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The British Journal of Social Work · Trabajo social

Una comprensión relacional de la práctica basada en las fortalezas en el trabajo social

Partir de las fortalezas de las personas y no de sus carencias: la idea ha conquistado la política social inglesa, pero sigue siendo vaga. Un equipo de la London School of Economics, junto con una autoridad local londinense, le da una base teórica apoyándose en la sociología relacional. Las fortalezas, las necesidades, la identidad y la capacidad de agencia no son propiedades de los individuos: emergen de las relaciones, y la confianza o la esperanza se convierten en bienes que no pertenecen a nadie.

Autoría Michael Clark, Madeleine Stevens, Jessica Carlisle y Nicola Brimblecombe (Care Policy & Evaluation Centre, London School of Economics and Political Science, Londres); Miranda Johnson-MacGill (Royal Borough of Kensington and Chelsea, Londres)Primera publicación The British Journal of Social Work, 23 de septiembre de 2025Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de A relational understanding of strengths-based practice in social work, de Michael Clark, Madeleine Stevens, Jessica Carlisle, Nicola Brimblecombe y Miranda Johnson-MacGill, publicado en The British Journal of Social Work (Oxford University Press) (2026), doi: 10.1093/bjsw/bcaf178, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Los agradecimientos y la declaración de financiación se agrupan en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Necesitamos concebir la PBF en el trabajo social como algo complejo y, en última instancia, relacional.

Michael Clark, Madeleine Stevens, Jessica Carlisle, Nicola Brimblecombe y Miranda Johnson-MacGill

Resumen

Aunque los principios que subyacen al concepto de lo basado en las fortalezas no son nuevos, los enfoques del trabajo social fundados en este ethos se han convertido en los últimos años en una prioridad de la práctica y de las políticas. Sin embargo, las bases de evidencia teórica y empírica que deberían guiar su implementación son relativamente pobres, y la falta de evidencia se debe en parte al déficit teórico. En este artículo articulamos una base teórica más sólida para la práctica basada en las fortalezas (PBF) desde la perspectiva de las ciencias sociales relacionales. Se examina el carácter emergente de agentes y estructuras a través de su relacionalidad. Discutimos esta comprensión en relación con (1) la identidad y la autenticidad; (2) la agencia, el poder y el empoderamiento, y (3) los bienes relacionales, para desarrollar esta comprensión relacional del trabajo social basado en las fortalezas. Con ello, sentamos fundamentos teóricos más sólidos para el desarrollo y la evaluación futuros de las PBF.

Introducción

La perspectiva de las fortalezas en el trabajo social no es un fenómeno nuevo (p. ej., Saleebey 1996, 1997); sin embargo, en los últimos años ha crecido a escala internacional el interés de las políticas, la práctica y la investigación por los enfoques basados en las fortalezas (p. ej., Staudt, Howardw, and Drake 2001; Pulla et al. 2012; Friedli 2013; Department of Health & Social Care 2019; Caiels, Milne, and Beadle-Brown 2021; Caiels et al. 2024). Las orientaciones nacionales para la aplicación de la Care Act en Inglaterra, principal marco legislativo de los servicios sociales para personas adultas, indican por ejemplo que se tengan en cuenta las fortalezas y los apoyos de las personas al evaluar sus necesidades de cuidado. En ese contexto se han promovido varios enfoques basados en las fortalezas como adecuados para la práctica, entre ellos Restorative Practice, Three Conversations, Making Safeguarding Personal, Asset-Based Community Development y Local Area Coordination [Department of Health (DH) 2017]. Se trata de un conjunto diverso de prácticas, algunas orientadas más bien al trabajo con individuos y otras más bien al nivel comunitario (aunque todas cruzan en cierta medida estas fronteras), y cada enfoque cuenta con un grado variable de detalle definido y de evidencia que lo respalde. Existe la idea de «componentes compartidos de enfoques diferentes pero complementarios» (DH 2017: 4), pero esta idea de fondo no ha surgido ni empírica ni conceptualmente, lo que dificulta la implementación.

La premisa de la práctica basada en las fortalezas (PBF) ofrece muchas recompensas potenciales a distintos públicos, lo que forma parte de su atractivo, sostenido a veces por el carácter amplio y en general difuso del concepto. A menudo parece que parte del atractivo de la PBF descansa en aquello a lo que se dice que se opone, concretamente un enfoque mecanicista o excesivamente burocrático de la práctica, alejado de la preocupación por la persona y centrado de forma desproporcionada en sus déficits o necesidades. Esta crítica de algunos aspectos de la práctica actual se vincula con la preocupación de que, con demasiada frecuencia, las prácticas no basadas en las fortalezas contribuyen a hacer a las personas excesivamente dependientes, en particular de los servicios.

Sin embargo, entender aquello a lo que se opone la PBF no nos hace avanzar mucho en la comprensión de lo que es este modo de práctica y de en qué supone una mejora, es decir, de cómo se concreta en la práctica. Esto no ayuda a implementar eficazmente la PBF ni a entender qué debe ser diferente respecto de una práctica excesivamente burocrática, salvo, presumiblemente, menos de algunos elementos indefinidos de la burocracia. Pese a esta falta de claridad teórica y empírica (Staudt, Howardw, and Drake 2001; Tew et al. 2019; Price et al. 2020; Caiels, Milne, and Beadle-Brown 2021; Moore 2022) y a las críticas a la implementación de la PBF (p. ej., Slasberg & Beresford 2017; Daly & Westwood 2018), el apoyo a estos enfoques no parece decaer.

Se ha avanzado más en desarrollar una comprensión detallada de algunos enfoques de PBF y de su implementación, por ejemplo Three Conversations (Stevens et al. 2024), pero se necesita con urgencia una base conceptual más sólida, común a los distintos enfoques del trabajo social basados en las fortalezas. A su vez, ello favorecería el desarrollo de una base empírica más robusta sobre la PBF y sus efectos. Desde una posición así de clara, podríamos articular mejor en qué consiste una PBF de calidad y cómo implementarla.

Sin una comprensión teórica más sólida, la PBF corre el riesgo de verse arrastrada en muchas direcciones, incluido el apoyo a posiciones ideológicas, como concepciones hiperindividualizadas de las personas que necesitan apoyo, que muchas personas no querrían ver en la práctica (Gray 2011). Nuestra comprensión debe adoptar una perspectiva que conciba la PBF como una intervención compleja en contextos complejos, con múltiples interacciones (Skivington et al. 2021). En este artículo contribuimos a desarrollar esta comprensión teórica de la PBF como fenómeno complejo desde una perspectiva de las ciencias sociales relacionales, que definimos más adelante.

El trabajo social y la PBF

Aunque no existe una única definición ni un único enfoque de la PBF en el trabajo social, sí hay principios fundamentales sobre lo que abarca esta práctica y sobre cómo resuena con el trabajo social. Entre ellos figuran partir de la comprensión de las personas, de lo que desean para tener una buena vida y de lo que ya tienen para ayudarles a lograrlo; trabajar a través de relaciones basadas en la reciprocidad, la colaboración, el respeto y la confianza; implicar, cuando sea posible, redes sociales más amplias, y promover la justicia social [Social Care Institute for Excellence (SCIE) 2015; Mahesh, Bharatan, and Miller 2024; Miller, 2025]. Se ha descrito como una revolución respecto de la práctica actual y de los sistemas que apoyan u obstaculizan esta forma de práctica (Miller 2025), y como una forma de anteponer las personas a los procedimientos burocráticos (Lyn Romeo, entonces Chief Social Worker for Adults de Inglaterra, citada en DH 2017). La resonancia de los principios fundamentales de la PBF con los valores profesionales, unida a la incapacidad de los sistemas organizativos para apoyar la puesta en práctica de esta práctica, es un tema contemporáneo pertinente (Mahesh, Bharatan, and Miller 2024).

Una de las dificultades para implementar la PBF es que su comprensión actual parece basarse en reunir un conjunto poco articulado de otros conceptos, a veces también definidos de manera bastante laxa, que se emplean para expresar cómo debería ser la práctica sin desarrollar necesariamente una comprensión teórica coherente ni un modelo de práctica. Un ejemplo es el siguiente:

La elección, el control, la ciudadanía y la conexión son temas comunes que sustentan todo trabajo basado en las fortalezas. Una mentalidad basada en las fortalezas se apoya ampliamente en la personalización y la coproducción, trabajando en colaboración para desarrollar soluciones codiseñadas que prevengan el daño y el maltrato, reduzcan los obstáculos y la discriminación, y restablezcan y apoyen las relaciones familiares. Un enfoque basado en las fortalezas empieza con una conversación diferente. (DH 2017: 7)

Vemos aquí un conjunto de conceptos relativos a los individuos, de los cuales algunos parecen referirse a un proceso (p. ej., personalización y coproducción), otros a resultados potencialmente deseados (p. ej., ciudadanía, conexión y relaciones familiares) y otros flotan potencialmente entre ambos planos (p. ej., elección y control). El significado de varios de estos conceptos es muy debatido en la literatura; de la coproducción, por ejemplo, se ha dicho que puede quedar reducida a una palabra de moda (Locock and Boaz 2019; Bandola-Gill, Arthur, and Leng 2023). No hay una consideración clara de quiénes son los agentes de este proceso ni de qué significa ser agente. Quizá debamos partir de una mirada más fundamental sobre lo que es el trabajo social.

El trabajo social puede concebirse como dedicado a «lograr un cambio negociado en la vida de personas que afrontan dificultades» (Ann Davies, en Folgheraiter 2007: 7). El enfoque que se adopte en el trabajo social configurará, por tanto, esta negociación y, en consecuencia, la naturaleza del cambio. Desde esta comprensión, vemos el trabajo social como un proceso de acción conjunta entre actores, más que como una acción de la persona profesional del trabajo social (Folgheraiter 2007), lo que concuerda con la manera en que quienes ejercen el trabajo social dicen ver la PBF, es decir, como algo complejo y dinámico (Caiels et al. 2024).

Para entender la práctica necesitamos, por tanto, desentrañar mejor la naturaleza de esa negociación: por ejemplo, qué y quiénes son los actores implicados en esta acción conjunta, cuáles son las interacciones entre ellos, qué efectos tienen esas interacciones y cómo permiten de la mejor manera un resultado negociado útil. Una crítica central desde la perspectiva de las fortalezas es que los enfoques no basados en las fortalezas, sobre todo si los mueven preocupaciones excesivamente burocráticas, carecen de humanidad en esta negociación. Los actores quedan deshumanizados como problemas aislados, y procesos ajenos a sus preocupaciones principales pasan a primer plano; por ejemplo, las personas quedan subordinadas a los requisitos administrativos. Las personas se ven entonces reducidas a un «caso» cuyos problemas se separan de una comprensión global de su vida (Saleebey 1997). Además, según esta crítica, en este proceso no basado en las fortalezas no se considera lo que promueve la salud y el bienestar (o salutogénesis) (Antonovsky 1979; Friedli 2013). El proceso de negociación del trabajo social se ve entonces limitado y distorsionado por una interpretación estrecha de la vida de las personas y de lo que es posible.

Cualquier comprensión de la PBF debería, por tanto, decir algo sobre los actores implicados (profesionales del trabajo social, personas a las que apoyan, familiares y otras personas de la red social), en particular entendiéndolos como seres humanos completos, y sobre el lugar del respeto mutuo entre ellos como base de la negociación sobre el sentido y las acciones futuras. También necesita incorporar una comprensión del entorno de la negociación y de cómo este puede configurar las posibilidades que se abren a los actores. Sin embargo, esta comprensión teórica de fondo de los actores implicados, de los contextos, de los procesos de interacción y de su relación con los resultados rara vez se articula hoy explícitamente en los enfoques de PBF. Ello sugiere que no existe una comprensión conceptual clara de estas cuestiones fundamentales en el conjunto de las PBF. Estas tensiones y oscilaciones reflejan preocupaciones de las ciencias sociales, entre posiciones teóricas que subrayan principalmente o bien los agentes individuales o bien las estructuras sociales, en cuyo espacio se introdujo una perspectiva relacional que reúne ambas. Este es el desarrollo teórico que vamos a discutir ahora.

Una comprensión relacional

En este artículo articularemos un fundamento teórico más sólido de la PBF desde una perspectiva relacional, es decir, tras el «giro relacional» de las ciencias sociales (p. ej., Emirbayer 1997; Dépelteau 2008; Donati 2010, 2018). Aunque a veces se describe el trabajo social como relacional, con ello se suele querer transmitir la idea de que la práctica trata de relaciones interpersonales (agentes), sobre todo como contrapeso a un énfasis excesivo en los procesos administrativos (estructuras). Exponemos aquí una comprensión más completa de la perspectiva de las ciencias sociales relacionales, que va más allá de centrarse únicamente en las relaciones interpersonales, y de sus implicaciones para comprender el trabajo social y la PBF.

Este «giro relacional» se ha articulado en las ciencias sociales en parte como respuesta a los debates sobre si debemos dar primacía a la estructura o a la agencia para comprender la sociedad. Desde una perspectiva relacional, los acontecimientos no los determina la estructura o la agencia: los determinan ambas. Una perspectiva relacional nos exige no emprender el análisis tomando individuos y estructuras definidos como puntos de partida para examinar los fenómenos sociales. El foco debe partir más bien de las relaciones y las interacciones entre agentes y con las estructuras, es decir, de la red de relaciones de los fenómenos sociales en la que estamos inmersos. Los agentes y las estructuras pueden concebirse entonces como interactuantes (Burkitt 2016), mutuamente entrelazados e influyentes, y con propiedades emergentes surgidas de las interacciones.

Los fenómenos, incluidos los actores individuales, que solemos dar por estáticos y preestablecidos al considerar una situación social son, vistos desde esta perspectiva, más fluidos y (re)emergen constantemente en procesos relacionales continuos. La sociedad no es aquí una estructura global y determinante, sino múltiples relaciones en curso, que incluyen a los agentes, con interdependencias e interacciones que configuran lo que los agentes son en ese contexto (Burkitt 2018). O, como resume Donati (2018: 433) esta comprensión, «la sociedad es relaciones». Las relaciones son el punto de partida conceptual y analítico, no los individuos ni las estructuras, lo que aleja el debate de omitir algún aspecto o de considerar uno de ellos como primordial.

Las situaciones, los interactuantes y los procesos que consideramos en cualquier análisis los definimos a los efectos de esa comprensión, pero desde una perspectiva relacional es importante recordar que son una abstracción de esa sociedad relacional, total y continua. Analíticamente, en nuestro esfuerzo por dar sentido, debemos separar los fenómenos de esa red continua de relaciones y de procesos de emergencia, para poder hablar de actores, estructuras y procesos concretos en lugar de confundirlos todos. Sin embargo, en última instancia, debemos entender que están entrelazados en esas conexiones más amplias y en esas interacciones dinámicas y en despliegue de la sociedad, que (re)configuran continuamente a los interactuantes (Elias 1978; Archer, 2010a,b, 2012; Donati and Archer 2015; Selg 2018).

Se trata de un proceso continuo de emergencia en el que «todo fenómeno social surge de un contexto relacional y genera otro contexto relacional» (Donati 2018: 433). Estos procesos sociales no son necesariamente lineales, con resultados predefinibles y generalizables. Es probable que los interactuantes sean algo diferentes a causa de sus interacciones en la fase 1, de modo que en el nuevo contexto, o fase 2, puede darse un proceso de emergencia distinto, y así sucesivamente. Es un proceso continuo en el que actores y estructuras actúan unos sobre otros y se transforman mutuamente (doble morfogénesis) (Archer 2010a), remodelando la red relacional y remodelándose entre sí, pero pudiendo verse a su vez remodelados. Este despliegue puede ser gradual, de modo que percibimos estabilidad de actores y estructuras a corto y medio plazo, pero en otros momentos puede ser más brusco, con cambios claramente distintos. Esto no significa, sin embargo, que los procesos de emergencia sean ilimitados, pues no todos los cambios son posibles. Esta morfogénesis tendrá parámetros y tendencias, pero estos también pueden deparar algunas sorpresas a los actores.

Comprender estas redes relacionales, ya sea en la práctica del trabajo social o en la investigación, nos exige centrarnos activamente en las relaciones antes que en los actores, o activar «una reflexividad sobre las relaciones» (Donati 2018: 435). Con ello pretendemos situarnos conscientemente «“dentro” de la relación social» (Donati 2018: 435), tratando de comprender sus interactuantes y su dinamismo. En el trabajo social, significa entrar en la relación del proceso de negociación que es la práctica, comprendiendo cómo emergen los interactuantes en ese proceso y qué implicaciones tiene ello para la siguiente fase de interacción.

Una comprensión relacional de la PBF

Sin un fundamento teórico más coherente, el debate sobre la PBF tiende hacia una perspectiva estrecha de la práctica, centrada en las relaciones interpersonales, en lugar de la comprensión relacional (actores y estructuras como interactuantes con propiedades emergentes) que hemos desarrollado más arriba. El SCIE (2015), por ejemplo, define la PBF como algo que ocurre entre individuos y, aunque esta comprensión se preocupa por la calidad y la naturaleza de la relación entre ellos, se acepta que los individuos vienen primero, plenamente formados antes de las interacciones. No hay una comprensión explícita de ellos como interactuantes que se forman en parte en la interacción, ni una visión de la morfogénesis potencial que cada uno podría experimentar a causa de la interacción. Se entiende que las personas poseen cualidades esenciales, dadas y estáticas (fortalezas, necesidades, etc.), y que las relaciones interpersonales en la negociación del trabajo social son un vehículo para sacarlas a la luz. Esta es la razón de una de las críticas a la PBF: al centrarse en actores plenamente formados e independientes, tiende a pasar por alto las condiciones o estructuras dentro de las cuales las personas son actores, por ejemplo los determinantes sociales del bienestar (Gray 2011; Friedli 2013).

Una comprensión relacional va más allá de esta perspectiva interpersonal y concibe la PBF, el trabajo social y, de hecho, todos los fenómenos sociales en términos de interactuantes que emergen a su vez de las redes de relaciones. Para comprender este trabajo social relacional, necesitamos practicar conscientemente la consideración de la red relacional de un contexto y de sus patrones emergentes para los interactuantes, en lugar de partir de la idea de individuos preestablecidos con necesidades y fortalezas absolutas, predefinidas y encarnadas en ellos, estáticas y listas para aflorar en la discusión o la negociación. Los actores y sus fortalezas o necesidades (y la comprensión que se tiene de ellas) emergen, en distintos grados, de las interacciones en las redes relacionales.

Desde esta perspectiva relacional, comprendemos parte del potencial de la PBF, a saber: adoptar una perspectiva más amplia de la red relacional (es decir, incluir aspectos de la vida de las personas que no se consideran necesariamente en un enfoque del trabajo social excesivamente burocrático y prescriptivo) y, a partir de ahí, tratar de trazar un mejor camino para que los procesos de emergencia de esa red conduzcan a un futuro mejor. El objetivo debería ser (re)formar una red relacional más adecuada para la siguiente fase de interacciones y de la vida de la persona, reconociendo que la situación seguirá siendo emergente. A veces puede surgir con el tiempo una situación más estable, pero otras veces la nueva red relacional puede ser temporal y requerir pronto una nueva atención.

Como las fortalezas y las necesidades emergen en las interacciones, un conjunto diferente de interacciones o de interactuantes puede hacer aflorar otro conjunto de fortalezas y necesidades, u otra perspectiva sobre ellas, cuando, por ejemplo, la persona profesional del trabajo social u otra persona ayuda a quien recibe apoyo a comprender y formular distintas posibilidades de interacciones futuras. Pueden surgir narrativas alternativas entre los interactuantes, y la PBF ofrece la oportunidad de explorar un abanico más amplio de ellas y sus implicaciones para el sentido de identidad de la persona y para su vida, más de lo que sería posible en un modo excesivamente burocrático de elaborar una comprensión negociada.

Además, una mirada relacional sobre este proceso pone de relieve que las fortalezas y las necesidades emergen continuamente a medida que siguen desplegándose las relaciones entre interactuantes. Una fortaleza identificada en una persona puede activarse solo en algunas configuraciones relacionales. Al adentrarnos en las relaciones que rodean una negociación, podemos interrogarnos reflexivamente sobre si estamos dando por estables y únicas posibles ciertas cosas, o si son posibles otros caminos de emergencia y de comprensión, y cómo. Se trata de ser flexibles para comprender las fortalezas, necesidades y soluciones a medida que las cosas evolucionan a largo plazo, pero también de adoptar un enfoque más abierto para comprender las cuestiones desde las primeras interacciones.

En el resto de este artículo nos centramos en temas clave del trabajo social, centrales también para la PBF, y en lo que implica una comprensión relacional de ellos. Se trata de las cuestiones de (i) la identidad y la autenticidad, y (ii) la agencia, el poder y el empoderamiento. Para desarrollar aún más nuestra comprensión de los procesos relacionales, discutimos después un tercer tema, (iii) los bienes relacionales. Este último procede de una corriente de la teoría relacional y ayuda a desarrollar nuestra comprensión del trabajo social y de la PBF. Los temas se discuten como fenómenos analíticamente separados, pero, de acuerdo con nuestra postura relacional, siempre están entrelazados en procesos relacionales en curso dentro de contextos.

(i) Identidad y autenticidad

Una perspectiva relacional nos invita a prestar atención al hecho de que, en lugar de suponer una identidad muy fija antes de una interacción y unas características dadas de cada persona, como un conjunto de fortalezas y necesidades, debemos considerar cómo y en qué medida estas emergen de las interacciones. Además, debemos entender que su emergencia está relacionada no solo con las interacciones, sino también con el estilo de reflexividad dominante de cada persona en ese contexto (Archer 2012), es decir, con cómo se piensa a sí misma y piensa su lugar en el mundo. La identidad, el yo, también tal como lo perciben los demás, es entonces otro elemento de una red relacional, imbricado en los procesos continuos de emergencia y morfogénesis (Archer 2010a). La negociación de las interacciones del trabajo social es un proceso de diálogo que explora con la persona su sentido de identidad y qué necesidades o fortalezas emergen a medida que las reconocemos.

Los procesos de diálogo y de reflexividad en la formación de la identidad se han explorado especialmente en el enfoque de Diálogo Abierto desarrollado en la atención a la salud mental, que puede considerarse incluido en el amplio paraguas de la PBF. Aunque en un principio el Diálogo Abierto no se haya promovido como una PBF de referencia en los servicios sociales, pues no figura, por ejemplo, en el SCIE (2015) ni en el DH (2017), se basa en las fortalezas, se apoya en la red social más amplia de las personas y pone muy claramente de relieve este proceso de diálogo y sus vínculos con la identidad emergente y el apoyo. Quienes lo promueven afirman:

La manera en que hablamos influye tanto en los diálogos interiores de la persona usuaria como en los diálogos que se producen después entre ella y sus allegados. (Seikkula and Arnkil 2018: 1)

Esta idea de un diálogo exploratorio continuo como elemento fundamental de la PBF está implícita en la descripción de este modo de práctica procedente de la mesa redonda mencionada más arriba, en el informe del Department of Health (2017), al incluir la coproducción entre distintos grupos de personas. Se hace más explícita en el enfoque Three Conversations (Stevens et al. 2024), que no solo sitúa la «conversación» en primer plano desde el título, sino que fomenta un diálogo continuo entre profesionales y ciudadanía que responde a situaciones y comprensiones en despliegue. El enfoque de Diálogo Abierto, sin embargo, sitúa aún más claramente en primer plano el diálogo y su relación con la identidad y las fortalezas.

Vistas las cosas de forma relacional, captamos más a fondo esta concepción del diálogo, reconociendo que la identidad no es fija, sino que emerge en redes de relaciones en curso, incluso, en cierta medida, de las interacciones entre profesional del trabajo social y persona usuaria. Reconocerlo puede abrir nuevos horizontes a los individuos y llevar a considerar explícitamente sus redes relacionales y sus identidades emergentes, aportando la PBF a este proceso la atención a las fortalezas. Pero también hay que comprender el potencial negativo, a saber, que el diálogo y la red relacional pueden generar disfunciones. Del mismo modo, debemos reconocer que el diálogo por sí solo puede no bastar para ayudar a alguien si no se consideran también los aspectos estructurales de una red relacional y sus efectos.

Esta comprensión relacional de la identidad aporta una perspectiva diferente sobre la autenticidad, que se ha considerado un objetivo deseable de la PBF, es decir, hacer aflorar a la persona auténtica (Moore 2022). En lugar de un fenómeno fijo que posee una persona —que es o no es auténtica respecto de un conjunto rígido de características—, debemos entender la autenticidad como algo que emerge en un contexto a través de una red relacional particular. Cuanto más teorizamos la idea de una persona interior esencial a la que ser fiel, más esquivo y problemático se vuelve el concepto (Taylor 1992; Guignon 2004). La autenticidad se produce en procesos sociales y no es innata ni está aislada dentro de una persona. Por tanto, si la PBF quiere hacer realidad la autenticidad, no debe esperar verla como una naturaleza predefinida en un actor. Su lugar debe entenderse más bien como «no mi mente y la tuya, sino más bien el “entre”» (Guignon 2004: 165). El sentido de autenticidad se sitúa entre los actores y se comprende situacionalmente sobre el fondo de lo que creen y valoran individual y conjuntamente. Esta comprensión procesual de la autenticidad se toma en serio la interconexión de la vida, y no la expresión unilateral de la voluntad de alguien.

(ii) Agencia, poder y empoderamiento

El actor y su agencia son conceptos centrales de la PBF (Gray 2011; Daly and Westwood 2018). Sin embargo, como se ha señalado, existe una crítica a una concepción estrecha de la PBF según la cual esta enfatiza en exceso a los individuos e ignora sus condiciones de vida, en particular los determinantes sociales y cómo estos configuran la salud, el bienestar y las desigualdades asociadas (Marmot et al. 2012). Este contexto pesará sobre la agencia de un individuo, y muchas de las personas que reciben apoyo de los servicios sociales afrontan a diario dificultades para salir adelante y pueden no disponer de los recursos para ejercer su agencia (Gray 2011). Una comprensión tan estrecha de la PBF y de la agencia es más probable si concebimos las capacidades de una persona como una cualidad innata y relativamente estable, en lugar de como algo interaccional (relacional).

Entender la agencia desde una perspectiva relacional debería evitar el escollo de enfatizar en exceso a los individuos, pues hace explícitas sus circunstancias como interactuantes de una red relacional. Pensando relacionalmente, no suponemos que los actores simplemente tengan agencia como un recurso innato listo para ejercerse. Las personas pueden, en grados diversos, recurrir a su reflexividad sobre sus circunstancias para considerar cursos de acción posibles y preferidos, pero dentro de ciertas limitaciones (Archer 2010a; Donati 2018). Por tanto:

la oportunidad de ejercer grados de agencia depende no solo de nuestras propias capacidades personales, como la reflexividad, sino de la situación misma y del estilo de nuestras interdependencias. (Burkitt 2018: 536)

La agencia forma parte ella misma del entrelazamiento relacional, está imbricada en la identidad y emerge de las interacciones en una creación mutua y continua a través de una red relacional. La agencia es, entonces, un proceso dentro de un contexto específico y dinámico, más que una posesión que se lleva de una situación a otra.

Relacionados con la agencia, el poder y el empoderamiento son otras ideas centrales de la PBF (Pulla 2012) y, como tales, también necesitan un desarrollo teórico completo. La preocupación por el poder y el empoderamiento es antigua en el trabajo social (p. ej., Tew 2006; Adams 2017). Las concepciones del poder pueden subrayar en exceso la capacidad de las personas para ejercer «su poder» y ser autosuficientes (Tew 2006; Rivest and Moreau 2015). En el otro extremo, insistir en exceso en una definición estructuralmente determinante del poder puede ignorar las capacidades individuales.

Desde una comprensión relacional, concebimos el poder no como un fenómeno que posee una persona ni como algo situado únicamente en estructuras que se imponen a las personas, sino como parte integrante de situaciones complejas y emergente de ellas, entrelazado en la red de relaciones (Elias 1978; Foucault 1978, 1979; Burkitt 2018; Selg 2018). Quienes ejercen el trabajo social necesitan, por tanto, comprender la red relacional en la que trabajan, considerando no solo las relaciones interpersonales y sus efectos sobre el poder y el empoderamiento, sino también las interacciones de las estructuras como interactuantes en la situación y cómo estas pueden imponerse a la agencia de las personas o hacerla posible. El poder no es posesión de ningún elemento de la red relacional, ni suele ser un simple proceso lineal. Debemos concebir más bien el poder como:

siempre inserto en entornos y redes localizados, con su carácter ambiguo y a veces contradictorio. (Burkitt 2018: 528)

En los procesos de emergencia a través de estos entrelazamientos locales, el poder puede adoptar formas creativas y habilitantes, además de operaciones opresivas (Tew 2006; Gilbert and Powell 2010; Rivest and Moreau 2015), y puede desplazarse constantemente a través de una red relacional y a lo largo del tiempo. El poder y el (des)empoderamiento son procesos continuos, no fenómenos de todo o nada, que se encienden o se apagan. Esta comprensión del poder y de los conceptos relacionados nos ayuda a entender su despliegue en el Diálogo Abierto y en las Conferencias de Grupo Familiar (Frost, Abram, and Burgess 2014), por ejemplo, pero también a ver que son fundamentales en la vida social más allá de los límites específicos de estas prácticas.

Como «proyecto emancipador» (Archer 2010b: 206), una perspectiva relacional nos lleva explícitamente a examinar estas cuestiones de poder a través de las redes relacionales y a valorar la reciprocidad entre interactuantes como pilar central de la sociedad civil. Una red relacional positiva implica que quienes participan en ella valoren lo que han generado colectivamente mediante el ejercicio combinado de su poder y compartan la preocupación de seguir nutriendo esta nueva configuración relacional (Archer 2013). Esto resuena con la teoría y la práctica del trabajo social. La PBF puede consistir en ayudar a las personas a pasar de verse como agentes pasivos a verse como agentes más activos en algunos contextos, pero nuestra comprensión de cuál es la mejor PBF para lograrlo en contextos específicos carece por ahora de fundamento empírico.

(iii) Bienes relacionales

Para avanzar en la comprensión teórica de la PBF, resulta útil articular el lugar de los bienes relacionales en el dinamismo de las redes relacionales en despliegue. Los bienes relacionales (Donati 2010; Archer 2010b) son aquellos fenómenos positivos (bienes) que emergen de las interacciones y que nunca son posesión de uno solo de los actores de la relación. Se sitúan a través de la red relacional y dan una energía positiva a las siguientes fases de interacción. Algunos ejemplos son la confianza, la esperanza, la amistad y el respeto mutuo. Una fase positiva de interacción puede nutrir estos bienes relacionales y trasladarlos a la siguiente fase de interacción. Los bienes relacionales no pueden reducirse a ninguno de los individuos de una interacción, y tienen sus propias propiedades emergentes, que siguen produciendo efectos sobre las relaciones y los individuos, por ejemplo motivando o desmotivando a las personas respecto de un curso de acción o de un sentido de propósito (Donati and Archer 2015). Es importante señalar que las personas pueden orientar sus acciones a nutrir los bienes relacionales, pero, sobre todo en una red relacional más amplia, esto puede no estar enteramente bajo el control de un agente.

Se ha señalado que la práctica basada en las fortalezas está vinculada con la esperanza (p. ej., Pulla 2012) y, al adoptar una perspectiva relacional, podemos concebir ahora esta como un bien relacional para comprender su lugar en las interacciones y en la emergencia. Como bien relacional, la esperanza y otros bienes relacionales, en particular la confianza, pueden nutrirse en la PBF entre profesionales del trabajo social y las personas a las que apoyan, alimentando positivamente los procesos de emergencia que generan identidad y agencia.

Al situarse a través de una red, los bienes relacionales pueden existir principalmente entre actores clave, como la persona profesional del trabajo social y la persona usuaria, pero otras personas de la red pueden influir en ellos. Por ejemplo, la persona profesional del trabajo social puede compartir cierto nivel de confianza con alguien, pero otra parte del sistema de cuidados puede socavar o reforzar esta confianza mediante una interacción negativa o positiva. La intervención de un familiar entre la persona profesional y la persona usuaria puede tener efectos similares sobre bienes relacionales como la confianza y la esperanza.

A partir de esta comprensión, podemos ver, por ejemplo, que una interacción de trabajo social guiada por Three Conversations tiene más probabilidades de ser eficaz cuando desarrolla sólidos bienes relacionales de confianza y esperanza entre la persona profesional del trabajo social y la persona a la que apoya. Al reunir una red social más amplia, el Diálogo Abierto y las Conferencias de Grupo Familiar buscan trabajar sobre la red relacional más amplia y, por tanto, necesitan entender cómo reforzar bienes relacionales como la esperanza en toda esa red, y no solo en una persona.

Al reconocer estos procesos y estos bienes emergentes y compartidos, debemos admitir también la posibilidad de perjuicios o males relacionales, como el desánimo y la falta de confianza. También ellos pueden existir en una situación, situándose a través de la red relacional de los interactuantes. Pueden tener un efecto negativo sobre los agentes y las relaciones, influyendo desfavorablemente en la siguiente fase de interacciones y en sus resultados. Comprender el potencial de los males relacionales nos ayuda a ver cómo podrían socavar la red social de apoyo que, por ejemplo, el Diálogo Abierto trata de nutrir.

Desde esta perspectiva, vemos que una simple dicotomía entre una práctica más personal (como buena) y una práctica burocrática (como mala) no es tan evidente. Una práctica más orientada a las fortalezas de las personas puede, si se hace bien, trabajar con los bienes relacionales, pero las estructuras (prácticas burocráticas) también pueden ser necesarias para sostener esos bienes y producir resultados positivos. Los méritos relativos de las estructuras y de los enfoques de trabajo dependen de si apoyan o socavan la generación continua de bienes relacionales, facilitando así el paso a una siguiente fase mejor de la red relacional, y no simplemente de la naturaleza de la tarea.

Conclusiones

Implementar una nueva PBF en los servicios sociales para personas adultas de las autoridades locales exige cambios complejos que implican interacciones entre sistemas, liderazgo, recursos e individuos (Ford 2019; Tew et al. 2019; Caiels et al. 2024). Una comprensión conceptualmente poco desarrollada de la PBF podría socavar la implementación y favorecer potencialmente perspectivas excesivamente individualistas que no tengan debidamente en cuenta los determinantes estructurales a los que se enfrenta una persona ni el apoyo que necesita. Se han dado pasos para desarrollar una concepción más articulada de la PBF que vincule agentes y estructuras, como en el caso del enfoque Three Conversations (Stevens et al. 2024). Sin embargo, se necesitan más fundamentos conceptuales en el conjunto de la PBF.

Una comprensión relacional del trabajo social y de la PBF ofrece una conceptualización más rica, que da cabida a los individuos pero tiene también en cuenta las estructuras. Sitúa en primer plano los procesos continuos de interacción y la emergencia resultante de los agentes, de sus características y de una serie de bienes entre interactuantes. Si las organizaciones quieren adoptar la PBF en el trabajo social, deben crear el entorno organizativo adecuado, que ayude a quienes ejercen el trabajo social a ser reflexivos sobre la naturaleza de su trabajo y a desarrollar una práctica creativa y flexible orientada a transformar positivamente la red relacional en la que están inmersos junto con las personas usuarias. Habrá, por supuesto, límites a lo que puede hacerse, pero no conceptualizar plenamente la comprensión relacional puede dar lugar a una práctica excesivamente estrecha, que no evoluciona a medida que las redes y los bienes relacionales siguen emergiendo de las interacciones en curso. Desde una perspectiva relacional, podemos:

señalar una posibilidad diferente, la posibilidad de relaciones sociales que puedan realizar mejor la humanidad de los agentes sociales y darles la oportunidad de alcanzar una buena vida. La buena vida (eudaimonia), en esta visión, consiste en participar en la creación y el disfrute de bienes relacionales en lugar de males relacionales. (Donati 2018: 452)

Esto resuena con el ethos del trabajo social. Un análisis relacional de la PBF concuerda con una comprensión de la práctica como una negociación o como algo cocreado entre los sistemas y los mundos de vida de las personas (Seikkula and Arnkil 2018). La implementación de la PBF necesita comprender esta red y que es en ella y a través de ella donde, para cada persona, se produce el llegar a ser más humana:

en la medida en que genera relaciones sociales que sostienen el florecimiento de bienes relacionales de los que se nutre para ser más humana. (Donati 2018: 451)

Una perspectiva relacional no proporciona un modelo definitivo de la PBF ni todos los detalles sobre cómo llevar a cabo este trabajo con la máxima eficacia, pero sí ofrece una base teórica más coherente y sólida desde la que empezar a desarrollarlo. Esta base concuerda con la comprensión «fluida, flexible» (Caiels et al. 2024:177) que se desprende de lo que quienes ejercen el trabajo social relatan sobre la PBF. El fundamento teórico también nos ayuda a empezar a formular de manera más explícita los requisitos para evaluar la práctica. Reconocemos la necesidad de examinar los bienes y males relacionales que se generan, así como la red de relaciones emergente y las identidades, objetivos, fortalezas, etc., que emergen en todo apoyo a una persona. En algunas circunstancias de la práctica, aplicar la PBF puede ser un proceso relativamente sencillo, pero en muchas situaciones de trabajo social se trata de un proceso complejo, con negociación, interacción, toma de decisiones y emergencia continuas. Necesitamos concebir la PBF en el trabajo social como algo complejo y, en última instancia, relacional.

Complexe Systémique: puntos clave

Para un público sistémico, el interés del artículo está en reconocer su propia epistemología en un debate del trabajo social. Decir que las fortalezas y las necesidades no son propiedades estables de las personas, sino que emergen de una red de relaciones en la que las estructuras cuentan tanto como los actores, es reencontrar el desplazamiento de la mirada del individuo hacia la relación. El texto extrae dos consecuencias útiles. Primero, una fortaleza identificada en alguien puede activarse solo en ciertas configuraciones: la evaluación es, por tanto, un momento de la relación, no un inventario. Segundo, la confianza y la esperanza son bienes relacionales, que no son de nadie y que una tercera persona, un servicio o un familiar pueden nutrir o dañar. El texto evita además la trampa de oponer una buena práctica personal a una mala burocracia: algunas estructuras sostienen estos bienes. El límite es el de un ensayo teórico, sin datos, que aplaza la evaluación. Puede leerse junto con el artículo sobre el apoyo a las familias desde un enfoque restaurativo y el artículo sobre un modelo relacional de apoyo en Hong Kong.

Notas del original

Agradecimientos. Queremos agradecer a la School for Social Care Research (SSCR) del National Institute of Health & Care Research (NIHR), que apoyó parte del trabajo en el que se basa este artículo, aunque las ideas expuestas son las de la autoría y no necesariamente las de la SSCR, el NIHR o el Department of Health and Social Care.

Financiación. No se declara ninguna.

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Traducción no oficial de A relational understanding of strengths-based practice in social work, de Michael Clark, Madeleine Stevens, Jessica Carlisle, Nicola Brimblecombe y Miranda Johnson-MacGill, The British Journal of Social Work, vol. 56, n.o 3 (2026), doi: 10.1093/bjsw/bcaf178, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (declaraciones agrupadas en las notas). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

Esta es una traducción del artículo original «A relational understanding of strengths-based practice in social work», publicado en The British Journal of Social Work (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.

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Cómo citar este artículo

Clark, M., Stevens, M., Carlisle, J., Brimblecombe, N., et Johnson-MacGill, M. (2026). A relational understanding of strengths-based practice in social work. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/a-relational-understanding-of-strengths-based-practice-in-social-work (Obra original publicada en 2025 en The British Journal of Social Work, 56(3), 964-979 (2026); republicada en 2026 por The British Journal of Social Work, https://academic.oup.com/bjsw/article/56/3/964/8262453)

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