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Journal of Child and Family Studies · Familia

La gestión de la revelación en los relatos infantiles sobre la violencia doméstica: prácticas de contar y no contar

A quienes crecen con violencia doméstica se les describe a menudo como testigos pasivos y silenciosos. A partir de 107 entrevistas realizadas en Grecia, Italia, España y el Reino Unido, el equipo de Jane Callaghan muestra, por el contrario, a una infancia y una adolescencia que sopesan cada confidencia: callar para mantenerse a salvo, elegir a una única persona de confianza, tomar prestadas voces adultas para decir lo que cuesta decir.

Autoría Jane E. M. Callaghan, Joanne Alexander y Judith Sixsmith (University of Northampton), Lisa C. Fellin (University of East London), Reino Unido, y Stavroula Mavrou (Universidad Aristóteles de Tesalónica, Grecia)Primera publicación Journal of Child and Family Studies, 28 de julio de 2017Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de The Management of Disclosure in Children’s Accounts of Domestic Violence: Practices of Telling and Not Telling, de Jane E. M. Callaghan, Lisa C. Fellin, Stavroula Mavrou, Joanne Alexander y Judith Sixsmith, publicado en Journal of Child and Family Studies (Springer) (2017), doi: 10.1007/s10826-017-0832-3, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las tablas se presentan en forma de listas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Saben contar sus historias, y saben evitar contarlas.

Jane E. M. Callaghan, Lisa C. Fellin, Stavroula Mavrou, Joanne Alexander y Judith Sixsmith

Resumen

A la infancia y la adolescencia que viven violencia doméstica se las representa a menudo como testigos pasivos, demasiado vulnerables para contar las historias de su propia vida. Este artículo presenta resultados de un proyecto europeo de investigación de dos años (Understanding Agency and Resistance Strategies, UNARS) realizado con menores de Grecia, Italia, España y el Reino Unido que habían vivido violencia doméstica. Explora cómo entienden su propia capacidad para reflexionar sobre sus experiencias y revelarlas. Se analizaron fragmentos de entrevistas individuales con 107 participantes de entre 8 y 18 años. Se presentan tres temas que ilustran sus estrategias para gestionar la revelación: (1) «¿Silenciamiento impuesto o silencio elegido?» explora sus prácticas de autosilenciamiento; (2) «Gestionar las revelaciones: encontrar formas de contar» describe el valor que conceden a la expresión de sí y las estrategias que utilizan para revelar de forma segura; y (3) «Hablar con muchas voces» examina cómo sus relatos sobre sus experiencias se constituyen relacionalmente y son a menudo polivocales. El artículo concluye que la infancia y la adolescencia pueden ser comunicadoras articuladas, estratégicas y reflexivas, y que un buen apoyo a las familias que se enfrentan a la violencia doméstica debe abrir un espacio en el que su voz pueda ser escuchada. Esto solo es posible en un marco integrado capaz de abarcar múltiples niveles y perspectivas, en lugar de privilegiar el punto de vista adulto. Quienes trabajan profesionalmente con familias afectadas por la violencia doméstica deben reconocer que la infancia y la adolescencia son capaces de reflexionar sobre sus experiencias y de hablar de ellas. Ello exige prestar atención a la complejidad de sus prácticas de comunicación y al contexto relacional de esas comunicaciones.

Palabras clave: violencia doméstica, infancia y juventud, revelación, agencia

Introducción

El impacto de la violencia doméstica en la infancia se ha estudiado en gran medida mediante medidas cuantitativas de los resultados en niñas y niños obtenidas a través de cuestionarios (por lo general puntuados por profesionales de la clínica o por madres, padres o personas cuidadoras) o mediante la observación de las interacciones entre personas adultas y menores (Callaghan 2015; Øverlien 2009). Este tipo de investigación ha documentado los daños que sufre la infancia, entre ellos el riesgo de daño físico directo (Devaney 2008; Jaffe et al. 2012; Sousa et al. 2011), las dificultades emocionales, conductuales y de salud (véanse, por ejemplo, DeJonghe et al. 2011; Griffing et al. 2006; Holt et al. 2008; Peltonen et al. 2010), los problemas relacionales (Ehrensaft et al. 2003a; Siegel 2013) y las dificultades escolares (Byrne y Taylor 2007; Carrell y Hoekstra 2010).

Esta literatura ha desempeñado un papel importante al poner de relieve el impacto de la violencia doméstica en la infancia. Sin embargo, debido a su enfoque metodológico, también se le ha reprochado ocultar la propia voz de la infancia y la juventud (Øverlien 2009). Se ha señalado que no hablar con estas personas jóvenes de sus vivencias de violencia doméstica subestima su capacidad de agencia (Callaghan y Alexander 2015; Callaghan et al. 2016b, c; Haselschwerdt et al. 2016; Katz 2015; Mullender et al. 2003; Øverlien 2009) y reproduce una representación dominante de la infancia que vive violencia doméstica como «testigos» en silencio, marcados por el daño y fuente de daño a causa de su «exposición» a la violencia (Callaghan 2015; Eriksson y Näsman 2012; Mullender et al. 2003; Øverlien 2009).

La representación de la infancia y la adolescencia como silenciosas y pasivas es igualmente notable en el ámbito de las políticas públicas (Callaghan et al. 2016b, c). La definición de violencia doméstica del Convenio de Estambul inspira la mayor parte de la legislación y de las políticas europeas, e incluye «todos los actos de violencia física, sexual, psicológica o económica que se producen en la familia o en el hogar o entre cónyuges o parejas de hecho antiguos o actuales, independientemente de que el autor del delito comparta o haya compartido el mismo domicilio que la víctima» (Consejo de Europa 2011). El convenio se centra en la violencia doméstica tal como se produce en la díada adulta íntima. Se ha criticado esta postura por situar a la infancia como testigo pasivo de la violencia adulta y por subestimar los daños que sufren (Callaghan et al. 2016b, c). Incluso cuando no sufren agresiones físicas directas, el contexto familiar de la violencia doméstica se caracteriza por el control coercitivo y por interacciones familiares difíciles que resultan dañinas para la infancia y la adolescencia y vulneran su derecho a la seguridad (Callaghan et al. 2016b, c). Para comprender las experiencias infantiles de violencia doméstica, es importante ir más allá del modelo del incidente físico (Katz 2016) y reconocer el papel del control coercitivo en las familias, es decir, de los patrones de abuso caracterizados no solo por la violencia, sino por la dominación, el miedo, el control, el aislamiento y la degradación (Stark 2007). Designar como «víctima» únicamente a la persona adulta de la díada íntima, y reducir la violencia doméstica a la sola violencia física, oculta el contexto interaccional que afecta a todas las personas de la familia, así como los daños que sufren las y los menores tanto por la violencia física como por el control coercitivo. Esta definición centrada en las personas adultas implica también que los propios relatos de la infancia sobre sus experiencias se pasan a menudo por alto en los servicios destinados a las víctimas de violencia doméstica (Callaghan et al. 2016b, c; Katz 2016).

El giro cualitativo en la investigación en ciencias sociales sobre la infancia y la juventud ha conducido a un mayor reconocimiento de la importancia de escucharlas y de respetar su capacidad para reflexionar sobre sus propias experiencias (Einarsdottir et al. 2009; Skelton 2008). Sin embargo, la investigación sobre la violencia sigue apoyándose en exceso en los relatos de personas adultas (McGee 2000; Øverlien 2009). Eriksson y Näsman (2012) han sugerido que ello obedece a una tensión, en la investigación y en la práctica profesional, entre la idea de que la infancia y la juventud tienen derecho a expresar sus propias experiencias y el énfasis en su vulnerabilidad y en su derecho a la protección.

Profesionales, madres y padres suelen afirmar que a quienes viven violencia doméstica en la infancia les cuesta hablar de sus experiencias. Sin embargo, como ha señalado Weiss (2014), las dificultades que tienen las personas para comunicar la violencia a menudo no se deben realmente a la incapacidad del individuo para expresar su experiencia; la dificultad reside más bien en la capacidad o la disposición de quien escucha para oír la experiencia que se le comunica. Si bien está bien documentado que a las víctimas adultas les resulta difícil revelar la violencia doméstica, tanto por el impacto emocional de la experiencia como por el estigma social asociado a este tipo de abuso (Liebschutz et al. 2008; Sylaska y Edwards 2013), en el caso de la infancia y la adolescencia esta dificultad se ve agravada por las inquietudes profesionales acerca de su capacidad para revelar y de su aparente vulnerabilidad cuando se les pregunta por sus experiencias (Callaghan y Alexander 2015; Eriksson 2012; Eriksson y Näsman 2012). Las preocupaciones adultas sobre su vulnerabilidad y su supuesta incapacidad para reflexionar con seguridad sobre sus experiencias (expresadas a menudo como el temor a «destapar la caja de los truenos», Hester y Westmarland 2005; Lombard 2015) pueden producir un control del acceso impuesto institucionalmente, obstáculos y barreras que desembocan en su silenciamiento (Alexander et al. 2016; Skelton 2008) o en una participación meramente simbólica (Dexter et al. 2012).

Abrir un espacio para que las personas menores expresen sus experiencias es particularmente importante en el contexto de la violencia doméstica, donde no escuchar sus relatos conlleva riesgos adicionales: voces ya silenciadas por la violencia y la coerción en la familia pueden quedar aún más silenciadas por una incapacidad más amplia para oír lo que tienen que decir (Vetere y Cooper 2005). No escuchar sus relatos sobre sus propias experiencias de violencia doméstica puede aumentar el riesgo emocional y físico asociado a esa violencia. Por ejemplo, sus relatos pueden no ser oídos por progenitores centrados en su propia supervivencia emocional (Borrego et al. 2008; Katz 2015), ni por profesionales que privilegian la «historia» adulta u oficial de la violencia (Eriksson 2012). De este modo pueden desaprovecharse valiosas oportunidades de protección infantil y perderse ocasiones de prevenir la continuación de la violencia familiar (Buckley et al. 2007). El riesgo de daño es también evidente en los litigios sobre el régimen de visitas tras la separación, en los que las resoluciones judiciales pueden imponerse a la inquietud que expresan las propias personas menores ante el contacto con progenitores maltratadores (Buckley et al. 2007; Eriksson 2008; Eriksson y Näsman 2012; Featherstone et al. 2013; Hester 2011; Morrison 2015). Además de estos riesgos físicos, que profesionales y progenitores no escuchen su perspectiva puede hacer que se pierdan oportunidades de apoyar a estas personas jóvenes y de intervenir en sus mundos emocionales y psicosociales (Cooper y Vetere 2008).

Pese a las limitaciones profesionales, parentales y sociales que pesan sobre la infancia y la adolescencia y que hacen difícil la expresión de sus experiencias, un corpus de literatura pequeño pero creciente ha subrayado la importancia de escuchar sus experiencias y de facilitar su voz (Cater y Øverlien 2014; Katz 2015; Mullender et al. 2003; Øverlien 2011). Esta literatura destaca que quienes han vivido la violencia en la infancia tienen capacidad de agencia y pueden reflexionar sobre sus experiencias de maneras que cuestionan su posicionamiento como testigos pasivos (Alexander et al. 2016; Callaghan y Alexander 2015; Callaghan et al. 2016a, b, c, d; Cater 2007; Fusco y Fantuzzo 2009; Houghton 2015; Katz 2015; Överlien 2017; Øverlien 2014; Øverlien y Hydén 2009; Swanston et al. 2014). Eriksson y Näsman (2012) sugirieron que la infancia y la adolescencia podían reflexionar sobre sus propias experiencias de violencia, pero que hablar de esas experiencias con estas personas jóvenes exigía que las personas adultas respetaran su derecho a la participación y lo pusieran en equilibrio con las inquietudes adultas sobre su aparente vulnerabilidad. Trabajando con adolescentes de 12 a 15 años, Øverlien y Hydén (2009) constataron que eran capaces de reflexionar sobre su propia capacidad de afrontamiento y de describir sus propias estrategias, narrando su vivencia del trauma y de la gestión del trauma. Sugirieron que las experiencias personales de violencia formaban un relato significativo, importante para la construcción de su identidad. En su estudio con criaturas mucho más pequeñas (de 4 a 7 años), Evang y Øverlien (2014) constataron que eran capaces no solo de describir sus experiencias, sino también de desempeñar un papel activo en la forma y la orientación de sus encuentros de entrevista con el equipo investigador. Ello les permitía tanto gestionar la entrevista por sí mismas como regular su propio grado de implicación emocional al hacer revelaciones difíciles. Esta investigación pone de relieve que, aunque la infancia y la adolescencia pueden tener capacidades evolutivas variables para expresarse verbalmente (Brooks y Kempe 2012), son capaces de expresar sus experiencias y de gestionar los espacios interaccionales a lo largo de un amplio abanico de edades.

El trabajo de Evang y Øverlien subraya que escuchar las revelaciones de violencia doméstica de la infancia y la adolescencia implica atender no solo a lo que dicen, sino a cómo comunican (Trevarthen 1998), a la forma de su revelación, a cómo la escenifican de manera distinta en contextos distintos y a cómo gestionan sus silencios (Callaghan et al. 2015). No comprender la dimensión performativa de sus revelaciones puede llevar a subestimar su capacidad para revelar de manera consciente y reflexionada. Además, es importante reconocer que sus voces no surgen de forma aislada ni son un reflejo directo de experiencias internas: son interactivas, relacionales y espacialmente constituidas (Kraftl 2013). Teóricos del desarrollo como Vygotsky (1978) y filósofos como Bakhtin (1981) sugirieron que los seres humanos no utilizan el lenguaje solo como un instrumento de comunicación, sino que constituyen su sentido de sí intersubjetivamente, en diálogo con los demás. Los relatos de la infancia y la adolescencia son, por consiguiente, polifónicos (Bakhtin 1981): cuando narran sus experiencias, hablan a otras personas y con otras personas («reales» e imaginadas). Este es un elemento del carácter agentivo de sus comunicaciones: cuentan historias con un propósito, de una manera determinada, para un público determinado y por una razón determinada. Atender al carácter intersubjetivo e intencional de sus revelaciones es un aspecto importante, pero en gran medida descuidado, de la investigación sobre la violencia doméstica. Si bien Evang y Øverlien (2014) lo consideraron en el contexto de la propia entrevista de investigación, no exploraron cómo describían las personas participantes la escenificación y la gestión de sus revelaciones en un contexto relacional más amplio. Cuando hablan de sus experiencias, se trata de un proceso interaccional (Hermans 2015). No se limitan a recitar sus historias, sino que las cuentan en una interacción que implica a quien investiga, así como la propia historia relacional de cada cual (Evang y Øverlien 2014).

En este artículo examinamos las reflexiones de la infancia y la adolescencia sobre sus experiencias de revelar la violencia doméstica. Nuestro objetivo es explorar cómo hablan de la revelación y cómo reflexionan sobre sus experiencias y su gestión de la revelación acerca de sus relaciones familiares. Destacamos su capacidad de agencia (por limitada que esté por sus contextos sociales e interpersonales) y su cuidadosa gestión del contar y del no contar, del hablar y del callar. Ello nos permite contribuir a un corpus creciente de literatura centrado en la capacidad de agencia de la infancia en situaciones de violencia doméstica, subrayando su capacidad para reflexionar sobre sus revelaciones y gestionarlas como seres humanos conscientes que dan sentido a lo que viven, y no como testigos pasivos de la violencia adulta.

Método

Participantes

Las personas participantes se reclutaron para la entrevista a través de servicios especializados en violencia doméstica y casas de acogida, o a través de organismos y profesionales que trabajaban con familias afectadas por la violencia doméstica, como profesionales de enlace entre la escuela y la familia, servicios de orientación psicológica o residencias para menores y jóvenes. Se invitó a participar a menores de entre 8 y 18 años que hubieran vivido violencia doméstica pero que no se encontraran en ese momento en situaciones en las que esta se estuviera produciendo, o con quienes el personal profesional que intervenía con la familia considerara seguro trabajar. Aunque no se excluyó a la descendencia de víctimas masculinas, todas las personas participantes salvo dos procedían de familias en las que el servicio derivante identificaba a la madre como principal víctima de la violencia doméstica. Ciento siete participantes de los cuatro países tomaron parte en entrevistas semiestructuradas (véase la tabla 1, que resume el conjunto de participantes en las entrevistas de UNARS, y la tabla 2, que detalla a quienes se da voz en este artículo).

Tabla 1 — Datos de las personas participantes en el proyecto UNARS

  • Reino Unido. Total de participantes: 21; edad: 8–18 años; masculino: 13; femenino: 14.
  • Grecia. Total de participantes: 19; edad: 10–18 años; masculino: 10; femenino: 9.
  • Italia. Total de participantes: 43; edad: 8–18 años; masculino: 17; femenino: 26.
  • España. Total de participantes: 24; edad: 11–17 años; masculino: 8; femenino: 16.

Tabla 2 — Datos de las personas participantes cuyos fragmentos se incluyen en este artículo

  • Reino Unido. Sophia (niña, 15); Nancy (niña, 9); Rachel (niña, 11); Emma (niña, 16); Alison (niña, 15); Ben (niño, 8); Bethany (niña, 10).
  • Grecia. Matina (niña, 11); Marios (niño, 14); Natalia (niña, 15); Anna (niña, 12); Lina (niña, 15); Kostas (niño, 14).
  • España. Nacho (niño, 13); Marta (niña, 17); Amaya (niña, 17).
  • Italia. Anna (niña, 18); Elda (niña, 17); Angelo (niño, 15); Giacomo (niño, 12).

Rango de edad: 8–18 años. Edad media: 13,7 años.

El proceso de reclutamiento estuvo sujeto a patrones complejos de acceso y de filtrado, por lo que resulta difícil informar con precisión de las tasas de reclutamiento. En la mayoría de los países, la investigación se llevó a cabo en organizaciones que apoyaban a familias afectadas por el maltrato doméstico, y el reclutamiento estuvo siempre mediado por una tercera parte: profesionales de apoyo en violencia doméstica o profesionales similares. El principal desafío al que se enfrentó el equipo investigador se centró en las prácticas de filtrado del personal profesional. Las prácticas de filtrado empleadas por profesionales concretos y por las organizaciones en su conjunto hacen difícil saber con certeza a cuántas de las personas usuarias se dirigieron realmente para informarles de la investigación. El filtrado supuso también que el equipo investigador solo tuvo ocasión de informar directamente, en persona o por teléfono, a las personas usuarias seleccionadas por las organizaciones y consideradas «participantes adecuadas para la investigación». Por estas razones, informar aquí de tasas de respuesta supondría descontextualizar y simplificar en exceso el panorama y la cultura de los servicios de violencia doméstica, ofreciendo una representación potencialmente falsa de los deseos de la familia de compartir (o no compartir) sus experiencias.

Procedimiento

«Understanding Agency and Resistance Strategies» (UNARS) fue un proyecto de investigación de dos años centrado en la infancia y la adolescencia en situaciones de violencia doméstica. En él participaron menores, jóvenes, personas cuidadoras y profesionales de cuatro países europeos (Reino Unido, Grecia, Italia y España). El objetivo del proyecto era explorar la capacidad de la infancia y la adolescencia para desarrollar un sentido de agencia, de resistencia y de resiliencia en la gestión de su experiencia de violencia doméstica. Los datos presentados en este artículo se centran en uno de los principales temas emergentes: la gestión de la revelación.

Las organizaciones asociadas que participaron en UNARS compartían un interés común por apoyar a la infancia y la adolescencia que vivían violencia doméstica, e incluían universidades, organismos de gobiernos regionales, empresas sociales y entidades sin ánimo de lucro. Las organizaciones asociadas de UNARS se seleccionaron por su experiencia en el ámbito de la violencia doméstica y por sus vínculos con los organismos locales pertinentes. Los cuatro países son signatarios del Convenio de Estambul (2011) sobre la violencia contra las mujeres y las niñas, aunque Grecia y el Reino Unido se encuentran todavía en proceso de ratificarlo. Las exigencias del Convenio implican que los cuatro países han implantado recientemente políticas y leyes específicas y han comprometido financiación para combatir la violencia doméstica y de género tanto a escala regional como nacional. Pese a sus diferencias socioculturales, políticas y económicas, los cuatro países presentan tasas de prevalencia declarada de violencia doméstica contra las mujeres similares, de alrededor del 12–15% (Consejo de Europa 2008). Debido a los patrones de denuncia, es difícil estimar el número de menores que presencian violencia doméstica. Sin embargo, los datos de Grecia, Italia y España indican que entre el 63 y el 73% de las mujeres que habían sufrido violencia doméstica tenían hijas e hijos que habían presenciado u oído la violencia (Delegación del Gobierno para la Violencia de Género 2015; European Union Agency for Fundamental Rights 2014; Istituto Nazionale di Statistica 2015). Cada uno de estos estudios se centra principalmente en la violencia doméstica con un agresor masculino y una víctima femenina identificados, y es probable que ello conduzca a una subestimación de las tasas de prevalencia descritas. Un estudio de prevalencia del Reino Unido indica que el 21,9 % de las personas jóvenes de 11 a 17 años y el 24,5 % de las personas adultas jóvenes habían vivido violencia doméstica en algún momento de su infancia (Radford et al. 2013).

Investigar con menores que han vivido violencia doméstica es delicado y éticamente complejo. El equipo investigador, las personas cuidadoras y los organismos derivantes temían que la revelación pudiera poner en peligro de algún modo a la infancia, exponiéndola potencialmente a una traumatización secundaria (véanse Eriksson y Näsman 2012; Morris et al. 2012) y quizá exponiéndola, junto con su familia, a represalias asociadas a la revelación de la violencia. No obstante, la propia infancia y adolescencia afirma valorar la oportunidad de expresar sus experiencias y de dar voz a su propia capacidad de agencia (Cater y Øverlien 2014; Houghton 2015). Por ello, era importante encontrar formas seguras de facilitar que expresaran sus experiencias (Alderson y Morrow 2011; Skansvors 2009; Skelton 2008; Valentine et al. 2001).

El equipo investigador se aseguró de que las posibles personas participantes estuvieran plenamente informadas del objetivo de la investigación. Solo se reclutó a menores que hubieran salido de situaciones de maltrato doméstico o con quienes el personal profesional considerara seguro trabajar (Morris et al. 2012). Se informó a las posibles personas participantes de que el proyecto se centraba en la violencia doméstica y se les explicó en detalle el procedimiento, así como sus derechos y garantías éticas. Esta información se facilitó tanto oralmente como por escrito antes de solicitar el consentimiento. Se dejó tiempo a las personas participantes para reflexionar sobre esta información antes de realizar la entrevista (por lo general 7 días, y nunca menos de 1 día). Las hojas informativas se redactaron en un lenguaje claro, comprensible y sin jerga, y se tuvo en cuenta la edad de las personas jóvenes implicadas al presentar esta información, para garantizar que comprendieran plenamente lo que supondría su participación en el estudio. En particular, era importante que la infancia participante entendiera que nuestro interés se centraba en la violencia doméstica, y se procuró que comprendiera el significado de este término (por ejemplo, explicando que violencia doméstica designaba a familias en las que las personas adultas discutían mucho y en las que una o ambas se hacían daño físicamente). Se obtuvo el consentimiento informado por escrito cuando las personas jóvenes podían otorgarlo legalmente. En caso contrario, se solicitó el asentimiento de la persona menor y el consentimiento de las madres, los padres o las personas que ejercían la tutela legal. Como parte del proceso de consentimiento, explicamos a las personas participantes cómo se utilizarían los datos de su entrevista y examinamos con ellas las garantías que ofrece la confidencialidad, así como las circunstancias en las que habría que romperla.

Se tomaron diversas medidas para garantizar la seguridad de las personas participantes. Se preservó el anonimato mediante el uso de seudónimos y la supresión de los datos identificativos de las transcripciones de las entrevistas y del material visual. El equipo investigador se aseguró de que la información sobre el estudio no se llevara a casa, y se proporcionó una tarjeta de contacto anónima para reducir cualquier riesgo de que el agresor descubriera involuntariamente su participación. Tras la entrevista, el equipo investigador comprobaba con cada participante cómo había vivido la entrevista. Si surgía alguna preocupación respecto a una persona menor, el equipo tenía acceso a profesionales de la salud mental o de la intervención en violencia doméstica, por si era necesaria una consulta o una derivación.

Instrumentos

Se utilizaron entrevistas semiestructuradas para facilitar la exploración de las experiencias de violencia doméstica de las personas participantes. Las personas investigadoras de todos los países asociados (diez personas entrevistadoras en total) asistieron a una formación para elaborar los materiales de entrevista y seguir desarrollando sus competencias para entrevistar a menores y jóvenes, garantizando así un enfoque compartido de la investigación. Todo el equipo investigador tenía al menos un título universitario de grado y experiencia en entrevistas cualitativas. Las entrevistas se realizaron en la lengua principal de la región en la que vivía cada participante (inglés, castellano, italiano o griego) y fueron traducidas por un miembro bilingüe del equipo investigador. Un segundo miembro del equipo cotejó las traducciones con la grabación.

El guion de entrevista (véase el anexo 1) se concibió para utilizarse con flexibilidad, lo que permitía cierta estandarización en el conjunto del consorcio y, al mismo tiempo, que cada país adaptara el guion a sus necesidades y a su contexto. En el anexo 1 figuran algunos ejemplos de las preguntas utilizadas en las entrevistas. Las entrevistas duraron entre 24 y 83 min y se estructuraron de forma flexible para ajustarse al nivel de desarrollo y al estilo interaccional de cada participante (Pascal y Bertram 2009). Todas las entrevistas se grabaron en audio y se transcribieron íntegramente.

Análisis de los datos

Las entrevistas se analizaron mediante el interaccionismo interpretativo de Denzin (2001), un método que permitió explorar las intersecciones entre lo personal y lo social en los relatos de violencia doméstica de las personas participantes. Cada persona entrevistadora elaboró un resumen descriptivo y reflexivo con una plantilla de registro que constituía la portada de cada transcripción.

El equipo investigador dedicó 2 días a un taller de análisis para garantizar una comprensión común del proceso analítico y un enfoque sistemático de este. En ese taller, el equipo recorrió en común todo el proceso analítico, utilizando transcripciones de las primeras entrevistas realizadas por cada equipo en cada país. Cada entrevista se codificó de forma independiente, y las variaciones y regularidades de la codificación se discutieron y resolvieron. A lo largo del proyecto se celebraron también reuniones virtuales del equipo (cada dos meses), en las que se compartía y discutía el análisis emergente. Al final del proyecto se celebró un taller final para acordar los principales temas emergentes. Apoyándose en abundantes notas de campo y en la discusión en equipo, las personas investigadoras mantuvieron un proceso reflexivo para seguir la coconstrucción del análisis a lo largo de todo el proyecto (Lincoln y Guba 2005).

En cada país, dos personas investigadoras codificaron las entrevistas de forma independiente. Denzin describe este proceso como «poner entre paréntesis el fenómeno», centrándose en las palabras y expresiones de las personas participantes tal como aparecen en el texto de la entrevista, «desligadas» (Denzin 2001, p. 154) del mundo, para identificar los rasgos y estructuras esenciales de las experiencias narradas. Las personas investigadoras compararon su codificación inicial de cada transcripción, examinando las variaciones. Tras discutir estas discrepancias, acordaron un conjunto común de códigos para cada entrevista. En el segundo paso analítico, la «construcción» (Denzin 2001), estos códigos puestos entre paréntesis se refinan comparándolos dentro de cada transcripción y luego entre transcripciones, buscando regularidades y estructuras en las entrevistas, para después clasificarlos y ordenarlos y producir temas. La construcción de los temas la llevaron a cabo la investigadora principal (JC) y la investigadora asociada principal (JA), en consulta con todo el equipo investigador. Los temas se elaboraron tanto para tener en cuenta la variación individual como para explorar cómo se constituían los significados y las experiencias a través de los relatos de distintas personas participantes, dentro de su contexto interpersonal y social (lo que Denzin denomina «contextualización»).

Resultados

Este análisis explora cómo reflexionaron las personas participantes sobre las tensiones que vivían en torno a las revelaciones y cómo las gestionaron. Expresaron cautela, recelo y desconfianza respecto a la revelación, como se aprecia en su manera de hablar de la revelación de sus experiencias a amistades, familiares y profesionales. Su cautela iba a menudo más allá de las revelaciones de violencia propiamente dichas y se extendía a otros aspectos de la vida aparentemente más cotidianos. En este sentido, alzar la voz, o incluso simplemente hablar, quedaba enmarcado como algo arriesgado y peligroso. No obstante, fueron capaces de encontrar toda una gama de maneras de gestionar su comunicación con los demás y de expresar lo que ocurría en sus familias. Nuestro análisis se centró en la gestión activa de la revelación mediante estrategias deliberadas de contar y no contar. Hablaron de revelaciones a distintas personas: amistades, familiares y profesionales. Esta revelación se gestiona de forma consciente y agentiva y se vive como un medio para protegerse y proteger a los demás. Se desarrollan tres temas. «¿Silenciamiento impuesto o silencio elegido?» explora sus prácticas de autosilenciamiento. «Gestionar la revelación: encontrar formas de contar» examina el valor que conceden a la expresión de sí y las estrategias que utilizan para revelar de forma segura. «Hablar con muchas voces: relatos autorizados, ventriloquía y habla terapéutica» detalla cómo sus relatos sobre sus experiencias son a menudo polivocales y se constituyen relacionalmente.

Los temas se ilustran con citas literales de las transcripciones de las entrevistas, en las que se indican el nombre, la edad, el género y el país de cada participante para contextualizar las observaciones analíticas. Todas las personas participantes a las que se da voz en este análisis proceden de situaciones en las que el padre (o, en un caso, el de Kostas, el abuelo paterno que vivía en el hogar) era el autor de la violencia en la familia.

Uno de los elementos clave de la experiencia de la violencia doméstica en la infancia y la adolescencia es que se aprende a gestionar la manera de revelar las experiencias. Se aprende cuándo hablar y cuándo callar, y se atenúan las respuestas para no llamar la atención sobre sí y sobre los problemas de la familia. Muchas de las personas participantes expresaron la sensación de que debían callar sus experiencias y evaluar los riesgos de las revelaciones.

Las personas participantes se mostraban cautas en su manera de hablar de la violencia misma. Muy pocas de las personas entrevistadas nombraban directamente la violencia como violencia; preferían utilizar toda una serie de eufemismos o atenuaciones para describir lo que ocurría en sus familias:

Sophia (15, F, Reino Unido): …A mi madre le pasó algo…

Nancy (8, F, Reino Unido): el accidente asustó a mi madre, y no le gustó

Martina (11, Grecia): … en toda esta aventura de la que te he hablado…

En cada uno de estos ejemplos, las revelaciones previas de los progenitores y del personal profesional que trabajaba con la persona menor indican que el «accidente», la «aventura», el «algo» que «pasó» remiten a episodios de violencia familiar grave, deliberada y manifiesta. Muchas de las personas participantes hablaban de «discusiones» o de «peleas». Las entrevistas se prepararon cuidadosamente para garantizar que supieran que estaban consintiendo en hablar de sus experiencias de violencia doméstica, y el equipo investigador nombraba explícitamente la violencia doméstica. Esto hace aún más llamativa la evitación de la denominación, puesto que la persona entrevistadora y la persona entrevistada sabían que había habido violencia doméstica, que el conocimiento de esa violencia era mutuo y que, en ese sentido, no había nada que ocultar.

¿Qué se consigue, entonces, con este tipo de referencia eufemística y evitativa a aquello mismo de lo que estaban allí para hablar? Atendiendo a la función relacional e interaccional de las revelaciones infantiles, queda claro que no se limitaban a recitar sus historias, sino que se las «contaban» a la persona investigadora, narrando sus experiencias intersubjetivamente. Parece que evitar la etiqueta «violencia» cumple diversas funciones: representa la experiencia en términos menos «crudos» para quien entrevista; cumple una tarea quizá más adaptada a la infancia, al permitir hablar de la violencia sin nombrarla explícitamente; y quizá reitera la manera familiar de hablar de la violencia («tener un poco de mal genio», «discutir mucho», etc., términos más habituales para describir la discordia familiar que la violencia propiamente dicha). En este análisis damos sentido a los relatos de las personas participantes sobre sus experiencias de revelar o no revelar, apartándonos de una lectura patologizante (por ejemplo, interpretar que no denominen sus experiencias como violencia doméstica porque estarían «en negación») para comprender, desde su propio punto de vista, la función de expresar o no expresar.

¿Silenciamiento impuesto o silencio elegido?

Este tema explora cómo describen las personas participantes las dificultades de hablar de la violencia doméstica. Todas dijeron sentir que no podían hablar abiertamente de los asuntos familiares y que, si lo hacían, no se les escucharía ni se les creería. Su sensación de ser silenciadas estaba en cierta tensión con su sensación de elegir activamente el silencio como forma de gestionar la complejidad de las relaciones familiares.

Las personas participantes describieron una atenuación de su habla, una sensación de bajar el volumen para no llamar la atención dentro de la familia. Por ejemplo, Rachel explica cómo su hermano se atenuaba, haciendo su presencia menos perceptible ante la violencia familiar:

Rachel (11, F, Reino Unido): Marcus me hablaba como en susurros y todo porque le daba miedo gritar demasiado fuerte o algo así

Rachel sugiere aquí que su hermano ha adaptado su manera de hablar dentro de su entorno familiar violento, callándose y evitando hacer demasiado ruido. Ve en su silencio una manera de mantenerse a salvo en un hogar peligroso.

En otro lugar hemos examinado cómo la vigilancia constante que ejercen las personas jóvenes sobre su propia expresión funciona como una adaptación a la experiencia del control coercitivo en el hogar familiar: escrutar el entorno doméstico, seguir los estados de ánimo de las personas adultas y adaptar lo que se dice y cómo se dice forma parte de un patrón más amplio de autogestión en un hogar en el que llamar demasiado la atención puede ser peligroso (Callaghan et al. 2016b, c). Algunas personas participantes mencionaron también represalias, reales o temidas, por parte del agresor cuando se revelaba la violencia:

Marios (14, Grecia): Lo que pasaba en la familia se quedaba ahí. O sea, que si se te escapaba, entonces ellos ((su familia)) te decían, no sé, «¿por qué lo has contado?» y cosas así, y luego te volvían a pegar. Y por eso no se podía mencionar fuera de casa.

Aquí Marios no presenta su revelación como deliberada, sino como accidental: «se le escapó». Esto parece reflejar una prohibición familiar de hablar de la violencia; en consecuencia, necesita defender su revelación como accidental, como un «desliz». Presenta también su posterior no revelación como una no elección: «no se podía mencionar» fuera de la familia. De este modo, tanto la revelación como la no revelación quedan situadas como no agentivas: hablar es un «desliz», callar es algo forzado, y ninguna de las dos cosas se elige deliberadamente. Marios narra una especie de doble vínculo agentivo; su contexto le dificulta elegir activamente entre hablar o no hablar. Este posicionamiento pone de relieve una de las tensiones fundamentales que la infancia y la adolescencia deben gestionar al decidir a quién hablan y cómo. La violencia y la coerción que caracterizan la cultura familiar lo impregnan todo, y ello repercute en la manera en que puede dar sentido a su propia capacidad de revelación. La falta de seguridad hace que deba presentar cualquier revelación como «accidental» y que, en general, sienta que su palabra está censurada. Le han silenciado. Esto es muy distinto del relato de Rachel, en el que Marcos elige callarse.

Los riesgos asociados a hablar pueden hacer más probable que la infancia y la adolescencia mantengan un silencio que protege los secretos familiares y que hace más difíciles la revelación y la expresión de sí. Cuando se le preguntó cómo había reaccionado ante un episodio muy violento en casa, Anna (18, F, Italia) respondió:

Fui al colegio como si no hubiera pasado nada.

En esta descripción queda claro que Anna reconoce haber tomado una decisión (aunque se trate de una decisión muy constreñida) de encubrir lo ocurrido en casa. Ella, Marcus y Marios recurren a una especie de autosilenciamiento protector que, por un lado, les protege, a ellos y a su familia, de las consecuencias arriesgadas de la revelación, pero que también conlleva el riesgo de que no reciban el apoyo y la intervención que pueden necesitar.

Las personas participantes parecían carecer también de la confianza epistémica en que las personas adultas las escucharían, y mostraban una mayor conciencia de que sus voces solían ser desestimadas en el mundo adulto. Algunas relataron haber decidido explícitamente no revelar por temor a no ser tomadas en serio, o por experiencias previas en las que no se les creyó o se les ignoró. Sugerían que ser «solo críos» reducía su estatus social y que ello significaba que las personas adultas no las tomarían en serio:

Elda (17, F, Italia): Me sentía impotente, pasiva y frágil

Ent.: ¿Qué te hacía sentir así?

Elda: Mi edad

Ent.: ¿Por qué?

Elda: Es una limitación. Nadie te escucha si eres una niña

La experiencia de impotencia de Elda en este fragmento no parece relacionada con sus cualidades personales, con dificultades personales para expresarse ni con algún estado interior de pasividad. Elda se describe más bien como limitada por la manera en que se la ve en tanto que niña. Sus palabras no sugieren que se vea incapaz de hablar, sino que se siente limitada porque no se «escucha a las niñas». Su sensación de que «nadie te escucha si eres una niña» la sitúa en una posición de impotencia, fragilidad y pasividad. Ello sugiere que el posicionamiento de la infancia y la adolescencia como pasivas e impotentes se produce relacionalmente; en el relato de Anna surgía como consecuencia de sentirse no escuchada. Que las personas adultas no escuchen sus relatos tiene consecuencias para la infancia y la adolescencia: les resta poder y las aísla (Buckley et al. 2007). Esta sensación de impotencia encontraba eco en Nacho, cuando intentó intervenir hablando con su madre sobre la violencia que estaban viviendo:

Nacho (13, M, España): Le dije: «Mamá, necesitas ayuda, necesitas algo…». Pero ella me dijo: «No creo, no necesito nada más…». Le dije: «Mamá, ¿por qué no dejas a este tío? ¿Por qué no te divorcias? Mamá, mamá, mamá…».

La intervención de Nacho fue a la vez valiente y madura: reconoció la necesidad de un cambio y pasó a la acción expresando a su madre su propia interpretación de la situación y su convicción de que ella necesitaba ayuda. Su madre desestimó su punto de vista. Sus palabras en el fragmento ilustran el efecto de esa desestimación a medida que cambia la voz que relata. Su voz pasa de ser madura y adulta —«Mamá, necesitas ayuda» y «mamá, ¿por qué no te divorcias?»— a una súplica más infantil: «mamá, mamá, mamá». No ser escuchado en sus preocupaciones lo volvió a situar como un niño pequeño, igual que a Elda, a quien «nadie escucha».

Este tema ha explorado las prácticas de autosilenciamiento de las personas participantes, prácticas que pueden parecer una prueba del impacto psicosocial negativo de la violencia doméstica. Sin embargo, también parecen funcionar como estrategias de afrontamiento complejas y adaptativas que la infancia y la adolescencia utilizan para mantenerse a salvo, y mantener a salvo a otras personas, física y psicológicamente. Parecen gestionar su expresión de manera bastante consciente, gestionando su expresión de sí y su revelación. Mostraban conciencia de los posibles riesgos que entraña revelar la violencia doméstica y parecían tomar decisiones activas y conscientes de callarse. Sin embargo, su autosilenciamiento se producía también intersubjetivamente, a través de su posicionamiento como «frágiles e impotentes», aparentemente por parte de las personas adultas. Expresaron una aparente falta de confianza en la respuesta adulta a sus revelaciones, y esto funcionaba como una barrera importante: según decían, en general era más seguro callar sus experiencias.

Gestionar la revelación: encontrar formas de contar

Una de las maneras en que las personas participantes gestionaban la revelación era encontrar formas seguras de expresarse y tomar decisiones claras y conscientes sobre en quién podían confiar, y en quién no, los detalles de su vida. Pese a vivir la revelación como arriesgada e ineficaz, muchas parecían seguir queriendo hablar de sus experiencias con otras personas. La mayoría describía el silencio como una carga o algo difícil, y encontraba personas, lugares y maneras seguras de revelar.

En el fragmento siguiente, Natalia sugiere que no podía revelar sus experiencias a nadie, que esas experiencias eran incomunicables:

Natalia (15, F, Grecia): No hablo de ello con nadie más. ¿A quién le puedo contar estas cosas?

La forma retórica de su afirmación la presenta como una verdad evidente, que se da por sentada: es inevitable que no pueda hablar de sus experiencias con otras personas, que sus experiencias no serían oídas ni comprendidas. Del mismo modo, Amaya señala:

Amaya (17, F, España): Me sentía, me sentía sola, siempre me he sentido sola, siempre me sentí sola, incluso estando aquí me sentía sola

La afirmación de Amaya subraya el aislamiento que le ha impuesto esta incapacidad para comunicarse. Esta sensación de estar inevitablemente «sola» se constituye en patrones familiares que producen el autosilenciamiento y que construyen sus experiencias como incomunicables e inexplicables.

Pese a esta sensación de aislamiento, muchas de las personas participantes dijeron tener una amiga o un amigo de confianza a quien podían revelar lo que vivían. Por ejemplo, Anna dice:

Anna (12, F, Grecia): Así que desde ese día ella lo sabe, mi amiga, y yo hablo con ella, pero ella no le diría nada a nadie

Anna describe una gestión prudente de la revelación. Tras sopesar los posibles riesgos de revelar, concluye que puede hablar con seguridad con esa persona, que en su opinión no traicionaría su confianza. Para muchas personas participantes, esta percepción de que otras personas eran dignas de confianza se basaba en experiencias compartidas de violencia:

Angelo (15, M, Italia): No me acuerdo, a lo mejor hablaba con mi compañero de clase, que tenía la misma situación. Hablaba con él porque a veces estábamos en su casa o en la mía y hablábamos de estas cosas.

En este fragmento, Angelo reflexiona que quienes compartían historias de violencia en casa tenían más probabilidades de comprender sus experiencias.

La mayoría de las personas participantes dijeron tener una o dos personas de confianza, y eran las únicas a las que revelaban lo que vivían.

Lina (15, F, Grecia): De todas formas, y es que, eran de las pocas personas en las que podía confiar ((.)) pero no les contaba todo, como se lo contaba a Rika, porque Rika lo sabía todo de mí, mientras que las demás no lo sabían todo de mí…. Con ellas no hablaba de temas familiares, sino de otras cosas. Eran importantes, vale, porque, a veces encontraba gente con la que hablar, aparte de Rika… Pero no hace falta hablar de esto con todo el mundo, así que ((risa leve))

Lina describe una gestión muy estratégica de la revelación: elige conscientemente a las amistades a las que cuenta los «temas familiares» y a otras con las que habla de otros asuntos. Describe una estrategia relacional sofisticada, al reconocer que hay distintas maneras de compartir con las amistades y que necesita expresarse de otras formas y en otros contextos. Asigna papeles específicos a determinadas amistades para que la ayuden a gestionar la expresión de sus experiencias, al tiempo que gestiona los riesgos asociados a que demasiadas personas conozcan las dificultades de su familia.

También Emma se muestra cautelosa respecto a las personas a las que revela sus experiencias, a partir de una experiencia negativa de haber compartido con quien no debía:

Emma (16, F, Reino Unido): Sí, y ellos ((otros niños del colegio)) se enteraron porque, una de, la amiga a la que se lo conté no era la amiga con la que normalmente hablaba de esas cosas, y pensé que podía fiarme de ella de todas formas. Así que ahora ya no tengo nada que ver con ella, pero, se lo conté y entonces empezó a contárselo a otra gente y así es como corrió entre los del colegio y tuve un montón de problemas por eso. Me decían cosas como: «Ja, ja, tu padrastro te odia» ((tono burlón y malicioso)) y todo eso.

La decisión de Emma de revelar a la amiga «equivocada» tuvo consecuencias terribles para ella, ya que desembocó en un acoso continuo en el colegio. Ve el hecho de hablar como algo arriesgado: lo que dice puede malinterpretarse, sus experiencias pueden trivializarse y sus revelaciones alejarse de su propia «verdad». Presenta su revelación como un error de juicio, ya que confiar en la persona equivocada la expuso potencialmente a una nueva victimización. Este tipo de experiencia (o el temor a ella) puede explicar la toma de decisiones muy consciente que muchas personas participantes describieron sobre en quién podían confiar y en quién no; la gestión estratégica de la revelación era una de las maneras en que se mantenían a salvo psicológica y físicamente. Rachel describió preocupaciones similares respecto a su familia extensa, que informó a su padre del lugar al que ella y su madre habían huido cuando buscaron refugio:

Rachel (11, F, Reino Unido): Sí que les vemos, solo que hace tiempo que no les ((umm)) vemos, y fueron ellos los que ((eh)), como que le dijeron a mi padre que nos habíamos mudado y eso, así que no podíamos fiarnos mucho de ellos ((.)) O sea, que lo sabían y le dijeron a mi padre que nos habíamos ido…. Sí, antes les veíamos bastante, les contábamos bastantes cosas, pero desde entonces casi no hemos hablado con ellos.

Tanto ella como Emma parecían concluir que algunas personas no son fiables y son incapaces de guardar secretos. Reflexionaban también que guardar secretos era una de las cosas que ayudan a mantenerte a salvo (a ti y a las personas que quieres). En cierto sentido, es una lección preocupante, porque afianza los relatos familiares sobre mantener la violencia en secreto y puede reforzar las dinámicas coercitivas y de control en la familia. Al silenciarse para protegerse y proteger a sus seres queridos, también estaban cediendo (aunque sin saberlo) a las condiciones relacionales que contribuían a mantener la violencia. Sin embargo, es importante reconocer que este secreto no se les impone sin más: el secreto no es solo un producto de dinámicas familiares coercitivas que silenciarían pasivamente a la infancia y la adolescencia. Estas «lecciones» se aprenden más bien en procesos relacionales complejos, dentro y fuera del hogar, y las personas jóvenes participan activamente en la construcción del relato familiar del que forman parte.

Además de ser conscientes de los riesgos físicos y psicológicos de la revelación, las personas participantes sabían que romper deliberadamente los secretos familiares era también un acto poderoso, un gesto de desafío:

Matina (11, F, Grecia): Pero nadie de mi familia sabía que mi hermana y yo confiábamos en una amiga que teníamos en común.

Ent.: No querías que se enteraran.

Matina: ((ajá))

Matina describe aquí una revelación de la violencia familiar, al confiar en una amiga cuya existencia su familia ni siquiera conocía. Resistía al secreto y al silenciamiento familiares con una relación secreta propia. La revelación le permite aquí expresar con seguridad su resistencia a las dinámicas de control de la familia.

A lo largo de las entrevistas, las personas participantes mostraron ser conscientes de que gestionar sus revelaciones era una manera de afirmar control y poder, tanto en familias afectadas por la violencia doméstica como en la recuperación tras la violencia. Pese a los riesgos que perciben, la infancia y la adolescencia sí hablan de sus experiencias, pero se trata de un proceso complejo y lleno de tensiones. Los ejemplos anteriores ilustran con cuánto cuidado sopesan, miden y regulan sus decisiones sobre la revelación. Esta experiencia puede ser agotadora y exigir mucho tiempo. Sin embargo, gestionar sus revelaciones es un medio de afirmar su capacidad de agencia y una forma de resistencia: tienen el control de su propia historia y de la manera de contarla.

Hablar con muchas voces: relatos autorizados, ventriloquía y habla terapéutica

Cuando la infancia y la adolescencia cuentan sus historias, sus relatos son a menudo polivocales y oscilan entre voces adultas, profesionales e infantiles a medida que construyen sus narraciones. Este tema explora el carácter polifónico de los relatos infantiles para examinar sus implicaciones tanto para la manera en que niñas y niños expresan sus experiencias de violencia como para nuestra comprensión de cómo la infancia constituye un sentido de sí en el contexto intersubjetivo de la violencia doméstica.

Una de las maneras en que las personas participantes gestionaban sus revelaciones era la producción de «relatos autorizados». Se trata de relatos que, de algún modo, se han vuelto oficiales, a fuerza de repetirse o por haber sido aprobados y ratificados por personas adultas o por otras figuras de autoridad (como el personal profesional que trabaja con la familia). El relato autorizado es típicamente una versión ordenada, y a veces más edulcorada, de sus experiencias. Alison (15, F, Reino Unido) aludió directamente a una versión de este tipo:

Alison: Si quieres saber mi historia, vete a la mierda y léete mi expediente… Porque está todo escrito ((.)) y es una sola historia y la gente puede leer la misma historia. Y si está escrito, no te puedes equivocar en nada.

«El expediente» representa la producción de una versión de la historia familiar autorizada y estable. La variabilidad de la historia familiar se describe como necesariamente poco fiable, y Alison tiene claro que la ventaja de producir una única versión escrita y estable es que eliminaba el riesgo de «equivocarse en algo». En una familia marcada por los secretos y por frecuentes comparecencias ante los tribunales, Alison ha aprendido que, si hay que hablar de la propia familia, lo mejor es atenerse a la versión autorizada de los hechos, y que «equivocarse» es peligroso para ella y para su familia. Ha aprendido a gestionar su palabra con mucho cuidado y parece tener la sensación de que hablar de su familia y de sus experiencias de violencia es arriesgado. La intensidad de su preocupación por dar la versión «correcta» de los hechos es comprensible en familias muy conflictivas, en las que la verdad es objeto de constante disputa.

La gestión de la revelación por parte de la infancia y la adolescencia puede producirse de maneras sutiles y menos sutiles, recurriendo a múltiples voces para expresar sus experiencias. Al igual que «el expediente», la historia familiar les ofrecía el recurso a una «versión acordada» de los hechos, elaborada dentro de la familia. Esto podía rastrearse a veces en su uso del lenguaje: quizá un encuadre de la experiencia inusualmente adulto, como si reprodujeran el habla adulta a la manera de la ventriloquía.

Ent.: ¿Quién tenemos aquí? ((refiriéndose al dibujo de la familia de Ben))

Ben (8, M, Reino Unido): La persona que me arruinó la vida, que se llama Ian ((.)) como he dicho, le hizo daño a mi madre empujándola por las escaleras, y es muy, y es que ha destrozado a mi familia.

El relato de Ben parece apoyarse aquí en historias que ha oído dentro de su familia, como sugiere el lenguaje adulto que utiliza para expresar cómo el agresor le «arruinó la vida». Parece recurrir a un lenguaje compartido para expresar una experiencia familiar compartida que da forma a la violencia y a su impacto. Esto ilustra el carácter relacional e intersubjetivo de su habla. No construyen los relatos de su vida, ni sus relatos de la violencia, de forma aislada: estos se producen en un contexto y se componen de versiones familiares, oficiales y personales de lo ocurrido. En consecuencia, sus historias de violencia doméstica son polivocales y reflejan el carácter comunitariamente constituido de sus experiencias. No se trataba simplemente de que imitaran o repitieran relatos adultos: las historias adultas se han incorporado a sus propias narraciones de sus experiencias.

Aunque la infancia y la adolescencia consideraban y sopesaban con mucho cuidado sus decisiones sobre qué revelar, cómo y a quién, sí reconocen el valor de expresarse y de elaborar sus experiencias; perciben en particular el valor de las revelaciones terapéuticas y de apoyo. Sin embargo, al describir la importancia de hablar de sus experiencias, las personas participantes volvían a utilizar construcciones bastante adultas de esas experiencias:

Kostas (14, M, Grecia): Cada día contaba más y más, lo iba sacando… Me sentía culpable por dentro, me sentía culpable, ¿cómo decirlo? Y cuanto más contaba, más aliviado me sentía…. Me lo guardaba dentro, luego hacía cosas que no debía hacer y pensaba en ello todo el tiempo, y desde entonces dejé de pensar en ello y empecé a hablar de ello. Con alguien.

Esta idea de «abrirse» y de «hablar las cosas» era una construcción habitual en los relatos de recuperación de las personas participantes. Muchas de las personas jóvenes presentaban el hecho de hablar de cosas difíciles como un camino hacia la curación y la recuperación, que les permitía dejar atrás historias difíciles. Por ejemplo, Marta (17, F, España) dijo:

En ese momento me habría gustado tener aunque fuera una sola persona que hubiera creído en mí —ni siquiera en todo lo que decía, no se puede pedir tanto—, pero al menos alguien que me apoyara. Alguien que hiciera de ese momento del día un momento feliz… que… que por un segundo no lo tuviera todo en la cabeza

El peso del autosilenciamiento y, en consecuencia, de guardárselo todo dentro y de gestionar sola sus pensamientos y sentimientos se expresaba de forma conmovedora en el relato de Marta. El deseo expresado por Marta no era solo tener a alguien que creyera en ella, sino también alguien que la «apoyara» y le ofreciera contención, para no tener que seguir cargando «en la cabeza» con el peso y la complejidad de su historia familiar. Al igual que Kostas, Marta recurría a un lenguaje terapéutico para describirse y dar sentido a sí misma y a sus emociones.

Nancy recurre también a una expresión muy controlada de la experiencia y de los sentimientos en el fragmento siguiente.

Nancy (8, Reino Unido): Hablo con esta muñeca, ¡también se llama Nancy! Y parece una persona de verdad

Ent.: ¿Es como una persona de verdad?

Nancy: En cierto modo, dice cosas. Es como una muñeca valiente

Ent.: ¿Es valiente?

Nancy: Es como ((pone voz de persona adulta, con acento estadounidense)) «¡Tú puedes, tío!»

Ent.: ¿De verdad habla?

Nancy: En cierto modo, sí. Tiene una cosa de grabar la voz

Ent.: ¡Ah! ((Ríe)) Vale, ¿y hablas en la grabadora?

Nancy: ((Eh)) sí, y contesta. Cada vez que me acerco a ella y le digo algo, contesta con lo que he grabado

Ent.: ¿Y qué has grabado?

Nancy: He grabado cosas sobre ser valiente, capaz, capaz de sobrevivir, cosas así

Ent.: ¿Y en qué te ayuda eso?

Nancy: Me ayuda a sentir que lo puedo conseguir, que voy a estar bien ((.))

Ent.: ¿Qué quieres decir con «conseguirlo»?

Nancy: Pues, llegar al final del camino

Ent.: ¿Y qué hay al final del camino?

Nancy: ((eeeh)) pues, la felicidad

Nancy describió cómo utiliza su muñeca de diversas maneras: por ejemplo, como representación de un posible yo alentador, competente y valiente; graba su propia voz afirmando su propio valor, que luego puede escuchar a través de la muñeca. De este modo podía hablar con la muñeca y parecía obtener apoyo y aliento a través de ella, como un yo sustituto. Sin embargo, es importante fijarse también en el tipo de voz que ha puesto en la muñeca: la voz de una persona adulta que le dice que puede ser valiente, que lo conseguirá, que estará bien. En este sentido, la muñeca se convierte a la vez en un proyecto de sí y en la proyección de una persona adulta que cuida y que utiliza el consuelo y el aliento para ayudar a Nancy a afrontar la situación. Nancy se entrena a sí misma para gestionar mejor sus emociones y, a la vez, utiliza la muñeca para apoyar su introyección de una figura adulta positiva y protectora, compensando la relativa ausencia de este cuidado en sus propias relaciones familiares. (El uso de objetos materiales, del que esto es un ejemplo, se analiza con más detalle en Alexander et al. (2016).)

Este uso de un habla muy terapéutica puede ser indicativo de una fuerte implicación de los servicios, en la que la infancia reproduce maneras psicologizadas de ver y comprender sus experiencias. Aunque la mayoría de las personas participantes no había seguido una terapia formal, a menudo había participado en grupos psicoeducativos, y en su habla pueden encontrarse huellas de sus encuentros interaccionales en esos grupos. Utilizaban términos como estrés, desahogo, apoyo, autoestima, reproduciendo al parecer el lenguaje profesional y el de los diversos programas de apoyo por los que habían pasado. Este tipo de lenguaje sugiere la incorporación del diálogo terapéutico al sentido de sí y la construcción de un yo terapéutico más controlado. Ello puede permitir expresar la experiencia de una manera que la infancia vive como segura y delimitada, y que quizá no entraña una exposición excesiva de sí. Al reproducir el lenguaje del grupo, pueden a la vez expresarse y producir un relato de sí que forma parte de un relato comunitario compartido, autorizado por una voz profesional.

Al considerar el carácter a veces muy elaborado de los relatos descritos en este tema, es importante no centrarse simplemente en la idea de que la infancia y la adolescencia imitan o remedan voces adultas. Más bien parecen recurrir a los recursos culturales de los que disponen en sus familias y en los servicios de apoyo para dar sentido a las experiencias que viven.

Discusión

Cuando las experiencias de la infancia y la adolescencia se comprenden en sus propios términos, y no desde una perspectiva adulta, queda claro que la imagen dominante de estas personas como testigos silenciosos de la violencia doméstica es insostenible (Callaghan et al. 2016a; Katz 2016; Överlien 2017). Lo que surge en su lugar es una figura que toma decisiones de manera activa, reflexiva y estratégica: alguien que sopesa todos los riesgos antes de decidir a quién hablará y cómo. Las personas entrevistadas eran comunicadoras muy articuladas, estratégicas y reflexivas. Los cuatro temas descritos más arriba muestran cómo su gestión de lo que dirán y no dirán, y de a quién hablarán, es una poderosa estrategia de afrontamiento que les permite establecer una sensación de control sobre la historia de su propia vida (y la de su familia). Nuestro estudio ilumina también los límites que pesan sobre su capacidad de expresión y las maneras creativas en que trabajan con esos límites. Lejos de ser testigos pasivos de la violencia, las personas entrevistadas comprendían con claridad los límites interpersonales y sociales que pesaban sobre su capacidad para hablar de sus experiencias, podían reflexionar sobre el impacto de esos límites y eran capaces de encontrar maneras creativas de sortearlos.

El análisis exploró los relatos de revelación de las personas participantes a través de tres temas interconectados. El tema «¿Silenciamiento impuesto o silencio elegido?» ilustró sus prácticas de autosilenciamiento, prácticas que podrían parecer una prueba del impacto psicosocial negativo de la violencia doméstica. Sin embargo, gestionaban su expresión de sí y su revelación de maneras que parecían bastante conscientes (véase también Evang y Øverlien 2014). Mostraban conciencia de los posibles riesgos que entraña revelar la violencia doméstica y parecían tomar decisiones activas y conscientes de callarse. Sin embargo, el autosilenciamiento y la gestión de la revelación parecían funcionar también como estrategias de afrontamiento complejas y adaptativas que utilizaban para mantenerse a salvo, y mantener a salvo a otras personas, física y psicológicamente. Este autosilenciamiento se producía interaccionalmente. Las personas participantes describieron cómo vigilaban, sopesaban y gestionaban los posibles riesgos de la revelación en la violencia doméstica, tomando decisiones relacionales sobre cuándo alzar la voz y cuándo plegarse al comportamiento abiertamente opresivo y coercitivo del agresor adulto. El posicionamiento por parte de las personas adultas de la infancia y la adolescencia como «frágiles e impotentes» contribuía también a producir intersubjetivamente el silenciamiento. Expresaron una aparente falta de confianza en la respuesta adulta a sus revelaciones, y esto funcionaba como una barrera importante: según decían, en general era más seguro callar sus experiencias.

Ni testigos pasivos ni silenciosos, las personas participantes valoraban las oportunidades de hablar de sus experiencias, pero se mostraban cautas, estratégicas y atentas al riesgo en sus decisiones sobre la revelación (como se describe en el tema «Gestionar la revelación: encontrar formas de contar»). Sus decisiones en torno a la revelación y la expresión de sí exigen un gran trabajo cognitivo, emocional y relacional, ya que sopesan cada interacción en la que es posible revelar. Aunque revelar es arriesgado (física, relacional y psicológicamente) para ellas y sus familias, también reconocen que constituye un recurso potencial que les permite obtener apoyo y una liberación catártica.

Esta gestión de la revelación subraya la importancia del hallazgo de Evang y Øverlien (2014) según el cual incluso criaturas bastante pequeñas eran capaces de gestionar intersubjetivamente los encuentros de entrevista. Este análisis pone de relieve que esta gestión activa de la revelación en los encuentros relacionales no es un mero artefacto de las interacciones de la entrevista, sino que refleja una estrategia relacional más amplia que la infancia y la adolescencia emplean para gestionar cómo cuentan y a quién. Saben contar sus historias, y saben evitar contarlas.

Estudios cualitativos anteriores han puesto de relieve que la infancia y la adolescencia tienen capacidad para expresar sus experiencias (Eriksson y Näsman 2012; Houghton 2015). Este análisis ha mostrado que son muy agentivas en su gestión de esa revelación, pero que su facilidad para interactuar con los demás se ve limitada por sus experiencias de violencia y de amenaza, por su autosilenciamiento y por su gestión estratégica de la revelación. Han aprendido a ser cautas respecto a qué revelan y cómo. Además, su falta de confianza en la respuesta adulta a sus revelaciones actuaba como un obstáculo para revelar: muchas de las personas participantes contaron que no hablaban con personas adultas porque no se les creería o porque sentían que hacerlo suponía arriesgarse a nuevos daños para sí mismas y para otras personas.

Ante experiencias tan cargadas de tensión y tan difíciles como la violencia doméstica, el lenguaje del que dispone la infancia para expresar sus experiencias puede ser muy limitado: los recursos culturalmente disponibles para hablar de experiencias tan difíciles de la vida familiar son muy escasos. Las experiencias infantiles de violencia doméstica se consideran a menudo extranormativas, como algo que excede lo que nuestra cultura espera de las experiencias de una «infancia normal» (Burman 2016). En estos contextos, sus voces pueden verse limitadas por los recursos simbólicos y culturales de los que disponen para contar sus historias y, en este sentido, su expresión está constreñida por el contexto en el que se produce (Callaghan et al. 2015; Unterhalter 2012).

El habla adulta sobre la violencia y la recuperación es uno de los recursos de los que dispone la infancia. Sus relatos son, por tanto, polifónicos, con huellas de ventriloquía del habla adulta y terapéutica en sus descripciones. Al explorar esta polivocalidad, el análisis ha hecho visible el carácter intersubjetivo de las experiencias infantiles de violencia doméstica y de la construcción de una respuesta a esa violencia. Esto prolonga los trabajos que subrayan la importancia del contexto relacional en el que la infancia vive la violencia doméstica (Callaghan et al. 2016b, c; Cooper y Vetere 2008; Katz 2015; Swanston et al. 2014), extendiéndolos al examen de cómo los discursos familiares y profesionales sirven de recursos para que niñas, niños y jóvenes construyan sus propios relatos. Sus relatos no se construyen de forma aislada, sino que se apoyan en los recursos culturales y discursivos a los que tienen acceso, exactamente igual que los relatos de las personas adultas.

Reconocer que los relatos infantiles sobre sus experiencias son polivocales y pueden formularse a veces en términos muy adultos no significa que esos relatos sean poco fiables o inauténticos. Todos los relatos humanos son, por naturaleza, intersubjetivos y polifónicos (Bakhtin 1981). La gestión consciente de la revelación significa más bien que la infancia y la adolescencia, como todo ser humano reflexivo, son activas y reflexivas en la producción de sus propios relatos y gestionan sus revelaciones de manera consciente y agentiva. Es importante considerar los discursos que, como profesionales, ponemos a disposición de la infancia, la adolescencia y las personas cuidadoras, así como el lenguaje que utilizamos para describir sus experiencias, porque ese lenguaje adquiere para ellas una significación en la manera de darse sentido a sí mismas y puede favorecer o bloquear su capacidad de construir un sentido de sí más resiliente, resistente y agentivo.

Aunque la infancia y la adolescencia dan muestras de enormes recursos y de una gran capacidad estratégica, los recursos discursivos de que disponen en la cultura popular y en el apoyo profesional para comprender y dar sentido a sus experiencias de violencia las describen con demasiada frecuencia como pasivas y dañadas (Callaghan 2015; Øverlien 2009), situándolas de maneras que podrían incapacitarlas, restarles poder y marginarlas, en lugar de capacitarlas para afrontar la situación. Por ejemplo, las concepciones profesionales de la violencia doméstica se convierten en un recurso importante para quienes están en contacto con los servicios y pueden ayudarles a dar forma a sus experiencias. Sin embargo, si esas concepciones están enmarcadas por visiones normativas de la infancia y del desarrollo infantil, e incluyen ideas arraigadas sobre cómo la violencia afecta a la infancia y la adolescencia, ello puede tener un impacto más problemático en la persona menor que intenta construir una imagen positiva de sí durante la recuperación (Callaghan y Alexander 2015). Al apoyar a la infancia y la adolescencia, es importante encontrar maneras de que hablen de sus experiencias en sus propios términos y promover formas menos patologizantes de pensar sus vidas. La infancia y la adolescencia se muestran cautas a la hora de hablar de sus experiencias y, en consecuencia, solo las abordarán en condiciones muy específicas y restrictivas. Ello ofrece una gama relativamente limitada de recursos culturales, a menudo dominados por las personas adultas, en los que situar sus experiencias y darles sentido. Reconocer cómo se constituyen esas voces no excluye considerar las voces de la infancia y la adolescencia como expresión de su experiencia. Permite, más bien, comprender cómo se constituye esa experiencia.

Pensemos, por ejemplo, en la manera en que gran parte del trabajo sobre violencia doméstica se centra en el constructo de la transmisión intergeneracional o, como se formula popularmente, en el «ciclo intergeneracional del maltrato» (Ehrensaft et al. 2003b; Siegel 2013), un modelo que, en la práctica, sitúa a la infancia y la adolescencia como condenadas a repetir ciclos de violencia y de maltrato. Esta construcción de quienes sobreviven a la violencia doméstica en la infancia les ofrece dos posiciones de sujeto posibles con las que identificarse: futura víctima o futuro agresor. Este tipo de discurso no les proporciona un registro de lenguaje en el que constituir un sentido positivo de sí como supervivientes, ni les ofrece un relato alternativo al relato familiar de maltrato y victimización.

Los relatos adultos y familiares, así como los discursos profesionales sobre la violencia doméstica, pueden ayudar (y obstaculizar) a la infancia y la adolescencia a expresar una experiencia a menudo difícil de verbalizar, tanto por la falta de lenguaje para hablar de relaciones familiares violentas como por la censura y la autocensura de su expresión. Esto significa que el lenguaje adulto y profesional puede facilitar o dificultar que hablen de sus experiencias de violencia doméstica y, por su influencia en la configuración de sus relatos, puede repercutir en la manera en que imaginan su sentido de sí presente y futuro. Por ello, como profesionales, debemos reflexionar detenidamente sobre la manera en que escuchamos a la infancia y la adolescencia y hablamos de ellas (y con ellas), procurando utilizar el lenguaje de maneras que apoyen su capacidad de agencia y que respeten cómo han afrontado históricamente la violencia que han vivido. Ello exige que quienes trabajan profesionalmente con menores, jóvenes y familias interrumpan y reformulen los discursos que sitúan a la infancia y la adolescencia como testigos impotentes, o que desestiman o descartan sus relatos.

Los relatos de personas adultas que sobrevivieron a la violencia doméstica en su infancia han identificado como un importante factor de resiliencia el hecho de tener a alguien fuera del hogar en quien confiar (Anderson y Danis 2006; Gonzales et al. 2012). Si bien el acceso al apoyo social es un aspecto importante de la resiliencia de la infancia y la adolescencia ante la violencia doméstica (Anderson y Danis 2006; Gonzales et al. 2012), el acto de revelar funciona también como una resistencia frente a un régimen de silencio impuesto: un gesto de desafío que les permite aferrarse a un hilo de autodeterminación y a un sentido de sí definido más allá de las experiencias inmediatas de violencia y de coerción. En un contexto en el que mantener el silencio es un elemento del control coercitivo, romperlo es un poderoso acto de resistencia (Callaghan y Clark 2007). Los relatos de las personas participantes sugieren que reconocen el potencial de la revelación estratégica como forma de resistencia al control coercitivo del progenitor agresor. Les permite también asumir un papel activo de protección y de cuidado hacia el resto de la familia, resistiendo a la definición de la familia que impone el agresor (Callaghan et al. 2016a, b).

Esto abre potencialmente una ventana en la que la persona menor puede construir un sentido de sí más allá de los patrones familiares de violencia y maltrato. Revelar en un espacio seguro, encontrar vías para expresarse con seguridad, puede permitir a la infancia y la adolescencia mantener un punto de apoyo de autodeterminación y un sentido de agencia frente al comportamiento maltratador del progenitor agresor, cuestionando así la aparente totalidad del control que ejerce (Callaghan et al. 2016a, b). Como sugiere Hebdige (1979), los pequeños gestos de desafío señalan un rechazo y tienen un valor subversivo que va más allá del acto de desafío inmediato. En el contexto de la violencia doméstica, estos gestos señalan un rechazo de las prácticas coercitivas y de los silencios opresivos de la familia: son una resistencia explícita al orden familiar, caracterizado por regímenes de silencio. Para la infancia y la adolescencia, alzar la voz, por bajo que sea, señala el aferrarse a un sentido del «yo» que permite tomar distancia respecto de los patrones familiares. Les permite sentir que pueden protegerse y proteger a su familia, tomando decisiones conscientes sobre a quién contar, cómo y cuándo.

Como gran parte de la investigación sobre la infancia y la violencia doméstica, este estudio estuvo limitado por centrarse en participantes reclutadas a través de servicios de apoyo en violencia doméstica. Sería útil comprender cómo se constituyen los relatos de revelación de la infancia y la adolescencia cuyas familias no han tenido relación con los servicios, y si la configuración polifónica de sus revelaciones es diferente en una muestra comunitaria. Además, aunque no era nuestra intención reclutar únicamente familias en las que la principal víctima identificada fuera una mujer, solo un pequeño número de participantes procedía de familias en las que la principal víctima identificada era un hombre, o en las que el personal profesional consideraba violentos a ambos miembros de la pareja. Ello limita la pertinencia de estos resultados a familias similares. Otra cautela a la hora de interpretar los resultados de esta investigación es que, presumiblemente, las personas jóvenes que eligieron participar en el estudio estaban más dispuestas a hablar de sus experiencias, lo que podría sesgar los resultados hacia quienes se sienten más a gusto con la revelación.

Esta investigación subraya la necesidad de que las y los profesionales que trabajan con la infancia y la adolescencia afectadas por la violencia doméstica ofrezcan espacios en los que puedan revelar con seguridad y trabajar en la producción de relatos familiares alternativos. Una manera de lograrlo es garantizar que todas las personas que trabajan con menores en situación de violencia doméstica establezcan canales de comunicación claros, en los que la infancia y la adolescencia conozcan los límites y comprendan las restricciones y las posibles consecuencias de las revelaciones. Es fundamental apoyarlas para que se sientan seguras en sus revelaciones, de modo que puedan reconstruir su confianza en personas adultas que les crean y que sean dignas de confianza. Al hacer los límites manifiestos y explícitos, el personal profesional y otras personas adultas pueden abrir un espacio relacional en el que la infancia y la adolescencia se vean liberadas de la presión de tener que escrutar y vigilar constantemente la seguridad de sus revelaciones. Al mismo tiempo, estas personas profesionales deben respetar la fuerte necesidad que tienen las personas jóvenes de gestionar sus revelaciones para mantenerse a salvo y mantener a salvo a sus seres queridos y, por tanto, deben respetar su capacidad de agencia (constreñida).

Es importante, asimismo, que el personal profesional escuche los relatos de la infancia y la adolescencia, y que a estos relatos se les conceda el mismo respeto y la misma credibilidad que a los de las personas adultas. También es importante que profesionales y otras personas adultas que apoyan a menores que viven violencia doméstica superen su propia connivencia con el silenciamiento de la infancia y la adolescencia. Esto puede lograrse reconociendo que son seres conscientes que dan sentido a lo que viven, que son conscientes de la violencia que han sufrido y que han desarrollado estrategias complejas para afrontar esas experiencias (Vetere y Cooper 2005). Ello exige que quienes las apoyan suspendan la negación y la minimización adultas tanto del impacto de la violencia doméstica en la infancia y la adolescencia como de su capacidad agentiva para afrontar y gestionar esa violencia y sus consecuencias. Escuchar las voces de la infancia y la adolescencia significa atender no solo a lo que dicen, sino también a cómo lo dicen; ello implica aprender a escuchar no solo con los oídos, sino prestando mucha atención a las formas complejas de sus revelaciones, y comprender y contextualizar cómo se ven a la vez constreñidas y posibilitadas. Ello requiere un apoyo sólido a las familias que se enfrentan a la violencia doméstica, en un marco integrado capaz de abarcar múltiples niveles y perspectivas en lugar de privilegiar la adulta.

Para ofrecer un entorno respetuoso y centrado en la infancia a quienes sobreviven a la violencia doméstica, profesionales y otras personas adultas deben comprender el contexto relacional de la vida de la infancia y la adolescencia en el que se constituyen sus relatos polifónicos y de múltiples texturas. Ello crea un entorno en el que la coconstrucción del relato familiar y la gestión consciente y protectora de la revelación por parte de la infancia se comprenden en su contexto, y no se descartan como «aleccionamiento» o como repetición «como loros» de perspectivas adultas. Ello requiere un entorno seguro, flexible y receptivo, pero claramente estructurado, capaz de abarcar múltiples niveles de revelación y de dar sentido a sus implicaciones. Contar sus historias en un contexto tan seguro y respetuoso permitirá tanto a profesionales como a menores tomar decisiones sensatas que favorezcan un mantenimiento racional y realista de la seguridad en la familia, más allá de las relaciones coercitivas que han caracterizado hasta entonces su vida familiar. Ello permitirá que surjan historias alternativas de sí y del otro que podrían sentar las bases para que la infancia y la adolescencia vivan una vida libre de maltrato.

Anexos

Anexo 1

Muestra del guion de entrevista

  1. ¿Podrías contarme un poco sobre ti? Por ejemplo, ¿de dónde eres?, ¿tienes hermanos o hermanas?, ¿dónde vives ahora y con quién?
  2. ¿Cómo describirías a tu familia? Si tuvieras que contar la historia de ti y de tu familia, ¿cuál sería?
  3. Este proyecto trata sobre niñas y niños que crecen con violencia doméstica, con muchas peleas y quizá golpes en su casa. ¿Crees que has crecido en una situación así? ¿Cómo es eso para ti?
  4. Cuando había malos momentos en casa, cuando la gente se peleaba o se enfadaba entre sí, ¿cómo era eso para ti?
  5. ¿Cómo afrontas (o afrontabas) ese tipo de situaciones?
  6. ¿Hay algo que hicieras que te hiciera sentir mejor cuando pasaban cosas malas en casa? ¿Qué hacías / decías? ¿En qué te ayudaba?
  7. ¿Hay alguien con quien puedas hablar de las cosas que pasan o han pasado en casa?
  8. ¿Qué crees que tenía que cambiar para que las cosas fueran mejor en casa? ¿Qué podrían haber hecho otras personas para cambiar las cosas?
  9. ¿Cómo crees que podrías haber cambiado tú las cosas?

Complexe Systémique: puntos clave

El artículo desplaza la mirada: la niña o el niño que vive violencia doméstica no es un testigo mudo, sino una persona que gestiona activamente qué decir, a quién y cómo. El silencio puede entonces leerse como una estrategia de protección en un sistema marcado por el control coercitivo, y la confidencia elegida, como un gesto de resistencia. Destacan dos pistas para la práctica sistémica. En primer lugar, escuchar la forma tanto como el contenido: los eufemismos, los relatos «autorizados» y las voces adultas retomadas tal cual revelan la posición que se ocupa en la historia familiar, sin que la palabra infantil sea por ello menos auténtica. En segundo lugar, establecer un marco explícito en torno a la confidencialidad y sus límites, para que la seguridad de la revelación deje de recaer únicamente en la persona menor. Conviene tener presentes los límites: participantes reclutadas a través de servicios especializados, violencia casi siempre ejercida por los padres y un artículo más rico en fragmentos que en la descripción del análisis. Para leer junto con el estudio noruego sobre el lugar de la infancia en la terapia familiar tras la violencia y el artículo sobre la participación infantil en una atmósfera de secreto.

Notas del original

Conflicto de intereses. La autoría declara no tener intereses en conflicto.

Aprobación ética. Todos los procedimientos realizados en estudios con participantes humanos se ajustaron a las normas éticas del comité de investigación institucional o nacional y a la Declaración de Helsinki de 1964 y sus enmiendas posteriores, o a normas éticas comparables.

Consentimiento informado. Se obtuvo el consentimiento informado de todas las personas participantes incluidas en el estudio.

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Traducción no oficial al español de The Management of Disclosure in Children’s Accounts of Domestic Violence: Practices of Telling and Not Telling, de Jane E. M. Callaghan, Lisa C. Fellin, Stavroula Mavrou, Joanne Alexander y Judith Sixsmith, Journal of Child and Family Studies, vol. 26, n.o 12 (2017), doi: 10.1007/s10826-017-0832-3, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (traducción al español, tablas presentadas en forma de listas). Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Esta es una traducción no oficial al español del artículo original «The Management of Disclosure in Children’s Accounts of Domestic Violence: Practices of Telling and Not Telling», publicado en Journal of Child and Family Studies (2017) bajo licencia CC BY 4.0. Traducida por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, tal como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.

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Cómo citar este artículo

Callaghan, J. E. M., Fellin, L. C., Mavrou, S., Alexander, J., y Sixsmith, J. (2017). The Management of Disclosure in Children’s Accounts of Domestic Violence: Practices of Telling and Not Telling. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/the-management-of-disclosure-in-children-s-accounts-of-domestic-violence (Obra original publicada en 2017 en Journal of Child and Family Studies, 26(12), 3370-3387 (2017); republicada en 2017 por Journal of Child and Family Studies, https://link.springer.com/article/10.1007/s10826-017-0832-3)

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