Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Contemporary Family Therapy · Terapia familiar
La supervisión nunca es neutral: junto con las técnicas, transmite normas sobre la familia, el género y la profesionalidad. Reuniendo la teoría crítica de la raza y la teoría queer, este artículo conceptual propone convertir el contrato, la retroalimentación, la coterapia y el trabajo sobre el self terapéutico en lugares donde el poder se nombra y se comparte, y lo ilustra con una viñeta clínica.
Traducción no oficial al español de Decolonizing Supervision: A Critical Race and Queer Theory Framework for Marriage and Family Therapy, de Elizabeth Y. Whittington, publicado en Contemporary Family Therapy (Springer) (2026), doi: 10.1007/s10591-026-09800-3, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las declaraciones de final de artículo se agrupan en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
La persistencia de la inequidad en la supervisión no es accidental: es estructural.
Elizabeth Y. Whittington
Resumen
La supervisión clínica suele describirse como la pedagogía distintiva de la formación en terapia de pareja y familiar (MFT, por sus siglas en inglés): es el contexto principal en el que las personas supervisadas desarrollan su identidad profesional, sus habilidades terapéuticas, su toma de decisiones éticas y sus prácticas relacionales. Dado que la supervisión desempeña un papel central en la manera en que quienes ejercen la terapia se relacionan con su clientela, es esencial examinar críticamente los supuestos que contiene la práctica supervisora. Este artículo conceptual sostiene que la supervisión no es un proceso neutral en cuanto a valores, sino que está moldeada por supuestos teóricos, éticos y epistemológicos que pueden privilegiar la neutralidad, la jerarquía y las normas culturales dominantes. Basándose en la teoría crítica de la raza (CRT, por sus siglas en inglés) y en la teoría queer, el artículo examina cómo la supervisión en los programas de MFT puede reproducir involuntariamente supuestos racializados, heteronormativos y cisnormativos que influyen en las relaciones de supervisión y en el desarrollo de las personas supervisadas. En respuesta, propone un marco de supervisión descolonizadora que reimagina la supervisión como una práctica relacionalmente ética, reflexiva y centrada en la equidad, basada en la transparencia, la colaboración y la rendición de cuentas. Mediante un análisis conceptual y una viñeta ilustrativa, el artículo muestra cómo una supervisión inspirada en la CRT y la teoría queer puede ponerse en práctica a través de la contratación colaborativa, los contrarrelatos, la retroalimentación reflexiva, la coterapia y la observación acompañada (shadowing), así como la defensa activa ejercida por quien supervisa. Se discuten las implicaciones para la formación y la práctica de la supervisión en MFT, junto con líneas de investigación futura que examinen cómo la supervisión descolonizadora influye en el desarrollo de las personas supervisadas, las relaciones de supervisión, la humildad cultural y una práctica clínica relacionalmente sensible.
Palabras clave: supervisión en terapia de pareja y familiar, supervisión descolonizadora, teoría crítica de la raza, teoría queer, ética relacional, formación clínica y supervisión
La supervisión clínica se considera ampliamente la pedagogía distintiva de la formación en terapia de pareja y familiar (MFT). Es el contexto en el que las personas supervisadas se socializan en su identidad profesional, desarrollan sus habilidades terapéuticas e interiorizan prácticas éticas (Lee & Nelson, 2022). Como lugar principal del desarrollo terapéutico, la supervisión determina cómo quienes ejercen la clínica conceptualizan a las personas consultantes, se implican en las relaciones terapéuticas y ponen en práctica los valores profesionales. Aunque la supervisión se reconoce ampliamente como central en ese desarrollo, las relaciones directas entre las prácticas de supervisión y los resultados de la clientela siguen siendo difíciles de aislar, debido a la complejidad metodológica de la investigación sobre supervisión y al carácter multifacético de la psicoterapia. Los resultados recientes de metaanálisis y revisiones sistemáticas sugieren que la relación entre la supervisión y los resultados de la psicoterapia es modesta y está influida por la variabilidad de las prácticas de supervisión, el diseño de los estudios y los numerosos factores contextuales que contribuyen al cambio de las personas consultantes (Keum & Wang, 2021; Schreyer et al., 2025). Lejos de restar importancia a la supervisión, estos resultados subrayan la necesidad de comprender mejor cómo la supervisión moldea la identidad profesional, las prácticas relacionales, la toma de decisiones éticas y la sensibilidad cultural de quienes ejercen la terapia.
Puesto que la supervisión moldea la identidad profesional y las prácticas relacionales de quienes ejercen la terapia, es esencial examinar críticamente los supuestos que contienen las relaciones de supervisión. La supervisión no puede entenderse como una práctica neutral en cuanto a valores. Como se ha observado desde las teorías tanto críticas como posmodernas, la supervisión refleja marcos culturales, institucionales y normativos más amplios que configuran los supuestos que adoptan las personas supervisadas (Haug & Storm, 2014). Estos supuestos determinan cómo se definen y evalúan la competencia, la profesionalidad y la práctica ética, y a menudo privilegian las formas dominantes de conocimiento mientras marginan otras perspectivas y experiencias vividas. Las prácticas de supervisión pueden, por tanto, reproducir ideales heteronormativos y cisnormativos de la familia y de la salud relacional, junto con normas racializadas que privilegian la blanquitud y marginan las experiencias vividas de las personas supervisadas y consultantes racializadas (Cherry, 2021; Holmes & Glass, 2024). Cuando estas dinámicas no se examinan, la supervisión corre el riesgo de reforzar sistemas de exclusión en lugar de fomentar la conciencia crítica, la humildad cultural, la reflexividad ética y la rendición de cuentas relacional necesarias para preparar a las personas supervisadas para ofrecer una atención equitativa y que afirme las identidades.
La teoría crítica de la raza (CRT) ofrece un marco para interrogar cómo operan el racismo y las dinámicas de poder racializadas no solo en la sociedad, sino también en la formación profesional y en las relaciones de supervisión (Crenshaw, 1991; Holmes & Glass, 2024). Conceptos clave como los contrarrelatos, la convergencia de intereses y la crítica de la «neutralidad» ponen de relieve cómo la supervisión puede silenciar las voces marginadas mientras refuerza los relatos dominantes (Crenshaw, 1991; Holmes & Glass, 2024). La teoría queer, por su parte, critica la normalización de la heterosexualidad y de las categorías binarias de género (Tilsen, 2021). Al cuestionar el supuesto de neutralidad y deconstruir los supuestos normativos, la teoría queer desestabiliza los modelos de familia, sexualidad y relacionalidad que se dan por sentados y que a menudo guían las evaluaciones de supervisión y la formulación de los casos (Hawkins & Neves, 2025; Tilsen, 2021). Juntas, la CRT y la teoría queer proporcionan un marco descolonizador que desenmascara la reproducción cultural e institucional de las normas dominantes en la supervisión y, a la vez, propone prácticas alternativas que afirman las identidades marginadas.
La importancia de esta conceptualización reside en replantear la supervisión como un lugar de responsabilidad relacional y ética. En lugar de evaluar la supervisión únicamente por sus efectos directos en los resultados de la clientela, su valor puede comprenderse mejor por su capacidad para cultivar en las personas supervisadas la conciencia crítica, la humildad cultural, la reflexividad ética y la rendición de cuentas relacional, cualidades que trasladan después a su trabajo con las personas consultantes. Un enfoque descolonizador de la supervisión se apoya en esta comprensión y desplaza el foco de la neutralidad hacia la ética relacional, poniendo el acento en la transparencia, la reflexividad, la responsabilidad compartida y la sensibilidad cultural dentro de la relación de supervisión (Finlay, 2019). En este marco, a quienes supervisan no solo se les pide evaluar la competencia, sino también coconstruir procesos de supervisión que sitúen en el centro las voces marginadas, interroguen las estructuras institucionales y encarnen la equidad como postura ética. En este artículo, la descolonización no remite únicamente a la descolonización política histórica, sino al examen y la ruptura continuos de las lógicas coloniales inscritas en los saberes, las relaciones y las prácticas institucionales de la profesión. En consonancia con Mullan (2023), descolonizar la supervisión implica interrogar los supuestos de neutralidad, objetividad, jerarquía y profesionalidad normativa, creando deliberadamente relaciones de supervisión caracterizadas por la reflexividad, la transparencia, el poder compartido y la rendición de cuentas.
El propósito de este artículo conceptual es examinar cómo las prácticas de supervisión en los programas de MFT pueden reproducir supuestos heteronormativos, cisnormativos y racializados, y proponer un marco de supervisión descolonizadora inspirado en la teoría crítica de la raza (CRT) y la teoría queer. En lugar de presentar la supervisión descolonizadora como una solución al antiguo reto de demostrar resultados directos en la clientela, este artículo sostiene que, puesto que la supervisión moldea la identidad profesional, las prácticas relacionales y la toma de decisiones éticas de quienes ejercen la terapia, es esencial examinar críticamente los supuestos epistemológicos que contienen las relaciones de supervisión. La CRT y la teoría queer proporcionan marcos complementarios para reimaginar la supervisión como una práctica relacional, reflexiva y centrada en la equidad, que prepara a las personas supervisadas para relacionarse con su clientela con mayor conciencia crítica, humildad cultural, reflexividad ética y rendición de cuentas relacional.
La supervisión en terapia de pareja y familiar (MFT) se desarrolló en contextos sociopolíticos más amplios, en gran medida eurocéntricos, heteronormativos y jerárquicos. En consecuencia, muchos supuestos presentes en las tradiciones supervisoras y terapéuticas reflejaban las normas culturales dominantes de su momento histórico. Aunque las contribuciones fundacionales de las primeras figuras teóricas de la terapia familiar transformaron el campo, muchos modelos influyentes —en particular los enfoques estructurales e intergeneracionales— se elaboraron en contextos culturales occidentales más amplios y reflejaban, en distintos grados, supuestos sobre la organización de la familia nuclear, los roles de género y el funcionamiento familiar normativo (Bowen, 1978; Minuchin, 1974). Al mismo tiempo, no todas las tradiciones fundacionales de la terapia familiar adoptaron supuestos normativos en la misma medida. Las tradiciones orientadas al proceso y cibernéticas, desde la obra de Bateson hasta las contribuciones reflexivas y relacionales de Tomm, pusieron el acento en la interacción recursiva, la reflexividad y la comprensión contextual, en lugar de prescribir modelos normativos de funcionamiento familiar sano (Tomm, 1987; Tomm, 2014). Estas tradiciones ofrecen fundamentos conceptuales importantes que resuenan con los enfoques relacionales, colaborativos y sistémicos contemporáneos de la supervisión. Las tradiciones estructurales e intergeneracionales, más normativas, influyeron no obstante en la manera de conceptualizar las relaciones y el funcionamiento familiar «sanos» y, posteriormente, en la manera de formar a quienes supervisan para evaluar la práctica clínica. En muchas tradiciones de supervisión, los supuestos modernistas y positivistas presentaban la supervisión como un proceso de transmisión de conocimiento objetivo de la persona experta a la novata. Esta postura epistemológica privilegiaba a menudo la neutralidad, el dominio técnico y la autoridad profesional por encima de la sensibilidad relacional, cultural y contextual (Rober, 2016).
Las críticas posmodernas han cuestionado esta noción de neutralidad, argumentando que la supervisión no está libre de valores, sino que se construye socialmente a través del discurso y del poder (Ungar, 2006). Sin embargo, pese a estos cambios teóricos, la supervisión en muchos programas de MFT sigue reproduciendo estructuras jerárquicas que limitan la inclusión de perspectivas no occidentales y marginadas. Tales prácticas corren el riesgo de reproducir sistemas de privilegio en lugar de formar profesionales de la clínica con capacidad reflexiva y sensibilidad relacional (Almeida & Tubbs, 2020).
La supervisión refleja también las estructuras de poder políticas e institucionales que rigen la formación en salud mental. Los organismos de acreditación y los consejos de habilitación profesional, aunque necesarios para garantizar la rendición de cuentas, reproducen a menudo ideologías dominantes bajo la apariencia de la estandarización (Todd & Storm, 2014). Aunque la formación en MFT ha logrado avances importantes en educación multicultural, humildad cultural e interseccionalidad en las dos últimas décadas, diversas investigaciones siguen sosteniendo que los supuestos occidentales blancos, heteronormativos e individualistas permanecen a menudo inscritos en los planes de estudio y en las normas profesionales (Hawkins & Neves, 2025; Holmes & Glass, 2024; McDowell & Jeris, 2004). El resultado es una cultura profesional que confunde competencia con conformidad y sitúa a las personas supervisadas racializadas y a quienes tienen identidades queer o no binarias en posiciones precarias de legitimidad (Holmes & Glass, 2024).
Las ideologías religiosas y morales han reforzado históricamente estas normas. Las concepciones de la familia, el género y la moral de influencia cristiana moldearon sutilmente las primeras prácticas de terapia familiar y de supervisión, inscribiendo en ellas supuestos sobre lo que constituye la salud relacional y el comportamiento ético (McGeorge et al., 2014). La teoría queer llama la atención sobre cómo estos marcos morales siguen configurando lo que se considera «apropiado» en la supervisión, en particular en las conversaciones sobre identidad, sexualidad y conceptualización de las personas consultantes (Tilsen, 2021). Descolonizar la supervisión exige interrogar estos vestigios morales y culturales y reconstruir los espacios de supervisión como lugares de aprendizaje inclusivos y afirmativos.
Desde una perspectiva ecosistémica, la supervisión existe dentro de sistemas anidados: personales, institucionales y socioculturales (Bronfenbrenner, 1994). Las estructuras universitarias, las políticas de los servicios y los movimientos sociopolíticos influyen cada uno en la relación de supervisión. La pandemia de COVID-19 y los levantamientos por la justicia racial de 2020 pusieron de manifiesto la fragilidad y la inequidad de estos sistemas, y suscitaron nuevos llamamientos a una supervisión culturalmente sensible y orientada a la justicia (American Association for Marriage and Family Therapy (AAMFT), 2022; Holmes & Glass, 2024). Estos acontecimientos mostraron cómo la opresión sistémica —arraigada en la raza, el género y la clase— impregna no solo la terapia, sino también los espacios de formación destinados a preparar a las futuras generaciones de terapeutas (Mullan, 2023).
Los estudios empíricos confirman esta inequidad. Las personas supervisadas a menudo se callan sus inquietudes relacionadas con la identidad cuando la supervisión les parece insegura o invalidante (Ertl et al., 2023). Quienes supervisan pueden perpetuar involuntariamente microagresiones o no reconocer las dinámicas de poder racializadas y de género dentro de la alianza de supervisión (Hook et al., 2017). El antiguo ideal de neutralidad sirve a menudo para ocultar estas inequidades, privilegiando la blanquitud y la normatividad bajo la apariencia de la objetividad (Crenshaw, 1991).
La persistencia de la inequidad en la supervisión no es accidental: es estructural. La CRT y la teoría queer ofrecen juntas marcos para comprender y transformar estas dinámicas. La CRT pone en primer plano el racismo sistémico, los contrarrelatos y el reconocimiento de que la neutralidad protege a menudo el privilegio (Delgado & Stefancic, 2017). La práctica de los contrarrelatos consiste en compartir y legitimar relatos que cuestionan los supuestos dominantes y muestran cómo los sistemas de poder configuran las experiencias vividas (Delgado & Stefancic, 2017). La teoría queer completa esta mirada interrogando los supuestos hetero y cisnormativos que regulan tanto la conceptualización de las personas consultantes como la expresión de la identidad de las personas supervisadas (Hawkins & Neves, 2025; Tilsen, 2021). Juntos, estos marcos proporcionan un enfoque descolonizador que cuestiona la jerarquía, afirma la existencia de múltiples verdades y sitúa la supervisión como una práctica relacionalmente ética de rendición de cuentas y de justicia.
El problema central va, por tanto, más allá de las dificultades metodológicas asociadas a la demostración de la influencia directa de la supervisión en los resultados de la clientela. Más fundamentalmente, la supervisión, tal como se ha estructurado históricamente, ha perpetuado epistemologías excluyentes que privilegian la neutralidad, la jerarquía y los supuestos culturales dominantes, mientras silencian formas marginadas de conocer y de ser (McDowell & Jeris, 2004; Rober, 2016; Unger, 2006). La supervisión puede perpetuar a veces epistemologías excluyentes que silencian la diferencia y normalizan la dominación. Un modelo descolonizado de supervisión —basado en la CRT y la teoría queer— reimagina esta relación como un lugar de transformación, donde quienes supervisan y quienes reciben supervisión cultivan juntos la conciencia crítica, la humildad cultural, la reflexividad ética y la rendición de cuentas relacional. Un enfoque así alinea la supervisión con su finalidad última: favorecer una atención equitativa y el bienestar relacional de todas las personas consultantes y de todas las comunidades.
La teoría crítica de la raza (CRT) y la teoría queer funcionan como marcos que se entrecruzan y que iluminan cómo el poder, el privilegio y la identidad convergen en las relaciones de supervisión. Ambas teorías muestran cómo los modelos tradicionales de supervisión —a menudo basados en supuestos de neutralidad, jerarquía y universalidad— reproducen sistemas de dominación bajo la apariencia de la «objetividad» profesional (Crenshaw, 1991; Tilsen, 2021). Aplicar la CRT y la teoría queer a la supervisión exige dejar de verla como un proceso lineal y evaluativo para entenderla como una práctica dialógica y relacionalmente ética que deconstruye las normas opresivas y cocrea significados inclusivos.
La CRT pone en primer plano el papel del racismo sistémico y de la inequidad estructural en la configuración de las relaciones profesionales (Crenshaw, 1991). Principios fundamentales como los contrarrelatos y la crítica de la ceguera al color piden a quienes supervisan que nombren cómo la raza y el poder intervienen tanto en el proceso de supervisión como en el terapéutico (Delgado & Stefancic, 2017; Holmes & Glass, 2024). En lugar de tratar los relatos dominantes como objetivos o universales, los contrarrelatos ponen en primer plano las voces y las experiencias de las personas históricamente marginadas, lo que crea oportunidades para interrogar supuestos que se dan por sentados y reimaginar formas más equitativas de comprender a las personas, las familias y las relaciones. En la supervisión, los contrarrelatos ofrecen a quienes supervisan y a quienes reciben supervisión un medio para examinar críticamente cómo las normas profesionales, los supuestos culturales y las prácticas institucionales influyen en el trabajo clínico. La teoría queer completa este enfoque interrogando la heteronormatividad y las construcciones binarias del género y de la identidad que a menudo definen lo que se considera «profesional», «ético» o «competente» en la formación en MFT (Hawkins & Neves, 2025; Tilsen, 2021). Juntos, estos marcos revelan que los sistemas destinados a formar profesionales de la clínica comprometidos con la equidad reproducen a menudo relatos excluyentes, y ofrecen herramientas conceptuales para cuestionar y reimaginar la supervisión como una praxis descolonizadora.
Aplicadas conjuntamente, la CRT y la teoría queer deconstruyen los supuestos de neutralidad que han persistido en muchas tradiciones de supervisión, al reubicar la supervisión como un acto cultural y político. Se anima a quienes supervisan y a quienes reciben supervisión a pasar del silencio sobre la diferencia a la reflexividad crítica, reconociendo cómo la blanquitud, la cisnormatividad y la heteronormatividad orientan sus interpretaciones de las personas consultantes, de la ética y de los objetivos clínicos. Este doble marco invita a quienes supervisan a ejercer el poder con transparencia, a acoger los contrarrelatos y a cocrear espacios donde la diferencia no solo se tolere, sino que se sitúe en el centro como fuente de sabiduría y de transformación (Finlay, 2019; McDowell & Jeris, 2004). Aunque los enfoques posmodernos, colaborativos, feministas y relacionales llevan mucho tiempo cuestionando el saber experto, la jerarquía y la neutralidad terapéutica, la CRT y la teoría queer prolongan estas tradiciones al situar explícitamente en el centro el poder estructural, la raza, la colonialidad, el género, la sexualidad y los sistemas de opresión que se entrecruzan (Caldwell et al., 1997). Lejos de sustituir estas tradiciones, la CRT y la teoría queer profundizan su crítica al hacer visibles las condiciones sociopolíticas en las que se desarrollan las relaciones de supervisión y terapéuticas.
El marco de supervisión descolonizadora propuesto en este artículo se apoya en los enfoques de supervisión relacionales, sistémicos, posmodernos, feministas y multiculturales existentes, en lugar de sustituirlos. Muchas de estas tradiciones llevan tiempo cuestionando las relaciones jerárquicas, poniendo el acento en la colaboración y cuestionando los supuestos de neutralidad terapéutica. La CRT y la teoría queer prolongan estas contribuciones al situar en el centro de la reflexión de supervisión los sistemas de raza, colonialidad, género, sexualidad y las formas de opresión que se entrecruzan. Así, la aportación de este marco no consiste en rechazar las tradiciones existentes de supervisión relacional, sino en ofrecer un análisis más explícito del poder y de la posición social dentro de las relaciones de supervisión.
La supervisión refleja desde hace tiempo el principio de que quienes supervisan suelen recurrir a las mismas orientaciones teóricas, los mismos supuestos relacionales y las mismas prácticas terapéuticas que guían su trabajo clínico (Lee & Nelson, 2022; Todd & Storm, 2014). Quienes practican la terapia narrativa abordan a menudo la supervisión mediante la construcción colaborativa de significado; la supervisión feminista presta una atención deliberada al poder y a la reciprocidad, y la supervisión posmoderna y socioconstruccionista pone el acento en el diálogo, la reflexividad y la coconstrucción del conocimiento (Prouty et al., 2001; Rober, 2016; Ungar, 2006). Por consiguiente, muchas personas que supervisan en terapia de pareja y familiar quizá pongan ya en práctica formas de supervisión coherentes con aspectos de la teoría crítica de la raza (CRT) y de la teoría queer, aunque no describan explícitamente su supervisión como descolonizadora.
Reconocer estas zonas de solapamiento teórico evita crear una distinción artificial entre supervisión «tradicional» y supervisión «descolonizadora». Lejos de rechazar los enfoques de supervisión existentes, la CRT y la teoría queer aportan un lenguaje conceptual y una coherencia teórica para prolongar la supervisión relacional, colaborativa, feminista, multicultural y sistémica, haciendo más explícitas en las conversaciones de supervisión las cuestiones de poder, raza, género, sexualidad e identidades que se entrecruzan (Crenshaw, 1991; Delgado & Stefancic, 2017; Hawkins & Neves, 2025; Tilsen, 2021). De este modo, la supervisión descolonizadora se apoya en muchas de las fortalezas ya presentes en las tradiciones sistémicas y posmodernas, a la vez que invita a quienes supervisan a comprometerse de forma más deliberada con la reflexividad crítica, la humildad cultural y la rendición de cuentas relacional (Lee & Nelson, 2022; McDowell & Jeris, 2004).
Ante el problema identificado anteriormente —a saber, que la supervisión ha reflejado históricamente supuestos epistemológicos de neutralidad, jerarquía y profesionalidad que pueden reproducir prácticas excluyentes—, la teoría crítica de la raza (CRT) y la teoría queer ofrecen marcos complementarios para examinar y transformar esos supuestos. Aunque muchos enfoques de supervisión han incorporado cada vez más perspectivas multiculturales y relacionales, la sensibilidad y la humildad culturales se han tratado a menudo como una habilidad clínica añadida y no como una orientación sistémica y relacional, de modo que las estructuras más amplias de poder, privilegio y opresión no se han examinado lo suficiente (Lee & Nelson, 2022; McDowell & Jeris, 2004). La CRT replantea esta cuestión subrayando el carácter estructural de la inequidad, mientras que la teoría queer extiende esta crítica al género, la sexualidad y las normas relacionales inscritas en la evaluación de supervisión (Delgado & Stefancic, 2017; Tilsen, 2021).
Al integrar estas teorías, se invita a quienes supervisan a ir más allá de las listas de verificación de competencias, hacia una práctica de conciencia crítica, humildad cultural, reflexividad ética y rendición de cuentas relacional. En este marco, el éxito de la supervisión no se mide solo por el desempeño de la persona supervisada, sino por su capacidad para cultivar la conciencia crítica, la reflexividad ética, la rendición de cuentas relacional y una práctica clínica que afirme las identidades. Estas cualidades preparan a las personas supervisadas para relacionarse con su clientela con mayor sensibilidad cultural y conciencia relacional, sin perder de vista las fuerzas sistémicas que configuran el trabajo terapéutico. Este marco ofrece además una base conceptual para futuras investigaciones empíricas que examinen cómo la supervisión descolonizadora influye en el desarrollo de las personas supervisadas, en las relaciones de supervisión y en la implicación relacional de quienes ejercen la terapia con su clientela, reconociendo a la vez que las relaciones directas entre supervisión y resultados de la clientela siguen siendo metodológicamente difíciles de establecer (Keum & Wang, 2021; Schreyer et al., 2025).
Inspirándose en Prouty et al. (2001), un modelo de supervisión basado en la CRT y la teoría queer puede ponerse en práctica mediante un proceso que reproduce las prácticas colaborativas y atentas al poder de la supervisión feminista, ampliándolas para incluir una atención explícita a la raza, el género, la sexualidad y la opresión sistémica. En este enfoque, la supervisión se convierte en una alianza relacional y reflexiva más que en una jerarquía evaluativa.
El contrato de supervisión constituye un lugar fundacional de poder compartido y de rendición de cuentas explícita. En lugar de funcionar como un documento estático que detalla aspectos logísticos o listas de competencias, el contrato es un acuerdo vivo que hace visibles las cuestiones de posicionalidad, privilegio y marginación. Quien supervisa y quien recibe supervisión conversan juntos sobre cómo sus identidades entrecruzadas podrían influir en la comunicación, la confianza y la vulnerabilidad dentro de la relación de supervisión. Al hacerlo, quien supervisa encarna el compromiso de la CRT de hacer visibles las estructuras de poder y el llamamiento de la teoría queer a desestabilizar los supuestos normativos sobre la profesionalidad y la autoridad (Delgado & Stefancic, 2017; Tilsen, 2021). Por ejemplo, durante la fase de contratación, ambas partes pueden conversar sobre qué identidades son las más destacadas o las más invisibles en la supervisión y sobre cómo manejar esas dinámicas si surgen tensiones o malentendidos. Mediante este proceso, el contrato de supervisión se convierte en una herramienta para cultivar la ética relacional, transformando el poder en responsabilidad compartida y aprendizaje mutuo (Finlay, 2019).
En este modelo descolonizador, las sesiones de supervisión se basan en el diálogo, la transparencia y la inclusión deliberada de contrarrelatos. Guiadas por el énfasis de la CRT en los contrarrelatos y por la atención de la teoría queer a la deconstrucción, las sesiones de supervisión animan a las personas supervisadas a analizar cómo su posición social influye en su percepción de las personas consultantes y de los dilemas clínicos. Quien supervisa invita a la persona supervisada a explorar cómo la blanquitud, la heteronormatividad y otras formas de privilegio se manifiestan en la conceptualización de los casos y en la toma de decisiones terapéuticas. Por ejemplo, al hablar de un caso de una persona consultante queer y racializada, quien supervisa puede suscitar la reflexión con preguntas como «¿Qué historia se sitúa en el centro de esta formulación?» o «¿Qué significados alternativos podría revelar una lectura decolonial o queer del relato de esta persona?» Estas preguntas reflexivas alejan la supervisión de la evaluación técnica y la orientan hacia la construcción crítica de significado, creando un espacio donde se valoran múltiples perspectivas y se comparte el poder. Este enfoque reproduce los métodos colaborativos que Prouty et al. (2001) describieron en la supervisión feminista, pero los amplía para incorporar la conciencia interseccional y la crítica sociohistórica.
En la supervisión descolonizadora, la retroalimentación va más allá del binarismo entre comportamiento clínico correcto e incorrecto. Se concibe, en cambio, como mutua, continua y explícitamente reflexiva. Quien supervisa es transparente sobre su propia posicionalidad e invita activamente a criticar sus puntos ciegos, encarnando la humildad como forma de práctica ética. Cuando una persona supervisada plantea cuestiones de raza, cultura o sexualidad, quien supervisa no se refugia en la neutralidad, sino que reflexiona con ella sobre cómo las fuerzas sistémicas configuran las interpretaciones de ambas partes. Esta dinámica refuerza la seguridad psicológica y valida las experiencias de la persona supervisada, a la vez que muestra cómo sostener la incomodidad y la complejidad en las relaciones terapéuticas. De este modo, la retroalimentación se convierte en una forma de justicia relacional: un intercambio basado en la rendición de cuentas más que en la autoridad (Hook et al., 2017).
Además de la retroalimentación dialógica y las preguntas reflexivas, un marco de supervisión descolonizadora puede incorporar la coterapia y la observación acompañada (shadowing) como formas de aprendizaje encarnado y relacional. Para las personas supervisadas que se inician, observar a quien les supervisa conducir una terapia —ya sea mediante observación en directo, sesiones grabadas o coterapia— crea un puente experiencial entre teoría y práctica. Cuando se basan en la teoría crítica de la raza (CRT) y la teoría queer, estas experiencias van más allá de mostrar intervenciones clínicas: se convierten en oportunidades para hacer visible cómo la identidad, la posicionalidad y la relación con el poder de quien hace terapia configuran las decisiones terapéuticas y las interacciones con las personas consultantes. Quienes supervisan explicitan deliberadamente cómo la identidad social, las inequidades sistémicas y los factores contextuales orientan sus decisiones clínicas, e invitan a las personas supervisadas a mirar el trabajo terapéutico a través de una lente relacional y sociopolítica, y no de una supuesta neutralidad (Finlay, 2019; McDowell & Jeris, 2004).
Igual de importante es que quienes supervisan observen las sesiones conducidas por las personas supervisadas, no solo para evaluar sus habilidades clínicas, sino también para atender a las dinámicas relacionales y sociopolíticas que surgen entre terapeuta y persona consultante. Tras la observación, ambas partes reflexionan juntas sobre los momentos en que cuestiones de raza, género, sexualidad, cultura u otras identidades entrecruzadas pueden haber influido en la interacción terapéutica. En lugar de dar por sentado cómo deberían abordarse esos momentos, quien supervisa facilita un diálogo crítico que ayuda a la persona supervisada a considerar cómo el poder, la identidad y el contexto configuraron la interacción y si esas dinámicas merecen una exploración más profunda en las siguientes sesiones con la persona consultante. Mediante este proceso colaborativo, quien supervisa encarna la defensa activa al nombrar las influencias sistémicas, al ayudar a la persona supervisada a dar sentido a sus experiencias y al fomentar una implicación reflexiva y culturalmente sensible cuando es clínicamente oportuno. De este modo, la defensa activa se convierte en un componente integral de la supervisión y no en una responsabilidad periférica, y cultiva en las personas supervisadas la conciencia crítica, la reflexividad ética y la rendición de cuentas relacional, preparándolas para relacionarse con su clientela con mayor humildad cultural y cuidado relacional.
Para ilustrar cómo puede desplegarse en la práctica un marco de supervisión basado en la CRT y la teoría queer, consideremos el caso de Evan, un supervisado blanco, cisgénero y heterosexual que cursa su primer semestre de prácticas. A Evan se le ha asignado la supervisión de Jordan, una persona negra y queer, con doctorado y más de diez años de experiencia clínica con clientela LGBTQ+ y con familias racializadas. Como parte de su formación, Evan participa en una experiencia de observación acompañada en la que observa a Jordan conducir una terapia con Shara y Malik, una pareja multirracial que atraviesa un conflicto en torno a las expectativas de la familia extensa y los roles de género.
A medida que avanza la sesión, Evan observa cómo Jordan cuestiona con delicadeza los supuestos de Malik sobre la masculinidad y la expresión emocional, al tiempo que valida la presión cultural que Malik siente por parte de su familia de origen. A Evan le impresiona la fluidez con la que Jordan nombra las dinámicas racializadas y de género, algo que Evan se da cuenta de que ha evitado habitualmente en sus propias conceptualizaciones por miedo a «empeorar las cosas». Después de la sesión, Evan reconoce que le sorprendió lo directamente que se abordaron la identidad y el poder, y cómo eso pareció profundizar la implicación de la pareja en lugar de desviarla.
En la supervisión, más adelante esa misma semana, Jordan invita a Evan a reflexionar sobre lo que observó a través de la lente de la posicionalidad. Evan cuenta que había supuesto que hablar explícitamente de raza o de género sería intrusivo, y que le preocupaba no «tener derecho» a nombrar dinámicas que él no vivía. Jordan aprovecha este momento para mostrar la reflexividad crítica, explicando cómo la blanquitud y la heteronormatividad pueden moldear el sentido de lo «apropiado» en quien hace terapia, lo que a menudo desemboca en un silencio que refuerza involuntariamente dinámicas opresivas. Juntos exploran cómo la posición social de Evan influye en su incomodidad y cómo la evitación —y no la neutralidad— puede cerrar oportunidades de reparación relacional y de una comprensión más profunda.
Jordan revisa después un fragmento de una sesión reciente de Evan con una pareja de lesbianas negras. Evan expresa sus dudas sobre si manejó correctamente un momento en el que una de ellas contó que se había sentido desestimada por el personal sanitario a causa tanto de su sexualidad como de su raza. Jordan se fija en que Evan respondió con empatía, pero no reconoció la dimensión racial de la experiencia de la clienta. Mientras comentan la sesión, Evan duda antes de preguntar si quienes supervisan también pueden pasar por alto aspectos de las experiencias de las personas consultantes debido a sus propios supuestos o a su experiencia vivida. Lejos de ponerse a la defensiva, Jordan acoge la pregunta y reconoce que quienes supervisan son igual de susceptibles a los puntos ciegos y que la supervisión descolonizadora exige un autoexamen continuo, sea cual sea la experiencia o la posición social. Jordan recuerda ocasiones en que sus propios supuestos tuvieron que revisarse gracias a conversaciones con personas supervisadas y subraya que la supervisión es un proceso colaborativo en el que ambas partes permanecen abiertas a aprender y a dejarse transformar por el diálogo.
Tomando la experiencia de observación como punto de partida, Jordan y Evan identifican juntos estrategias concretas de contrarrelato y de implicación ética. Hablan de cómo Evan podría volver a la siguiente sesión y nombrar directamente su vacilación anterior, por ejemplo diciendo: «Después de nuestra última sesión me di cuenta de que me centré en el impacto emocional de esa experiencia, pero no reconocí cómo la raza pudo influir en ella. Quería volver sobre eso y abrir un espacio para cualquier cosa que quieran compartir».
También formulan preguntas basadas en el énfasis de la CRT en los contrarrelatos y en el cuestionamiento de los supuestos normativos propio de la teoría queer, como: «¿Cómo cree que sus identidades racial y sexual influyeron en la manera en que la trataron en ese entorno médico?» o «¿Qué historias sobre su cuerpo o su identidad siente que instituciones como la sanitaria suelen entender mal?» Jordan subraya que estas preguntas no buscan extraer información, sino señalar rendición de cuentas, humildad y disposición a acoger experiencias que históricamente se han minimizado o ignorado. Evan sale de la supervisión con una comprensión más clara de que los contrarrelatos no se facilitan con un lenguaje perfecto, sino reconociendo con transparencia el poder, reparando los momentos fallidos e invitando explícitamente a las personas consultantes a ser autoras de sus propios significados.
Esta viñeta ilustra también que la supervisión descolonizadora no es un proceso unidireccional en el que quien supervisa se limita a transmitir conocimientos a la persona supervisada. Exige, por el contrario, que quien supervisa mantenga la apertura necesaria para examinar sus propios supuestos, acoja el desacuerdo respetuoso y deje que las conversaciones de supervisión transformen su propia comprensión. Así, la reflexividad se vuelve recíproca y sitúa la supervisión como un proceso colaborativo de aprendizaje mutuo más que de corrección experta. Esta viñeta ofrece un ejemplo de cómo un marco de supervisión descolonizadora va más allá de los compromisos abstractos con la equidad y se traduce en acción relacional. Combinando la observación acompañada, la supervisión reflexiva y una planificación concreta, quien supervisa ayuda a la persona supervisada a traducir la conciencia crítica en práctica clínica, a la vez que encarna la humildad y la apertura necesarias para examinar continuamente los propios supuestos. De este modo, la supervisión se convierte en un lugar donde se interrumpe el silencio, se acogen los contrarrelatos y se pone en acto la ética relacional. Conceptualmente, estas prácticas de supervisión sugieren una vía por la que la supervisión descolonizadora podría fortalecer el desarrollo de las personas supervisadas, fomentando la conciencia crítica, la humildad cultural, la reflexividad ética y la rendición de cuentas relacional. A su vez, estas cualidades podrían influir en la manera en que quienes ejercen la terapia se relacionan con su clientela y gestionan las relaciones terapéuticas de forma culturalmente sensible y afirmativa de las identidades.
En este modelo se transforma también el trabajo sobre el self terapéutico y el self de quien supervisa. La CRT y la teoría queer subrayan la autorreflexividad como medio para sacar a la luz los sesgos interiorizados y las dinámicas de poder. Quienes supervisan realizan ejercicios estructurados de autorreflexión, como declaraciones de posicionalidad o mapas de identidad, que luego comentan de forma colaborativa con las personas supervisadas para normalizar la vulnerabilidad y el autoexamen. En lugar de mantener una postura profesional distante, quien supervisa encarna la transparencia reconociendo cómo su propia raza, su género, su sexualidad o su origen de clase influyen en su postura de supervisión. Esta puesta en acto del modelado feminista (Prouty et al., 2001) demuestra que el poder puede ejercerse éticamente para empoderar a otras personas. A su vez, se anima a las personas supervisadas a abordar la contratransferencia y las reacciones emocionales no como signos de debilidad, sino como oportunidades de comprensión crítica de las fuerzas sistémicas que afectan a las relaciones con las personas consultantes.
En este marco, la toma de decisiones se guía por el diálogo participativo y no por el decreto jerárquico. Quien supervisa y quien recibe supervisión analizan juntos los dilemas éticos y las decisiones sobre los casos desde una lógica de «a la vez/y», equilibrando la orientación evolutiva con la conciencia de cómo el poder institucional y los sesgos culturales influyen en las decisiones. Por ejemplo, quien supervisa puede ayudar a la persona supervisada a sopesar la preocupación por la confidencialidad de la persona consultante frente a las obligaciones de seguridad, examinando a la vez cómo los sesgos racializados o de género podrían influir en la evaluación del riesgo. Este proceso colaborativo pone en práctica la ética relacional al dar prioridad a la equidad y al contexto sobre la adhesión rígida a las normas. A través de estas conversaciones, las personas supervisadas adquieren no solo competencia técnica, sino también conciencia crítica: la capacidad de reconocer, nombrar y responder éticamente a la inequidad en los contextos clínicos y de supervisión (McDowell, 2004).
A medida que quienes supervisan y quienes reciben supervisión se implican en estas prácticas, la relación de supervisión se convierte en un microcosmos de transformación sistémica. La competencia se redefine no como dominio de modelos, sino como capacidad para sostener la complejidad, cuestionar las normas y relacionarse con la diferencia. Con el tiempo, las personas supervisadas formadas en este marco desarrollan la reflexividad y la humildad necesarias para trasladar esta ética relacional a la atención de su clientela. Aunque las relaciones directas entre supervisión y resultados de la clientela siguen siendo difíciles de establecer debido a la complejidad de la investigación en psicoterapia (Keum & Wang, 2021; Schreyer et al., 2025), un marco de supervisión descolonizadora ofrece una base conceptual para futuras investigaciones que examinen cómo las prácticas de supervisión inspiradas en la CRT y la teoría queer configuran el desarrollo de las personas supervisadas, la reflexividad ética, la humildad cultural y una práctica clínica relacionalmente sensible. En última instancia, poner en práctica la supervisión descolonizadora exige a la vez un cambio institucional y valentía individual, y sitúa la supervisión como una práctica de liberación que forma terapeutas capaces de abordar su trabajo con conciencia crítica, humildad cultural y rendición de cuentas relacional.
Conceptualmente, aplicar la CRT y la teoría queer a la supervisión la replantea, de mecanismo evaluativo, como un proceso relacional transformador. El siguiente reto, sin embargo, consiste en operacionalizar este marco para la investigación. Los estudios empíricos podrían examinar cómo la supervisión inspirada en la CRT y la teoría queer influye en el desarrollo de las personas supervisadas, incluidas la autoeficacia, la humildad cultural, la conciencia crítica, la reflexividad ética, la alianza de supervisión y la rendición de cuentas relacional. Una investigación así profundizaría la comprensión de los mecanismos por los que la supervisión moldea el desarrollo terapéutico y una práctica clínica relacionalmente sensible.
Un modelo descolonizador de supervisión requiere un apoyo sistémico, que incluye el rediseño de los planes de estudio, la formación del profesorado y la rendición de cuentas institucional. Cuando se aplican de forma deliberada, la CRT y la teoría queer no solo cambian el aspecto de la supervisión: redefinen su finalidad, que pasa de privilegiar el cumplimiento técnico a formar profesionales con una ética relacional, capaces de cocrear justicia y sanación dentro de los sistemas terapéuticos, lo que constituye el objetivo principal de una terapia descolonizadora (Mullan, 2023).
La integración de la teoría crítica de la raza (CRT) y la teoría queer ofrece una reimaginación transformadora de la supervisión en el campo de la terapia de pareja y familiar (MFT), que la sitúa como una práctica relacionalmente ética y socialmente responsable, y no como un mecanismo evaluativo neutral. Al poner al descubierto los fundamentos estructurales, culturales e ideológicos que sostienen la inequidad, estos marcos muestran cómo la supervisión puede evolucionar hacia un espacio que fomente la reflexividad crítica, la humildad cultural y la rendición de cuentas relacional. A la luz de la CRT y de la teoría queer, la supervisión deja de ser un simple medio para formar profesionales de la clínica y se convierte en un contexto para examinar críticamente los supuestos, las relaciones de poder y las estructuras institucionales que configuran las relaciones de supervisión y el desarrollo terapéutico.
En esencia, la CRT cuestiona los supuestos de ceguera al color y de neutralidad que han moldeado históricamente la supervisión en MFT, y subraya en cambio la importancia de los contrarrelatos y de poner al descubierto el poder racializado dentro de las jerarquías profesionales (Crenshaw, 1991; Delgado & Stefancic, 2017). La teoría queer completa esta perspectiva cuestionando los supuestos heteronormativos y cisnormativos que definen lo que constituye una relacionalidad «sana» o un comportamiento profesional «apropiado» (Hawkins & Neves, 2025; Tilsen, 2021). Juntos, estos marcos invitan a quienes supervisan y a quienes reciben supervisión a examinar críticamente los valores inscritos en sus prácticas, sus relaciones y sus contextos institucionales. Esta mirada combinada lleva la supervisión más allá de un modelo basado en competencias, hacia un modelo basado en la rendición de cuentas relacional, la sensibilidad ética, la conciencia crítica y la humildad cultural (Finlay, 2019).
El marco conceptual presentado en este artículo ilustra cómo una supervisión inspirada en la CRT y la teoría queer puede ponerse en práctica deliberadamente mediante la contratación relacional, los contrarrelatos, la retroalimentación reflexiva, la coterapia y la observación acompañada, la defensa activa ejercida por quien supervisa y el trabajo sobre el self terapéutico. Estas prácticas reimaginan la supervisión como un proceso colaborativo en el que el poder se hace visible, las identidades múltiples se sitúan en el centro y el diálogo crítico se convierte en un componente esencial de la formación profesional. Más que desarrollar únicamente la competencia técnica, este marco busca formar a personas supervisadas que ejerzan con conciencia crítica, reflexividad ética, humildad cultural y rendición de cuentas relacional.
Para el profesorado y las personas supervisoras de MFT, este marco exige un cambio tanto en la práctica de supervisión como en la cultura institucional. Los programas de formación deberían integrar enfoques pedagógicos que aborden explícitamente la raza, el género, la sexualidad, el poder y otras identidades entrecruzadas en los planes de supervisión, los procesos de evaluación y el desarrollo del profesorado. Quienes supervisan se benefician asimismo de oportunidades continuas para examinar su propia posicionalidad, a la vez que encarnan la transparencia, la reflexividad y la rendición de cuentas en las relaciones de supervisión. Las organizaciones profesionales y los organismos de acreditación, incluida la American Association for Marriage and Family Therapy (AAMFT), pueden apoyar además este trabajo promoviendo competencias de supervisión que reflejen la ética relacional, la sensibilidad cultural y la conciencia interseccional.
La investigación futura debería examinar cómo la supervisión inspirada en la CRT y la teoría queer configura el desarrollo de las personas supervisadas y las relaciones de supervisión. Estudios cuantitativos y cualitativos podrían investigar los cambios en la autoeficacia, la humildad cultural, la conciencia crítica, la reflexividad ética, la rendición de cuentas relacional, la alianza de supervisión y el desarrollo de la identidad profesional de las personas supervisadas. Investigaciones longitudinales podrían explorar además cómo estos procesos de supervisión influyen en la implicación relacional de quienes ejercen la terapia con su clientela y en una práctica clínica que afirme las identidades, reconociendo a la vez que las relaciones directas entre supervisión y resultados de la clientela siguen siendo metodológicamente difíciles de establecer (Keum & Wang, 2021; Schreyer et al., 2025). Una investigación-acción participativa que incluya a quienes supervisan, a quienes reciben supervisión y, cuando proceda, a las personas consultantes podría también profundizar la comprensión de cómo se vive una supervisión relacionalmente ética desde múltiples perspectivas.
En conclusión, aplicar la CRT y la teoría queer a la supervisión invita al campo de la MFT a reimaginar la supervisión como una práctica relacional, reflexiva y centrada en la equidad. En lugar de presentar la supervisión descolonizadora como una solución al antiguo reto de demostrar resultados directos en la clientela, este marco subraya la importancia de examinar críticamente los supuestos epistemológicos que contienen las relaciones de supervisión y la manera en que esos supuestos moldean el desarrollo terapéutico. Un enfoque así exige valentía institucional e interpersonal para cuestionar las normas heredadas, abordar el poder con transparencia y cultivar relaciones de supervisión basadas en la conciencia crítica, la humildad cultural y la rendición de cuentas relacional. En definitiva, la aportación de este marco conceptual consiste en ofrecer a quienes supervisan en MFT un enfoque de la supervisión teóricamente fundamentado y relacionalmente coherente, que prepare a las y los terapeutas para trabajar de manera ética, sensible y reflexiva con la diversidad de personas, parejas y familias a las que atienden.
Complexe Systémique: puntos clave
Este artículo no presenta datos: es una propuesta, y lo dice. Su interés sistémico reside en recordarnos que la neutralidad, considerada durante mucho tiempo una virtud de la supervisión, puede funcionar como un silencio que protege las normas dominantes, y que lo que ocurre entre quien supervisa y quien recibe supervisión se reproduce después en la sesión (un proceso paralelo, en definitiva). La viñeta es útil para la práctica: el malestar de una persona en formación a la hora de nombrar la raza no se corrige, sino que se explora y se convierte después en una frase de reparación que ofrecer a la pareja en la siguiente sesión, y la persona que supervisa acepta que se la interrogue sobre sus propios puntos ciegos. El artículo reconoce también que Bateson y Tomm ya habían abierto el camino a una visión no normativa de la familia, y el marco se presenta como una prolongación de la supervisión feminista y posmoderna, no como una ruptura con ellas. Cabe lamentar que las herramientas sigan siendo generales y que no se proponga ninguna evaluación más allá de las líneas de investigación. Puede leerse junto con el artículo sobre la supervisión interseccional bidireccional y el artículo sobre la supervisión emancipadora de inspiración feminista.
Notas del original
Agradecimientos. La autoría agradece a la Dra. Rebecca Lucero Jones su mentoría, sus valiosos comentarios y su aliento para convertir este proyecto de curso en un manuscrito publicable.
Conflictos de intereses. La autoría declara no tener ningún conflicto de intereses.
Aprobación ética y consentimiento para participar. Este artículo es un manuscrito conceptual y no implica la participación de personas ni de animales. Por lo tanto, no fueron necesarios ni la aprobación de un comité de ética institucional ni el consentimiento informado.
Referencias
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Traducción no oficial al español de Decolonizing Supervision: A Critical Race and Queer Theory Framework for Marriage and Family Therapy, de Elizabeth Y. Whittington, Contemporary Family Therapy, publicación en línea anticipada (2026), doi: 10.1007/s10591-026-09800-3, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Traducción no oficial del artículo original «Decolonizing Supervision: A Critical Race and Queer Theory Framework for Marriage and Family Therapy», publicado en Contemporary Family Therapy (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducida y maquetada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Whittington, E. Y. (2026). Decolonizing Supervision: A Critical Race and Queer Theory Framework for Marriage and Family Therapy. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/decolonizing-supervision-a-critical-race-and-queer-theory-framework-for-marriage (Obra original publicada en 2026 en Contemporary Family Therapy (2026), publicación en línea anticipada; republicada en 2026 por Contemporary Family Therapy, https://link.springer.com/article/10.1007/s10591-026-09800-3)
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