen caucásico y el 9,1 % de origen hispano, y 16 (34,0 %) habían tenido un intento de suicidio previo. Los ingresos familiares oscilaban entre 5000 y 105 000 dólares (M = $53,963; SD = $35,153). La sesión de reencuadre relacional tuvo lugar con la persona adolescente y la madre (n = 26), el padre (n = 4), ambos progenitores (n = 13), el padre y una madrastra (n = 2), la madre y un padrastro (n = 1) o una abuela (n = 1). Todas las personas que ejercían la terapia tenían al menos un máster, habían recibido formación en los procedimientos de la ABFT y se ajustaban a ellos (Ibrahim et al. 2022). Al menos un progenitor (o persona cuidadora principal) participó con la persona adolescente en el programa de tratamiento. Todas las personas participantes dieron su consentimiento informado por escrito.
A veces, quienes investigan procesos pueden encontrar en otros estudios medidas de proceso bien desarrolladas (p. ej., el ablandamiento emocional) para utilizarlas en estudios nuevos. Otras veces, se desarrollan medidas que captan características propias de un modelo. Siguiendo este segundo enfoque, desarrollamos el sistema de codificación del reencuadre relacional. En él, operacionalizamos las cuatro fases de la tarea de reencuadre relacional: coparticipación, definición del problema, reencuadre relacional y contrato relacional. Después, operacionalizamos los objetivos de proceso de contenido y afecto dentro de las dos últimas fases. Estos elementos se recogen en la tabla 1. Definir estas unidades de estudio (fases) y estos objetivos de proceso (afecto y contenido) es un paso habitual en la investigación sobre los procesos de cambio en psicoterapia (Greenberg 1986).
Dos estudiantes de grado en psicología sin experiencia terapéutica recibieron formación de quien firma el artículo en primer lugar, a partir de 28 grabaciones de ABFT de un estudio anterior (Diamond et al. 2014). Después codificaron el reencuadre relacional (todas las primeras sesiones) de la ABFT. Identificaban el marcador con el que comenzaba cada fase. Cada estudiante codificó cada grabación dos veces: una centrándose en la persona adolescente y otra centrándose en el progenitor.
Una vez que pudimos identificar y aislar las fases, elaboramos códigos para evaluar los elementos clave del proceso en las dos últimas fases: el contenido y el afecto. Para estos objetivos, pedimos al equipo de evaluación que juzgara si, al final de la fase, adolescente y progenitor habían explorado el contenido y el afecto buscados en el reencuadre, y en qué medida parecían aceptar el foco de reparación relacional de la terapia.
Elaboramos una versión de los códigos para adolescentes y otra para progenitores, a fin de captar las diferencias sutiles que esperábamos (tabla 2). Todas las escalas de contenido se puntuaban de 0 a 3 (0 = rechaza la conversación/niega el deseo de apego; 3 = reconocimiento y acuerdo claros de que falta apego). Las escalas de afecto se puntuaban de 0 a 4 (0 = afecto inadecuado; 3 = implicación emocional clara y directa; resonancia con la profundización emocional). Las puntuaciones de afecto de la subescala de contrato iban del afecto negativo (0) a un afecto claramente positivo, como esperanza, alivio o entusiasmo (3).
A continuación, codificamos las grabaciones para identificar los cambios de contenido y de afecto. Formamos a siete estudiantes para codificar sesiones de reencuadre con grabaciones archivadas de la tarea 1 procedentes de un estudio anterior. Tras la formación, repartimos aleatoriamente las 47 grabaciones de la tarea 1 del estudio de Diamond et al. (2019) entre el alumnado codificador, de modo que al menos tres estudiantes codificaran la misma grabación. Cada estudiante veía cada grabación dos veces: una para codificar a la persona adolescente y otra para codificar a los progenitores. Alternamos al azar si cada estudiante codificaba primero a adolescente o progenitor, para evitar sesgos de orden. Además, cuando era posible, las fases de reencuadre y de contrato de una misma grabación de la tarea 1 las codificaban estudiantes distintos. No obstante, si una misma persona codificaba ambas fases de la misma grabación, siempre puntuaba primero el componente de contrato. También debía anotar la justificación de cada puntuación elegida. Durante el proceso de codificación, el grupo se reunió cuatro veces para evitar la deriva entre evaluadores, comentando las grabaciones complicadas y llegando a un consenso.
Utilizamos la AAI (George et al. 1985) para evaluar los estados mentales de adolescentes respecto al apego. Las entrevistas se transcribieron y se clasificaron con el Q‐set de la AAI de 100 ítems (Kobak y Zajac 2011). Las dos personas evaluadoras habían asistido a talleres de codificación de la AAI y superado las pruebas de fiabilidad con Mary Main y Erik Hesse. Veintiuna transcripciones fueron codificadas por ambas, con un acuerdo del 81% en las tres categorías principales: autónomo/seguro, evitativo y preocupado. También clasificaron el Q‐set de la AAI de 100 ítems, correlacionado con los prototipos evitativo y preocupado. Estas correlaciones proporcionan un índice dimensional para los estados mentales evitativo (M = 0.23; rango −0.65 a 0.78) y preocupado (M = 0.03; rango −0.55 a 0.72). Las correlaciones entre evaluadores para las dimensiones evitativa y preocupada fueron de 0.82 y 0.74, respectivamente. Las estrategias evitativas consisten en recurrir a maniobras de evitación o de distracción para apartar la atención de las vulnerabilidades vinculadas al apego, mientras que las personas con estado mental preocupado tienden más a quedar enredadas en los temas de la entrevista (Hesse 2008). La seguridad adolescente en la AAI se caracteriza por una «libertad para evaluar» los temas de apego y se manifiesta en un discurso cooperativo o coherente de la persona adolescente frente al protocolo estructurado de temas y recuerdos de apego de la entrevista.
Adolescentes evaluaron el conflicto familiar con el Self‐Report of Family Functioning (SRFF; Bloom 1985). El SRFF consta de 15 ítems y evalúa los niveles de conflicto familiar, de cohesión familiar y de estilos familiares democráticos. En este estudio solo utilizamos las puntuaciones de conflicto familiar. Esta escala consta de cinco ítems (p. ej., «En nuestra familia nos peleamos mucho»), y las personas participantes responden de 1 (nunca es cierto) a 4 (muy cierto).
Para evaluar la depresión parental utilizamos el Inventario de Depresión de Beck‐II (BDI‐II; Beck et al. 1996), de 21 preguntas con escala de 4 puntos (de 0 a 3), en el que las personas participantes informan de sus síntomas depresivos durante las dos últimas semanas. Las preguntas abarcan síntomas psicológicos (p. ej., impotencia, pérdida de interés) y físicos (p. ej., cambios en el sueño o en el apetito) en las dos últimas semanas. La puntuación total autoinformada va de 0 a 63. Las puntuaciones más altas indican síntomas más graves.
Recogimos las medidas iniciales de las personas participantes (AAI, SRFF y BDI‐II) en el momento de su inclusión en el ensayo clínico aleatorizado. Las personas participantes consintieron en que se grabaran en vídeo sus sesiones de terapia. El estudio fue aprobado por el Institutional Review Board de la Universidad Drexel.
Para el objetivo 1, calculamos la fiabilidad entre evaluadores mediante el coeficiente de correlación intraclase (CCI). Para el análisis, utilizamos las puntuaciones de las dos personas codificadoras principales e introdujimos la puntuación de una tercera cuando faltaban datos.
Para el objetivo 2, comprobamos si el éxito de terapeutas a la hora de suscitar el contenido y el afecto buscados durante la fase de reencuadre hacía que la familia respondiera mejor y aceptara más el contenido y el afecto buscados en la fase de contrato. Realizamos un análisis de correlación de Pearson entre el reencuadre relacional (proceso) y los componentes del contrato (resultado). Calculamos intervalos de confianza del 95% mediante un procedimiento de bootstrapping (k = 5000 remuestreos). Se analizó la receptividad tanto de adolescentes como de progenitores, y se relacionaron entre sí.
Para el objetivo 3, comprobamos si el apego adolescente, el conflicto familiar y la depresión parental predecían la receptividad de adolescentes y progenitores a las intervenciones de reencuadre relacional durante el proceso de reencuadre, así como el resultado del contrato. Para medirlo, realizamos un análisis de correlación de Pearson. Calculamos intervalos de confianza del 95% mediante un procedimiento de bootstrapping (5000 remuestreos). Todos los análisis estadísticos se realizaron con IBM SPSS Statistics, versión 27.
Los resultados mostraron que las distintas fases de la sesión podían operacionalizarse de manera fiable como fases independientes del proceso terapéutico. Los resultados mostraron puntuaciones de CCI excelentes para los marcadores estudiados: coparticipación (1.00), historia de la depresión (1.00), reencuadre (1.00) y contrato (0.99). Estos valores parecen elevados, pero reflejan que la tarea de reencuadre relacional de la ABFT está claramente estructurada y ofrece un marco para su aplicación.
Evaluamos la fiabilidad de los códigos de afecto y de contenido calculando el acuerdo entre observadores en 30 grabaciones codificadas por partida doble. Los resultados indicaron puntuaciones de CCI elevadas para todas las escalas de adolescentes y progenitores (0.83 ≤ ICC(2,2) ≤ 0.99; véase la tabla 3), con la excepción de puntuaciones de CCI moderadas para el afecto durante el componente de contrato en las madres (ICC(2,2) = 0.69) y los padres (ICC(2,2) = 0.53). Estos resultados sugieren que la receptividad de los miembros de la familia durante los componentes críticos de la tarea puede operacionalizarse y medirse de manera fiable.
Tabla 3 — Coeficientes de correlación intraclase del instrumento de codificación de la tarea 1.
Los análisis de correlación mostraron un solapamiento considerable entre las escalas (con correlaciones de hasta r = 0.70 entre proceso y contrato en adolescentes). Además, los resultados del análisis factorial respaldaban un modelo más parsimonioso en el que las escalas se combinaban. Esta decisión redujo el número de pruebas estadísticas y, por tanto, hizo más conservador el contraste de hipótesis. Con este fin, combinamos las puntuaciones de contenido y de afecto en una puntuación total dentro de las fases de reencuadre y de contrato. Lo hicimos por separado para adolescentes y progenitores. Las correlaciones de Pearson entre las respuestas de los progenitores al proceso de reencuadre y al contrato fueron positivas y estadísticamente significativas (tabla 4; para una inspección visual, véase la figura 1). Las puntuaciones de reencuadre y de contrato de adolescentes no estaban correlacionadas (B = 0.22; SE = 0.13; 95% CI = −0.04 < B < 0.43). Las puntuaciones de reencuadre y de contrato de los progenitores sí lo estaban (B = 0.43; SE = 0.12; 95% CI = 0.11 < B < 0.70). Cuando los progenitores obtenían puntuaciones totales más altas en la fase de reencuadre, tendían a obtener puntuaciones totales más altas en las fases de contrato. Las puntuaciones de adolescentes en la fase de reencuadre se asociaban con las de los progenitores en esa misma fase (B = 0.49; SE = 0.12; 95% CI = 0.16 < B < 0.80): puntuaciones más altas en adolescentes iban unidas a puntuaciones más altas en progenitores. Del mismo modo, las puntuaciones de adolescentes en la fase de contrato se asociaban con las de los progenitores en esa fase (B = 0.40; SE = 0.12; 95% CI = 0.16 < B < 0.66). Además, cuando adolescentes obtenían puntuaciones más altas en la fase de reencuadre (p. ej., mayor atención a las rupturas del apego y expresión de emociones más suaves), los progenitores tendían a obtener puntuaciones más altas en la fase de contrato (aceptar los objetivos relacionales de la terapia; B = 0.37; SE = 0.11; 95% CI = 0.13 < B < 0.60). Por último, las puntuaciones de los progenitores en la fase de reencuadre no se relacionaban con las puntuaciones de contrato de adolescentes (B = 0.14; SE = 0.15; 95% CI = −0.13 < B < 0.39).
Tabla 4 — Correlaciones de Pearson entre el reencuadre relacional y el contrato de adolescentes y progenitores.
Nota: **p < 0.01 (bilateral).
FIGURA 1. Diagramas de dispersión de las correlaciones entre las puntuaciones de reencuadre y de contrato de progenitores y adolescentes. Figura no reproducida.
Adolescentes con representaciones de apego evitativas no tenían una probabilidad significativamente mayor de obtener puntuaciones más bajas en la fase de reencuadre, aunque el valor de regresión no estandarizado quedaba dentro de los límites del IC del 95% obtenido por bootstrapping (B = −0.57; SE = 0.30; 95% CI = −1.18 < B < −0.01). Además, un estilo evitativo se asociaba de forma negativa y significativa con la aceptación del contrato relacional por parte de adolescentes (B = −0.82; SE = 0.24; 95% CI = −1.25 < B < −0.42; tabla 5). En cambio, el apego preocupado se vinculaba con una mayor implicación de adolescentes en la fase de reencuadre (cambio de contenido y de afecto; B = 0.83; SE = 0.37; 95% CI = 0.29 < B < 1.41), pero no se relacionaba con la aceptación del contrato relacional (B = 0.49; SE = 0.12; 95% CI = 0.16 < B < 0.80). El estilo de apego adolescente no se relacionaba con la respuesta de los progenitores a los procesos de reencuadre o de contrato.
Tabla 5 — Correlaciones de Pearson entre el apego, el conflicto familiar y los síntomas depresivos parentales y la respuesta a las intervenciones de reencuadre y de contrato.
Nota: *p < 0.05 (bilateral); **p < 0.01 (bilateral).
El conflicto familiar evaluado por adolescentes no se relacionaba con la aceptación de la fase de reencuadre, pero sí, de forma negativa, con la aceptación de la fase de contrato por parte de adolescentes (B = −0.50; SE = 0.16; 95% CI = −0.73 < B < −0.26). Cuanto mayor era el conflicto, menos probable era que la persona adolescente aceptara el foco relacional de la terapia (tabla 5). No se halló ningún vínculo con las puntuaciones de los progenitores en reencuadre o en contrato relacional. Por último, no hubo correlaciones significativas entre los síntomas depresivos parentales y las respuestas de adolescentes o progenitores a las fases de reencuadre o de contrato. Sin embargo, en el análisis que incluía las puntuaciones de reencuadre de adolescentes, el valor de regresión no estandarizado quedaba dentro de los límites del IC del 95% obtenido por bootstrapping (B = 0.44; SE = 0.26; 95% CI = 0.01 < B < 0.92). Esto sugería que adolescentes cuyos progenitores presentan más síntomas depresivos responden mejor a la fase de reencuadre relacional de la tarea.
En este estudio exploramos el proceso y el resultado de la tarea de reencuadre relacional, la sesión inicial de la ABFT. En primer lugar, descompusimos la intervención en cuatro fases. Después, determinamos si la intervención producía los cambios de contenido y de afecto que se suponen necesarios para su éxito. El éxito de la intervención se definió como un alto grado de aceptación del contrato relacional: mejorar las relaciones en lugar de controlar la conducta. Para medir todo ello, creamos un nuevo instrumento de codificación que evalúa la receptividad de adolescentes y progenitores a las fases de reencuadre y de contrato de la tarea de reencuadre relacional. Además, exploramos posibles predictores de la receptividad de progenitores y adolescentes a esta tarea, entre ellos las representaciones de apego adolescentes, el conflicto familiar y los síntomas depresivos parentales.
Los resultados sugieren que es posible identificar de manera fiable las cuatro fases de la tarea de reencuadre relacional de la ABFT. También es posible medir de manera fiable las respuestas de contenido y de afecto de adolescentes y progenitores a cada componente del reencuadre relacional. La implicación de adolescentes en la fase de reencuadre y su aceptación del contrato relacional estaban vinculadas a la implicación de los progenitores y a su aceptación del proceso y del contrato. Además, la calidad del apego adolescente y el conflicto familiar percibido predecían la receptividad de adolescentes durante la tarea de reencuadre relacional.
En primer lugar, comprobamos que podíamos operacionalizar y codificar de manera fiable las cuatro fases de la tarea de reencuadre relacional (objetivo 1a). Operacionalizar estos elementos de la terapia era esencial para estudiar la estructura y el mecanismo de la tarea. Estos hallazgos sugieren también que, aunque la psicoterapia puede ser un proceso escurridizo, es posible encontrar estructuras repetitivas que captan los elementos centrales de un momento terapéutico. Animamos a otros equipos de investigación, e incluso a terapeutas, a reflexionar sobre los elementos comunes de sus estrategias terapéuticas como medio para intensificar, supervisar, repetir y enseñar lo que hacen.
Para el objetivo 1b, comprobamos que podíamos operacionalizar de manera fiable dos de los objetivos de proceso (afecto y contenido) dentro de las dos últimas fases de la tarea. En la mayoría de las escalas, los CCI eran elevados, lo que sugiere que es factible identificar cómo responden progenitores y adolescentes a estas fases de la tarea. Al equipo de codificación le costó más evaluar de manera fiable el afecto de los progenitores durante el contrato relacional. Es posible que los cambios afectivos de las personas adultas durante el contrato relacional sean más complejos y variados que los de adolescentes. Por ejemplo, adolescentes suelen mostrar o bien enfado, o bien retraimiento. Madres y padres, en cambio, pueden sentir a la vez preocupación, miedo, enfado, frustración y tristeza, lo que dificulta identificar con claridad los cambios afectivos. No obstante, los resultados también podrían reflejar un artefacto estadístico. Dado el número de análisis realizados, estos valores más bajos podrían reflejar una variación aleatoria más que problemas sistemáticos de fiabilidad.
Los datos sugieren que, en adolescentes, la asociación entre implicarse en la conversación sobre las rupturas relacionales y aceptar el contrato de tratamiento relacional no era significativa. Este hallazgo sugiere que, incluso cuando adolescentes responden poco al reencuadre (es decir, con escaso cambio de contenido y de afecto), pueden mantener la disposición a participar en una terapia centrada en reparar su relación con sus progenitores (fase de contrato). Por tanto, terapeutas no deberían rendirse demasiado pronto. De hecho, De Jonge et al. (2022) han mostrado que adolescentes siguen deseando el apoyo de sus progenitores para afrontar los factores de estrés de la vida. En consecuencia, incluso cuando sus vínculos de apego se rompen, adolescentes conservan un fuerte deseo de que se restablezcan sus relaciones con sus progenitores (Verhees et al. 2022). Esto parece reflejarse en su aceptación del contrato relacional, independientemente de la calidad del proceso de reencuadre relacional.
En cambio, los progenitores que se implicaban más en el contenido y el afecto del proceso de reencuadre (un desplazamiento hacia las rupturas y una emoción más suave) tendían más a aceptar el contrato relacional. Este hallazgo subraya la importancia, en el caso de madres y padres, de desplazar el contenido y profundizar la emoción durante el reencuadre. Reconocer y amplificar la tristeza o la decepción de los progenitores derivadas de las rupturas del apego con su hijo o hija adolescente parece un paso previo importante para que acepten el contrato relacional. Además, la implicación de los progenitores en los temas del reencuadre se relacionaba positivamente con la implicación de adolescentes en el proceso de reencuadre. Este hallazgo sugiere que, cuando la persona adolescente se ablanda y se muestra más vulnerable, se activa en sus progenitores el deseo de cuidarla, lo que les ayuda a aceptar el foco de reparación relacional de la terapia. Además, la aceptación del contrato relacional por parte de los progenitores se asociaba con su aceptación por parte de adolescentes. De nuevo, cuando adolescentes se implican en el proceso terapéutico, madres y padres ganan receptividad ante el foco relacional de la intervención.
Constatamos que los tres moderadores (orientación del apego adolescente, conflicto familiar informado por adolescentes y síntomas depresivos informados por progenitores) predecían la receptividad de adolescentes al proceso de reencuadre relacional y su aceptación del contrato relacional. Estos moderadores no se asociaban con la implicación de los progenitores en la tarea. Los estados mentales evitativos de adolescentes se vinculaban negativamente con su receptividad a las fases de reencuadre relacional y de contrato. Adolescentes con apego evitativo mostraban más reticencia a hablar de las decepciones relacionales y menos receptividad ante una terapia centrada en la reparación relacional. Las personas jóvenes con apego evitativo tienden a restringir sus deseos de amor y de atención y pueden presentarse a la defensiva e indiferentes, por lo que esto no resulta sorprendente (Kobak y Zajac 2011). Sin embargo, esto no es un obstáculo para la terapia: es la terapia. En la tarea II, la alianza con la persona joven, nos centraremos más en el dolor, la ira y la desesperanza que alimentan su indiferencia relacional (es decir, su protección).
El apego preocupado también se asociaba con la respuesta al tratamiento. Curiosamente, las personas jóvenes con apego preocupado se implicaban de mejor grado en el proceso emocional de hablar de las rupturas relacionales. Sin embargo, mostraban más reticencia ante el contrato relacional. De nuevo, esto concuerda con nuestra comprensión del apego preocupado. Estas personas adolescentes expresan con más facilidad emociones vulnerables de dolor y decepción (Verhees et al. 2021), lo que facilita el proceso de reencuadre relacional. Por lo general, anhelan apoyo y comprensión. Sin embargo, siguen temiendo que se les vuelva a hacer daño, lo que puede contribuir a su reticencia ante el contrato de reparación relacional. Intentar comprender, articular, expresar y elaborar la ambivalencia ante la idea de volver a confiar en sus progenitores es el objetivo de trabajo principal del modelo ABFT.
La observación de que el apego adolescente no estaba vinculado a la respuesta de los progenitores al proceso de reencuadre y al contrato relacional debe tomarse con cautela. El tamaño de la muestra era pequeño, lo que podría dejar sin detectar algunas asociaciones. No obstante, si se replicara, podría considerarse una observación esperanzadora. Madres y padres tenían la misma probabilidad de responder bien a la tarea de reencuadre relacional tanto si la persona adolescente tenía un estilo de apego seguro como inseguro.
Un mayor conflicto familiar informado por adolescentes aumentaba la resistencia de adolescentes al contrato relacional, pero no la de los progenitores. El conflicto familiar podría aumentar el temor de adolescentes a que sus progenitores no cambien. Se ha sostenido que el conflicto familiar enmascara el deseo de cercanía con un fuerte temor al rechazo (Kobak y Bosmans 2019). Así, es posible que adolescentes de familias muy conflictivas sigan conservando su temor y sus dudas cuando se les invita a trabajar para acercarse a sus progenitores (contrato relacional). La ausencia de asociación entre el conflicto familiar y el contrato relacional de los progenitores debe considerarse con cautela, ya que muestras más grandes podrían haber detectado efectos pequeños. Además, las diferencias de resultados podrían reflejar sesgos de informante e incluso discrepancias entre informantes (p. ej., Ehrlich et al. 2016). Por ahora, las puntuaciones sugieren que el conflicto familiar pesa menos en la aceptación del contrato relacional por parte de los progenitores. Un conflicto familiar elevado es difícil de manejar en la sesión, pero no debería disuadir de perseguir el objetivo de mejorar el amor y la confianza.
Por último, la depresión parental no se asoció en un principio con ninguno de los constructos del reencuadre. Sin embargo, tras el bootstrapping, la asociación entre la depresión parental y la respuesta de adolescentes a la fase de reencuadre resultó significativa: la depresión parental aumentaba la respuesta positiva de adolescentes a la conversación sobre las rupturas y a la expresión de emociones vulnerables. Esto puede reflejar que adolescentes cuya madre o cuyo padre tiene depresión no suelen querer suponerle una carga, por lo que inhiben sus necesidades emocionales. El proceso de reencuadre les da permiso para expresar emociones vulnerables que evitaban. Si a esto se suma nuestro hallazgo de que la implicación adolescente en la tarea mejora la implicación parental, la implicación adolescente podría ayudar a amortiguar la tendencia de la depresión a acentuar la resistencia de los progenitores al tratamiento (Ofonedu et al. 2017). Se necesita más investigación para ver si este efecto se replica y para indagar qué podría significar. Además, deberían realizarse investigaciones similares con distintos indicadores de psicopatología parental, pero el presente estudio sugiere que, al menos para iniciar la ABFT, los síntomas depresivos de los progenitores no son un obstáculo directo para los objetivos del tratamiento.
Deben reconocerse varias limitaciones. En primer lugar, nos centramos únicamente en la primera sesión de la ABFT, la tarea de reencuadre relacional. En la práctica, sabemos que en la ABFT la elaboración de los temas relacionales y la implicación en la reparación relacional evolucionan a lo largo de varias sesiones; siguen siendo el foco de las cuatro primeras tareas. La primera sesión no es más que el comienzo de esta conversación. Además, solo examinamos resultados proximales al final de la primera sesión. En otro artículo estamos explorando cómo la implicación en el reencuadre y la aceptación del contrato podrían predecir el resultado del tratamiento (Bergers et al. 2021). Aun así, diseccionar y estudiar este complejo paso inicial de la intervención aporta claves significativas sobre procesos que pueden ayudar a terapeutas a pensar la intervención. En segundo lugar, solo pusimos a prueba unas pocas variables previas a la terapia (es decir, el estilo de apego adolescente, el conflicto familiar y los síntomas depresivos parentales). Otras variables podrían predecir mejor qué familias se implican en el reencuadre relacional o se resisten a él. En tercer lugar, desarrollamos un nuevo sistema de codificación para este proyecto, en lugar de utilizar herramientas bien validadas que pudieran medir procesos psicoterapéuticos bien establecidos. Podríamos haber utilizado herramientas de procesamiento emocional o medidas de la alianza. Sin embargo, queríamos una herramienta próxima a los fenómenos clínicos específicos que representan el modelo de cambio propuesto. También podríamos haber elegido una herramienta centrada en la interacción entre los miembros de la familia, y no solo en los procesos individuales. Sin embargo, en la terapia seguimos las respuestas individuales para ayudar a seleccionar estrategias de intervención que faciliten mejores interacciones. Nos satisface que nuestras medidas tuvieran una buena fiabilidad entre evaluadores, lo que sugiere que los constructos de interés estaban bien operacionalizados.
Por último, somos conscientes de que los estudios con muestras pequeñas como este pueden limitar lo que es posible encontrar. Además, la mayoría de los análisis eran correlacionales, lo que no implica causalidad. Lo discutimos en términos causales por la secuencia temporal de las fases: el reencuadre precede al contrato. La intuición clínica sugiere que lo que hacemos primero influye en lo que hacemos después.
La tarea de reencuadre relacional anima a terapeutas a trabajar más rápido y con mayor profundidad. En la primera sesión, centramos las conversaciones en las rupturas relacionales que han minado la confianza y la cooperación. Aunque la hoja de ruta de la tarea I es clara, las respuestas idiosincrásicas de los miembros de la familia complican el desarrollo de la sesión. La ABFT anima a terapeutas a tener una intención clara sobre el objetivo de la terapia, pero a servirse después de la historia y la experiencia de la familia para alcanzarlo. La resistencia al objetivo relacional no es un obstáculo para la terapia: es la terapia. La pregunta sobre qué se interpone en el camino de la confianza y el amor organiza todo el curso del tratamiento. Según estos datos, la respuesta temprana de los progenitores a este foco no depende de la respuesta de la persona adolescente, pero se refuerza cuando esta responde positivamente.
Además, nuestros análisis muestran que el apego inseguro de adolescentes moldea sus respuestas al proceso de reencuadre relacional y al contrato. Esta constatación anima a terapeutas a ofrecer un apoyo más sensible ante los temores de apego de adolescentes y a transmitirles esperanza y motivación para la reparación relacional. Curiosamente, no observamos que el conflicto familiar ni los síntomas depresivos parentales inhibieran la implicación en el reencuadre y el contrato. Esto ayuda a tranquilizar a terapeutas que temen que la terapia familiar en general, y la ABFT en particular, sea más difícil en familias muy conflictivas o en las que un progenitor tiene depresión.
Los datos que respaldan los hallazgos de este estudio están disponibles, previa solicitud razonable, a través de la persona responsable de la correspondencia.
Complexe Systémique: puntos clave
El reencuadre es un gesto fundacional de la terapia sistémica, de Watzlawick a Minuchin, y casi nunca se ha medido. Este estudio lo toma en serio: lo convierte en una secuencia observable, cuatro fases identificadas con una fiabilidad casi perfecta, y separa lo que cambia en el contenido (de las disputas por la conducta a las rupturas de la confianza) y en el afecto (de la ira al anhelo). El resultado más elocuente es circular: cuando la persona adolescente se ablanda, madres y padres aceptan con más facilidad trabajar sobre la relación, mientras que la persona adolescente puede aceptar el contrato incluso tras haberse movido poco durante el reencuadre. De ahí el consejo de no rendirse demasiado pronto, y la fina idea sobre la resistencia, que «es la terapia». Los límites son los de un primer estudio: 47 familias, correlaciones, una herramienta de codificación de elaboración propia y conflictos de intereses declarados, puesto que la autoría forma en el método que evalúa. Para leer junto con el artículo sobre la connotación positiva, prima milanesa del reencuadre, y el artículo sobre la ideación suicida en jóvenes y el clima familiar, que ilumina el terreno clínico de este estudio.
Notas del original
Financiación. Este trabajo contó con el apoyo del National Institute of Mental Health, NCT01537419.
Conflictos de intereses. Santens forma parte del personal del centro de formación en terapia familiar basada en el apego de Lovaina (Leuven), que dirige Bosmans. Diamond y Levy reciben financiación del ABFT International Training Institute de Filadelfia. También han percibido derechos de autor por el manual de tratamiento de la ABFT y honorarios por impartir conferencias privadas sobre la ABFT.
Agradecimientos. La corrección final de este documento la realizó Claude AI.
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Traducción no oficial al español de Anatomy of the Relational Reframe in Attachment‐Based Family Therapy, de Tara Santens, Chen Chu‐Chun, Suzanne Levy, Guy Diamond y Guy Bosmans, Family Process, vol. 65 (2026), doi: 10.1111/famp.70155, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra ha sido modificada en el sentido de la licencia (figura no reproducida). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
El artículo original, «Anatomy of the Relational Reframe in Attachment‐Based Family Therapy», se publicó en Family Process (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Esta versión es una traducción no oficial de Complexe Systémique, realizada con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Santens, T., Chu-Chun, C., Levy, S., Diamond, G., y Bosmans, G. (2026). Anatomy of the Relational Reframe in Attachment‐Based Family Therapy. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/anatomy-of-the-relational-reframe-in-attachment-based-family-therapy (Obra original publicada en 2026 en Family Process, 65 (2026); republicada en 2026 por Family Process, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/famp.70155)
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