Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Frontiers in Psychology · Terapia familiar
¿Por qué ayuda una metáfora en una sesión? Para la filósofa Zuzanna Rucińska y el terapeuta Thomas Fondelli, lo que cuenta no es lo que dice, sino lo que se hace con ella. Al poner en diálogo la terapia sistémica colaborativa y la cognición corporizada y enactiva, el artículo muestra, a través de dos sesiones con adolescentes, cómo los verbos de acción injertados en la metáfora propia de una persona abren un sentido de agencia.
Traducción no oficial al español de Enacting Metaphors in Systemic Collaborative Therapy, de Zuzanna Rucińska y Thomas Fondelli, publicado en Frontiers in Psychology (Frontiers Media) (2022), doi: 10.3389/fpsyg.2022.867235, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. No se reproduce la declaración de disponibilidad de datos. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
No es lo que la metáfora dice, sino lo que se puede hacer con ella para suscitar un sentido de agencia, lo que hace que la metáfora funcione.
Zuzanna Rucińska y Thomas Fondelli
Resumen
¿Qué hace de las metáforas buenas herramientas terapéuticas? En este artículo respondemos a esta pregunta analizando cómo funcionan las metáforas en las prácticas terapéuticas sistémicas colaborativas. Examinamos las propuestas recientes de corte corporizado, enactivo y ecológico sobre las metáforas, y ofrecemos nuestra propia concepción, dialógico-enactiva, según la cual las metáforas son herramientas para enactuar el cambio en los diálogos terapéuticos. Subrayamos el papel de enactuar metáforas en terapia, que tiene que ver con el modo en que se usan las metáforas en un proceso compartido de comunicación. Nuestra respuesta es que las metáforas son buenas herramientas para conectar con verbos de acción, a través de los cuales pueden explorarse la corporeidad y la agencia de la persona consultante. Para ilustrar nuestra posición, analizamos dos ejemplos de metáforas enactuadas en encuentros terapéuticos con adolescentes. Nuestra propuesta enactiva sobre las metáforas se distingue de otras en que no se apoya en la realización de actuaciones explícitas, sino que permanece dentro de un diálogo lingüístico. Entendemos el compromiso metafórico como un acto de construcción participativa de sentido que se despliega en la interacción. Esta idea procede de las formas enactivas de pensar el lenguaje como un proceso llevado a cabo por agentes corporizados en interacción, y de ver el hablar también como una forma de hacer.
Las metáforas se utilizan con frecuencia en muchas terapias, ya sea para explorar los problemas de las personas consultantes, generar nuevas comprensiones o introducir una nueva mirada sobre sus vidas (véanse, p. ej., Tay, 2013; Stoddard and Afari, 2014; Stilwell et al., 2021). Las metáforas han sido también una herramienta importante para quienes practican la terapia sistémica colaborativa, que las usan para explorar las experiencias de las personas consultantes y facilitar el cambio (Anderson, 1997; Antoine, 2017).
Pero ¿qué hace de las metáforas buenas herramientas terapéuticas? La teoría conceptual clásica de la metáfora (Lakoff and Johnson, 1980, 1999) propone que el pensamiento metafórico se basa en una transgresión consciente de categorías establecidas y en una proyección de dominios fuente sobre dominios meta. Según este marco lingüístico, las metáforas permiten una «transferencia de significado», es decir, pensar una cosa en términos de otra. En este artículo proponemos responder a esta pregunta desde otra perspectiva: la de la cognición corporizada y enactiva (EEC, por sus siglas en inglés) y la terapia sistémica colaborativa. Las concepciones corporizadas y enactivas de las metáforas (Gallagher and Lindgren, 2015; Stilwell et al., 2021) anclan el pensamiento metafórico en procesos corporales y motores, y proponen que las metáforas se enactúan en interacciones físicas en curso. El enfoque enactivo, en particular, propone una nueva manera de pensar las metáforas. Se aparta de la visión de las metáforas como símbolos lingüísticos que solo «renombran» una cosa como otra. En su lugar, sugiere que las metáforas pueden surgir en actividades de construcción participativa de sentido (De Jaegher and Di Paolo, 2007), servir como medios para un compromiso ulterior y deben tratarse como herramientas útiles para la interacción y la comunicación (Rucińska et al., 2021). Además, subrayamos la idea de que podemos enactuar metáforas. Enactuar metáforas tiene que ver con el modo en que se usan las palabras en un proceso compartido de comunicación. Mostraremos que, y esto es importante, no siempre es la metáfora por sí sola la que logra el cambio en el contexto terapéutico; es el uso hábil de la metáfora por parte de quien ejerce la terapia lo que permite que el diálogo metafórico genere nuevos significados y nuevas posibilidades de acción. Para contextualizar nuestras ideas, presentaremos ejemplos de la práctica terapéutica sistémica colaborativa. El enfoque sistémico colaborativo de la psicoterapia ya asume la idea de que la psicoterapia consiste en crear un contexto en el que terapeuta y personas consultantes, en conversación, exploran y co-construyen conjuntamente nuevos significados (Anderson, 1997; Rucińska and Reijmers, 2015).
Nuestro enfoque enactivo de las metáforas se distingue de otros disponibles recientemente (Gallagher and Lindgren, 2015; Stilwell et al., 2021), que se centran sobre todo en los movimientos y actuaciones corporales implicados en enactuar metáforas, y dejan un vacío explicativo cuando se trata de hablar de enactuar metáforas únicamente en el diálogo. Sostenemos que las metáforas pueden enactuarse no solo en el juego y en el movimiento, sino también en el diálogo, ya que hablar es también una forma de hacer. En consecuencia, podemos enactuar distintas posibilidades y encontrar nuevos sentidos o significados en la conversación terapéutica. De hecho, una expresión ni siquiera necesita ser una metáfora consolidada para que se la enactúe como tal en el diálogo.
El artículo se organiza como sigue. En la sección «La terapia sistémica colaborativa se encuentra con la cognición corporizada y enactiva», presentamos los principios fundamentales de la terapia sistémica colaborativa y mostramos cómo encaja con la EEC. En la sección «Las metáforas en psicoterapia y en las prácticas sistémicas colaborativas», analizamos cómo se usan las metáforas en la práctica sistémica colaborativa, y en la sección «Metáforas corporizadas, enactivas y ecológicas», aclaramos cómo concibe la EEC las metáforas. En la sección «¿Cómo funcionan las metáforas?», analizamos cómo se supone que funcionan las metáforas corporizadas, enactuadas y ecológicas. En la sección «Enactuar metáforas en el diálogo: ejemplos de la práctica terapéutica», ilustramos lo que significa enactuar metáforas en el diálogo con dos ejemplos de la práctica terapéutica sistémica. En la sección «¿Qué hace de las metáforas buenas herramientas terapéuticas? Un análisis», ofrecemos un análisis de lo que, a nuestro juicio, hace de las metáforas buenas herramientas terapéuticas. La esencia de nuestra propuesta es que las metáforas funcionan mejor en el diálogo terapéutico cuando se asocian con verbos de acción. Los verbos de acción permiten a quien ejerce la terapia cambiar el significado de las metáforas generadas por la persona consultante y sentar las bases para que esta experimente cada vez más un sentido de agencia. Así, el carácter transformador de las metáforas en los encuentros terapéuticos reside en su uso, en la medida en que pueden vincularse con verbos de acción, reforzando de este modo la agencia de la persona consultante y promoviendo la co-construcción de significados compartidos (o construcción participativa de sentido).1 La sección «Conclusión y continuación» cierra el artículo con reflexiones sobre la aplicabilidad de nuestra propuesta a otros contextos terapéuticos y con pistas para trabajos futuros.
Un enfoque sistémico de la psicoterapia propone que las personas son nodos de una red compleja de relaciones que influyen en su pensar, su sentir y su hacer; se centra en las influencias mutuas y complejas entre la persona consultante y las redes en las que está entretejida (Bertrando, 2007). Contrariamente a lo que a menudo se cree, los enfoques sistémicos de la psicoterapia no se limitan al trabajo con parejas o familias: el paradigma sistémico, en el que las personas se entienden como nodos de redes de relaciones, permite trabajar con individuos, parejas, familias y grupos (Boscolo and Betrando, 1996; Viou and Georgaca, 2019). La terapia sistémica colaborativa, tal como la desarrollaron, entre otras personas, Harlene Anderson, es un tipo de terapia sistémica que se centra específicamente en desarrollar una relación colaborativa entre terapeuta y persona consultante, y en entablar diálogos que favorezcan el crecimiento y el cambio. La terapia sistémica colaborativa subraya que los sistemas sociales son sistemas lingüísticos (Anderson, 1997): es a través del lenguaje, hablado y no hablado, como las personas dan sentido a sí mismas, a las demás y al mundo en el que viven Anderson and Goolishian (1992). Los significados que las personas co-crean son significados socialmente construidos —toman forma en diálogos e interacciones (Rucińska and Reijmers, 2015), que a su vez están influidos por discursos sociales y culturales más amplios y deben situarse dentro de ellos—. En la construcción colaborativa de historias y significados, terapeuta y persona consultante se esfuerzan por que esta experimente un «sentido relacional de agencia» (De Mol et al., 2018), que alude a cómo las personas consultantes pueden volver a experimentar que (pueden) marcar una diferencia en las redes de relaciones en las que viven. En el espacio dialógico que se crea entre terapeuta y persona consultante, esta puede volver a experimentar las múltiples maneras en que aparece en los contextos relacionales, y desarrollar así nuevas perspectivas sobre sí misma, sobre las demás personas y sobre el mundo.
Esta perspectiva sistémica, nutrida por el pensamiento posmoderno, exige también una mirada crítica sobre la posición de quien ejerce la terapia. En algunas corrientes terapéuticas, a la persona terapeuta se le atribuye una posición de experta: puede juzgar qué es normal o patológico, qué causa la patología y qué se necesita para recuperar la salud. Desde una perspectiva sistémica posmoderna, sin embargo, quien ejerce la terapia es también un nodo de una red de relaciones que influye en cómo da sentido a lo que percibe. Su pensamiento, al igual que el de las personas consultantes, está socialmente construido y, por tanto, no es más (ni menos) «verdadero» que el de la persona consultante. Se abandona la idea de la persona psicoterapeuta como experta en la vida de la persona consultante y se produce un desplazamiento hacia la psicoterapia como co-construcción (Gergen and Warhus, 2001). En este marco, la tarea terapéutica tiene dos caras. Por un lado, quien ejerce la terapia es responsable de crear un contexto en el que las personas consultantes se sientan lo bastante seguras para compartir sus historias. Por otro, desde una posición de no saber (una posición caracterizada por la curiosidad y la reflexividad, en la que se mantiene la apertura a aprender sobre la persona consultante y no se da por supuesto demasiado pronto que se «sabe» cuál es su problema), le corresponde facilitar un diálogo en el que puedan generarse significados nuevos y más viables (Rober, 2005; Anderson, 2012). Así, el foco de la terapia sistémica no está en «descubrir» o «desvelar» experiencias como tales, sino en el efecto que el diálogo terapéutico tiene en la persona consultante, tanto dentro como fuera de la consulta.
Aunque la corporeidad y las interacciones no verbales siempre han ocupado un lugar central en la práctica terapéutica sistémica (Jackson, 1957; Satir et al., 1991; Wilson et al., 2020),2 los desarrollos teóricos recientes, centrados en el lenguaje y en las historias, parecen haber creado una «brecha» entre la teoría sistémica y su práctica (Bertrando and Gilli, 2008).3 Proponemos que es aquí donde el marco de la EEC puede ser de ayuda.
La concepción corporizada y enactiva de la cognición (EEC), dos pilares de la «ciencia cognitiva 4E» —véase Newen et al. (2018)—, es una concepción con varios conceptos centrales muy en sintonía con el pensamiento sistémico y que, por tanto, podría enriquecer la teoría sistémica. La EEC se opone a las visiones cognitivistas y computacionales clásicas de la cognición, que reducen los procesos cognitivos a manipulaciones de información en el cerebro. La cognición, se sostiene, se arraiga en sistemas perceptivos y sensoriomotores más amplios y se desarrolla en interacción con el entorno. La cognición «corporizada» remite a la idea de que la cognición no se limita a lo que ocurre en el cerebro, sino que incluye procesos tanto dentro como fuera de él. La cognición «enactiva» remite a la idea de que la cognición implica algo más que el cuerpo: implica interacciones explícitas, adaptativas y recíprocas entre el agente y su entorno. A menudo, las propuestas de la EEC incluyen la noción de affordances procedente de la psicología ecológica. Las affordances son posibilidades de acción que el entorno ofrece a un agente y que emergen en su relación.
Quizá no resulte sorprendente que las terapias corporales y las terapias artísticas hayan encontrado rápidamente en este nuevo enfoque de la cognición un fundamento y una fuente de inspiración para su práctica (Röhricht et al., 2014; Samaritter and Payne, 2016). Para los enfoques terapéuticos que priorizan el movimiento y la interacción no verbal, este enfoque de la cognición ofrece una base sobre la que apoyar las acciones terapéuticas y aclarar cómo se produce el cambio terapéutico. Pero ¿qué ocurre con la terapia sistémica colaborativa, centrada en el lenguaje y el diálogo?
Señalamos aquí que la EEC puede extenderse también a las prácticas lingüísticas. Según el enactivismo, el lenguaje es un flujo de actividad en un mundo sociomaterial de prácticas (Di Paolo et al., 2018). No es una actividad descorporizada o desacoplada de mentes superiores, sino una actividad que emerge en la interacción social. El enactivismo recurre al término lenguajear para hablar de las actividades vinculadas al lenguaje, que incluyen el habla, pero también conductas no verbales como los gestos y la imitación. El lenguajear capta la «continuidad entre los compromisos corporales y las actividades, incluidos el habla y las conductas verbales» (Jensen, 2014, p. 6). El lenguaje es, por tanto, un proceso cultural, arraigado en la biología humana y en las prácticas sociomateriales, que capta tanto la dimensión emocional como la afectiva de las interacciones humanas. Esto permite a la terapia sistémica colaborativa nutrirse de la EEC, ya que encuentra en ella apoyo para la idea de que el diálogo es también una actividad corporizada.
Examinaremos ahora brevemente el papel de las metáforas en las psicoterapias clásicas y sistémicas, y después analizaremos lo que podemos aprender sobre las metáforas desde la perspectiva de la EEC.
En la literatura psicoterapéutica, al término «metáfora» se le suele dar un sentido muy amplio. La metáfora designa simplemente «una manera de hablar en la que una cosa se expresa en términos de otra» (Kopp, 1971, p. 28). La reflexión sobre el papel de las metáforas en psicoterapia tiene una tradición larga y rica (véase, p. ej., Tay, 2013). En un intento de ordenar la multitud de maneras en que las metáforas pueden influir en los procesos terapéuticos, Lyddon et al. (2001) propusieron la siguiente clasificación: (1) construcción de la relación entre terapeuta y persona consultante, (2) acceso a las emociones de la persona consultante y simbolización de estas, (3) desvelamiento y cuestionamiento de sus supuestos tácitos, (4) trabajo con sus resistencias y (5) introducción de nuevos marcos de referencia.
Según Tay (2016), la literatura sobre el uso y el papel de las metáforas en los procesos terapéuticos muestra dos tendencias principales: un enfoque centrado en quien ejerce la terapia y un enfoque centrado en la persona consultante. En el enfoque centrado en quien ejerce la terapia, el foco está en la figura terapéutica como autora de la metáfora. Se examina y describe aquello a lo que hay que prestar atención al idear metáforas, al introducirlas en el diálogo con las personas consultantes y al usarlas en los procesos terapéuticos. Algunas corrientes terapéuticas ven en la superposición de metáforas una oportunidad para comunicarse indirectamente con el subconsciente de la persona consultante y evitar así la resistencia consciente (Erickson and Rossi, 1976; Roffman, 2008; Burns, 2012). Sin embargo, la literatura describe también maneras de usar las metáforas de forma más explícita. Las metáforas ofrecen un modo de abordar con las personas consultantes, de manera concreta, hipótesis, ideas o consejos a menudo abstractos (Lakoff and Johnson, 1980; Tay, 2013, 2017). Para apoyar esta labor, existen manuales que proponen numerosas metáforas utilizables cuando se las considera útiles o necesarias (Blenkiron, 2011; Stoddard and Afari, 2014).
La literatura de un enfoque de las metáforas centrado en la persona consultante se ocupa ante todo de esta como autora de la metáfora. Este enfoque está en sintonía con los enfoques más no directivos de la psicoterapia y ve en las metáforas un medio para que las personas consultantes verbalicen lo que piensan, sienten y experimentan (Lakoff and Johnson, 1980; McMullen, 1996). El foco está principalmente en el contenido de la metáfora, ya que quien ejerce la terapia interpreta la metáfora de la persona consultante desde su propio marco de referencia. La metáfora se concibe así como una puerta de acceso para desvelar la psicopatología (Rhodes and Jakes, 2004; Coll-Florit et al., 2021) o pensamientos y sentimientos inconscientes (Borbely, 2008). Sin embargo, un enfoque más orientado al proceso, como la terapia sistémica colaborativa, subraya la importancia de poner entre paréntesis las propias interpretaciones y de ceñirse en lo posible al proceso y a la construcción de significado de la persona consultante (Kopp and Craw, 1998; Sims, 2003; Rucińska et al., 2021). Desde la perspectiva terapéutica sistémica colaborativa, las metáforas pueden ser generadas tanto por la persona consultante como por quien ejerce la terapia (Rober, 1999). Con independencia de quién genere la metáfora, esta sirve para co-construir nuevas historias. La metáfora en sí no oculta ninguna «verdad», ni pretende transmitir «conocimientos» o «comprensiones», sino que puede ofrecer una vía para investigar las experiencias desde otra perspectiva.
Aunque las metáforas forman parte integral de la práctica psicoterapéutica y a lo largo de los años se ha investigado y escrito mucho sobre su papel en los procesos psicoterapéuticos, a Tay (2017) le preocupa la poca atención que se presta a cómo la teoría contemporánea de la metáfora puede enriquecer la práctica psicoterapéutica. Esto nos llevó a preguntarnos: ¿qué tienen las metáforas que las convierte en buenas herramientas terapéuticas? Nuestra respuesta a esta pregunta se situará dentro de los enfoques de la metáfora propios de la EEC —en particular el enfoque enactivista, que ve en las metáforas herramientas para prácticas conjuntas de construcción de significado—. Para comprender los procesos de construcción de significado en los compromisos metafóricos, nos volvemos ahora hacia la EEC, que considera las metáforas corporizadas, enactuadas o ecológicas, y analizamos cómo puede enriquecer y fundamentar el uso de las metáforas generadas por las personas consultantes en la terapia sistémica colaborativa.4
En la literatura filosófica, la metáfora suele verse como un recurso literario que implica una transgresión consciente de categorías establecidas y nos permite comprender un tipo de cosa (a menudo abstracta o poco familiar) en términos de otra (más concreta y familiar; Lakoff and Johnson, 1980; Stilwell et al., 2021). Recientemente, sin embargo, las metáforas ya no se tratan solo como entidades lingüísticas (figuras retóricas) o procesos lingüísticos (proyecciones de fuente a meta), sino que se ven como procesos cognitivos e imaginativos (Gibbs, 2006), procesos perceptivos (Szokolszky, 2019) o incluso como affordances y figuras de acción (Jensen and Greve, 2019). Por ejemplo, la visión dinámica de la metáfora (Müller and Tag, 2010) propone un entrelazamiento dinámico de procesos sociales, cognitivos y afectivos en la producción y la comprensión de la metáfora, e integra sistemáticamente los procesos sociales y cognitivos en el análisis de la activación metafórica en la interacción conversacional. En este artículo no pretendemos ofrecer una visión de conjunto exhaustiva de todas las propuestas disponibles sobre cómo pensar las metáforas. Sí ofreceremos, en cambio, una breve caracterización de algunos de los enfoques corporizados, enactivos y ecológicos más recientes de la metáfora (Machielsen, 2019; Szokolszky, 2019; Stilwell et al., 2021), con el fin de situar nuestro propio enfoque, dialógico-enactivo, del uso de la metáfora en terapia.5
Partiremos de la afirmación de que las metáforas son corporizadas, una idea tan extendida que no debería resultar controvertida. Pero ¿qué significa exactamente que la metáfora sea corporizada? La literatura sobre las metáforas remite a distintos sentidos de la corporeidad, que vale la pena cartografiar. Al decir que «las metáforas son corporizadas», podría querer decirse, como mínimo, una de las siguientes cosas: que las metáforas tienen raíces sensoriomotoras, que se apoyan en simulaciones motoras, que requieren la activación de circuitos físicos en la corteza motora o que implican procesos corporales afectivos, y esta lista no es exhaustiva. Intentaremos desentrañar algunos de estos distintos sentidos en juego.
Por ejemplo, el concepto de «metáfora corporizada» puede remitir al hecho de que las metáforas existentes tienen raíces corporales, como se ve en los ejemplos de Lakoff (2008, 2012) y de Lakoff and Johnson (1999). Estos autores proponen que, aunque las metáforas son unidades lingüísticas, el lenguaje que los seres humanos han desarrollado se arraiga en sus experiencias físicas, y las metáforas conceptuales pueden apoyarse en experiencias corporizadas. Según Lakoff (2008), todas las metáforas conceptuales complejas pueden descomponerse en metáforas primarias, y las metáforas primarias se adquieren «andando por el mundo, moviéndonos y percibiendo constantemente» (Lakoff and Johnson, 1999, p. 57). Por ejemplo, «el AFECTO es CALOR» es una metáfora primaria, por la que asociamos el calor físico con la cordialidad. Esto es así, según Lakoff, «(p)orque las metáforas primarias son circuitos físicos persistentes (duraderos o permanentes) en el cerebro» (Lakoff, 2012, p. 782; véase también Kompa, 2017, p. 203).
Sin embargo, a veces nuestro cuerpo no solo sirve de anclaje al pensamiento metafórico, sino que parece servir también de referencia para comprender usos creativos y singulares del lenguaje. Las metáforas desencadenan respuestas corporales que nos permiten «experimentar» el significado de una metáfora. Por ejemplo, según Raymond Gibbs (2006), comprender metáforas que contienen un verbo de acción consiste en imaginarse activamente realizando esa misma acción. Y según Littlemore (2019), la metáfora corporizada se caracteriza por una experiencia corporal visceral utilizada para describir algo abstracto. Las metáforas corporizadas pueden tener una fuerte asociación física o suscitar fuertes reacciones físicas. Aquí, «corporizado» se usa para describir situaciones en las que se tiene una respuesta física manifiesta a las palabras.
Según Littlemore (2019), las metáforas difieren en el grado en que son corporizadas. Hay metáforas que suscitan una respuesta neurológica, hay metáforas que pueden apelar a nuestras experiencias con nuestro cuerpo y a nuestros conocimientos sobre él, y hay metáforas que pueden comprenderse también porque forman parte de nuestra lengua o de una convención, ya que surgieron de la historia de nuestras experiencias e interacciones corporizadas. El sentido de la corporeidad que queremos subrayar, sin embargo, es que el cuerpo desempeña un papel explícito en la configuración de la comprensión de la metáfora, ligado a la enacción: el movimiento y la actividad corporales en curso. Pasamos ahora a la propuesta enactiva.
Consideramos que Gallagher and Lindgren (2015) ofrecen un buen ejemplo de una aproximación enactivista a las metáforas. Como escriben:
El término enactivo no designa aquí un tipo distinto de metáfora en sí, sino un tipo distinto de compromiso con la metáfora. En concreto, podemos decir que una metáfora enactiva es una metáfora que enactuamos, es decir, que ponemos en acción o que hacemos existir mediante nuestra acción (p. 392).
Contraponen las metáforas enactivas a las metáforas «sentadas» (las que se encuentran al leer un libro, «sentadas» en la página a la espera de que quien lee las descubra). Las metáforas enactivas, en cambio, «hacen cosas, pero solo cuando nos comprometemos con ellas de algún modo» (ibid., p. 392). Su atención se centra en cómo podemos poner a trabajar las metáforas en situaciones reales de aprendizaje, y ofrecen un ejemplo de metáforas enactuadas en contextos específicos.6 La propuesta enactivista, en resumen, es que las metáforas se realizan en la acción participativa, que sus significados se crean en la interacción y que forman parte de la construcción conjunta de una nueva realidad (Rucińska and Reijmers, 2015).
Desde el enfoque ecológico, Jensen and Greve (2019) proponen una concepción en cierto modo similar de las metáforas como productos de sistemas organismo-entorno. Ven el compromiso metafórico como «una forma de hacer que está inserta en las maneras en que hacemos las cosas en el mundo y que, como tal, puede entenderse como manipulaciones hábiles de entornos de cualquier tipo» (p. 2). Proponen pensar las metáforas a través del concepto de affordances, que tiene la ventaja de ayudarnos «a centrarnos en la metáfora como parte de nuestros haceres activos, más que como procesos mentales internos o rasgos estilísticos» (p. 12-13). Hablan además de niveles de metaforicidad de las palabras, para contrarrestar la idea de que los significados literales y figurados pueden distinguirse con nitidez. Proponen que
la metaforicidad debe verse como un valor escalar, algo que está más o menos activado o presente (…). En particular, la metaforicidad no se limita (al significado de) las palabras o las acciones verbales, sino que [se apoya] en una variedad de actividades y sensaciones corporales (2019, p. 10).
Tanto las propuestas enactivistas como las ecológicas advierten que los significados metafóricos surgen en las interacciones. El enactivismo sostiene que construimos nuestros significados mediante la construcción participativa de sentido, la idea de que el significado se logra conjuntamente a lo largo de una historia de rupturas y recuperaciones en la coordinación interactiva (De Jaegher and Di Paolo, 2007). Damos sentido a nuestros entornos de forma activa y continua: nos implicamos en procesos interactivos de hacer emerger, o enactuar, un mundo de relevancia. La concepción ecológica de las metáforas como affordances permite que las metáforas formen parte de esas prácticas de construcción de significado.
Las propuestas corporizadas, enactivas y ecológicas subyacen a la visión de las metáforas que compartimos. Nuestra propuesta se distingue de las demás en la manera de pensar cómo el hecho de enactuar metáforas produce realmente el cambio. Pasamos ahora a un análisis de cómo se supone que funcionan las metáforas de la EEC, seguido de nuestra propuesta de enactuar metáforas en el diálogo terapéutico.
Hemos expuesto más arriba lo esencial de la aproximación corporizada, enactiva y ecológica a las metáforas. Pero eso no basta todavía para explicar cómo funcionan las metáforas, o qué es lo que, en el hecho de ser corporizadas, enactuadas o ecológicas, permite a las metáforas ofrecernos nuevos significados. En esta sección intentamos ofrecer una breve visión de conjunto de cómo se supone que funcionan las metáforas en los modelos corporizado, enactivo y ecológico, y cada análisis va seguido de una crítica o una reserva sobre el método en cuestión. Proponemos después colmar una laguna de las explicaciones disponibles con nuestra propia propuesta.
Una de las maneras en que, según se dice, funcionan las metáforas es que nos permiten ver semejanzas entre dos entidades que normalmente se consideran distintas (Szokolszky, 2006, 2019). Se trata de una capacidad que, desde una óptica representacional, constituye una tarea cognitiva complicada (Norbury, 2005).7 Pero la psicología ecológica puede dar buena cuenta de ella. La psicología ecológica habla de la captación directa de un patrón invariante en una configuración informacional específica tanto de la fuente de la metáfora como de su meta (por ejemplo, la configuración informacional específica tanto de los fuegos artificiales como de las flores, que permite considerar metafóricamente los fuegos artificiales como «flores en el cielo»).8 Según Agnes Szokolszky (2006), la metáfora prototípica se basa en una semejanza compartida claramente perceptible (y/o en «affordances compartidas») entre dos objetos. Encontrar una semejanza sienta las bases de una metáfora, ya que crea la posibilidad de percibir una cosa en términos de otra (p. ej., un zapato en términos de un barco) y, a su vez, de decir algo metafóricamente. Esta visión arraiga la capacidad de actuar sobre las metáforas en procesos perceptivos simples, no en procesos cognitivos complejos como el pensamiento contrafáctico o la capacidad de representar una cosa como otra. Así, mientras se creía que la metáfora presuponía capacidades de clasificación de las que no dispone la infancia en edad preescolar, la perspectiva ecológica considera las metáforas herramientas de aprendizaje que incluso niñas y niños pequeños pueden desarrollar, porque, desde la perspectiva ecológica, la metaforicidad es un fenómeno perceptivo.
Aunque compartimos con el enfoque ecológico el propósito de no sobreintelectualizar los mecanismos que subyacen a los compromisos metafóricos, pensamos que las fuentes y las metas de las metáforas no necesitan compartir semejanzas estructurales ni parecerse en modo alguno. Muchas metáforas son conceptuales (p. ej., «el amor es un campo de batalla») y no permiten captar ningún patrón informacional perceptivo. Y compartir affordances es una afirmación demasiado amplia, ya que las fuentes y las metas de las metáforas pueden compartir un número infinito de affordances (posibilidades de acción), como la posibilidad de discurso. Esto no es algo que dé a la visión perceptiva un lugar especial para explicar cómo funcionan las metáforas, al menos no en el contexto terapéutico sistémico colaborativo. Además, aunque la psicología ecológica pueda alegar que solo habla de metáforas prototípicas y no conceptuales, hay otro problema en juego: la pasividad de este enfoque. En terapia, el acento está puesto en el papel activo de la acción y la interacción dinámicas en relación con las affordances del discurso metafórico. El simple acto de ver semejanzas entre la metáfora y su fuente, o de ser consciente de los orígenes corporales de las metáforas, no basta. En nuestra propuesta nos centraremos en actuar sobre las metáforas. En este sentido, no vemos la metaforicidad como algo que requiera percibir semejanzas o percibir «affordances compartidas», sino que proponemos pensar las metáforas como herramientas para nuevas maneras de ver y de interactuar.
Otra de las maneras en que, según se dice, funcionan las metáforas corporizadas es que remiten a nuestras experiencias personales vividas (p. ej., Littlemore, 2019). Estas metáforas se basan en correlaciones experimentadas entre los dominios fuente y meta, y no en semejanzas percibidas. Las correlaciones experimentadas remiten a nuestras experiencias y sentimientos corporizados vividos en el pasado, de modo que es más probable que nos activen neurológicamente cuando las oímos.
Una de las objeciones a la afirmación de que las metáforas se arraigan en experiencias corporales es que parece sugerir que estas metáforas desencadenarían comprensiones personalizadas e individuales, ya que cada metáfora se basaría en la propia experiencia individual y corporizada. Esto se expondría a la objeción de que las metáforas no serían comprensibles para las demás personas. Sin embargo, esta visión no plantea problemas si se combina con el enactivismo y la construcción participativa de sentido. La construcción participativa de sentido se arraiga en parte en nuestras experiencias corporales, pero sobre todo sugiere que la construcción de significado es un acto conjunto, que se desarrolla intersubjetivamente. Nuestras interacciones sociales cambian la manera en que percibimos y comprendemos el mundo. Ninguna persona elige por sí sola los significados de sus experiencias; las experiencias cobran sentido en la interacción con las demás personas y se negocian dentro de una práctica cultural. En la práctica, esto significa que el significado de una metáfora es flexible y toma forma dentro del contexto en el que se usa. Una misma metáfora podría incluso «reutilizarse», como mostraremos más adelante. Partimos de esta idea para analizar, en la sección siguiente, cómo adquieren las metáforas su significado en el contexto de un diálogo terapéutico.
Otra manera más en que, según se dice, funcionan las metáforas corporizadas es que desencadenan respuestas sensoriomotoras, como recogen algunas de las propuestas corporizadas (Schaefer et al., 2015; véase también Kompa, 2017). En este caso, la fuente y la meta de la metáfora no necesitan parecerse estructuralmente en modo alguno; lo que ocurre es una activación de las regiones cerebrales que también se activarían si experimentáramos realmente lo que expresa la metáfora. Kompa (2017) llama a esto «simulación», aunque se refiere a procesos sensoriomotores implicados en la reenacción de una experiencia corporizada.9 Considérese la explicación de Kompa (2017) de cómo funcionan las metáforas por simulación:
La idea, básicamente, es que para comprender una expresión lingüística hay que simular la experiencia correspondiente. Cuando oigo la palabra «agarrar», simulo (reenactúo) la acción de agarrar. Y como ya he agarrado cosas antes, lo lograré y llegaré a comprender la palabra en cuestión. La simulación, a su vez, requiere una activación de las regiones sensoriales y motoras (así como afectivas) del cerebro, porque al simular una experiencia determinada mostramos aproximadamente el mismo patrón de actividad neuronal que acompañó la experiencia inicial. La comprensión del lenguaje implica de manera crucial el reclutamiento del sistema sensoriomotor (p. 196-197).
Estamos de acuerdo con la afirmación de que la comprensión del lenguaje es una empresa sensoriomotora. Hay multitud de datos de las neurociencias y las ciencias cognitivas que la respaldan, entre ellos el hecho de que algunos verbos de acción suscitan una activación de la corteza motora del cerebro (Barsalou, 1999; Hauk et al., 2004).10 Sin embargo, Kompa (2017) sostiene que la simulación (tal como se ha descrito) no consigue dar cuenta de la comprensión de las metáforas, porque «nos proporciona una teoría de la interpretación literal. Pero interpretar metáforas exige dejar atrás el significado literal (…). Comprender metáforas exige mirar las cosas de manera distinta a como se hacía antes» (p. 206). Considérese la metáfora «CAPTAR una IDEA». ¿Es la activación de las mismas neuronas que cuando se agarra realmente una taza lo que nos permite comprender la metáfora en cuestión? Kompa lo pone en duda, argumentando que simular (o, en términos de la EEC, reenactuar) nuestras experiencias corporales previas, mediante la activación de los procesos sensoriomotores asociados al agarrar cuando pensamos en la metáfora «CAPTAR una IDEA», no basta todavía para comprender su metaforicidad.
Aunque el desafío de Kompa debería analizarse con más detalle en el futuro, sugerimos que, para fines terapéuticos, la idea de la mera activación de circuitos sensoriomotores ligados a los verbos de acción mientras se pronuncian esos verbos no es, en efecto, central, ya que no es en el desencadenamiento de procesos sensoriomotores (como la activación sensoriomotora del agarre con la mano) donde tiene lugar la enacción de la metáfora, sino en el diálogo. Si trabajáramos con la metáfora «CAPTAR una IDEA» en terapia sistémica, funcionaría como metáfora porque la actividad de agarrar está ligada a la red más amplia de significados que podemos asociar y crear con el verbo de acción «agarrar», como una sensación de logro o la emoción del éxito. A nuestro juicio, es lo que se puede hacer con la metáfora para producir un cambio lo que hace que la metáfora funcione, como explicaremos más adelante.
Así pues, aunque hay varias vías por las que pueden funcionar las metáforas, cada una ajustada a su propio contexto,11 nos centraremos en la idea de Gallagher and Lindgren (2015) de que las metáforas funcionan porque se enactúan: nos invitan a «representar con [nuestro] cuerpo lo que comprendemos» (p. 398), en lugar de pensar a través de las proyecciones de dominios fuente sobre dominios meta. Como señalan Gallagher y Lindgren, las metáforas enactivas no son un tipo distinto de metáforas: la diferencia reside en cómo las usamos. El enactivismo puede proponer así otra manera de ver cómo pueden ponerse en acción las metáforas, en el diálogo, que nos parece la más fecunda para un contexto terapéutico.
Suscribimos este enfoque enactivista de la enacción de metáforas y simpatizamos con las propuestas enactivistas mencionadas. Sin embargo, una limitación de las propuestas disponibles es que tratan la enacción de manera bastante literal. Gallagher and Lindgren (2015) hablan de enactuar metáforas en actos que son actuaciones corporizadas de ficción: es al mover su cuerpo cuando quienes actúan lo hacen metafóricamente. Jensen and Greve (2019) dicen que la enacción se produce «en y a través de los movimientos gestuales» (p. 18).12 Y, más recientemente, Stilwell et al. (2021) analizan la enacción de metáforas del dolor en terapia y proponen que la metáfora se enactúa cuando quien ejerce la terapia aplica una presión manual sobre el foco de dolor de la persona atendida. Ni antes ni después: es en el tacto donde se enactuaban las metáforas.13 En todos estos ejemplos, la metáfora se realiza literalmente, con movimiento, gesto o contacto físico. Stilwell et al. llegan incluso a contraponer explícitamente las metáforas enactivas a las metáforas verbales; estas últimas se consideran parte de una «educación pasiva del paciente» (p. 243). Es una visión bastante limitada de la enacción, ya que el enactivismo se extiende también al lenguaje. Así, aunque estamos de acuerdo en que a veces es así como podemos enactuar metáforas (del mismo modo que podemos enactuar explícitamente lo que imaginamos en actuaciones de juego simbólico; véase Rucińska and Gallagher, 2021), lo que sostenemos en este artículo, y el ajuste que proponemos a las visiones enactivas disponibles de la metáfora, es que la enacción de metáforas puede producirse también al hablar, ya que hablar es también una forma de hacer. Proponemos que no es necesaria ninguna actuación explícita aparte de la verbalización lingüística para que la metáfora se enactúe, pues el lenguaje es también un proceso corporizado y enactivo. En la sección siguiente aclaramos cómo creemos que funciona la enacción de metáforas en el diálogo.
A raíz del análisis anterior, proponemos que en terapia sistémica podemos enactuar metáforas en el diálogo. Esto significa que, en un contexto terapéutico, quien ejerce la terapia puede usar verbos de acción y palabras asociadas a la metáfora para generar nuevas posibilidades de acción para la persona consultante que introduce la metáfora. No necesita analizar el significado de la metáfora; crea nuevos significados con la metáfora tal como la ha introducido la persona consultante, para dar juntos un nuevo sentido a su situación.
Tomemos, por ejemplo, el hablar de depresión. Un diagnóstico así, por sí solo, no da pie a nuevos comportamientos. El relato de la «depresión» es estático y a menudo restrictivo: una vez diagnosticada, puede tener un efecto incapacitante en una persona (no se sabe qué hacer con ella salvo aceptar sus consecuencias). Pero cuando una persona acude a terapia para hacer frente a su depresión, podría ser útil que ella y quien ejerce la terapia hablaran con metáforas. Esto podría funcionar porque los verbos orientados a la acción se asocian fácilmente con esas metáforas. Quien ejerce la terapia puede implicarse y jugar con las metáforas con destreza (más que con términos de diagnóstico clínico) para dar lugar a nuevas conversaciones con la persona consultante. Lo mostraremos en el ejemplo que sigue.
Lo que queremos señalar por ahora es que las metáforas permiten una experiencia transformadora cuando se enactúan en el diálogo. Pero esa enacción no tiene por qué ser una actuación corporal. Concebidas como affordances lingüísticas, o posibilidades de acciones futuras que el lenguaje hace posibles, las metáforas dependen del uso. En terapia, las metáforas pueden funcionar como objetos o herramientas que se manipulan. Así, aunque las metáforas podrían funcionar gracias a sus propiedades simbólicas, queremos poner de relieve otra manera en que funcionan las metáforas, que no se ha analizado en detalle hasta ahora: funcionan cuando actúan como affordances lingüísticas para la acción. Actuar como affordances lingüísticas para la acción significa que abren nuevas maneras de lenguajear, de hablar de las cosas y de darles sentido.14 A continuación, ofreceremos dos ejemplos de encuentros terapéuticos sistémicos para ilustrar nuestra tesis.
Andy tiene 15 años y lleva varios años luchando contra una forma mórbida de obesidad. Sus padres se divorciaron cuando él tenía 10 años. Recuerda cómo, poco después del divorcio, empezó a comer cada vez más. Comer, dice, le ofrecía una forma de consuelo. Su madre se quedó sola tras el divorcio. Para hacer frente económicamente a la nueva situación, trabajaba muchas horas. Por eso Andy pasaba a menudo solo en casa. Al principio, a Andy no le molestaba mucho el peso que iba ganando progresivamente. Sin embargo, esto cambió con el paso a la educación secundaria. Allí sufrió acoso y exclusión por su peso. Otros jóvenes le lanzaban palabras como «elefante» y «gordo». Cada vez se avergonzaba más de su aspecto y se encerraba en su habitación. Se escondía detrás del ordenador y se unió a una comunidad de videojuegos en línea. Sus hábitos alimentarios poco saludables y su estilo de vida sedentario le llevaron a desarrollar una obesidad mórbida. Toda esperanza de cambio se derretía como nieve al sol. Se sentía atrapado en su propio cuerpo e impotente ante su situación. Cada vez le resultaba más difícil ir al instituto y soportar las miradas de otros jóvenes. Cuando Andy tenía 14 años, su madre le propuso buscar ayuda en un centro médico de rehabilitación pediátrica en el que jóvenes con obesidad reciben un tratamiento residencial multidisciplinar para ayudarles a recuperar hábitos de alimentación y de vida saludables y a recobrar la confianza en sí. Pasó un año antes de que Andy se atreviera a dar el paso.
Durante una de sus conversaciones con Andy (A), su terapeuta (T) explora la manera en que las miradas de los demás le han afectado.
T: Recuerdo, de una de nuestras conversaciones anteriores, que a menudo te excluían y te acosaban en el instituto. A pesar de esa situación tan difícil, seguiste yendo a clase. ¿Cómo lo hiciste?
A: Con el tiempo, me [puse] una coraza. Esa coraza me ayudaba a aguantar todas esas palabras. Era lo único que podía hacer contra todas esas cosas feas que la gente me decía.
T: ¿O sea que te pusiste una coraza para protegerte? ¿Es así?
Obsérvese cómo Andy recurre espontáneamente a una metáfora para responder a la pregunta del terapeuta. La metáfora no se elige al azar. Andy juega a videojuegos y a menudo a juegos en los que se usa una coraza para proteger al avatar frente a un mundo virtual peligroso. Sus experiencias con los videojuegos le ofrecen un arsenal de imágenes entre las que puede escoger para expresar sus vivencias en la conversación con el terapeuta.
El terapeuta quiere seguir explorando, desde la posición de no saber, las experiencias de Andy al ir al instituto. Decide hacerlo «quedándose con» la metáfora que Andy le ha dado (sin dejar de usarla y explorarla) y le hace a Andy nuevas preguntas:
T: Cuando llevas puesta la coraza, ¿ya no sientes el [peso de las] palabras [hirientes]?
A: Sí, pero solo un poco. Si te dan [con esas palabras], sigues notando el golpe. [Con la coraza] solo duele menos.
T: Vale, o sea que sigues notando el golpe de las palabras, pero amortiguado.
A: Sí, eso es.
T: ¿Y cómo era para ti tener que ir por ahí con una coraza así?
A: Me encerraba en mi habitación todo lo que podía para no tener que ver a nadie. Así no tenía que ponerme la coraza.
T: ¿Y eso por qué, exactamente? ¿Cómo era para ti tener que ir por ahí con una coraza así puesta?
A: Era muy cansado tener que llevarla todo el rato. Gastaba mucha energía en no dejar que la gente viera cómo me sentía por dentro. Aunque variaba de un día a otro.
T: Ah, sí, ¿y de qué dependía esa [variación]?
A: En parte, [era] por la cantidad de golpes que tenía que aguantar. Y al final de una semana de clase, la coraza también pesaba mucho más que al principio de la semana.
Desde una perspectiva terapéutica, podríamos decir que Andy usa la imagen de una «coraza» como metáfora de su lucha por protegerse de experiencias dolorosas. Usa la metáfora como medio para expresar cómo hizo frente al acoso. La imagen concreta de la coraza le ayuda a poner en palabras la complejidad de sus experiencias. Sin embargo, desde una perspectiva enactiva, la metáfora ofrece un «espacio compartido de affordances» (Gallagher, 2020, p. 113) dentro del cual Andy y su terapeuta pueden moverse para seguir explorando sus experiencias. Como una coraza es algo tangible y concreto, tanto Andy como el terapeuta pueden remitirse a los aspectos multisensoriales ligados al uso o al hecho de llevar una coraza para iluminar las experiencias de Andy. Las corazas pueden quitarse y ponerse; pueden ser pesadas o ligeras (y esto puede variar de un día a otro o de un momento a otro); y pueden absorber los golpes de fuera, aunque algunos golpes se sigan sintiendo con más fuerza que otros.
Mediante sus preguntas sobre la coraza (cómo se siente, o qué acciones permite), el terapeuta invita a Andy a ir más allá de una comparación estática. Las experiencias de acoso de Andy se contextualizan y se diferencian dentro del lenguaje de la metáfora. En y a través de este diálogo metafórico, se produce un desplazamiento de significado perceptible. Al contextualizar y diferenciar, Andy aparece cada vez más ante el terapeuta como un joven que ha luchado mucho para mantenerse firme en un «campo de batalla» de comentarios y palabras hirientes. No es solo un joven «acorazado» que se esconde detrás de un escudo. Es un joven que se pone «una armadura», encaja golpes y desafía el cansancio. Allí donde la metáfora permitía al principio esconderse, ahora permite también resistir y devolver los golpes. Al desplazar el foco de una comparación estática a una exploración dinámica, el terapeuta sentó las bases para que Andy se viera y se experimentara cada vez más como un joven que actúa, interactúa y toma decisiones: un joven con agencia. Esto se percibe también en el fragmento siguiente:
T: Te oigo hablar de cómo tenías que encajar golpes y de lo cansado que era llevar una coraza. Y, sin embargo, tardaste un año en dar el paso de venir a nuestro centro. ¿Me ayudas a entenderlo?
A: Solo di el paso cuando llevar la armadura se volvió demasiado cansado.
T: ¿Y por qué no antes?
A: Pensaba que podría seguir llevando la armadura. Cuando sentí que ya no era posible, di el paso de venir al centro.
T: O sea que solo diste el paso de venir a nuestro centro cuando sentiste que ya no podías seguir llevándola. ¡Qué perseverancia!
A: Puede ser (se ríe).
Al trabajar con metáforas desde una perspectiva sistémica colaborativa, el terapeuta procura no analizar la metáfora, sino más bien crear un espacio en el que las personas consultantes puedan compartir y explorar sus experiencias de tal modo que nuevas facetas de esas experiencias puedan abordarse e iluminarse desde otra perspectiva. En el fragmento, el terapeuta destaca la perseverancia de Andy al cargar con el peso de la coraza, e invita así a Andy a reconsiderar sus experiencias desde otra perspectiva. Andy parece aceptar la propuesta y crea un espacio para generar, junto con su terapeuta, nuevas historias sobre sí mismo.
Tras explorar lo que ayudó a Andy a mostrar esa perseverancia, en el fragmento siguiente el terapeuta invita a Andy a explorar lo que ha cambiado desde el inicio del programa de rehabilitación de la obesidad. Obsérvese cómo el terapeuta vuelve a formular su pregunta inicial de manera que invite a Andy a hablar de sí mismo como alguien con agencia, alguien que toma decisiones y emprende acciones meditadas.
T: En algún momento diste ese paso [de venir a terapia]. ¿Y luego? ¿Qué hiciste con la coraza?
A: Me dejé la coraza puesta los primeros meses. Cuando conocí mejor al grupo, me la quité para que pudieran ver más de quién soy de verdad.
T: ¿Tus experiencias con el grupo te dieron el valor de quitarte la coraza?
A: Sí.
T: ¿Y qué notaste que te dio la confianza de que podías quitarte la coraza?
A: Me sentía como en casa en el grupo. Sentía que no tenía que estar pendiente de cómo me veían y que podía hacer como en casa. Sentía que no tenía que fingir ser alguien que no soy.
T: ¿Y podrías contarme más sobre cómo te quitaste la armadura? ¿Cómo fue?
A: Fue pieza a pieza.
T: ¿Pieza a pieza? ¿Y qué te ayudaba, después de cada una, a quitarte la siguiente?
A: Simplemente vi que no cambiaba gran cosa. Todo el mundo me seguía mirando igual y me seguía tratando igual.
T: ¿Y eso te dio la confianza para quitarte la coraza pieza a pieza?
A: Sí
T: ¿Y ahora? ¿Dónde está ahora tu coraza?
A: Está colgada en el perchero. Cogiendo polvo. Nunca se sabe cuándo podría volver a necesitarla.
T: (Se ríe). ¿O sea que todavía no la has tirado?
A: No.
Al principio, el terapeuta creó un espacio conversacional en el que Andy podía hablar de sus experiencias al encajar los golpes y cargar con el peso de la coraza. El foco estaba en la carga de Andy. A medida que avanzaba la conversación, el terapeuta pasó a una exploración más orientada a la acción. Invita a Andy a hablar de lo que Andy ha «hecho» con la coraza y por qué. El foco del terapeuta está ahora en lo que Andy ha vivido y en la manera en que ha respondido a ello como participante activo de lo ocurrido. Las preguntas del terapeuta invitan a Andy a explorar la manera en que manejó su situación como alguien que evalúa con sentido crítico y toma decisiones informadas. Eligió «ponerse una coraza» para defenderse, eligió esperar antes de ingresar en el programa de rehabilitación y, cuando ya no pudo seguir solo, eligió «dejarse la coraza puesta» durante los primeros meses, tras lo cual decidió «quitarse la coraza» poco a poco, pieza a pieza. Las preguntas orientadas a la acción invitaron a Andy a dejar de verse solo como alguien que sufría, y a verse también como alguien que manejó la situación lo mejor que pudo.
Aunque el terapeuta eligió deliberadamente sus preguntas y «andamió la conversación» (White, 2007), no determinó unilateralmente qué dirección tomaría la conversación ni qué significados podrían pasar a primer plano. En el contexto de la terapia, la conversación fue un proceso de construcción participativa de sentido en el que ambos participantes influyeron en el curso de la conversación. Por medio de una metáfora enactiva, Andy y el terapeuta co-crearon nuevas líneas argumentales en las que Andy aparece como participante activo en los distintos nodos de relaciones en los que está inmerso. Inspirado por este sentido relacional de agencia recién encontrado, cabe esperar que esto le anime a reposicionarse de otra manera en los distintos nodos de relaciones en los que está inmerso: no solo como víctima de acoso, sino también como una persona valiente y fuerte.
Ben es un joven de 17 años con autismo. Lucha contra pensamientos negativos. La lucha no siempre se ve desde fuera: tiene lugar «en su cabeza». Los pensamientos negativos no lo sueltan. Durante una de las conversaciones, Ben le habla al terapeuta de sus conductas autolesivas: a veces, cuando lo está pasando realmente mal, Ben se corta. Le cuenta al terapeuta que, cuando lo está pasando así de mal, siente a la vez la necesidad de que lo dejen solo y el deseo de que lo ayuden. Justo antes de cortarse, predomina la sensación de querer que lo dejen solo. Después de haberse cortado, se da cuenta de que necesita ayuda. Solo que no sabe cómo podrían ayudarle los demás.
Al terapeuta le despierta curiosidad este cambio en la experiencia y le pregunta a Ben qué ocurre después de cortarse para que sienta la necesidad de que lo ayuden. Ben le cuenta al terapeuta que cortarse le ayuda a dejar salir sus pensamientos. Cuando su cabeza desborda, se corta. Y en ese momento se da cuenta de que necesita ayuda. El terapeuta le dice a Ben lo llamativo que le resulta que cortarse provoque un cambio en sus experiencias, de la necesidad de que lo dejen solo a la necesidad de que lo ayuden. Ben lo reconoce, pero al principio le cuesta poner en palabras qué es exactamente lo que provoca ese cambio. Tras un breve silencio, Ben dice de repente:
B: Es como con los tatuajes. Si estás en contra de los tatuajes, te parecen una forma de automutilación. Pero si te gustan los tatuajes, un tatuaje puede verse como una historia que te grabas en el cuerpo. Cortarme funciona para mí como un tatuaje funciona para [esas personas].
T: Te oigo usar la palabra «historia». Un tatuaje es una historia que se cuenta. (…) ¿Y cuál es la historia detrás de tus tatuajes?
B: Una gran historia de los dos últimos años.
T: ¿Y tiene título?
B: No sé si podría ponerle un título.
(…)
T: ¿Puedo hacerte una pregunta rara? Pongamos que volviéramos a vernos dentro de un año y que te hubieras hecho un tatuaje sobre tus cicatrices. ¿Qué tipo de tatuaje elegirías? ¿Qué forma tendría?
B: Es una pregunta difícil. Creo que me haría la imagen de un esqueleto con esmoquin bailando una lenta con una señora corriente. De hecho, ese podría ser también el título de mi historia.
T: ¿El esqueleto con esmoquin bailando una lenta con una señora?
B: Sí.
T: Vale, ¿y cuál es la historia detrás de ese tatuaje?
B: La señora podría ser cualquier persona que se autolesiona por un motivo u otro. Y baila una lenta con la muerte. Porque nunca sabes cuándo vas a cortar demasiado hondo.
T: ¿Por qué elegiste una señora?
B: Porque me veo más como el esqueleto que como la señora. A veces me siento muy cerca de la muerte.
T: ¿Dice algo de lo cerca que estás o estabas de la muerte?
B: Por eso es una lenta, porque a veces me siento muy cerca.
(…)
T: Entonces, dentro de un año, ese tatuaje sería la historia de lo cerca que estuviste de la muerte, y de lo íntimo que era ese baile en aquel momento. ¿Y quizá también de lo valiente que fuiste?
B: Sí, probablemente.
Al hablar de la metáfora del tatuaje, el terapeuta tomó algunas decisiones sobre qué preguntas hacía y cuáles dejaba de lado. Las preguntas que hizo se basaban en sus hipótesis terapéuticas y también en las respuestas de Ben. Al trabajar con la metáfora del «tatuaje» que había introducido Ben, el terapeuta podría haber continuado la conversación de muchas maneras orientadas a la acción. Por ejemplo, la metáfora podría haberse utilizado para plantear distintos tipos de preguntas relacionadas con la agencia, como: «¿Es el tatuaje un producto acabado?», «¿Qué colores tendrá dentro de un año?», «¿Cuán visible podrías hacerlo para el mundo exterior?» o «¿Lo taparás o lo dejarás a la vista?». Preguntas así abren un espacio para que Ben piense en su futuro. Aunque «tatuaje» es un sustantivo y se asocia con mayor facilidad a las cicatrices de Ben, el terapeuta dispone de herramientas para llevar más lejos el significado de la metáfora y suscitar en Ben pensamientos sobre tomar el control y actuar en el futuro. Trabajar con la metáfora de un tatuaje da al terapeuta margen para explorar posibilidades de acción que no están disponibles cuando, en circunstancias similares, se recibe un diagnóstico como, por ejemplo, «Ben está deprimido».
¿Cómo se relacionan estos dos ejemplos con la idea enactivista de construcción de sentido? En el caso de Andy, hablar de la «coraza» le ayudó a poner en palabras la complejidad de su experiencia y permitió que se desplegara un nuevo tipo de conversación, que ayudó a Andy a dar un nuevo sentido a sus experiencias dolorosas junto con el terapeuta. Del mismo modo, en el caso de Ben, hablar del «tatuaje» le permitió sentirse comprendido, ya que permitió que la conversación avanzara con el terapeuta, y juntos dieron un nuevo sentido a su situación. El valor de ambas metáforas es que allanaron el camino hacia conversaciones distintas y, a su vez, permitieron adquirir nuevas perspectivas sobre los propios problemas: perspectivas que, gracias a las conversaciones orientadas a la acción que siguieron, permitieron tanto a Andy como a Ben sentir que tenían el control de sus problemas. Desarrollaremos más adelante estas aportaciones de la enacción de metáforas.
Desde nuestra perspectiva dialógico-enactiva, las metáforas son buenas herramientas terapéuticas no porque desvelen experiencias, sino porque permiten compartirlas y transformarlas. Hablar de «desvelar experiencias» nos parece problemático, porque sugiere que existen verdades ocultas que la metáfora permitiría desvelar, verdades que habrían sido de algún modo «reprimidas» y que ahora salen a la superficie. Así, aunque es posible obtener nuevas comprensiones al enactuar metáforas, ese no es el objetivo de la terapia sistémica colaborativa, ya que la nueva comprensión debe verse como una perspectiva más que la persona consultante puede adoptar sobre su problema. Vemos las metáforas como herramientas que ofrecen a quien ejerce la terapia distintas posibilidades para que la persona consultante se sienta comprendida. También son útiles para explorar las experiencias de las personas consultantes y traer nuevas ideas a primer plano. Las metáforas permiten contar historias nuevas y diferentes, y con las preguntas que formula, quien ejerce la terapia puede hacer emerger en la persona consultante experiencias de agencia. Por último, las metáforas funcionan como lentes a través de las cuales la persona consultante, después de la terapia, puede abordar y experimentar el mundo exterior.
¿Cómo lo hacen las metáforas, según nuestra concepción? En resumen, las metáforas funcionan cuando se orientan con destreza hacia acciones en el diálogo. Las metáforas que compartieron Andy y Ben fueron orientadas hacia la acción por el terapeuta. Y aunque sus metáforas eran sustantivos, el enfoque sistémico-enactivo que utilizaba el terapeuta le llevó a centrarse en las acciones posibles asociadas a esos sustantivos. Una coraza es algo detrás de lo cual uno puede esconderse o con lo que puede luchar. Un tatuaje es algo que se puede colorear, dibujar, o con lo que se puede contar una historia. Desde la perspectiva sistémico-enactiva, cualquier metáfora (incluso las metáforas «sentadas») puede remitirse a una acción. El contenido de la metáfora original no es tan importante como lo que se hace con ella. La mejor manera de producir un cambio es mediante los verbos de acción, a través de los cuales quien ejerce la terapia puede producir el cambio cuando invita a la persona consultante a hacer algo con la metáfora de forma colaborativa.
¿Por qué funciona en psicoterapia enactuar metáforas con verbos de acción? Repitámoslo: ofrece a la persona consultante y a quien ejerce la terapia maneras de explorar las experiencias de tal modo que las personas consultantes puedan sentirse escuchadas y comprendidas, comunicar lo que piensan o sienten y verse invitadas a explorar su agencia, y no solo ayudarlas a obtener una comprensión de su situación. Aunque la claridad es importante, desde la perspectiva sistémica la comprensión no basta para avanzar (como dijo Watzlawick, 2009, en una frase célebre, «la comprensión puede causar ceguera»). Además, la elección de la metáfora, por sí sola, no conduce a una experiencia transformadora. Hacer una analogía para captar las propias experiencias no es suficiente en sí mismo, porque no es la metáfora en sí (gracias a sus propiedades simbólicas o corporizadas) la que hace el trabajo, sino la manera en que la metáfora se usa y recibe respuesta (o se enactúa) en una interacción. A nuestro juicio, es el acto comunicativo con la metáfora lo que se convierte en una experiencia transformadora para las personas consultantes. La metáfora tiene que ser recibida por otra persona, aceptada, y que se actúe sobre ella a cambio. Las metáforas funcionan mejor cuando forman parte de un compromiso colaborativo.
Tomemos el ejemplo de Ben, que usó la metáfora del tatuaje para hablar de sus dificultades. Observamos que, cuando Ben usó la misma metáfora para hablar con su madre, no se sintió comprendido. Desde nuestra perspectiva, se debe a que, si su madre no recoge la metáfora en sus conversaciones ni actúa de ningún modo sobre ella, la comunicación entre ambos se detiene, y el intercambio no da lugar a una experiencia transformadora para Ben. En cambio, la metáfora sí funciona con el terapeuta, que la utiliza para hacer avanzar la conversación. Para la terapia sistémica, la metáfora es un vehículo de cambio.
En resumen, no son las metáforas en sí las que hacen el trabajo pesado. Lo importante es lo que se hace con la metáfora, no lo que la metáfora significa. Es la manera en que quien ejerce la terapia enactúa las metáforas, descubriendo verbos de acción que permiten a la persona consultante ir más allá de la metáfora, lo que hace que la metáfora sea terapéuticamente útil. Considérese, por contraste, el Big Book of ACT Metaphors (Stoddard and Afari, 2014), que se propone ofrecer una «lista exhaustiva de metáforas» orientadas al tratamiento de diversos trastornos, que van de la ansiedad, la depresión y el trauma a los trastornos de la conducta alimentaria. Nos oponemos a la idea de que encontrar la metáfora «adecuada» ayude a alguien a resolver su problema.
Por último, centrarse en los verbos de acción permite a la persona consultante recuperar un sentido de agencia. Cuando las metáforas se trabajan con verbos de acción, quien ejerce la terapia puede optar por desarrollar la metáfora con preguntas que permitan a la persona consultante, al responderlas, recuperar un sentido de influencia sobre su vida. Vemos el sentido de agencia como algo más que el mero conocimiento del tipo de influencia que se tiene: es una experiencia corporizada de poder actuar, hacer, moverse y cambiar. Los compromisos metafóricos pueden ofrecer la posibilidad de explorar las propias experiencias de modo que se pueda sentir que el cambio es posible. Puesto que quien ejerce la terapia quiere dar a las personas consultantes la sensación de tener control sobre aquello con lo que luchan fuera de la consulta, se espera que el sentido de agencia permanezca en ellas cuando termina la terapia y se traduzca en una mejor manera de afrontar la vida cotidiana.
En resumen, en este artículo hemos presentado una propuesta para ver las metáforas como herramientas de acción en el contexto terapéutico sistémico colaborativo. Hemos defendido la idea de que las metáforas funcionan mejor cuando se enactúan, y de que realizar movimientos o actuaciones explícitas no es la única manera de enactuar metáforas. Las metáforas también pueden enactuarse y explorarse conjuntamente en el diálogo. Dado que la intención de la terapia sistémica colaborativa es aportar nuevas experiencias a la persona consultante, las metáforas son recursos útiles para quienes la practican, cuando se enactúan con verbos de acción. Enactuar metáforas permite hacer emerger nuevas perspectivas y un sentido de agencia en las personas consultantes, porque quien ejerce la terapia co-construye dinámicamente la metáfora con la persona consultante y usa verbos de acción para crear conjuntamente nuevos significados. Así, nuestra respuesta a la pregunta «¿qué hace de las metáforas buenas herramientas terapéuticas?» es que pueden conectarse con verbos de acción, a través de los cuales pueden explorarse la corporeidad y la agencia de la persona consultante.
Aunque nuestro análisis se basa en el enfoque sistémico colaborativo de la psicoterapia, tenemos la convicción de que otros modelos terapéuticos también pueden inspirarse en él. Una condición importante, sin embargo, es que el foco de la terapia no esté en descubrir o exponer significados «fijos», «ocultos» o «reprimidos», sino en co-crear de forma creativa realidades más habitables, razón por la cual no todas las terapias basadas en la palabra pueden beneficiarse de nuestra estrategia de intervención.15
Compartiremos tres consideraciones prácticas que se derivan de nuestra propuesta. En primer lugar, a nuestro juicio, no es necesario trabajar con una metáfora culturalmente establecida: cualquier palabra sirve. Quien ejerce la terapia debe prestar atención a las palabras que se prestan a exploraciones metafóricas enactivas. Por ejemplo, es usando palabras corrientes (como «tatuaje» o «escudo») y explorando los verbos de acción vinculados a ellas como se puede avanzar. En segundo lugar, somos conscientes de que, a veces, trabajar con metáforas existentes puede incluso ser perjudicial, sobre todo cuando pacientes o terapeutas adoptan sus interpretaciones literales o simplistas. Por ejemplo, Stilwell et al. (2021) observan que el uso de metáforas estructurales lineales (como: el dolor es un «nudo», el cuerpo es una «máquina» o a alguien le falta «estabilidad del core») puede limitar la capacidad de una persona para comprender su estado, ya que le sugiere que la causa de su dolor persistente es, p. ej., «simplemente un nudo muscular, y no una experiencia compleja» (p. 6). Por ello es importante que quien ejerce la terapia sea sensible a los efectos que una metáfora (y su co-construcción) puede tener en una persona consultante. En tercer lugar, aunque a veces es útil explorar la metáfora a fondo, también hay que saber cuándo soltarla. Hay que sacarle el máximo partido a la metáfora y, cuando deja de ser útil, soltarla, para que la persona consultante pueda centrarse en nuevas experiencias y seguir adelante en la vida. No hay que «engancharse» a las metáforas que funcionan, sino verlas como herramientas. Una vez que se han usado con éxito (con su significado co-construido junto con la persona consultante, lo que le ha permitido encontrar una nueva perspectiva), conviene dejarlas de lado, para que no constriñan a la persona consultante en su camino.16
Cabe, por tanto, seguir interrogándose sobre el papel de las metáforas en nuestra propuesta. Si lo que produce el cambio relevante es el uso de verbos de acción, ¿por qué no aplicamos simplemente verbos de acción a cualquier palabra, y no a metáforas? ¿No podríamos centrarnos sin más en introducir muchos verbos de acción en un diálogo terapéutico, o aplicar verbos de acción a términos diagnósticos, sin buscar antes una metáfora? ¿Qué tiene de especial enactuar metáforas?
Para responder a esta pregunta, conviene recordar de nuevo las cualidades corporizadas de las metáforas tal como se analizan desde la perspectiva de la EEC. En primer lugar, las metáforas tienen raíces corporizadas que pueden explorarse. Permiten hablar de los aspectos multisensoriales de nuestras experiencias (Abrahamson, 2020). Una vez descubiertas las raíces corporizadas y los aspectos sensoriales de las metáforas, es más fácil encontrar verbos de acción para seguir explorándolas. En segundo lugar, las metáforas remiten a una red de significados. Pueden desencadenar asociaciones hechas en distintos contextos y permitirnos aplicarlas a un contexto presente. Por ejemplo, los objetos fuente de las metáforas (coraza y tatuaje) están insertos en distintas prácticas y haceres (literatura, cine o vida cotidiana), lo que permite hablar de nuevas maneras sobre la meta: quien ejerce la terapia puede recurrir a nuestras experiencias compartidas y a nuestras narrativas culturales relacionadas con escudos y tatuajes para encontrar verbos de acción pertinentes que puedan usarse para hacer avanzar la conversación. Las metáforas ayudan así a quien ejerce la terapia a entrar en el diálogo y a encontrar muchos verbos de acción para profundizar en el tema de la conversación. Por último, algunas metáforas pueden funcionar mejor que las palabras corrientes porque permiten visualizaciones sensoriomotoras concretas. Por ejemplo, en un diálogo terapéutico, quien ejerce la terapia sistémica puede invitar a la persona consultante a convertir lo que dice en una imagen y dirigir su atención a sus modalidades fenomenológicas implícitas (somáticas, propioceptivas y cinestésicas).17 Tomemos como ejemplo las palabras «desamparado» e «impotente» (Fondelli and Rucińska, 2021). Aunque parezcan intercambiables en una conversación, estas palabras nos permiten imaginarnos en situaciones distintas. Estar desamparado puede imaginarse como estar sin nadie alrededor en quien apoyarse (en lo imaginado, se está solo). Ser impotente puede imaginarse como no poder influir en alguien que está ahí (en lo imaginado, no se está solo). Estas imaginaciones, a su vez, invitan a verbos de acción diferentes. Así, una vez que se visualiza cómo se sitúa el cuerpo en esas relaciones, pueden surgir nuevos verbos de acción con nuevas posibilidades de acción. La concepción enactiva de la imaginación, que propone que lo imaginado está profundamente arraigado en experiencias corporales y afectos (Rucińska and Gallagher, 2021), puede aclarar aún más cómo pueden surgir nuevas experiencias corporales con la imaginación.
Repitámoslo: a nuestro juicio, no es lo que la metáfora dice, sino lo que se puede hacer con ella para suscitar un sentido de agencia, lo que hace que la metáfora funcione. Como ha sido nuestro mensaje desde el principio, en distintos contextos e interacciones, los significados de las metáforas pueden cambiar con el uso.
Complexe Systémique: puntos clave
El artículo desplaza una pregunta que la práctica clínica se plantea a menudo: ¿hay que buscar la metáfora «adecuada»? No, responden Rucińska y Fondelli: una metáfora vale lo que dos personas hacen con ella. La coraza de Andy se convierte en una armadura que uno se pone, se quita pieza a pieza y cuelga en el perchero; el tatuaje de Ben se convierte en una historia cuyos colores y cuya visibilidad pueden elegirse. Cada verbo convierte una imagen estática en una posibilidad de acción, y una posición de víctima en una experiencia de agencia. Se reconoce aquí la postura de no saber de Anderson y Goolishian, pero también una vieja intuición de Palo Alto: la comprensión no basta, algo tiene que ocurrir en el intercambio. Para la práctica, tres referencias concretas: partir de las propias palabras de la persona, aunque sean corrientes; no encerrar a nadie en una metáfora estructural («el cuerpo es una máquina»); saber cuándo soltar la metáfora una vez que ha cumplido su función. Límites: solo dos viñetas, sin análisis de los efectos a más largo plazo, y un caso de autolesiones que exige también una evaluación del riesgo que el artículo no aborda. Para leer junto con el artículo sobre el poder de las metáforas en la terapia de pareja y el artículo sobre el paso de la intervención experta a la conversación colaborativa.
Notas del original
1Gracias a la persona revisora anónima por la útil formulación.
2Por ejemplo, Jackson (1957) subrayó la importancia de prestar atención a los aspectos analógicos de la comunicación, como la respiración, el tono de voz y los movimientos corporales; Satir et al. (1991) subrayaron la importancia de la «vivencia» durante las conversaciones terapéuticas e invitaban a los miembros de la familia a esculpir sus relaciones a través de sus cuerpos. Y, más recientemente, Wilson et al. (2020) destacan que la terapia sistémica es ante todo una cuestión de enacción, o de una actuación, que se crea entre todas las personas participantes.
3Bertrando and Gilli (2008) señalan que existe una brecha entre, por un lado, el interés de la teoría sistémica por el lenguaje y las historias y, por otro, la práctica sistémica, atenta al efecto que esas historias tienen en las experiencias corporales de la persona consultante. Describen cómo el foco estrecho en el lenguaje y el diálogo en la construcción de la teoría sistémica y su «creciente tendencia (…) a enfatizar las palabras y la narración, oscureciendo la relevancia de la interacción corporal» (Bertrando and Gilli, 2008, p. 368) ha tenido como efecto la creación de los llamados «diálogos descorporizados»: diálogos tan centrados en el contenido de lo que se dice que restan importancia a las experiencias corporizadas y a las interacciones no verbales.
4Señalamos que, aunque pensamos que nuestras ideas sobre las metáforas no son exclusivas de la terapia sistémica colaborativa y podrían aplicarse a otras terapias, hay dos razones principales por las que nos ceñimos a la terapia sistémica colaborativa. Primera: el contexto terapéutico sistémico es un contexto más propicio para enactuar metáforas, ya que en terapia sistémica no usamos las metáforas para desvelar significados, sino para crearlos. Segunda: enactuar metáforas en las terapias de la palabra típicas, en las que el foco sigue estando en «desvelar significados», puede producir resultados opuestos a los que, desde nuestra perspectiva, consideramos beneficiosos. Volveremos sobre ello más adelante.
5En este artículo no nos apoyaremos en la distinción técnica entre metáfora, símil o analogía. Estas distinciones no son pertinentes para nuestra argumentación: aunque resultara que algunos de nuestros ejemplos no tratan stricte de metáforas, sino que deberían clasificarse lingüísticamente como símiles o analogías, nuestras ideas son igual de pertinentes para los contextos terapéuticos.
6El contexto que consideran es el juego simbólico de hacer como si se fuera un meteoro para aprender sobre sus trayectorias y los conceptos de física asociados. Describen un experimento en el que niñas y niños aprendían sobre las trayectorias de los meteoros «encarnándolas» en la ficción, por ejemplo corriendo y saltando, y desplazándose explícitamente por el espacio que les rodeaba. En el contexto del juego, el correr tenía una naturaleza metafórica, ya que enactuaba el movimiento del meteoro. El juego simbólico implica una transformación metafórica en la que se actúa como si una cosa fuera otra, y es precisamente en esa acción donde la banana (meta) es un teléfono (fuente).
7Por ejemplo, Norbury (2005) caracteriza la capacidad de ver semejanzas entre dos objetos distintos como «un proceso de desarrollo complejo que requiere la adquisición de una serie de habilidades, [como] representaciones semánticas lo bastante amplias para captar la comparación que se establece» (p. 384). Norbury considera que decidir en qué aspectos se parecen dos objetos implica pensar a través de las proyecciones del dominio fuente sobre el dominio meta mediante «habilidades de razonamiento analógico» (2005, p. 385).
8«En el núcleo de la metáfora está la captación directa de (la resonancia con) un patrón invariante en una configuración informacional específica tanto del tópico como del vehículo (como, en el caso de las flores y los fuegos artificiales, invariantes que especifican una expansión progresiva a partir de un punto central). De este modo, la metáfora, como otras formas de conocimiento, se apoya en un proceso fundamentalmente perceptivo» (Szokolszky, 2006, p. 87).
9Una caracterización tan amplia de la simulación no compromete con la teoría de la simulación de corte representacional.
10Como señala Kompa, «hay estudios de IRMf que muestran que el procesamiento de verbos que designan acciones realizadas con la mano (coger, agarrar), el pie (patear) o la boca (lamer) suscita una activación de la corteza motora (y premotora) (de manera somatotópicamente organizada)» (2017, p. 197).
11Por ejemplo, un contexto terapéutico podría requerir un tipo de metáforas distinto del que se requiere para aprender una habilidad; sobre esto último, véase Abrahamson (2020).
12Dan el ejemplo de hacer «largos movimientos amplios de izquierda a derecha y de vuelta» (p. 19) para enactuar el concepto de «puente».
13«Estas metáforas se volvieron enactivas a través de la interacción clínica; observamos cómo se desplegaba una construcción dinámica de sentido entre el personal clínico y las personas atendidas cuando el personal clínico tocaba a las personas atendidas en las zonas de la espalda donde sentían dolor, así como en las zonas circundantes. Al aplicar presión manual sobre los tejidos, se llamaba la atención de las personas atendidas sobre los músculos que se percibían anudados, tensos o fibrosos» (Stilwell et al., 2021, p. 239, énfasis añadido).
14Gracias a la persona revisora anónima por la útil formulación.
15Por ejemplo, enactuar metáforas en terapias en las que el foco sigue estando en «desvelar significados» puede producir resultados opuestos a los que consideramos beneficiosos de este método de intervención (que consiste en suscitar el sentido de agencia de la persona consultante). Así, es posible enactuar metáforas centrándose en los verbos de acción vinculados a ellas para desvelar más «verdades ocultas» sobre una persona consultante. Se haría centrándose en verbos de acción que profundizan la comprensión original de la metáfora (p. ej., centrándose en lo pesado que es cargar con una «coraza»). Pero eso solo reforzaría a la persona consultante en los significados antiguos (p. ej., la coraza como representación del peso del acoso) y no le aportaría nuevas perspectivas, que son, en definitiva, el valor añadido de nuestro enfoque.
16Considérese una analogía útil de Abrahamson (2020) sobre cómo, en la enseñanza del violonchelo, se utiliza la metáfora «sujétalo como si fuera una fresa» para transmitir cómo debe ser el agarre de quien aprende (suave, como si se temiera aplastar una fresa). Una vez aprendido el agarre, cuando se encuentra por sí mismo un flujo musical, la metáfora ha cumplido su función y debe soltarse. Quien aprende ya no debería pensar en la metáfora de la fresa al tocar, sino centrarse en las nuevas experiencias musicales, y en las affordances para tocar, que el dominio del agarre ha hecho posibles.
17Según Abrahamson (2020), la comprensión de las metáforas y la capacidad de aprender de ellas residen en la emergencia de «múltiples modalidades sensoriales que brotan tácitamente [en la enacción de la metáfora], entre ellas la visual, la auditiva, la cinestésica, la propioceptiva y la somática» (p. 216).
Declaración ética. De acuerdo con la legislación local y los requisitos institucionales, no se requirió revisión ni aprobación ética para el estudio con participantes humanos. Se obtuvo el consentimiento informado de las personas implicadas en el encuentro terapéutico y de sus representantes legales o familiares más próximos para la publicación de cualquier imagen o dato potencialmente identificable incluido en este artículo.
Contribuciones de la autoría. Todas las personas que firman el artículo han realizado una contribución sustancial, directa e intelectual al trabajo y han aprobado su publicación.
Financiación. Este trabajo fue posible gracias a la subvención de la Research Foundation – Flanders (FWO) «Enactive Approach to Pretending» (12J0419N).
Conflicto de intereses. La autoría declara que la investigación se llevó a cabo en ausencia de cualquier relación comercial o financiera que pudiera interpretarse como un posible conflicto de intereses.
Nota de la editorial. Todas las afirmaciones expresadas en este artículo son exclusivamente de la autoría y no representan necesariamente las de sus organizaciones afiliadas, ni las de la editorial, el equipo editorial y las personas revisoras. Ningún producto que pueda evaluarse en este artículo, ni ninguna afirmación que pueda hacer su fabricante, está garantizado ni respaldado por la editorial.
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Traducción no oficial al español de Enacting Metaphors in Systemic Collaborative Therapy, de Zuzanna Rucińska y Thomas Fondelli, Frontiers in Psychology, vol. 13 (2022), doi: 10.3389/fpsyg.2022.867235, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra ha sido modificada en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Traducción no oficial del artículo original «Enacting Metaphors in Systemic Collaborative Therapy», publicado en Frontiers in Psychology (2022) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción al español realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, tal como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Rucińska, Z., y Fondelli, T. (2022). Enacting Metaphors in Systemic Collaborative Therapy. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/enacting-metaphors-in-systemic-collaborative-therapy (Obra original publicada en 2022 en Frontiers in Psychology, 13, 867235 (2022); republicada en 2022 por Frontiers in Psychology, https://www.frontiersin.org/journals/psychology/articles/10.3389/fpsyg.2022.867235/full)
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