Esta versión ha sido traducida del francés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Clínica · Transferencia
A veces, a lo largo de una terapia, la persona consultante desarrolla sentimientos amorosos hacia quien la atiende. Este fenómeno, a menudo denominado transferencia amorosa, no tiene nada de excepcional. Sin embargo, puede provocar confusión, malestar o silencio, tanto en la persona consultante como en quien la atiende.
Desde un enfoque sistémico, es posible comprender e integrar esta dinámica relacional, inscribiéndola en un marco terapéutico ético y transformador.
En la relación terapéutica, la persona consultante encuentra a menudo un espacio de escucha, de reconocimiento y de benevolencia inédito. Quien ejerce la terapia, por su actitud contenedora, puede convertirse en objeto de idealización. Este fenómeno es bien conocido con el nombre de transferencia, y sus formas erotizadas se han descrito sobre todo en psicoanálisis. Pero en terapia sistémica estas emociones no se interpretan únicamente como una repetición del pasado: se coconstruyen en la interacción actual y se inscriben en un sistema relacional más amplio.
Según Boszormenyi-Nagy y Spark (1973), las personas permanecen leales a su sistema familiar, a veces de forma invisible. Un amor imposible por quien ejerce la terapia puede reactualizar un esquema de sacrificio o de espera incondicional ya vivido en la familia de origen. El amor sentido se convierte entonces en la manifestación de un sistema afectivo antiguo.
Del mismo modo, la noción de mito familiar (Elkaïm, 1989) permite comprender cómo una figura terapéutica percibida como «quien por fin comprende» puede despertar un apego idealizado, en ruptura con el relato familiar. Por último, desde una lógica homeostática (Minuchin, 1974), el sentimiento amoroso también puede ser un intento inconsciente de mantener una homeostasis, desplazando el centro de la dinámica hacia una relación en lugar de hacia sí.
El primer paso es no culpabilizarse. Estos sentimientos, aunque intensos, son frecuentes y comprensibles. El paso más valiente es hablar de ellos abiertamente en sesión.
Pauta
No es el sentimiento lo que resulta problemático, sino la manera de gestionarlo. Nombrar esta emoción permite a menudo transformarla en material terapéutico.
En un enfoque sistémico, esto abre la puerta a una metacomunicación sobre la relación: ¿qué representa quien ejerce la terapia? ¿Qué papel desempeña esta atracción en el sistema de vida de la persona consultante? Reencuadrar el sentimiento —entenderlo no como un amor romántico, sino como una búsqueda de seguridad afectiva— permite integrarlo sin negarlo.
Ante una declaración de amor, quien ejerce la terapia se enfrenta a un doble movimiento: acoger la emoción de la persona consultante sin alentarla, y mantener una actitud profesional sin rechazarla. Lo que está en juego es mantener el encuadre terapéutico ofreciendo al mismo tiempo un espacio para pensar lo que sucede en la relación. Quien ejerce la terapia no observa desde una posición neutral: forma parte de la coconstrucción del vínculo.
Es esencial subrayar la valentía que supone expresar un sentimiento amoroso en un marco terapéutico. Esta connotación positiva no es ni una validación ni una minimización de lo que está en juego: es una manera de transformar una emoción potencialmente desestabilizadora en un recurso movilizable. Reconocer la fuerza que hace falta para poner palabras a un apego —a veces cargado de vergüenza o de confusión— permite revalorizar el movimiento relacional en lugar de reprimirlo.
Este reconocimiento abre el camino a un reencuadre terapéutico.
«Si ha sido capaz de decirme esto, quizá también pueda utilizar esa fuerza en otras dimensiones de su vida».
Un ejemplo de reencuadre
Este desplazamiento de energía es fundamental: permite redirigir la intensidad afectiva hacia los objetivos iniciales del trabajo terapéutico, honrando el vínculo sin traicionarlo. Connotar positivamente la declaración se convierte entonces en una forma de acto terapéutico en sí mismo: una palanca de transformación, y no un callejón sin salida relacional.
Estas situaciones activan a menudo resonancias: quien ejerce la terapia puede sentir halago, incomodidad o incluso una fuerte emoción. Es esencial no quedarse en soledad y compartir estos elementos en supervisión clínica. La supervisión es el espacio privilegiado para desenredar lo que pertenece a la persona consultante, a quien ejerce la terapia y a la dinámica entre las dos partes (Krause y Fried Schnitman, 1990).
En Mensonges sur le divan, Yalom (1996) explora las ambigüedades y los deslizamientos de la relación terapéutica. El personaje de Ernest Lash, al decidir mostrarse «más humano» y menos distante, acaba perdiendo su capacidad de contener el espacio terapéutico. Se vuelve vulnerable a las manipulaciones y a sus propias ilusiones. La novela ilustra lo que la clínica conoce demasiado bien: cuando el encuadre es difuso, la relación se vuelve potencialmente disfuncional, aunque las intenciones sean buenas.
Enamorarse de su terapeuta no es ni una falta ni una patología. Es un fenómeno relacional complejo, inscrito en una dinámica sistémica. Para la persona consultante, se trata de atreverse a decirlo, de pensarlo y de convertirlo en una puerta de entrada hacia un mejor conocimiento de sí. Para quien ejerce la terapia, se trata de acoger sin explotar, de reencuadrar sin herir y de apoyarse en la supervisión para mantener el rumbo. Cuando se trabaja con rigor y benevolencia, esta experiencia puede convertirse en una poderosa palanca de transformación.
Esta lectura se retoma y desarrolla en el vídeo que figura a continuación.
Cómo citar este artículo
Besse, J. (2025, 30 de marzo). Tomber amoureux de son thérapeute : une lecture systémique. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/fr_FR/articles/tomber-amoureux-de-son-therapeute-une-lecture-systemique
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