Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Journal of Family Violence · Violencia
Cuando la violencia estalla entre las figuras parentales, ¿quién protege a niñas y niños? A menudo, la propia fratría. En Estados Unidos, catorce díadas fraternas de familias latinas relatan este «escudo fraterno»: huir al baño, vigilar desde el pasillo, callar en el desayuno de la mañana siguiente y, años después, descubrir en una entrevista conjunta recuerdos que no coinciden.
Traducción no oficial al español de Silent Witnesses, Protective Bonds: Sibling Memories and Shielding Behaviors in Households Affected by Intimate Partner Violence, de Veronica Valencia Gonzalez, publicado en Journal of Family Violence (Springer) (2026), doi: 10.1007/s10896-026-01158-2, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
El marco del escudo fraterno concibe a los miembros de la fratría como cosupervivientes cuyo trabajo coordinado moldea profundamente cómo se soporta, se interpreta y se recuerda la violencia a lo largo del curso vital.
Veronica Valencia Gonzalez
Resumen
Objetivo. Este estudio cualitativo exploratorio examina cómo personas adultas que se identifican como latinas dan sentido, dentro de su fratría, a su exposición infantil a la violencia de pareja íntima (VPI). El estudio explora cómo los miembros de la fratría se protegen mutuamente, interpretan la violencia y trasladan estas prácticas relacionales a la edad adulta. El artículo introduce el marco del escudo fraterno para conceptualizar el trabajo de protección coordinado que surge en los hogares violentos.
Método. Mediante un diseño cualitativo e informado por el trauma, el estudio se basó en 70 entrevistas con catorce díadas fraternas (N = 28) que convivieron durante periodos de VPI entre sus figuras parentales o personas cuidadoras. Las personas participantes completaron una secuencia de entrevistas individual–diádica–individual. Se utilizó un análisis temático reflexivo, complementado con elementos de análisis narrativo, para examinar las pautas del trabajo de protección, la construcción de la memoria, el silencio y la elaboración de sentido a lo largo del curso vital.
Resultados. Surgieron cinco temas: (1) el escudo fraterno, un sistema de protección coordinado y marcado por el género que se pone en práctica mediante el movimiento, la vigilancia y la comunicación silenciosa; (2) memorias divergentes y fragmentarias, moldeadas por la codificación traumática y el punto de observación; (3) un pacto relacional tácito de silencio que mantenía la estabilidad emocional; (4) una reinterpretación moral de la conducta parental que preservaba el apego y la coherencia familiar; y (5) una revelación terapéutica parcial en la edad adulta, que refleja la persistencia de las estrategias de afrontamiento tempranas.
Conclusiones. Los hallazgos ponen de relieve el papel central de la fratría en la corregulación del miedo, la creación de seguridad y la interpretación de la violencia. El marco del escudo fraterno amplía la comprensión de la exposición infantil a la VPI al poner el acento en los sistemas relacionales más que en las trayectorias individuales. La práctica informada por el trauma y las intervenciones deberían incorporar las dinámicas fraternas para apoyar mejor la sanación y la resiliencia.
Palabras clave: violencia de pareja íntima, exposición infantil a la VPI, relaciones fraternas, familias latinas, trauma, memoria
La exposición infantil a la violencia de pareja íntima (VPI) es una forma bien documentada de adversidad familiar con consecuencias de gran alcance para el desarrollo emocional, el funcionamiento relacional y el bienestar a largo plazo. Las estimaciones nacionales y mundiales indican que muchas personas menores presencian o sufren múltiples formas de violencia doméstica y familiar, a menudo combinadas con otras adversidades (Whitten et al., 2024). La investigación ha vinculado sistemáticamente la exposición a la VPI con síntomas traumáticos, problemas de conducta y alteraciones del desarrollo socioemocional (Wood & Sommers, 2011; Holt et al., 2008; Graham-Bermann & Levendosky, 1998). Sin embargo, pese a esta extensa literatura, las experiencias de la infancia suelen conceptualizarse de forma individual: los estudios se centran habitualmente en las dinámicas entre figuras parentales e hijos e hijas o en las respuestas psicológicas internas de la infancia, más que en los entornos relacionales en los que se despliega la violencia.
Las fratrías — a menudo cotestigos, fuente de cuidados y de apoyo emocional — siguen estando sorprendentemente poco estudiados en la investigación sobre la VPI. Los primeros trabajos observacionales constataron que la infancia procedente de hogares violentos no era simplemente más conflictiva entre sí; de hecho, en muestras de casas de acogida, las fratrías mostraban a veces menos agresividad y más apoyo mutuo que sus pares de comparación (Waddell et al., 2001; Piotrowski et al., 2021). Sobre esta base, estudios cuantitativos posteriores han demostrado que la calidad de la relación fraterna puede moderar la vía que va del conflicto entre las figuras parentales a la inseguridad emocional y los problemas psicológicos de la infancia: los vínculos fraternos de alta calidad amortiguan el malestar de un modo en que no lo hacen los de baja calidad (Davies et al., 2019; Iturralde et al., 2013; Piotrowski et al., 2014). Es importante señalar que estos efectos no son uniformes según la composición de la díada: se ha demostrado que la calidez fraterna reduce la transmisión intergeneracional de la hostilidad relacional en las díadas de hermanas, mientras que opera de manera diferente en las díadas de hermanos varones, lo que apunta a la centralidad del género en el funcionamiento del apoyo fraterno (Masarik & Rogers, 2020). El trabajo cualitativo con la infancia de hogares afectados por la violencia doméstica profundiza este panorama al revelar que los miembros de la fratría asumen activamente funciones de cuidado, de protección y de construcción identitaria, en lugar de limitarse a observar pasivamente, y que estos roles son relacionales, ordenados por la edad y marcados por el género (Callaghan et al., 2016; Åkerlund, 2017). Al mismo tiempo, las relaciones fraternas en los hogares violentos no son inevitablemente protectoras: evidencias longitudinales recientes identifican trayectorias de victimización creciente por violencia fraterna que se asocian a un mayor riesgo de VPI en la adultez temprana, lo que subraya que las dinámicas fraternas pueden evolucionar tanto en direcciones dañinas como protectoras (Lee et al., 2025). Trabajos cualitativos más recientes sugieren además que los miembros de la fratría desarrollan conductas de consuelo, vigilancia y ayuda coordinada durante la violencia familiar (Piotrowski et al., 2022; Bender et al., 2024), y una revisión de alcance reciente confirma que la investigación sobre las fratrías en contextos de violencia doméstica y familiar sigue siendo escasa, conceptualmente difusa y carente de profundidad cualitativa (Donagh et al., 2023). Esto representa una laguna importante, dado el papel central que pueden desempeñar las fratrías en la manera en que la infancia vive, interpreta y sobrevive a la violencia dentro de sus hogares.
Esta laguna se hizo especialmente visible en el trabajo de campo previo de [la autoría] en un contexto latinoamericano, donde las personas sobrevivientes describían sistemáticamente a miembros de su fratría como quienes las habían resguardado, guiado o protegido durante los episodios de violencia parental. Aunque ese trabajo se centraba en un contexto cultural y geográfico distinto, la coherencia de los relatos centrados en la fratría sugería pautas más amplias que merecían un examen más detenido. Estas observaciones, unidas a la evidencia emergente de que las relaciones fraternas pueden cumplir funciones tanto protectoras como de aumento del riesgo en los hogares violentos, motivaron el presente estudio.
Las familias latinas requieren una atención particular. Normas culturales como el familismo y el respeto, junto con expectativas de género en torno a los cuidados, configuran las responsabilidades relacionales y las dinámicas cotidianas en muchos hogares latinos. Investigaciones previas sugieren que, en contextos de adversidad, la infancia latina puede enfrentarse a mayores expectativas de apoyo mutuo, a silencios en torno al conflicto familiar y a una diferenciación de roles según el género (Coohey et al., 2013; Haselschwerdt et al., 2019). Sin embargo, las experiencias de las fratrías latinas que presencian conjuntamente la VPI siguen estando en gran medida inexploradas, en particular mediante enfoques cualitativos que sitúen en el centro su propia elaboración de sentido. Revisiones recientes destacan también que los modelos de intervención existentes en materia de VPI atienden de forma insuficiente a las mujeres latinas al pasar por alto las normas culturales, los factores de estrés ligados a la inmigración y los sistemas de afrontamiento basados en la familia, centrales en muchos hogares latinos (Cardenas et al., 2024).
Partiendo del trabajo de campo previo y de la investigación emergente sobre las fratrías, este estudio se organizó en torno a cuatro pautas analíticas centrales observadas en el conjunto de los datos: el trabajo de protección, la memoria divergente, el silencio relacional y la reinterpretación moral de las figuras parentales. Estas pautas anclaron el proceso analítico y generaron cinco temas interrelacionados que se presentan en los resultados; la revelación terapéutica y el procesamiento diferido surgieron como quinto tema, que refleja cómo las pautas infantiles de silencio y minimización persisten en la búsqueda de ayuda en la edad adulta. En conjunto, estos temas constituyen la base empírica del marco del escudo fraterno que aquí se presenta.
El presente estudio aborda estas lagunas examinando cómo catorce díadas fraternas (N = 28) de personas que se identifican como latinas recuerdan e interpretan en la edad adulta sus experiencias infantiles de VPI. Los datos se recogieron mediante una secuencia de entrevistas en tres etapas (individual, diádica e individual de seguimiento) diseñada para captar tanto la elaboración privada de sentido como la coconstrucción relacional, y para permitir a las personas participantes procesar la experiencia de volver sobre recuerdos compartidos dentro de la fratría. Los hallazgos revelan los complejos contextos relacionales y culturales en los que se desarrollan las dinámicas fraternas y en los que estas se recuerdan a lo largo del curso vital.
Este artículo introduce el marco del escudo fraterno, que conceptualiza las formas de trabajo de protección —emocional, físico e interpretativo— que asumen los miembros de la fratría en el contexto de la VPI durante la infancia, así como las resonancias emocionales a largo plazo de ese trabajo. El marco se apoya en la evidencia existente y la amplía: allí donde los estudios cuantitativos han establecido que la calidad de la relación fraterna amortigua la adaptación de la infancia en los hogares violentos (Davies et al., 2019; Iturralde et al., 2013), y allí donde el trabajo cualitativo ha identificado el cuidado fraterno como un espacio de agencia y de afrontamiento relacional (Callaghan et al., 2016; Åkerlund, 2017), el marco del escudo fraterno nombra las formas específicas, encarnadas y marcadas por el género que adopta esta protección — y rastrea sus consecuencias a lo largo del curso vital a través de la memoria, el silencio, la reinterpretación moral y el procesamiento terapéutico diferido. Al situar en el centro a las fratrías que presencian juntas la violencia, y no a sobrevivientes individuales, este estudio replantea la exposición infantil a la VPI como una experiencia colectiva y relacional, moldeada por la lealtad, el silencio, la memoria y unos roles de cuidado culturalmente configurados.
Comprender cómo la infancia interpreta la VPI y responde a ella requiere una perspectiva teórica que tenga en cuenta los procesos emocionales, cognitivos, relacionales y culturales que configuran sus primeras experiencias. La infancia no se limita a presenciar la violencia; la atraviesa mediante sistemas interpretativos arraigados en las respuestas al trauma, las relaciones familiares, las expectativas de género y las normas culturales. Estos ámbitos son especialmente relevantes en las familias latinas, donde los valores relacionados con la obligación, la discreción y la unidad influyen en cómo la infancia entiende el conflicto y su lugar dentro del sistema familiar. Este estudio se apoya en cinco corrientes de investigación interconectadas —la investigación sobre trauma y memoria, la sociología relacional, las teorías feministas del trabajo familiar marcado por el género, los estudios sobre familias latinas y la perspectiva del curso vital— para analizar cómo los miembros de la fratría interpretan, recuerdan y responden a la VPI a lo largo del curso vital.
La investigación sobre el trauma y la memoria autobiográfica demuestra que los recuerdos infantiles de la violencia reflejan tanto respuestas fisiológicas ante la amenaza como estrategias psicológicas que mantienen la estabilidad emocional. La VPI se codifica con frecuencia mediante impresiones sensoriales más que mediante secuencias narrativas coherentes, lo que produce recuerdos vívidos pero fragmentados, no lineales o incompletos (Brewin, 2014; Fivush & Merrill, 2016; van der Kolk, 2014). Las dimensiones encarnadas y somáticas de la memoria traumática — incluidas la activación fisiológica, las intrusiones sensoriales y las respuestas corporales de miedo — persisten a menudo con independencia del recuerdo verbal o narrativo (Levine & Kline, 2007; van der Kolk, 2014). Investigaciones recientes muestran además que el trauma infantil altera la especificidad de la memoria autobiográfica, produciendo a la vez recuerdos sobregeneralizados y lagunas que reflejan intentos adaptativos de regular el malestar (Borrelli et al., 2024). Estas pautas reflejan respuestas adaptativas ante experiencias abrumadoras. La infancia recurre también a la minimización, la reinterpretación y el olvido estratégico para preservar apegos esenciales y reducir el malestar emocional, en particular cuando la violencia implica a personas cuidadoras de las que depende para sobrevivir (Brewin, 2014; Ehlers & Clark, 2000; Fivush & Merrill, 2016; Herman, 2015).
Tres aportaciones de esta literatura son centrales para el presente estudio. En primer lugar, la memoria está moldeada por las necesidades de supervivencia más que por la exactitud cronológica. En segundo lugar, los relatos infantiles se reconstruyen con el tiempo, a medida que se da sentido a los acontecimientos pasados con nuevos recursos emocionales y relacionales. En tercer lugar, la elaboración de sentido es fundamental en la manera en que las personas interpretan la violencia a lo largo del curso vital, e influye en cómo, en la edad adulta, los miembros de una fratría concilian, cuestionan o reinterpretan su historia compartida. Estas dinámicas ayudan a explicar por qué, dentro de una misma fratría, la exposición a los mismos episodios de VPI puede dar lugar a recuerdos diferentes o, más adelante en la vida, a significados morales distintos.
Mientras que la investigación sobre el trauma ilumina los procesos cognitivos individuales, la sociología relacional subraya que las interpretaciones de la violencia surgen dentro de las relaciones. La vida familiar se vive y se interpreta en común: los miembros de la fratría son a menudo compañía, testigos, fuente de regulación emocional y de colaboración cotidiana, y moldean mutuamente sus percepciones y estrategias de afrontamiento (Mauthner, 2002; Eisikovits & Koren, 2010; Dirks et al., 2015; Howe & Recchia, 2014). Las diferencias en el orden de nacimiento, las responsabilidades domésticas y la proximidad física durante los episodios violentos pueden dar a cada miembro de la fratría puntos de observación divergentes. Con el tiempo, la fratría puede negociar significados compartidos, a veces de forma explícita, pero a menudo mediante el silencio, la evitación o el acuerdo tácito sobre aquello de lo que «no se habla».
Esta perspectiva pone de relieve que la memoria no es simplemente un archivo interno, sino un proceso interpersonal moldeado por las relaciones, el secreto, la lealtad y la elaboración colaborativa de sentido (Fivush & Haden, 2003; Howe & Recchia, 2014). La sociología relacional ofrece así una base fundamental para comprender cómo los miembros de la fratría elaboran relatos paralelos o divergentes sobre la VPI vivida en la infancia, y cómo el silencio compartido puede convertirse en un rasgo que une los vínculos fraternos hasta bien entrada la edad adulta.
La investigación feminista ofrece claves sobre las responsabilidades pautadas que la infancia asume dentro de las familias. Las expectativas de género sitúan a menudo a las niñas como cuidadoras emocionales —que calman a sus hermanas y hermanos, median en los conflictos o cargan con la culpa—, mientras que los niños se implican con más frecuencia en la vigilancia, la intervención física u otras conductas de protección orientadas hacia el exterior (Ridgeway, 2011; Thorne, 1993). Estas pautas no son innatas, sino que surgen de concepciones socializadas sobre la competencia, la obligación y el deber familiar.
Esta literatura es esencial para interpretar cómo los miembros de la fratría llegan a verse como responsables —emocional o físicamente— de la seguridad de los demás durante la VPI. El género, la edad y el orden de nacimiento moldean el sentido del deber, el trabajo emocional y las estrategias infantiles para sortear el daño. Estos marcos proporcionan la base conceptual para comprender los roles de protección diferenciados que las fratrías asumen a menudo en los hogares violentos y las consecuencias emocionales a largo plazo de este trabajo.
La perspectiva del curso vital proporciona el andamiaje evolutivo que conecta la experiencia infantil de la VPI con la elaboración de sentido en la edad adulta. La teoría del curso vital subraya que las experiencias relacionales tempranas no se dejan simplemente atrás, sino que se llevan consigo, se reinterpretan y se renegocian a medida que las personas atraviesan roles y relaciones sucesivos (Elder, 1998; Umberson et al., 2010). Aplicada a las fratrías, esta perspectiva llama la atención sobre cómo los roles de protección, los recuerdos compartidos y las pautas de silencio establecidos en la infancia pueden persistir, intensificarse o transformarse durante la adolescencia y la edad adulta, moldeando no solo cómo se recuerda la violencia, sino también cómo, años después, los miembros de la fratría se comunican, buscan ayuda y se comprenden en relación con los demás.
Dos hipótesis contrapuestas de la literatura sobre las fratrías orientan este análisis. La hipótesis de la congruencia propone que la calidad de las relaciones fraternas establecidas en las primeras etapas de la vida se mantiene relativamente estable en el tiempo, de modo que las pautas de protección o de apoyo formadas en la infancia continúan en la edad adulta (Buist et al., 2013; Whiteman et al., 2011). La hipótesis de la compensación, en cambio, sugiere que la fratría puede cumplir una función amortiguadora reforzada específicamente en condiciones de adversidad familiar, de modo que la cercanía protectora surgiría como respuesta a la amenaza y no reflejaría una base relacional preexistente (Jenkins & Smith, 1990; Gass et al., 2007). Ambas hipótesis son pertinentes para la presente muestra: las personas participantes eran adultas que interpretaban retrospectivamente dinámicas infantiles, y sus relatos revelan tanto continuidades notables — como un silencio persistente — como cambios significativos en la forma de entender su historia compartida cuando se les dio una oportunidad estructurada de revisarla juntas. Una perspectiva del curso vital ayuda, por tanto, a explicar no solo cómo era el trabajo de protección en la infancia, sino también por qué todavía se siente y se arrastra en la edad adulta.
La investigación sobre las familias latinas contextualiza aún más los procesos relacionales descritos. Valores culturales como el familismo enfatizan la interdependencia, la lealtad y la prioridad de la unidad familiar; el respeto refuerza la deferencia y el respeto jerárquico; y las normas de discreción —recogidas en prácticas de retención de información sensible o en la noción de que «no se dice»— desalientan la discusión abierta del conflicto familiar (Bravo et al., 2014; Cahill et al., 2021; Calzada et al., 2013; Stein et al., 2014). En relación con ello, los valores del marianismo, que enfatizan el autosilenciamiento, la contención emocional y la armonía interpersonal, pueden desalentar aún más la elaboración verbal del conflicto y moldear la manera en que, en particular, las niñas interpretan su responsabilidad durante la violencia parental (Da Silva et al., 2021). Estos valores configuran el modo en que la infancia interpreta la responsabilidad, el silencio y la obligación moral, en particular frente al conflicto entre las figuras parentales.
Tales normas pueden influir en la disposición infantil a buscar ayuda, en las decisiones sobre si hablar de la violencia con la fratría o con personas ajenas a la familia, y en los procesos de elaboración de sentido utilizados para preservar la cohesión familiar (Son et al., 2022). Los estudios sobre familias latinas ofrecen así una perspectiva cultural para comprender cómo la infancia distribuye la responsabilidad, gestiona el silencio e interpreta la violencia dentro de expectativas más amplias de lealtad y unidad.
En conjunto, estas cinco corrientes de investigación — la investigación sobre trauma y memoria, la sociología relacional, las teorías feministas del trabajo familiar marcado por el género, los estudios sobre familias latinas y la perspectiva del curso vital — proporcionan un marco multidimensional para analizar cómo las fratrías atraviesan, recuerdan y llevan consigo hasta la edad adulta la VPI vivida en la infancia. La investigación sobre trauma y memoria explica cómo la violencia se codifica sensorialmente y se reconstruye con el tiempo; la sociología relacional aclara cómo la elaboración de sentido surge dentro de las relaciones fraternas y no de forma aislada; la investigación feminista pone de relieve la estructura de género del trabajo de protección y de cuidado; los estudios sobre familias latinas iluminan las lógicas culturales que configuran la comunicación, el silencio y el deber relacional; y la perspectiva del curso vital conecta la experiencia infantil con la interpretación adulta, atendiendo tanto a la continuidad como al cambio.
De manera decisiva, estos marcos no operan de forma independiente. La codificación sensorial del trauma moldea lo que la fratría recuerda; las dinámicas relacionales moldean cómo se comparte o se suprime ese recuerdo; la socialización de género determina de quién se espera un trabajo que permanece invisible; las normas culturales moldean lo que puede nombrarse o revelarse; y los procesos del curso vital moldean cómo todas estas dinámicas se revisan y reinterpretan a medida que los miembros de la fratría entran en la edad adulta. Al integrar estas perspectivas, el presente estudio sitúa la exposición infantil a la VPI dentro de una constelación de fuerzas emocionales, relacionales y culturales. Esta base teórica orienta el enfoque analítico y moldea la interpretación de los relatos fraternos, sin presuponer ni anticipar los hallazgos que surgieron de los datos.
Este estudio cualitativo y exploratorio examinó cómo personas adultas que se identifican como latinas dan sentido a la exposición infantil a la VPI vivida en fratría. Se eligió un diseño cualitativo porque los procesos de elaboración de sentido en torno a la VPI son relacionales, tienen múltiples capas emocionales y a menudo están inscritos en recuerdos fragmentados, no lineales o cargados afectivamente. Los enfoques cualitativos son muy adecuados para captar la complejidad de estas experiencias y para documentar cómo las personas interpretan el conflicto familiar a lo largo del tiempo (Levitt, 2021; Tracy, 2020). El estudio se basó en la teoría del trauma y en las perspectivas relacionales sobre la violencia familiar, poniendo el acento en la agencia de las personas participantes, la seguridad emocional y un relato flexible guiado por ellas (Herman, 2015; Knight, 2015; Tracy, 2020).
La muestra estaba formada por catorce díadas fraternas (N = 28) que convivieron durante periodos de VPI entre sus figuras parentales o personas cuidadoras. Todas las personas participantes tenían 18 años o más en el momento de la recogida de datos y cumplían los siguientes criterios de inclusión: (1) identificarse como latinas; (2) haber convivido con al menos otro miembro de la fratría durante la exposición a la VPI; y (3) sentirse cómodas hablando de estas experiencias en entrevistas confidenciales.
Reclutar a dos miembros de la fratría por familia fue una decisión metodológica deliberada. Incluir a dos miembros de cada unidad fraterna aumentó el grupo de posibles participantes —una consideración importante en la investigación exploratoria sobre la VPI— y permitió examinar procesos relacionales que no pueden captarse mediante entrevistas a una sola persona. Limitar cada familia a dos participantes ayudó a mantener la profundidad analítica y la seguridad emocional, evitando las complejidades y las dinámicas de presión asociadas a entrevistar a tríadas o a grupos fraternos más amplios.
La muestra final estaba compuesta por diez díadas de hermanas y cuatro díadas hermana–hermano. Las personas participantes habían crecido en California, Carolina del Sur, Texas, Nueva York, Florida y Nuevo México. Los niveles educativos variaban, aunque cada díada incluía al menos a una persona con algunos estudios universitarios. En el momento de la entrevista, las personas participantes tenían entre 18 y 36 años (M = 27.2), lo que corresponde a la adultez joven y al inicio de la mediana edad. Los miembros menores de cada fratría tenían entre 18 y 29 años (M = 23.9) y los mayores entre 25 y 36 (M = 30.5), de modo que todas las personas participantes recordaban sus experiencias infantiles de VPI desde una perspectiva adulta retrospectiva. El reclutamiento se realizó mediante muestreo intencional y en bola de nieve a través de redes comunitarias, redes de sobrevivientes y derivaciones entre pares, estrategias adecuadas para estudios sobre temas estigmatizados o emocionalmente sensibles (Hennink et al., 2020). Los materiales de reclutamiento describían el proyecto como un estudio sobre «experiencias infantiles de conflicto familiar y apoyo fraterno», una puerta de entrada sensible al trauma utilizada antes de la verificación de la exposición a la VPI. Las personas participantes recibieron 50 dólares por sesión de entrevista (compensación total posible: 150 dólares) (Tabla 1)
Tabla 1 Características de las personas participantes y de las díadas (N = 28; 14 díadas fraternas)
Las edades corresponden a la edad de las personas participantes en el momento de la entrevista. «Estado de la infancia» se refiere al estado de EE. UU. en el que se encontraba el hogar afectado por la VPI. En todas las díadas, al menos uno de los dos miembros tenía algunos estudios universitarios, aunque los niveles educativos individuales variaban. Todas las entrevistas se realizaron a distancia mediante videoconferencia segura
Para proteger la confidencialidad preservando al mismo tiempo la agencia de las personas participantes, se ofreció a la primera díada la opción de elegir un seudónimo o de utilizar un identificador asignado. Como optó por los identificadores, este sistema se adoptó de forma coherente para todas las personas participantes posteriores y se utiliza a lo largo de este artículo con el formato número de díada, sexo y edad en el momento de la entrevista (p. ej., D1, Mujer, 32).
Antes del reclutamiento se obtuvo la aprobación del comité de ética institucional (Institutional Review Board). El proceso de consentimiento hizo hincapié en la confidencialidad, la participación voluntaria y el derecho a retirarse en cualquier momento. Dado que las entrevistas diádicas implican un espacio compartido, la confidencialidad entre los dos miembros de la fratría se trató de forma explícita, y se animó a las personas participantes a revelar únicamente lo que les resultara seguro compartir juntas.
Todas las entrevistas se guiaron por prácticas informadas por el trauma, entre ellas estrategias de anclaje, atención a las señales emocionales y entrega de hojas de recursos tras cada etapa (Knight, 2015; Ford & Courtois, 2013; Herman, 2015). La posicionalidad de quien investiga, como persona sobreviviente e investigadora a la vez, orientó la construcción del vínculo, la práctica reflexiva y la sensibilidad a las necesidades emocionales de las personas participantes, en consonancia con las buenas prácticas de la investigación sobre violencia y trauma (Levitt et al., 2017; Tracy, 2020).
Los datos se recogieron en 2024–2025 mediante una secuencia de entrevistas en tres etapas diseñada para distinguir la memoria y la interpretación individuales de la coconstrucción relacional, y para atender a las secuelas emocionales de la revelación diádica. Esta secuencia permitía a cada participante hablar en privado antes y después de la entrevista conjunta, preservando tanto la voz propia como la elaboración relacional de sentido (Eisikovits & Koren, 2010). Todas las entrevistas se realizaron a distancia mediante videoconferencia segura, aunque se ofreció la opción presencial.
Cada miembro de la fratría completó una entrevista individual semiestructurada (60–90 min). Estas entrevistas ofrecían a las personas participantes un espacio privado para reflexionar sobre sus recuerdos, interpretaciones y experiencias emocionales con independencia del otro miembro de la díada (Eisikovits & Koren, 2010).
A continuación, cada díada fraterna participó en una entrevista conjunta (60–120 min). La entrevista diádica permitía observar cómo los miembros de la fratría coconstruían el sentido, negociaban recuerdos divergentes y formulaban entendimientos compartidos o tácitos (Eisikovits & Koren, 2010). Las sesiones diádicas solo se llevaron a cabo después de que ambas personas participantes confirmaran que se sentían cómodas con el formato conjunto, y cada entrevista iba precedida de una breve comprobación de seguridad.
Por último, las personas participantes completaron una entrevista individual de seguimiento (45–60 min). Estas sesiones les permitían procesar la conversación diádica, aclarar discrepancias y expresar ideas que preferían no compartir delante del otro miembro de la díada.
Con su consentimiento, todas las sesiones se grabaron en audio y se transcribieron literalmente. Las guías de entrevista exploraban los recuerdos de los episodios de VPI, las conductas de protección o de apoyo, la comunicación a lo largo del curso vital y las oportunidades de revelación o de sanación. Se invitó a las personas participantes a describir cómo habían cambiado sus interpretaciones con el tiempo.
Se recurrió a prácticas informadas por el trauma en todo momento, entre ellas el consentimiento continuo, los chequeos emocionales, los ajustes del ritmo y la vigilancia de signos de malestar (Knight, 2015). Tras cada etapa, las personas participantes recibieron una hoja de recursos con servicios de atención a la VPI y de salud mental.
El análisis combinó el análisis temático reflexivo con elementos de análisis narrativo. El análisis temático reflexivo facilitó la identificación de significados pautados en el conjunto de las entrevistas (Braun & Clarke, 2019, 2022), mientras que el análisis narrativo iluminó la estructura, el tono y la función moral de los relatos de las personas participantes, incluidos el silencio, la minimización y la reinterpretación (Fivush & Merrill, 2016).
El proceso analítico se desarrolló en varias etapas. La autoría —única persona encargada de la codificación— leyó repetidamente todas las transcripciones para elaborar códigos descriptivos e interpretativos. Un enfoque con una sola persona codificadora se ajusta al análisis temático reflexivo, que prioriza la profundidad interpretativa y la reflexividad de quien investiga sobre la fiabilidad interjueces (Braun & Clarke, 2022). Los códigos se compararon dentro de cada díada y entre díadas para identificar recuerdos convergentes y divergentes, pautas relacionales y conductas de protección. Los memorandos analíticos documentaron las decisiones de codificación, las ideas emergentes, los contrastes inesperados y las consideraciones reflexivas relativas a la posicionalidad (Levitt et al., 2017; Nowell et al., 2017). Los códigos iniciales se agruparon en temas candidatos en función de su coherencia conceptual y su pertinencia analítica, y luego se revisaron en el conjunto de los datos para evaluar si captaban pautas significativas tanto en el nivel semántico como en el latente (Braun & Clarke, 2022). A lo largo de varias iteraciones, los temas se fusionaron, se diferenciaron o se renombraron a medida que se ganaba claridad analítica. Los casos que contradecían los temas y los relatos discrepantes entre los dos miembros de una misma díada se examinaron deliberadamente para poner a prueba los límites de los temas emergentes, en lugar de suavizarse. Los temas finales se interpretaron a la luz de la teoría del trauma, la sociología relacional y las perspectivas feministas, y cada tema se fundamentó tanto en el lenguaje de las personas participantes como en su pertinencia teórica.
Para garantizar el rigor y la fiabilidad en un diseño con una sola persona codificadora, este estudio empleó el consentimiento iterativo y la devolución narrativa como prácticas metodológicas complementarias. En lugar de tratar el consentimiento como un requisito de procedimiento que se cumple al principio, se volvió sobre él durante la recogida de datos, el análisis y la representación. La devolución narrativa consistió en volver a implicar a las personas participantes en el proceso interpretativo en momentos analíticamente decisivos, compartiendo con ellas los hallazgos preliminares y las interpretaciones temáticas emergentes e invitándolas expresamente a aclarar, cuestionar o reformular las interpretaciones que iban surgiendo de sus relatos. Las sesiones de revisión entre pares con colegas con experiencia en investigación cualitativa reforzaron el rigor conceptual y redujeron la probabilidad de puntos ciegos interpretativos (Tracy, 2020). Se mantuvo un registro de auditoría mediante memorandos analíticos detallados, y un diario reflexivo documentó en todo momento la posicionalidad de quien investiga, sus respuestas emocionales y sus decisiones analíticas.
Aunque este estudio tiene un alcance exploratorio, también evaluó la viabilidad y las exigencias emocionales de la entrevista diádica en varias etapas, afinó la secuencia de tres entrevistas y examinó el valor añadido de los datos diádicos para captar la elaboración relacional de sentido. Estas aportaciones metodológicas sirven de base para la planificación de un estudio más amplio en curso.
El análisis de las entrevistas reveló cinco temas interconectados que iluminan cómo los miembros de la fratría recordaban la VPI, se protegían mutuamente y daban sentido a sus experiencias a lo largo del curso vital. Estos temas reflejan los procesos relacionales expuestos en el marco conceptual, en particular las dinámicas del escudo fraterno, la construcción divergente de la memoria, el silencio, la reinterpretación moral y el compromiso terapéutico parcial. Aunque cada tema se presenta por separado en aras de la claridad analítica, a menudo se solapaban en los relatos de las personas participantes.
Las personas participantes ofrecieron relatos detallados de cómo reaccionaban, junto con su fratría, durante los episodios de VPI, y describían esos momentos como secuencias pautadas más que como incidentes aislados. Como reflexionaba una hermana mayor:
«Cuando lo miro ahora, de verdad se siente más como un patrón que como, no sé, recuerdos separados. En ese momento no lo piensas así porque solo intentas aguantar, pero era el mismo tipo de cosa una y otra vez. No exactamente igual cada vez, pero lo bastante parecido como para que cada quien más o menos supiera lo que venía después.»
(D8, Mujer, 33, hermana mayor).
Muchas personas recordaban señales de alarma sutiles que indicaban que había que actuar. Una hermana mayor describía la textura sensorial de esos momentos:
«Nunca era una sola cosa. Era cómo entraba él en casa, o cómo le contestaba mi mamá, o incluso cosas pequeñas como que bajaran el volumen de la tele. Y luego toda la casa se quedaba en silencio de una forma rara. En cuanto pasaba eso, lo sabías. Sabías que algo estaba a punto de empezar.»
(D9, Mujer, 30, hermana mayor).
Estas señales empujaban a los miembros de la fratría hacia roles de los que nunca se hablaba explícitamente, pero que se repetían con el tiempo:
«Nunca tuvimos una conversación sobre eso, tipo: vale, si pasa esto, tú haces esto y yo hago aquello. Nunca fue así. Era algo que se repetía tanto que cada quien acababa haciendo su parte sin que nadie lo dijera en voz alta.» (D6, Mujer, 35, hermana mayor).
Las hermanas mayores solían organizar la protección en torno al movimiento y la cercanía física. Una describía su papel con sencillez:
«Para mí siempre se trataba de alejarla de eso y mantenerla cerca de mí. De eso me sentía responsable. No lo pensaba en plan grande, como: ay, la estoy protegiendo. Solo sabía que tenía que sacarla de ahí y tenerla conmigo.»
(D7, Mujer, 31, hermana mayor).
Otra recordaba la urgencia y la determinación de esos movimientos:
«En cuanto notaba que las cosas estaban cambiando, iba por ella. Normalmente la agarraba de la mano o del brazo y nos movíamos rápido. Nos íbamos al baño, o al cuarto, o adonde pudiéramos quitarnos de en medio. En esos momentos no le explicaba nada, solo intentaba llevarla a un sitio más seguro antes de que la cosa empeorara.»
(D1, Mujer, 32, hermana mayor).
Una vez escondidas, las hermanas mayores recurrían a la proximidad física y a la distracción deliberada para regular el miedo de los miembros menores de la fratría:
«A veces acabábamos en el baño, sentadas en el suelo junto a la bañera, y yo simplemente la abrazaba ahí. Le hablaba de cualquier cosa o intentaba distraerla, no porque tuviera un plan, sino porque no quería que oyera todo lo que pasaba en el otro cuarto. Creo que intentaba calmarnos a las dos.»
(D11, Mujer, 30, hermana mayor).
Para los miembros menores de la fratría, esos escondites dejaron vívidas impresiones sensoriales que persistieron en la edad adulta:
«Me acuerdo de estar una vez en el clóset y notar el olor de los zapatos y quedarme mirando la luz que entraba por debajo de la puerta. Es raro, porque no me acuerdo de cada palabra que se dijo, pero esos detalles los recuerdo clarísimos.»
(D3, Mujer, 22, hermana menor).
Los hermanos mayores situaban más a menudo sus esfuerzos de protección más cerca del conflicto. Uno explicaba:
«Mi instinto era distinto. Normalmente no me iba a esconder a ningún lado. Me quedaba más cerca de donde estaba pasando. No porque no tuviera miedo, porque sí lo tenía, sino porque sentía que necesitaba saber lo que estaba pasando por si se ponía peor.»
(D12, Hombre, 27, hermano mayor).
Otro describía su posición:
«Me quedaba en el pasillo o junto a la puerta, desde donde todavía podía ver dentro del cuarto. No quería estar demasiado lejos. Sabía que probablemente no podía hacer mucho, pero sentía que tenía que estar justo ahí, sobre todo si parecía que la cosa iba contra mi mamá.»
(D13, Hombre, 36, hermano mayor).
Algunos hermanos relataban haber intervenido activamente:
«A veces hacía cositas a propósito, como pasar por en medio, encender una luz, decir algo desde el pasillo, solo para cortar un poco lo que se estaba armando. No sé si siempre funcionaba, pero en mi cabeza era mejor que no hacer nada.»
(D10, Hombre, 19). Otros describían la sensación de estar físicamente en inferioridad y, aun así, sentirse obligados a quedarse:
«Definitivamente hubo veces en que me sentía demasiado pequeño para parar nada de verdad, pero aun así me ponía ahí. Era como: aunque aquí no pueda ganar, tampoco puedo quedarme atrás sin hacer nada.»
(D13, Hombre, 36, hermano mayor).
Las personas participantes subrayaron sistemáticamente que esos roles nunca se negociaban de palabra. La coordinación se producía mediante miradas, gestos y señales físicas rápidas:
«Era sobre todo con miradas, la verdad. Yo podía mirar a mi hermana de cierta manera y ella ya sabía. O simplemente me movía rápido hacia ella y ella también se movía. No teníamos que pararnos a explicar nada, porque para entonces ya estaba entendido.»
(D2, Mujer, 29, hermana mayor). Los miembros menores de la fratría comprendían la urgencia sin necesidad de explicaciones:
«Cuando era pequeña no siempre entendía exactamente lo que estaba pasando, pero entendía su urgencia. Si venía a buscarme muy rápido o le cambiaba la voz, sabía que era serio. Sabía que estaba pasando algo malo aunque nadie me lo explicara.»
(D7, Mujer, 18, hermana menor).
Al reflexionar en la edad adulta sobre el conjunto de la pauta, una participante formuló de manera especialmente clara la división de género del trabajo de protección dentro de su fratría:
«Éramos solo criaturas, pero mirando atrás, hacíamos muchísimo por cuidarnos en esos momentos. Nadie tenía que decir: vale, ahora toca. Simplemente lo sabíamos. Cada quien tenía su parte, y así es como salimos adelante.»
(D14, Mujer, 32, hermana mayor).
En el conjunto de la muestra, la protección se describía como algo encarnado y repetido: tirar de alguien, abrazar, esconderse, vigilar desde el pasillo, montar guardia junto a las puertas, indicar en silencio cuándo moverse:
«No se sentía como algo al azar. Era como que, en cuanto empezaban las cosas, el cuerpo de cada quien ya sabía qué hacer. Alguien te jalaba, alguien vigilaba, alguien intentaba que todo se quedara en silencio. Eran los mismos movimientos una y otra vez.»
(D9, Mujer, 25, hermana menor).
Durante las entrevistas diádicas, las díadas fraternas descubrían con frecuencia que sus recuerdos de la VPI vivida en la infancia divergían mucho más de lo que esperaban, a veces hasta el punto de describir versiones fundamentalmente distintas de lo que creían que era el mismo acontecimiento. Como reflexionaba una hermana mayor:
«Creo que daba por hecho que lo recordábamos más o menos igual, solo porque estábamos en la misma casa y vivimos las mismas cosas. Pero al oírla hablar, pensé: espera, esa ni siquiera es la versión que yo llevo en la cabeza. La verdad, a veces sentía que estábamos hablando de dos experiencias diferentes.»
(D4, Mujer, 32).
En varias díadas, uno de los dos miembros recordaba una secuencia de acciones en escalada como un único episodio, mientras que el otro recordaba esos mismos detalles repartidos en incidentes separados, en noches distintas. Una díada lo ilustraba de forma muy vívida. La hermana menor contaba:
«Para mí todo fue una sola noche enorme. Me acuerdo de los gritos, de los portazos, de que tiraron algo, de mi mamá tambaleándose — todo eso lo guardaba como un solo recuerdo. Pero entonces mi hermana me dijo: no, eso no fue una noche, fueron veces distintas. Y yo: ¿en serio? Porque en mi cabeza es todo una sola cosa.»
(D8, Mujer, 28).
El relato de su hermana mayor divergía claramente:
«Eso fue lo que me sorprendió, porque para mí eran incidentes separados. Podía imaginármelos pasando en sitios distintos, en noches distintas. Así que cuando ella lo contó como si fuera un solo episodio, me acuerdo de pensar: no, no lo recuerdo así para nada.»
(D8, Mujer, 33).
Estas discrepancias aparecían a menudo en tiempo real. Una participante recordaba el momento en que se dio cuenta, en plena conversación:
«Ella dijo, ya sabes, aquella noche en que pasó todo, y me acuerdo de pararla porque pensé: espera, ¿qué quieres decir con aquella noche? En mi cabeza esas cosas no habían pasado la misma noche. Nunca las había juntado así.»
(D5, Mujer, 25).
Su hermana no había previsto esa divergencia:
«Creo que lo estaba contando como si fuera obvio, como si las dos supiéramos de qué noche hablaba, y luego, cuando la vi confundida, me di cuenta: ah, vale, a lo mejor no estamos hablando del mismo recuerdo como yo creía.»
(D5, Mujer, 23).
Estas diferencias provocaban una sorpresa y una incertidumbre visibles. Como lo expresó una participante:
«La verdad es que me quedé un poco en shock escuchándolo. No de forma dramática, más bien como… vaya, de verdad pensaba que íbamos a contar la misma historia.»
(D10, Mujer, 27).
Otras personas describían una incertidumbre desestabilizadora sobre qué versión era más exacta:
«Hubo momentos en que simplemente me paraba porque de verdad ya no lo sabía. Pensaba: a lo mejor ella tiene razón. O a lo mejor las dos tenemos razón a trozos. Llegado cierto punto, ya no estaba segura de qué cronología era la más exacta.»
(D2, Mujer, 25).
Los recuerdos diferían no solo en la secuencia y el alcance, sino también en el tono emocional. Una participante describía el miedo visceral que la acompañaba:
«Me acuerdo de estar muy asustada. Como si todo el cuerpo se me tensara, el corazón me latía fuerte y me quedaba paralizada escuchando. Eso es lo que se me quedó.»
(D3, Mujer, 22).
El recuerdo de su hermana mayor sobre el mismo periodo era sorprendentemente distinto:
«Es tan distinto de como yo lo recuerdo, porque yo sobre todo me acuerdo de estar molesta porque me había vuelto a despertar. O sea, sabía que era grave, pero lo primero que pensaba era más bien: otra vez lo mismo, solo quiero volver a dormirme.»
(D3, Mujer, 28).
En varios casos, uno de los dos miembros recordaba agresiones físicas, mientras que el otro recordaba la misma noche como principalmente verbal:
«Me acuerdo de que la cosa llegó a lo físico al menos algunas de esas veces. Me acuerdo de que tiraron algo, me acuerdo de movimiento, me acuerdo de sentir que se había cruzado una línea.»
(D9, Mujer, 30).
El relato de su hermana menor divergía:
«Y yo seguía pensando: no, yo me acuerdo de gritos. Muchos gritos, sí, pero en mi cabeza era sobre todo eso. Así que al oírla describir más que eso, pensé: a lo mejor no lo vi todo, o a lo mejor lo recuerdo de otra manera.»
(D9, Mujer, 25). Pese a estas discrepancias, los miembros de cada díada solían coincidir en que ciertos episodios pertenecían a lo que llamaban colectivamente «los malos de verdad»:
«Puede que no estemos de acuerdo en qué pasó exactamente primero o qué pasó qué noche, pero sin duda hay ciertos incidentes que las dos pondríamos en esa categoría de los malos de verdad.»
(D1, Mujer, 32).
En el conjunto de las entrevistas, las personas participantes también tendían a minimizar la frecuencia global de la violencia, incluso cuando describían varios incidentes. Un participante reconocía abiertamente esta tensión:
«Mi primer instinto sigue siendo decir que no era todo el tiempo. O sea, no lo veo como algo constante. Pero en cuanto empiezas a repasar ejemplos de verdad, es como… vale, a lo mejor pasaba más de lo que normalmente me reconozco.»
(D14, Hombre, 24).
Frases como «no pasaba mucho», «de vez en cuando» y «no todo el tiempo» eran puntos de partida habituales. Sin embargo, a medida que avanzaban las conversaciones diádicas, los miembros de cada díada añadían ejemplos olvidados o que no se habían mencionado antes:
«Eso es lo que pasó cuando nos pusimos a hablar. Una de las dos mencionaba algo y la otra decía: ah, y aquella otra vez en la cocina. O aquella noche en el coche. Y entonces empezó a parecer mucho menos aislado de lo que lo habíamos pintado al principio.»
(D7, Mujer, 31).
Su hermana menor lo confirmaba:
«Sí, era como que en cuanto salía un recuerdo, venía otro con él. Empezaron a volver cosas en las que no había pensado en mucho tiempo.»
(D7, Mujer, 18).
Al final de algunas entrevistas diádicas, las personas participantes expresaban una comprensión revisada:
«Al final de la conversación, me acuerdo de pensar: a lo mejor de verdad fue más de lo que me he permitido pensar. No porque ella me contara nada totalmente nuevo, sino porque oírlo junto a mis propios recuerdos hacía más difícil restarle importancia al patrón.»
(D14, Mujer, 32).
Muchas personas describían sus recuerdos como fragmentados más que ausentes. Aunque la distribución física de las casas seguía siendo vívida, la cronología era mucho menos clara:
«Me imagino la casa con mucha claridad. Sé exactamente dónde giraba el pasillo, dónde estaban los cuartos, adónde íbamos a escondernos. Esa parte es nítida. Lo que no es nítido es el orden — qué pasó primero, o si aquello fue la misma noche que otra cosa.»
(D4, Mujer, 26).
Las personas participantes recordaban fragmentos sensoriales sin estar seguras de si pertenecían a un solo incidente o a muchos:
«A veces me acuerdo de trozos más que de escenas completas. Como el tacto de la alfombra, la luz de la tele, oír pasos, cosas así. Pero no siempre podría decirte si todos esos detalles pertenecen a un incidente concreto o si mi memoria fue cosiendo noches distintas.»
(D6, Mujer, 35).
Estos recuerdos fracturados, desiguales y a veces contradictorios reflejan cómo la codificación traumática, el punto de observación y los roles de protección moldearon no solo lo que cada miembro de la fratría recordaba, sino también cómo reconstruía el pasado. Como observaba un hermano mayor:
«Creo que dónde estabas en la casa, a qué intentabas prestar atención y cuál era tu papel en ese momento cambiaba lo que se te quedaba grabado. Así que ahora entiendo que lo recordemos de forma diferente. En realidad no lo estábamos viviendo desde el mismo sitio exactamente, aunque pasara en la misma casa.»
(D13, Hombre, 36).
En todas las díadas fraternas, las personas participantes describieron una llamativa ausencia de conversación directa sobre la violencia, tanto en la infancia como durante muchos años después. Como reflexionaba una hermana mayor:
«De verdad que no hablábamos de eso. Ni de pequeñas, ni de mayores, ni siquiera cuando estábamos muy unidas en todo lo demás. Era toda una parte de nuestra vida que, no sé cómo, nunca se convirtió en algo de lo que nos sentáramos a hablar.»
(D6, Mujer, 35).
Rara vez se atribuía el silencio a instrucciones explícitas de las personas adultas; más bien se vivía como algo automático y comprendido por ambas partes:
«Nadie tuvo que decirnos: no habléis de esto. No era eso. Simplemente se sentía entendido. Como si de algún modo lo supiéramos sin más: de esto no se habla.»
(D2, Mujer, 29).
Las personas participantes recordaban ir al colegio al día siguiente de un episodio aterrador, sentarse una junto a otra en el desayuno o compartir dormitorio por la noche sin mencionar lo ocurrido:
«Esa parte ahora me parece rarísima. Podíamos haber pasado una noche horrible y a la mañana siguiente estar ahí sentadas desayunando o preparándonos para el colegio como si nada. No porque no hubiera pasado nada, sino porque nadie iba a ser quien lo dijera primero.»
(D1, Mujer, 24).
Algunas personas recordaban haber notado signos visibles de malestar en su hermana o hermano sin darse por enteradas:
«Me acuerdo de mirar a mi hermana al otro lado de la mesa y saber que estaba mal. Se le veía en la cara, en lo callada que estaba, en lo tensa que parecía. Pero incluso así, simplemente apartábamos la mirada y seguíamos. No hablábamos de eso.»
(D11, Mujer, 25).
Preguntas como «¿Estás bien?» o «¿Has oído eso?» se describían como prácticamente inexistentes:
«No nos preguntábamos: ¿estás bien?, o ¿has oído eso?, ni nada por el estilo. No recuerdo para nada ese tipo de conversaciones. Era más bien que todo el mundo lo sabía, pero nadie lo decía.»
(D9, Mujer, 25).
Una participante reflexionaba sobre por qué nunca surgían esas preguntas:
«Sinceramente, si en aquel momento ella me hubiera preguntado qué había pasado o cómo me sentía, no creo que hubiera sabido ni qué contestar. No habría sabido dónde poner algo tan grande. Así que creo que parte de la razón por la que nunca preguntábamos es que no habríamos sabido qué hacer con la respuesta.»
(D4, Mujer, 26).
Los intentos de romper el silencio eran escasos y efímeros. Unas pocas personas participantes recordaban haber empezado a mencionar una noche aterradora y haberse detenido cuando el otro miembro de la díada les indicaba que no siguieran:
«Me acuerdo de que una vez empecé a decir algo sobre una de esas noches, y ella simplemente apartó la mirada y cambió de tema. No tuvo que decirme que no. Por su cara supe que no quería ir por ahí, así que lo dejé.»
(D5, Mujer, 23).
Su hermana lo confirmaba:
«A veces bastaba con una mirada, o con mover un poco la cabeza, y con eso era suficiente. Era como: vale, ahora no vamos a hacer esto.»
(D5, Mujer, 25).
Estos momentos reforzaban la sensación de que nombrar la violencia tenía un peso casi insoportable:
«Decirlo en voz alta se sentía demasiado grande. Como si, en cuanto nombrabas de verdad lo que estaba pasando, se volviera de algún modo más pesado. Creo que una parte de nosotras sentía que, si no lo decíamos, a lo mejor podíamos mantenerlo un poco más contenido.»
(D13, Mujer, 29). Como lo expresó sin rodeos una participante:
«Eso es realmente lo que era. Aprendimos a movernos alrededor. Sabíamos funcionar alrededor de eso, seguir adelante alrededor de eso, pero no atravesarlo de verdad.»
(D8, Mujer, 33).
El silencio persistía en la adolescencia y en la edad adulta. Una participante señalaba:
«Lo que es un poco fuerte es que no se quedó solo en la infancia. Incluso cuando fuimos creciendo, incluso de adultas, seguía siendo algo de lo que casi no se hablaba.»
(D10, Mujer, 27).
Muchas personas describían relaciones fraternas cercanas y activas en las que la VPI vivida en la infancia seguía siendo un tema cuidadosamente evitado:
«Hablamos de todo lo demás. Del trabajo, de las relaciones, de cosas de la familia, del estrés, de todo eso. Estamos muy unidas. ¿Pero esa parte de nuestra infancia? Es lo único que nunca tocamos de verdad.»
(D3, Mujer, 28).
Durante las entrevistas diádicas, oír al otro miembro describir episodios concretos producía a menudo cambios visibles: echarse hacia atrás, bajar la mirada, hacer largas pausas. Un hermano mayor describía la experiencia:
«Hubo momentos en la entrevista en que me eché un poco hacia atrás porque no me había dado cuenta de que él lo recordaba con tanta claridad. O de que me recordaba a mí ahí de esa manera. Creo que dije algo como: no sabía que eso se te había quedado así.»
(D12, Hombre, 27).
Su hermana menor reflexionaba sobre lo que la conversación había revelado:
«Al oírlo hablar de eso, me di cuenta de que había partes que yo no sabía que él cargaba. Me acuerdo de pensar: vaya, no sabía que tenías tanto miedo, porque nunca lo demostró en nuestra infancia.»
(D12, Mujer, 20).
Varias personas participantes reconocían que la propia entrevista diádica había creado las condiciones para una conversación que quizá nunca se habría producido de otro modo:
«No sé si habríamos tenido esta conversación por nuestra cuenta. Quizá algún día, pero la verdad es que no estoy seguro. Hizo falta estar aquí, que nos lo preguntaran directamente, para siquiera meternos en eso juntos.»
(D14, Hombre, 24).
Las personas participantes subrayaban que el silencio no reflejaba indiferencia. Como explicaba una hermana mayor:
«No creo que el silencio significara que no nos importaba. Desde luego no era eso. Si acaso, creo que a veces era precisamente porque nos importaba y no sabíamos cómo sacar el tema sin hacernos daño o sin abrir algo que no sabíamos manejar.»
(D1, Mujer, 32). El cuidado se expresaba por vías indirectas: ayuda práctica, interesarse por la otra persona en momentos de estrés, el humor:
«Nos cuidábamos de otras maneras. Por ejemplo, si estaba pasando algo estresante, o alguien necesitaba ayuda, o incluso mandando un mensaje cualquiera. Estábamos ahí la una para la otra. Solo que no lo relacionábamos en voz alta con esa historia.»
(D9, Mujer, 30).
Para muchas personas, el silencio había llegado a formar parte del ritmo mismo de su relación. Como reflexionaba una hermana menor:
«Ese era un poco el ritmo de todo, no sé si me explico. Pasaba algo, nos protegíamos como podíamos, y al día siguiente la vida simplemente seguía. Y nosotras seguíamos con ella, sin ponerle nombre de verdad a nada de eso.»
(D7, Mujer, 18).
Las personas participantes hablaban con frecuencia de sus figuras parentales de una manera que separaba la conducta violenta del carácter en su conjunto. Como explicaba una participante:
«Creo que siempre me ha costado explicárselo a otra gente, porque la violencia era real, pero aun así yo no vivía a mi madre o a mi padre solo como eso. En mi cabeza, esos momentos eran terribles, pero no eran la persona entera. Creo que siempre he separado la conducta de quien yo entendía que era en general.»
(D6, Mujer, 27).
Incluso al describir incidentes aterradores, las personas participantes añadían matices que preservaban una imagen más compleja de sus figuras parentales:
«Aun diciendo todo esto, sigo queriendo decir que en muchos sentidos fue un buen padre. Eso es lo que lo hace complicado. No era así todo el tiempo. Había esos momentos que daban mucho miedo, sí, pero esa no es la única versión de él que conocí.»
(D14, Mujer, 32).
Esta reinterpretación moral era omnipresente en la muestra:
«Siento que cada vez que cuento una de estas historias, también siento la necesidad de explicar las partes buenas. Como si no pudiera quedarme solo en la violencia, porque no me parecería completo ni justo con la forma en que guardo su recuerdo.»
(D1, Mujer, 32).
El consumo de alcohol o de otras sustancias servía como principal explicación organizadora. Las personas participantes anclaban muchos de sus recuerdos en marcadores sensoriales del consumo de alcohol:
«De entrada, me acuerdo de las señales más que de nada — el olor, las botellas, cómo caminaba distinto, cómo le cambiaba la cara. Se notaba un poco, antes de que pasara nada, que la cosa iba por mal camino.»
(D11, Mujer, 30).
La violencia se narraba a menudo como algo que surgía cuando una figura parental «se pasaba con la bebida», más que como parte de una identidad estable:
«En mi cabeza, en aquel entonces, y la verdad es que a veces incluso ahora, era como que esa conducta salía cuando bebían demasiado. No lo veía como: así son todo el tiempo. Lo veía como lo que pasaba cuando las cosas se descontrolaban.»
(D12, Mujer, 20).
Los miembros de una misma díada terminaban a veces las frases del otro al señalar el alcohol como desencadenante, lo que reforzaba marcos explicativos compartidos:
«Incluso ahora, si mi hermana empieza a hablar de una de esas noches, ya sé por dónde va. Las dos volvemos un poco a la misma explicación, que normalmente es: sí, eso fue cuando empezó a beber.»
(D8, Mujer, 28).
Su hermana mayor lo confirmaba:
«Sí, es casi automático. Ni siquiera tenemos que explicar esa parte del todo, porque las dos sabemos que normalmente eso era lo que venía antes.»
(D8, Mujer, 33).
Los relatos de violencia iban sistemáticamente acompañados de recuerdos de cuidados parentales. Una participante describía cómo coexistían estos recuerdos contrapuestos:
«Esa es la parte que encaja raro. Puedo hablarte de una noche malísima y, en el mismo momento, acordarme también de cosas cariñosas que hacían. Para mí esos recuerdos están uno al lado del otro.»
(D3, Mujer, 28). Tras relatar incidentes aterradores, las personas participantes pasaban con frecuencia a describir cumpleaños, el apoyo con el colegio, salidas familiares o cuidados cotidianos:
«Hablo de uno de los incidentes malos y enseguida la cabeza se me va a cosas como los cumpleaños, que me llevaran al colegio o las salidas en familia. No es que intente borrar lo que pasó. Es que esas cosas también forman parte del recuerdo cuando pienso en mi madre o en mi padre.»
(D5, Mujer, 25).
Recordaban a figuras parentales que se quedaban despiertas hasta tarde para ayudar con los deberes, que cocinaban sus platos favoritos, que tenían varios trabajos:
«Me acuerdo de que me ayudaban con los deberes por la noche, de que hacían comida que nos gustaba, de que trabajaban todo el tiempo para asegurarse de que tuviéramos lo que necesitábamos. Esos también son recuerdos reales. Así que cuando hablo de la violencia, esas otras cosas salen justo al lado.»
(D7, Mujer, 31).
Estos recuerdos positivos solían contarse con calidez antes de que el relato volviera a acontecimientos más dolorosos:
«A veces me pillo sonriendo cuando hablo de los buenos recuerdos, porque esas partes fueron reales y todavía me resultan cálidas. Y luego es raro, porque justo después vuelvo a estar hablando de algo doloroso. Así es como vienen los recuerdos.»
(D1, Mujer, 24).
Muchas personas participantes describían haber entendido a sus figuras parentales como si existieran en «dos versiones diferentes»:
«De verdad parecían dos versiones a veces. Estaba la madre o el padre que conocíamos en el día a día, que podía ser cariñoso y apoyarnos, y luego estaba esa otra versión que salía cuando bebía o en una pelea. Así es como le di sentido durante mucho tiempo.»
(D13, Mujer, 29). En la edad adulta, las personas participantes seguían utilizando un lenguaje que suavizaba o contextualizaba la violencia:
«Incluso ahora me oigo hacerlo: empiezo a describir lo que pasó y luego me paro y digo: pero no quiero que parezcan monstruos. Porque no es así como guardo su recuerdo. Y además, la gente cambia. Algunas de esas cosas han cambiado mucho con el tiempo.»
(D14, Hombre, 24).
Afirmaciones como «pero nos quería» o «de verdad lo intentaba» eran habituales incluso cuando las personas participantes reconocían un miedo y un daño considerables:
«Puedo decir que mucho de eso me daba miedo y me confundía, y que me afectó, y aun así decir que nos quería. Para mí esas cosas no se anulan entre sí. Lo mismo con decir que de verdad lo intentaba en algunos aspectos. Las dos cosas pueden ser verdad.»
(D2, Mujer, 25).
Esta reinterpretación moral permitía a las personas participantes mantener el afecto y la lealtad sin dejar de dar cuenta de experiencias dolorosas:
«Creo que así es como he podido seguir queriendo a mi madre o a mi padre sin fingir que no pasó nada malo. Necesitaba alguna forma de darle sentido a las dos cosas a la vez — el cuidado y el daño —, porque las dos estaban ahí.»
(D10, Hombre, 19).
También influía en cómo las personas participantes evaluaban inicialmente su necesidad de apoyo:
«No crecí pensando: ah, necesito terapia por esto, al menos no al principio. Creo que en parte era porque veía a mi madre y a mi padre como personas buenas en el fondo que tenían problemas, no como monstruos maltratadores. Así que no planteé enseguida lo que vivimos como algo por lo que tuviera derecho a pedir ayuda.»
(D4, Mujer, 32).
Cuando se les preguntó por la búsqueda de ayuda en la edad adulta, la mayoría de las personas participantes indicó que no había hecho terapia específicamente por la VPI vivida en la infancia. Como explicaba una participante:
«He ido a terapia, pero no porque me sentara a pensar: tengo que trabajar lo que pasó en mi infancia con la violencia. Realmente no lo planteaba así. Era más por otras cosas que estaban pasando en mi vida.»
(D6, Mujer, 35).
Muchas habían acudido a consulta por ansiedad, depresión, dificultades de pareja, estrés académico o agotamiento profesional, pero decían que la violencia vivida en la infancia no había sido el foco principal:
«Fui a consulta sobre todo por ansiedad y estrés, y por algunas cosas de pareja. La violencia de la infancia no fue realmente el motivo principal, y la verdad es que no salió mucho. Estaba ahí de fondo, pero no era algo en lo que me centrara.»
(D10, Mujer, 27).
En el caso de quienes mencionaron la VPI en terapia, la revelación solía ser breve e indirecta:
«Puede que lo mencione, pero normalmente de forma muy general. No es que me siente a contar toda la historia. Más bien lo menciono y paso a otra cosa.»
(D3, Mujer, 28). Las personas participantes contaban que, en la primera entrevista, aludían a «peleas en casa» o a «algunas noches duras en la infancia» antes de reorientar rápidamente la conversación hacia sus preocupaciones actuales:
«Creo que dije algo como: sí, de pequeño había muchas peleas en casa, o algunas noches duras, pero enseguida pasé a lo que me preocupaba en ese momento. No me quedé mucho rato con lo de la infancia.»
(D14, Hombre, 24).
Varias personas no estaban seguras de si sus terapeutas habían retomado el tema, y señalaban que eran ellas mismas quienes desviaban la conversación:
«La verdad es que ni me acuerdo de si la persona que me atendía intentó retomarlo o no, porque sé que yo cambiaba de tema bastante rápido. Si empezaba a acercarse a ese tema, normalmente lo llevaba otra vez a lo que me estaba pasando en ese momento.»
(D9, Mujer, 25).
Algunas recordaban haber rellenado cuestionarios de primera entrevista en los que indicaban una exposición infantil a conflictos o una sensación de inseguridad, pero optaron por no profundizar:
«Me acuerdo de marcar casillas en formularios sobre conflictos en casa o sobre no sentirme segura a veces, pero cuando llegó el momento de hablarlo de verdad, no entré en detalles. Lo dejé ahí, más o menos.»
(D4, Mujer, 26).
En los pocos casos en que la VPI se abordó de forma más explícita, esas conversaciones rara vez continuaron a lo largo de varias sesiones:
«Hubo quizá una o dos veces en que hablé de eso de forma más directa, pero no se convirtió en algo continuado en la terapia. Salía, y en la sesión siguiente ya estábamos otra vez con otra cosa.»
(D11, Mujer, 30).
Las personas participantes describían haber rozado brevemente sus experiencias infantiles antes de volver a los factores de estrés actuales:
«Siento que lo toqué quizá unos minutos una vez, y luego volvimos enseguida al estrés del momento — el trabajo, las relaciones, las cosas del día a día. Y luego, en cuanto me sentí un poco mejor, dejé de ir, así que nunca volvimos realmente a la parte de la infancia.»
(D1, Mujer, 32).
Algunas personas expresaban una ambivalencia genuina sobre si volver sobre la violencia vivida en la infancia les resultaría útil:
«Voy y vengo con eso de si hablarlo en terapia me ayudaría siquiera. Una parte de mí piensa: sí, a lo mejor ahí hay más de lo que me doy cuenta, y otra parte piensa que eso fue hace mucho tiempo y no sé si quiero meterme así en eso.»
(D13, Mujer, 29).
En ocasiones, las entrevistas diádicas llevaban a las personas participantes a reconsiderar esta postura. Oír el relato detallado del otro miembro de la díada cambiaba las perspectivas de formas inesperadas:
«Esta entrevista sí me hizo pensarlo de otra manera, porque oír a mi hermana hablar de eso removió más de lo que esperaba. Me hizo darme cuenta de que a lo mejor no lo he pensado tanto como creía.»
(D8, Mujer, 33).
Para algunas personas, la experiencia de escuchar reveló dimensiones de la exposición compartida que no habían reconocido hasta entonces:
«Oírla describirlo con tanto detalle me hizo darme cuenta de todo lo que ella cargaba de esas noches. Sabía que lo habíamos vivido los dos, claro, pero no creo que hubiera entendido del todo el nivel de miedo que ella arrastraba.»
(D12, Hombre, 27).
Su hermana menor ofrecía una reflexión paralela:
«No me había dado cuenta de todo lo que él recordaba, ni de lo atento que estaba en aquel entonces. Escucharlo hizo que se sintiera más grande, de alguna manera — como si a los dos nos hubiera afectado más de lo que normalmente me permito pensar.»
(D12, Mujer, 20).
Unas pocas personas indicaron que quizá llevarían estas experiencias a terapia en el futuro:
«Me veo quizá sacando algo de esto en terapia ahora, solo porque esta conversación me hizo pensarlo de otra manera.»
(D14, Mujer, 32). Otras personas afirmaron explícitamente que, aunque la conversación les había abierto los ojos, no estaban preparadas para seguir explorando:
«Aunque la conversación me abrió los ojos, no sé si quiero abrir más esa puerta ahora mismo. No estoy seguro de estar preparado para eso, ni siquiera de que me afecte de una forma en la que quiera escarbar.»
(D10, Hombre, 19).
En el conjunto de la muestra, la VPI vivida en la infancia aparecía en la edad adulta sobre todo como contexto de fondo, mencionado brevemente, si acaso, en los espacios terapéuticos:
«Es más bien un contexto de fondo en mi vida que algo que haya puesto realmente en el centro en terapia. Sé que está ahí, sé que importa, pero normalmente sale como un detalle, no como el tema principal.»
(D2, Mujer, 25).
El procesamiento de estas experiencias seguía en gran medida aplazado, sostenido por las mismas pautas de minimización, reinterpretación moral y silencio que se habían formado en la infancia:
«Creo que mucho de por qué se quedó en segundo plano es porque así aprendimos a cargarlo desde el principio. Lo minimizas, lo explicas, no hablas de ello demasiado directamente, y luego pasan los años y ese patrón sigue funcionando, más o menos.»
(D4, Mujer, 32).
En conjunto, estos cinco temas ilustran cómo los miembros de la fratría recordaron y atravesaron la VPI vivida en la infancia, y cómo la llevaron consigo hasta la edad adulta. Como reflexionaba un participante:
«Cuando lo pienso ahora, no se trata solo de lo que pasó entonces. Se trata de cómo lo cargamos, de cómo le dimos sentido, de qué hablamos y de qué no, y de cómo eso nos siguió hasta la edad adulta.»
(D13, Hombre, 36).
Los hallazgos ponen de relieve formas pautadas de trabajo de protección, recuerdos divergentes, silencio relacional, posicionamiento moral respecto de las figuras parentales y un compromiso terapéutico limitado: dinámicas interconectadas que moldearon tanto las respuestas inmediatas a la violencia como las interpretaciones a largo plazo de su significado. Como resumía una participante:
«La verdad es que todo está como conectado. Cómo nos protegíamos, lo distinto que recordamos las cosas, cómo nos callamos, cómo todavía intentamos entender a nuestra madre y a nuestro padre, y lo poco que lo hemos trabajado de verdad en terapia — todo forma parte de la misma historia.»
(D6, Mujer, 27).
Los hallazgos de este estudio demuestran que la exposición infantil a la VPI no es únicamente una experiencia psicológica individual, sino una experiencia fundamentalmente relacional, moldeada por la presencia, las acciones y las interpretaciones de los miembros de la fratría que presencian en común la violencia. La investigación existente ha documentado las consecuencias evolutivas, conductuales y socioemocionales de la exposición a la VPI (Wood & Sommers, 2011; Holt et al., 2008; Whitten et al., 2024); sin embargo, la mayor parte de la literatura concibe a la infancia como testigo en solitario o se centra sobre todo en las dinámicas entre figuras parentales e hijos e hijas. El presente estudio amplía este trabajo al poner de relieve el papel central de la fratría, cuyo trabajo de protección, silencio compartido, recuerdos divergentes e interpretaciones morales estructuran la manera en que se vive y se recuerda la VPI. Estos hallazgos concuerdan con la investigación sobre trauma y memoria, la sociología relacional, las teorías feministas del trabajo familiar marcado por el género y los trabajos sobre las dinámicas familiares latinas, y los amplían.
En consonancia con la investigación sobre el trauma y la memoria autobiográfica, las personas participantes describieron una mayor vigilancia y una sintonía rápida con los cambios sutiles del ambiente doméstico —el tono, los pasos o «que la casa se quedara en silencio»— como indicadores de un peligro creciente (Fivush & Merrill, 2016; van der Kolk, 2014). Investigaciones anteriores constatan igualmente que, en los hogares afectados por la VPI, las fratrías desarrollan estrategias de afrontamiento con pautas relacionales, como el consuelo mutuo y la vigilancia coordinada (Bender et al., 2024). Sus respuestas de protección inmediatas parecen reflejar a la vez respuestas de supervivencia y una corregulación relacional, lo que sugiere que la proximidad fraterna se convertía en una fuente de estabilidad cuando la seguridad que debían ofrecer las personas adultas era incierta (Wood & Sommers, 2011; Graham-Bermann & Levendosky, 1998).
La sociología relacional ayuda a explicar cómo estas rutinas de protección se consolidaron en roles fraternos familiares. A través de la exposición repetida a la violencia, la infancia desarrolló pautas relacionales muy ensayadas —llevar a los miembros menores de la fratría a escondites, vigilar los pasillos o intervenir verbalmente— que quedaron inscritas en su manera de entender lo que representaban mutuamente (Mauthner, 2002; Howe & Recchia, 2014; Dirks et al., 2015). Las personas participantes describieron estos roles como persistentes hasta la edad adulta, aunque la naturaleza y las consecuencias de esa persistencia variaban según las personas y las díadas.
La división del trabajo de protección seguía pautas de género, en eco con la investigación feminista que documenta cómo se sitúa de forma desproporcionada a las niñas como cuidadoras emocionales, mientras que a los niños se los socializa hacia la vigilancia o la intervención (Ridgeway, 2011; Thorne, 1993). En este estudio, las hermanas mayores describían cómo calmaban, resguardaban y trasladaban a los miembros menores de la fratría, mientras que los hermanos mayores de las cuatro díadas hermana–hermano describían más a menudo roles de proximidad física o volcados hacia el exterior. Estas pautas concuerdan con la investigación sobre el trabajo familiar marcado por el género y la amplían al mostrar cómo esas expectativas se intensifican en condiciones de amenaza. No obstante, estas observaciones sobre el género deben interpretarse con cautela: la muestra no incluye díadas de hermanos varones, y la conducta de los hermanos mayores está representada por solo cuatro participantes. Las afirmaciones sobre el trabajo de protección masculino reflejan, por tanto, una pauta preliminar y no un hallazgo concluyente. Cabe señalar que el predominio de díadas de hermanas en esta muestra —diez de catorce díadas— hace que los hallazgos iluminen con mayor solidez el trabajo marcado por el género de las hermanas mayores, incluidas las cargas emocionales y de cuidado que recaen sobre las niñas en las familias latinas, donde esas responsabilidades pueden ser ya de por sí mayores (Calzada et al., 2013; Coohey et al., 2013; Haselschwerdt et al., 2019; Masarik & Rogers, 2020).
La divergencia de los recuerdos fraternos documentada aquí conecta también con una literatura más amplia sobre los relatos familiares y el recuerdo compartido. La investigación sobre la memoria familiar demuestra que quienes presencian los mismos acontecimientos construyen habitualmente relatos divergentes, moldeados por la edad, el punto de observación, la proximidad emocional y las conversaciones posteriores al suceso (Fivush & Haden, 2003; Reese & Fivush, 1993). En las familias afectadas por la VPI en concreto, las valoraciones divergentes que la infancia hace del conflicto están bien documentadas: los miembros de una misma fratría muestran a menudo correlaciones bajas en la autoinculpación y en la valoración de la amenaza, incluso cuando coinciden en los rasgos objetivos de la violencia (Iturralde et al., 2013). Los presentes hallazgos amplían este trabajo al mostrar que la divergencia no es solo cognitiva, sino también espacial y relacional: depende de dónde se encontraba cada miembro de la fratría, qué papel desempeñaba y qué intentaba no ver ni oír. El formato de entrevista diádica resultó especialmente valioso en este punto, ya que permitió que la divergencia aflorara en tiempo real y no solo mediante una comparación retrospectiva.
El estudio demuestra también cómo los recuerdos fraternos de la VPI están moldeados a la vez por el trauma y por el posicionamiento relacional. Los recuerdos de las personas participantes —ricos en detalles sensoriales, pero ambiguos en cuanto a la secuencia o la frecuencia— hacen eco de la investigación que muestra que los acontecimientos traumáticos se codifican a menudo en fragmentos y no en relatos lineales (Fivush & Merrill, 2016; Brewin, 2014; van der Kolk, 2014). Las divergencias entre los recuerdos de los dos miembros de una díada correspondían con frecuencia al lugar que cada cual ocupaba durante los episodios violentos: detrás de puertas cerradas, en los pasillos o en la habitación donde se desarrollaba el conflicto. Los recuerdos fragmentados y de base sensorial que describieron las personas participantes concuerdan con la investigación que muestra que el trauma estrecha la memoria autobiográfica y altera su organización temporal (Borrelli et al., 2024). Así pues, la memoria no era meramente personal, sino que estaba estructurada por las rutinas del escudo fraterno.
El silencio surgió como una de las estrategias relacionales más duraderas. Las personas participantes subrayaron que el silencio no se enseñaba ni se imponía explícitamente; más bien, se convertía en una práctica mutua e intuitiva que las protegía de emociones abrumadoras y preservaba una sensación funcional de normalidad. Esta pauta refleja la investigación que muestra que la infancia expuesta a la violencia familiar recurre a menudo a la minimización, al recuerdo selectivo y al silencio para mantener la estabilidad y el apego (Brewin, 2014; Da Silva et al., 2021; Herman, 2015; Wood & Sommers, 2011). Con el tiempo, el silencio se entretejió en la textura de las relaciones fraternas y determinó lo que podía —y lo que no podía— hablarse hasta bien entrada la edad adulta.
La reinterpretación moral moldeó además la manera en que las personas participantes daban sentido a la violencia de sus figuras parentales. Muchas atribuían la conducta dañina al alcohol, al estrés o a una pérdida momentánea de control, al tiempo que destacaban el afecto, el esfuerzo o el sacrificio parentales. Esto concuerda con trabajos anteriores que muestran que la infancia expuesta a la VPI construye a menudo relatos que separan la identidad parental de los actos dañinos para preservar su seguridad emocional (Herman, 2015; Brewin, 2014; Howe, 2005). Estas interpretaciones morales contribuyeron también a la revelación limitada de las personas participantes en los contextos terapéuticos, donde la VPI se minimizaba a menudo o solo se mencionaba brevemente.
Las normas culturales propias de muchas familias latinas moldearon además las pautas relacionales documentadas aquí. La coordinación tácita, el compromiso compartido de proteger a los miembros menores de la fratría y el silencio colectivo concuerdan con los valores del familismo —que enfatiza la interdependencia, la lealtad y la prioridad de la unidad familiar— y con las normas de discreción que desalientan la discusión abierta del conflicto familiar (Cahill et al., 2021; Calzada et al., 2013; Stein et al., 2014). La reinterpretación moral de las figuras parentales por parte de las personas participantes, incluida la tendencia persistente a contextualizar la conducta violenta mediante explicaciones relacionadas con el alcohol, el estrés o las dificultades personales, puede reflejar también presiones culturales asociadas al respeto y al marianismo, valores que disuaden a la infancia, y en particular a las hijas, de situar a sus figuras parentales como moralmente culpables (Da Silva et al., 2021; Haselschwerdt et al., 2019). La constatación de que la revelación terapéutica se aplazaba o quedaba incompleta de forma sistemática puede reflejar igualmente normas culturalmente configuradas que llevan a mantener los asuntos familiares en privado y a buscar apoyo dentro del sistema familiar y no fuera de él. Estas interpretaciones están culturalmente fundamentadas, pero son especulativas dado el carácter exploratorio de esta muestra; la investigación futura debería examinar directamente cómo las propias personas participantes relacionan sus pautas de silencio y de búsqueda de ayuda con los valores culturales.
Los hallazgos reconceptualizan la exposición infantil a la VPI como una experiencia relacional y colectiva que se configura dentro de la unidad fraterna. El marco del escudo fraterno integra cinco corrientes de investigación — la investigación sobre trauma y memoria, la sociología relacional, las teorías feministas del trabajo familiar marcado por el género, los estudios sobre familias latinas y la perspectiva del curso vital — para explicar cómo la fratría coconstruye seguridad, coherencia y sentido durante la violencia y después de ella.
La investigación sobre trauma y memoria subraya que la infancia codifica la violencia mediante fragmentos sensoriales y una vigilancia encarnada, más que mediante relatos coherentes (Fivush & Merrill, 2016; Brewin, 2014; van der Kolk, 2014). Este estudio amplía ese trabajo al mostrar cómo esos fragmentos están moldeados por las rutinas de protección de la fratría. Lo que las personas participantes recordaban —que tiraran de ellas por los pasillos, aguzar el oído para captar pasos o esconderse bajo las mantas— era inseparable de las posiciones relacionales que ocupaban durante la VPI, lo que ilustra que la formación de la memoria y el trabajo de protección están entrelazados.
La sociología relacional destaca que la elaboración de sentido surge a través de prácticas y relaciones compartidas (Mauthner, 2002; Morgan, 2011; Finch, 2007). El estudio amplía esta perspectiva al mostrar cómo los miembros de la fratría coproducen el silencio, refuerzan o cuestionan mutuamente sus interpretaciones y mantienen colectivamente relatos morales sobre sus figuras parentales. Los recuerdos divergentes en las díadas seguían la pauta de la división del trabajo de protección —quién vigilaba, quién se escondía, quién intervenía—, lo que demuestra que la memoria no solo está distribuida, sino estructurada por los roles relacionales.
La investigación feminista sobre el trabajo familiar marcado por el género permite comprender por qué los roles de protección se repartían según el género. En consonancia con la investigación que muestra que las niñas asumen de forma desproporcionada el cuidado emocional y los niños la vigilancia o la intervención (Ridgeway, 2011; Thorne, 1993), las hermanas mayores de este estudio describían cómo calmaban y organizaban a los miembros menores de la fratría, mientras que los hermanos mayores describían cómo vigilaban los pasillos o se acercaban al conflicto. Estos roles no se enseñaban explícitamente, sino que surgían de expectativas de género intensificadas en condiciones de amenaza.
Por último, los estudios sobre familias latinas aclaran cómo las normas culturales —el familismo, el respeto y la discreción— moldearon el silencio, las responsabilidades y las interpretaciones morales de las personas participantes (Calzada et al., 2013; Coohey et al., 2013; Haselschwerdt et al., 2019; Stein et al., 2014). Estas normas configuraron la coordinación tácita, el compromiso compartido de proteger a los miembros menores de la fratría y la tendencia a reinterpretar moralmente los actos de las figuras parentales. Estas interpretaciones culturales enriquecen el análisis, pero deben manejarse con cuidado: no todas las personas participantes invocaron explícitamente valores culturales para explicar su conducta, y atribuir los hallazgos a normas culturales corre el riesgo de aplanar la heterogeneidad de las comunidades latinas en cuanto a orígenes nacionales, estatus generacionales y estructuras familiares. La investigación futura debería examinar de forma más directa cómo entienden las propias personas participantes la relación entre los valores culturales y las dinámicas fraternas en los hogares afectados por la VPI.
En conjunto, estas líneas muestran que las experiencias infantiles de VPI se despliegan dentro de ecologías relacionales de daño y de cuidado. El marco del escudo fraterno concibe a los miembros de la fratría como cosupervivientes cuyo trabajo coordinado moldea profundamente cómo se soporta, se interpreta y se recuerda la violencia a lo largo del curso vital. De manera decisiva, este marco no sostiene que las relaciones fraternas sean uniformemente protectoras: evidencias longitudinales recientes documentan trayectorias de victimización creciente por violencia fraterna en los hogares afectados por la VPI, con consecuencias que se extienden a las relaciones de pareja de la adultez temprana (Lee et al., 2025). El marco del escudo fraterno nombra, por tanto, una de las direcciones que pueden tomar los vínculos fraternos (hacia la protección coordinada y la elaboración de sentido), al tiempo que reconoce que existen otras trayectorias que merecen la misma atención científica. Dado el carácter exploratorio y el tamaño de esta muestra, el marco debe entenderse como una herramienta conceptual para organizar e interpretar observaciones cualitativas, y no como un modelo teórico plenamente validado. Su valor reside en nombrar procesos —el trabajo de protección, la divergencia de la memoria, el silencio relacional, la reinterpretación moral y el procesamiento diferido— que los marcos existentes, centrados en el individuo, no han abordado sistemáticamente, y en generar proposiciones contrastables para la investigación futura con muestras más amplias y diversas. Al tender puentes entre la teoría del trauma, la sociología relacional, la investigación feminista, la investigación sobre familias latinas y la perspectiva del curso vital, el marco cuestiona los modelos individuales de la exposición infantil a la VPI y propone una comprensión relacional y culturalmente fundamentada de cómo la infancia atraviesa la violencia y sobrevive a ella dentro de sus familias.
Conviene hacer una precisión sobre la posicionalidad de quien investiga. Como persona investigadora sobreviviente, con experiencia personal de VPI en la infancia dentro de una familia latina, aportó a este trabajo tanto sensibilidad interpretativa como posibles puntos ciegos. La familiaridad con el terreno emocional que describían las personas participantes facilitó el vínculo y probablemente contribuyó a la profundidad de las revelaciones a lo largo de las etapas de entrevista. Al mismo tiempo, esta posicionalidad puede haber inclinado el análisis hacia relatos de resiliencia y solidaridad fraterna, restando posiblemente peso a los relatos de conflicto, ambivalencia o daño entre miembros de la fratría. Las prácticas de diario reflexivo y de revisión entre pares descritas en la sección de Metodología se emplearon precisamente para hacer aflorar y examinar estas tendencias. Quien lea este trabajo debería ponderar los hallazgos teniendo presente esta posicionalidad, y reconocerla a la vez como un recurso y como una limitación del proceso interpretativo (Levitt et al., 2017; Tracy, 2020).
Este estudio exploratorio presenta varias limitaciones que merecen una consideración atenta. La muestra intencional era pequeña y no pretendía ser representativa; los hallazgos deben entenderse como generadores de hipótesis, y no como una base para establecer prevalencias o generalizaciones. El rango de edad de las personas participantes (de 18 a 36 años en el momento de la entrevista) es relativamente restringido y se concentra en la adultez joven, por lo que puede no captar cómo entienden o cargan las dinámicas del escudo fraterno las personas de más edad, con mayor distancia temporal respecto de la VPI vivida en la infancia. No se evaluaron sistemáticamente los antecedentes de salud mental, la participación actual en terapia ni el procesamiento previo del trauma; las personas con síntomas traumáticos importantes no tratados o en situación de crisis activa podrían vivir y expresar estas dinámicas de forma diferente. La muestra está además dominada por díadas de hermanas (diez de catorce díadas), sin representación de díadas de hermanos varones. Esta característica de la composición implica que los hallazgos sobre el género, aunque significativos, reflejan mucho más las experiencias de las hermanas que las de los hermanos, y no pueden dar cuenta de las fratrías compuestas solo por varones. Las personas participantes eran adultas que recordaban experiencias infantiles; los relatos retrospectivos son analíticamente valiosos para examinar la elaboración de sentido, pero están moldeados por el tiempo, la distancia emocional y los acontecimientos vitales intermedios. El estudio reclutó a miembros de fratrías que seguían en contacto y aceptaron participar a la vez; las díadas fraternas distanciadas, conflictivas o separadas geográficamente podrían mostrar pautas sustancialmente diferentes. Las entrevistas diádicas pueden haber influido en la revelación, ya que algunas personas participantes pueden haberse guardado relatos que habrían compartido a solas. Este estudio se centró en familias latinas de Estados Unidos; no debe suponerse que los hallazgos se generalicen a otros contextos raciales, étnicos, migratorios o socioeconómicos sin una interpretación cultural cuidadosa. Por último, el estudio tampoco evaluó sistemáticamente la gravedad, la frecuencia ni el tipo de VPI vividos en los distintos hogares. Las personas participantes describieron una variedad de experiencias, y es posible que la variación en la gravedad de la VPI moldeara las formas de trabajo de protección, de memoria y de silencio documentadas aquí de maneras que el presente análisis no estaba diseñado para examinar. La investigación futura debería atender explícitamente a la gravedad y a la tipología de la VPI como posibles moderadores de las dinámicas fraternas.
Los hallazgos subrayan la importancia de reconocer a los miembros de la fratría como parte activa en la manera de atravesar la VPI, y no como una presencia periférica o una figura de fondo en los relatos de la infancia. Para profesionales de los ámbitos clínico, escolar, de acompañamiento a víctimas y de protección de la infancia, esto implica evaluar de forma sistemática las dinámicas fraternas junto con las experiencias individuales. Comprender a quién recurre una niña o un niño cuando tiene miedo, cómo se comunica la fratría durante la escalada de un conflicto y qué rutinas de protección ha desarrollado ya proporciona una visión fundamental de las estrategias relacionales que sostienen la seguridad de la infancia. Los planes de seguridad pueden reforzarse apoyándose en estas pautas existentes: por ejemplo, identificando las habitaciones seguras en las que la fratría ya se refugia junta, validando las conductas de protección en lugar de patologizarlas y creando oportunidades para que los miembros de la fratría procesen en común el malestar de manera adecuada a su desarrollo. Al mismo tiempo, el personal profesional debería prestar atención a las cargas emocionales y evolutivas que recaen sobre los miembros mayores de la fratría, que a menudo asumen roles de cuidado o de protección que exceden su capacidad y se convierten en fuente de tensión hasta bien entrada la edad adulta.
Las implicaciones para las políticas públicas son igualmente significativas. Las respuestas institucionales a la VPI —incluidos el acogimiento en casas de acogida, las intervenciones de protección de la infancia, los protocolos de visitas supervisadas y las decisiones de los juzgados de familia— suelen priorizar la seguridad entre las figuras parentales y sus hijos e hijas, y pasan por alto los vínculos fraternos. Los presentes hallazgos muestran que estos vínculos pueden constituir la fuente más constante de regulación emocional y de seguridad física de la infancia. Las políticas que separan a los miembros de una fratría o que no incluyen la evaluación de la fratría en los planes de seguridad pueden correr el riesgo de socavar estas relaciones estabilizadoras, en particular cuando esos vínculos han sido una fuente principal de corregulación durante la violencia. Esto es especialmente cierto en las familias latinas, donde las normas culturales en torno a la responsabilidad mutua y la interdependencia familiar hacen que los lazos fraternos sean particularmente relevantes. Garantizar que la fratría permanezca unida siempre que sea seguro y factible, y que sus roles relacionales se tomen en serio en la planificación de los casos, puede reforzar sustancialmente la resiliencia de la infancia durante y después de las intervenciones relacionadas con la VPI.
Por último, el estudio señala varias líneas para la investigación futura. Ampliar el marco del escudo fraterno exige incluir una gama más amplia de configuraciones fraternas, en especial díadas de hermanos varones, fratrías distanciadas o con contacto limitado, y familias en las que la VPI produjo una ruptura relacional duradera o violencia entre los miembros de la fratría. Los trabajos futuros deberían examinar también las condiciones en las que las relaciones fraternas en los hogares afectados por la VPI evolucionan hacia el daño en lugar de hacia la protección, a partir de la evidencia longitudinal emergente que documenta trayectorias de victimización por violencia fraterna con consecuencias duraderas (Lee et al., 2025). La investigación debería examinar asimismo las fratrías en contextos raciales, étnicos, migratorios y socioeconómicos diversos, para aclarar cómo las normas culturales locales moldean la forma, el significado y el coste del trabajo de protección. Los diseños longitudinales y de métodos mixtos podrían iluminar cómo evolucionan con el tiempo los roles de protección, el silencio y la reinterpretación moral, y cómo se entrecruzan con el bienestar adulto, el funcionamiento relacional y las conductas de búsqueda de ayuda. Integrar enfoques narrativos, diádicos y centrados en el trauma podría profundizar aún más la comprensión de cómo la infancia atraviesa colectivamente el peligro y de cómo esas estrategias relacionales resuenan a lo largo del curso vital.
Este estudio demuestra que comprender la exposición infantil a la VPI exige desplazar la atención analítica de las trayectorias individuales hacia los sistemas relacionales a través de los cuales la infancia atraviesa el daño. En este trabajo, los miembros de la fratría no aparecieron como figuras de fondo, sino como agentes centrales cuyas respuestas coordinadas, sintonía emocional y trabajo interpretativo moldearon la textura y el significado de la violencia a lo largo del curso vital. Al ilustrar cómo la protección, el silencio y la memoria se producen colectivamente, el marco del escudo fraterno amplía los modelos existentes de la VPI en la infancia y ofrece un relato más relacional de cómo la infancia sobrevive a la inestabilidad dentro de sus familias.
El marco subraya también cómo las expectativas culturalmente configuradas —en particular en las familias latinas— estructuran las responsabilidades que asume la infancia, la manera en que da sentido a la conducta parental y las pautas a largo plazo que persisten en la edad adulta. Prestar atención a estas dinámicas relacionales, culturales y evolutivas — incluido el modo en que los roles de protección y el silencio establecidos en la infancia persisten y se transforman a lo largo del curso vital — revela formas de cuidado, de vigilancia y de carga emocional que permanecen invisibles cuando la VPI se conceptualiza únicamente a través de síntomas individuales o de díadas entre figuras parentales e hijos e hijas. Con ello, el estudio pone de relieve la necesidad de respuestas clínicas e institucionales que reconozcan el papel de la fratría en el mantenimiento de la seguridad y la continuidad, así como los costes relacionales duraderos de este trabajo.
Como estudio exploratorio, este trabajo demuestra también el valor analítico de los métodos diádicos para captar cómo se negocian los recuerdos, cómo se mantiene el silencio y cómo los miembros de la fratría moldean mutuamente sus interpretaciones de la adversidad infantil. Estas aportaciones metodológicas sientan las bases para una investigación futura capaz de rastrear cómo evolucionan los roles de protección, cómo influyen las historias relacionales en el bienestar adulto y cómo los contextos culturales moldean el significado de sobrevivir juntos a la violencia.
Al poner en primer plano a los miembros de la fratría como cosupervivientes, este estudio replantea la exposición infantil a la VPI como un proceso relacional marcado a la vez por la fortaleza y por la tensión. Reconocer estas dinámicas es esencial para desarrollar teorías más matizadas del daño y de la resiliencia, para apoyar a niñas y niños que se sostienen mutuamente en ausencia de una protección adulta fiable y para garantizar que el trabajo relacional que realizan no se pase por alto ni se olvide.
Complexe Systémique: lo esencial
Este estudio desplaza la mirada del niño o la niña considerados aisladamente hacia la fratría como sistema: sus miembros leen las señales, se mueven, se esconden, montan guardia, y este trabajo de protección deja huella en la manera misma de recordar y de callar. Para la clínica, la aportación es doble. Invita a preguntar, en la evaluación, a quién recurre la niña o el niño cuando tiene miedo y qué rutinas ha inventado ya la fratría, para reconocerlas en lugar de patologizarlas, y a evitar separaciones que desmantelen este recurso. Recuerda también que una breve mención de «peleas en casa» en la primera entrevista puede encubrir una historia que nadie ha trabajado, y que una entrevista conjunta de la fratría puede abrir lo que el silencio mantenía cerrado, siempre que se prepare su seguridad. El coste de esta protección, que recae sobre todo en las hermanas mayores, merece atención: parentificación, lealtad, reinterpretación moral de las figuras parentales. Los límites son claros: una muestra pequeña dominada por díadas de hermanas, una codificación realizada por una sola persona investigadora que es también sobreviviente, y una lectura cultural propuesta con cautela. Para leer junto con el artículo sobre los relatos de fratrías ante el sufrimiento psíquico parental y el artículo sobre las díadas expuestas conjuntamente a la violencia doméstica.
Notas del original
Agradecimientos. Expreso mi más profundo agradecimiento a las personas participantes, que compartieron generosamente conmigo su tiempo, sus recuerdos y sus experiencias. Su disposición a reflexionar sobre momentos difíciles y a implicarse en un proceso de entrevistas en varias etapas hizo posible este trabajo. Agradezco también al McCausland College of Arts and Sciences de la University of South Carolina su apoyo a este proyecto mediante la Faculty Research and Creative Scholarship Grant.
Financiación. Financiación de acceso abierto proporcionada por el Carolinas Consortium. Esta investigación contó con el apoyo de la Faculty Research and Creative Scholarship Grant del McCausland College of Arts and Sciences de la University of South Carolina.
Aprobación ética. Este estudio fue aprobado por el comité de ética institucional (Institutional Review Board) de The University of South Carolina (protocolo n.º 00140574).
Consentimiento para la publicación. Se informó a las personas participantes de que se utilizarían extractos anonimizados para la publicación. Este manuscrito no incluye ninguna información identificativa.
Consentimiento para participar. Se obtuvo el consentimiento informado de todas las personas que participaron en el estudio.
Conflicto de intereses. La autoría declara no tener ningún conflicto de intereses.
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Traducción no oficial al español de Silent Witnesses, Protective Bonds: Sibling Memories and Shielding Behaviors in Households Affected by Intimate Partner Violence, de Veronica Valencia Gonzalez, Journal of Family Violence, publicación anticipada en línea (2026), doi: 10.1007/s10896-026-01158-2, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (traducción al español). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Este artículo es la traducción no oficial al español del artículo original «Silent Witnesses, Protective Bonds: Sibling Memories and Shielding Behaviors in Households Affected by Intimate Partner Violence», publicado en Journal of Family Violence (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Gonzalez, V. V. (2026). Silent Witnesses, Protective Bonds: Sibling Memories and Shielding Behaviors in Households Affected by Intimate Partner Violence. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/silent-witnesses-protective-bonds-sibling-memories-and-shielding-behaviors (Obra original publicada en 2026 en Journal of Family Violence, OnlineFirst (2026); republicada en 2026 por Journal of Family Violence, https://link.springer.com/article/10.1007/s10896-026-01158-2)
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