Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Family Relations · Familia
Cuando una persona adulta consume alcohol o drogas, su madre y su padre se enfrentan a la vez al descrédito que recae sobre toda la familia y al reproche de no haberla educado bien. A partir de entrevistas con ocho madres escocesas e inglesas, un equipo de Glasgow distingue estas dos formas de juicio, describe la autoculpabilización y el aislamiento que generan y muestra lo que los grupos de apoyo a las familias ayudan a deshacer.
Traducción no oficial al español de Mothers' experiences of stigma and blame: The views of mothers of people who use substances, de Edith O’Dowd, Simon C. Hunter y Martha Canfield, publicado en Family Relations (Wiley) (2025), doi: 10.1111/fare.13093, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
El estigma y la culpabilización hacen que las madres se sientan juzgadas y solas cuando atraviesan dinámicas familiares complejas.
Edith O’Dowd, Simon C. Hunter y Martha Canfield
Resumen
Objetivo. El objetivo de este estudio es establecer la distinción entre el estigma de cortesía y la culpabilización parental, dos formas de juicio relacionadas pero diferenciadas, y explorar las consecuencias del estigma de cortesía y de la culpabilización parental.
Antecedentes. Tener un hijo o una hija que consume sustancias se ha asociado con numerosas repercusiones negativas para la salud mental y física de sus familiares. Las madres y los padres, en particular, corren un gran riesgo de sufrir consecuencias negativas, entre ellas el estigma de cortesía y la culpabilización parental.
Método. Realizamos entrevistas en profundidad a ocho madres de personas que consumen sustancias. Los datos se examinaron mediante un análisis temático.
Resultados. Se identificaron tres temas principales: el impacto expansivo del estigma, la culpabilización parental y el afrontamiento del estigma y de la culpabilización.
Conclusión. En este estudio pudimos distinguir entre el estigma de cortesía y la culpabilización parental al examinar las experiencias de madres de personas que consumen sustancias. Los resultados sugieren que el estigma y la culpabilización hacen que las madres se sientan juzgadas y solas cuando atraviesan dinámicas familiares complejas.
Implicaciones. Las organizaciones de apoyo a las familias ofrecen espacios de aceptación que contrarrestan el juicio y generan un sentimiento de conexión. Nuestros resultados subrayan la importancia de que el personal profesional tome conciencia de las consecuencias del estigma y de la culpabilización cuando trabaja con madres de personas que consumen sustancias.
El Informe Mundial sobre las Drogas pone de relieve un aumento constante del número de personas que consumen drogas y padecen trastornos por consumo de drogas (Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito [UNODC], 2023). Señala además que, aunque en 2021 había en el mundo 39,5 millones de personas con trastornos por consumo de drogas, solo 1 de cada 5 recibió tratamiento. Del mismo modo, las estimaciones mundiales sobre los trastornos por consumo de alcohol también son alarmantes: las cifras muestran que 283 millones de personas adultas viven con este trastorno (Organización Mundial de la Salud [OMS], 2018). En el Reino Unido, el consumo de alcohol y de drogas sigue siendo un problema importante, y las muertes relacionadas con las drogas han aumentado de forma significativa en los últimos 20 años (National Records of Scotland, 2023; Office for National Statistics, 2023). En cuanto al alcohol, 1 de cada 5 personas en Escocia bebe en niveles perjudiciales y, en el Reino Unido, las tasas de dependencia del alcohol asociadas a consultas de medicina general son de 171 por cada 100 000 hombres y de 76 por cada 100 000 mujeres (Birtwistle et al., 2022; Thompson et al., 2017).
El consumo problemático de sustancias se asocia con frecuencia a trastornos de salud mental, puede dañar la salud física y puede agravar las desigualdades para quienes consumen (UNODC, 2023; WHO, 2018). Sin embargo, las consecuencias del consumo de sustancias pueden ir más allá de la salud y el bienestar de la persona. El consumo de sustancias puede tener consecuencias sociales y económicas para las sociedades (es decir, costes asociados al sector de la justicia y costes asociados a la pérdida de productividad laboral y al desempleo), y está reconocido como uno de los principales factores de carga de enfermedad en los familiares (Mattoo et al., 2013; Orford et al., 2013). Esta carga resulta de numerosos problemas vinculados al papel de cuidar a un familiar que consume sustancias, como, por ejemplo, las dificultades económicas, las discusiones frecuentes, las alteraciones de la vida cotidiana, la sensación de desatención, los sentimientos de soledad y la violencia doméstica (Bortolon et al., 2016; Di Sarno et al., 2021; Richert et al., 2018). Aunque se desconoce el número exacto de familiares afectados en el Reino Unido por el consumo de sustancias de un ser querido, en el mundo más de 100 millones de familiares se ven afectados por la conducta adictiva de un pariente (Orford et al., 2013).
Las mujeres de la familia corren un riesgo especialmente elevado de sufrir estos problemas tan gravosos (Di Sarno et al., 2021; Richert et al., 2018). Esto se debe en parte a que las mujeres asumen con más frecuencia que los hombres las tareas principales de cuidado (National Alliance for Caregiving, 2009) y también a que a menudo adoptan estrategias de afrontamiento ante el consumo de sustancias en la familia (por ejemplo, la autoculpabilización y la evitación de las interacciones sociales como respuesta a la vergüenza asociada al problema de consumo en la familia; Orford, 2017).
Los efectos negativos, físicos y mentales, del consumo de sustancias sobre la salud de los familiares se han demostrado de manera sistemática. Entre ellos figuran, sin limitarse a ellos, mayores tasas de trastornos del estado de ánimo y de ansiedad, niveles elevados de estrés, un estado de salud física general deficiente y altas tasas de utilización de los servicios sanitarios (Bischof et al., 2022; Orford, 2017). Sin embargo, pese a la gran vulnerabilidad de estos familiares ante toda una serie de consecuencias negativas, siguen estando en gran medida desatendidos por las políticas nacionales y los programas de salud (Di Sarno et al., 2021).
Si se reconoce a la familia como un posible sistema de apoyo al cambio, sus miembros pueden desempeñar un papel importante en el proceso de tratamiento y de recuperación de las personas que consumen sustancias (Orr et al., 2014). No obstante, hay que reconocer que apoyar a un familiar que consume sustancias conlleva retos importantes y que, a menudo, la situación se ve agravada por la presencia y la vivencia del estigma y de la discriminación que pueden sufrir a causa del consumo de su familiar (Wilkens & Foote, 2019).
Goffman (1963) definió el estigma como un «atributo profundamente desacreditador» que llevaba a que la persona en cuestión fuera vista como alguien ajeno al grupo y menos deseable socialmente (p. 4). Link y Phelan (2001) ampliaron esta definición y propusieron que el estigma es la convergencia de estereotipos, etiquetado, discriminación y pérdida de estatus social, elementos que se refuerzan dentro de una estructura de poder determinada. Además, se reconoce que el estigma no solo afecta a la persona, sino que también puede afectar a quienes están en contacto con alguien que forma parte de un grupo desacreditado, fenómeno que Goffman denominó «estigma de cortesía» (Goffman, 1963).
Para los familiares de personas que consumen sustancias, el estigma de cortesía puede adoptar distintas formas, entre ellas los chismes (McDonagh et al., 2019), la exclusión de actividades (Wangensteen et al., 2020) y el maltrato verbal degradante (O'Shay-Wallace, 2020). Ante este estigma, los familiares a menudo acaban ocultando el problema de consumo en la familia y se retiran de la vida social, lo que puede aumentar aún más su aislamiento (McDonagh et al., 2019). Además, cuando una persona se enfrenta al estigma de forma repetida, este puede interiorizarse como autoestigma, es decir, la persona adopta una visión estigmatizada de sí misma (Eaton et al., 2020). El proceso de autoestigmatización se ha descrito en relación con un sentimiento de vergüenza y de bochorno (McCann & Lubman, 2018). Cuando la autopercepción se ve afectada de este modo, puede repercutir en la imagen global que los familiares tienen de sí, haciéndoles sentirse atacados, a la defensiva y, de algún modo, defectuosos (Liahaugen Flensburg et al., 2023; O'Shay-Wallace, 2020).
Una de las consecuencias más preocupantes del estigma de cortesía en el contexto del consumo de sustancias en la familia es la barrera que puede crear para que los familiares busquen y acepten el apoyo de profesionales de la salud (McDonagh et al., 2019). Una investigación realizada en Brasil observó que, por término medio, los familiares tardan unos 3 años en buscar y recibir apoyo tras descubrir un problema de consumo (Sakiyama et al., 2015). El impacto negativo del estigma social asociado al consumo de sustancias se ha señalado como una posible razón de este retraso en la búsqueda de apoyo, ya que los familiares pueden sentirse inclinados a minimizar u ocultar el problema de consumo para evitar la vergüenza asociada. Del mismo modo, McDonagh et al. (2019) sugirieron que, para muchas familias, el consumo de sustancias sigue siendo un tema tabú, y que el miedo al juicio y la vergüenza consiguiente actúan como una barrera para muchas personas que se beneficiarían de un apoyo.
Aunque sigue siendo escasa, existe una literatura internacional sobre la tensión y el estrés que el consumo de sustancias impone a los familiares, que aporta un conocimiento detallado de los retos a los que se enfrentan (Fotopoulou et al., 2015; McCann & Lubman, 2018; Orford et al., 2019). Aunque se sabe que estos retos se viven en todo el mundo, las investigaciones también sugieren que la manera en que los familiares afrontan el problema de consumo en la familia puede estar influida por factores como el vínculo con la persona que consume sustancias (por ejemplo, madres y padres, parejas, hermanas y hermanos; O'Shay-Wallace, 2020). Sin embargo, se sabe menos sobre la vivencia del estigma de cortesía en los distintos grupos de familiares y sobre su relación con otras experiencias negativas, como la culpabilización parental.
Aunque el estigma de cortesía puede afectar a todos los miembros de la familia, suelen ser las madres y los padres de las personas que consumen sustancias quienes sufren las críticas más severas y a menudo cargan con el peso añadido de la culpa (O'Shay-Wallace, 2020). La noción de juicio y de culpa en torno al desempeño parental, y en particular materno, constituye un campo de investigación independiente del estigma de cortesía, aunque relacionado con él (Francis, 2012). Aunque el estigma de cortesía y la culpabilización parental se solapan, el primero es el estigma que se sufre por la proximidad de madres y padres a una persona estigmatizada, y la segunda es la experiencia de ser estigmatizados directamente porque se les considera culpables de los atributos desacreditadores de sus hijos e hijas (Francis, 2012).
Malle et al. (2014) proponen la teoría de la culpa, según la cual la culpabilización es una serie multifacética de procesos cognitivos y emocionales y se considera un acto social que regula las normas y critica sus transgresiones. Su teoría describe un patrón comunicativo de culpabilización en el que quien atribuye la culpa se enfrenta directamente a la persona que ha transgredido la norma y, a continuación, comparte información sobre ella con otras personas del grupo, advirtiéndoles así de que deben mantener las distancias. En términos evolutivos, se espera que esto garantice que la persona culpabilizada sienta malestar, reaccione y se adapte para seguir formando parte de su comunidad, porque de lo contrario sería condenada al ostracismo, lo que amenazaría su capacidad de sobrevivir.
La teoría de la culpa (Malle et al., 2014) puede considerarse en relación con el juicio y con el grado de aceptación que madres y padres perciben por parte de los miembros de los distintos grupos a los que pertenecen. En lo que respecta a la crianza, el papel individual de madres y padres en la educación de la descendencia se ha convertido cada vez más en objeto de escrutinio. Cuando se producen resultados que se apartan de las normas sociales, es a los progenitores, y no a la sociedad, a quienes se culpa (Francis, 2012; Jensen, 2018). De hecho, Francis (2012) sugirió que el grado de culpabilización parental percibida varía según la naturaleza de las dificultades de la criatura. En concreto, las madres y los padres de menores de 18 años cuyos problemas se planteaban en términos de «fracaso moral» (como quienes habían estado en contacto con el sistema de justicia penal o consumían sustancias) eran quienes más probabilidades tenían de sentirse culpabilizados por la sociedad. En la investigación que explora la experiencia de madres y padres de personas que consumen sustancias, se ha reconocido la sensación de ser señalados y culpabilizados a causa de la situación de su hijo o hija, y se ha vinculado con sentimientos de inseguridad, de vergüenza y con el miedo al juicio (Earnshaw et al., 2019; McCann & Lubman, 2018; O'Shay-Wallace, 2020). Esto, a su vez, puede llevar a interiorizar la culpa en forma de autoculpabilización (Francis, 2012), que, en el contexto de la crianza, designa la tendencia a atribuirse la falta por ser causa, factor contribuyente o agravante de las dificultades de la propia descendencia (Moses, 2010).
La experiencia del estigma de cortesía y de la culpabilización no solo afecta a cada familiar, sino también al conjunto de la dinámica familiar. Las investigaciones indican que estas experiencias pueden llevar a los familiares a sentir toda una gama de emociones complejas hacia la persona que consume sustancias, entre ellas vergüenza, miedo, estrés y resentimiento (Dallos & Draper, 2015; McDonagh et al., 2019; O'Shay-Wallace, 2020). Estos sentimientos pueden llevar a los propios familiares a culpar a la persona que consume, lo que crea un clima de miedo, crítica y rechazo dentro de la familia. Esto, a su vez, puede intensificar los sentimientos de vergüenza y de aislamiento (Dallos & Draper, 2015).
Sabiendo que el estigma de cortesía puede actuar como una barrera para que los familiares busquen apoyo para sí mismos (McDonagh et al., 2019), este estudio pretende explorar la naturaleza y el impacto del estigma de cortesía y de la culpabilización parental que viven las madres y los padres de personas que consumen sustancias, así como la manera en que afrontan estas experiencias. Recoger esta información es importante, ya que puede ayudar a profesionales que trabajan con madres y padres de personas que consumen sustancias a comprender mejor las posibles barreras psicológicas que pueden encontrar para buscar y recibir un apoyo adecuado. Basándonos en la teoría de la culpa, que describe a la vez la naturaleza y la finalidad de la culpabilización y la reacción posterior de la persona culpabilizada, diseñamos el estudio para captar tanto la naturaleza como las consecuencias de la culpabilización y del estigma. En concreto, la investigación aborda las siguientes preguntas: ¿Cómo viven las madres y los padres el estigma de cortesía en relación con el consumo de sustancias de su descendencia? ¿Cómo viven la culpabilización en relación con ese consumo? ¿Cuáles son las consecuencias psicológicas y sociales del estigma de cortesía? ¿Cuáles son las consecuencias psicológicas y sociales de la culpabilización parental vivida en relación con el consumo de sustancias de su hijo o hija? ¿Cómo afrontan las madres y los padres el estigma de cortesía y la culpabilización parental que perciben?
Este estudio se basó en entrevistas cualitativas con madres de personas adultas (de 18 años o más) con problemas de consumo de sustancias en Escocia y en Inglaterra. Utilizamos entrevistas semiestructuradas para explorar en detalle la experiencia de cada persona. El Comité de Ética de la School of Health and Life Sciences de la Glasgow Caledonian University concedió la aprobación ética.
Se recurrió a un muestreo por conveniencia para llegar a madres y padres que cumplieran los criterios de inclusión del estudio. La intención inicial de la investigación era reclutar tanto a madres como a padres, pero solo participaron madres. Los criterios de elegibilidad eran tener un hijo o una hija adultos (18 años o más) con antecedentes de consumo problemático de sustancias (por ejemplo, que hubiera necesitado tratamiento o apoyo en relación con su consumo) y hablar inglés con fluidez. A efectos de este estudio, y durante el reclutamiento, definimos el consumo de sustancias como el consumo de drogas ilegales y de alcohol. Reclutamos en línea a través de la red social Twitter y por medio de organizaciones que apoyan a familiares de personas que consumen sustancias en Escocia y en Inglaterra (ya sea por el correo electrónico de las organizaciones, ya sea difundiendo folletos en sus locales). El folleto presentaba el objetivo del estudio, los detalles del proceso de entrevista, los criterios de inclusión y un enlace a un cuestionario que recogía los datos de las participantes. Las participantes seguían el enlace para completar una evaluación de elegibilidad y establecer contacto con la autora EOD. Las entrevistas se programaron por correo electrónico en los momentos que mejor convenían a las participantes. Las participantes se reclutaron entre diciembre de 2022 y enero de 2023.
Ocho madres participaron en el estudio. Seis participantes se identificaron como escocesas blancas y dos como británicas blancas. La edad de su descendencia oscilaba entre 22 y 38 años. Todas las participantes habían estado en contacto con servicios especializados en el apoyo a familiares afectados por el consumo de sustancias.
Para realizar las entrevistas en profundidad se utilizaron guiones de entrevista semiestructurada. Estos se inspiraron en estudios anteriores de Cohen-Filipic y Bentley (2015) y de O'Shay-Wallace (2020) sobre la percepción y la experiencia que madres y padres tienen del estigma y de la culpabilización. La entrevista abordaba la comprensión y las percepciones de las participantes sobre el consumo de sustancias, sus causas y sus efectos, las estrategias de afrontamiento utilizadas y sus percepciones sobre las reacciones y lo que pensaban otras personas acerca del consumo problemático de su hijo o hija. Algunos ejemplos de preguntas: «¿Cómo reacciona la gente cuando usted habla del consumo de su hijo o hija?», «¿Cuáles cree usted que son, para otras personas, las razones por las que su hijo o hija ha tenido problemas de consumo?», «¿Cómo siente usted que las experiencias de estigma le afectan personalmente?» y «¿Cuál ha sido su experiencia al buscar apoyo?». Todas las entrevistas se realizaron a distancia (por teléfono o por videollamada, según la preferencia de la participante) y, simplemente porque algunas participantes se extendían en sus respuestas, duraron entre 30 y 80 minutos. Aunque algunas participantes eligieron hacer la entrevista por videollamada, solo se grabó el audio. A lo largo de todo el proceso de recogida de datos, nuestro equipo revisó regularmente la calidad de los datos en relación con el alcance del estudio. Tras entrevistar a seis participantes, estábamos cerca de disponer de datos suficientes para responder a las preguntas de investigación, y las entrevistas 7 y 8 no aportaron ideas nuevas, lo que ayudó a determinar cuándo dejar de recoger datos.
Las entrevistas se transcribieron literalmente y se revisó su exactitud. Para garantizar el anonimato, se eliminó de las transcripciones toda información identificable y se asignaron seudónimos a las participantes. El análisis temático, facilitado por el uso de NVivo 1.7.1, se llevó a cabo siguiendo las etapas descritas por Braun y Clarke (2006). Tras la fase inicial de familiarización con los datos y una discusión en profundidad con el equipo de investigación, la autora EOD elaboró un marco de codificación descriptiva en la segunda fase. Durante la tercera fase, los códigos de las ocho entrevistas que representaban conceptos similares se reunieron y organizaron en temas y subtemas provisionales. Conforme a la cuarta fase, estas agrupaciones se sometieron después a la revisión del equipo de investigación para garantizar su coherencia. La revisión de los temas consistió en releer los códigos y los extractos en relación con los temas propuestos, afinar los códigos y examinar la validez de los temas propuestos en relación con el conjunto de los datos. A lo largo del proceso, el equipo discutió las discrepancias y aplicó revisiones cuando fue necesario. Por último, durante la quinta fase, se dio nombre a los temas y subtemas de modo que describieran claramente su contenido y pudieran servir para construir un relato en torno a las preguntas de investigación.
El análisis dio lugar a tres temas con subtemas. Estos temas eran: (1) el impacto expansivo del estigma; (2) la culpabilización parental: lidiar con la presión social y sus consecuencias; y (3) las reacciones ante el estigma, la culpabilización y la tensión.
Debido a la forma en que las trataba la gente, varias participantes expresaron la percepción de que tener un hijo o una hija con problemas de consumo de sustancias era como estar contaminada. Contaron que sentían que las personas de su entorno las veían como alguien que padece una enfermedad, lo que hacía que otros miembros de la sociedad, así como su propia familia y sus amistades, sintieran y expresaran toda una gama de emociones, como incomodidad, malestar, miedo y enfado. Del mismo modo que una infección puede disuadir a la gente de relacionarse con alguien, las madres sentían que la gente las evitaba para protegerse. Como señaló Shona: «Es que lo ves físicamente, cómo la gente se echa para atrás. La gente no quiere que la relacionen contigo por eso. Supongo que porque piensan que es como contagioso, ¿sabes?». Eva también reflexionó sobre cómo el problema de consumo de su hijo o hija provocaba rechazo en la gente, porque lo veían como algo «sucio, mugriento e incómodo». Además, el estigma vivido a raíz del vínculo de las participantes con su hijo o hija se sentía con frecuencia como una marca visible contra ellas. Kathy lo describió «como si fueras por ahí con un cencerro colgado del cuello», lo que pone de relieve hasta qué punto las madres se sentían marcadas para siempre, expuestas y avergonzadas.
Al reflexionar sobre el origen y la naturaleza del estigma de cortesía que vivían, todas las madres describieron cómo la falta de comprensión en torno al consumo de sustancias alimentaba a menudo la insensibilidad y la falta de empatía de amistades, familiares y del público en general. Describieron cómo sus hijos e hijas habían sido etiquetados, acusados, discriminados y maltratados a causa de su consumo de sustancias.
Como el consumo de sustancias se plantea como una cuestión moral, la mayoría de las madres describieron la escasa empatía que encontraban en las personas a las que mencionaban la situación de su hijo o hija. Como describió Kathy: «Automáticamente le cuelgan esa etiqueta. No se interesan. Ya ni siquiera te apoyan a ti. Es en plan: bueno, ya sabes, se lo está haciendo él solito». En este relato, Kathy sugiere que, en lugar de reconocer a una persona que está pasando por un momento difícil, la gente tiende a centrarse únicamente en su conducta y a juzgarla, negándole a ella y a sus familiares el apoyo que necesitan. Varias madres contaron sus experiencias de falta de atención y señalaron el contraste con las reacciones que suscita hablar de familiares con otros problemas de salud que no atraen el estigma, lo que no hacía sino intensificar el dolor causado por la falta de empatía.
A lo largo de sus relatos, las mujeres expresaron de forma constante la sensación de que su familia y sus amistades evitaban activamente reconocer el problema, dejándolas solas frente a una vida abrumadoramente estresante. La mayoría de las madres contaron cómo sus familias evitaban hablar de las dificultades de su hijo o hija, y ofrecieron diversas explicaciones, como la vergüenza, el bochorno, la incomodidad, el miedo y la resistencia a enfrentarse a sus propios problemas. Como explicó Shona: «La gente no quiere verlo. Bueno, la familia más cercana no quiere. Solo quieren barrerlo debajo de la alfombra y olvidarse, en vez de intentar entender o tener un poco de compasión».
Además, dos de las madres expresaron cómo algunos familiares no solo evitaban el problema, sino que además habían excluido por completo a su hijo de la familia. Kathy exclamó: «Es como si nunca hubiera existido. Es como si tuviéramos dos hijos y no tres, y sea estigma o no, quiero decir, ¡eso duele, y punto!». Para muchas de las madres, el impacto emocional de que la familia no reconociera a su hijo o hija, o sus dificultades, parecía peor que la discriminación directa o el estigma que vivían. La mayoría de las madres experimentaban una sensación de exclusión dentro de su familia y de sus grupos de amistades, en los que sentían que no tenían ningún espacio seguro para hablar abiertamente de sus dificultades. Esto no solo les provocaba sentimientos de rechazo, sino que además las dejaba sin ninguna vía, en su círculo más cercano, para expresar los problemas a los que se enfrentaban.
Todas las mujeres expresaron la intensa tensión que el consumo de sustancias suponía para ellas y para su familia. Describieron la vida que llevaban como dramática, imprevisible y traumática. Cinco de las mujeres expresaron que a menudo sentían que apenas sobrevivían o que estaban al borde del colapso; sin embargo, la mayoría describió lo difícil que era encontrar, en sus círculos sociales, personas que les dieran la oportunidad de hablar.
Además del problema de verse ignoradas por sus familiares, dos de las participantes reflexionaron sobre cómo se sentían invisibles para los profesionales con los que trabajaban sus hijos. Pese al papel a menudo crucial que desempeñaban las madres en el cuidado y en la lucha por su descendencia (y a menudo por sus nietos y nietas), las madres contaron que sentían que madres y padres «no tenían voz» y eran «apartados a un lado» (Mary) en las interacciones con profesionales. Una vez más, reflexionaron sobre cómo esto las hacía sentirse insignificantes, aún más marginadas, y con sus experiencias ignoradas.
Además del estigma que vivían por su vínculo con el consumo de sustancias de su descendencia, las madres describieron un sentimiento persistente de culpabilización.
Las madres describieron la sensación de ser juzgadas como madres y culpabilizadas por los problemas de consumo de su hijo o hija. Contaron que esta sensación procedía de su propia familia, de sus amistades, de profesionales con quienes habían estado en contacto y del público en general. Jo describió una interacción con el personal de urgencias del hospital al que llevaron a su hijo tras una lesión física sufrida mientras estaba bajo los efectos del alcohol:
O sea, tienes que tener en cuenta que yo estaba en un estado de muchísima tensión. Y yo estaba oyendo esto [la evaluación clínica] como un interrogatorio. Como si yo hubiera hecho algo malo. Me estaban haciendo todas esas preguntas, pero lo único que yo oía era «¿por qué no ha visto usted a su hijo?… no ha sido usted una buena madre para él»… simplemente tenía la sensación de que nos estaban… como si fuera culpa nuestra, y hubiéramos hecho algo mal.
En retrospectiva, Jo reconoció que probablemente el personal del hospital no la estaba culpando directamente. Sin embargo, describió cómo las experiencias previas de juicio y de culpabilización crean un «filtro de cómo percibes que el mundo te ve» y aumentan la sensibilidad ante la sensación de ser culpada.
Las participantes no solo describieron cómo se sentían culpabilizadas por la manera en que habían criado a sus hijos e hijas, sino que contaron que la gente también hacía suposiciones sobre su propia conducta. Como sugirió Kathy: «La gente da por hecho automáticamente que es porque te despistaste mientras criabas a tu hijo, o que a lo mejor es algo que hace porque es lo que ha visto en casa». Esto refleja la percepción de Kathy de que la gente juzga que ella debió de descuidar sus responsabilidades parentales o que la conducta de su hijo es consecuencia directa de un entorno familiar desestructurado. Las palabras de Kathy reflejan su sensación de ser señalada injustamente y la frustración que nace de los relatos estrechos y enjuiciadores en torno a la crianza y al consumo de sustancias.
Por último, de forma menos directa, varias participantes reflexionaron sobre cómo otras personas les daban consejos fuera de lugar e inútiles sobre la manera de gestionar la situación y sobre su papel de madre. Esto no hacía más que dejarlas con la sensación de ser juzgadas, menospreciadas y cada vez más solas, porque mostraba que las demás personas no entendían su situación y seguían suponiendo que ellas podrían manejarla mejor.
Cinco de las madres reflexionaron sobre las expectativas diferentes que, a su juicio, la sociedad impone a las madres en comparación con los padres, y sobre cómo esto aumentaba la sensación de ser consideradas responsables y culpables de la conducta y del consumo problemático de sustancias de su descendencia.
Esto es un poquito un estereotipo, y no lo digo en ese sentido… pero el padre no tiene que hacer tanto por sus hijos. Pueden salir y pasárselo bien. Y no pasa nada. Los recogen del colegio dos días a la semana y es como «madre mía, el padre hace esto y el padre hace lo otro»… Yo creo que la sociedad tiene expectativas distintas con las madres que con los padres. Y creo que sobre las madres pesa una carga mayor. (Jo)
En este contexto, Jo reflexiona sobre su experiencia personal y su punto de vista acerca de la existencia de un desequilibrio en las expectativas sociales que recaen sobre las madres. Contó que, en comparación con las madres, sentía que los padres están menos expuestos a ser criticados o considerados responsables de determinados resultados o conductas, como el consumo de sustancias de su hijo o hija. De hecho, aunque las madres señalaban que a menudo eran ellas quienes tenían que «recoger los platos rotos del desastre de todos los demás» (Shona), lo que, según describían, implicaba hacer frente a las consecuencias del consumo de su hijo o hija y ser a menudo el principal contacto con distintos profesionales, como los servicios sociales y el equipo de tratamiento, el juicio y la culpabilización dirigidos hacia ellas se vivían con especial intensidad, y se preguntaban si los padres vivirían lo mismo.
La mayoría de las participantes expresaron cómo los sentimientos de culpabilidad y de escrutinio las llevaban a intentar constantemente comprender y analizar los factores del pasado de su familia que habían contribuido a los problemas de consumo. En este sentido, la culpabilización parental se convertía en autoculpabilización, ya que las madres intentaban identificar en qué eran culpables. Eva describió los interrogantes por los que pasó:
¿Lo perdí de vista? ¿Se me escapó algo? Porque en toda la terapia que hagas, lo único que oyes es que todo se remonta a la infancia, y pienso… ¿qué había en su infancia que les hiciera tan infelices?
Esto pone de relieve la introspección persistente y las dudas sobre sí misma de Eva en relación con el consumo de sustancias de su hijo o hija. La alusión a la terapia sugiere que reconocía que en la sociedad está extendida la creencia de que las experiencias infantiles negativas o traumáticas pueden influir en el consumo posterior de una persona. En consecuencia, las madres escudriñan la infancia de su hijo o hija para intentar identificar posibles fuentes de infelicidad que puedan haber contribuido a su situación actual. En conjunto, la cita refleja la conciencia que tiene Eva de un discurso público dominante que podría alimentar la culpabilización, un profundo deseo de comprender y de encontrar explicaciones para el consumo de su hijo o hija, y su lucha con los sentimientos de responsabilidad personal.
Aunque algunas madres reconocieron su capacidad para resistirse al juicio y expresaron haber comprendido que no son responsables de las decisiones de su descendencia, dos madres hablaron específicamente del malestar emocional duradero que causaba la persistente sensación de culpa. Como comentó Ruby: «Me hace sentir que no valgo nada, como si no pudiera hacer nada bien o lo estuviera haciendo todo mal. La verdad es que lo siento así la mayor parte del tiempo». Aquí, Ruby reflexiona sobre cómo la culpabilización que vive, junto con la dificultad constante de apoyar a su hijo o hija, que lo está pasando mal, le deja una dolorosa sensación de estar fracasando como madre, lo que constituye una causa persistente de sufrimiento en su vida.
En respuesta al estrés cotidiano y al estigma y la culpabilización que sentían, las madres describieron diversas estrategias para hacer frente a estos problemas.
Todas las mujeres describieron la necesidad de ocultar detalles sobre el problema de consumo de su hijo o hija y de tener cuidado con las personas con quienes compartían información. Esto incluía evitar hablar con profesionales por miedo a una intervención de los servicios sociales o porque sabían que ello podía dar lugar a comentarios insensibles u ofensivos. Como describió Barbara: «Es que no me metía en conversaciones, porque no soportaba que me dijeran cosas hirientes, ¿sabes? Es como si te clavaran un cuchillo. Así que supongo que, al final, hay muy poca gente con la que me abro». En este contexto, Barbara describe sus esfuerzos por evitar el malestar y el dolor de las conversaciones difíciles, filtrando con cuidado y evitando las conversaciones que pudieran dar lugar a comentarios estigmatizantes y ofensivos. De hecho, Jo describió cómo temía los chismes y que los detalles «se fueran sabiendo» y, en consecuencia, era prudente a la hora de elegir en quién confiaba y a quién se confiaba. La mayoría de las madres explicaron cómo desviaban las conversaciones o se abstenían de compartir información para protegerse a sí mismas y a su descendencia de comentarios hirientes. Sin embargo, una participante reflexionó sobre su decisión de evitar ciertos temas de conversación con sus amistades para protegerlas y evitarles cualquier incomodidad.
Además de evitar las conversaciones, dos de las madres describieron cómo habían dejado por completo de hacer vida social, lo que las llevó a perder amistades y a un aislamiento creciente. Lo atribuían a sentirse expuestas y avergonzadas, y reconocían que se habían convertido en objeto de chismes incluso entre las personas más cercanas de su vida.
Tras sentirse culpabilizadas y estigmatizadas a causa del consumo de sustancias de su descendencia, varias participantes describieron situaciones en las que se habían opuesto cuando otras personas utilizaban un lenguaje ofensivo o actuaban de forma enjuiciadora. Ante los consejos a menudo fuera de lugar y ante la gente que le decía cómo educar a su hijo o hija, Ruby describió lo importante que había llegado a ser para ella ganar confianza en sus decisiones y mostrarse firme a la hora de comunicar su postura: «Es que es difícil, porque todo el mundo tiene una opinión, pero no lo están viviendo. Me estaban tirando de todos lados, las amistades, la familia, y ahora ya estoy en plan: “¡no, esto es lo que voy a hacer!”». Esta cita refleja el cansancio abrumador de ser juzgada y aconsejada por personas que no comprenden del todo la situación ni saben por experiencia propia lo que supone apoyar a alguien que consume sustancias. También pone de relieve lo importante que ha sido para Ruby desarrollar la capacidad de resistir a las distintas presiones.
Varias madres describieron cómo habían notado un cambio en sí mismas y se habían vuelto más comprensivas y menos enjuiciadoras ante la situación de otras personas. De hecho, no solo había indicios de que las madres tomaban conciencia y ganaban confianza para hacer frente a las manifestaciones del estigma social dirigido hacia su descendencia o hacia ellas mismas, sino que Kathy describió cómo se había «convertido literalmente en una guerrera contra el estigma. Libraré batallas solo para limpiar el nombre de una persona, porque es que es horrible». De hecho, en la mayoría de las conversaciones se percibía un fuerte apasionamiento por el reconocimiento del impacto dañino del estigma y un compromiso compartido de defender los derechos de quienes han sido marginados, ya se trate de personas, de familiares o de comunidades.
Dado el nivel de estrés persistente en sus familias, las participantes habían desarrollado estrategias para proteger su bienestar. Entre ellas figuraban buscar reconocimiento, aplicar medidas para mantener una sensación de estructura y de normalidad, centrarse en la esperanza, identificar pequeños momentos positivos para contrarrestar las experiencias negativas y dedicarse a actividades que pudieran generar una sensación de placer. Varias madres destacaron la importancia de crear tiempo y espacio lejos de la situación, en los que pudieran entrar en un entorno que fuera solo suyo; donde supieran que no serían juzgadas, pudieran ser libremente ellas mismas y pudieran tomarse momentáneamente un respiro de la tensión de ser madre.
Todas las mujeres describieron lo importantes que habían sido los grupos de apoyo a las familias para tener personas con quienes hablar y un espacio libre de juicio. Varias mujeres describieron cómo los grupos habían sido un lugar vital donde podían aprender y conocer mejor la naturaleza del consumo de sustancias y las formas de afrontarlo. Además, dos de las mujeres contaron que se les había asignado una persona de referencia que podía ofrecerles un apoyo individual y un seguimiento regular, lo que les proporcionaba un espacio donde sentirse escuchadas. Por encima de todo, las mujeres coincidieron unánimemente en que el éxito abrumador de los grupos residía en la fuerza de la conexión entre pares y de la solidaridad.
Frente al juicio fuera de lugar al que las mujeres estaban a menudo acostumbradas, Barbara contó cómo el grupo de apoyo a las familias al que asistía había estado ahí para ayudarla durante un episodio especialmente difícil con su hijo o hija. Contó que «estuvieron ahí enseguida para ayudar, solo para escuchar y no tomar decisiones por mí, porque llegué yo sola a las conclusiones, pero no lo habría hecho si ese grupo no hubiera estado ahí». Su experiencia hablaba del carácter acogedor del grupo y de la disposición a ofrecer una escucha que muchas de las mujeres no encontraban en su familia ni en sus amistades. Frente a la sensación familiar de soledad que generaban el juicio y el estigma, el grupo ayudó a las madres a darse cuenta de que no era solo su propia familia la que vivía estas situaciones, sino que otras personas atravesaban dificultades similares. Este reconocimiento les proporcionó un sentimiento de solidaridad y las tranquilizó: no estaban solas en lo que vivían.
Aunque investigaciones anteriores que exploraban el punto de vista de madres y padres de personas que consumen sustancias habían puesto de relieve la presencia de estigma y de discriminación, faltaban estudios que distinguieran entre la vivencia del estigma de cortesía y la de la culpabilización parental. Por ello, este estudio exploró estas experiencias, relacionadas pero distintas, a las que se enfrentan las madres de personas que consumen sustancias. Los resultados sugieren que el estigma y la culpabilización hacen que las madres se sientan juzgadas y solas cuando atraviesan dinámicas familiares complejas, pero que las organizaciones de apoyo a las familias ofrecen espacios de aceptación que contrarrestan el juicio y generan un sentimiento de conexión.
En lo que respecta al estigma de cortesía, las participantes describieron cómo se sentían marcadas y contaminadas por su asociación con la conducta de su hijo o hija. Contaron cómo la incomprensión sobre la naturaleza del consumo de sustancias conducía a una falta de empatía y describieron cómo se sentían menospreciadas y excluidas. Estos resultados concuerdan con investigaciones anteriores que exploraban el estigma vivido por los familiares de personas que consumen sustancias (Mardani et al., 2023; McCann & Lubman, 2018; O'Shay-Wallace, 2020) y reflejan la posición teórica original de Goffman (1963), según la cual el estigma se extiende y se propaga hacia fuera a partir de la persona desacreditada.
Uno de los resultados clave del estudio en relación con el estigma que sufren las personas que consumen sustancias fue la percepción, entre las madres, de que la gente juzgaba injustamente que su familiar no merecía apoyo. De forma paralela, las madres señalaron la falta correspondiente de atención o de cuidado hacia ellas mismas, lo que refleja cómo el estigma se extendía hasta afectar a la unidad familiar. Que las personas sientan o no que merecen apoyo puede influir en su decisión de pedir ayuda (McDonagh et al., 2019), y nuestro estudio pone de relieve cómo estas decisiones pueden verse afectadas por la percepción pública. Conviene tener en cuenta estos resultados al reflexionar sobre las razones por las que las personas pueden no pedir ayuda, y pueden orientar el primer contacto con familiares que pueden haber interiorizado o no la creencia de que merecen cuidado.
La culpabilización parental, en cambio, representaba un sentimiento de crítica directa hacia las madres a causa de su manera de criar. Las participantes relataron situaciones en las que habían sido culpabilizadas por familiares, amistades y profesionales. Además, la interiorización de la culpa también se hizo evidente cuando varias madres describieron cómo se habían vuelto hipersensibles a este tipo de juicio, y reflexionaron sobre la manera en que filtraban las conversaciones y se anticipaban a la culpabilización. Aunque investigaciones anteriores también habían encontrado indicios de culpabilización dirigida a madres y padres por parte de familiares y profesionales (Cohen-Filipic & Bentley, 2015; Francis, 2012), nuestros resultados van más allá al poner de relieve que las madres pueden sentir que estas interacciones moldean su conducta futura. A la luz de la teoría de la culpa de Malle et al. (2014), según la cual la persona culpabilizada corre el riesgo de ser rechazada por la comunidad, lo que amenaza su seguridad y sus posibilidades de supervivencia, esta hipersensibilidad al juicio resulta quizá comprensible. De hecho, el sentimiento de rechazo y de ostracismo fue un tema clave que atravesaba las experiencias de todas las madres, aunque queda por explorar si estaba más vinculado al estigma de cortesía, a la culpabilización parental o a una mezcla de ambos.
Una de las respuestas conductuales a la culpabilización parental que las madres mencionaron con más frecuencia fue el examen continuo de su propio pasado y el intento de identificar momentos de la vida de su hijo o hija en los que podrían haber intervenido para evitar el inicio del consumo problemático de sustancias. Esto se ha descrito en otros trabajos (Eaton et al., 2020; Jackson & Mannix, 2004), aunque las madres del presente estudio reconocían que este examen continuo de experiencias pasadas se intensificaba por ser conscientes de la percepción social dominante según la cual las personas con problemas de consumo de sustancias suelen haber tenido una infancia turbulenta. Como señalaron Corrigan y Miller (2004), cuando se habla de problemas graves de salud mental, la tendencia dominante es atribuir la responsabilidad a capacidades parentales insuficientes, a carencias de madres y padres y a su incompetencia. Dado que este es el discurso dominante en nuestra sociedad, las inseguridades de las madres y sus experiencias de autoculpabilización son comprensibles.
Una de las respuestas habituales al estigma de cortesía y a la autoculpabilización, que todas las mujeres describieron, fue la tendencia a la evitación. Esta adoptaba distintas formas, que iban desde la prudencia y la selección a la hora de compartir información hasta el distanciamiento de los demás y la evitación total de las interacciones sociales. Ocultar, guardar secreto y evitar son consecuencias habituales del estigma y se han descrito en investigaciones anteriores que exploran la experiencia de los familiares de personas que consumen sustancias (Fotopoulou et al., 2015; McCann & Lubman, 2018; McDonagh et al., 2019). En nuestro estudio, las mujeres describieron cómo recurrían a la evitación sobre todo como medio para protegerse a sí mismas y a sus familias del estigma de cortesía en forma de comentarios despectivos y de actos discriminatorios, que en última instancia les causaban malestar.
Las participantes relataron el estrés, el drama y la tensión constantes derivados del consumo de sustancias de su hijo o hija, y señalaron cómo el estigma y la culpabilización agravaban estas dificultades dentro de la familia. Esto daba lugar a sentimientos de bochorno, de vergüenza y de aislamiento. Dallos y Draper (2015) subrayaron las ventajas de implicar a las familias en el tratamiento de las adicciones, ya que permite explorar emociones intensas y ayuda a reducir la culpa y el desprecio entre las distintas personas de la familia. Este enfoque favorece cambios positivos en la dinámica familiar y garantiza el cuidado de todos sus miembros. Lamentablemente, nuestros resultados sugieren que la voz de los familiares no siempre se tiene en cuenta, pese a los posibles beneficios de atender a las necesidades de todos los miembros de la familia. Sería valioso seguir investigando los efectos del estigma de cortesía y de la culpabilización parental sobre la dinámica familiar y los resultados del tratamiento.
La distinción entre el estigma de cortesía y la culpabilización parental es delicada. En los propios relatos de las madres había indicios de procesos relacionados con ambos conceptos, aunque la distinción entre estigma y culpabilización pueda parecer a veces estrecha. Sin embargo, sostenemos que esto refleja la naturaleza de la conducta examinada aquí, a saber, el consumo de sustancias. El consumo excesivo y problemático de sustancias como el alcohol y las drogas ilegales lleva mucho tiempo asociado a la «desviación» (Kaplan, 1995; Reynolds et al., 2023), y Scambler (2006, 2009) ha sostenido que el estigma puede atribuirse cuando una conducta escapa al control de la persona y que la compasión es una reacción emocional habitual en esos contextos. En cambio, cuando una actividad se aparta de las normas sociales, puede ser más habitual recurrir a la culpabilización. Así pues, es posible que la culpabilización parental y el estigma sean constructos estrechamente relacionados cuando se consideran en el contexto de las conductas de consumo de sustancias.
Una limitación importante de este estudio es su muestra reducida y relativamente homogénea. Aunque los anuncios de reclutamiento buscaban el punto de vista de madres y padres por igual, solo respondieron y participaron madres. Este desequilibrio de género no es infrecuente en la investigación que explora cuestiones relacionadas con el estigma y la crianza (Eaton et al., 2016). Además, Macfadyen et al. (2011) plantearon que los padres pueden estar menos dispuestos a participar porque infravaloran su propio punto de vista en comparación con el de las madres, una tendencia que parece acentuarse en las situaciones en que las madres tienen más interacciones con profesionales de la salud (Macfadyen et al., 2011).
Además, todas las participantes del presente estudio tenían experiencia con grupos de apoyo a las familias, y la experiencia de madres y padres que no acuden a estos grupos puede diferir de la de las participantes de este estudio. De hecho, nuestros resultados ponen de relieve que las organizaciones de apoyo a las familias, que ofrecen a la vez orientación y un sentimiento de solidaridad, habían ayudado a reducir el impacto de la autoculpabilización y del estigma. Moses (2010) señaló que madres y padres pueden atravesar a menudo un proceso de desculpabilización, en el que las percepciones iniciales de autoculpabilización se reevalúan y se modifican con el tiempo, en función de su situación y del apoyo externo. Podría ser útil que futuras investigaciones incluyeran también el punto de vista de madres y padres que no se han beneficiado del apoyo de los grupos de familias, para comprender mejor el proceso de desculpabilización, lo que, a su vez, puede ayudar a profesionales que acompañan a familiares a reencuadrar mensajes internos dañinos.
En cuanto a la metodología, aunque en todas las entrevistas solo se grabó el audio, las realizadas por vídeo pueden haberse beneficiado de una «presencia» visual adicional en comparación con las entrevistas telefónicas. Sin embargo, datos recientes indican que es poco probable que esto haya tenido algún efecto en la equivalencia de los datos (Oates et al., 2022). Además, aunque nuestro estudio no se diseñó para explorar diferencias en las características individuales de las madres (por ejemplo, nivel socioeconómico, nivel educativo), de las familias (por ejemplo, convivencia con la persona que consume, madres solas) y de su descendencia (por ejemplo, grupo de edad, tipo de consumo), reconocemos que estos factores podrían influir en la vivencia del estigma y de la autovergüenza.
Todas las participantes hablaron muy bien de los servicios ya existentes que apoyaban a familiares de personas que consumían sustancias. Esto contrastaba con los demás servicios sanitarios a los que sus hijos e hijas intentaban acceder, que a menudo describían como inadecuados. Dado que las madres se sentían constantemente excluidas y silenciadas, esto subraya la importancia de encontrar formas de incluirlas en el proceso de tratamiento y de mostrar empatía ante la tensión que ellas también atraviesan. De hecho, las investigaciones han mostrado que las intervenciones que implican a familiares no solo mejoran los resultados del tratamiento de la persona que consume sustancias, sino también los resultados de salud del resto de la familia (Ventura & Bagley, 2017).
Profesionales que trabajan directamente con madres deberían estar atentos a los signos de estigma de cortesía y de culpabilización parental interiorizados, para ayudarlas a reencuadrar su percepción de la situación de una manera menos perjudicial. Esto podría implicar identificar los momentos en que se cuestionan en exceso las causas del consumo de su hijo o hija, u observar cuándo adoptan nociones exageradas de responsabilidad o presentan distorsiones cognitivas. De este modo, el personal profesional puede ayudar a las madres a reconocer la autoculpabilización y a confrontar patrones de pensamiento poco saludables. Estas intervenciones, que se han utilizado para abordar patrones de pensamiento distorsionados en madres y padres de criaturas con dolor crónico (Palermo et al., 2016), así como de menores que se resisten a ir a la escuela (Minamitani & Matsumoto, 2018), han demostrado su eficacia para mitigar los efectos negativos de la autoculpabilización.
Varias madres de nuestra investigación subrayaron que no solo sufrían el rechazo de amistades y familiares, sino que a menudo se sentían ignoradas en las decisiones relativas al cuidado de su familiar. Y ello pese a su importante contribución al apoyo de sus seres queridos durante la recuperación y a que con frecuencia asumían el papel de cuidadoras de sus nietos y nietas en acogimiento en familia extensa. Estos resultados subrayan la importancia de desarrollar un enfoque holístico que pueda incluir, cuando sea posible, el punto de vista de los familiares.
Por último, la fuerza del apoyo entre pares para desmontar los sentimientos de estigma y de culpabilización, y para ayudar a las personas a sentirse parte de una comunidad y menos solas, fue notable. Dar a conocer estos valiosos recursos y aumentar su disponibilidad contribuirá a empoderar a los familiares afectados por el consumo problemático de sustancias.
Esta investigación ha explorado la vivencia del estigma de cortesía y de la culpabilización parental en madres de hijos e hijas que consumen sustancias. Las madres de este estudio relataron experiencias de estigma y de culpabilización por parte de familiares y amistades, así como la necesidad de lidiar con el juicio y las falsas suposiciones que el público en general dirigía hacia ellas. A raíz de estos encuentros, las madres interiorizaban con frecuencia estas experiencias, lo que daba lugar a sentimientos de rechazo, aislamiento social y autoculpabilización. Estos sentimientos eran especialmente difíciles de gestionar en medio del estrés ya intenso de la dinámica familiar. Los grupos de pares y la orientación de las organizaciones de apoyo a las familias fueron un salvavidas para estas mujeres y ayudaron a reducir el impacto negativo del estigma y de la culpabilización. Estos resultados deberían servir para orientar futuras investigaciones que distingan entre el estigma de cortesía y la culpabilización parental, así como para fundamentar las decisiones prácticas relativas a las intervenciones y los mensajes que pueden emplear profesionales que trabajan con madres y padres.
Complexe Systémique: puntos clave
El estudio tiene el mérito de separar dos cosas que la clínica a menudo confunde: el descrédito que recae sobre la familia por mera proximidad y el proceso que se abre contra madres y padres. Para quienes practican la terapia familiar, la advertencia es directa. El relato de Jo en urgencias muestra que una evaluación clínica corriente puede oírse como un interrogatorio, y los modelos que buscan en la familia el origen del síntoma pueden alimentar, sin quererlo, el interminable repaso del pasado que describen estas madres. Una lectura sistémica invita, en cambio, a mirar el bucle: la culpabilización lleva al secreto y al retraimiento, que aíslan, lo que a su vez aumenta la tensión familiar. También recuerda el peso de las normas de género, que hacen recaer la mayor parte de la culpa sobre las madres. Los límites son claros: ocho madres blancas, todas ya acompañadas por organizaciones, ningún padre, ninguna voz de la persona consumidora. Y las respuestas propuestas, centradas en las distorsiones cognitivas, siguen siendo individuales, cuando el texto muestra sobre todo la fuerza de los grupos de pares. Puede leerse junto con el artículo sobre la competencia familiar ante la drogodependencia y el estudio sobre la reputación y la responsabilidad de madres y padres en el Diálogo Abierto.
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Traducción no oficial al español de Mothers' experiences of stigma and blame: The views of mothers of people who use substances, de Edith O’Dowd, Simon C. Hunter y Martha Canfield, Family Relations, vol. 74, n.o 1 (2025), doi: 10.1111/fare.13093, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial son responsables de esta traducción; prevalece la versión original.
Esta es una traducción del artículo original «Mothers' experiences of stigma and blame: The views of mothers of people who use substances», publicado en Family Relations (2025) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
O’Dowd, E., Hunter, S. C., et Canfield, M. (2025). Mothers' experiences of stigma and blame: The views of mothers of people who use substances. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/mothers-experiences-of-stigma-and-blame-the-views-of-mothers-of-people-who-use-substances (Obra original publicada en 2024 en Family Relations, 74(1), 465-480 (2025); republicada en 2025 por Family Relations, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/fare.13093)
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