Traducción asistida por IA

Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

Qualitative Social Work · Trabajo social

La historia de Sylvia: el tiempo, el espacio liminal y el procomún materno

¿Qué ocurre cuando el tiempo de los procedimientos de protección infantil no es el tiempo de una madre? Jadwiga Leigh, trabajadora social que se convirtió en académica, y Sylvia, una madre conocida por los servicios de protección a la infancia desde hace veinte años, relatan a dos voces su año de trabajo conjunto en New Beginnings, un proyecto inglés basado en la terapia narrativa. Una historia sin final feliz, que arroja luz sobre el apego a lo intermedio.

Autoría Jadwiga Leigh y Sylvia Wilson (Sociology Department, Lancaster University, UK)Primera publicación Qualitative Social Work, 11 de mayo de 2020Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de Sylvia’s story: Time, liminal space and the maternal commons, de Jadwiga Leigh y Sylvia Wilson, publicado en Qualitative Social Work (SAGE) (2020), doi: 10.1177/1473325020915777, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Los espacios liminales pueden ocultar los aspectos normativos y lineales del proceso de protección infantil cuando la madre o el padre vive un duelo no resuelto que le afecta profundamente.

Jadwiga Leigh y Sylvia Wilson

Resumen

En este artículo, recurrimos a los conceptos de tiempo, espacio liminal y terapia narrativa para explorar las interacciones que nosotras, las autoras, mantuvimos antes, durante y después de nuestras sesiones juntas. New Beginnings es un proyecto que trabaja con familias cuya descendencia está sujeta a órdenes de tutela (care orders) o inmersa en el proceso de protección infantil. Durante seis meses, las mujeres asisten a sesiones informadas por el trauma en las que, juntas, con el apoyo de las personas facilitadoras del proyecto y entre ellas, exploran cómo el trauma pasado no solo ha afectado a su identidad, sino que también ha moldeado sus prácticas de crianza. El objetivo principal del proyecto es ofrecer a las mujeres un espacio para crear su propio procomún materno, un lugar donde puedan compartir historias y poner en marcha comienzos transformadores. En este artículo, nos basamos en las notas reflexivas de un caso que unió a la responsable del proyecto y a una madre con la que trabajó. Utilizando los conceptos de tiempo y la teoría del espacio liminal, exploramos tres temas que surgieron: estar preparada, quedarse quieta y avanzar. La contribución de este artículo es, por tanto, triple: sostiene que el «tiempo» en el proceso de protección infantil se ve agravado por la burocracia y por procedimientos legales que no tienen en cuenta el trauma vivido ni la manera en que este se despliega después en las interacciones presentes entre profesional y familia; amplía el concepto de liminalidad en el trabajo social al explorar la experiencia vivida de una madre del proyecto; y muestra cómo la terapia narrativa puede utilizarse como método para dilucidar el rito de paso que una persona puede emprender (o no) cuando intenta atravesar espacios liminales.

Palabras clave: Investigación participativa, narrativa, relación, tiempo, práctica basada en la relación, espacio liminal

Introducción

Después de que yo, Jadwiga Leigh, obtuviera mi titulación como trabajadora social, pasé al ámbito de la protección infantil. No tardé en desencantarme con la manera en que trabajaba con las familias. Para entender por qué, emprendí una investigación doctoral que exploraba cómo la identidad profesional y la cultura organizativa afectaban a la práctica del trabajo social tanto en Inglaterra como en Flandes (norte de Bélgica) (véase Leigh, 2013, 2015). En septiembre de 2013 terminé mi doctorado y me incorporé a la formación universitaria en trabajo social, donde esperaba utilizar lo aprendido para inspirar a nuevas generaciones de estudiantes de trabajo social y compartir los resultados de mi investigación. Pero me di cuenta, casi de inmediato, de que pensar y escribir sobre cómo el trabajo social podía cambiar a mejor carecía de sentido si no estaba dispuesta a intentar llevar mis aprendizajes a la práctica.

Por ello, en mayo de 2019, inspirada por el trabajo de Imogen Tyler (2013a, 2013b) sobre el poder del procomún materno y por la confianza de una directora operativa de unos servicios de protección a la infancia cercanos, puse en marcha oficialmente un proyecto comunitario llamado New Beginnings. El objetivo principal del proyecto era llevar a cabo un trabajo informado por el trauma con mujeres que se encontraban en el proceso de protección infantil o cuya prole, en casa, estaba sujeta a órdenes de tutela. Se acordó que las mujeres pudieran acudir al proyecto por iniciativa propia o ser derivadas por profesionales de la atención social (por ejemplo, profesionales del trabajo social, de la salud o de la atención a las drogodependencias), para que pudieran explorar cómo los acontecimientos traumáticos anteriores habían afectado a sus vidas. Trabajando con un equipo central1 de personal terapéutico, realizando un trabajo individual con su profesional de referencia y un trabajo grupal con otras madres en situaciones similares, se esperaba que todas las mujeres recibieran el apoyo que necesitaban para sentir que podían cuidar mejor de sus hijos e hijas. Al final del programa de 24 semanas, las madres que lo completaban tenían la oportunidad de convertirse en mentoras entre iguales, para poder compartir sus percepciones y aprendizajes con las nuevas madres que se incorporaban al proyecto.

Una parte intrínseca de New Beginnings consiste en profundizar la comprensión que las madres tienen de quiénes son y de quiénes han sido, mediante el relato y el intercambio de sus historias personales. Este método se basa en el reconocimiento de que, si ha de producirse un cambio en las prácticas de crianza, las personas necesitan poder articular su punto de vista sobre lo que les ha ocurrido, ser oídas y también escuchadas. Tyler (2013a, 2013b) utiliza el concepto de procomún materno para describir la manera en que las mujeres, en múltiples contextos históricos y sociales, han trabajado colectivamente para resistirse a ser clasificadas como «poblaciones residuales». Las mujeres derivadas a New Beginnings han sido a menudo catalogadas como madres que fracasan, o madres a las que les cuesta ejercer la crianza de forma eficaz, razón por la cual se han visto sometidas a intervenciones de protección infantil.

Como proyecto de acción social que busca permitir que estas madres se apoyen mutuamente, New Beginnings pone en común sus dificultades y luchas de maneras que podrían redefinir y transformar su relación con las autoridades del Estado, con sus familias y con su descendencia. El enfoque terapéutico que hemos desarrollado para trabajar con las familias se basa en la terapia narrativa (Denborough, 2014; White, 1984) y se nutre también de las teorías sociológicas de la protesta materna y de la práctica de lo común (Tyler, 2013a, 2013b), así como de la teoría del tiempo y del espacio liminal (Adam, 1995; Douglas, 1966; Piazza, 2019; Turner, 1974, 1982; van Gennep, 1960). Para ilustrar cómo funciona esto en la práctica, este artículo examina la historia de una madre, Sylvia2 (autora 2). Al hacerlo, desmenuzamos las etapas del camino que recorrimos juntas, yo como responsable del proyecto y profesional de referencia, y Sylvia como madre, desde que Sylvia se incorporó por primera vez a New Beginnings. Nuestro objetivo es comprender cómo se negocian las experiencias de liminalidad entre profesional y familia cuando, en la atención social, existe una agenda y un enfoque predominantes centrados en mejorar los resultados para la infancia y en demostrar el cambio parental (véase Juhila et al., 2014; Munro, 2011; Trowler, 2018).

Es importante dejar claro en este punto que, aunque yo, Jadwiga, seré la narradora principal, la otra persona que participa en el relato de esta historia es una madre que ha elegido llamarse Sylvia. En los apartados siguientes, examinamos cómo una persona que ha vivido un trauma importante puede quedar atrapada en espacios liminales y, a su vez, desarrollar astutas estrategias de afrontamiento para gestionar las expectativas de cambio de los equipos profesionales. Nos centramos específicamente en las interacciones que tuvieron lugar entre nosotras desde mayo de 2019 hasta diciembre de 2019. Sin embargo, empezamos por exponer los antecedentes del proyecto y el contexto más amplio en el que se inscribe el trabajo social, para comprender mejor qué impulsa la agenda actual de quienes trabajan con la infancia y las familias «en riesgo» en Inglaterra.

Contexto

En 2011, en The Munro Review of Child Protection: a child-centred system, una revisión independiente del sistema inglés de protección infantil encargada por el Department for Education, Eileen Munro recomendó suprimir (y revisar) los plazos prescritos para las evaluaciones de trabajo social, ya que distorsionaban la práctica. El argumento de Munro era que el sistema de protección infantil se había burocratizado en exceso y que era necesario pasar «de una cultura del cumplimiento a una cultura del aprendizaje» (Munro, 2011: 5). En la base de este argumento estaba la idea de que el personal de trabajo social necesitaba más flexibilidad en cuanto al tiempo y al espacio necesarios para comprender en mayor profundidad las necesidades de la infancia a la hora de tomar decisiones sobre su bienestar.

Sin embargo, Munro reconocía que atender a las necesidades de la infancia también significaba garantizar que se atendieran también las necesidades parentales, y que esta doble exigencia generaba tensiones difíciles a la hora de tomar decisiones sobre el riesgo y, al mismo tiempo, ofrecer apoyo a las familias. Munro consideraba que el enfoque adecuado consistía en que los equipos profesionales ofrecieran servicios a la infancia y a las familias de forma voluntaria. Era consciente de que había familias cuya capacidad parental suscitaba preocupación y de que, en esos casos, se requerían esfuerzos más intensos para lograr su cooperación. Munro admitía que era esta parte de la práctica la que planteaba al personal de trabajo social el problema de decidir cuándo intensificar su nivel de implicación profesional, ya que ascender en «la escala de intrusividad» conllevaba tanto ganancias como pérdidas (Munro, 2011: 80).

En un informe de políticas más reciente elaborado por la Chief Social Worker de Inglaterra, Isabelle Trowler constató que la concepción nacional de una «crianza socialmente aceptable» había cambiado, a veces de forma imperceptible, como resultado de «una mezcla embriagadora» de discurso político, interés mediático, escándalos locales y tragedias personales (Trowler, 2018: 1; véase también Jensen, 2018). Las familias inmersas en el proceso de protección infantil quedaban así sometidas a decisiones tomadas en el filo de la navaja, en las que la decisión de separar a una criatura de su familia podía inclinarse hacia un lado u otro en función del juicio profesional del personal de primera línea, a menudo moldeado por presiones externas. Trowler (2018: 4) sostenía que ello había creado un contexto de menor tolerancia hacia la diversidad de formas de crianza, que había llevado a un «énfasis creciente en predecir lo que podría ocurrir, en lugar de [formular juicios basados en] lo que ha ocurrido».

Cabe señalar que, entre el llamamiento de Munro a dar más tiempo a profesionales para formarse un juicio sobre las necesidades de la infancia y la evaluación de los riesgos, y la preocupación de Trowler por que factores culturales más amplios influyeran en lo que se considera un nivel aceptable de crianza, se interpuso la austeridad, es decir, recortes generalizados de los servicios de trabajo social que sometieron la práctica a tensiones operativas particulares. La era de la austeridad tuvo, por tanto, un efecto considerable en los recortes de las prestaciones sociales y, a su vez, en los recursos, lo que hizo cada vez más imposibles las posibles reformas (véase Tyler, 2020). Esto plantea interrogantes sobre la economía política más amplia de la práctica del trabajo social que exceden el alcance de este artículo, pero que son, no obstante, fundamentales para comprender cómo el tiempo en el trabajo social está moldeado y estructurado por factores económicos y sociales más amplios.

Tanto Munro (2011) como Trowler (2018) señalaron que una parte crucial de la protección infantil depende de dos factores. En primer lugar, los plazos que prescriben la práctica profesional y, en segundo lugar, las expectativas de la sociedad sobre lo que significa ejercer la crianza y sobre la capacidad de cambiar para ejercerla tal como quieren los equipos profesionales. Van Gennep (1960: 1) denominó acertadamente este proceso individual de cambio «el rito de paso»: la idea de que la vida de una persona consiste en una serie de transiciones, estructuradas por la sociedad en la que vive, que comprenden tres etapas: la separación del antiguo rol, un periodo liminal entre roles y, después, la asunción del nuevo rol. Aunque no suele denominarse rito de paso, una de las premisas básicas del trabajo social o de la práctica informada por el trauma es el «trabajo de cambio», ya que la práctica profesional se orienta a ayudar a las personas usuarias a alejarse de su pasado y a avanzar hacia un futuro nuevo y mejor (Juhila et al., 2014). De hecho, se han desarrollado numerosos modelos para ayudar a profesionales de la atención social a comprender y acompañar a las personas a través de las distintas etapas de transición (véase, por ejemplo, Bridges y Bridges, 2017; Hepworth et al., 2009).

Aunque las organizaciones públicas y las del tercer sector difieren en sus enfoques del cuidado y del apoyo, ambas se sustentan en las mismas teorías profesionales sobre los procesos de ayuda, el cambio y la orientación al futuro (Hepworth et al., 2009). Además, ambos sectores tienen la obligación de respetar la legislación social y sanitaria, las normas y directrices administrativas y diversas agendas institucionales (Juhila et al., 2014). Según la mayoría de los marcos legislativos, administrativos y teóricos de la literatura sobre infancia y familias, el cambio no es algo que simplemente les ocurra a las familias consideradas necesitadas (véase Munro, 2011; Trowler, 2018). Es un proceso que se supone que surge de una evaluación rigurosa, bien planificada y centrada en la persona usuaria, orientada a resolver o reducir los problemas dentro de la familia, de modo que mejore el bienestar de la infancia.

Sin embargo, aunque en todos los trabajos mencionados se reconoce que la práctica basada en la relación es un componente esencial del trabajo con las familias si se quiere comprender mejor su situación particular, se reconoce menos cómo el concepto de tiempo, de espacio y de los márgenes intermedios (a menudo denominados espacios liminales) puede influir en la manera en que se construyen las relaciones entre profesional y familia. En el siguiente apartado, exploramos estas tres dimensiones con más detalle.

Tiempo, espacio y liminalidad

En el trabajo social, el «tiempo» es un concepto que tiene una importancia considerable, aunque potencialmente implícita, en el trabajo con las familias. En la interacción cara a cara entre profesionales y personas usuarias, periodos de tiempo como el pasado, el presente y los futuros de cada persona se construyen continuamente a través de la palabra (Hall et al., 2017). Además, las dificultades actuales a las que se enfrentan las personas usuarias de los servicios suelen considerarse consecuencia de acontecimientos y experiencias pasados, pero se utilizan en el presente para evaluar trayectorias futuras y opciones de decisión (Juhila et al., 2014). Además del momento oportuno y de los marcos temporales, la temporalidad constituye un componente esencial del tiempo y de las presiones temporales en las prácticas cotidianas del trabajo social y en la toma de decisiones. Sin embargo, a diferencia del momento oportuno y de los marcos temporales, que son ambos aspectos dominantes del tiempo, la temporalidad, también conocida como «tiempo del cuándo», es una forma de práctica que se hace más evidente cuando la práctica profesional se centra específicamente en los procesos (Adam, 1995).

El tiempo del cuándo

En el trabajo social, el «tiempo del cuándo» podría referirse al momento «en que», por ejemplo, una madre dio a luz; «en que» se convirtió en víctima de violencia doméstica, o «en que» se considera que se ha alcanzado el umbral para iniciar un procedimiento de separación de la criatura. El «tiempo del cuándo» encierra la conciencia fundamental de que la transformación permanente de una persona se ha producido (o no), pero ha coincidido con procesos que son unidireccionales. Podemos, por tanto, revivir historias personales y reelaborar momentos pasados con otras personas, pero no podemos revertir los acontecimientos pasados. Sin embargo, las prácticas del trabajo social suelen esperar que las familias comprendan aspectos de su vida, que pueden abarcar desde la infancia hasta la edad adulta, que asuman su responsabilidad y los cambien, dentro de un plazo concreto impuesto desde fuera (Taylor y Wetherell, 1999). Por ejemplo, está ampliamente reconocido que cosas como las «rutinas» son aspectos cruciales del sentimiento cotidiano de existir y de seguridad de una persona; sin embargo, a menudo son precisamente las rutinas cotidianas las que el personal de trabajo social quiere que las familias cambien radicalmente para demostrar su eficacia y su idoneidad en la crianza. En resumen, las concepciones dominantes del tiempo como un movimiento lineal y progresivo a lo largo del curso de la vida pueden dificultar un abordaje más creativo del tiempo y del momento oportuno (Adam, 1995). De hecho, resulta preocupante que la cuestión del tiempo y los interrogantes sobre el momento oportuno no se problematicen ni se exploren suficientemente en los contextos del trabajo social (Levine, 2003).

La oportunidad temporal

Como sostenía Davis (2014: 151), «la oportunidad temporal es crucial» en todos los ámbitos del trabajo social, pero lo que los procedimientos a menudo no tienen en cuenta es que el significado del tiempo puede ser diferente para una familia que para la persona profesional. Un ámbito en el que el tiempo puede resultar especialmente problemático para las familias es cuando la actuación profesional está guiada, o regida, por plazos como el límite de 26 semanas introducido recientemente para concluir los procedimientos judiciales de protección (care proceedings) en Inglaterra y Gales (véase Children and Families Act, 2014). Anteriormente, el tiempo medio que tardaban en concluir los casos de derecho público era de 53 semanas (Munro, 2011: 98). Esto significa que las familias disponen ahora de un plazo muy limitado para demostrar que han cumplido las condiciones o realizado los cambios exigidos por la autoridad local (Local Authority), si se quiere acordar que la criatura o las criaturas permanezcan a su cuidado o les sean devueltas (Morriss, 2018). Son este tipo de procesos institucionales y profesionales los que influyen en la construcción de determinados plazos en las prácticas del trabajo social, que pueden entonces confirmar o transformar la manera en que el personal de trabajo social se relaciona con las familias y elabora relatos de sus historias (Trowler, 2018).

El espacio

El espacio, en cambio, es un tema que ha empezado a aparecer con más regularidad en la literatura del trabajo social (Disney et al., 2019; Ferguson, 2009; Jeyasingham, 2014, 2016). El espacio suele entenderse como una dimensión producida socialmente y que, en consecuencia, tiene significados divergentes. El espacio puede referirse a un lugar, como las habitaciones de una casa o de una organización, pero también puede incluir la noción de movimiento e interacción cotidianos (Low y Smith, 2006). En el activismo relacional, puede entenderse como la oferta de un espacio común para que las personas se reúnan, compartan palabras y actos y lleven a cabo comienzos transformadores (Tyler, 2013a), o como la materialización de los fundamentos ocultos pero constitutivos de la protesta biopolítica (Tyler, 2013b: énfasis de la autora).

Aunque el tiempo y el espacio se han presentado como entidades igualmente importantes, el geógrafo Henri Lefebvre (1991) ha sostenido que se ha concedido más importancia al tiempo que al espacio, lo que puede ser problemático, ya que subestima la importancia de la dialéctica espacial en las interacciones. Para Adam (1995), en cambio, el tiempo es una dimensión en la que todo se mueve y sucede conjuntamente con el espacio. Las personas no pueden moverse por el espacio sin el tiempo y viceversa, lo que significa, característicamente, que nada puede suceder sin considerar juntos el tiempo y el espacio. Se trata de fenómenos que se constituyen mutuamente: el tiempo produce espacio, y viceversa.

La liminalidad

Un concepto que abarca a la vez el espacio y el tiempo y que ha aparecido brevemente en la literatura sobre la práctica del trabajo social (véase Christie, 2001; Warner y Gabe, 2004) es el de liminalidad. El trabajo social se ha descrito como una práctica liminal, ya que se ejerce en los márgenes de los espacios público y privado (Christie, 2001). El trabajo social también implica a menudo trabajar con personas que se encuentran en espacios liminales, lugares «intermedios» tanto en lo que respecta a sus posiciones sociales como en lo que respecta a la prestación de servicios (Warner y Gabe, 2004). El término espacio liminal procede de la palabra latina «limen», que designa el límite entre un periodo de tiempo y/o un espacio, una dimensión «intermedia», que suele darse durante un rito de paso, por ejemplo de la infancia a la edad adulta, o en la transición que implica la llegada a la parentalidad (Douglas, 1966; Turner, 1974, 1982; Van Gennep, 1960). En el trabajo terapéutico relacional, los espacios liminales se han identificado como los lugares donde tienen lugar las transiciones y transformaciones individuales (Meyer y Land, 2003). Es imposible habitar el «tiempo del cuándo» de la práctica del trabajo social sin experimentar simultáneamente el tiempo-espacio liminal del «lo que fue» junto con el «lo que viene».

Arnold van Gennep (1960) afirmaba que las experiencias de liminalidad no son fugaces ni transitorias, sino que provocan una profunda ansiedad en la persona, a medida que pasa de lo conocido a lo desconocido (o se mueve entre ambos). En su influyente libro Purity and Danger (1966), Mary Douglas extrajo implicaciones teóricas del concepto de etapas vitales liminales de van Gennep, subrayando el carácter temible y peligroso que suscita este estado de transición. La obra de Victor Turner (1974, 1982) desarrolló aún más la teoría del espacio liminal al examinar la cuestión de las identidades en transición. Turner observó que, en la liminalidad, las personas se encuentran en un estado de estar «entre lo uno y lo otro» (betwixt and between) (Turner, 1974). Ya no pertenecían a la familia, la comunidad o la sociedad de la que antes habían formado parte, y aún no se habían incorporado al nuevo colectivo social al que aspiraban a pertenecer. Sin embargo, Turner también señaló que los espacios liminales no generaban necesariamente ansiedad, como habían afirmado anteriormente Douglas (1966) y van Gennep (1960), principalmente porque estos espacios son también lugares de esperanza y de nuevas oportunidades.

Estas concepciones teóricas de los umbrales y de la liminalidad son útiles para comprender cómo pueden producirse las transiciones en la práctica del trabajo social. Sin embargo, existe una tendencia a imaginar la liminalidad desde la perspectiva de un recorrido individual. En este artículo, partimos de estas aportaciones teóricas para explorar cómo el tiempo y el espacio importaron en la relación que construimos la una con la otra. Nosotras, las autoras, reflexionaremos por tanto sobre las distintas etapas de nuestra relación, con el fin de explorar cómo las personas, tanto profesionales como aquellas con quienes trabajan, dan experiencia y sentido a los distintos estados que ocupan y atraviesan cuando participan en múltiples actividades con dinámicas complejas.

Método

En un espíritu de coproducción, este artículo ha sido escrito por dos personas: una académica y responsable del proyecto, y una madre que participó en él. Una investigación participativa de este tipo plantea retos éticos distintos de los que se presentan en otras formas de investigación (Stabler, 2019). Sin embargo, no es del todo imposible. Wilkinson y Cardol (2018) señalan que, al trabajar con personas usuarias de los servicios, pueden desarrollarse relaciones humanas que dificultan la distinción entre datos y conversación. Pero sugieren que, por la propia naturaleza del diseño participativo, pueden darse reflexiones que permitan trazar juntas esas líneas y que haga surgir una comprensión compartida de la práctica y del proceso de investigación.

Un método que funciona bien con la coproducción es la terapia narrativa, sobre todo porque este enfoque tiene en cuenta los «derechos narrativos» de la persona cuya historia se cuenta (Denborough, 2014). Como sostienen Tyler y Baraitser (2013: 6), desde el nacimiento dependemos fundamentalmente de otras personas para nuestra historia de vida y, por tanto, para nuestra comprensión cambiante de «quiénes» «somos». La terapia narrativa es un método que puede utilizarse eficazmente en la práctica, ya que reconoce que quiénes somos y lo que hacemos está influido por las historias que contamos sobre nuestra propia vida (White, 1984). También reconoce que no siempre podemos cambiar las historias que otras personas cuentan sobre nuestra vida y que, con demasiada frecuencia, las historias que creemos sobre nuestra propia persona han sido escritas por otras personas (Denborough, 2014). La terapia narrativa es, por tanto, un método que se basa en la idea de que las historias identitarias no se crean en el vacío y que, si se lleva a cabo de forma adecuada, puede permitir a las personas influir en la historia de sí mismas y reescribirla.

Los derechos narrativos son un concepto que desarrolló Madigan (2011) y que Denborough amplió creando una «Charter of Story-telling Rights» (2014: 9). Consta de siete artículos fundamentales (inspirados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos), todos ellos igualmente importantes. Sin embargo, el artículo 4 resonó en ambas autoras de este artículo, ya que establece que toda persona tiene derecho a que no la dejen sola con los problemas causados por el trauma y la injusticia, para luego ser tratada como si ella fuera el déficit (Denborough, 2014). En resumen, el problema no es la persona; el problema es el problema (White, 1984, 2007). Esto refleja lo que pensaba la propia Sylvia, tal como me dijo:

Me gusta que nos escribamos cartas porque cuando estamos juntas

en persona no siempre digo lo que quiero decir ni como lo quiero

decir. Pero cuando lo escribo todo, lo digo como lo quiero decir.

Me ha venido bien porque te ha ayudado a entenderme

un poco más. Y a mí también me ha ayudado a entenderme un poco más. A veces

no doy la imagen que quiero dar. Pero escribírtelo

me ayudó a ponerme en la disposición adecuada. (Sylvia, 2019)

Como revela este extracto, nuestra relación fue un proceso de intercambio que implicaba hablar, conversar, escuchar y escribir. En los apartados siguientes, los datos que hemos utilizado proceden de las notas reflexivas que llevamos o escribimos en respuesta a los distintos encuentros que tuvimos a lo largo de un año. A veces aparecen como notas descriptivas y otras como memorandos analíticos, según lo que quisiéramos transmitir. Este enfoque, que consistía en utilizar la terapia narrativa para escribirnos, se consideró beneficioso para Sylvia porque le permitía externalizar y (re)escribir las descripciones del problema al que se enfrentaba. Hasta entonces, siempre se había visto «a sí misma» como el problema y le resultaba difícil hablar en persona de las cuestiones o dificultades que afrontaba. Sin embargo, al poner las cosas por escrito, creó una distancia narrativa entre ella, yo y el problema del que quería hablar. Este proceso le facilitó separarse a sí misma (o, lo que es más importante, la percepción de sí misma como el problema) de los problemas concretos que quería abordar. Al escribir sobre cómo se sentía, también le resultó más cómodo revisitar su relación con el pasado (véase Denborough, 2014; White, 1984).

Ética

Se solicitó, y se obtuvo, la aprobación ética de la universidad para utilizar los datos recogidos en futuras publicaciones. Al inicio del proyecto, se entregó a las familias información y formularios de consentimiento, para que pudieran aceptar o rechazar que sus datos se utilizaran en la elaboración de artículos. En este contexto concreto, mantuve conversaciones adicionales con Sylvia sobre lo que implicarían los objetivos de esta parte de la investigación y sobre los posibles beneficios y riesgos que podría conllevar. Acordamos que, para que el artículo resultara beneficioso para las familias y para profesionales, tendría que estar escrito en un lenguaje accesible que no excluyera al público no académico. También tendría que proteger la identidad de la madre, que eligió otro nombre a efectos de este artículo. De conformidad con los requisitos éticos, el nombre de la segunda autora, Sylvia, es un seudónimo elegido por la propia madre para proteger su verdadera identidad.

Como autoras de este artículo, ambas hemos contribuido a su elaboración y estamos de acuerdo con la versión final presentada. Ambas sentimos que representa nuestra historia de trabajo conjunto en un proyecto comunitario. Sin embargo, este proceso de escritura académica no era algo con lo que Sylvia se sintiera cómoda al principio, sobre todo en relación con las perspectivas teóricas utilizadas en este artículo. En lugar de que fuera un obstáculo para trabajar juntas, lo aprovechamos como una oportunidad para explorar qué significaban el tiempo y el espacio y cómo se aplicaban a nuestra relación. Así, por ejemplo, una vez Sylvia me llamó para decirme que echaba de menos a su grupo de mujeres y que se sentía perdida sin ellas. Le expliqué que eso se debía a que formaba parte de un procomún materno: un espacio que utilizaba para compartir sus historias, escuchar las experiencias de otras madres, establecer vínculos con mujeres con las que podía identificarse y recibir el apoyo que necesitaba (véase Tyler, 2013a). Sylvia estuvo de acuerdo y respondió: «Sí, me gusta. Mi procomún materno de New Beginnings».

Limitaciones

Una limitación de nuestro enfoque de coproducción es que nuestros relatos no han sido analizados por una persona externa y objetiva que quizá habría visto algo muy distinto de lo que vimos nosotras. Sin embargo, Riessman (2007) ha sugerido que las personas cuentan historias para organizar su vida y darle sentido. Los relatos suelen ser deconstruidos por especialistas en ciencias sociales que buscan temas, variables y respuestas específicas a preguntas específicas. Pero en los últimos años, el desarrollo del análisis narrativo ha dado vida al estudio del relato como forma válida de información (Leigh, 2013; Riessman, 2007). Al mantener intactas las historias, quienes lean este artículo podrán explorar por qué los relatos se han construido tal como se presentan. Otra limitación de este artículo es que, aunque utilizamos el término «familia» a lo largo del texto, y de hecho nuestro trabajo implicó en ocasiones a los hijos e hijas de Sylvia, en este contexto nos centramos en el tiempo y en los espacios liminales por los que transitamos ambas autoras. Aunque las dos reconocemos la importancia de su experiencia, no hay espacio suficiente en este artículo para hacer justicia a sus puntos de vista.

Estar preparada

Como se ha mencionado anteriormente, New Beginnings trabaja con familias que se encuentran en la fase previa al procedimiento judicial, conocida como Public Law Outline (PLO), o cuya descendencia está sujeta a planes de protección infantil. Conocí a Sylvia en mayo de 2019; de hecho, fue la primera madre a la que conocí, porque fue la primera derivada cuando arrancó el proyecto. La derivó su trabajadora social porque sus hijos e hijas estaban sujetos a planes de protección infantil por preocupaciones relacionadas con la categoría de «negligencia». Esto se debía al mal estado de la vivienda, por dentro y por fuera; al consumo intensivo de cannabis de Sylvia; a la falta de rutinas diarias, como la asistencia escolar; a asegurarse de que hubiera comida suficiente en casa, de que se pagara el alquiler y de que hubiera saldo de gas y electricidad en el contador; a establecer límites para que sus criaturas estuvieran seguras y ella supiera dónde estaban; a acudir a sus citas médicas y también a atender sus necesidades emocionales.

Los servicios de protección a la infancia conocían a la familia de Sylvia desde hacía 20 años, de forma intermitente. Sylvia tiene cinco criaturas, pero las tres menores están sujetas a planes de protección infantil desde 2011 (ocho años). Las dos mayores son ya adultas. Durante este periodo de intervención, se había pedido a Sylvia que asistiera a varios cursos y programas como Incredible Years, Triple P, Freedom Programme, TCC o asesoramiento psicológico. Aunque Sylvia siempre acudía a cada propuesta, su asistencia no tardaba en decaer y lo dejaba tras las primeras sesiones. Le pregunté a Sylvia por qué no seguía y me dijo:

Llevo mucho tiempo en protección de menores y eso no es

normal, pero yo digo que si de verdad les preocupara tanto

ya se las habrían llevado. Pero no lo han hecho porque

no tienen un motivo suficiente. 22 años después

y aquí sigo. Desde que murió mi hijo, estoy en protección

de menores. Ya van 8 años. Así que algo habré

hecho bien, porque no soy yo la que descuida a mis criaturas,

son los servicios, por dejarlas ahí. Si de verdad les preocupara tanto

ya se las habrían llevado y no lo han hecho, así que ¿quién

descuida a mis criaturas? ¿Yo o los servicios? Así es como lo veo. Entro en

el PLO (public law outline) y luego vuelvo a salir. Parece

que me da igual, pero claro que me importa. Lo que pasa es que también sé

que si las cosas estuvieran tan mal se habrían llevado a mis criaturas y

no lo han hecho. Si pensara que soy una madre de mierda habría entregado

a mis criaturas, pero no lo soy. Nunca voy a rendirme con ellas. No lo hago

por mí, lo hago por ellas. (Sylvia, 2019)

Al principio, me sorprendió escuchar la opinión de Sylvia. Era distinta de lo que esperaba oír. Pensaba que diría que no se veía capaz de estar en grupos ni de hablar con alguien desconocido sobre el pasado o sobre las dificultades que afrontaba en el presente. O pensaba que diría que sentía que tenía que implicarse porque, si se negaba, esa falta de implicación podía llevar a que se iniciara un procedimiento judicial. Ese era el tipo de respuestas que me habían dado las otras madres con las que trabajaba cuando hablé con ellas sobre si se habían sentido preparadas para empezar en New Beginnings; pero, claro, mi posición con ellas no es la misma que con Sylvia. Todas las demás madres han completado el programa, y la intervención de los servicios sociales ha terminado o está a punto de terminar. Sylvia, en cambio, es diferente, y me doy cuenta de que, si quiero aprender y comprender mejor su punto de vista, también tengo que tener en cuenta el contexto más amplio.

Como trabajadora social procedente de la protección infantil pública, siempre he estado acostumbrada a pensar el trabajo con las familias en marcos temporales lineales. En New Beginnings, me di cuenta de que los aspectos fundamentales de mis esquemas de pensamiento no habían cambiado. No era tan ingenua como para creer que esta práctica sería sencilla. Pero sí creía que, si creaba un «procomún materno», es decir, un espacio para que las madres se reunieran y compartieran experiencias entre ellas, podrían producirse «comienzos transformadores» (Tyler, 2013a; Tyler y Baraitser, 2013: 6). Inspirada por el trabajo de la socióloga Imogen Tyler sobre las «poblaciones abyectas», que abarcan desde las madres solicitantes de asilo hasta las personas criminalizadas por ser pobres y obligadas por las circunstancias de la vida a habitar lugares sociales marginales, imaginé New Beginnings como un proyecto dedicado a crear un procomún materno (Tyler, 2013a, 2013b).

Como resultado, el proyecto se convirtió en un espacio en el que las madres (ya que son con mayor frecuencia las mujeres quienes realizan el trabajo de la maternidad) podían trabajar juntas para transformar su situación. Ser madre es, por definición, un estado relacional de ser para otra persona. La práctica de lo común implica idear nuevas formas de trabajar juntas, en colaboración «con» las madres, para identificar problemas y obstáculos, construir relaciones abiertas y de confianza y cultivar la posibilidad de cambio en colaboración con las familias, para que la intervención de los servicios sociales pueda terminar. Al crear espacios seguros y dar tiempo suficiente para que se produzca el cambio parental, el proyecto ha funcionado en gran medida. De las 11 familias que hasta la fecha han completado el programa, 10 ya no están en el proceso de protección infantil, y la intervención de los servicios sociales ha terminado o está a punto de terminar.

Sin embargo, un factor que no mencionan ni Munro (2011) ni Trowler (2018) ni ninguna otra política, procedimiento o informe es el tiempo que la infancia puede permanecer sujeta a planes de protección antes de que se alcance el umbral para iniciar un procedimiento judicial. Este factor no solo parecía haber desconcertado a las numerosas personas profesionales del trabajo social que se habían asignado a Sylvia a lo largo de los años, sino también a la propia Sylvia. Para Sylvia, era normal entrar y salir de la protección infantil y de la fase previa al procedimiento judicial. Sylvia reconocía que la situación de «protección infantil» era grave y también estaba de acuerdo con todas las preocupaciones de los equipos profesionales; sin embargo, no creía que su situación tuviera carácter urgente. Si hubiera algún riesgo inminente, razonaba, se habrían llevado a sus criaturas; pero como no lo habían hecho, deducía que el personal de trabajo social no tenía preocupaciones urgentes y que, por tanto, no había nada que la impulsara a cambiar.

Aunque entendía el punto de vista de Sylvia, no comprendía por qué había aceptado venir a New Beginnings, dado que sentía que no tenía ningún incentivo real para cambiar, así que se lo pregunté:

En el fondo de mi corazón sé que las cosas tienen que mejorar.

Sé lo que tengo que cambiar. Buenas rutinas. Mejores condiciones

en casa. Mejor asistencia al colegio. Dejar de fumar tanta

hierba. Las citas médicas. Sé que puedo poner las cosas en marcha

en lugar de seguir resbalando hacia aquello de lo que queremos

alejarnos, de donde estamos ahora mismo. Solo quiero que en casa seamos felices

porque no estoy segura de que mis criaturas lo sean. Lo que me preocupa es qué

se sentirá al, ya sabes, ser feliz. (Sylvia, 2019)

El relato de Sylvia describe su relación consigo misma (su «corazón») y el espacio que ocupa como una relación de infelicidad: su propia infelicidad y la de sus criaturas. Sylvia sabe que tiene que hacer cambios para que la vida mejore para ella y para su familia, pero hay un miedo que acompaña al saber lo que el cambio puede traer: la «felicidad». Sylvia se siente segura habitando un tiempo-espacio de infelicidad, las relaciones infelices que ha construido y el lugar infeliz que ocupa, un lugar moldeado por el pasado que le impedía pertenecer a un lugar del que necesita «alejarse» en el futuro. Del mismo modo que estar sujeta a un plan de protección infantil se ha vuelto algo corriente para Sylvia, también lo es la infelicidad de su vida y la de sus criaturas. Cuando Sylvia dijo «lo que me preocupa es qué se sentirá al, ya sabes, ser feliz», parece estar a punto de entrar en un espacio liminal en el que reconoce que «cualquier cosa puede pasar», pero también admite que no está segura de quién será ni de qué sentirá si llegara a cambiar (Turner, 1974: 13).

Quedarse quieta

Sylvia empezó en New Beginnings y, a partir de entonces, su asistencia a las sesiones grupales semanales informadas por el trauma fue buena. Solo faltó a cuatro sesiones durante los seis meses. Mientras estaba en el «procomún materno» del proyecto, sus aportaciones eran valiosas y apreciadas por las demás madres, a quienes a su vez animaban a compartir historias de su propia vida (Tyler, 2013a, 2013b). Las otras mujeres apreciaban mucho a Sylvia, y ella asumió rápidamente un papel maternal hacia ellas; ella creía que se debía a que era mayor que ellas, pero yo veía que también tenía una energía particular que les gustaba y que las atraía. Percibí los efectos positivos de este trabajo grupal como parte de una creación materna de lo común, en la que las mujeres del proyecto, gracias al apoyo entre iguales, lograban formar juntas una comunidad de pertenencia. Un lugar donde habitar que les permitía hacer la transición desde rutinas y prácticas anteriores: en el caso de Sylvia, de la infelicidad hacia la felicidad en sus relaciones con otras personas.

Sin embargo, aunque Sylvia disfrutaba de la parte grupal del proyecto, no tenía tantas ganas de asistir a las demás partes del programa, que incluían sesiones individuales de referencia conmigo, asesoramiento psicológico, sesiones de autocuidado y reuniones con su profesional de atención a las drogodependencias. De hecho, en lo que respecta a las sesiones de referencia, Sylvia hacía todo lo posible por evitarme: a menudo cancelaba las sesiones justo cuando yo llegaba o no estaba en casa cuando sabía que me esperaba. Así pues, aunque Sylvia avanzaba bien en algunos ámbitos, había otras partes que estaba claramente deseosa de esquivar. Esta parte me resultaba frustrante. Nunca sabía si iba o venía. Y tenía la sensación de que, aunque Sylvia había abrazado la siguiente etapa, no estaba plenamente inmersa ni comprometida. Era como si estuviera suspendida entre lugares binarios y no pudiera decidir si estaba aquí o allí o, como diría Turner (1974), «entre lo uno y lo otro», entre dos posiciones asignadas.

Pregunta para mí misma: ¿cómo ayudo a Sylvia a dejar de evitar sus sentimientos? ¿A dejar de evitar cualquier emoción (que no sea la ira)? ¿A dejar de evitar ser madre? ¿A dejar de evitarme a mí? (Notas de las sesiones de referencia, 2019)

Un día, unas cinco semanas después de empezar el programa, visité a Sylvia y la encontré angustiada, frustrada y dolorida. Eran las vacaciones escolares de mitad de trimestre y Sylvia se había lastimado la espalda. También le costaba lidiar con sus criaturas porque se estaban portando mal. En medio de su frustración, se levantó y se alejó de mí. Volvió con su cuaderno de reflexión en la mano, el que reciben las mujeres al empezar New Beginnings. Había escrito su primera entrada y quería leérmela. Se había dado cuenta, dijo, de que escribir le resultaba más fácil que hablar:

Cada día intento mantenerme ocupada para hacerme la vida más fácil y poder bloquear todo el pasado de mi cabeza. Lo hago porque si no, lo recuerdo y pienso en todo y entonces mi corazón vuelve a sentir el dolor una y otra vez. Me duele tanto el corazón. Está roto. Así es como me siento la mayor parte del tiempo. Rota… [Expareja] me hizo daño física y mentalmente. Lo quería y perdí tanto por su culpa. Todo eso me ha convertido en la persona que soy hoy… No tengo control sobre mis emociones… Ahora sé que este sentimiento sí afecta a cómo soy con mis criaturas. Me siento ansiosa y estresada. Siento que no les gusto. Desde luego no me respetan. Pero también sé que se merecen de mí algo más que esto. (Sylvia, 2019)

Algo que es importante reconocer es que Sylvia ha sufrido mucho dolor y muchos traumas en su vida, más de lo que nadie merece vivir jamás. De hecho, parte de la razón por la que a Sylvia parecía costarle tanto avanzar era que era muy consciente de que, si lo hacía, tendría que experimentar las emociones que tanto se había esforzado por reprimir. Las personas liminales viven en las grietas o intersticios de la sociedad, o permanecen en el «limen», porque es el lugar donde tienen una percepción más aguda de sí mismas (Piazza, 2019). Lo que esto significaba para Sylvia era que estaba profundamente apegada a habitar un espacio liminal que la había convertido en «la persona que soy hoy», una persona «rota» con el corazón «roto». Sylvia era consciente de que el espacio del «lo que viene» equivaldría a dolor, así que su estrategia de afrontamiento consistía en bloquear cualquier forma de emoción antes de que aflorara. Esto significaba que evitaba el contacto individual conmigo y con cualquier otra persona profesional que intentara ayudarla, porque estar a solas con alguien significaba que tendría que centrarse en sus sentimientos. Y yo también había aprendido, en el tiempo pasado con Sylvia, que se le daba muy bien distraer a la gente. Le encantaba contar historias sobre otra cosa u otra persona y, como sus historias estaban contadas con un humor tan cautivador, era fácil dejarse llevar por ella y perderla «a ella» de vista.

Esta parte de su historia, sin embargo, me permitió comprender lo que había estado pensando; me ayudó a atar cabos, a relacionar algunos de los comentarios que había hecho sobre el pasado con su manera de comportarse en el presente, y confirmó algo de lo que yo ya pensaba pero de lo que no estaba segura. Esta no era la parte de Sylvia que solíamos ver. Con algunos equipos profesionales, Sylvia se mostraba feroz y enfadada. Desde luego, no le daba miedo la confrontación y, cuando tenía una batalla que librar, a menudo dejaba a la otra persona asustada y, en algunos casos, preocupada por cómo cuidaba de sus criaturas.

Pero esta historia tiene otra parte, que tiene que ver con el papel que yo desempeñé. Me di cuenta de que quedarme quieta y asimilar lo que le estaba pasando a Sylvia me resultaba incómodo. Me había parecido frustrante y desconcertante. No entendía por qué se resistía cuando sabía que esta nueva fase podía traerles la felicidad a ella y a su familia. ¿Quién preferiría la infelicidad a la felicidad? Sencillamente no tenía sentido para mí. Pero a medida que escuchaba y aprendía, me di cuenta de que la estaba empujando hacia una cierta «uniformidad» o «invisibilidad estructural» que todas las demás madres habían alcanzado y superado (van Gennep, 1960: 59). La historia de Sylvia hablaba tanto de su vida como de la mía. Reconocí que me sentía valiosa en la parte del proceso correspondiente al «tiempo del cuándo» (Adam, 1995). Nuestra relación, por tanto, no consistía solo en que Sylvia lograra realizar los cambios exigidos, sino también en que yo sintiera que había tenido éxito «cuando» ella lo tuviera.

Avanzar

Pocas semanas después de que Sylvia me entregara su historia, se produjo un ligero cambio. Con la ayuda y el ánimo de su trabajadora social, empezó a acudir a sus sesiones de referencia conmigo. Me sorprendió que viniera a la primera, porque era el día siguiente a la muerte de su padre y estaba destrozada. Pero aun así vino y lloró durante la mayor parte de la sesión. Aunque aquella primera sesión de referencia fue dolorosa para Sylvia, de una manera extraña fue buena para mí. Aprendí mucho sobre ella (y sobre mí) durante esas pocas horas juntas. Cada vez que Sylvia intentaba distraerme, la devolvía al centro y me concentraba en lo que estaba ocurriendo allí, en ese espacio, en ese momento. Nos centramos en nombrar el problema; en investigar su influencia y sus modos de operar; en explorar los efectos del problema y en tomar posición respecto al problema (véase Denborough, 2014: 42).

En las sesiones de referencia que siguieron, seguí utilizando este mismo método. Parecía ayudar a Sylvia a centrarse en sus pensamientos y también a conectar esos pensamientos con sus sentimientos. Sylvia me puso un apodo, «el pasapurés», porque sentía que su cerebro quedaba hecho papilla después de trabajar juntas. Me decía que temía nuestras sesiones, pero creo que en secreto le gustaban, porque nunca volvió a faltar a ninguna sesión de referencia. Tras un par de sesiones, dijo que estaba preparada para reunirse con su profesional de atención a las drogodependencias, y también empezó a acudir a sesiones con una terapeuta ecuestre. Las cosas iban bien. Nos ocupamos de cuestiones prácticas cotidianas como la vivienda y las prestaciones sociales, de modo que la situación económica de Sylvia mejoró. Con mi apoyo, Sylvia también empezó a asistir y a participar en las reuniones de conferencia de casos y del grupo central, hasta tal punto que otras personas profesionales empezaban a notar la diferencia.

Sin embargo, la semana siguiente, Sylvia faltó a la sesión de grupo, lo cual era inusual. La llamé para saber cómo estaba, pero tenía el teléfono apagado y así siguió durante un par de días. Me preocupaba que se estuviera retrayendo. Sabía que a Sylvia le resultaba más fácil expresarse por escrito que de palabra, así que pensé que le sería útil ver cómo habían evolucionado con el tiempo las historias que nos habíamos contado. Redacté una carta para Sylvia y me pasé por su casa. No me sorprendió encontrarla pasando otro mal día, así que, en lugar de pedirle que leyera la carta en medio del caos, la dejé debajo de su radio y le sugerí que la leyera cuando estuviera preparada.

Se puso en contacto conmigo unos días después para decirme que había leído la carta. Había «puesto orden en su cabeza» y estaría puntual en nuestra sesión de referencia del día siguiente. Cuando llegué, me dio esto:

Cuando me diste la carta estaba pasando una mala semana. Había tenido un encontronazo con el colegio y me había hecho retroceder muchísimo, así que no estaba bien. No quería leer la carta que habías dejado debajo de mi radio para cuando estuviera preparada, pero al mismo tiempo quería saber qué ponía. En cuanto te fuiste la leí, sabía que trataba de mí y lo entendí. Lo entiendo. Todo. No quiero que pienses que has fracasado. Te has desvivido por mí. Y no quiero defraudarte ni a ti ni a las chicas [del grupo]. Dijiste en la semana 1 que nos preocuparía que el programa terminara. Tenías razón. No quiero que esto se acabe. Lo que tenemos es especial. Las chicas son especiales… Quiero estar ahí para ellas cuando lo estén pasando mal, porque nada de esto es fácil. No estamos aquí porque la vida nos haya sido fácil. Pero he aprendido algunas cosas por el camino. El año pasado le gritaba insultos a mi expareja cada vez que lo veía. Le llamaba a cualquier hora de la noche y hacía otras cosas de las que no estoy orgullosa. En el momento me sentaba bien, pero ahora me doy cuenta de que estaba enfadada y de que nada de eso era bueno para mis criaturas. No era sano que vieran eso ni que me vieran así. Últimamente hemos pasado página. Él y yo ahora hablamos por teléfono, y a veces cara a cara. Soy educada con él. Él es educado conmigo. Todo parece menos explosivo. Estoy más tranquila (bueno, con algunas cosas). Esto es importante para mí porque es importante para mis criaturas. Quiero que se sientan seguras. Quiero que sepan que las quiero. Sé que tengo que solucionar lo del colegio, pero he empezado a cambiar mi manera de ser con ellas. Las escucho y las oigo. Pido perdón. Sé que cuando no estoy bien, ellas lo notan. No es bueno para ellas. Puedo tener un «bache», como tú lo llamas, pero ahora sé que tengo que volver a ponerme en marcha cuando pase. Está bien tener días malos y luego levantarse y seguir adelante. Y eso es lo que estoy haciendo, seguir adelante. (Sylvia, 2019)

Al ir conociendo a Sylvia, había empezado a comprender lo que funcionaba y lo que no funcionaba con ella. También empezaba a darme cuenta de que avanzar no era un proceso bien definido para una persona como Sylvia, que había dejado claro que la liminalidad no estaba asociada a la pasividad y a la desesperanza, como había propuesto originalmente van Gennep (1960). Era más bien una posición relacional que nos permitía reflexionar juntas y explorar una serie de estados que oscilaban entre la regresión y la transformación. Un espacio liminal podía, como sostenía Turner (1974), tener en su interior rasgos tanto positivos como negativos. Podía ser un espacio de aprendizaje, pero también un lugar al que estamos profundamente apegadas y en el que, en el caso de Sylvia, estaba arraigada su identidad.

Discusión

En una cultura dominada por actividades temporales como los plazos, la fase previa al procedimiento judicial y las vistas judiciales (Davis, 2014; Morriss, 2018; Munro, 2011; Trowler, 2018), es comprensible que predomine el orden social de los procedimientos en la protección infantil y que los equipos profesionales se centren más en el «tiempo del cuándo» que en los elementos espaciales de la práctica basada en la relación (Adam, 1995). Sin embargo, en este contexto, es evidente que el tiempo tenía para Sylvia un significado distinto del que tenía para el personal de trabajo social implicado. Aunque ambas partes reconocían que las situaciones de «protección infantil» y de «PLO» eran momentos importantes en la vida de la familia en términos de «normas sociales» y de «expectativas», lo que yo no había previsto era cómo las percibiría Sylvia (Adam, 1995: 3). Sylvia interpretó que las preocupaciones de los equipos profesionales no eran tan graves como se decía. Su interpretación errónea de los motivos profesionales contribuyó, en parte, a que Sylvia se resistiera al cambio y permaneciera en «el limen» de la transformación durante ocho años (van Gennep, 1974). Hacía siempre lo justo para salir de la fase previa al procedimiento judicial, pero no lo suficiente para poner fin por completo a su implicación en el proceso de protección infantil.

La liminalidad es el marco en el que se analiza la identidad en relación con el espacio (Piazza, 2019; Turner, 1974) y, en el caso de Sylvia, ella se resistía a pasar de donde estaba a donde ella, y otras personas, querían que estuviera, por varias razones. En primer lugar, sentía que no había nada que la impulsara a cambiar y, a medida que nuestra relación maduraba, se reveló que este razonamiento funcionaba como una útil estrategia de afrontamiento, ya que le impedía hablar del trauma que había vivido. La revelación de Sylvia también me enseñó algunas cosas sobre mí misma. Aprendí que, aunque los espacios liminales resultaban «incómodos» para trabajar con una madre (véase Douglas, 1966; van Gennep, 1960), eran lugares que nos ofrecían la oportunidad de reflexionar sobre «los aspectos del tiempo que se dan por sentados» en la práctica basada en la relación (Adam, 1995; Turner, 1974, 1982). En lugar de concluir que Sylvia estaba simplemente atrapada en un espacio liminal infeliz, dedicamos tiempo a centrarnos explícitamente en el porqué.

Con la ayuda de la terapia narrativa, aprendimos que, aunque yo hubiera podido ayudar a Sylvia a identificar y externalizar los problemas para que pudieran imaginarse como algo separado de ella, no era capaz de hacer que ella produjera el cambio. Es decir, externalizar los problemas pudo permitir a Sylvia distanciarse un poco de las dificultades que afrontaba, pero ella siguió participando «en la supervivencia del problema» (Denborough, 2014: 36). Su identidad como persona estaba fundamentalmente entrelazada con un estado de infelicidad no resuelta, y profundamente apegada a él. Participar en New Beginnings sí llevó a Sylvia a asumir más responsabilidad respecto a sus problemas, y también aumentó su «respons-habilidad», en el sentido de que estaba más capacitada para responder al pasado y afrontarlo, de modo que tenía más capacidad de agencia a la hora de elegir (o no) avanzar hacia un futuro diferente.

Conclusión

Me habría gustado concluir este artículo contando a quien lo lee que Sylvia y su familia acabaron saliendo del proceso de protección infantil. Sin embargo, no fue eso lo que ocurrió. En octubre de 2019, la familia salió del proceso PLO, solo para volver a entrar en él más adelante ese mismo año. Se supo que, durante el tiempo en que trabajé con Sylvia, se la había acusado de una actividad delictiva que podía acarrear una pena de prisión. Este hecho había ocurrido en mayo, poco después de que Sylvia empezara a avanzar y los equipos profesionales comenzaran a notar la diferencia. Sylvia no había contado a nadie lo de la detención y la acusación, porque esperaba que «se esfumara». Solo nos enteramos del incidente cuando se publicó la fecha de su vista judicial.

En diciembre, mientras Sylvia y yo terminábamos juntas las revisiones de este artículo, le pregunté por qué estábamos ahora sentadas en la sala de espera de un Crown Court. Me respondió:

Es algo curioso. ¿Quién puede decir cuánto tiempo se le puede poner

al duelo? Porque cada persona es diferente. No creo que llegue nunca a

resolver el duelo que siento. Cada duelo es diferente. Esto no es una

excusa, es simplemente así. Hay ciertas cosas en la vida que te hacen

retroceder. Y como sabemos las dos, no me resulta fácil avanzar.

Quizá sea porque atraigo lo negativo; quizá sea alguien

a quien le gusta sabotearse cuando le van bien las cosas. No lo sé.

Trowler (2018: 4) sostenía recientemente que era necesario un mayor enfoque en la familia en la práctica, una mejor toma de decisiones y la oferta de servicios de apoyo más sofisticados y adaptados, para que hubiera una «clara línea divisoria» entre la infancia implicada en procedimientos judiciales de protección y el resto de la infancia considerada en riesgo de sufrir un daño significativo. Yo sentía que New Beginnings era uno de esos proyectos que podían ayudar tanto a las familias como a los equipos profesionales a alcanzar estos objetivos. Sin embargo, la historia de Sylvia ha demostrado que los espacios liminales pueden ocultar los aspectos normativos y lineales del proceso de protección infantil cuando la madre o el padre vive un duelo no resuelto que le afecta profundamente.

Al explorar la experiencia vivida de una madre que ha atravesado un trauma importante, hemos podido dilucidar el rito de paso que una persona puede emprender cuando intenta atravesar los márgenes entre estar preparada, quedarse quieta y avanzar. Al utilizar la terapia narrativa como herramienta, para que Sylvia pudiera contar su historia, hemos aprendido que quizá no todas las personas liminales a las que se empuja hacia la «uniformidad» abrazarán siempre la transformación (van Gennep, 1960: 59). Algunas elegirán rebelarse contra el sistema que intenta cambiarlas; otras elegirán abandonar el procomún materno que les ofrecemos y volver a su vida anterior, porque es allí donde se sienten seguras. En el caso de Sylvia, en el momento de escribir este artículo, sentía que pertenecía a un lugar de infelicidad al que estaba demasiado apegada y en el que estaba demasiado arraigada como para salir de él.

Complexe Systémique: puntos clave

Este texto a dos voces tiene el raro mérito de no terminar bien y de extraer de ello una enseñanza. Frente a los plazos impuestos por la protección infantil inglesa, Jadwiga Leigh y Sylvia muestran que el tiempo institucional, lineal y apresurado, no es el tiempo de una madre marcada por el duelo y el trauma: ocho años de entradas y salidas de los procedimientos han convertido lo intermedio en un lugar familiar, casi protector. Para la práctica sistémica, el artículo recuerda que la «resistencia» al cambio puede sostener un equilibrio, y que la profesional forma parte del sistema que observa: la profesional reconoce que ella también necesitaba que Sylvia lo lograra. La escritura de cartas, inspirada en la terapia narrativa, crea una distancia que hace decible el problema, sin garantizar el cambio. Cabe lamentar la ausencia del punto de vista de la infancia y de un análisis externo, límites que el propio artículo reconoce. Para leer junto con el artículo sobre la resistencia parental en las relaciones no voluntarias de protección a la infancia y el artículo sobre las terapias narrativas.

Notas del original

1 El equipo central de New Beginnings está formado por dos trabajadoras sociales (responsable del programa y coordinadora del programa), dos personas facilitadoras del programa y tres mentoras entre iguales. El apoyo terapéutico corre a cargo de cuatro profesionales: asesoramiento psicológico, arte, sanación energética y terapia holística.

2 Sylvia no es el nombre real de la autora 2.

Agradecimientos. Queremos dar las gracias a Lisa Morriss por animarnos a escribir este artículo y a Imogen Tyler por revisar nuestro trabajo y enseñarnos el poder del procomún materno. Durante la segunda ronda de revisiones de este artículo, Sylvia, que fue condenada a una pena suspendida, volvió a New Beginnings porque echaba de menos formar parte de un grupo sin el que se sentía perdida, ya que le había proporcionado mucho apoyo. Dijo que también estaba decidida, esta vez, a poner fin a su relación con los servicios sociales «de una vez por todas».

Declaración de conflictos de intereses. La autoría declaró no tener ningún posible conflicto de intereses en relación con la investigación, la autoría y/o la publicación de este artículo.

Financiación. La autoría no recibió ningún apoyo financiero para la investigación, la autoría y/o la publicación de este artículo.

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Traducción no oficial de Sylvia’s story: Time, liminal space and the maternal commons, de Jadwiga Leigh y Sylvia Wilson, Qualitative Social Work, vol. 19, n.o 3 (2020), doi: 10.1177/1473325020915777, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

Esta es una traducción del artículo original «Sylvia’s story: Time, liminal space and the maternal commons», publicado en Qualitative Social Work (2020) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.

Leer el artículo original

Cómo citar este artículo

Leigh, J., et Wilson, S. (2020). Sylvia’s story: Time, liminal space and the maternal commons. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/sylvia-s-story-time-liminal-space-and-the-maternal-commons (Obra original publicada en 2020 en Qualitative Social Work, 19(3), 440-459 (2020); republicada en 2020 por Qualitative Social Work, https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/1473325020915777)

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