Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Journal of Solution-Focused Brief Therapy · Teoría y práctica
Presentamos una posible nueva visión de la terapia breve centrada en soluciones (TBCS), basada en el desarrollo de descripciones en las conversaciones terapéuticas. Esta versión de la TBCS prescinde de muchos aspectos hasta ahora aceptados del modelo, entre ellos las tareas, los mensajes de final de sesión, las excepciones al problema y los elogios. Abordamos la cuestión de la teoría en la práctica centrada en soluciones y distinguimos entre la teoría como mecanismo y explicación —un enfoque «científico»— y una teoría más filosófica que puede servir a quienes ejercen como guía útil de aquello a lo que prestar atención. Señalamos posibles conexiones entre esta visión del trabajo centrado en soluciones y desarrollos recientes en el campo de la cognición enactiva y de la filosofía de la mente posterior a Wittgenstein, incluida la filosofía narrativa.
Traducción no oficial al español de Brief Therapy: Focused description development, de Chris Iveson y Mark McKergow, publicado en Journal of Solution-Focused Brief Therapy, vol. 2, n.º 1 (2016), doi: 10.59874/001c.75113, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Se ha añadido un título de sección («Un rumor más que un hecho») donde el original no lo tenía. Se han corregido erratas evidentes del PDF para restituir la lectura prevista: el nombre del primer autor («lveson» por Iveson) y el de John Shotter. Todo lo que Complexe Systémique ha escrito dentro del artículo lleva nuestro nombre. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
¿Ha oído usted el último rumor…?
Miller y de Shazer, 1998
Siguiendo una tradición defendida por uno de sus principales fundadores, la terapia breve centrada en soluciones (TBCS) ha seguido siendo más un rumor (un conjunto difuso de ideas y prácticas) que un hecho bien definido (Miller & de Shazer, 1998). Desde la publicación del innovador artículo Brief Therapy: Focused Solution Development (de Shazer et al., 1986), el campo ha experimentado una evolución de gran alcance. Con el espíritu del «rumor», esta evolución se ha documentado más mediante relatos que mediante un discurso académico riguroso. Quienes ejercen se han inspirado tanto en congresos y conversaciones como en la palabra escrita, e incluso esta se ha inscrito en la tradición del relato: qué hacer, más que por qué hacerlo. Este enfoque práctico del aprendizaje y del desarrollo de las competencias centradas en soluciones ha beneficiado enormemente a un campo que hoy es mundial, no solo en su vertiente terapéutica (Franklin, Trepper, McCollum & Gingerich, 2011; Ratner, George & Iveson, 2012), sino también en sus aplicaciones a las organizaciones (Jackson & McKergow, 2002; Berg & Szabo, 2005; Lueger & Korn, 2006; Iveson, George & Ratner, 2011). Existen asimismo pruebas sólidas de la eficacia de la TBCS en contextos muy diversos (véase Macdonald, 2011, así como Franklin et al, 2011, ya citado). Sin embargo, la ausencia de trabajos centrados en soluciones en el mundo académico en general, y en particular en disciplinas de gran peso como la psiquiatría y la psicología, sitúa al campo en un curioso limbo desde el punto de vista de quienes diseñan las políticas públicas y financian los servicios.
La falta de una teoría psicológica «científica» ha puesto a la terapia breve centrada en soluciones en desventaja dentro del campo medicalizado de la salud mental, en el que tiene lugar la mayor parte del discurso académico. Con este artículo esperamos abrir una nueva mirada sobre la teoría en el campo centrado en soluciones; no una teoría «causal» científica, sino una teoría basada en ese otro empeño académico igual de antiguo por comprender el mundo: la filosofía. Incluso podríamos empezar a ver la terapia breve centrada en soluciones como una forma de «filosofía clínica», interesada no tanto en causas y curas como en influencias y posibilidades.
Complexe Systémique · En el atlas
Este artículo de 2016 es el terreno sobre el que Mark McKergow construyó más tarde lo que denomina la nueva generación de la terapia breve centrada en soluciones. Sobre la neutralidad terapéutica y la disciplina que exige, véase también No dejar huellas, de Chris Iveson.
Dentro de un año… nuestra manera de pensar el cambio habrá cambiado.
Nunnally, de Shazer, Lipchik y Berg (miembros del equipo original de Milwaukee), 1986
Esta conclusión de uno de los primeros artículos del equipo de Milwaukee es tan cierta hoy como hace treinta años. La terapia breve centrada en soluciones sigue evolucionando, pero no como una entidad única. Se ha convertido en un conjunto creciente de ideas y prácticas que comparten un antepasado común y, en consecuencia, ciertos parecidos de familia, pero también diferencias cada vez mayores. Sus raíces se hunden en un complejo entramado de teorías y prácticas terapéuticas, entre las que destacan el enfoque sistémico e interaccional del Mental Research Institute (MRI) de Palo Alto, California (Weakland & Watzlawick, 1974), y los enfoques hipnóticos iniciados por Milton Erickson en Phoenix, Arizona (Haley, 1973). El MRI se centraba en identificar las pautas repetitivas del comportamiento problemático y en diseñar después intervenciones destinadas a interrumpir esas pautas para que pudieran surgir nuevas posibilidades. Muchas de estas intervenciones se inspiraban en el trabajo de Erickson, que casi siempre era indirecto: crear una experiencia nueva a partir de la cual construir nuevas maneras de vivir. La otra gran aportación de Erickson fue centrar la atención terapéutica en los propios recursos de la persona consultante: buscar posibilidades futuras dentro de su repertorio de conductas ya existente (aunque quizá no reconocido).
Buena parte de quienes practican la terapia breve centrada en soluciones se han mantenido cerca de estas primeras influencias (cuya mejor síntesis se encuentra en Keys to solution in brief therapy, de Steve de Shazer —de Shazer, 1985—, aunque el «plano» de referencia para la mayoría es probablemente Clues: Investigating solutions in brief therapy, también de de Shazer —de Shazer, 1988—). Aunque en este marco «el problema» sigue siendo necesario, ocupa un lugar mucho menos central. Se necesita porque las «excepciones» son la vía preferida hacia las soluciones, con una orientación al futuro dirigida hacia objetivos concretos. En su siguiente libro, Putting difference to work (de Shazer, 1991), de Shazer intentó eliminar por completo la noción de problema, sin llegar a conseguirlo. En su lugar, la palabra aparece siempre escrita problema, al estilo de la sous-rature de Heidegger y Derrida, para señalar su irrelevancia respecto de la «solución».
El siguiente desarrollo, que prescindía incluso de la necesidad de conocer el problema de la persona consultante, procedió de varias fuentes, entre ellas el trabajo de John Walter y Jane Peller (Walter & Peller, 1992) y el de Harry Korman y Martin Soderquist (Korman & Soderquist, 1994). En BRIEF, en lugar de preguntar «¿Qué le trae por aquí?» —lo que suscita un relato del problema—, se empezó a preguntar «¿Qué es lo mejor que espera de venir aquí?», lo que invita a la persona a especificar un resultado (George, Ratner & Iveson, 1999). Con esta pregunta, la persona queda liberada de la necesidad de describir un problema (aunque muchas siguen eligiendo hacerlo). Un desarrollo asociado es que, sin conocer el problema, resulta imposible preguntar por las excepciones, de modo que la segunda pregunta pasó a ser la pregunta del «milagro» o del «mañana», que suscita una descripción del futuro preferido de la persona. Las preguntas por las excepciones se sustituyen entonces por la búsqueda de momentos en los que el milagro ya está ocurriendo (Iveson et al., 2011). Cuanto más detallada era la descripción del futuro esperado, más probable era que salieran a la luz esos momentos. Esta mayor atención al futuro preferido de la persona (por oposición al futuro temido, anunciado por un pasado definido por el problema) parecía tener un valor terapéutico en sí misma, y esta constatación condujo a nuevas experimentaciones con el modelo.
En el ámbito de la consultoría organizacional se estaba desarrollando una reflexión similar sobre el vínculo entre las excepciones y el problema. Jackson & McKergow (2002) acuñaron el término «Counters» para describir ejemplos del futuro preferido que ya se están produciendo, o en parte, o a veces, o incluso un poco. También a ellos les insatisfacía la manera en que las «excepciones» mantenían el problema en la sala, cuando podía mantenerse una conversación más centrada preguntando de forma más específica por elementos del futuro preferido que ya se producen a veces. La versión de Jackson y McKergow incluye además las fortalezas, habilidades, recursos, la cooperación y el saber hacer pertinentes para el futuro preferido (y no simplemente ajenos al problema).
Numquam ponenda est pluralitas sine necessitate.
Guillermo de Ockham, 1334
Un principio rector del trabajo de de Shazer, que BRIEF ha mantenido, es la «navaja de Ockham»; dicho de forma sencilla: «no haga más de lo necesario para alcanzar el fin deseado». Esto nos obliga a poner a prueba, y a seguir poniendo a prueba, la necesidad de lo que hacemos. Un ejemplo fue prescindir de las tareas. Como el progreso de las personas consultantes no parecía depender de la realización de tareas, era lógico poner a prueba su necesidad. Por ello, BRIEF decidió suprimir las tareas y observar qué ocurría con los resultados. Lo que ocurrió (en una encuesta de tamaño ciertamente modesto) fue que el número medio de sesiones disminuyó y los resultados se mantuvieron iguales (Shennan & Iveson, 2011).
A medida que el equipo terapéutico ganaba destreza para suscitar descripciones de futuros posibles y de las historias que podían sostenerlos, también fue tomando conciencia de su propia insignificancia: intervenciones bienintencionadas como las tareas, e incluso el ánimo, parecían más bien intromisiones que interrumpían el progreso de la persona en lugar de favorecerlo. Del mismo modo, cuando la terapia de sesión única es algo frecuente, resulta difícil atribuir gran mérito a una «relación especial». El mérito debe atribuirse ante todo a la persona consultante: cualquier cambio que realice mañana tendrá su escenario ya dispuesto —aunque no a la vista— antes de que empiece la primera sesión. El papel de quien ejerce la terapia consiste en dominar lo suficiente el proceso conversacional para ayudar a la persona a describir un futuro posible y a descubrir su historia potencial, sin convertirse en parte interesada en su vida. Como se verá más adelante en la sección de la transcripción, se trata de una tarea engañosamente simple, pero nada fácil, que exige una atención aguda a cada una de las respuestas de la persona y decisiones rápidas sobre qué partes de cada respuesta seguir.
La aparente circularidad de estas dos preguntas es una trampa que este artículo intenta evitar. La versión de la terapia breve centrada en soluciones descrita más arriba no se desarrolló «porque funciona», sino a través de una mezcla de ensayo y error, deliberado y accidental, en BRIEF. El «porque funciona» llegó después, cuando el siguiente estudio de resultados no mostró ningún cambio en la eficacia junto con una reducción del número medio de sesiones. A medida que seguimos experimentando, cabe esperar (y desear) que lo que hacemos siga cambiando y siga funcionando. Lo que pone en peligro esta evolución es la pregunta «¿Por qué funciona lo que hacemos?», y el peligro se encuentra en la palabra «porque».
En cuanto nos aferramos a una teoría (x ocurre porque y; por ejemplo, la persona mejoró porque la terapia elevó su autoestima), tanto nosotros como quienes suscriben nuestra teoría empezamos a ponerla en práctica (hacer y para obtener x; por ejemplo, elevar la autoestima de la persona para lograr el cambio). La práctica empieza entonces a seguir a la teoría y la persona consultante deja de ser la «experta». La psicología positiva ha seguido exactamente este camino (Seligman, 2011). El reto para nosotros consiste en mantener la teoría al servicio de la práctica, de lo que realmente ocurre, y responder al mismo tiempo, al menos de forma provisional, a la legítima pregunta ¿Por qué funciona lo que hacemos? Esto nos lleva a la espinosa cuestión de la «teoría».
Creo que las teorías son, en el mejor de los casos, inútiles… Entre otras cosas, una Teoría ofrece explicaciones, y las explicaciones son dudosas y no están conectadas con las soluciones.
Steve de Shazer, lista de difusión SFT-L, octubre de 1998
A veces se dice que la práctica centrada en soluciones no tiene teoría, que se trata de encontrar lo que funciona para cada persona consultante, sea lo que sea. Creemos que esto no puede ser toda la historia. Hay muchos tipos de teoría. La que critica Steve de Shazer en la cita anterior tiene que ver con las explicaciones: explicaciones de cómo la persona ha llegado a su situación actual (y, por tanto, de qué hacer al respecto) y explicaciones de cómo se produce el cambio. Muchas escuelas terapéuticas tienen teorías de este tipo: que el cambio se produce cambiando los pensamientos, abordando miedos pasados, «elaborando» los sentimientos negativos, etc. Es una teoría del mecanismo. Se encuentran teorías del mismo tipo en las ciencias naturales, donde el hierro se oxida por la exposición al oxígeno, las enfermedades se propagan por infección vírica y los planetas se atraen entre sí por la gravedad.
En este tipo de teoría, conocer la teoría nos ayuda a obtener los resultados que queremos. Así, el galvanizado (proteger el hierro con zinc) ayuda a evitar la oxidación (al mantener el agua alejada del hierro), y lavarse las manos ayuda a evitar la propagación de infecciones (al eliminar las bacterias). Si queremos enviar un cohete a la Luna, disponer de una teoría de la gravedad nos ayudará a calcular la trayectoria exacta para que el cohete llegue al lugar adecuado, teniendo en cuenta las atracciones opuestas de la Luna y de la Tierra.
La práctica centrada en soluciones destaca (aunque no sea la única) por rehuir esta manera de pensar. No pretendemos saber cómo se meten en dificultades las personas que nos consultan ni lo que necesitan hacer para salir de ellas. Partimos de que saber el «porqué» (sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de «porqués» en competencia) no ayudará a la persona a hacer «otra cosa», y tampoco podemos saber cuál podría ser esa «otra cosa» hasta que la persona la desarrolle en la práctica. Esta posición de no saber nos obliga a cambiar nuestra manera de escuchar lo que dice la persona. Cuando tenemos una teoría, procesamos las respuestas de la persona a través de esa teoría y formulamos preguntas que derivan de ella. Si tenemos una teoría causal lineal, podríamos preguntar «¿Cuándo empezó?». Si tenemos una teoría sistémica, podríamos preguntar «¿Cómo afecta eso a sus relaciones?». Existe entonces el peligro de que la teoría empiece a conducir la conversación o, peor aún, de que se encaje a la fuerza a la persona en la teoría. En cuanto empezamos a pensar en estos términos, ya sea a partir de nuestra formación o de nuestra «corazonada» sobre esta persona, solo podemos «escuchar con un oído», mientras el otro permanece ocupado en una conversación interna con la teoría.
Para la mayoría de las personas que se dedican a la ciencia, una teoría trata de un mecanismo, de una explicación de cómo funcionan las cosas. Esto funciona bien en los campos de las «moléculas», como la física, pero en los campos del «sentido», como la terapia, donde los significados se construyen y reconstruyen social y públicamente de forma permanente, la teoría no puede separarse del bucle de retroalimentación de la práctica. John Shotter (Shotter, 2005) señala la teoría en uso de quienes ejercen: las maneras en que cada profesional ha aprendido a qué prestar atención y cómo responder a lo que oye. Aunque útil, no es una idea sencilla. Es útil porque ofrece al campo un medio para estudiar y discutir lo que hacemos y por qué lo hacemos. Es difícil porque no es una teoría del tipo «A + B causa C», sino una teoría de «proceso», más inexacta, en la que cada vez que A y B se encuentran rozan entre sí de maneras impredeciblemente distintas, de modo que C nunca acaba de parecer igual; nuestra comprensión de las relaciones entre A, B y C es siempre provisional y siempre necesita ajustes. Si a esto añadimos la «influencia del observador», el hecho de que la manera en que miramos las A, las B y las C influye en lo que vemos (y en cómo reacciona cada una de ellas al ser observada), es fácil comprender por qué profesionales con los pies en el terreno podrían decidir prescindir por completo de la teorización.
Por fortuna, practicar esta «filosofía clínica» es más fácil que hablar y escribir sobre ella. Una persona profesional puede observar a otra mientras trabaja y advertir qué aspectos de su práctica parecen producir efectos positivos. Puede fijarse en particular en una variación en el uso de una técnica concreta, como la «pregunta del milagro», que da lugar a otro tipo de conversación. Cuando quien ejerce la terapia y quien observa conversan tras la sesión, hablarán de esta diferencia, considerarán cómo modifica sus ideas sobre el proceso terapéutico, evaluarán si puede generalizarse y adaptarse a otras personas consultantes y, en las semanas siguientes, hablarán de las diferencias que empiezan a aparecer en la manera de hacer y de pensar la terapia. Todo esto puede ocurrir en reuniones clínicas formales o en retazos de conversación de pasillo: es lo que llamaríamos práctica y teoría en evolución, y se asocia a la «buena práctica», sea cual sea el modelo de terapia.
Una diferencia muy marcada entre las conversaciones centradas en soluciones y las de muchos otros modelos reside en la manera de escuchar, tal como resumen McKergow & Korman (2009). Si un modelo se basa en una teoría explicativa con su propio lenguaje y sus propias creencias, la terapeuta debe a la vez escuchar las palabras del consultante y «traducirlas» al lenguaje de la teoría. También necesita obtener la cooperación del consultante con su posición teórica, y una manera de lograrlo es empezar a parafrasear sus respuestas. Si el consultante está de acuerdo con este ligero cambio en el sentido dado a sus palabras, se siente escuchado y posiblemente comprendido de una manera nueva y estimulante. Si no está de acuerdo, puede decirlo, y la terapeuta ajustará sus propias palabras hasta encontrar un encaje. (Es en este punto, normalmente muy temprano, donde los procedimientos terapéuticos «manualizados» empiezan a fallar, puesto que es imposible manualizar este proceso de ajuste.)
El «encaje» que buscan quienes practican el enfoque centrado en soluciones gira en torno a una descripción de las aspiraciones de la persona consultante, no a una comprensión de su problema, y para ello necesitan apoyarse en el lenguaje de la persona, puesto que es el que representará con más exactitud sus aspiraciones. Las investigaciones de microanálisis de Janet Bavelas y su equipo (Korman, Bavelas & De Jong, 2013; Tomori & Bavelas, 2007) muestran que quienes la practican utilizan las palabras de la persona consultante significativamente más, e introducen sus propios conceptos significativamente menos, que en cualquier otro modelo estudiado. Oír que le devuelven sus propias palabras es otra manera en que la consultante sabrá que se la escucha con atención.
Aunque se intente escuchar todo lo que dice la persona consultante, no se puede responder a todo: hay que seleccionar qué parte de su respuesta será más útil para construir la pregunta siguiente. Por eso es imprescindible un modelo: necesitamos un marco coherente para hacer estas selecciones. Puede que escuchemos todo, pero seleccionamos con mucho cuidado aquello a lo que prestamos atención, y es esta selección la que da forma a la conversación, orientándola hacia causas pasadas, retos presentes o posibilidades futuras. El modelo que proponemos aquí se basa en la descripción.
La versión algo despojada de la terapia breve centrada en soluciones que se practica en BRIEF consta de tres preguntas, basadas en el supuesto de que toda persona consultante, incluidas las que acuden por obligación, tiene una buena razón —un resultado deseado— para estar allí.
1
¿Qué es lo mejor que espera de nuestro trabajo juntos? (El «contrato», o lo que McKergow y Jackson (2002) llaman la «plataforma» y Korman (2004) denomina el «proyecto común»)
2
¿Cómo sabrá que esas esperanzas se están haciendo realidad? (El futuro preferido de la persona consultante)
3
¿Qué está haciendo ya que podría contribuir a que esas esperanzas se hagan realidad? (La historia del futuro preferido)
Existen muchas versiones de estas preguntas, pero lo que tienen en común es que se centran en la descripción, y solo en la descripción: la descripción general de un resultado, una descripción más detallada (que quizá empiece con una pregunta del «milagro» o del «mañana») y una descripción de los momentos pasados y presentes en los que el futuro esperado ya se produce (resumidos por lo general en una escala).
Este proceso se ilustra en el caso de Mary que se presenta a continuación. El terapeuta permanece por completo en el terreno de la descripción, sin intentar en ningún momento introducir ninguna idea propia sobre lo que Mary «necesita hacer». De hecho, se esfuerza todo el tiempo por mantener una neutralidad respecto de lo que la consultante haga mañana (una neutralidad que solo abandonaría si pensara que ella u otra persona podría sufrir un daño grave).
Este caso se refiere a Mary, una mujer de unos cuarenta y cinco años que acudió a BRIEF derivada por su médica o médico de cabecera a causa de una depresión y por inquietud ante el riesgo de suicidio.
Una vez establecida la esperanza de Mary —tener una sensación de paz y de esperanza en el futuro, y no verse continuamente arrastrada de vuelta al pasado (el contrato)—, el terapeuta plantea la siguiente pregunta del «milagro» (a los cinco minutos de esta sesión concreta):
Entrevistador – Si esta noche, mientras duerme, ocurriera un milagro, y no borrara el pasado, pero impidiera que el pasado le estropeara el futuro, y como estaba dormida cuando ocurrió no lo supiera, ¿qué sería lo primero que notaría al despertarse mañana que empezaría a decirle que tiene esa sensación de paz y de aceptación?
Mary – Creo que probablemente sabría… lo más importante que sabría es que soy suficiente tal como soy. Que no tengo que demostrar nada ni buscar constantemente la aprobación de la gente que me ha fallado y me ha traído hasta donde estoy. Que yo, por mí misma, soy suficiente.
Entrevistador – Entonces, ¿a qué hora es probable que se despierte mañana?
La respuesta global de la consultante se acepta (de forma no verbal) y, a continuación, se la invita a pensar en pequeño. Es una de las vías de acceso más útiles a una descripción detallada: situarla en un momento y un lugar concretos y familiares. La consultante pasa a describir su desayuno, el trayecto en coche y la llegada al gimnasio, su sesión de ejercicio, el encuentro con unas amigas, la comida, la lectura de un libro y una conversación telefónica con su hermana. Estas descripciones se reparten en tres grandes categorías: lo que nota en sí misma, cómo la ven los demás y lo que ocurre entre ella y esas otras personas.
A los veinticinco minutos de sesión, el terapeuta invita a describir lo que intuye que es uno de los momentos más significativos del día de la consultante: el momento en que su pareja descubre su estado «posterior al milagro» y responde a él. Su pareja se ha ido a trabajar antes de que ella se despierte, de modo que su descubrimiento del «milagro» tendrá lugar cuando vuelva a casa por la tarde. Al ser cada uno la persona más importante en la vida del otro, este encuentro encerrará muchas posibilidades. (Es un ejemplo de coconstrucción: no se trata de que lleve la iniciativa la consultante o el terapeuta; la consultante ha dado al terapeuta una información a partir de la cual él puede actuar. Si resulta que no es un momento significativo para ella, podemos pasar a otra cosa.) La descripción empieza unos minutos antes de la llegada de su pareja, de nuevo con una pregunta que sitúa la escena.
Entrevistador – ¿Y a qué hora llega Jeff a casa?
Mary – Normalmente hacia las cinco o las seis.
Entrevistador – De acuerdo. ¿Y qué sentiría entonces, en esa media hora más o menos antes de que él llegue a casa? ¿Qué le indicaría en ese momento que el milagro sigue funcionando para usted?
Mary – Probablemente estaría… en lugar de encerrarnos a los dos en casa toda la tarde, quizá pensando adónde podríamos salir los dos solos, a lo mejor a dar un paseíto juntos o simplemente a hacer algo; paso demasiado tiempo encerrada.
Entrevistador – ¿Adónde se le podría ocurrir ir a pasear?
Mary – Vivimos bastante cerca de una playa, así que quizá por ahí.
Incluso antes de que su pareja llegue a casa, la relación entre ambos, lo que hacen juntos, está cambiando, lo que prepara el terreno para una interacción diferente.
Entrevistador – ¿Y qué sería lo primero que él notaría al llegar a casa, incluso antes de que usted hablara? ¿Qué sería lo primerísimo?
Mary – Yo tendría… en lugar de una cara de preocupación, de estrés, de angustia, quizá una sonrisa.
Entrevistador – De acuerdo. ¿Y qué sería lo primero que notaría usted en su reacción, incluso antes de que él hablara?
Mary – Creo que mi lenguaje corporal sería tan… sabe, normalmente él tiene que venir a buscarme, mientras que me imagino que yo estaría dispuesta a ir a darle un abrazo. ¿Sabe? Así que…
Entrevistador – ¿Se desmayaría o…?
Mary – Es posible, sí, totalmente. Habría que tener a los sanitarios preparados, sí. Creo que sería un susto, pero un susto agradable, no un susto de verdad.
Entrevistador – ¿Y dónde sería eso? ¿Dónde le daría el abrazo?
Mary – Me imagino que… porque casi siempre le oigo aparcar. Nunca voy a la puerta. Dejo que entre por la puerta y que venga a buscarme. Mientras que esta vez seguramente iría yo a buscarle.
Entrevistador – De acuerdo, así que eso sería algo distinto…
Mary – Sí.
Entrevistador – ¿Y qué notaría en su manera de abrazarle que encajara con esa sensación de paz y de placer, de ser usted misma?
Mary – A veces él cuenta que cuando me pide un abrazo… me dijo: “Cuando te pido un abrazo…” y yo se lo doy, me dice: “Estás rígida y casi… me abrazas, pero me estás apartando”. Así que me imagino que sería un abrazo mucho más natural, abierto, en el que me sintiera lo bastante relajada y segura para hacerlo. No rígido ni tenso.
Entrevistador – ¿Y qué notaría en su reacción a ese abrazo, y a esa especie de relajación…?
Mary – Creo que estaría encantado de sentir lo que es un abrazo que no tiene a) que pedir, ni b) en el que le apartan.
Entrevistador – ¿Y qué notaría en sus brazos?
Mary – Creo que me rodearían con bastante fuerza y probablemente me abrazarían más tiempo de lo normal.
Entrevistador – De acuerdo. ¿Y qué notaría en cómo lo vive usted?
Mary – Creo que sería bastante difícil, porque una se acostumbra tanto a hacer las cosas de una manera… Sea bueno o malo, una es así. Así que creo que vivir eso sería una experiencia bastante nueva.
Entrevistador – ¿Y si tiene ganas de abrazarle?
Mary – No querer soltarle tampoco, en lugar de querer romper ese abrazo.
Entrevistador – De acuerdo.
Mary – Porque ahora mismo es como: “Vale, abrazo, rápido, quitado de en medio”. Mientras que esto sería disfrutar de verdad del abrazo y sentirlo, en lugar de hacerlo sin más y separarse.
Esta descripción del abrazo dura unos tres minutos, bastante más de lo que probablemente durará el propio acontecimiento. Durante la descripción se produce un cambio visible en el rostro de la consultante y en su tono de voz, lo que sugiere que la descripción está suscitando algún tipo de experiencia sentida. No es una descripción «accidental». Un detalle así no surge sin una cuidadosa preparación de la escena, que ayuda a situar el futuro de la consultante dentro de sus rutinas cotidianas.
Se dedica un poco de tiempo al momento posterior al abrazo y después se pasa a la «escena» siguiente:
Entrevistador – ¿Y qué notaría en él cuando por fin se separe del abrazo?
Mary – Creo que posiblemente estaría muy contento de haber vivido un… no tener siempre que querer pedirlo. Encontrar… sabe, que yo reconozca sus necesidades y sea capaz de hacer eso por él.
Entrevistador – ¿Y cómo sabría él que a usted le ha gustado ese abrazo? ¿Qué notaría en usted?
Mary – Porque no me alejaría de él a toda prisa, pensando en la siguiente tarea que hay que hacer. Es como si abrazar a Jeff estuviera en la lista: tengo que hacerlo y luego tengo que ponerme a hacer esto y aquello. Probablemente me quedaría simplemente ahí con él, quizá, charlando sobre su día, en lugar de salir corriendo a intentar hacer otra cosa.
Entrevistador – ¿Es entonces cuando podría proponerle un paseo, o sería…?
Mary – Después de cenar, quizá.
Entrevistador – ¿Después de cenar? De acuerdo. ¿Y qué podrían cenar?
Para simplificar (o, más probablemente, desfigurar y tergiversar) a Wittgenstein, en quien de Shazer encontró gran parte de su inspiración, las conversaciones incluyen por lo general expresiones de sentimientos, descripciones de acciones y explicaciones de unos y otras. Para Wittgenstein, la descripción era lo más claro. Las descripciones tienen que referirse a algo abierto y visible, para que pueda verse y acordarse que la descripción es exacta (Wittgenstein, 1953). Esto significa «permanecer en la superficie», en palabras de Steve de Shazer (de Shazer, 1991): hablar de lo que la persona consultante hace en su entorno y en respuesta a él.
Las descripciones que buscamos en la sala de terapia son descripciones de apariencia inocua, cotidianas y prosaicas, de acontecimientos normales, ya sea en el posible futuro preferido de la persona, en el presente o en el pasado. El ejemplo muestra claramente que el terapeuta no ignora el «mundo interior» de las emociones de la consultante: formula con frecuencia preguntas como «¿Le gustaría…?», pero esta experiencia interior o privada de placer se traduce después al terreno público de las acciones descritas («Probablemente me quedaría simplemente ahí con él»). En todo momento, el foco está en la descripción y no en la explicación.
La aparente experiencia emocional de Mary, que acompaña a su descripción, da peso a la idea de que la mente está «corporeizada», en lugar de quedar contenida entre los límites del cráneo, y de que la cognición es «enactiva», es decir, que consiste en nuestras interacciones con el mundo más que en el cálculo de todos los mensajes que proceden del mundo. Las teorías de la cognición corporeizada y enactiva han ido ganando terreno tanto en las disciplinas psicológicas como en las filosóficas (Clark & Chalmers, 1998; Varela, Thompson & Rosch, 1991), y sus implicaciones para la terapia aún están aclarándose. Todo parece anunciar el fin de la separación entre cuerpo y mente, que nos ha permitido imaginar, por ejemplo, que algún día será posible «conocernos» plenamente simplemente comprendiendo cómo funciona el cerebro.
La cognición enactiva (véase, por ejemplo, Hutto y Myin, 2013) cuestiona la visión convencional de la mente como una especie de ordenador que recibe información para procesarla y producir conductas. Estos autores ven, en cambio, el pensamiento como una parte más de un proceso cognitivo que implica a la persona entera. De manera similar a Wittgenstein (Moyal-Sharrock, 2013), el enactivismo propone que la mente no tiene una función mental independiente, de modo que salir en busca de deseos y creencias en una mente encerrada en el cráneo es una empresa vana. Son las personas, y no las mentes o los cerebros, quienes creen y desean cosas, y lo hacen en sus acciones e interacciones con el mundo, incluidas otras personas. En la concepción enactiva, la experiencia no es el resultado de procesos cognitivos: es la manera en que, como «personas enteras», trabajamos directamente con el mundo.
Es con esta noción con la que BRIEF se ha topado al aplicar la navaja de Ockham. A medida que el equipo terapéutico de BRIEF se fue centrando más en la descripción y menos en la acción, tomó conciencia de cambios inesperados «durante la sesión» en la manera de estar de la persona consultante en la sala. No solo cambios de humor asociados a una conversación centrada en los resultados, sino un cambio completo en la experiencia que la persona describía de sí misma en ese momento. En estos casos, parecía que la descripción de un futuro preferido conducía a la experiencia real de (algo parecido a) ese futuro, más que a un «mapa cognitivo» de algo que aún está por suceder.
Cuando Mary describe el futuro que le gustaría tener, aunque no vea ninguna posibilidad de que suceda, la descripción, por ser tan detallada, ya no es solo una posibilidad imaginada: se convierte en una experiencia en sí misma. Mary no se limita a describir un futuro posible: vive ese futuro y se convierte así en una persona con esas experiencias, una persona con esperanza que no tiene por qué verse «arrastrada de vuelta al pasado». Es posible, por tanto, que la experiencia de cocrear una descripción detallada sea en sí misma una intervención terapéutica potente, siendo la conversación la cosa misma y no algo que trata «sobre» la cosa.
Los seres humanos somos narradores: nos gusta «unir los puntos» entre nuestras experiencias y crear «narrativas» que dan, de algún modo, sentido a nuestra vida. Estas narrativas influyen después en nuestras expectativas y, en consecuencia, en nuestras ambiciones para el futuro. Nuestra capacidad de contar historias ha sido objeto de numerosos debates y teorizaciones filosóficas.
En un extremo del espectro, el «narrativismo fuerte» (en su forma más simple) sostiene que construimos el «yo» a través de las historias que contamos y que, por tanto, el yo puede reformarse cambiando las historias. El filósofo Anthony Rudd (Rudd, 2012) sostiene que el yo «solo llega a existir a través de su narración» (Rudd, 2012, p. 1). Cambiar la narración debe, por tanto, cambiar el yo. Es esta idea la que está en el centro de la terapia narrativa (White & Epston, 1990). Dan Hutto propone un narrativismo más modesto: según él, los relatos que damos de nuestra vida, nuestras narrativas, tienen una función más metafórica, «una forma natural de comprenderse y de configurarse a uno mismo» (Hutto, 2014), que reduce la infinita complejidad de nuestras vidas a un tamaño más manejable. Los aspectos de nuestra experiencia que elegimos incorporar a la historia de nuestra vida influirán sin duda en la vida que llevamos, pero esa vida no estará determinada únicamente por la historia. La historia no es la persona y la persona no es la historia; la historia es solo un vehículo para dar sentido a la vida y a nuestro lugar en ella. Así, cuantos más elementos se admitan en la historia de nuestro pasado, más posibilidades es probable que veamos en el futuro. Las excepciones (a la historia del problema) y los momentos (de la historia del futuro preferido) aportan, unas y otros, nuevos elementos de los que pueden extraerse esa «comprensión y configuración de uno mismo».
Lo esencial en este proceso es que quien ejerce la terapia se mantenga neutral respecto de los pasos futuros que la persona consultante pueda elegir dar. Cualquier intento, por sutil que sea, de orientarla hacia la acción probablemente se vivirá como una forma de expropiación: utilizar las ideas de la persona para alimentar las (buenas) intenciones de quien ejerce la terapia. Solo permaneciendo en la descripción puede mantenerse esta neutralidad y dejarse a la consultante plenamente a cargo de su vida. Del mismo modo, no se trata de provocar una experiencia emocional: convertirla en un objetivo supondría dar por sentado que es lo adecuado para la persona. La experiencia emocional que puede surgir de una descripción se entiende mejor como un valor añadido: una de las muchas maneras en que la TBCS influye en las vidas, y una de las que se asocian particularmente con un cambio rápido.
Este artículo partió de la idea de encontrar un hogar teórico para la terapia breve centrada en soluciones (y sus derivaciones), pero uno que no restringiera ni dirigiera el desarrollo continuo del modelo. Lo mejor que hemos podido hacer es seguir la costumbre del cangrejo ermitaño y encontrar un hogar que se adapte sin imponer, y que pueda cambiarse por otro a medida que evolucionen nuestra práctica y nuestra reflexión sobre la práctica.
El nuevo «hogar» se parece mucho al que Wittgenstein ofreció a las primeras ideas de de Shazer, pero lo hemos ampliado con ideas procedentes de desarrollos actuales de la filosofía que no ofrecen explicaciones causales, sino posibles patrones de influencia: cuando A y B se encuentran, a menudo aparece algo parecido a C. O, más concretamente, cuando hacemos preguntas sobre el futuro que espera una persona consultante, pensamos que sus respuestas desencadenan pensamientos, emociones y acciones diferentes que la llevan a disponer de maneras más ricas de verse dentro de su vida: una historia más rica en la que elegir una visión de su pasado y una gama más amplia de posibilidades en su futuro. Debemos admitir también que hemos trazado un retrato algo caricaturesco de las teorías psicológicas «causales». No son entidades homogéneas, y existen numerosos cruces entre la psicología y la filosofía, así como entre el creciente número de terapias orientadas a los recursos.
En definitiva, esperamos simplemente haber mostrado que tras la práctica centrada en soluciones hay tanta legitimidad intelectual como pragmatismo, y que esta forma de teoría sostiene el desarrollo continuo de un modelo que no ofrece ningún medio de saber qué debería hacer a continuación una persona consultante. Nuestra exploración teórica surge de la práctica, tal como se ve en la transcripción de «Mary», y sigue, por tanto, guiada por la práctica. Si nos atreviéramos a imaginar la reacción de Steve de Shazer ante estos desarrollos, cabría esperar que se diera por más que satisfecho al ver que los «hechos» tal como hoy los conocemos están tan plenamente respaldados por las «teorías» de Wittgenstein como los «hechos» que él y su equipo descubrieron hace treinta años:
La dificultad —podría decir— no es la de encontrar la solución, sino la de reconocer como solución algo que parece ser solo un preliminar de ella… Esto se relaciona, creo, con el hecho de que esperamos erróneamente una explicación, mientras que la solución de la dificultad es una descripción, si le damos el lugar adecuado en nuestras consideraciones. Si nos detenemos en ella y no intentamos ir más allá. La dificultad aquí es: detenerse… porque ya se está «allí» donde se necesita estar; no hay ninguna necesidad de «ir más allá» de las circunstancias presentes: la manera de «seguir adelante» puede encontrarse «allí».
Zettel de Wittgenstein (1981), sección 314
Referencias
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Sobre la autoría
Chris Iveson es cofundador (con Harvey Ratner y Evan George) de BRIEF, un centro independiente de enseñanza y práctica de la terapia breve y el coaching centrados en soluciones. Trabajador social y terapeuta familiar de formación, él —junto con sus colegas de BRIEF— fue en gran medida responsable de introducir la práctica centrada en soluciones en el Reino Unido. De nuevo con Ratner y George, Iveson es autor de varios libros y de numerosos artículos sobre distintos aspectos de la práctica centrada en soluciones, y es especialmente conocido por su aplicación constante de la navaja de Ockham, la disciplina que consiste en verificar continuamente la validez de cada supuesto y la necesidad de cada componente de la práctica terapéutica.
Mark McKergow es director del Centre for Solutions Focus at Work, en Londres, e investigador visitante en el Departamento de Filosofía de la University of Hertfordshire (Reino Unido), donde trabaja para ampliar las raíces y conexiones académicas de la TBCS con respecto al pensamiento posterior a Wittgenstein más reciente, como la cognición enactiva y la filosofía narrativa. Dirige el centro de investigación HESIAN de la universidad, que publica periódicamente actualizaciones sobre la investigación en TBCS.
Artículo original Brief Therapy: Focused description development, de Chris Iveson y Mark McKergow, publicado en Journal of Solution-Focused Brief Therapy, vol. 2, n.º 1 (2016), doi: 10.59874/001c.75113, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción no oficial al español realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia; se ha añadido un título de sección donde el original no lo tenía. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Traducción no oficial al español del artículo original «Brief Therapy: Focused description development», publicado en Journal of Solution-Focused Brief Therapy (2016) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, tal como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Iveson, C., & McKergow, M. (2016). Brief Therapy: Focused Description Development. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/brief-therapy-focused-description-development (Obra original publicada en 2016 en Journal of Solution-Focused Brief Therapy, vol. 2, n.º 1; republicada en 2016 por Journal of Solution-Focused Brief Therapy, https://journalsfp.org/article/75113)
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