Traducción asistida por IA

Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

Revista Latino-Americana de Enfermagem · Duelo

Familias sobrevivientes: experiencias de perder a un familiar por suicidio

Cada suicidio deja tras de sí a cinco o seis familiares directamente afectados, a quienes los servicios de salud pasan por alto la mayoría de las veces. En Rio Grande, en el sur de Brasil, un equipo de investigación en enfermería escuchó a ocho familias en duelo por suicidio. Dolor, culpa repartida entre uno mismo, los demás y los servicios, ira, a veces alivio: y luego, con el tiempo, aprendizajes que ayudan a la familia a reestructurarse.

Autoría Elena Bustos Alfaro (Escuela de Enfermería, Universidad de Costa Rica); Mara Regina Santos da Silva, Kateline Simone Gomes Fonseca y Ariana Sofia Barradas da Silva (Universidad Federal de Rio Grande, Brasil); Carl Lacharité (Université du Québec à Trois-Rivières, Canadá); Elga Mirta Furtado Barreto de Carvalho (Universidad de Cabo Verde)Publicado originalmente en Revista Latino-Americana de Enfermagem, 27 de octubre de 2025Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de Surviving families: experiences of losing a family member to suicide, de Elena Bustos Alfaro, Mara Regina Santos da Silva, Kateline Simone Gomes Fonseca, Carl Lacharité, Elga Mirta Furtado Barreto de Carvalho y Ariana Sofia Barradas da Silva, publicado en Revista Latino-Americana de Enfermagem (Universidade de São Paulo / SciELO) (2025), doi: 10.1590/1518-8345.7676.4614, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. La tabla de características de las personas participantes («Figura 1» en el original) se presenta en forma de lista; las declaraciones del final del artículo se agrupan en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

En este contexto, cuidar de la familia en duelo es una acción preventiva.

Elena Bustos Alfaro, Mara Regina Santos da Silva, Kateline Simone Gomes Fonseca, Carl Lacharité, Elga Mirta Furtado Barreto de Carvalho y Ariana Sofia Barradas da Silva

Resumen

Objetivo. identificar los procesos interaccionales que permiten a las familias sobrevivientes afrontar la muerte por suicidio de uno de sus miembros, reestructurarse como unidad y transformar la experiencia en aprendizaje.

Método. estudio cualitativo y exploratorio, guiado por el concepto de resiliencia familiar, en el que participaron ocho familias que vivieron el suicidio de uno de sus miembros. Los datos se recogieron mediante entrevistas semiestructuradas y se sometieron a análisis temático.

Resultados. los resultados se organizaron en cuatro grupos temáticos y revelaron el dolor, la desesperación y la perplejidad de familiares que no lograban comprender las razones de un acto tan radical; los sentimientos de dolor por la pérdida se superponían con la ira, el alivio y la culpa. La culpa se compartía con otras personas y con los servicios sociales y de salud; y aparecen los aprendizajes que la experiencia proporciona.

Conclusión. el personal de enfermería y otros profesionales de la salud pueden ayudar a las familias sobrevivientes a reestructurarse tras el suicidio de uno de sus miembros, poniendo en práctica acciones de cuidado basadas en evaluaciones repetidas de las repercusiones del suicidio en la familia en su conjunto y en cada uno de sus miembros; identificando las dimensiones de la vida familiar más comprometidas, las necesidades individuales y familiares y los procesos de resiliencia familiar.

Descriptores: Familia; Suicidio Consumado; Resiliencia Psicológica; Atención Primaria de Salud; Enfermería de la Familia; Salud de la Familia

Introducción

El suicidio es una de las principales causas de muerte y afecta a miles de personas en todo el mundo. Por su carácter inesperado y violento, es una experiencia marcada por el estigma(1). Cada familia lo percibe y lo vive de manera distinta cuando uno de sus miembros muere por suicidio. Algunas familias se enfrentan a un dolor insoportable, mientras que otras, además del dolor, lo ven como el final de un ciclo de penurias y la posibilidad de aliviar o resolver problemas de larga data.

Se estima que al menos cinco o seis personas cercanas —por lo general familiares— resultan directamente afectadas cuando alguien muere por suicidio, y que a menudo se trata de un acto que no logran comprender del todo(2-3). Teniendo en cuenta que cada año se producen en el mundo unos 700 000 suicidios, cabe esperar que alrededor de cuatro millones de personas atraviesen esta experiencia, lo que representa un amplio contingente de familias expuestas que pueden reaccionar al fenómeno de diferentes maneras(1).

El carácter devastador de esta experiencia se agrava por el hecho de que estas familias no suelen ser objeto de atención en el sistema de salud, lo que las convierte en una población potencialmente vulnerable al desarrollo de problemas de salud física y mental, incluidos los pensamientos suicidas o el riesgo de morir ellas mismas por suicidio(4-5). La atención suele centrarse en la persona fallecida y, tras el trágico desenlace, los familiares quedan sin apoyo de los servicios de salud, justamente cuando atraviesan su mayor vulnerabilidad, marcada por sentimientos intensificados de culpa y de ira(6-7).

Por esta razón, el personal de enfermería y otros profesionales de la salud, en especial quienes trabajan en la Estrategia Salud de la Familia (ESF), deberían asistir a estas familias y apoyarlas en el afrontamiento. Les corresponde identificar cómo responde cada familia a la pérdida, evaluar sus necesidades y seguir las repercusiones que el suicidio puede tener en los familiares sobrevivientes. Así pues, la ESF desempeña un papel crucial en los procesos de duelo y de recuperación de estas familias, precisamente porque funciona con una base territorial y comunitaria, con un acceso facilitado que permite a sus profesionales conocer las necesidades particulares de cada familia(4).

Una revisión de las publicaciones nacionales sobre el tema mostró un aumento de las tasas de suicidio en todas las regiones brasileñas, que alcanzaron 7,27 por 100 000 habitantes en 2022, con la región Sur a la cabeza: 11,53 por 100 000 habitantes(8-9). Los estudios destacan el impacto del suicidio en las personas sobrevivientes en duelo, entre otros la aparición o el agravamiento de conflictos que pueden desembocar en rupturas conyugales y afectivas; la merma de los recursos económicos, sobre todo cuando la persona fallecida era el sostén de la familia; así como el desarrollo de trastornos como la ansiedad, la depresión y el abuso de sustancias legales e ilegales. Al mismo tiempo, existen pocas directrices que orienten las prácticas de los profesionales de la salud(8-10), en particular en lo que respecta a las acciones y estrategias de cuidado, lo que revela una laguna importante en materia de posvención(4).

Aunque los estudios internacionales describen con detalle las necesidades de las familias y los recursos de apoyo disponibles, sobre todo en países desarrollados como Estados Unidos, Australia y Canadá, donde existen políticas y programas consolidados, la literatura señala a menudo que las acciones suelen ser de corta duración. Se subraya que el cuidado debe mejorarse para que sea eficaz, sensible, flexible y sostenido en el tiempo(5,11-12).

A partir de lo expuesto, este estudio se centra en los procesos que sostienen a las familias en su reestructuración tras el suicidio de uno de sus miembros, considerando que esta reestructuración depende del tipo de apoyo brindado desde el momento en que se descubre el suicidio hasta que la familia logra recuperarse. Algunas familias pueden carecer de los recursos necesarios para afrontar eficazmente una situación tan adversa. En otras, en cambio, el suicidio de un familiar puede desencadenar no solo un proceso de duelo, sino también la reorganización y reestructuración de la unidad familiar, lo que permite a sus miembros construir una fortaleza emocional para gestionar adversidades futuras(12-13).

Esta situación remite al concepto de resiliencia familiar, que ayuda a explicar cómo las familias se enfrentan a adversidades que afectan a su funcionamiento, como la pérdida de un familiar por suicidio, y se reestructuran como unidad funcional, apoyándose en procesos interactivos de comunicación, de organización y en su propio sistema de creencias(13). Los procesos organizativos implican, entre otros elementos, la flexibilidad para adaptarse a nuevas situaciones y la conexión entre los miembros; los procesos de comunicación implican la expresión emocional abierta, la claridad y la cooperación en la resolución de problemas; y el sistema de creencias remite al marco cultural y religioso de la familia, que le permite dar sentido a la adversidad desde una perspectiva de confianza y esperanza(13). Este concepto es esencial para comprender cómo las familias se (re)organizan a partir de experiencias adversas y las transforman en aprendizaje. En este sentido, tiene el potencial de orientar intervenciones destinadas a ayudar a las familias a reestructurarse tras un acontecimiento traumático.

El objetivo de este estudio es identificar los procesos interaccionales que permiten a las familias sobrevivientes afrontar la muerte de uno de sus miembros por suicidio, reestructurarse como unidad y transformar la experiencia en aprendizaje.

Método

Diseño del estudio

Este estudio cualitativo y exploratorio adoptó el concepto de resiliencia familiar de Froma Walsh(13). Este concepto es aplicable a estudios con familias que atraviesan situaciones adversas que repercuten de forma significativa en su funcionamiento, pero que, pese al sufrimiento que soportan, logran reestructurarse como unidad funcional y acumular experiencias que les ayudan a afrontar los desafíos de etapas posteriores de su ciclo vital.

Ámbito del estudio

El estudio se llevó a cabo en Rio Grande, RS, Brasil, una ciudad con altas tasas de suicidio según el Sistema de Notificación, que alcanzan 11,55 por 100 000 habitantes. Entre las causas notificadas con mayor frecuencia figuran las malas condiciones económicas, el consumo de drogas ilícitas y los trastornos depresivos o de ansiedad(10,14).

Periodo

Los datos se recogieron entre mayo y agosto de 2022.

Población de estudio

Participaron en el estudio ocho familias, representadas por uno o dos de sus miembros. Para localizarlas, se realizó una búsqueda de certificados de defunción (CD) relacionados con suicidio. En primer lugar, se revisaron los CD registrados en el Sistema de Información sobre Mortalidad del Servicio de Vigilancia Epidemiológica de la ciudad entre enero de 2016 y diciembre de 2021 (el periodo para el que había datos disponibles). La búsqueda permitió identificar 123 familias.

Los datos obtenidos de los CD —como el nombre de la persona fallecida, su fecha de nacimiento y los nombres de su madre y su padre— permitieron localizar y contactar a familiares cercanos a través de redes sociales (Facebook e Instagram). En esta etapa se contactó con 14 familias, pero solo tres aceptaron participar. Otros seis familiares se identificaron mediante el Sistema de Gestión de la Secretaría Municipal de Salud de Rio Grande, RS (G-MUS). Aunque aceptaron la invitación, solo tres acudieron a las entrevistas. En un tercer intento de ampliar la muestra, se volvió a consultar el G-MUS y se localizó a otros 11 familiares; solo dos aceptaron participar en el estudio. Las familias que declinaron participar explicaron que había pasado demasiado tiempo desde el suicidio y que no deseaban volver a vivir las emociones dolorosas asociadas a la pérdida.

La muestra estuvo formada por la información de ocho familias, seleccionadas intencionalmente según los siguientes criterios: haber vivido el suicidio de un familiar en los cinco años anteriores al inicio de la recogida de datos; residir en la ciudad donde se realizó el estudio; y tener 18 años o más para participar en la entrevista. El criterio de exclusión fue la presencia de una condición emocional que pudiera comprometer la capacidad de la persona participante para implicarse en la entrevista o hablar del tema. Las ocho familias se identificaron mediante un código formado por la letra «F» seguida de un número correspondiente al orden en que se realizaron las entrevistas.

Recogida de datos

Los datos se recogieron mediante entrevistas semiestructuradas realizadas en privado y de forma presencial con siete familias, y en línea con una. Todas las entrevistas se grabaron en audio y las realizaron las personas que firman en primer y tercer lugar este artículo, profesionales de enfermería tituladas, en formación doctoral y residentes en la región donde se llevó a cabo el estudio. Forman parte de un grupo de investigación que trabaja con familias en situación de vulnerabilidad. Ambas personas tenían experiencia en la recogida de datos cualitativos y ningún contacto previo con las personas participantes.

Un guion en cuatro partes orientó las entrevistas. La primera parte estaba destinada a caracterizar a las personas informantes: edad, sexo, nivel educativo y relación con la persona que murió por suicidio. La segunda parte caracterizaba a la familia en cuanto a ingresos y principal sostén económico. La tercera parte exploraba cómo la persona entrevistada y los demás miembros de la familia vivieron la pérdida; qué representó —o aún representa— el suicidio en la vida de la familia; qué ayudó a la familia a reestructurarse; los cambios que se produjeron en la vida cotidiana familiar tras el suicidio; y cómo se organiza actualmente la familia. La cuarta parte indagaba dónde y/o a quién pidieron ayuda los familiares antes, durante y después del suicidio; las fortalezas de la familia; y los aprendizajes extraídos de la experiencia. Este guion se probó previamente y no fue necesario introducir cambios.

Las entrevistas duraron un promedio de 2 horas y 40 minutos. Se celebraron dos encuentros con cuatro familias y tres con las demás, lo que suma 21 horas y 50 minutos de recogida de datos. En cada nuevo encuentro se invitaba a las personas participantes a validar la información resumida. Todas fueron invitadas a una presentación pública de los resultados, y una participante (F2) asistió al acto.

Análisis de los datos

Los datos se sometieron a un análisis temático(15) según las siguientes etapas: preanálisis, exploración del material y tratamiento de los resultados. En primer lugar, se realizaron lecturas repetidas de todo el material de las entrevistas para identificar patrones y expresiones significativos que vinculaban la experiencia del suicidio con elementos de los procesos de resiliencia familiar, como la cohesión y la flexibilidad. En la segunda etapa, el objetivo fue interpretar los significados contenidos en las expresiones identificadas previamente y crear agrupaciones. Después, el material se reorganizó en cuatro núcleos temáticos, utilizando como criterios una dimensión temporal y el significado atribuido por la persona participante a la pérdida de su familiar por suicidio. Cinco integrantes del equipo de investigación participaron en el proceso de análisis en distintas etapas, mediante discusiones presenciales y en línea, sin desacuerdos.

Resultados

Siete de las familias que participaron en este estudio estuvieron representadas por un miembro, y una familia (F6) tuvo dos representantes: la madre y el padrastro. Entre las personas que murieron por suicidio, solo una era mujer (F8). La mayoría eligió el ahorcamiento como método (F2, F3, F4, F5, F6, F7 y F8), mientras que solo F1 murió por intoxicación con medicamentos. Las personas de F2 y F6 tenían un diagnóstico de esquizofrenia; las de F4 y F8, de depresión; y la de F1, de epilepsia. Cinco habían consumido drogas ilícitas, entre ellas cocaína y crack (F1, F2, F4, F5, F7 y F8) y marihuana (F6); tres abusaban además del alcohol (F4, F6 y F7).

El tiempo transcurrido entre el suicidio y la recogida de datos osciló entre siete meses (F4 y F6) y cuatro años (F8); un año (F3); dos años (F2 y F7); y tres años y medio (F1 y F5). Otras características de las personas participantes se presentan en la Figura 1.

Figura 1 — Características sociodemográficas de las personas participantes (n* = 9). Rio Grande, RS, Brasil, 2022

  • F1. Relación con la persona fallecida: madre; edad (años): 40; sexo: F †; estado civil: casada; etnia: negra; religión: testigo de Jehová; ocupación: empleada doméstica; nivel educativo: educación secundaria superior.
  • F2. Relación con la persona fallecida: hermana; edad (años): 30; sexo: F †; estado civil: casada; etnia: blanca; religión: espiritismo; ocupación: ama de casa; nivel educativo: educación secundaria inferior.
  • F3. Relación con la persona fallecida: primo; edad (años): 24; sexo: M ‡; estado civil: soltero; etnia: blanca; religión: católica; ocupación: agente comunitario de salud; nivel educativo: grado universitario.
  • F4. Relación con la persona fallecida: esposa; edad (años): 38; sexo: F †; estado civil: viuda; etnia: negra; religión: evangélica; ocupación: repostera; nivel educativo: educación secundaria superior.
  • F5. Relación con la persona fallecida: hermana; edad (años): 27; sexo: F †; estado civil: unión estable; etnia: negra; religión: umbanda; ocupación: desempleada; nivel educativo: educación secundaria inferior.
  • F6-1. Relación con la persona fallecida: madre; edad (años): 66; sexo: F †; estado civil: unión estable; etnia: negra; religión: católica; ocupación: jubilada, cuidadora familiar; nivel educativo: educación secundaria superior.
  • F6-2. Relación con la persona fallecida: padrastro; edad (años): 58; sexo: M ‡; estado civil: unión estable; etnia: negra; religión: católica; ocupación: jubilado; nivel educativo: educación primaria.
  • F7. Relación con la persona fallecida: esposa; edad (años): 39; sexo: F †; estado civil: viuda; etnia: mestiza; religión: macumbeira §; ocupación: conductora de aplicación; nivel educativo: educación secundaria superior.
  • F8. Relación con la persona fallecida: esposa; edad (años): 44; sexo: F †; estado civil: viuda; etnia: blanca; religión: espiritismo; ocupación: cocinera; nivel educativo: educación secundaria superior.

*n = participantes; †F = femenino; ‡M = masculino; §Aunque el término puede tener una connotación peyorativa, la participante lo utilizó para indicar que practica una religión afrobrasileña

Los resultados de este estudio se presentan en cuatro grupos temáticos: (1) El suicidio como un acto que impacta y supera la comprensión; (2) La culpa compartida; (3) Sentimientos superpuestos ante la muerte por suicidio; y (4) Aprendizajes de la experiencia. El primer grupo describe el impacto que la confirmación del suicidio tuvo en cada familiar y en la familia en su conjunto. El segundo y el tercer grupo exploran las emociones vividas por los familiares, entre ellas el dolor por la pérdida, entrelazado con la ira, el alivio y la culpa, esta última imputada también a otras personas, incluidos los servicios sociales y de salud. El cuarto grupo se centra en los aprendizajes que surgieron de la experiencia.

El primer núcleo temático, El suicidio como un acto que impacta y supera la comprensión, revela reacciones como el dolor, la desesperación y el desconcierto que vivieron los familiares al enfrentarse al suicidio. Las ocho familias describieron la experiencia como trágica y afirmaron no poder comprender las razones que llevaron a su ser querido a tomar una decisión tan extrema.

Aunque el suicidio era una posibilidad presente en la vida cotidiana de algunas familias, estas describieron el momento en que se dieron cuenta como inesperado, ya que creían haber tomado medidas preventivas. La madre de F1 había apartado del alcance de su hijo objetos como cuerdas que pudieran servir para ahorcarse; sin embargo, él murió por intoxicación con medicamentos. La hermana de F2 contó que había internado a su hermano en un hospital psiquiátrico, convencida de que allí estaría a salvo. La madre de F6 vigilaba los cambios en la rutina de su hijo —él vivía en el mismo patio—, pero solo descubrió el suicidio dos días después de que se produjera.

Los siguientes testimonios ilustran el impacto de descubrir el suicidio: Como fue un suicidio, creo que fue un golpe, porque nadie está preparado para vivir algo así en la familia (F3); Abrí la puerta y ahí estaba: su cuerpo colgando. ¡Imagínate! Yo estaba desesperada (F4); Pensé: “no tiene dónde poner una cuerda, en casa no tengo nada de eso, en su cuarto tampoco hay nada”... Pero él ya había planeado lo que iba a hacer. Se tomó toda la reserva de Gardenal [fenobarbital] que teníamos en casa (F1); Todas las mañanas, antes de ir a trabajar, pasaba por su puerta y echaba un vistazo, veía la luz encendida, la puerta abierta y pensaba que todo iba bien... Cuando vi la puerta cerrada, tuve miedo de que fuera a hacer algo. Pasaron dos días sin que lo viera... pero él ya estaba ahí colgado (F6).

El segundo grupo temático, La culpa compartida, describe el sentimiento de culpa que se vive tras el suicidio de un ser querido. Los familiares expresan este sentimiento de un modo que reparte la responsabilidad entre distintos factores que contribuyeron al desenlace, a la manera de un proceso de atribución compartida. Abarca tres perspectivas: la culpa que siente la propia persona participante; la culpa atribuida a otras personas que formaban parte de la vida de la persona fallecida; y la culpa dirigida a los servicios sociales y de salud a los que se había pedido apoyo.

Las personas participantes contaron que sentían haber contribuido de algún modo al suicidio de su familiar, ya fuera por no reconocer las señales de que la persona no estaba bien, por no tomar medidas concretas para evitar la muerte o por no implicarse más en su vida y brindarle así un apoyo más eficaz.

La segunda perspectiva atribuye la culpa a otras personas que, a juicio de la persona participante, contribuyeron de manera significativa a la decisión de su familiar de poner fin a su vida. Esta situación suele estar marcada por el distanciamiento físico y emocional respecto de personas significativas, como la madre, el padre o la pareja, ya sea por la prioridad dada al trabajo o por la decisión deliberada de limitar el contacto para evitar conflictos, relacionados principalmente con el consumo de drogas y la violencia.

La tercera perspectiva concierne a los servicios sociales y de salud con los que estaba vinculada la persona que se suicidó. Las ocho personas que se suicidaron eran dependientes de drogas ilícitas o tenían un diagnóstico de trastorno mental y estaban vinculadas de algún modo al Centro de Atención Psicosocial de Alcohol y Otras Drogas (CAPS AD) local o a los servicios de seguridad pública. Sin embargo, la lentitud de la atención en estos servicios hizo que la familia solo consiguiera una derivación para la hospitalización después de consumado el suicidio. Puse [la denuncia] ¡pero no sirvió de nada! Tanto es así que hasta ahora no están llegando los papeles para su internación... ¡Ahora quieren una audiencia! ¿Van a hacer una audiencia sin que él esté aquí? Creo que si hubieran hecho algo, hoy él seguiría aquí (F5). Él [la persona que se suicidó] se pasó toda la noche yendo a casa de su hermano a pedirle dinero y la última vez que fue a pedírselo, el hermano se negó a dárselo. Menos de media hora después llamamos para decir que había muerto. El hermano se sintió culpable por no habérselo dado y lo carga hasta el día de hoy (F5).

Las ocho familias dijeron haber sentido culpa, con una intensidad que variaba con el tiempo. Esta variación dependía de la historia compartida previamente con la persona fallecida, de la forma en que cada familiar elaboraba el dolor y de sus creencias y valores individuales.

El tercer grupo temático, Sentimientos superpuestos ante la muerte por suicidio, se refiere al dolor de la pérdida, al que se suman otras emociones, como una sensación de fracaso en el papel de cuidado y protección, sobre todo cuando el vínculo familiar era de madre o padre con hija o hijo, o entre hermanos. Abarca también la ira y el deseo de venganza, dirigidos a personas consideradas responsables de haber contribuido al trágico desenlace, como en las relaciones entre personas consumidoras de drogas y traficantes. Además, algunas personas participantes expresaron una sensación de alivio, ya que la muerte marcaba el final de un ciclo de relaciones violentas o destructivas. Estas emociones coexisten con el dolor por la pérdida y están moldeadas por la naturaleza del vínculo con la persona fallecida, la historia compartida y el tiempo transcurrido desde el suicidio, como ilustran los siguientes extractos: Él [el padre] entiende que falló, pero es como él dice: ¡estaba desconectado de la realidad! Pero entiende que falló y que no habló, porque si no hablas con tu hijo en casa, él buscará gente en la calle con quien hablar (F1); En mi caso, fue a la vez doloroso y un alivio. No porque me librara de la persona, sino porque había amenazas y gente que lo buscaba (F7); Un día que fue bueno para mí fue cuando mataron al traficante que estaba enganchando a mi hijo. ¡Ese fue el mejor día! Porque yo voy a llorar, pero su madre también va a llorar. No deberíamos desearle esto a nadie, pero es un momento de rebeldía (F1).

Las personas participantes de las familias F1, F2, F4, F5, F6-1, F6-2 y F8 cuentan que los primeros momentos tras el suceso son extremadamente dolorosos, como lo describió una madre: ¡Parece que el dolor no se va a ir nunca! Lo llevas contigo todo el tiempo. Te despiertas por la mañana, piensas en la persona y la echas de menos (F1).

El cuarto grupo temático, Aprendizajes de la experiencia, muestra que el suicidio se convierte en un punto de inflexión integrado en la experiencia colectiva de la familia, con el potencial de provocar cambios en la dinámica y en el comportamiento de sus miembros. Entre los aprendizajes mencionados por las personas participantes figuran la necesidad de dar prioridad a la vida familiar; introducir ajustes en la rutina diaria para aliviar el dolor y la añoranza; aprender a manejar los propios sentimientos de dolor, culpa e ira; y preservar y valorar los aspectos positivos de la relación con la persona que murió.

Estas enseñanzas desempeñan un papel relevante en el proceso de reestructuración familiar, pues las personas sobrevivientes se sienten más capaces de prevenir o reducir la probabilidad de que el suicidio se repita en otros miembros de la familia. También ayudan a la familia a (re)crear una nueva manera de relacionarse con la pérdida y la ausencia de la persona fallecida, como indican los siguientes testimonios: Uno aprende a mejorar a partir de la muerte (F1); El dolor no dura para siempre... aprendemos a vivir y a aferrarnos a todo lo que fue bueno, porque lo que fue bueno nos consuela y nos ayuda a seguir adelante (F2); Conseguí dejar de culparme y de preguntarme: ¿en qué fallé? ¿Qué hice? ¿Por qué fui egoísta? En ese momento decidí ponerle fin. ¡Hay tantas preguntas que no tienen respuesta! ¡No hay vuelta atrás! Pero quiero vivir, así que no voy a anularme (F7); Hoy estoy aquí [en la entrevista] porque me gustaría entender mejor las cosas para ayudar a mi hija. ¿Sabe? Ella intentó suicidarse cinco veces (F8).

Discusión

El suicidio de un ser querido —una hija o un hijo, la madre o el padre, un hermano o una hermana, la pareja— suscita en la familia toda una serie de reacciones y de sentimientos de dolor y desesperación, junto con emociones concomitantes como la culpa, la ira y el alivio, tal como reflejan los cuatro grupos temáticos presentados en este estudio. Son emociones difíciles de sobrellevar, que pueden persistir durante periodos de distinta duración para cada persona, hasta alcanzar un punto de reestructuración.

No todas las familias que viven una pérdida por suicidio logran reestructurarse como unidad funcional, pero las que lo consiguen presentan ciertas características de resiliencia familiar, entre ellas la presencia de un contexto adverso marcado por el dolor, el sufrimiento y la desesperación(13), como muestra el primer tema. Cuando se confirmó el suicidio, las familias relataron sentimientos de desesperación, acompañados de preguntas sobre por qué la persona había puesto fin a su vida. Sin embargo, los hallazgos de este estudio indican que, con el tiempo, estos sentimientos adquieren nuevos contornos y la familia empieza a recrear formas de relacionarse con la pérdida y la ausencia.

Un estudio realizado en Suecia con familias sobrevivientes corrobora estos hallazgos: aunque las familias conocían el estado de salud mental de su ser querido y su deseo expreso de morir, creían que la persona no llegaría a suicidarse, y relataron haber sentido una conmoción y dificultades para llevar a cabo las tareas que exigía la situación(16).

Cabe señalar que, cuando el suicidio se produce en el propio domicilio, suelen ser los familiares quienes encuentran primero el cuerpo y, en esos casos, la violencia de este descubrimiento añade una carga emocional suplementaria a las personas sobrevivientes(17-18), como relataron siete familias de nuestro estudio que vivieron esa misma situación.

Otro estudio sobre las percepciones de niñas y niños menores de seis años acerca del suicidio de su madre o su padre mostró que se sentían confundidos, no necesariamente por el suicidio en sí, sino por las reacciones emocionales de las personas adultas de su entorno. Muchos manifestaron dificultades para comprender lo que realmente había ocurrido(19).

La confirmación de un suicidio es sin duda un momento crítico, influido por las circunstancias de la muerte, que exige una mayor atención a toda la familia, incluidos sus miembros de todas las edades. En estas situaciones, es importante reconocer que las interacciones entre familiares, amistades y servicios de salud pueden aportar un apoyo esencial, lo que refuerza la idea de que la resiliencia se configura en una red de relaciones y experiencias compartidas.

En cuanto a los sentimientos de culpa que genera el suicidio de un familiar, es importante subrayar que, aunque puedan compartirse, no son mutuamente excluyentes. Sentirse culpable —por la creencia de no haber cumplido adecuadamente el papel de cuidado— no impide atribuir la culpa a los servicios de salud por una supuesta negligencia ni reconocer la influencia de terceras personas. Es difícil que las familias no se sientan culpables de la muerte de un ser querido(20-21), incluso cuando se sabía que el suicidio era una posibilidad. Las madres y los padres, en particular, se sienten a menudo responsables de la decisión de su hija o hijo de poner fin a su vida(22) y, en esos casos, compartir la culpa puede aliviar en cierta medida la vergüenza y la sensación de haber fracasado en el papel de protección. Sin embargo, compartir la culpa no elimina el sentimiento de culpa.

Aunque compartir la culpa puede aportar cierto alivio, la literatura recomienda prudencia, ya que la culpa no debería persistir hasta el punto de comprometer la capacidad de la familia para retomar la rutina diaria(23). Compartir los sentimientos en grupos de apoyo con otras personas que han pasado por experiencias similares puede ayudar a las familias a comprender mejor los factores que contribuyeron al suicidio y sostener el proceso de afrontamiento y reorganización. En este contexto, los grupos de apoyo para familiares son espacios donde aprenden a manejar la autoculpabilización, a reconocer sus propias necesidades y a descubrir estrategias para afrontar el duelo(24). En síntesis, vivir y compartir la culpa, mientras se elaboran las propias emociones, puede contribuir a la reorganización de la familia y favorecer cambios en su funcionamiento(23).

El tercer grupo temático muestra que la muerte por suicidio abre espacio para la aparición de sentimientos más allá del dolor de la pérdida, sentimientos que no siempre se consideran social o culturalmente aceptables. Uno de ellos es la frustración de no haber sido un padre «lo suficientemente bueno», capaz de darle al hijo una razón para vivir. Este sentimiento, expresado claramente por las personas participantes de F1 y F2, encuentra respaldo en otros estudios que describen una vergüenza que lleva a madres y padres a aislarse socialmente, lo que puede provocar problemas de salud física y mental y, en algunos casos, intentos de suicidio. La literatura indica que este comportamiento es más marcado entre familiares de primer grado y se da con más frecuencia en los padres que en las madres(23,25).

Otro sentimiento que se superpone al dolor de la pérdida es la ira, dirigida a menudo contra la persona fallecida por haber abandonado a quienes quedan; contra uno mismo por no haber evitado la muerte(20-21); o contra Dios y otras fuerzas incontrolables, ante la imposibilidad de dar sentido al suicidio(26). Otros estudios también han descrito una ira dirigida contra los profesionales de la salud que atendían a la persona fallecida(27). En el presente estudio, la ira se asoció también a personas implicadas en el consumo y el tráfico de drogas, en un contexto en el que el cobro de deudas y las amenazas contra la familia desempeñaron un papel decisivo en la decisión de la persona de poner fin a su vida. En estos casos, junto con la ira, las personas participantes expresaron un deseo de venganza y un sentimiento añadido de culpa por no haber impedido que su hijo siguiera el camino de la adicción.

El sentimiento de alivio, superpuesto al dolor de la pérdida, surgió en familias en las que la relación con la persona que murió por suicidio era abusiva. En esos casos, en consonancia con la literatura, la muerte se vivió como una forma de poner fin a un ciclo de violencia(28). Del mismo modo, se mencionó el alivio cuando la muerte ponía fin al sufrimiento de personas con enfermedades incapacitantes o debilitantes(27), así como en situaciones de preocupación por la seguridad y el bienestar de un ser querido, en particular en el contexto del consumo y el tráfico de drogas. En estos escenarios, con el tiempo, las familias logran establecer una «nueva normalidad» e incluso encuentran motivación para apoyar a otras personas que afrontan desafíos similares(29).

El cuarto grupo temático refleja una etapa más avanzada del proceso de afrontamiento que vivieron las familias de este estudio. En este punto se hacen más visibles ciertos elementos que ayudan a las familias a superar el dolor de la ausencia, como dar un nuevo sentido a la pérdida; revisar y reconstruir las relaciones intrafamiliares para reforzar la cohesión entre sus miembros; y redefinir las formas de ejercer la parentalidad, sobre todo cuando el vínculo de parentesco era entre madres o padres e hijos.

La literatura señala que la familia se reorganiza a menudo reevaluando los roles de sus miembros y las responsabilidades parentales(29-30), lo que contribuye a desarrollar experiencia y competencias para cuidar mejor de sí y de los demás. También subraya que conservar los recuerdos positivos de la relación con la persona fallecida ayuda a resignificar la experiencia y a preservar la dignidad del ser querido(12). Con el tiempo, la necesidad de buscar justificaciones para el suicidio tiende a disminuir, lo que deja espacio a nuevas formas de interacción familiar(30-31).

Como aportación de este estudio, cabe destacar que centrarse en los procesos interaccionales que sostienen la reestructuración de las familias que han perdido a uno de sus miembros por suicidio desplaza la mirada: deja de verlas como problemáticas o desestructuradas para reconocer su potencial para afrontar, fortalecerse y aprender de la experiencia. También recuerda que la muerte de la persona «registrada en el servicio» no pone fin a la responsabilidad de cuidar de la familia en duelo. Esto es especialmente relevante dadas las altas tasas de suicidio y de intentos de suicidio entre personas con antecedentes familiares de intentos previos. En este contexto, cuidar de la familia en duelo es una acción preventiva.

En cuanto a las limitaciones, conviene señalar que este estudio contó con una muestra reducida e incluyó en las entrevistas solo a representantes de las familias en duelo, lo que limitó la identificación de los procesos interaccionales movilizados por otros miembros de la familia.

Conclusión

La pérdida de un familiar por suicidio es una experiencia que puede comprometer la unidad familiar si sus miembros no reciben apoyo para abordar los problemas que la situación saca a la luz. Este estudio constató que la intervención con las familias sobrevivientes puede reducir el tiempo necesario para su reestructuración y que la atención primaria de salud es el ámbito en el que las acciones de cuidado pueden aplicarse eficazmente, dada la facilidad con que los equipos pueden identificar estas familias y acceder a ellas.

En este contexto, el personal de enfermería y otros profesionales de la salud deben definir acciones de cuidado basadas en evaluaciones repetidas del impacto del suicidio en la familia en su conjunto y en cada miembro individualmente; en la identificación de los aspectos más comprometidos de la vida familiar; en las necesidades tanto individuales como colectivas; y en la movilización de procesos interaccionales de comunicación y organización. Estos procesos favorecen, entre otras cosas, que se compartan el dolor y las emociones —sentimientos a menudo contradictorios de culpa, ira y fracaso—, ya sea entre familiares o en grupos de apoyo. También contribuyen a la reorganización de la familia en su conjunto, al permitir reconfigurar el lugar y el papel de cada miembro. Es importante subrayar que cuidar de la familia sobreviviente no elimina la necesidad de un apoyo individualizado, ya que cada persona responde de manera distinta según el vínculo y la historia compartida con la persona fallecida.

Complexe Systémique: puntos clave

Este estudio brasileño de enfermería tiene el mérito de desplazar la atención de la persona fallecida a quienes permanecen, y de la patología a los recursos. Su marco es el concepto de resiliencia familiar de Froma Walsh: sistema de creencias, organización, comunicación. Dos hallazgos interpelan directamente a la clínica sistémica. La culpa no se vive en soledad: circula, se reparte entre uno mismo, un hermano, un traficante, un servicio demasiado lento, y ese reparto alivia sin borrarla nunca. Y la ira, incluso el alivio, coexisten con el duelo, a menudo sin atreverse a decirse. Acoger estos sentimientos «inaceptables» en un espacio familiar o grupal, revisar los roles y la parentalidad, mantener vivos los buenos recuerdos: eso es lo que parece ayudar a la familia a reorganizarse, y es también prevención, puesto que el suicidio de un familiar aumenta el riesgo para los demás. Los límites son reales: ocho familias, una o dos voces por familia, un reclutamiento difícil. Para leer junto con el artículo sobre un enfoque crítico y relacional del suicidio en terapia familiar y la revisión sobre las dinámicas familiares en el duelo.

Notas del original

* Artículo extraído de la tesis doctoral «Reestruturação da vida familiar após o suicídio de um de seus membros: um estudo na perspectiva da resiliência familiar», presentada en la Universidade Federal do Rio Grande, Rio Grande, RS, Brasil.

Conflicto de intereses: la autoría declara que no existe ningún conflicto de intereses.

Aspectos éticos. El estudio fue aprobado por el Comité de Ética en Investigación de la Universidad Federal de Rio Grande (dictamen: 5.037.888) y por el Centro Municipal de Educación en Salud Pública de la Secretaría de Salud de la ciudad, con el dictamen 13/2022. Se respetaron los principios éticos establecidos en la Resolución 510/2016 del Consejo Nacional de Salud de Brasil, y todas las personas participantes firmaron un formulario de consentimiento libre e informado.

Agradecimientos. Agradecemos a las familias sobrevivientes que participaron en el estudio, por habernos permitido captar los significados que atribuyeron a la pérdida de su ser querido.

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Traducción no oficial al español de Surviving families: experiences of losing a family member to suicide, de Elena Bustos Alfaro, Mara Regina Santos da Silva, Kateline Simone Gomes Fonseca, Carl Lacharité, Elga Mirta Furtado Barreto de Carvalho y Ariana Sofia Barradas da Silva, Revista Latino-Americana de Enfermagem, vol. 33, e4614 (2025), doi: 10.1590/1518-8345.7676.4614, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (tabla presentada en forma de lista). Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Traducción no oficial al español del artículo original «Surviving families: experiences of losing a family member to suicide», publicado en Revista Latino-Americana de Enfermagem (2025) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.

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Cómo citar este artículo

Bustos, E. A., Silva, M. R. S., Fonseca, K. S. G., Lacharité, C., Carvalho, E. M. F. B., y Silva, A. S. B. (2025). Surviving families: experiences of losing a family member to suicide. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/surviving-families-experiences-of-losing-a-family-member-to-suicide (Obra original publicada en 2025 en Revista Latino-Americana de Enfermagem, 33, e4614 (2025); republicada en 2025 por Revista Latino-Americana de Enfermagem, https://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0104-11692025000100361&tlng=en)

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