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Esta versión ha sido traducida del francés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

Debate · Formación profesional

La guerra de los psi: ¿quién tiene realmente derecho a tratar?

Desde hace algún tiempo, una guerra de opiniones atraviesa el mundo de la terapia. Enfrenta a dos bandos que, vistos de lejos, parecen irreconciliables. Por un lado, profesionales de la psicología, la psiquiatría y la psicoterapia con reconocimiento oficial, que defienden los títulos protegidos y la seguridad del público. Por otro, profesionales de la psicopráctica, coaches, profesionales de la relación de ayuda o terapeutas con formación en escuelas privadas, que recuerdan que el título no garantiza ni la humanidad, ni la calidad relacional, ni la eficacia terapéutica.

El problema es que ambos bandos tienen parte de razón. Y eso es precisamente lo que hace difícil el debate.

Cuando quienes defienden los títulos protegidos dicen que no se puede dejar que cualquiera reciba a personas vulnerables después de tres fines de semana de formación, plantean una verdadera cuestión de salud pública. Cuando quienes ejercen al margen de la universidad responden que hay profesionales de la psicología con título que muestran frialdad, torpeza o incluso maltrato, tampoco dicen ningún disparate. Muchas personas en terapia han vivido esa experiencia: un título oficial no basta para crear un encuentro terapéutico de calidad.

El debate se vuelve tóxico cuando cada parte toma la peor versión de la otra para representar al conjunto.

Por un lado

«los charlatanes peligrosos»

Por otro

«los psis arrogantes que defienden su territorio»

Esta reducción impide pensar el verdadero tema: ¿qué garantías hay que exigir a toda persona que acompaña el sufrimiento psíquico?

Los títulos protegidos: una protección necesaria, pero insuficiente

En Francia, el título de psicólogo está protegido por la ley del 25 de julio de 1985. Su uso supone titulaciones definidas por reglamento y un registro que permite identificar a la persona profesional. El título de psicoterapeuta también está regulado: supone una inscripción oficial y, según los casos, una formación en psicopatología clínica y unas prácticas. Los textos y las ARS recuerdan, en particular, la exigencia de una formación en psicopatología clínica y de unas prácticas para el uso del título de psicoterapeuta.

Ciertas palabras crean una expectativa de competencia. Cuando una persona consulta por una depresión grave, ideas suicidas, trastornos alimentarios, violencia de pareja, una disociación o un trauma complejo, necesita a alguien capaz de evaluar un riesgo, detectar las señales de alarma, trabajar en red y derivar si la situación excede su campo de competencia.

También hay que distinguir el lugar de la psiquiatría. Quien ejerce la psiquiatría no es simplemente un «psi» más: es especialista en medicina. El diploma de estudios especializados en psiquiatría pretende explícitamente formar especialistas en psiquiatría de adultos, de la infancia y de la adolescencia, con una duración de formación reglamentada. Esta posición médica confiere a la psiquiatría responsabilidades específicas: diagnóstico médico, prescripción, coordinación de cuidados complejos, intervención en ciertas situaciones de crisis o de obligación legal.

El bando reglamentario se apoya también en un argumento deontológico. El código deontológico de la psicología insiste en el respeto de los derechos de la persona, la competencia, la integridad, la prudencia, la confidencialidad y la necesidad de reconocer los límites de la propia intervención. La FFPP recuerda que este código pretende proteger a la vez al público y a la profesión contra los usos indebidos de la psicología.

En un contexto en el que las ofertas de cuidado, bienestar, desarrollo personal y espiritualidad se mezclan con facilidad, esta prudencia es esencial. La Miviludes señala en su informe de actividad 2022-2024 un aumento importante de las denuncias y solicitudes de información, sobre todo en los ámbitos de la salud, el bienestar, la formación y el coaching.

Pero esta defensa de los títulos también tiene sus puntos ciegos.

1

La fetichización del título

Un máster en psicología o un título de medicina no garantizan automáticamente una buena alianza terapéutica, una capacidad para reparar las rupturas relacionales, una postura humilde ni una competencia psicoterapéutica profunda.

2

El riesgo corporativista

Cuando la defensa del marco se vuelve despectiva, puede dar la impresión de que lo que está en juego ya no es la protección del público, sino la defensa de un territorio profesional.

3

La práctica real

La universidad forma en psicología, psicopatología, investigación y evaluación, pero no siempre lo suficiente en la práctica real de una psicoterapia.

La relación terapéutica: indispensable, pero no suficiente

El segundo bando parte de una experiencia difícil de descartar: muchas personas han recibido ayuda de profesionales que no eran ni psicólogos, ni psiquiatras, ni psicoterapeutas en el sentido legal. Algunas personas que ejercen la psicopráctica o la terapia tras formarse en escuelas privadas han cursado formaciones largas, cuentan con supervisión, conocen sus límites y trabajan con seriedad. Meterlas en el mismo saco que perfiles improvisados sería injusto.

Este bando recuerda una verdad clínica fundamental: la terapia no se reduce a un título. Lo que ayuda es también la calidad de presencia, la escucha, la alianza, el acuerdo sobre los objetivos, la confianza, el compromiso de la persona en terapia y la capacidad de quien acompaña para sostener el cambio. En este punto, la investigación es sólida: un metaanálisis de Flückiger y colaboradores muestra que la alianza terapéutica está asociada a los resultados en psicoterapia, más allá de las orientaciones teóricas.

295
estudios independientes en el metaanálisis de Flückiger y colaboradores
30 000
pacientes: la alianza terapéutica está asociada a los resultados, más allá de las orientaciones teóricas

También existen organizaciones privadas que establecen criterios exigentes. La FF2P, por ejemplo, presenta institutos de formación completa en psicoterapia con itinerarios que pueden durar cinco años, e insiste en una práctica profesional ética y deontológica.

El problema es que «sin título» no significa una sola cosa. Puede designar a alguien que ha hecho una formación corta, vende promesas de curación en Instagram e interviene en traumas sin cultura psicopatológica. Pero también puede designar a alguien que se ha formado durante varios años en una escuela seria, que cuenta con supervisión, que no se presenta como psicólogo, que conoce sus límites y que deriva cuando hace falta.

También aquí, este bando tiene sus propios puntos ciegos.

1

El argumento anecdótico

Decir «mi mejor terapeuta no tenía título» puede ser cierto, pero no basta para organizar la protección del público. Una experiencia positiva no demuestra que un sistema sea seguro. Muchas derivas empiezan con una sensación de alivio, de calidez y de intensidad relacional.

2

Relación ≠ competencia

Una relación cálida puede ser de ayuda, pero también puede volverse peligrosa si quien la ofrece no conoce sus límites, lo interpreta todo a través de su método, desaconseja los tratamientos, promete una curación, aísla a la persona o mezcla cuidado, espiritualidad, dinero y dominio.

3

La legibilidad de las formaciones

No todos los sellos valen lo mismo. No todas las escuelas valen lo mismo. Qualiopi, por ejemplo, certifica oficialmente la calidad de las acciones formativas y da acceso a ciertas vías de financiación; eso no significa que el Estado valide el contenido clínico o terapéutico de una formación.

Una escalada simétrica: cada cual defiende su identidad

Desde un punto de vista sistémico, este conflicto se parece a una escalada simétrica. Cada bando defiende algo legítimo, pero cuanto más fuerte lo defiende, más amenaza la identidad del otro.

Quienes ejercen la psicología ven aumentar los perfiles poco formados, las promesas excesivas, los discursos pseudocientíficos y las ofertas difusas. Dan la voz de alarma. Quienes ejercen sin ser psicólogos ven atacadas su vocación, su trayectoria y su legitimidad. Responden que la profesión psicológica es arrogante, corporativista o está encerrada en una lógica de títulos. El discurso de la psicología se endurece. El sistema entra en bucle.

Un camp L’autre camp chaque défense menace l’identité de l’autre
La escalada simétrica: cada parte responde a la otra en el mismo registro, y el sistema entra en bucle.

Ya no es solo un debate sobre la competencia. Es un conflicto de reconocimiento.

Cada bando dice: «Yo protejo a quienes consultan». Pero cada uno acusa al otro de no hacerlo de verdad.

La persona en terapia se convierte entonces en un tercero triangulado. Se habla en su nombre. Se la utiliza como prueba. Un bando moviliza los testimonios de personas salvadas por terapeutas sin título. El otro moviliza los casos de derivas pseudoterapéuticas. Ambas realidades existen. Pero cada una se convierte en un arma contra la otra.

El mecanismo más estéril consiste en comparar lo mejor del propio bando con lo peor del bando contrario. A quien ejerce la psicología con formación, supervisión, ética y competencia se le compara con quien improvisa como coach de trauma. A quien ejerce la psicopráctica tras una larga formación, con humanidad y supervisión, se le compara con quien ejerce la psicología con frialdad, desprecio o de forma dañina. Evidentemente, cada cual gana en el ejemplo que elige.

Salir de la falsa elección

La posición más sólida me parece esta: el título no basta, pero la ausencia de marco es un verdadero problema.

Un título no cura a nadie por sí solo. Pero un título protegido da al público una información verificable: una formación mínima, una inscripción, una responsabilidad, una posibilidad de identificación. La relación terapéutica es central. Pero una relación sin formación, sin supervisión y sin límites puede convertirse en una relación de influencia, o incluso de dominio.

Hay que dejar de preguntarse

«¿Quiénes son los verdaderos terapeutas?»

La mejor pregunta es

«¿Qué garantías mínimas hay que exigir a toda persona que interviene ante el sufrimiento psíquico?»

Podrían distinguirse cuatro categorías.

1

Título protegido, práctica sólida

Profesionales con título protegido, competentes, con supervisión y ética, capaces de cuestionarse: son indispensables.

2

Título protegido, práctica frágil

Profesionales con título protegido pero poco competentes en la relación, sin supervisión, con posturas dogmáticas o defensivas: su título es real, pero no garantiza una buena práctica.

3

Sin título, formación seria

Profesionales sin título protegido pero con una larga formación, transparentes sobre su estatus, con supervisión, con un compromiso deontológico serio y muy competentes en su enfoque terapéutico.

4

Títulos difusos, promesas excesivas

Quienes ejercen con títulos difusos, promesas excesivas y métodos opacos, a veces pseudocientíficos o de tipo gurú: ahí hay un riesgo real.

Para el público, la buena pregunta no es solo: «¿Tiene un título?». Es también:

  • ¿Qué formación ha seguido? ¿Cuántos años? ¿Qué supervisión?
  • ¿Qué método? ¿Qué deontología? ¿Qué reconocimiento oficial o profesional?
  • ¿Trabaja en red con otras profesiones?
  • ¿Sabe decir: esto no es de mi competencia?

Mi opinión

No necesitamos una guerra de los psi. Necesitamos un debate más adulto sobre lo que debemos garantizar a las personas que sufren.

Yo mismo he pasado por varias fases. Al salir de la universidad, estaba convencido de la solidez de mis herramientas. Luego dudé. Tuve la impresión de no saber realmente practicar la terapia. Mi formación en psicoterapia sistémica me aportó después un marco largo, exigente, supervisado, validado por pares, centrado en la práctica real y en la capacidad de pensar las relaciones.

Hubo un momento en que cuestioné gran parte de mi formación universitaria. Después comprendí lo que me había aportado: una cultura psicopatológica, una estructuración del pensamiento, un lenguaje común con la psiquiatría y con las demás profesiones; está bien, pero eso no basta para ejercer bien la terapia. Hoy pienso que la universidad aporta cosas, pero que no evoluciona lo bastante rápido y que no evalúa suficientemente lo que distingue una buena práctica terapéutica. Pienso también que las escuelas privadas pueden ser más ágiles, más cercanas a la práctica y, a veces, más exigentes en cuanto a la postura. Pero sigo convencido de que nadie se improvisa terapeuta.

La terapia exige una trayectoria larga, una ética sólida, supervisión y una capacidad para pensar, actuar con coherencia, reconocer los propios límites y colaborar.

  • El título no basta.
  • La relación no basta.
  • El carisma no basta.
  • La buena voluntad no basta.
Para ir más lejos

Menos espectacular, más protector.

Lo que necesitan las personas en terapia son profesionales con formación, responsabilidad y humanidad, capaces de relación, pero también con la humildad suficiente para decir: «Aquí no sé. Aquí debo derivar. Aquí debo trabajar con otras personas». Probablemente sea menos espectacular que un duelo entre dos bandos. Pero es mucho más protector.

Julien Besse

Cómo citar este artículo

Besse, J. (2026, 13 de junio). La guerre des psys : qui a vraiment le droit de soigner ? Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/fr_FR/articles/la-guerre-des-psys-qui-a-vraiment-le-droit-de-soigner

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