Esta versión ha sido traducida del francés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Clínica · Exilio y violencias
Alrededor de una mesa, una quincena de mujeres. Se les pregunta qué hombre querrían en su vida. Una de ellas responde: «Yo quiero un hombre que coma picante».
La frase podría hacer sonreír. Sin embargo, dice algo muy preciso: un hombre que come picante es un hombre que apreciará mi cocina, que reconocerá lo que le preparo, que aceptará compartir lo que soy. Comer la misma comida ya es ser un poco del mismo mundo. Detrás de un criterio aparentemente anecdótico se esconde toda una teoría de la relación: la conexión cultural, el reconocimiento, el cuidado mutuo.
Es Ivy Daure quien cuenta esta escena. Psicóloga y terapeuta sistémica, coordina un grupo de palabra en la Maison d’Ella con mujeres exiliadas que han sobrevivido a violencias.
Primera constatación clínica: las solicitudes de asilo de mujeres se han disparado. En las rutas del exilio se encuentran cada vez más mujeres, cada vez más jóvenes, a veces ya madres en su país. Mujeres sometidas a la ablación, golpeadas, casadas a la fuerza, violadas de forma reiterada. Mujeres atrapadas en una violencia intrafamiliar que a veces nos cuesta pensar, hasta tal punto escapa a nuestras categorías.
Y, sin embargo, estas mujeres encuentran la energía para marcharse.
Ivy Daure insiste en este punto: la partida no es solo una huida, es un acto. Una energía gigantesca movilizada para arrancarse de un sistema de violencia.
Quien las recibe en consulta se encuentra, por tanto, con dos cosas a la vez: el trauma y el recurso que permitió salir de él.
Quizá sea el punto más perturbador del testimonio. Estas mujeres llegan a Francia tras haber sido maltratadas en su país de origen. ¿Qué tipo de hombres van a encontrar aquí?
La observación clínica es tajante: formar pareja aquí puede convertirse en el regreso de los abusos vividos. La misma mecánica vuelve a ponerse en marcha. La mujer al servicio del hombre. La mujer ahí para el placer del hombre, cuyo deseo y cuyas ganas quedan relegados, o directamente no cuentan.
Desde una lectura sistémica, nada sorprendente: un patrón relacional no se detiene en una frontera. La migración cambia el contexto, no disuelve la gramática relacional aprendida.
El trabajo terapéutico consiste entonces en un verdadero reaprendizaje de la relación. Un camino completamente nuevo para estas mujeres, que deben construir paso a paso.
En este trabajo aparecen dos palancas.
Como ruptura que abre posibilidades.
Que libran las mismas luchas: el grupo como laboratorio de otra forma de estar en pareja.
El grupo que coordina Ivy Daure lleva un nombre que merece que nos detengamos en él: un grupo de amarre. Amarrar es sujetar firmemente una carga para que resista el viaje. La imagen es hermosa para mujeres a quienes la travesía se lo arrancó todo.
El objetivo declarado: ayudar a estas personas a reintegrarse en el mundo de la gente corriente. Nada de un gran programa de reconstrucción psíquica. Recuperar un lugar entre los demás, en lo cotidiano de la vida. Para quien ha conocido lo impensable, lo cotidiano es un horizonte.
Es en este grupo donde pueden abordarse los límites de la relación conyugal. Con el apoyo de las demás, algunas mujeres se atreven a decir: «Yo ya no quiero hombres en mi vida». Otras formulan sus criterios, como el del hombre que come picante. Cada postura se vuelve decible porque la escuchan mujeres que saben.
Ivy Daure propuso a las mujeres de la Maison d’Ella el juego Amour Monstre. El dispositivo es sencillo. Las cartas se colocan sobre la mesa. Se plantea una pregunta. Cada una elige una carta y explica su elección.
Primera pregunta
¿Qué carta representa la relación con su pareja violenta?
Las respuestas llegan, llevadas por las imágenes:
Esta última frase concentra por sí sola años de clínica. Expresa la trampa relacional en toda su complejidad: la violencia recibida no porque se confundiera con el amor, sino porque era el único vínculo disponible. El vínculo ante todo, aunque sea tóxico. Es exactamente ahí donde la mirada sistémica encuentra su pertinencia: no es la persona la que es patológica, es la configuración relacional la que no dejaba otro lugar.
Segunda pregunta
¿Qué carta representa la relación que desean tener?
Y entonces ocurre algo muy conmovedor. Las mujeres describen relaciones en las que me siento respetada, en las que el otro puede escucharme, en las que puedo expresar mis necesidades. Relaciones de cuidado mutuo, sin violencia, con amabilidad. Nada extravagante. El mínimo relacional vital, que para ellas representa un continente por descubrir.
El grupo termina eligiendo una carta común, la que encarna la forma de estar juntas que quieren reivindicar: un pequeño monstruo tranquilo, que propone simplemente ternura, amor, paz, relaciones serenas.
Para saber más
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Tres cosas, al menos, para quienes ejercen la clínica.
1
El criterio aparentemente anecdótico es a menudo la puerta de entrada más rica. El hombre que come picante dice más sobre la teoría relacional de una persona que muchos cuestionarios.
2
La repetición del patrón violento después de la migración no es una fatalidad individual, sino una dinámica relacional, y se trabaja como tal: mediante el grupo, mediante la mediación, mediante la construcción de alternativas concretas.
La carta hace de tercero.
Por último, que las herramientas proyectivas como Amour Monstre permiten decir lo que la pregunta directa haría imposible. La carta hace de tercero. Lleva lo que la palabra sola no podría llevar.
Cómo citar este artículo
Besse, J. (2026, 4 de julio). Réapprendre le couple après l’exil et la violence. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/fr_FR/articles/reapprendre-le-couple-apres-l-exil-et-la-violence
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