Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Atlas del pensamiento sistémico · Diálogo Abierto
El médico argentino Horacio J. Antoni describe lo que ha hecho con el dialogismo de Jaakko Seikkula allí donde nadie lo esperaba: en una consulta médica somática, ante pacientes que llegan con palpitaciones, gastritis o una crisis hipertensiva. Diez años de práctica lo han convencido de que la escucha dialógica —primero responder, solo después informar— hace más por estas personas que la explicación psicoeducativa que utilizaba antes. Es el único texto de este Research Topic que sale del campo de la salud mental.
Traducción no oficial al español de Using Open Dialogue-inspired dialogism in non-psychiatric medical practice: A ten-year experience, de Horacio J. Antoni, publicado en Frontiers in Psychology (2022), DOI 10.3389/fpsyg.2022.950060, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Leer el artículo originalNota de la redacción
Este texto se publicó en la sección Opinion de la revista, un formato que Frontiers in Psychology publica sin resumen de la autoría. Por eso no hay resumen aquí: el artículo empieza directamente.
Con frecuencia acuden a la consulta médica personas con síntomas físicos que, tras haber descartado una patología «orgánica», sospechamos relacionados con los cuadros psicológicos más frecuentes en la consulta habitual: las diversas formas de reacción al estrés grave (reacción de estrés agudo y trastorno de adaptación, según la CIE 11), las patologías «funcionales», el síndrome de burnout y los trastornos de ansiedad, en especial el trastorno de ansiedad generalizada, con o sin depresión asociada.
Por lo general se les da una breve explicación sobre estos problemas y sobre cómo afectan a su salud, se les entrega un folleto o se les sugiere un sitio web informativo. Y después se les anima a acudir a profesionales de la salud mental. Pero este escenario, en apariencia sencillo, plantea algunas dificultades.
No todas las personas que consultan están preparadas o dispuestas a oír que su problema de salud podría estar relacionado con su vida o con sus emociones. Muchas están fuertemente influidas por el dualismo mente-cuerpo. Otras intuyen que existe esa relación, pero llevarla a la conciencia no es un proceso fácil, porque puede despertar emociones difíciles de manejar.
Esto es bastante frecuente en las personas que sufren ansiedad crónica (trastorno de ansiedad generalizada del DSM-5), que prefieren consultar a profesionales de la medicina antes que de la psicología (Wittchen et al., 2002), porque no consideran que su preocupación constante y excesiva esté relacionada con su malestar. En su preocupación esperan una solución directa. A menudo piden a quien les atiende «soluciones» para sus síntomas en forma de tratamientos médicos y se sienten incómodas si se les sugiere que existe una conexión con sus emociones.
Quienes ejercemos la medicina sabemos que escuchar a pacientes con estrés, angustia o depresión es una tarea noble y humanitaria. Pero no tenemos la certeza de que esa escucha tenga un efecto real y comprobado sobre la salud de la persona. En un sistema que mide la «eficiencia» del trabajo médico con otros parámetros, y que nos quita cada vez más tiempo de consulta, la escucha tiende a quedar relegada. Habitualmente se hacen preguntas generales (de viva voz o mediante un cuestionario) sobre el nivel de estrés, ansiedad y depresión, y luego se da información global sobre estas cuestiones. Pero no sabemos si conviene preguntar más concretamente por lo que está ocurriendo en su vida, pasando del interrogatorio al diálogo. En concreto, persisten algunos dilemas:
A alguien que lea este artículo sin ser del ámbito médico, estas preguntas pueden parecerle extrañas. Pero en nuestra formación médica hemos recibido respuestas diversas a ellas. A veces el profesorado se adhería a la teoría de que escuchar es algo tan complejo, y la mente humana un «mecanismo pulsional» tan intrincado e inconsciente, que lo mejor era no entrar en un terreno tan peligroso y dejar la tarea en manos de especialistas. En el otro extremo estaban quienes proponían humanizar la medicina, revalorizar la relación médico-paciente, empatizar con la persona… pero estas afirmaciones caían en la vaguedad y la idealización, sin una manera concreta de llevarlas a la práctica ni de verificar su eficacia.
Las personas llegan a menudo a la consulta en un estado emocional intenso en el que predominan la confusión, el miedo y el desánimo. Puede que no entiendan lo que les está pasando, y sus pensamientos están llenos de anticipaciones catastróficas. Sufren múltiples molestias debidas a la activación neurohumoral del estrés: síntomas cardiovasculares (crisis hipertensivas, taquicardia, falta de aire, desmayos), digestivos (dispepsia, gastritis, colon irritable, etc.), dermatológicos y musculares, entre otros.
Tienden a disociar los síntomas físicos de su estado emocional, y esto puede generar un beneficio transitorio, pero a la larga aumenta su malestar. Empiezan a creer que padecen una patología incierta y caprichosa que la medicina ya no logra descifrar. Si quien atiende se limita a prescribir fármacos para cada uno de estos síntomas, la persona puede salir de la consulta con una lista interminable de medicamentos que tendrán poco efecto. Pero lo más perjudicial es que se ha reforzado su creencia de que padece una «enfermedad» en el sentido más orgánico de la palabra.
Si en la consulta médica no se mantiene una conversación adecuada con estas personas, se acaba creando un círculo vicioso: cuanto peor es el estado emocional, más síntomas físicos se generan, en una espiral descendente. A menudo aparece una depresión secundaria al estrés, o se agravan cuadros preexistentes.
No corresponde a la psicología aportar información y claridad médicas: nos toca a nosotros explicar la relación entre la activación autonómica de la respuesta al estrés y el estado emocional. Confirmar que los síntomas son una reacción adaptativa del organismo al estrés, y no una «enfermedad» en sí misma. En el caso de estas personas, la figura médica tiene mucho peso, mucho poder. Trabajo junto con profesionales de la psicología y de la psiquiatría, y muchas de las personas que atiendo terminan consultándoles. Pero esta primera aproximación es responsabilidad mía. Quien ejerce la medicina es el puente entre el mundo biológico y el psíquico, quien tiene la responsabilidad de romper esa circularidad dañina. Nadie puede hacerlo por nosotros si no lo hacemos. Y hacerlo no debería ser opcional, sino parte del acto médico, porque las consecuencias pueden ser graves.
También es posible conceptualizar la situación de estas personas desde una perspectiva dialógica (Hermans et al., 1992; Hermans, 2001; Seikkula, 2005; Antoni, 2022), en la que la dialogicidad interna y externa se ha interrumpido, y una voz monológica ha tomado el control de su vida y ha acallado las demás voces. Por ejemplo, a una madre que sufre frecuentes crisis hipertensivas graves le cuesta relacionarlas con la preocupación que le genera la adicción de un hijo o de una hija, o una relación de pareja violenta. Son temas que desencadenan emociones intensas y de los que es difícil hablar con los demás… pero sobre todo consigo misma.
El miedo, la rabia o el agotamiento de esta mujer están presentes, pero es poco probable que afloren a su conciencia si la voz de la madre abnegada o de la esposa entregada domina la escena y se vuelve monológica. La negación o el desconocimiento pueden funcionar como refugio frente a emociones difíciles de manejar, pero esta dialogicidad interrumpida se produce a costa de una gran tensión interior, que acaba emergiendo en forma de síntomas físicos.
Una manera dialógica de escuchar estimula la emergencia de una polifonía de voces (Bajtín, 2013) y de emociones. El habla externa activa simultáneamente el habla interior (Vygotsky, 1977; Riviere, 2005), el habla que utilizamos desde la infancia para ordenar nuestra conciencia y regular nuestras acciones. Eso permite que «quien habla informe a sus interlocutores de sus experiencias y, al mismo tiempo, les dé forma y sea más consciente de ellas» (Seikkula, 2006, p. 102). De este modo, «hablar es una acción en la que quien habla se permite comprender lo que significa para sí mismo lo que ha dicho» (p. 102). Aparecen nuevos significados, conceptualizaciones alternativas a la narrativa dominante (Bruner, 1986, 1990; Charon, 2006).
Quien escucha procura responder a cada palabra que se dice, siguiendo el principio de que el sentido pleno de un enunciado se alcanza con la respuesta de quien escucha (Bajtín, 2010; Seikkula y Arnkil, 2014). Y así como «los síntomas habitan en las emociones en sentido amplio, en emociones encarnadas», igualmente «el nuevo lenguaje surge también en experiencias en sentido amplio, en experiencias encarnadas, y no en explicaciones racionales» (Seikkula, 2006, p. 103).
Nuestra primera intención es también escuchar a la persona de tal manera que empiece a escucharse a sí misma, dando así forma a sus pensamientos. Con ello aparecen nuevas voces y emociones, y se generan más conciencia y nuevos significados.
En un momento o fase inicial, en el que la escucha dialógica es primordial, utilizo recursos como los reflejos, las afirmaciones, las preguntas abiertas y los resúmenes breves (Rogers, 2012; Miller, 2013). Sin embargo, los recursos más importantes son no verbales: el contacto visual, nuestra postura corporal y la creación de silencios que llevan a la persona a pensar que lo que dice está claro, que lo entendemos y lo validamos.
Entiendo la dialogicidad como la situación que facilita que surjan las condiciones de nuevas comprensiones, en un contexto relacional. Más que un medio para producir nuevas ideas, es una situación humana integral, en la que intervenimos con toda nuestra corporalidad y nuestras emociones. Dialogar es, ante todo, ayudar a crear un clima emocional en el que la persona se sienta con la confianza necesaria para evocar voces difíciles y ver nuevas alternativas. Si esto no ocurre, todo se queda en un plano racional, como dice Seikkula.
Esto exige que quien ejerce la medicina participe de un modo menos estructurado de lo habitual. Dice Seikkula: «Al responder como personas completas, quienes integran el equipo manifiestan que les conmueven las emociones presentes en la sala. Sus movimientos conversacionales, tranquilos y respetuosos, tienen un ritmo que les permite vivir y expresar plenamente los sentimientos en el encuentro» (2005, p. 466).
Cuando las personas han podido hablar, ser escuchadas y recibir respuesta; cuando son más conscientes de las voces interiores y de la tensión entre ellas —las emociones en juego—, entonces le toca a quien ejerce la medicina dar información. Es, por así decirlo, un segundo momento. Puede explicar los efectos que las emociones en general tienen sobre la activación de la respuesta neurohumoral al estrés, y su expresión en síntomas físicos. La intención aquí no es cerrar ni culminar la conversación, sino generar más diálogo a partir de esta nueva información. Les pregunto: ¿qué piensa de lo que le he dicho? ¿Le gustaría comentarlo? Y eso siempre desencadena nuevas voces, más diálogo.
El principal objetivo médico es que la persona encuentre una relación entre estos tres factores: su propia nueva polifonía de voces, la tensión entre ellas —las emociones resultantes— y los síntomas físicos. Esto suele vivirse como un momento de mayor conciencia y claridad, incluso de alivio, porque se vislumbra una luz de esperanza frente a su estado de estancamiento y de dolor. Stern (2004) lo denomina «momento presente». Se tranquilizan, su miedo a los síntomas corporales disminuye y, aunque sigan padeciéndolos, no reaccionan con pánico: no los consideran una amenaza, sino parte de una respuesta natural y adaptativa de su organismo ante una situación estresante. El círculo vicioso (miedo — más activación neurohumoral — más síntomas) se interrumpe, y las anticipaciones catastróficas y las rumiaciones disminuyen gradualmente. Se activan sus propios recursos y toman más conciencia de la participación que pueden tener en su propia curación.
No todas las entrevistas son tan lineales como se ha descrito, y cada persona hace su propio camino hasta donde es capaz. Aun así, mis diez años de experiencia adaptando el dialogismo del Diálogo Abierto a mi práctica profesional me han confirmado que es muy superior al enfoque psicodidáctico del cognitivismo, que practicaba antes.
En la consulta de seguimiento, la mayoría de las personas refirieron sentirse mejor, más tranquilas y más esperanzadas. También haber podido hablar con su familia y tomar menos medicamentos para sus problemas. Algunas continúan la conversación de la primera consulta, y el número de quienes han acabado consultando a profesionales de la psicología se ha triplicado en cinco años.
En cuanto al tiempo de consulta, es difícil dedicar 40–60 min a todas las personas. Pero del mismo modo que dedicamos más tiempo a pacientes con patologías orgánicas graves y complejas que a otros, deberíamos considerar y tratar a estas personas de la misma manera. Con otras personas que tienen una conciencia más clara de la relación con sus estados emocionales, a veces basta una conversación más breve.
Creo que no deberíamos esperar a que los sistemas de salud den el primer paso hacia el cambio, sino ser quienes lo inicien, aunque sea con un pequeño número de pacientes, para ganar confianza en el modelo y experiencia.
Estoy convencido de que la visión del dialogismo de Seikkula es una opción útil y viable para aplicar en nuestra realidad médica. Y de que puede hacer una contribución enorme para generar una medicina más humana, más integral y, en consecuencia, más eficiente.
Nota de la redacción
El gesto es sencillo, y su orden lo es todo: primero escuchar, después informar. Antoni no traslada un protocolo de salud mental a una consulta médica; desplaza el momento de la explicación. La información médica, dada cuando la persona ya se ha oído hablar, deja de cerrar la conversación: abre otra.
Referencias
Antoni, H. (2022). Dialogismo para médicos. Una propuesta inspirada en el dialogismo del Open Dialogue para ayudar a pacientes con síntomas relacionados a estados emocionales en la práctica médica. Amazon ebooks.
Bakhtin, M. (2013). Problems of Dostoevsky’s poetics. Minneapolis: University of Minnesota Press.
Bakhtin, M. M. (2010). Speech genres and other late essays. Austin: University of Texas Press.
Bruner, J. S. (1986). Actual minds, possible worlds. The Jerusalem-Harvard Lectures. Cambridge, MA: Harvard University Press.
Bruner, J. S. (1990). Acts of meaning. The Jerusalem-Harvard Lectures. Cambridge, MA: Harvard University Press.
Charon, R. (2006). Narrative medicine: Honoring the stories of illness. New York, NY: Oxford University Press.
Hermans, H. J. (2001). The dialogical self: Toward a theory of personal and cultural positioning. Culture & Psychology, 7, 243-281.
Hermans, H. J., Kempen, H. J., van Loon, R. J. (1992). The dialogical self: Beyond individualism and rationalism. American Psychologist, 47, 23-33.
Miller, W. R., Rollnick, S. (2013). Motivational interviewing: Helping people change (3rd ed.). New York, NY: Guilford Press.
Riviere, A. (2005). La psicología de Vygotski (5th ed.). Madrid: Antonio Machado.
Rogers, C. (2012). Client centred therapy (new ed.). New York, NY: Constable and Robinson.
Seikkula, J., Arnkil, T. E. (2006). Dialogical meetings in social networks. Systemic Thinking and Practice Series. London, New York: Karnac.
Seikkula, J., Arnkil, T. E. (2014). Open dialogues and anticipations. Respecting otherness in the present moment. Vantaa, Finland: National Institute for Health and Welfare.
Seikkula, J., Trimble, D. (2005). Healing elements of therapeutic conversation: Dialogue as an embodiment of love. Family Process, 44, 461-475.
Stern, D. N. (2004). The present moment in psychotherapy and everyday life. New York, NY: W. W. Norton.
Vygotsky, L. S. (1977). Thought and language. Cambridge, MA: The MIT Press.
Wittchen, H. U., Kessler, R., Beesdo, K., Krause, P., Hoyer, J. (2002). Generalized anxiety and depression in primary care: Prevalence, recognition, and management. Journal of Clinical Psychiatry, 63 (suppl. 8), 24-34.
Traducción no oficial al español del artículo «Using Open Dialogue-inspired dialogism in non-psychiatric medical practice: A ten-year experience», publicado en Frontiers in Psychology (2022) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial; la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial. Prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Antoni, H. J. (2022). Using Open Dialogue-inspired dialogism in non-psychiatric medical practice: A ten-year experience. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/using-open-dialogue-inspired-dialogism-in-non-psychiatric-medical-practice-a-ten-year-experience (Obra original publicada en 2022 en Frontiers in Psychology, vol. 13, art. 950060; traducción no oficial al español publicada en 2026 por Complexe Systémique, https://www.frontiersin.org/journals/psychology/articles/10.3389/fpsyg.2022.950060/full)
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