Traducción asistida por IA

Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

Journal of Marital and Family Therapy · Terapia familiar

Transformar siete formas de dolor relacional

¿Por qué sufre una familia? En lugar de nombrar un trastorno, el equipo del Calgary Family Therapy Centre, en torno a Joaquín Gaete-Silva y Karl Tomm, busca la esperanza relacional que choca con un «no puedo». El equipo distingue siete formas de dolor relacional, de juzgar mal a malograr el duelo, y propone para cada una preguntas reflexivas que ayudan a una familia a recuperar las relaciones que prefiere.

Autoría Joaquín Gaete-Silva y Karl Tomm (University of Calgary y Calgary Family Therapy Centre, Canadá); Inés Sametband (Department of Psychology, Mount Royal University, Calgary); Sumerlee Samuels (Calgary Family Therapy Centre)Primera publicación Journal of Marital and Family Therapy, 16 de junio de 2025Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de Transforming Seven Kinds of Relational Pain, de Joaquín Gaete-Silva, Karl Tomm, Inés Sametband y Sumerlee Samuels, publicado en Journal of Marital and Family Therapy (Wiley) (2025), doi: 10.1111/jmft.70043, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

El dolor surge cuando percibimos una discrepancia entre nuestros «debería» relacionales y nuestra capacidad de hacerlos realidad.

Joaquín Gaete-Silva, Karl Tomm, Inés Sametband y Sumerlee Samuels

Resumen

La terapia Bringforthist amplía las prácticas sistémicas de la entrevista interventiva y aplica el enfoque relacional del IPscope. Desarrollamos estos marcos y destacamos su sensibilidad a las necesidades de los miembros de la familia, configuradas localmente, a través de las nociones de preferencias relacionales y dolor relacional. Las preferencias relacionales remiten a las expectativas normativas de los miembros de la familia sobre sus relaciones (los «debería» de la relación), mientras que el dolor relacional remite a sus vivencias de esperanzas no cumplidas respecto de sus preferencias relacionales culturalmente situadas (los «no puedo» de la relación). Distinguimos siete variantes de preferencias no realizadas, agravadas por distintos patrones patologizantes de interacción interpersonal. Las denominamos las siete «M» del dolor relacional, por sus iniciales en inglés: juzgar mal (misjudging), desalinear (misaligning), desconocer (misrecognizing), apropiarse indebidamente (misappropriating), maltratar (mistreating), desconfiar (mistrusting) y malograr el duelo (misgrieving). Analizamos cada una de ellas en relación con siete «R» correspondientes que podrían hacer surgir la sanación relacional, a saber: reevaluar, realinear, reconocer, reapropiarse, revelar, reconciliar y re‐cordar. Además, esbozamos patrones de interacción prototípicos para ilustrar cómo podrían abordarse estas distintas formas de dolor.

Quienes ejercen la terapia desde la terapia Bringforthist (Tomm et al. 2025) conciben a las personas como seres que responden a otras personas significativas en interacciones pautadas que traen a la mano sus mundos sociales (p. ej., valores, roles, prácticas), los cuales, de manera recursiva, las traen a la mano a ellas como participantes inmersas en relaciones en curso. Esta comprensión interactiva se extiende tanto a la relación entre terapeuta y familia como a las relaciones entre los miembros de la familia. Así, en lugar de imponer visiones normativas sobre cómo ser una buena familia, la terapia Bringforthist da prioridad a prácticas terapéuticas sintonizadas con las formas singulares de dolor relacional de cada familia, que entendemos influidas por esperanzas relacionales configuradas localmente.

1 Dolor relacional = esperanza + no puedo

Las personas suelen acudir a terapia de pareja y de familia para abordar algún tipo de dificultad relacional: algo ha ocurrido u ocurre en su relación o sus relaciones que les hace un daño profundo. Calificamos ese dolor de relacional para distinguirlo del dolor físico y lo delimitamos como el tipo de malestar que lleva a las personas a buscar formas relacionales de terapia (p. ej., terapia familiar, psicoterapia) en lugar de fisioterapia. A veces, los tipos de dolor que surgen de heridas relacionales se denominan dolor mental o dolor emocional. Esta interpretación tiende a privilegiar un enfoque individualizador en la comprensión de la experiencia humana. Aunque el dolor lo sienten las personas individualmente, hablamos de dolor relacional para subrayar que (a) surge de relaciones con alguien o algo que les importa profundamente (p. ej., valores configurados culturalmente); y (b) las personas entienden su dolor como algo que implica dificultades relacionales, obstáculos para realizar sus esperanzas.

Pensemos en una madre o un padre que acude a terapia porque le preocupa que su hijo o hija muestre demasiada agresividad. Para que la agresividad se viva como relacionalmente dolorosa, es necesario (a) que se evalúe a la luz de una esperanza implícita como «las personas deberían comportarse con respeto, de forma prosocial». En otras palabras, cuando alguien percibe una discrepancia entre una esperanza relacional (p. ej., la expectativa normativa de que un niño o una niña debería mostrar respeto hacia los demás) y la experiencia real (p. ej., «no tiene ningún respeto y muestra demasiada agresividad»), es probable que viva un dolor relacional. Para que este dolor se convierta en candidato a una terapia relacional, imaginamos que la madre o el padre tiene alguna comprensión prefigurativa de (b) ciertos obstáculos relacionales aún por conocer que pueden estar impidiendo que su hijo o hija se comporte de forma prosocial (p. ej., «a mí no me hace caso, quizá con usted se abra y escuche… quizá pueda desarrollar alguna habilidad… o yo podría aprender estrategias para ayudarle a tratar a los demás con respeto»).

Los aspectos relacionales del dolor mental suelen minimizarse en las formas culturalmente dominantes de entender el dolor y el sufrimiento en las profesiones de la salud mental. Por ejemplo, en manuales psiquiátricos como el DSM, el dolor mental se considera a menudo síntoma de un síndrome o trastorno mental subyacente (American Psychiatric Association 2013). En algunos círculos, este discurso promueve concepciones de las preocupaciones de salud mental, como los problemas de conducta (p. ej., agresividad, desafío, trampas, mentiras, autolesiones y conducta suicida) o los problemas emocionales (p. ej., ansiedad, depresión, cuestiones de identidad de género y cuestiones relacionadas con el trauma), como algo que existe bajo la piel de una persona y que hay que reparar: «una alteración clínicamente significativa… que refleja una disfunción de los procesos psicológicos, biológicos o del desarrollo que subyacen a la función mental» en un individuo (American Psychiatric Association 2013, p. 14). Estas formulaciones tienden a pasar por alto que esos (así llamados) síntomas‐de‐disfunción‐individual a menudo resultan perturbadores o dolorosos para otras personas (Gaete‐Silva and Gaete 2021). Además, quienes padecen esa perturbación suelen responder con juicios que engendran más dolor en los demás, y más conducta perturbadora. Al hacer surgir ese dolor como relacional, esperamos ofrecer una lente sistémica para apreciar tanto cómo puede formularse el concepto de dolor en términos interpersonales como de qué modo ese dolor puede mantenerse, o desmontarse, mediante determinadas formas de relacionarse.

Entendemos que el dolor relacional surge de la experiencia de no recibir suficiente amor, de ser objeto de indiferencia, menosprecio o negación por parte de otras personas significativas. Parafraseando a Maturana, la vida duele allí donde no se nos ve (Amiguet 2005). En el plano vivencial, varios tipos de dolor relacional pueden expresarse lingüísticamente con frases del tipo «no puedo…» (Gaete and Gaete 2021), lo que implica que existe una esperanza que concierne a otras personas significativas y que no puede realizarse. Puesto que el «no puedo» implica deseos no cumplidos dentro de relaciones significativas, inferimos una «esperanza relacional» subyacente, una fuerte preferencia por algo mejor en la relación y no un deseo trivial. Estas esperanzas pueden verse como valoraciones éticas, normativas y culturalmente situadas sobre cómo aspiran las personas a vivir su vida (Gaete, Sametband, et al. 2018; Taylor 1985); algo que sienten que «deberían» tener, hacer o ser en relación con otras personas significativas. Por supuesto, dado que con frecuencia interiorizamos o adoptamos las perspectivas que otras personas significativas tienen sobre nosotros, las esperanzas relacionales pueden subyacer al dolor de las personas sin necesidad de que la otra persona esté realmente presente. El dolor surge cuando percibimos una discrepancia entre nuestros «debería» relacionales y nuestra capacidad de hacerlos realidad. Dicho de forma sencilla: dolor relacional = esperanza + no puedo.

Nombrar una conducta problemática, como la agresividad, no nos dice gran cosa sobre lo que podría estar provocándola. Puede que un niño o una niña muestre agresividad (o «no pueda ser tan prosocial como debería») porque siente que algo o alguien le oprime. O puede que esté viviendo una pérdida inconsolable. O bien la agresividad puede ser el resultado de la falta de oportunidades para aprender a manejar la frustración y regular sus emociones. O quizá sea el resultado de alguna forma de abuso que no se ha abordado.

En lugar de etiquetar distintos tipos de conductas problemáticas, síndromes o trastornos mentales, en este artículo distinguimos siete formas de dolor relacional subyacente. No las consideramos exhaustivas; simplemente las ofrecemos como presentaciones habituales del dolor en nuestro contexto de práctica terapéutica. Nuestra comprensión del dolor como relacional es un pilar de la terapia Bringforthist tal como se ha desarrollado en el Calgary Family Therapy Centre. Hemos llegado a ver que nombrar estos dolores señala oportunidades para hacer surgir distintos patrones de práctica terapéutica que aborden cada uno de ellos de forma específica. Dos marcos importantes sostienen este proceso en la terapia Bringforthist: la entrevista interventiva y el IPscope. Repasamos brevemente cada uno de ellos para ofrecer un contexto a algunas de nuestras prácticas recientes de deconstrucción del dolor relacional y de co‐construcción del bienestar relacional.

2 Entrevista interventiva y preguntas reflexivas

En una serie de artículos sobre la entrevista interventiva, Tomm (p. ej., 1987) planteó que ciertas preguntas podían ser terapéuticas no porque generen insight en los miembros de la familia, sino porque ayudan a trazar distinciones reflexivas sobre las esperanzas relacionales. Estas distinciones ofrecen maneras de entender sus relaciones que no solo las describen, sino que además las configuran en el sentido preferido, y permiten a los miembros de la familia «generar o generalizar por sí mismos patrones constructivos de cognición y de conducta» (1987, p. 4).

Para ilustrar las preguntas reflexivas, Tomm (1987) relató una sesión de terapia con una familia que consultaba porque varios de sus hijos e hijas se quejaban sin cesar de que su padre era demasiado agresivo en su manera de ejercer la paternidad. La persona terapeuta planteó a la fratría una pregunta reflexiva sobre los efectos que una hipotética ausencia de la madre podría tener en la relación con ese padre supuestamente tiránico. La pregunta activó la imaginación de la fratría (p. ej., «seguramente nos ayudaría a cocinar y con los deberes»), después recuerdos ad hoc de su relación pasada (p. ej., «como aquella vez que…») y, por último, una actitud presente de ver a su padre como cariñoso, hasta el punto de que empezaron a defenderlo. Según Tomm (1987), la pregunta reflexiva acabó «interrumpiendo el proceso maligno de la culpabilización [y permitiendo que] la fratría “hiciera surgir” una interpretación de su padre como un progenitor que cuida» (p. 1). Esto pareció tener un efecto sanador, ya que abrió espacio para hacer realidad una manera preferida de relacionarse con su padre.

Tomm (1987) calificó estas preguntas reflexivas de interventivas, es decir, «formuladas con la intención de facilitar la autosanación» (p. 4) dentro del sistema familiar. Para evitar especular sobre las intenciones de quien ejerce la terapia, Gaete, Couture, et al. (2018) redefinieron más recientemente las preguntas reflexivas en función de sus efectos relacionales observables. En concreto, estas preguntas permiten co‐construir entre los miembros de la familia comprensiones preferidas de sus relaciones (p. ej., una crianza nutricia preferida frente a una crianza tiránica). En otras palabras, las preguntas reflexivas pueden ayudar a las personas consultantes a cambiar la manera de ver y de hacer sus relaciones en un sentido preferido por todas las partes, transformando así el dolor relacional en bienestar relacional (Gaete, Sametband, et al. 2018, 2021).

3 El IPscope (PIP, HIP, WIP, TIP, SCIP y DIP)

Como complemento del marco de la entrevista interventiva, Tomm et al. (2014) desarrollaron el IPscope (Interpersonal‐Pattern‐scope) para evaluar las influencias relacionales que se autoperpetúan, o patrones interpersonales (IP, por sus siglas en inglés), constituidos por invitaciones mutuas que mantienen bien el dolor relacional, bien el bienestar relacional. Lo que convierte estas invitaciones en patrones que se autoperpetúan es que forman acoplamientos que se desencadenan mutuamente. Por ejemplo, las prácticas de culpabilización de un hijo o una hija pueden desencadenar prácticas de negación en el padre, que a su vez desencadenan más culpabilización, lo que provoca más negación, y así sucesivamente, estableciendo y manteniendo un patrón interpersonal patologizante (PIP) arraigado en el proceso maligno de la culpabilización. Se considera que estos patrones de interacción de culpabilizar acoplado a negar perpetúan el dolor relacional (Tomm et al. 2014).

Frente a estos patrones negativos, las prácticas de reconocimiento acopladas a prácticas de aprecio constituyen un patrón interpersonal sanador (HIP) positivo, que podría ofrecer una especie de antídoto contra el dolor relacional del PIP antes mencionado. Estos patrones interpersonales (IP) respectivos pueden estabilizarse aún más al acoplarse con esperanzas relacionales configuradas por ideas localmente poderosas o patrones interpersonales socioculturales (SCIP) que alimentan esas prácticas. Por ejemplo, una expectativa como «los padres no deberían ser tiránicos con sus hijos» podría activar objeciones a prácticas paternas distinguidas o vividas como tiránicas, intensificando así los juicios que alimentan el PIP de culpabilizar acoplado a negar de una familia y amplificando el dolor relacional que lo acompaña. Por otro lado, posicionar al padre como «alguien que cuida», de una manera que encaje con las esperanzas relacionales locales, puede alimentar el HIP de reconocer acoplado a apreciar de una familia. Con el tiempo, este HIP puede estabilizarse más y evolucionar hacia una manera más amplia de interactuar que realice más plenamente las esperanzas relacionales de la familia, es decir, un patrón interpersonal de bienestar o WIP, como un cuidado parental cálido acoplado a que hijos e hijas honren el apoyo parental.

Las propias preguntas reflexivas pueden utilizarse para interrumpir patrones relacionales dolorosos (p. ej., PIP), abriendo así espacio para la aparición de patrones preferidos (es decir, HIP y WIP). Al aplicar el marco del IPscope, el proceso interactivo de interrumpir PIP dolorosos y/o promover el alivio mediante HIP se distingue como un TIP o patrón interpersonal transformador (Tomm et al. 2014). Un TIP genérico en la terapia Bringforthist puede describirse como terapeuta que formula preguntas reflexivas acoplado a miembros de la familia que aclaran maneras preferidas de relacionarse (lo que podría facilitar que los miembros de la familia se recoordinen de esas maneras preferidas y entren así en un HIP). Desde esta perspectiva, los TIP se convierten en el sello distintivo de los procesos conversacionales que pueden llamarse terapéuticos. En consecuencia, los TIP se han definido como patrones de relación mediante los cuales terapeutas y personas consultantes coordinan las esperanzas relacionales de la familia (Gaete et al. 2021).

La figura 1 representa algunas conexiones posibles entre estos distintos IP en un diagrama IPscópico genérico para ilustrar los movimientos dinámicos dentro de un sistema de relaciones. Las flechas en arco reflejan invitaciones relacionales mutuas y la barra central indica su complementariedad. La figura incluye también un ejemplo de posible patrón interpersonal de deterioro (DIP) de quejarse acoplado a justificarse, que podría propiciar una recaída en el PIP original de esta serie de ejemplos, así como posibles SCIP (p. ej., ideas normativas sobre la crianza) que influyen en estos IP. Preferimos dibujar los acoplamientos en vertical cuando puede haber un diferencial de poder entre los componentes conductuales de los IP (p. ej., en la mayoría de los PIP, HIP, TIP y DIP), y en horizontal cuando la complementariedad es fluida y sin fisuras (p. ej., en los WIP). Los SCIP tienden a quedar en segundo plano e influyen en los IP con mayor o menor intensidad según la situación. Aunque toda familia pasa en algún momento de su vida en común por todos estos tipos de IP, las familias prefieren (por definición) pasar la mayor parte del tiempo de acuerdo con sus propias esperanzas relacionales (representadas por los HIP y WIP del lado derecho del diagrama; en Tomm et al. 2014 puede consultarse una descripción completa del IPscope).

Plantilla IPscópica que ilustra los movimientos entre distintos IP. Nota: esta figura incluye seis categorías de patrones interpersonales: patrones interpersonales patologizantes (PIP), de deterioro (DIP), transformadores (TIP), sanadores (HIP), de bienestar (WIP) y socioculturales (SCIP).
Figura 1. Plantilla IPscópica que ilustra los movimientos entre distintos IP. Nota: Esta figura incluye seis categorías de patrones interpersonales: patrones interpersonales patologizantes (PIP), patrones interpersonales de deterioro (DIP), patrones interpersonales transformadores (TIP), patrones interpersonales sanadores (HIP), patrones interpersonales de bienestar (WIP) y patrones interpersonales socioculturales (SCIP).

4 Siete «M» del dolor relacional y siete «R» para la recuperación

Hemos diferenciado siete tipos de dolor relacional —juzgar mal, desalinear, desconocer, apropiarse indebidamente, maltratar, desconfiar y malograr el duelo—, que entendemos sostenidos por distintos acoplamientos relacionales. Aunque estas formas de dolor son cualitativamente diferentes, a menudo se solapan, y a veces varios tipos de dolor contribuyen a una misma situación. Así, la prominencia de una forma de dolor puede desplazarse hacia otra a medida que se despliegan los matices de la interacción. Al mismo tiempo, sin embargo, tenemos la impresión de que la mayoría de las personas viven estas formas de dolor relacional de manera similar, a saber, como el hecho de quedar atrapadas en un dilema del tipo «debería… pero no puedo». Este dilema se mantiene por un PIP continuo o intermitente en el que están inmersas las personas que interactúan. Ambas partes suelen vivir un dolor importante, pero el grado de sufrimiento varía según la situación y el diferencial de poder entre las personas que participan en el PIP. Como punto de partida, solemos empezar atendiendo al dolor más intenso, que tiende a vivir la parte más desfavorecida.

Utilizamos el pronombre de primera persona del singular («yo») para destacar el aspecto vivencial del dolor relacional (no para indicar que vemos el dolor como un fenómeno individual). Reconocemos que el dolor se entiende habitualmente como algo que ocurre «en» los individuos. Por emplear una formulación habitual de Wittgenstein, tal es la «gramática» del dolor (Wittgenstein 1953): algo que «siente» alguien que lo «experimenta», lo cual corresponde prototípicamente a un individuo. Aunque nos sumamos a esas formas de comprensión corriente y las respetamos, las cuestionamos de maneras terapéuticas e invitadoras. Como terapeutas familiares de orientación sistémica, celebramos la invitación de Minuchin et al. (2007) a pasar del síntoma al sistema. Partiendo del síntoma del dolor relacional, identificamos siete descripciones sistémicas que surgen de enunciados en primera persona con la raíz común «debería… pero no puedo porque…». Estos enunciados vivenciales corresponden a cada uno de estos tipos de dolor relacional:

  • Debería ser capaz de hacer más, pero no puedo porque soy un fracaso.
  • Debería comportarme como es debido, pero no puedo porque no sé cómo.
  • Debería aceptar a la otra persona, pero no puedo porque me parece que está mal.
  • Debería tomar mis propias decisiones, pero no puedo porque me están oprimiendo.
  • Debería defenderme, pero no puedo porque no tengo ningún poder.
  • Debería poder confiar, pero no puedo porque me hicieron demasiado daño.
  • Debería seguir adelante con mi vida, pero no puedo porque he perdido algo muy querido para mí.

Desde un punto de vista bioecológico (Bronfenbrenner and Morris 2006), interpretamos estos enunciados del tipo «no puedo porque…» como expresiones de una discapacidad relativa (Gaete and Gaete 2021). Indican que las personas llegan a vivir sus esperanzas como obstaculizadas por ciertas barreras relacionales. Puede que las personas no sean plenamente conscientes de esos obstáculos ni de las esperanzas relacionales correspondientes que estos obstaculizan; pero son muy conscientes del dolor que sienten cuando algo no está bien para ellas. La relación esperada puede verse como implícita en el tipo de dolor que sienten.

Fue durante un proceso dialógico entre terapeutas de plantilla y en formación del CFTC, en las reuniones de Research As Daily Practice (George et al. 2015), cuando empezamos a identificar distintas formas de dolor relacional. Lo hicimos reflexionando sobre nuestro propio desasosiego como terapeutas al abordar las diversas preocupaciones que nos presentaban familias en dificultades. Un primer enfoque centrado en conductas perturbadoras habituales en los sistemas familiares (p. ej., la agresividad) nos llevó a formular el dolor de desalinear como «no puedo (comportarme mejor) porque no sé cómo». Esta formulación orientaba la terapia a invitar a toda la familia a aprender habilidades concretas que parecían valiosas para todos sus miembros (p. ej., cómo manejar la frustración con más eficacia). Sin embargo, cuando la perturbación parecía ligada a identidades importantes (p. ej., neurodivergente, trans, multicultural), parecía más coherente y eficaz fomentar la aceptación que el cambio. Esto último condujo a la formulación «debería aceptar, pero no puedo porque me parece que está mal», que denominamos desconocer. Seguimos articulando otros tipos de dolor mediante formulaciones similares y nos detuvimos en siete, sobre todo porque nuestro objetivo era esbozar «especímenes» de dolor relacional frecuentes y fáciles de reconocer para guiar nuestra práctica con estas familias, no crear una lista exhaustiva de todos los tipos posibles de dolor.

En consecuencia, vamos a dilucidar siete tipos de dolor relacional y a esbozar para cada uno un PIP prototípico que lo sostiene, un HIP posible que podría desplazarlo, una preferencia relacional o WIP correspondiente y un TIP posible que podría ayudar a llevar la interacción del PIP hacia el HIP o el WIP. Calificamos estos ejemplos de prototípicos para animar a terapeutas a adaptar sus formulaciones relacionales sintonizando cuidadosamente con la situación singular de cada familia. Desaconsejamos aplicar formulaciones de recetario que podrían simplificar en exceso la enorme variedad de situaciones familiares que pueden encajar en estas categorías. En el resto de este artículo describiremos algunas dinámicas interaccionales habituales asociadas a cada tipo de dolor relacional y ofreceremos ejemplos de preguntas reflexivas concretas dentro de los TIP que podrían propiciar una recuperación orientada hacia las preferencias relacionales implícitas de una familia.

5 Juzgar mal y reevaluar

Es bastante habitual que un miembro de la familia juzgue mal las capacidades de otro y mantenga hacia él expectativas que superan lo que puede cumplir. No estar a la altura de esas expectativas poco realistas genera frustración y decepción en una o ambas partes, y a menudo conduce a un dolor relacional para las dos. Esta forma de dolor puede surgir tanto si la capacidad esperada pertenece al ámbito físico como al intelectual, emocional, volitivo o relacional. Como seres humanos, en nuestras interacciones cotidianas hacemos implícitamente multitud de suposiciones y valoraciones sobre los demás, muchas de las cuales son erróneas y no se corresponden con aquello de lo que la otra persona es capaz. En otras palabras, a menudo juzgamos mal la capacidad ajena y, cuando actuamos según ese juicio erróneo, suele aparecer el dolor relacional. Este dolor puede estabilizarse entonces en un patrón de interacción de mostrar decepción y esperar más, acoplado a esforzarse pero fracasar y/o rendirse, que se repite una y otra vez como componente de la relación. Este PIP puede verse como parte de una serie de IP prototípicos relacionados con juzgar mal, tal como se esboza en la figura 2, fila n.º 1 (y podría completar una plantilla IPscópica como la que muestra la figura 1).

Ejemplos de PIP, TIP, HIP y WIP relacionados con juzgar mal y desalinear. Nota: esta figura muestra en cada columna ejemplos de patrones interpersonales prototípicos relacionados con juzgar mal y desalinear.
Figura 2. Ejemplos de PIP, TIP, HIP y WIP relacionados con juzgar mal y desalinear. Nota: Esta figura muestra en cada columna ejemplos de patrones interpersonales prototípicos relacionados con juzgar mal (fila n.º 1) y desalinear (fila n.º 2), y su movimiento hacia relaciones orientadas al bienestar (reevaluar, fila n.º 1, y realinear, fila n.º 2).

Nuestro funcionamiento y nuestras capacidades pueden verse fácilmente comprometidos (Gaete and Gaete 2021) por la influencia de sustancias (p. ej., alcohol o drogas), por los límites que imponen trastornos médicos (p. ej., epilepsia, autismo, TDAH, parálisis cerebral, traumatismo craneoencefálico) o por importantes barreras contextuales (p. ej., institucionales, económicas, sociopolíticas). Por ejemplo, a las personas que luchan contra una adicción química puede resultarles imposible dejar de consumir, incluso cuando ellas y sus seres queridos lo desean desesperadamente. Del mismo modo, las personas neurodivergentes pueden no responder a las señales sociales de forma neurotípica. Y madres y padres necesitan una vivienda, una educación y unos sistemas de salud adecuados (más allá de la buena voluntad y de las habilidades de crianza) para atender debidamente a la crianza.

Además, como seres humanos, tendemos a interiorizar los juicios erróneos de otras personas sobre nuestra propia capacidad (p. ej., «debería poder, pero no puedo porque soy un fracaso; algo falla en mí»). Esta situación implica a menudo una doble forma de injusticia. En primer lugar, esperar algo de alguien que no es capaz de proporcionarlo (lo que se espera) es claramente injusto. En segundo lugar, las personas a las que se juzga mal pueden carecer de medios para defenderse y a menudo caen bajo la influencia de un discurso individualizador, que desemboca en una autoculpabilización desmoralizadora. La vivencia del fracaso puede intensificarse aún más a medida que el juicio erróneo se extiende entre otras personas de las que la persona depende física y emocionalmente (madres y padres, iguales, familiares, profesorado, personal sanitario, etc.).

Las familias suelen sentir un enorme alivio del dolor de juzgar mal cuando llegan a reconocer que ciertas expectativas son poco realistas y encuentran maneras de reevaluarlas. Una serie de preguntas reflexivas sobre lo que podría ser más realista puede invitar a los miembros de la familia a reflexionar de maneras que les permitan emprender ese proceso de reevaluación: «¿Qué espera usted de su hija? … ¿Qué le pasa a usted cuando oye a la otra figura parental insistir en lo que cree que ella debería hacer? … Suponiendo que eso no fuera posible, ¿quién en su familia lo reconocería antes que nadie? … ¿Cómo se podría determinar qué es realmente posible para ella? … ¿Qué obstáculos le impiden a su hija lograr…? ¿Qué parte de su expectativa depende de su hija y qué parte de… (el sistema escolar, el sistema de salud…)? (a la hija) ¿Cómo es para ti que en casa esperen que seas capaz de hacer esto cuando no puedes? … (a toda la familia) ¿Cómo se dan cuenta de que una expectativa razonable cruza la línea y se convierte en una exigencia irrazonable?… ¿Cómo hacen otras personas (p. ej., el profesorado, las personas mayores, el vecindario) para determinar quién tiene que adaptarse en qué, para potenciar al máximo las posibilidades de ella?».

La conversación externalizadora (White 2007) también puede ser útil para explorar los efectos positivos o negativos de las distintas expectativas que mantienen los miembros de la familia: «¿De dónde salió esta idea de que ella debería ser capaz de hacer esto? … ¿Se lo dijo alguien, o es una suposición a la que llegó usted por su cuenta? … ¿En qué sentido es útil o problemática esta expectativa? … Cuando está bajo la influencia de la idea de que ella podría aprender a hacerlo con facilidad, ¿qué tiende a decir o hacer que no diría ni haría si estuviera libre de esa idea? … ¿Qué otra idea (sobre lo que es más factible) podría adoptar en su lugar?».

Un exceso de ambición terapéutica podría llevar a infligir sin querer el dolor de juzgar mal a las propias personas consultantes. Los miembros de la familia pueden vivir este dolor cuando quien les atiende en terapia espera que modifiquen con facilidad sus expectativas mutuas. Puede ser poco realista que, como terapeutas, esperemos que las personas consultantes cambien rápidamente sus expectativas poco realistas respecto de los demás, al menos a corto plazo. Debemos ser conscientes de nuestras propias limitaciones y de las de las personas consultantes, y estar dispuestos a sugerir derivaciones concretas a otros servicios profesionales para que realicen evaluaciones centradas en la persona consultante, que ayuden a reevaluar sus expectativas (p. ej., una evaluación neuropsicoeducativa de las dificultades de aprendizaje de un niño o una niña), así como a buscar consulta o supervisión para nuestro trabajo, que nos ayude a reevaluar nuestras propias expectativas respecto de las personas consultantes.

6 Desalinear y realinear

Las familias se quejan con frecuencia de conductas perturbadoras de algún miembro. La conducta no está alineada con lo que se considera aceptable en su cultura local. En consecuencia, se tiende a confrontar a la persona que perturba. Una respuesta habitual a la confrontación es más perturbación, como indica el PIP de confrontar acoplado a perturbar (figura 2, fila n.º 2). Los efectos que se buscan con un medio confrontativo para corregir las perturbaciones no suelen alinearse con los efectos reales y, en consecuencia, surge un dolor relacional importante.

Las conductas perturbadoras pueden incluir desafío, agresividad hacia los demás, autolesiones, impulsividad, falta de atención, intolerancia a la frustración, hábitos alimentarios «malos» y estados de ánimo «inadecuados», como la ansiedad y la depresión. Las comillas en «malos» e «inadecuados» pretenden subrayar que estas conductas resultan perturbadoras para alguien cuya percepción está influida por algún criterio implícito de lo que es adecuado. Madres y padres que sufren suelen explicar la conducta perturbadora de su hijo o hija como una falta de voluntad para comportarse adecuadamente. Este tipo de explicación suele activar la crítica o la confrontación que engendra más perturbación. Por ejemplo, una madre o un padre podría condenar las conductas perturbadoras de su hijo o hija, lo que puede llevar a esa criatura angustiada a perturbar aún más, lo que desencadena más condena, y así sucesivamente. Una explicación alternativa al «no quiere portarse mejor» que las familias pueden estar dispuestas a considerar es que la hija o el hijo «no puede portarse mejor» porque no ha tenido suficientes oportunidades para aprender a comportarse como es debido. La primera formulación («capaz pero sin voluntad») tiende a transformar un problema de aprendizaje en un problema moral más complicado, mientras que la segunda («con voluntad pero aún sin capacidad») abre espacio para un proyecto de aprendizaje conjunto: la familia puede llegar a realinear voluntad y habilidad creando mejores condiciones para aprender con éxito las capacidades pertinentes.

En las situaciones de desalineación, los miembros de la familia suelen estar dispuestos a reconocer que, aunque puedan objetar los medios interactivos empleados para lograr un comportamiento adecuado (p. ej., madres y padres que critican, gritan, condenan, etc.), no objetan los fines o esperanzas (es decir, todo el mundo en la familia está de acuerdo en que aprender a tratarse con respeto es a la vez posible y deseable). En otras palabras, hay una discrepancia entre los medios y los fines. En consecuencia, los miembros de la familia más motivados para la terapia (a menudo la madre y el padre) pueden aceptar una descripción del dolor según la cual alguien «no puede portarse mejor… porque no sabe cómo».

Un enfoque útil para abordar el dolor de la desalineación son las conversaciones orientadas a formular preguntas de realineación acopladas a alinear intenciones, iniciativas y efectos, tal como se esboza en la figura 2, fila n.º 2. Un punto de partida podría ser co‐construir objetivos terapéuticos consensuados formulando preguntas que ayuden a los miembros de la familia a coordinar (p. ej., nombrar, describir, ilustrar) lo que hay que aprender para reducir la perturbación (p. ej., «manejar la frustración de forma aceptable») y cómo podría tener lugar ese aprendizaje (p. ej., «ejercitar la paciencia» y «practicar la autorregulación»). Se parte del supuesto de que, una vez que los miembros de la familia desarrollen las habilidades pertinentes (p. ej., «fortalecer los músculos de la tolerancia»), la conducta perturbadora que genera la desalineación irá desapareciendo. Así, un camino de recuperación del dolor de la desalineación podría plantearse como un proyecto colectivo de aprendizaje para la realineación; un proceso en el que quienes aprenden necesitan un entorno que haga posible el aprendizaje (docentes, oportunidades de aprendizaje, apoyos, etc.).

Las preguntas reflexivas que separan las intenciones positivas de los efectos negativos no deseados suelen ser útiles para posibilitar la realineación. Cualquier componente de un PIP de desalineación (p. ej., confrontar) puede considerarse un efecto relacional (negativo) no deseado, activado por el componente complementario (p. ej., perturbar de forma reactiva), y no por las intenciones positivas que hay detrás de esos componentes. De hecho, las intenciones subyacentes suelen estar muy bien alineadas con las esperanzas relacionales de las personas. Son los medios los que están desalineados con los fines (los efectos buscados). Una serie de preguntas en el TIP podría hacer surgir la conciencia de la incoherencia entre los efectos buscados y los efectos reales no deseados: «¿Qué esperaba que ocurriera cuando le gritó? (“que aprendiera de sus errores”); Mirando atrás, ¿qué ocurrió en realidad? (“Se volvió más agresiva”); ¿Diría que eso no era en absoluto lo que pretendía? (“Sí”) ¿Qué podría haber hecho de otra manera que tuviera más probabilidades de producir el efecto deseado? (“No lo sé”); ¿A quién podría preguntar que quizá tuviera buenas ideas? (“Quizá podría preguntarle a ella”); Si su hija entendiera que su intención era ayudarla a aprender de sus errores, y no humillarla, ¿cómo cree que podría responder? (“Seguramente escucharía más”); ¿Cómo se imagina que podría transmitirle ese mensaje con más éxito?», y así sucesivamente.

7 Desconocer y reconocer

Como seres humanos, nuestras identidades se configuran en parte por el reconocimiento de los demás (o por su ausencia) y, a veces, por el doloroso desconocimiento de los demás (Taylor 1994). Algunas familias no se viven tanto como en lucha con conductas perturbadoras (desalineación), sino con maneras de ser que se perciben como problemáticas. Por ejemplo, la identidad queer de una persona adolescente puede resultar relacionalmente perturbadora para una familia que entiende el género como binario. En esta situación, no es la falta de habilidad lo que provoca el dolor, sino la expectativa de vivir conforme a los valores de otras personas, que están reñidos con los propios y se sienten inauténticos. En lugar de «no puedo… porque no sé cómo», el dolor aquí se formula mejor como «no puedo… porque me niego a aceptar algo que siento que está mal». A una criatura trans le parece mal ajustarse al sexo asignado al nacer, mientras que la familia puede considerar que la persona joven se equivoca al ir contra natura y faltar al respeto. Puede que la familia rechace su identidad, y que la persona joven rechace entonces los juicios que se emiten sobre ella. El resultado es que cada parte considera ofensivo e imperdonable lo que hace la otra. A menudo ambas se encuentran descalificando activamente las preferencias de la otra en lugar de explorar el trasfondo necesario para que cada parte comprenda y aprecie la legitimidad de los valores y creencias de la otra. Este desconocimiento descalificador puede vivirse como muy amenazante y llevar a las personas a exagerar sus puntos de vista y a recurrir a los extremos para hacer valer su «verdad». En consecuencia, pueden entrar en un patrón creciente de descalificación mutua, como se representa en la figura 3, fila n.º 3. Ambas partes sienten que sus preferencias constitutivas de identidad son desconocidas (es decir, desestimadas, menospreciadas o condenadas).

Ejemplos de IP relacionados con desconocer y apropiarse indebidamente. Nota: esta figura muestra en cada columna ejemplos de patrones interpersonales prototípicos relacionados con desconocer y apropiarse indebidamente.
Figura 3. Ejemplos de IP relacionados con desconocer y apropiarse indebidamente. Nota: Esta figura muestra en cada columna ejemplos de patrones interpersonales prototípicos relacionados con desconocer (fila n.º 3) y la apropiación indebida (fila n.º 4), y su movimiento hacia relaciones orientadas al bienestar (reconocer, fila n.º 3, reapropiarse, fila n.º 4).

Aunque las situaciones de desconocimiento podrían verse como una forma de desalineación, las entendemos como una desalineación de segundo orden, es decir, que no atañe tanto a las percepciones de la preferencia como a las concepciones de la preferencia (p. ej., identidades o visiones del mundo enfrentadas). La perturbación se asienta más en el panorama del significado (desconocimiento) que en el panorama de la acción (desalineación). Por poner otro ejemplo, los miembros de una pareja pueden tener concepciones discrepantes sobre el tipo de relación íntima que prefieren. Para una parte, la fidelidad sexual puede ser un elemento esencial (conceptual) de la pareja, pero solo accidental y no esencial para la otra. En un tercer ejemplo, una figura parental puede considerar la consideración positiva incondicional esencial para la crianza, mientras que para la otra no es más que una receta para malcriar, y así sucesivamente. Las partes desconocidas ven su dolor como fruto no de una falta de habilidad (es decir, de una desalineación), sino de diferencias éticas fundamentales («lo que haces o quieres que haga me parece que está mal»).

Las iniciativas terapéuticas podrían centrarse aquí en ayudar a los miembros de la familia a reconocer la legitimidad de sus respectivas diferencias. Suelen estar en disposición de reconocer esas diferencias cuando sienten que lo que aprecian no se descalifica y que no se les presiona para valorar lo que la otra parte aprecia. Partiendo del supuesto Bringforthist de que el amor implica el pleno reconocimiento del otro como legítimo otro en relación con uno mismo, solemos formular a los miembros de la familia preguntas para co‐evaluar la legitimidad de sus reivindicaciones identitarias. Vemos la interrupción de la descalificación mutua (p. ej., juicio, censura, condena) como un paso crucial hacia la legitimación de las diferencias interpersonales. En nuestra experiencia, cuando se apoya a las personas para que compartan sus puntos de vista sin un juicio crítico inmediato, a menudo cambian la manera de expresarlos, y su visión de los puntos de vista de la otra persona.

Aplazar el juicio inmediato abre espacio para que las personas compartan sus preferencias de una manera menos defensiva, menos intensa y más verdadera para ellas. Esto puede conducir a un HIP prototípico como el que se esboza en la figura 3, fila 3, a saber, legitimar las diferencias acoplado a compartir preferencias personales. Una manera de promover la legitimación de las diferencias es mediante TIP que separen comprender de estar de acuerdo. Terapeutas pueden formular preguntas orientadas a reconocer las diferencias: «¿Cuál es su perspectiva sobre…? … ¿Cuál cree que podría ser la perspectiva de su pareja sobre (tal cosa)? … ¿Hasta qué punto podrían estar de acuerdo en que sus puntos de vista (sobre este tema) son bastante diferentes? … ¿Cuándo sería razonable acordar que no están de acuerdo?». Esto puede ir seguido de intentos de poner de manifiesto el juicio inmediato (implícito) mediante preguntas desde la perspectiva de una persona observadora: «¿Qué cree que pensaba su pareja cuando usted compartió sus puntos de vista?… ¿Cómo se sintió cuando su pareja compartió lo que pensaba de su postura sobre…?», lo que les invita a entrar en la experiencia de la otra persona (p. ej., «Uf, piensa que se me ha ido la cabeza») y en la experiencia que tiene la otra persona de la propia experiencia (p. ej., «se siente juzgada y criticada»). A continuación puede externalizarse el juicio como un efecto no deseado: «¿Diría que no era su intención descalificar el punto de vista de su pareja? … ¿Cómo describiría este efecto no deseado? … ¿A quién o a qué podría beneficiar esta manera de ver las cosas? … ¿Hasta qué punto se siente con disposición de explorar puntos de vista alternativos que tengan menos probabilidades de resultar descalificadores?». Después podría pasarse a co‐visualizar los beneficios potenciales que pueden derivarse de distinguir comprender de estar de acuerdo: «¿Qué diferencia hay entre que alguien esté de acuerdo con usted y que simplemente le comprenda? … Suponiendo que quedara claro que ella no está de acuerdo con usted pero entiende de dónde viene usted, ¿lo vería como algo bueno? … ¿Qué otras cosas buenas podrían derivarse de sentir menos juicio y más comprensión?».

Como ya se ha señalado, vemos el aplazamiento del juicio inmediato como el núcleo de los TIP de reconocimiento. Cuando el dolor relacional del desconocimiento parece arraigado e implacable, suelen ser útiles ejercicios estructurados que sirvan de andamiaje a una conversación clarificadora para maximizar la seguridad aplazando deliberadamente el juicio interpersonal, como la escucha reflexiva (Tomm and Acton 2011) o la entrevista al otro internalizado (Mudry et al. 2015).

8 Apropiarse indebidamente y reapropiarse

Aunque las relaciones humanas implican siempre influencias mutuas, a menudo hay circunstancias en las que ciertas influencias se viven como sometedoras, restrictivas y/o controladoras. Siempre que una parte persiste en ejercer esas influencias no deseadas, corre el riesgo de apropiarse indebidamente de la autonomía de la otra parte. Dado que la mayoría de los seres humanos valoran muchísimo la autodeterminación (como ilustra la popular canción «I did it my way»), cualquier intento externo de apropiarse de la autonomía propia puede vivirse como una amenaza personal y dar lugar a un dolor relacional importante («debería ser libre de decidir más sobre mi propia vida, pero no puedo»).

Una respuesta típica a la apropiación indebida es que la segunda parte se resista activamente a la influencia no deseada. Cuando la primera parte se siente con derecho a ejercer esa influencia (p. ej., una persona adulta que tiene autoridad sobre un niño o una niña) y presiona más para que la segunda obedezca, esto puede provocar más resistencia y el dolor relacional se intensifica. Un ejemplo habitual es el de una figura parental preocupada que exige más obediencia a adolescentes desafiantes: cuanto más insiste en que obedezcan, más se resisten. Otro ejemplo (que refleja el heterosexismo) es el de un hombre que, en la pareja, se cree con demasiados derechos e insiste en que su pareja, una mujer que se resiste, se pliegue más a su voluntad.

El patrón resultante de presionar acoplado a resistirse es uno de los PIP más habituales que mantienen el dolor relacional entre las parejas y familias que acuden a terapia (véase la figura 3, fila n.º 4). La persona sometida a presión suele sentirse oprimida. Para empeorar las cosas, con el tiempo esta parte puede empezar a «ceder» en la lucha, y el PIP puede evolucionar hacia un patrón patologizante más arraigado de dominar acoplado a someterse, facilitado por la interiorización del patrón anterior, que ahora se presenta como opresión interiorizada. Una amplia gama de injusticias sociales adopta esta forma de apropiación indebida y opresión.

Simplemente devolver lo que se ha apropiado injustamente sería, obviamente, la iniciativa sanadora más adecuada para aliviar el dolor de la apropiación indebida. Sin embargo, esto suele ser difícil, porque quien se apropia rara vez reconoce el derecho indebido que parece estar ejerciendo sobre la autonomía de la otra parte. Terapeutas podrían iniciar un TIP abriendo una conversación para co‐construir una mayor conciencia de cómo se está poniendo en acto un sentimiento irrazonable de tener derecho y de las maneras en que se está comprometiendo la autonomía de la otra persona. Un punto de partida útil pueden ser preguntas a la parte desfavorecida sobre su experiencia en la interacción: «¿Cómo es para usted cuando él…?». A esto podrían seguir preguntas de percepción interpersonal dirigidas a quien se apropia, para propiciar una mayor conciencia: «¿Cuál es su experiencia de la experiencia de ella en esta situación? … ¿Recibe ella sus palabras como un consejo afectuoso o como si usted le impusiera su voluntad? … ¿Cuánto valor da ella a tomar sus propias decisiones?». Este tipo de preguntas puede abrir espacio para una mayor responsabilización y podría ayudar a deconstruir el PIP de presionar/resistirse.

Alternativamente, los TIP de reapropiación podrían centrarse más en el HIP y comenzar con una pregunta de sugerencia implícita dirigida a quien se apropia: «¿Cómo se imagina que sería para ella si usted expresara su preferencia sobre lo que ella hace, pero dejara claro que le corresponde a ella decidir por sí misma?», o a la parte comprometida: «¿Qué podría hacer él si usted reconociera con respeto su derecho a hacer una petición y, al mismo tiempo, reivindicara de forma proactiva su derecho a decidir por sí misma?». Para ser coherente, la persona terapeuta también tiene que respetar la autonomía de los miembros de la familia a la hora de responder a sus preguntas, no sea que, sin darse cuenta, acabe apropiándose de la libertad de las personas consultantes para aceptar o rechazar las iniciativas terapéuticas destinadas a hacer surgir la reapropiación de una autonomía y unos derechos legítimos.

9 Maltratar y revelar

Los cuatro dolores relacionales anteriores pueden verse como fruto de distorsiones de buenas intenciones subyacentes dentro de vínculos de afecto en los sistemas familiares. Por desgracia, hay ocasiones en que miembros de la familia pueden caer bajo la influencia de estados emocionales menos prosociales y llegar a maltratar a otros miembros. Entre esos estados pueden figurar el miedo, la ira, la rabia, el resentimiento, los celos, el asco, el desprecio, etc. Las emociones negativas intensas o las actitudes interesadas (egocentrismo, codicia, deseo de poder sobre los demás, etc.) pueden desbordar las tendencias inherentes de los miembros de la familia a la conducta afiliativa y activar impulsos de explotar o herir deliberadamente a otras personas, incluso mediante la agresión física o la amenaza de ejercerla. Estos impulsos negativos pueden ponerse en acto de forma momentánea, recurrente o continuada. En situaciones de bajo nivel de conflicto, pero en las que un miembro de la familia posee un recurso que otro codicia, existe el riesgo de que este último recurra a medios sutiles o retorcidos (p. ej., deshonestidad, desinformación o manipulación) para acceder a ese recurso. Ni que decir tiene que las conductas abusivas pueden generar una enorme cantidad de dolor y dejar a los miembros de la familia con la sensación de haber sido objeto de explotación, humillación, vergüenza, intimidación, etc.

Abordar las innumerables formas de maltrato que pueden darse en las familias excede el alcance de este artículo. Lo pertinente aquí es destacar las respuestas relacionales a las prácticas abusivas que, sin pretenderlo, podrían sostener el maltrato. Siempre que alguien sufre daño por un maltrato, tienden a surgir sentimientos de resentimiento e impulsos de represalia. Si la persona que ha sufrido el abuso cede a esos impulsos reactivos y devuelve el golpe, puede producirse una escalada con ciclos de violencia emocional o física. O bien, el miembro maltratado puede sentirse demasiado privado de poder para defenderse. Puede intentar escapar de la interacción dolorosa desvinculándose (de forma temporal o indefinida). Sin embargo, cuando marcharse parece imposible o no deseable, la persona que sufre el abuso puede sentirse atrapada y acabar sometiéndose a él. Una dinámica que contribuye a este atrapamiento es la incomodidad y la vergüenza por sufrir maltrato, que a menudo llevan a las personas (y a veces a quienes son testigos) a mantener su situación en privado y en secreto. Otra es la amenaza de violencia si se produce cualquier revelación. Este secreto contribuye entonces al PIP esbozado en la figura 4, fila n.º 5, al mantener las condiciones para que el maltrato continúe y minimizar la posibilidad de que otras personas intervengan.

Ejemplos de IP relacionados con maltratar, desconfiar y malograr el duelo. Nota: esta figura muestra en cada columna ejemplos de patrones interpersonales prototípicos relacionados con maltratar, desconfiar y malograr el duelo.
Figura 4. Ejemplos de IP relacionados con maltratar, desconfiar y malograr el duelo. Nota: Esta figura muestra en cada columna ejemplos de patrones interpersonales prototípicos relacionados con maltratar (fila n.º 5), desconfiar (fila n.º 6) y malograr el duelo (fila n.º 7), y su movimiento hacia relaciones orientadas al bienestar (revelar, fila n.º 5, reconciliar, fila n.º 6, y re‐cordar, fila n.º 7).

Una prioridad al responder al maltrato es revelar la injusticia y encontrar maneras de interrumpir el abuso. La injusticia del maltrato no siempre es evidente, ni siquiera para quienes lo sufren, sobre todo cuando la persona que ejerce prácticas abusivas les engaña y les induce a error. Por ello, puede ser necesaria una serie de preguntas reflexivas para revelar la injusticia y ayudar a romper el silencio. Estas preguntas pueden dirigirse a cualquiera de las partes implicadas en el ciclo de abuso y a terceras personas, para co‐construir una mayor conciencia de la injusticia. Las preguntas sobre los efectos conductuales dirigidas a los miembros de la familia que ejercen el abuso resultan especialmente pertinentes: «¿Qué efecto tuvo en su hija que usted recurriera a esas prácticas (abusivas)? … ¿Qué pensaba ella? … ¿Qué sentía? … ¿Qué otras consecuencias tuvo para ella?».

Los miembros de la familia que ejercen conductas abusivas pueden no ser conscientes del alcance de los efectos dolorosos y del daño que están infligiendo. Crear condiciones de seguridad para que las personas que sufren el abuso puedan expresar su impacto (si así lo desean) ofrece potencialmente una retroalimentación importante a quienes ejercen prácticas abusivas. Las preguntas de percepción interpersonal también pueden ayudar a poner de manifiesto las intenciones subyacentes: «¿Qué se imagina que ella pensaba que usted tenía en mente cuando…? … ¿Cuáles eran sus intenciones en aquel momento?». A estas podrían seguir preguntas sobre la experiencia de la experiencia, que podrían invitar a la empatía a la persona que muestra conductas abusivas: «¿Cuál era su experiencia de la experiencia de ella mientras esto ocurría? … ¿Cuál es su experiencia de la experiencia de ella mientras lo cuenta ahora mismo?». Otras preguntas reflexivas podrían invitar poco a poco a sentimientos de arrepentimiento, que con el tiempo podrían abrir espacio a una posible disculpa y a alguna acción reparadora.

Interrumpir un abuso en curso puede resultar, a veces, extremadamente difícil. En ocasiones puede requerir ir más allá de los medios terapéuticos, como cuando terapeutas actúan de forma unilateral avisando a las autoridades locales. Deconstruir terapéuticamente el maltrato suele requerir fuertes dosis de responsabilización. Por desgracia, quienes ejercen el abuso pueden vivir como un maltrato el propio proceso de exigirles que respondan de sus actos, sobre todo cuando tienen poca conciencia del daño que han causado. Además de las preguntas que pueden facilitar la toma de conciencia, las preguntas externalizadoras pueden contribuir en buena medida a abrir espacio para avanzar hacia una mayor equidad y una justicia restaurativa. Si los miembros de la familia pueden verse como separados de las prácticas abusivas en las que han incurrido, pueden adoptar con más facilidad intenciones basadas en la compasión y no en el resentimiento.

10 Desconfiar y reconciliar

Los miembros de la familia entienden a menudo su dolor como secuela de un maltrato pasado. Puede que las conductas perturbadoras ya no se produzcan, pero sus efectos residuales siguen propagándose. Quizá una de las partes de la pareja rompió un compromiso conyugal al tener una aventura, o quizá una figura de cuidado que debía proteger fue abusiva. En estas situaciones, los miembros de la familia pueden sentir que ya no se puede confiar en la otra persona, y siguen en guardia a causa de sus heridas. Suele encajar una formulación del tipo «no puedo confiar porque alguien me ha hecho daño». Esta forma de dolor de la desconfianza puede intensificarse por la ausencia de todo reconocimiento de la herida (una herida añadida de silencio). Cualquier desestimación (sobre todo por parte de quienes se perciben como responsables del abuso) hace surgir más resentimiento y desconfianza en quienes se consideran la parte herida, a menudo perpetuados por un patrón de negar o minimizar acoplado a acusar y culpabilizar (figura 4, fila n.º 6). En estas situaciones, los miembros de la familia suelen estar dispuestos a reconocer que su dolor gira en torno a la cuestión de la confianza. El otro miembro de la familia también puede sentirse herido al no recibir confianza después de haber cambiado su manera de actuar. Pero cuando insiste en que debería volver a recibirla, la desconfianza tiende a ahondarse.

Un camino hacia la reconstrucción de la confianza podría iniciarse invitando a una serie de reconocimientos. Terapeutas pueden empezar simplemente reconociendo y normalizando la dificultad para confiar, tal como la expresa un miembro de la familia que, por ejemplo, se siente traicionado. Después, una serie de preguntas reflexivas podría facilitar el reconocimiento de una conexión entre la fiabilidad percibida y la confianza: «¿Qué relación ve usted entre la confianza y la fiabilidad?… ¿Es posible confiar en una persona a la que no se percibe como digna de confianza?». Reconocer la importancia de privilegiar la percepción frente a las afirmaciones objetivas suele ayudar a las personas a validar la experiencia de la otra persona —sus heridas, sus dolores— en lugar de una supuesta verdad objetiva. Un paso siguiente adecuado en la conversación podría ser formular preguntas que hagan surgir la importancia de demostrar fiabilidad antes de esperar que la confianza se recupere. Esto puede motivar reflexivamente a quien antes ofendió a demostrar que se puede volver a confiar en su persona: «Si tuviera oportunidades de demostrar su fiabilidad, ¿las aprovecharía? … Si quisiera mostrar que se puede confiar más en usted, ¿cómo lo haría?». Introducir una distinción que separe a quien hace de lo que hace suele ser útil aquí, pues facilita que quienes han incurrido en maltrato reconozcan sus faltas. Para quienes han sufrido la ofensa, oír esos reconocimientos suele tener un gran significado.

Animar a los miembros de la familia a ir más allá y ofrecer disculpas sinceras es una manera de que reconozcan implícitamente que la persona que sufrió el abuso merecía algo mejor. Si la persona que ejerció conductas abusivas puede ir más allá de la disculpa emprendiendo acciones correctoras y reparadoras, a la persona que sufre el abuso le resulta más fácil reconocer la fiabilidad emergente y empezar a avanzar hacia los patrones de interacción de reconciliación de los HIP y WIP de la figura 4, fila n.º 6. Cuando hay una discrepancia importante en la percepción de las heridas, a menudo resulta útil formular preguntas que permitan mejorar la percepción interpersonal, por ejemplo: «Suponiendo que su pareja pensara que, para usted, lo que le ocurrió a ella no fue tan ofensivo, o que en realidad no le hizo tanto daño, ¿cómo se imagina que eso podría afectar a su capacidad de confiar en usted?».

También puede estar indicado un trabajo paralelo con los miembros de la familia que han sufrido abusos. Aunque la desconfianza puede ser útil al principio para sostener la autoprotección, el resentimiento asociado al daño sufrido podría tener un coste considerable para el bienestar de la persona. Las preguntas de bifurcación, que invitan a reflexionar sobre cuándo la desconfianza puede seguir cumpliendo una función y resultar útil, frente a cuándo puede ser más problemática que útil, pueden ser un buen punto de partida. Si la persona que sufrió el abuso expresa la esperanza de recuperar la confianza y liberarse del resentimiento, podría introducirse una conversación sobre el perdón. Una vez más, separar a quien hace de lo que hace puede ser útil aquí: es a la persona (que cometió la ofensa) a quien se perdona, no la conducta ofensiva. El patrón interpersonal de disculparse acoplado a perdonar es una de las dinámicas sanadoras más poderosas para posibilitar la reconciliación.

11 Malograr el duelo y re‐cordar

No siempre, pero por lo general, el dolor del duelo malogrado resulta de acontecimientos traumáticos de los que no se puede culpar a nadie. Hay una herida, increíblemente dolorosa, pero no hay responsable. El dolor puede ser el resultado de un desafortunado accidente más que de un hecho injusto. La muerte de un ser querido es un ejemplo clásico. Cuando una familia o un miembro de la familia está en duelo, puede llegar a ver su dolor como «no puedo (vivir como tengo costumbre o como preferiría) porque he perdido a alguien esencial para ello». Esta forma de dolor puede agravarse cuando provoca malestar en otras personas significativas y activa en ellas respuestas minimizadoras: «¿No crees que ya es hora de pasar página y seguir con tu vida?». A menudo, esas otras personas no tienen suficiente comprensión para apreciar el alcance de la pérdida, o no saben cómo aliviar el dolor. O quizá estén influidas por un modelo de etapas del duelo cuyo objetivo es aceptar la pérdida. Sea cual sea el motivo, la persona en duelo puede vivir esta minimización como un desaire, lo que a menudo hace surgir un proceso complementario de maximizar la pérdida, que no hace sino aumentar la minimización (a la que ahora quizá se añada un distanciamiento, con una pérdida aún mayor de conexión). Ilustramos esta complicación en el PIP de la figura 4, fila n.º 7.

Las familias con miembros que afrontan el dolor del duelo malogrado suelen estar dispuestas a reconocer que el dolor inicial era legítimo y válido, y que merecía una expresión y una consideración adecuadas. Puede que a la persona se le haya concedido tiempo y espacio para compartir cómo vivió su pérdida. Sin embargo, a menudo es más tarde, cuando se espera que acepte la pérdida y «lo deje ir», cuando el dolor empeora. Darse cuenta de que nunca es necesario abandonar los recuerdos de la relación perdida, y de que, por el contrario, pueden cultivarse activamente, suele suponer un alivio enorme. Por ejemplo, la persona que ya no respira puede seguir siendo un miembro de pleno derecho de la familia o de la red social de la persona en duelo, y se puede recurrir a ella en cualquier momento con la imaginación. Las preguntas reflexivas pueden facilitar ese cambio: (a quien minimiza) «¿Cómo entiende usted por qué esta conexión es tan importante para… (la persona en duelo)? … ¿Qué podría decir la persona que ya no respira sobre la importancia de esa relación?». Y a la persona en duelo: «¿Puede hablarme más de ella (la persona fallecida) y de su relación con ella? … ¿En qué sentido es su dolor un testimonio de la fuerza de su relación con ella? … ¿Qué diría ella de esta situación?», lo que conduce a comprender mejor cómo el dolor habla de aquello que las personas aprecian de corazón y que no debería perderse.

Al llamar a este proceso re‐cordar, nos sumamos a las numerosas culturas que han considerado el corazón como el centro de la memoria. De hecho, la antigua palabra latina «recordari», que significa «recordar», denota literalmente volver a pasar (re‐) por el corazón (cordis). Inspirándose en el artículo de White (1988) Saying Hullo again, terapeutas pueden invitar a los miembros de la familia a describirse a través de la mirada interiorizada de la persona fallecida: «Si se viera a través de los ojos de su ser querido, ¿qué apreciaría esa persona al observarle a usted y su dolor?… ¿Qué cambiaría en su dolor si ahora mismo aceptara esto en usted?… ¿Por qué diría que es importante para usted que lo que esa persona sabía de usted no se pierda?». La voz del miembro perdido puede seguir así consolando a la persona en duelo y sus relaciones: «¿Le gustaría dar a conocer a otras personas esta manera de entender quién es usted y su relación con la persona que perdió? … ¿Cómo lo haría? … Si otras personas llegaran a verle a usted o a ver esta cuestión más de esta manera preferida, ¿qué podría cambiar para usted o para su mundo?».

Estas conversaciones pueden facilitar que las personas vuelvan a conectar tanto con otras personas reales como con otros internalizados, favoreciendo una integración de la pérdida y del dolor que enriquezca su vida en lugar de empobrecerla. Las personas del entorno pueden sentirse inspiradas e invitadas a apoyar este proceso de re‐cordar y de reconexión, y pueden aprender algo ellas mismas sobre cómo integrar el sufrimiento para enriquecer la vida de una persona (véase la figura 4, fila n.º 7).

12 Pasar de un dolor a otro

Hemos descrito siete tipos de dolor relacional que, por diferentes que sean, están al mismo tiempo intrincadamente interconectados y se desplazan con facilidad de uno a otro. Pensemos, por ejemplo, en una situación en la que un hijo adolescente tiene dificultades con la escolarización en línea durante una pandemia y le cuesta entender algunos conceptos de matemáticas. Sus notas bajan y su madre y su padre empiezan a hacerle preguntas sobre sus hábitos de estudio, que él no es capaz de responder y que le hacen sentirse un fracaso. Como resultado, surge el dolor de juzgar mal en la relación entre progenitores e hijo.

El padre decide tomar el control de la situación organizando una serie de clases particulares de matemáticas; el hijo ya no solo se siente un fracaso, sino también humillado y con la sensación de que se ha comprometido su autonomía. Protesta y se rebela contra lo dispuesto. En consecuencia, el dolor de la apropiación indebida entra en escena. La madre intenta ayudar a su hijo a ver el valor de las clases particulares, pero acaba criticándolo por no aceptar el plan del padre. El hijo empieza a pasar de la protesta externa a la protesta interna para resistirse a los esfuerzos de su madre y su padre por imponerle controles externos: deja de hacer los deberes. Las buenas intenciones de la madre de ayudar a su hijo a cooperar no están alineadas con los efectos que tienen en él, y surge el dolor de la desalineación.

Para escapar de la creciente presión parental, el hijo abandona por completo las tareas escolares y se centra en salir con sus amistades. Esto lleva a su madre y su padre a desconocer lo que es importante para su hijo, insultando a sus amistades («esos youtubers vagos con los que vas»), y el hijo les reprocha a su madre y a su padre falta de interés por él. A medida que la situación se deteriora, padre e hijo empiezan a insultarse, lo que suscita el dolor de maltratar. Padre e hijo escalan hasta llegar a algún altercado físico, hasta el punto de que el hijo muestra recelo hacia su padre y evita todo contacto con él. El dolor de la desconfianza ha entrado en escena y complica aún más la situación. En los días y semanas siguientes, tanto el padre como el hijo viven el dolor del duelo malogrado por la pérdida de la cercanía y la conexión que antes tenían.

Esta familia podría acudir a terapia en cualquier punto de esta progresión. Sostenemos que cierta familiaridad con estos diversos tipos de dolor relacional y con sus IP pertinentes podría ayudar a terapeutas a sintonizar y responder con más precisión al dolor y a hacer surgir con más probabilidad posibilidades terapéuticas pertinentes. Mucho depende de cómo den sentido los miembros del sistema terapéutico (terapeuta más familia) al dolor relacional más significativo que los miembros de la familia viven y con el que luchan en ese momento. Con todo, ofrecemos estos siete TIP distintos como caminos alternativos para ayudar a las familias a salir de PIP específicos y entrar en los HIP y WIP preferidos.

13 Comentarios finales

En la célebre representación del Purgatorio de La Divina Comedia de Dante, el amor se ve como la fuerza motriz central del comportamiento humano. Bien dirigido, el amor conduce a la virtud («Dios»), pero mal dirigido, conduce al pecado. En la primera parte de su poema narrativo épico, el Infierno, Dante describió los siete pecados capitales como siete formas de amor extraviado y prescribe penitencias distintas destinadas a transformar el amor pecaminoso en amor virtuoso.

Del mismo modo, consideramos las siete «M» del dolor relacional como siete ejemplos de amor extraviado en las relaciones familiares. Nuestro trabajo como terapeutas consiste en hacer surgir maneras en que los miembros de la familia puedan reencontrar el camino hacia un amor más sano. Nos basamos en la definición de amor de Maturana y Verden‐Zoller (2009) como el dominio de las interacciones en las que el otro surge como legítimo otro en relación con uno mismo. Reconocer la legitimidad del otro como diferente de uno mismo es, sin duda, una de las iniciativas más amorosas que una persona puede tomar en relación con otra. Desde nuestra formación en la terapia Bringforthist (Tomm et al. 2025), nos esforzamos por aplicar esta perspectiva en nuestra práctica tratando sistemáticamente con respeto a las personas consultantes y animando a los miembros de las familias con las que trabajamos a afirmarse y reconocerse más entre sí.

Así como Dante pasó a identificar otros pecados, esperamos que se identifiquen otros tipos de dolor relacional a medida que quienes ejercen la terapia sistémica adquieran más destreza para diferenciar nuevos patrones relacionales. Los siete TIP «R» descritos en este artículo implican reconocer y aceptar la alteridad haciendo surgir conversacionalmente las esperanzas relacionales de los miembros de la familia. Así, a través de estos TIP, los dolores relacionales (es decir, los PIP) pueden transformarse en preferencias relacionales (es decir, HIP y WIP). Dicho de otro modo, implicarse en TIP «R» ayuda a crear un impulso al propiciar el reconocimiento colectivo de los dolores relacionales, lo que a su vez promueve el reconocimiento de las preferencias relacionales que existen implícita e inevitablemente detrás de ellos; pues no habría dolor si no tuviéramos esperanzas y aspiraciones. Cuando nos centramos en los detalles de ofrecer TIP «R», nos encontramos una y otra vez formulando preguntas reflexivas como manera de dar andamiaje a microrreconocimientos, que crean condiciones para pequeños pasos hacia la transformación del dolor en preferencia, recorriendo de hecho un terreno nuevo. Y probablemente así es como las palabras tienen poder en terapia: nos allanan el camino de vuelta hacia un amor virtuoso.

Complexe Systémique: lo esencial

El valor de este texto es que sustituye la etiqueta diagnóstica por una pregunta clínica: ¿qué esperanza relacional se ve frustrada, y por qué patrón? La fórmula «dolor = esperanza + no puedo» ofrece una vía de entrada concreta: escuchar los enunciados «debería… pero no puedo porque…» para distinguir una expectativa poco realista, una habilidad que falta, un choque de valores, un dominio sobre la autonomía de alguien, un abuso, una confianza rota o un duelo que el entorno presiona para cerrar. Cada forma pide un movimiento distinto: reevaluar en lugar de presionar, aprender en lugar de condenar, legitimar la diferencia en lugar de persuadir, devolver la autonomía, revelar e interrumpir el abuso, reconstruir la fiabilidad antes de pedir confianza, cultivar el vínculo con la persona fallecida. El ejemplo del hijo adolescente muestra que estos dolores se suceden y que una familia puede llegar a consulta en cualquier eslabón de la cadena. Los límites son los de una tipología basada en la práctica, sin estudio empírico, que el propio equipo presenta como no exhaustiva; y la referencia a los siete pecados de Dante le da un tono moral que conviene manejar con cuidado. Para leer junto con la entrevista con Karl Tomm sobre el desasosiego relacional y el artículo sobre la entrevista al otro internalizado.

Referencias

American Psychiatric Association. 2013. Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, 5th ed. American Psychiatric Publishing.

Amiguet, L. 2005. Pregúntese dónde le duele la vida [Interview with Humberto Maturana]. La Contra, La Vanguardia. November 7. https://www.lavanguardia.com/.

Bronfenbrenner, U., and P. A. Morris. 2006. “The Bioecological Model of Human Development.” In Handbook of Child Psychology: Theoretical Models of Human Development, edited by R. M. Lerner and W. Damon, 6th ed., 793–828. John Wiley & Sons, Inc.

Gaete, J., S. Couture, and O. Smoliak. 2018. “Reflexive Questions as Constructive Interventions: A Discursive Perspective.” In Therapy as Discourse: Practice and Research, edited by T. Strong and O. Smoliak, 117–140. Palgrave MacMillan.

Gaete, J., and A. Gaete. 2021. “Disruptive Behaviors: A Capabilities Approach.” In The Palgrave Encyclopedia of Critical Perspectives on Mental Health (Section: Narratives of Aetiology and Recovery), edited by M. O'Reilly and J. Lester, Palgrave. 10.1007/978-3-030-12852-4_49-1.

Gaete, J., I. Sametband, and R. Ferretti. 2021. “Therapeutic Change Process as Reifying Relational Preferences. An Exploratory Study Into Family Therapy for Behavioural Problems.” Estudios de Psicologia 42, no. 1: 130–157. 10.1080/02109395.2020.1857595.

Gaete, J., I. Sametband, S. St. George, D. Wulff, K. Tomm, and G. Duran. 2018. “Realizing Relational Preferences Through Transforming Interpersonal Patterns.” Family Process 59, no. 1: 21–35. 10.1111/famp.12417.30552779

Gaete‐Silva, J., and A. Gaete. 2021. “Disruptive Behavior in the Postdisciplinary Society.” Frontiers in Psychology 12, no. 1: 740856. 10.3389/fpsyg.2021.740856.34594286 PMC8476769

George, S. S., D. Wulff, and K. Tomm. 2015. “Research as Daily Practice.” Journal of Systemic Therapies 34, no. 2: 3–14. 10.1521/jsyt.2015.34.2.3.

Maturana, H., and G. Verden‐Zoller. 2009. The Origins of Humanness in the Biology of Love, edited by P. Bunnell. Imprint Academic.

Minuchin, S., M. P. Nichols, and W. Lee. 2007. Assessing Families and Couples: From Symptom to System. Pearson.

Mudry, T. E., T. Strong, I. Sametband, et al. 2015. “Internalized Other Interviewing in Relational Therapy: Three Discursive Approaches to Understanding Its Use and Outcomes.” Journal of Marital and Family Therapy 42, no. 1: 168–184. 10.1111/jmft.12110.25626719

Taylor, C. 1985. Philosophical Papers I: Human Agency and Language. Cambridge University Press.

Taylor, C. 1994. “The Politics of Recognition.” In Multiculturalism: Examining the Politics of Recognition, edited by A. Gutmann, 25–74. Princeton University Press.

Tomm, K. 1987. “Interventive Interviewing: Part II. Reflexive Questioning as a Means to Enable Self‐Healing.” Family Process 26, no. 2: 167–183. 10.1111/j.1545-5300.1987.00167.x.3595824

Tomm, K., and J. Acton. 2011. “Reflective Listening and Negative Enquiry: Two Exercises to Enhance Couple Communication.” Human Systems 22: 730–743.

Tomm, K., S. St. George, D. Wulff, and T. Strong. 2014. Patterns in Interpersonal Interactions: Inviting Relational Understandings for Therapeutic Change. Routledge.

Tomm, K., F. Gosnell, E. Doyle, M. Ross, and J. Gaete‐Silva. 2025. “Bringforthist Therapy.” In The Routledge International Handbook of Postmodern Therapies, edited by O. Smoliak, T. Strong, P. Muntigl, and E. Tselieu. Routledge.

White, M. 1988. “Saying Hullo Again: The Incorporation of the Lost Relationship in Then Resolution of Grief.” Dulwich Centre Newspaper, Spring Issue. https://www.dulwichcentre.com.au/wp-content/uploads/2021/02/Saying-hullo-again-The-incorporation-of-the-lost-relationship-in-the-resolution-of-grief.pdf.

White, M. 2007. Maps of Narrative Practice. Norton.

Wittgenstein, L. 1953. Philosophical Investigations. Blackwell.

Traducción no oficial al español de Transforming Seven Kinds of Relational Pain, de Joaquín Gaete-Silva, Karl Tomm, Inés Sametband y Sumerlee Samuels, Journal of Marital and Family Therapy, vol. 51, n.o 3 (2025), doi: 10.1111/jmft.70043, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

Esta es una traducción no oficial al español del artículo original «Transforming Seven Kinds of Relational Pain», publicado en Journal of Marital and Family Therapy (2025) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.

Leer el artículo original

Cómo citar este artículo

Gaete-Silva, J., Tomm, K., Sametband, I., y Samuels, S. (2025). Transforming Seven Kinds of Relational Pain. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/transforming-seven-kinds-of-relational-pain (Obra original publicada en 2025 en Journal of Marital and Family Therapy, 51(3), e70043 (2025); republicada en 2025 por Journal of Marital and Family Therapy, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/jmft.70043)

Carrito

Su carrito está vacío.