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Family Process · Terapia familiar

Los usos de los mapas de emociones en la investigación y la práctica clínica con familias y parejas: innovación metodológica e indagación crítica

Un plano de la vivienda, pegatinas que sonríen, fruncen el ceño o se enfurruñan, un color por persona. Catherine, de diez años, sitúa el enfado de su padre en el recibidor, donde la familia discute cada vez que tiene que salir. Jacqui Gabb (Open University), que ideó el método para la investigación sociológica, y Reenee Singh, psicoterapeuta sistémica familiar, muestran cómo estos mapas de emociones hacen visibles los puntos calientes de un hogar y dan voz a niñas y niños.

Autoría Jacqui Gabb (Department of Social Policy and Criminology, The Open University, Milton Keynes); Reenee Singh (psicoterapeuta sistémica familiar)Primera publicación Family Process, 5 de agosto de 2014Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de The Uses of Emotion Maps in Research and Clinical Practice with Families and Couples: Methodological Innovation and Critical Inquiry, de Jacqui Gabb y Reenee Singh, publicado en Family Process (Wiley) (2015), doi: 10.1111/famp.12096, bajo licencia CC BY 3.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

El método centra la atención analítica en los sentimientos y en la emocionalidad de las relaciones familiares, en lugar de quedar atrapado en acontecimientos o escenarios concretos considerados «el problema» en sí mismos.

Jacqui Gabb y Reenee Singh

Resumen

Exploramos cómo los «mapas de emociones» pueden utilizarse de forma productiva en la evaluación clínica y en la práctica clínica con familias y parejas. Este método gráfico y participativo se desarrolló en estudios sociológicos para examinar las relaciones familiares cotidianas. Los mapas de emociones nos permiten «ver» de manera eficaz la experiencia dinámica y los repertorios emocionales de la vida familiar. A partir de un caso, en este artículo mostramos cómo los mapas de emociones pueden enriquecer el repertorio de métodos visuales de quienes ejercen la clínica sistémica. Para profesionales que trabajan con familias, parejas y jóvenes, la importancia de comprender cómo se vive, en casa, difícilmente puede exagerarse. Elaborar mapas de emociones puede favorecer una reflexión personal crítica y acelerar el cambio en las prácticas familiares. Los puntos calientes del hogar se hacen visibles, lo que facilita el diálogo sobre los problemas predominantes y sobre cómo esos acontecimientos pueden percibirse de manera distinta por los diferentes miembros de la familia. Como los mapas de emociones no dependen de la alfabetización ni de las competencias lingüísticas, pueden completarlos por igual madres, padres, niñas y niños, lo que permite que se escuche la perspectiva infantil. Los mapas de emociones pueden utilizarse como herramientas de evaluación para mostrar el proceso de cambio dentro de las familias. Además, su uso puede ampliarse mediante la tecnología, por lo que resultan especialmente adecuados para el trabajo con jóvenes. Cerramos el artículo con una discusión más amplia sobre el lugar de las emociones y de los mapas de emociones en la psicoterapia sistémica.

Palabras clave: mapas de emociones, relaciones familiares, métodos visuales, psicoterapia sistémica familiar, práctica clínica

Introducción

Las emociones han tenido una historia algo conflictiva en el campo de la psicoterapia sistémica. Buena parte del pensamiento sistémico inicial parece haberlas marginado, quizá como forma de distinguir la psicoterapia sistémica de los enfoques psicoanalíticos. Al mismo tiempo, figuras pioneras del campo como Salvador Minuchin (1975) y Virginia Satir (1972) recurrían a técnicas como las escenificaciones (enactments) y las esculturas, basadas en el trabajo con las emociones presentes en la sesión. Más recientemente, las emociones se han considerado relacionales, encarnadas y culturalmente determinadas (Bertrando, 2008; Fredman, 2004). En este artículo, la atención se centra en cómo poner en primer plano y trabajar las emociones tal como se viven en las relaciones familiares, en casa. Con este fin, se presenta una técnica nueva, el método del mapa de emociones. Este método gráfico y participativo fue desarrollado por la autora Jacqui Gabb en estudios académicos sobre las relaciones familiares cotidianas (Gabb, 2008); este artículo explora la utilidad del método en la práctica clínica con familias y con relaciones de pareja.

Los mapas de emociones están concebidos para obtener información sobre los procesos familiares tal como se viven a través de las interacciones, situadas en el hogar familiar. No dependen de las competencias lingüísticas y, por tanto, pueden completarlos por igual personas adultas y menores, sea cual sea su edad o su nivel de alfabetización. De hecho, a la infancia el método le resulta especialmente atractivo, porque su perspectiva puede escucharse en pie de igualdad. La elaboración de mapas de emociones puede favorecer la reflexión personal crítica y el diálogo interpersonal. Identificar las fortalezas y debilidades de una relación o de una familia empodera a la persona participante o consultante, ya que arrebata el control a quienes ostentan el saber experto. Compartir los mapas de emociones individuales entre los miembros de la pareja y de la familia favorece una reflexión crítica sobre cómo los acontecimientos y las emociones pueden percibirse y vivirse de manera distinta. Lo importante es que el método centra la atención analítica en los sentimientos y en la emocionalidad de las relaciones familiares, en lugar de quedar atrapado en acontecimientos o escenarios concretos considerados «el problema» en sí mismos. Por estas razones, como mostraremos, los mapas de emociones pueden aportar una contribución valiosa al conjunto de herramientas de la evaluación y la práctica clínicas.

En este artículo presentamos las metodologías visuales existentes que se utilizan en el trabajo con la infancia y las familias, y situamos el método del mapa de emociones dentro de esta rica veta metodológica. Se expone el contexto de investigación de la técnica del mapa de emociones para mostrar cómo el método se desarrolló al aplicarse en estudios empíricos sobre las relaciones de pareja y familiares.1 Fue al trabajar como investigadora en uno de estos proyectos cuando la autora Reenee Singh se familiarizó con el método del mapa de emociones. El cuerpo principal de este artículo presenta una reflexión sobre la colaboración entre ambas autoras, basada sobre todo en un caso extraído de la práctica de Singh como psicoterapeuta sistémica familiar, para mostrar el uso aplicado de los mapas de emociones en contextos clínicos.

Métodos visuales

Los métodos visuales se han utilizado habitualmente en las observaciones del desarrollo infantil, en las que quien investiga o ejerce la clínica observa las interacciones entre progenitor e hijo o hija mientras realizan juntos una actividad de dibujo. La flexibilidad de los métodos visuales facilita que la investigación tenga en cuenta la diversidad de la infancia (Hill, Laybourn, & Borland, 1996) y las diferencias de edad o de etapa de desarrollo. Animan a niñas y niños a comunicarse de forma simbólica (Deacon, 2000) y ayudan a superar las diferencias de competencias entre generaciones que, de ordinario, separan a la infancia de las personas adultas (Gabb, 2008). Constituyen así una parte valiosa del conjunto de herramientas metodológicas en el trabajo con la primera infancia que aún no habla y con personas adultas y menores cuya primera lengua no es el inglés o cuyas competencias lingüísticas son limitadas (Clark & Moss, 2001). Profesionales de la psicoterapia sistémica emplean habitualmente métodos no verbales en su trabajo con la infancia y las familias (Wilson, 2007), y los métodos de acción participativa siempre se han utilizado en terapia familiar (Chimera, 2013). Quizá el método visual más utilizado en terapia familiar sea el genograma (McGoldrick, Gerson, & Petry, 2008) o mapa familiar, que ha demostrado ser muy eficaz en la evaluación clínica, la terapia de pareja, la supervisión clínica, la formación y la investigación clínica. Los genogramas ofrecen la oportunidad de implicar a niñas, niños y jóvenes en las sesiones de terapia familiar y en la investigación clínica. El genograma cultural (Hardy & Laszloffy, 1995) añade otra dimensión a la evaluación y la indagación clínicas y ha dado buenos resultados en el trabajo con parejas interculturales, familias migrantes y en la supervisión clínica. En la práctica sistémica dialógica, Rober (2009) ha utilizado dibujos relacionales para explorar las relaciones de pareja e implicar a cada persona en la terapia de pareja. Otro método visual que ha llegado a la investigación clínica sistémica son las fotografías familiares. Las fotografías familiares pueden arrojar luz sobre cómo perciben los miembros de la familia quiénes forman parte de ella (Rose, 2010), algo especialmente útil en el trabajo con familias reconstituidas.

Muchos de los métodos visuales y de acción utilizados en terapia familiar, como las escenificaciones (Minuchin, 1975), las polaridades semánticas y el posicionamiento (Campbell & Groenbaek, 2006), se basan en metáforas espaciales. La escultura es otro método con una rica tradición en psicoterapia sistémica (Cade, 1982; Papp, 1982; Satir, 1972). Más recientemente, Papp, Scheinkman y Malpas (2013) han ampliado la técnica para ayudar a las parejas a superar los atascos en su relación. Mientras que Rober (2009) pide a las parejas que dibujen imágenes de su relación y las traigan a la sesión para explorarlas juntas, Papp y su equipo han desarrollado el método de manera que genere una inmediatez más visceral. En sus protocolos de escultura, invitan a la pareja a trabajar en conjunto para escenificar metáforas que simbolicen su relación. De este modo, pueden trabajar con las experiencias emocionales encarnadas que las parejas tienen de sus relaciones. En las secciones siguientes mostramos cómo el mapa de emociones puede aportar una contribución valiosa como parte de este rico tapiz metodológico en el campo de la terapia familiar sistémica.

El método del mapa de emociones

Los planos de planta se han utilizado en contextos muy diversos, desde la investigación social sobre la vida familiar cotidiana (Graesch, 2004) hasta la evaluación clínica en trabajo social y la psicoterapia (Jacobson, 1995; White, 1976). Más recientemente, impulsada por los avances de las geografías emocionales, la cartografía espacial se ha utilizado para estudiar el amor (Morrison, Johnston, & Longhurst, 2013) y las formas de convivencia en el hogar (Bridge, 2013). También se está desarrollando para el estudio de contextos no familiares, como el sinhogarismo y la delincuencia juvenil. El método del mapa de emociones sitúa las emociones en el centro metodológico y conceptual de la indagación. Introducida por Gabb (2008) en su investigación sobre las relaciones familiares, esta técnica centra la atención en la materialidad, la temporalidad y la emocionalidad de la vida familiar, generando datos sobre las prácticas relacionales cotidianas (Gabb, 2009).

En este contexto, en la práctica investigadora, los mapas de emociones se elaboran a lo largo de una semana con un juego de pegatinas de emoticonos de colores que representan la risa, la alegría, la indiferencia, la tristeza, el disgusto, el mal humor o el enfado, y el amor o el afecto (véase la figura 1).

Los siete emoticonos utilizados en los mapas de emociones
Figura 1. Emoticonos

Se pide a cada persona que coloque una pegatina de emoticono en su plano a medida que se producen las interacciones. Se usan colores distintos para las distintas personas: la propia persona participante, su pareja, su descendencia (si la hay), la familia, las amistades, los animales de compañía, etc. El material gráfico producido se utiliza después para facilitar la conversación sobre los escenarios y las emociones representados. En la práctica clínica, nuestro uso del método es más inmediato: se pide a uno o varios miembros de la familia que dibujen el plano sobre el que luego se colocan las pegatinas. En este contexto, los acontecimientos y las emociones representados suelen ser acontecimientos acumulados, lo que suele ocurrir, más que ejemplos concretos registrados en el momento en que suceden. En la primera sección de este artículo presentamos un ejemplo procedente de la investigación para ilustrar la eficacia del método y también para mostrar cómo se desarrolló y se puso a prueba en el trabajo de campo.

Los mapas de emociones en la investigación

Los mapas de emociones ofrecen ricos frutos analíticos en el estudio de las relaciones de pareja y familiares, porque permiten componer una imagen del carácter y la calidad de la experiencia cotidiana. Sin embargo, la amplitud de los datos producidos con este método superó con creces las expectativas iniciales de la investigación. No solo aportaron información sobre la configuración de las relaciones vividas, sino que también facilitaron un «trabajo relacional» activo. No cabe duda de que, para algunas madres y algunos padres, la elaboración de mapas de emociones sirvió de vehículo para exhibir una parentalidad conscientemente construida (Gabb, 2013), apoyándose en conjuntos de saberes privilegiados que ponen en primer plano la práctica centrada en la infancia (Gabb, 2009) y la racionalidad moral (Duncan & Edwards, 1999). Así, por ejemplo, algunas familias hablaban de la necesidad de gestionar la mala conducta infantil mandando a la criatura al «escalón de castigo». A veces, buscando situarse en contraposición a sus propias experiencias de infancia, articulaban su parentalidad a través de lentes culturales y teóricas como la «crianza con apego» o la «crianza permisiva». De este modo, buscaban a la vez validar su papel de «buena madre» o «buen padre» y obtener reconocimiento de su pericia.

En cambio, los utilizaron de manera muy distinta quienes ejercían la crianza con un acceso limitado al capital cultural y a los recursos sociales necesarios para exhibir esa parentalidad reflexiva (Gabb, 2011). Elaborar un mapa de emociones parecía ofrecer a estas familias la oportunidad de pensar más allá de la cotidianidad inmediata de la vida familiar. Por ejemplo, Joan, una madre cuya experiencia está marcada por importantes desventajas sociales y económicas, habló de cómo utilizaba lo aprendido al completar su mapa de emociones para pensar en cómo podría remediar de forma proactiva los problemas familiares.

Joan: Me pareció interesante hacer el mapa, el plano, porque me di cuenta de que había patrones en las habitaciones, sobre todo en la cocina. Parecía un sitio bastante triste, de mal humor, donde yo estaba regañando a los niños junto a la nevera, junto a la cocina y la mesa, el fregadero. … Empieza bastante bien en la mesa y luego nos sentamos por la tarde y al final de la tarde es que… Me di cuenta de muchas cosas… Creo que eran las distintas zonas de la casa donde los críos deben de pensar: «Esta es una zona de mal humor, ahora nos va a volver a regañar, esperemos a ver», deben de pensar eso, ¿sabes?, e intentan estirarlo todo lo que pueden….

Para esta madre, participar en la investigación y elaborar su mapa de emociones fue una experiencia empoderadora y constituyó una intervención familiar importante. La experiencia le permitió trabajar para cambiar la forma en que su familia interactúa y mejorar así la relación materno-filial y la vida familiar en general. Estas dimensiones «educativas» no se habían buscado en absoluto y, al principio, fueron inesperadas; sin embargo, una vez advertidas, se exploraron y perfeccionaron en investigaciones posteriores (Gabb & Singh, 2014), lo que nos llevó a la convicción compartida de que encerraban una gran capacidad metodológica aplicada a contextos clínicos. Singh, en su papel de psicoterapeuta sistémica familiar, se propuso entonces explorar su valor en esos contextos. En la sección siguiente presentamos un caso en el que se utiliza un mapa de emociones en una sesión de terapia familiar. En la discusión, consideramos su potencial demostrado y otros posibles usos en la evaluación y la práctica clínicas.

Transformar el enfado: un caso

Una persona colega derivó a la familia Smith2 a Singh porque deseaban «mejorar la comunicación en la pareja y en la familia». En la colaboración que se estableció, Singh puso su experiencia de psicoterapeuta sistémica familiar al servicio de este proceso. Como parte de él, se utilizaron mapas de emociones y dibujos para facilitar la reflexión personal y la conversación familiar, y para «dar voz» a la niña. La familia estaba formada por Beth, una mujer de 50 años casada con Bill, de 58. La pareja lleva 13 años casada; tienen un hijo de 12 años, Richard, y una hija de 10 años, Catherine. Beth tiene una hija de 21 años de un matrimonio anterior que, en el momento de la derivación, vivía en otro país. La hipótesis inicial de Singh era que el conflicto de la pareja parental atrapaba, de distintas maneras, a sus tres hijos e hijas, ya que cada cual presentaba síntomas que podían entenderse como tácticas de distracción que desviaban la atención del conflicto conyugal. Por ello era clínicamente pertinente ofrecer una combinación de terapia de pareja y terapia familiar. Esta última se había solicitado expresamente en la derivación. Al principio, el trabajo con la pareja se enmarcó en torno a cuestiones de coparentalidad; sin embargo, a lo largo de esas sesiones Singh obtuvo de la pareja parental el acuerdo de dedicar un tiempo a centrarse explícitamente en su relación de pareja. En el momento de redactar este artículo, Singh había realizado 10 sesiones con la familia a lo largo de 4 meses, trabajando con distintos subsistemas en distintos momentos. Las sesiones alternaban el trabajo con la pareja y el trabajo con la familia. La pareja había pasado anteriormente por terapia individual y conjunta, pero era la primera vez que se atendía a toda la familia reunida.

El problema presentado parecía ser el enfado del marido y padre y su impacto en el resto de la familia. Bill había asumido recientemente un puesto estresante como director de un banco de inversión y se sentía descontento y algo desbordado en el trabajo. Beth sentía que Bill socavaba su forma de ejercer la maternidad y que era excesivamente severo en la crianza, en particular con su hijo, Richard. En la investigación de Gabb, las puertas se han identificado como un marco literal y simbólico de las discusiones familiares (Gabb, 2008, pp. 138–139). De manera similar, para Bill las diferencias entre los estilos educativos de la pareja eran más difíciles de negociar cuando la familia estaba a punto de salir de casa. Percibía que Beth «no tenía noción del tiempo» y a menudo perdía los nervios por la falta de organización infantil y la aparente incapacidad para salir a tiempo y con puntualidad (figura 2).

Dibujo de Catherine, de 10 años: su familia
Figura 2. Dibujo de Catherine (10 años): «Mi familia»

Durante la primera sesión con la familia Smith, Singh pidió a Catherine que dibujara a su familia. La niña se expresó con soltura a través del dibujo, lo que abrió el diálogo en el grupo familiar. El dibujo de Catherine representaba a los cinco miembros de su familia y a su perro. Cuando el dibujo pasó de mano en mano, su hermano y su madre y su padre parecieron implicarse plenamente con esta representación. Así pues, esta familia parecía responder bien a las intervenciones visuales, por lo que Singh intentó elaborar con ella un genograma cultural (Hardy & Laszloffy, 1995). Esta intervención tuvo menos éxito. La familia no quería abordar el impacto de las generaciones anteriores en la configuración de los respectivos estilos parentales de la pareja.

Pronto se llegó a un callejón sin salida: Beth seguía sintiéndose intimidada y desautorizada por el enfado de Bill, y Bill se sentía no escuchado y marginado dentro de la familia. Catherine (el miembro más joven de la familia) había asumido el papel de mediadora y pacificadora y había desarrollado síntomas psicosomáticos en respuesta al enfado presente en el hogar. Ante este escenario, Singh propuso a la familia la idea de los mapas de emociones. Tras haber comprobado la eficacia de los mapas de emociones en un contexto de investigación, confiaba en la capacidad de esta técnica para cumplir una función clínica. En la siguiente sesión familiar se llevaron pegatinas de emoticonos y se explicó la técnica con detalle a todos los miembros de la familia. Singh dejó claro a toda la familia que la participación era opcional. No pasaba nada si Catherine no dibujaba un mapa de emociones; podía seguir dibujando como en las sesiones anteriores y participar así hablando y escuchando. Sin embargo, cuando el grupo empezó a hablar de una situación en la que Bill (papá) había perdido los nervios, Catherine tomó espontáneamente los emoticonos y dibujó (figura 3).

Primer mapa de emociones dibujado por Catherine, de 10 años
Figura 3. Mapa de emociones 1 de Catherine (10 años). Amarillo = papá; rojo = mamá; Catherine = morado; Richard = verde

En este mapa, el principal escenario del conflicto era el «mud room» (recibidor), una zona en la que papá (amarillo) y Richard (verde) solían enzarzarse en broncas a gritos. Al describir los hechos, la familia coincidió en que iban con retraso a una cita, situación que hacía que Bill perdiera los nervios y dirigiera su ira hacia el tiempo que tardaba Richard en ponerse los zapatos. Catherine habló de forma conmovedora de cómo ella (representada en morado) se sentía triste durante estos incidentes, interacciones que se repetían una y otra vez. Su mapa de emociones muestra malhumores residuales que duraban mucho después del incidente, sobre todo en el caso de su padre, y a ambos progenitores representados enfadados en el comedor y en su dormitorio. Al describir la escena en que su madre y su padre están en el dormitorio, Catherine señaló con perspicacia que su mamá (representada en rojo) estaba a la vez enfadada y triste, y que por eso había utilizado deliberadamente esos dos emoticonos.

El grupo familiar escuchó mientras Catherine describía su vivencia de los hechos y las emociones que le suscitaban. Su relato resultó evidentemente difícil de escuchar para la pareja parental, y su mamá lloró todo el tiempo. De forma productiva, el mapa de emociones y el relato de Catherine abrieron una conversación sobre cómo los distintos miembros de la familia se situaban en una polaridad semántica de «control» y «caos» (Ugazio, 2013). Esto permitió a Singh hacer una intervención importante. Al invitar a la familia a adoptar físicamente distintas posiciones y a hablar desde ellas, pudo facilitar la comprensión de cómo otra persona puede estar pensando y sintiendo y, con ello, permitir que cada persona (y la familia) viera otras posiciones, cambiantes y fluidas.

La siguiente sesión estaba programada como sesión de pareja. Beth llegó triste pero decidida. Dijo que la última sesión le había hecho asumir el impacto total del enfado de Bill en Catherine y Richard, y que esto había contribuido a que aceptara que este «maltrato emocional» tenía que terminar. Propuso que Bill se fuera temporalmente de casa, para dar a la pareja y a la familia un respiro de este conflicto. Sin embargo, dejó claro que esta separación tenía por objeto ofrecer un respiro emocional y un espacio para pensar; seguía comprometida a continuar la terapia de pareja y familiar mientras vivieran separados y a encontrar una solución a largo plazo. Bill permaneció en silencio durante toda la sesión. En esta sesión, Singh volvió al mapa de emociones de Catherine para subrayar de nuevo el impacto del enfado de Bill en Catherine y Richard. Como se acercaban las vacaciones de Navidad, se programó una sesión familiar para después de las fiestas.

En enero, en la sesión familiar, todo el mundo contó que había disfrutado de unas Navidades armoniosas, compartidas con la familia extensa. Durante la sesión, Catherine hizo espontáneamente otro mapa de emociones (véase la figura 4).

Segundo mapa de emociones dibujado por Catherine, de 10 años
Figura 4. Mapa de emociones 2 de Catherine (10 años). Amarillo = papá; rosa = mamá; Catherine = rojo; Richard = verde; vecina o vecino = morado

En este segundo mapa de emociones, los códigos de color han cambiado ligeramente (véase la leyenda). En la sesión familiar, al hablar de este mapa, Catherine comentó que mamá era rosa, papá seguía siendo amarillo, Richard seguía siendo verde y ella era roja. Sin embargo, lo más llamativo de este mapa posterior es el cambio en las emociones representadas. Aquí, papá sonríe en cada una de las habitaciones. Catherine utilizó el emoticono del corazón en el salón y, en la sesión familiar, comentó por iniciativa propia que «todo el mundo está contento». Las caras tristes y enfadadas representadas estaban ahora ligadas a situaciones concretas y pasajeras, como «Mamá está molesta con Richard porque me ha robado el iPad». Catherine también habló de que estaba disgustada por un incidente ocurrido en el colegio. No aparecen malhumores residuales ni enfados, y los que se representan no se atribuyen al padre. De hecho, la familia pudo hablar y reírse junta de las escenas representadas en el mapa de emociones. Por primera vez, Catherine habló del vecindario (las personas que vivían debajo) e incluyó a una de ellas (emoticono morado) en su mapa de emociones. Así, los entornos geográficos y emocionales más amplios quedaban reunidos; el hogar representado era un espacio donde todo el mundo estaba contento.

Mapas y territorios: reflexiones sobre el estudio de caso

Dentro de los límites del análisis del estudio de caso que aquí se presenta, hemos centrado la atención en la utilidad de los mapas de emociones del hogar en la práctica clínica sistémica y en cómo pueden servir para responder a preguntas sobre la dinámica familiar concreta. Por ejemplo, ¿cómo explicar el cambio radical en el paisaje emocional de la familia Smith? ¿Qué ayudó al padre a cambiar? Y, lo que es importante para el argumento de este artículo, ¿tuvieron algo que ver los cambios de conducta con la intervención del mapa de emociones? Hay indicios que respaldan esta afirmación. Por ejemplo, el segundo mapa de emociones de Catherine fue una herramienta decisiva para facilitar la conversación familiar. Poder volver posteriormente con la pareja parental sobre este recurso gráfico, que mostraba con claridad el malestar de su hija, les permitió afrontar la situación, hablar de los cambios que querían introducir y comentar cómo entendían esos cambios. Beth afirmó que los cambios positivos se debían en parte a su firme decisión de que la pareja tendría que separarse si el enfado de Bill continuaba. Bill estuvo de acuerdo, aunque también atribuyó a las vacaciones y a la mejora de la situación laboral un papel significativo en su actitud más serena y en el efecto positivo de esta sobre las relaciones de pareja y familiares. Tanto Bill como Beth afirmaron que ver el crudo impacto de las emociones en la familia, tal como lo representaba el mapa de emociones de Catherine, había desempeñado un papel importante en el reconocimiento y el cambio de su comportamiento.

Para pensar los cambios de la familia, recurrimos al célebre adagio de Korzybski: «el mapa no es el territorio» (Korzybski, 1933). Los enormes cambios que realizó la familia no pueden atribuirse sin más al trabajo terapéutico de Singh, y menos aún al uso de una herramienta tan sencilla como el mapa de emociones. Probablemente tienen mucho más que ver con circunstancias ajenas a la consulta, con la resiliencia de la familia y con la solidez de la relación terapéutica. El mapa de emociones simplemente llegó en un momento en que la familia podía aprovecharlo y se utilizó junto con otros métodos de representación, como el dibujo y la línea de posicionamiento.

El proceso del trabajo con la familia Smith nos recuerda el uso creativo que hacía Pittman (1984) de toda una serie de técnicas innovadoras que se han descrito como «terapia del cocker spaniel mojado». Su nombre procede de un caso fascinante: una mujer salió de su estado depresivo durante una sesión de terapia familiar cuando su cocker spaniel le lamió la cara. A veces, cuando las familias llegan a un callejón sin salida o a un punto de bloqueo, una técnica fuera de lo común puede empujar a la familia a cambiar. La técnica es, por tanto, espontánea y responde a la evaluación que hace la o el terapeuta de los problemas presentados y del estilo de la familia. En este caso, el mapa de emociones era una herramienta más dentro de un repertorio que encajaba con el modo de comunicación de la familia. Disfrutaron utilizándolo y pudieron reflexionar sobre los cambios en sus relaciones familiares. Singh pudo introducirlo en la conversación terapéutica como medida, en primer lugar, del impacto del enfado y del conflicto parental en las relaciones dentro de la familia y, en segundo lugar, de los cambios que la familia había realizado.

Aunque encajó bien con la familia de Catherine, sobre todo por sus habilidades y su soltura para el dibujo, Singh también ha utilizado el mapa de emociones con buenos resultados en otros contextos clínicos, con «parejas verbales» cuando «las palabras estorban». Los métodos visuales pueden atravesar el efecto destructivo acumulado de patrones verbales profundamente arraigados que desencadenan y perpetúan el conflicto. En este contexto, siguiendo el ejemplo de Rober (2009), Singh ha utilizado los mapas de emociones como tareas para casa: pide a las parejas que se los lleven y los traigan de vuelta a la sesión. Ha preparado esta tarea aclarando con cada persona lo que significa para ella cada emoticono. Este proceso de aclaración no solo garantiza una comprensión compartida tanto de la tarea como de las herramientas, sino que también sitúa las emociones en el centro del encuentro clínico. Fijarse en qué emociones se eligen para las distintas experiencias e interacciones resulta de lo más revelador. Por ejemplo, en otro caso clínico, el miembro masculino de la pareja utilizó el emoticono «enfadado» para describir un episodio en el que se encontraba mal. Su pareja, una mujer, expresó su sorpresa y dijo que ella habría utilizado un emoticono «triste». Hablar de ello dio lugar a una conversación esclarecedora sobre cómo cada uno reaccionaba de forma distinta ante las situaciones difíciles y cómo entendían el significado del enfado y de la tristeza en su relación de maneras bastante diferentes. Permitió a la pareja comprender cómo podían malinterpretarse mutuamente o expresar experiencias similares con un vocabulario emocional distinto. De este modo, abrió nuevos canales de comunicación.

Discusión: implicaciones clínicas y limitaciones

En este artículo hemos mostrado cómo puede utilizarse el método del mapa de emociones en contextos clínicos. Sin embargo, nuestra discusión también plantea cuestiones interesantes que van más allá de lo metodológico. Al poner en primer plano las emociones, la técnica exige que reconsideremos cómo se representan las emociones y cómo se viven individualmente, revisando los supuestos de comprensión compartida (Gabb & Singh, 2014). ¿Pueden representarse las emociones de una manera universal, o la interpretación de las emociones depende en gran medida de factores culturales y de género? Si desmontamos la base de las comprensiones compartidas, ¿qué efecto tiene esto en su naturaleza interaccional? En este artículo hemos empezado a reflexionar sobre algunas de estas cuestiones.

Utilizar mapas de emociones en la práctica sistémica plantea inevitablemente dilemas y preguntas de fondo. En primer lugar, desde la psicoterapia sistémica, las emociones se entienden como relacionales y performativas (Fredman, 2004), más que localizadas en el interior de las personas. ¿Deberíamos, por tanto, pedir a las familias o a las parejas que completen los mapas de emociones individualmente o de forma conjunta? Las distintas circunstancias y situaciones clínicas requieren quizá una solución adaptada a cada caso que escape a cualquier formato único. También hay que reflexionar más sobre el ejercicio del poder y de la pericia que profesionales de la psicoterapia sistémica pueden tener al dar forma a los mapas de emociones producidos. Si prescribimos los emoticonos que utilizan los miembros de la familia, ¿estamos conteniendo la situación y los sentimientos? ¿Y si los miembros de la familia sienten una mezcla de emociones (conflictos individuales o divergencias colectivas) al mismo tiempo? Pueden utilizarse varias pegatinas para indicar emociones contradictorias y complejas, de modo que este problema puede resolverse con bastante facilidad. Trabajando desde una postura colaborativa y transparente (Hoffman, 1993), podría ofrecerse a las familias la posibilidad de «fabricar» sus propios emoticonos con pegatinas «en blanco» sobre las que podrían dibujar cualquier número de emociones personales. Disponer de una gama más amplia de emociones posibles que las personas participantes pudieran hacer suyas permitiría además tener en cuenta que la expresión de una emoción puede ser muy distinta de una cultura a otra. Podría aplicarse una estrategia similar para abrir cualquier limitación espacial. Los planos podrían extenderse al jardín, al coche o incluso al barrio. Por ejemplo, en su práctica clínica, Singh acompaña a otra pareja cuyo barco es su refugio. Las discusiones y los conflictos se producen, al parecer, solo cuando están entre las cuatro paredes de su casa. El trabajo clínico con esta pareja, que incluye mapas de emociones tanto de su barco como de su casa, está desentrañando estos patrones de conducta ligados a los lugares.

En otra línea, también podríamos realizar en futuros análisis lecturas atentas de los mapas de emociones, situándolas en contextos culturales más amplios. Por ejemplo, en el primer mapa de emociones dibujado por Catherine (véase la figura 3), hay un corazón rosa insertado en el título, que cubre la letra «a» de «map». El color elegido aquí, el rosa, no se utiliza para representar a ningún miembro de la familia; de hecho, en este contexto parece funcionar como un significante cultural. El título del mapa de emociones sirve así para imaginar el hogar familiar ideal, hecho de corazones rosas, cariñosos y felices. Recurre a los mismos recursos de representación idealizados que aparecen en el dibujo inicial de Catherine, la figura 2: «Mi familia», que incluye cielos azules, un sol amarillo y un grupo sonriente y satisfecho de «familia feliz». Podría profundizarse en el análisis textual de estos recursos de representación. De hecho, el cambio posterior de colores en el segundo mapa de emociones —con mamá en rosa y Catherine eligiendo para sí el rojo, el color asignado antes a su madre— invita a esa interpretación. Sin embargo, aunque este cambio de colores podría atribuirse a un proceso inconsciente, Catherine no lo comentó ni se retomó en la sesión, por lo que sigue siendo muy especulativo. Puede decirse que tales interpretaciones exceden el argumento de este artículo, ya que recurren a un modo de interpretación psicoanalítico que requeriría una reelaboración sistemática; llevan la eficacia de los mapas de emociones más allá del alcance de su potencial actual y quedan fuera de los focos principales de esta revista. Si llegan a utilizarse de forma más habitual, quizá den pie entonces a tales lecturas; por eso las mencionamos aquí, para señalar estas posibilidades analíticas futuras.

Por el momento, en este artículo hemos pretendido mostrar los usos y la aplicación de la herramienta del mapa de emociones, en especial en el trabajo con parejas, niñas y niños, y familias. La novedad del método implica inevitablemente que debe ponerse a prueba y adaptarse si ha de desarrollar todo su potencial: por ejemplo, explorar cómo puede utilizarse para poner de relieve y trabajar con distintos contextos, culturas y las emociones correspondientes (Gabb & Singh, 2014). Buena parte del trabajo clínico de Singh con familias desfavorecidas se ha llevado a cabo a través de redes de intervención comunitaria. Utilizar los mapas de emociones con estas familias encaja bien con las buenas prácticas existentes, que valoran las visitas a domicilio y el trabajo no verbal en contextos en los que la alfabetización y la comunicación verbal plantean dificultades.

Algunas y algunos colegas de Singh3 también han utilizado con éxito los mapas de emociones en el trabajo clínico con familias cuya lengua materna no es el inglés o con grupos familiares a los que les cuesta expresarse emocionalmente. En estos casos han resultado especialmente eficaces cuando la intensidad de los sentimientos parece desbordar a los miembros de la familia. Por ejemplo, en una familia multilingüe que había sufrido múltiples traumas en el pasado, el uso de emoticonos permitió a sus hijas e hijos expresar libremente pensamientos y sentimientos que, de otro modo, les costaba verbalizar. En una sesión con la parte adolescente de la familia se introdujo la idea de utilizar mapas de emociones, con emoticonos y rotuladores de distintos colores para cada sentimiento experimentado. Las y los jóvenes captaron enseguida el concepto y, de hecho, uno de ellos dibujó sus propios emoticonos para ilustrar los sentimientos concretos que había identificado personalmente. Colocar emoticonos en los espacios que habitaban y atribuir distintos emoticonos a los distintos miembros de la familia les permitió pensar en el contexto de esos emoticonos: el momento del día, quién estaba presente, quién tenía emociones similares y quién no. Hablar de las emociones abrió una terapia que corría el riesgo de cerrarse por las dificultades de expresión emocional verbal. Al hablar de las emociones cotidianas, se abrió también una vía de acceso a los sentimientos más específicamente ligados a los traumas pasados. Utilizando los emoticonos con mayor curiosidad, la conversación sobre las emociones en general ha ofrecido una vía de acceso útil a los sentimientos más específicamente ligados a los traumas pasados.

Hay posibles consideraciones prácticas que pueden limitar el uso generalizado de los mapas de emociones. Por ahora, los emoticonos pueden diseñarse a medida y encargarse a servicios de impresión, pero el público en general no puede conseguirlos fácilmente. El trabajo clínico de Singh muestra que no son necesarios los materiales cuidados desarrollados para la investigación; de hecho, la inmediatez del método puede ser parte de su atractivo. No obstante, Singh y sus colegas disponen de hojas de pegatinas, que han facilitado el proceso. (También pueden obtenerse hojas de pegatinas de emoticonos contactando con la autora Jacqui Gabb). Se está desarrollando una aplicación multiplataforma de mapas de emociones. Será gratuita, lo que aumentará su uso potencial y su atractivo, especialmente entre las poblaciones más jóvenes. Dado el número de parejas que hoy viven juntas por separado (living apart together) (Duncan & Phillips, 2010) o que llevan vidas laborales tremendamente ajetreadas que las alejan de casa durante largos periodos, una aplicación de mapas de emociones será un complemento valioso de los métodos más convencionales de la práctica de la terapia familiar. En estas situaciones, la comunicación mediada digitalmente, en forma de Skype, correos electrónicos y mensajes de texto, es una parte crucial de la comunicación de pareja (Gabb, Klett-Davies, Fink, & Thomae, 2013, p. 51) y, más en general, de los procesos familiares. De hecho, los mapas de emociones cautivaron de inmediato a Singh porque resonaban con ella, tanto en lo personal como en lo profesional. Su atractivo profesional en el trabajo con las familias y las emociones se ha expuesto más arriba; pero había algo más. Era también el formato de este método lo que lo distinguía. En el plano personal, buena parte de la comunicación de su familia se producía por mensajes de texto y correos electrónicos. Al comunicar una buena noticia, por ejemplo un examen o una entrevista de trabajo superados, se añadía una cara sonriente, mientras que las malas noticias iban acompañadas de una cara triste. Los mapas de emociones parecen situarse así con naturalidad en la interfaz entre la tecnología, la vida familiar y la comunicación, y tienen una capacidad considerable en la evaluación y la práctica clínicas.

Complexe Systémique: puntos clave

El método se basa en un desplazamiento sencillo: en lugar de preguntar «¿qué pasó?», se pregunta «¿dónde, y con qué sentimiento?». Al situar las emociones en un plano de la vivienda, el mapa muestra una configuración relacional en lugar de una persona culpable, y hace legibles secuencias que los relatos verbales encierran: el enfado en el recibidor, el mal humor que persiste en el dormitorio de la pareja parental. El caso de la familia Smith resulta elocuente porque es la niña que ocupa el papel de mediadora quien elabora el mapa, y porque el segundo mapa, hecho de forma espontánea dos meses después, sirve como medida del cambio. Las autoras se mantienen prudentes: el mapa no es el territorio, el cambio debe mucho al contexto y a la decisión de Beth, y las lecturas simbólicas de los colores quedan de lado. También plantean la pregunta sistémica adecuada: si la emoción se considera relacional, ¿deben hacerse los mapas en solitario o en conjunto? Puede leerse junto con el artículo sobre el mapa familiar, otra herramienta para espacializar las relaciones, y el artículo sobre el blasón familiar, un objeto flotante que también trabaja con imágenes.

Notas del original

1 Behind Closed Doors. Researching Intimacy and Sexuality in Families (RES-000-22-0854). Enduring Love? Couple Relationships in the 21st Century (RES-062-23-3056). Ambos estudios fueron financiados por el Economic and Social Research Council y se realizaron en el Reino Unido. Behind Closed Doors fue un proyecto piloto metodológico concebido para examinar la eficacia de múltiples métodos cualitativos en el estudio de las relaciones personales y la vida familiar (n = 11). Enduring Love? examinó cómo las parejas mantienen relaciones a largo plazo (http://www.enduringlove.co.uk). El proyecto incluyó una encuesta a gran escala (n = 5494) y una investigación cualitativa con métodos múltiples (n = 50). El diseño de investigación del proyecto Enduring Love? se elaboró en consulta con las principales organizaciones británicas de apoyo a las relaciones de pareja.

2 Todos los nombres y datos identificativos se han modificado para proteger la confidencialidad. La familia ha dado su consentimiento informado para que los mapas de emociones de Catherine se utilicen en este caso.

3 El ejemplo aquí incluido procede de la práctica clínica de la psicoterapeuta sistémica Doreen Robinson.

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Traducción no oficial al español de The Uses of Emotion Maps in Research and Clinical Practice with Families and Couples: Methodological Innovation and Critical Inquiry, de Jacqui Gabb y Reenee Singh, Family Process, vol. 54 (2015), doi: 10.1111/famp.12096, bajo licencia CC BY 3.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

Traducción no oficial del artículo original «The Uses of Emotion Maps in Research and Clinical Practice with Families and Couples: Methodological Innovation and Critical Inquiry», publicado en Family Process (2015) bajo licencia CC BY 3.0. Traducida y maquetada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.

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Cómo citar este artículo

Gabb, J., y Singh, R. (2015). The Uses of Emotion Maps in Research and Clinical Practice with Families and Couples: Methodological Innovation and Critical Inquiry. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/the-uses-of-emotion-maps-in-research-and-clinical-practice-with-families-and-couples (Obra original publicada en 2015 en Family Process, 54(1) (2015); republicada en 2015 por Family Process, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/famp.12096)

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