Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Contemporary Family Therapy · Terapia familiar
¿Cómo dar a una persona autista, en la infancia o en la juventud, un lugar en la conversación familiar, en vez de hablar de ella? El equipo de Daniela Sousa en Coímbra y Marilyn J. Monteiro proponen un protocolo de terapia familiar narrativa breve en ocho sesiones que parte de los intereses y de las necesidades sensoriales de la persona autista. Pizarra blanca, escala de autorregulación, superpoderes familiares: el relato del déficit deja paso al de un «estilo cerebral».
Traducción no oficial al español de Brief Narrative Family Therapy and Autism Spectrum Disorder: A Neuro-Informed Intervention, de Daniela Sousa, Miguel Castelo-Branco, Joana Sequeira y Marilyn J. Monteiro, publicado en Contemporary Family Therapy (Springer) (2026), doi: 10.1007/s10591-026-09784-0, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las tablas se presentan en forma de listas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
La historia comienza con el relato centrado en el déficit sobre el autismo que la familia trae a la intervención [...]. La terapia se convierte en un lugar donde puede darse una conversación normalizadora e igualadora, y la naturaleza fundamental de la historia cambia.
Daniela Sousa, Miguel Castelo-Branco, Joana Sequeira y Marilyn J. Monteiro
Resumen
La prevalencia mundial del trastorno del espectro autista, una condición del neurodesarrollo, ha aumentado notablemente en las últimas décadas. Las personas autistas presentan patrones distintivos y reconocibles de diferencias en los ámbitos del lenguaje y la comunicación, las relaciones sociales y las respuestas emocionales, así como en el uso sensorial y los intereses, en todas las edades y niveles de capacidad. En el seno de las familias, la expresión del patrón autista de diferencias de estilo cerebral de la persona está inextricablemente ligada a la dinámica familiar, incluidos múltiples y complejos factores de estrés que afectan a cada miembro de la familia, así como a la dinámica entre sus miembros. Aunque las intervenciones terapéuticas individuales centradas en resultados conductuales se han explorado ampliamente, las intervenciones terapéuticas centradas en la familia que abordan la interacción entre el autismo y la dinámica familiar se han explorado mucho menos. Este artículo propone un enfoque desarrollado de forma sistemática, con fundamento teórico e informado por la práctica, para que profesionales de la clínica puedan ofrecer terapia familiar narrativa breve. El modelo sitúa la visión del mundo, el estilo de comunicación y las diferencias sensoriales propias del miembro autista de la familia en primer plano para apoyar cambios positivos y empoderadores en la historia familiar.
Palabras clave: terapia familiar narrativa; enfoque sistémico y familiar; trastorno del espectro autista; estilo cerebral; intervención neuroinformada
El trastorno del espectro autista (TEA) es una condición del neurodesarrollo que afecta a la manera en que el cerebro se desarrolla y procesa la información, e incide en la comunicación de la persona, en su comprensión del lenguaje y de las interacciones sociales, y en su uso sensorial y sus intereses (Monteiro, 2016, 2025). La Organización Mundial de la Salud estima que el TEA afecta aproximadamente a 1 de cada 127 personas en el mundo (World Health Organization, 2025). Una revisión sistemática y metaanálisis exhaustivo informó de una prevalencia mundial del autismo del 0,6 % (intervalo de confianza del 95%, CI: 0.4–1%) y del 0,4 % (95% CI: 0.1–1%) en Europa, a partir de estudios con personas menores de 25 años (Salari et al., 2022). Además, una revisión sistemática de la literatura de Bougeard et al. (2021) informó de tasas de prevalencia del autismo de entre el 0,38 % y el 1,55 % en Europa. En la región Centro de Portugal, Rasga et al. (2023) estimaron una prevalencia del autismo del 0,5 % (95% CI: 0.3–0,7 %) en el alumnado de entre 7 y 9 años. En conjunto, los estudios epidemiológicos muestran un aumento mundial de la prevalencia del trastorno del espectro autista en los últimos años (Bougeard et al., 2021; Rasga et al., 2023; Salari et al., 2022; Talantseva et al., 2023).
Según el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (5.ª edición, DSM-5-TR), el TEA es cuatro veces más frecuente en varones que en mujeres (American Psychiatric Association, 2022). Asimismo, las diferencias de género en la presentación de los síntomas clínicos pueden retrasar el diagnóstico de autismo o conducir a diagnósticos erróneos (p. ej., las mujeres muestran menos conductas inusuales, actividades repetitivas y estereotipadas diferentes y un mejor desempeño en la comunicación social que los varones) (Salari et al., 2022). La heterogeneidad de los perfiles de autismo y la presencia de comorbilidades con otros trastornos del neurodesarrollo (p. ej., trastorno del desarrollo intelectual, trastorno por déficit de atención con hiperactividad), trastornos psiquiátricos (p. ej., depresión, ansiedad) y/o trastornos somáticos (p. ej., epilepsia, trastornos gastrointestinales, deficiencias visuales o auditivas) pueden exacerbar o atenuar las características autistas típicas (Bougeard et al., 2021; Mckenzie & Dallos, 2017; Talantseva et al., 2023). Por otra parte, se ha asociado una amplia gama de aspectos multifactoriales (p. ej., heredabilidad, mecanismos epigenéticos, exposición ambiental, etc.) a la compleja etiología del autismo, que contribuyen a la arquitectura pronóstica del TEA (Rasga et al., 2023).
Las características y conductas autistas tienen un gran impacto a lo largo de la vida de la persona (p. ej., en las relaciones), en el funcionamiento familiar (p. ej., mayor conflicto familiar) y en la sociedad (p. ej., costes elevados para los servicios de salud mental; ausencias laborales) (Cridland et al., 2014; Houser et al., 2014; Karst & van Hecke, 2012). En consecuencia, este trastorno de por vida impone una carga económica extremadamente alta a la sociedad y a las familias de las personas afectadas (Salari et al., 2022; Talantseva et al., 2023).
La investigación muestra que el TEA está vinculado a niveles elevados de ansiedad, estrés y aislamiento en las familias de las personas afectadas (Salari et al., 2022). Estas familias afrontan niveles de estrés más altos (Houser et al., 2014; J. S. Romney & Jones, 2020; Solomon & Chung, 2012), también en la fratría (Spain et al., 2017), y más del 50% de las madres y los padres y el 70% de las personas autistas presentan problemas de salud mental (Brockman et al., 2016; McKenzie et al., 2019). Además, el riesgo de divorcio de la pareja parental persiste incluso cuando su descendencia autista llega a la primera edad adulta (Karst & van Hecke, 2012; Solomon & Chung, 2012; Wagner et al., 2014). Durante los periodos de transición del desarrollo, las personas autistas pueden desarrollar comorbilidades (Cashin, 2008; Cridland et al., 2014; Helps, 2016; Spain et al., 2017), lo que plantea retos aún mayores a las familias.
Las intervenciones psicoterapéuticas para las personas autistas y para sus madres y padres suelen centrarse, respectivamente, en terapias conductuales individualizadas y en programas de entrenamiento de habilidades parentales. Estas intervenciones psicosociales basadas en la evidencia tienen un efecto positivo en el bienestar general (World Health Organization and the United Nations Children’s Fund, 2023). Sin embargo, los estudios previos sobre el impacto de este trastorno se han centrado en las terapias individualizadas y en los resultados conductuales de las personas autistas, y falta una evaluación adecuada de los factores familiares (Cridland et al., 2014; Spain et al., 2017). Los factores familiares pueden influir en los efectos inmediatos y a largo plazo de la terapia (p. ej., el estrés parental puede reducir o anular los resultados positivos de las intervenciones dirigidas a la infancia) (Karst & van Hecke, 2012; Romney et al., 2020). Hay, por tanto, pruebas de una relación transaccional y bidireccional entre las características autistas de la persona, las figuras parentales y el malestar familiar (Da Paz & Wallander, 2017; Dallos et al., 2019; Karst & van Hecke, 2012; McKenzie et al., 2021; Spain et al., 2017).
Es necesario desarrollar intervenciones basadas en la evidencia y centradas en la familia para atender las necesidades de desarrollo de la infancia, la adolescencia y la juventud con trastorno del espectro autista (Helps, 2016). Además, el trabajo terapéutico debería identificar y reforzar los factores de protección en las familias y en las personas para prevenir la aparición de nuevos problemas de salud mental. La terapia familiar sistémica es eficaz para aliviar tanto el malestar individual como el relacional (Helps, 2016). Entre los distintos enfoques de terapia familiar, existe consenso en que el enfoque narrativo es el modelo más prometedor para trabajar con familias y con sus miembros dentro del espectro autista (Helps, 2016; McKenzie et al., 2019; Monteiro, 2016, 2021, 2025; Parker et al., 2020).
Históricamente, la terapia narrativa ha resultado eficaz con una amplia variedad de personas consultantes, incluidas aquellas con problemas de salud mental complejos como los trastornos de conducta en la infancia, la anorexia nerviosa y la esquizofrenia, que a menudo se consideran difíciles de tratar en los servicios convencionales de salud mental (Carr, 1998). Quienes practican la terapia narrativa ven a las personas como autoras de su propia vida, que dan sentido a sus experiencias vividas y a sus relaciones mediante historias construidas socialmente a través del discurso (Combs & Freedman, 2012). Estas narrativas dan forma a las relaciones y desempeñan un papel clave tanto en la aparición como en el mantenimiento de los problemas (Combs & Freedman, 2012). Así, la terapia narrativa adopta una postura colaborativa para facilitar la coconstrucción, el relato y el re-relato de historias que favorezcan la reconfiguración de las historias personales, de modo que reflejen las experiencias y las intenciones preferidas de las personas consultantes (Carr, 1998; Combs & Freedman, 2012, 2016; Sequeira, 2021). Al explorar historias y perspectivas alternativas, la terapia ayuda a las personas consultantes a transformar su relación con los problemas, propiciando nuevas soluciones y cambios (Combs & Freedman, 2012). Este proceso implica recordar e incorporar experiencias significativas, externalizar el problema, indagar y destacar los acontecimientos extraordinarios, engrosar la nueva narrativa, vincularla con el pasado y el futuro, documentar los progresos e invitar a participar a los miembros significativos de la familia (Carr, 1998).
Según Michael White, aplicar diagnósticos psiquiátricos a las personas consultantes conlleva el riesgo de definirlas exclusivamente por esas etiquetas y de constreñir su identidad (Carr, 1998). La terapia familiar narrativa concibe la identidad como una construcción relacional, moldeada por interacciones situadas histórica y culturalmente y en evolución a lo largo del tiempo (Combs & Freedman, 2016). Así, la identidad se coconstruye activamente a través de relaciones continuas en contextos diversos, y refleja en quién se están convirtiendo las personas mediante las historias que cuentan y comparten (Combs & Freedman, 2012, 2016). Por ello, es en las conversaciones terapéuticas donde la terapia familiar narrativa permite a las personas consultantes reescribir sus narrativas personales, reconfigurando sus vidas, sus problemas y sus identidades (Carr, 1998).
El objetivo de este artículo es ofrecer a profesionales que trabajan con familias con miembros de estilo cerebral del espectro autista un enfoque sistemático y breve de terapia familiar narrativa en el espectro autista. Este modelo se desarrolló a partir de las bases conceptuales de la terapia familiar narrativa (p. ej., Carr, 1998; Combs & Freedman, 2012, 2016; Sequeira, 2021; White, 2007), de la terapia narrativa desarrollada con familias con autismo (Monteiro, 2016, 2021, 2025) y de la evidencia que respalda los enfoques familiares breves (de Shazer, 1982; Shazer, 1985; Weakland et al., 1974). En consecuencia, este artículo sistematiza el trabajo de Monteiro e introduce la aportación innovadora de un protocolo terapéutico breve, estructurado e informado por la práctica.
La intervención terapéutica está adaptada específicamente a las necesidades individualizadas de las familias con miembros con TEA. Ello incluyó el uso sistemático de materiales sensoriales y la introducción de las áreas de interés preferente de la persona durante la conversación terapéutica, para facilitar la participación y la inclusión dinámica del miembro autista de la familia en el proceso terapéutico conversacional. El uso de los materiales sensoriales y/o de los temas de interés preferente se denomina punto de entrada sensorial, ya que la persona terapeuta invita a la persona autista a compartir su visión del mundo de manera focalizada (Monteiro, 2016, 2025). Esto, a su vez, permite estructurar la conversación terapéutica en torno a la reescritura de las rutinas y los intereses autistas como patrones de fortalezas y diferencias que ayudan a la persona a regularse. La conversación terapéutica con la familia pasa de la etiqueta diagnóstica a la descripción y la valoración de las fortalezas y diferencias de estilo cerebral propias de cada miembro de la familia, e introduce una narrativa basada en las fortalezas como punto de entrada para la transformación. La persona terapeuta guía la conversación mediante presentaciones visuales de la información, modelando la necesidad de contextualizar la información verbal para implicar al estilo cerebral autista (Cashin, 2008; Monteiro, 2016, 2025). Se adoptó una postura neuroafirmativa, pasando de una perspectiva basada en el trastorno a un marco de estilo cerebral, con los términos «estilo cerebral del espectro autista» y «diferencias de estilo cerebral» acuñados por Monteiro (2016, 2025). Introducir la narrativa de que la persona autista tiene una perspectiva neurodiversa singular conduce al desarrollo de herramientas de afrontamiento, estrategias y fortalezas eficaces que sostienen la autonomía y la resiliencia emocional (reconocimiento y gestión de las emociones) de la persona autista y de los miembros de su familia. En este enfoque terapéutico, la historia comienza con el relato centrado en el déficit sobre el autismo que la familia trae a la intervención y que ocupa un lugar central en su vida familiar. La introducción del punto de entrada sensorial produce un cambio de perspectivas, y se crea espacio para ampliar las historias familiares y centrarlas en las conexiones positivas y en soluciones basadas en las fortalezas. La persona terapeuta guía el paso de un sentimiento familiar de impotencia hacia un sentimiento de competencia y capacidad. La terapia se convierte en un lugar donde puede darse una conversación normalizadora e igualadora, y la naturaleza fundamental de la historia cambia.
Las conversaciones terapéuticas realizadas en un entorno sensorialmente adaptado a las necesidades sensoriales y comunicativas de la infancia, la adolescencia y la juventud autistas sientan las bases para una participación productiva de todos los miembros de la familia (Monteiro, 2016, 2025). El contexto en el que tienen lugar las conversaciones terapéuticas es crucial en este enfoque.
El espacio terapéutico debería incluir una pizarra blanca y/o papel y lápiz, así como un conjunto de materiales manipulativos sensoriales y/o de materiales relacionados con los intereses, específicos para cada persona con estilo cerebral del espectro autista (Monteiro, 2016, 2025). Al utilizar la pizarra blanca y/o el papel y el lápiz, aprovechamos su capacidad de percepción visual (una fortaleza para muchas personas con estilo cerebral autista). Para las personas con estilo cerebral del espectro autista, leer la comunicación no verbal, escuchar e integrar la comunicación verbal puede suponer un gran esfuerzo, que lleva a sentirse desbordadas y a retirarse de la interacción (Monteiro, 2016, 2025).
Además, la presencia de materiales sensoriales sirve como punto de entrada sensorial para iniciar y mantener interacciones y conversaciones con el miembro neurodivergente de la familia (Monteiro, 2016, 2025). La disponibilidad de estos materiales tiene dos objetivos principales: (1) ayudar a la persona autista a organizar su lenguaje para que pueda expresarse en la conversación y (2) permitirle usar los objetos y apartarse de la conversación para mantenerse regulada y tomarse un descanso de la participación interactiva (Monteiro, 2016, 2025).
Este enfoque sistemático y breve de terapia familiar proporciona a quienes ejercen la clínica las herramientas necesarias para observar y ajustar su estilo de comunicación al del miembro autista de la familia, favoreciendo su implicación durante las conversaciones terapéuticas.
Este modelo sistemático y breve de terapia familiar narrativa consta de ocho sesiones a lo largo de 5 meses, las cuatro primeras semanales y las cuatro restantes mensuales, y de una sesión de seguimiento tres meses después de la última sesión familiar. Cada sesión dura una hora y media. El calendario definido se ajusta a los principios de la terapia familiar breve y responde a la necesidad de un trabajo más intensivo al comienzo de la intervención. Las sesiones intensivas iniciales favorecen el desarrollo de la alianza terapéutica y permiten observar los primeros indicadores de cambio (p. ej., mayor capacidad reflexiva y cambios en la dinámica familiar entre sesiones).
Las sesiones terapéuticas las conduce una sola persona terapeuta. El marco estructurado de este enfoque narrativo sistemático y breve para familias con menores, adolescentes o jóvenes que presentan un patrón de estilo cerebral del espectro autista se diseñó para ayudar a quienes ejercen la clínica a desenvolverse con destreza en conversaciones terapéuticas con las familias, adaptadas a las preocupaciones de la persona y de la familia durante la terapia. Pueden contemplarse modificaciones del número de sesiones y del intervalo entre ellas para ajustarse a las circunstancias y necesidades familiares (p. ej., pasar de sesiones semanales a quincenales y/o de mensuales a bimestrales).
Todas las sesiones siguen una estructura específica. La persona terapeuta abre el encuentro familiar invitando a la persona con estilo cerebral del espectro autista a explorar su punto de entrada sensorial y/o a abordar sus temas de interés preferente (Monteiro, 2016, 2025). Este primer paso es crucial. Cuando la persona terapeuta se alinea así con ella, le comunica que comprende su visión singular del mundo y que está creando un espacio en el que el miembro autista de la familia es valorado, respetado y escuchado (Monteiro, 2016). Este paso inicial también ofrece a los miembros de la familia la oportunidad de vivir con la persona autista una situación nueva, lo que abrirá nuevas perspectivas.
En este proceso intervienen habilidades clínicas específicas, como reflejar el estilo de comunicación de la persona, dosificar el ritmo de la información para ajustarlo a ella y compartir la exploración de los materiales manipulativos sensoriales y de los temas de interés preferente (Monteiro, 2016, 2025). Estas habilidades clínicas se ilustran mediante un abanico de prácticas que van desde breves adaptaciones durante la sesión (p. ej., modular el tono de voz y alinear la postura corporal con el estilo de comunicación de la persona autista) hasta una preparación más amplia de la persona terapeuta en las distintas etapas del proceso terapéutico.
El caso de Albert ilustra cómo la incorporación de los intereses preferentes puede favorecer la conexión, reforzar la alianza terapéutica y promover la participación activa del miembro autista de la familia a lo largo de las sesiones. En la segunda sesión, Albert (9 años, varón) acudió con su familia reconstituida: su madre (46 años), su padre (38 años) y su hermana menor (7 años). Para favorecer su implicación, la terapeuta presentó un juego de tarjetas preparadas con criaturas marinas, uno de los temas de interés preferente de Albert. Cada tarjeta combinaba la imagen de un animal marino con una sola palabra descriptiva (p. ej., «curioso», «protector»), que la terapeuta invitaba a la familia a atribuir a los distintos miembros. Esta estrategia visualmente atractiva y personalizada ofreció un punto de entrada accesible para la participación activa de Albert en la conversación terapéutica y se ajustaba a sus diferencias de estilo cerebral. Como esta alianza se establece desde el principio del proceso, la necesidad de empezar cada sesión con la persona tiende a disminuir a medida que avanza la terapia.
Las conversaciones terapéuticas familiares narrativas ofrecen la oportunidad de acompañar a las familias en la exploración de cuatro cambios narrativos: de la Impotencia a la Capacidad; de la Desregulación al Control; de la Dependencia de las indicaciones a la Autonomía; y del Trastorno al Estilo cerebral (Monteiro, 2016, 2025).
Durante las sesiones de terapia, el cambio del Trastorno al Estilo cerebral comienza cuando la persona terapeuta explora la forma y la función de las conductas de la persona y cómo reflejan el patrón de fortalezas y diferencias de su estilo cerebral autista. Después, su postura sintonizada le permite identificar la forma de los patrones conductuales, los intereses preferentes y las actividades de la persona, y vincular esa forma con su función en la experiencia vivida de la persona. En consecuencia, la persona terapeuta pasa a estar en condiciones de guiar tanto a la familia como a la persona en la reflexión sobre soluciones y estrategias.
Al comienzo del proceso terapéutico, Albert era un pensador visual con un umbral bajo para los estímulos verbales y sociales. Esto se hizo evidente en la primera sesión, cuando recurrió a su rutina preferida dibujando el sistema solar en la pizarra para gestionar las demandas verbales y sociales. En la segunda sesión se implicó de buen grado con los materiales visuales que había traído la terapeuta, como se ha descrito antes. En la tercera sesión dibujó el alfabeto con dinosaurios, otro de sus temas preferidos. Después de esa sesión, desarrolló espontáneamente la rutina de arrastrarse por debajo de las sillas y las mesas de la sala, diciendo: «¡Me voy al bosque de sillas y mesas!», como forma de comunicar su necesidad de tomarse un descanso de las demandas sociales y verbales. Cuando esto ocurre, la persona terapeuta puede compartir la historia de Albert reencuadrando y describiendo la forma y la función de estas conductas, trayendo su experiencia vivida singular al espacio terapéutico y abriendo un espacio de reflexión sobre el desarrollo de estrategias y soluciones que vayan más allá de la sala de terapia. Un ejemplo claro de este proceso surgió en la sesión de seguimiento, cuando la familia de Albert describió una estrategia que había surgido de forma natural dentro del sistema.
Durante un periodo de trabajo intenso, el padre de Albert empezó a grabar y compartir vídeos cortos de sí mismo con un juguete de su lugar de trabajo para mantener la conexión con Albert y su hermana y acompañar a Albert en los cambios de conducta que estaba atravesando durante las vacaciones escolares de Navidad. Esta solución reflejaba una adaptación que tenía en cuenta el estilo cerebral singular de Albert y creaba un puente significativo para la comunicación y la regulación. Al mismo tiempo, la iniciativa del padre apoyaba a su esposa, que se ocupaba de ambos en casa, y ofrecía a los dos una forma accesible y atractiva de atravesar este periodo difícil.
Por tanto, cuando la persona terapeuta comprende la forma de las conductas de la persona autista y las asocia a patrones específicos de estilo cerebral y de procesamiento sensorial, puede interpretar con más precisión su función y compartirla con la familia. Estas funciones pueden implicar: (1) la necesidad de establecer y mantener rutinas predecibles que sostengan una sensación de organización y regulación; (2) la necesidad de recurrir a rutinas autodirigidas para amortiguar demandas abrumadoras, como gestionar el lenguaje, la interacción social o los estímulos sensoriales; y (3) la dificultad de pasar de la propia agenda preferida a acomodarse a la agenda de otra persona (Monteiro, 2025). Entonces, el relato centrado en el déficit se descentra de tres maneras distintas y complementarias (Monteiro, 2016, 2025).
El primer alejamiento del relato centrado en el déficit pasa por el uso intencional del lenguaje y de la conducta por parte de la persona terapeuta. Esta sirve de modelo a los miembros de la familia en cuanto a las maneras de interactuar con la persona autista, promoviendo una comunicación y una conexión eficaces. Este proceso intencional propicia en la familia un cambio en la manera de comprender la comunicación, las interacciones y las necesidades y preferencias sensoriales, y de incorporarlas a la historia familiar (Monteiro, 2016, 2025).
El segundo cambio, hacia un relato afirmativo del autismo, se produce cuando la persona terapeuta estructura la conversación terapéutica para reencuadrar las conductas e introducir nuevas perspectivas sobre ellas desde la mirada de la persona autista. Cuando el relato pasa a centrarse en maneras eficaces de comunicarse y en la aceptación de los distintos estilos cerebrales, los miembros de la familia pasan de sentirse impotentes a sentirse capaces, porque comprenden y valoran mejor las distintas perspectivas y experiencias, incluidas las de las personas con estilo cerebral del espectro autista. Este cambio de perspectiva deja espacio para cambios en los patrones de comunicación, que llevan a una mayor sensación de competencia a la hora de manejar las diferencias comunicativas y sensoriales. Este proceso deliberado abre también un espacio para comprender el autismo y dar sentido al estilo cerebral de la persona de maneras nuevas y más adaptativas. Cambiar la conceptualización familiar del autismo proporciona un relato alternativo importante para todos los miembros de la familia. Todo el mundo tiene un estilo cerebral caracterizado por ámbitos de fortaleza y de diferencia. La exploración de este tema durante el proceso terapéutico ofrece la oportunidad de compartir experiencias y perspectivas diferentes de manera inclusiva. En conjunto, a lo largo de todo el proceso, la persona terapeuta comenta, reencuadra, comparte hipótesis y pide aclaraciones y/o confirmaciones, utilizando un lenguaje neuroafirmativo basado en las fortalezas para ayudar a la familia a comprender mejor el estilo cerebral autista y la experiencia vivida de la persona (Monteiro, 2016, 2025).
El tercer alejamiento del relato del autismo basado en el déficit permite a la familia pasar de la desregulación al control. Las familias viven colectivamente niveles elevados de estrés y malestar cuando el cerebro desregulado de la persona autista se activa en respuesta a los estímulos y las demandas cotidianas. Las estrategias de regulación se introducen comprendiendo intencionalmente el estilo cerebral sensorial autista. Los miembros de la familia pasan del trabajo desestabilizador de gestionar episodios reactivos de desregulación a la práctica más estable de acompañar rutinas de regulación de reinicio cerebral (Monteiro, 2016, 2025).
Al priorizar necesidades que percibe como esenciales para el desarrollo de su hijo o hija, en la infancia, la adolescencia o la juventud, una figura parental puede fomentar sin querer la dependencia de las indicaciones y, en consecuencia, obstaculizar el desarrollo de la autonomía y la agencia de la persona. La presencia de un relato centrado en el déficit, que restringe y limita la visión de la persona autista, lleva con frecuencia a una de las figuras parentales a sobrefuncionar. Dicho de otro modo, esta figura parental se coloca en una posición muy activa, pero se siente completamente impotente e ineficaz. En este modelo, el tema del sobrefuncionamiento se introduce con el lenguaje narrativo, invitando a la figura parental a explorar la siguiente pregunta: ¿quién está trabajando más para que se produzca este cambio?
En este modelo de terapia narrativa sistémica, la persona terapeuta hace avanzar la comprensión de las diferencias de estilo cerebral en el funcionamiento ejecutivo del miembro autista de la familia y de cómo esas diferencias afectan a la iniciación, la organización y la continuidad de las tareas cotidianas. Introduce y modela deliberadamente el uso de apoyos de contextualización visual en forma de listas de verificación, tablas en T y otras herramientas de organización visual. Esto abre el diálogo para que la familia pase de la etapa de dependencia de las indicaciones al desarrollo de la autonomía personal (Monteiro, 2016, 2025).
En las etapas iniciales, las familias suelen vivir un malestar acentuado, y las conversaciones terapéuticas se centran normalmente en comprender cómo el autismo da forma tanto al relato individual como al familiar. Una vez explorado este tema fundamental, la persona terapeuta puede introducir de forma progresiva otras dimensiones significativas, como los retos ligados a la etapa del ciclo vital de la familia y otras cuestiones contextuales y/o relacionales (p. ej., divorcio, enfermedad crónica o comorbilidades). Estos temas se abordan examinando cómo se cruzan con las necesidades de la persona autista, cómo amplifican o reducen el estrés familiar y cómo influyen en los patrones de interacción. Integrar estos factores contextuales y relacionales en el trabajo narrativo en curso permite vincular las dificultades actuales con procesos sistémicos más amplios, adaptar las intervenciones a la etapa de desarrollo de la familia y favorecer una construcción de sentido más adaptativa en el conjunto del sistema individual y familiar.
Al final de cada sesión, la persona terapeuta invita a los miembros de la familia a una rutina estructurada que les lleva a reflexionar sobre lo principal que se llevan de la sesión, lo que refuerza las nuevas perspectivas y aporta información valiosa sobre los progresos individuales y familiares a lo largo del proceso terapéutico (Monteiro, 2016, 2025). Al mismo tiempo, el uso de preguntas circulares anima a los miembros de la familia a adoptar la perspectiva de los demás, fomentando la empatía y la comprensión de los pensamientos y las emociones de cada cual. Esta práctica funciona como un entrenamiento que se prolonga más allá de la terapia y favorece la adopción de perspectivas y el crecimiento relacional en las interacciones cotidianas.
La tabla 1 ofrece una visión general de los objetivos y procesos de cada sesión de terapia familiar narrativa sistemática para familias con un miembro con diferencias de estilo cerebral del espectro autista.
Tabla 1 — Visión general de los objetivos y procesos terapéuticos
*El proceso terapéutico implica fijar objetivos y emprender un recorrido continuo. Por ello, cada objetivo y cada paso se apoyan en los anteriores.
Quienes practican la terapia narrativa adoptan un enfoque colaborativo y dan prioridad a la coautoría con las personas consultantes para crear nuevas narrativas (Carr, 1998; Sequeira, 2021). Mantienen la transparencia sobre el proceso terapéutico, sus intenciones y sus valores, y utilizan el propio lenguaje de las personas consultantes para asegurar la resonancia y reforzar la relación terapéutica (Carr, 1998; Sequeira, 2021). Exploran múltiples perspectivas, privilegian la escucha activa frente al interrogatorio y están pendientes de las oportunidades de abrir espacio a narrativas alternativas y empoderadoras (Carr, 1998; Sequeira, 2021).
En este enfoque, el papel de la persona terapeuta se basa en la capacidad de integrar el enfoque de la terapia familiar narrativa atendiendo a la vez a las especificidades del trabajo con familias que incluyen a un miembro autista. Este papel tiene varias capas interconectadas a lo largo del proceso terapéutico. Una de ellas tiene que ver con los aspectos prácticos. La persona terapeuta debe asegurarse de que el contexto esté adaptado a la persona menor, adolescente o joven con estilo cerebral del espectro autista (p. ej., materiales manipulativos sensoriales e introducción de las áreas de interés preferente de la persona; presentación visual de la información, modelando la necesidad de contextualización mediante opciones de respuesta). Después, necesita favorecer la conexión escuchando y acogiendo las experiencias vividas y las historias de cada miembro de la familia, a la vez que construye una relación individual con cada persona, en particular con el miembro con diferencias de estilo cerebral. La persona terapeuta debe procurar empoderar a la persona con estilo cerebral autista para que comparta su visión del mundo, creando un contexto en el que sea escuchada y reconocida en su experiencia.
Al modelar intencionalmente la inclusión del miembro con estilo cerebral del espectro autista en las conversaciones terapéuticas, la persona terapeuta genera una experiencia vivida contrastante en la que la familia constata que la persona autista puede participar de forma activa y competente (Monteiro, 2016, 2025). Este modelado favorece el paso de un relato enmarcado en el déficit a un relato coescrito y basado en las fortalezas, que reposiciona la identidad en torno a fortalezas y diferencias (Monteiro, 2016, 2025). La persona terapeuta adopta una postura colaborativa y neuroafirmativa: observa y describe la forma y la función de las conductas con un lenguaje descriptivo; ofrece reencuadres de conductas, actitudes e intenciones; e invita a aclarar (Monteiro, 2016, 2025).
La impotencia se nombra explícitamente y se contrasta con zonas emergentes de elección («seguir con el mismo patrón o hacer algo diferente»), lo que abre posibilidades de acción alternativa (Monteiro, 2016, 2025). El proceso consiste en identificar y ampliar las singularidades y los acontecimientos extraordinarios, recabar detalles (qué ocurrió, qué se pensó, se dijo y se hizo) y explorar su impacto en las personas implicadas, en la interacción familiar y en las posiciones identitarias (Sequeira & Alarcão, 2013).
La persona terapeuta trata a la familia como la fuente principal de sentido —siguiendo su lenguaje, sus metáforas y sus preocupaciones—, porque las soluciones duraderas deben derivarse de su propio saber experiencial (Sequeira & Alarcão, 2013). De este modo, el modelo facilita una reescritura que a la vez desmonta los patrones restrictivos y amplía un repertorio de maneras adaptativas de comprender, hablar y comportarse en relación con el estilo cerebral autista (Monteiro, 2016, 2025; Sequeira & Alarcão, 2013).
Al mismo tiempo, prestamos atención a los patrones de conducta y a las interacciones de cada persona durante la terapia, buscando las oportunidades óptimas para emprender un proceso de reescritura en tres pasos. Este proceso consiste en que la persona terapeuta observa, comenta lo que está ocurriendo en el momento y comprueba si se confirma o se aclara el reencuadre observacional (Monteiro, 2016, 2025). Además, debe estar atenta a los estilos de comunicación (p. ej., las paradojas) y a los temas no dichos (p. ej., temas evitados y/o difíciles de nombrar), y abordarlos.
Este enfoque recuerda a la persona terapeuta que debe desarrollar su reflexividad sobre sí misma y sobre los demás, advirtiendo sus propias respuestas emocionales y físicas, observando los efectos de la comunicación verbal y no verbal en los miembros de la familia, reconociendo los momentos de «atasco», identificando los recursos familiares y mostrando reconocimiento (Hedges, 2005). Estos gestos de reconocimiento sirven también para admitir el privilegio que supone acompañar a la familia en su recorrido terapéutico y en su desarrollo.
Durante las sesiones se aplican distintas técnicas terapéuticas, en concreto técnicas de terapia narrativa y de terapia familiar con miembros autistas. Como nuestro objetivo principal es poner de relieve los aspectos singulares de nuestro trabajo con familias de personas con estilo cerebral autista, solo ofrecemos una breve descripción de las técnicas. Las técnicas eficaces en las conversaciones terapéuticas incluyen siempre las siguientes: (1) la formulación de hipótesis sistémicas, que organiza las acciones de las personas consultantes, los efectos de los acontecimientos y las relaciones, y orienta el trabajo terapéutico; (2) las preguntas circulares, que favorecen la perspectiva interpersonal y crean nueva información y nuevas perspectivas (Cecchin, 1987; Selvini et al., 1980; Telfener et al., 2025); (3) el reencuadre, que ofrece una perspectiva conceptual o emocional alternativa sobre el significado de las experiencias; (4) la connotación positiva, que considera las conductas problemáticas, los roles, etc., de las personas como funcionales y con una función positiva (Hedges, 2005).
Las técnicas específicas de la terapia narrativa incluyen las siguientes: (1) las conversaciones externalizadoras: las personas consultantes se separan de sus problemas y adquieren agencia sobre ellos (Carr, 1998; Combs & Freedman, 2012, 2016; White, 2007). La persona terapeuta debe tener cuidado al externalizar el autismo, ya que para algunas personas puede formar parte de su identidad (Helps, 2016; J. S. Romney & Jones, 2020; Spain et al., 2017). (2) Las singularidades o acontecimientos extraordinarios: destacar los momentos en que el problema (o los problemas) estaba ausente, lo que permite a las personas consultantes expresar los valores y experiencias que prefieren a través de acciones, sentimientos, afirmaciones, deseos, sueños, pensamientos, creencias, capacidades o compromisos (Carr, 1998; Combs & Freedman, 2012, 2016; Sequeira, 2021; Sequeira & Alarcão, 2013; White, 2007). Estos procesos consisten en facilitar la construcción de sentido mediante preguntas que desarrollen una narrativa alternativa acorde con el yo preferido de la persona consultante; (3) las preguntas relativas al panorama de la acción, centradas en los acontecimientos, las secuencias, los tiempos y la trama; (4) las preguntas relativas al panorama de la identidad, que exploran significados, efectos, valoraciones y justificaciones (Carr, 1998; Combs & Freedman, 2012, 2016); (5) las preguntas sobre el marco temporal: al vincular los acontecimientos extraordinarios con hechos pasados y proyectarlos hacia el futuro, la terapia ayuda a las personas consultantes a construir una autonarrativa alternativa y preferida en la que pueden verse como más fuertes que el problema (Carr, 1998; Combs & Freedman, 2012, 2016; White, 2007). La vinculación temporal refuerza la competencia y la autoría percibidas, el reencuadre causal sustituye las atribuciones lineales restrictivas por explicaciones circulares y contextuales, y la creciente diversidad temática señala una ampliación narrativa que va de las historias saturadas por el problema a significados adaptativos y complejos (Sequeira & Alarcão, 2013). En conjunto, estos cambios marcan procesos centrales de cambio terapéutico en el trabajo narrativo con familias y suelen asociarse a una menor prominencia de los síntomas (Sequeira & Alarcão, 2013). Quienes practican la terapia narrativa documentan a menudo las nuevas historias para ampliar los acontecimientos extraordinarios o los incorporan a ritos de paso, reforzando así la narrativa en evolución de la persona consultante (Carr, 1998; Combs & Freedman, 2012, 2016; White, 2007).
Las técnicas específicas utilizadas en esta terapia familiar narrativa sistemática y breve con autismo se describen junto con el calendario de aplicación sugerido (tabla 2). Cada técnica debe adaptarse cuidadosamente al estilo cerebral autista singular de la persona y a la familia, y la persona terapeuta recurre a estrategias clínicas creativas para ajustar su aplicación. Para ilustrar estas adaptaciones en la práctica, presentamos ejemplos de casos que muestran cómo se aplica cada técnica en las distintas etapas del proceso terapéutico, lo que ofrece a quienes ejercen la clínica una comprensión más clara de su puesta en práctica.
Tabla 2 — Sistematización de las técnicas terapéuticas
Un caso ilustrativo es el de Arthur, un joven de 18 años, su hermano James (22 años) y sus padres (madre de 54 años; padre de 51 años) en la primera sesión. Arthur había empezado a retraerse de la familia y expresaba a menudo su frustración con profesionales de la salud y de la educación, así como con sus padres, que, en su opinión, no creían del todo en sus capacidades. Sus padres afrontaban además problemas legales recurrentes relacionados con el intenso interés de Arthur por las leyes y la legislación y con su fuerte sentido de la justicia.
Tras implicar primero a Arthur a través de sus intereses preferentes, la terapeuta introdujo una actividad de genograma y explicó que ayudaría a la familia a mirarse desde una perspectiva visual. Mientras dibujaba la familia nuclear en la pizarra y preguntaba la edad de cada persona, exploró también temas relevantes, entre ellos la experiencia universitaria de James, ya que estaba muy ligada a las preocupaciones de Arthur sobre su propio itinerario educativo futuro.
La terapeuta invitó después a la familia a describirse en tres palabras. La madre empezó diciendo que eran autónomos/individualistas, y explicó que cada persona tenía su propia vida y sus propios intereses. Añadió que a menudo tenían desacuerdos y puntos de vista diferentes, a veces sobre política y a veces sobre asuntos cotidianos. Mientras la terapeuta aclaraba y resumía sus ideas en la pizarra, escribió expresiones como «autónomos/individualistas», «puntos de vista diferentes» y «preocupados».
El padre estuvo en parte de acuerdo, pero subrayó que también eran una familia muy unida. Explicó que, aunque cada persona era muy individual, no podían estar lejos unos de otros demasiado tiempo y tendían a preocuparse mucho entre sí. Añadió que la familia era solidaria y cariñosa, sobre todo cuando surgían problemas que había que resolver juntos. La madre matizó esta visión diciendo que esa cohesión era más visible en los momentos críticos que en la vida cotidiana, cuando el trabajo y las rutinas dejaban poco tiempo para un contacto significativo. El padre señaló que él y la madre pasaban más tiempo juntos que los cuatro como grupo, ya que cada hijo tendía a irse a su rincón y a interactuar poco con ellos. La terapeuta reencuadró este patrón a la luz de la etapa del ciclo vital de la familia.
A medida que avanzaba la conversación, ambos progenitores subrayaron su preocupación por el futuro de sus hijos y su deseo de apoyarlos. El padre describió a la familia como solidaria y llena de amor, mientras que la madre reconoció que el afecto no se expresaba abiertamente muy a menudo. Señaló que no solían decir cosas como «te quiero», aunque el sentimiento estuviera presente. La terapeuta reencuadró su preocupación como una manera de expresar cuidado y el deseo de que toda la familia estuviera bien, individual y colectivamente. El padre declaró entonces con claridad que querían que James y Arthur fueran felices, autónomos y se sintieran apoyados en lo que eligieran ser, y pidió a Arthur que se comunicara de forma más abierta para que supieran cómo ayudarle.
La terapeuta advirtió el tono emocional de los comentarios de los padres e invitó a reflexionar sobre lo que se sentía al oírlos. James dijo que, para él, resultaba bastante neutro, porque sus padres hablaban de ello con naturalidad. Arthur parecía más agitado, pero lo describió como normal en el contexto de lo que estaba ocurriendo en ese momento. Ambos hermanos coincidieron, sin embargo, en que este tipo de conversación emocional no era habitual en casa, algo que la terapeuta reconoció como una novedad para la familia.
Cuando se les preguntó si estaban de acuerdo con la descripción de la familia hecha por sus padres, James dijo que se identificaba más con la visión de su madre, en particular con las ideas de individualismo y de perspectivas diferentes, aunque no rechazaba del todo la descripción de su padre. Arthur subrayó también que la conversación en sí le resultaba inusual, porque la familia rara vez se sentaba junta a hablar de esta manera.
La terapeuta invitó entonces a los dos hermanos a aportar sus propias tres palabras. Arthur describió a la familia como «resiliente,perseverante,y trabajadora». Cuando se le pidió un ejemplo de resiliencia, señaló la manera en que su madre afrontaba las situaciones difíciles. La terapeuta vinculó la perseverancia con el hecho de que la familia hubiera acudido a terapia, reforzando así su aportación, y escribió las tres palabras junto a su nombre en la pizarra.
James eligió «individualista y honesta», y después añadió un tercer descriptor, que explicó como el reflejo de un patrón de preocupación alimentado por miedos innecesarios. La terapeuta lo resumió como «miedos» y exploró su significado. James explicó que sentía que sus padres se preocupaban en exceso, como si él y Arthur no fueran capaces de arreglárselas solos. La terapeuta señaló que esto parecía complicar la noción familiar de autonomía: aunque se describían como autónomos, seguía habiendo una fuerte atención y vigilancia parentales. James estuvo de acuerdo.
Al final, la terapeuta preguntó si algo de las descripciones de la familia hechas por los demás les había sorprendido. El padre destacó «resiliente», mientras que ambos progenitores reaccionaron también a «honestidad», lo que sugiere que estas aportaciones les habían llamado la atención. En conjunto, el ejercicio permitió que surgieran múltiples relatos familiares de forma visual y colaborativa, trayendo a la sala las tensiones entre autonomía y conexión, apoyo y preocupación excesiva, individualidad y cohesión, y creando a la vez un espacio para la expresión emocional poco habitual en la vida cotidiana de la familia.
Este ejercicio de describir a la familia puede ampliarse para incluir descripciones de cada miembro. Este enfoque resulta especialmente útil con familias cuyos miembros parecen desvinculados, ya que favorece la conexión al animarlos a verse unos a otros desde la perspectiva de los demás. Es importante que la persona terapeuta reencuadre las aportaciones y utilice la pizarra como herramienta para organizar y sistematizar visualmente la información compartida.
Para cerrar la primera sesión, la terapeuta invitó a la familia a reflexionar sobre cómo podía serle útil este espacio terapéutico y a precisar sus demandas de terapia, y después facilitó una ronda final de reflexión en la que cada miembro compartió lo que se llevaba de la sesión. Ambos progenitores la describieron como una experiencia productiva y significativa que había ayudado a reforzar los lazos familiares. El padre subrayó que hacía mucho tiempo que los cuatro no hablaban juntos con tanta apertura, mientras que la madre destacó que estar fuera de su entorno doméstico habitual les había ayudado a detenerse, escuchar y hablar con más sinceridad. Lo relacionó con un patrón familiar en el que a menudo todo el mundo habla pero nadie escucha de verdad, e insistió en la importancia de contar con un espacio dedicado a compartir. Ambos progenitores sintieron que la sesión había superado sus expectativas, sobre todo porque, a pesar de muchas experiencias terapéuticas previas centradas en Arthur, nunca habían mantenido este tipo de conversación familiar.
La reflexión de James fue más reservada, pero señaló que la sesión confirmaba que, a pesar de todo, los miembros de la familia sí se conocen. Arthur se mostró más ambivalente: describió la sesión como normal y no necesariamente muy beneficiosa, aunque reconoció que quizá valía la pena continuar. En conjunto, esta rutina de cierre permitió a la terapeuta consolidar la sesión, precisar los objetivos terapéuticos y poner de manifiesto distintos niveles de implicación dentro de la familia.
Las demandas emocionales, sociales y sensoriales desencadenan con frecuencia la desregulación en la infancia, la adolescencia y la juventud con diferencias de estilo cerebral. Estas dificultades afectan a la persona y al sistema familiar. Los patrones de expresión pueden variar de una persona a otra: por ejemplo, algunas pueden mostrar conductas reactivas más dirigidas hacia fuera, mientras que otras pueden volcar el malestar hacia dentro. Cuando el cerebro pasa de un estado de calma a un estado reactivo, pueden producirse episodios de autolesión, de agresión hacia otras personas o hacia objetos, o de uso de un lenguaje indiscriminado. Estas conductas suelen interpretarse como intencionales desde una mirada social. Sin embargo, en el autismo, una mirada social no basta para dar cuenta de los procesos sensoriales y de regulación que impulsan estas respuestas. Por ello, la persona terapeuta debe trabajar en la interfaz entre el contexto social, los umbrales sensoriales y las capacidades de autorregulación. La escala de autorregulación sostiene este trabajo, ya que ayuda a profesionales de la clínica, a las familias y a la persona autista a identificar las primeras señales de una activación creciente y a facilitar pausas de reinicio cerebral. Esta observación e intervención colaborativas buscan prevenir la escalada hacia estados reactivos que, en episodios anteriores, desembocaron en conductas dañinas o en estallidos verbalmente agresivos utilizados para evitar demandas abrumadoras.
La aplicación práctica de esta técnica puede verse en el siguiente ejemplo, en el que se utiliza la pizarra para tomar conciencia de las señales y coconstruir estrategias. Mark (18 años), un joven adulto de gran inteligencia, con un umbral de autorregulación bajo y un interés principal por el manga, ilustra este proceso. Sus sesiones se realizaron con su madre (48 años) y su hermana mayor (24 años), en el contexto de una familia binuclear. Mark sufría desregulaciones frecuentes, que a menudo se expresaban mediante rutinas de agresión física hacia objetos. La escala de autorregulación se introdujo en la segunda sesión de terapia, después de que la madre recordara situaciones anteriores con Mark y su hermana en las que había tenido que gestionar la conducta reactiva de él mientras crecían. La interacción que sigue muestra cómo comprendía Mark sus reacciones pasadas y actuales, el impacto que esas conductas tenían en él mismo y en los demás, y cómo intentaba comunicar que estaba superando su umbral emocional.
En la conversación terapéutica, la madre y la hermana de Mark describieron un patrón recurrente: cuando Mark se sentía desbordado, parecía «desconectarse», reaccionaba sin reflexionar y después volvía a ser él mismo una vez pasado el episodio. Cuando la terapeuta preguntó a Mark si compartía esta percepción, estuvo de acuerdo y explicó que, aunque en el pasado apenas era consciente del impacto en los demás, últimamente había empezado a reconocerlo. Tras oír a la madre decir que había momentos en los que quizá no le había dado suficiente espacio para calmarse, la terapeuta introdujo la técnica de autorregulación: «Entonces,si esto fuera una escala,y la voy a poner aquí (va a la pizarra a escribir). Si esto fuera una escala del 1 al 5,donde el uno es el estado de calma de Mark y (…) el 5 es esa situación en la que sientes que ya estás fuera de ti,¿verdad? En la que no eres consciente de las consecuencias ni del impacto que tienes en los demás. Tenemos el nivel uno,dos,tres,cuatro,y cinco. ¿En qué punto crees que empiezas a perder el control?»
Con la terapeuta, Mark y su hermana identificaron el nivel 3 como el punto de inflexión clave del ciclo de escalada. En esta fase, Mark describió sentir rabia e irritación, y explicó también que sus sentimientos podían volverse más agresivos según la persona implicada. Para ilustrarlo, contó un episodio del instituto en el que un compañero de clase lo provocó repetidamente a pesar de sus advertencias para que parara, hasta que acabó dándole un puñetazo. Al reflexionar sobre ello, Mark situó ese momento en torno al nivel 4 más que al nivel 5, lo que permitió a la terapeuta marcar en la pizarra el nivel 4 como el punto en el que aparecía la conducta agresiva hacia otra persona.
La terapeuta exploró entonces si esta escalada también podía pasar de la agresión hacia los demás a la agresión hacia sí mismo. Mark reconoció que en el pasado esto había ocurrido a menudo, normalmente muy cerca del nivel 5. Su hermana lo describió como un continuo: si la otra persona seguía provocándolo, la agresión podía volverse hacia dentro. La terapeuta lo representó visualmente en la pizarra, dibujando una flecha desde la heteroagresión en el nivel 4 hasta la autoagresión en el nivel 5. Cuando se le preguntó qué sentía en el nivel 4, Mark expresó primero pensamientos violentos sobre detener físicamente a la otra persona, que la terapeuta distinguió de la emoción y anotó como pensamientos. Después identificó el sentimiento en sí como odio. Su madre añadió que también solía dar portazos o lanzar objetos. Mark explicó que, en esos momentos, descargaba algo sobre un objeto en lugar de sobre un ser vivo. La terapeuta lo reencuadró como una forma de comunicación, a saber, «déjame en paz», y Mark estuvo de acuerdo, precisando que antes de ese punto sí intenta avisar verbalmente a la gente con frases como «para» o «déjame en paz.» Por eso la terapeuta anotó en la pizarra que, en el nivel 3, Mark conservaba aún la comunicación verbal, pero que del nivel 3 al 4 su capacidad de expresarse disminuía y sus reacciones se volvían, en sus propias palabras, más instintivas o «animales.» Para captar este cambio, la terapeuta dibujó en la pizarra una segunda ayuda visual: una tabla en T (Monteiro, 2016) que contraponía «pensar» y «reaccionar», y juntos identificaron que este nivel más alto de escalada estaba impulsado por la parte reactiva del cerebro.
La conversación se orientó después hacia lo que ayudaba a Mark a regularse y a volver a bajar en la escala. Su madre planteó el ejemplo de cuando se aleja físicamente de la situación, y Mark explicó que lo hace para desestresarse, calmarse y tener tiempo a solas. Su hermana añadió que esta estrategia se le había enseñado desde hacía tiempo: cuando la situación se intensifica, se marcha. Subrayó que el nivel 3 sigue siendo un punto de inflexión crucial porque en esa fase todavía puede volver a la calma si el contexto lo permite. Mark y su hermana señalaron que la escalada siempre depende no solo de él, sino también del contexto, de la reacción de la otra persona e incluso del tono de voz empleado. La terapeuta subrayó que, por tanto, las conductas deben comprenderse en su contexto, y que la agresión a objetos o la autoagresión formaban parte de su comunicación cuando la expresión verbal ya no estaba disponible.
Por último, la terapeuta preguntó qué le ayuda a calmarse en el nivel 3 y anotó estos recursos en la pizarra. Mark mencionó dar un paseo largo, buscar apoyo fuera en amistades de confianza, llamar a su hermana y escuchar música. Su hermana añadió que tomarse un respiro de la situación —salir del contexto, hacer otra cosa y volver más tarde con más calma— le ayudaba a regularse. La terapeuta etiquetó entonces todas estas estrategias como su «pausa de reinicio cerebral» y lo escribió en la pizarra. Mark y su hermana coincidieron en que esto describía bien el proceso: se trataba de reiniciar emociones, pensamientos y conducta para poder retomar la conversación más tarde desde un estado más tranquilo. En conjunto, esta técnica permitió a la terapeuta, a Mark y a su familia cartografiar visualmente la escalada mediante la escala de autorregulación, la tabla en T pensar/reaccionar y la idea de la pausa de reinicio cerebral, lo que ayudó a traducir la desregulación de Mark a un lenguaje compartido de umbrales, comunicación y estrategias de regulación.
El marco de la escala de autorregulación utilizado para los niveles 3 a 5 también puede aplicarse a los niveles 0 a 2 para explorar cómo piensa, siente y se comporta la persona. En este caso, el joven adulto es capaz de articular y describir su percepción de sus patrones conductuales reactivos pasados y presentes. Sin embargo, este ejercicio puede resultar más difícil en edades más tempranas, con adolescentes o personas que necesitan niveles de apoyo más elevados. En esos casos, puede ser útil incorporar las observaciones de las figuras parentales y de la fratría sobre los desencadenantes y las conductas durante los episodios reactivos, teniendo en cuenta las diferencias de estilo cerebral de la persona.
A medida que avanza el proceso terapéutico, aplicamos el perfil de estilo cerebral, en el que la persona terapeuta colabora con la familia para explorar las fortalezas y diferencias en tres ámbitos clave: (1) lenguaje y comunicación, (2) relaciones sociales y respuestas emocionales, y (3) uso sensorial e intereses (Monteiro, 2016, 2025). Aunque este componente se nutre de la evaluación Monteiro Interview Guidelines for Diagnosing Autism Spectrum - 2nd Edition (MIGDAS-2)(Monteiro & Stegall, 2018) realizada antes del proceso terapéutico, una persona terapeuta con experiencia también puede introducir estos ámbitos de manera orgánica durante las sesiones, observando, comentando y aclarando con la persona y con la familia su comprensión de la forma y la función de las conductas.
En la sesión, el perfil de estilo cerebral se elabora de forma colaborativa, lo que permite que tanto la familia como la persona con estilo cerebral autista aporten observaciones e identifiquen otros aspectos que consideren relevantes. La persona terapeuta utiliza la pizarra para organizar visualmente cada ámbito, empezando por las fortalezas y explorando después las diferencias. Según el estilo cerebral de la persona, puede ser beneficioso implicar directamente a la persona menor o adolescente invitándola a escribir o dibujar en la pizarra, lo que le da un papel activo y significativo en la construcción del perfil.
Este proceso colaborativo se ilustra en el caso de Paul (18 años) y su hermano Felix (15 años), ambos con diferencias de estilo cerebral, y sus padres. Paul mostraba un estilo de pensamiento sistemático, secuencial y cuidadoso, junto con una fuerte tendencia a conectar con los demás compartiendo sus intereses preferentes. Felix, en cambio, tenía un estilo cerebral marcado por la necesidad de estímulos táctiles y de movimiento y por un umbral bajo para los estímulos verbales.
En la sesión, la terapeuta presentó el perfil de estilo cerebral: «Mira,Paul, ¡ahora vamos a hablar de tu estilo cerebral! Y voy a escribir en la pizarra de allí (.) Cuando hablamos de estilo cerebral,hablamos de la manera en que aprendemos y de la manera en que funcionamos. ¿Vale?» Después empezó a construir su perfil de forma colaborativa, centrándose primero en «Lenguaje y comunicación». Esta estructura visual ayudó a que el proceso fuera concreto y accesible.
Al explorar las fortalezas comunicativas de Paul, la terapeuta destacó sus habilidades lingüísticas bien desarrolladas y su capacidad para comunicar con claridad lo que necesita y lo que quiere. Paul estuvo de acuerdo con esta descripción. Después le preguntó si era capaz de mantener conversaciones con otras personas, y de nuevo respondió afirmativamente. Para hacerlo más concreto y significativo, la terapeuta vinculó la conversación con los intereses preferentes de Paul, en particular los grupos de música. Esto le implicó de inmediato y suscitó una respuesta positiva visible, que la terapeuta aprovechó para subrayar que la conversación se volvía especialmente fácil y fluida cuando trataba de temas que le importaban. También anotó en la pizarra que, en esas situaciones, no solo era capaz de sostener la interacción, sino también de aportar datos, detalles e información.
La terapeuta identificó además uno de los patrones lingüísticos característicos de Paul: su uso frecuente de la palabra «¿verdad?» al final de sus frases. Lo reencuadró como una fortaleza comunicativa. Explicó que, al decir «¿verdad?», Paul invitaba a la otra persona a sumarse, responder y prolongar el intercambio. De este modo, la terapeuta convirtió un hábito concreto del habla en un ejemplo visible de cómo Paul crea oportunidades de reciprocidad en la conversación.
En conjunto, el intercambio ilustra cómo la terapeuta utilizó la actividad en la pizarra para coconstruir un perfil de estilo cerebral a la vez afirmativo y práctico. Al organizar la conversación visualmente, vincularla con los intereses de Paul y reencuadrar rasgos comunicativos concretos como fortalezas, favoreció una comprensión colaborativa y accesible de su manera de relacionarse con los demás.
Este trabajo prosigue explorando tanto las fortalezas como las diferencias en cada uno de los tres ámbitos centrales. Para una presentación más detallada y completa del marco del estilo cerebral del espectro autista, remitimos a (Monteiro, 2016, 2025).
La técnica de la varita mágica (M. Monteiro, comunicación personal, 28 de agosto de 2024) refuerza la idea de que la capacidad de cambio reside en la persona y en la familia, subrayando su agencia para decidir si mantienen los patrones actuales o adoptan maneras de relacionarse más adaptativas. Así se ilustra en la sexta sesión con Tyler, un chico de 12 años de gran inteligencia, con oído absoluto y varias particularidades sensoriales, y sus padres. Al final de la sesión, tras la pregunta de la rutina estructurada, la terapeuta introdujo: «Me gustaría partir de esto; de este compartir tan sincero y honesto,no desde el miedo que pueda estar presente. Y quiero deciros que el cambio ya ha empezado,y que vosotros ya habéis empezado a hacerlo. Ya estáis haciendo las cosas de otra manera. Y hoy me lo habéis mostrado claramente aquí,¿verdad? Las cosas que hacéis fuera de aquí y que están funcionando. Y enlazando con lo que ha dicho antes papá: “¡Ojalá esto dure hasta Navidad!”. A veces los cambios necesitan tiempo para asentarse. (…) Así que,mirad (coge un objeto sensorial, como una varita con purpurina, y se la muestra), ¿por qué he traído hoy esta varita? Hay una razón muy especial: ¡para daros el poder del cambio! Porque no está en mí; ¡está en vosotros! Podéis sostenerla los tres. (los tres la sostienen) Este es el poder del cambio que os lleváis,y que ya está dentro de vosotros,porque ya habéis estado trabajando mucho para hacer las cosas de otra manera. ¡Y se va a casa con vosotros!»
La inversión de roles, por su parte, facilita la adopción de perspectivas al ayudar a la persona autista a reflexionar sobre su propia conducta, su impacto en los demás y posibles maneras alternativas de actuar. Así se ilustró en la tercera sesión con Brian, un chico de 13 años, y sus padres, una familia binuclear que se estaba adaptando a un divorcio reciente. El estilo cerebral de Brian se caracterizaba por una necesidad constante de movimiento y de rutinas sensoriales táctiles, así como por una tendencia a abordar los temas difíciles mediante el humor o frases aprendidas. Por ejemplo, cuando la terapeuta abordó el tema del divorcio, respondió a la pregunta de la rutina de final de sesión con la siguiente frase: «Lavoisier (pausa) ¡nada se pierde,todo se transforma!»
Sus padres explicaron que Brian y su madre compartían un estilo cognitivo caracterizado por una concentración intensa en una sola actividad, y que cuando Brian estaba inmerso en sus actividades preferidas le costaban las transiciones y a menudo expresaba sus necesidades de forma brusca y con una intensidad vocal y física creciente. Para explorar este patrón, la terapeuta propuso un ejercicio de inversión de roles en el que Brian y su padre se cambiaban de asiento. Después, el padre hizo de Brian en una situación habitual en la que se había terminado el tiempo de videojuegos, mientras Brian hacía el papel de su padre. En la primera representación, el padre imitó la reacción habitual de Brian gritando, dando pisotones y exigiendo más tiempo, mientras que Brian, en el papel de su padre, respondía de forma mínima y tranquila. Después, la terapeuta les invitó a repetir la escena, pero esta vez con el padre haciendo de Brian de la manera que él creía que sería más eficaz y cómoda, pidiendo tiempo extra con más calma y de forma más directa. Brian, en el papel del padre, respondió positivamente, y el contraste entre las dos versiones se hizo evidente.
El ejercicio abrió entonces un espacio de reflexión. Brian pudo reconocer que probablemente podía abordar la situación con más calma y manejarla mejor, aunque también insistió en que su padre a menudo tardaba demasiado en responder y en que la rapidez le importaba en ese momento. Cuando la terapeuta le invitó a pensar en cómo podía sentirse su padre cuando se le abordaba con tanta intensidad, a Brian al principio le costó y dijo que no podía saber lo que piensan los demás. Sin embargo, con apoyo, empezó a considerar que su padre podía sentirse enfadado o afectado por la brusquedad de la interacción, mientras que el padre añadió que a menudo se sobresaltaba ante la escalada repentina. La terapeuta vinculó esta conversación con la escala de autorregulación que ya estaba en la pizarra y la utilizó para ayudar a Brian a pensar en el estado emocional de la otra persona además del suyo. Esta técnica recurrió al cambio de asiento y a la representación encarnada para hacer visibles los patrones interaccionales y promover la adopción de perspectivas y respuestas alternativas.
La técnica de los superpoderes familiares permite a la persona terapeuta explorar cómo percibe cada miembro de la familia sus propias fortalezas y las de los demás. Para ilustrar su aplicación, presentamos un ejemplo estructurado extraído de su uso durante la octava sesión con la familia de Tyler. La terapeuta lo introduce a mitad de sesión: «Vale,os estaba escuchando,y he traído un ejercicio para que lo hagamos hoy. Y enlaza un poco con lo que estábamos hablando,que es: si vuelven los viejos patrones,¿verdad? ¿Qué habéis aprendido sobre vosotros mismos que os pueda ayudar a afrontarlos? Así que,el reto es que identifiquéis vuestros propios superpoderes (uno o varios),¡y los superpoderes de los demás miembros de la familia! ¿Vale? Así que,por ejemplo,Tyler elegirá un superpoder para sí mismo,un superpoder para mamá,y un superpoder para papá,¿de acuerdo? ¿Aceptáis el reto?»
Con un juego de tarjetas de «superpoderes», que incluía tarjetas en blanco para crear nuevas etiquetas, la terapeuta sugirió que podían inventar nombres de superhéroes, planteando la tarea como una actividad colaborativa y lúdica. Tyler se implicó de inmediato y señaló que ya había elegido los tres, mientras la terapeuta colocaba bolígrafos y materiales en el centro y animaba a cada persona a elegir superpoderes diferentes. El padre empezó eligiendo para Tyler la tarjeta «saber equivocarse», vinculándola a situaciones en las que Tyler se había enfrentado a dificultades, como aprender a montar en bicicleta o sobrellevar los trayectos en autobús, y subrayando que Tyler era capaz de perseverar incluso cuando sentía aprensión o no lo conseguía al principio. La terapeuta colocó esta tarjeta en la pizarra bajo el nombre de Tyler. La madre eligió después «comunicación», explicando que Tyler era ahora más capaz de expresar sus sentimientos, explicarse y comunicar ideas de maneras que permitían a la familia comprenderle y responder con más eficacia. Tyler lo interpretó en parte como una confianza creciente, y la madre reflexionó que la comunicación había mejorado no solo en la sesión sino también en casa, porque la familia se había vuelto más receptiva a la escucha. Tyler añadió entonces «autenticidad» como otro de sus superpoderes, que la terapeuta leyó en voz alta de la tarjeta como no avergonzarse de lo que se es y ser capaz de mostrar lo que siente, piensa y necesita. El padre lo reforzó señalando que Tyler dice de verdad lo que piensa.
La actividad pasó entonces a la madre. El padre identificó «organización» como su superpoder, señalando con humor que sin ella ni él ni Tyler conseguirían organizar nada. La madre eligió para sí misma «resiliencia», explicando que nunca se rinde a pesar de las dificultades y que sigue intentando apoyar a Tyler, también en cosas como los estudios. Tyler, sin embargo, propuso su propia formulación en una tarjeta en blanco: «dedicación a la familia». Cuando la terapeuta le invitó a explicarlo, dijo que, siempre que puede, su madre intenta ayudar a toda la familia, incluso a personas que quizá no le caen especialmente bien. Esto emocionó a la madre, que reconoció que, aunque sabía que Tyler era consciente de sus esfuerzos, oírle reconocerlo tan explícitamente la había sorprendido. El padre relacionó este momento con la cuestión más amplia de la gratitud y el reconocimiento, señalando lo doloroso que puede ser que el esfuerzo pase desapercibido y cómo esto también puede aplicarse a Tyler cuando siente que sus propios esfuerzos no se refuerzan. La terapeuta lo conectó con un cambio más amplio que había observado en las últimas sesiones: los miembros de la familia eran cada vez más capaces de expresar sentimientos como la ansiedad o el alivio, y este compartir emocional creciente podía extenderse también al reconocimiento y la gratitud.
La sesión continuó después con los superpoderes del padre: «aceptación», elegido por él mismo, «cooperación», elegido por su esposa, y «perseverancia», elegido por Tyler. A lo largo del ejercicio, la terapeuta exploró lo que resultaba sorprendente o inesperado en estas atribuciones. Esto creó oportunidades para que los miembros de la familia acogieran nuevas perspectivas unos sobre otros y compararan los patrones de interacción anteriores con las dinámicas más reflexivas y de mayor aprecio que empezaban a surgir tanto en la terapia como en la vida familiar cotidiana.
Por último, al final del proceso terapéutico, la persona terapeuta introduce el libro del estilo cerebral como ritual de cierre que marca la conclusión de la terapia y abre a la vez un espacio para los retos y el crecimiento futuros de la persona y de su familia. Para ilustrar este proceso, presentamos el caso de David (12 años), cuyo estilo cerebral incluía una fuerte necesidad de rutinas de movimiento y de producción de sonidos. La octava sesión se realizó con sus padres (ambos de 43 años). La terapeuta mostró dos opciones de libro acordes con las áreas de interés de David y, una vez que David hizo su elección, presentó así el libro del estilo cerebral: «Este es el libro,¡y es para ti,David! Tiene todas estas páginas en blanco para que escribas sobre ti,sobre tu familia,sobre lo que quieras.»
David: «¿Es un diario?»
Terapeuta: «¡Por ejemplo! Pero tiene aquí algo muy especial,que es esto: este es tu estilo cerebral. El que creamos al principio y del que hablamos juntos (…) Aquí,en distintos ámbitos,tienes tus fortalezas y tus diferencias. Y luego añadí esta parte con los superhéroes de tu familia,¿verdad? (miran con atención) Hijo de Dios,que es David,Hombre Luna,¡y Luna! ¿Verdad? (…)».
Padre: «¡Mira,hasta están nuestros símbolos!»
Terapeuta: «…no todos los superhéroes llevan capa,¿verdad? ¡Y aquí están vuestros superpoderes! (…) Y me pareció tan buena esa metáfora que usaste,David,que decidí incluir aquí la metáfora del capullo y la mariposa.»
David: «Sí.»
Terapeuta: «¡Porque representa el recorrido de vuestra familia! ¿Verdad? Como familia,evolucionáis,crecéis; no solo como familia,sino también como personas. ¿No es así? Tú,David,tu padre,¡y tu madre! (La madre se emociona, el padre también; miran a David. David se levanta para abrazar a sus padres.) ¡Y ahora sois capaces de expresar vuestras emociones,tal como tú lo has dicho tan bien! (David se acerca a la terapeuta y le da un abrazo de lado) ¡Gracias! (silencio) ¿No es así,David? (los padres, visiblemente emocionados) ¡Esto es un recorrido!»
Padre: «Este abrazo que ha recibido la terapeuta es especial (…)».
Al final, esta técnica permite a la persona terapeuta volver sobre las sesiones y los procesos que surgieron en ellas, y consolidarlos en un relato coherente.
Este artículo ofrece un protocolo de terapia familiar narrativa sistemática y breve para profesionales de la clínica que trabajan con familias de personas con estilo cerebral autista. Este enfoque subraya la necesidad de que la persona terapeuta tenga en cuenta algunos aspectos clave al trabajar con estas familias.
Desde la terapia narrativa, recurrimos a la metáfora de Korzybski (1941), «El mapa no es el territorio», para precisar que nuestro objetivo en este artículo es ofrecer una hoja de ruta. La terapia debe tener siempre en cuenta las circunstancias y dificultades específicas de cada familia, ya que su realidad vivida es inevitablemente más compleja y llena de matices. Los ejemplos de casos pretenden enriquecer esta hoja de ruta y ayudar a responder con más sensibilidad a la experiencia singular de cada familia.
Este trabajo es especialmente pertinente dado el aumento de la prevalencia del autismo y la consiguiente necesidad de apoyar no solo a la persona, sino también al sistema familiar en su conjunto. Este punto se subraya de forma constante en la literatura, que destaca la importancia de las intervenciones que implican a toda la familia en lugar de centrarse exclusivamente en la persona diagnosticada (Cridland et al., 2014; Karst & van Hecke, 2012; Romney & Jones, 2020; Spain et al., 2017). Las familias que conviven con una persona con estilo cerebral del espectro autista viven a menudo niveles elevados de ansiedad, estrés y aislamiento social (Houser et al., 2014; Romney et al., 2020; Salari et al., 2022). La investigación muestra además que estas familias funcionan mediante patrones de influencia transaccionales y bidireccionales, en los que el bienestar de cada miembro afecta a la dinámica interaccional de la familia en su conjunto y se ve afectado por ella (Da Paz & Wallander, 2017; Dallos et al., 2019; Karst & van Hecke, 2012; McKenzie et al., 2021; Spain et al., 2017). Por tanto, las intervenciones deberían reforzar factores de protección como la comunicación, la cohesión y la adaptabilidad, que están vinculados a la satisfacción familiar.
La comunicación es central porque ayuda a las familias a moverse entre la cohesión y la flexibilidad y a responder a demandas cambiantes (Olson, 2011; Sequeira et al., 2021). En la línea del modelo circumplejo de Olson, las familias equilibradas tienden a referir una mejor comunicación y una mayor satisfacción (Olson, 2011; Sequeira et al., 2021), mientras que una mayor adaptabilidad se asocia tanto a la resiliencia familiar como a resultados más positivos en las familias que crían a criaturas autistas (Grigoropoulos, 2022; Patterson, 1988).
Reforzar estas dimensiones relacionales también puede reducir factores de estrés a más largo plazo, como las tensiones conyugales o el divorcio, las comorbilidades y los retos del desarrollo. Es importante señalar que pasar de un relato centrado en el autismo a otro centrado en la historia vivida de la persona ayuda a las familias a comprender las necesidades de su hijo o hija y a desarrollar estrategias más ajustadas, adaptativas y sostenibles dentro del sistema familiar (Monteiro, 2016, 2025).
En cuanto a la puesta en práctica de este protocolo, señalamos cuatro aspectos clave del trabajo con familias que incluyen a una persona con estilo cerebral autista.
En primer lugar, cuando una familia recibe un diagnóstico de trastorno del espectro autista, se le presenta una lista de déficits basada en el DSM-5, que enmarca un relato centrado en el déficit: el mapa diagnóstico. Sin embargo, conocer a una persona con estilo cerebral del espectro autista exige comprender su perfil singular. En el enfoque presentado, adoptamos una postura neuroafirmativa y basada en las fortalezas, utilizando un lenguaje descriptivo para construir y transformar el significado, y ponemos de relieve los patrones de fortalezas y diferencias en la comunicación, las respuestas socioemocionales y los intereses sensoriales, tal como se describen en el triángulo descriptivo del autismo de Monteiro (2016, 2025). Este enfoque pone el acento en la función de las conductas, refleja la experiencia vivida de la persona y permite compartirla de forma adaptativa y funcional con las personas significativas de su entorno. Al contextualizar el diagnóstico del espectro autista, ayudamos a las familias y a profesionales de la clínica a reconocer los patrones individuales, y empoderamos a las figuras parentales como expertas en el recorrido de la persona autista (Monteiro, 2016, 2025).
En segundo lugar, este protocolo proporciona un mapa de intervención estructurado, aunque solo mediante el trabajo directo con las familias puede la persona terapeuta explorar su «territorio» propio. Su flexibilidad permite aplicar selectivamente elementos del protocolo según las necesidades. Es importante que quienes ejercen la terapia reconozcan que la «historia» de una familia está formada por hilos argumentales interconectados, como las líneas de un mapa que representan un territorio complejo.
En tercer lugar, la creatividad es un aspecto importante del trabajo con personas con estilo cerebral autista. La persona terapeuta debe estar en sintonía con el estilo de comunicación de la persona, con sus áreas de interés preferente y con su perfil sensorial. Es muy importante reconocer estos aspectos y adoptar una postura colaborativa y respetuosa al interactuar y comunicarse con ella, lo que servirá de modelo para las interacciones posteriores dentro de la familia. Este proceso gradual y progresivo se desarrolla a lo largo de toda la terapia para promover interacciones familiares saludables.
Por último, quienes trabajan en la clínica con familias de personas con estilo cerebral del espectro autista deberían valorar las perspectivas singulares de la persona autista, su naturaleza bondadosa y la disposición de las familias a compartir dificultades profundas y cambios transformadores. Asimismo, quienes ejercen la terapia deben estar en disposición de implicarse en las emociones intensas y los momentos significativos que surgen en estas interacciones. Debemos reconocer que la terapia cambia tanto a las personas consultantes como a quienes la ejercen (Carr, 1998), pero nuestro papel es ayudar a las personas a reivindicar una posición de autoras privilegiadas de sus propias vidas e historias (Combs & Freedman, 2012, 2016).
Este artículo propone un marco breve, sistematizado y estructurado para aplicar los enfoques narrativos y sistémicos existentes a la terapia familiar con familias que tienen miembros con estilo cerebral del espectro autista. El protocolo propuesto ofrece una hoja de ruta y un marco para quienes practican la terapia familiar narrativa, que deben desenvolverse en la realidad singular de cada familia adaptándose a las diferencias individuales de estilo cerebral. Al proporcionar una hoja de ruta estructurada pero flexible, este modelo ayuda a quienes ejercen la terapia a cultivar conexiones significativas y a facilitar el cambio terapéutico. En última instancia, el objetivo general, tanto para las familias como para las personas con estilo cerebral del espectro autista, es mejorar su bienestar global y reforzar los vínculos dentro del sistema familiar.
Complexe Systémique: puntos clave
El protocolo tiene un mérito poco común: convierte a la persona autista en la primera interlocutora de la sesión, a través de sus intereses y sus necesidades sensoriales, en lugar de ser el tema del que habla la familia. En términos sistémicos, pasar del «trastorno» al «estilo cerebral» es un reencuadre profundo: el síntoma se convierte en una forma con una función (protegerse de la sobrecarga, mantener una rutina predecible), y la pregunta ya no es «¿qué le pasa?», sino «¿cómo nos ajustamos unos a otros?». La escala de autorregulación y la tabla en T dan a la familia un lenguaje compartido; las preguntas circulares y el ejercicio de los superpoderes desplazan la atención del paciente identificado hacia las relaciones. La cautela respecto a la externalización es bienvenida: para algunas personas, el autismo forma parte de su identidad y no puede ponerse a distancia como un problema. Los límites son los de un artículo metodológico: ausencia de datos de resultados, viñetas relatadas por el propio equipo, herramientas conocidas en parte por comunicación personal y una postura de modelado que puede arrastrar a la persona terapeuta hacia la posición experta que el trabajo narrativo intenta deshacer. Para leer junto con el artículo sobre la externalización del problema y con el estudio de caso sobre la práctica centrada en soluciones y el autismo en el aula.
Notas del original
Agradecimientos. Damos las gracias a las familias que colaboraron con el equipo durante el desarrollo y la aplicación de este enfoque de terapia familiar narrativa sistemática y breve.
Financiación. Financiación de acceso abierto proporcionada por FCT|FCCN (b-on). Daniela Sousa declaró haber recibido el siguiente apoyo económico para la investigación, la autoría y la publicación de este artículo: este trabajo contó con el apoyo de la Fundación Portuguesa para la Ciencia y la Tecnología (Fundação para a Ciência e Tecnologia), número de subvención: 2021.05559.BD, DOI: https://doi.org/10.54499/2021.05559.BD , así como de la unidad de investigación CIBIT FCT/UIDP&B/4950/2025.
Conflicto de intereses. La autoría declara no tener conflictos de intereses.
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Traducción no oficial al español de Brief Narrative Family Therapy and Autism Spectrum Disorder: A Neuro-Informed Intervention, de Daniela Sousa, Miguel Castelo-Branco, Joana Sequeira y Marilyn J. Monteiro, Contemporary Family Therapy, publicación anticipada en línea (2026), doi: 10.1007/s10591-026-09784-0, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (tablas presentadas en forma de listas). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Traducción no oficial del artículo original «Brief Narrative Family Therapy and Autism Spectrum Disorder: A Neuro-Informed Intervention», publicado en Contemporary Family Therapy (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducida y maquetada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Sousa, D., Castelo-Branco, M., Sequeira, J., y Monteiro, M. J. (2026). Brief Narrative Family Therapy and Autism Spectrum Disorder: A Neuro-Informed Intervention. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/brief-narrative-family-therapy-and-autism-spectrum-disorder (Obra original publicada en 2026 en Contemporary Family Therapy, OnlineFirst (2026); republicada en 2026 por Contemporary Family Therapy, https://link.springer.com/article/10.1007/s10591-026-09784-0)
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