Traducción asistida por IA

Esta versión ha sido traducida del francés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

Pareja · Disfunciones

La cuarta disfunción de la pareja que hay que tratar en terapia

Después de la incivilidad, la inmutabilidad y la infidelidad, llega la última de las cuatro grandes disfunciones: la inmadurez. Existen varias formas de inmadurez, y detectar cuál está en juego lo cambia todo, porque tanto el pronóstico como la intervención son distintos.

Un continuo, no una etiqueta

En cuanto se habla de madurez e inmadurez, parece esencial precisar que no se trata de una lógica binaria. No se puede decir de una persona que es madura o que no lo es: no tendría mucho sentido. Hay un continuo que va de la inmadurez a la madurez, y un proceso que se desarrolla entre ambas.

Este proceso de maduración varía según cada persona: lleva más o menos tiempo y sigue siendo sensible a los acontecimientos vitales, a los encuentros, a las personas con las que se convive y a las que nos criaron. Dicho de otro modo, las personas se están adaptando permanentemente a un contexto, y siempre es posible evolucionar en este continuo.

En cuanto a las definiciones, la inmadurez es un término que se utiliza habitualmente para caracterizar la afectividad en la infancia, la adolescencia o la edad adulta, marcada por la falta de autonomía, la necesidad de protección y una fijación exagerada a las imágenes parentales. Por oposición, la madurez se define implícitamente como el acceso a la autonomía, a la libertad de acción y al desprendimiento respecto de esas imágenes. En sentido figurado, los diccionarios hablan de la edad madura, la que sigue inmediatamente a la juventud y confiere al ser humano la plenitud de sus capacidades físicas e intelectuales: la idea que se desprende es la de un estado de culminación dentro de un proceso de desarrollo.

Tres niveles de complejidad

Para orientarse en este continuo, pueden distinguirse tres niveles. Sirven para la terapia de pareja, pero también para la terapia individual y la terapia familiar.

1

Madurez consciente

La parte alta de la escala: un funcionamiento óptimo y un rendimiento funcional.

2

Inmadurez consciente

La persona es consciente de su inmadurez, o de los ámbitos en los que se manifiesta.

3

Inmadurez inconsciente

La negación completa: hay inmadurez y no se sabe.

La madurez consciente

Una organización vital —una persona, una pareja, una familia— inscrita en un funcionamiento óptimo permite un desarrollo y un crecimiento orientados hacia un ordenamiento que llamamos madurez consciente. Este estado se caracteriza por un rendimiento funcional: permite adaptarse de la manera más eficaz posible a las limitaciones y a las condiciones de existencia, y sacar el máximo partido de las propias competencias.

Son personas que tienen la capacidad de oponerse, que aceptan la confrontación sin temor, que tienen comportamientos adaptados y comportamientos de afirmación. En esta etapa, se está en condiciones de tomar decisiones sobre la propia vida y de asumir sus consecuencias; se puede elegir satisfacer o no el propio deseo, y se pueden aceptar las frustraciones. Una persona madura es consciente del impacto de sus comportamientos en los demás y tiene en cuenta esa información en el momento de actuar.

Atención: esto no significa tomar todas las decisiones en función del interés ajeno. No hay que confundir la madurez con el altruismo. Se trata de tener en cuenta el impacto de nuestros comportamientos en nuestro entorno, en las personas que nos rodean, e incluso en aquellas a las que no conocemos pero a las que nuestros actos afectan —en el plano político, por ejemplo, o en cualquier posición de poder—. La persona madura asume después sus decisiones: incluso cuando no van en interés de otras personas, es consciente de ello y sabe por qué las ha tomado.

La inmadurez consciente

Como su nombre indica, es un estado de inmadurez del que la persona es consciente, al menos en ciertos ámbitos. Y a veces es el secreto mejor guardado: uno puede avergonzarse de ciertos comportamientos, de ciertas actitudes o reacciones. También aquí las personas tienen cierta conciencia del impacto de sus comportamientos en los demás; esos comportamientos pueden ser persistentes sin llegar a ser del todo disfuncionales, precisamente porque no van demasiado lejos.

Piense en una persona que tiende a huir de sus responsabilidades y se refugia, por ejemplo, en los videojuegos, hasta el punto de que la vida de pareja se ve afectada y otras responsabilidades dejan de asumirse. Como es consciente de que ese refugio es una vía de escape, será capaz de limitar un poco sus efectos. Cuando eso no es posible, estas personas eligen a veces huir, marcharse o provocar la ruptura.

Lo mismo ocurre en una vertiente más recreativa: personas que están de fiesta permanentemente, salen muy a menudo, consumen mucho alcohol o drogas, y tienen dificultades para asumir una vida familiar con hijos. Ante un problema —de pareja, profesional, familiar, de amistad o de dinero—, ponen en marcha estrategias de evitación: no abrir el correo, no mirar las facturas, no contestar al teléfono en cuanto se trata de una deuda. Se repliegan, se esconden, mienten; pero aquí la mentira no tiene una finalidad de manipulación, sino de evitación. Con el refuerzo de la vergüenza y de la negación, uno puede hundirse cada vez más: he visto casos en los que uno de los miembros de la pareja había mentido durante meses haciendo creer que tenía un trabajo, hasta que la otra persona se dio cuenta de que las cuentas de ahorro se estaban vaciando y de que nadie lo conocía en su supuesto lugar de trabajo. Otras personas se refugian en la queja, la somatización o la enfermedad para evitar tener que afrontar los problemas de manera directa.

Son situaciones que acaban volviéndose extremadamente incómodas para estas personas. La buena noticia: con ellas es posible hablar, nombrar los ámbitos de inmadurez que se perciben y acompañarlas en este proceso de maduración apoyándose en su patrimonio y en sus competencias existentes.

La inmadurez inconsciente

Aquí el pronóstico es más reservado: son las personas inmaduras que no lo saben. Comportamientos muy inmaduros, en una negación completa. Con ellas ni siquiera es posible nombrar la inmadurez: lo recibirían como un ataque, lo que desencadenaría un movimiento de agresividad, de repliegue o de huida, un movimiento que no se vive conscientemente como tal.

Aparece entonces una gran agitación en cuanto se abordan temas incómodos, un cuestionamiento del encuadre, comportamientos de denegación, confusión, comportamientos rigidificados y dificultades de flexibilidad cognitiva. En el peor de los escenarios, se habla de descompensaciones en el sentido psiquiátrico del término: personas que pierden el contacto con la realidad, desarrollan alucinaciones o una construcción delirante del mundo. En esta categoría se encuentran muchos trastornos psiquiátricos, que acaban constituyendo, de manera inconsciente, una forma de escapar de una realidad.

Lo que el sistema mantiene

Una pregunta útil: ¿qué mantiene a alguien en una postura de inmadurez? Plantearla ya es tener en cuenta el contexto. En el enfoque sistémico, nos interesamos por las interacciones complejas que se tejen entre los miembros de un sistema, familiar o conyugal. Eso significa que la inmadurez no se considerará una característica que pertenece a una persona y que solo a ella le correspondería resolver.

Referencia clínica

La persona considerada como la más adulta, la más madura de la pareja, obtiene a menudo un gran beneficio narcisista de la situación.

Dicho así, la idea puede sorprender. Pero si tengo una pareja inmadura, eso puede irritarme; al mismo tiempo, desarrolla mi propia competencia. La otra persona no se ocupa del papeleo: me encargo yo, y desarrollo mi competencia. La otra persona huye de los problemas: los tomo en mis manos, desarrollo mi capacidad de resolución de problemas y obtengo una gratificación muy real cuando los resuelvo. Tiene usted, por tanto, a uno de los dos miembros de la pareja que delega su incapacidad en la otra parte, y a esta, que asume esa responsabilidad: aunque se queja de la situación, desarrolla en ella sus propias competencias.

Esta inmadurez puede no revelarse hasta cierto momento del ciclo vital de la pareja, no necesariamente desde el principio. Dos personas pueden llevar mucho tiempo juntas sin vivir realmente juntas, sin haberse casado ni haberse ido a vivir bajo el mismo techo. Antes, una de ellas pudo beneficiarse de una enorme red de apoyo en su círculo familiar, un círculo en el que los demás colaboraban mucho a mantener su inmadurez, en el que todo se hacía por ella, en el que nunca tenía que ocuparse de nada.

Es la trampa de la comodidad. ¿Quién no soñaría con que se lo dieran todo hecho? Basta con ver el éxito de los hoteles con todo incluido: una semana en la que no hay que ocuparse ni de la cocina ni de la limpieza, en la que se vive una vida de entretenimiento. Allí se hace la experiencia, sumamente placentera, de la inmadurez, pero de manera puntual. Algunas personas caen en esta trampa de forma permanente y, en consecuencia, no desarrollan ciertas competencias. No es una fatalidad: se puede haber recibido una crianza de príncipe o de princesa y haber tenido la voluntad de salir al exterior, de vivir las propias experiencias, de enfrentarse a las dificultades, de exponerse, y desarrollar así la madurez. Pero para quienes caen en ella, el momento de irse a vivir juntos es aquel en el que piden indirectamente a la otra persona que compense lo que han perdido.

Un matiz importante: esto no significa que haya que prohibir los espacios regresivos puntuales, al contrario. Puede ser muy sano para una pareja tener momentos en los que la otra persona se convierte, durante unos minutos o unas horas, en la figura parental simbólica que se ocupa de todo. Después de una jornada muy larga, en un momento de gran cansancio o tras un choque emocional, poder instalarse en un comportamiento algo regresivo y encontrar acogida en la pareja es sumamente beneficioso: es incluso lo que permite después recuperar la propia postura de hombre o de mujer en la pareja. Es como si siempre existiera, en lo más hondo, un resto de la infancia; y no se trata de echar por la puerta a esa parte infantil que llevamos dentro. Lo esencial es que esta postura no se instale en el tiempo.

Por último, tenga muy presente que este proceso no tiene nada que ver con la edad. Se puede estar en la inmadurez inconsciente a los 50 o 60 años, emprender después ese camino de maduración y ganar en madurez a los 70. No hay nada que juzgar: este camino está ligado sobre todo a los acontecimientos vitales, a la manera de adaptarse a ellos, a los recursos a los que se puede recurrir y al apoyo que se recibe.

Pistas terapéuticas

Como terapeuta, será muy importante nombrar esta inmadurez de manera fina y sutil. No se dice a bocajarro: primero se aumenta la permeabilidad del sistema a esta información.

Si la persona está en una forma de inmadurez inconsciente, se trabaja de otra manera. Y hay que tener en mente una distinción decisiva: lo inconsciente es la inmadurez, no la persona. Se partirá, pues, del hecho de que esta persona no está bien, de sus quejas, y se empezará a construir algo para que esté mejor, sin nombrar necesariamente la inmadurez, que no podría ser escuchada de inmediato. Quizá pueda transitar hacia una forma de inmadurez consciente: en ese momento se podrá nombrar. Hay que concebirlo realmente como un proceso, en un continuo.

Otro punto muy importante: tanto la madurez como la inmadurez pueden estar ligadas a ciertos registros, a ciertas áreas de la identidad. La idea será entonces extender los ámbitos de madurez hacia aquellos que quedan por desarrollar. Incluso es posible pedir a las personas que evalúen su grado de inmadurez según los ámbitos: preguntarles, en tal configuración o tal circunstancia, qué edad sienten que tienen.

Es la noción de niño o niña piloto: como si hubiera, en ciertas situaciones, una criatura de cierta edad que pilotara un cuerpo adulto. Se propone entonces un trabajo de introspección a partir de algunas preguntas:

  • ¿Qué edad tiene la criatura que pilota su cuerpo en esos momentos?
  • ¿Desea que eso cambie?
  • ¿Qué se puede hacer para ayudar a esa criatura a crecer?
  • ¿De qué manera puede colaborar el otro miembro de la pareja para que crezca?

Esta manera de abordar la situación suele ser mucho más suave que emplear directamente la palabra inmadurez. Y cierra esta serie sobre las cuatro grandes disfunciones de la pareja: la incivilidad, la inmutabilidad, la infidelidad y la inmadurez.

Cómo citar este artículo

Besse, J. (2022, 5 de junio). Le quatrième dysfonctionnement du couple à traiter en thérapie. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/fr_FR/articles/le-vous-revele-enfin-le-4eme-dysfonctionnement-du-couple-a-traiter-en-therapie

Para profundizar

Debate

Comentarios 0

Inicia sesión para participar en el debate. Iniciar sesión

  1. Todavía no hay comentarios. Abre el debate.

Carrito

Su carrito está vacío.