Traducción asistida por IA

Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

Journal of Child & Adolescent Trauma · Violencia

Relatos sobre la ruptura del ciclo de la violencia intergeneracional en las familias: caminos distintos, una misma meta

En Finlandia, quince madres y padres que vivieron a la vez maltrato infantil y violencia entre sus propios progenitores escriben su historia. Surgen tres trayectorias compuestas: una ruptura temprana y deliberada, una lucha cotidiana contra el pasado, y un maltrato repetido y después elaborado. Romper el ciclo de la violencia de pareja no basta para romper el del maltrato: lo decisivo es cómo se reconocen los traumas relacionales y cómo se integran en la propia historia de vida.

Autoría Laura Mielityinen y Eija Paavilainen (Tampere University, Tampere); Taina Laajasalo (Finnish Institute for Health and Welfare, Helsinki), FinlandiaPrimera publicación Journal of Child & Adolescent Trauma, 11 de agosto de 2026Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de Narratives about Breaking the Cycle of Intergenerational Violence in Families: Different Routes, Same Goal, de Laura Mielityinen, Taina Laajasalo y Eija Paavilainen, publicado en Journal of Child & Adolescent Trauma (Springer) (2026), doi: 10.1007/s40653-026-00961-9, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las declaraciones de final de artículo se agrupan en las notas; el material complementario (tablas de temas) no se reproduce. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Romper un ciclo, como el de la VPI, no pone fin automáticamente a otro, como el del maltrato infantil.

Laura Mielityinen, Taina Laajasalo y Eija Paavilainen

Resumen

La violencia intergeneracional en las familias está bien documentada, pero la investigación recurre a menudo a métodos cuantitativos y pasa por alto la complejidad de las experiencias vividas. Los estudios cualitativos sobre madres y padres expuestos a la vez a la violencia de pareja íntima (VPI) y al maltrato infantil siguen siendo escasos. Este estudio examina los relatos de progenitores finlandeses para explorar cómo quienes vivieron en la infancia tanto maltrato como exposición a la VPI narran y dan sentido a la continuidad o al cambio intergeneracional de la violencia. Los datos consisten en 15 relatos escritos, analizados mediante métodos narrativos que incluyen relatos compuestos y personajes ficticios para sintetizar los testimonios y poner de relieve patrones temáticos. Nuestros resultados cuestionan la idea de un ciclo de daño simple y lineal. La transmisión intergeneracional aparece, en cambio, como un proceso dinámico y probabilístico. Romper un ciclo, como el de la VPI, no pone fin automáticamente a otro, como el del maltrato infantil. Lo que parece importar es cómo las personas dan sentido a los traumas relacionales y los integran en su historia de vida. Cuando estas experiencias se reconocen y se elaboran, madres y padres pueden avanzar hacia un apego seguro adquirido, que transforma tanto la crianza como las relaciones de pareja. En conjunto, estas aportaciones subrayan la necesidad de estrategias de prevención que vayan más allá de la exposición, centradas en el apoyo temprano al apego y en intervenciones que combinen la capacidad de acción personal y la reescritura de las experiencias infantiles con recursos externos como relaciones seguras y acompañamiento profesional.

Palabras clave: violencia de pareja íntima, maltrato infantil, transmisión intergeneracional de la violencia, análisis narrativo

Introducción

La investigación pone de relieve de forma constante la concurrencia de la violencia de pareja íntima (VPI) y el maltrato infantil dentro de una misma unidad familiar (Herbert et al., 2023; Mielityinen et al., 2024). La investigación sugiere también que las personas expuestas a la violencia en la infancia, ya sea como víctimas de maltrato o como testigos de VPI, corren un riesgo mayor de perpetuar estos patrones en la edad adulta, ya sea ejerciendo VPI o maltrato infantil, ya sea sufriendo VPI en sus propias relaciones de pareja (Assink et al., 2018; Curtis et al., 2023). Además, los estudios indican que la doble exposición al maltrato y a la VPI durante la infancia amplifica aún más este riesgo, de modo que estas personas tienen una probabilidad significativamente mayor de ejercer o sufrir violencia más adelante en la vida que quienes estuvieron expuestos a una sola forma de violencia (Herbert et al., 2023; Hultmann et al., 2020; Shields et al., 2020).

Los estudios existentes aportan importantes datos cuantitativos sobre la prevalencia de la concurrencia de VPI y maltrato infantil en un mismo sistema familiar y sobre la probabilidad de que una de estas formas de violencia persista y se transmita entre generaciones (Madigan et al., 2019). Identifican, además, factores de riesgo (p. ej., la ansiedad materna) y factores de protección (p. ej., el apoyo social) decisivos que influyen en estas trayectorias, así como los efectos adversos asociados a la concurrencia (Hultmann et al., 2020; Meng et al., 2018). Aunque la transmisión intergeneracional de cada forma de violencia por separado está en general bien estudiada, los estudios cualitativos con madres y padres que, durante sus años de formación, estuvieron expuestos a la VPI (incluidas experiencias directas o indirectas, como presenciar la violencia en el hogar, oírla o tener conocimiento de ella de otro modo) y sufrieron maltrato infantil son notablemente escasos. Por ello, se sabe muy poco sobre si la concurrencia en sí contribuye a las trayectorias intergeneracionales, y de qué manera. Se trata de una laguna notable, dado que la concurrencia se describe a menudo como un factor de riesgo acumulado (Hultmann et al., 2020) y que se sabe que estas experiencias suelen desembocar en desregulación emocional, apegos inseguros y conductas aprendidas que normalizan la violencia (Oliveros & Coleman, 2021; Papalia & Widom, 2024; Zhang et al., 2023). La investigación cualitativa sitúa en el centro las voces y las experiencias vividas de madres y padres, y permitiría así profundizar en la comprensión de cómo interpretan y dotan de significado su propia victimización infantil por VPI y maltrato concurrentes. Las experiencias subjetivas y las reflexiones de los progenitores son esenciales para orientar el diseño, la aplicación y la evaluación de las estrategias de prevención e intervención destinadas a reducir la violencia en las familias.

Este estudio se propuso explorar los relatos escritos de madres y padres sobre su victimización infantil tanto por VPI como por maltrato. Recurrió a métodos cualitativos y, en concreto, a un análisis narrativo basado en relatos escritos por las propias personas participantes, que les permitió articular su historia con sus propias palabras, con el fin de explorar con matices las experiencias subjetivas de estos progenitores que fueron víctimas.

El ciclo intergeneracional de la violencia de pareja íntima y del maltrato infantil

En muchas familias, niñas y niños están expuestos simultáneamente a múltiples formas de daño (Finkelhor et al., 2007). No solo pueden sufrir maltrato directo, definido como actos de abuso o negligencia que dañan el bienestar físico, emocional o del desarrollo de la criatura, sino también presenciar violencia entre las personas que les cuidan. Cada vez más, la VPI, que se manifiesta en forma de agresión física, abuso psicológico y conductas de control, se reconoce como una forma de maltrato emocional cuyas consecuencias psicológicas son tan graves como las del abuso directo, incluso cuando la niña o el niño no es el blanco inmediato (Bogat et al., 2023).

La investigación indica un solapamiento significativo entre las experiencias directas de maltrato de la infancia y su exposición a la VPI dentro del mismo hogar (Herbert et al., 2023; Mielityinen et al., 2024). Además de ser frecuente, la concurrencia tiene efectos amplios, de largo alcance y a menudo más graves que los de la exposición a una sola forma de violencia (Finkelhor et al., 2007; Hultmann et al., 2020). Esta exposición acumulada se asocia a un mayor riesgo de síntomas traumáticos (Cruz et al., 2022; Hultmann et al., 2020), así como a dificultades relacionales y en la crianza (Lünneman et al., 2019; Taccini et al., 2025). También se ha observado que intensifica el riesgo de desorganización del apego, caracterizada por conductas contradictorias o confusas en las relaciones cercanas, que a menudo nacen del miedo y de la falta de una respuesta coherente por parte de quien cuida (Cicchetti & Doyle, 2016), así como una mayor vulnerabilidad a la victimización y a la perpetración futuras (Brown et al., 2021; Chen, 2024).

La investigación muestra de forma constante que la exposición a la violencia en la infancia aumenta el riesgo tanto de ejercer como de sufrir violencia familiar más adelante en la vida (Lünnemann et al., 2019; Madigan et al., 2019; van IJzendoorn et al., 2020). Este proceso, conocido como transmisión intergeneracional de la violencia (Haselschwerdt et al., 2017; Taccini et al., 2025), puede producirse mediante la repetición directa del maltrato (Madigan et al., 2019) o mediante una mayor probabilidad de verse implicado en la VPI como víctima o como autor (Shields et al., 2020), lo que constituye una transmisión intergeneracional si las hijas e hijos quedan expuestos después a esa violencia. Los datos metaanalíticos indican que la descendencia de progenitores maltratados tiene casi tres veces más probabilidades de sufrir maltrato (Assink et al., 2018), y los estudios longitudinales relacionan el maltrato infantil con un mayor riesgo de VPI en la edad adulta (Curtis et al., 2023).

Varias vías pueden explicar la transmisión intergeneracional de la violencia en las familias. La perspectiva del aprendizaje social (Akers, 1998; Bandura, 1977) sugiere que la infancia expuesta a la violencia en la familia de origen puede llegar a considerar estas conductas como maneras aceptables de cultivar y mantener relaciones cercanas. Con el tiempo, estos patrones aprendidos pueden manifestarse en la edad adulta, ya sea en relaciones violentas entre progenitores e hijos, ya sea en relaciones de pareja violentas. Otros marcos explicativos subrayan el efecto acumulativo del trauma (Gélinas et al., 2025): las adversidades repetidas se suman con el tiempo y alteran la regulación emocional y los patrones relacionales, lo que aumenta el riesgo de transmitir las conductas violentas a la generación siguiente (Oliveros & Coleman, 2021).

Además, el maltrato infantil y la VPI se han relacionado de forma constante con el apego inseguro (Baer & Matinez, 2006; Cicchetti & Doyle, 2016; Lo et al., 2019). La teoría del apego ofrece un marco valioso para comprender cómo pueden transmitirse de una generación a otra tanto la victimización infantil como el trauma relacional temprano. Según Bowlby (1969), el apego, moldeado por la capacidad de respuesta de quien cuida ante las necesidades de la criatura, constituye la base de la regulación emocional y de la sensación de seguridad del niño o la niña. Las figuras de apego seguras ayudan a regular el malestar emocional (Bowlby, 1969), mientras que el apego inseguro se asocia a dificultades de regulación emocional. Las personas con ansiedad de apego, marcada por el miedo al rechazo o al abandono, tienden a ser emocionalmente reactivas, mientras que las que presentan evitación del apego, caracterizada por la incomodidad ante la cercanía y la tendencia a reprimir las emociones, reprimen sus emociones y toman distancia de los demás (Conway et al., 2024; Domic-Siede et al., 2024).

Las alteraciones del apego se trasladan a menudo a la crianza: el apego inseguro se asocia a unos cuidados menos sensibles y menos coherentes (Conway et al., 2024; Nichol et al., 2025). El apego desorganizado, caracterizado por conductas contradictorias o aprensivas arraigadas en un trauma no resuelto, se asocia en particular a unos cuidados marcados por el miedo y la imprevisibilidad (Baer & Martinez, 2006; Lo et al., 2019). Estos patrones interfieren a menudo con la función reflexiva de madres y padres, es decir, la capacidad de comprender la conducta en términos de estados mentales subyacentes, lo que a su vez merma su capacidad de responder adecuadamente a las emociones de sus hijas e hijos (Fonagy & Target, 1997). Cuando la función reflexiva se ve comprometida, aumenta la probabilidad de una crianza disfuncional que, en algunos casos, puede desembocar en maltrato.

Pese al amplio conjunto de datos sobre la continuidad de la violencia en las familias, también hay pruebas de que muchos progenitores con antecedentes de maltrato no maltratan a sus hijos e hijas (Greene et al., 2020; Haselschwerdt et al., 2017; Taccini et al., 2025); del mismo modo, quienes estuvieron expuestos a la VPI en su hogar de infancia no siempre trasladan estos patrones a sus relaciones de pareja (Curtis et al., 2023). Estos datos sugieren que la victimización infantil es solo un factor de riesgo entre otros, que puede actuar junto a otros factores de riesgo. Estos otros factores, como el estrés parental y una baja capacidad paterna de reconocimiento de las emociones (Liel et al., 2022), pueden tener igual o incluso mayor importancia que la exposición a la violencia y ser predictores independientes de una trayectoria parental de violencia. Así pues, la asociación entre victimización infantil y violencia posterior parece más probabilística que determinista (Assink et al., 2018; Haselschwerdt et al., 2017), y los factores de protección aplicados a tiempo pueden moderar y prevenir las consecuencias de la victimización infantil (Meng et al., 2018; Taccini et al., 2025). Es importante señalar que algunas personas desarrollan en la edad adulta un estilo de apego seguro adquirido a pesar de experiencias tempranas inseguras o adversas (Filosa et al., 2024; Roisman et al., 2002).

La investigación sobre la transmisión intergeneracional de la VPI y del maltrato infantil ha recurrido sobre todo a métodos cuantitativos, que han aportado conocimientos valiosos sobre la probabilidad de que la VPI y el maltrato infantil concurran en las familias y sobre la manera en que cada una de estas formas de violencia persiste a lo largo de las generaciones (Madigan et al., 2019). Estos estudios identifican también los principales factores de riesgo y de protección que configuran estas trayectorias (Liel et al., 2022; Meng et al., 2018). Sin embargo, la concurrencia y su transmisión son fenómenos complejos que a menudo pasan desapercibidos en los datos administrativos (Mielityinen et al., 2025) y que son difíciles de captar con los enfoques cuantitativos convencionales (Haselschwerd et al., 2017; Madigan et al., 2019). Aunque existen estudios cualitativos (véanse, p. ej., Ciydem & Demirbilek, 2025; Haselschwerdt et al., 2017), rara vez exploran cómo se interpreta y se transmite la doble exposición de una generación a otra (Taccini et al., 2025), lo que deja sin aclarar si la doble exposición desempeña algún papel en la transmisión intergeneracional y cuál. Además, pocos han situado en el centro la propia voz narrativa de madres y padres, aunque captar las perspectivas subjetivas es esencial para identificar los factores percibidos que contribuyen a la perpetuación o a la ruptura. Por otra parte, el papel del apego, decisivo para la regulación emocional y la resiliencia relacional tanto en la infancia como en la edad adulta, ha recibido una atención mínima: la investigación existente se centra sobre todo en el apego entre progenitores e hijos (p. ej., Conway et al., 2024; Lo et al., 2019) y pasa por alto su influencia en las relaciones de pareja y en la coparentalidad.

La psicología narrativa ofrece un marco para abordar estas lagunas, al examinar cómo las personas dan sentido a su vida mediante historias interiorizadas y cambiantes que vinculan las experiencias pasadas con las identidades presentes y los futuros imaginados (McAdams, 2013). En la teoría de la identidad narrativa de McAdams, estas historias funcionan como estructuras de construcción de sentido mediante las cuales las personas interpretan la adversidad, la coherencia y el cambio a lo largo del tiempo (McAdams & McClean., 2013). Esta perspectiva pone de relieve cómo las personas se posicionan respecto a experiencias anteriores como el maltrato infantil y la exposición a la VPI, y cómo elaboran explicaciones de la continuidad, la ruptura o la transformación entre generaciones. La psicología narrativa ofrece así una lente conceptual para captar interpretaciones subjetivas que los enfoques cuantitativos suelen pasar por alto.

Este estudio colma lagunas de la literatura actual al examinar cómo narran la transmisión intergeneracional las madres y los padres que vivieron en la infancia tanto maltrato como exposición a la VPI. Con este objetivo, el estudio plantea la siguiente pregunta: ¿cómo narran y dotan de sentido a la continuidad o al cambio intergeneracional de la violencia quienes, siendo madres o padres, vivieron en la infancia tanto maltrato como exposición a la VPI? El estudio examina los procesos interpretativos y de construcción de sentido mediante los cuales las personas se posicionan respecto a su pasado, en particular los significados que atribuyen a la continuidad y al cambio entre generaciones. Al analizar relatos escritos por las propias personas, el estudio accede a formas de reflexividad y de presentación de sí que quizá no surgirían en un contexto dialógico. Este enfoque ofrece una comprensión matizada tanto de las vulnerabilidades que perpetúan la violencia como de las fortalezas que favorecen la resiliencia y las conductas de ruptura del ciclo, y aporta así nuevas perspectivas para impulsar la prevención y la intervención.

Datos y métodos

Los datos examinados en este estudio son un conjunto de relatos escritos por madres y padres finlandeses que, en la infancia, sufrieron maltrato físico y presenciaron violencia física de pareja entre sus progenitores. Se lanzó una convocatoria abierta que invitaba a madres y padres a compartir sus experiencias de violencia física en su familia de infancia y en su familia actual. Aunque el foco principal eran las experiencias de violencia física tanto en la infancia como en la edad adulta, no se disuadió a las personas participantes de describir experiencias de violencia psicológica. Este enfoque reconoce que la violencia psicológica suele ser inherente a las situaciones de violencia física (Hart et al., 1996) y que las preguntas sobre la violencia física suscitan con frecuencia relatos que revelan también un daño psicológico. La invitación incluía una serie de preguntas de contexto destinadas a recoger datos sobre la relación de cada participante con los miembros de la familia que habían vivido la violencia. Estas preguntas eran opcionales, para que las personas participantes pudieran centrarse en sus relatos, ya que en la investigación narrativa lo central es la construcción de sentido, no la homogeneidad de la muestra (Riessman, 2008).

Se redactaron consignas narrativas para animar a quienes ejercen la crianza a compartir su historia con detalle. Como el estudio pretendía explorar tanto la continuidad como el cese de la violencia entre generaciones, hacían falta dos tipos de consignas: una dirigida a quienes vivían patrones de violencia persistentes en su vida familiar actual, y otra pensada para quienes consideraban haber roto uno de los ciclos de violencia o ambos. Las consignas eran las siguientes: «¿Cómo percibe la relación entre las experiencias de violencia en su familia de infancia y la violencia física que se produce en su familia actual?», «¿Qué factores cree que están asociados a la continuidad de la violencia de su familia de infancia a su familia actual?», «Si ha logrado romper uno de los ciclos de violencia o ambos, ¿qué cree que explica su capacidad para no seguir ejerciendo la violencia?» y «¿Cómo percibe que sus experiencias de violencia en su familia de infancia se relacionan con la ausencia de violencia en su familia actual?».

Los datos se recogieron entre octubre de 2024 y marzo de 2025 mediante dos plataformas seguras: Penna, que forma parte del Finnish Social Service Data Archive, y LimeSurvey, una aplicación de encuestas en línea gratuita y de código abierto. El enlace a estas plataformas se difundió en redes sociales (Twitter, Facebook e Instagram) a través de redes tanto profesionales como personales. También se recurrió a periódicos de difusión nacional y a tablones de anuncios. Se invitó a escribir a todas las madres y todos los padres (biológicos o no) mayores de 18 años. El resultado fue una muestra autoseleccionada de 15 progenitores y sus relatos, de extensión variable. La extensión total del texto era de 20 páginas (Times New Roman, cuerpo 12).

Ocho de las 15 personas participantes indicaron su edad, que oscilaba entre 25 y 64 años. Ocho eran mujeres, y el resto no indicó su género. Nueve declararon vivir en una familia nuclear (cónyuges y sus hijos e hijas en común), una en una familia monoparental (una persona a cargo y sus hijos e hijas) y dos en familias reconstituidas (dos cónyuges, no todos los hijos e hijas en común), mientras que una indicó que su situación familiar actual era distinta de las mencionadas. Quedaban así dos personas que no precisaron su situación familiar. No se preguntó por la nacionalidad, pero todos los relatos se escribieron en finés.

El estudio fue aprobado por el comité de ética local (número de aprobación 30/2024) y se ajustó a las directrices éticas del Finnish National Board on Research Integrity. En el anuncio de la investigación, el equipo investigador presentó el estudio y estableció el derecho a retirarse en cualquier momento, derecho que se reiteró por escrito antes de que las personas participantes enviaran sus relatos. Así pues, se obtuvo el consentimiento informado de todas ellas, y se les garantizó que sus respuestas se utilizarían únicamente con fines de investigación. Penna y LimeSurvey son plataformas seguras que garantizan la confidencialidad de las personas participantes.

Los datos se almacenaron en el espacio de red personal de la primera autora, protegido por una autenticación en dos fases. Toda la información identificativa (nombres, direcciones, etc.) se eliminó antes del almacenamiento y el análisis. Como los relatos eran anónimos, el equipo investigador no tenía la obligación ni la posibilidad de comunicar los casos de maltrato infantil a las autoridades. Por último, al final de la invitación a escribir se indicaron varios canales de apoyo, a los que las personas participantes podían dirigirse si, tras escribir, sentían emociones o tenían cuestiones que deseaban hablar con más detenimiento.

El equipo investigador practicó una reflexividad activa a lo largo de todo el estudio, reconociendo que la interpretación de los relatos está condicionada por la posición de quienes investigan y por su papel analítico (Soedirgo & Glas, 2020). La primera autora se encargó principalmente del análisis de los datos, así como del desarrollo del enfoque metodológico y de la presentación de los resultados. Este papel central en la construcción de los relatos compuestos exigía una reflexión crítica continua sobre cómo los supuestos personales, las orientaciones teóricas y los conocimientos previos sobre la violencia intergeneracional podían influir en las decisiones y las interpretaciones analíticas. Se prestó especial atención a preservar la voz de las personas participantes al construir los relatos compuestos, buscando el equilibrio entre la abstracción interpretativa y la fidelidad a los testimonios originales.

La reflexividad se practicó de forma iterativa durante el proceso analítico mediante la redacción de memorandos y una autorreflexión continua, en particular en lo relativo a cómo se identificaban e interpretaban los patrones de continuidad, de ruptura y de responsabilidad. Para reforzar el rigor analítico, las interpretaciones emergentes y las construcciones narrativas se discutieron regularmente con las coautoras, que aportaron perspectivas alternativas, preguntas críticas y aclaraciones conceptuales. Este proceso colaborativo ayudó a cuestionar supuestos dados por sentados y garantizó que el análisis siguiera anclado en los datos y no en una única lente interpretativa.

Análisis de los datos

Este estudio se apoya en conceptos procedentes del trabajo narrativo de Riessman (2008), Wertz et al. (2011), Willis (2019) y Johnston (2024). Siguiendo la postura interpretativa de Riessman, el análisis se centra en cómo quienes narran dan sentido a su pasado, más que en la mera reproducción de los hechos, atendiendo a la forma, la función y el significado de sus relatos. Como investigadoras, tenemos la responsabilidad ética de volver a representar con cuidado la voz de las personas participantes, transmitiendo a la vez la riqueza y la complejidad de sus perspectivas. En consonancia con la psicología narrativa, que concibe las historias personales como estructuras cambiantes de construcción de sentido mediante las cuales las personas interpretan su pasado y se posicionan a lo largo del tiempo (McAdams, 2013; McAdams & McLean, 2013), este enfoque pone el acento en cómo las construcciones narrativas articulan la identidad, la capacidad de acción y la continuidad o el cambio percibidos. El uso de relatos compuestos (Johnston, 2024; Wertz et al., 2011; Willis, 2019) refuerza este foco interpretativo al integrar múltiples testimonios en tramas compartidas, preservando a la vez la fluidez y la complejidad narrativas. En conjunto, estos enfoques narrativos sostienen un análisis atento a cómo madres y padres construyen sentido, se posicionan a lo largo del tiempo y narran la continuidad o el cambio percibidos en la transmisión intergeneracional de la violencia.

El análisis siguió varias etapas clave, ilustradas en la Fig. 1.

Fase 1. Lectura inicial y familiarización

En primer lugar, los relatos se transfirieron a Atlas.ti versión 24. Se asignaron a los relatos números y colores distintos para poder seguirlos durante el proceso de análisis. La primera etapa consistió en leer los relatos varias veces para familiarizarse con su contenido y comprender en profundidad cómo narraban sus experiencias madres y padres. En esta primera fase se identificaron dos tramas diferenciadas: (1) relatos en los que el ciclo intergeneracional de la violencia se había roto y nunca se había producido violencia (ni VPI ni maltrato infantil) en la familia actual de la persona (11 relatos), y (2) relatos en los que el ciclo intergeneracional del maltrato infantil había continuado y la persona había maltratado o seguía maltratando a sus hijos e hijas (4 relatos). Como ya se ha indicado, nadie escribió haber sufrido o ejercido VPI en su familia actual. A partir de esta etapa, los relatos se dividieron y analizaron según estas dos tramas.

Fase 2. Codificación abierta

La etapa siguiente consistió en una codificación abierta con códigos descriptivos y estructurales, aplicada por separado a cada trama pero con el mismo procedimiento. El foco analítico principal era el contenido de los relatos: lo que madres y padres escribían sobre la transmisión intergeneracional y los factores que, a su juicio, contribuían a su continuidad o a su ruptura. Como los relatos giraban en torno a las experiencias tempranas y a la crianza actual, la temporalidad pasó a ocupar de forma natural un lugar central, lo que llevó a atender no solo a lo que se relataba, sino a cómo se ordenaban los acontecimientos, cómo se posicionaban las personas respecto a su pasado y cómo construían sentido a lo largo del tiempo. En consonancia con la perspectiva psicológico-narrativa, el análisis atendió por tanto al contenido y a la forma: lo que ocurrió y cómo se construyó el relato para dar sentido a esa experiencia. Entre las preguntas guía figuraban las siguientes: ¿cómo se posicionan madres y padres respecto a sus experiencias pasadas? ¿Qué significados atribuyen a esas experiencias en el contexto de la transmisión intergeneracional? ¿Cómo describen la continuidad o el cambio entre generaciones? ¿Y qué factores individuales, relacionales o sociales contribuyen a la continuidad o a la ruptura? A los fragmentos de texto significativos se les asignaron códigos inductivos para garantizar que la voz de las personas participantes guiara el proceso analítico.

Fase 3. Búsqueda de temas

Tras esta codificación inicial, todos los códigos se incorporaron a una red para visualizar su distribución. Como ya se habían detectado dos tramas diferenciadas, los códigos de las historias en las que el ciclo se había roto se agregaron a una red, y los de las historias en las que el maltrato había continuado, a otra. Esta etapa desplazó el análisis de la codificación hacia el desarrollo temático y la interpretación. La idea era buscar experiencias y patrones compartidos que resonaran entre los relatos de cada trama y examinar si las historias individuales se convertían en historias colectivas.

Fase 4. Identificación de las trayectorias narrativas

El análisis temático puso de manifiesto varios temas recurrentes en los relatos y mostró cómo determinadas estructuras y patrones se expresaban en testimonios diferentes. Entre los once relatos que describían la ruptura del ciclo intergeneracional de la violencia surgieron dos trayectorias narrativas diferenciadas. Cinco relatos describían una capacidad de acción moral temprana y consciente y un rechazo de la violencia relativamente fácil, mientras que seis mostraban el esfuerzo sostenido que exige criar a contracorriente del propio pasado, acompañado de transformaciones emocionales, cognitivas y relacionales. Los relatos que describían la continuidad del maltrato formaban una sola trayectoria. En total, estos análisis dieron lugar a tres trayectorias narrativas.

Fase 5. Construcción de los relatos compuestos

Una vez establecidas las tres trayectorias, el análisis volvió a los textos originales y a los códigos asociados a cada trayectoria para profundizar en la interpretación y construir un relato compuesto para cada grupo. Estos relatos compuestos sintetizan los elementos clave compartidos por varios testimonios y presentan protagonistas ficticias ancladas en los datos. No representan a ninguna participante en concreto, sino que recogen los temas centrales, el tono narrativo y los cambios identitarios característicos de cada trayectoria. Como la fase 4 se basaba en la codificación abierta y la comparación temática, los relatos compuestos estaban directamente vinculados a los patrones identificados en la fase anterior, lo que garantizaba una conexión transparente entre los relatos fuente y las construcciones finales. Aunque los relatos variaban en extensión, los relatos compuestos se basaron en su contenido sustantivo y no en su homogeneidad formal. Se procuró que ningún relato más largo configurara de forma desproporcionada el resultado por el mero hecho de contener más material. Cada relato original contribuyó temáticamente, y los significados centrales de los testimonios más breves se incorporaron al análisis en la misma medida. Todas las citas proceden literalmente de los relatos de madres y padres; la única transformación consiste en integrar material de varios testimonios en una sola trama. Las citas se tradujeron al inglés con el programa eTranslation de la Comisión Europea. Por claridad narrativa, en los relatos compuestos en tercera persona se utiliza el pronombre «ella»; se trata de una convención narrativa que no refleja el género real de las personas participantes. Cada relato compuesto comienza con una breve descripción de los relatos individuales en los que se basa, y los temas característicos de cada trayectoria se presentan en las tablas complementarias 1, 2 y 3.

Proceso de análisis
Fig. 1. Proceso de análisis

Resultados

Ninguna de las personas participantes escribió sobre VPI física en su familia actual. Once relatos describían recorridos mediante los cuales madres y padres habían logrado romper los ciclos tanto del maltrato como de la VPI. Cuatro relatos describían recorridos en los que la persona había ejercido o seguía ejerciendo maltrato físico sobre sus hijos e hijas.

A partir de los datos se crearon tres relatos compuestos. Ilustran los distintos tipos de relatos que construyen quienes, habiendo vivido en la infancia tanto maltrato como VPI, articulan la transmisión intergeneracional de la violencia. Llamamos trayectorias a estos relatos compuestos no solo por convención metodológica, sino también por los propios datos, que indicaban que los relatos se desplegaban como recorridos diferenciados, cada uno de los cuales representaba una trayectoria distinta. El término «trayectoria» se utiliza para subrayar su carácter procesual e ilustrar las diferencias entre ellas.

Trayectoria 1: la decisión temprana y consciente de Anita de criar de otro modo – «Decidí ser diferente»

La trayectoria de Anita es una construcción compuesta que sintetiza los relatos de cuatro personas. En cada relato, la persona había logrado romper ambos ciclos y no había maltrato ni VPI en su familia actual. Estas madres y padres habían sufrido castigos físicos en su propia familia, como pellizcos, lavados de boca con jabón y golpes con correas. La negligencia aparecía en los momentos en que quienes les cuidaban les dejaban solos o se retiraban emocionalmente. Los conflictos entre los progenitores incluían gritos, insultos y, de vez en cuando, enfrentamientos físicos.

Para Anita, el rechazo de la violencia fue una decisión clara, temprana y consciente, más que un camino gradual. Para ella, esta postura era definitiva y autosuficiente. Por eso, su identidad se construyó con firmeza en una etapa temprana de la vida, antes de ser madre, y en clara oposición a su propia victimización. Quería actuar exactamente al revés de como la habían criado: «Ya de joven, de adolescente, decidí que no quería el tipo de vida que habían sido mi infancia y mi adolescencia. . Tenía claro que haría las cosas de forma muy distinta a como las hicieron mis padres. Sería raro ser violenta».

Anita sentía que su compromiso con la no violencia formaba parte intrínseca de su identidad, una orientación innata más que una transformación aprendida o conquistada con esfuerzo. Contaba que siempre se había sentido no violenta y que siempre había sabido que la violencia estaba mal. Anita relacionaba esta conciencia con experiencias tempranas de regulación emocional, con una sensibilidad al dolor y con un temperamento reacio a la ira. Había trasladado esta regulación emocional aprendida pronto a su propia crianza, caracterizada por un compromiso con la no violencia: «A lo mejor también tiene que ver con ser capaz de hacer una pausa entre la emoción y la acción, para que el impulso no se convierta enseguida en conducta. . Muchas veces he tenido que decirle [a mi hijo] que no pegue, explicándole que hace daño. Y a menudo he tenido que ayudarle a regular emociones fuertes para que no estallen físicamente contra los demás».

Anita narraba su infancia con contención emocional. Su relato de la victimización se lee más como un inventario factual que como un recuerdo cargado de emoción: «De niña sufrí golpes con correas, que me lavaran la boca con jabón, tirones de pelo». Del mismo modo, al describir la negligencia y la exposición a la VPI, mantenía un tono descriptivo. Así, más que expresar un trauma, Anita formulaba una conciencia clara de que su educación había sido deficiente en lo emocional y en lo ético. Aun así, seguía manteniendo una relación estrecha con sus padres: «Me habría gustado que me pidiera perdón por lo que hizo. No me ha causado ningún trauma. Siempre he tenido buena relación con mis padres».

Anita tomó la decisión consciente de ser madre más tarde en la vida. Fue para ella una elección reflexionada, que favorecía la madurez emocional y la coherencia con unos valores no violentos: «Leí muchísima literatura sobre crianza y busqué tanto apoyo entre iguales como ayuda profesional en los centros de salud maternoinfantil y en los servicios de orientación familiar».

Anita se presentaba como una agente activa que tenía el control de su propia vida. Aunque recibió pronto apoyo relacional de sus hermanos y de sus abuelos mientras construía su identidad no violenta en sus años de formación, ese apoyo reforzaba su resiliencia y ella no dependía de esas personas significativas. En la misma línea, algunas profesoras le ofrecieron un nuevo modelo de mujer: «En mi infancia tuve varios factores de protección: unos abuelos maravillosamente cariñosos y una hermanastra mayor. Además, me crucé con profesoras maravillosas que encarnaban otra forma de ser mujer. Me hacían cumplidos, y mi confianza en mí misma se reforzó».

Cuando llegó el momento de formar su propia familia, Anita eligió deliberadamente relaciones seguras, tanto en su cónyuge como en la familia de su cónyuge. Anita construyó relaciones de pareja basadas en dinámicas suaves y respetuosas, en contraste con su propia educación: «Mi cónyuge viene de una familia completamente distinta, normal y segura, y eso ha ayudado a construir también una vida más segura para nuestra familia. Mi suegra me sirvió de ejemplo, y pude ver una manera más suave de actuar».

Anita era muy consciente del carácter intergeneracional de la violencia. En lugar de narrar la violencia como algo aislado o puramente personal, la situaba en un continuo de daño heredado y de continuidad cultural, una tradición moldeada por las normas disciplinarias rurales y por las condiciones sociales de la posguerra. Escribía: «Mis dos padres habían sufrido de niños una violencia disciplinaria grave en el campo, después de la guerra». Sin embargo, en lugar de culpar únicamente a esas normas históricas y culturales, escribía que la violencia que había sufrido de niña se debía a que sus padres no habían sabido educarla como es debido: «Ya de niña pensaba que eso [la violencia] es incompetencia parental y repetición de la propia historia de mi madre». A diferencia de sus padres, que se limitaron a transmitir la violencia como un medio aprendido de educar, Anita tomó el control y rompió el ciclo del maltrato. Expresaba el orgullo que sentía por su propia crianza, y ver a su hijo convertirse en un padre sensible, y ver ese cambio reflejado en la educación de sus nietos, reforzaba en Anita el sentimiento de legado y de éxito, sobre todo en contraste con la violencia y la negligencia emocional que había sufrido en su infancia: «Ahora me toca acompañar a mi primer nieto y ver la crianza sensible de mi hijo hacia él. Él también ha reflexionado sobre la crianza que recibió y practica su propio estilo de educación tierna, suave pero firme».

Trayectoria 2: la lucha continua de Erika bajo el peso del pasado – «Hago un trabajo consciente y constante para criar de otro modo»

La trayectoria de Erika es una construcción compuesta elaborada a partir de siete relatos individuales. En todos ellos, la persona había logrado romper ambos ciclos, y ni el maltrato ni la VPI estaban presentes en su familia actual. Estas madres y padres habían sufrido actos graves de violencia física, como palizas, estrangulamientos y golpes con correas. Estos actos de violencia psicológica y la exposición a una VPI tanto emocional como física desempeñaron un papel importante en la creación de un clima omnipresente de miedo, inestabilidad y malestar emocional.

Para Erika, romper el ciclo era un proceso continuo que exigía un esfuerzo constante para criar a contracorriente del pasado. Subrayaba el trabajo emocional y cognitivo que suponía desaprender patrones dañinos y rechazar los modelos de crianza que había observado en su infancia: «Romper el ciclo me ha exigido un esfuerzo consciente, pensar y aprender. No digo que la decisión de renunciar al castigo físico haya sido siempre fácil. He decidido ser mejor madre que la que yo tuve». Esto implicaba, además, reflexionar activamente sobre sus experiencias pasadas, reconocer conscientemente los riesgos y optar por el autocontrol. Erika contaba que había «tenido la tentación de agarrar del pelo a [su] criatura pequeña en plena rabieta» y cómo había aprendido a retirarse en esas situaciones: «Cuando mis hijos me muestran rabia, noto que a mí también me provoca rabia. En esas situaciones, me retiro. Lo más importante ha sido reconocer esas situaciones de riesgo, frenarme y encontrar otra manera de actuar. Quiero recalcar que habría sido mucho más fácil seguir el ejemplo de los padres, porque sale de forma instintiva, como un reflejo, sin pensar».

El clima emocional del hogar de infancia de Erika, marcado por la hipervigilancia y la inseguridad emocional, moldeó su mundo emocional interior de niña. Habla de «estar como un muelle tensado» y explica que nunca podía saber con certeza por qué su madre o su padre estaban enfadados con ella ni qué había hecho mal esta vez: «Si no había motivo para un “castigo”, [mi] padre se lo inventaba. A veces ya oíamos desde nuestros cuartos cómo subía el volumen. Entonces nos poníamos a ordenar el cuarto en silencio para que hubiera los menos gritos y las menos cosas que tirarnos posibles. Pero no servía de nada». La inseguridad de la infancia se veía reforzada por la represión emocional forzada, y contaba que la obligaban a esconder sus sentimientos y sus reacciones emocionales: «Mi padre no soportaba los llantos inútiles. Decía que, si le parecía que llorábamos por nada, ya nos daría él un buen motivo para llorar. Me castigaban por mostrar emociones negativas. Aprendí a no reaccionar hasta estar en una situación segura». Además del maltrato emocional directo en su hogar de infancia, Erika recordaba la VPI emocional y física que intensificaba aún más el clima de miedo y de angustia: «Algo se rompió dentro de mí cuando vi a mi madre golpear a mi padre en la cabeza con una botella de cerveza, y la botella se rompió con el golpe. Nunca he tenido tanto miedo. Fue como si se hundiera el suelo de mi mundo». A estas situaciones contribuían a veces el alcohol y las dificultades económicas. Erika reconocía también que la violencia a menudo se ocultaba al resto del mundo: «Mi padre me mandó a otra habitación y me plantó una sonrisa en la cara a bofetadas. Teníamos que volver al salón como si no hubiera pasado nada». A veces la intimidaban para que guardara silencio ante los servicios de protección de la infancia.

Erika contaba que la frialdad y la distancia emocionales habían persistido en la edad adulta, lo que le hacía dudar de su capacidad para dar afecto físico y emocional a sus propios hijos: «A veces me siento una madre fría. Me da miedo que mis hijos necesiten más afecto físico del que puedo darles». Erika hizo terapia para abordar estas preocupaciones. También pidió ayuda al centro de salud maternoinfantil, porque temía tratar a sus hijos con rabia y brusquedad, ya que así era como habían reaccionado sus padres: «Aunque el llanto del niño me angustia, intento comprenderlo y cogerlo en brazos. Nunca lo viví con mis padres, así que he tenido que aprender todas esas habilidades yo sola». Utilizaba deliberadamente acciones prácticas y técnicas de crianza como estrategias tanto de protección como de reparación, sobre todo cuando su primogénito era un niño pequeño de temperamento fogoso: «No sé a quién le afectaba más los nervios esto [sostener a un niño enfadado], si a mí o a mi hijo. En parte, esos momentos probablemente también me curaron a mí». Además, Erika eligió deliberadamente una pareja emocionalmente segura que compartía los mismos valores y prácticas de crianza, basados en la reflexión, la capacidad de respuesta emocional, el respeto a la autonomía de la criatura, unos límites sin intimidación y el trabajo emocional.

En la edad adulta, Erika oscilaba entre el resentimiento y los lazos familiares, ya que mantenía una relación estrecha con sus padres aunque no había cerrado del todo esa etapa: «Casi he soltado el resentimiento por mis experiencias de infancia y por lo que hizo mi madre (y mi padre), pero no les he perdonado. Creo que tengo derecho a estar enfadada. Que mis padres me pidieran perdón me ayudaría, quizá me permitiría sentirme realmente vista». Erika tenía una comprensión matizada de cómo la violencia disciplinaria se inscribía en una herencia sociocultural más amplia, y citaba el proverbio finlandés «Quien escatima la vara odia a su hijo» para situar las prácticas disciplinarias de la generación de sus padres. Erika señalaba también que la violencia se extendía a las relaciones entre hermanos en su familia de infancia: «Yo misma, siendo una niña sensible, me volví violenta con mis hermanos por mis experiencias de violencia en la infancia, porque nos dejaban resolver nuestras peleas a puñetazos».

Erika estaba enormemente orgullosa de haber sido capaz de interrumpir el ciclo de la violencia y las prácticas de crianza dañinas, a pesar de la lucha que eso le exigía. Admiraba sus propios logros y su capacidad de ofrecer a sus hijos la infancia que ella habría querido y merecido: «Por ejemplo, cuando oigo las risitas y los chillidos de mis hijos, cuando les veo expresar su decepción por algo o cuando recojo lo que han dejado tirado en el salón o en la cocina, pienso: lo he conseguido. Lo he logrado».

Trayectoria 3: el avance de Kira hacia la ruptura del ciclo después de haberlo perpetuado – «He hecho lo que hizo mi madre o mi padre»

La trayectoria de Kira es un relato compuesto construido a partir de cuatro relatos. Estas madres y padres habían ejercido o seguían ejerciendo maltrato físico sobre sus hijos e hijas, prolongando así el maltrato de una generación a otra. Todas estas personas habían roto la transmisión de la VPI. Habían sufrido tanto violencia disciplinaria, como azotes y tirones de pelo, como maltrato grave, como palizas con cinturones de cuero y golpes. La violencia emocional y la inseguridad desestabilizaban aún más su entorno familiar. La VPI solo se mencionaba brevemente.

Kira ponía en relación su trauma infantil con la violencia que había trasladado a su familia actual. Así, para Kira, sus experiencias de infancia no eran simples incidentes de fondo: estaban en el origen de todo su camino hacia la edad adulta y le imponían una pesada carga emocional: «Reconozco que esa misma sombra y esa oscuridad han estado siempre dentro de mí, de niña, una carga grande y dominante que ha ensombrecido toda mi vida. Ahora que soy adulta y trabajo en ello, se va difuminando. Pero está lista para actuar si hace falta. Las heridas del alma nunca se curan, y sigo llevando la carga por lo que hicieron mis padres».

La infancia de Kira estuvo marcada por la represión emocional. Explica que tenía que esconder sus emociones para evitar la violencia y también el daño que la violencia causaba. Ahora, ya adulta, se enfrentaba a sus emociones de infancia: «De niña no me dejaban expresar mis propios sentimientos. Todo tenía que quedarse enterrado muy adentro. Escondido. Ahora puedo empezar a sacarlo a la luz, enfrentarme a ello por mi cuenta y cuidar con delicadeza de mi niña interior». Kira vivió además negligencia e inseguridad en su infancia: «Me dejaban sola en casa, abandonada, y me quedaba creyendo que mi madre no iba a volver nunca». Más adelante añade: «Muchas veces tenía que ir al árbol de casa de mi abuela a cortarle una vara de abedul a mi madre. La vara estaba siempre junto a la puerta de la cocina; servía para amenazar». La amenaza era una forma habitual de controlar a los niños y niñas en su familia de infancia.

Kira tenía dificultades con el control y la regulación emocional en la edad adulta. Intentaba constantemente aprender estrategias de afrontamiento no violentas y a manejar la ira en las situaciones en que sentía que esta crecía: «Intento dirigir esta oscuridad, esta rabia y esta ira de modo que no vayan contra mis hijos. Intentaba contener el sentimiento lo justo para dejar al niño en el suelo o en el sofá, y entonces tiraba objetos en su lugar. Descargo la rabia golpeando el suelo con las manos y gritando». Ella misma cuestionaba estos métodos alternativos: «¿A mis hijos les da miedo [que golpee el suelo] a veces? Seguramente. ¿Les traumatiza? Puede que, hasta cierto punto». Aun así, intentaba poner en palabras sus emociones y sus actos ante sus hijos para que entendieran que su rabia no era culpa suya.

A pesar del esfuerzo por contener su propia violencia, Kira recurría a veces a los mismos patrones dañinos que habían utilizado sus padres. Daba bofetadas a sus hijos, les tiraba del pelo y les empujaba. Kira veía con claridad la relación entre sus actos y la violencia que había sufrido en la infancia: «A menudo reconozco la situación en la que mis padres habrían hecho algo. Una vez acabé haciendo lo mismo que hizo mi padre». Kira reconocía también cómo su respuesta emocional al llanto de su hijo estaba condicionada por sus experiencias de infancia: «Tenía dentro esa sensación de “tú tampoco puedes llorar, porque a mí tampoco me dejaban”».

El maltrato físico se producía normalmente cuando sentía que la presión se había vuelto insoportable: «… al final, alguna situación con un niño desafiante ha acabado en violencia». Además de la violencia física, Kira había gritado a sus hijos y les había amenazado con abandonarlos. Cuando uno de ellos era bebé, Kira recordaba haber tenido arrebatos de ira incontrolables.

La reacción de Kira ante estos episodios violentos solía ser el remordimiento y el miedo: «Luego lloraba y le pedía perdón al niño. Lo lamento profundamente. Siempre me asustaba». Sin embargo, Kira también minimizaba algunos de sus actos, diciendo que no recurría a la violencia constantemente, sino solo de vez en cuando. Subrayaba asimismo que nunca había hecho nada que dejara marca o que hiciera mucho daño a sus hijos.

Kira reconocía algunos puntos de inflexión en su camino hacia la ruptura del ciclo del maltrato. Uno de ellos fue cuando su suegra cuestionó su manera de gritar a sus hijos: «Otra persona adulta me dijo y me hizo ver que eso no era normal y que estaba mal. Pedí ayuda y rompí el ciclo de la violencia». Reconocía también cómo la resistencia de sus hijos a obedecer la obligó a aprender nuevas maneras de hacer, y subrayaba el camino de sanación aún en curso: «No tengo más remedio que seguir con el trabajo que he empezado. El camino es largo y pedregoso, y sigo cuidando de mí».

Aunque la trayectoria de Kira seguía en curso, se sentía optimista sobre su futuro y el de sus hijos. Expresaba también su gratitud por la oportunidad de aprender prácticas de crianza no violentas, que presentaba a la vez como un logro personal y como un punto de inflexión relacional: «Hoy en día me siento feliz y agradecida de haber tenido que aprender a comportarme sin violencia. Tengo una relación más sana con mis hijos que la que tienen mis padres conmigo. Espero poder aligerar esta carga para que mis propios hijos tengan un poco más de posibilidades de romper el ciclo del trauma»:

Discusión

Este estudio se propuso explorar cómo narran y dotan de sentido a la transmisión intergeneracional de la violencia las madres y los padres que vivieron en la infancia tanto maltrato como exposición a la VPI. Anclado en la psicología narrativa, el análisis muestra cómo la construcción de sentido, el posicionamiento temporal y la construcción identitaria de estas personas iluminan tanto las vulnerabilidades que sostienen los patrones intergeneracionales de violencia como las fortalezas que facilitan la resiliencia y la ruptura del ciclo (cf. McAdams, 2013; McAdams & McLean, 2013). También en consonancia con la psicología narrativa, los relatos muestran que los procesos intergeneracionales se despliegan no solo a través de la conducta, sino también a través de las historias que madres y padres cuentan sobre sí y de la manera en que interpretan el pasado, sitúan su yo presente e imaginan futuros posibles (Riessman, 2008).

Las 15 personas que participaron en este estudio describieron la violencia intergeneracional en tres trayectorias narrativas diferenciadas. Quienes seguían la primera y la segunda trayectoria lograron liberarse de ambos ciclos: la VPI y el maltrato infantil. Quienes seguían la tercera trayectoria prolongaron el ciclo del maltrato, pero rompieron el de la VPI. Esta división respalda datos anteriores según los cuales no todas las personas que viven violencia en sus años de formación la perpetúan en la edad adulta (Curtis et al., 2023; Greene et al., 2020). Sin embargo, dado que el maltrato infantil se transmitió en cuatro relatos, los resultados subrayan también que, junto a otros factores de riesgo conocidos (Liel et al., 2022), la victimización infantil sigue siendo un predictor de la persistencia del maltrato infantil a lo largo de las generaciones (Madigan et al., 2019; van IJzendoorn et al., 2020). Por ello, los esfuerzos de prevención y de intervención deberían seguir insistiendo en este riesgo, prestando a la vez atención a cómo madres y padres interpretan e integran sus experiencias tempranas en su identidad parental actual.

Los resultados cuestionan los modelos simplificados de transmisión intergeneracional al mostrar que el cese de la VPI no pone fin automáticamente al maltrato infantil. Mientras que la investigación anterior ha subrayado que sufrir maltrato en la infancia y estar expuesto a la VPI aumenta la probabilidad de VPI en la edad adulta (Assink et al., 2018; Curtis et al., 2023; Shields et al., 2020), los relatos aquí analizados sugieren trayectorias más matizadas, en las que experiencias relacionales correctoras, como la elección deliberada de la pareja, pueden reducir los riesgos tanto de VPI como de maltrato infantil. Estas elecciones pueden reorganizar el apego y favorecer una seguridad adquirida (Bowlby, 1969; Iyengar et al., 2019; Roisman et al., 2002), interrumpiendo la transmisión. Al mismo tiempo, conviene interpretar con prudencia el énfasis en la elección de pareja. La VPI no siempre es previsible, y relaciones que al principio no son violentas pueden volverse violentas con el tiempo. Plantear la ausencia de VPI principalmente en términos de elección individual de la pareja corre el riesgo de dar a entender que evitar la violencia es responsabilidad de cada cual. Estos relatos pueden reflejar más bien una combinación de decisiones deliberadas, dinámicas relacionales y factores contingentes que escapan al control de las personas. Aunque la VPI y el maltrato infantil concurren con frecuencia (Herbert et al., 2023; Mielityinen et al., 2024), la complejidad que ponen de relieve estos relatos subraya también que implican dinámicas diferentes, que requieren intervenciones adaptadas además de una perspectiva holística. Como la mayoría de los estudios anteriores han examinado la VPI y el maltrato infantil por separado, las distintas trayectorias aquí reveladas ponen de manifiesto la importancia analítica de estudiar la doble exposición como un contexto intergeneracional específico.

Basándose en relatos escritos por las propias personas, un método rara vez empleado en la investigación sobre la transmisión intergeneracional, este estudio sitúa en primer plano los marcos interpretativos de madres y padres, y extrae conocimientos sobre cómo dan sentido a la violencia y a su interrupción, en lugar de imponer categorías definidas desde fuera (Johnston, 2024; Riessman, 2008; Wertz et al., 2011; Willis, 2019). La trayectoria de Anita ilustra una postura autoral temprana: un compromiso identitario deliberado de rechazar la violencia y criar de otro modo, forjado antes de la parentalidad y narrado con relativa facilidad y coherencia. La trayectoria de Erika ilustra una reescritura continua, ya que el dolor de la infancia resurge a menudo en los momentos difíciles de la crianza y exige una autorregulación y una reflexión deliberadas para resistir a los patrones interiorizados (Gélinas et al., 2025; Greene et al., 2020; Taccini et al., 2025). La capacidad de hacer una pausa entre la provocación emocional y la respuesta refleja la mentalización y el apego seguro adquirido (Fonagy & Target, 1997; Roisman et al., 2002), capacidades notables teniendo en cuenta su entorno temprano, marcado por el miedo y la represión emocional.

Para Erika, el cuidado se volvió a la vez protector y reparador, sostenido por estrategias como la terapia, la elección deliberada de la pareja y prácticas de crianza orientadas al consuelo. Estas experiencias relacionales correctoras facilitan la reorganización de los apegos, el paso de la inseguridad a la seguridad y la interrupción de la transmisión del trauma (Filosa et al., 2024; Nichol et al., 2025). Las vulnerabilidades ligadas al apego agravan aún más estas dificultades. Los estilos de apego inseguros se asocian a una regulación menos eficaz bajo estrés (Domic-Siede et al., 2024), y los datos metaanalíticos confirman que el apego adulto inseguro aumenta significativamente el riesgo de maltrato infantil (Lo et al., 2019). La investigación muestra de forma constante que la inseguridad del apego ligada al maltrato media la relación entre el trauma temprano y la conducta violenta posterior (Cicchetti & Doyle, 2016; Meinck et al., 2025; Papalia & Widom, 2024). Estos patrones no solo dificultan la sintonía emocional, sino que también perpetúan dinámicas relacionales caracterizadas por la evitación o la desorganización (van IJzendoorn et al., 1999), lo que refuerza la transmisión intergeneracional de la violencia.

La trayectoria de Kira ilustra cómo el maltrato puede persistir a lo largo de las generaciones, encarnando mecanismos descritos por la teoría del aprendizaje social (Akers, 1998; Bandura, 1977) y documentados en la investigación longitudinal (Shields et al., 2020), así como en una revisión realista reciente (Meinck et al., 2025). Las conductas dañinas padecidas en el pasado se repiten cuando flaquean los esfuerzos por gestionar los desencadenantes emocionales y regular la conducta, a menudo bajo estrés, lo que pone de relieve por qué los déficits de competencias socioemocionales siguen figurando entre los factores de riesgo más importantes del maltrato intergeneracional (Corso et al., 2025). Gracias a la terapia y a las intervenciones, Kira adquirió habilidades de regulación emocional que la ayudaron a traducir sus intenciones como madre en prácticas coherentes.

En conjunto, estas trayectorias muestran que no existe un modelo universal para prevenir la transmisión intergeneracional de la violencia. Esta variabilidad de las trayectorias concuerda con datos recientes que subrayan que la transmisión intergeneracional de la violencia opera mediante mecanismos dependientes del contexto y procesos relacionales, que conducen tanto a la continuidad como a la ruptura entre generaciones (Meinck et al., 2025; Woollett et al., 2025). Los esfuerzos de prevención y de intervención deben, por el contrario, adaptarse, y las experiencias de Erika subrayan que la prevención debe dirigirse a toda la familia: reforzar el apego, enseñar habilidades de crianza y cultivar mecanismos de afrontamiento para sostener una crianza no violenta (Backhaus et al., 2023; Bernard et al., 2012). Madres y padres como Kira luchan constantemente por desprenderse de un trauma pasado, lo que indica que necesitan un apoyo sostenido a lo largo de las distintas etapas de la parentalidad. Esto pone de relieve la importancia de las medidas preventivas, como la terapia y el acompañamiento de profesionales de la salud, en particular en los centros de salud infantil, así como de las intervenciones a tiempo (Dierkhising et al., 2019; Meng et al., 2018).

Más allá de las estrategias conductuales, este estudio introduce una dimensión psicológico-narrativa. Kira ejemplifica cómo quienes perpetúan el maltrato solo mencionaban de pasada su exposición a la VPI en la infancia, lo que sugiere que quizá no le atribuyeron un significado narrativo importante, mientras que quienes rompieron el ciclo la recordaban como algo emocionalmente significativo. Esto sugiere que las formas concurrentes de violencia pueden estar vinculadas en la conducta pero compartimentadas en lo psicológico. Cuando la exposición se reconoce y se integra narrativamente en una historia de vida coherente, la función reflexiva, es decir, la capacidad de comprender la propia conducta y la de la criatura en términos de estados mentales subyacentes (Fonagy & Target, 1997), y el apego seguro adquirido (Filosa et al., 2024; Roisman et al., 2002) parecen tener más probabilidades de desarrollarse, lo que reduce el riesgo. Así, el factor decisivo podría no ser la mera exposición, sino la medida en que los traumas relacionales se reconocen, se elaboran emocionalmente y se integran en un relato de apego coherente (véase también Woollett et al., 2025), un proceso coherente con los datos según los cuales la inseguridad del apego media la relación entre el maltrato temprano y la violencia relacional posterior (Cicchetti & Doyle, 2016; Papalia & Widom, 2023). Estas dificultades nacen a menudo de historias de desarrollo marcadas por la negligencia, la represión emocional y las conductas amenazantes, que socavan el apego seguro y una regulación eficaz (Baer & Martinez, 2017; Gélinas et al., 2025; Lo et al., 2019; Woollett et al., 2025).

Al mismo tiempo, madres y padres sitúan a menudo sus experiencias en un contexto sociohistórico más amplio, reconociendo que sus propios progenitores también fueron víctimas de maltrato, una experiencia normalizada y socialmente aceptada durante su infancia. Estas reflexiones muestran cómo los relatos personales se inscriben en tramas sociohistóricas más amplias, lo que pone de relieve la dimensión cultural de la identidad narrativa (McAdams, 2013). En conjunto, estos resultados subrayan que el trauma intergeneracional se manifiesta a través de trayectorias conductuales y psicológicas complejas (Greene et al., 2020), que requieren acciones preventivas e intervenciones que favorezcan la elección de una pareja segura y que, a la vez, permitan la retrospección y la reflexión sobre la victimización infantil, lo que podría ayudar a madres y padres a simbolizar, organizar y reescribir las experiencias traumáticas.

Limitaciones y líneas futuras

Conviene señalar algunas limitaciones de esta investigación. En primer lugar, aunque los relatos eran ricos en contenido, los datos de contexto se obtuvieron mediante preguntas opcionales y la información disponible variaba de una persona participante a otra. Esta falta de homogeneidad limita la comparabilidad de los relatos y la descripción de la muestra, aunque este tipo de variación es habitual y aceptable en la investigación narrativa, donde lo central es la construcción de sentido y no la exhaustividad demográfica. Además, dado que las ocho personas que indicaron su género eran mujeres, la investigación futura debería procurar profundizar en la perspectiva de los padres varones, sobre todo porque las participantes de este estudio subrayaron el papel de su cónyuge en la creación de entornos seguros para sí y para sus hijos e hijas. En segundo lugar, al centrarse en la violencia física, el estudio puede haber restringido el abanico de patrones intergeneracionales identificados, ya que no recoge plenamente las posibles continuidades en las formas no físicas de violencia, como el abuso emocional o psicológico. Además, ninguna de las personas participantes declaró estar implicada en VPI en sus relaciones adultas, lo que limita el alcance de los resultados respecto a las trayectorias de transmisión intergeneracional persistente de la VPI y pone de relieve, en cambio, procesos de negociación del riesgo y de posible interrupción.

En tercer lugar, los acontecimientos traumáticos o emocionalmente cargados pueden recordarse de forma inexacta, sobre todo cuando están condicionados por un trauma no resuelto o por un procesamiento defensivo. Esto subraya la importancia de incorporar la perspectiva de niñas y niños, que viven activamente estas dinámicas familiares y pueden ofrecer una visión más inmediata y más anclada en el contexto de las experiencias de violencia intergeneracional. Además, los relatos reflejan lo que las personas participantes deciden compartir, y pueden omitir o distorsionar experiencias. Los testimonios de este estudio reflejaban también, en gran medida, una orientación hacia la ruptura o la interrupción de los ciclos de violencia, lo que sugiere un posible sesgo de autoselección y limita la comprensión de las trayectorias en las que la violencia se normaliza o no se cuestiona.

Por último, madres y padres pueden presentarse como competentes o moralmente responsables y minimizar las conductas dañinas. Sin embargo, esto es más probable en el contexto de una entrevista, en el que algunas personas pueden tener dificultades para compartir sus experiencias cara a cara por vergüenza, por normas culturales o por verse desbordadas emocionalmente. Uno de los puntos fuertes de este estudio fue el enfoque narrativo, que permitió a madres y padres reflexionar con más libertad y profundidad sobre su historia, revelando a menudo contradicciones, complejidad emocional y puntos de inflexión decisivos. Esto permitió también narrar experiencias de maltrato emocional, que suelen ser elementos clave de la violencia física; en este contexto, sin embargo, se relataron por propia voluntad. Ello subraya la necesidad de ampliar nuestra comprensión de la transmisión intergeneracional para incluir las dimensiones emocionales del trauma, a menudo menos visibles pero de profundo impacto.

Conclusión

Este estudio refuerza los datos anteriores según los cuales la transmisión intergeneracional de la violencia es probabilística y no determinista, y pone de relieve al mismo tiempo que la victimización infantil sigue siendo un factor de riesgo importante de perpetración posterior de maltrato infantil. Además, los resultados indican que la transmisión intergeneracional no solo está condicionada por la exposición a formas concurrentes de violencia, sino aún más por la manera en que estos traumas relacionales se comprenden y se integran en un relato de apego coherente. Cuando tanto el maltrato como la VPI se reconocen y se incorporan de forma significativa a ese relato, las personas pueden avanzar hacia un apego seguro adquirido, como madres o padres y como parejas. Este proceso permite reparar las prácticas de crianza y favorece un entorno más seguro y más nutricio para toda la familia. Para algunas personas, los patrones de apego inseguro formados en la infancia temprana hacen que los esfuerzos cotidianos por equilibrar el estrés y regular las emociones resulten abrumadores, lo que las lleva a recurrir a la violencia y a repetir las conductas dañinas que en su día padecieron. Por ello, las implicaciones prácticas del estudio apuntan a un doble enfoque. Por un lado, son cruciales los esfuerzos de prevención y de intervención orientados al cambio de conducta. Incluyen el apoyo de la pareja y de profesionales, así como el refuerzo de las habilidades de crianza y de regulación emocional. Por otro lado, la motivación interna y la capacidad y la oportunidad de madres y padres de reescribir sus experiencias de infancia pueden ayudar a interrumpir, y en última instancia a poner fin a, la transmisión intergeneracional de la violencia.

Complexe Systémique: puntos clave

El artículo importa para la práctica sistémica porque se niega a ver el «ciclo» como un destino. Los relatos muestran dos transmisiones distintas: la violencia de pareja puede detenerse mientras el maltrato infantil se repite, como si las dos experiencias permanecieran separadas en la memoria. Entre quienes rompieron ambos ciclos, la exposición a la violencia entre sus propios progenitores se reconocía y se dotaba de sentido; entre quienes siguen maltratando, solo se menciona de pasada. Para la terapia, la pregunta no es, por tanto, solo «¿qué vivió usted?», sino «¿qué lugar ocupa eso en su historia?». Los apoyos relacionales también cuentan: una familia política que muestra otra manera de hacer, una suegra que nombra lo inaceptable, los centros de salud infantil. Las propias autoras advierten contra una lectura que convertiría «elegir bien a la pareja» en una responsabilidad individual. Los límites son los de la autoselección: quince relatos escritos, en su mayoría de mujeres, orientados hacia la ruptura del ciclo. Para leer junto con el estudio sobre cómo perciben la transmisión de la violencia las futuras madres y sus parejas y el artículo sobre la adaptación de la pareja a la parentalidad tras un maltrato sufrido en la infancia.

Notas del original

Agradecimientos. Las autoras desean dar las gracias a todas las personas que compartieron sus experiencias de violencia intergeneracional.

Financiación. Financiación de acceso abierto proporcionada por la Tampere University (incluido el Tampere University Hospital). Este trabajo contó con el apoyo del Strategic Research Council (SRC).

Aprobación ética y consentimiento para participar. El estudio fue aprobado por el comité de ética local (número de aprobación 30/2024). Todos los métodos se aplicaron de conformidad con las directrices y normas pertinentes y se ajustaron a las directrices éticas del Finnish National Board on Research Integrity. Se obtuvo el consentimiento informado de todas las personas participantes incluidas en el estudio.

Consentimiento para la publicación. Las personas participantes dieron su consentimiento informado para el uso anonimizado de sus datos en publicaciones científicas.

Declaración sobre IA. Se utilizó Microsoft Copilot como ayuda para la corrección lingüística del manuscrito, en particular para mejorar la gramática, la claridad y la legibilidad. Todo el contenido científico, las interpretaciones, los análisis y las conclusiones fueron elaborados y verificados por las autoras.

Conflicto de intereses. Las autoras declaran no tener ningún conflicto de intereses.

Referencias

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Assink, M., Spruit, A., Schuts, M., Lindauer, R., van der Put, C. E., & Stams, G. J. J. M. (2018). The intergenerational transmission of child maltreatment: A three-level meta-analysis. Child Abuse & Neglect, 84, 131–145. https://doi.org/10.1016/j.chiabu.2018.07.037

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Traducción no oficial de Narratives about Breaking the Cycle of Intergenerational Violence in Families: Different Routes, Same Goal, de Laura Mielityinen, Taina Laajasalo y Eija Paavilainen, Journal of Child & Adolescent Trauma, publicación en línea anticipada (2026), doi: 10.1007/s40653-026-00961-9, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

Esta es una traducción del artículo original «Narratives about Breaking the Cycle of Intergenerational Violence in Families: Different Routes, Same Goal», publicado en Journal of Child & Adolescent Trauma (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.

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Cómo citar este artículo

Mielityinen, L., Laajasalo, T., et Paavilainen, E. (2026). Narratives about Breaking the Cycle of Intergenerational Violence in Families: Different Routes, Same Goal. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/narratives-about-breaking-the-cycle-of-intergenerational-violence-in-families (Obra original publicada en 2026 en Journal of Child & Adolescent Trauma (2026), publicación en línea anticipada; republicada en 2026 por Journal of Child & Adolescent Trauma, https://link.springer.com/article/10.1007/s40653-026-00961-9)

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