Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Social Sciences · Protección de la infancia
En Noruega, 31 madres y padres cuyos hijos e hijas están bajo la tutela pública describen lo que produce la falta de información: el silencio entre reuniones trimestrales, versiones contradictorias, una escuela o una guardería que les remite de nuevo a los servicios de protección infantil. Sujeto a la discrecionalidad de cada profesional de referencia, el intercambio de información condiciona el mantenimiento de los lazos familiares tanto como las visitas.
Traducción no oficial al español de The Risk of Not Knowing—How Information Sharing Affects Parents’ Ability to Maintain and Develop Family Ties After a Child’s Removal from Parental Care, de Tina Gerdts-Andresen y Anette Ødegård Eriksen, publicado en Social Sciences (MDPI) (2025), doi: 10.3390/socsci14060334, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Estos resultados ponen de relieve que el intercambio de información es algo más que una función administrativa: es un mecanismo estructurante que facilita u obstaculiza la continuidad de la relación entre madres o padres e hijos.
Tina Gerdts-Andresen y Anette Ødegård Eriksen
Resumen
La capacidad de madres y padres para mantener y desarrollar los lazos familiares después de que un niño o una niña haya sido puesto bajo la tutela pública es un aspecto fundamental, aunque difícil, de la protección de la infancia. Si bien los marcos jurídicos insisten en la preservación de la relación parentofilial, pocas investigaciones han explorado cómo el acceso a la información influye en la implicación parental a lo largo del tiempo. Este estudio se basa en entrevistas cualitativas semiestructuradas con 31 personas cuyos hijos e hijas fueron puestos bajo la tutela pública, con el fin de explorar cómo viven las estructuras de intercambio de información de los servicios de protección infantil y cómo estas experiencias influyen en su capacidad para mantener y desarrollar los lazos familiares con sus hijos e hijas. Un análisis temático identifica tres temas clave: (1) la falta de información, (2) la información contradictoria e incoherente y (3) las barreras burocráticas y los obstáculos sistémicos al acceso a la información. Los resultados indican que un acceso restringido e imprevisible a las novedades alimenta la incertidumbre, el malestar emocional y un debilitamiento del sentimiento de identidad parental. Además, la toma de decisiones discrecional y las limitaciones institucionales contribuyen a la incoherencia de la comunicación, lo que refuerza aún más la exclusión parental. Estos resultados ponen de relieve que el intercambio de información es algo más que una función administrativa: es un mecanismo estructurante que facilita u obstaculiza la continuidad de la relación parentofilial. El estudio subraya la importancia de establecer estructuras de comunicación más claras y coherentes para garantizar que madres y padres estén informados y puedan mantener una relación con su hijo o hija bajo tutela pública.
Palabras clave: servicios de protección infantil, lazos familiares, discrecionalidad, implicación parental, contacto parentofilial, acogimiento, intercambio de información
Este estudio explora cómo las estructuras de intercambio de información de los servicios noruegos de protección infantil influyen en la capacidad de madres y padres para mantener y desarrollar los lazos familiares después de la retirada de la guarda. En virtud del artículo 8 del Convenio Europeo de Derechos Humanos, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) (2024) ha establecido que las autoridades estatales deben adoptar medidas positivas para preservar los lazos familiares tras una retirada de la guarda, de modo que la separación no conduzca a una ruptura innecesaria o permanente de la relación parentofilial. Esta obligación refleja el principio más amplio según el cual la vida familiar no termina cuando un niño o una niña pasa a estar bajo la tutela pública, y las autoridades deben facilitar una implicación parental significativa, incluso cuando la reunificación no es una opción inmediata (European Court of Human Rights (ECtHR) 2024). Mantener estos lazos es esencial para el bienestar emocional de toda la familia, para el desarrollo de la identidad y para que la madre o el padre conserve el sentimiento de apego y su papel de cuidado (Balsells et al. 2014; Gerdts-Andresen et al. 2024; Haight et al. 2001; Stang et al. 2023).
Aunque el marco jurídico subraya la importancia de mantener los lazos familiares, los mecanismos prácticos mediante los cuales se sostienen estas relaciones siguen siendo complejos (Gerdts-Andresen et al. 2024). Las investigaciones anteriores se han centrado sobre todo en el régimen de visitas, la estabilidad del acogimiento y los esfuerzos de reunificación (p. ej., Bernedo and González-Pasarín 2024; Burtch et al. 2024; Revheim et al. 2025; Wissö et al. 2024). En cambio, se ha prestado menos atención a cómo el acceso a la información configura la relación parentofilial a lo largo del tiempo. La implicación parental no depende únicamente del contacto físico, sino que está profundamente ligada a la posibilidad de mantenerse al corriente del bienestar, el desarrollo y la vida cotidiana del hijo o la hija (Kiraly and Humphreys 2013). Algunos estudios sugieren que un intercambio de información transparente y previsible puede ayudar a madres y padres a sostener los vínculos emocionales y a conservar su papel incluso después de la separación (Morrison 2015). Cuando el acceso a las novedades es restringido o irregular, suelen referir un malestar emocional mayor, incertidumbre y un sentimiento de identidad parental disminuido (Eriksen 2024; Suomi et al. 2023; Tembo and Studsrød 2018; Aamodt and Olkowska 2023).
A pesar de la importancia reconocida del mantenimiento de los lazos familiares en las políticas de protección de la infancia, sigue habiendo pocas investigaciones sobre cómo las prácticas de intercambio de información influyen en la relación parentofilial. Mientras que algunos estudios sugieren que una comunicación abierta y estructurada entre la familia de origen y la familia de acogida puede reforzar la estabilidad relacional y favorecer el bienestar emocional de niñas y niños (Memarnia et al. 2015; Syrstad and Slettebø 2020; Wissö et al. 2024), otros indican que los obstáculos al acceso a la información contribuyen a la desvinculación parental, a la desconexión relacional y a expectativas desajustadas durante las visitas (Balsells et al. 2014; Memarnia et al. 2015). Además, se sabe poco sobre cómo las estructuras burocráticas y la discrecionalidad profesional influyen en el intercambio de información con las familias, en particular cuando las novedades pasan por los servicios de protección infantil y por otras instituciones como la escuela o los servicios de salud (Berrick et al. 2016). Las variaciones en las prácticas de intercambio de información pueden generar incoherencias en la forma y el momento en que madres y padres reciben noticias de sus hijos e hijas, lo que contribuye a la incertidumbre y al malestar emocional (Eriksen 2024; Otterlei and Engebretsen 2021; Aamodt and Olkowska 2023). La falta de claridad de las políticas y de las prácticas plantea preguntas sobre cómo se regula el acceso a la información, en qué medida reciben las familias noticias coherentes y cómo estas prácticas afectan a su capacidad de seguir implicadas en la vida de su hijo o hija.
Este estudio aborda esta laguna explorando cómo viven madres y padres las estructuras de intercambio de información de los servicios noruegos de protección infantil y cómo estas experiencias configuran su capacidad de mantener y desarrollar los lazos familiares tras la retirada de la guarda. En este contexto, «información» designa tanto las novedades formales sobre la situación de cuidado, la salud y la escolaridad del niño o la niña como un conocimiento más personal de sus pensamientos, su bienestar emocional y sus experiencias cotidianas. Según Gerdts-Andresen et al. (2024), estas diferentes formas de información tienen un peso distinto: mientras que algunas remiten a la transparencia procedimental y a los derechos parentales, otras son esenciales para que madres y padres puedan preservar, reforzar y desarrollar los lazos emocionales con su hijo o hija, de conformidad con el artículo 8 del CEDH.
Los servicios de protección infantil funcionan dentro de un sistema en el que el personal de primera línea dispone de un margen de discrecionalidad considerable en su toma de decisiones, en particular respecto a qué información se comparte con la familia después de una medida de retirada de la guarda, cómo se comparte y en qué medida. Para comprender cómo las prácticas de comunicación y las estructuras de intercambio de información de la protección infantil pueden influir en la capacidad de madres y padres para mantener y desarrollar los lazos familiares con sus hijos e hijas bajo tutela pública, es necesario examinar el papel de la discrecionalidad profesional.
La discrecionalidad profesional designa la autonomía de la que disponen quienes trabajan en primera línea, como el personal de protección infantil, para interpretar las políticas y tomar decisiones caso por caso (Grimen and Molander 2008). En la protección infantil, la discrecionalidad es especialmente pertinente en las decisiones sobre el intercambio de información, ya que el personal debe evaluar qué información deben recibir las familias, cuándo y de qué forma. Aunque la discrecionalidad permite decisiones individualizadas, también introduce una variabilidad importante: algunas familias pueden recibir novedades frecuentes, mientras que otras se quedan con muy poca información o ninguna. En este punto, la teoría de la burocracia de nivel de calle de Lipsky (1980) ofrece una perspectiva valiosa para comprender cómo funciona el poder discrecional en estos contextos. Lipsky sostiene que el personal de primera línea trabaja en entornos de alta exigencia y con recursos limitados, lo que le obliga a priorizar casos, fijar reglas informales y ejercer su juicio personal al aplicar las políticas. Mientras que Lipsky (1980) muestra cómo la toma de decisiones discrecional surge como respuesta a las limitaciones de recursos, Brodkin (2011) amplía este análisis demostrando que la discrecionalidad no es solo un fenómeno individual, sino que también está modelada por normas institucionales y estructuras organizativas. La discrecionalidad de la protección infantil en materia de intercambio de información está influida por el juicio profesional de cada profesional de referencia y por las prácticas de comunicación del conjunto del organismo. Esto sugiere que las variaciones en el acceso parental a la información pueden estar arraigadas en prácticas sistémicas, más que derivar únicamente de las interpretaciones subjetivas del personal de primera línea (Brodkin 2011). Por consiguiente, el acceso a noticias sobre el bienestar del niño o la niña no está determinado solo por la normativa formal, sino que depende en gran medida de lo que cada profesional de referencia considera adecuado o necesario. Así, la posibilidad de mantenerse informados sobre la vida de su hijo o hija no es para madres y padres un derecho garantizado, sino más bien el resultado negociado de una toma de decisiones discrecional.
Molander (2016) amplía este planteamiento al poner de relieve las limitaciones epistémicas de la discrecionalidad, es decir, la forma en que el personal profesional debe determinar qué información es pertinente y está permitido compartir dentro de las directrices institucionales. Estas limitaciones crean un espacio discrecional en el que las prácticas de intercambio de información no están estandarizadas, sino que varían según la interpretación de cada profesional de referencia. La ausencia de políticas explícitas que regulen el acceso a las novedades da lugar a incoherencias que refuerzan la incertidumbre parental. Si bien la discrecionalidad es necesaria para adaptar las decisiones a las circunstancias individuales, también introduce riesgos estructurales, en particular cuando la toma de decisiones es incoherente, opaca o está influida por sesgos subjetivos. La variabilidad de las prácticas de intercambio de información ilustra lo que Grimen y Molander (2008) denominan la «carga de la discrecionalidad», es decir, la tensión entre permitir que el personal profesional ejerza su juicio y garantizar una prestación de servicios equitativa, previsible y transparente. Zacka (2017) desarrolla esta idea subrayando las dimensiones morales de la discrecionalidad y sosteniendo que la exposición repetida al poder discrecional no solo afecta a la toma de decisiones a nivel individual, sino que también puede moldear con el tiempo las culturas organizativas. Cuando la discrecionalidad se utiliza principalmente como un mecanismo de regulación y no como una herramienta de implicación, las prácticas excluyentes pueden normalizarse, lo que refuerza el alejamiento parental de la vida del hijo o la hija.
Goodin (1986) critica además los riesgos del poder discrecional, subrayando que la discrecionalidad puede reforzar las jerarquías de poder, producir decisiones imprevisibles y contribuir a la incertidumbre de las personas usuarias sobre sus derechos y prestaciones. Cuando el personal profesional dispone de una gran autonomía para controlar el acceso a la información, estudios anteriores han constatado que madres y padres viven con inestabilidad la posibilidad de mantenerse informados sobre su hijo o hija (Eriksen 2024; Gerdts-Andresen et al. 2024; Aamodt and Olkowska 2023). La imprevisibilidad de la toma de decisiones discrecional alimenta un sentimiento de inseguridad, ya que las familias no pueden anticipar cuándo recibirán noticias, ni siquiera si las recibirán (Eriksen 2024; Suomi et al. 2023; Aamodt and Olkowska 2023). Además, sin mecanismos explícitos de rendición de cuentas, la discrecionalidad puede conducir a restricciones injustificadas del acceso a la información, reforzando así la exclusión de madres y padres de la vida cotidiana de su hijo o hija (Gerdts-Andresen et al. 2024). En el contexto de la protección infantil, estos riesgos ponen de manifiesto que las prácticas discrecionales de intercambio de información pueden contribuir a la exclusión parental en lugar de facilitar la implicación (Balsells et al. 2014; Eriksen 2024; Memarnia et al. 2015; Aamodt and Olkowska 2023).
Este artículo se basa en un subestudio integrado en un proyecto cualitativo más amplio que explora las experiencias de madres y padres tras una medida de retirada de la guarda en Noruega. El presente estudio se centra específicamente en cómo viven las estructuras de intercambio de información de los servicios de protección infantil y en cómo estas experiencias configuran su capacidad para mantener y desarrollar los lazos familiares después de la retirada de la guarda.
El estudio se llevó a cabo en Noruega. El reclutamiento de las personas participantes se realizó a través de los servicios de protección infantil y de organizaciones que trabajan con familias cuyos hijos e hijas están bajo tutela pública. Estos servicios aceptaron difundir la información sobre el estudio y la invitación a participar entre las madres y los padres cuyos hijos vivían bajo tutela pública en el momento del estudio. Se excluyó a quienes ya habían participado en estudios similares, lo que se comprobó con cada participante antes de la entrevista. La información se difundió por correo electrónico y mediante contacto directo. De las 34 personas que manifestaron interés, 31 cumplían los criterios de inclusión, que exigían tener al menos un hijo o una hija en acogimiento en el momento de la entrevista. En conjunto, estas personas tenían 48 hijos e hijas en acogimiento familiar, ya fuera en familia extensa o en familia ajena.
Las personas participantes residían en distintos municipios y recibían el seguimiento de diferentes servicios de protección infantil. El motivo predominante de la medida de retirada fue la «negligencia emocional», y las familias precisaron que no existían preocupaciones relacionadas con el consumo de sustancias, la violencia física o carencias en los cuidados prácticos. Este predominio de la negligencia emocional coincide con las tendencias generales de la protección infantil noruega (Gerdts-Andresen 2021). Algunas personas, sin embargo, señalaron la violencia doméstica en sus relaciones anteriores como un factor que contribuyó a la percepción de su falta de capacidad de cuidado. Ninguna había consentido la medida de retirada, y algunas tenían hijos e hijas acogidos por distintos servicios de protección infantil a raíz de mudanzas, lo que las obligaba a desenvolverse entre varios sistemas de gestión de casos.
Las entrevistas semiestructuradas exploraron cómo percibían su papel y su vínculo con su hijo o hija después de la medida de retirada. Las entrevistas invitaban a reflexionar sobre sus experiencias desde el momento de la retirada y a hablar de cómo el acceso a la información, o su ausencia, influye en su capacidad de mantener y desarrollar los lazos familiares tras la retirada de la guarda. El formato semiestructurado permitió una exploración abierta, manteniendo al mismo tiempo la coherencia entre participantes. Las preguntas de seguimiento se adaptaron para recoger los temas que introducían las propias personas entrevistadas, de modo que los intercambios permanecieran anclados en su experiencia vivida. Las entrevistas se realizaron en noruego, presencialmente o en formato digital, según la preferencia de cada participante. Primero fueron transcritas y traducidas al inglés por una persona profesional de la traducción. Después, el equipo de investigación revisó y controló la calidad de las traducciones para garantizar que se conservaran el sentido y el tono originales de las palabras de las personas participantes, mediante un proceso de verificación cruzada colaborativa entre las autoras.
Las entrevistas duraron entre 35 min y 2,5 h, con una duración media de 1 h y 45 min. Una entrevista se realizó en dos sesiones, porque la persona participante deseaba aportar reflexiones adicionales después de la conversación inicial.
Este estudio aplica el análisis temático descrito por Braun y Clarke (2021) para identificar regularidades en la manera en que madres y padres describen sus experiencias de intercambio de información en la protección infantil. El análisis fue inductivo, es decir, los temas se extrajeron de los datos. El proceso analítico comenzó con lecturas repetidas de las entrevistas transcritas para familiarizarse con los datos. Durante esta fase se anotaron las primeras reflexiones y se documentaron ideas preliminares sobre posibles regularidades. A continuación se llevó a cabo una codificación abierta línea por línea, identificando sistemáticamente los aspectos clave de la forma en que las familias describían su acceso a la información, la coherencia percibida de las novedades y su capacidad de seguir implicadas en la vida de su hijo o hija. La codificación fue iterativa, lo que permitió afinar los códigos para que recogieran con precisión tanto las afirmaciones explícitas como los significados implícitos de las experiencias parentales.
A medida que avanzaba el análisis, los códigos se agruparon en categorías más amplias que reflejaban regularidades compartidas entre participantes. Estas categorías se revisaron y afinaron continuamente para que recogieran con precisión los aspectos clave de las experiencias parentales del intercambio de información. A través de este proceso, los datos revelaron regularidades recurrentes en la manera en que madres y padres se desenvolvían en el acceso a la información, que condujeron a tres temas generales sobre cómo las estructuras de intercambio de información de los servicios de protección infantil influyen en su capacidad de mantener y desarrollar los lazos familiares tras la retirada de la guarda: (1) la falta de información, que recoge la incertidumbre y el malestar emocional causados por la insuficiencia de noticias sobre sus hijos e hijas; (2) la información contradictoria e incoherente, que muestra cómo las discrepancias en la comunicación ahondaron la desconfianza y crearon nuevos obstáculos a la implicación; y (3) las barreras burocráticas y los obstáculos sistémicos a la información, que ilustra cómo las estructuras institucionales configuraron activamente el acceso de las familias al conocimiento y reforzaron su sentimiento de exclusión. Los resultados se presentan de forma descriptiva y reflejan regularidades en la manera en que madres y padres expresaron sus experiencias.
El estudio se llevó a cabo conforme a las directrices éticas del Comité Nacional Noruego de Ética de la Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades (NESH) y fue aprobado previamente por la Agencia Noruega de Servicios Compartidos en Educación e Investigación (SIKT; números de referencia 387879 y 454360). Todas las personas participantes recibieron información detallada sobre el estudio, en particular sobre su finalidad, sus derechos como participantes y las garantías de confidencialidad y de participación voluntaria. Se obtuvo el consentimiento informado antes de cada entrevista.
La sección siguiente presenta los resultados del análisis temático, organizados en torno a tres temas interrelacionados que recogen regularidades recurrentes en los relatos de las personas participantes. Cada tema ilustra aspectos distintos, aunque superpuestos, de cómo las prácticas de intercambio de información influyeron en la capacidad de madres y padres para mantener y desarrollar los lazos familiares tras una medida de retirada de la guarda.
La tensión emocional y psicológica que viven madres y padres tras una medida de retirada está profundamente ligada a la incertidumbre que rodea su papel en la vida de su hijo o hija. Muchas personas describieron sentimientos persistentes de ansiedad, duelo y angustia relacionados con su acceso limitado a la información sobre el bienestar del niño o la niña y con la imprevisibilidad del régimen de visitas. La ausencia de noticias regulares sobre su vida cotidiana, su estado emocional y su desarrollo creaba lo que se describió como un profundo sentimiento de desconexión, que reforzaba la sensación de impotencia. Para algunas personas, esta incertidumbre resultaba incluso más angustiosa que la propia medida de retirada, porque prolongaba la agitación emocional en lugar de permitirles aceptar su nueva realidad.
En el conjunto de las entrevistas, la falta de información parecía afectar a la implicación parental de tres maneras interrelacionadas: en primer lugar, generando tensión emocional y ansiedad; en segundo lugar, socavando el sentimiento de identidad parental; y, en tercer lugar, dificultando la preparación y el mantenimiento de un contacto significativo.
En primer lugar, muchas madres y padres describieron experiencias de tensión emocional y ansiedad derivadas de esperar una información que nunca llegaba. Un tema recurrente fue la sensación de vivir en una especie de limbo, en el que la ausencia de comunicación alimentaba un sentimiento constante de impotencia. Varias personas explicaron cómo esperaban con ansiedad noticias para recibir solo respuestas mínimas o vagas que apenas las tranquilizaban:
Lo más duro es no saber. Podría soportarlo si supiera cómo está y qué piensa. Pero este silencio hace que me imagine lo peor.
Me quedo ahí pensando: ¿estará bien? ¿Lo estará pasando mal? ¿Preguntará por mí? No sé nada, y eso me consume por dentro.
Algunas personas explicaron que incluso noticias breves pero regulares les habrían ayudado a mantener los pies en la tierra, pero la información rara vez se ofrecía por iniciativa propia y a menudo era vaga cuando la pedían:
Si al menos pudiera recibir de vez en cuando un mensaje diciéndome que está «bien», cambiaría todo. Pero no me cuentan nada si no pregunto; e incluso entonces, es vago.
Para algunas personas, esta falta de comunicación daba la impresión de que se las estaba alejando deliberadamente de su hijo o hija, lo que intensificaba su angustia. Sin noticias, muchas madres y padres sentían que se les estaba borrando de la vida de sus hijos e hijas, sin una visión real de su desarrollo ni de sus experiencias. Esto provocaba un profundo sentimiento de desconexión. Como dijo una de las personas entrevistadas:
Me habla de su cumpleaños y yo ni siquiera sabía que ya había pasado. Así de grande es la desconexión.
Varias personas describieron cómo la incertidumbre y el silencio persistentes les hacían sentir que iban desapareciendo poco a poco de la vida de su hijo o hija, una sensación reforzada por la ausencia incluso de las noticias más básicas. La tensión emocional constante que vivían no se limitaba a situaciones concretas, sino que pasaba a formar parte de su existencia cotidiana y reforzaba los sentimientos de distancia y desconexión.
En segundo lugar, más allá de la tensión emocional inmediata, la falta de información socavaba el sentimiento de identidad parental. Varias personas describieron cómo verse excluidas de la vida cotidiana de su hijo o hija ponía en cuestión lo que significaba para ellas ser madre o padre:
Sigo sintiéndome su madre, pero al mismo tiempo ya no sé lo que eso significa. ¿Soy solo alguien que viene de visita de vez en cuando? ¿Tengo siquiera derecho a llamarme madre cuando sé tan poco de su vida ahora?
Las consecuencias psicológicas de esta falta de información eran de gran alcance. Muchas personas describieron cómo la incertidumbre constante se traducía en estrés crónico, pensamientos intrusivos e incluso síntomas físicos. La ausencia de noticias no solo afectaba a su estado mental; se manifestaba en insomnio, pérdida de apetito y tensión física:
Me despierto todas las mañanas con este peso aplastante en el pecho. Me pregunto si hoy será el día en que por fin sepa algo. Y cuando no es así, siento que voy desapareciendo poco a poco de su vida.
Noto cómo mi cuerpo reacciona al estrés. Empiezo a temblar, se me hace un nudo en el estómago y me dan dolores de cabeza. Es como si todo mi organismo estuviera en alerta todo el tiempo.
Antes dormía bien, pero ahora me despierto cada pocas horas, esperando un mensaje o alguna pista de cómo está. Pero no hay nada.
Para muchas personas, esta incertidumbre creciente sobre su papel parental hacía cada vez más difícil relacionarse con su hijo o hija de forma natural. La sensación de no saber por lo que estaba pasando el niño o la niña, ni lo que necesitaba, les dejaba a menudo con la impresión de no estar preparadas y de estar desconectadas durante el contacto.
En tercer lugar, como describieron varias personas, la falta de información dificultaba la preparación y el mantenimiento de un contacto significativo. Contaron que a menudo llegaban a las visitas sin saber nada de cómo estaba su hijo o hija emocional o prácticamente. Esta falta de preparación hacía que las visitas resultaran imprevisibles y tensas, y dejaba a varias personas sin saber cómo relacionarse con el niño o la niña durante el tiempo limitado que compartían:
Voy a las visitas a ciegas. No sé si ha tenido una buena semana, si algo le ha disgustado, si ha preguntado por mí. Es como jugar a las adivinanzas, y siempre siento que estoy fallando.
Lo peor es cuando digo algo y me mira confundida, como si yo tuviera que saber algo que no sabía. Pero nadie me cuenta lo que pasa en su vida.
Esta desconexión afectaba a su capacidad de implicarse de manera natural y receptiva. En lugar de apoyarse en conversaciones o rutinas anteriores, las visitas a menudo daban la impresión de volver a empezar desde cero. Varias personas expresaron que el niño o la niña parecía esperar que supieran lo que había ocurrido desde la última visita y que, cuando no era así, la interacción se volvía incómoda y emocionalmente distante:
Al principio [después de la retirada], me desesperaba por cualquier pizca de información, pero ahora he dejado de preguntar. Es más fácil no preguntar [por información] que seguir chocando con el silencio o con respuestas vacías.
Con el tiempo, esta experiencia repetida de no saber llevó a algunas personas a preguntarse si todavía se las veía como alguien significativo en la vida de su hijo o hija. La incertidumbre sobre el estado emocional del niño o la niña, unida a la sensación de quedar al margen, hacía más difícil sostener un papel parental seguro y coherente:
¿Sigue viéndome como su mamá? ¿O soy solo otra persona adulta a la que ve de vez en cuando?
Intento estar presente, ser alguien en quien pueda apoyarse. Pero ¿cómo voy a hacerlo si no sé lo que necesita de mí?
Para algunas madres y padres, esta crisis de identidad se convirtió en una fuente de profundo malestar psicológico. Algunas personas buscaron apoyo profesional para sobrellevar la carga emocional, pero muchas sentían que la terapia por sí sola no podía resolver el problema de fondo, que era su exclusión de la vida de su hijo o hija:
Hablar con alguien ayuda un poco, pero al final sigo sin saber qué pasa con mi hija. Ese es el verdadero problema. ¿Cómo voy a curarme si ni siquiera sé si está bien?
A pesar del coste emocional, muchas personas expresaron un fuerte deseo de mayor transparencia y de inclusión en la vida de su hijo o hija, no solo por sí mismas, sino por el bienestar del niño o la niña. Muchas consideraban que disponer de información regular y pertinente era esencial para mantener y desarrollar una relación significativa:
Lo único que quiero es que me incluyan. Saber lo que pasa en la vida de mi hija. No sentir que me están borrando de su mundo.
Hablan de lo que es mejor para el niño, pero ¿cómo puede ser lo mejor para él si me tratan como a alguien ajeno? Necesito conocerlo, poder apoyarlo.
En conjunto, los relatos de madres y padres ponen de relieve cómo la ausencia de información configuraba su experiencia cotidiana después de la medida de retirada. En todas las entrevistas, la tensión emocional y la ansiedad, el debilitamiento de la identidad parental y las dificultades para mantener el contacto estaban estrechamente ligados a la manera en que la información se retenía o se compartía de forma irregular. Esta falta de conocimiento influía también en la forma de abordar el contacto con sus hijos e hijas, dejándoles a menudo sin preparación o sin saber cómo relacionarse. Estos aspectos no se describían como episodios aislados, sino como condiciones permanentes que afectaban a su capacidad de seguir implicándose en la vida del niño o la niña.
Una dificultad central descrita por las personas participantes en este estudio fue la incoherencia y las contradicciones de la información que recibían sobre el bienestar de su hijo o hija, su situación de acogimiento y el régimen de visitas. Mientras que algunas recibían noticias ocasionales, otras describían informaciones poco claras, incompletas o contradictorias. Estas incoherencias se manifestaban de distintas maneras: en primer lugar, a través de una comunicación contradictoria o vaga por parte del personal profesional; en segundo lugar, a través de cambios imprevisibles y de un intercambio de información desigual entre los distintos actores; y, en tercer lugar, a través de un sentimiento creciente de exclusión de las decisiones y de una ruptura de la confianza que dificultaba seguir implicándose.
En primer lugar, un problema recurrente era que distintas personas profesionales ofrecían versiones diferentes de la situación del niño o la niña, lo que llevaba a madres y padres a dudar de la fiabilidad de la información recibida. Esta incoherencia generaba confusión y malestar emocional, y les impedía sentir seguridad en su comprensión del bienestar de su hijo o hija. Algunas personas describieron cómo las declaraciones contradictorias les hacían sentirse manipuladas o engañadas, lo que ahondaba aún más su desconfianza hacia el sistema:
Alguien del servicio me dice que mi hija está muy bien, y luego otra persona me dice que lo está pasando mal emocionalmente. ¿En qué quedamos? Ya ni siquiera sé qué creer.
Un día dicen que está floreciendo y al siguiente que le está costando adaptarse. Me hace preguntarme: ¿solo me dicen lo que creen que quiero oír?
Recibo estos mensajes vagos que en realidad no dicen nada. Si hago demasiadas preguntas, actúan como si estuviera poniendo problemas. Pero ¿cómo se supone que voy a entender lo que de verdad está pasando?
Estos relatos cambiantes y a menudo poco claros dejaban a las familias sin saber qué creer y reticentes a fiarse de la información proporcionada. Esta confusión se veía agravada por el carácter imprevisible del régimen de contacto y por la manera en que la información circulaba entre profesionales.
En segundo lugar, más allá de la incoherencia de las noticias, los cambios tardíos o de última hora en los planes de visita aumentaban la frustración. Muchas personas describieron cómo se preparaban emocionalmente para una visita que luego se cancelaba o se modificaba con escasas explicaciones. Esta falta de estabilidad en el régimen de contacto reforzaba un sentimiento de inestabilidad en su papel parental:
Me presento a una visita y de repente me dicen que no va a venir. Sin aviso, sin explicación. Solo «hoy no está disponible». ¿Se paran siquiera a pensar en lo que eso me hace?
Teníamos un calendario fijo, pero lo cambian todo el tiempo. A veces ni me entero hasta el último minuto. Siento que no tengo ningún control sobre los días en que puedo hacer las visitas.
Para muchas madres y padres, esta incertidumbre afectaba a la manera de abordar las visitas. Sin información fiable sobre el estado de ánimo de su hijo o hija, a menudo les faltaba preparación, lo que daba lugar a interacciones incómodas y emocionalmente difíciles. Varias personas describieron cómo el comportamiento del niño o la niña durante las visitas no se correspondía con los informes que habían recibido, lo que minaba aún más su confianza en la información proporcionada:
Me dijeron que estaba contenta y que le iba bien, pero cuando la vi estaba retraída y apenas me habló. ¿Cómo voy a fiarme de nada de lo que dicen?
Estuvo tan distante durante la visita. No dejaba de pensar: si todo va tan bien como dicen, ¿por qué parece tan triste? Ya no sé qué creer.
Algunas personas también señalaron discrepancias en la manera en que se compartía la información entre las familias de acogida y el personal de referencia, lo que les hacía sentirse excluidas de aspectos clave de la vida de su hijo o hija. Varias expresaron su frustración porque acontecimientos importantes, problemas de salud o dificultades emocionales no se les comunicaban a tiempo para poder apoyar adecuadamente al niño o la niña:
Ni siquiera sabía que había estado enfermo hasta que pregunté. Es como si pensaran que no merezco saber cosas básicas sobre mi propio hijo.
Me dijeron que estaba «bien», pero más tarde me enteré de que tenía dificultades en el colegio. ¿Por qué tuve que ser yo quien se enterara al final?
Para varias madres y padres, estas incoherencias en la organización práctica y en la comunicación entre profesionales no solo eran frustrantes en sí mismas, sino que también contribuían a un sentimiento más profundo de exclusión de los procesos de decisión y de que se ignorara su papel de cuidado.
En tercer lugar, esta experiencia de exclusión se extendía cada vez más a las decisiones sobre el cuidado de su hijo o hija, y muchas personas sentían que no se tenían en cuenta sus aportaciones. Algunas contaron que habían expresado repetidamente su preocupación por las necesidades del niño o la niña y que se las había ignorado o desestimado:
Les dije que algo no iba bien, pero no me hicieron caso. Meses después, por fin admitieron que había un problema. Pero para entonces ya me habían dejado fuera.
Intenté aportar ideas sobre cómo mejorar las visitas pensando en lo que necesita, pero actúan como si mi opinión no importara. Es como si fuera invisible.
Lo que varias de las personas entrevistadas describen como falta de transparencia y de coherencia tuvo un impacto considerable en su motivación para seguir implicándose en el proceso. Muchas describieron cómo su disposición inicial a colaborar se fue deteriorando con el tiempo, a medida que se encontraban con contradicciones, rechazos y exclusiones repetidos. Algunas empezaron a retirarse emocionalmente, con la sensación de que sus esfuerzos por seguir implicadas eran inútiles:
Al principio seguía pidiendo más información. Quería formar parte de las cosas. Pero después de que me ignoraran tantas veces, simplemente dejé de hacerlo. ¿Para qué?
Siento que lo deciden todo sin mí y que yo simplemente tengo que aceptarlo. Al cabo de un tiempo, es más fácil dejar de intentarlo.
Otras personas describieron cómo la pérdida de confianza dificultaba mantener una relación positiva con los servicios de protección infantil, creando un círculo de frustración y desvinculación. En lugar de trabajar en colaboración, algunas sentían que sus preguntas y preocupaciones se percibían como quejas y no como esfuerzos legítimos por seguir implicadas:
Cada vez que hago demasiadas preguntas, dicen que estoy siendo «difícil». Pero solo intento entender lo que le está pasando.
Me hacen sentir que soy un problema por querer saber cosas. Pero ¿quién, teniendo un hijo o una hija, no querría saber cómo le va?
Esta erosión de la confianza y esta exclusión de la toma de decisiones reforzaban los sentimientos de impotencia y de aislamiento, con consecuencias a largo plazo para la capacidad de madres y padres de implicarse de manera significativa en la vida de su hijo o hija. Muchas personas expresaron el deseo de ser vistas como un recurso y no solo como alguien ajeno; sin embargo, las incoherencias en el intercambio de información las alejaban aún más en lugar de favorecer la colaboración.
Aun así, algunas madres y padres seguían teniendo la esperanza de que una mejor comunicación pudiera mejorar su relación con su hijo o hija y con los servicios de protección infantil. Subrayaban la importancia de la transparencia y la coherencia como forma de reforzar, y no de debilitar, los lazos familiares:
No quiero ser un problema. Solo quiero ejercer mi papel parental. Si al menos me mantuvieran al corriente y me dejaran formar parte de las cosas, cambiaría todo.
No se trata de poner las cosas difíciles, se trata de asegurarme de que todavía puedo formar parte de su vida. No tienen por qué estar de acuerdo conmigo, pero al menos deberían incluirme.
En definitiva, la información incoherente y contradictoria que recibían madres y padres condicionaba su capacidad de seguir implicándose activamente en la vida de sus hijos e hijas. La ruptura de la comunicación conducía a la desconfianza, a la desvinculación emocional y a un sentimiento creciente de exclusión, todo lo cual obstaculizaba su capacidad de mantener un contacto significativo con el niño o la niña. Mientras que algunas personas perseveraban a pesar de estas dificultades, otras se sentían cada vez más alienadas y luchaban por mantener un vínculo en un sistema que a menudo les hacía sentir que nadie las veía ni las escuchaba.
Las personas participantes en este estudio describieron con frecuencia dificultades sistémicas y burocráticas que restringían su acceso a la información sobre su hijo o hija y les dificultaban mantener un sentimiento de vínculo. Estos obstáculos se presentaban de distintas formas: en primer lugar, a través de prácticas aplicadas de forma incoherente y de normas poco claras dentro de los servicios de protección infantil; en segundo lugar, a través de rígidas limitaciones procedimentales sobre cómo y cuándo se daban las noticias; en tercer lugar, a través de retrasos administrativos y canales de comunicación inadecuados; en cuarto lugar, a través de un acceso restringido a la información procedente de otras instituciones; y, en quinto lugar, a través de la manera en que estas limitaciones estructurales configuraban sus posibilidades de mantenerse informadas.
En primer lugar, varias personas describieron cómo las políticas poco claras o aplicadas de forma incoherente dentro de los servicios de protección infantil afectaban a su acceso a la información. Una de las frustraciones más citadas fue la ausencia de prácticas de comunicación estandarizadas en estos servicios. Contaron que el acceso a la información no se basaba en normas claras, sino en la discrecionalidad de la persona profesional de referencia, lo que daba lugar a experiencias muy distintas según quién llevara el caso:
La primera trabajadora del caso me mandaba pequeñas noticias, solo un mensaje de texto sobre cómo estaba. Pero luego se fue, y la nueva persona me dijo que no tenían «permitido» hacerlo. Así que ahora no recibo nada.
Otras personas expresaron su confusión sobre lo que tenían derecho a saber, ya que el personal de referencia daba respuestas contradictorias sobre el intercambio de información:
Ni siquiera sé qué tengo derecho a saber. A veces me cuentan cosas; otras veces dicen que es confidencial. Pero nadie me dice dónde está el límite. Siento que no tengo ningún control.
Estos relatos reflejan cómo unas normas poco claras o aplicadas de forma incoherente dejaban a madres y padres en un estado de incertidumbre, sin expectativas previsibles. En lugar de encontrar transparencia y estructura, se topaban con un sistema fragmentado en el que el acceso dependía más del criterio individual que de procedimientos fiables. Esta ambigüedad reforzaba el sentimiento de exclusión y contribuía al estrés que vivían en su papel parental.
En segundo lugar, en relación con las rígidas limitaciones procedimentales sobre cómo y cuándo se daban las noticias, las familias señalaron estructuras formales que limitaban el acceso a una información significativa. Muchas personas describieron cómo las noticias se limitaban a reuniones formales de seguimiento del caso, poco frecuentes y estructuradas de tal manera que dejaban poco margen para preguntas o diálogo:
Dicen que solo puedo recibir noticias en las reuniones. Pero esas reuniones son cada tres meses, e incluso entonces apenas puedo preguntar. Si tengo una duda entre medias, simplemente tengo que esperar. Es agotador.
Incluso cuando las reuniones tenían lugar, el estilo de comunicación se vivía a menudo como excesivamente clínico o distante. Las familias señalaron que la información proporcionada rara vez abordaba lo que más les importaba:
Dicen cosas como «el acogimiento es estable» o «no hay motivos de preocupación», pero eso no me dice si es feliz, si está haciendo amigos, si me echa de menos.
Este formalismo procedimental hacía que madres y padres se sintieran en la periferia de la vida cotidiana de su hijo o hija. La imposibilidad de entablar un diálogo abierto o emocionalmente sintonizado durante estas reuniones contribuía a la percepción de que su papel de cuidado se estaba viendo menoscabado.
En tercer lugar, en relación con los retrasos administrativos y los canales de comunicación inadecuados, varias personas describieron largos tiempos de respuesta cuando se ponían en contacto con los servicios de protección infantil. Algunas explicaron que, incluso siguiendo los procedimientos, pasaban semanas sin recibir respuesta:
Mando correos, hago llamadas, hago todo lo que me dicen que haga. Y aun así pasan las semanas y no sé nada. Es como si lo hicieran lo más difícil posible a propósito.
Otras personas expresaron su frustración ante unos métodos de comunicación anticuados que impedían recibir noticias a tiempo:
Mandan cartas por correo. ¿Quién manda cartas hoy en día? Ni siquiera recibo un mensaje. Cuando me llega algo, ya es agua pasada.
Para muchas madres y padres, estos retrasos hacían imposible sentirse presentes en la vida de sus hijos e hijas. El coste emocional de esperar información y no recibir nada les dejaba con una sensación de impotencia.
En cuarto lugar, en relación con el acceso restringido a la información de otras instituciones, muchas personas se encontraron con barreras adicionales en la escuela, la guardería y los servicios de salud. Lejos de ampliar su acceso a la vida de su hijo o hija, estas instituciones se vivían a menudo como prolongaciones del control de la protección infantil. Incluso las preguntas más básicas solían ser rechazadas o derivadas a otro lugar:
Pregunté en el colegio qué tal le iba y me dijeron simplemente que me pusiera en contacto con protección infantil. Pero cuando pregunto a protección infantil, o no contestan o me dan respuestas vagas y sin sentido. Quiero saber cómo le va en clase, pero me tratan como si no tuviera derecho a preguntar.
Otras personas subrayaron cómo esta derivación introducía retrasos e incertidumbre:
No sé qué asignaturas le gustan a mi hijo ni en cuáles tiene dificultades. Pedí sus boletines de notas y me dijeron que tenía que solicitarlos a través de protección infantil. Pero cuando lo hice, nunca recibí respuesta. Es como si me bloquearan a cada paso.
Estas experiencias llevaron a describir cómo una información que debería haber sido rutinaria o accesible se retrasaba, se filtraba o se perdía. Para muchas personas, esto reforzaba la sensación de quedar al margen de la escolaridad y de las experiencias cotidianas de su hijo o hija. Una de ellas reflexionaba:
Me habló de una excursión del colegio que había sido semanas antes; yo no sabía nada. ¿Por qué no me lo dijeron? Podría haber colaborado y haberle mandado algo para la excursión, pero a nadie se le ocurrió siquiera informarme. Es como si fuera invisible.
Aparecieron regularidades similares cuando las familias buscaban información relacionada con la salud. Algunas personas contaron que se les negaba información sobre citas médicas, revisiones o incluso urgencias, salvo que las autoridades de protección infantil hubieran autorizado expresamente el acceso:
A mi hija tuvieron que hacerle una prueba de [enfermedad], y yo me enteré después. Nadie me avisó antes. ¿Y si hubiera tenido miedo? ¿Y si me hubiera necesitado?
Ni siquiera me informaron de que habían llevado a mi hijo al médico por una quemadura. Pasó un año entero antes de que me enterara. ¿Se lo imagina?
Otras personas constataron que el personal sanitario o de la guardería se mostraba reacio a comunicarse directamente con ellas, a pesar de que seguían siendo la madre o el padre:
Pedí noticias a la guardería y me dijeron: «Primero tenemos que consultarlo con protección infantil». ¿Desde cuándo necesito permiso para preguntar cómo está mi criatura?
Varias personas expresaron su confusión y su frustración ante estas respuestas institucionales, que describían como formas de silenciamiento. Les costaba entender la lógica de tales restricciones y las vivían como barreras injustificadas a su inclusión en la vida de su hijo o hija. Para muchas, esto apuntaba no solo a una comunicación fragmentada, sino a un cierre institucional más amplio, en el que múltiples actores mantenían las mismas limitaciones que ya habían encontrado en los servicios de protección infantil.
En quinto lugar, en cuanto a la manera en que estas limitaciones estructurales configuraban sus posibilidades de mantenerse informadas, las familias describieron consecuencias a largo plazo para su relación con el niño o la niña. La ausencia de información oportuna y pertinente no solo afectaba a su implicación práctica, sino que también perturbaba su orientación emocional hacia el niño o la niña. Varias personas explicaron cómo llegaban a las visitas sin saber qué había ocurrido recientemente, qué era importante para el niño o la niña o cómo conectar de forma significativa:
Antes lo sabía todo de mi hijo. Ahora tengo que pelear para conseguir las noticias más básicas. Siento que estoy desapareciendo de su vida y que no puedo hacer nada para evitarlo.
Voy a las visitas a ciegas. No sé si ha tenido una buena semana, si algo le ha disgustado o si ha preguntado por mí. Es como jugar a las adivinanzas, y siempre siento que estoy fallando.
Lo peor es cuando digo algo y me mira confundida, como si yo tuviera que saber algo que no sabía. Sin embargo, nadie me cuenta lo que pasa en su vida.
Aunque estas descripciones se hacen eco de dificultades ya tratadas en los temas anteriores, se distinguen porque apuntan a una acumulación de distancia emocional e institucional a lo largo del tiempo. En lugar de ser tratadas como figuras de cuidado con una presencia continuada en la vida de su hijo o hija, las familias sentían que se las situaba como figuras marginales en un sistema que dejaba poco espacio a su implicación. La falta de información no solo dificultaba la preparación de las visitas, sino que también ponía en cuestión su propio sentimiento de legitimidad parental.
Para muchas personas, esta erosión gradual de la participación contribuyó a lo que vivían como una identidad parental que se desvanecía, en la que mantener la implicación se volvía cada vez más complicado, no por falta de voluntad, sino por un panorama estructural y comunicativo que dejaba poco margen para seguir siendo una parte significativa del mundo cotidiano de su hijo o hija.
Los resultados de este estudio ilustran hasta qué punto las estructuras y prácticas de intercambio de información de la protección infantil configuran la capacidad de madres y padres para mantener y desarrollar los lazos familiares con sus hijos e hijas bajo tutela pública. En todas las entrevistas, las personas participantes describieron un acceso irregular a las noticias sobre el bienestar del niño o la niña: algunas recibían información ocasional, mientras que otras quedaban sumidas en una incertidumbre prolongada. La ausencia de protocolos estandarizados generaba imprevisibilidad y malestar emocional, lo que dificultaba mantener un vínculo significativo. Además, las ineficiencias burocráticas y las limitaciones procedimentales restringían el acceso parental a la información, ya que las reuniones formales de seguimiento constituían a menudo la única ocasión estructurada para recibir noticias, pese a su escasa frecuencia y su alcance limitado. Las familias también se encontraban con obstáculos para acceder a la información de instituciones externas, como la escuela o los servicios de salud, que con frecuencia remitían las consultas a los servicios de protección infantil. Estos obstáculos afectaban tanto a las noticias factuales, como el progreso escolar o el estado de salud, como a un conocimiento más íntimo, como el estado emocional del niño o la niña o sus experiencias cotidianas. Esta derivación reforzaba lo que Meijer (2014) describe como asimetría de información en los sistemas burocráticos, en los que las personas usuarias encuentran trabas estructurales para acceder a una comunicación directa. Esta práctica contribuía a una forma de control institucional del acceso en lugar de favorecer la transparencia, lo que concuerda también con el argumento de Brodkin (2011) según el cual la discrecionalidad suele estar inscrita en rutinas sistémicas más que depender únicamente del juicio individual. En el presente estudio, esta asimetría privaba a madres y padres de un conocimiento esencial sobre la escolaridad, la salud y las experiencias cotidianas de su hijo o hija, lo que contribuía a un sentimiento de alejamiento y de impotencia. En lugar de facilitar la implicación, estas instituciones funcionaban como capas adicionales de control y reforzaban las barreras estructurales ya existentes en los servicios de protección infantil. Estas dificultades acumuladas obstaculizaban la capacidad de seguir implicándose en la vida de sus hijos e hijas y contribuían con el tiempo a un distanciamiento emocional y relacional.
Estos resultados coinciden con investigaciones anteriores que muestran cómo la falta de información puede debilitar la identidad parental, generar tensión emocional y perturbar el contacto (Balsells et al. 2014; Eriksen 2024; Suomi et al. 2023; Aamodt and Olkowska 2023). Otros estudios sugieren que una comunicación abierta y la colaboración entre familias y profesionales son cruciales para sostener los vínculos emocionales y facilitar una implicación continuada (Memarnia et al. 2015; Wissö et al. 2024). El presente estudio confirma y amplía a la vez esta literatura al mostrar que las barreras descritas por madres y padres no son solo interpersonales, sino que también hunden sus raíces en estructuras organizativas y procedimentales más amplias, que abarcan la protección infantil y otros servicios públicos. Detrás de estos resultados subyace una pregunta más amplia sobre lo que significa «mantener y desarrollar los lazos familiares» tras una medida de retirada de la guarda. Aunque la expresión suele remitir al contacto físico o a derechos legales, las descripciones de las familias sugieren que la disponibilidad emocional, la familiaridad con la vida cotidiana del niño o la niña y la capacidad de ofrecer una continuidad relacional son igualmente cruciales. El acceso a una información oportuna y significativa parece ser una condición previa para sostener estas dimensiones de la parentalidad, al hacer posibles el contacto y el vínculo. Sin ello, la relación parentofilial corre el riesgo de volverse simbólica en lugar de vivida, erosionada por la ausencia y por la exclusión del conocimiento. En las investigaciones sobre las rupturas relacionales tras el acogimiento se han planteado preocupaciones similares (p. ej., Tembo and Studsrød 2018; Gerdts-Andresen et al. 2024), lo que sugiere que el distanciamiento emocional no es solo consecuencia de la separación física, sino también de una comunicación limitada y de una desconexión informativa.
Aunque los servicios de protección infantil operan dentro de marcos jurídicos e institucionales, el personal de primera línea conserva una autonomía considerable para determinar qué información se comparte, con quién y en qué condiciones. Los resultados sugieren que la toma de decisiones discrecional desempeñó un papel importante en el acceso parental a las noticias, ya que cada profesional de referencia interpretaba las políticas de manera diferente. La teoría de la burocracia de nivel de calle de Lipsky (1980) ayuda a explicar esta variación, pues pone de relieve cómo el personal de primera línea elabora reglas informales y aplica su juicio personal de maneras que influyen de forma notable en la experiencia de las personas usuarias. Mientras que Lipsky (1980) muestra cómo el personal de primera línea sortea las limitaciones mediante decisiones discrecionales, Zacka (2017) sostiene que la exposición prolongada a ese poder discrecional no solo modela las decisiones individuales, sino que puede crear normas institucionales arraigadas. Con el tiempo, el personal de referencia puede desarrollar respuestas habituales que refuerzan la exclusión en lugar de la implicación, lo que hace más difícil que madres y padres recuperen un papel en la vida de su hijo o hija. Los presentes resultados muestran que el acceso parental a la información se vivía a menudo como imprevisible y dependiente de la persona de referencia. Mientras que algunas personas decían recibir noticias ocasionales, a otras se les negaba incluso la información más básica. Las familias también refirieron haber recibido respuestas contradictorias sobre lo que tenían derecho a saber, lo que alimentaba la confusión y reforzaba un sentimiento de arbitrariedad y de exclusión. Esta incoherencia refleja lo que Grimen y Molander (2008) describen como la «carga de la discrecionalidad», la tensión entre permitir que el personal profesional ejerza su juicio y garantizar una toma de decisiones previsible y transparente. Esto concuerda con el argumento de Molander (2016) según el cual la discrecionalidad está condicionada por limitaciones epistémicas, que obligan al personal profesional a orientarse en lo que considera pertinente y permitido dentro de las directrices institucionales. Sin embargo, a falta de políticas explícitas que regulen el intercambio de información, la discrecionalidad profesional genera a menudo incoherencias que dejan a las familias inseguras sobre sus derechos y dependientes de las valoraciones subjetivas del personal de referencia. Además, la posibilidad de compartir formas de información más matizadas, como los pensamientos, las preferencias y el estado emocional del niño o la niña, se veía aún más limitada por la división estructural de funciones: el conocimiento del cuidado cotidiano solía quedar en manos de las familias de acogida y no se transmitía de forma sistemática a los equipos de trabajo social ni, a través de ellos, a madres y padres. Mientras que Brodkin (2011) subraya que las prácticas discrecionales están inscritas en estructuras institucionales, Zacka (2017) pone de relieve cómo el personal profesional puede desarrollar con el tiempo disposiciones morales que influyen en su ejercicio de la discrecionalidad. Cuando la información no se percibe como un medio de apoyo, sino como un mecanismo de control, las prácticas restrictivas pueden normalizarse, incluso en ausencia de restricciones formales.
Más allá de la discrecionalidad individual, los resultados indican que las estructuras institucionales también desempeñaron un papel crucial en las prácticas de intercambio de información. Brodkin (2011) amplía el marco de Lipsky (1980) al subrayar que la discrecionalidad no es simplemente un fenómeno individual, sino que está modelada por normas organizativas y limitaciones estructurales. En este estudio, el acceso parental a la información variaba no solo en función del juicio de cada profesional de referencia, sino que también parecía estar inscrito en las prácticas del conjunto del organismo. Por ejemplo, el hecho de basarse en reuniones de seguimiento poco frecuentes y muy estructuradas como principal fuente de noticias funcionaba como una limitación institucional que reforzaba la exclusión en lugar de la implicación. En lugar de facilitar una comunicación abierta y continua, la formalización del intercambio de información mediante procedimientos rígidos creaba cuellos de botella burocráticos, lo que refleja lo que Brodkin (2011) identifica como discrecionalidad inscrita, en la que las prácticas de primera línea están influidas por limitaciones sistémicas más que por un juicio puramente personal. Estas ineficiencias burocráticas iban más allá de los propios servicios de protección infantil. En muchos casos, la información que buscaban madres y padres ya la conocían profesionales que trabajaban de cerca con el niño o la niña, como el profesorado, las familias de acogida o el personal sanitario; sin embargo, la comunicación quedaba filtrada o bloqueada por limitaciones procedimentales o protocolos internos. Muchas personas describieron cómo instituciones externas, como la escuela o los servicios de salud, remitían sistemáticamente sus consultas a protección infantil, reforzando así el control institucional del acceso. Por tanto, la cuestión no era solo si la información existía, sino cómo la coordinación entre organismos y las rutinas de comunicación determinaban la accesibilidad real de esa información para las familias. Esto concuerda con los resultados de Meijer (2014) sobre la asimetría de información en los sistemas burocráticos, en los que las personas usuarias se enfrentan a barreras estructurales para acceder a una comunicación directa. Otros estudios han mostrado igualmente cómo la fragmentación institucional y la falta de claridad en el reparto de responsabilidades entre la protección infantil y otros servicios pueden contribuir a la exclusión y a la confusión de las familias (Otterlei and Engebretsen 2021; Berrick et al. 2016). En el presente estudio, esta asimetría contribuyó al alejamiento parental, ya que madres y padres quedaban privados de un conocimiento esencial sobre la escolaridad, la salud y las experiencias cotidianas de su hijo o hija. En lugar de facilitar la implicación, estas instituciones funcionaban como capas adicionales de control.
El impacto emocional de estas limitaciones estructurales era profundo. En todas las entrevistas, las personas participantes describieron cómo la falta de información oportuna y significativa conducía a una tensión emocional persistente, a la incertidumbre y a un debilitamiento del sentimiento de identidad parental. La crítica de Goodin (1986) al poder discrecional sin control ayuda a esclarecer estas consecuencias, al mostrar que la discrecionalidad, cuando no está regulada, refuerza las dinámicas jerárquicas de poder. En este estudio, la imprevisibilidad del acceso a las noticias, condicionada por la discrecionalidad individual, reflejaba un desequilibrio de poder más amplio, en el que la implicación parental dependía de juicios profesionales y no de expectativas compartidas. Estos resultados respaldan estudios anteriores que han mostrado que la ausencia de comunicación no solo socava el sentimiento de competencia parental, sino que también contribuye al distanciamiento emocional y a la desvinculación del papel de cuidado (Balsells et al. 2014; Eriksen 2024; Aamodt and Olkowska 2023). En este estudio, la dependencia de madres y padres respecto del personal de referencia para determinar su nivel de acceso reflejaba este desequilibrio de poder, ya que se les situaba en una posición en la que su derecho a la información era negociable en lugar de estar garantizado. El carácter imprevisible de la toma de decisiones creaba un sentimiento persistente de inseguridad, puesto que las familias no podían anticipar cuándo recibirían noticias de su hijo o hija, ni siquiera si las recibirían. Lejos de favorecer la implicación, estas estructuras de intercambio de información reforzaban activamente la exclusión y dejaban a madres y padres en la incertidumbre. Los resultados indican también que estas limitaciones en el intercambio de información condicionaban la dinámica de las visitas. Muchas personas describieron lo difícil que les resultaba prepararse para las visitas por falta de contexto sobre las experiencias recientes del niño o la niña. La teoría del apego de Bowlby (1988) subraya que una comunicación estable y previsible es central para mantener relaciones seguras. Esto resuena con Gerdts-Andresen et al. (2024), que subrayan la importancia de la continuidad relacional para mantener los vínculos emocionales tras el acogimiento, en particular mediante una comunicación regular y significativa. En esta línea, en nuestro material, la ausencia de noticias regulares hacía las visitas más difíciles y perturbaba el vínculo emocional parentofilial. Algunas personas describieron que llegaban a las visitas «a ciegas», sin saber lo que el niño o la niña había vivido o sentido recientemente, y varias expresaron que esta incertidumbre les hacía sentirse como personas ajenas en la vida de su propio hijo o hija. Lejos de reforzar su papel de cuidado, estas dinámicas contribuían a lo que muchas madres y padres describieron como una erosión gradual de la cercanía relacional.
En definitiva, los resultados de este estudio muestran cómo la toma de decisiones discrecional, las ineficiencias burocráticas y la aversión institucional al riesgo convergen para limitar la implicación parental en lugar de facilitarla. Aunque la discrecionalidad permite decidir caso por caso, la ausencia de protocolos estandarizados de intercambio de información crea una incertidumbre estructural que refuerza la dependencia respecto de cada profesional de referencia, en lugar de garantizar un acceso previsible y equitativo a las noticias. El argumento de Lipsky (1980) según el cual la burocracia de nivel de calle acaba configurando la experiencia de las personas usuarias más que las políticas formales es especialmente pertinente en este contexto. Sin embargo, como subraya Brodkin (2011), estas variaciones en la práctica no son únicamente el resultado de la discrecionalidad individual. En conjunto, estos resultados ponen de relieve cómo las prácticas cotidianas de intercambio de información influyen en las condiciones de la implicación parental y subrayan la necesidad de examinar cómo armonizar mejor estas prácticas para sostener la continuidad de la relación parentofilial.
Teniendo en cuenta estas dinámicas, el acceso a la información no es una mera cuestión administrativa, sino un factor central de la capacidad de madres y padres para sostener relaciones significativas con sus hijos e hijas bajo tutela pública. La interacción entre la toma de decisiones discrecional, las limitaciones procedimentales y las ineficiencias institucionales muestra cómo se incluye o se excluye a las familias de la vida de sus hijos e hijas. Las consecuencias emocionales y relacionales de un acceso restringido a la información ponen de relieve la necesidad de prácticas de intercambio de información estructuradas, transparentes y equitativas. Garantizar que madres y padres reciban noticias regulares, con independencia de la discrecionalidad de cada profesional de referencia, reduciría la incertidumbre, aliviaría el malestar y sentaría una base para mantener y desarrollar los lazos familiares mientras el niño o la niña está bajo tutela pública. Aunque es fundamental reconocer que las familias de acogida suelen tener un conocimiento detallado de la vida cotidiana del niño o la niña, esta organización estructural no resta importancia al acceso parental a noticias significativas. Comprender qué tipos de información buscan madres y padres y cómo el acceso a esa información influye en su capacidad de mantener y desarrollar los lazos familiares tras una medida de retirada de la guarda es esencial para orientar unas prácticas de protección infantil que salvaguarden el derecho a la vida familiar.
Complexe Systémique: puntos clave
Desde un punto de vista sistémico, el mérito de este estudio es desplazar la mirada del vínculo parentofilial hacia el circuito que lo sostiene: entre madres y padres, el niño o la niña, la familia de acogida, la escuela y el servicio, es el servicio quien ocupa la posición de control del acceso, y es a través de él como la información llega, se pierde o se apaga. Los testimonios dibujan un bucle conocido en la clínica: las preguntas de las familias se leen como una actitud difícil, las familias se retiran, y esa retirada puede leerse después como falta de interés, lo que confirma su exclusión. Romper este bucle requiere menos grandes reformas que rituales de información previsibles, noticias de la vida cotidiana (amistades, escuela, estado de ánimo) y espacios de encuentro en los que familias de acogida y familias de origen puedan hablar entre sí. Hay que tener presentes los límites: solo se ha recogido la perspectiva de madres y padres, no la de niñas, niños o profesionales, y todas estas personas impugnaban la medida de retirada. Puede leerse junto con el estudio noruego sobre el trabajo sistémico con madres y padres cuyos hijos están bajo tutela pública y con la experiencia de las familias que visitan a sus hijos e hijas en acogimiento.
Notas del original
Contribuciones de la autoría. Conceptualización, T.G.-A. y A.Ø.E.; metodología, T.G.-A. y A.Ø.E.; análisis formal, T.G.-A. y A.Ø.E.; validación, T.G.-A. y A.Ø.E.; investigación, T.G.-A. y A.Ø.E.; recursos, T.G.-A. y A.Ø.E.; curación de datos, T.G.-A. y A.Ø.E.; redacción del borrador original, T.G.-A.; redacción, revisión y edición, T.G.-A. y A.Ø.E.; administración del proyecto, T.G.-A. Ambas autoras han leído y aprobado la versión publicada del manuscrito.
Financiación. Esta investigación no recibió financiación externa.
Declaración del comité de ética institucional. El estudio se llevó a cabo de conformidad con la Declaración de Helsinki y fue aprobado por el comité de ética institucional de la Agencia Noruega de Servicios Compartidos en Educación e Investigación (SIKT; números de referencia 387879 y 454360; 31 de marzo de 2021).
Declaración de consentimiento informado. Se obtuvo el consentimiento informado de todas las personas que participaron en el estudio.
Conflictos de intereses. Las autoras declaran no tener conflictos de intereses.
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Traducción no oficial al español de The Risk of Not Knowing—How Information Sharing Affects Parents’ Ability to Maintain and Develop Family Ties After a Child’s Removal from Parental Care, de Tina Gerdts-Andresen y Anette Ødegård Eriksen, Social Sciences, vol. 14, n.o 6, artículo 334 (2025), doi: 10.3390/socsci14060334, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra ha sido modificada en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Esta página ofrece una traducción no oficial al español del artículo original «The Risk of Not Knowing—How Information Sharing Affects Parents’ Ability to Maintain and Develop Family Ties After a Child’s Removal from Parental Care», publicado en Social Sciences (2025) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Gerdts-Andresen, T., y Eriksen, A. Ø. (2025). The Risk of Not Knowing—How Information Sharing Affects Parents’ Ability to Maintain and Develop Family Ties After a Child’s Removal from Parental Care. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/the-risk-of-not-knowing-how-information-sharing-affects-parents-ability-to-maintain (Obra original publicada en 2025 en Social Sciences, 14(6), 334 (2025); republicada en 2025 por Social Sciences, https://www.mdpi.com/2076-0760/14/6/334)
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