Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Journal of Child and Family Studies · Familia
¿Cuentan una madre y su hijo o hija la misma historia sobre la misma violencia de pareja? Un equipo neerlandés comparó, entrevista por entrevista, los relatos de 36 madres y de 43 de sus hijos e hijas. Sobre el clima del hogar, los relatos coinciden; sobre lo que el niño o la niña vio, sufrió y sintió, divergen: la descendencia presenció mucha más violencia de lo que sus madres suponían, y su malestar interior a menudo pasa desapercibido.
Traducción no oficial al español de Interparental Violence: Similarities and Discrepancies Between Narratives of Mothers and Their Children, de Floor Barbera van Rooij, Winneke Aalken van der Schuur, Majone Steketee, Jodi Mak y Trees Pels, publicado en Journal of Child and Family Studies (Springer) (2015), doi: 10.1007/s10826-015-0137-3, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las tablas se presentan en forma de listas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Al parecer, los hijos y las hijas habían presenciado más violencia de lo que sus madres suponían.
Floor Barbera van Rooij, Winneke Aalken van der Schuur, Majone Steketee, Jodi Mak y Trees Pels
Resumen
Los estudios y programas de intervención previos sobre la violencia interparental se han basado en gran medida en informes procedentes exclusivamente de madres y padres o exclusivamente de hijos e hijas. Sin embargo, la literatura y el marco teórico ofrecen indicios de la existencia de discrepancias entre los relatos de los progenitores y los de su descendencia. Por ello, este estudio se centra en las similitudes y diferencias entre los relatos de las madres y los de sus hijos e hijas en cuanto a la exposición infantil a la violencia interparental y a su impacto en el funcionamiento infantil y parental. Se realizaron entrevistas abiertas en profundidad para recoger los relatos de 36 madres (de 27 a 59 años) y de 43 de sus hijos e hijas (17 chicos y 26 chicas; de 9 a 25 años) que habían vivido violencia interparental en el pasado. Para codificar las entrevistas se utilizó un sistema de codificación jerárquico. A continuación, se analizaron las diferencias entre los relatos de las madres y los de su descendencia a partir de los fragmentos codificados. Se encontraron pocas diferencias entre los relatos en lo relativo al funcionamiento parental. En cambio, sí hallamos discrepancias en cuanto a la exposición infantil a la violencia interparental y a su impacto en el funcionamiento infantil. Los análisis exploratorios mostraron relaciones entre las discrepancias y la gravedad de la violencia y la edad de la descendencia. Es fundamental prestar más atención a estas diferencias para ampliar nuestro conocimiento sobre el complejo impacto de la violencia en los miembros de la familia y mejorar un apoyo adaptado a sus necesidades específicas.
Palabras clave: Violencia interparental, Discrepancias entre informantes, Informes madre-hijo/a, Funcionamiento parental, Funcionamiento infantil
Las estimaciones de prevalencia indican que en los Países Bajos (el país en el que se realizó este estudio) aproximadamente el 10 % de la población ha estado expuesta a la violencia doméstica. El tipo más común de violencia doméstica es la violencia interparental, que designa la violencia que se produce entre los progenitores (Van der Veen and Bogaerts 2010). La exposición a la violencia interparental tiene un impacto importante en el funcionamiento de niñas, niños y familias (p. ej., Holt et al. 2008). La infancia expuesta a la violencia interparental es más vulnerable a los problemas de adaptación. Por ejemplo, presenta más problemas internalizantes, externalizantes y académicos. Además, la exposición a la violencia interparental se asocia con niveles más elevados de maltrato emocional, físico y sexual hacia la infancia (DeBoard-Lucas and Grych 2011; Holt et al. 2008; Kitzmann et al. 2003; Wolfe et al. 2003). En lo que respecta al funcionamiento parental, las madres luchan constantemente por controlar sus conductas de crianza durante los periodos de violencia interparental (Pels et al. 2010; Peled and Gil 2011). A modo de ilustración, se ha constatado que a las madres les cuesta proteger a sus hijos e hijas. Los informes muestran que se esforzaban por centrarse en la crianza, contener a su pareja o compensar su violencia, además de proteger a su descendencia de la exposición a la violencia. Sin embargo, a menudo no lograban evitar que sus hijos e hijas quedaran expuestos a la violencia interparental (Peled and Gil 2011). Además, la violencia interparental se ha asociado con la falta de disponibilidad emocional de las madres (Pels et al. 2010; Sturge-Apple et al. 2012). Asimismo, varios estudios han indicado que la relación entre la violencia interparental y el funcionamiento infantil está moderada, o incluso mediada, por el funcionamiento parental (p. ej., DeBoard-Lucas et al. 2010; Skopp et al. 2007; Sturge-Apple et al. 2012). Por ejemplo, una crianza que brinda apoyo reduce la autoinculpación infantil, y esa autoinculpación solo aparece cuando los progenitores informan de niveles elevados de conducta coercitiva (DeBoard-Lucas et al. 2010). Un funcionamiento familiar positivo constituye, por tanto, un factor de protección importante frente a la aparición de problemas de adaptación en la infancia.
Es importante señalar que distintas personas informantes dentro de la familia pueden ofrecer relatos diferentes de los mismos incidentes. Al examinar las complejas dinámicas familiares, es preferible tener en cuenta las perspectivas de varias personas informantes para obtener una comprensión más completa de esas dinámicas (Cottrell et al. 2003; Pelegrina et al. 2003). Sin embargo, los estudios previos sobre violencia interparental se han basado en gran medida en informes procedentes exclusivamente de los progenitores o exclusivamente de los hijos e hijas. Se sabe menos sobre las discrepancias entre los relatos de progenitores y descendencia en cuanto a la exposición a la violencia interparental y a su impacto en el funcionamiento infantil y familiar. Solo encontramos dos estudios sobre violencia doméstica que incluyeran alguna comparación entre los informes de las madres y los de sus hijos e hijas (Levendosky and Graham-Bermann 2001; McCloskey et al. 1995). Levendosky y Graham-Bermann (2001) hallaron correlaciones bajas entre los informes maternos y los infantiles en cuanto a la adaptación de la descendencia en un contexto de violencia interparental. Sin embargo, no informaron de las diferencias específicas entre estas fuentes. McCloskey et al. (1995) observaron una correspondencia global baja (aunque significativa) entre los informes de madres e hijos e hijas. Encontraron correlaciones de moderadas a grandes entre madres y descendencia en sus informes sobre la agresión dentro de la familia (del padre a la madre, del padre al hijo o hija, de la madre al hijo o hija). Se encontraron diferencias en cuanto al apoyo parental: mientras que en los informes de las madres el apoyo parental no estaba relacionado con el grado de violencia familiar, la descendencia de las familias con más violencia familiar percibía menos apoyo parental.
Varios estudios en otros ámbitos del funcionamiento infantil y familiar sí revelaron discrepancias entre los informes de los progenitores y los de su descendencia (p. ej., Ohannessian et al. 2000; Pelegrina et al. 2003; Shapiro 2004; Stice and Barrera 1995). A modo de ilustración, las correlaciones entre las percepciones de progenitores y descendencia suelen ser moderadas o bajas en lo que respecta a los problemas externalizantes de la infancia. Los hijos e hijas informan de niveles más altos de problemas externalizantes que sus progenitores (Stice and Barrera 1995). Además, en el estudio de Ohannessian y su equipo, la descendencia evaluaba el funcionamiento de su familia de forma más negativa que sus progenitores. También informaba de niveles más bajos de cohesión y de adaptación familiar que sus progenitores (Ohannessian et al. 2000).
La comunidad investigadora ha propuesto varias hipótesis para explicar las diferencias entre las percepciones de los progenitores y las de su descendencia. La hipótesis del interés intergeneracional (Intergenerational Stake Hypothesis; Bengtson and Kuypers 1971; Giarrusso et al. 1995) pretende explicar la variación entre las perspectivas de progenitores y descendencia a partir de las diferencias entre generaciones (es decir, la «brecha generacional»). El supuesto es que las discrepancias entre generaciones surgen de variaciones en las motivaciones y en los niveles de implicación en los distintos periodos del desarrollo. Según esta hipótesis, las generaciones mayores valoran la generatividad, el deseo de comprometerse en esfuerzos valiosos y duraderos, como la procreación y la orientación de la siguiente generación (Erikson 1968). En cambio, las generaciones más jóvenes tratan con el tiempo de alcanzar la independencia. Por ejemplo, la necesidad de generatividad de los progenitores puede llevarles a mantener la continuidad entre generaciones invirtiendo en sus hijos e hijas, mientras que el deseo de independencia de la descendencia puede llevarla a invertir menos en sus progenitores. Por ello, los progenitores podrían ver sus conductas de crianza o su relación con su descendencia de forma más positiva que esta. El modelo estructural social (Social Structural Model; Risman and Park 1988) puede ofrecer una explicación complementaria de las diferencias entre los relatos de los progenitores y los de su descendencia (Shapiro 2004). Este modelo remite a la contribución del contexto estructural social y sugiere que progenitores y descendencia ocupan posiciones estructurales diferentes en la sociedad. Las discrepancias en las percepciones y los relatos podrían surgir de variaciones en las oportunidades y expectativas asociadas a sus posiciones estructurales sociales. Por ejemplo, es probable que los hijos e hijas que perciben que la sociedad les ofrece suficientes oportunidades se sientan más independientes e informen de niveles más bajos de implicación por parte de sus progenitores. Otro modelo centrado en las diferencias de perspectiva es el modelo del contexto del sesgo atribucional (Attribution Bias Context Model; De Los Reyes 2011; De Los Reyes and Kazdin 2005). Este modelo se desarrolló originalmente para explicar las discrepancias entre informantes en la evaluación clínica infantil, a partir del fenómeno actor-observador (Jones and Nisbett 1972). Aunque este modelo se ocupa de las discrepancias entre informantes en la evaluación clínica infantil, también puede explicar las discrepancias entre los relatos de los progenitores y los de su descendencia expuesta a la violencia interparental. Al igual que en el modelo original, en los relatos sobre el funcionamiento infantil la descendencia ocupa el lugar de actor y los progenitores el de observador. En este contexto, sin embargo, en los relatos sobre la violencia interparental y las conductas de crianza son los progenitores quienes ocupan el lugar de actor y la descendencia el de observador. El modelo supone que las diferencias entre actores y observadores surgen de discrepancias en las atribuciones y las perspectivas. Según este modelo, quien actúa tiende a atribuir las causas de sus problemas al contexto en el que se manifiesta la conducta, minimizando o ignorando su propia disposición. Por ello, es probable que las perspectivas y los informes de quien actúa se centren más en el contexto. En cambio, quien observa tiende a atribuir las causas de los problemas de quien actúa a su disposición, minimizando o ignorando el contexto en el que se manifiesta la conducta. Por ello, es probable que las perspectivas y los informes de quien observa se centren más en las conductas negativas de quien actúa (De Los Reyes 2011; De Los Reyes and Kazdin 2005).
En suma, la hipótesis del interés intergeneracional (Bengtson and Kuypers 1971; Giarrusso et al. 1995), el modelo estructural social (Risman and Park 1988; Shapiro 2004), el modelo del contexto del sesgo atribucional (De Los Reyes 2011; De Los Reyes and Kazdin 2005) y la literatura antes mencionada indican que cabe esperar discrepancias entre los relatos de las madres y los de sus hijos e hijas expuestos a la violencia interparental. Por tanto, es importante que investiguemos estas diferencias para comprender mejor las dinámicas de las familias expuestas a la violencia interparental. Además, una mejor comprensión de las posibles discrepancias puede ofrecer orientaciones para mejores políticas. Hasta ahora, en la mayoría de los países, la infancia no participa (todavía) en los procedimientos de evaluación y tratamiento: por lo general, los equipos profesionales solo hablan de los hijos e hijas con la madre o el padre, o con ambos (Mak and Steketee 2013). Basarse en una sola persona informante podría aportar información incompleta sobre la exposición infantil a la violencia interparental y su impacto en el funcionamiento de la infancia y de la familia. Esto resulta especialmente preocupante, ya que las políticas basadas en esa información incompleta pueden traducirse en un apoyo insuficiente tanto para los progenitores como para su descendencia (p. ej., Cottrell et al. 2003; Levendosky and Graham-Bermann 2001; Hill and Jones 1997; Pelegrina et al. 2003). Por ejemplo, que los progenitores infravaloren en sus informes la exposición de su descendencia a la violencia interparental puede dar lugar a una reacción insuficiente ante esa exposición, así como a un apoyo ineficaz (Hill and Jones 1997). Una mayor conciencia de las discrepancias entre las perspectivas de las madres y las de sus hijos e hijas también puede ser importante con fines preventivos. Cuando profesionales y personas que trabajan de forma informal reciben formación para comunicarse mejor sobre la violencia interparental y sus consecuencias tanto con las madres como con su descendencia, la evaluación del riesgo puede realizarse antes para garantizar la seguridad del niño o la niña (Mak and Steketee 2013).
El objetivo del presente estudio es comparar los relatos de madres y de sus hijos e hijas que han vivido violencia interparental, en cuanto a la exposición de la descendencia a esa violencia y a su impacto en el funcionamiento infantil y parental. Esperamos que sus relatos difieran, sobre la base de la hipótesis del interés intergeneracional, el modelo estructural social y el modelo del contexto del sesgo atribucional. Por ejemplo, en relación con la hipótesis del interés intergeneracional, las madres podrían informar de forma más positiva sobre su crianza que su descendencia, dada su necesidad de generatividad, las expectativas percibidas y la atribución de sus problemas de crianza al contexto. Además, según el modelo estructural social, los hijos e hijas podrían informar de forma más positiva sobre su propio funcionamiento que sus madres, dadas sus motivaciones, las expectativas percibidas de la sociedad y la atribución de sus problemas al contexto y no a su propia disposición. También exploramos la asociación entre la gravedad de la violencia y la edad del niño o la niña, por un lado, y las discrepancias entre los relatos de madres y descendencia, por otro. Como observaron McCloskey et al. (1995), el grado de violencia podría influir de manera diferente en los relatos de madres e hijos e hijas. Asimismo, las capacidades cognitivas y socioemocionales asociadas a la edad podrían influir en la valoración y la evaluación que la infancia hace de la violencia, así como en su recuerdo y su revelación de esta (véase Fosco et al. 2007; Hungerford et al. 2012; Jouriles et al. 2000; Thompson et al. 2007).
Este estudio forma parte de un proyecto de investigación más amplio realizado en los Países Bajos, centrado en la influencia de la violencia interparental en el niño o la niña y en el funcionamiento parental (estudio cualitativo por entrevistas y revisión de la literatura). El presente estudio consistió en análisis secundarios de las transcripciones de las entrevistas cualitativas realizadas a madres y a sus hijos e hijas de una misma familia (véase Pels et al. 2010).
Para reclutar a las personas participantes adoptamos varios criterios de inclusión. En primer lugar, las madres debían haber vivido violencia interparental en el pasado, pero la violencia debía haber cesado en el momento del estudio. En segundo lugar, sus hijos e hijas debían haber presenciado la violencia y haber convivido con sus progenitores durante el periodo de violencia interparental. En el presente estudio, la exposición infantil a la violencia interparental designa el conocimiento que tiene el niño o la niña de una violencia interparental pasada. Se consideró testigos a quienes habían visto u oído la violencia interparental, así como a quienes habían estado expuestos a ella de forma indirecta, por ejemplo porque su madre se lo había contado o porque habían visto sus lesiones (Kitzmann et al. 2003). En tercer lugar, para mejorar la fiabilidad de los recuerdos, el último episodio de violencia interparental debía haberse producido entre 6 meses y 3 años antes del estudio. Por último, las personas participantes debían indicar que comprendían el objetivo del estudio y que tenían la voluntad y la capacidad de participar. Por ello, la adicción, el retraso mental y los problemas mentales graves fueron criterios de exclusión.
Para reclutar a las madres se recurrió a personas clave (p. ej., profesionales del ámbito de la violencia de pareja, de la parentalidad, de los servicios de juventud o comunitarios, y profesionales o personas no profesionales que trabajaban con las comunidades destinatarias o tenían una amplia red en ellas), a folletos y a distintos canales mediáticos. Además, se preguntó a las participantes si conocían a otras mujeres dispuestas a colaborar. Asimismo, varias organizaciones profesionales colaboraron en el reclutamiento de madres (p. ej., Steunpunt Huiselijk Geweld —un centro de atención a la violencia doméstica—, casas de acogida para mujeres e instituciones de atención a la juventud). Los hijos y las hijas fueron reclutados por sus madres.
La muestra estaba formada por 36 madres y 43 de sus hijos e hijas (17 chicos y 26 chicas). La edad de las madres oscilaba entre 27 y 59 años (M = 41.11, SD = 7.03). En la mayoría de los casos participó un hijo o una hija de cada madre. Sin embargo, en cinco casos dos hijos o hijas de la misma madre estaban dispuestos a participar, y en un caso participaron tres de la misma madre. La edad de los hijos e hijas oscilaba entre 9 y 25 años (M = 15.35, SD = 4.02). Las díadas maternofiliales de la muestra diferían en cuanto al origen étnico de las madres: 7 eran neerlandesas de origen, las demás eran inmigrantes (N = 29; principalmente procedentes de la zona del Caribe (Surinam, las Antillas), Turquía y Marruecos; según el país de nacimiento de la madre y el de su madre o padre, o de ambos). De las madres participantes, el 47 % (n = 17) tenía un nivel educativo bajo; el 39 % (n = 14), un nivel intermedio, y el 14 % (n = 5), un nivel alto. De los hijos e hijas, el 91 % (n = 39) seguía escolarizado, el 7 % (n = 3) trabajaba y una persona estaba en casa debido a dificultades en la escuela. Para el 26 % de la descendencia (n = 11), el nivel educativo más alto alcanzado era la educación primaria, mientras que el 47 % (n = 20) había terminado la educación secundaria, el 14 % (n = 6) la formación profesional y el 12 % (n = 5) la educación superior. En la tabla 1 se describen el tipo, la frecuencia y la duración de la exposición de las madres a la violencia de pareja, según lo relatado por ellas mismas.
Tabla 1 — Resumen de las descripciones de la violencia por parte de las madres (n = 36): tipo, frecuencia y duración de la violencia interparental
Los datos se recogieron mediante entrevistas abiertas en profundidad, para respaldar el carácter exploratorio de este estudio (Bryman 2008). Se seleccionó y formó a un equipo de entrevistadoras y entrevistadores profesionales para el estudio. La formación consistió en una introducción a la violencia interparental, la influencia de la violencia interparental en la infancia, un debate sobre las listas de temas, la entrevista a víctimas de violencia interparental y la entrevista a niñas y niños. Además, se establecieron acuerdos con el equipo de entrevista sobre la seguridad de la situación durante la entrevista. Se informó al equipo de entrevista de los posibles riesgos asociados a entrevistar a las personas participantes.
El equipo de entrevista contactó con las personas participantes por teléfono para concertar la entrevista. El consentimiento informado se obtuvo durante el reclutamiento de las madres y de nuevo al comienzo de cada entrevista, cuando se explicaban los objetivos del estudio. Además, se pidió a las madres que explicaran a sus hijos e hijas los objetivos de la entrevista. Al comienzo de la entrevista, se indicó explícitamente a las personas participantes que su información se utilizaría de forma confidencial y anónima. Se tomaron medidas adicionales en cuanto al seguimiento posterior de las personas participantes. El equipo de entrevista ofreció llamar unos días después de la entrevista para preguntar cómo se sentían las personas entrevistadas y cómo les había afectado la entrevista. Varias madres parecían percibir poco o ningún apoyo. El equipo de entrevista les facilitó información sobre el centro de apoyo en materia de violencia doméstica.
La duración de las entrevistas con las madres osciló entre 60 y 180 min (M = 101.97, SD = 29.60). En el caso de los hijos e hijas, la duración osciló entre 16 y 125 min (M = 61.18, SD = 23.04). Del total de entrevistas, el 58 % se realizó en el domicilio de la persona participante y el 42 % en otros lugares (p. ej., una casa de acogida para mujeres o un centro comunitario). Estos lugares se eligieron según las preferencias de las personas participantes. El equipo de entrevista valoró positivamente todos los lugares en el caso de las madres y el 98 % de los lugares en el caso de la descendencia. Antes de la entrevista, el equipo dedicó tiempo a crear un clima seguro y de confianza. Después de la entrevista, permanecía un rato más para cerrar la sesión de forma positiva. Por ello, la duración media de la visita fue de 140 min (SD = 56.15) para las madres y de 109 min (SD = 86.10) para los hijos e hijas.
Las entrevistas con las madres se realizaron en neerlandés en el 69 % de los casos; en el 22 % de las entrevistas se utilizó la lengua materna de la madre, y el 8 % se realizó tanto en la lengua materna como en neerlandés. En el 89 % de las entrevistas con la descendencia se utilizó el neerlandés. En una entrevista se utilizaron tanto la lengua materna como el neerlandés. Todas las entrevistas realizadas en otras lenguas fueron traducidas al neerlandés por el equipo de entrevista. Con el permiso de las personas participantes, se grabó el 94 % de las entrevistas con las madres y el 91 % de las entrevistas con los hijos e hijas. Las demás personas participantes autorizaron al equipo a tomar notas. El equipo de entrevista transcribió literalmente las entrevistas grabadas. Las seis entrevistas no grabadas se transcribieron a partir de notas detalladas.
Se elaboraron dos listas de temas, una para las entrevistas con las madres y otra para las entrevistas con los hijos e hijas. La selección de los temas se basó en una revisión de la literatura (Lünnemann et al. 2011), así como en entrevistas con profesionales del trabajo social con experiencia en este ámbito. Además, se tuvieron en cuenta listas de temas de otros estudios centrados en familias inmigrantes (Dijkstra 2000; Lamers-Winkelman et al. 2007; Pels 2000; Skinner et al.2005). Los conceptos de las listas de temas fueron revisados por una persona experta y por un comité de especialistas. La segunda versión se evaluó con un equipo de entrevista experimentado en cuanto a su contenido y estructura. Posteriormente, las listas se ajustaron a partir de entrevistas de prueba con madres y con hijos e hijas de distintos grupos étnicos. En general, tanto el equipo de entrevista como las personas entrevistadas valoraron positivamente las entrevistas de prueba. Se hicieron ligeros ajustes en la estructura de las entrevistas y en la aclaración de las preguntas de ejemplo.
Los temas abordados en las entrevistas con las madres incluían la historia de la violencia, la crianza durante y después de la violencia interparental y el apoyo percibido. A partir de los relatos de las madres, la violencia vivida se clasificó en dos categorías: (1) leve a moderada y (2) grave a muy grave. La violencia leve a moderada designa una violencia física esporádica que causa lesiones nulas o moderadas y una violencia psicológica moderada, como la humillación y el control. La categoría grave a muy grave designa una violencia física mensual, semanal o diaria que a menudo causaba lesiones graves, y una violencia psicológica grave, como el aislamiento, las humillaciones graves y el control total.
Los temas de las entrevistas con los hijos e hijas incluían la exposición a la violencia, el impacto de la violencia en el niño o la niña, la relación con sus progenitores, la perspectiva de futuro y el apoyo percibido. El lenguaje y el contenido de las entrevistas se adaptaron en las entrevistas con las personas más jóvenes.
Utilizamos una combinación de codificación descendente y ascendente para alcanzar la saturación (Bryman 2008), estableciendo así un sistema de codificación jerárquico que reflejara los objetivos de este estudio. A partir de estudios previos y de las listas de temas, establecimos un sistema central de codificación jerárquico, que ampliamos o adaptamos en caso necesario por inducción a partir del material de las entrevistas.
Utilizamos el programa informático (ATLAS.ti 1999) para codificar los fragmentos y analizar los datos. La codificación la realizó una persona del equipo de investigación. Para mejorar la fiabilidad, varias personas del equipo de investigación debatieron sobre la aplicación de los códigos, garantizando así una codificación adecuada y la saturación del libro de códigos. Fue un periodo intensivo, durante el cual el equipo debatió la coherencia en la aplicación de los códigos a fragmentos concretos de las entrevistas. Además, otras personas investigadoras del equipo supervisaron sistemáticamente la codificación para determinar si los fragmentos de las entrevistas se habían codificado de manera coherente y consecuente a lo largo de las distintas entrevistas.
Para evaluar las diferencias entre los relatos de las madres y los de su descendencia, imprimimos y comparamos los fragmentos codificados. Para el análisis, subdividimos los fragmentos en los relativos al periodo de violencia interparental y los relativos al periodo posterior. Los códigos principales para la exposición infantil a la violencia interparental son la exposición a la violencia interparental o, más concretamente, a la violencia ejercida por las figuras paternas y por las madres. Para el funcionamiento infantil, los códigos principales son los siguientes: maltrato infantil, conductas de afrontamiento y problemas de los hijos e hijas (problemas emocionales y de conducta). Los códigos principales para el funcionamiento parental son el clima del hogar y las dimensiones parentales de apoyo y control. Además, para todos los resultados discrepantes se realizaron análisis exploratorios para investigar su relación con la gravedad de la violencia y la edad del niño o la niña en el momento de la entrevista. Los patrones de discrepancia según el tipo de violencia y la edad solo se comentan en la sección de resultados cuando son evidentes; véase la tabla 2 para una visión general de todos los análisis. Cuando participaban varios hijos o hijas del mismo grupo de edad, primero comparamos sus relatos. No se observaron diferencias y sus relatos (agregados) se compararon con los relatos de sus madres. En dos familias, los dos hijos o hijas participantes no pertenecían al mismo grupo de edad. En estos casos, los análisis se realizaron por separado para la madre y la persona más joven y para la madre y la de mayor edad, lo que dio lugar a cifras ligeramente diferentes (n = 38 en lugar de n = 36; leve a moderada (n = 18), grave a muy grave (n = 20)) y edad en el momento de la entrevista [<16 (n = 23), ≥16 (n = 15)].
Tabla 2 — Resumen de las discrepancias entre los relatos de las díadas maternofiliales según el tipo de violencia [leve a moderada (n = 18), grave a muy grave (n = 20)] y la edad del hijo o la hija [<16 (n = 23), ≥ 16 (n = 15)] durante el periodo de violencia interparental
Discrepancias: porcentaje (n) de díadas maternofiliales, según el tipo de violencia y la edad del hijo o la hija.
En los resultados, se utilizan determinados términos para indicar cantidades (Sandelowski 2001). Pocos y raramente indican que algo se dio en menos del 20 % (n ≤ 7) de las personas participantes; varios y minoría se refieren a hechos que se repiten en entre el 20 y el 49 % (7 < n < 17) de las entrevistas, a menudo y mayoría entre el 50 y el 80 % (18 < n < 29), y muchos y con frecuencia se refieren a más del 80 % (n ≥ 29) de las entrevistas. En los resultados, las figuras paternas se designan como figuras paternas o como padres. Utilizamos citas de madres y de hijos e hijas para ilustrar los resultados, con información adicional sobre la persona entrevistada (p. ej., madre o hijo/hija, sexo, edad y origen étnico).
Aunque la muestra incluía personas entrevistadas de distintos orígenes étnicos, no incluimos la etnicidad como factor en los análisis debido al pequeño tamaño de los subgrupos. No obstante, el estudio más amplio del que procede nuestra submuestra señaló que las discrepancias entre los relatos de los distintos grupos étnicos en cuanto al funcionamiento parental e infantil eran insignificantes (Pels et al. 2010).
Evaluamos la exposición del hijo o la hija y el papel de la madre en la violencia interparental. En general, tanto las madres como sus hijos e hijas informaron con frecuencia de que la descendencia había estado expuesta a la violencia interparental. Sin embargo, identificamos diferencias entre los relatos de las madres y los de su descendencia en cuanto a la exposición a la violencia interparental en la mayoría de las díadas maternofiliales. En varios casos, los relatos de los hijos e hijas eran más precisos que los de sus madres. Las madres tendían a infravalorar las situaciones en las que su descendencia había sido testigo. Al parecer, los hijos y las hijas habían presenciado más violencia de lo que sus madres suponían.
Madre: Los niños nunca lo vieron [la violencia]. (27, neerlandesa)
Hija: Pasó en la cocina, empezó con insultos y luego él le pegó. (Chica, 14, neerlandesa)
Además, identificamos diferencias entre los relatos de las madres y los de su descendencia en cuanto a la violencia ejercida por las propias madres. Varios hijos e hijas mencionaron una violencia mutua, mientras que sus madres solo destacaban la violencia de su pareja. Esta discrepancia parecía darse sobre todo en las familias que habían vivido tipos de violencia leves a moderados y en menores de 16 años (tabla 2).
Madre: Se centraba [la violencia] realmente en mí. (32, indostaní)
Hijo: Mi padre pega, pero mi madre es mucho peor. Cuando empieza a gritar, todo el mundo la oye. (…) Cuando mi padre pedía dinero, oía a mi madre gritar e insultar a mi padre. Luego echaba a mi padre de casa. Mi madre pegaba a mi padre y mi padre pegaba a mi madre, pero él no podía con ella. Le tiene demasiado miedo. (Chico, 11, indostaní)
Evaluamos varios factores que podrían haber desencadenado o intensificado la violencia interparental. En primer lugar, muchas de las madres señalaron que los problemas de su pareja podrían haber alimentado sus conductas violentas. La mayoría de los hijos e hijas no hizo referencia a los problemas de sus figuras paternas, pero varios sí lo hicieron: «Creo que la violencia doméstica se debía en gran parte al alcoholismo de mi padre, porque cada vez que se ponía agresivo había bebido» (chica, 17, otro origen étnico). Dentro del grupo de violencia leve a moderada, unos pocos hijos e hijas eran más conscientes de los problemas de su padre de lo que sus madres habían indicado (tabla 2).
Madre: No nos pareció necesario contar la verdad sobre la adicción al juego de mi pareja.
Persona entrevistadora: ¿Tenía algún motivo concreto para no contarles la verdad a sus hijos?
Madre: Sí, creo que los niños no tienen por qué saber los errores de su padre (…). Él es muy importante para nosotros. (33, turca)
Hijo: No me parece normal que un hombre con dinero vaya a una cafetería. Eso ya es un problema.
Persona entrevistadora: ¿Qué crees que hace un hombre con ese dinero?
Hijo: Creo que juega. (Chico, 13, turco)
En segundo lugar, muchas madres señalaron que no habían percibido ningún apoyo por parte de sus familiares. Los familiares ignoraban, apoyaban o incluso perpetuaban la violencia de la pareja–«Si él iba a pegarme en el dormitorio, su madre entraba y cerraba la puerta para que no pudiera escapar, simplemente tiraba de la puerta» (madre, 41, marroquí). La mayoría de los hijos e hijas no mencionó este papel negativo de sus familiares. Sin embargo, unos pocos eran conscientes de la contribución negativa de sus familiares al contexto de violencia interparental– «Los habían casado a través de la familia. Mi padre no quería casarse con mi madre y mi madre pensaba que no tenía elección» (Chica, 22, indostaní).
Evaluamos varios aspectos del funcionamiento infantil durante el periodo de violencia interparental: el maltrato infantil, las conductas de afrontamiento, los sentimientos y los problemas de los hijos e hijas. Muchas de las madres y de sus hijos e hijas relataron episodios de maltrato infantil. Identificamos varios relatos discrepantes en cuanto al maltrato psicológico. Varias madres parecían subestimar, en comparación con su descendencia, el grado de maltrato verbal o físico ejercido por la figura paterna sobre los hijos e hijas. Además, varios hijos e hijas no describían en estos términos la conducta de su padre, aunque sus madres sí informaban de maltrato psicológico (p. ej., negligencia por parte del padre).
Madre: Él [el padre] no les daba nada, absolutamente nada. (56, surinamesa-antillana)
Persona entrevistadora: ¿Fuiste víctima de la violencia o estuviste implicada en ella?
Hija: Mm, no. (Chica, 21, surinamesa-antillana)
Esta discrepancia parecía darse con más frecuencia en las familias expuestas a una violencia leve a moderada que en las expuestas a una violencia grave a muy grave, y en menores de 16 años más que en hijos e hijas de mayor edad (tabla 2). En cambio, las discrepancias relativas al maltrato físico aparecían más en las familias expuestas a tipos de violencia graves a muy graves (tabla 2): varias madres informaban de niveles de maltrato físico ejercido por la figura paterna inferiores a los que relataban sus hijos e hijas.
Madre: Durante un tiempo, no le estaba permitido pegarme. Así que intentó pegar a mi hija. Pero le dije: ‘si la tocas, te mato a patadas.’
Persona entrevistadora: ¿Así que nunca le pegó?
Madre: Nunca tuvo ocasión de pegarle, porque se lo dije. Le dije: ‘Si tocas a mis hijos, me tocas a mí’. Así que no se atrevió. (35, marroquí)
Hija: Él, eh… siempre me pegaba. Cuando tenía unos seis años, había una araña en nuestra ducha. Y, eh… lo desperté y le pedí “¿podrías sacarla de la ducha, por favor?’, pero no quiso. Me eché a llorar y, eh… entonces se enfadó y me tiró de la nariz muy fuerte, tanto que empezó a sangrar. (Chica, 12, marroquí)
Una minoría de las díadas maternofiliales tenía relatos diferentes en cuanto a las conductas de afrontamiento del hijo o la hija. En general, los hijos e hijas relataban habitualmente que habían evitado las situaciones de violencia entre sus progenitores, sobre todo refugiándose en su habitación, a veces interviniendo o buscando ayuda externa. Varias madres relataban menos evitación de la violencia que su descendencia. Estas madres se centraban principalmente en las conductas de afrontamiento externalizantes de sus hijos e hijas (p. ej., proteger a su madre atacando a la figura paterna). En cambio, su descendencia destacaba la evitación de la violencia yéndose a su habitación o quedándose en la escuela.
Persona entrevistadora: ¿Así que sus hijos sí veían que él aporreaba la puerta?
Madre: Sí, cuando fueron más mayores, (…) abrían la puerta y decían: ‘¡Papá, fuera!’ (56, surinamesa-antillana)
Persona entrevistadora: Cuando había problemas, ¿qué hacías?
Hija: Ah, pues me iba. (Chica, 21, surinamesa-antillana)
En cuanto al impacto de la violencia interparental en los sentimientos de la descendencia, tanto las madres como sus hijos e hijas relataron con frecuencia que estos se habían sentido tristes, asustados o enfadados. No encontramos diferencias entre los relatos de las madres y los de su descendencia en cuanto a los sentimientos de los hijos e hijas.
Casi la mitad de las díadas maternofiliales mostró discrepancias entre los relatos en cuanto a los problemas de la descendencia. Varios hijos e hijas relataron haber tenido más problemas internalizantes de los que sus madres habían señalado. En primer lugar, varias madres subestimaban o no mencionaban los problemas internalizantes de sus hijos e hijas. En segundo lugar, unas pocas madres, sobre todo las expuestas a tipos de violencia leves a moderados (véase la tabla 2), relataban más problemas externalizantes que su descendencia.
Examinamos dos aspectos del funcionamiento parental durante el periodo de violencia interparental: el clima del hogar y el apoyo y el control parentales. En primer lugar, no encontramos discrepancias claras entre los relatos de las madres y los de su descendencia en cuanto al clima del hogar. Todas las madres y todos los hijos e hijas relataron haber percibido un clima de gran tensión, miedo o agitación durante el periodo de violencia interparental.
En cuanto a la crianza, las madres relataban con frecuencia que les había faltado tiempo o energía para apoyar y/o controlar adecuadamente a sus hijos e hijas. Varios de ellos no mencionaron cuestiones relativas a la crianza. En el grupo que sí lo hizo, identificamos varias discrepancias con los relatos de las madres. Unos pocos hijos e hijas eran más negativos en sus relatos que sus madres. Estos, expuestos principalmente a una violencia grave a muy grave (tabla 2), relataban niveles más altos de abreacción o de incoherencia entre los progenitores.
Madre: Lo que no estaba permitido no estaba permitido. No es que a los niños se les dejara hacer más si me lo pedían a mí o a su padre. Eso siempre ha sido una línea recta. (38, neerlandesa)
Persona entrevistadora: ¿Qué tipo de castigo recibías?
Hijo: Que tenía que quedarme en mi habitación cuando no estaba en la escuela. (…)
Persona entrevistadora: ¿Y qué pensaba tu madre de eso?
Hijo: No le gustaba; cuando mi padre se iba, me llamaba para que bajara. (Chico, 14, neerlandés)
En cambio, varios hijos e hijas parecían más positivos que sus madres en cuanto a la crianza. Estas madres hablaban principalmente de sus dificultades con la crianza, mientras que su descendencia destacaba la atención positiva que había recibido.
Madre: La crianza no fue bien. (…) Ni siquiera sabía lo que era criar, porque estaba luchando con mis propios problemas. (…) La verdad es que no le prestaba atención a mi hija en cuanto a crianza o educación. (42, turca)
Hija: No fallaron en nuestra educación; nos lo dieron todo. (chica, 19, turca)
La mayoría de las madres no convivía con una pareja en el momento de la entrevista. Llevaban viviendo solas entre 2 y 144 meses (M = 47.35, SD = 43.92). Varias madres convivían con una nueva pareja o con la misma. Aunque las madres ya no sufrían violencia interparental, la mayoría relataba que seguía teniendo problemas con su expareja. Por ejemplo, algunas exparejas acosaban a las madres contactándolas continuamente o presentándose en su casa. Otras no cumplían los acuerdos establecidos en relación con el cuidado de los hijos e hijas.
Investigamos de qué manera se había visto afectado el funcionamiento infantil (es decir, conductas de afrontamiento, sentimientos y problemas) después del periodo de violencia interparental. A menudo, las madres no mencionaban las conductas de afrontamiento de sus hijos e hijas tras el periodo de violencia interparental. Las pocas díadas maternofiliales en las que ambas partes hablaban del afrontamiento del hijo o la hija diferían en que las madres relataban que sus hijos e hijas habían pasado página, mientras que estos contaban que seguían trabajando para hacer frente a su pasado.
Varias madres no relataron nada sobre los sentimientos de sus hijos e hijas. Encontramos varias discrepancias entre las demás díadas maternofiliales (véase la tabla 3). Las madres en cuestión habían estado expuestas a menudo a una violencia grave a muy grave. En primer lugar, unas pocas madres no reconocían la ira de sus hijos e hijas hacia su padre. En segundo lugar, unas pocas madres hablaban de la ira o el miedo de su descendencia hacia la figura paterna o hacia la madre, mientras que sus hijos e hijas, sobre todo a partir de los 16 años, expresaban el miedo a que lo mismo volviera a ocurrirle a su madre o a que les ocurriera a ellos mismos más adelante en la vida.
Tabla 3 — Resumen de las discrepancias entre los relatos de las díadas maternofiliales según el tipo de violencia [leve a moderada (n = 18), grave a muy grave (n = 20)] y la edad del hijo o la hija [<16 (n = 23), ≥ 16 (n = 15)] después del periodo de violencia interparental
Discrepancias: porcentaje (n) de díadas maternofiliales, según el tipo de violencia y la edad del hijo o la hija.
Madre: Mi hija sentía que yo tenía que hacerme valer. (…) Ella nunca aceptará que un hombre la trate así. (49, indostaní)
Hija: Sí que te da miedo, porque empiezas a pensar, pero depende de tu hombre.
Persona entrevistadora: ¿Así que tienes miedo de que te pase lo mismo?
Hija: Sí. (Chica, 16, indostaní)
Las diferencias entre los relatos de las madres y los de su descendencia eran frecuentes en lo relativo a los problemas vinculados al periodo pasado de violencia interparental. En primer lugar, varias madres no reconocían la desconfianza de sus hijos e hijas hacia las personas en general o hacia los hombres en particular. Esta diferencia parecía darse con más frecuencia cuando los hijos e hijas tenían más de 16 años (tabla 3). En segundo lugar, varios hijos e hijas relataban niveles de parentificación más altos de los que sus madres habían indicado.
En cuanto al funcionamiento parental después del periodo de violencia interparental, examinamos el clima del hogar, el apoyo y el control. Aunque varias madres no hablaron del clima posterior al periodo de violencia interparental, otras madres y sus hijos e hijas relataban a menudo un clima más relajado o tranquilo en el hogar– «Cuando él se fue, sentí una especie de luz en mi casa y en mi vida» (madre, 37, surinamesa-antillana). Las díadas maternofiliales rara vez diferían en sus relatos sobre el clima del hogar. Unos pocos hijos e hijas, expuestos principalmente a tipos de violencia leves a moderados y menores de 16 años, destacaban una mayor intimidad entre madre e hijo o hija, mientras que sus madres solo mencionaban una mayor tranquilidad.
Madre: Ahora está más tranquilo. (40, turca)
Hija: Tenemos más tiempo la una para la otra y hacemos más cosas juntas; antes no queríamos hacer estas cosas. (chica, 18, turca)
Varias díadas maternofiliales relataban de manera diferente el apoyo y el control parentales. Varios hijos e hijas valoraban las conductas de crianza de sus madres de forma menos positiva que ellas. Estas madres contaban que se habían vuelto más fuertes como madres, mientras que sus hijos e hijas destacaban la falta de atención de sus madres hacia ellos. En cambio, unos pocos hijos e hijas, a menudo expuestos a una violencia más grave y menores de 16 años (tabla 3), relataban sobre la crianza de forma más positiva que sus madres.
El propósito del presente estudio es investigar las similitudes y diferencias entre los relatos de las madres y los de sus hijos e hijas en cuanto a la exposición infantil a la violencia interparental y a su impacto en el funcionamiento infantil y parental. Este estudio es necesario para ampliar el conocimiento sobre estas discrepancias y, en última instancia, para ofrecer un apoyo suficiente a las familias expuestas a la violencia interparental. Los estudios previos rara vez han examinado estas discrepancias. Sobre la base de la hipótesis del interés intergeneracional (Bengtson and Kuypers 1971; Giarrusso et al. 1995), el modelo estructural social (Risman and Park 1988; Shapiro 2004) y el modelo del contexto del sesgo atribucional (De Los Reyes 2011; De Los Reyes and Kazdin 2005), esperábamos que los relatos de madres e hijos e hijas difirieran debido a motivaciones, expectativas percibidas y atribuciones discrepantes. En resumen, los resultados revelaron discrepancias entre los relatos de las madres y los de su descendencia en cuanto a la exposición infantil a la violencia interparental y a su impacto en el funcionamiento infantil. Los relatos sobre el funcionamiento parental eran más similares. Además, el análisis exploratorio indicó que las discrepancias estaban a menudo relacionadas con la gravedad de la violencia y, en menor medida, con la edad de los hijos e hijas.
Encontramos discrepancias entre los relatos de las madres y los de su descendencia en cuanto a la exposición a la violencia interparental. Los hijos e hijas relataban más violencia de la que sus madres suponían, así como más violencia de las madres hacia los padres que la que relataban sus madres. Estos resultados concuerdan con estudios previos que muestran que los progenitores tienden a subestimar o a no advertir la exposición de su descendencia a la violencia interparental (p. ej., Margolin and Gordis 2004). Por ejemplo, los progenitores pueden no ser conscientes de la presencia de sus hijos e hijas, porque estos se escondían o fingían dormir (Holden 2003). No obstante, sobre la base de la hipótesis del interés intergeneracional y del modelo estructural social, el desacuerdo entre madres y descendencia sobre la exposición a la violencia interparental podría explicarse por discrepancias intergeneracionales en cuanto a motivaciones y expectativas. Por ejemplo, los progenitores esperan que sus hijos e hijas no estén expuestos a la violencia interparental. Quieren protegerlos (Peled and Gil 2011). Pese a ello, la impotencia que experimentan, unida a las expectativas percibidas de la sociedad en materia de crianza, podría llevar a las madres a pasar por alto la exposición de su descendencia a la violencia, así como su propia contribución a esa violencia. Dicho de otro modo, la infravaloración de la exposición infantil a la violencia puede deberse en parte a las expectativas sociales (Risman and Park 1988; Shapiro 2004). El mayor nivel de violencia mutua en los relatos de los hijos e hijas en comparación con los de las madres también podría explicarse mediante el modelo del contexto del sesgo atribucional (De Los Reyes and Kazdin 2005; De Los Reyes 2011). Es posible que los hijos e hijas relaten más violencia mutua que sus madres porque atribuyen las causas de la violencia interparental a la disposición de su madre. Llamativamente, esta discrepancia parecía darse con más frecuencia cuando la violencia del padre era menos grave y cuando los hijos e hijas eran más jóvenes. Una explicación podría ser que la violencia del padre eclipsa más la de la madre cuanto más grave es. Además, suponiendo que tienen una historia más larga de exposición a la violencia entre sus progenitores, los hijos e hijas de más edad podrían tender a relativizar más la parte de su madre en la violencia que quienes son más jóvenes.
En cuanto al funcionamiento infantil, madres e hijos e hijas relataban de manera diferente el impacto de la violencia interparental. La descendencia relataba más maltrato físico y menos maltrato psicológico que sus madres. Esto concuerda con un estudio previo que también encontró altos niveles de desacuerdo entre los informes de las madres y los de su descendencia en cuanto al maltrato infantil. Las madres informaban de una violencia física menos grave, más agresión psicológica y más negligencia que sus hijos e hijas (Chan 2012). Las discrepancias entre los relatos de madres y descendencia en cuanto a la violencia física o psicológica también pueden estar asociadas a los motivos de la madre y a las expectativas sociales percibidas sobre las buenas conductas de crianza. Además, los niveles más altos de discrepancia en las familias expuestas a tipos de violencia graves a muy graves, en comparación con las familias expuestas a tipos de violencia leves a moderados, podrían explicarse por los niveles más altos de estrés y conflicto familiar en estas familias (Grills and Ollendick 2003). Las diferencias en los relatos sobre la violencia psicológica podrían deberse a discrepancias entre madres e hijos e hijas en la comprensión de la conducta parental. Es posible que a la infancia de menor edad le cueste más reconocer la violencia psicológica como violencia, lo que podría explicar por qué los relatos maternofiliales sobre la violencia psicológica eran más discrepantes con los hijos e hijas más jóvenes que con los de mayor edad. El maltrato psicológico infantil también podría ser más sutil en las familias expuestas a una violencia leve a moderada. Esto podría explicar que la discrepancia entre madre e hijo o hija fuera más evidente en estas familias. Además, la descendencia relataba más conductas de afrontamiento evitativas, más problemas internalizantes y menos problemas externalizantes que los que aparecían en los relatos de sus madres. Esto concuerda en general con estudios previos sobre los problemas de conducta infantiles. A los progenitores les resulta difícil reconocer los problemas internalizantes, ya que a menudo no son claramente visibles (p. ej., Sourander et al. 1999). Esto también podría explicar las discrepancias entre los relatos en cuanto a las conductas de afrontamiento evitativas. Además, los relatos discrepantes sobre los problemas externalizantes de la descendencia podrían explicarse según el modelo del contexto del sesgo atribucional. Podría ser que los hijos e hijas tiendan a atribuir las causas de sus problemas al contexto, mientras que las madres tienden a destacar las disposiciones de su descendencia. Que esta discrepancia se dé menos en situaciones de violencia más grave podría explicarse por el hecho de que las madres esperan más agresividad —transmisión intergeneracional de la violencia— en ese contexto (p. ej., Pels et al. 2010).
A diferencia de la exposición y el funcionamiento infantiles, identificamos menos diferencias entre los relatos de madres y descendencia en cuanto al impacto de la violencia interparental en el funcionamiento familiar. Los niveles más altos de acuerdo entre madres e hijos e hijas podrían explicarse por el menor riesgo de sesgo atribucional, dado que tanto progenitores como descendencia ocupan el lugar de actor en las situaciones de funcionamiento familiar.
Por último, es importante subrayar que las discrepancias entre los relatos de madres y descendencia parecían más frecuentes en relación con el periodo de violencia interparental que con el periodo posterior. El nivel de estrés durante el periodo de violencia interparental podría explicar esta diferencia. Un clima estresante podría haber limitado la sensibilidad de la madre hacia los demás miembros de la familia, aumentando así las discrepancias entre los relatos de los miembros de la familia (Shek 1998). Del mismo modo, las discrepancias entre los informes de progenitores y descendencia se asocian a niveles elevados de estrés y conflicto familiar (Grills and Ollendick 2003). En la mayoría de las familias del presente estudio, el estrés y el conflicto familiar habían sido más evidentes durante el periodo de violencia interparental que después.
Este estudio contribuye a la todavía limitada base empírica sobre las diferentes percepciones de hijos e hijas y progenitores acerca de sus experiencias con la violencia interparental y de la influencia de esa violencia en el funcionamiento infantil y parental. Comprender estas perspectivas discrepantes es sumamente importante para la prevención, la evaluación y el tratamiento de la violencia interparental y de sus consecuencias en el desarrollo infantil. Cuando profesionales y personas no profesionales son más conscientes de los relatos discrepantes, la evaluación del riesgo puede realizarse antes y mejor para garantizar la seguridad del niño o la niña y ofrecer un apoyo suficiente. El uso de entrevistas abiertas en profundidad sobre la violencia interparental contribuyó a obtener información rica sobre las experiencias de violencia interparental de los miembros de la familia y sobre las discrepancias entre las madres y su descendencia expuesta a esa violencia.
Pese a estas ventajas, cabe señalar que las personas participantes diferían en cuanto al tiempo transcurrido desde que se produjo la violencia interparental. Cabe esperar que los relatos sobre una violencia interparental ocurrida unos meses antes difieran de los relatos sobre hechos de varios años atrás. Además, aunque examinamos patrones según la gravedad de la violencia y la edad de los hijos e hijas en el momento de la entrevista, hay que mencionar que estos análisis exploratorios se basaron en muestras muy pequeñas. Asimismo, los acentos de las entrevistas con las madres y con la descendencia diferían a veces (más centrados en la violencia en las entrevistas con las madres y en la influencia de la violencia en el funcionamiento infantil en las entrevistas con los hijos e hijas). Esto se debió en gran medida al enfoque de entrevista abierta y a la adaptación de las entrevistas a las historias de las personas entrevistadas. No obstante, ello podría haber dado lugar a una infravaloración o a una sobrevaloración de las discrepancias entre los relatos de madres y descendencia. Además, limitó las posibilidades de explorar las dinámicas subyacentes que explican las discrepancias.
Nuestro estudio ha aportado una comprensión de aspectos importantes de las similitudes y discrepancias en los relatos sobre el funcionamiento parental e infantil en el contexto de la violencia familiar. Idealmente, los estudios futuros deberían incluir diseños de investigación cuantitativos y muestras representativas de la población, con el fin de mejorar la fiabilidad cuantitativa y la generalizabilidad de los resultados. Sin embargo, esto podría resultar difícil, sobre todo debido a los problemas asociados al reclutamiento de personas que han vivido violencia interparental y a la sensibilidad del tema. No obstante, invertir en una empresa así es importante, ya que podría contribuir a crear una base más sólida para mejorar los servicios sociales y de asistencia destinados a las familias afectadas.
El mayor conocimiento de las discrepancias entre los relatos de las madres y los de su descendencia en cuanto a la exposición a la violencia interparental mejora la comprensión de las complejas dinámicas familiares y de la posible influencia de la edad de los hijos e hijas y de la gravedad de la violencia. Esto tiene implicaciones para el desarrollo de estrategias eficaces de apoyo a madres e hijos e hijas que han sido víctimas de violencia interparental. Nuestros resultados sugieren la necesidad de incluir a varias personas informantes en el cribado clínico y en los programas de intervención para obtener información completa sobre el impacto de la violencia interparental. En los Países Bajos, un ejemplo de buena práctica es un tratamiento paralelo para progenitores e hijos e hijas (Berger et al. 2004). Además, tanto las madres como su descendencia relataron que las madres habían tenido dificultades con la crianza durante y después del periodo de violencia interparental. Por ello, es importante ofrecerles apoyo a la parentalidad, también para que tomen mayor conciencia de las consecuencias de la violencia interparental en el funcionamiento de sus hijos e hijas (Pels et al. 2010).
En resumen, el presente estudio pone de relieve las similitudes y discrepancias entre los relatos de madres y descendencia en cuanto a la exposición a la violencia interparental y a su impacto. El estudio indica que la gravedad de la violencia interparental y la edad de los hijos e hijas podrían influir en estos relatos discrepantes. Los estudios futuros y los contextos clínicos deberían prestar más atención a estas cuestiones, con el fin de mejorar la comprensión de las complejas dinámicas familiares en el contexto de la violencia familiar y, en última instancia, ofrecer un apoyo suficiente.
Complexe Systémique: puntos clave
El valor de este estudio es que trata el desacuerdo entre una madre y su hijo o hija no como un error que corregir, sino como una información sobre el sistema familiar. Cada cual habla desde su propia posición: la madre, que intentó proteger y se enfrenta a las expectativas sociales sobre la «buena madre», tiende a subestimar lo que su hijo o hija vio y lleva en silencio; la descendencia describe más exposición, más maltrato físico, más evitación, desconfianza y parentificación. Para la práctica clínica, la consecuencia es sencilla y exigente: no evaluar nunca al niño o la niña únicamente a través del relato de su madre o su padre, recibirle por derecho propio y acoger las discrepancias sin convertirlas en un juicio contra la madre. La mención por parte de algunos hijos e hijas de una violencia «mutua» exige una lectura cuidadosa que no diluya las cuestiones de responsabilidad y de seguridad. Los límites son los de una pequeña muestra neerlandesa, procedente en gran parte de familias migrantes, de unos análisis exploratorios con efectivos muy reducidos y de la ausencia de la voz de los padres. Para leer junto con el modelo integrado de la relación madre-hijo/a en contextos de violencia de pareja y el artículo sobre cómo la infancia cuenta o calla la violencia doméstica.
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Traducción no oficial al español de Interparental Violence: Similarities and Discrepancies Between Narratives of Mothers and Their Children, de Floor Barbera van Rooij, Winneke Aalken van der Schuur, Majone Steketee, Jodi Mak y Trees Pels, Journal of Child and Family Studies, vol. 24, n.o 11 (2015), doi: 10.1007/s10826-015-0137-3, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (traducción, tablas presentadas como listas). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Este es el artículo original «Interparental Violence: Similarities and Discrepancies Between Narratives of Mothers and Their Children», publicado en Journal of Child and Family Studies (2015) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción no oficial de Complexe Systémique, realizada con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página: prevalece el texto original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
van Rooij, F. B., van der Schuur, W. A., Steketee, M., Mak, J., et Pels, T. (2015). Interparental Violence: Similarities and Discrepancies Between Narratives of Mothers and Their Children. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/interparental-violence-similarities-and-discrepancies-between-narratives-of-mothers (Obra original publicada en 2015 en Journal of Child and Family Studies, 24(11), 3350-3362 (2015); republicada en 2015 por Journal of Child and Family Studies, https://link.springer.com/article/10.1007/s10826-015-0137-3)
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