Esta versión ha sido traducida del francés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Práctica sistémica · Terapia familiar
Tom es un niño alegre. Por eso, cuando llega el momento de buscar lo que podría resultarle doloroso en sus relaciones, a su madre o a su padre no se le ocurre gran cosa. Este pequeño probablemente no tiene ninguna creencia particular. Está bien, hace reír a todo el mundo.
Unos intercambios más tarde, Tom explica precisamente que es difícil ser el que hace reír. Cuando quiere hablar en serio, los demás siguen tomándolo por el gracioso de turno. Tiene la impresión de que no le creen, de que no confían en él. Lo que tranquilizaba a su familia sobre su bienestar era también, para él, una fuente de dificultad. Me gusta mucho este pasaje de la demostración de Stessie Fougeroux. Me recuerda hasta qué punto se puede conocer a alguien, vivir con esa persona, estar atento a ella, y pasar por alto una parte de lo que vive. Conocemos tan bien su lugar que quizá acabamos escuchando menos lo que intenta decirnos desde ese lugar.
Stessie presenta aquí una adaptación de su juego de las creencias cruzadas a la terapia familiar. Utiliza personajes para escenificar una familia ficticia: la madre, el padre, Julie y su hermano pequeño, Tom. Después de la versión destinada a la terapia individual, que ya había compartido, esta propuesta plantea otras preguntas. Hay niños alrededor de la mesa, historias de la madre y del padre que no necesariamente conocen, y toda esa vida en común de la que cada cual podría contar una versión bastante distinta.
El dispositivo empieza de forma sencilla. Se colocan cartas sobre la mesa, cada persona elige una en silencio y se guarda su elección. Las demás intentan luego imaginar cuál ha escogido. Hay que aceptar, por tanto, escuchar lo que la propia familia cree haber comprendido de una antes de poder responder. Eso ya puede ser mucho.
En el caso de Julie, su madre piensa en el sentimiento de no contar. Su padre imagina que no se siente escuchada. Tom, por su parte, vuelve sobre una salida al cine. Habían elegido una película que a su hermana no le gustaba, y ella había estado de morros buena parte de la tarde. Pero lo que cuenta sobre todo es que parecía triste.
Julie se emociona. Su hermano había visto su tristeza. Ella, que podía sentirse reducida a sus enfados, descubre que él había percibido otra cosa. Este detalle se me queda más que la elección final de la carta. Había habido un desacuerdo sobre una película, probablemente bastante banal visto desde fuera, y en ese desacuerdo algo había ocurrido para ella en torno a su lugar en la familia. Tom había entrevisto una parte. Sin esta conversación, quizá ella nunca lo habría sabido.
Evidentemente, las personas cercanas también pueden equivocarse. Y, por suerte, Julie puede retomar la palabra. Matiza, cuenta lo que le falta, en particular esos momentos en los que le gustaría estar a solas con su madre. La carta sigue siendo un punto de partida. Me costaría aceptar un uso del juego en el que la familia acabara decidiendo, por mayoría, lo que se supone que siente uno de sus miembros.
Stessie toma, por cierto, una precaución que merece que nos detengamos en ella. Con algunos niños, prefiere hablar de «sensibilidad». Algo duele, vuelve con regularidad, sin haberse convertido en una convicción a través de la cual se leerían todas las situaciones.
Esta elección de palabra me parece bastante acertada. Deja margen, precisamente. Una niña o un niño puede sentirse olvidado en determinadas circunstancias, estar especialmente atento a ello y vivir todavía muchas otras experiencias que no van en ese sentido. No tenemos ninguna razón para precipitar todo eso en una definición de sí mismo.
Las cartas tienen algo práctico: ponen palabras a disposición. Pero uno puede apegarse rápidamente a las palabras que acaba de encontrar. Creo que mantendría esta pregunta en mente durante todo el trabajo: lo que estamos nombrando, ¿ayuda a esta criatura a contar más su experiencia, o estamos empezando a contar su experiencia en su lugar?
Es la pregunta que más me detiene en esta adaptación familiar. Stessie la plantea ella misma, con bastante franqueza: al pedir a niñas y niños que identifiquen las creencias de su madre y de su padre y que busquen cómo no reforzarlas, ¿no corre el riesgo de parentalizarlos? Cuenta que esta inquietud la hizo dudar durante mucho tiempo. Me alegra que no la haya dejado fuera del vídeo, porque forma parte del trabajo.
En la familia ficticia, el padre habla de su miedo a ser abandonado. Su propio padre se marchó cuando él tenía ocho años, y no volvió a verlo. Su hija explica que a veces vive como un reproche sus comentarios sobre el hecho de que, a medida que crece, le da menos besos. Él reconoce que esa distancia puede, efectivamente, hacerle revivir algo del abandono.
Podemos imaginar lo que esta conversación puede abrir para Julie. Ella notaba que pasaba algo. Ahora puede comprender que todo esto no empieza con ella, con su adolescencia ni con el número de besos que da a su padre. Ya había una historia ahí.
Queda por ver qué hará con este descubrimiento. Si sale pensando que a partir de ahora debe vigilar cada gesto para no despertar el miedo de su padre, le habremos añadido trabajo. La intención de Stessie es permitirle liberarse de esa responsabilidad. Utiliza la imagen de «irse de vacaciones»: poder reconocer lo que está en juego sin verse obligada a entrar en el intercambio habitual.
Esta imagen me gusta, a condición de comprobar con la niña o el niño si las vacaciones son realmente posibles. Julie tiene que poder seguir creciendo, tener menos ganas de ciertos gestos de afecto, estar a veces ocupada en otra cosa. Comprender a su padre puede cambiar la manera en que recibe sus reacciones. Eso no le atribuye la tarea de reparar su historia. Para mí, esta distinción debe permanecer viva en la sesión, hasta en las respuestas que las personas adultas dan a niñas y niños.
Para la fase de juego, Stessie explica que ha dejado de lado la puntuación en su práctica con las familias. Las personas participantes construyen juntas una respuesta a una situación y, después, quien la recibe dice qué le provoca. Esta elección me parece coherente con lo que busca: dar ganas de intentarlo, permitir volver a empezar, evitar que una niña o un niño acabe evaluado por su capacidad de responder adecuadamente.
En uno de los escenarios, la madre celebra el éxito de su libro, pero su hija tiene que irse a ver a sus amigos. ¿Cómo tener en cuenta este momento importante sin pedir a la hija que renuncie automáticamente a su noche? La familia lo discute. Alguien propone que hable del libro con sus amigas. La hija responde que a sus amigas les da igual. Es un pequeño momento que me alegra: una respuesta puede parecer delicada, generosa, bien pensada por los demás, y no aguantar ni dos segundos cuando la persona afectada se imagina diciéndola.
Así que siguen buscando. Surge la idea de prever otro momento para celebrar juntos ese éxito. En la escenificación, la madre cuenta que se ha calmado al ver los esfuerzos hechos para tenerla en cuenta. No está solo la respuesta obtenida. Está el hecho de haber asistido a su elaboración, de haber visto a los demás preguntarse cómo la iba a recibir ella.
Y entonces llega esa escena en la que Tom anuncia que quiere ser campeón olímpico de natación. Unos lo animan, otra recuerda que, de todos modos, hay que tener en cuenta su nivel, su madre propone que lo intente. Tom escucha y se da cuenta de algo molesto: incluso los ánimos podrían darle la impresión de que no lo toman en serio. Le dicen que puede conseguirlo, pero quizá solo están siendo amables con él.
La demostración podría haber terminado con una familia que por fin encuentra las palabras adecuadas y un niño perfectamente tranquilizado. Lo que ocurre es más interesante. Tom descubre hasta qué punto su expectativa corre el riesgo de acompañarlo, incluso cuando las respuestas cambian. Empieza a reconocer su creencia en acción.
Eso no resuelve de golpe las situaciones en las que efectivamente se le ha escuchado poco. También habrá que poder hablar de ellas. Pero aparece una duda en una convicción que, hasta entonces, parecía poder explicarlo todo. Quizá la próxima respuesta no sea exactamente la que ya conoce.
Encuentro en esta propuesta la curiosidad por las personas que me había interesado en la entrevista con Stessie sobre su trayectoria como terapeuta. Aporta una herramienta, discute sus límites, modifica su manera de utilizarla. Y deja un lugar a esos momentos en los que lo que responde una persona desplaza un poco lo que estábamos comprendiendo.
En el fondo, creo que lo que más recordaré será a Tom. Aquel de quien se pensaba que no tenía realmente ninguna dificultad, puesto que era alegre. Da ganas de hacerle una pregunta más y de dejarle tiempo para responder.
Ver la demostración de Stessie Fougeroux: el juego de las creencias cruzadas en familia
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